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Seminario: “La lógica de Copi” x Daniel Link

mayo 28th, 2013 · No Comments

En el Centro Cultural San Martín (Sarmiento 1551, CABA).

Días de Cursada

Miércoles 5, 12, 19 y 26 de junio a las 19 hs.

Costo: 150 pesos las cuatro clases. Se entregará certificado de asistencia.

Ultimas vacantes.

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Cómo narrar la muerte del padre

mayo 23rd, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

¿Cómo reaccionar frente a la escena, tan determinante como inevitable, de la muerte del padre? ¿Enmudecer, gritar, aliviarse, enloquecer? ¿Qué hace un escritor frente a ella? Cualquiera de esas cosas. O escribir. A Paul Auster, por ejemplo, esa huella le sirvió como catalizador de su carrera profesional: escribió La invención de la soledad. Roland Barthes, al día siguiente de la muerte de su madre, comenzó a llevar un Diario de duelo. Las anotaciones se extendieron a lo largo de dos años. Atravesado por la conmoción, pero con la agudeza de pensamiento que lo caracteriza, anotó el 30 de octubre de 1977: “Muchos seres me aman todavía, pero desde ahora mi muerte no matará a ninguno. Ahí está lo nuevo”. Tres días antes, otra entrada del diario dice: “Todo el mundo conjetura -así lo siento- el grado de intensidad de un duelo. Pero imposible (signos irrisorios, contradictorios) medir hasta qué punto alguien ha sido alcanzado”.

Los ejemplos abundan (Richard Ford y Mi madre, in memoriam; David Rieff y el proceso de descomposición física y mental de su madre, Susan Sontag, narrado en Un mar de muerte; el Philip Roth de la novela Elegía ), y van del ajuste de cuentas al homenaje. Mauro Libertella (México DF, 1983), crítico, narrador e hijo del escritor argentino Héctor Libertella (1945-2006), parece conocerlos a todos. Tal vez por eso, durante cuatro años, eligió el silencio. Y

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recién ahora, cuando pudo mudarse y habitar el departamento donde vio morir a su padre, acaba de publicar un breve volumen que lleva por título Mi libro enterrado, donde cuenta cómo fueron sus últimos días, devastado por el alcohol, y cuáles son los efectos de ese recuerdo en su propia vida y en su escritura.

Empecemos, si se quiere, por el final: ¿cómo debe leerse este conmovedor relato de un hijo sobre la muerte del padre? ¿Desde adentro o desde afuera de la literatura? ¿Qué es: una memoria, un homenaje íntimo, una novela, un relato, una biografía abreviada del último Libertella? Son las mismas preguntas que se hace el autor. Mauro Libertella confiesa que poco tiempo después del entierro de su padre se aficionó “a la lectura de novelas y relatos sobre la muerte del padre”. “Todos esos relatos son únicos -ponen en abismo un anecdotario intransferible- al tiempo que están condenados a su universalización”, escribe. Y parece encontrar una forma personal de leer este corpus textual del duelo, que incluye al libro que está escribiendo: “Un poco a mitad de camino, se leen por fuera y por dentro de la literatura. Quizás uno de los puntos centrales de estos libros tenga que ver con la aparición de una voz; trayendo del pasado la historia del padre, aparece la voz del hijo en el presente”. Libertella hijo escribe, entonces, como catarsis, o para que los lectores y amigos de su padre puedan acceder a ese universo íntimo del desgarramiento, pero también, o sobre todo, para buscar su propia voz: para hacer literatura.

No es un asunto menor, porque la comunidad de intereses entre padre e hijo (la elección de la escritura como modo de subsistencia) complejizan aún más la figura simbólica del parricidio. Libertella padre, autor de libros comoEl camino de los hiperbóreos El paseo internacional del perverso El árbol de Saussure, fue un autor precozmente reconocido y premiado, y es considerado uno de los precursores, junto a Ricardo Piglia, de una de las vías centrales de la literatura argentina del siglo XX, la llamada “ficción crítica”. Años después Mauro, el hijo, decide estudiar Letras y dedicarse a la crítica literaria. ¿Cómo luchar contra la admiración y la idealización, contra el peso del nombre del padre y de su obra hermética, respetada al mismo tiempo por los críticos más exigentes? El hijo escribe que no podía creerle a su padre cuando éste elogiaba sus primeros artículos periodísticos. Y anota, a cuatro años del final de todo: “Recién cuando él murió pude escribir mi primera ficción, un cuento precario sobre un hombre que trabajaba de bibliotecario en un hospital. Libros y enfermedad: la ecuación lo dice todo”.

A pesar de lo que pueda parecer, Mi libro enterrado no es un libro deprimente. Duro, honesto, asfixiante e incluso, si cabe la adjetivación, bien escrito: pero no deprimente. La clave está en la manera en que padre e hijo interpretan el suceso de la muerte, cuando los dos saben que ya no habrá vuelta atrás. El día en que los médicos le anuncian el cáncer, se sientan en la cama del hospital y hablan. Hablan como pocas veces lo habían hecho. “Me dijo también que él de algún modo había elegido su muerte, y que no me preocupara. No quería que le tuviera pena ni lástima. Tampoco quería que yo me pusiera triste; me mostraba, diciendo esas cosas, que la noticia de la propia muerte puede impactar con la fuerza de una redención o de un alivio”. El padre acepta la idea de la muerte como un destino trazado, en parte, por su propia voluntad. Y en ese acto, en un deslizamiento preciso, con un gesto liberador, hace lo mejor que puede: abrirle el camino a su hijo. El círculo se completa. O, en las propias palabras de Mauro Libertella: “Fue un deshielo, y fue algo sano en medio de tanta enfermedad”.

(Publicado en lanacion.com)

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¿Cuántos lectores tiene la literatura argentina actual?

mayo 19th, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Terminó una nueva Feria del Libro de Buenos Aires y, como siempre, los números suenan abrumadores: más de un millón cien mil visitantes y un aumento en las ventas de entre un diez y un treinta por ciento, de acuerdo a la información recogida en algunos stands. Pero si uno no quiere pasar por ingenuo o pecar de un exceso de optimismo (y sobre todo si intenta sacar algunas conclusiones sobre las preferencias del público en materia literaria), hay que mirar un poco más en detalle. Por ejemplo: ¿cuáles fueron los cinco títulos más consultados por el público? Hush hush, de Becca Fitzpatrick; Los juegos del hambre, de Suzanne Collins; Ciudad de cristal – Cazadores de sombras, de Cassandra Clare; Juego de tronos, de George Martin; y Caballo de fuego, de Florencia Bonelli. Es decir, fenómenos de venta que poca o ninguna relación tienen con la literatura. Nada de qué quejarse, ya que el mismo nombre lo está señalando: se trata de la Feria del Libro y no de un festival literario. Lo que la Feria viene a demostrar, en todo caso, es que los caminos de la industria editorial de masas y la producción y el consumo de literatura argentina contemporánea (de la literatura “de verdad”, es decir, de la “ficción literaria” o la llamada “literatura alta”) se han distanciado para siempre.

No hay ejemplo más concreto de esta fractura entre los gustos del consumidor esporádico o recreativo y los lectores habituales de literatura que los resultados de los dos galardones que se entregan durante la Feria: mientras el Premio de la Crítica fue para la obra poética de Tamara Kamenszain, el Premio del Público (en el que votaron unas diez mil personas) se lo llevó la nueva novela de Alejandro Dolina. “Las lógicas del canon y la lógica del mercado muchas veces se contraponen. Y un suceso de mercado y un suceso de crítica son muchas veces enemigos”, escribió el crítico Daniel Link en su libro Cómo se lee. En el mismo sentido, la ensayista Beatriz Sarlo decía en Escenas de la vida posmoderna: “Inevitablemente, el mercado introduce criterios cuantitativos de valoración que contradicen con frecuencia el arbitraje estético de los críticos y las opiniones de los artistas. La idea misma de popularidad no podía ser sino examinada con desconfianza ya que sobre ella se erige la contradicción que está instalada en el corazón mismo de la democracia”. Si no se puede decir que esta situación sea novedosa (los gustos del público masivo por un lado, los de los lectores especializados por el otro), hasta hace algunos años parecían existir vasos comunicantes entre ambos grupos. Lazos que parecen haber estallado sin posibilidad de reconstrucción.

Este alejamiento está directamente relacionado con las políticas que las grandes empresas editoras desarrollaron a partir de la década del 90. En 2003 y en el mismo libro, Link narra cómo fue que la adquisición de la mayoría de los sellos argentinos por parte de los grandes grupos transnacionales produjo una transferencia de bienes simbólicos que afectó tanto al mapa editorial como al campo literario: “Los catálogos editoriales ya no están armados de acuerdo con una ideología de la lectura y de la escritura, sino de acuerdo con los criterios de los expertos en mercadotecnia, los publicistas y otras plagas del siglo pasado, lo que condena a la caducidad todo lo que se publicó ayer”. Pero al mismo tiempo que Link escribía (y él no podía saberlo), es decir hace ya diez años, surgía en la Argentina de la poscrisis (y en buena medida por ella) un heterogéneo conjunto de editoriales independientes. Fueron esos sellos los que terminaron marcando el pulso de la producción literaria local, y editaron lo mejor que pudo leerse en materia de ficción y ensayo durante la última década.

Lo que se dio entonces fue una atomización del mercado editorial. Y mientras los grupos se dedicaron a la búsqueda de una mayor rentabilidad con títulos de rápido consumo y corta vida, las apuestas literarias quedaron casi exclusivamente en manos de estos nuevos sellos. A la existencia de catálogos como los de Adriana Hidalgo, Beatriz Viterbo y Paradiso se sumó una larga lista de editoriales pequeñas como Interzona, Entropía, Caja Negra, Eterna Cadencia, Santiago Arcos, La Bestia Equilátera, Mardulce, Tamarisco y Pánico el Pánico (entre muchas otras) que durante diez años descubrieron y difundieron a casi todos los nuevos escritores argentinos. La jugada no salió mal, y hoy pueden agregar a sus catálogos a algunos nombres consagrados, e incluso exportar libros al mercado europeo. Por arriesgar una hipótesis: si en los 80 y 90 un lector habitual de literatura entraba a una librería buscando las tapas amarillas y grises de la colección Anagrama, hoy ese tipo de lector se guía por los diseños de tapa de cualquiera de estos pequeños sellos argentinos.

La pregunta fundamental, después de una década larga, es si todo este trabajo puede haber servido para crear un nuevo mercado de lectores. Se trata de un interrogante que todavía no tiene respuesta y frente al cual nadie logra ponerse de acuerdo. Algunos editores son escépticos y aseguran que los lectores de literatura argentina contemporánea son siempre los mismos: no más de tres mil. Otros, que tal vez lleguen a unos diez mil. Si hay que guiarse por las cifras de producción y ventas, no estarían tan equivocados. Por lo general los títulos de estos sellos venden entre doscientos y mil ejemplares. Si alguno llega a los dos mil, se puede hablar de un éxito. La novela El viento que arrasa, de Selva Almada, editada hace un año por Mardulce y protagonista de un fenómeno de circulación boca a boca extraordinario, está por alcanzar la inusual cifra de cinco mil ejemplares vendidos. Tal vez el caso de Almada esté diciendo algo acerca de la dimensión de esta probable nueva comunidad de lectores, formados a lo largo de una década

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en los catálogos de editoriales independientes. Quizá sean ellos (¿son muchos, son pocos?) los que estén manteniendo viva la literatura argentina actual.

(Publicado en lanacion.com)

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Salió Informe Escaleno

mayo 10th, 2013 · No Comments

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El punk: de los bajos fondos neoyorquinos al Metropolitan Museum

mayo 10th, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Hoy se inaugura en el Metropolitan Museum de Nueva York la exhibición “Punk: chaos to couture”, y hace dos días y como todos los años allá fueron las celebridades de la moda y el espectáculo, a la exclusiva gala del Met, a hacer acto de presencia. ¿En qué consiste la muestra? En una colección de unos cien diseños de indumentaria inspirados en la estética punk y expuestos en siete galerías del museo. El punk, se sabe, fue la última gran revolución de la cultura rock. Nació en Nueva York a principios de los 70 y cobró difusión mundial desde Londres, a mediados de la misma década. En los Estados Unidos fue más que nada un movimiento musical espontáneo, alrededor de bandas como Television y The Ramones, pero en Inglaterra adquirió su estética definitiva y adoptó ciertos ribetes ideológicos, incorporando conceptos como el del caos, la anarquía y el do it yourself, y apuntando su rabia hacia las figuras del poder político, sobre todo a la monarquía, en el contexto de una profunda crisis económica.

Musicalmente, el primer punk vivió rápido y murió pronto: los Sex Pistols sacaron apenas un disco, The Ramones evolucionó hacia el pop, The Clash hacia el rock político, el reggae y el ska. Por lo que el mayor legado del sonido punk es, en verdad, la proyección de su influencia en el tiempo: haber servido de inspiración para las mejores bandas de la música popular hasta hoy, desde Joy Division, The Police, The Cure, Pixies y Nirvana hasta The Rapture o The Black Keys. De todo eso ya pasaron casi cuarenta años (la corta vida del punk puede ser fechada entre 1974, cuando se suceden los primeros conciertos en la sala CBGB del bajo Manhattan, y 1978, cuando los Sex Pistols se separan y Nancy Spungen, la novia de Sid Vicious, muere acuchillada en una habitación del Chelsea Hotel); y el mercado y el mundo de la moda hacen ahora lo que mejor saben: apropiarse de una propuesta contracultural para intentar exprimir un potencial rédito económico. ¿Pero hay algo realmente nuevo o escandaloso en esta relación entre el punk y la estética?

Lo cierto es que no: si bien los primeros punks se servían, para vestirse, de los desperdicios, la basura y la ropa de saldo (de ahí la presencia ubicua de los alfileres de gancho: para remendar prendas hechas jirones), fue precisamente esa estética marginal la que ayudó a exportar (a través de la sorpresa y el terror que generaba en las buenas conciencias, y la difusión de ese rechazo en los medios de comunicación de masas) la cultura punk al mundo. Mucho tuvieron que ver en la construcción de esa imagen Malcolm McLaren, manager de los Sex Pistols, y su mujer, Vivienne Westwood: a través de sus diferentes tiendas (Let it rock, Too fast to

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live, too young to die y Sex) la diseñadora y el manager vistieron a la banda primero y, a través de ella, a miles de jóvenes que gastaban verdaderas fortunas por un vestido, una remera tajeada y pintada con aerosol o un par de borceguíes. Los punks verdaderos, en gran medida vagabundos, delincuentes juveniles, desclasados y desocupados, que habían adoptado los Don Martens porque era el calzado barato que usaban los obreros, miraban con sorpresa y odio cómo los chicos de clase media y alta copiaban sus ropas, sus maquillajes y sus peinados, y convertían un estilo improvisado y disruptivo (pensado para épater la bourgeoisie) en el último grito de la moda.

Al margen de la hábil jugada de los cerebros del Met, lo cierto es que por una cuestión generacional, el interés en la cultura punk vive una suerte de renacimiento, impulsado por los efectos de la nostalgia, por la memoria de los que fueron punks y sobrevivieron hasta hoy para contarlo, por algunos libros (Eramos unos niños, de Patti Smith, Por favor, mátame de Legs McNeil y Gillian McCain o las recién editadas memorias de Richard Hell, I Dreamed I Was a Very Clean Tramp) y hasta por varios documentales y películas. Pero si todos están más o menos de acuerdo en que la música punk es cosa del pasado (algo revitalizado por una especie de revisionismo histórico), la cultura punk, entendida como la experiencia de una vida inspirada por los vectores de la rebeldía y el desafío a la autoridad, sigue vigente. ¿Pero dónde? ¿Cómo podría definirse “ser punk” hoy? En este artículo de The Guardian hay algunas respuestas. La música Louise Distras lo define tradicionalmente: “vivir de acuerdo a las propias reglas y haciendo las cosas solo en los propios términos”. Y el activista Mike Sabbagh va un poco más allá: “El punk se volvió un sinónimo de la política. El espíritu del punk vive en el movimiento Occupy London o en otros como Wikileaks”. ¿Julian Assange, Occupy Wall Street o los indignados españoles vendrían a ser algo así como íconos punks del presente? Puede ser un tema interesante para algún dossier especial, o una investigación más exhaustiva.

(Publicado en lanacion.com)

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Nuevos seminarios de Literatura en el Centro Cultural San Martín (programación 2013)

mayo 3rd, 2013 · No Comments

SEMINARIOS Y CLASES MAGISTRALES

EN CCGSM

CICLO 2013

 CLASE MAGISTRAL INAUGURAL (JUNIO)

RICARDO PIGLIA: “Una mirada sobre Rodolfo Walsh”

Viernes 14/6 a las 19

Entrada libre y gratuita

SEMINARIO JUNIO

DANIEL LINK: “La lógica de Copi”

Miércoles 5, 12, 19 y 26 a las 19

Leída en la intersección del cómic, la ficción narrativa y el teatro (soportes en los cuales se funda por igual su prestigio), la obra de Copi interroga centralmente la noción de acción (dramática y narrativa). Copi irrumpe en la escena mundial para proponer una ética y una estética trans: transexual, transnacional, translingüística, y opone al Estado-Nación y sus ficciones guerreras la idea de comunidad (posnacional y, al mismo tiempo, imposible).

Costo de las cuatro clases: 150 pesos. Se entregará certificado de asistencia.

SEMINARIO JULIO

ALAN PAULS: “Dar la cara”

Miércoles 3, 10, 17 y 24 a las 19

¿Cómo se construye la figura de autor (cómo se instala una presencia) en la literatura y el arte contemporáneos? Estrategias y movimientos. Levrero, Vallejo, Sarduy y otros.

Costo de las cuatro clases: 150 pesos. Se entregará certificado de asistencia.

CLASE MAGISTRAL JULIO

ELVIO GANDOLFO: “Vidas y obras de Mario Levrero”

Viernes 12/7 a las 19

Mario Levrero es, junto a Roberto Bolaño, uno de los mayores (re)descubrimientos de la literatura latinoamericana de fin del siglo XX. Un repaso por todos los géneros que el escritor uruguayo supo cultivar en sus cuentos y novelas (del policial a la ciencia ficción) y todos los trabajos que supo hacer (de redactor de historietas a creador de crucigramas) a lo largo de su peculiar biografía.

Entrada libre y gratuita


SEMINARIOS AGOSTO

LUIS GUSMÁN: “Los raros: Masotta, Libertella, Lamborghini”

Miércoles 7, 14, 21 y 28 a las 19

Pensamiento en los márgenes, obras incómodas e inclasificables, la centralidad, la periferia, el canon, la diferencia entre el escritor y el artista: todas estas cuestiones están presentes en los textos de Oscar Masotta, Héctor Libertella y Leónidas Lamborghini.

Costo de las cuatro clases: 150 pesos. Se entregará certificado de asistencia.

DAMIAN TABAROVSKY: “Fogwill: estado de la cuestión”

Jueves 8, 15, 22 y 29 a las 19:

Rodolfo Enrique Fogwill es uno de los autores argentinos más leídos de la actualidad y uno de los que tiene mayor poder de influencia en la nueva generación de escritores locales. A dos años y medio de su muerte, este seminario es el primero que se le dedica a su obra, que abarca novelas, cuentos, poesía y ensayo.

Costo de las cuatro clases: 150 pesos. Se entregará certificado de asistencia.

CLASE MAGISTRAL AGOSTO

ROBERTO HERRSCHER: “Cómo contar la guerra”

Martes 6 a las 19

Los límites entre periodismo y literatura en los relatos de no ficción sobre la Segunda Guerra Mundial, Vietnam, Malvinas y las guerras actuales en Irak y Afganistán.

Entrada libre y gratuita.

SEMINARIOS SEPTIEMBRE

LUIS CHITARRONI: “La ficción no nos deja mentir”

Miércoles 4, 11, 18 y 25 a las 19

 “La ficción no nos deja mentir” es un seminario acerca de algunos métodos de composición literaria. El propósito es detenerse todo lo posible en la elaboración secundaria para avanzar más rápido en el curso de la narración, sin paradojas (ya que el enunciado titular es muy serio): de las anotaciones de Henry James para novelas y relatos a los escritos de Kafka sobre sus propios escritos. Y ya en pleno vuelo, de las “profanaciones” de Joe Orton y Kenneth Halliwell Halliwell al “Teatro proletario de cámara”, de Osvaldo Lamborghini.

Costo de las cuatro clases: 150 pesos. Se entregará certificado de asistencia.

MARTIN KOHAN: “Literatura argentina y guerra”

Viernes 6, 13, 20 y 27 de septiembre, a las 19.

Los modos en que la idea y la práctica de la guerra (ya sea bajo la forma de terrorismo de Estado, ya sea a través de un conflicto armado como el de Malvinas) aparece en la producción de ficciones a lo largo de las últimas décadas en la Argentina (Fogwill, Gamerro, Ratto, Pron).

Costo de las cuatro clases: 150 pesos. Se entregará certificado de asistencia.

SEMINARIOS OCTUBRE

MARÍA MORENO: “Crónicas y cronistas del Río de la Plata en los siglos XIX y XX”

Martes 8, 15, 22 y 29

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a las 19

La escritura de no ficción atraviesa en la actualidad una fase de esplendor y visibilidad, y el término “crónica” está en boca de todos. ¿Pero es este género, en verdad, algo que podría definirse como algo novedoso? Una historia de los cronistas rioplatenses que atraviesa dos siglos de periodismo y literatura y que pone en contexto la producción de los cronistas contemporáneos.

Costo de las cuatro clases: 150 pesos. Se entregará certificado de asistencia.

BEATRIZ SARLO: “El espacio y sus recorridos”

Miércoles 2, 9, 16 y 23 a las 19

En esta serie de charlas se abordan los distintos modos de desplazamiento: viajes, cosmopolitismo, latinoamericanismo y, finalmente, turismo. Una reflexión, de Victoria Ocampo al Che Guevara.

Costo de las cuatro clases: 150 pesos. Se entregará certificado de asistencia.

SEMINARIO NOVIEMBRE

CARLOS GAMERRO:“Joyce y los argentinos”

Miércoles 6, 13, 20 y 27 a las 19

Una introducción a la obra narrativa de James Joyce, con centro en Dublineses, Retrato del artista adolescente y Ulises, y su influencia en la obra de autores como Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh, Juan José Saer, Manuel Puig y otros.

Costo de las cuatro clases: 150 pesos. Se entregará certificado de asistencia.

SEMINARIO DICIEMBRE

MARCELO COHEN: Viajes de la literatura al extranjero: la narrativa fantástica del siglo XX al XXI”

Lunes 2, 9, 16 y 23 a las 19

Las ficciones fantásticas como excursiones a incidentes que la abrumadora lógica de la razón instrumental pasa por alto. Estas charlas se proponen mostrar algunas de las formas con que el género ha ampliado la percepción y la conciencia del mundo, y cómo hoy está aboliendo su falsa separación de los realismos. Con detenimientos en las obras de Buzzatti, Mandiargues, Piñera, Kafka, Levrero, Lem, Carter, Bodoc, Harrison, Cortázar, Gandolfo, Sorokin, Tsutsui, Lethem y otros.

Click acá para inscribirse.

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En la Feria: cómo comprar los mejores libros en una hora y con apenas 50 pesos

mayo 3rd, 2013 · No Comments

Si usted sufre, como yo, de una marcada fobia a las multitudes, a los turistas, a la publicidad y las promociones, a la folletería, al ruido, a los anuncios de los altoparlantes, a los espacios cerrados, a los bestsellers, a las colas de descuentos y firmas de ejemplares, a los actos y las conferencias, a los stands de las colectividades y a la gente que va a la Feria del Libro de Buenos Aires a pasear en familia, creo que me va a agradecer este artículo. La propuesta es la siguiente: pasar el menor tiempo posible dentro del predio de la Rural de Palermo (una hora será el tiempo límite) para evitar el pánico desatado por cualquiera de los factores mencionados más arriba, gastar poco dinero (cincuenta pesos o menos: cuatro atados de cigarrillos, medio kilo de lomo o cinco dólares en el mercado paralelo) y salir, como mínimo, con un buen libro bajo el brazo.

La primera instrucción a seguir es entrar por la puerta de la Avenida Sarmiento y zambullirse enseguida en el que llamaremos el “pabellón de los pobres”, que en esta edición es el que está designado con el color azul. Hasta hace un par de años, la única entrada posible a la Feria, si uno ingresaba por Sarmiento, era por el stand del diario Clarín; pero como al gobierno nacional eso le resultaba intolerable, sugirió abrir las puertas que siempre estaban clausuradas y que ahora se muestran abiertas al inmenso stand de Presidencia de la Nación. Segunda instrucción: esquivar ese monumento a la fealdad construido con caños y libros lo más rapido posible: todo a su alrededor se despliega una colección de puestos de librerías de usados y de saldo, en el que siempre es un placer remover escombros y encontrar algún que otro hallazgo.

En el stand de la Librería de las Luces (número 304) se puede comprar Carta al padre de Franz Kafka (10 pesos), La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa (20 pesos) o Las armas secretas de Julio Cortázar (40 pesos). Cerca de allí, en El Aleph (stand 210), se pueden conseguir los retratos de Vida de vivos de María Moreno (29 pesos) y los ensayos reunidos en Conceptos de filosofía de la historia de Walter Benjamin (48 pesos). A pocos metros, en Galerna (304), están Infancia y Juventud, los dos libros de J.M. Coetzee, a 55 pesos cada uno (pagando en efectivo se realiza un diez por ciento de descuento, por lo que el precio queda en 50 pesos redondos). Siempre sin salir del Pabellón Azul, ahí nomás, en Roberto Basilico (stand 610), se puede comprar la gran crónica de Norman Lewis titulada Nápoles, 1944 a apenas 10 pesos, y la interesante guía de la sueca Erika Lust Porno para mujeres (30 pesos). En Canal de Ventas (stand 515) venden el clásico pacifista de Dalton Trumbo Johnny cogió su fusil (30 pesos) y una de las mejores novelas del escritor brasileño Ferréz: Manual práctico del odio (también a 30 pesos). En Edicol (stand 415) exhiben la biografía de la primera mujer de Raymond Carver, Maryann Burk Carver, que se llama Así fueron las cosas (40 pesos). Y también tienen a precio de remate (10 pesos) Los cien días de Joseph Roth. En Librería Libertador (un clásico de los saldos de la Calle Corrientes, que ocupa el stand 422) venden A este lado del paraíso, de Scott Fitzgerald, a 20 pesos, y la Antología personal de Jorge Luis Borges a 22. En el 529, de Gradfico, se consiguen los cuentos de Dublineses, de James Joyce, a apenas 24 pesos. Y en El Túnel Libros (stand 222) hay viejas revistas El Péndulo (una debilidad de coleccionistas) a 15 pesos y al mismo precio se consiguen Los siete locos o El juguete rabioso, de Roberto Arlt. También, en el mismo stand, están a la venta La liebre de la Patagonia de Claude Lanzmann (30 pesos), la novela Toda la verdad de Juan José Becerra (otros 30) y los cuentos de Bestiario de Cortázar, a 40.

Uno puede comprar alguno o todos estos libros recorriendo muy pocos metros en menos de una hora, y escapar raudamente. Pero si en verdad los libros son su debilidad, cuenta con algo de tiempo o ya tiene uno o todos los que se mencionaron más arriba, haga lo mejor que se puede hacer sin desplazarse en lo más mínimo: extienda el límite de su tarjeta de crédito y úsela a discreción en el stand de Jorge Walduther, también en el Pabellón Azul. Recorra despacio las mesas con novelas y ensayos (la mayoría importados de España) que pocas veces encontrará en las librerías argentinas. Walduther logró traer para la Feria una selección de los mejores sellos españoles, como Alpha Decay, Periférica, Nórdica, Errata Naturae, Acantilado, Atalanta y Libros del Asteroide. Revuelva, también, en la mesa que está al lado de la caja: encontrará ofertas de viejas ediciones de calidad como las de Alba y Montesinos. Si hay un lugar en

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donde vale la pena invertir una buena cantidad de dinero en libros, es allí.

(Publicado en lanacion.com)

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Esto es to-to-todo amigos

abril 27th, 2013 · Comentarios desactivados

Esto fue un blog abierto en 2005. Y durante ocho años, un lugar para escribir sobre libros y literatura. A partir de hoy, 27 de abril de 2013, dejará de actualizarse (solo aparecerán acá las columnas que vaya escribiendo en otros lados). Queda en

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línea como archivo de lecturas, como guía para saltar a otros lugares, como ruinas, como escombro, como lo que en definitiva es:  restos de una época.

Comentarios desactivadosTags: Aseveraciones mínimas

Atrévase a soñar: el libro de los sueños de Fogwill

abril 25th, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

Debe haber pocas cosas más insoportables que escuchar el relato de los sueños ajenos. A todos les habrá pasado: apenas oímos las palabras no sabés lo que soñé anoche sentimos un abismo abrirse bajo los pies. Leerlos puede ser otra cosa. Sobre todo si vienen precedidos por la firma de un autor que nos interesa. En la literatura existe una infinidad de casos de escritores (Franz Kafka, Graham Greene, Mario Levrero) que se dedicaron a registrarlos, ya sea para transcribirlos literalmente o para crear, a partir de ellos, todo tipo de relatos. Poco después de la muerte de Fogwill, uno de los escritores argentinos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, en agosto de 2010, se supo que el autor de Muchacha punk, Los pichiciegos y Vivir afuera había dejado tres originales pendientes de publicación. Algunos de esos papeles, cotejados con los archivos rescatados de sus diferentes computadoras, acaban de dar como resultado su primer libro póstumo, basado en las anotaciones que realizó durante años apenas despertaba y que se llama precisamente La gran ventana de los sueños.

El libro abre con un texto que alude al título y a las intenciones del volumen, en el que los lectores de su obra reconocerán al instante esa inflexión de la prosa (esa respiración) tan particular que componía la voz fogwilliana: “Y tal vez sean una obra. Obra del sueño u obra del dueño, siempre será más original que cualquier intento de ficción. Cualquiera -y a mí me ha sucedido- puede volver a escribir o reescribir la obra de otro, pero nadie podrá resoñar tus sueños ni soñar los suyos con tu propio estilo de soñar, o de escuchar tus sueños”. Y viene, al mismo tiempo, precedido de cierto mito que circuló en los últimos tiempos (y que habrá que dejar a un lado rápidamente) que asegura que Fogwill había soñado la muerte de Néstor Kirchner mucho antes de que esta sucediera.

El capítulo se llama “Desaire” y narra, efectivamente, un sueño en el que el escritor acude a la Casa Rosada ante un llamado del Presidente de la República, “que se llama Kirchner, y, evidentemente, me ha confundido con otro escritor”. “Nuestra breve conversación comienza por desconcertarlo y termina aburriéndolo”, escribe Fogwill, y algunas líneas después apunta: “Vuelvo solo a su despacho y lo encuentro ocupado por un grupo de secretarios y ministros a quienes anuncio que me retiro. Como me suponen un amigo personal de su jefe tratan de congraciarse conmigo y sonríen, adulones. Al Presidente en ningún momento llegué a verlo sonreír. Un funcionario ríe a carcajadas. Para estimularlo, le digo que acabo de ver que Kirchner se desvanecía a través de una puerta y entonces la risa se contagia a todo el elenco. Aprovecho para reír y salgo del despacho exagerando mis carcajadas”. ¿Fogwill vio que Kirchner se desmayaba, a través de una puerta entreabierta, o pudo observar cómo Kirchner atravesaba desvaneciéndose, casi como un fantasma, una puerta cerrada? ¿Acaso importa?

La verdad es que no, porque Fogwill no estaba interesado en el arte de las predicciones (aunque sí en la tarea de diseccionar a la sociedad contemporánea para ver qué podía suceder más adelante), y también porque, a pesar de su título, La gran ventana de los sueños no es estrictamente un libro de sueños. Es un libro en el que Fogwill aprovecha las anotaciones de algunos de sus sueños (los más recurrentes: los de cementerios y los de navegación) como trampolín de pensamiento. No es un libro de sueños a la

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manera tradicional sino un libro con sueños, tomados como excusa para ensayar el desarrollo de otras ideas. Es, como buena parte de su obra de ficción, un territorio donde poner a funcionar su máquina de razonar, que para él era sinónimo del acto escritural: “Cuando se ha abandonado cualquier propósito de conocimiento o de cura interesa más el goce del sueño que la producción de muestras para las biopsias del alma o del deseo. Y nunca pude concebir forma alguna del goce que no integre los indispensables ejercicios de imaginar y de pensar. Lo mismo ocurre con escribir. Llamo a esto escribir”.

Hay transcripciones de sueños, claro, pero sobre todo hay una reflexión acerca de la imposibilidad de dar cuenta de ellos con precisión, y la intención de analizar cómo funcionan los mecanismos de producir ficción: “Cuando se intenta recordar hay un punto donde ya no se puede discernir si se está evocando o inventando (…) Como en la producción de sueños, en el relato del sueño interviene la memoria, en comercio con las reglas del arte de narrar”. El dinero (con toda su carga simbólica: tratándose de Fogwill no es algo que llame la atención) está presente en el libro, cifrado en una interesante crítica al fetichismo literario que, lateral y socarronamente, el mismo autor extiende a La gran ventana de los sueños: “Lo mismo ocurre con esas páginas de supuesta crítica literaria que cuentan correspondencia o episodios biográficos de la vida de autores y de gente de su tiempo. Me parece que cada vez se confunde más la verdadera literatura con ese género clásico de las crónicas de prensa que se solía llamar ‘vida literaria’. Los originales de mis relatos de sueños son tan indescifrables como las neuronas coloreadas del lóbulo temporal de Lenin, inútiles como los encefalogramas tomados al anciano Einstein. Pero siempre habrá alguien dispuesto a pagar dinero por cosas que no significan nada. Esto también vale para los libros”.

Además de este volumen, Fogwill tiene al menos dos novelas inéditas más: Nuestro modo de vida, un texto de 1980 que se creía perdido para siempre, y La introducción, tal vez el último libro en el que trabajó de manera programática. Mientras se esperan noticias acerca de su publicación (su obra es representada ahora por la agente literaria Carmen Balcells), sus herederos, junto a la historiadora Verónica Rossi, continúan ordenando y clasificando sus objetos y papeles personales, a la espera de otros descubrimientos.

(Publicado en lanacion.com)

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Una novela extraterrestre

abril 23rd, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

Hace poco leí una declaración con la que no podría estar más de acuerdo. Decía algo así como que escribir, mal que bien, puede escribir cualquiera. Pero que el oficio de traductor estaba reservado para pocos, porque para ser un buen traductor no alcanza con saber escribir: hay que ser, primero, un gran lector, y además un profesional dedicado, abnegado, paciente, culto, talentoso, inteligente y sensible. Y a pesar de todos estos requisitos y por alguna misteriosa razón, al menos en la Argentina de hoy, el oficio de traductor está subvalorado (y es uno de los peor pagos de toda la industria editorial). Así nos va a todos nosotros como lectores, y desde hace décadas nos conformamos con las versiones castizas de las novelas y los cuentos que nos llegan no ya de autores rusos o japoneses, sino también de idiomas con los que estamos más familiarizados, como el italiano o el inglés. Lo sabemos: hubo un tiempo en que en la Argentina se traducía mucho y bien (digamos hasta principios de la década del 70: Borges, Ocampo, Bernárdez, Cortázar, Bianco, Pezzoni, Walsh), pero esos tiempos quedaron muy, muy atrás. Ahora, como dice el poeta (y traductor) Guillermo Piro, nos tenemos que acostumbrar a leer libros hechos por españoles que ni siquiera están traducidos para España sino, al parecer, para la calle periférica de un barrio desconocido de las afueras de Madrid.

No es un problema nuevo, pero no por eso deja de ser central (muy de a poco las cosas van cambiando, gracias a algunas editoriales independientes que están volviendo a encargar traducciones locales). Puede advertirse ya la degradación del oficio, aunque no sea el conflicto central del libro, en la novela El traductor, reeditada hace algunos meses por Eterna Cadencia y publicada por primera vez en 1998. El libro (una de esas novelas casi extraterrestres que por fortuna brotan cada tanto en

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la literatura argentina, y le otorgan buena parte de su fuerza y singularidad, como pueden ser Plop, Las islas o El desierto y su semilla) llega de nuevo a los lectores precedido por su mito, y por la trágica historia de su autor, el periodista, psicólogo y traductor Salvador Benesdra. Nacido en 1952 y docente de epistemología genética, Benesdra dominaba seis idiomas además del castellano y había empezado a estudiar el séptimo (japonés) al momento de tirarse de un décimo piso, el 2 de enero de 1996. A pesar de haber sido finalista del Premio Planeta, Benesdra, que había sufrido brotes psicóticos, jamás llegó a ver su novela (una oscura historia de amor, sexo y frustraciones amorosas y laborales de más de seiscientas páginas, que puede ser leída como una despiadada crítica al clima de exitismo y miseria imperante en la década del 90) publicada.

Ricardo Zevi, el protagonista del libro, sufre como traductor de libros en una empresa “progresista” que lo explota como si estuviera empleado en un gulag. Un lugar donde es utilizado, ignorado y maltratado, y con el tiempo reemplazado por una chica recién salida del secundario, que “había hecho toda la escolaridad en inglés”. Luego de caer en la cuenta de la trampa que la editorial Turba le había tendido (“¡De modo que yo le tenía que enseñar a traducir desde cero a quien la empresa había elegido para reemplazarme! Esto debe sentir una empleada que depende vitalmente de un trabajo cuando el jefe la obliga a acostarse

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con él”), Zevi mantiene un diálogo inolvidable con Celeste, en el que Benesdra aprovecha para ajustar cuentas con los traductores improvisados: “Además están todas las trampas de la falsa similitud, que entre lenguas romances son fatales. ¿Sabés cuántos chantas traducen el pois nao brasileño ‘pues no’, aunque es exactamente lo contrario, o el stare stanco italiano por ‘estar estancado’, en lugar de ‘estar cansado’? En francés tenés de esas trampas a carradas. Te juro que en una novela he leído cómo un personaje se apoyaba sobre su ‘orejero’, en lugar de su almohada, porque el tipo que lo tradujo se consideró suficientemente intuitivo para no necesitar consultar oreiller en un diccionario”.

La novela de Benesdra es mucho más compleja, de todas maneras, que lo que parece en esta síntesis. Sobre todo porque gira alrededor del amor que este traductor de izquierdas cultiva, con desesperación, por una chica evangelista que conoce de casualidad, y a la que intenta satisfacer sexualmente sin éxito a pesar de probar todos los métodos imaginables (incluso, o sobre todo, obligarla a prostituirse y mantenerlo con el fruto de esas transacciones). El traductor es un libro oscuro, intenso y agotador que, quedó dicho, parece salido de la nada. Pero que por su potencia y excepcionalidad está condenado a ocupar un lugar a la vez periférico y central en la literatura argentina.

(Publicado en el número 45 de la revista Quid).

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¿A quién le molesta estar gordo? x Jim Morrison

abril 21st, 2013 · Comentarios desactivados

Blank

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On Blank rescata audios de viejas entrevistas (como esta donde Morrison contesta acerca de su aparente gordura, y le resta importancia) y las ilustra libremente. Para consultar el audio completo de la charla con Morrison con el Village Voice en 1969, click acá.

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Así empieza la nueva novela de Thomas Pynchon

abril 21st, 2013 · Comentarios desactivados

Para leer la primera página completa del libro, Bleeding Edge (que probablemente sea traducido como

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El eje sangriento o El eje sangrante), y una descripción (si se puede hablar de descripciones en el caso de Pynchon), hacer click acá.

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Time Out

abril 20th, 2013 · Comentarios desactivados

Su esposa sentada junto a su suegra. Notar que son tan parecidas y tan distintas hace que Mario descubra que el futuro es eso. No una intrincada y poco clara fuerza oculta sino unas líneas rectas que terminan en punta, que van de cabeza a cabeza, de cintura a cintura, de pierna a pierna, y así, hasta completar el gráfico comparativo, el antes y el después. No una destrucción ni la suma de muchas caídas, sino más bien un vínculo que sin llegar a ser desagradable hace torpe y accidentada la ruta por la cual andan los dedos sobre el cuerpo. No es fealdad lo que Mario ve, sino una belleza que se va transformando, que le pide que se aleje, que no la toque (1), si lo que pretende es disfrutarla.

Ama a su esposa, eso lo sabe. Su asunto con Silvia es otra cosa. Como un juego, serio, fácil, de pocas reglas. Al verla desnuda, sonriente, dispuesta, piensa que la juventud es invento de la mirada de los otros, que no existe, que es un giro y un perderse, que no exige y hasta detesta la nostalgia, solo la pura rabia y el deseo (2) de volver a encontrar, de repetir, de pensar en mañana, a qué hora nos vemos, en qué hotel.

Mario se mira en el espejo. Ve sus primeras canas. Piensa en los gestos de su esposa, piensa en Silvia, que nunca pregunta y afirma: “Ella seguro que también tiene algo, vos qué

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te pensás. De los cuernos no se salva nadie”. El está seguro que sí y eso lo pone contento. Al fin y al cabo, piensa Mario, lo que dura tiene más que ver no con la obligación de estar atado, sino con la posibilidad del engaño.

Perro que ladra

1. Gracias JM.

2. Gracias Maru.

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¿Qué pueden hacer las bibliotecas con los libros viejos?

abril 19th, 2013 · Comentarios desactivados

¿Arreglarlos, reconvertirlos en obras de arte, hacerlos pulpa, hacer muebles con ellos?

Acá, algunas ideas.

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Un mapa literario interactivo de la ciudad de Los Angeles

abril 19th, 2013 · Comentarios desactivados

Para verlo, hacer click

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acá.

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Una entrevista con John Irving

abril 19th, 2013 · Comentarios desactivados

-En algún momento usted ha comentado que Hemingway le parece una aberración como escritor y como hombre. ¿Es así?

-Siempre odié a Hemingway. Incluso de adolescente me daba vergüenza ajena. Por su forma de ser hombre y por su forma de ser escritor. Su prosa simplona. Si uno sólo consigue escribir esas frases tan cortas, ¿por qué no dejar la narrativa y dedicarse como modus vivendi a la publicidad? No creo, en su caso concreto, que su formación como periodista lo haya ayudado. Creía que tenía que seguir con esas frases breves y simples, que no le habrían servido jamás a escritores como Melville, Flaubert, Hardy o Dickens?. Gracias a Dios que ellos no tenían inclinación por la prosa simplona y la brevedad. Y la manera que tenía Hemingway de representar la masculinidad siempre me pareció una broma de mal gusto. Al menos para mí, que competí como luchador deportivo durante veinte años y trabajé como entrenador durante otros muchos. Hemingway no era un boxeador, era un amateur . Era un gordinflón y, como escritor, estaba igualmente inflado. Fue el responsable de una tendencia en la literatura estadounidense. Sus imitadores creen que el minimalismo los hace parecer más inteligentes. Como modo

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de escribir prefiero, obviamente, las frases complicadas o al menos complejas, por la misma razón por la que me gustan los personajes complejos y complicados. Incluso en su mejor novela, que escribió a los veintisiete años, Fiesta , la mayor complejidad de su personaje principal es que no consigue una erección. ¡Ésa es la historia central, y por eso existe la novela! Supongo que para alguien como Hemingway lo que le pasa a un personaje era su mayor pesadilla. Como escritor y como hombre, era un fraude.

El texto completo, acá.

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El affaire Fariña x Il Corvino

abril 18th, 2013 · Comentarios desactivados

“Hay otros factores interesantes en el informe de Lanata. En primer lugar generó incomodidad. Puso en escena una serie de personajes que ni el más ortodoxo de los kirchneristas se animaría a defender. Para la patria K, saltar por Moreno o Hebe, más que una obligación, es un

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gusto. Ahora bien: ¿en qué estante del parnaso Nac And Pop ubicamos a Leo, a Lázaro, a Cristóbal?, ¿cómo se relacionan estos muñecos con la distribución de la riqueza, la defensa de los derechos humanos y la ley de medios? Es muy gracioso ver gente afirmando que si las denuncias son verdaderas, se tiene que hacer cargo la justicia: ¿hace falta aclararlo? Uno de los peores supuestos implícitos que implantó el kirchnerismo fue que la existencia de la corrupción privada anulaba los daños de la estatal. Y ahora esa idea vuelve como un boomerang a toda velocidad. Quienes acusan a Lanata de operación de prensa tienen razón, pero deberían explicar qué noticia de los últimos años no lo fue. La calabrolización del caso no debe impedir pensar que Néstor tenía amigos con los que no

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quisiéramos tener ninguna clase de problemas. Ni siquiera en el consorcio de nuestro edificio por haber dejado la bici en el pasillo. Tantos avances técnicos, tanta reivindicación de la política y nadie encontró una mejor respuesta al off side ético que esa frase con gusto a poco: “todos los gobiernos tienen estas cosas”.

El texto completo, acá.

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Enrique Symns x Gabriel Levinas

abril 18th, 2013 · Comentarios desactivados

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El escritor que podía adivinar el futuro

abril 18th, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

Hay algo levemente incordioso en las entrevistas donde los escritores de ficción se desvían del terreno donde uno supone se sienten más seguros (las declaraciones acerca de sus libros, su método de trabajo, la literatura en general o en particular) y se arriesgan a declamar sobre el destino de la humanidad, como si estuvieran más preparados para ello que un estadista, un filósofo o un científico. Salvo algunas excepciones, el resultado suele ser desastroso. Pero cada tanto aparece una de esas inteligencias extrañas, oblicuas, poco frecuentes, que nos hacen olvidar los papelones anteriores. Es lo que sucede con el libro de entrevistas con James Graham Ballard (1930-2009) que acaba de ser publicado con el título Para una autopsia de la vida cotidiana (conversaciones).

A Ballard, como a Stephen King, le sucedió que algunos

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de sus libros fueron adaptados al cine con gran repercusión. En el caso de King, un escritor talentoso y tan prolífico como desparejo, el éxito de películas como Carrie, El resplandor o Misery le dio masividad aunque no la anuencia de la crítica literaria. Con Ballard, hasta 1984 un escritor de ciencia ficción de culto (es decir, una especie de escritor de culto al cuadrado), las versiones de sus libros El imperio del sol y Crash, dirigidas por Steven Spielberg y David Cronenberg, lo dotaron de una inmensa masa de lectores, y de la unción de estudiosos, académicos y críticos, aunque en la actualidad su obra (La exhibición de atrocidades, La bondad de las mujeres) parece haber vuelto a desplazarse al margen de sus orígenes, para ser consumida nuevamente por una porción mínima de interesados.

Eso no impidió que durante años, como explica Pablo Capanna en el prólogo de Para una autopsia de la vida cotidiana, Ballard haya concedido cientos de entrevistas a todo aquel que las solicitara, un poco a la manera de Borges. Este libro recoge cuatro conversaciones: una de 1982 y otra de 1983 (las dos antes de que el apellido Ballard fuera conocido por el gran público) y otras dos de 1990 y 1991, luego de que el cine multiplicara de manera exponencial la tirada de sus libros. En todas, el escritor despliega su inteligencia e imaginación para hablar de cómo fueron pensados y concebidos sus libros, y en el camino, acicatado por las preguntas de sus interlocutores, analiza de una manera sorprendente la sociedad europea y estadounidense de la época, adelantándose en años y hasta en décadas a fenómenos contemporáneos como la Internet, la gentrificación y los reality shows, entre muchos otros.

En 1984, su curiosidad le lleva a decir, por ejemplo: “Lo que espero de la revolución informática y de la televisión es que nos conduzcan a un canal de información científica, que solo tengamos que pulsar un botón para… Quisiera un rendimiento mucho más alto de la información que puedo adquirir por mi propia cuenta. ¡Quisiera estar informado acerca de cada cosa! De las nuevas pinturas que está utilizando la General Motors para su gama Pontiac. Necesito conocer cada detalle, tener información precisa sobre todas las cosas. Quiero saber lo que desayuna Charles Manson, absolutamente todo. No es fácil tener acceso a toda esta información, este es el principal problema”. En la misma entrevista, al advertir los cambios en las urbanizaciones de Londres, declara: “Recuerdo zonas de Londres como Mayfair, Bloomsbury o el Soho mismo, muy heterogéneas, demográficamente y en términos de renta. Uno podía encontrarse con hipermercados muy caros junto a una hilera de casas adosadas de la época victoriana, donde podías alquilar algo por un módico precio. Todo esto ha cambiado. Ahora, las únicas personas que viven ahí son millonarios o jeques árabes en áticos de lujo. Y cuando esto empieza a pasar, es la muerte…”. En el verano de 1983, el formato VHS había llegado a Europa y estaba haciendo furor. Ballard no tiene videocasetera todavía, pero opina: “Creo que la gente terminará aburriéndose de alquilar películas (el mercado ya se está agotando), y entenderá que debe hacer sus propios videos. La transformación de la casa en un pequeño estudio de televisión es algo que ya ha empezado a ocurrir. La gente ha empezado a pensar su hábitat de una manera muy distinta. Comenzará toda una nueva era de exploraciones: incluso las actividades más rutinarias, como afeitarse o hacer unos huevos revueltos, podrán verse por televisión”.

A pesar de lo que pueda parecer, este no es un libro de predicciones (ni podría serlo: nada más viejo que los horóscopos de la semana pasada), pero lo cierto es que su lectura puede funcionar perfectamente en dos niveles. Para los lectores de Ballard, las entrevistas acercan las maneras en que se prepara para escribir, en que aborda su proceso creativo, el germen de algunas de sus historias, su pasión por el surrealismo e incluso declaraciones bastante filosas sobre algunos colegas. Para los curiosos, apenas iniciados en su obra, se ajusta perfecto el título del volumen: son páginas que pueden leerse con un placer morboso, disfrutando y sorprendiéndose por la manera en que la imaginación de Ballard se adelanta a lo que sucederá muchos años después, y viendo cómo él utiliza finalmente esas ocurrencias, a diferencia de lo que haría el enemigo (el poder político, las corporaciones mediáticas, las empresas de marketing y publicidad), para imaginar mundos alternativos y dejar, tras de sí, algunos libros únicos.

(Publicado en lanacion.com)

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Una entrevista con Alan Pauls x Juan González del Solar

abril 17th, 2013 · Comentarios desactivados

Voy a intentar hacerte las preguntas a partir de dos ideas, la ambigüedad y la desilusión, que son dos temas que —para mí— atraviesan tu obra y que también pueden funcionar como directrices para leer la trilogía, y tal vez por sobre todo Historia del dinero. Por un lado, el tema de la ambigüedad: la muerte, por ejemplo, que es todo lo posible y el fin de las posibilidades. En el tema de la desilusión, la mirada del niño. Decías en una entrevista que “la infancia es un buen lugar para inventar mitos”. ¿Esta idea de inventar mitos es parte de lo que te aporta el personaje del niño narrador? ¿Qué cosas te aporta para construir desde ahí tus novelas?

Me parece que la infancia es el lugar donde uno empieza a interpretar. Para mí la infancia es como una gran escuela de interpretación en el sentido de que los niños ocupan en general una posición muy exterior respecto de todo, porque los niños están excluidos de todo y, por lo tanto, en cierto sentido, no pueden hacer otra cosa que leer aquello a lo que no pueden acceder desde esa perspectiva exterior y tratar de descifrarlo de esa manera, y entonces todo lo que ven es un enigma para ellos, es un misterio, y es algo que reclama un trabajo prodigioso que es explicárselo. Y para explicarlo tienen que inventar teorías… Las famosas teorías sexuales infantiles de Freud para mí es uno de sus textos más lindos porque justamente habla de eso: de la extraordinaria capacidad de fabulación teórica que tienen los niños para meter en algún tipo de orden, en algún tipo de relato, signos que no entienden o procesos que no les resultan inteligibles. Entonces para mí eso es lo constitutivo de la infancia verdaderamente, mucho más que lo que los niños sufren o padecen, o lo que a los niños les pasa. Tiendo a ver ya al niño como un interpretador, como un lector, como alguien que no participa del todo de las cosas pero que tiene con las cosas una relación de participación muy extraña, muy particular, que es esa relación de interpretación, que yo creo que es la relación que tienen mis personajes con todo lo que pasa. Dicho eso, no me parece que las novelas privilegien la infancia particularmente, en el sentido de que el personaje es siempre el mismo…

Me refería a las novelas de la trilogía, que parten del niño.

Sí, sí, parten del niño. Pero no identifico a la infancia como el lugar de la verdad.

No, para nada. La pregunta sería si puede salir el personaje de este lugar de niño. Aun cuando es un niño muy inteligente, muy lúcido. Si bien el personaje sale de la niñez. ¿puede superar este estadio de niño en el que, por ejemplo, no entiende bien ni los crostines ni la muerte?

Yo creo que sale en la medida en que entiende que sus interpretaciones inciden en los acontecimientos. De algún modo, interpretar o leer o descifrar es también intervenir en lo que pasa. Es una intervención en la realidad. Y entonces de ese modo su interpretación empieza a participar de la economía del mundo. Su modo de estar en el mundo y de trabar relación con el mundo es leerlo, interpretarlo, descifrarlo. Y empieza a entender que eso también le devuelve algo, que hay una transacción.

¿Esto tiene que ver con la perpetua relación con la traducción que hay en tu obra?

Sí, el traductor es una figura que vuelve para mí, casi como una herencia cortazariana a mi pesar. En el sentido de que a uno ya no le gusta ser el heredero de Cortázar. Hay un problema con el legado del pobre Cortázar. (Risas)

Efectivamente, está muy mal visto que uno cite a Cortázar…

Sí, yo creo que es hora de repensarlo, por lo menos de releerlo. Ha pasado ya el suficiente tiempo de descrédito para el pobre Cortázar como para que podamos volver a leerlo a ver si realmente tenemos razón o si Cortázar todavía tiene algo para decir. Yo creo que tiene algo para decir. Pero sí, la traducción es un poco como esta figura. Lo que hace la traducción es encarnar este problema en un sujeto y en una práctica determinada que, efectivamente, plantea a alguien que está todo el tiempo convirtiéndose en la sombra de otra cosa que lo preexiste y a la cual tiene que ser fiel pero que no puede ser fiel por definición, porque traducir es imposible, sabemos, y con la que tiene una relación de deuda incesante. El traductor como sombra, como sabueso, como rastreador…

Bueno, ahí está de nuevo la idea de la ambigüedad y la desilusión plasmada en esa imposibilidad. Y esto nos lleva al tema de la muerte. Las dos últimas novelas de la trilogía, Historia del pelo y esta, Historia del dinero, empiezan con la misma palabra (“No”) y con escenas similares que marcan que hay una muerte, una modificación. ¿Qué es lo que viene a contar la muerte?

Son tres novelas muy fúnebres realmente. Por ahí en la última lo que pasa es que la muerte empieza como a invadirlo todo, pero están llenas de muertos las tres novelas. La primera termina con el descubrimiento de una muerte, la guerrillera que el personaje descubre, cuyo cadáver descubre en la prensa. Y después hay una

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especie de viento fúnebre que se apodera de las tres novelas. Bueno, eso supongo que obviamente tiene que ver con la elevada tasa de mortandad en los setenta en la Argentina. Pero también con que las tres novelas son sobre cosas que se pierden. Hay algo luctuoso en eso que es quizá mucho más intenso que la cuestión literal de los cadáveres o de la gente que muere. Hay algo en las tres novelas empezando por esos tres elementos: pelo, llanto y dinero, que son tres cosas que se pierden o corren peligro de perderse y eso las toca con una marca de muerte. Eso yo creo que le da a los libros un carácter muy fúnebre.

Hay muchas definiciones de la muerte en las que se la piensa, como la realidad total y también lo contrario, la idea absoluta, la muerte como el inicio de todo lo que puede ser imaginado. Obviamente, el fin de algo es a la vez el principio de todo lo que se imagina sobre esa cosa. ¿Lo percibís eso? ¿Te parece que funciona así?

Sí. Tal vez yo no diría tanto la muerte como la pérdida. La idea de algo que se pierde significa —por lo menos para mí, que soy una especie de interpretador profesional, digamos— que no hay tarea más imperiosa que la de empezar a leer los signos que dejó lo que se fue.

Y eso es algo que te obsesiona ¿no?

Sí, me interesa interrogar los rastros, las huellas, los ecos… Efectivamente, algo empieza cuando algo se pierde. Por lo menos en estas tres novelas yo creo que la experiencia de pérdida es el corazón del asunto.

Vamos al tema del dinero. Decías en una entrevista que era medio porno el tratamiento del dinero: que “no se ve nada pero todo el tiempo se habla de dinero”. Yo creo que sí se ve, eso está claro, entonces te pregunto qué es lo que no se ve del dinero, ¿qué es lo que está velado?

No sé muy bien lo que quería decir con eso pero me parece que la dimensión porno del dinero en la novela es la idea de que es siempre dinero cash. Que el único dinero del que se habla es el cash, que es la instancia porno del dinero por excelencia, la instancia que está pegada al cuerpo, es la suciedad, la promiscuidad. Los billetes tocados, manoseados, usados para cualquier cosa… Una especie de falta de higiene general, diría. Y ese arcaísmo que tiene el dinero cash, un arcaísmo muy vigente en la Argentina sobre todo, que es el único dinero en el que se cree. Me parece que eso es algo muy porno. Y después el otro carácter porno para mí del dinero en la novela es que cuando yo la escribía me di cuenta de que se iba de una escena del dinero a otra escena de dinero, como en una película porno se va de una escena de coger a otra escena de coger, y en el medio lo que hay son como unas débiles, patéticas, transiciones pseudo ficcionales donde la que estaba vestida de enfermera se viste de maestra solo para desvestirse rápidamente y pasar a la acción otra vez. Me parecía que había como una especie de apuro en la novela para ir al grano. Ir al grano en la novela era ir a la escena de dinero: prestar dinero, pagar dinero, cobrar dinero, perder dinero, gastarlo, inventarlo, etcétera. Qué múltiples acciones puede haber alrededor del dinero. En vez de ese virtuosismo sexual, es virtuosismo económico.

Esta idea del dinero me hacía acordar a esos videntes que, por ejemplo, te leen el humo del cigarro. Una vez le pregunté a uno cómo hacía, si veía dibujos, no sé, y el tipo me contestó “yo puedo leer cualquier cosa, la visión no está en el humo ni en una carta, sino en lo que me despierta a mí eso, adónde me lleva”. Me parece que todos los elementos de la trilogía tienen algo de eso. Por ejemplo, el dinero —y lo mismo con el pelo o el llanto—: podés intercambiarlo con otro elemento y ya estás hablando de otra cosa y contando lo mismo.

Bueno, yo creo que eso es lo que tiene un poco el dinero. En ese sentido, siempre es un poco ridículo hablar de que el dinero es material. Incluso el cash, porque ya el cash es símbolo puro. Lo que tiene el dinero es que simplifica todo. Lo que se llamaba en los años setenta “el equivalente general”, en un lenguaje marxista que a mí siempre me atrajo mucho. Pero esa cualidad que tiene el dinero de equivaler a todo es algo que, en términos ficcionales, lo vuelve muy atractivo: ¿de qué vas a hablar si no de dinero?

Volvemos a esta idea de ambigüedad de la que hablábamos al principio o que veíamos recién con el tema de la muerte.

En el caso del dinero, más que ambigüedad diría polimorfismo. El dinero puede adoptar todo tipo de formas, puede servir para todo tipo de ficciones, puede entrar en todo tipo de mundos y circuitos. Lo atraviesa todo.

Bueno, la muerte un poco también ¿no?

Sí, pero la muerte tiene algo sagrado todavía. En cambio el dinero es lo profano por excelencia. La vulgaridad del dinero es siempre lo que es interesante.

¿Los setentas, de alguna manera, serían como tu Coronel Vallejos?

Sí, bueno, ese es como el último momento que la política en la Argentina fue algo al mismo tiempo abyecto y sublime.

Y que el personaje del padre juegue es una puesta en abismo de la época ¿no?

Yo creo que eso vuelve a los setentas un momento muy atractivo, muy privilegiado, y bastante único en cierto sentido porque lo abyecto y lo sublime en un mismo momento histórico…, la verdad que es mucha intensidad, demasiada intensidad.

Más en la Argentina ¿no?

Bueno, a la vez es cierto que la Argentina es un país que está muy acostumbrado a flotar en esas aguas, ¿no? Pero yo creo que en ese sentido los setentas son una especie de gran momento histórico. Por otro lado, en términos biográficos, yo me formé en los años setenta. O sea yo tenía once años en los setenta y veintiuno en 1980, o sea que todos los umbrales por los que uno pasa, los pasé en los años setenta: erótico, sexual, escolar, intelectual, artístico, social…

Me da la sensación de que con los setenta —y no sé si lo escribís con consciencia— problematizás los lugares comunes. ¿Es algo que te interesa? Porque claramente el lugar común de los setenta lo ponés en riesgo.

Bueno, me interesa problematizar en todo caso como una cierta manera de presentar los setenta, una cierta manera de recordarlos…

A eso me refiero con los lugares comunes: al “fetichismo de la memoria”…

¡Exacto! Me interesa contradecir un poco esa tendencia a la evocación, a la memoria justa, equilibrada, que pone las cosas en su lugar. Y por otro lado me interesa contradecir a la idea del fresco, ¿no? Por eso quise que sean tres novelas cortas y que no dieran un panorama general de los años setenta, sino que fuera como una apreciación de la época muy arbitraria, digamos, muy caprichosa. Me parece que en ese sentido las novelas no tienen un valor documental en relación con los setenta. Pero sí lo tienen en la medida de que las tres novelas cuentan cómo se forma una sensibilidad en los años setenta. Una sensibilidad clase media, intelectual, artística argentina de esos años. De qué inmundicias y de qué cosas extraordinarias está hecha esa formación.

“Soy pan, soy dios”…

Exacto. Piero, el cantautor de protesta de Historia del llanto, pero también los momentos de éxtasis políticos e intelectuales más increíbles de los años setenta para mí. Entonces, en ese sentido, me parece que las novelas tienen como un cierto valor histórico si querés, de documentos.

Vos decís que es arbitrario el corte, pero donde cortás vas al hueso. El segmento que tomás, lo tomás con mucha seriedad, es muy abarcativo, no es cualquier segmento.

No, totalmente. Pero podés compartir ese corte o no compartirlo para nada. Ese corte te puede tocar, como vos decías, o te puede no hablar para nada. En ese sentido es arbitrario.

Sí, pero no puedo decir que ese corte está mal hecho.

No, no. Digamos ese corte no está frívolamente hecho, eso quiero decir. Eso es cierto. Pero yo soy serio, o sea soy así. Me pongo a escribir lo de los años setenta a partir del pelo y eso que parece una especie de huevada en la novela termina teniendo una densidad insoportable. Bueno, es así. Me interesa eso, me interesa volver denso lo frívolo. Encontrar la textura densa de lo más insignificante y lo más banal. Eso es cierto y me gusta que se reconozca. Pero es un corte que puede ser totalmente ignorado por otra gente: “no son mis setenta, no tengo nada que ver con eso”.

Esta tríada de novelas, dijiste en una entrevista, son “sobre el asco y los setenta”. ¿Sobre algo más?

Asco y fascinación, eh. No una cosa sin la otra. Por eso digo abyecto y sublime. Para mí, esa es un poco la oscilación en la que yo imagino estas tres novelas. Digo, la escena del cantautor de protesta para mí es muy ejemplar en ese sentido, ¿no? Digamos, no se trata solamente de burlarse de alguien que a la distancia vos ves que era un idiota, o que era un encantador de víboras o un vendedor de espejitos. Eso es muy fácil. Se trata de…, y es lo que pasa con el personaje en esa escena, de ver hasta qué puntos estás hecho de esa inmundicia, hasta que punto eso circula por tu sangre y hasta qué punto eso fue tan importante para tu formación como los mejores escritores que leíste, los maestros con los que te encontraste, ¿entendés? Me parece que eso pasa cuando uno está en esa época de formación en la que sos totalmente vulnerable, sos poroso, te pueden engañar fácilmente. No sé, como las películas de Ken Russel. Yo tenía doce y veía Mujeres apasionadas (o cualquier película de Ken Russel) y decía: “¡Wow, esto es el cine!” Por supuesto a los quince, cuando ya había visto Godard, me daba cuenta de que Ken Russel era como un estafador. Ahora: Ken Russel ya me había inoculado el veneno. Entonces cuando yo iba a Godard, y me dejaba raptar por Godard, el raptado ya tenía en sus venas esa especie de virus inmundo de Ken Russel. Y yo, que hoy sé obviamente quien es Godard y quién es Ken Russel, reconozco que hay un lugar, totalmente bastardo, como “berreta” digamos, cultural, que está ocupado por Ken Russel. Y eso forma parte de mi enciclopedia tanto como Godard.

Tiene que ver incluso con lo que hablábamos antes de qué escritores te hablan en qué momento…

Exacto. Entonces, cuando digo formación de sensibilidad digo eso: tener el valor y la sinceridad (la única cuestión en la que creo es en la sinceridad) para enfrentarte con esa abyección que te formó, ¿no? Y cuando digo abyección, digo también tener quince años y alegrarte porque le metieron una bomba a un tipo y lo hicieron saltar por el aire, ¿entendés? Yo tenía esa experiencia cuando tenía quince, dieciséis, y leía Estrella roja y leía con fruición las crónicas de los copamientos, de los ajusticiamientos. Bueno, la sensación yo diría de fruición casi sexual que yo tuve cuando leí por primera vez el relato de la ejecución de Aramburu en la causa peronista. Un texto admirablemente escrito, en el que se dice que metió la mano Walsh, que contaba algo con lo que yo podía estar de acuerdo políticamente, digamos, en el sentido de que yo sabía quién era Aramburu, y a la vez estaba gozando con un texto que estaba contado de una manera totalmente fría cómo le habían pegado un tiro en la cabeza a un tipo. ¡Estaban matando a un tipo! Pero es cierto que, conociendo bien el texto, es un texto extraordinario realmente, el del relato de la ejecución… Hay algo que para mí la película de Filipelli ve bien, ve muy bien, que es que en el texto de la causa peronista se constituye a Aramburu como un sujeto muy, muy épico.

El tema es cómo mirábamos entonces y cómo lo miramos ahora.

Yo creo que hay una cosa que es qué lectura hacés de ese mismo signo, que en ese momento te produjo ese afecto: visión, éxtasis, algarabía, etcétera. Eso es una cosa, y obviamente tu lectura no puede ser la misma. Pero lo que yo creo que no se hace a menudo es volver sobre el afecto que te provocó ese signo. O sea, volver sobre ese goce, interrogar ese goce. Porque ese goce no desapareció. La lectura se corrige, hacés autocrítica, pero el goce no se interroga. Y las novelas éstas interrogan ese goce. Y en ese sentido son autobiográficas. No porque cuenten lo que me pasó, sino porque giran alrededor de ese goce.

Decías en una entrevista… (Hay muchas entrevistas tuyas en Internet).

Hay mucho, sí. Internet es eso. Es insoportable.

Bueno, decías en una entrevista: “Mi papá decía que era amigo de mucha gente de la que en realidad no era amigo”. Eso lo decías en relación con Cortázar. Esta podría ser una línea de Historia del dinero, ¿no?

Sí, a mí lo que me interesaba mucho en ese fenómeno es que yo me acuerdo de ir caminando por la calle Florida con mi papá (mi papá trabajaba en el Microcentro) y él saludaba un promedio de veinte personas por cuadra.

Era productor de cine ¿no?

No, él era agente de viajes. Pero siempre tuvo como una especie de relación fuerte con el cine. Fue productor de la primera película de Manuel Antín, La cifra impar (donde también estaba involucrado Cortázar) y después volvió a ser productor al final de su vida, sus últimos diez años. Produjo La película del rey de Sorín y otra serie de cosas. Pero a mí me llamaba mucho la atención de chico que mi padre saludara a un promedio de veinte personas por cuadra, entre Viamonte y Plaza San Martín. Entonces, en un momento empecé a entender que había ahí una especie de socialidad muy específica, que es la socialidad de los conocidos. No son amigos, no son personas a las que vio una ni dos veces: son “conocidos”.

Sé quién es…

Exactamente. Y entre los conocidos había intereses muy, muy específicos, muy puntuales. Siempre me resultó muy enigmática esa socialidad. Es una socialidad que yo no tengo para nada. Yo tengo amigos o gente desconocida. En el medio no hay nada. O sea, obviamente tengo conocidos. Pero no tengo con esos conocidos esa especie de rarísima complicidad inconsistente que yo veía que mi padre tenía con toda esa gente, que toda esa gente tenía entre sí.

Es una asociación para ciertas cosas.

Sí, exactamente: “Una vez le vendí unos pasajes…, una vez estuvimos juntos en una mesa de póquer…”. Y a la vez había como una memoria muy impresionante de todo eso. Él se acordaba de todo. Yo no me acuerdo de nada. Y en todo caso hay algo de esa socialidad que a mí me interesaba reflejar en la novela. A mí lo que siempre me interesa de lo autobiográfico es eso: algo que se destila de la experiencia personal pero que ya no es exactamente la experiencia personal; como una emanación, algo en donde la experiencia personal se convierte cuando ya la interviene una mirada interesada, artística. Como la entrada que uno hace en un diario. Lo que anotás en un diario no es exactamente lo que te pasó. Es algo que ya está encuadrado, que ya está compuesto. Es como un plano que ya está compuesto. No es la escena sino lo que se ve en la cámara. Y lo que se ve en la cámara ya no es exactamente la escena, ya forma parte de otro registro. Es una especie de registro protoartístico, ya empieza una ficción ahí. A mí me interesa eso. Bueno a ver, ¿qué es esa socialidad?, ¿qué hay ahí? Es como una manera de circular, una manera de reconocerse, una manera de deberse cosas, pero sin ser amigos. Muchas veces esta socialidad es de relaciones de deuda. “Es un conocido, una vez me prestó plata, me sacó de apuros pero no somos del todos amigos…”.

Bueno este personaje que él va a ver en Río, ¿no?

Exacto. Hay una idea que es como: bueno, sí, la madre tiene razón, lo que realmente hacía el padre era jugar. Y la madre, que podría tener razón perfectamente, porque el padre es un jugador y es un tipo que por lo tanto tiene que pactar cosas para esconder que juega, podría tener razón y ahí no la tiene.

Este tema del esconder. Así como decías que es una novela sobre la pérdida es también sobre lo escondido.

Sí, es una novela sobre la pérdida, sobre el esconder, sobre el secreto, lo canuto. Para mí la idea de lo “canuto” es una idea tan increíblemente argentina y hay tanta significación condensada en esa idea. Doble vidas: doble vida económica, sexual, secretos, autoengaño. Lo que tenés encanutado sin saber que lo tenés encanutado. El secreto. Sobre todo la dimensión del sucio secretito. Esa especie de secreto en el que te regodeás, como la gente que se huele a sí misma. Como el personaje de El custodio, la película de Rodrigo Moreno: que se toca, que se huele la grasa. Es tan impresionante como gozar con tu asquerosidad privada. Muy canuto eso. Para mí eso es canutismo. Sí, las tres son novelas sobre eso, sobre lo muy privado. Pero porque también lo muy privado es el goce del que te hablaba antes, que es una cosa muy difícil de contar.

Hablaste también de lo privado como político. De lo político como una pulsión privada.

Bueno, es que por ejemplo yo me imaginaba a militantes políticos muy cabales en 1974 leyendo juntos la crónica de la ejecución de Aramburu, y obviamente que la pasaban bomba. Pero ese pasarla bomba ya tenía una especie de sobreelaboración política. Y eso ya eclipsaba esa versión incandescente del goce que sentían por haber ejecutado a un canalla.

¿Cómo se escribe en serio acerca de los sentimientos? ¿Cómo llevás la emoción a la escritura y esta relación entre la emoción y la inteligencia?

No sé si hablaría de sentimientos en realidad. Yo hablaría más de afectos. Es una palabra que hay que repensar, reformular. Fue secuestrada por una cierta vulgata psicológica medio maternalizante que a mí me parece repugnante. Pero el afecto en el sentido psicoanalítico, incluso filosófico, me parece que tiene algo mucho más interesante porque es un tipo de energía mucho más bestial, mucho más brutal que lo que uno llama sentimientos. Por empezar el afecto es una cosa “pre”, como precocido, tiene algo de crudeza que a mí me interesa mucho, mientras que los sentimientos ya tienen una forma, tienen un nombre. El afecto no tiene nombre, es una especie de sentimiento antes de ser nombrado. O sea que es una cosa que no tiene forma, que no tiene dirección.

Aparte, el afecto es polifuncional.

¡Eso! Exacto. Entonces a mí eso es lo que me interesa, más que los sentimientos, que creo que están demasiado formados. En todo caso yo diría, me interesa de los sentimientos lo mismo que le interesaba a Puig. Yo diría: ¿Cómo escribir en serio sobre el mundo sentimental? Hay que leer a Puig, que es el que nos enseñó a todos de qué modo ser serio con los sentimientos, y básicamente la fórmula es ir a fondo con eso.

¿Y sentís que es un terreno denostado a priori?

Sí, yo diría que hay un cierto tabú en la literatura argentina cool, digamos, piola. Pero a la vez todos los grandes escritores argentinos siempre se ven confrontados con eso, ¿no? Yo creo que en estos libros el tipo de memoria está atravesada por el afecto, en el sentido que es una memoria que no sabe todavía qué pensar de lo que recuerda. Por momentos el personaje cree que está como en paz con lo que recuerda pero en realidad sigue odiando en los mismos términos en los que odiaba en el momento en que eso sucedía, treinta años atrás. Y por momentos descubre que envidia eso que creía recordar con cariño. Es una memoria totalmente poseída por una corriente de afectos, pero incontrolable.

Pero ¿no te parece que a veces aparece la inteligencia salvando este desborde, como conteniendo la situación? La inteligencia académica, la conciencia de la escritura.

No, yo creo que la consciencia de la escritura por empezar es algo que tiene un alcance limitado. Incluso los escritores más hiperconscientes —Nabokov, por ejemplo— uno leyéndolos se da cuenta de que esa hiperconsciencia tiene un límite, que hay puntos ciegos en la práctica del escribir, que son puntos ciegos incluso para escritores que se jactan de controlarlo todo. Entonces me parece que es difícil que esa hiperconsciencia sofrene las riendas. Incluso en escrituras controladas los agujeros están dentro del control. O sea el control lo que hace es definir cierto territorio, pero adentro de ese territorio está lleno de huecos y de cosas no del todo articuladas. Por ejemplo todos estos libros de la trilogía son muy inarticulados. Por supuesto, hay una escritura. Yo soy alguien que escribe como escribe y no soy ingenuo respecto de lo que escribo, sin duda, pero son novelas que para mí son muy oscuras en muchos sentidos.

¿Inarticulados en qué sentido?

En que sé que hay cosas que están en la novela pero que yo no terminé de deletrear. Lo interesante es lo que sigue sin decirse con todas las letras dentro de un contexto muy deletreado.

No la hemos nombrado por ahora, pero tanto se dijo lo de que El pasado es “el amor en el siglo XXI”. Si El pasado es eso, Historia del dinero es la relación con los padres en los tiempos del psicoanálisis, ¿no? Por ejemplo, cuando dice “a mí me toca pagar”… Todas las expresiones en la novela están hablando de algo más.

Para mí que el personaje pague es literal. Lo que cuenta la novela en todo caso es qué les gusta hacer a esos tres personajes con el dinero. Haciendo qué cosas gozan con el dinero. Es decir, gozan, no es solamente que la pasan bien, sino que repiten algo, insisten con algo. Ahí hay algo del psicoanálisis…

Bueno, también la recuperación del padre y de la madre es algo muy del psicoanálisis.

Sí, es una novela familiar. Es hija del psicoanálisis. Bueno, yo soy hijo del psicoanálisis, un hijo militante del psicoanálisis. Sigo cumpliendo el papel heroico contra los pro psicofármacos diciendo: “Señores, no sean adictos, trabajen un poco. No sean adictos: hablen”. Atravesá algo, viste.

Es totalmente una novela sobre el psicoanálisis…

Puede ser. Bueno, otra de las cosas sobre las cuales yo me podría haber interrogado en la novela es por qué una sesión de análisis cuesta doscientos pesos y no mil o diez o ciento cincuenta. Por ejemplo siempre me interesó mucho —pero eso no lo puse aunque en un momento estuvo, porque entraba dentro del horizonte del dinero que me interesaba— las distintas formas de pagar una sesión, como Bellatín que pagaba con textos que después publicó, pintores que pagaban con cuadros. Por supuesto que en el psicoanálisis la cuestión del dinero es un tema central, siempre. Pero en el caso de la novela mi idea era hacer una descripción de prácticas relacionadas con el dinero. Prácticas, sin pensar tanto cuál es el equivalente de esa configuración psico. La madre gasta plata. No me importa por qué la gasta, lo que me gusta es cómo la gasta, qué pasión hay en eso. Cómo el padre juega y le gusta inventar el dinero, pero muere sin nada. En la novela en general lo que hay es una imposibilidad total de guardar el dinero. El dinero es lo que no se puede guardar. Y a la vez hay dos maneras de guardarlo, que para mí son prácticamente artísticas. En ese sentido, la madre y el padre son artistas. Una es la madre que colecciona la plata que le pidió al hijo en las bolsitas de plástico y la otra, el padre que inventarió toda la plata que entró y toda la plata que salió por sus manos. Esa es la única manera de guardar el dinero.

Está muy bien contado el tema de la clase social en el libro.

Lo que pasa es que es muy difícil, si sos muy outsider, saber cuál es el signo verdaderamente significativo de la clase.

Bueno, esto de mancharse con la tinta… Cuando la plata se hace real. Como decías antes, esa cosa guarra del dinero.

Sí, bueno y a la vez para mí ahí el signo interesante es que el padre no se mancha. El padre, que solamente maneja cash, porque la guita siempre la hace de maneras oscuras, no se mancha. Hay algo de eso que lo fascina al protagonista y a la vez hay algo en eso que es insoportable. Porque es como si el padre siempre se las ingeniara para quedar limpio, cuando está en contacto con cosas muy oscuras. Y eso lo vuelve al padre, bajo un aspecto, intachable, inmaculado, en un personaje muy oscuro. No solo porque está en contacto con zonas oscuras, sino porque él siempre está limpio. Entonces hay algo raro. Es como si el personaje no pudiera ver cuando el padre aprovecha para lavarse las manos y quedar limpio. Si se lava las manos es porque está en contacto con algo muy sórdido: el padre es un falso buen personaje, así como la madre es un falso mal personaje.

Pero no está ocultado esto, es un padre real.

No, es cierto…

Nadie avanza en la historia, ni el protagonista ni el padre. Esto me lleva a pensar en la cuestión del héroe. No hay héroes en la novela.

Si el héroe es el que avanza sí, puede ser que no haya. No trabajo con ese concepto de héroe, para nada. En ese sentido me parece que los personajes de mis novelas son personajes contemporáneos. Personajes medio herederos de la tradición de la novela del siglo XX: Musil, Kafka, Joyce, Proust, personajes que más bien son atravesados por fuerzas y la función que tienen en esas novelas es la de revelar algo en sus propios cuerpos, en sus propias trayectorias, pero nunca aprender algo o cambiar… La idea del personaje con la que yo suelo trabajar —medio inconscientemente también, porque no me lo propongo— es que el personaje es una suerte de campo de pruebas, es como un sujeto experimental. Uso los personajes para experimentar cosas, para experimentar fuerzas, sensaciones, ideas.

¿Y esta inmadurez del personaje no es una puesta en abismo de nuestra sociedad también?

No, no lo vería así. Sería como una lectura alegórica que yo no me propongo. Lo veo más bien como: ¿qué significa escribir novelas hoy? Hasta qué punto para mí escribir una novela hoy sigue siendo escribir una novela como las que se escribían en el siglo XX y cómo esas novelas son todavía absolutamente contemporáneas, en el sentido en que no plantean sujetos, personajes activos, dinámicos, que avanzan, que progresan, que sortean pruebas, el personaje tal como todavía sigue sosteniéndolo el cine, sino que básicamente lo que cambió en estos últimos ciento y pico de años de historia es que los sujetos son también superficies por las que pasan unas fuerzas que son demenciales: política, sexualidad, enfermedad, animalidad, demencia, deseos… No sé si eso dice algo específico sobre lo que es la Argentina. Creo que dice algo sobre el siglo XX, sobre cierto estado de cosas contemporáneo donde la identidad de los sujetos es algo muy difícil de definir y sin duda no se puede definir por cosas dadas de antemano, sino que son cosas que se van formando. La Argentina no es excepcional, acabemos con ese mito, somos mucho menos excepcionales de lo que creemos. Es un país mucho más contemporáneo de lo que pasa en el mundo de lo que nosotros estamos dispuestos a creer. Los detractores de la Argentina y también los fans: o sea los detractores del atraso, del salvajismo, del arcaísmo y también los que exaltan la personalidad del argentino, la excepcionalidad del ser argentino. El argentino está mucho más en sincro con las barbaridades y con las cosas geniales que pasan en el mundo contemporáneo de lo que uno cree.

Estamos absolutamente de acuerdoLeí en una entrevista que decías que te interesaba mucho el desperfecto en tu literatura. Pero también decías antes que vos sos un escritor muy consciente. Entonces ¿dónde ubicás esta idea del desperfecto?

Yo creo que hay un error general alrededor del escritor consiente que es confundir consciencia con control. Incluso no sé si la palabra consciencia es la más pertinente para describir la noción de saber o de alerta que un escritor tiene con lo que hace, con los procedimientos que pone en juego, con los procesos que desencadena… Me parece que cuando digo que no soy un ingenuo en relación con lo que escribo simplemente lo que quiero decir es que me niego a confundir la literatura con el arte de contar historias, que es lo que dicen que es la literatura los escritores que reivindican la ingenuidad, la inocencia, la espontaneidad, la expresión, la verdad, etcétera. Yo no soy ingenuo en ese sentido: no creo que la literatura sea contar historias ni creo que la literatura tenga nada que ver con la expresión de la verdad. Ahora eso no quiere decir que yo controle lo que escribo. Simplemente que cuando yo me pongo a escribir una novela no digo, como los escritores que cuentan historias, “¡qué buena historia tengo entre manos y cómo me va a gustar escribirla!” Algo que me mueve a escribir una novela es preguntarme: “¿puedo escribir una novela que sea un testimonio pero que esté escrita en presente?” Esa especie de contradicción en un testimonio escrito en presente para mí es un motor de escritura. Esa es la diferencia. Tengo esa idea y esa idea para mí es tan estimulante para escribir como para otros puede ser la historia que uno le cuenta a otro, una historia llena de aventuras y de peripecias y de viajes y de vueltas y de cambios de fortuna. A mí eso me deja totalmente frío. Pero me decís ¿puede dar un testimonio en presente alguien que no vivió los hechos sobre los cuales va a testimoniar? Eso para mí es el motor de una novela. El problema sería: ¿qué es vivir una época? A mí los problemas me hacen escribir, me gusta escribir sobre problemas. Y probablemente los problemas requieran una taza de pensamiento y de reflexión y de conciencia un poco más elevada que la que ponen en práctica los escritores que cuentan historias a la hora de contar sus historias. Pero ser consciente de lo que uno escribe no es saberlo todo, porque no hay consciencia que no involucre un agujero negro, no hay pensamiento que no involucre fatalmente un impensado, o sea algo que te resulte imposible pensar, y cualquier pensamiento, por más sistemático, exhaustivo y controlado que sea, no hace más que girar alrededor de un núcleo impensado, y eso lo sabe cualquiera que haya pensado algo alguna vez en su vida, desde alguien que trata de pensar su situación personal en un momento de crisis, que se da cuenta de que entiende algo de lo que le pasa, pero que todo eso que entiende gira alrededor de una especie de agujero, que es como un agujero de los desagües: uno se mueve alrededor de algo y vos no sabés qué hay ahí. Toda consciencia de escritor gira alrededor de esa inconsciencia, de ese agujero impensable.

Hay momentos que yo los llamo “excesos Alan”. A veces querés contar algo y llegás a niveles…

Sí, ¿por qué llegar hasta ahí?

Bueno, por ejemplo la escena de la mesa (cuando se para y declama…), los metros del baño de la Bestia, la cantidad de crostines…

Cuento muchas veces ese punto porque ese es el punto casi intolerable para el personaje. Siempre para mí hay una especie de desafío, como de neurótico obsesivo, que es la idea de agotar algo. O sea, contar algo para agotarlo. ¿Querés contar el dinero? Bueno, saturá las páginas de dinero. ¿Querés contar el pelo, la obsesión que hay con el pelo? Entonces el mundo va a ser visto a través del pelo.

¿Y jugás con la superficialidad un poco a través de esto?

Sí… Digamos, en vez de cavar un poco y ver dónde puedo cavar en otro lugar, tiendo más bien a buscar petróleo y voy entusiasmándome y no paro hasta llegar al centro de la Tierra. Tal vez cavé unos millones de kilómetros de más…, pero la paso muy bien cavando. Yo quisiera que en el horóscopo chino, por ejemplo, hubiera un signo que se llame “topo”. Yo aplicaría para ser considerado “topo”. Para mí hay que crear un signo nuevo que sea “topo” y yo sería un candidato aceptable.

Nombraste a Borges y a Puig, ¿tus novelas podrían estar en el medio de los dos, así como una vez dijiste que El pasado estaba entre Seinfeld y Proust?

Ojalá. Me encantaría que lo que escribo pudiera inspirar la idea de que esos dos programas literarios, esas dos poéticas, aparentemente tan heterogéneas, tuvieran una especie de extraña boda en lo que escribo. Sería extraordinario. Yo desde hace muchos años pienso que entre Puig y Borges hay como un extraño parentesco contra natura, ¿no?, que por supuesto ninguno de los dos hubiera reconocido. Pero me parece que es posible pensarlo. Yo, en tanto que soy fan de Borges y de Puig y en tanto escritor que escribe cosas que yo siempre pensé que nada tenían que ver con Puig, desde hace unos quince años tengo la impresión de que Puig también en cierto sentido inoculó mi escritura. Sí, me gusta que digas eso porque, aunque eso es algo que no me propongo hacer, lo que escribo está poniendo en escena un proceso de mestizaje, de hibridación, que yo no calculé pero que trenza dos poéticas que para mí son igualmente decisivas, y son igualmente decisivas para la literatura argentina.

Entre el ensayo y la ficción ¿te sentís más cómodo en alguno? ¿Elegirías alguno de los dos?

No, no. Me gusta mucho el vaivén y la oscilación. Y también me gustan mucho cada vez más los momentos ensayísticos de la ficción y los momentos narrativos del ensayo.

En esta novela hay menos humor y sexo que en otras, ¿no? Esa libido está puesta en el dinero básicamente ¿no?

Sí, porque yo creo que ahí lo interesante es que el sexo está sublimado con el dinero. Pero igual me parece que en las tres novelas, fúnebres como son, hay una cierta risa, una cierta comicidad. Para mí toda la historia de la casa, de la bestia, esa especie de Xanadú que se construyen, es delirante. Hay algo de la lógica del dinero que tiene que ver con eso. Así como el dinero tiene una lógica de multiplicación demencial en la Argentina y una lógica de pérdida también demencial: gente que pierde y gana dinero de manera irracional, me parece que hay una lógica totalmente irracional en el modo en que el dinero se traduce en objetos o en bienes que se vuelven irracionales también y que no tienen nada que ver con lo que fueron en el principio, que no respetan el proyecto que los concibió y que empiezan a adquirir como vidas propias. O sea que eso que parece tan delirante no lo es tanto. Incluso ese es casi un momento muy realista de la novela. Pero lo que tiene es que la lógica que encarna es muy visible, se vuelve muy transparente, y eso produce un efecto como de delirio. Me parece que, efectivamente, en lo que escribo hay muchas zonas que pueden poner al lector en esa posición: esto te lo podrías haber ahorrado, acá te fuiste al carajo, podrías haberte detenido. Pero a mí me gusta que sea así.

Pero bajaste eso en relación con El pasado.

Bueno, entonces voy a volver a hacerlo en cualquier momento.

Aun así, en la trilogía está más controlado, está mejor, más orgánico, me parece. Porque en El pasado le estás pidiendo al lector que lea setenta páginas más para contar…

El lector es libre, es siempre libre de hacer lo que quiera. Yo parto de esa base. O sea soy un pesado porque parto de la base de que el lector es libre, por eso soy un pesado.

Última pregunta: dijiste en una entrevista que el escritor debe conservar su figura de escritor en todo momento…

Lo que digo es que me parece que un escritor ya no puede ignorar que la vida pública es un medio a disposición de sus intervenciones tan interesante, o tan banal, como las palabras con las que escribe sus novelas.

En ese libro que escribís con tus entrevistas ¿hay una pregunta que te gustaría responder?

No, porque no tengo claridad sobre lo que tengo que decir cuando contesto una entrevista. De verdad, no tengo un texto. Para mí la buena entrevista es justamente la que inventa una coyuntura totalmente específica y hace que yo tenga que pensar cosas específicas. El resto es burocracia, digamos. Me parece que lo genial de una entrevista, que es un género que a mí me interesa mucho para contestarlas y para hacerlas también (a mí me gusta mucho entrevistar personas), es que es un género de invención, donde los dos tienen que inventar. Tiene que inventar el que entrevista y, si el entrevistador realmente está pensando, el entrevistado tiene que pelar y tiene que pelar cosas en las que no pensó. Entonces no tengo claridad sobre lo que voy a decir, para nada.

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El lado oscuro de la soja

abril 15th, 2013 · Comentarios desactivados

“Las consecuencias en la salud pública

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del boom de la soja argentino. Por qué detrás de la aparente polarización política se esconden consensos verdaderos”. Un documental de Glenn Ellis y Guido Bilbao.

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Dejar de escribir x Ignacio Echevarría

abril 15th, 2013 · Comentarios desactivados

“Esto último contribuye a atenuar la irritación que, de entrada, produce el hecho cada vez más frecuente de que un artista cualquiera haga pública su determinación de abandonar la actividad que le es propia. Todos estamos hartos de asistir al regreso de cantantes, de actores, de toreros que habían proclamado a los cuatro vientos su decisión de retirarse. Los agentes se frotan las manos cuando se trata de organizar

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la “última gira” de la estrella de turno, para luego anunciar a bombo y platillo su anhelado retorno. Pero ¿un escritor? ¿Por qué un escritor habría de hacer una cosa así, como no fuera embargado por un delirio megalomaniaco como el que en su día movió a Gabriel García Márquez a anunciar que no publicaría ninguna obra de ficción mientras Pinochet gobernara en Chile?”.

El texto completo, acá.

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¿Los medios de comunicación están cavando su propia tumba?

abril 14th, 2013 · Comentarios desactivados

“This adds up to a news

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industry that is more undermanned and unprepared to uncover stories, dig deep into emerging ones or to question information put into its hands. And findings from our new public opinion survey released in this report reveal that the public is taking notice. Nearly one-third of the respondents (31%) have deserted a news outlet because it no longer provides the news and information they had grown accustomed to.”

El texto completo, en inglés, acá.

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¿Qué es el periodismo literario?

abril 14th, 2013 · Comentarios desactivados

“Periodismo literario es un término más opaco. Su virtud puede estar en su carácter inocuo. Como practicante de este género, encuentro que la parte “literaria” suena pedante y la “periodística” enmascara las posibilidades creativas de la forma. Pero “periodismo literario” es una expresión más o menos certera. Juntas, esas dos palabras cancelan sus vicios mutuos y describen el tipo de texto en que las artes estilísticas y de construcción narrativa asociadas desde siempre con la literatura de ficción ayudan a atrapar la fugacidad

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de los acontecimientos, que es la esencia del periodismo. ”

El texto completo, acá.

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Un completo recorrido por la muestra "Archivo Bolaño"

abril 13th, 2013 · Comentarios desactivados

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“En la rueda

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de prensa previa a la inauguración de Archivo Bolaño, la imprescindible muestra que podrá verse hasta el 30 de junio en el CCCB, escucho a Carolina López, la viuda de Roberto, confesar cómo hasta 2006 no reunió presencia de ánimo suficiente para clasificar las cajas que su marido dejó apiladas. Carolina es precavida. Habla con una soltura distante pero simultáneamente cálida y cortés, combinación inesperada que me hace lamentar que casi nunca conceda entrevistas. Me veo hipnotizado por los diamantitos de sus gafas de bibliotecaria mientras desgrana las características del archivo: más de 14.000 páginas, 84 libretas, 167 entrevistas, 1000 cartas recibidas y copia de algunas enviadas, 26 cuentos y cuatro novelas inéditas, recortes de prensa, pilas de papeles… Y una servilleta arrugada de un bar de México DF, donde Bolaño garabateó un poema en algún momento de los 70. Ordenar ese caos de cajas (no tantas como en mi sueño pero casi), por no hablar de los discos duros que escudriñó Ignacio Echevarría, se adivina una tarea titánica aunque fascinante: fechar, deducir, numerar, escanear y sobre todo leer, leer, leer, leer. Una visita de Marçal Sintes, director del CCCB, convenció a Carolina de que parte de ese archivo tenía que ser exhibido. Y esa muestra, comisariada por Juan Insúa y Valerie Miles, es apenas la quinta parte del total, la punta de un iceberg exquisito del que quedan por explorar cintas de música, poemas, fotografías…”.

El texto completo, acá.

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El sentido del gusto

abril 12th, 2013 · Comentarios desactivados

Josefina detecta el amor con la boca. Sabe que el deseo tiene capas y que casi nunca están conectadas entre sí. Como si ella fuera el lomo de un libro de muchas hojas que no debieran estar juntas porque cada una de ellas cuenta una historia distinta. Se calentó con hombres por las piernas, por algún triangulo de pecho dibujado por una camisa abierta y blanca, por cómo estaban vestidos, por algo indefinible a lo que ella llamó actitud. Se acuerda, y se ríe, sola, con vergüenza, aquella vez que se masturbó mirando una final de básquet entre Italia y Grecia. A veces, varias veces, se calentó porque sí y otras, que no fueron pocas, no se calentó nada, pero se dejó arrastrar, dejó que la inercia hiciera lo suyo. Se calentó por el hambre que despiertan los períodos de abstinencia, porque el cuerpo le rogaba (1), se calentó por el nivel de alcohol en sangre.

Lo que también sabe es que si lo primero que piensa cuando ve un hombre es que lo quiere besar ya es tarde para escapar o cualquier otra cosa. Repite y se lo dice en voz alta que no se quiere entusiasmar mientras se imagina su primera mañana juntos, un viaje corto, una foto, una mano que busca otra mano entre una multitud y cuando la encuentra la presión es la justa y necesaria para sacarla de ahí. La asusta un poco conocerse lo suficiente como para aceptar que si el asunto se concreta ella hará lo que le pidan, se tirará desnuda en la cama o en una escalera, se moverá al ritmo que le pidan y muchas cosas más sin tener problema en pedir a cada rato que la besen.

Le pasó que un aliento a búfalo le bajó la temperatura hasta aplastarla. Y perdido por perdido pensó: te chupo desde el pelo hasta el culo, pero esa lengua no entra en mi boca. Pensó: las putas tienen razón, que besar no tiene precio, o que al menos, hay pocos que pueden pagarlo y por eso no está en el menú. También le pasó que la apagaron hasta casi extinguirla algunas palabras que salieron de la boca deseada. Una vez fue: “Eso es cosa de negros” y otra: “Los pelotudos que dicen que les gusta el cine iraní”.

Pero la verdad es que desde hace rato Josefina no quiere besar a nadie. Está saliendo mucho (2). Delante del espejo del ascensor se mira y dice en voz alta: “Lista para coger”. Las amigas se ríen. Al otro día, se juntan a las dos de la tarde y piden ensaladas, café, tostados, medialunas (3), dejan que el sol las toque con la esperanza de que se lleve un poco la resaca.

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Josefina mete en la conversación un lugar común del tipo “sola antes que mal acompañada” para después buscar con la punta de su lengua un rectángulo pequeño, verde y vegetal que, sospecha, se le quedó metido entre los dientes.

Perro que ladra

1. Gracias Juan.

2. Gracias Silvia.

3. Gracias Sil.

Comentarios desactivadosTags: El Recomendador, por El Perro (actualiza los viernes)

El viejo y el mar (con el viejo borracho y drogado, y el mar a prudente distancia)

abril 11th, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

A pesar de lo que se quiera hacer creer, apenas existen dos tipos de periodismo (como sucede también con la literatura): el bueno y el malo. Hay, por supuesto, subgéneros. La entrevista, el perfil, el reportaje, la crónica. Uno de ellos es el que algunos llaman “periodismo de inmersión”, que no tiene que ver con la práctica del buceo sino con los artículos en que el cronista pone en juego su cuerpo a la hora de relatar sus historias. Una mala interpretación de este tipo de periodismo llevó esta semana a que un aspirante a documentalista inglés muriera de frío mientras buscaba experimentar cómo es la vida de los sin techo en ese país. Para mayor morbo, Lee Halpin subió, antes de aquella trágica noche, un video a Youtube donde explicaba su cometido y su voluntad de vender la historia

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a Channel 4, respondiendo a una suerte de concurso convocado por la empresa para ganar un contrato de doce meses de trabajo.

El subgénero llamado “de inmersión” ni siquiera es nuevo, y uno de sus mayores cultores es el periodista Günter Wallraff, que en la década del 80 dedicó dos años de su vida a vivir disfrazado como un inmigrante turco para mostrar las vejaciones a las que era sometida esta población en Alemania. El resultado fue un libro publicado en 1985 que se llamó Cabeza de turco, se convirtió rápidamente en bestseller, e inspiró a muchos otros periodistas (¿también a Lee Halpin?) a vivir historias arriesgadas en carne propia para luego contarlas. Pero existe una desviación aún más radical de esta práctica y es la que creó, siguiendo los pasos del Nuevo Periodismo estadounidense, el inclasificable Hunter S. Thompson (1937-2005). Su postulado, si es que puede resumirse en pocas líneas, es que el cronista se convierta en sí mismo en parte activa del relato, y muchas veces termine devorándose incluso a la historia que en principio se quería escribir. Thompson, periodista estrella de revistas como Rolling Stone o Playboy, y conocido por su (literalmente) lisérgico Miedo y asco en Las Vegas, llamó a esta práctica “Periodismo Gonzo”.

Más de veinte años después de su primera publicación en castellano, vuelve a editarse ahora La gran caza del tiburón, una antología algo amarreta de sus trabajos (la edición original en inglés tiene más de seiscientas páginas y trae decenas de reportajes; esta, apenas ocho en unas doscientas) que se destaca sobre todo por dos largas crónicas: la que le da nombre al libro, y un artículo riguroso e impecable que retrata las tensiones provocadas por el crecimiento de la comunidad chicana en la sociedad de Los Angeles en la década del 70, mientras todavía se pelea la Guerra de Vietnam. Pero es en La gran caza del tiburón donde se advierte claramente cuál es la esencia del “Periodismo Gonzo”. Thompson es invitado a cubrir un torneo de pesca internacional en Cozumel, México, en el que participa una impresentable casta de nuevos ricos. Y en apenas tres días deja en claro que el torneo le importa poco y nada, ya que se trata de una competencia amañada que no implica ninguna aventura verdadera: el que más dinero tenga, el mejor barco haya conseguido, el que contrate a la tripulación más diestra y avezada, ganará.

Thompson intenta, en vano, embarcarse por la noche en busca de algo de acción, para cazar tiburones en alta mar, pero es estafado. Entonces abandona la cobertura y se dedica a consumir todo el alcohol que pueda conseguir, y todas las drogas que llevaba consigo: MDA, anfetaminas, LSD y cocaína. El relato, de a poco, se aleja de cualquier reminiscencia hemingweyana y se convierte en un raid surrealista y delictivo, en el que Thompson abandona los hoteles sin pagar, destruye autos alquilados y se propone consumir todas las sustancias ilegales que lleva encima antes de verse en la obligación de atravesar la frontera en San Antonio, Texas. El relato final, una crónica del exceso siempre al borde de la tragedia y el desastre, apareció publicado en Playboy (por entonces una revista de grandes reportajes) en diciembre de 1974. Si pudo existir años más tarde un David Foster Wallace (tal vez el mayor cronista estadounidense de fines del siglo pasado), aquel que escribió textos como Hablemos de langostas y Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, fue porque antes hubo un Hunter Thompson.

El detalle es que no siempre hace falta poner el cuerpo, ni mucho menos arriesgar la vida, para lograr una buena investigación o escribir un gran reportaje. Además, probablemente no alcance con pasar una semana durmiendo a la intemperie para comprender la realidad de los sin techo, tal vez ni siquiera para dar una idea aproximada de lo que es vivir en la calle. El arrojo e incluso la inconsciencia no son las mejores herramientas de un periodista, menos para un principiante. Para hacer periodismo del bueno, para escribir un texto de calidad, alcanza con voluntad, perseverancia, paciencia, dedicación, talento narrativo y, sobre todo, mirada: tener una idea del mundo y de cómo se lo quiere contar. Queda por ver, en el caso de Lee Halpin, cuál es la responsabilidad de Channel 4 en su muerte, motivada por la polémica convocatoria a ejercer un “periodismo arriesgado” a cambio de la promesa de un contrato laboral.

(Publicado en lanacion.com)

Comentarios desactivadosTags: Columnas de opinión propias en LA NACION y otros medios (2012 en adelante)

La toma de la Sala Alberdi x Daniel Link

abril 8th, 2013 · Comentarios desactivados

“Más de ciento setenta años después, “cuatro gatos locos”, a propósito de una actividad totalmente insignificante cuyo traslado fue resistido por razones de una mezquindad rayana en el delirio, tomaron un espacio que homenajea en su nombre la figura del prohombre de la patria, al margen de todo marco legal y de toda razón ciudadana decidieron ocupar primero la Sala Alberdi, después el centro cultural completo, armarse con bombas molotov (debidamente documentadas por teléfonos celulares que no

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corresponden a ninguno de los “ejércitos” que se enfrentaban), romper todo lo que se interponía ante su deseo revolucionario y declarar que “el arte ya fue” cuando alguien objetó la destrucción de una obra de Julio Le Parc en la plaza seca del CCGSM.
Más allá de la ignorancia y de la mala fe que puntuó las intervenciones de quienes defendieron y apoyaron la ocupación de un espacio público, indiscutibles, precisamente por su ignorancia y mala fe, el enunciado último me llamo la atención en su anacrónico y bello vanguardismo.”

El texto completo, acá.

Comentarios desactivadosTags: Discusiones y polémicas

"Se va Armando", un cuento inédito de Sergio Bizzio

abril 8th, 2013 · Comentarios desactivados

“Después de décadas de trabajo, año

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tras año y tras año, cada uno de ellos con sus días y sus noches y sus fieras y sus “sus”, logré entrar a mi mente. No fui muy lejos, como puede sugerir la palabra “mente” (además del hecho de haber entrado), pero sí lo bastante para encontrar lo que había ido a buscar. ¿Una joya? Ja, ja, ¡nada que ver! ¿Un recuerdo? Menos. (Tengo más recuerdos de los que necesito, como cualquiera). ¿Qué, entonces?

Cierta mañana, atravesando el zoológico, me detuve junto a la jaula de los monos. A mi lado había una chica de seis o siete años y un hombre de saco y corbata, con aspecto severo. El hombre dijo:

-Los monos crearon la humanidad. ¿Qué hemos creado nosotros?

-Yo sé muy bien lo que he creado –dijo la chica.

-¿Qué? –le preguntó el hombre.”

El texto completo, acá.

Comentarios desactivadosTags: Relatos

Selva Almada x Beatriz Sarlo

abril 7th, 2013 · Comentarios desactivados

“Todo es raro y original para la ficción argentina que conozco: no era literatura urbana, no había ironía ni guiños a la comunidad literaria, la autora no contaba una historia autobiográfica. Al día siguiente escribí una reseña sobre El viento que arrasa y me alegró saber que la novela les

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gustaba a muchos. Una especie de Claire Keegan argentina, pensé. Ahora Selva Almada publicará, también en Mar Dulce, Ladrilleros. Leí las pruebas de página y, por fin, nos sentamos a conversar.”

La entrevista completa, acá.

Comentarios desactivadosTags: De todo un poco (literatura y misceláneas)