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La caza del jabalí

Noviembre 30th, 1999 · 7 Comments

 SAFARI CLUB

SI TODO SALE BIEN, en esta nota alguien va a morir.

Si sale todo bien, morirá de noche y de un tiro limpio y preciso como el corte de un bisturí. Sin dejar rastro de sangre: rápido y sin dolor.

Morirá como quien cierra una puerta, o apaga la luz, y dice buenas noches.

Pero ahora no es de noche sino de mediodía, y alrededor de la mesa los tres cazadores hablan:

– El ciervo es la manifestación aristocrática de la naturaleza –dice el más joven.

Ha viajado, como sus dos compañeros, cientos de kilómetros hasta aquí, en busca de su trofeo. Habla en este salón de paredes cargadas de puntas, palmas y cornamentas de ciervo, una al lado de la otra como viejos escudos medievales, que parecen infundirle ánimos.Tiene el pelo cortado al ras, bigote, y lleva el chaleco puesto. Recuerda perfectamente el último animal que cazó, meses atrás:

– Le seguí el rastro hasta un ojo de agua. Ahí se detuvo de espaldas a beber. Esperé hasta que giró. Y fue como una revelación: la cornamenta brillaba bajo el sol, el tiempo quedó suspendido. Lo gocé en vida, mientras duró.

– ¿Mientras duró? –pregunto. Soy el cuarto integrante de una mesa de cazadores experimentados. Y no disparé un tiro en mi vida.

– Sí. Porque lo que uno disfruta es estar cazando. Veinte días antes de salir, la adrenalina ya empieza a correr en la sangre: hay que elegir el cuchillo adecuado, las municiones, los binoculares, la ropa. Cuando uno dispara, todo eso se acaba. Uno, dos, tres días y a veces más, me cuentan, para disparar una sola bala. El tiro tiene que ser uno. Lo dice el mayor, también sentado a la mesa, pantalón camuflado y cuchillo de hoja de veinte centímetros en la cintura:– El animal se merece una muerte digna.

– Además –interviene el tercero, que lleva la chaqueta llena de estampas entre la que destaca la del Safari Club Internacional, una de las dos asociaciones de cazadores más importantes del mundo– un mal tiro echa a perder la pieza. Arruina el trofeo, arruina la carne.
Demorar el tiro, entonces: la esencia misma de la cacería. Una metáfora perfecta de la sexualidad humana: lo importante es el cortejo. Disparar es tan solo la culminación de un acto de amor y pasión irrepetible.
–Lo último que uno disfruta es matar –agrega el de las estampas, y el resto del grupo asiente.
–Seguro. Porque lo que nosotros hacemos es un arte– afirma el más joven.
LOS TRES CAZADORES SON MIEMBROS del Safari Club: empresarios argentinos que han viajado por el mundo tras la presa ideal, esa que tal vez jamás encuentren. No importa: la cuestión es seguir buscando. Estamos en el coto de caza El Durazno, en la provincia de San Luis, 700 kilómetros al noroeste de Buenos Aires, capital de la Argentina. Es un fin de semana atípico: por lo general, las tres exclusivas habitaciones de la estancia son ocupadas por extranjeros que vienen hasta aquí desde todos los rincones del planeta a rastrear, en 74 mil hectáreas de monte y estepa, agua y tierra, el trofeo de sus sueños: ciervos, búfalos, jabalíes o pumas. Es que son pocas las regiones donde van quedando cotos salvajes: ciertos paisajes africanos, el norte de Alaska y parte de los Estados Unidos, Manchuria. Y, claro, la Argentina.
Así es que aquí estoy, este mediodía, esperando salir en busca del animal más buscado a esta altura del año: el jabalí. Mis anfitriones me ponen al tanto de la jerga: si uno dispara y el animal agacha la cabeza, eso significa que hay herida y está “tocado”; el sonido del golpe del proyectil en su cuerpo se denomina “bolsazo”; “ventear” es cuando el viento sopla desde atrás y arrastra el olor humano: el animal nos huele y se espanta. Una buena cacería depende de varios factores, pero sobre todo del viento, que tiene que venir de frente. Las municiones se diferencian por su calibre, y también por su capacidad de matar (killing power) o de inmovilizar (stopping power): todo depende del tamaño del animal que uno vaya a cazar. Y un consejo para principiantes: mantener la mira telescópica del rifle a unos cuatro dedos del ojo. Entre risas, los cazadores recuerdan casos en que se disparó sin tener en cuenta esa distancia: la patada del arma incrusta la mira en pleno rostro. Los cortes son profundos, y sangrantes. Me dicen: la mira es más importante que el propio fusil. “No se puede cazar lo que no ves”.

TERMINAMOS EL ALMUERZO. La cacería no comenzará hasta las siete de la tarde, cuando el sol empiece a ceder. Por la noche habrá luna llena, lo que nos dará luz suficiente para distinguir jabalíes de más de cien kilos. Me preguntan si quiero probar: claro que quiero. Así que me llevan a hacer puntería a un polígono improvisado al fondo de la estancia.

Un rifle suele pesar algo más de tres kilos –lo que un niño recién nacido. Hay un blanco a unos cien metros. Tengo en mis manos un Winchester calibre 300, que dispara proyectiles a 2700 kilómetros por hora. Me recomiendan que tome asiento, que encastre la culata en el hueco entre el hombro y el pecho. Que me acostumbre a la mira. Que pruebe la presión del gatillo. Que suelte la respiración antes de disparar. Que recién entonces quite el seguro. Hago todo esto y mantengo el ojo a una distancia prudente de la mira. Exhalo, digo “ahí voy”. Quito el seguro y disparo. Aguanto bien la sacudida, aunque por unos segundos el estampido, seco y atronador, permanece en mis oídos. Siento la adrenalina correr por el cuerpo. Quiero más. Me traen el blanco. Nada mal. No “hice mosca” –dar en el centro exacto– pero tampoco estuve tan lejos. Estoy listo para ir tras ése jabalí.

***

JUAN GAMBLUCH TIRÓ POR PRIMERA VEZ a los siete años, con una escopeta 12.70: su padre le sostenía los brazos y su tío las piernas. Hoy tiene 43 y es el jefe de guías de caza del coto El Durazno. Es él quien cuenta que la brama –la temporada de caza de ciervos– comienza en marzo y se extiende hasta el 31 de julio, cuando los animales pierden las aspas. Los cuernos se desarrollan y adquieren tamaño y puntas a medida que el ejemplar avanza en edad –a más puntas, mejor el trofeo y más cara la pieza; a partir de las once puntas se trata de un trofeo considerable. Hasta que a fines de julio los cuernos pierden la piel aterciopelada que los recubre, y los animales se frotan contra los árboles hasta que logran desprenderlos de su cabeza. Con el tiempo, ese saco –una suerte de guante– se llenará de sangre hasta solidificar y desvelar a los cazadores profesionales. En este tipo de lugares, la ecología bienpensante se queda sin argumentos: los cotos de caza, se asegura, contribuyen a la conservación de las especies, ya que reproducen, crían y mejoran genéticamente a los animales, separando a los defectuosos o malformados.

Cuando la brama acaba, comienza la caza de jabalíes, búfalos, antílopes –y, si uno tiene la desgracia o la suerte de cruzarse con un puma, también de pumas. Todos estos animales se cazan a pie, salvo los jabalíes, como lo comprobaremos esta noche, en un largo juego de estatuas. “Sentarse, no hacer ni un ruido. Y esperar”, son los consejos que Gambluch da a sus compañeros de hoy: el fotógrafo y yo.

A LAS SIETE DE LA TARDE PARTIMOS en una camioneta 4X4. Luego de un rodeo llegamos al apostadero: un pequeño pertrecho en medio de la nada, disimulado por algunos arbustos. Detrás, un molino y un estanque desde donde parte un hilo de agua que nos rodea y forma una laguna frente a nosotros. En la orilla, restos de maíz: el cebo para los jabalíes. Nuestro guía acomoda las sillas, deja el rifle y desaparece a esconder la camioneta. El sol cae. Alrededor, la nada absoluta: el mágico vacío del campo. El fotógrafo prueba la cámara, que queda descartada: imposible disimular el ruido de su mecanismo. Desde ahora, sólo resta lo que pueda ver y contar.

Minutos después ya no hay sol, y el cielo se cubre de nubes. Quedamos a oascuras. Necesitamos que la luna llena, que debiera salir en una hora y media, nos ilumine. Hablamos en susurros inaudibles. El guía nos dice que los jabalíes tienen colmillos visibles de once centímetros de largo y unos veinticinco una vez extraídos. ¿Cómo hará Gambluch para advertirlos, en medio de la negrura? Con paciencia, sabiduría y ayuda: la única manera de verlos –el largo, el grosor del hueso, lo que va a otorgarle valor a la pieza– es con binoculares, cuando la luz de la luna se refleja en ellos. Gambluch murmura: el proyectil debe “bandear” al animal, pasarlo de un lado a otro, penetrar un órgano vital –el hígado, el riñón, los pulmones, el corazón– para asegurar una muerte rápida y segura.

ALGUNOS PÁJAROS LEVANTAN VUELO. Escucho un ruido a mi derecha. En la semipenumbra, se me eriza la piel. Algo se desliza a un metro y medio de donde estoy. Va, viene, parece estudiarme. No puedo verlo. Después de un rato, Gambluch confiesa que pensó que podía ser un puma. “Es difícil distinguirlos, tienen el color del pasto”, dice. “Pero debe ser una víbora, o una rata de campo”, agrega, como si eso fuera a tranquilizarme. A las ocho y media la oscuridad y el silencio son totales. Es como si estuviéramos aislados en una recámara de acero. La luna sigue sin aparecer y entonces los escuchamos: una piara de cuatro o cinco ejemplares. De a poco somos rodeados. No podemos ver ni mucho menos cazar. Los jabalíes tienen un oído y un olfato muy superior al de los seres humanos. Pueden atacar, pero no distinguen bultos a más de cinco metros. El problema es que ahora algunos se acercan peligrosamente. De pronto el viento cambia. Una brisa sopla desde atrás y, segundos después, los animales se retiran: los pasos rápidos resuenan en la tierra.

Pasa una hora y media más, sin novedades. Para las diez de la noche hemos escuchado los ruidos más variados pero hemos visto poco. Entonces, la luna se asoma por detrás de las nubes. Y, muy despacio, comienza a despejar. El lugar permanece vacío. Aunque no por mucho tiempo. Ahora se ve el campo hasta más allá de la laguna. Minutos después los jabalíes vuelven. Es otro grupo. Y ahora sí distingo los cuerpos abultados, las patas cortas y ágiles, las enormes cabezas. Gambluch toma los binoculares. Está tratando de verles los colmillos. Busca al padrillo, el líder, el mejor ejemplar. Estoy ansioso. Los jabalíes son cinco y tienen ganas de pelear. Se corren, entran y salen del agua. El guía los estudia. Hace cada vez más frío. Le pido los binoculares. No logro distinguir siquiera si el animal está de frente o de espaldas. Me pasa el rifle, atisbo por la mira: menos. El virus que la pólvora inoculó en mí por la tarde, cuando mis oídos se embotaron y mi corazón estalló, hace efecto. Si yo no puedo disparar, que lo haga él. Pero ahora. Trato de disimular mis nervios. Pero los jabalíes nos advierten y vuelven a retirarse.

SON LAS DIEZ Y MEDIA Y NO SIENTO LA NARIZ. Llevo el gorro calado hasta las cejas, tengo los talones congelados. Son más de tres horas apostados casi sin mover un músculo y los sentidos, que antes se agudizaron, ahora comienzan a fallar: los ojos punzan, el oído engaña. Acaba de aparecer la tercera piara. Gambluch estudia la escena. Parece que lo tiene. Espera que el animal se acerque a la laguna para que su silueta contraste mejor contra el brillo del agua. En ese momento, la luna ilumina la escena con una claridad lechosa. Miro al cielo: tenemos unos veinte segundos hasta que el cúmulo de nubes vuelva a cubrirla como un manto. Ahora, pienso. Ahora, digo. Gambluch me mira, levanta el rifle. Ahora. No queda tiempo. “Voy”, dice. “Estén atentos. Lo más probable es que el chancho corra un trecho y caiga cien o doscientos metros más allá”.

Las nubes vuelven, empiezan a comerse la luna a bocados. La luz cae y la visibilidad disminuye casi a cero. La oscuridad vuelve a teñirnos. Ahora, estoy pensando nuevamente, y en la penumbra intuyo el dedo del guía que se cierra sobre el gatillo. Ya no queda tiempo. Miro hacia el animal. Y un estampido me conmueve el pecho. El bulto negro, a unos ochenta metros, no se mueve un centímetro: sólo recoge sus patas. Y se desploma. Sus compañeros están desorientados. Dudan unos segundos. Escapan aterrados.

Con el fotógrafo gritamos de exaltación. Reímos. Festejamos. Es un sentimiento de felicidad extraño. Dejamos el escondite y corremos a verlo: es un jabalí enorme, de casi dos metros. Pesará unos 150 kilos, de los cuales la mitad será carne aprovechable. Lo tocamos: el pelaje, aún caliente, es duro como el acero. Gambluch toma un cuchillo, va directo a la boca del animal. Comienza a cortarle las encías, pule los colmillos con el filo. “Una buena pieza”, dice.

Nos muestra el tiro, que surcó la oscuridad y atravesó la garganta del jabalí. No hay rastro de sangre: murió rápido, sin dolor. Simplemente dejó de respirar. Como quien cierra una puerta o apaga la luz. Como quien dice es todo, buenas noches.

 

 

 

 

 

 

Tags: Artículos, crónicas y reportajes

7 responses so far ↓

  • 1 Lantos // Nov. 30, 2006 at 17:47 pm

    el blog del periodista argentino hernán zin (http://blogs.20minutos.es/enguerra) contiene excelentes crónicas sobre el conflicto entre israel y palestina. es cierto que el blog pertenece a un diario, por lo que ahí entran en juego las cuestiones económicas que mencionás en tu post. pero de todads formas me parece un link interesante para puntear.

  • 2 Patricio // Dic. 1, 2006 at 18:41 pm

    La verdad, empeze a leer la cronica casi sin ganas y está escrita de tal manera que me atrapo y no pude parar hasta el final. Yo estoy dando mis primeros pasos en la escritura y me fascinan encontrar textos así. La verdad, el editor de cultura de perfil se merece un 10!

  • 3 L. // Dic. 1, 2006 at 20:03 pm

    Me tomé el trabajo, pero fue un gusto.
    Eso sí, la verdad, cuando se desplomó el jabalí casi se me pianta un lagrimón. Y ustedes se rieron…
    Salut.
    ot.

  • 4 marina // Dic. 1, 2006 at 20:45 pm

    leí la revis pasando las hojas, diver.
    muy-buena-crónica, tomas.
    un beso,
    m

  • 5 Agustin // Dic. 31, 2006 at 12:00 pm

    Te invito a visitar mi página. Podrás leer relatos, narraciones y ver fotografías que tienen que ver con mi pasión por la cacería de chanchos jabalí, con perros

  • 6 nahuel // Mar. 30, 2009 at 11:38 am

    megusta cazar y estan re bueno las fotos de los javalies

  • 7 enzo german albornoz // Jul. 11, 2009 at 11:40 am

    hola che estan rre buenos laa caseria de chancho son imenso los chancho jablies

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