Me piden que escriba este texto y que utilice para guiarme cinco consignas, a las que trataré de ser escrupulosamente fiel. Para eso debo, antes, transcribirlas. Son las que siguen: cómo soy como lector; dónde y cómo leo; qué libros tengo en mi mesa de luz; qué lecturas y escritores me constituyeron como escritor; a qué lecturas vuelvo.
Espero no saber nunca cómo soy como lector (pero me considero un buen lector), o al menos que el tiempo y las experiencias sigan moldeándome como hasta ahora. Aunque es cierto que leo por diversos motivos y con intereses siempre distintos: personales, profesionales, íntimos, inconfesables. Acepto lecturas sugeridas, de escritores amigos, aunque cada vez menos. Cuando era joven leía casi todo lo que caía en mis manos, y me costaba desprenderme de un libro hasta que no lo había terminado. Un defecto que con los años fui puliendo: ahora mismo, si el texto no me interesa, no tengo problema en dejarlo a las dos o tres páginas y pasar al siguiente (nunca habrá suficiente tiempo para honrar mis deudas literarias). Leo dos, tres, cuatro y cinco libros al mismo tiempo. Me interesan, por sobre el resto, los libros de ficción: cuentos, relatos, novelas. Desconfío profundamente de la gente a la que no le gusta la literatura, sean amigos, familiares, amantes, parejas. Nunca pude dejarme ganar por la poesía, y aunque no lo vivo como un pecado, sé que se trata de una limitación: tal vez aún no sea demasiado tarde.
Leo de pie, sentado, en cualquier lugar. Tengo un método para leer caminando por la calle y juro que nunca me causé daños graves, ni a terceros. Pero no hay nada como leer acostado, en la cama, con un café o un vaso de vino a mano, cigarrillos y chocolate. No puedo leer con música ni con la televisión encendida (a diferencia de otras actividades tan placenteras y necesarias para la mente y el cuerpo humano); y no puedo leer ni escribir si estoy bajo el efecto de sustancias que alteran el sistema nervioso central, salvo el café y el tabaco (pero eso ya lo dije).
En Buenos Aires, mi mesa de luz no está demasiado lejos de mi biblioteca, apenas en el cuarto de al lado. Por lo que su contenido no suele diferir mucho. Pero como ahora vivo por unos meses en Barcelona, mi mesa de luz cambia rápido, se modifica con un ritmo que no es el habitual. Ahora mismo (en este momento voy a buscar los libros y los traigo: estoy sentado en el living de una casa que comparto con tres personas, en la ventana cae la tarde sobre el típico pulmón de manzana de los edificios del barrio del Eixample catalán) tengo allí: Una puta recorre Europa y Sidecar, novelas del escritor gallego Alberto Lema; el último libro de Philip Roth, Indignación; los relatos de Los boys, de Junot Díaz; El buen soldado, de Ford Madox Ford; la recopilación de artículos Bolaño salvaje; los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau (una maravilla); y uno de los ensayos sobre, precisamente, el acto de leer, más inteligentes que leí en mucho tiempo: La cena de los notables, de Constantino Bértolo. Pero cuando este artículo se publique, espero, se habrán sumado otros libros, nuevas sorpresas.
Las lecturas (que voy a citar de memoria) no me constituyen como lector o escritor, sino como ser humano. Y espero que lo sigan haciendo. ¿Un listado caprichoso, incompleto y en desorden? Operación masacre (Rodolfo Walsh), A sangre fría (Truman Capote), Los que luchan y los que lloran (Jorge Masetti), Contra la interpretación (Susan Sontag), El existencialismo es un humanismo (Jean-Paul Sartre), Historia del siglo XX (Eric Hobsbawm), Crítica y ficción (Ricardo Piglia), El placer del texto (Roland Barthes), La guerra moderna (Martín Caparrós), El aleph (Jorge Luis Borges), Cuentos completos (Abelardo Castillo), Nadie, nada, nunca (Juan José Saer), Nueve cuentos (J.D. Salinger), Relatos (John Cheever), Estrella distante (Roberto Bolaño), ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? (Raymond Carver), Rayuela (Julio Cortázar), Muchacha punk (Fogwill), El fiord (Osvaldo Lamborghini), Luz de agosto (William Faulkner), Los asesinos (Ernest Hemingway), El beso de la mujer araña (Manuel Puig), El pasado (Alan Pauls). Y las canciones de Los Redonditos de Ricota, The Doors, The Ramones, Portishead. Es notable, sí, la ausencia de clásicos y autores del siglo XIX. Lo siento.
He leído alguno de los libros de arriba más de tres o cuatro veces. Pero me considero, todavía, demasiado joven para ejercer otras relecturas. Lo haré cuando no tenga energías para leer cosas nuevas. Por ahora, prefiero seguir adelante: soy un supersticioso ferviente de los placeres del futuro.
(Publicado en el número de junio de 2009 en la revista Quid).
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