“Me dicen que los mensajes publicitarios no están orientados a las personas educadas, porque sabido es que éstas son refractarias a seguir indicaciones irracionales sin análisis. Yo, sin embargo, no conozco ni amas de casa ni empleadas domésticas que hayan modificado sus hábitos de limpieza en relación con las réclames que les destinan (y si así fueran de manipulables, estarían ya desquiciadas, obedeciendo a mandatos tan contradictorios, cambiando de marcas de jabón en polvo después de cada anuncio).
No, la publicidad no está hecha para convencer a nadie cuya mentalidad supere el horizonte del mandril entrenado. Existe porque sí, como una excrecencia autoritaria que adviene a nosotros como un exceso de realidad para que no nos olvidemos nunca jamás quién manda en esta casa: ¿querías ver una película? Pues tendrás enjuagues bucales, cremas reparadoras, exprimidores de jugo, desodorantes afrodisíacos, bebidas energizantes, autobrillos para cerámicos, laxantes y analgésicos. Y todo eso, además, en canales pagos de televisión.
Cuando el Estado recurre a las mismas estrategias, el resultado es todavía más desolador. Pienso en Don Carlos, ese industrial bonachón que cada vez que dice ‘tudo bom, tudo legal’ nos arrastra a la sublevación fiscal en contra de los “planes tentadores” para el blanqueo de trabajadores. ¿A quién quieren engañar?”.
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