Son las cinco de la mañana y en la ciudad de Azul es noche cerrada. Los vidrios del micro que acaba de detener su marcha en la estación de ómnibus están helados: afuera, la temperatura no llega a los diez grados. Frente a la estación desierta, iluminada por los focos del único bar abierto, se distinguen las fachadas de dos remiserías. “Cuando venga de nuevo tome un auto ahí. Ya sabe, son poco más de cincuenta kilómetros de viaje. Los choferes conocen el camino de memoria”, me había recomendado el padre José Otero unas semanas antes, durante mi primera visita a la Abadía de Nuestra Señora de los Ángeles, el monasterio trapense más antiguo de América Latina.
Esa vez había hecho el viaje en auto y de día desde Buenos Aires. Así que también conocía el camino. Recordaba bastante bien la ruta estrecha que atraviesa las sierras en ese paraje de la provincia de Buenos Aires, porque la belleza del lugar es impactante: a los costados del camino se abren grandes extensiones de tierras verdes y amarillas, como pintadas al óleo, moteadas de animales. Pero esta segunda vez era de noche y, ya en camino, no se veía absolutamente nada más allá de los pozos en el asfalto gris que, con dificultad, iluminaban los faros del remís.
La conversación con el chofer no era la más estimulante a esa hora y en ese lugar. El hombre contaba que un tiempo atrás había llegado a trabajar varios días sin dormir, pero que había entendido que eso era una locura. “No lo pienso hacer nunca más, no importa que no llegue con la plata. Porque una noche cualquiera te distraés un segundo y listo, te matás”. Me pareció una opinión sabia y prudente. Sobre todo porque en ese momento recordé que, durante un buen tramo, el camino era de cornisa. “Sí, hace unos años un camión se fue por la barranca y terminó al fondo del acantilado. De día todavía se pueden ver los restos”, confió como si hiciera falta. Busqué, disimuladamente, el cinturón de seguridad, pero no lo encontré.
De todas maneras faltaba poco para llegar, a lo sumo dos kilómetros. Los faros iluminaron el cartel que anuncia el desvío que lleva hasta el monasterio. Pero cuando el auto enfiló hacia un pequeño vado, la rueda delantera izquierda estalló. El remisero perdió el control y el coche derrapó y se arrastró de costado, a unos 50 kilómetros por hora. Y cuando estaba por estrellarse contra la banquina izquierda el chofer dio un golpe de volante, el auto hizo un trompo y terminó hundido en el costado opuesto del camino. Luego de unos segundos en silencio, en los que sólo se escucharon los mugidos de las vacas y el trinar de algunos pájaros en la oscuridad, confirmamos que ninguno de los dos estaba herido.
Esta fue la historia que conté, unos minutos después, luego de haber hecho el resto del kilómetro que faltaba hasta llegar al monasterio en primera marcha y con la rueda destrozada, frente al padre José Otero. El padre me recibió por segunda vez, sirvió café y meditó por un instante. Juntó las manos debajo de las anchas mangas de su hábito monacal, ladeó la cabeza, y con su sonrisa habitual dijo: “Es así. A veces, Dios nos da señales”.
Vida de santos.
En algún momento del año 1098, los santos católicos Esteban, Roberto y Alberico llegaron hasta un gran pantano de la localidad de Dijón, Francia, denominado Citeaux. Buscaban volver a la sencillez y la pobreza de la vida monástica que recomendaba la regla de San Benito, redactada hacia el año 547. Pobreza evangélica, vida comunitaria, trabajo y oración. Todo resumido en el conocido mandamiento benedictino: ora et labora. Allí, los tres fundaron un monasterio, el primero de ese gran impulso religioso que hoy se conoce como la cultura cisterciense. Cinco siglos después, durante la Contrareforma católica, el abad de Rancé, que había sido hijo de un poderoso señor feudal, llevó a cabo una nueva ruptura desde su abadía de La Trappe, Fracia. Y en 1892 el Papa León XIII le dio nombre y entidad a esa reforma y a sus monjes. Así nació la “Orden de los cistercienses de la estricta observancia”, más conocida como la “Orden trapense”.
En octubre de 1958 un grupo de la orden de la abadía de San José, en los Estados Unidos, viajó hasta la Argentina y fundó en Pablo Acosta, a cincuenta kilómetros de la ciudad de Azul, el primer monasterio trapense de Latinoamérica. La leyenda cuenta que en este grupo estaba Robert Lewis, el copiloto del célebre “Enola Gay”, el avión que arrojó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Según se dice, Lewis habría dicho, segundos después del ataque, mientras decenas de miles de personas eran carbonizadas: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”. El padre Otero, mientras afuera todavía es de noche, dice que está algo cansado de que le pregunten por esta historia, aunque figure incluso en la página de internet del propio monasterio. “Es una leyenda. Lewis hizo un retiro espiritual en un monasterio de los Estados Unidos después de la guerra. Pero después se fue, y no se volvió a saber de él”, aclara.
El padre Otero es el prior del monasterio donde conviven dieciséis monjes. Es decir, es el segundo responsable de la abadía. Tiene 61 años, pero cualquiera que llegue del mundo exterior diría que ronda los cuarenta. Otero conserva, además, un secreto que confiesa sólo cuando entra en confianza: a qué se dedicaba antes de ordenarse en el monasterio. Porque la mayoría de los monjes trapenses llevaban una vida similar a la de cualquier mortal antes de optar por la desconexión absoluta del mundo. La vida de clausura de los monjes tiene reglas muy estrictas y entre ellas figura la del silencio absoluto, el recogimiento, el canto litúrgico y la oración. Cuando Otero ingresó, en 1977, los hermanos todavía hablaban mediante señas. “Pero el hombre es un ser social”, piensa ahora. “No está mal que ciertas normas se hayan actualizado. Hoy, por ejemplo, no se puede azotar a un ser humano -dice, y ríe-. Imaginese el juicio que le harían”. Los trapenses tienen una organización vertical, como la Iglesia Católica: en la cima, un abad general que vive en Roma y al que asiste un Consejo Generalicio, integrado por seis monjes. Uno de ellos, el Procurador General, es el nexo entre la Orden y la Santa Sede. Porque además de estar exentos de ciertas obligaciones del oficio católico como los de realizar bautismos y casamientos, los trapenses no responden a ninguna diócesis, sino directamente a Roma.
– ¿Retirarse del mundo no es una decisión algo egoísta?
– No, porque en el corazón del monje cabe el mundo. Yo me hice monje para salvar a los hombres. Es un camino menos visible que el que puede tener un sacerdote, pero viviendo el cristianismo hasta las últimas consecuencias uno da un testimonio. Si yo vivo mi fe radicalmente, el que me ve encuentra a Cristo. Porque lo cierto es que puedo predicar muy lindo, pero si no vivo como predico, ¿de qué sirve?
Para convertirse en monje hay que atravesar un largo camino. Se comienza como aspirante, etapa que dura un año. Después se es postulante por otro año, novicio por dos más, profeso temporal por tres y recién entonces, a siete años de haber empezado, se acepta la profesión perpetua. Es en ese momento cuando se hace entrega de la cogulla, el hábito blanco característico y que, en ocasiones, es acompañado por una pechera y capucha negras. De ahí, que a los trapenses también se los conozca como “monjes negros”.
Mucha gente se acerca al monasterio durante el año, en busca de una misa atípica o de retiros espirituales. De hecho, para conseguir turno en la hospedería ubicada a un costado de la iglesia hay que llamar con semanas de anticipación. Allí se alojan unos 1500 huéspedes al año. Pero muy pocas personas -algún familiar cercano- logran acceder alguna vez al interior del monasterio, el verdadero corazón de la vida de clausura. Del otro lado de esas paredes la realidad se funde con la fantasía, y la noción del tiempo se disuelve hasta convertirse en un solo minuto eterno. A lo largo de los pasillos, uno podrá toparse, por ejemplo, con una figura que lee en silencio mientras camina, como si fuese un personaje abducido de la novela “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, y depositado ahí durante un descuido.
Un día como cualquier otro.
La vida de los trapenses arranca a las tres y cuarto de la madrugada. Cada dos horas suena el campanario, interrumpen lo que están haciendo y se dirigen a cantar una de las siete oraciones diarias. Todos los días del año. En el monasterio no hay una sola bisagra que haga ruido. Y en la iglesia baja y robusta, de estilo románico, el silencio es tan profundo que lo único que se escucha es el eco del vuelo de las moscas. La sensación de recogimiento es tan abrumadora que, de ser posible, haría arrepentir al mismo Poncio Pilatos. Hasta que irrumpen los cantos litúrgicos. “Cantar los salmos viene de la época de San Agustín, que afirmaba que el que ora y canta, ora dos veces”, explica el padre Otero. “Nosotros buscamos resaltar la palabra y no la música. Para eso estudiamos solfeo y algunos instrumentos”.
– ¿Por qué se levantan a las tres de la mañana?
– Porque a esa hora el lago de la afectividad está quieto.
– ¿Cómo hacen para no quedarse dormidos?
– A veces, es cierto, estamos semidormidos cuando oramos. Pero eso no quita la conciencia del acto. Todo lo que uno mete en el alma a esa hora penetra hasta el fondo. Recitar los salmos a las tres de la mañana se puede transformar en un acto mecánico, pero no quiere decir que uno no quede embebido de esos sentimientos.
– ¿No se aburren?
– A veces los días se parecen. Cuando yo me aburro escucho jazz. Una vez al mes me doy una panzada. La gente se extraña de nuestros horarios. Pero después de un tiempo la estructura horaria desaparece, y se transforma en un régimen solar. Es como volver a las fuentes de la naturaleza. El fin es favorecer el espíritu de oración constante. No estamos acá porque nos peleamos con la sociedad.
– ¿Cómo es el contacto con el exterior?
– La gente piensa que somos extraterrestres que no sabemos lo que pasa. Pero sabemos más que ellos. Leemos los diarios dos veces por semana, usamos internet. Además, una cosa es escuchar la información y otra digerirla. La gente está muy bombardeada, y nosotros tenemos tiempo.
Mi mundo privado.
En el monasterio, las tareas están bien divididas. El padre Eduardo Gouland tiene 60 años y es el ecónomo. “Yo vendría a ser el Judas, aunque espero no terminar como él”. Su historia de clausura comenzó a los 24 años. El día en que, estudiando para un final de la facultad, tuvo una revelación. “Yo era católico no practicante. Tenía novia, y todo lo que oliera a cura o a sacristía me daba alergia. Una noche estaba estudiando con mis compañeros para un examen de Derecho Comercial y de repente sentí una presencia muy fuerte del Señor en el corazón. Fue como una iluminación, lo sentí físicamente. Me pedía que dejara todo y, claro, yo no quería. Me costó tiempo asumirlo, porque amaba a esta chica con la que estaba. Pero en poco tiempo todas las cosas a través de las que vivía se volvieron vacías. Llevaba una doble vida: por un lado el centro de estudiantes y por el otro la vida espiritual, que era la que cada vez me hacía más feliz. Así que contra la opinión de los demás me decidí por la vida monástica. Y una vez que llegué acá, supe que era el lugar que buscaba”.
Para subsistir, los monjes solían fabricar miel y té de hierbas, pero ya no lo hacen. Ahora trabajan el campo. Pero el verdadero ingreso, desde hace 15 años, lo obtienen de la reproducción de toros: crían y venden unos 120 toros Hereford por año. Las obras grandes, como la hospedería, se construyen con donaciones. En la división del trabajo, al hermano Mario Arredondo (49) le tocó el mantenimento del generador eléctrico, las calderas y los dos vehículos: una camioneta Trafic y una Toyota 4X4. En la cocina, las pizzas dominicales del padre Pablo Heide (81), el monje más grande, son antológicas. El hermano Tomás Ringwood (78), el portero, es el único sobreviviente del grupo fundador. El padre Leandro Pérez (75) es capellán y lava la ropa. Y Agustín Roberts (72), también norteamericano, es el abad.
Roberts acaba de regresar de un retiro especial que los monjes realizan una vez al año. Se internan en una ermita cercana en soledad, durante siete días, sin luz eléctrica, agua corriente ni calefacción. Sólo les está permitido llevar algo de leña y la comida. “Nuestra vida es intensa y la convivencia también. Por eso se necesitan estos momentos de soledad, sin trabajo y en oración”.
– ¿Nunca se enojan?
– Me he enojado más aquí dentro que afuera (ríe). Pero recuerdo una vez en particular, durante Malvinas. Estaba tan furioso con Margaret Thatcher, por la injusticia de la guerra, que me llegué a confesar por eso. No hay nada que hacer: a veces el hombre viejo sale a la superficie.
A las seis de la tarde el sol, que ilumina las galerías del interior del monasterio y pasando por el vitreaux tiñe de amarillo el interior de la iglesia, comienza a bajar. A las siete, será nuevamente de noche. Antes de eso, el padre Otero decide manejar él mismo la camioneta y llevarme de regreso a la terminal. Allí me confiesa su secreto: antes de la clausura, él fue músico profesional. Baterista de reconocidas bandas del rock nacional como “Arco Iris” y “Cenizas”. Vivió cinco años en Europa, y tocó hasta para el sha de Persia. “Pero siempre sentí la presencia de Dios conmigo, y tenía que responderle”. En 1975 buscó la indulgencia plenaria subiendo de rodillas las escalinatas de la Basílica de San Pedro. Dos años después, entró a la abadía definitivamente. El mundo exterior dejó de existir, para él, en ese preciso momento.
Por Maximiliano Tomas para la revista Rumbos, enero 2004.
4 responses so far ↓
1 cris // ene 4, 2007 at 15:49 pm
Que lindo! Reportaje hermosísimo. Otros valores los de aquella época; que difícil trasladarlos a la nuestra. Recuerdo haberlo leído solo que lo pensé en las Sierras de Cba.
2 franco de los santos // ene 5, 2007 at 8:35 am
Insisto: desde que le cambiaste la empresa y el formato al blog, estás publicando más texto, y lo hacés bien, muy bien. Éste de los monjes trapenses está muy bueno.
3 superloyds // ene 5, 2007 at 18:08 pm
coincido con franco che !
salu2
4 Un viaje a la Edad Media (remix) « tomashotel // jun 20, 2007 at 17:10 pm
[...] organizado por la Fundación El Libro en el marco de la Feria. Fue una buena ocasión para tomar una nota que había escrito por encargo, y que no me satisfacía completamente, y ver cómo la hubiera reescrito [...]
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