Cuarenta y ocho horas con Jorge Lanata
“Glllanata, glllanata”, aúlla un grupo de señoras bajo el sol homicida de las dos de la tarde, en la plaza Independencia del centro de San Miguel de Tucumán. “Ay, Lanata, usted es nuestro ídolo. Nosotras nos encerrábamos todos los domingos en casa a ver su programa”. Jorge Lanata transpira y agradece la muestra de afecto con una sonrisa.Es martes y acaba de llegar a la provincia para proyectar, antes de su estreno nacional, su primera película: “Deuda”. Una vez que las señoras lograron tocarlo, hablarle y conseguir uno que otro autógrafo, se retiran. Pero una de ellas vuelve sobre sus pasos, lo mira con los ojos de una tía severa y le dice, agitando su dedo índice:
– Lo queremos, pero hágame un favor. Deje de fumar.
Lanata la mira y por unos segundos es como si lo pensara. Hasta que se despierta y, agitando los brazos como las aspas de un ventilador, casi grita: “Está bien señora, me convenció. Lo acabo de dejar”.
Lanata posa para las fotos y sigue transpirando. Empezó a transpirar a las ocho de la mañana, apenas llegó al aeropuerto de Tucumán, cuando el termómetro ya marcaba los veinte grados. Ahora, frente a la Casa de Gobierno, lleva un pantalón fino a cuadros, una camisa estilo guayabera color caqui y anteojos de diseño. Camina con los pies para afuera, como un pato inmenso, pero lo hace más rápido que muchos. Sin embargo, tarda casi quince minutos en cruzar la plaza de una punta a otra. Cada dos pasos alguien lo detiene. La gente se acerca a saludarlo, le grita desde los autos, le deja papeles con denuncias en la mano, le adosan besos como si fuera una estampilla postal. Le piden fotos y, alguno, hasta logra sacarle diez pesos para comprar fiambre.
Le piden, sobre todo, que vuelva a la televisión. Él parece tan acostumbrado al reclamo que, sólo para no aburrirse, contesta cada vez con una respuesta distinta. “No creo que vuelva, por el momento”, es la frase que más pronuncia. A veces también recomienda, porque cree que su ausencia en la televisión de este año se debió a una partida de naipes entre tahúres de la que salió taimado: “Vea a Majul, señora”. Y ante la extrañeza de la recomendación, repite frente a una pequeña platea (el lector recordará que las autoridades de América reemplazaron a “Día D” por “La Cornisa”):
– ¡Miren a Majul!
Recién cuando le insisten demasiado, Lanata, que es una persona mucho más paciente de lo que uno podría imaginar, comienza a impacientarse: “Bueno, mire, hagamos una cosa. Cómprese un canal de televisión, y contráteme”. Y, acto seguido, enciende un cigarrillo.
FANTASMAS EN EL AEROPUERTO. La cita era el lunes 4 a las cinco de la mañana en Aeroparque. Lanata, el periodista que según todas las encuestas es el más creíble del país, está por proyectar en público su primera película. Como la historia nació de un reportaje realizado en abril del 2002 en Tucumán, aquel en el que la pequeña Bárbara Flores, de ocho años, lloraba de hambre frente a las cámaras de televisión, él decidió que la función fuera en esa provincia. Y frente a un público algo particular: de las seiscientas butacas del cine Majestic, doscientas están reservadas para chicos de barrios carenciados que, por primera vez, pisarán una sala de cine.
El filme se llama “Deuda” y es un documental codirigido junto a Andrés Schaer, en el que el periodista intenta rastrear de qué se habla cuando se habla de la deuda externa argentina. Quiénes son sus responsables morales y políticos, si existe una vinculación entre el hambre y la pobreza del país y la deuda que el país contrajo con los organismos de crédito internacionales.
Por eso es que Lanata está en Aeroparque este lunes, a las cinco de la mañana. O al menos eso se supone porque, a veces, Lanata experimenta momentos evanescentes: tiene la capacidad de, frente a la mínima distracción, esfumarse sin dejar rastro. Como ahora.
¿Dónde está Lanata? Lo más probable, aclara el agente de prensa, es que esté buscando que le habiliten una sala privada en este aeropuerto aséptico e impersonal emplazado frente al Río de la Plata. Un lugar donde a Lanata le permitan, claro, fumar un cigarrillo tranquilo.
MOORE Y LA PRENSA K. Una hora después de llegar a Tucumán, Lanata ofrece una conferencia de prensa para hablar de la película. Ahora lleva una camisa igual a la que tenía a la mañana, pero de color verde. Está un poco cansado de que lo comparen con Michael Moore. “Si no fuéramos gordos y periodistas, nadie diría que nos parecemos”, se fastidia. Shaer, uno de los dos directores jóvenes del área de nuevos proyectos de la productora Patagonik, cuenta que la idea de la película se le ocurrió de casualidad, porque lo que él tenía encargado, hasta ese momento, era hacer un documental sobre Boca Juniors: “En un momento paré la cinta que estaba viendo y en el televisor que estaba usando apareció Lanata. Entonces le dije a Pablo Bossi –uno de los directores de la productora–: ¿por qué no hacemos un documental con él?”.
Lanata lo pensó un tiempo y aceptó. En nueve meses, que incluyeron viajes a Tucumán, Punta del Este, Washington y Davos, la película estuvo lista para estrenar. ¿Cómo filmar una película sobre la deuda externa que tenga información, rigor, y a la vez entretenga? Shaer cree que la gente no quiere ir al cine a suicidarse: “En lugar de buscar que asimile treinta conceptos diferentes, preferimos desarrollar uno y bien. Darle un golpe al espectador en el pecho y que salga preguntándose. ‘¿Cómo se puede ser tan egoísta, tan inmoral?’”.
Lanata opina que la gente, por lo general, no sabe nada de la deuda. “Así que cualquier cosa nueva que tires, sirve. No entramos en muchos detalles, porque no es una tesis sobre la deuda, sino una película. Lo que importa es que a partir de esto se pueda discutir el tema. Yo no quise hacer una película para la hinchada, quiero saltar el gueto, que lo que hago sea consumido por el público masivo. A los convencidos no tengo nada que decirles”.
La conferencia termina y después de un pequeño descanso llega la hora del almuerzo. Lanata se relaja, aunque piensa en la sesión de fotos que vendrá durante la digestión y le da sed. El hombre se reconoce como un fóbico que en los viajes prefiere no salir mucho del hotel. Caminar, no camina. Va a todas partes en remís. Está con sobrepeso, y aunque se siente mejor de la apnea (“Respiro menos que el resto de la gente, y me llega menos sangre al cerebro. Es decir, soy más estúpido que la media”) el sedentarismo no lo ayuda. Además, como es diabético, debe inyectarse insulina dos veces por día.
Pide un café corto cargado, la segunda o tercera agua tónica con limón, prende un cigarrillo y habla de cuando, al principio de la película, se convierte en dibujo animado para entrar en el cerebro de un chico con desnutrición. “Me gustó mucho el videoclip del tema ‘Frijolero’ de Molotov. Esa técnica, que se llama retoscopio, donde primero se filma y después se dibuja arriba de la película. Los movimientos animados quedan como los de un humano, no como los de un dibujo. Pero se me pasó un detalle. Cuando entro al cerebro del chico, manejando un camión, también estoy fumando. No me di cuenta”.
Hace un tiempo, cuando un librero tucumano se enteró de que Lanata llegaba a la ciudad, tuvo una iluminación, le mandó un mail –la dirección figura en sus libros– y le pidió si, por favor, no se hacía un tiempo para dedicar algunos ejemplares. Lanata primero dijo que no, pero terminó aceptando. Así que después de las fotos en la plaza, y de otro descanso, tiene que ir hasta la librería.
Aprovecho el tiempo muerto para preguntarle cómo ve a los medios en la era K, y si cree que existe el periodismo independiente. “El concepto periodismo independiente es una redundancia, el periodismo es independiente, sino es publicidad. Hoy se llama investigación a cualquier cosa, chequear dos datos no es investigar. Yo tuve una necesidad interior de salirme del periodismo de coyuntura. Creo que el periodismo es algo que hay que saber dejar, porque te distorsiona el punto de vista sobre las cosas, y te hace pensar que algo es importante cuando es una pelotudez. A veces los periodistas que hacen política terminan escribiendo sobre rumores muy menores, informaciones de pasillo”.
¿Qué opina de la libertad de prensa hoy? “Kirchner tiene un control sobre los medios como nunca vi en mi vida. ¿Cuál fue la última denuncia que escuchaste contra el gobierno en la televisión? O esto es Disneylandia, o existe un fuerte control sobre la prensa”.
LANATA SUPERSTAR. La hora de la siesta, cuando uno no puede dormir, es un buen momento para pensar en cosas más o menos intrascendentes y para sacar cuentas. Si, como se afirma, cada cigarrillo representa quince minutos menos de vida, y Lanata fuma dos atados y medio por día, la aritmética es sencilla: Lanata consume cada día unas doce horas de su vida en tabaco y nicotina. Mejor pensar en otra cosa.
Por ejemplo, cómo va a hacer para autografiar, en una sola hora, todos los libros que esa larga fila de admiradores lleva bajo el brazo. En rigor, no todas las personas le acercan los dos tomos de “Argentinos”, que llevan vendidos hasta hoy unos 350 mil ejemplares. Lanata firma, con dedicatoria personal incluida, todo tipo de objetos: revistas, servilletas, carpetas, cuadernos de clase y hasta un tomo de Derecho Romano. Y, cuando pasó una hora y veinte y la gente sigue llegando, y los vendedores despachan libros como si fuera el día del juicio final, Lanata pierde la paciencia por primera vez. Intenta retirarse, pero el público no se lo permite. Vuelve a sentarse casi obligado. “Diez minutos más”, se resigna, y garabatea su firma, algo así como un ocho en números romanos, hasta que dos empleados de seguridad de la librería le abren paso para que vuelva al hotel a prepararse para la proyección de la película.
En la ciudad, claro, todo queda cerca. Pero aún en auto, el tránsito retrasa el camino hasta el cine, donde Lanata verá el filme en pantalla grande por primera vez, unos quince minutos. Tiempo suficiente para que ofrezca su visión sobre la deuda: “Descubrí, haciendo la película, que no tenemos datos confiables sobre cuánto es verdaderamente la deuda externa argentina. Nadie lo sabe. Entonces, primero habría que ver de cuánto es, y ver qué se hace con eso. No tengo problemas en pagar una deuda real, pero nadie puede exigirnos que paguemos lo que no nos dieron. Aparte, si es cuestión de números, la deuda ya está pagada varias veces. Esto va a seguir siendo un problema los próximos cinco o diez años. Pero el hecho de que en Davos se haya pensado el tema de la pobreza como un miedo real de los ricos, denota una crisis. Todo esto es un camino que termina con la desaparición de la deuda, seguro. Es como con la legalización de las drogas: en algún momento va a suceder”.
El auto se detiene en la puerta del cine. Lanata enfila hacia la sala. Es una extraña mezcla de estrella de rock con un toque de Michael Moore (aunque no le guste), pero prolijo. Lleva otra guayabera estilo revolución cubana en lugar de la gorra de béisbol que el norteamericano no se saca ni para dormir. Es algo digno de verse: la gente se pone de pie y estalla en una ovación de gritos y aplausos. Lanata pronuncia un breve discurso, se sienta, las luces se apagan y comienza la proyección.
En la primera parte de “Deuda” el filme retrata la guerra de pobres contra pobres. Lanata se viste de detective y rastrea los orígenes de la pobreza, y se ocupa un buen tiempo de las denuncias de Alejandro Olmos, el argentino que denunció la ilegalidad de la deuda externa. Si la película va a recibir críticas desde algún sector del progresismo, lo hará por esta primera parte, que parece filmada por los acreedores de la Argentina. Pero más adelante desnuda las miserias y contradicciones de los propios organismos de crédito, cuando entrevista a los responsables del FMI y el Banco Mundial.
La sala está repleta y hay gente de pie en los pasillos. Los únicos insultos se escuchan cuando en pantalla aparece la figura de Carlos Menem. En la oscuridad, la respiración agitada de Lanata resuena como la de un animal herido. En los minutos finales rueda el tema “Ya lo sabemos”, de la banda Árbol. Lanata tararea la letra. Cuando se vuelven a prender las luces hay aplausos, gritos, llantos y una area humana que quiere abrazar al periodista. Se ve a las claras que salir de allí va a ser imposible. Hay seiscientas personas de un solo lado del cine, alrededor de su figura. Hasta que, en un descuido, Lanata vuelve a echar mano a sus dotes de escapista. Atraviesa la sala a paso rápido por una hilera que quedó vacía y se pierde por el lado opuesto del cine. Cuando los periodistas y el pequeño grupo de personas que lo acompaña llega corriendo hasta la puerta, los dos autos que los esperaban para volver al hotel han desaparecido en la noche. Lanata también.
AMANECER DE UN DÍA AGITADO. La última parte de la entrevista está pautada para las siete de la mañana siguiente, durante el desayuno. Lanata reaparece en el bar del hotel minutos más tarde. Está afónico. Dice que la película le gustó, encarga un agua tónica con limón y un cortado. Prende el primer cigarrillo del día.
Quiero saber si cree haber encontrado lo que buscaba al filmar el documental. ¿Tiene algo que ver la deuda externa con el hambre y la pobreza? “Como viste, en la película le pregunto a Anne Krueger si existe una relación entre el hambre de Bárbara Flores y el FMI. Y ella me contesta que todo está vinculado con todo. O sea que sí tiene que ver. Aunque peor que eso es haber tenido una clase política horrible. O sea que la mayor responsabilidad es nuestra. Los argentinos nunca vivimos nuestra realidad efectiva, siempre pensamos que éramos lo que queríamos ser. Vivimos una vida falsa proyectada. Y hoy sufrimos la crisis del nene al que le dicen que es adoptado. Sí, somos pobres. Pero menos mal que nos dimos cuenta, quizá así vayamos hacia algún lado. Porque vale la pena intentarlo. Este país está lleno de gente honesta. Hay sólo un cinco por ciento de chorros. Pero tenemos que asociar la idea de cambio a la del trabajo. Hay que trabajar mucho para que las cosas cambien”.
–¿Por qué se define como un liberal de izquierda?
–Porque tengo un problema y es que creo en la democracia pero sé que este sistema es injusto. Creo en la libertad, creo más en el individuo que en el Estado, pero como todo está mal, siento que algo hay que hacer. A ver: yo en Cuba estaría preso por disidente, de eso no tengo dudas. Además, el socialismo en la Argentina no existe. La izquierda argentina también es rara. Ha estado con todos los militares a lo largo de la historia: con Uriburu, con Braden, con Videla. Han sido bastante dementes. Por suerte la derecha es torpe. Porque podrían haber ganado mucha más plata de otra manera. La derecha argentina ha sido especuladora y saqueadora. Y hoy tenemos un país precapitalista. Porque si al menos existiera el capitalismo, la gente comería y ganaría mejor.
Enciende un segundo cigarrillo. Le pregunto si le molesta la tan en boga prohibición de fumar. “Me jode por principio, no por la adicción. Yo puedo estar sin fumar unas horas, pero me molesta que me lo prohiban. Entonces peleo para que me dejen”.
Un rato después dejamos el hotel y llegamos al aeropuerto. El avión sale en media hora. Queda tiempo para que Lanata diga que, a los 44 años, ha logrado finalmente lo que siempre quiso, vivir de los libros. Que no extraña la televisión. Que, a punto de ser padre por segunda vez, se siente feliz.
Anuncian el vuelo por los parlantes. Retiramos los tickets y, un segundo después, sin que nadie sepa cómo, Lanata ha desaparecido de nuevo. Debe andar por ahí, buscando un lugar donde le permitan fumar. Una vez más, como siempre, estará saliéndose con la suya.
Por Maximiliano Tomas para la revista Noticias (9 de octubre del 2004).
2 responses so far ↓
1 lulet // ene 27, 2007 at 15:07 pm
Evidentemente vivo en una caja de zapatos.
No tenía idea de la película.
Gracias.
2 Pixel // feb 1, 2007 at 11:51 am
chotísima la película del dogor. O quizá fue esa noche de viernes en que la alquilé y trasladé todas mis penurias en el pobre Jorge. No sé. Mi recuerdo de eso es muy pobre…
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