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Sobre Los suicidas del fin del mundo

abril 13th, 2010 · 1 Comment

De la bellísima revista de artes y literatura La tempestad me pidieron un texto sobre este libro de Leila Guerriero. Como ya se publicó, y la revista no llega a la Argentina, lo reproduzco acá debajo. De todas maneras, mucho más allá de esto, vale la pena darse una vuelta por la edición online (y completa) de La tempestad, cuya última tapa está dedicada a Alfred Hitchock.

La dolorosa discreción

Por Maximiliano Tomas

¿Quiénes? El viento constante, ese silencio blanco, aliento del demonio. Y la sombra densa de la muerte: muertes de postes y cables, de ojos desorbitados y pies que cuelgan en el aire, de disparos en la boca y en la sien. Muertes violentas que se ejercen con mano propia. Esos son los personajes principales del primer libro de crónicas de Leila Guerriero, Los suicidas del fin del mundo, aparecido a mitad de la década, en 2005, y que presentó a la autora al público no especializado e inauguró la biblioteca de no ficción de la editorial Tusquets en la Argentina.

¿Dónde? En Las Heras, provincia de Santa Cruz, Patagonia, sur profundo de la República Argentina. Un pueblo de unos pocos miles de habitantes que vivió el sueño del progreso entre las décadas del 70 y 90 gracias a las explotaciones petrolíferas. “Las Heras empezó a ser terreno de hombres solos que querían hacer dinero e irse rápido, pero se quedaban años. Se multiplicaron los cruces familiares: hijos e hijastros, padres y padrastros, madres y madrastras, todos contra todos. Familias ortopédicas producto de revolcones impetuosos que nunca duraban demasiado”. Pero una vez privatizadas las empresas del Estado, en los años 90, Las Heras cayó en desgracia. Cientos de trabajadores perdieron sus empleos, cientos de familias quedaron sin sustento. En 1995 el desempleo era del 20 por ciento y 7 mil personas abandonaron el lugar. El mal ya estaba hecho, la fiebre del oro negro iba a mostrar sus síntomas. El más visible: una ola de suicidios que comenzó en 1997 y que no se había detenido cuando Guerriero le pone punto final al libro, ocho años después.

¿Cómo? Leila Guerriero nació en 1967 en Junín, provincia de Buenos Aires. Lleva casi veinte años de profesión y sus crónicas aparecieron en los medios más importantes de América Latina y Europa. Si se puede hablar de dos modelos a la hora de hacer literatura de no ficción (o periodismo narrativo, o crónica periodística), podríamos poner a Guerriero en un extremo y a la peruana Gabriela Wiener en el otro. Wiener, autora de los libros Sexografías y Nueve lunas, se define como una “antropóloga de sí misma”. Necesita que las historias pasen por su cuerpo, que hieran, incomoden, molesten, para recién después narrar -una noche de sexo swinger, un viaje mental bajo los efectos de la ayahuasca, una donación voluntaria de óvulos o una intervención quirúrgica. Guerriero se ubica voluntariamente en la otra punta del arco metodológico: es la cronista que desaparece, que se hace humo, que todo lo ve y todo lo cuenta, pero desde la invisibilidad. Ella misma lo explica así: “Encuentro cierta belleza en que las cosas sucedan -absurdas, contradictorias, a veces irreales- y me gusta entrar en la realidad como a un bazar repleto de cristales: tocando apenas y sin intervenir. Para poder ver no sólo hay que estar: sobre todo, hay que volverse invisible. Aplicar discreción hasta que duela, porque sólo cuando empezamos a ser superficies bruñidas en las que los otros ya no nos ven a nosotros, sino a su propia imagen reflejada, algunas cosas empiezan a pasar”.

Rodolfo Walsh, Tomás Eloy Martínez, Martín Caparrós: figuras tutelares del oficio de Guerriero. En el cómo, en su método de trabajo, detallista y tremendamente obsesivo, está el secreto de su arte. Para ella, la crónica abreva del cine, la música, el cómic y la literatura. Pero hay dos cosas que, según confiesa siempre, le son indispensables a la hora de escribir: tiempo y soledad. “Soy una bestia cuando trabajo. Puedo escribir 16 horas por día, sabiendo que gran parte de la tarea de escribir es perder el tiempo. Hay días que estoy 12 o 14 horas escribiendo, corrigiendo, pasando, metiendo material; hay otros días que de esas 16 horas escribo como mucho tres y el resto es diletancia: voy, vengo, me siento, vuelvo, pero sin ese perdedero de tiempo no llego a esas tres que valieron tanto. Cuando escribo me encierro, no bajo a pagar un impuesto, rechazo todas las invitaciones que me hacen, sea una entrevista o una cena con un amigo que viene desde El Congo”.

Los suicidas del fin del mundo es la historia de una búsqueda que nunca queda del todo elucidada. ¿Qué persigue Guerriero en el libro? ¿Las razones de los suicidios, del malestar que generan el aislamiento, el abandono, la falta de esperanzas, la posibilidad de un futuro? Todo eso, sí, pero Guerriero es también una cazadora de personajes, de voces narrativas y de elementos (el viento, siempre el viento patagónico, y la amenaza de la locura y de una muerte nueva) que hagan avanzar el relato y que terminen por componer un mosaico, un rompecabezas en el que las piezas no siempre encajan a la perfección. Guerriero cuenta que el 90 por ciento de sus lecturas se compone de obras de ficción, y que sólo el resto es periodismo. “El lenguaje es todo en el periodismo gráfico. El lenguaje escrito tiene como una sensualidad extrema que no tienen otras formas narrativas. Soy una especie de buscadora serial de prosas que me conmuevan, de autores que muevan las bases de lo que estoy haciendo y me den ganas de empezar una crónica de esa manera o descubrir a alguien con un tono completamente distinto a lo que yo conozco”. Una búsqueda que no siempre es placentera, por supuesto. “El resultado me gusta”, dice, “pero no el proceso de escritura. Para mí la escritura no es un momento de disfrute. Es un momento de soledad, de agobio, de no encontrar caminos, de no saber si la pegaste hasta que el proyecto está tan avanzado que después volver atrás es una pesadilla, de desconcierto, de aburrimiento de probar, de tirar abajo y volver a construir. Yo preferiría estar trotando”.

La trama detrás de este libro es la de casi siempre. Una cronista que se obsesiona con una historia, que viaja y se instala en un pueblo intentando desentrañar sus mecanismos secretos, su lado oculto, y la historia crece y se transforma en otra cosa -en este caso, en un libro que se puede leer como una novela, pero cuya potencia reside en que no, en que no se trata de una ficción sino de la más pura realidad. “Alguien abrió la puerta y el viento arremolinó los diarios que había sobre una mesa. Cayó un cenicero, se hizo pedazos, y hubo una lluvia de vidrios, de ceniza. Un hombre dijo ‘Viento de mierda’.” El viento, entonces, y el hastío, la muerte y las voces del pueblo, de los sobrevivientes de la desgracia, de los familiares de los suicidas: la espina dorsal de un relato macabro, de la Argentina que no aparece en los diarios ni en los manuales de Historia.

El final del primer capítulo de Los suicidas del fin del mundo encierra buena parte de la sapiencia de Guerriero como cronista. No son palabras vanas, son tres frases que están ahí y no en otro lado porque, se adivina, significan algo central para la autora: “Qué fui a buscar ahí. No sé qué vi. Qué estaba buscando”. La duda, la sorpresa, lo inesperado: la incertidumbre como motor del relato. Da escalofríos pensar lo que podrían hacer los hermanos Coen, o el propio Herzog, si alguna vez este libro cayera en sus manos.

Tags: Artículos, crónicas y reportajes · El oficio de escribir (sobre periodismo)

1 response so far ↓

  • 1 Marcela // ago 21, 2010 at 5:55 am

    Hola, quisiera saber como puedo obtener su libro los suicidas del fin del mundo?

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