Dos maneras antagónicas de entender la pasión (la obsesión) por los libros. La de Diógenes, por un lado, que afirmaba que tener libros y no leerlos es como tener frutas en un cuadro. La otra, que nos cae mucho más simpática, es la que cuenta Walter Benjamin en un célebre artículo titulado Desembalo mi biblioteca (discurso sobre la bibliomanía), y que cierra con la siguiente anécdota: “¿Es típico del coleccionista no leer libros? Como único ejemplo citaré la respuesta que Anatole France reservaba a los beocios que admiraban su biblioteca para concluir con la inevitable pregunta: ‘¿Y ha leído usted todo esto, señor France?’ ‘Ni la décima parte’, respondía él. ‘¿O acaso usted comería todos los días en su vajilla de Sévres?’”. Conozco la pasión de algunos escritores argentinos por los libros y la obsesión con que cuidan, abastecen y ordenan sus biliotecas: Abelardo Castillo y Sylvia Iparraguirre las mantienen separadas, en habitaciones distintas. Cualquiera que recorra con regularidad librerías de viejo del centro de Buenos Aires se cruzará, en algún momento, con dos biliómanos consumados: Matías Serra Bradford y Damián Tabarovksy (Serra Bradford publicó hace poco una novela donde vuelca estas experiencias bajo el amparo de la ficción: La bilioteca ideal). Daniel Guebel suele tirar los libros sobre los estantes, sin ningún orden o cuidado aparente. Y Rodolfo Fogwill declaró en más de una ocasión que los libros le parecen, a esta altura, un verdadero estorbo, se jacta de no tener biblioteca propia y no tiene reparos en regalarlos, venderlos o perderlos.
Pero a cualquiera de ellos, estoy casi seguro, les interesaría un ensayo que acaba de publicar el escritor francés Jacques Bonnet, Bibliotecas llenas de fantasmas. Una especie de breve historia de la bibliomanía que abre con la definición de lo que son para él los libros. Es decir, su felicidad y su maldición: “Son caros cuando se compran, no valen nada cuando se revenden, alcanzan precios astronómicos cuando hay que encontrarlos una vez que se agotaron, son pesados, se empolvan, son víctimas de la humedad y de los ratones, son, a partir de cierto número, prácticamente imposibles de trasladar, necesitan ser ordenados de una manera específica para poder ser utilizados y, sobre todo, devoran el espacio”. Así y todo, Bonnet confiesa su inevitable debilidad por cada uno de los miles de tomos que ocupan todas las habitaciones de su casa, incluido el baño. Y a lo largo de los distintos capítulos refiere historias y curiosidades de las tantas clases de bibliómanos que existen: amateurs, coleccionistas, amontonadores, lectores y compradores compulsivos. Personajes que llegaron a vender su derecho de herencia para comprar libros de manera ilimitada, que viajaron a la otra punta del mundo en busca de aquel ejemplar codiciado, que murieron aplastados (literalmente) bajo el peso de su bilioteca.
Mientras repasa las diversas maneras de almacenar y ordenar volúmenes, de cómo y dónde leer, de las peripecias y las dificultades a las que se ven arrastrados los amantes de los libros, Bonnet cuenta sus experiencias de lectura y su vida como lector, similares a la de todo bibliómano y, al mismo tiempo, inexplicables para cualquiera que no comparta la misma obsesión. La biblioteca, en fin, entendida como la arqueología privada de su dueño, como una pasión tan inevitable como inútil.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
4 responses so far ↓
1 Rodolfo F // jul 25, 2010 at 13:11 pm
En una olvidable película que vi en TV anoche (de hecho, no recuerdo ni el nombre ni los actores), un personaje secundario es dueño de una librería que está perdiendo dinero, y cuando le preguntan por qué no la vende de una vez, dice que no puede porque cree que el conocimiento que está puesto en todo ese papel, todas las pasiones y sentimientos que allí están atrapados, fluyen de manera mística por el ambiente y lo nutren de sabiduría y lo hacen una persona mejor. La verdad es que nunca lo había pensado así, pero confieso que lo he sentido mirando mi biblioteca, a pesar de todos los inconvenientes prácticos que representa. No habrá CD ni Internet ni tabla electrónica que pueda reemplazar esa sensación.
2 Diego Coluccio // jul 25, 2010 at 16:38 pm
Muy buen artículo Maximiliano.
Diremos los mismo dentro de 5 años?
Tendrá sentido para las próximas generaciones almacenar libros cuando se pueden tener todos los libros que uno leerá en su vida en un minúsculo cacharro electrónico?
Romanticismos aparte, creo a los libros en papel no les queda otra alernativa que desaparecer.
3 Marcelo C // jul 26, 2010 at 1:55 am
A decir verdad, el bibliómano ausculta detrás de su fanatismo-obsesión por los libros algo que está más allá justamente del libro. Es decir que está expresando materialmente emociones, temores, inseguridades de otra índole. Lo que voy a expresar quizá tenga un aspecto más bien psicológico, pero es la forma que actualmente tengo de entender y explicar lo que me sucede. Cuando me pregunté por primera vez por qué compraba tantos libros, de los cuáles la tercera parte leía, tuve como respuesta eso que los mortales tanto temen, la muerte. Bueno, si bien a primera vista parece no tener conexión, que en lenguaje coloquial lo expresaríamos como: ¡te estás yendo a la mierda!, la verdad si la tiene y mucho.
En mi caso personal, lo que me moviliza es el conocimiento, el más amplio y diverso. Es esa búsqueda la que me obsesiona impiadosamente, y que podríamos referirla al bibliómano. El comprar un libro implica en mi conciencia no solo adquirir lo material sino también su espíritu o contenido. El liberar mi atención de un autor o tema recurrente, la concentración se dirige inmediatamente, desde el momento en que abono en caja, hacia otro libro. Es decir que la energía o libido del bibliómano compulsivo se enfoca, dirige y funge en eso, en acumular pero a la vez en liberar la atención para pasar a ocuparla con otra cosa.
Detrás de todo libro busco conocer, aprehender, no abarrotar anaqueles jactanciosos, o al menos en principio. Creo que para el bibliómano entrar en una librería debe ser como para un chico ir a un quiosco, el regocijo con todo lo que observan lo inunda todo, y es justamente a partir de la mirada con lo que se apropian de todo que proceden a comprar más de lo que podrían consumir en el ahora. Detrás de esa compulsión hay ansiedad, hay una especie de pulsión, de recordatorio de la propia finitud. Es común plantearse, al menos una vez pienso, que existen más libros de los que uno podrá leer; y es justamente eso lo que angustia y lo que produce avidez por los libros.
4 Constant // jul 26, 2010 at 13:16 pm
Como marxista vulgar que soy, me permitiría ofrecer otra interpretación: Nos gustan la bibliotecas porque sentimos nostalgía de la aristocracia. Ella fue la que creo la biblioteca como “lugar” de su distición, como su “santa santorum”, como tabernáculo de su “vida interior”. Y luego llegamos nosotros, los desclasados desde la clase media baja en busca del paraiso perdido: esa libertad que inconscientemente o no seguimos identificando con una vieja mansión, un buen paisaje privado y una buena biblioteca. Pero “todo lo sólido se desvanece en aire” y si sentimos placentera pena es porque …con lo que nos ha costado desclasarnos y tener nuestra biblioteca …¡ahora vienen los ebook y nos arrebatan el decorado de nuestra”diferencia”!
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