por Maximiliano Tomas
Al final, quedó demostrado, lo respetaban (lo querían) todos: incluso sus enemigos, que no eran pocos. ¿Qué diría el propio Fogwill de la tristeza unánime que atravesó esta semana, en la que escritores, editores, lectores y críticos siguen sorprendiéndose de que haya muerto, de que esa inteligencia suprema, todopoderosa e incómoda ya no vuelva a interpelarnos, a molestarnos con sus intrusiones, que se haya apagado tan de repente? Conociéndolo, seguro que se sentiría incómodo (si no fastidiado): nos mandaría a todos a leer y a escribir y a dejar de quejarnos. ¿Pero cómo? Fogwill estaba contra todos, pero también estaba en todo y con todos. Llámense por una vez a silencio los que reclaman autores con compromiso e ideas, escritores con incidencia en la realidad social y política: Fogwill era eso, una máquina de intervenir políticamente. Escribía con la misma facilidad e irreverencia sobre drogas, alcohol, aborto, homosexualidad, alta y baja política, mundo editorial, urbanismo. Donde había una llaga, él estaba listo para ir y meter no el dedo: el brazo. Porque si Fogwill fue, con algunas decenas de cuentos, un puñado de novelas, y unos pocos poemas uno de los escritores más influyentes de la literatura argentina de las últimas décadas, fue también, sin dudas, un intelectual. El intelectual incómodo.
Lo conocí personalmente hace cinco años (porque tuve la suerte de empezar a leerlo mucho antes, cuando encontré uno de sus primeros libros, Música japonesa, en la biblioteca de mis padres), pero fue hace tres, una noche en la puerta del Centro Cultural Rojas, cuando lo invité a escribir semanalmente en este diario, sabiendo que me iba a decir que no, o que me pediría una suma de dinero exorbitante por hacerlo (la forma más elegante e inapelable de negarse). Pero dijo que sí. Y a pesar de las bromas que nos hacíamos cada tanto con Guillermo Piro, encargado de coordinar las páginas donde Fogwill colaboraba (¿cuándo va a renunciarnos de nuevo? ¿cuánto tiempo pasará hasta que se aburra y abandone?), y de haber amenazado con dejar de hacerlo varias veces, lo cierto es que el desafío de intervenir públicamente lo seguía entusiasmando, como quedó claro con la serie que inauguró con su última columna, en donde anunciaba que se dedicaría a ventilar las miserias del mundo editorial. Desde su muerte, unos cuantos hipócritas suspiran con alivio (ahora recuerdo esa noche, cuando me agarró del brazo a la salida de un importante premio literario cuya ceremonia había interrumpido al grito de “Esto es un fraude, una vergüenza”, y me dijo, mirando las paredes y las puertas, y lo decía en serio: “Tomás, ¿por qué no vamos y rompemos todos los vidrios?”).
Unos pocos respiran aliviados, sí, pero como quedó demostrado en su velorio, el sábado pasado en la Biblioteca Nacional, son muchos más los que van a extrañarlo, los que no pueden soportan siquiera la idea de no volver a escuchar su voz (“Fogwill habla”, decía, grave y seco, cada vez que llamaba por teléfono para comentar un libro que había leído, un autor que había descubierto, una noticia o un artículo que lo indignaba).
Como autor, Fogwill nos enseñó a escribir y a pensar (y a pensar escribiendo). “Escribo para que no me escriban”, “la literatura no cuenta historias, inventa maneras de contar historias”, son algunas de las miles de frases con las que definía a la literatura y a su propia biografía, esos universos tan imbricados. Como escritor, nos deja una forma de leer, de hacer respirar (y de ser respirados por) un texto. Y también: su manera de incorporar a la literatura marcas de época, el atípico uso de los dos puntos, su sintaxis sobresaltada, su facilidad para narrar las alucinaciones de una mente bajo los efectos de las drogas o las escenas de sexo explícitas. ¿Cómo olvidar a esa muchacha punk y ese comienzo donde en diciembre de 1978 el narrador y ella hicieron el amor? ¿Cómo olvidar a los pichiciegos en sus trincheras subterráneas, o aquella novela oral con la que Fogwill le extrajo la médula a la década del 90 para exponerla en toda su crudeza, ese vivir afuera con el que capturó el zeitgeist de la transición neoliberal argentina?
Así como para la literatura argentina hay un antes y un después de Arlt, de Borges, de Puig, de Lamborghini, hay también una frontera que marca un antes y un después de Fogwill: la candidez, la inocencia, la ingenuidad son palabras prohibidas para quien quiera hacer literatura hoy, de este lado del mundo.
No suena extraño que haya sido capaz de intuir su propia muerte, él que se daba cuenta de todo mucho antes que los demás. Parece incluso que se hizo tiempo para despedirse, para hablar con todos sus amigos. Se sintió mal, fue hasta el Hospital Italiano y se internó. Desde adentro, siguió hablando por teléfono y llegó a decirle a alguien: “Me voy a ver a Libertella”. Si es que existe algún lugar como el infierno de los escritores malditos, allá está él: sentado junto a Héctor Libertella y Osvaldo Lamborghini, haciéndole señas a Mario Levrero. Matándose (él escribiría: cagándose) de risa, como siempre, de todos nosotros, los que quedamos acá, mucho más solos. Con esa larga risa de todos estos años.
2 responses so far ↓
1 Maru // sep 1, 2010 at 16:33 pm
Maxi, con este escrito me transmitís la soledad que les dejó, las ganas de leerlo más allá de las columnas en perfil y sobretodo las ganas de haberlo conocido aunque sea de pasada. Muchas sensaciones y eso que solo leí, como dije antes, sus columnas, un cuento y escuché alguna que otra anécdota de él.
Adoro como escribís, me enorgullece que hayas sido mi profesor y me alegra haberlo aprovechado
Besos!
2 Mariano `mandrake´ Vespa Com 13 // sep 4, 2010 at 21:55 pm
Laiseca, un dia después del velorio, dijo `fue unos de los pocos amigos que no me traicionó`
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