Algunos meses atrás hubo un concurso de crónicas de viaje organizado por la Fundación El Libro en el marco de la Feria. Fue una buena ocasión para tomar una nota que había escrito por encargo, y que no me satisfacía completamente, y ver cómo la hubiera reescrito hoy.
Así que me transformé en una suerte de dj de mí mismo, reescribí el texto y lo presenté: había un premio de 10 mil pesos en juego.
Por supuesto, no gané. Pero creo que el artículo quedó mucho mejor, o al menos más parecido a lo que yo quería.
Es el que sigue.
Un viaje a la Edad Media
El tedio es parte esencial de la vida –de la vida de quienes, de este lado del mundo, pueden darse el lujo de sentirlo de tanto en tanto. Algo así como la otra cara del deseo: si no fuera por él, lo más probable es que nos pasáramos las horas y la vida echados a la sombra de un ombú. Con perdón del francés: “Estamos dispuestos a comer mierda, pero no siempre la misma” –Jacques Lacan dixit. Para evitarlo, para hacerle una finta al aburrimiento, los seres humanos suelen procurarse todo tipo de soluciones: emborracharse, casarse, reproducirse e inventarse guerras de diversas dimensiones. Algunos periodistas también nos aferramos a la quimera de que quedan, todavía, buenas historias que contar. Historias que, por lo general, hay que salir a buscar; rastrearlas, o lo que es lo mismo: viajar para contarlas. Una de ellas era la del monasterio trapense de la ciudad de Azul.
Cuentan los libros que en algún momento del año 1098 los santos Esteban, Roberto y Alberico llegaron hasta un pantano de la localidad de Dijón, Francia, llamado Citeaux. Los tres amigos buscaban volver a la sencillez y la pobreza de la vida monástica que recomendaba la regla de San Benito, redactada hacia el año 547: pobreza evangélica, vida comunitaria, trabajo y oración. En buen latín y sintetizado: ora et labora. Allí, Esteban, Roberto y Alberico fundaron un monasterio, el primero de lo que hoy se conoce como cultura cisterciense. Cinco siglos después, durante la Contrarreforma católica, el abad de Rancé, que había sido hijo de un poderoso señor feudal, llevó a cabo una nueva ruptura desde su abadía de La Trappe. Y en 1892 el Papa León XIII le dio nombre y entidad a esa reforma y a sus monjes. Así nació la “Orden de los cistercienses de la estricta observancia”, más conocida como la “Orden trapense”.
En octubre de 1958 un grupo de la orden perteneciente a la abadía de San José, en los Estados Unidos, viajó hasta la Argentina y fundó en Pablo Acosta, a cincuenta kilómetros de la ciudad de Azul, el primer monasterio trapense de Latinoamérica. La leyenda dice que en este grupo de avanzados se contaba Robert Lewis, el copiloto del Enola Gay, avión desde el que se arrojó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima –y el resto es historia conocida. Se cree que instantes después del ataque, mientras decenas de miles de personas eran carbonizadas en unos pocos segundos, Lewis pronunció sólo cinco palabras: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”. Y que una vez en tierra, sintió el llamado del señor, el mismo que lo habría arrojado al sur del mundo algunos años más tarde. Es una buena historia, y como toda buena historia lo más probable es que sea mitad verdad, mitad mentira.
Veremos.
Ahora son las cinco de la mañana, y en la ciudad de Azul es noche cerrada. Ya estuve una vez en el monasterio trapense, un par de semanas atrás. La condición para que los monjes me abrieran –literalmente– las puertas de su reclusión voluntaria fue esta: un primer viaje, de estudio mutuo, en todo caso algunas fotografías, y recién después, si la química humana y la fe divina así lo disponían, un segundo viaje, esta vez solo, sin fotógrafo, en el que podría acceder a cierta intimidad y al, por decirlo así, verbo –que los monjes que no suelen hablar con nadie, ni siquiera entre ellos, hablen conmigo, es decir, con la prensa.
Entonces: son las cinco de la mañana y en Azul es noche cerrada. Los vidrios del micro que acaba de detenerse en la terminal de ómnibus están helados. A espaldas de la estación desierta, iluminada por los focos del único bar abierto, se distinguen los frentes de dos remiserías.
–Cuando vuelva tome un auto ahí. Ya sabe, son poco más de cincuenta kilómetros de viaje. Los choferes conocen el camino de memoria –me había recomendado el padre José Otero durante mi primera visita a la Abadía de Nuestra Señora de los Ángeles.
Esa vez, la de las formalidades, había hecho el viaje en auto y de día desde Buenos Aires junto al fotógrafo. Así es que yo también conocía el camino: recordaba bien la ruta estrecha que atraviesa las sierras en ese paraje de la provincia de Buenos Aires, las extensiones de tierras verdes y amarillas, como pintadas al óleo, moteadas de animales, tierras que cada tanto se evaporan abruptamente y se convierten en vacío –o si se prefiere, por su nombre enciclopédico, en camino de cornisa.
Esta segunda vez, de noche todavía, el monólogo del chofer que me conduce al monasterio no es el más estimulante: el hombre me cuenta que un tiempo atrás llegó a trabajar varios días sin dormir, pero que, enhorabuena, había entendido que eso era una locura.
–Es algo que no pienso hacer nunca más. No importa que no llegue a fin de mes. Porque acá, una noche cualquiera, te distraés un segundo y listo: te matás.
“Ajá”, digo. Y “ajá” quiere decir que me parece una opinión sabia y prudente.
–Sí –sigue–, hace un tiempo un camión se fue por la barranca y terminó al fondo del acantilado. De día todavía se pueden ver los restos de los fierros.
Trato de mirar hacia abajo, pero no veo nada. Mientras, sin que se note demasiado, busco abrocharme el cinturón de seguridad, sin demasiado éxito. Me tranquilizo: ahí está el cartel que indica que falta poco para llegar. Dos, tres kilómetros a lo sumo. Los faros iluminan el anuncio del desvío que lleva hasta el monasterio.
Pero apenas logro relajarme cuando el auto enfila hacia un pequeño vado y, al cruzarlo, la rueda delantera izquierda estalla. El remisero pierde el control y el coche derrapa y se arrastra de costado. Estamos por estrellarnos contra la banquina izquierda, pero el chofer da un golpe de volante. En cuestión de segundos el auto hace un trompo, y vamos a parar al extremo opuesto del camino. En el silencio de la noche sólo se escuchan los mugidos de las vacas y el trinar de algunos pájaros en la oscuridad.
Me toco, pero no miro. Dicen que las personas en estado de shock pueden caminar por horas hasta que descubren que les falta un brazo, o que tienen un pedazo de espejo retrovisor incrustrado en la frente. Toco, pero no miro, para ver si todo está en su lugar. Y una vez que confirmamos que ninguno de los dos está herido, abro la puerta y salgo del auto.
Dejo al chofer y camino el kilómetro y medio que me separa del monasterio. Toco la puerta, aún temblando, y luego de algún tiempo aparece el padre Otero. Mientras prepara café, le cuento lo que acaba de suceder. El padre medita un instante, junta las manos debajo de las anchas mangas de su hábito monacal, ladea la cabeza y, con su sonrisa habitual, dice:
–Y… es así. A veces, Dios nos da señales.
Estoy en una pequeña cocina, vedada a cualquier mortal que no lleve hábito, en el corazón del monasterio. En el aire frío se mezcla el olor a café, a campo, a naftalina. Tengo un día entero para ver cómo funciona esta estructura por dentro; para ver, caminar, comer y hablar con este grupo de monjes que eligieron vivir fuera del mundo. Una de las primeras cosas que menciono, como para romper el hielo, es el caso de Lewis, el Enola Gay y la bomba atómica. El padre Otero me mira con cierto fastidio, y temo que el largo día que queda por delante se haga trizas. Otero, me dice, está cansado de que le pregunten siempre por lo mismo –aunque la historia figure incluso en la página de Internet que el propio monasterio mantiene. Dice:
–Es una leyenda. Lewis hizo un retiro espiritual en un monasterio de los Estados Unidos después de la guerra. Pero después se fue, y no se volvió a saber de él.
El padre Otero es el prior de este lugar donde conviven dieciséis monjes. O lo que es lo mismo: es el segundo responsable de la abadía. Tiene 61 años, cuerpo robusto, poco pelo, la cara rosada, y cualquiera que llegue del mundo exterior no le daría mucho más de cuarenta. Otero conserva (como todos aquí dentro, pero eso lo sabré después) un secreto, que confesará sólo cuando entre en confianza: a qué se dedicaba antes de decidirse por la vida monacal. Porque la mayoría de los monjes trapenses llevaban una vida similar a la de cualquier mortal antes de optar por cortar lazos con el mundo.
La vida de clausura de los monjes tiene reglas muy estrictas, y entre ellas figura la del silencio absoluto, el recogimiento, el canto litúrgico y la oración. Otero recuerda que cuando ingresó, en 1977, los hermanos todavía hablaban mediante señas. “Pero el hombre es un ser social”, dice ahora. “No está mal que ciertas normas se hayan actualizado. Hoy, por ejemplo, no se puede azotar a un ser humano –se ríe. Imagínese el juicio que le harían”.
Los trapenses funcionan como una organización vertical, del mismo modo que la Iglesia Católica: en la cima un abad general que vive en Roma y al que asiste un Consejo Generalicio, integrado por seis monjes. Uno de ellos, el Procurador General, es el nexo entre la Orden y la Santa Sede. Porque los trapenses no sólo están exentos de ciertas obligaciones del oficio, como realizar bautismos y casamientos: no responden a ninguna diócesis, sino directamente a Roma.
Le pregunto a Otero si no cree que el hecho de retirarse del mundo no implica cierta dosis de renuncia, en fin, un tizne de egoísmo non sancto: ego me abstengo, desaparezco, vivo mi vida y que el resto se arregle como pueda. “No”, me contesta. “En el corazón del monje cabe el mundo. Y yo me hice monje para salvar a los hombres. Es un camino menos visible que el que puede tener un sacerdote. Pero viviendo el cristianismo hasta las últimas consecuencias uno da un testimonio. Si vivo mi fe radicalmente, el que me ve encuentra a Cristo. Porque puedo predicar muy lindo, ¿no?, pero si no vivo como predico, ¿de qué me sirve?”.
Consejo para impacientes: tómense su tiempo pata meditar bien el asunto, porque para llegar al lugar en el que ahora estoy hay que recorrer un largo camino. Uno no se hace monje de un día para el otro. Se comienza como aspirante, etapa que dura un año. Después se es postulante por otro año, novicio por dos más, profeso temporal durante tres y recién ahí, a siete años de haber empezado, se puede optar por la profesión perpetua. Es en ese momento cuando se hace entrega de la cogulla, el hábito blanco característico que, en ocasiones, es acompañado por una pechera y capucha negras. De ahí les viene a los trapenses un nombre que mete miedo: “monjes negros”.
Pero hay mucha otra gente que se acerca al monasterio durante el año, en busca de una misa atípica o de retiros espirituales. Mucha es mucha: para conseguir turno en la hospedería ubicada a un costado de la iglesia hay que reservar lugar con semanas de anticipación. Allí se alojan unos 1500 huéspedes al año. Pero nadie accede nunca al interior del monasterio, el verdadero corazón de la vida de clausura. Del otro lado de esas paredes –de este lado– la realidad se funde con la fantasía, y la noción del tiempo se disuelve hasta convertirse en un solo minuto eterno. A lo largo de los pasillos, uno podrá toparse, por ejemplo, con una figura que lee en silencio mientras camina, como si fuese un personaje abducido de El nombre de la rosa –como depositado ahí por la mano de Dios, durante un descuido.
La vida de los trapenses arranca temprano. Temprano es temprano: a las tres y cuarto de la madrugada. Cada dos horas suena el campanario, todos interrumpen lo que están haciendo –orando, trabajando– y se dirigen a cantar una de las siete oraciones diarias. Todos los días del año. La disciplina se extiende a los objetos inanimados: en el monasterio no hay una sola bisagra que haga ruido. Y en la iglesia baja y robusta, de estilo románico, el silencio ahora es tan profundo que lo único que se escucha en el aire es el eco del vuelo de las moscas –y el recogimiento tan abrumador que haría arrepentirse a Poncio Pilatos. Hasta que irrumpen los cantos litúrgicos. “Cantar los salmos viene de la época de San Agustín, que afirmaba que el que ora y canta, ora dos veces”, explica el padre Otero. “Nosotros buscamos resaltar la palabra y no la música. Para eso estudiamos solfeo y algunos instrumentos”.
Sí, pero, ¿por qué despertarse a las tres de la mañana? Otero explica que a esa hora “el lago de la afectividad está quieto”. O dormido, pienso. Y pregunto: ¿cómo hacen para no quedarse dormidos? “A veces, es cierto, estamos semidormidos cuando oramos”, admite el prior. “Pero eso no quita la conciencia del acto. Todo lo que uno mete en el alma a esa hora penetra hasta el fondo. Recitar los salmos a las tres de la mañana se puede transformar en un acto mecánico, pero no quiere decir que uno no quede embebido de esos sentimientos”. Lo que nos lleva de nuevo al principio, al asunto del tedio. ¿Cómo hacen para vivir el mismo día, todos los días, y no desfallecer del aburrimiento?
–Bueno, a veces los días se parecen –dice Otero. Cuando yo me aburro escucho jazz. Una vez al mes me doy una panzada. La gente se extraña de nuestros horarios. Pero después de un tiempo la estructura horaria desaparece, y se transforma en un régimen solar. Es como volver a las fuentes de la naturaleza. El fin es favorecer el espíritu de oración constante.
– ¿Y cómo es el contacto con el exterior?
– La gente piensa que somos extraterrestres, que no sabemos lo que pasa. Pero sabemos más que ellos –contraataca el padre. Leemos los diarios dos veces por semana, usamos Internet. Además, una cosa es escuchar la información y otra digerirla. La gente está muy bombardeada. Nosotros… nosotros tenemos tiempo.
En el monasterio las tareas están bien divididas. El padre Eduardo Gouland tiene 60 años y es el ecónomo. “Yo vendría a ser el Judas, aunque espero no terminar como él”, dice. Su historia de clausura comenzó a los 24 años. El día en que, estudiando para un final de la facultad, tuvo una revelación. “Yo era católico no practicante. Tenía novia, y todo lo que oliera a cura o a sacristía me daba alergia. Una noche estaba estudiando con mis compañeros para un examen de Derecho Comercial y de repente sentí una presencia muy fuerte del Señor en el corazón. Fue como una iluminación, lo sentí físicamente. Me pedía que dejara todo y, claro, yo no quería. Me costó tiempo asumirlo, porque amaba a esta chica con la que estaba. Pero en poco tiempo todas las cosas a través de las que vivía se volvieron vacías. Llevaba una doble vida: por un lado el centro de estudiantes y por el otro la vida espiritual, que era la que cada vez me hacía más feliz. Así que contra la opinión de los demás me decidí por la vida monástica. Y una vez que llegué acá, supe que era el lugar que buscaba”.
Para subsistir económicamente, los monjes solían fabricar miel y té de hierbas, pero ya no lo hacen. Ahora, en concordancia con los tiempos, trabajan el campo. Pero el verdadero ingreso, desde hace quince años, lo obtienen de la reproducción de toros: en los terrenos de la abadía se crían y venden unos ciento veinte toros Hereford por año. Y las obras más grandes, como la hospedería, se construyen con donaciones.
En esta particular división del trabajo, al hermano Mario Arredondo (49) le tocó el mantenimento del generador eléctrico, las calderas y los dos vehículos: una camioneta Trafic y una Toyota 4X4. El padre Pablo Heide (81), el monje más grande del grupo, se ha forjado una reputación envidiable gracias a sus pizzas dominicales. El padre Leandro Pérez (75) es capellán y lava la ropa. Agustín Roberts (72), también norteamericano, es el abad. Y el hermano Tomás Ringwood (78), el portero, es el único sobreviviente del grupo fundador.
Conozco a Roberts, la cabeza de la organización, por la tarde, luego de almorzar en una sala en que cada monje tiene su ubicación en la mesa señalada por un pequeño letrero de madera. Cada uno dio cuenta de su alimento sin cruzar palabra, casi sin mirarse. Y puedo conocer a Roberts, mientras la tarde se deshace en este rincón del planeta, un poco por casualidad: acaba de regresar de un retiro especial que realiza, como el resto del grupo, una vez al año. Recién baja de la ermita donde estuvo internado, solo, durante siete días. Una semana sin luz eléctrica, agua corriente ni calefacción –y miro alrededor y me imagino que la comparación con Cabo Polonio está completamente fuera de lugar. A Roberts sólo se le permitió llevar algo de leña y la comida. “Nuestra vida es intensa, y la convivencia también”, me dice el abad –haciendo uso de una acepción poco corriente del adjetivo intenso–, el último que me recibe en este largo día de oración y cantos. “Por eso es que necesitamos estos momentos de soledad, sin trabajo y en oración”.
Roberts, al igual que Otero y Gouland, me habla como desde el otro lado de una barrera de calma y beatitud. Parece tan tranquilo, tan en paz consigo mismo, que la pregunta se formula sola. ¿Cómo son capaces de convivir, los trescientos sesenta y cinco días del año con cada una de sus horas sin perder, nunca, los estribos? Al fin y al cabo si la paciencia es un don, también es un atributo que en cualquier momento puede llegar a desaparecer.
– Bueno, yo me he enojado más aquí dentro que afuera (Roberts bromea, claro: remata la afirmación con una sonrisa). Pero recuerdo una vez en particular, durante Malvinas. Estaba tan furioso con Margaret Thatcher, por la injusticia de la guerra, que llegué a confesarme por eso. No hay nada que hacer: a veces el hombre viejo sale a la superficie.
Escucho la última oración del día a eso de las seis de la tarde. Cuando los cantos terminen, el padre Otero me llevará hasta la terminal de ómnibus de Azul en una de las camionetas de la abadía. El sol cae a través del vitreaux y tiñe de amarillo el interior de la iglesia. La oración concluye y los monjes se retiran a sus habitaciones, hasta el día siguiente. A las siete será nuevamente de noche.
Al rato, el padre Otero reaparece. Nos subimos a la Trafic blanca. El padre maneja rápido. Con destreza, pero bastante más rápido que el remisero que me trajo hasta aquí. Pero elijo no decir nada. Entonces, tal vez porque ya entramos en confianza, o quizá para cortar el silencio, me confiesa su secreto: antes de la clausura fue músico profesional.¿Profesional? Me acomodo para escuchar otra historia de músicos frustrados en un país que los produce por millones. Pero no: Otero me cuenta que fue baterista de bandas de primera línea del rock nacional de entonces, como “Arco Iris” y “Cenizas”. Otero lo cuenta con orgullo, pero sus palabras no dejan entrever vestigios de nostalgia.
Dice que vivió cinco años en Europa, de fiesta en fiesta, y que llegó a tocar hasta para el Sha de Persia.
–Pero siempre sentí la presencia de Dios conmigo, y tenía que responderle.
En 1975, decidido, fue en busca de la indulgencia plenaria: para obtenerla, subió de rodillas las escalinatas de la Basílica de San Pedro, en Roma.
Dos años después, entró a la abadía definitivamente.
Y el mundo exterior dejó de existir, para él, en ese preciso instante.
3 responses so far ↓
1 chongo // jun 21, 2007 at 0:50 am
Odio, odio, odio con toda mi alma ese guión que se abre pero no cierra. Ese que significa algo así como “o sea” o “por lo tanto” o “es decir”. Ese que usás en el primer párrafo y que automáticamente me expulsó del texto y me llevó a escribir este comentario. Siento como algo que se abre y nunca se cierra en mis pulmones. Me pongo a esperar el cierre del guión y su ausencia me desespera. Bajo un tono pensando que es el típico entreguiones periodístico y nunca puedo volver a recuperar el tono de la oración. Siento que hay una especie de moda pavota en la que si ponés ese guión de mierda, ya se da por hecho que escribís bien. LAS PELOTAS. Ese guión espanta, es horrible, perjudicial para el autor y el lector. En fin, no pude leer el relato. Debe estar bueno. Si lo hubieras pulido un poquitito más, estoy seguro de que volarías de ahí ese puto guión.
2 javier // sep 27, 2007 at 0:54 am
bueno, en fin, yo prefería la primera versión. Lo que dice chongo es acertado: ese guión ahí es incorrecto, lo permite el francés, pero no el castellano. A pesar de que su uso se está extendiendo, no veo la justificación de no reemplazarlo por uno de nuestros tantos conectores. Saludos.
3 silvana // jun 21, 2009 at 13:02 pm
Este texto me recuerda a Noche Terrible de Arlt. Tampoco ahi pude comprender el tema del guión solo abierto. Me abre a volver arriba para intentar seguir comprendiendo. Hasta que, ya cansada de las idas y vueltas me agoto.Como no puedo no saber como termina el cuento, salteo, y leo las ultimas dos carillas, disculpe a quien esto puede enojar, pero es cierto.
En relación a lo que nos compete, lo que destaco de esta correccion, es eso, la correccion por si misma, uno se modifica, y esta situacion demuestra el cambio interno que uno acepta como tal. ¿qué puedo decirte? que te felicito por tu valentia de retomar un texto, y animarte a corregirte, pero, te dejes fluir, corregir y corregir, sin leer el atras, eso es escribir.
Leave a Comment