Por Juan José Becerra*
El sexo de En celo está también en todos lados. Está donde está y donde no está también. Está en la concupiscencia y en el pudor, en la orgía y en la misa. Está en la infancia y en la decrepitud. Es acto, viaje, vibración, clima, cuenta pendiente, saciedad y sueño: es tiempo y materia. Y si está tan presente, si su marca es la ubicuidad y la dispersión, es porque no alcanza a ser tanto un hecho como un pensamiento. Si lo cronografiáramos, el sexo sería una de las actividades en la que menos tiempo empleamos, a cambio de emplear casi todo el tiempo restante en convertirlo en un tema de fantasía, como es el de la gloria literaria, o la riqueza, o el viaje a los confines. Pero el sexo ¿es un tema? ¿Es un género o es una suma de casos personales exclusivos, intratables y sobre todo solitarios, interrumpidos por algunos instantes de conexión? Más allá de la generalidad biológica, el sexo de En celo es una ofrenda de particularidades, es decir de estilos, por la que cada escritor establece su arte de narrar en los términos en que podría esperarse, de cualquiera de nosotros, una patología buena (una patología sana ya es mucho pedir).
Cada historia de En celo es un caso. Incluso son historias que actuando en defensa de su propia forma –y de sus gustos– no podrían entenderse entre sí. Postulado como tema, el sexo de En celo se desliza hacia la radicalidad de la experiencia literaria, el micro asunto o la perversión. ¿Qué encontramos en estas variedades? En Terranova: el pacto al que hay que renunciar cuando se agota el deseo o el valor (soldado que huye sirve para otra batalla); en Alí: la potencia desviada exclusivamente hacia el consumo y la idea de que el sexo es de uno, y de nadie más; en Enriquez: el amor como plan de asalto que consiste primero en querer ver, después en querer tener y luego en querer destruir; en Antonuccio: el sexo, contra cualquier resistencia, cayendo de maduro en la parafilia; en Cucurto: la hipersexualidad bailantera viajando al baño gay; en Mariasch; el sexo como lo que sólo ocurre mentalmente en nosotros; en Tomas: el espacio anónimo como emporio de la oferta amorosa y la zozobra accidental bajo la apariencia de un Destino; en Coelho: el enchastre hardcore rebajado al amor filial; en Linne: la infidelidad reconvertida en prueba del amor; en Licitra: la farsa espiritual derrotada por la verdad del cuerpo; en Arias: el trabajo matando, juntos, al sexo y al amor; en Vommaro: el pornógrafo dandy ataca de nuevo; en Moret: al sueño del incesto –le pasó a Edipo– derrotado por un golpe de realidad; en Parisi: el progreso social y el regreso moral como fuerzas concurrentes; en Abbate: el amor construyendo la reunión imaginaria de personas separadas; en Bruzzone: el sexo es una guerra de clases, y de lenguajes; en Ghenadenik: entre el novio y el perro me quedo con el perro (por amor); en Mairal: sexo y lenguaje (o sexo y tristeza, o sexo e infancia) es el problema del exilio; en Suárez: la identidad es una fuerza oculta que espera su momento.
¿Hay algo en común entre estas historias? Casi nada (el tema es apenas un poco más que nada), salvo el interés o el impulso que lleva a las historias lejos de cualquier compañía. La soledad del cuerpo y la de la escritura, reunidas en una misma unidad metafísica, son el único punto en común de una antología en la que sus componentes son cápsulas blindadas de individualidad.
Si En celo se reúne algo, eso que se reúne es la prueba de una separación: de ritmos, de asuntos, de escuelas, de estilos, de tonos y de voces. No hay coincidencias formales y, mucho menos, uniformidad. ¿De esas diferencias está hecha una generación? ¿Por qué no? ¿Está mal? ¿Deberían entregarse a la familiaridad, la homogeneidad, la marca? Reunidos en este libro, como varios de estos escritores han estado en otros, los relatos de En celo buscan una salida hacia el exterior de la plataforma común. Ocurre en todos los consorcios: cada habitante convive en tensión con los otros sólo por ahora, mientras agita en su imaginación un horizonte al que solo se puede llegar solo. En el fondo, sexo y literatura responden al delirio de una misma fantasía: la de creer que las cosas pueden llegar siempre un poco más lejos.
*Texto leído el lunes 13 de agosto de 2007 en la presentación del libro En celo (Reservoir books / Mondadori, 2007).
1 response so far ↓
1 simpática y puntual // Ago. 16, 2007 at 11:37 am
bien, ya está el de esteban en el señor de abajo y el de becerra aquí, ¿quién publicará el de ramos y el de figueras?
una pena que no hablaste, quería escuchar.
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