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El oficio de escritor / 4: Damián Tabarovsky

agosto 6th, 2012 · 9 Comments

Por Nacho Damiano

(nachodamiano@gmail.com)

Foto: Gentileza Bárbara Scotto

 

A esta altura es innecesario explayarse en los cambios que las innovaciones tecnológicas efectuaron en nuestra manera de interactuar con el mundo. Pero quizás sea esta una buena oportunidad de hacer una pequeña reflexión con respecto al universo del género entrevista.

Por una larga lista de motivos (distancias, obligaciones, tiempos), en los últimos tiempos ha crecido de manera exponencial el número de entrevistas que se hacen vía mail. El mecanismo es más bien sencillo: el periodista envía las preguntas y el entrevistado devuelve las respuestas. Hay una contra muy notoria: el alma de una buena entrevista depende del clima que el periodista logre generar, de su capacidad para que el entrevistado se sienta en un ambiente íntimo, olvidando por momentos que todo lo que diga será publicado. Pero la modalidad “mail” también tiene una ventaja indiscutible, especialmente cuando se trata de escritores: lo que devuelve el entrevistado es un texto. ¿Y qué es un escritor sino un individuo que produce textos? Ficcionales, ensayísticos, columnas de opinión, académicos, periodísticos, pero textos al fin. Entonces, una entrevista a un escritor que, como esta, ha sido realizada vía mail, no es otra cosa que un texto más del escritor en cuestión, de alguna manera es parte de su obra.

Siguiendo ese razonamiento, a continuación ofrecemos un texto inédito de Damián Tabarovsky. Podría llamarse “Oficio de escritor”. Que lo disfruten.

-¿Por qué escribís?

-Nunca me lo pregunté. En cambio, casi a diario, me pregunto por cómo se escribe.

-¿Y a qué conclusión llegaste?

-La pregunta no es tanto “cómo yo escribo”, sino “cómo se escribe”. “Cómo yo escribo” no creo que tenga el menor interés, ni para mí, ni para nadie. Al contrario, lo que me interesa es una interrogación que desplace el yo hacia un impersonal –es decir, que ponga en cuestión el yo– y que restablezca la posibilidad de preguntarse por la escritura como un tipo específico de experiencia, de apropiación de la lengua.

-¿Cuándo supiste que ibas a ser escritor?

-No lo sé. Puedo decir dos cosas, una más anecdótica, la otra más analítica. La primera, es que a fines de 1989, cuando me fui a vivir a Francia siendo todavía inédito, llevé un paquete con una carta de un amigo mío a una amiga de él, que vivía allá. Terminé yo también siendo amigo de la amiga de mi amigo, y tiempo después ella me contó que la carta comenzaba diciendo: “Te mando este paquete con un amigo escritor…”. Siempre me quedó esa frase en la cabeza. ¿Por qué habrá pensado que yo era escritor, si no había publicado nada, y lo poco que había escrito –una novela que dejé por la mitad– no se lo había mostrado a nadie? Tal vez, porque sabía que me interesaba más la literatura que la sociología –era lo que estudiaba en ese entonces y él era compañero de facultad– pero siempre me intrigó esa carta… Más allá de la anécdota, tengo grandes dificultades –me llevo muy mal– con el verbo ser: ser escritor, ser argentino, ser… Pienso a la literatura, o a la escritura, como un “estar”, como una acción transitoria, como algo muy precario que puede variar en cualquier momento. En todo caso, sólo soy escritor mientras estoy escribiendo, mientras estoy en acto.

-¿Qué influencias de otros escritores ves en tu narrativa? ¿Por dónde se cuelan sus voces?

-Creo que la suma de toda mi literatura –si algo así existiera– puede leerse apenas como un comentario menor, al pie de página, de Bouvard y Pécuchet, de Flaubert.

-¿Cómo escribís? ¿Cuándo? ¿Tenés un “orden”, una rutina?

-Escribo de noche. Eso significa que si tuve un día agitado, si dormí mal, si pasó cualquier cosa y llego cansado, esa noche no escribo (eso significa también que cuando estoy escribiendo, hago lo posible porque esas cosas no ocurran). Escribo en computadora (salvo mi primera novela que escribí en una Olivetti lettera). No tengo una rutina, ni mucho menos un orden.

-¿Cómo nace una narración? ¿Qué es lo que te hace pensar que tenés un relato en potencia entre manos, que esa historia es “material de ficción”?

-Podría decirte que pienso las cosas al revés: empiezo con la certeza de que tengo un “material de ficción” y después me pregunto cómo convierto eso en una historia. Generalmente, la respuesta es… desechando la historia, y dejando sólo lo que llamaste “material de ficción” que, en caso de que estemos hablando de lo mismo, para mí son sobre todo una serie de preguntas sobre la sintaxis, sobre el sentido, sobre qué frase va después de qué frase, y cómo me gustaría que eso exprese el estado de la lengua –o la apropiación que hago de la lengua– en un momento dado.

-Cuando te sentás a escribir, ¿ya sabés lo que va a pasar hasta el final o la historia se te va “apareciendo” a medida que la vas contando?

-Tengo en claro lo que va a pasar hasta el final. Pero no se cuánto “va a durar”: Kafka, de vacaciones, tiene 25 páginas porque llegué al final muy rápido… otras novelas pasan las 100 páginas. Esa es la parte improvisada de mi escritura, el resto responde a un plan.

-¿De qué se trata ese “plan”? ¿Podrías describirlo mínimamente?

-Primero y principal, buscar, deliberadamente, que la narración genere un cierto efecto de improvisación, de libertad, cuando en verdad está muy pensada de antemano. Tomo una serie de hitos (la primera frase de la novela, algunas escenas que considero clave), los anoto en un papel que pego en la pared frente a mí (esa pequeña operación de pensar esos cuatro o cinco momentos me toma años) y luego mi tarea reside en darle volumen a los nexos entre esas cuatro o cinco escenas. Si van apareciendo digresiones que funcionan bien, entonces la novela alcanza las 100 páginas. Si voy demasiado directo al grano, entonces se queda en 25.

-¿Cómo trabajás la corrección? ¿Hay una primera versión y luego se corrige todo junto o corrección y escritura son parte del mismo proceso?

-Nunca corregí mucho, y cada vez corrijo menos. En algunas novelas viejas corregí bastante las dos o tres primeras páginas, hasta encontrar el tono, y después el texto fluyó bastante solo. Tardo mucho en empezar una novela (una vez estuve 2 años sin escribir, otra 4 años, y ahora ya va un año y medio sin casi nada), pero cuando arranco tengo casi todo en la cabeza, y entonces no toco demasiado el texto, porque sale bastante parecido a lo que quiero.

-¿Cómo trabajás los personajes, cuál es el punto de partida?

-No creo que mi literatura se caracterice demasiado por el “trabajo” (palabra que, aclaro, detesto para la literatura) con los personajes. Me incomoda leer novelas donde los personajes tienen hondura, sentimientos, cuerpo, psicología… me mato de la risa de las entrevistas a los escritores que hablan de sus personajes como si fueran reales: “Sí, claro, Pérez es un argentino que se exilió y al volver…”, “Ramírez cree en el amor pero no encuentra una salida…”. La noción de personaje me resulta secundaria en una novela. Me acuerdo de una carta de Proust a Robert Dreyfus en la que decía algo así como “ni una sola vez alguno de mis personajes cierra una ventana, se lava las manos, se pone un abrigo, dice una frase hecha, si hubiera algo nuevo en mis libros, sería eso…”. Efectivamente, era nuevo entonces. Por lo tanto, no sólo no creo estar diciendo algo nuevo sino que, bien visto, hasta podría decirse que mi mirada sobre los personajes es algo conservadora. Y sin embargo, si alguna que otra vez, repitiendo en público esta idea, se armó una (pequeña) discusión, es porque hay en la actualidad un retorno aún más conservador a la noción de personaje, como si no hubiera pasado antes lo más radical de la literatura moderna (de Kafka a Nathalie Sarraute, la literatura moderna desconfía de la noción de personaje) y entonces nos exige a nosotros, los escritores actuales, (más allá del talento de cada uno: Kafka era un genio, la mayoría de nosotros, evidentemente no) extraer un conjunto de consecuencias críticas sobre nuestra prosa en relación a esa pregunta y a otras fundamentales, que podría resumirse en una: ¿cómo narrar? Esa pregunta tiene muchísimas respuestas, y puede aparecer de múltiples maneras, pero cuando leo una novela donde esa pregunta no está presente (ya de manera manifiesta, ya en segundo plano) pierdo interés en el acto.

-En algunos de tus textos, pienso en Autobiografía médica o en  La expectativa, el narrador y el protagonista se amalgaman hasta casi tener una misma voz. ¿La voz narrativa se funde en el personaje o es al revés?

-En el final de La expectativa hay una especie de monólogo en el que, a propósito, no se sabe quién habla, si es el protagonista, un personaje secundario (el que lava aviones), el narrador, o todos a la vez. El texto dice que habla “una voz venida de otra parte”. Me gusta esa idea de que el texto dialogue con una afuera, que por supuesto no es “lo real”, ni mucho menos “la historia”; pero que sí es una tensión –la utopía del afuera de la lengua– que atraviesa la escritura. Porque los personajes no son más que escritura. Creo que en Una belleza vulgar esa idea es llevada lo más lejos que pude.

-¿Se puede enseñar y aprender a escribir? ¿Se puede aprender el estilo? ¿Qué opinás de los talleres literarios?

-No opino sobre la dimensión laboral de los talleres, de algo hay que vivir, yo también tengo que trabajar, mantener a los hijos, etc. No lo juzgo desde ese punto de vista, sino desde sus efectos literarios y culturales. Pues, no veo diferencia entre un taller literario y uno de corte y confección.

-Mucha gente lee entrevistas a escritores esperando una iluminación, una palabra que transmita la “magia” del creador. Ya que eso es imposible, a lo que sí podemos acceder es a una recomendación de lecturas. ¿Cuáles fueron las que te marcaron en tu formación como escritor?

-En términos de lecturas, me reconozco como un tipo con suerte: cuando, hacia los 15 ó 16 años, iba por el mal camino, por la vía típica (Cortázar, El área 18 de Fontanarrosa) me topé, por azar absoluto, con el Manifiesto Dadaísta, y con The Buenos Aires Affaire, de Manuel Puig. Eso lo cambió todo.

-¿Hay una sola manera de escribir lo que querés decir?

-Hace años, cuando él era joven, le preguntaron a Daniel Guebel qué novela le hubiera gustado escribir, y contestó: “Todas”. Siempre recuerdo esa respuesta como una maravillosa mezcla de ambición megalómana con humildad total: la posibilidad de atravesar todos los estilos, todas las formas. En esa frase también reaparece la tensión entre lectura y escritura: como lector, me entrego a diferentes formas, como escritor, la cosa cambia: la escritura se termina imponiendo. Y si funciona bien, convierte lo contingente en necesario.

-¿Ves a la forma (ya casi estamos hablando del “estilo”) como algo que se impone? ¿No hay poder de decisión del escritor?

-No me animaría a decir que la forma se impone, porque supondría una especie de fetichización, de mitologización de la escritura, como el mito romántico de la inspiración, que no me agrada (del estilo, “yo no busco, encuentro”: nadie encuentra sin buscar, al menos no dos veces). Pero tampoco me siento cómodo con la idea de “poder de decisión del escritor” (cada una de esas tres palabras –poder, decisión, escritor- ameritaría una interrogación a fondo, que no estoy en condiciones de realizar aquí. Sólo dejo constancia de mi sospecha frente a esos términos) porque supone un sujeto autocentrado, autosuficiente, capaz de tomar decisiones autónomas fuera de la influencia de lo inconsciente, su historia familiar, su pertenencia de clase, la nacionalidad, su género, la angustia de sus influencias… por mencionar sólo algunas de las instancias que sobredeterminan eso que llamamos “decisión”. En cambio, creo que se puede pensar a la forma, al menos cuando a mí me resulta interesante, como un sistema de exclusiones, pensarla por la negativa, o mejor dicho, instalada en cierta negatividad: no a la forma arquitectural de la novela decimonónica, no al realismo ramplón, no a la forma cuento tradicional (introducción/nudo/desenlace), no al vanguardismo académico, no a la sumisión al mercado, no…

-¿Cuáles creés que son tus obsesiones literarias, los temas recurrentes en tu escritura?

-Escucho “obsesiones literarias” y pienso en… ¡Sábato! Aléjate de mí espectro (el escritor y sus fantasmas…). En general, tengo una especie de fascinación por lo que no soy, por lo que es opuesto a mí. Por ejemplo, envidio a esos escritores que escriben novelas, cada una muy diferente de la otra, y que por lo tanto, a priori, no tienen “un estilo propio”, o mejor dicho, en los que finalmente su estilo vendría a ser esa diversidad, esa heterogeneidad, ese cambio permanente. Entonces, justo a mí, que no valoro especialmente la idea de coherencia, me vino a tocar el mal de que mis novelas –diría incluso desde la primera– vayan relativamente en una misma dirección, en una misma búsqueda, una similar interrogación sobre qué significa narrar hoy, cómo pensar, desde la literatura, la tensión entre novedad y memoria, entre literatura y ciudad, la tensión entre la expectativa y la caída en la belleza vulgar.

-¿Qué le dirías a un escritor primerizo que cree tener buen material entre manos?

-Descreo del mito del mundo editorial (o literario, o cultural) como un afuera al que hay que “introducirse”. La edición es bastante más democrática que muchos otros ambientes: alcanza con ver la cantidad de primeras novelas que se publican por año. En Mardulce, editorial donde trabajo, acabamos de publicar El modelo aéreo, primera novela de Leonardo Sabbatella, de 26 años. ¿Cómo fue? Nos mandó el manuscrito, nos gustó y lo publicamos. Y estoy seguro de que eso pasa también en muchas otras editoriales. Descreo de esa idea –fuertemente populista, es decir, antiintelectual– del pobre escritor (supuestamente genial) pero que como no tiene “contactos” no accede… en alguna novela mía, ironizo sobre el tema, pero cambiándole el ámbito: un personaje que sueña con hacer carrera en el mundo de las mesas de dinero, pero nadie lo conoce y no lo logra… Porque además, esa idea de “introducirse” presupone que hay un punto de llegada (el campo editorial/literario) inmóvil, que es siempre igual a sí mismo; y alguien llegado de afuera, que quiere entrar pero no conoce las reglas. Sin embargo, la historia del arte y la literatura nos informa que, allí donde hay un gran escritor o un gran artista, viene precisamente a cambiar esas reglas, a revolucionarlas. Por supuesto que del otro lado está el mercado (que no tiene nada de “mano invisible”: es bien visible, todos conocemos sus nombres) pero a la larga o la corta (yo diría: más bien a la larga, lo cual todavía es mejor) los buenos textos se imponen. Me rebelo contra esa idea de que para “introducirse” hay que saber “manejarse”, ser hábil, tener contactos, saber hacer negocios, ser lindo. Claro que todo eso existe, y a veces es lo único que existe. Lo vemos a diario: alcanza con abrir cualquier suplemento cultural, conocer los ganadores de los grandes premios literarios, los conchabados por los agentes con base en Barcelona… etc., etc., y etc. Pero eso no tiene la menor importancia: los buenos textos, siempre, siempre, terminan ganando.

-¿De qué vivís?

-Soy editor en Mardulce y escribo una columna fija en el suplemento Cultura del diario Perfil.

-¿En qué estás trabajando ahora?

-Estoy en muy en los comienzos de una novela provisoriamente llamada El amo bueno. Es sobre perros que hurgan en la tierra.

XXX

Para leer las entrevistas anteriores, click acá.

Tags: El oficio de escritor (por Nacho Damiano, actualiza quincenalmente)

9 responses so far ↓

  • 1 daniel // ago 6, 2012 at 13:15 pm

    una escritora, por favor, aunque sólo sea por corrección política…

  • 2 Esteban // ago 7, 2012 at 0:06 am

    Ya soy fan de esta sección

  • 3 Nacho Damiano // ago 7, 2012 at 23:30 pm

    Muchas gracias, Esteban. Daniel, estamos en eso. ¿Alguna recomendación pertinente?

  • 4 susi // ago 8, 2012 at 8:09 am

    Pola Oloixarac

  • 5 perro que ladra // ago 8, 2012 at 13:56 pm

    Samanta Schweblin

  • 6 raquel // ago 8, 2012 at 17:03 pm

    Matilde Sánchez

  • 7 molina // ago 10, 2012 at 11:43 am

    Me cabe Tabarovsky y lo banco. Ahora: “no veo diferencia entre un taller literario y uno de corte y confección”?? En un taller literario te incentivan a leer y escribir y aprendés cosas y compartís textos y miradas sobre la escritura. Y en uno de corte y confección aprendés a trabajar con telas. Posta que no hay una diferencia notable entre ambas cosas?

    Felicitaciones Nacho por la sección.

  • 8 Nacho Damiano // ago 10, 2012 at 21:23 pm

    Gracias, Molina. Creo que lo que DT quiso decir es que no ve mucha diferencia en tanto resultados literarios de los talleristas de ambas disciplinas. Pero quizás no es eso y mi hermenéutica sea –como casi todas– errada.

  • 9 Martin // ago 11, 2012 at 0:57 am

    Yo también me estoy haciendo fan de esta sección.
    En cuanto a las damas, sugiero: Gabriela Massuh, Matilde Sánchez, María Martoccia.

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