por Constantino Bértolo*
Introito
A modo de captatio benevolencia quisiera adelantarles que a lo largo de mi intervención van sin duda a escuchar conceptos y términos que pueden chocar contra lenguajes y conciencias hoy hegemónicos. Conceptos como el de hegemonía para no ir más lejos, o lucha de clases o sistema de producción, estructura y superestructura, responsabilidad, propiedad privada o aparatos ideológicos del Estado. Hubiera podido intentar hacer caso de algunas sugerencias al respecto y hablar mejor de complejidades en la formación de la dinámica social, de parámetros de innovación en las intervenciones del retorno mercantil, condiciones de emergencia o ruptura en la autonomía cultural, esferas actuantes en la receptividad de los destinatarios, de autopoiesis textual o de auto y heterodescripción de observador observado. Si no lo he hecho así les confieso que no es por ganas de molestar. Sinceramente, a mi edad y con mi sueldo renovar mi vestimenta es algo que queda lejos de mis alcances. Como decía el poeta: Yo también podría olvidar pero no me pagan lo suficiente(*).
Conceptos previos.
Siguiendo la estela de Raymond Williams antes de entrar en el objeto de mi ponencia pongo por delante alguna palabras o conceptos llave desde los que armaré mi exposición.
Literatura: entenderé por literatura en sentido global aquel conjunto de discursos públicos a los que, en cada época y tiempo histórico determinado, una comunidad otorga la condición de literarios y en el que se agrupan aquellos textos mediante los cuales la propia comunidad se narra y se muestra a si misma. Es decir la literatura como “respiración semántica” de la vida social. En sentido fuerte entiendo que la literatura es un acto de violencia, yo hablo, tu escuchas, una invasión, el desembarco de una propuesta de lenguaje, el elaborado por el autor, en el territorio del lenguaje de lector y por lo tanto en su narración del yo. Como tal acto de violencia su performatividad exige una legitimidad que sólo la comunidad a la que se dirige puede otorgarle en cuanto que la comunidad es la depositaria y dueña, en principio, del uso privado de un bien común: la palabras e historias colectivas. La concesión de esa legitimidad es una responsabilidad que concierne a la comunidad que está, por tanto, obligada a exigir a su vez responsabilidad a los productores de esos discursos, entendidos en su sentido más amplio, a los que se confiere la capacidad del uso público de la palabra. La literatura como un pacto de responsabilidades. Habría que entender por comunidad el agrupamiento de hombres y mujeres alrededor de una determinada idea del bien común o al menos como un estado de convivencia caracterizado por el consenso acerca del modo de producción de que haya de ser el bien común. Ni que decir tiene que la comunidad teórica a la que nos estamos refiriendo se ha venido traduciendo en la práctica histórica en formaciones sociales distintas, variables y dinámicas, dentro de las cuales grupos sociales concretos o clase sociales en el sentido tradicional propio de tradición marxista, han venido acaparando y usufructuando de modo violento la representación de la comunidad toda, el control de los modos de legitimación y, por supuesto, la construcción de la idea de bien común. Esto actualmente se traduce en un escenario capitalista en el que los dueños de los medios de producción son los que, bien directamente bien a través de sus administradores, mayordomos, capataces, magos y sumos sacerdotes, acaparan la representación, controlan el sistema de legitimidades y la producción de ese imaginario colectivo que hemos llamado bien común, mediante la utilización violenta de mercado capitalista donde tiene lugar la producción de mercancías, su circulación, su consumo y su modo de consumo. El mercado como modo de expresión perfecto aunque acaso perfectible, quizá mejorable, pero ontológico, definitivo, el fin de la historia puesto que la historia sería de este modo, una criatura más del mercado. En estas condiciones el pacto de responsabilidades, que desde mi punto es elemento constituyente de lo que entiendo por literatura, si bien permanece a modo de sombra ha sido sustituido por un pacto mercantil: el precio: yo vendo y tu compras.
Crítica: entiendo por crítica la expresión manifiesta de esa responsabilidad que la comunidad posee de modo irreductible acerca de lo que atañe al uso de las palabras e historias colectivas. Sería por tanto la puesta en práctica que la comunidad hace de aquella responsabilidad que posee en origen para legitimar el uso legítimo o ilegítimo que un texto literario contenga. La crítica sería el garante del pacto de responsabilidades mencionado y su modo de expresión vendrá evidentemente determinado por el escenario social donde la actividad tenga lugar. La crítica hoy, en las condiciones actuales marcadas por un capitalismo que tiende de manera acelerada a no admitir más legitimidad que la del mercado ni más pacto que el precio, supone, si se quiere seguir hablando de crítica, un acto de oposición desde una legitimidad que es negada por el sistema contra la legitimidad que el sistema propone y que tiene pretensión de única. El enfrentamiento entre dos modos de entender la literatura: como pacto entre responsabilidades, como pacto de mercaderes. La crítica como tribuna de lo que queda de la comunidad. Alguien dirá que en las sociedades actuales nada queda de esa teórica comunidad. A esto sólo se puede responder de dos formas: pues si nada queda de comunidad la crítica es imposible, o bien, la comunidad subsiste como metáfora y por tanto la crítica sería una metáfora levantada sobre otra metáfora. De estas dos salidas me quedo con la segunda: la crítica como una metáfora al cuadrado.
En la practica cotidiana sea metáfora sea la nada, sombra o fantasma de algo que nunca existió, la crítica se expresa a través de los mecanismos de expresión propios de las sociedades capitalistas, es decir, a través del capital. Dado que quien en primera instancia edita los textos literarios y los propone como tales es el capital y dado que la crítica toma cuerpo en los medios de expresión que posee el capital, sería conveniente dejar de considerar la critica como lugar de encuentro entre el texto y el crítico puesto que, materialmente, lo que se produce es un diálogo entre capitales y si bien en esencia el capital es único, bien sabemos que existen capitales distintos en razón de sus diferentes estrategias para llevar a cabo su inexorable destino: su reproducción ampliada. Dicho de otro modo: la crítica como enfrentamiento entre diferentes estrategias del capital en sus luchas por usurpar y rentabilizar los imaginarios y las subjetividades colectivas que la reproducción ampliada requiere. Evidentemente esto no niega que en un nivel más superficial la crítica aparezca como diálogo entre texto y crítico pero determina, y debería ser consideración a retener, que el texto que el crítico lee no es un texto privado o personal ni lo es tampoco el texto de la crítica. Cabe finalmente señalar que la aparición del llamado ciberespacio ha alterado al menos en apariencia estas condiciones de producción y será necesario detenerse en las alteraciones que este fenómeno está provocando o puede originar. Dejaré esta cuestión y sus efectos colaterales como propuesta para la discusión posterior a mi exposición.
Editar: Editar es hacer públicos, publicar, determinados textos privados. De esta simple definición se concluyen los dos movimientos propios de la edición: la selección o determinación acerca de qué textos privados pasan a ser públicos, y el hacer público en su doble sentido: hacer llegar al público los textos y hacer público en el sentido de agrupar a un determinado número de lectores alrededor de una propuesta literaria que otorga al grupo una identidad compartida: el público de Aira, el público de Fogwill, el público de Vila-Matas, por ejemplo. Dejo también para el coloquio lo que atañe a la edición virtual vía internet, para volver a señalar que quien en realidad edita es el que tiene medios de producción que le permitan efectuar los dos movimientos indicados, es decir, quien en realidad edita es el Capital y para no recaer en simplificaciones retromarxistas les recuerdo que el Capital no es un monolito uniforme libre de contradicciones y enfrentamientos.
El editor literario, entendiendo por tal al dueño del capital necesario, selecciona personalmente, en pocos casos, o a través del criterio que compra en el mercado de fuerzas de trabajo: Directores Literarios, Directores Editoriales, Directores de Colección, Agencias Literarias, scouts…., aquellos textos privados que va a proponer como textos literarios. ¿Y qué es un texto literario?, pues en principio aquel que la edición literaria propone como tal. La edición por tanto sería razón necesaria aunque no suficiente para su caracterización como tal, pues la capacidad de homologación de un texto como texto literario recae también y en un grado relevante sobre las otras instancias o instituciones a las que el conjunto social ha legitimado para tal función: la crítica, el sistema educativo en todos sus grados, el mercado. Valga también comentar dos cualidades que la edición, desde su aparición en el mundo clásico, confiere de modo inherente a los textos: la capacidad de romper las barreras temporales y espaciales, transportar las palabras más allá en el tiempo del momento en que son elaboradas y más allá del espacio donde se producen. Dos cualidades que aplicamos a la condición divina en cuanto omnipresencia. Esta condición por ósmosis ha venido tradicionalmente tiñendo de un cierto aura sacra tanto a la literatura, entendida como transporte de almas, como a los autores, a los que la escritura torna inmortales, como a la edición literaria, el editor como sacerdote o hierofante sin aparente contradicción con su condición más terrestre: la mercantil. Y así Cicerón encomendaba a Gelio, su editor y dueño del taller de copistas, el respeto por sus palabras, “a tus copistas encomiendo mi espíritu” mientras que Marcial reclamaba al suyo el pago pronto de los beneficios que a él como autor le correspondían.
En cualquier caso entiendo que el editor literario es un crítico en tanto que critica, criba y enjuicia acerca de la cualidad literaria de un texto. Lo de crítico frustrado lo abordaremos a continuación una vez delimitados estos tres términos llave, literatura, crítica, editor, sobre los que seguiremos reflexionando.
*Licenciado en Filología Hispánica. Entre 1978 y 1990 ejerció como crítico literario. Entre 1991 y 2003 dirige la Editorial Debate, donde crea la colección Punto de Partida, en la que publican sus primeras novelas autores como Luis Magrinyâ, y Ray Loriga, y publica entre otros a autores como Vidia Naipaul, W.G Sebald, Pascal Quignard, I. B Singer, o Cormac McCarthy. Desde 2003 es el Director Literario de la editorial Caballo de Troya.´
Este texto, que será reproducido en 5 entregas, fue leído íntegramente en Buenos Aires en marzo de 2008, en el Primer Encuentro de Crítica y Medios de Comunicación e integrará un volumen de ensayos de su autoría.
2 responses so far ↓
1 ShopGirl // Abr. 14, 2008 at 12:48 am
Gracias por el texto.
No te das una idea lo que me sirvio.
besos
2 El editor como crítico frustado (2) // Abr. 16, 2008 at 6:54 pm
[…] Acá, la primera parte del texto. Y debajo la segunda entrega. […]
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