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El editor como crítico frustado (2)

Abril 16th, 2008 · 2 Comments

Por Constantino Bértolo

La Bella y la Bestia

El Diccionario de la Real Academia define la frustración como acción o efecto de frustrar o frustrarse y aporta tres acepciones para el verbo frustrar: Privar a uno de lo que esperaba// Dejar sin efecto, malograr un intento y Dejar sin efecto un propósito contra la intención del que procura realizarlo. Frustración por tanto como consecuencia de una circunstancia ajena al sujeto frustrado y frustración como causa imputable al propio sujeto. Más allá de la Real Academia en el lenguaje ordinario aplicamos al concepto frustrado connotaciones que remiten a humillación, rencor, resentimiento o impotencia y como editor literario todas ellas las asumo.

No comparto la grata imagen del editor como creador que se expresa a través de su catálogo, entre otras razones porque siempre me ha parecido un acto ante natura que un editor se edite a si mismo. Pero voy a acudir a una propuesta de corte semejante para intentar, recurriendo a la narración, explicar algunos rasgos que en mi propia práctica como editor he ido encontrando. Narrar es un procedimiento de lenguaje que permite decir lo que no se sabe decir, ya saben ese modo de enfrentarse a una resistencia dando un rodeo y que en la charla coloquial se utiliza con frecuencia: “Mira no sé como decirlo, mejor te pongo un ejemplo”. El eixemplo como raíz de la narración. Pues bueno, la tarea de un editor consiste en intentar rescribir con éxito la historia de la Bella y La Bestia encontrando un final feliz, y fueron felices y editaron perdices, sin tener que acudir a la magia o al encantamiento. En nuestra historia la Bella es la Literatura, una de las Bellas Artes, la Bestia es el Mercado: frío, huraño y dominado por la rentabilidad. Si siguiera la narración tradicional le adjudicaría a la Bestia el origen y la causa de todas las dificultades. Les adelanto que no va a ser así, que será a la Bella a la que achaque parte relevante de las causas y orígenes de mi frustración y desgracias como editor, pero aun siendo así me parece necesario detenerme en el retrato de la Bestia.

La Bestia: el Mercado

Quisiera en primer lugar señalar que a esta bestia no le confiero personalidad humana sino de monstruo y me suscita profundo rechazo el proceso de personificación con que nos solemos referir a él. No existe el Sr. Mercado así que es inútil disparar contra él. El mercado es, sigue siendo, un lugar de encuentro entre la oferta y la demanda, entre productores de bienes ( o males) y necesitados de bienes ( o males) y es el mercado como lugar sin duda una de las invenciones más relevantes de la historia de la humanidad. El mercado como solución técnica a un problema que atañe al tiempo humano: un espacio que resuelve problemas de temporalidad: concentrar en un espacio tiempo una oferta que tiene su propio ritmo de producción y unas necesidades que se generan a su vez obedeciendo a su propio calendario. El mercado como medio y lugar donde se produce información necesaria para que la actividad productiva humana y la actividad destructiva humana, el consumo o satisfacción de necesidades, “se comuniquen, lo que en palabras de Niklas Luhman se traduce en “se pongan precio”. No creo que haga falta recordarles que todo lo hasta ahora dicho es falso si hablamos del mercado capitalista y máxime del mercado capitalista realmente existente. No voy a ponerme en plan marxista – aunque una buena dosis de marxismo vulgar no le vendría mal a nadie- para recordarles que hoy es casi imposible encontrar productores directos en el mercado o que las necesidades llegan al mercado luego de ser elaboradas fundamentalmente en el mercado acaparado por los productores de necesidades. De aquel mercado arcaico, idílico y medieval, con sus tenderetes, saltimbanquis y recitadores de cuentos o cantares de ciego ya no queda nada. Hoy el mercado no es lugar de encuentro de oferta y demanda sino el medio de producción tanto de la oferta como de la demanda. Hoy no se produce para el mercado sino en el mercado. Como ven la Bestia tiene hoy más aspecto de Manga japonés que de Walt Disney. Y su velocidad se ha acelerado cuantitativamente y sus modales también: expulsa la rentabilidad a largo plazo, presiona contra la rentabilidad a medio y exige rentabilidad a corto o cortísimo plazo. Su música viene marcada por el precio internacional del dinero. Les podría poner algún ejemplo de cómo una subida del precio de interés actúa casi directamente sobre la programación editorial. No lo he hecho nunca pero veces ganas he tenido de explicar en la carta de rechazo de algún manuscrito que si bien en las condiciones del momento no puedo editar tal libro en caso de que el precio del dinero descienda quizá pueda aceptar su publicación. Vivimos al son de un mercado que muchos llaman globalizado, yo preferiría llamarle imperializado o dolarizado, pero quisiera hacer hincapié en que aparte de globalizarse internacionalmente el mercado se ha vuelto global en los territorios nacionales. Quiero decir con esto que ha expulsado de los mercados nacionales a aquellos competidores internos que también participaban en mayor o menor grado en la modelación, construcción o socialización de imaginarios colectivos, modelos de conducta o mecanismos de auto y heterodescripción, por ejemplo puede afirmarse que, en lo que atañe al consumo de libros, casi, subrayo el casi, se ha hecho con el monopolio de la producción de necesidades. Muchos de ustedes recordaran , pues no han pasado tantos años desde entonces y supongo que en la Argentina pasaba lago semejante a lo que sucedía en España al respecto, que en las necesidades de leer intervenían de modo sobresaliente la institución educativa, la Iglesia, determinados movimientos políticos de izquierda más o menos marxista y la propia Institución Literatura a través de los medios literarios propios: prestigios, revistas, celebraciones y cada una de estas instancias, Educación, Iglesia, Política, Literatura generaban por decir así su propia lista de los libros que el lector literario necesitaba leer mientras que el mercado, si bien ya era determinante a la hora de fijar que necesitaban leer los lectores no literarios, respecto a lo literario actuaba de modo subalterno. A finales de los años sesenta y principios de los setenta los escaparates de las librerías literarias se conformaban en función de parámetros en los que intervenían instancias políticas ligadas a la resistencia cultural antifranquista que contaban con sus propios medios de expresión y formación de necesidades: revistas como Triunfo o El Viejo Topo o Ajoblanco y suplementos culturales como Informaciones de las Artes y las Letras del periódico timidoliberal Informaciones. Es decir el mercado, que ocupaba sin competencia lo que llamaríamos el espacio de la literatura industrial o comercial competía con otras instancias a la hora de crear y modelar las necesidades de lectura. Hoy ya casi no encuentra competencia, vuelvo a subrayar el casi, y a la vista de los suplementos culturales de los periódicos más importantes y en ausencia de revistas con peso relevante cabe decir que es el mercado, a través del marketing editorial, el que diseña sus contenidos. Recordaran por ejemplo que la última nueva etapa del suplemento Babelia se estrenaba con una portada a todo trapo sobre Jonatthan Littel, el autor de Las Benévolas, con un despliegue interior hiperbólico dedicado a un libro y a un autor que en gran parte el marketing editorial había alimentado.

 

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas) · Políticas culturales

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