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El editor como crítico frustrado (3)

abril 17th, 2008 · 1 Comment

Por Constantino Bértolo

La Bella: la Literatura

He subrayado el casi, y de ese casi, de la Bella, de la Literatura como institución y de las frustraciones que ella me origina en tanto editor, pasamos a hablar ahora. No veo necesario abundar en las frustraciones que me aporta el mercado pues creo que se deducen de todo lo dicho y son además el pan nuestro de cada día en la queja editorial.

La Literatura, así escrita con mayúsculas, además de alimento, puede ser también, para un editor literario, una forma de censura. Y no debería ser esto algo sorprendente puesto que la Estética fuente en la que mana y de la que se reclama nació al fin y al cabo como una forma de aduana, como un territorio protegido que la burguesía en su despliegue construyó frente a las ansias intervencionistas de los poderes a los que se enfrentaba: el absolutismo político y el absolutismo religioso, la monarquía y el altar. La abducción y ampliación que la Estética efectúa respecto a las Bellas Artes que el Renacimiento humanista propusiera significa la aparición de una nueva forma de legitimidad: la sensibilidad, el buen gusto y sobre esta legitimidad la Literatura levanta el territorio de su autonomía y la frontera entre lo que es y no es literatura, entre lo que es y no es buena o mala literatura. Es entonces, sabemos, cuando nace la crítica como cuerpo de inspectores literarios. Y nacen también las Literaturas nacionales como alma y expresión de las comunidades políticas al tiempo que se integran en el gran corpus doctrinal que el eurocentrismo propone como alta expresión de la Humanidad. La sensibilidad estética de filiación romántica como fundamento de una nueva elite y el humanismo de corte ilustrado como bien común abstracto e incuestionable. Y la Literatura como eje de esta renovada situación aristocrática. Y la lectura como ese momento sagrado en el que lo individual entra en contacto con lo universal. En su entorno, desalojado del sistema, expulsado hacia el grosero espacio de lo laico, el mal gusto del populacho que la incipiente industria editorial alimenta. De la revolución francesa que, no olvidemos, desembocó históricamente en una restauración parcial, no económica pero si cultural, del guillotinado espíritu aristocrático y del desamortizado poder eclesiástico, salió la trinidad de poderes: legislativo, judicial y ejecutivo con que el único poder verdadero, el económico asentaba la llegada al mundo de la clase burguesa y de su proyecto de convertirse en clase universal.

Si he sentido como necesario este pequeño excursus que nos remite a cualquiera de los denigrados manuales de historia social es para poder acercarme al tema que hoy nos reúne: el poder estético alrededor del cual sigue girando la crítica y la literatura. Ese poder que la Revolución no constitucionaliza y que ha de luchar por su cuenta para poder institucionalizarse como poder con autonomía siempre amenazada por los restos del poder eclesiástico –religioso, por el poder político que o bien lo abraza para legitimarse o bien lo censura para defenderse, y por el poder económico siempre ansioso de romper cualquier tipo de aduanas. Creo que lo que llamamos modernidad, y que en literatura representarían Baudelaire, Rimbaud y Flaubert, es el resultado de ese mapa de poderes en tensión, siempre con la amenaza al fondo de un proletariado emergente que exige no sólo formar parte del repertorio sino dinamitar el escenario. Y creo que fueron las Vanguardias las que mejor expresaron el papel de crema lubrificante que cumple la Estética en momentos de crisis de legitimidad. Las vanguardias que se atrevieron a decir no sólo que el Rey estaba denudo sino que la reina, la Estética, también. La Vanguardias… ese momento crítico que la crítica no debería olvidar.

De esa crisis la Estética saldrá y saldrá reforzada, con la ayuda, paradojas de la vida de quien parecía estar llamada a requisar sus privilegios: la Revolución Soviética en su momento estalinista y entiendo por estalinismo las consecuencias derivadas de la institucionalización de la doctrina del Socialismo en un solo país. Y digo que vino en su ayuda porque con la aparición de la estética estalinista, una vez asfixiadas las propuestas del Prolkult, el contructivismo o el rayonismo la Estética Estética, la de toda la vida para entendernos encontró el enemigo sobre el que refundar su legitimidad: frente a una Estética antiestética en cuanto que negaba la autonomía del Arte ella se presentaba como la verdadera y necesaria Estética, autónoma y al servicio del hombre, el hombre como portador de valores estéticos. La Estética condición superior de lo humano. Lo humano como condición suprahistórica, navegando por encima o entre las clases como los detectives de Hammet o Chandler. La Estética al servicio del hombre (y digo hombre y no hombre y mujer, porque la mujer en esos tiempos todavía era una imaginación estética, una violada ensoñación patriarcal, aunque ciertamente ya empezaba a despertarse) y el hombre ya se sabe: una pasión inútil, un muñeco lleno de ruido y de furia, un ser para la muerte, un muerto en vacaciones, sin atributos ni cualidades, una cucaracha inválida, un lenguaje sin sujeto, un absurdo biológico, máquina de follar, un juguete rabioso, años de penitencia mientras se dirige la editorial que fundó papa, llamando ironía a la autocomplicidad narcisista, rentistas sensibles bebiendo exquisitas historias de perdedores bien acomodados en la Biela de la Recoleta,( esperando a Godot supongo), tiempo perdido que sólo la Estética puede revertir en tiempo recobrado. La Estética como autoayuda. La Literatura como manual de autoayuda para gentes que viven y se viven como excedente, gentes a las que no les pasa nada. La crítica vigilando que los personajes sean redondos, complejos, con mucha vida interior y merecedores de al menos dos visitas semanales al psiquiatra. Gran parte de la literatura moderna con la que muchos hemos crecido ha jugado a eso. La literatura que nos hizo y nos deshizo. Nuestra educación sentimental. Recuerden:

“-Esa fue nuestra mejor aventura – dijo Frédèric.

-Sí, quizá sea nuestra mejor aventura – repuso Deslauriers.”

La segunda parte de este texo, acá.

 

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas) · Políticas culturales

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