Por Constantino Bértolo
Pero ya llegamos, no se impacienten, a la postmodernidad, es decir, a 1973, el año de los desacuerdos de Bretton Woods, a ese momento en que el capitalismo abandona el patrón oro, toda una metáfora, y se ve obligado para sobrevivir a abandonar cualquier fuente de legitimidad que no sea la propia: el beneficio económico. Las necesidades financieras que provoca el gran déficit comercial USA y del que se nutren el resto de las economías mundiales, exigen que el dinero se vea libre de cualquier sujeción a lo real. Desde entonces el dinero será sólo eso: dinero fiduciario, un acto de fe y la fe ya se sabe que si hace falta se impone a golpe de poder militar. Cualquier otra legitimidad queda a corto, medio o largo plazo derrocada. La postmodernidad inicia su avance y maquiavélicamente va a presentarse como una liberación: todas la legitimidades son válidas proclama en plan las mil flores de Mao, ¿Mao-Tse-Tung, recuerdan?, como si el capitalismo desatado no supusiera su destronamiento final por larga que estén resultando sus postrimerías. ¿Recuerdan a Milton Friedman haciendo ingeniería neoliberal sobre el cadáver de Allende? La ruptura con el oro, simbólica y materialmente, conlleva el destierro de cualquier valor intrínseco, el abandono de aquellos ropajes con que las democracias capitalistas habían venido vistiendo su labor civilizatoria; adiós al brillo, la distinción, a lo permanente, al aprecio de lo escaso, a los valores sólidos, palpables, conmensurables, cuantificables, eternos, a los valores en los que venía asentando su prestigio y autoritas la Bella humanista de nuestra historia.
Estamos asistiendo al siglo de oro de una burguesía que fin ha conseguido librarse de las rémoras aristocráticas que otrora le sirvieron para legitimarse. Ahora sí, ahora el contrato es el único código de relación social, cultural, político y está mandando a la estética al baúl de los recuerdos, donde habitan los quejumbrosos de la alternativa y de la noble autonomía del arte. Tanto hablar de la muerte del arte y de la desaparición del autor, y ahora resulta que el capitalismo se ha convertido en el más radical de los movimientos antiarte. En pleno despliegue global la burguesía ha decidido que ya no necesita vestirse con valores ajenos y que su propia ley, la lógica del beneficio, soy lo que compro, soy lo que vendo, es la única palabra legítima. Le llega con su propio cuerpo y ha decidido vender hasta su alma. Alma que por otra parte, no nos engañemos, siempre ha despreciado. La legitimidad burguesa empezó por entonces a decir adiós a sus compañeros de viaje: la política, la religión, el humanismo, la Estética. No sé en Argentina si sucedió algo semejante pero en España el Bretton Woods de la Estética, de la Literatura como alto patrimonio de la Humanidad y de la crítica como guardiana del nivel de exigencia formal se puede fechar: personalmente entiendo que la presentación del escritor Juan Benet al premio Planeta de 1980, con una novela, Aire de un crimen, que quedaría finalista, es el momento simbólico en que la Literatura se quita, gozosa e hipócrita, los tapones de cera de los oídos y se arroja en brazos de las sirenas del mercado, vendiendo su autonomía por un plato de lentejas y una buena cantidad de dineros. He visto a los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura,/ voraces, histéricos, desnudos,/ arrastrándose por las noches, en busca de algún premio literario. Aullido. Allen Ginsberg.
Lo de Benet no fue un hecho aislado: en los mismos años participan y legitiman el Planeta, paradigma hasta entonces de la Literatura no literaria, autores como Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán o Jorge Semprúm. Son los años en que la narrativa española “se normaliza” es decir se pone al servicio del mercado: historias muy narrativas, es decir, con crimen, investigación y desenlace, prosa bonita color pastel, narrador escéptico, sustitución borgiana del argumento por la simetría y del conflicto por el misterio, gotas de metaliteratura y un existencialismo cursi – no se si esto es una redundancia- como fondo ideológico. Y la crítica aplaudiendo la buena nueva: al fin Stevenson habitó entre nosotros. Resumiendo y para no cansarles sólo decir que el existencialismo cursi sigue siendo el tono dominante desde entonces y el proceso de entrega al mercado se irá acelerando: la Vanguardia es el mercado; los premios literarios reinan en total impunidad (decir manipulados sería a volver a caer en la redundancia); la primera obligación de la literatura es divertir a los lectores, las fronteras entre la industria editorial y la literatura se diluyen, el marketing forma parte de la poética, el que no sale en la foto no existe. Es decir, la tan celebrada autonomía relativa de la Literatura no evita su entrada en la Industria del Ocio y Entretenimiento. Al tiempo los ideologemas postmodernos van empapando todo el territorio cultural: todas las legitimidades son legítimas, el pasado es un armario donde se puede entrar a saco, glosa, plagio y poco más; pensar en futuro es caer en el dogmatismo, el presente es un hipermercado y además puede entrarse en el sin moverse de casa; la cultura es lo fugaz; Internet es, al fin, la democracia; la precariedad es libertad; nadie tiene derecho a hablar en nombre de otros y por tanto el narrador en tercera es un narrador estalinista; el canon real es la lista de libros más vendidos; tener criterio es una forma de resentimiento, cuanto más sólido señal de mayor resentimiento.
La crítica
Y a todo esto, ¿qué pasa con la crítica? me pregunto, se preguntaba Lucien de Rubemprè, el protagonista de Las ilusiones perdidas, -”¡Dios mío!, pero ¿y la crítica?, ¡la sacrosanta crítica-, y sin duda se preguntaran todos ustedes a estas alturas de mi intervención. Pues, como diría Umberto Eco, entre apocalíptica e integrada.
En alguna ocasión he hablado de tres tipos de crítica y críticos: los catadores, los guardianes y los tribunos. Los catadores serían aquellos que asientan y legitiman sus juicios en su propio gusto o paladar literario. Esto me gusta, esto no me gusta y sus argumentos lógicamente nos remiten a sus sensaciones e impresiones. Para este tipo de críticos la literatura se reduce a un simple intercambio de privacidades y su mera función consiste en animar o frenar el consumo. Como el gusto suele ser bastante menos personal que lo que el narcisismo nos hace creer, el gusto de estos críticos coincide casi siempre con el gusto dominante. Abundan y sobreviven bien en el mercado, sobre todo si logran - tarea no muy fácil - construirse un tono radical en la expresión de su gusto que al mismo tiempo no cuestione el gusto hegemónico. Se delatan a si mismo por la frecuencia con que sentencian que en las novelas ya no puede haber descripción porque con la tele y el cine ya hemos visto todo; tan ingenuos como no comprender que el que viaja por una autopista no ve paisaje sino velocidad.
Los guardianes son más escasos. La fuente de legitimidad de la que se reclaman es la Literatura con mayúsculas de la que hemos venido hablando, que tienden a identificar con la historia de la literatura, con el canon más o menos explícito o con una inaprensible cualidad del discurso que vive su vida más allá de los hechos y situaciones sociales en los que tiene lugar la producción y recepción de esa clase de discursos sublimes. En frase de Musil se sienten los custodios de esa cualidad y en su nombre miden, calibran y homologan. Alcanzar la categoría de “guardián de la pureza” requiere conocimiento del campo, de la historia de la literatura, y un cierto bagaje técnico - vía estilística, estructuralismo o teoría literaria - para ofrecer un instrumental “sacerdotal” a la altura del empeño. La reunión de estas cualidades hace que su número sea escaso y aún cuando su escasez los hace deseables, sus conflictos con los medios (su sentido puritano de la exigencia suele chocar con la conveniencia informativa) les convierten en una especie en vías de extinción. Se les reconoce fácilmente por su recurso a un lenguaje objetivo, rotundo, opaco por veces y un tanto categórico, en el que aparecen, a modo de certificados de autoridad, citas y referencias de autores, obras y críticos contrastados.
La categoría que denominamos tribunos, en clara relación con los “tribunos de la plebe” de la antigua Roma, ha desaparecido de nuestro espacio literario. El tribuno se siente legitimado y responsable ante la “polís” y por eso su crítica es, en el sentido aristotélico del término, una crítica política. No es que el tribuno trasvase lo político a la literatura sino que encuadra los textos literarios en ese contexto inevitable y general que es la vida en común. El tribuno juzga aquello que se hace público y lo relaciona con el bien común, con lo que es o sería bueno para la salud de la sociedad y por lo tanto evalúa y juzga la salud literaria de las obras que se ofertan desde esa perspectiva. Las figuras de Juan Carlos Mariategui o Ángel Rama pero también la de Marcelino Menéndez Pelayo, desde instancia ideológica contraria, serían representativas al respecto.
En sociedades complejas como las nuestras, en donde el bien común es un concepto en disputa, el tribuno opta por uno u otro entendimiento y desde esa elección opera, critica. Su peligro reside en menospreciar lo que la literatura tiene de patrimonio de interés común en cuanto modo material de conocimiento específico dotado de sus propios recursos técnicos y de sus propias pertinencias históricas. El crítico como tribuno requiere, como todos pero más cabalmente, una tribuna y por tanto precisa que en el dinamismo social coexistan con relevancia, es decir, con poder, opciones distintas sobre el qué sea el bien común. Cuando determinadas instancias secuestran de manera hegemónica una determinada idea sobre el bien común o bien monopolizan los medios de producción y expresión que concurren para su construcción, el tribuno no tiene espacio, es decir, no puede existir. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en estos tiempos en que reina no tanto el pensamiento único - concepto peligroso en mi opinión -sino un pensamiento hegemónico que niega cualquier idea de bien común que rebase la mera suma de los bienes individuales, y en los que los medios de producción y expresión de este pensamiento casi monopolizan la voz de la polis, si es que algo queda de ella.
Ni que decir hay que estas tres categorías, en la práctica cotidiana, es decir, en el mundo de las revistas y suplementos literarios, no siempre aparecen con perfiles nítidos o bien definidos. Rasgos de cada uno de ellos se cruzan y entrecruzan y no falta ejemplos del catador que cita a Steiner a troche y moche, ni del guardián que se deja llevar por la exaltación lírica ni de falsos tribunos que confunden lo político con las buenas intenciones pero, con todo, creo que es tarea bastante fácil ir constatando, caso por caso, el nicho categorial en el que se acomodan los distintos críticos ejercientes.
¿Qué pasa con ellos en estas circunstancias históricas y culturales concretas en las que el mercado derrumba los muros de la famosa autonomía de la literatura? Los tribunos, como ya he dicho, no existen, al menos en España. Los impresionistas están tan impresionados de que les dejen publicar que se han integrado feliz y plenamente: si toca hablar bien de Vila Matas pues se habla bien, si toca hablar mal de Benet pues se habla mal. Sufren un poco cuando no saben que toca decir ¿de este Aira qué digo?, a ver en Google qué sale. ¿Y de esta novela de un nuevo autor? a ver qué editorial la publica. Su terror es que haya un cambio de tendencia y les coja con el pié cambiado, por eso procuran andar siempre de puntillas. Dicho esto sin desprecio. Los editores sabemos que la crítica es publicidad y por tanto los necesitamos y les otorgamos el respeto que como publicistas nos merecen: mucho.
Pero los editores literarios necesitamos también a la crítica como brújula y mapa, como eco de retorno, y evidentemente para eso la crítica más imprescindible, a falta de tribunos, es la de los guardianes del templo, el coro de admiradores de la Bella ¿Y qué ha pasado con ellos o ellas? Ellos son nuestros interlocutores más válidos, saben que el significado no reside ya hecho en el texto o en el lector, sino que sucede durante la transacción entre el lector y el texto* y aunque nunca entenderán que lo sublime y el mercado son dos caras de una misma moneda, reúnen al menos una de las dos exigencias mínimas que debe tener un crítico de relieve: la capacidad para leer su lectura; la otra es tener valor y ¿qué pasa al respecto ahora cuando la Bestia amenaza con violar a la Bella?: pues que tienen miedo, sienten que algo está pasando que desborda su estatus, su posición, incluso su instrumental teórico y tienden a efectuar un doble movimiento defensivo: uno, el más fuerte y característico, en la línea apocalíptica: agarrarse al canon, a la Estética como Dios manda, a la jerga teórica más novedosa y a la afirmación de la Literatura como exigencia espiritual y como distinción jerarquizada, y otro, en la línea de los integrados: el canon sí pero es necesario ponerlo al día y si hay que meter a Pérez- Reverte pues se le mete, hay que dar a dios lo que es de dios pero voy a leerme unos comics no vaya a ser que…, Sí, sigamos hablando de Henry James y Benet y Borges pero de vez en cuando alguna reseñita sobre este escritor que emerge (normalmente llevan más de cinco novelas emergiendo) o sobre este que empieza, que para mantener el cetro a veces hay que mojarse los pantalones y pactar con el diablo. O sea, un claro movimiento conservador con coqueteos hacia el diluvio que viene con el pretexto de separar las aguas menores de las aguas mayores. Hay también guardianes, los menos listos todo hay que decirlo, que han optado por permanecer en sus cátedras confiando en que las aguas volverán a su cauce, y los hay que arriesgando el prestigio que nunca llegaron a tener, se trasmutan en santones de cualquier tendencia afterpostmoderna que empiece a hacer ruido. Eso sí, unos y otros, sintiéndose depositarios y albaceas de la Literatura, adoradores de la Bella de nuestro cuento.
¿Quien habla en la crítica? se preguntaba Ignacio Echevarria; a sus respuestas sumo una: pues el guardián esquizofrénico de una casa con dos puertas. Y ya se sabe que casa con dos puertas es mala de guardar y más cuando la situación no permite saber cual es la puerta principal y cual es la puerta de servicio. Y más cuando no dejas de ser un empleado del dueño de la casa que te deja ejercer su papel según le venga o no venga a conveniencia o capricho. Y más cuando el mercado ya ha inventado los porteros automáticos. Y a mi como editor lo que más miedo me da son precisamente los porteros automáticos. En el mundo editorial los porteros automáticos se llaman escandallos: una técnica de evaluación que incorpora como baremo las expectativas de venta y determina la edición o no de una propuesta de publicación. No me queda más remedio que preferir que siga habiendo guardianes de la sagrada Literatura. Y aunque esta sea para mi como editor una forma de frustración y de censura. Que no en vano, decía el escritor Armando López Salinas, la censura no deja de ser un interlocutor.
La tercera parte del texto, aquí.
3 responses so far ↓
1 pico // Abr. 18, 2008 at 10:14 pm
termina aquí?
2 El editor como crítico frustrado (final) // Abr. 23, 2008 at 1:44 pm
[…] La cuarta parte del texto, aquí. […]
3 Gabriel // Abr. 24, 2008 at 1:48 pm
Excelente texto. Sería bueno que lo lea un aspirante a critico literario catador, al que le gusta mandar cartas a fachos-progresistas. Le aclararía un par de cuestiones.
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