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Un maestro poco conocido

Abril 21st, 2008 · 3 Comments

A veces los lugares comunes son precisamente comunes porque entre sus engranajes aglutinan una dosis de verdad: que los escritores estadounidenses inventaron y reinventaron el cuento moderno a lo largo de los siglos XIX y XX es uno de ellos. De Edgar Poe en adelante (Francis Bret Harte, O. Henry, Katherine Mansfield, Richard Yates, Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, John Cheever, Raymond Carver, Richard Ford) la tradición cuentística de los Estados Unidos no tuvo comparación, a pesar de los grandes escritores que se dedicaron a la narrativa breve tanto en Rusia como, por ejemplo, en los márgenes del Río de la Plata.
Pero si bien ese corpus es constantemente revisitado, pocos incluyen en él a Ringgold W. Lardner (o Ring Lardner, a secas), a pesar de haber sido uno de los maestros de Hemingway y Fitzgerald. Para mejor, Lardner tuvo una vida irresistible para cualquier editor con conocimientos básicos del marketing: nacido en 1885 y muerto en 1933, el menor de nueve hijos de un matrimonio acomodado, se dedicó al periodismo deportivo (en verdad, al béisbol: cubrió durante años los partidos de los Chicago White Sox) y a la bebida con pareja abnegación. También tuvo una columna de opinión semanal en el Chicago Tribune que lo volvió relativamente célebre y le permitió vivir de febriles colaboraciones en más de cien periódicos al mismo tiempo. Amigo de Fitzgerald, se cuenta que estaba jugando al bridge con él cuando lo fulminó un ataque al corazón, a los 48 años, a pesar (o precisamente por ello, vaya uno a saber) de que sufría al mismo tiempo de tuberculosis y cirrosis. Por si fuera poco, uno de sus dos hijos, Ring Lardner Jr., fue guionista de Hollywood –ganó dos premios Oscar–, aunque cayó en desgracia cuando su nombre fue incluido en la lista de la Comisión de Actividades Antiamericanas del senador Joseph Mc Carthy, y pasó a ser uno de los llamados “Diez de Hollywood”, guionistas con ideas de izquierdas en una época y en un lugar particularmente conflictivo.
Volviendo al padre, hasta hace muy poco lo único que se conocía en la Argentina de su producción literaria era el magnífico relato Campeón, publicado en 1972 por el Centro Editor de América Latina. Pero en 2001 la editorial española El Acantilado reunió bajo el título de A algunos les gustan frías diez de sus mejores cuentos, entre ellos algunos brillantes como Nidito de amor, Hay ciertas sonrisas, La Navidad de los viejos y el mismo Campeón, que prefigura el carácter de los boxeadores de casi todas las ficciones que se escribieron y filmaron en el siglo pasado.
Obsesionado por el teatro, el periodismo y la música, sus historias se inspiran frecuentemente en personajes de estos ámbitos, que conocía bien, como el miserable productor teatral de Un día con Conrad Green. El esquema narrativo de Lardner es casi siempre el mismo: en sus cuentos todo va bien hasta que imperceptible –e invariablemente– ocurre un mínimo desvío en la trama que empuja el relato hacia la catástrofe, y las situaciones se muestran como en verdad son: el boxeador, un ser ambicioso y desalmado; el empresario, un avaro sin remedio; el matrimonio, la institución en que se detesta con la misma intensidad con la que se ama.
Su visión del periodismo incluye un fuerte elemento autocrítico y habla, al mismo tiempo, del poder que la profesión supo tener alguna vez en el mundo contemporáneo. Los editores y los periodistas pueden ser personas privilegiadas, que viven experiencias de primera mano y suelen rodearse de gente interesante, pero también potenciales extorsionadores y mercenarios al servicio del mejor postor. Pensándolo bien, en ciertos sentidos, las cosas tal vez no hayan cambiado tanto.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 20 de abril de 2008).

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

3 responses so far ↓

  • 1 florecita // Abr. 22, 2008 at 12:31 am

    pero cómo? Katherine Mansfield no nació en Nueva Zelanda?

  • 2 Laura // Abr. 23, 2008 at 12:40 am

    Sí, sí
    nació en Nueva Zelanda, estudió y vivió en Londres, era amiga-enemiga de Virginia Woolf (creo que ella y su marido la editaron y todo)
    así que no, la tradición cuentística americana, no.

  • 3 Marcelo Galliano // Abr. 23, 2008 at 9:29 am

    Sí, Katherine Mansfield nació en Nueva Zelanda y estudió en Londres. Por otro lado no sé si es tan así lo de la tradición norteamericana. Es cierto que tuvieron una generacion de “grandes cuentistas”, pero en algunos el concepto de cuento no fue el de “unidad cerrada” que se sostuvo en el Río de la Plata. Y quizá esa idea de “cualquier anécdota o pedazo de narración es un cuento” sea la que prevalezca en mi generación de escritores. Los resultados están a la vista.
    Publiqué hace poco, en mi blog, una nota en respuesta a Gonzalo Garcés sobre un artículo suyo en Ñ. Me premito transcribirlo.

    La irracionalidad de contar
    (Una respuesta al escritor Gonzalo Garcés)

    Por Marcelo Galliano

    La novela, como símbolo representativo y abarcador de la narrativa de largo aliento, ha permitido una transformación estructural a través de los siglos. Esa amplitud de concepto ha ramificado las originales características, ensanchando su definición prístina.
    Novela es El Quijote, donde las desventuras de su protagonista forman un hilo conductor cronológico de situaciones; novela es Pedro Páramo, donde las referencias de tiempo y espacio estiran sus límites hasta niveles improbables en un plano tridimensional; lo es Rayuela, donde una configuración aleatoria plantea la búsqueda de un lector dinámico; e, inclusive, Mrs. Caldwell habla con su hijo, donde la trama subyace en la sucesión de cartas póstumas del personaje. Podría seguir enumerando casos, podría arriesgarme a decir que hay tantas formas de novelas como títulos editados.
    El cuento, con su limitada extensión, no ha consentido semejantes libertades; a pesar de su evolución (la palabra es más científica que artística) sigue siendo lo que una vez definí como carrera anaeróbica, o un buen final con unas líneas acordes que lo preludian. Por eso, cada aportación sucedida en el relato, ha sido tomada como un elemento difícilmente prescindible en el futuro; por eso, también, cada escritor que la ha esgrimido (Poe, Kafka, Borges, Cortázar, Rulfo, entre otros) ha sido considerado un quiebre medular en la historia del relato breve.
    Existe una maravillosa ambigüedad en el cuento como forma. Casi todos los escritores estaríamos dispuestos a arriesgar unos postulados inamovibles que pudieran definir al cuento como género. Los mismos escritores caeríamos en las redes de nuestros propios sofismas, hasta descubrir que, ésa, tal vez la forma estilísticamente más limitada de la prosa creativa, carece de una estructura fija y, por lo tanto, determinable y definible. Todo género literario es un subgénero de la poesía, afirmaba Aristóteles, sentencia abonada por Marechal. Me tienta la idea de pensar que todo acto de narración breve, sea coloquial o escrito, circunstancial o premeditado, es un cuento. Me seduce, también, la posibilidad de conjeturar que tal grado de accesibilidad le ha conferido –como al aforismo, o a la poesía- el desprestigio editorial que sufre. Para ser claro: es muy fácil escribir un mal cuento.
    Sorprende, sí, cuando el descrédito, a un género que tantos ineludibles creadores han cultivado, proviene de un escritor de inocultable presente como Gonzalo Garcés.
    Garcés confunde “género chico” con “género menor”. Respalda su pobre opinión sobre el cuento asegurando que la asequible disección, en talleres literarios o en clases de literatura, de las obras breves de Cortázar o de Bioy, fundamenta su postura. Se olvida, acaso adrede, de remarcar la imposibilidad de analizar novelas u obras de teatro en semejantes circunstancias docentes, limitadas por el tiempo de clase. Omite, quizá porque no lo sabe, que el valor de una obra de Arte es ajeno a su extensión. Franz Schubert, por citar un ejemplo no literario, fue un miniaturista maravilloso, y un camarista comparable con Beethoven. Su música escénica, en cambio, es menos destacable. Nadie con mínimo conocimiento musical, lo quitaría, por eso, de su sitial en la historia de la música.
    Garcés incurre en otro error: decir que la tradición literaria argentina no es cuentística sino ensayística. Primeramente, valdría preguntarse si toda escritura académicamente depurada puede considerarse literatura: de no ser así, de necesitar el componente creativo que la eleve a la categoría de Arte, la crítica sería un hecho intelectual pero no artístico. Creo vislumbrar, en tales palabras de Garcés, una tácita alusión a Jorge Luis Borges. Pero es justamente el caso de Borges el que fundamenta mi postura. Quien ve a Borges como un ensayista o un filósofo, se equivoca. Borges fue un extraordinario sofista, un hombre para el que su interpretación de las circunstancias fue más importante que los hechos mismos. Por eso, como indica en su conferencia en la Universidad de Maine en 1982, utiliza la misma técnica para escribir un ensayo que un cuento, quizá porque la verdad para él era tan indescifrable como el universo, y la realidad tan inescrutable como la ficción.
    Escribir un cuento es un acto de irracionalidad creativa. Por extrañas razones, quizá metafísicas, el verbo contar es sinónimo de narrar, pero también de sumar. Paradójicamente, los mejores cuentos parecen ser frutos de sustracciones, de pacientes cinceladas en pos de delinear la figura perfecta, sin sobrantes. En esta aparente contradicción deberá meditar Garcés, de querer algún día adentrarse en un género tan apasionante.

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