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El editor como crítico frustrado (final)

Abril 23rd, 2008 · 1 Comment

Por Constantino Bértolo

El editor.

Caballo de Troya, la editorial en la que trabajo como Director Literario, es una editorial peculiar, se define como “una editorial con perfil de editorial independiente” dentro de un gran grupo editorial, Random House Mondadori, que como saben agrupa a distintas editoriales relevantes a este y al otro lado del Atlántico y que a su vez esta participada por la Multinacional Berstelsman y Mondadori Italia. Algo así como la República de Andorra, aprisionada entre los Pirineos de Francia y España. Su nacimiento proviene de circunstancias que no vienen al caso pero como iniciativa empresarial responde a una estrategia bastante clara: funcionar como editorial cantera, invernadero, laboratorio, trampolín, campo de exploración y reclutamiento de nuevo autores, nuevas propuestas, nuevas voces, retornos imprescindibles o nuevas literaturas. Como fácilmente comprenderán lo de perfil independiente traducido al castellano quiere decir de mínimo presupuesto. Jorge Herralde que reclama para sí celosamente el rótulo de independiente me definió un día como editor consentido, y no le falta razón.

Como editor pobre que soy no soy ni podría ser un editor conservador. Los pobres no tienen nada que conservar. En teoría las editoriales más pobres, que ahora se llaman independientes, no deberían ser conservadoras sino osadas y arriesgadas. A pesar de mi escaso conocimiento del mundo editorial argentino tengo la sensación de que aquí esta ecuación funciona. Veo el trabajo de editoriales como Interzona, Entropía, Beatriz Viterbo, El cuenco de plata, por citar algunas, y confirmo esta impresión. En España curiosamente la mayoría de las llamadas editoriales independientes son conservadoras, apenas algunas como Lengua de Trapo, Periférica o DVD incorporan a sus catálogos nuevas voces o propuestas; el resto reeditan clásicos o traducen autores ya homologados literariamente en su lengua de origen. Supongo que esta diferencia se debe a que los pobres españoles son menos pobres que los pobres argentinos. Recuerden: 

-Ernest, he descubierto que los ricos son diferentes.

-Sí Scott, son ricos. 

Esta inclinación hacia la Literatura homologada es un rasgo pertinente de la edición independiente española y la crítica les presta no escasa atención; a los editores siempre nos parece poca pero en mi opinión esta atención, aunque discreta por ubicación y espacio, sería incluso sorprendente si no entendiéramos que la crítica española es a su vez, como hemos dicho, conservadora, amante por tanto de la literatura que se viste, reviste o disfraza de literatura, en el sentido no muy favorable en que he venido hablando de ella. La literatura como humanismo en definitiva.

Mi problema como editor literario y pobre sería por tanto cómo entrar en esa casa con glamour que custodian los críticos guardianes bajo la atenta mirada escrutadora de la Bella. Esto ya sería un problema pero a esto se suma otro más: como crítico, en la parte de crítico que todo editor aporta, creo que esa casa, la casa de la literatura, es una casa más muerta que viva, una casa en ruinas, espléndidas ruinas acaso, pero ruinas. La literatura como humanismo, es decir la literatura tal y como la hemos venido entendiendo está agonizando, resistiéndose, lo que la convierte en un animal peligroso, pero agonizante. Joseph Brodsky, quizá uno de los últimos y más extraordinarios habitantes de esa casa, pensaba que la amenaza de demolición venía del Este, de lo que veía como deshumanización que surgió del frío, algo incompatible en efecto, con la Literatura. Lo que no se esperaba es que pasara lo que está pasando: que la demolición viniera del Oeste, del carácter depredador de el mercado capitalista, ya sin frenos, que como el caballo de Atila allá por donde pisa la única hierba que vuelve a brotar es la mercancía. Qué sorpresa se estará llevando Brodsky allá en los cielos literarios, él, que sabía con precisión que la Estética, de ser, es precisamente ese plus que ninguna mercancía alcanza. Y quizá se inquietaría profundamente al ver como la proliferación masiva de la palabra escrita en el ciberespacio le está arrebatando a la escritura su condición de privilegiado vehículo de lo memorable. Claro que, con perdón de nuevo, lo mío es peor: necesito entrar en una casa que está en llamas. No sin motivo busqué como slogan para la editorial una frase esquizofrénica: “Caballo de Troya. Para entrar o salir de la ciudad sitiada”, rindiendo así también un pequeño homenaje a la obra de Ángel Rama.

Entrar en una casa en ruinas porque aunque el Arte se esté desmoronando, entre la ruinas permanecerán las artes y materiales con que construir una nueva casa que nos cobije; una casa que quizá ya no se llame Literatura con mayúscula en la que no habrá salones que atemoricen, ni suelos encerados para que resbalen los advenedizos ni cuarto de servicio, donde habrá habitaciones propias pero la biblioteca no será de disfrute privado y la lectura será lectura compartida. Una casa habitable aunque su fachada no respete las proporciones áureas. Lo malo es que para construir esa casa se requiere un solar, se necesitaría primero construir ese solar, nacionalizar el suelo, acabar con la propiedad privada de las empresas inmobiliarias y, con sinceridad y queja, no veo fuerzas sociales que empujen en esa dirección. Más bien todos preferimos sufrir la hipoteca y cultivar el jardín para sentarnos a la sombra de las muchachas en flor que la Bella nos aporte como dote. Pero personalmente, editorialmente quiero decir, no me resigno, al menos todavía, a la dulce vida de jubilado, al último paraíso que el capitalismo nos promete. Estéticamente, como diría la Bella, sigo prefiriendo el sentido del rencor al sentido de humor.

Por eso me interesan las novelas dislocadas, la literatura rota, la literatura postautónoma de la que habla Josefina Ludmer, la postliteratura de Aira, la osadía de Fogwill, la preliteratura del Chitarroni de Peripecias del no, las hipérboles disparatadas de Guebel o Sergio Bizzio, Eloisa, el personaje posthumano y sin vida interior de Opendoor de Iosi Havilio, o esos personajes de Tabarovsky que hacen saltar por los buenos aires aquella sentencia de Sartre: “una cosa es lo que hacen con nosotros y otra cosa es lo que nosotros hacemos con lo que han hecho con nosotros”. Una sentencia en la que el humanismo de izquierdas quiso encontrar su último refugio.

Y por eso me interesa muy especialmente la mala literatura. Porque la mala literatura permite decir cosas que la buena literatura censura. Les pongo un ejemplo: en Madame Bovary ustedes recordarán que cuando el pobre Charles Bovary presenta al padre de Emma su deseo de contraer matrimonio, este le dice que aguarde delante de una ventana de la casa mientras él le traslada la proposición a su hija. Durante veintisiete minutos, precisa Flaubert, Charles esperó hasta que se abre la ventana como señal de aceptación. En una novela en la que la cuestión del matrimonio es fundamental ¿cómo puede ser que se nos hurte esa larga conversación de veintisiete minutos entre Emma y su padre?, pues porque Flaubert sabe que la buena literatura no le permite contarla, pues si lo hiciera parte del misterio romántico de Emma se vendría abajo y la crítica hablaría de escena discursiva, demostrativa, prosaica, que impide al lector participar creativamente o que rompe la sagrada regla del punto de vista. A mí sin embargo me gustaría leer esa escena y por eso me interesan como editor esas extrañas fronteras donde se encuentran y desencuentran la buena y la mala literatura.

Final.

Termino contándoles un dilema que hace poco se me presentó como editor: Cuando puse en marcha Caballo de Troya decidí leer personalmente todos los originales que me llegasen. Leer un original como comprenderán no es leer todo el texto de cabo a rabo, a veces con leer la dedicatoria es suficiente. Recibo unos cuatrocientos ejemplares al año. Hace unos meses me llegó uno que me llamó la atención. Empecé a leerlo y me di cuenta pronto de que no estaba muy bien escrito, no es que tuviera problemas de sintaxis u ortografía pero la adjetivación era bastante tópica, los personajes, predecibles, estaban construidos con alfileres y el tonillo era un poco sentimental, pero contaba una historia: cómo el deseo de ser felices es un peligro que siempre nos acecha, y entendí, más como tribuno que como guardián, que esa historia merecía y debía hacerse pública. Me preocupaba la censura, la mirada de los guardianes sobre un texto débil desde su óptica. Caballo de Troya no es una editorial a la que se le exija vender mucho pero necesita por su propio perfil tener una buena recepción crítica. Me imaginaba a los críticos diciéndose: pero cómo Constantino que fue el primer editor de Sebald en castellano ha podido publicar esta novela tan inane. Sebald, ya saben, el Arte como duelo*, la nostalgia del desaparecido tono alto, la cultura como complicidad; pero cómo Constantino el editor de Cormac McCarthy publica esta historia de sentimientos tan banales. McCarthy, ya saben, desgarro y aspereza en plan Grupo salvaje de Pekimpah, la nostalgia por el paraíso machista perdido, la catástrofe como confort espiritual. No sabía qué decisión tomar, cierto que en la novela había algunas referencias al jazz, lo que siempre queda fino, algún pequeño misterio pero sin ninguna simetría deslumbrante, y por demás tenía un argumento que argumentaba – me van a acusar de publicar una novela de tesis, me decía-, había más intriga, qué esta pasando, que suspense, qué va a pasar – les va a parecer aburrida, calibraba-, y no era una novela que halagase las altas pasiones cursis del lector, en plan El último encuentro de Sandor Marai, ni que le permitiese, como las novelas de Javier Marías, sentirse especialmente inteligente. No era, en definitiva, una novela que fuese a gustar a esos críticos a los que lo que más les gusta de la literatura es que les guste la literatura ¿Qué hacer? (Recuerden: Vladimir Ulianov Lenin. Editorial Progreso. Moscú, 1964). Finalmente encontré una solución para que la novela pudiese entrar, aunque fuera de contrabando, en la ciudad sitiada. Le propuse al autor que la novela se abriese con una cita de Rainer María Rilke. Funcionó. No me llamen cínico. Si hay que alimentar a la Bella no es mi culpa, para bien o para mal agoniza pero sigue viva y su rostro nos sigue atrayendo. No me delaten, por favor. Sólo soy un crítico frustrado. Si fuera un editor argentino le hubiera propuesto una cita de Juan José Saer. A veces una cita funciona como las ristras de ajos contra la insolencia de los vampiros.

Bueno, espero no haber ofendido a ningún creyente, sacerdote, sacerdotisa, monagillo, beata o beato. Soy ateo pero yo también quiero ir al cielo. Ocurre sin embargo que allí la Bella y la Bestia ocupan tanto espacio que apenas dejan sitio para nadie. Habría que desalojarlos para que el lugar fuera un lugar habitable. Quisiera una crítica que me ayudase a expulsarlos. Non serviam ¿Recuerdan a Satanás? Lo desterraron del cielo. Non serviam. Muchas gracias.

(*) Martín López Navia. “Campo de batalla”. Edit Furafumos. Lugo 1986.

(*) Rosenblatt, L, “Writing and reading: The transactional theory”. Illinois Unv. 1988.

(*) Hordelin.

La cuarta parte del texto, aquí.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas) · Políticas culturales

1 response so far ↓

  • 1 Zubi // Abr. 23, 2008 at 15:08 pm

    Este blog es más aburrido que una película de Lolita Torres. Desde que tiene publicidad paga el propietario parece forzado a llenarlo de cosas como si fuera bolsa. El resultado está a la vista.

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