Hace un par de décadas, mi amigo se había ido a Nueva York para ver si mejoraba su situación económica. Del exilio al reino, se casó al tiempo con una americana convenientemente bella y un poco crédula. Un día, Eleanor llegó a la casa conmpletamente shockeada, conmovida: en la Quinta Avenida, una gitana le había leído las manos y le había contado grandes verdades de su pasado y profetizado cosas tremendas y hermosas acerca de su futuro. Para divertirse un rato, o tal vez invadido por un repentino afan didáctico, mi amigo le dijo que la quiromancia no era un saber sino una superchería, o cuanto menos una simplificación. Que la vida era mucho más complicada y difícil de interpretar que lo que permitían suponer las líneas de las manos. Por eso, él, en la India, había aprendido con gurúes y chamanes (no le importaban las precisiones culturales y geográficas, ella era muy estúpida) el arte de la vaginomancia. “¿Cómo? ¿Vos podrías adivinarme todo a mí?”, preguntó Eleanor. “Claro”, dijo él, “a vos y a cualquiera”.
Obviamente, el secreto del truco gitano se reduce a capturar en el aire los indicios que proporciona el propio sujeto sometido a la adivinación, así que, para mi amigo, tener a su propia esposa desnuda y expuesta frente a él, con las piernas abiertas, volvía todo un juego tan arriesgado como divertido.
Mi amigo desempeñó su farsa afectando aires rituales, soltó algunas preguntas y, obviamente, su mujer dejó hablar a su inconsciente (o lo que fuera que ocupaba ese lugar) como nunca lo había hecho antes. Y mal no debe haber funcionado esa pantomima porque Eleanor difundió las virtudes hermenéuticas de su marido entre el círculo de sus relaciones y, al cabo de un mes, las amigas estaban haciendo cola para ser vaginomantizadas.
Pero lo más interesante de todo es que, ante el misterio de aquellos pórticos develados, mi amigo tuvo algo de su propia medicina. Efectivamente, mirado de cerca, en su complejidad y arborescencia, hasta la piel es un misterio de relaciones interminables de la que se puede hablar infinitamente.
La anécdota puede ser cierta o falsa; la perfección e incompletud de su diseño permite suponer que fue inventada, pero en este asfixiado presente aporta una agradable representación de las perplejidades, mistificaciones y encantadores abismos que a veces nos regala la literatura.
(Guebel publicó este texto en el espacio de la columna del editor del suplemento de Cultura de Perfil el domingo 8 de junio. Ayer fue su último día en el diario. Lo vamos a extrañar).
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