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Recuerdos de un baile violento en tierras de García Márquez

junio 2nd, 2012 · 3 Comments

El viaje había comenzado bien. Quizá demasiado bien. La semana en que estuve a punto de ser asesinado (la única vez en la que sentí la inminencia física de la propia muerte, y era una muerte violenta) había empezado de manera inmejorable. Estaba en Cartagena de Indias, Colombia, para cursar un taller de periodismo. En pocas horas había hecho algunos amigos, había conocido a Alma Guillermoprieto, nuestra profesora, y al tercer día, en medio de una clase, nos había interrumpido el escritor Gabriel García Márquez, de visita en la ciudad, con quien compartimos toda la tarde y festejamos su cumpleaños número 79. Lo dicho: aquel enero de 2006 nos trataba bien, incluso demasiado bien, a mí y a mis once compañeros, periodistas de distintos países de América Latina. Pero Cartagena nos tenía preparada una sorpresa. O me la tenía preparada a mí, y yo arrastré de manera inconsciente a los demás a una peligrosa trampa. Sólo que íbamos a tener que esperar a nuestra última noche para saber de qué se trataba.

La idea era que cada uno de nosotros eligiera un tema relacionado con la ciudad, lo investigara durante la semana del taller y escribiera un texto que sería leído el último día. No conocía Cartagena, así que salí a la calle. Me topé con la sorprendente sabiduría del rebusque. Los locutorios humanos: hombres con chalecos reflectantes naranja inscriptos con la palabra “teléfono”, que alquilaban sus celulares a los paseantes. Las peligrosas (pero efectivas para el caótico tránsito de Cartagena) mototaxis. Fue allí donde escuché por primera vez, en un boliche del centro, ese eco infernal llamado reggaetón, y les aseguré a mis compañeros de viaje que la Argentina era un país rockero, que esa música jamás podría llegar a Buenos Aires. Alguien me comentó, finalmente, que el ritmo de moda en Cartagena era la champeta (una especie de cumbia villera local), y lo que me decidió fue saber cómo se bailaba: hombre y mujer unidos por la pelvis, en una puesta en escena de cópula pública, con pasos bautizados como “la borracha”, “la baldosa” y “la camita”.

En los días siguientes me junté con músicos, productores, cantantes: los champeteros. A principios de 2006 no existía la conexión a Internet en celulares, y páginas como Youtube recién empezaban a ser conocidas, así que las investigaciones se hacían en la calle. Tomé mototaxis manejadas por conductores suicidas, pasé una tarde en el mercado de Bazurto, donde se vendía buena parte de la mercadería informal de la ciudad. Fui a archivos y bibliotecas, y leí todo lo que pude. La champeta es un género musical que tomó cierta relevancia en los años 70 en Cartagena y se diseminó con fuerza a partir de los 80, alcanzando su mayor difusión con el nuevo siglo. El origen de su nombre proviene de la palabra “champetudo”: así se llamaba en la ciudad a los habitantes de los barrios bajos, que solían portar “champeta”, es decir, un facón de dimensiones considerables. Tomando bases de la salsa, pero sobre todo de ritmos africanos, se crearon canciones que la gente comenzó a bailar en las plazas del barrio alrededor de grandes altoparlantes llamados “picós”. Con el tiempo, las letras de las canciones evolucionaron en dos sentidos: el romántico y el gangsteril. Existían historias recientes de champeteros asesinados, pero lo que a mí más me interesaba era trazar una analogía con la cumbia villera argentina, ya que para entonces la champeta era un ritmo asimilado, que podía disfrutarse sin escándalo en las fiestas de quince de las chicas de la alta sociedad cartagenera.

Tenía toda la información para sentarme a escribir, salvo por un detalle: todavía no había podido ver cómo se bailaba la champeta. Las fiestas se hacían en barrios alejados y peligrosos, una sola vez a la semana. Un productor, primo de un músico, me comentó que durante la que sería nuestra última noche en la ciudad, en un lugar de las afueras llamado Paloquemao, se organizaría un baile. Se lo comenté a mis compañeros con timidez, mientras tomábamos un trago de despedida en un bar  ubicado sobre la muralla que rodea a Cartagena, con el Mar Caribe de fondo. No sé si por genuina curiosidad, o envalentonados por el alcohol, todos ellos (y las dos chicas colombianas que hacían de anfitrionas) decidieron acompañarme.

El primer problema fue conseguir un taxi. Nadie sabía dónde quedaba Paloquemao, y los pocos que en apariencia tenían idea se negaban a hacer el viaje. Nos miraban como si fuéramos locos y decían que no. Después de un largo rato un taxista se apiadó de nosotros. Eramos diez, así que le dijo a otro auto que lo siguiera. Las luces de la ciudad desaparecieron rápido y entramos en un terreno de sombras. Perdimos toda referencia. El taxista nos preguntó si estábamos seguros de a dónde íbamos. “No es un lugar para turistas”, agregó. Nosotros respondimos, envalentonados, que éramos periodistas y que íbamos en busca del rey de la champeta. Mis amigos Ana María Sanhueza y Alex Ayala se reían por lo bajo. Al llegar a un cruce de avenidas el taxista se detuvo y nos dio una tarjeta: “Cuando salgan, llamen a este número. Ni se les ocurra caminar para un lado ni para el otro”. Sin que pudiéramos contestar, puso marcha atrás e hizo unos cien metros en reversa, a toda velocidad. Frenó de repente, dijo “es acá”, y volvió a arrancar.

Nos encontramos frente a una construcción precaria de cemento de la que salía algo de música. Fuera del lugar merodeaban cuatro o cinco personas. Me acerqué a un pequeño agujero hecho en una de las paredes, atravesado por tres barras de hierro, y pagué la entrada. Me palparon los testículos. Puse un pie adentro y fue como si me zambullera en el mar: una ola de calor y humedad me mojó entero. En la oscuridad, pude ver cómo las paredes rezumaban chorros de agua. El aire era sofocante. Quedé ciego. Los vidrios de los anteojos se me empañaron, y desde entonces fue inútil que intentara limpiarlos. Me los saqué. La música hacía temblar el lugar con golpes de bajo y ruido a lata. Noté que mis compañeros se dispersaban. Le pedí a Alex que me acompañara al fondo del local a buscar a mi contacto. Llegué hasta donde creí ver unos equipos de música. Pregunté por el nombre que me habían dado y un mulato enorme me dijo que pasara por debajo de unos tablones. El sonido del lugar se alimentaba, a través de unos gruesos cables, de una batería de automóvil. Traté de explicarle qué hacía ahí. No creo que me haya entendido. De manera repentina e inexplicable, me dio un micrófono y me dijo que saludara al público. Hizo algo con la mano y la música desapareció. Yo quedé petrificado y debo haber dicho “Buenas noches, Cartagena”, o algo así. El silencio que hubo fue atronador. Nadie se movió. “Hazlo de nuevo”, me dijo. Lo volví a intentar. Nada, salvo miradas torvas.

Agradecí avergonzado y rogué que volviera a poner música. Pasé del otro lado: quería ver cómo se bailaba la champeta. Pero sin anteojos, entre la oscuridad, la humedad, el calor, el ruido y el humo no podía ver casi nada. Todos mis compañeros habían desaparecido, salvo Alex. Las chicas no estaban por ningún lado. Con dificultad, noté que el salón estaba copado por dos grandes bandas. Como enfrentados, se ubicaban a un lado y a otro del lugar. En el medio de cada grupo, los que parecían los jefes. Sólo ellos dos tomaban whisky en vasos de plástico, que alguien les servía directamente de una botella. El resto bebía cerveza en lata. De repente las vi: mis amigas hacían como que bailaban, aprisionadas contra las paredes, los champeteros refregando sus cuerpos contra ellas. Otro de mis compañeros, el mexicano, un poco borracho, iba de un lado a otro de la pista como un trompo, impulsado por los codazos y los empujones que un grupo se divertía en darle. Creo que él no se daba cuenta de nada. Sin ningún anuncio, a mi lado, alguien saltó al cuello de Alex y lo agarró por la cabeza. Pareció que iba a golpearlo, pero empezó a gritarle al oído. La cara de mi amigo se transformó.

La muerte repentina debe tener sus ventajas: uno no termina de entender qué fue ese ruido, ese golpe, ese desacomodarse de las cosas, que ya dejó de existir. No puedo imaginar el sufrimiento de las personas enfermas que sufren largas agonías. En cambio una bala perdida, un choque feroz, un fulminante accidente cerebrovascular le roban a la muerte todo lo que tiene de temible: la consciencia de su amenaza permanente. El hombre dejó a Alex y saltó sobre mí. Me tomó del cuello. No sólo tuve la certeza de que iba a morir, también supe cómo: sentí el golpe de una mano incrustar un filo en mi espalda, el fuego rápido, el dolor agudo. Imaginé mi cadáver y me pregunté qué es lo que hacía ahí, en ese lugar desconocido, tan lejos de mi casa. Fui consciente todo el tiempo y esperé el contacto. En su lugar, escuché que me gritaba por sobre la música: “¿Qué es lo que hacen acá?”. No lo entendí. ¿Seguía vivo? ¿Estaba delirando? Sólo quería terminar rápido con todo. Respondí cualquier cosa: “Rey de la champeta. Una investigación. Soy periodista”. Las palabras no tenían coherencia pero a él parecieron decirle algo. Entonces lo escuché, perentorio: “Todos ustedes tienen que irse, ya mismo. Si no se van ahora, no puedo asegurarles nada”.

Me convertí en un autómata. Busqué a mis compañeros, los sacudí, les grité que debíamos salir. La música atronaba. ¿Qué cara tenía esa persona que me salvó la vida? La gente nos miraba con desprecio. ¿Lo reconocería en la calle si volviera a verlo? Los iba sacando, pero no encontraba a las chicas colombianas. ¿Contará la anécdota de la noche en que le salvó la vida a un grupo de periodistas perdidos? Al salir, las vi paradas a unos metros de la puerta, encogidas del terror, que les brillaba pálido en la piel. Ahora había que llamar al taxi. La gente comenzó a salir del lugar. De a poco se acercaban a nosotros, nos estudiaban. Recordé la orden de no alejarnos. Los faroles de la calle me iluminaban: mi ropa, mis zapatillas, todo me delataba. Debía verme como un extranjero estúpido en busca de excitación. ¿Y acaso no lo era? El taxista atendió. Cuando los autos llegaron, en minutos, nos tiramos adentro y pedimos, rogamos, imploramos: “A la ciudad amurallada”.

El conductor nos contó que tiempo atrás, en ese mismo lugar, habían matado a un conocido jugador de fútbol por una pelea entre bandas. Cuando llegamos al hotel, nadie fue a su habitación. Reconstruimos la noche en la terraza, bebiendo todos juntos. Yo todavía temblaba. Al día siguiente, después de dormir unas pocas horas, me tocaba leer mi relato sobre la champeta. Pero no había podido escribir una sola línea.

(Publicado en la sección Mundos íntimos del diario Clarín).

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Los nuevos desafíos de la edición independiente

abril 4th, 2011 · 1 Comment

A partir de 2001 las editoriales pequeñas y medianas publicaron mucho de lo mejor que pudo leerse en la Argentina, aprovechando el vacío dejado por las multinacionales para nutrir a los lectores más exigentes. Pero ni el fenómeno es tan nuevo, ni todas las editoriales denominadas así son, en verdad, tan independientes.

Por Maximiliano Tomas

El pasado 20 de febrero el diario chileno El Mercurio publicó una nota titulada “Reportaje en hipanoamérica: las editoriales independientes se toman el panorama narrativo”. En el artículo se entrevistaba a editores jóvenes y a escritores consagrados (publicados por aquellos editores jóvenes) para hablar sobre el desarrollo y la multiplicación de pequeños sellos en Perú, Chile, Uruguay, México y la Argentina. Notas muy parecidas a esta vienen siendo publicadas desde hace por lo menos cinco años en diarios y revistas de la Argentina y España, en las que por lo general (y muchas veces con no poca razón) se trata de exaltar las virtudes de este tipo de editoriales que, con escasos medios económicos y casi nulos recursos humanos, vienen ofreciendo lo mejor que puede leerse en materia de ensayo, poesía y narrativa. Editoriales pequeñas y medianas que ocuparon en la última década el vacío dejado por los grandes sellos que, en busca de altos márgenes de rentabilidad (producto de su pertenencia a conglomerados multinacionales), se desentendieron del público lector y se dedicaron a fabricar libros en serie orientados a las grandes ventas.

Pero a decir verdad, ni el de la edición independiente es un fenómeno tan nuevo (aunque en los últimos diez años haya logrado consolidar su prestigio y alcanzar una notoria visibilidad), ni todas las editoriales llamadas así deberían ser consideradas verdaderamente independientes. El tema, tan central como polémico, llegó incluso a ser discutido hace dos semanas en la última Feria del Libro de París, en el stand montado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Pero vayamos por partes. ¿Qué quiere decir independiente, cuando hablamos de una empresa o de un grupo de personas que fabrican, distribuyen y comercializan libros? ¿Independiente de qué, o de quién? Actualmente, se considera a una editorial como independiente cuando se ubica al margen o en contra de las intenciones y búsquedas de los grandes grupos. Se suele llamar independientes, también, a los editores que se desentienden tanto del gusto del consumidor de libros promedio (si es que algo por el estilo existe) como de la demanda del mercado de lectores, intentando formar, al mismo tiempo, un público y un nuevo gusto. Y se habla de independencia, en otros casos, cuando existen editoriales que construyen sus catálogos con medios reducidos, y sin la ayuda financiera de ninguna institución privada u organismo político. Tres maneras, entonces, de ser independientes: moral, financiera y estéticamente.

Todo es historia. Pero para llegar a lo que algunos se refieren como el fenómeno de la edición independiente en la Argentina (que en verdad comenzó a principios de los años 90 y se consolidó entre 2001 y 2008) habría que hacer un breve repaso por la historia de la edición en la Argentina. Para eso existe un libro fundamental, compilado por José Luis de Diego y titulado Editores y políticas editoriales en la Argentina, 1880-2000.

De Diego se refiere allí al período comprendido entre 1938 y 1955 como la “época de oro” de la industria, momento en el que nacen las casas editoras que construirán con el tiempo una trayectoria, y relaciona este hecho con el desembarco de empresarios y editores españoles que escapaban o se exiliaban del franquismo durante o después de la Guerra Civil Española. Las fechas, en este sentido, son elocuentes: en 1937 se fundan en la Argentina Espasa Calpe y Hachette; en 1938, Losada y Sudamericana; en 1939, Emecé y Santiago Rueda; en 1945, Paidós, y en 1946, Aguilar. Estos emprendimientos pudieron aprovechar una coyuntura económica favorable e hicieron de Buenos Aires el mayor centro editor de habla hispana junto a México, ya que al mismo tiempo que proveían libros al mercado interno exportaban alrededor del 40 por ciento de su producción (el 80 por ciento de los volúmenes que recibía España por entonces llegaba desde la Argentina).

Más tarde, en la que De Diego llama la “época de consolidación del mercado interno”, se fundan casas editoras más tarde emblemáticas como Eudeba (1958), Jorge Alvarez (1963), De la Flor (1966), Centro Editor de América Latina (1967) y Corregidor (1970). Para este momento, las tiradas se contaban en decenas de miles de ejemplares, y abastecían también al ámbito universitario y a una clase media profesional en expansión. El desarrollo industrial pudo acompañar (o convivir) con el surgimiento y la proyección del llamado “Boom de la literatura latinoamericana” (en 1967, como se sabe, Sudamericana publica la primera edición de Cien años de soledad).

Todo eso se termina, como sucediera en otros ámbitos, con el golpe de Estado de 1976. La censura, los asesinatos, la violencia política y también la crisis económica iniciada por la dictadura (y que se extenderá hasta fines de los años 80) fracturaron tanto a la sociedad civil como a la industria del libro.

Con la democracia, a partir de 1983, hay un primer tímido surgimiento de la edición independiente. Sellos como Folios, Ada Korn, Per Abbat y Torres Agüero dan cabida a los libros que no habían podido ser publicados a lo largo de siete años de silencio. Pero los altos costos de los insumos y la inexistencia de créditos hacían, ya en esa época, que fuera más barato producir libros en Brasil o Chile. Además, desde 1975, con la caída de Franco, el mercado español había empezado a sustituir la importación de libros argentinos.

Ya en los 90, mientras el sistema democrático se afianza, la política económica neoliberal de los gobiernos de Carlos Menem empuja a la industria del libro a una rápida concentración empresarial. Al mismo tiempo, se alcanzan niveles inéditos de producción y venta de ejemplares (son los tiempos de investigaciones periodísticas publicadas en formato de libro, y de las colecciones que se venden junto a diarios y revistas), gracias a la posibilidad de importar nueva tecnología o al abaratamiento de precios causado por el alto valor de la moneda argentina. Así es que entre 1997 y 2000, casi todas las editoriales históricas e influyentes de la Argentina son compradas por grupos extranjeros: Random House se queda con Sudamericana, Planeta con Emecé, Ediciones B con Vergara (además, el Grupo Prisa desembarca con Alfaguara y también sienta sus bases el Grupo Norma). Sólo entre ellos se repartían el 75 por ciento del mercado.

Al buscar la alta rentabilidad a cualquier costo, estas empresas comienzan a editar una mayor cantidad de títulos, y la calidad pasa a ser una preocupación secundaria. Es el comienzo de un largo proceso de degradación que llega hasta nuestros días. Dentro del terreno de la literatura, las apuestas por autores nuevos o jóvenes son prácticamente inexistentes. La intención es, más que construir, administrar viejos catálogos. Así, sólo se editan y reeditan autores clásicos o consagrados (Borges, Cortázar, García Márquez, Soriano), ya que el interés es vender mucho y rápido. La ficción va cediendo terreno a los instant books y a los libros especializados y de segmentación de mercado (de los horóscopos a los de cocina), mientras la literatura se convierte en excepción. Así, la ficción nacional y extranjera quedará a la deriva. O, en el mejor de los casos, en manos de editoriales medianas.

Cambio de hábitos. Fue entonces cuando se hizo realidad el extraño fenómeno de una industria editorial que decidió prescindir de los editores. La pesadilla de André Schiffrin y su ensayo La edición sin editores fue, desde entonces, la norma. Los grandes grupos se desprendieron de los profesionales de carrera y los escritores que dirigían sus colecciones, y comenzaron a poblar sus puestos de mando con ejecutivos o especialistas provenientes del marketing y la publicidad, de áreas comerciales y, en el mejor de los casos, con periodistas. Por todas estas razones (es decir, para hacer frente a un mercado del libro cada vez más aburrido y conservador) es que, a principios de los 90, surgió un primer grupo de editoriales independientes, muchas de ellas fundadas en ciudades del interior del país. Beatriz Viterbo comenzó a editar en 1990, Paradiso y Bajo la Luna en 1992, Simurg y Vox en 1995, Adriana Hidalgo en 1999. Todas ellas siguen funcionando en la actualidad (a pesar de los contextos económicos adversos), aunque algunas hayan pervertido parte de sus catálogos funcionando, en ocasiones, como vanity press (es decir, cobrándoles a los autores por publicar en su catálogo).

Con la crisis de 2001, y el cambio de modelo económico y de paradigmas sociales, aparecerá la segunda oleada de editoriales independientes, que son las que, junto a las demás, dan cabida a mucho de lo mejor que se ha publicado en la Argentina en los últimos diez años: Santiago Arcos e Interzona en 2002, El Cuenco de Plata en 2003, Entropía en 2004, Mansalva y Caja Negra en 2005, Eterna Cadencia en 2008 y La Bestia Equilátera en 2009.

En un pasaje de la nota de El Mercurio, el editor español Julián Rodríguez, director del sello Periférica, menciona algunos de los factores que han ayudado al surgimiento de este tipo de editoriales en España: “El abaratamiento en algunos costos materiales de la edición (imprenta, transporte), las nuevas tecnologías (Internet, Skype, programas de software para diseño), e incluso la aparición de compañías aéreas de bajo costo”. Lo mismo sucede en la Argentina.

En una entrevista reciente para la revista Crisis, Constantino Bértolo, otro editor español (del sello Caballo de Troya, que pertenece a Random House) volvía sobre el mismo fenómeno, pero marcaba algunas diferencias entre lo que sucede en el centro actual de la edición en lengua castellana (España) y la periferia (Latinoamérica): “En la Argentina, Chile, Ecuador, Perú, Colombia o México estas editoriales independientes se vuelcan hacia nuevos autores y propuestas. Pero en España sus catálogos se orientan, con pocas excepciones, hacia una política editorial basada en la reedición o la traducción de literaturas ya homologadas. Lo singular del fenómeno español es que las editoriales independientes se mueven dentro de un imaginario literario conservador. Sobre ese fondo irrumpe una constelación de pequeñas editoriales independientes, que producen, sin escrúpulos, en y para el mercado y dentro de la lógica de la rentabilidad. Lo que significa que sus planteamientos, más allá de tácticas diferentes, están presididos por una misma estrategia: vender su producción en el mismo mercado que venden las multinacionales”.

¿Es realmente tan distinto lo que sucede hoy en la Argentina? Hay diferencias: algunos sellos locales tratan de organizarse, arman ferias de venta al margen de la industria, y además cuentan con un naciente mercado de librerías pequeñas o de autor que prefieren exhibir sus productos antes que los de los grandes sellos. Al mismo tiempo, la calidad de buena parte de los libros producidos en el país es superior a la del resto de América. Pero en el otro arco del fenómeno, ya sea por dificultades financieras, falta de profesionalismo, desconocimiento del oficio o ausencia de verdadera vocación, hay sellos que al tiempo que hacen de la independencia su leit motiv, en verdad se financian de formas discutibles (ya sea como vanity press o a través de subsidios oficiales), tienen serios problemas de distribución (sus títulos no se encuentran), descuidan la calidad de producción, y ahorran costos (no corrigen textos, adoptan diseños amateurs y no pagan adelantos por derechos de autor). Así, mientras algunos sellos se destacan por lo cuidado de sus ediciones, otros venden libros llenos de errores o fabricados con materiales no durables, con su “independencia” como mera excusa.

Por otra parte, se sabe que su público puede ser fiel y hasta en cierta medida cautivo, pero no deja de significar una pequeña porción del mercado. Las tiradas de estos sellos suelen ir de 500 a 2.000 ejemplares, y muy pocas veces logran agotarlas. Lo que hace a estas editoriales difícilmente sustentables a largo plazo, en caso de que no haya un inversor o capitalista sólido detrás. Algunas de ellas están buscando la solución en el exterior, y tratan de empezar a exportar sus títulos, preferentemente a España, aunque los trámites burocráticos son, por el momento, más que engorrosos.

Para peor, las cosas empiezan a cambiar. Las agresivas políticas de venta de los grandes grupos y la inflación sostenida de los últimos años dispararon los precios de los insumos y empujaron los precios de los libros. Ya no es tan barato fabricar (no alcanza con juntarse con un grupo de amigos y autofinanciarse). Hay pocos títulos en la Argentina de hoy que se vendan por debajo de la barrera de los 60 pesos. Los sellos independientes, que protagonizaron una necesaria expansión durante la década pasada, se enfrentan hoy a nuevos desafíos: cómo ser atractivos y competitivos en un mercado difícil, donde los materiales se encarecieron, las librerías se quedan con altos porcentajes del precio de venta (entre el 35 y el 50 por ciento) y los lectores cuentan con un poder adquisitivo mermado. La pregunta es cómo sobrevivir, sin echar mano a las soluciones rápidas: cobrar a los autores y ahorrar en producción.

Y esto es sólo el comienzo. Porque la digitalización de textos y la comercialización de libros y lectores digitales que están revolucionando el mercado editorial afectan a los grupos pero también golpearán, en algún momento, a los verdaderos proyectos independientes. Ya no existen seguridades ni cheques en blanco en el mundo del libro.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Cómo ganarle a Alemania y no morir en el intento

noviembre 29th, 2010 · 4 Comments

Por Maximiliano Tomas

Hace un año no llevaba una cicatriz de cinco centímetros arriba del ojo izquierdo. Hace un año, el quinto metatarsiano de mi pie izquierdo estaba intacto, sólido y calcificado, y no evidenciaba las secuelas de una fractura reciente. Hasta hace un año no conocía el ruido a astilla que hace un hueso al quebrarse por desgarramiento, no sabía lo que era que me doliera todo el cuerpo ni tenía la muñeca izquierda fisurada, ni un pequeño desgarro en el muslo de la pierna derecha. Pero hace un año no integraba la selección de fútbol de escritores argentinos y, les puedo asegurar, aunque estaba un poco más entero, era mucho menos feliz.

En noviembre del año pasado el actor, director y dramaturgo Rafael Spregelburd me llamó por teléfono y me dijo: “Me acaban de hacer la invitación más extraña que escuché en mi vida. Y yo acepté. Así que ahora me tenés que ayudar“. Como la Argentina iba a ser el país invitado de honor de la Feria del Libro de Frankfurt en 2010, a la Federación Alemana de Fútbol se le había ocurrido organizar un partido entre las selecciones de escritores de los dos países. Alemania, Italia, Suecia y Turquía, entre otros, juegan desde hace un buen tiempo una liga mundial de fútbol de escritores. El detalle es que la Argentina no tenía un equipo similar, y Spregelburd me llamaba desesperado porque sabía que tengo amigos cuentistas y novelistas pero, sobre todo, porque suelo jugar al fútbol con algunos de ellos una o dos veces por semana. Así comenzó la larga y sinuosa historia del Combinado Argentino de Dramaturgos (CAD), un conjunto que reúne a escritores, editores, periodistas, críticos, dramaturgos y cineastas, y que entre el 5 y el 8 de octubre disputó sus (hasta ahora) dos únicos encuentros internacionales. Y que, a diferencia de la selección mayor argentina en Sudáfrica, no sólo no fue goleada por Alemania sino que la venció en su propio terreno, y se tomó el avión de regreso a Sudamérica sin derrotas y hasta con la valla invicta.

Lo que siguió al inusual llamado telefónico fue una convocatoria general, y unos cuantos meses de entrenamiento: dos días por semana, en un enorme y descuidado parque municipal de la Ciudad de Buenos Aires, una veintena de cuerpos (con entre tres y cinco décadas en su haber) acostumbrados al trabajo intelectual pero no a los rigores de la competición física, sudaron, gritaron, discutieron, se insultaron, se golpearon, se lesionaron e ilusionaron con viajar a enfrentar el 8 de octubre de 2010 al equipo alemán, que ostenta el título de último campeón de europa de la liga de escritores. Pero antes surgió un nuevo desafío para el CAD. En abril de 2009 Alessandro Baricco, el autor de Seda, pasó por la Feria del libro de Buenos Aires y se enteró, a través del escritor (y portero) Guillermo Piro, de la existencia del flamante seleccionado argentino. Baricco suele llevar la camiseta número 10 en el equipo italiano, llamado Osvaldo Soriano Fútbol Club (en honor al escritor argentino), y dijo que se iba a sentir sumamente ofendido si el CAD no hacía, antes del encuentro en Frankfurt, una parada técnica en Roma.

Así fue como el último 3 de octubre diecisiete jugadores (entre ellos Spregelburd, Bernardo Cappa, Agustín Mendilaharzu, Lucas Oliveira, Alejo Moguillansky, Joaquín Bonet, Santiago Gobernori, Matías Feldman, Federico León) y un director técnico (el ex goleador de Boca Juniors Alfredo Graciani) abordaron en Ezeiza un Boeing 777 de Alitalia para jugar no uno sino dos partidos: el 5 en Roma y el 8 en Frankfurt. Hay que decir que, al menos en apariencia, no todo era fútbol: en Italia las delegaciones tenían previsto participar de jornadas de discusión y reflexión sobre la producción literaria, teatral, editorial y cinematográfica actual de ambos países; y para la Feria de Frankfurt, los jugadores argentinos y alemanes escribieron un libro en conjunto, con edición bilingüe, una serie de ensayos, poemas y relatos sobre fútbol editado por Eloísa Cartonera en Buenos Aires, y que lleva por título Resto del mundo. Una buena manera de maquillar lo que a todos desvelaba en realidad: el devenir y el destino de un cuerpo esférico hecho de goma, inflado de aire y revestido de cuero llamado, de acuerdo a las latitudes que uno habite, pelota, balón, ball, pallone o fuβball.

El partido en Roma fue tal cual podía esperarse de acuerdo a la tradición futbolística italiana y argentina: duro, peleado, exigido, poco vistoso y bastante brutal. No faltaron los reclamos, los gritos, los insultos, los golpes, que se desvanecieron con el pitazo final y se olvidaron en la cena posterior. Un 0 a 0 con predominio argentino pero que dejó a los dos equipos conformes. Aunque el partido en Frankfurt iba a ser otra historia. No por nada los alemanes habían invertido varias decenas de miles de euros en la invitación. Al final de la cena de la primera noche (en la cual el equipo argentino se entregó, de manera desenfrenada, a un bacanal hipercalórico de carnes, legumbres, alcohol y cigarrillos), el portero alemán, Albert Ostermeier, confesó las verdaderas intenciones de su equipo por lo bajo: “Ya somos campeones de Europa. Queríamos invitarlos para ganarles a ustedes y, así, ser los campeones del mundo“.

Y lo decían en serio. A las tres de la tarde del día 8, en el Stadion am Brentanobad, bajo un sol radiante, flameaban banderas argentinas y alemanas, un relator daba las formaciones de los equipos por los altoparlantes, y luego de la salida a un campo de juego impecable (el más cuidado y verde que los pies amateurs de los argentinos hayan pisado jamás) sonaron los himnos nacionales, y las cámaras de la televisión alemana y la agencia Getty registraron la antesala de lo que unos pensaban sería la prolongación del 4 a 0 de junio, mientras los otros once sólo podían articular una sola palabra: venganza. No demoraremos el desenlace. Los alemanes pusieron el estado físico y el método, los argentinos la pasión y la inteligencia práctica. Fue un 1 a 0 épico y vibrante para Argentina. El presidente de la Federación Alemana de Fútbol, Dettmar Cramer, dijo después que cuando nos vio entrar a la cancha supo al instante que íbamos a ganar. Lo que no imaginaba es que nosotros hubiéramos firmado el empate antes de empezar, intimidados por el índice de masa corporal y la altura promedio de los alemanes, dos o tres veces superior a la nuestra.

Ganar es fascista, me dijo alguna vez la crítica literaria Beatriz Sarlo. Creo entender el significado de la afirmación: de la victoria no se saca nada, es un acto puro. Desde la derrota se puede construir, proyectar, aprender, mejorar: el fracaso templa y enseña. Lo entiendo, sí. Pero qué lindo es ganar de vez en cuando.

(Publicado en el suplemento Culturas del diario La Vanguardia -Barcelona, España- el 24 de noviembre de 201o).

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Entrevista con Alan Pauls

octubre 6th, 2010 · 5 Comments

Salió un nuevo número de La Tempestad, esa revista mexicana tan bien diseñada que ni siquiera mis textos logran afearla.

Acá abajo, pego la entrevista completa con Alan Pauls.

por Maximiliano Tomas

En la planta baja del edificio donde Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) escribe y lee todos los días, frente al Jardín Botánico de la ciudad, hay una placa que dice que allí vivió sus últimos años Macedonio Fernández, el único escritor que Jorge Luis Borges reconocía como su maestro. Pauls, autor de novelas como Wasabi, El coloquio, El pasado (Premio Herralde 2003), también es autor de ensayos. El más importante, tal vez, se titula precisamente El factor Borges. En el mundo de la literatura, como se ve, no existen las casualidades.

Pauls es uno de los prosistas más notables de la literatura argentina actual, literatura pródiga en prosistas. Luego de la enorme difusión que tuvo El pasado (llevada al cine por Héctor Babenco), tour de force en el que trabajó cinco años, Pauls comenzó una trilogía en la que revisa lateralmente la historia de pasión, libido y sangre compuesta por los vaivenes de la militancia guerrillera argentina a comienzos de la década del 70, que terminaría aplastada por la dictadura militar con un saldo de 30 mil muertos y desaparecidos.

Lo hace, queda dicho, desde una posición descentrada, con la memoria como eje central, a través de una suerte de ascesis radical de la trama: fraseología y estilo. Luego de Historia del llanto, que establecía el programa de lo que vendría, acaba de aparecer la segunda parte del proyecto, Historia del pelo, y Pauls acaba de comenzar el último tomo, que se llamará Historia del dinero.

-¿El proyecto de esta trilogía de nouvelles funcionó como un antídoto contra la inmersión de años de escritura de El pasado?

-Este proyecto de novelas más cortas es una idea más antigua. Mis ganas estaban ahí, siempre que pensaba sobre los años 70 en la Argentina con un deseo literario. Y también me atraía la idea de volver a un formato breve, que antes practicaba con mucho placer, para cortar con esa temporalidad medio claustrofóbica de escribir una novela tan obsesiva como El pasado. Pero lo que más claro tuve en ese momento fue que quería volver a escribir literatura, textos que tuvieran el espesor de la literatura. Porque me había impresionado mucho lo que había sucedido con El pasado: lo primero que desaparece en un libro cuando tiene alguna repercusión es su condición de literatura. Queda una especie de contenido puro. La prueba más categórica de eso era cuando en las entrevistas me hacían preguntas sobre el amor. Hubo un malentendido ahí, porque todo lo que sé como escritor sobre el amor está en esa novela. No tengo ninguna competencia en el tema, no tengo ideas, soy una víctima del amor como cualquiera. Pero eso es algo medio fatal que pasa con los libros. Y me impresionó ese efecto social, porque era un libro literario, espeso, lleno de capas y planos, pero la imagen que se me devolvía del libro era como un crristal a través del que se podía ver una experiencia en bruto del amor o la pasión. Yo, que siempre fui un enemigo de la doctrina de la transparencia literaria. Así que cuando empecé a trabajar este proyecto de trilogía tenía esa idea fija en la cabeza. Volver a la literatura, atrincherarme en la literatura, que nadie pueda leer en lo que escriba otra cosa que literatura. Como un reflejo beligerante.

-Y también parece haber un vuelco a la ascesis de la trama. De hecho en Historia del pelo las alusiones políticas aparecen recién hacia el final del libro.

-Es que a mí la trama no me dice nada, y me dice menos cuando está en una posición dominante. Es lo que quería evitar a la hora de meterme con los años 70. Esa trama ya está sobreescrita, incluso por el libreto de la historia. A mí la política no me interesa como algo encarnado en una trama, porque automáticamente reparte funciones, papeles, valores, y yo busco centrifugar todo eso. De hecho estos tres libros tienen que ver más bien con la invención de una sensibilidad formada a la luz de los años 70 en la Argentina. Cómo se crea una sensibilidad, ese campo sensible donde fermenta todo, eso es lo que me interesa. Donde las categorías más específicas y consensuadas de la política se entrelazan con las pasiones más bajas, con los fantasmas más primitivos, con los peores deseos. Esa especie de caldo, porque la cultura de los años 70 es un poco eso. El modo en que hoy todavía seguimos siendo herederos de esa cultura tiene que ver con que seguimos chapoteando en una sensibilidad, en un modo de percepción. Además tenía la sensación de que en la Argentina había una especie de retorno total, no sólo de ciertas figuras políticas, sino sobre todo la idea de que se reinstalaba una sensibilidad de época a la vez extraordinariamente anacrónica y pertinente como la de la década del 70. Esa es una operación de sensibilidad política increíble de parte de los Kirchner. Haber repatriado discursos, retóricas, frases hechas, gesticulaciones, comportamientos, maneras de pensar, estilos de vestir… y que eso suene pertinente o necesario, bienvenido, es algo raro pero que no se puede dejar de reconocer.

-No le incomoda estar trabajando desde la literatura esa zona que al mismo tiempo atraviesa permanentemente el discurso político y de los medios de comunicación, es decir, del poder?

-Es que la ficción o el arte en general lo que permiten es poner eso en escena sin quedar pegado, permite trabajar con esos materiales no necesariamente como posiciones a las que hay que adherir. Por eso los libros tienen una relación rara con la coyuntura, con el presente y con los años 70. Los míos son libros en los que el héroe se pregunta todo el tiempo “¿pero yo no tendría que haber participado, estado más cerca de la acción, de los hechos?”. Y esa distancia inconsolable que tiene el héroe con respecto a la historia que vive es lo que hace que la ficción pueda operar con esos materiales sin arder con ellos.

-Cuando menciona experiencias artísticas que tienen a la militancia revolucionaria argentina como centro suele referirse a películas o documentales. ¿No tuvo en mente ninguna obra literaria?

-Es que no conozco mucho. Está lo de Guillermo Saccomanno o lo de Félix Bruzzone en Los topos, tal vez. ¿Hay otra ficción argentina sobre los años 70?

-Quizá los libros de Martín Kohan…

-Pero él trabaja sobre la dictadura. En estos libros lo que yo trabajo son como mojones, mojones muy pop, como el dulce de leche o los obeliscos de la historia política argentina (el secuestro y asesinato de Aramburu, o la caída de Allende en Chile). Esas fechas o coágulos históricos. A mí lo que me interesa de los años 70 es la primera parte de la década: la militancia, el sueño, la utopía, el delirio, el suicidio, la pasión, la intensidad, esa especie de trance. El momento en el que no podés no estar ahí adentro. Todo eso con un nivel de libido como probablemente no haya habido nunca en la historia argentina. La dictadura me interesa menos, ya está casi todo dicho. Pero alrededor de la época previa había zonas que quedaban afuera: había gente que decidía no militar, que tenía ideas políticas coincidentes con agrupaciones revolucionarias pero que no participaban del proyecto de tomar las armas.

-Como voces que no tenían relato.

-Es en ese sentido en que me interesan a mí como escritor. Me interesan esos fenómenos de participación parcial, como el héroe de estas novelas. Una especie de groupie del ERP o de Montoneros que nunca puso un pie en ellos, que tiene una distancia insalvable con esas organizaciones. Ese es el campo difuso, proteico, confuso, de lo que llamo una sensibilidad. Ese héroe no cayó, no fue preso, no desapareció, no se tuvo que exiliar, pero a la vez quedó inyectado con esa sensibilidad, y con ella sobrevivió la dictadura, creció, se formó y salió al mundo democrático. Ese itinerario es el más interesante, porque de ahí salen discursos complejos, ambivalentes, hibridos, mestizos, que no saben muy bien qué tienen que decir. Porque los militantes siempre saben lo que tienen que decir. Pero en esa franja sensible también puede interrogarse perfectamente la política y la historia argentina de los 70.

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La larga risa de todos estos años

agosto 30th, 2010 · 2 Comments

por Maximiliano Tomas

Al final, quedó demostrado, lo respetaban (lo querían) todos: incluso sus enemigos, que no eran pocos. ¿Qué diría el propio Fogwill de la tristeza unánime que atravesó esta semana, en la que escritores, editores, lectores y críticos siguen sorprendiéndose de que haya muerto, de que esa inteligencia suprema, todopoderosa e incómoda ya no vuelva a interpelarnos, a molestarnos con sus intrusiones, que se haya apagado tan de repente? Conociéndolo, seguro que se sentiría incómodo (si no fastidiado): nos mandaría a todos a leer y a escribir y a dejar de quejarnos. ¿Pero cómo? Fogwill estaba contra todos, pero también estaba en todo y con todos. Llámense por una vez a silencio los que reclaman autores con compromiso e ideas, escritores con incidencia en la realidad social y política: Fogwill era eso, una máquina de intervenir políticamente. Escribía con la misma facilidad e irreverencia sobre drogas, alcohol, aborto, homosexualidad, alta y baja política, mundo editorial, urbanismo. Donde había una llaga, él estaba listo para ir y meter no el dedo: el brazo. Porque si Fogwill fue, con algunas decenas de cuentos, un puñado de novelas, y unos pocos poemas uno de los escritores más influyentes de la literatura argentina de las últimas décadas, fue también, sin dudas, un intelectual. El intelectual incómodo.

Lo conocí personalmente hace cinco años (porque tuve la suerte de empezar a leerlo mucho antes, cuando encontré uno de sus primeros libros, Música japonesa, en la biblioteca de mis padres), pero fue hace tres, una noche en la puerta del Centro Cultural Rojas, cuando lo invité a escribir semanalmente en este diario, sabiendo que me iba a decir que no, o que me pediría una suma de dinero exorbitante por hacerlo (la forma más elegante e inapelable de negarse). Pero dijo que sí. Y a pesar de las bromas que nos hacíamos cada tanto con Guillermo Piro, encargado de coordinar las páginas donde Fogwill colaboraba (¿cuándo va a renunciarnos de nuevo? ¿cuánto tiempo pasará hasta que se aburra y abandone?), y de haber amenazado con dejar de hacerlo varias veces, lo cierto es que el desafío de intervenir públicamente lo seguía entusiasmando, como quedó claro con la serie que inauguró con su última columna, en donde anunciaba que se dedicaría a ventilar las miserias del mundo editorial. Desde su muerte, unos cuantos hipócritas suspiran con alivio (ahora recuerdo esa noche, cuando me agarró del brazo a la salida de un importante premio literario cuya ceremonia había interrumpido al grito de “Esto es un fraude, una vergüenza”, y me dijo, mirando las paredes y las puertas, y lo decía en serio: “Tomás, ¿por qué no vamos y rompemos todos los vidrios?”).

Unos pocos respiran aliviados, sí, pero como quedó demostrado en su velorio, el sábado pasado en la Biblioteca Nacional, son muchos más los que van a extrañarlo, los que no pueden soportan siquiera la idea de no volver a escuchar su voz (“Fogwill habla”, decía, grave y seco, cada vez que llamaba por teléfono para comentar un libro que había leído, un autor que había descubierto, una noticia o un artículo que lo indignaba).

Como autor, Fogwill nos enseñó a escribir y a pensar (y a pensar escribiendo). “Escribo para que no me escriban”, “la literatura no cuenta historias, inventa maneras de contar historias”, son algunas de las miles de frases con las que definía a la literatura y a su propia biografía, esos universos tan imbricados. Como escritor, nos deja una forma de leer, de hacer respirar (y de ser respirados por) un texto. Y también: su manera de incorporar a la literatura marcas de época, el atípico uso de los dos puntos, su sintaxis sobresaltada, su facilidad para narrar las alucinaciones de una mente bajo los efectos de las drogas o las escenas de sexo explícitas. ¿Cómo olvidar a esa muchacha punk y ese comienzo donde en diciembre de 1978 el narrador y ella hicieron el amor? ¿Cómo olvidar a los pichiciegos en sus trincheras subterráneas, o aquella novela oral con la que Fogwill le extrajo la médula a la década del 90 para exponerla en toda su crudeza, ese vivir afuera con el que capturó el zeitgeist de la transición neoliberal argentina?

Así como para la literatura argentina hay un antes y un después de Arlt, de Borges, de Puig, de Lamborghini, hay también una frontera que marca un antes y un después de Fogwill: la candidez, la inocencia, la ingenuidad son palabras prohibidas para quien quiera hacer literatura hoy, de este lado del mundo.

No suena extraño que haya sido capaz de intuir su propia muerte, él que se daba cuenta de todo mucho antes que los demás. Parece incluso que se hizo tiempo para despedirse, para hablar con todos sus amigos. Se sintió mal, fue hasta el Hospital Italiano y se internó. Desde adentro, siguió hablando por teléfono y llegó a decirle a alguien: “Me voy a ver a Libertella”. Si es que existe algún lugar como el infierno de los escritores malditos, allá está él: sentado junto a Héctor Libertella y Osvaldo Lamborghini, haciéndole señas a Mario Levrero. Matándose (él escribiría: cagándose) de risa, como siempre, de todos nosotros, los que quedamos acá, mucho más solos. Con esa larga risa de todos estos años.

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Diario de un cazador

junio 21st, 2010 · No Comments

El amigo Alex Ayala, fundador y director de Pie izquierdo, la primera revista de periodismo narrativo de Bolivia, publica en el número 3 mi nota sobre caza de jabalíes. Un saludo para él. El comienzo, abajo.  Y acá el link a una parte de la nota.

DIARIO DE UN CAZADOR

SI TODO SALE según lo planeado, en esta nota alguien va a morir. Si sale todo según lo planeado, morirá de noche y de un tiro limpio y preciso como el corte de un bisturí. Sin dejar rastro de sangre: rápido y sin dolor. Morirá como quien cierra una puerta, o apaga la luz, y dice buenas noches.

Pero ahora no es de noche, sino mediodía, y alrededor de la mesa los tres cazadores hablan:
-El ciervo es la manifestación aristocrática de la naturaleza-dice el más joven.

Ha viajado, como sus dos compañeros, cientos de kilómetros hasta aquí en busca de su trofeo. Habla en este salón de paredes cargadas de puntas, palmas y cornamentas de ciervo, una al lado de la otra, como viejos escudos medievales que parecen infundirle ánimos. Tiene el pelo cortado al ras, bigote, y lleva el chaleco puesto. Recuerda perfectamente el último animal que cazó meses atrás:

-Le seguí el rastro hasta un ojo de agua. Ahí se detuvo de espaldas para beber. Esperé hasta que giró. Y fue como una revelación: la cornamenta brillaba bajo el sol, el tiempo quedó suspendido. Lo gocé en vida, mientras duró.

-¿Mientras duró?-le pregunto. Soy el cuarto integrante de una mesa de cazadores experimentados. Y no disparé un tiro en mi vida.
-Sí. Porque lo que uno disfruta es el hecho de estar cazando. Veinte días antes de salir, la adrenalina ya empieza a correr por la sangre: hay que elegir el cuchillo adecuado, las municiones, los binoculares, la ropa. Y cuando uno dispara, todo eso se acaba.

Uno, dos, tres días y a veces más, me cuentan, para disparar una sola bala. El tiro tiene que ser uno.
Lo dice el mayor, también sentado a la mesa, pantalón camuflado y cuchillo de hoja de veinte centímetros en la cintura. Los pájaros cantan afuera, en la mesa humean los cafés y reposan las masas secas, nadie levanta la voz y, sin embargo, están todos vestidos como si en cinco minutos salieran para la guerra de Vietnam. Civilización y barbarie:

-El animal se merece una muerte digna-subraya el mayor.

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Sobre Los suicidas del fin del mundo

abril 13th, 2010 · 2 Comments

De la bellísima revista de artes y literatura La tempestad me pidieron un texto sobre este libro de Leila Guerriero. Como ya se publicó, y la revista no llega a la Argentina, lo reproduzco acá debajo. De todas maneras, mucho más allá de esto, vale la pena darse una vuelta por la edición online (y completa) de La tempestad, cuya última tapa está dedicada a Alfred Hitchock.

La dolorosa discreción

Por Maximiliano Tomas

¿Quiénes? El viento constante, ese silencio blanco, aliento del demonio. Y la sombra densa de la muerte: muertes de postes y cables, de ojos desorbitados y pies que cuelgan en el aire, de disparos en la boca y en la sien. Muertes violentas que se ejercen con mano propia. Esos son los personajes principales del primer libro de crónicas de Leila Guerriero, Los suicidas del fin del mundo, aparecido a mitad de la década, en 2005, y que presentó a la autora al público no especializado e inauguró la biblioteca de no ficción de la editorial Tusquets en la Argentina.

¿Dónde? En Las Heras, provincia de Santa Cruz, Patagonia, sur profundo de la República Argentina. Un pueblo de unos pocos miles de habitantes que vivió el sueño del progreso entre las décadas del 70 y 90 gracias a las explotaciones petrolíferas. “Las Heras empezó a ser terreno de hombres solos que querían hacer dinero e irse rápido, pero se quedaban años. Se multiplicaron los cruces familiares: hijos e hijastros, padres y padrastros, madres y madrastras, todos contra todos. Familias ortopédicas producto de revolcones impetuosos que nunca duraban demasiado”. Pero una vez privatizadas las empresas del Estado, en los años 90, Las Heras cayó en desgracia. Cientos de trabajadores perdieron sus empleos, cientos de familias quedaron sin sustento. En 1995 el desempleo era del 20 por ciento y 7 mil personas abandonaron el lugar. El mal ya estaba hecho, la fiebre del oro negro iba a mostrar sus síntomas. El más visible: una ola de suicidios que comenzó en 1997 y que no se había detenido cuando Guerriero le pone punto final al libro, ocho años después.

¿Cómo? Leila Guerriero nació en 1967 en Junín, provincia de Buenos Aires. Lleva casi veinte años de profesión y sus crónicas aparecieron en los medios más importantes de América Latina y Europa. Si se puede hablar de dos modelos a la hora de hacer literatura de no ficción (o periodismo narrativo, o crónica periodística), podríamos poner a Guerriero en un extremo y a la peruana Gabriela Wiener en el otro. Wiener, autora de los libros Sexografías y Nueve lunas, se define como una “antropóloga de sí misma”. Necesita que las historias pasen por su cuerpo, que hieran, incomoden, molesten, para recién después narrar -una noche de sexo swinger, un viaje mental bajo los efectos de la ayahuasca, una donación voluntaria de óvulos o una intervención quirúrgica. Guerriero se ubica voluntariamente en la otra punta del arco metodológico: es la cronista que desaparece, que se hace humo, que todo lo ve y todo lo cuenta, pero desde la invisibilidad. Ella misma lo explica así: “Encuentro cierta belleza en que las cosas sucedan -absurdas, contradictorias, a veces irreales- y me gusta entrar en la realidad como a un bazar repleto de cristales: tocando apenas y sin intervenir. Para poder ver no sólo hay que estar: sobre todo, hay que volverse invisible. Aplicar discreción hasta que duela, porque sólo cuando empezamos a ser superficies bruñidas en las que los otros ya no nos ven a nosotros, sino a su propia imagen reflejada, algunas cosas empiezan a pasar”.

Rodolfo Walsh, Tomás Eloy Martínez, Martín Caparrós: figuras tutelares del oficio de Guerriero. En el cómo, en su método de trabajo, detallista y tremendamente obsesivo, está el secreto de su arte. Para ella, la crónica abreva del cine, la música, el cómic y la literatura. Pero hay dos cosas que, según confiesa siempre, le son indispensables a la hora de escribir: tiempo y soledad. “Soy una bestia cuando trabajo. Puedo escribir 16 horas por día, sabiendo que gran parte de la tarea de escribir es perder el tiempo. Hay días que estoy 12 o 14 horas escribiendo, corrigiendo, pasando, metiendo material; hay otros días que de esas 16 horas escribo como mucho tres y el resto es diletancia: voy, vengo, me siento, vuelvo, pero sin ese perdedero de tiempo no llego a esas tres que valieron tanto. Cuando escribo me encierro, no bajo a pagar un impuesto, rechazo todas las invitaciones que me hacen, sea una entrevista o una cena con un amigo que viene desde El Congo”.

Los suicidas del fin del mundo es la historia de una búsqueda que nunca queda del todo elucidada. ¿Qué persigue Guerriero en el libro? ¿Las razones de los suicidios, del malestar que generan el aislamiento, el abandono, la falta de esperanzas, la posibilidad de un futuro? Todo eso, sí, pero Guerriero es también una cazadora de personajes, de voces narrativas y de elementos (el viento, siempre el viento patagónico, y la amenaza de la locura y de una muerte nueva) que hagan avanzar el relato y que terminen por componer un mosaico, un rompecabezas en el que las piezas no siempre encajan a la perfección. Guerriero cuenta que el 90 por ciento de sus lecturas se compone de obras de ficción, y que sólo el resto es periodismo. “El lenguaje es todo en el periodismo gráfico. El lenguaje escrito tiene como una sensualidad extrema que no tienen otras formas narrativas. Soy una especie de buscadora serial de prosas que me conmuevan, de autores que muevan las bases de lo que estoy haciendo y me den ganas de empezar una crónica de esa manera o descubrir a alguien con un tono completamente distinto a lo que yo conozco”. Una búsqueda que no siempre es placentera, por supuesto. “El resultado me gusta”, dice, “pero no el proceso de escritura. Para mí la escritura no es un momento de disfrute. Es un momento de soledad, de agobio, de no encontrar caminos, de no saber si la pegaste hasta que el proyecto está tan avanzado que después volver atrás es una pesadilla, de desconcierto, de aburrimiento de probar, de tirar abajo y volver a construir. Yo preferiría estar trotando”.

La trama detrás de este libro es la de casi siempre. Una cronista que se obsesiona con una historia, que viaja y se instala en un pueblo intentando desentrañar sus mecanismos secretos, su lado oculto, y la historia crece y se transforma en otra cosa -en este caso, en un libro que se puede leer como una novela, pero cuya potencia reside en que no, en que no se trata de una ficción sino de la más pura realidad. “Alguien abrió la puerta y el viento arremolinó los diarios que había sobre una mesa. Cayó un cenicero, se hizo pedazos, y hubo una lluvia de vidrios, de ceniza. Un hombre dijo ‘Viento de mierda’.” El viento, entonces, y el hastío, la muerte y las voces del pueblo, de los sobrevivientes de la desgracia, de los familiares de los suicidas: la espina dorsal de un relato macabro, de la Argentina que no aparece en los diarios ni en los manuales de Historia.

El final del primer capítulo de Los suicidas del fin del mundo encierra buena parte de la sapiencia de Guerriero como cronista. No son palabras vanas, son tres frases que están ahí y no en otro lado porque, se adivina, significan algo central para la autora: “Qué fui a buscar ahí. No sé qué vi. Qué estaba buscando”. La duda, la sorpresa, lo inesperado: la incertidumbre como motor del relato. Da escalofríos pensar lo que podrían hacer los hermanos Coen, o el propio Herzog, si alguna vez este libro cayera en sus manos.

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Escupitajos, cerveza y alfileres

marzo 22nd, 2010 · 4 Comments

Por Maximiliano Tomas

El libro Por favor, mátame, de Legs McNeil y Gillian McCain, no sólo logró convertirse en algo así como la “biblia” del punk. También impuso un método: el de recoger testimonios en primera persona e ir ensamblándolos, por tema o cronológicamente, para que la historia vaya armándose por sí misma en la mente del lector. El método tenía varias ventajas (rescatar la memoria de los protagonistas antes de que murieran, ofrecer una impronta de verosimilitud a sus palabras, y el vértigo irrefrenable de un sistema narrativo oral manejado a la perfección) y, además, McNeil y McCain habían logrado algo casi imposible: que por esas páginas desfilaran todos, o casi todos (Andy Warhol, Lou Reed, Iggy Pop, Jim Morrison, Nico, Richard Hell y los futuros integrantes de Los Ramones, Los Clash y demás bandas punk).

Rotten. No irish, no blacks, no dogs, la autobiografía de John Lydon (aka Johnny Rotten), el cantante de los Sex Pistols y más tarde líder de PIL, abreva de la misma fuente metodológica que Por favor, mátame: largas entrevistas editadas para ofrecer la imagen de un todo. Pero se diferencia, a su vez, en el enfoque y en su finalidad: si McNeil y McCain se centraban en la escena neoyorquina, es decir, en el surgimiento y desarrollo del protopunk, el punk y el postpunk en clubes de Manhattan como el CBGB’S, el Max’s Kansas City y sus alrededores, Rotten… tiene su epicentro en Londres, Inglaterra: la ciudad desde la que el punk se proyectó al mundo y exportó una actitud de desafío y repudio a las instituciones y una estética (alfileres de gancho, ropas en jirones o de plástico y vinil, esvásticas, símbolos anárquicos, crestas de todos los colores, borceguíes), todo en apenas dos años que conmovieron al mundo.

La música rock nunca volvería a ser la misma luego de que Rotten, Steve Jones, Paul Cook y Sid Vicious editaran en 1977 el primer y único disco de la banda, Never Mind the Bollocks, con canciones irónicas y revulsivas como “Anarchy in the UK”, “God Save the Queen” o “Pretty Vacant”, que conservan, aún hoy, toda su carga de desafío y negatividad.

“Se ha escrito mucho sobre los Sex Pistols, pero la mayoría ha sido sensacionalismo o periodismo pseudopsicológico. El resto ha sido puro rencor. Este libro es lo más cerca que puede haber de la verdad, ya que recuerda los acontecimientos desde dentro (…). No tengo tiempo para mentir ni para fantasear y tampoco quiero desperdiciar el vuestro. Y si no lo disfrutas, que te pudras”. Esa es la declaración de principios de Rotten en el acápite del libro. Como siempre con él, se trata de una invitación al sincericidio y lo inesperado: tómalo o déjalo. ¿Cómo dejarlo?

El primer capítulo empieza por el final de la historia: el 15 de enero de 1978, último recital de los Sex Pistols, en San Francisco, Estados Unidos. Y cerrará en el mismo lugar, 370 páginas después. En el medio, nos enteramos de que Rotten estudió en colegios católicos ingleses hasta que lo echaron por su corte de pelo, y que tuvo una vida familiar humilde pero llena de comprensión y afecto por parte de sus padres y hermanos. Más tarde lo echarían de su casa, por teñirse el pelo de verde, pero incluso hasta ese gesto es agradecido por el Rotten adulto del libro, ya que piensa que su padre lo estaba invitando a tomar su propia vida en sus manos.

Después vendrá la escena de una Londres empobrecida y sucia a mediados de los 70, y cómo eso funcionó como caldo de cultivo para toda una generación de jóvenes aburridos que buscaban una manera de sobrevivir y pasar el tiempo. El contacto con Malcolm McLaren y Vivienne Westwood, la primera audición para la banda (que estaba buscando cantante), las peleas internas, el alejamiento del primer bajista, Glen Matlock, y la inclusión en su lugar, por parte de Rotten, de su amigo Sid Vicious. Todo atravesado por la aversión de Rotten hacia las ideas preconcebidas, la homogeneidad, por lo que no sea la más pura individualidad: “Lo que me enfurecía de los Pistols era la progresiva homogeneización del uniforme punk (…) Pero la idea no era seguir una dirección sino marcarla (…) Siempre he odiado el concepto de uniforme. Si te interesa algún tipo de movimiento tienes que rechazar esas cosas, porque de lo contrario te estancas y se convierte en algo estéril”.

Rotten se reconoce aquí como un miembro de la clase obrera inglesa; un antiintelectual con inquietudes musicales (“Nunca había sentido interés por ser músico. Sigo sin sentirlo y me alegro por ello. Me considero un estructuralista del ruido”) y algunas lecturas; un tipo con una postura clara en contra de las drogas duras (“No tenía más que fijarme en los yonquis. Los miras y piensas: ¿dónde está la diversión, el placer, el sentido?”); un constructivista (“No creo que hubiera nada nihilista en los Pistols. Lo nuestro no era un camino de autodestrucción. Más bien al contrario. Era constructivo porque ofrecíamos una alternativa, no era anarquía porque sí”); un militante del caos (“Mi filosofía era el caos, sin lugar a dudas, la ausencia de normas”).

No es sólo la voz de Rotten la que aparece aquí, sino la de sus amigos, familiares, integrantes de la escena londinense y la de los Pistols que siguen vivos. Este libro, entonces, junto a Por favor, mátame y al documental The filth and the fury (2000) de Julien Temple, como las piezas fundamentales para componer un relato, el de la música punk, que a más de treinta años de su germen se muestra como mucho más interesante y complejo de lo que suele creerse.

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La guerra de las pornógrafas

septiembre 2nd, 2009 · 1 Comment

La revista Gatopardo de septiembre publica “La guerra de las pornógrafas”, una versión extensa y retocada de la que fuera mi tesis de Maestría de principios de año en Barcelona. Como la revista ya no se consigue en la Argentina (una lástima, nuevamente) pego acá abajo el texto completo.

Por Maximiliano Tomas

SI ESTA PRIMERA PARTE DE LA NOTA TUVIERA UNA MÚSICA DE FONDO, en este momento usted estaría escuchando, digamos, un disco de Leonard Cohen (o uno de Carla Bruni antes de que Bruni se convirtiera en la mujer de Nicolás Sarkozy y así desinflara la libido de buena parte del planeta). Si esta nota tuviera relieve, usted pasaría la yema de los dedos por el papel que tiene entre las manos y lo encontraría suave, rugoso y húmedo. Húmedo, sobre todo. Si la tecnología hubiera avanzado lo suficiente como para que las imágenes que la acompañan fueran tridimensionales, habría una chica rubia, no excesivamente bella pero auroleada de ingenuidad, los dientes pequeños y algunas pecas en las mejillas que la hacen lo suficientemente sexy, que comenzaría a hablarle a la cámara (es decir, comenzaría a mirarlo a los ojos y a hablarle a usted) en medio de la escena de una película porno, como si se tratara de un truco de distanciamiento propio del teatro de Bertolt Brecht. Pero esta nota no huele, ni suena música automáticamente mientras se pasan las páginas, ni los caracteres adquirieron todavía vida propia. Así que mejor hablemos de cuerpos humanos, que sí vienen equipados de fábrica con todas estas características. Hablemos de cuerpos y de su comunicación, es decir: de sexo. Porque la escena de la chica rubia mencionada apenas más arriba que habla a cámara sí existe, es decir, es real (primero fue un cortometraje y después fue una escena titulada Ser o no ser una buena chica incluida en la película Cinco historias para ellas, de la realizadora sueca Erika Lust), y volvemos a ella porque ella, la chica rubia de pecas es, tal vez, el personaje más prototípico de la película más vendida de lo que hoy se conoce como “porno para mujeres”.

Y lo que pasa en la escena es esto: la chica de pelo rubio y dientes pequeños y perfectos y blancos y pecas en las mejillas nos cuenta que está un poco harta de los llamados de una amiga liberada, que le habla todos los días para contarle sus nuevas proezas sexuales. Y de un momento a otro decide que ya es hora de espabilarse un poco. Aunque le causa gracia el cliché porno del repartidor de pizza y la chica que lo atiende envuelta en una toalla, recién salida de la ducha, no puede dejar de representarla en su cabeza. ¿Qué hace entonces? Bueno, pues pide una pizza por teléfono y, por supuesto, va a darse una ducha. Sabe que los repartidores no suelen ser como en las películas, así que no se hace ilusiones. Pero siempre hay una primera vez, sobre todo en el sexo. Así que cuando el timbre suena, suena el río, y del otro lado de la puerta aparece un muchacho que no tiene pinta de actor porno, sino, oh sorpresa, el aspecto físico del novio ideal: masculino pero sin exagerar, moreno pero no tanto, alto pero no inalcanzable, callado pero sin llegar a niveles patológicos, distraído pero con los pies en la tierra. El problema es que el chico no parece darse cuenta de sus intenciones, que van un poco más allá del nutritivo círculo de masa hecho de harina, agua y sal.

-No es para nada un repartidor cualquiera, por Dios, es guapísimo.

Piensa en voz alta nuestra niña, y nosotros la escuchamos mientras lo piensa, del otro lado de la pantalla, porque claro, estamos en sus fantasías.

El repartidor, lo dijimos, es un tanto distraído y hasta ahora no se da cuenta de nada. Pero de nada, eh. Así que se va sin decir palabra. Agarra sus diez euros y sale del departamento. Pero vuelve. ¿A qué? Vuelve a buscar el casco que se olvidó. Hombres. Así que nuestra chica, finalmente, decide pasar a la acción. “Espera, por favor”, le dice. Y hace lo que tiene que hacer para captar la atención de éste y de cualquier otro chico sobre la faz de la tierra: deja caer al suelo la toalla que la cubre. Entonces comienza a sonar en nuestra película una música pop delicada, pero con ritmo. Y sabemos lo que se viene. O no tanto.

Porque lo que viene es una escena de una película porno “para mujeres”. El hombre (el repartidor finalmente inducido, seducido, convencido) no agarra a la niña de los pelos, ni la arroja al suelo o en la cama. No le arranca la ropa (bueno, en éste caso no hay ropa que destrozar) ni la empuja, ni la da vuelta y la penetra: le toma la cara y la besa. Bien. Desde ese primer beso y durante los siete minutos siguientes, nuestro romántico repartidor trabajará delicadamente la anatomía de nuestra rubia decidida, comenzando por besarle todo el cuerpo, aproximadamente durante siete minutos. Siete. Después, ella procederá a devolverle los favores, pero sólo durante la mitad del tiempo. Finalmente, nuestra chica se aparta un poco y le susurra a él, simpática, enternecedora, al oído: “ahora, fóllame”. Y entonces, durante los once larguísimos minutos que siguen, el muchacho de la pizza se ejercitará como un gimnasta rumano sobre el cuerpo de la rubia, desde todos los ángulos y las visiones posibles, siempre cuidando que estas perspectivas sean del agrado de ella. Once minutos pueden parecer pocos en la vida real, pero les aseguro que en una película porno son muchos. O al menos alcanzan para poner en escena un repertorio variado que envidiaría la coreografía de cualquier musical de Broadway. Once minutos después, la chica (ella primero, atentos al detalle) se contorsiona y gime levemente y llega a un orgasmo que la deja temblando durante aproximadamente un minuto más. Un sudor real le baña la piel, un rubor bastante real, también, le colorea la ídem. El, mientras tanto y después, la abraza desde atrás y la besa con suavidad.

Entonces, recién después de que el placer femenino haya ocurrido y esté debidamente registrado, ella le dice:

-Quiero que te corras en mi cara. Como en las pelis porno.

El chiste no es malo. El repartidor sonríe y le dice “sí, cariño”.

Y procede.

Luego vendrán las presentaciones en la cama (“Ah, por cierto, me llamo Alexandra”; “Y yo me llamo Paulo”), y el remate: los dos sentados y ella que dice: “¿Puedo invitarte a una pizza?” (esta vez el chiste no es tan bueno). Y la pareja, repartidor y repartida, dan cuenta de ella, porción tras porción (¿echarán al repartidor de su trabajo por demorarse tanto en hacer una entrega?).

¿Es esto la pornografía para mujeres? En parte sí: se trata de una película destinada al consumo mayoritariamente femenino y se opone a algunos de los clichés de la producción tradicional del género. ¿Pero esto es todo, sólo un tipo que busca el orgasmo femenino con la persistencia y la resignación de un trabajador portuario a lo largo de veinte minutos y frente a una cámara? Bueno, no únicamente. Pero no nos adelantemos. Porque para llegar a éste momento en que la difusión de la pornografía atraviesa su tercera revolución (la de Internet) y florecen los subgéneros como en campo en primavera, hay que hacer, antes, un largo camino: atravesar un recorrido plagado de sudores, placeres, orgasmos, risas y felicidad, pero también de prohibiciones, clandestinidad, persecuciones, censura y tragedias. ¿Quién me acompaña?

Pequeño Kamasutra ilustrado. EN EL PRINCIPIO FUE EL VERBO, COMO SIEMPRE. Aunque en este caso el verbo y la carne vayan juntos. Uña y carne. El término pornografía viene del sustantivo griego porne, que significa prostituta, unido al complemento grafía, que quiere decir descripción o representación. Dos más dos, o lo que es lo mismo: representación de la prostituta o de la prostitución. No olvidar esta construcción semántica, que algunos siglos más adelante traerá muchos, pero muchos conflictos. La Real Academia española define a la pornografía como “el carácter obsceno de las obras literarias o artísticas”. Los contenidos pornográficos se difunden hoy a través de varios soportes, y esto lo sabe hasta Wikipedia: la literatura, la fotografía, el cine e Internet -y lo viene haciendo desde siempre a través de la escultura y la pintura. Ya en la India, hace 2500 años, hubo templos hinduistas decorados con parejas copulando. En las ruinas de las ciudades griegas se hallaron restos arqueológicos de clara intencionalidad erótica. Y cuando en el siglo XX un grupo de arqueólogos descubrió los restos de la ciudad de Pompeya en Italia, oh señor: ahí había también un amplio surtido de material pornográfico más que interesante (y que había que ocultar; aunque ésa es otra historia).

Pero la pornografía, con el carácter con el que la conocemos actualmente (es decir, con la intención de despertar el deseo y, a través de esas imágenes y de algunos movimientos solipsistas del cuerpo, saciarlo) es probable que haya aparecido recién en el siglo XIX, con el desarrollo de la fotografía (se sabe: cosa nueva que se inventa, cosa en la que el sexo mete la cola). Y su explotación comercial alcanzó la cima a lo largo del siglo XX, con la irrupción en el mapa de la historia de los dorados años 60 y los cambios profundos que implicó la llamada “revolución sexual” (la píldora anticonceptiva, los derechos de la mujer, el amor libre). Fue entonces que comenzó a perfilarse una industria de producción gráfica (revistas, sí, pero sobre todo películas) que llegó a su cumbre durante los 70.

En 1959 Russ Meyer rueda el filme El inmoral Sr. Teas, primer mojón de la llegada del desnudo femenino a la pantalla grande, y una década y poco después vendrían clásicos del cine para adultos como Garganta profunda (1972, Gerard Damiano). En el medio, o por debajo de ellas, se cocían profundos debates sobre la mujer como sujeto de derecho y como objeto de deseo (y opresión masculina), que habían empezado con la publicación del ensayo El segundo sexo (1949), de Simone de Beauvoir, punta de lanza de los movimientos feministas que aparecerían inmediatamente después, y que llegan hasta nuestros días.

Tradicionalmente, el porno se divide en tres grandes grupos: el “softcore” (sin sexo explícito), el “mediumcore” (cuerpos desnudos, poses provocativas) y el “hardcore” (que explicita el acto sexual, e incluso, o sobre todo, la genitalidad). Aunque queda claro que estas categorías son en la actualidad insuficientes para abarcar una producción que, con el desarrollo de Internet, parece no tener fronteras. Porque el sexo está en todos lados. De hecho la bendita palabra (¡sexo!) es, desde siempre, la más registrada por los buscadores de Internet. Cada año se comercializan alrededor de 14 mil nuevas películas pornográficas, o al menos este es uno de los datos oficiales de una industria que no se caracteriza por manejarse dentro de los cánones de la oficialidad. Según la revista especializada AVN, representa un negocio de, como mínimo, 3 billones de dólares al año, algo difícil de igualar (a no ser por la industria armamentística o el narcotráfico). Hungría es el mayor productor europeo de cine porno, y los Estados Unidos, cuándo no, lideran el mercado mundial, con su epicentro en el área de San Fernando Valley (llamado “The Porn Valley”), en la ciudad de Los Ángeles, California.

Como quedó dicho, la pornografía fue modificada de manera radical por Internet. Con la banda ancha, el tráfico de fotografías y videos hizo de las revistas para adultos objetos del pasado y empujó al cine para adultos a una especialización sin precedentes, con géneros y subgéneros como el altporn, el porno realidad, el amateur (los ideales del punk, el “do it yourself”, aplicado a la pornografía), el documental, o la nouvelle vague porno (uno de los subgéneros que forma parte de la llamada “postpornografía”). Los protagonistas del acto sexual ya no deben ser representaciones de ideales hegemónicos: hoy es más redituable que se parezcan a un compañero de trabajo, a un vecino, a cualquier persona que camina por la calle (“the girl next door”). El altporn, por ejemplo, construye sus fetiches alrededor de mujeres y hombres jóvenes rapados o con rastas, que llevan piercings, tatuajes y zapatillas Converse. Como ya nadie ejerce el monopolio de las imágenes, el mercado (que somos todos) provee, y ni siquiera hace falta salir de casa para acceder a una oferta inabarcable de consumos sexuales.

En este contexto, y siguiendo el camino abierto en la década del 80 por la realizadora Cándida Royalle (algo así como la Corín Tellado de las pelis pornos), Erika Hallquista (conocida como Erika Lust, nacida en Suecia en 1977) se convirtió en los últimos años en la directora de cine porno femenino más importante de España. Lust estudió Ciencia Política en la Universidad de Lund, donde tomó contacto con las teorías feministas, y vive en Barcelona, donde fundó su productora, que estuvo detrás de los rodajes de las Cinco historias para ellas (sí, la que contiene el corto de nuestra rubia que da un paso al frente), de Barcelona Sex Project (seis habitantes de esta ciudad que cuentan su vida real antes de masturbarse frente a cámara) y que prepara su tercer largo, Seis voces femeninas. Lust publicó hace un tiempo el libro Porno para mujeres, un pequeño éxito de ventas que será editado en Italia, Alemania y los Estados Unidos. Volvamos, entonces, por un momento, al principio: ¿qué vendría a ser el porno femenino? ¿Puede existir, acaso, una pornografía feminista? Erika Lust lo explica así: “Queremos que el cine para adultas nos muestre mujeres reales y nos hable de su sexualidad, y no queremos que nos retraten como objetos pasivos o víctimas, sino como sujetos activos, dando placer y recibiéndolo. La pornografía, como toda expresión artística y cultural, tiene un discurso. Y todo aquello que tenga un discurso es susceptible de ser abordado desde una óptica feminista”.

Porno para mujeres funciona como un manifiesto, un manual y una pequeña enciclopedia sobre la historia del cine porno y sus más recientes tendencias. Y como la confirmación de que en el sexo, como en el capitalismo, no existen las fronteras. Pero como ésta es una narración tradicional (como la de casi todas las películas porno) debemos ir, mejor, por partes. Que para eso todavía falta.

De los orígenes a las batallas del sexo. HACIA 1895 APARECEN LAS PRIMERAS GRABACIONES de neto corte pornográfico. Son las llamadas stag films (“stag”, en inglés, significa ciervo macho o solterón, indistintamente), blue movies o smokers. Videofilmaciones cortas que se proyectaban en pequeños espacios de acceso exclusivamente masculino y aristócrata. Estaban hechas por realizadores y actores anónimos (por lo general las prostitutas y sus clientes) y las veían grupos de varones en salones para fumadores con el fin, evidentemente, de saciar sus bajos instintos. (Una curiosidad: fue en este tipo de filmes, producidos en los Estados Unidos, donde aparecieron por primera vez actores negros en toda la historia del cine). En España, las primeras producciones de cine pornográfico fueron encargadas en Barcelona en la década de 1920 por el Conde de Romanones, intermediario de los deseos del rey Alfonso XIII, un fanático del porno de la primera hora.

Si las primeras películas eróticas comienzan a rodarse en la década del 60, lo cierto es que el primer filme netamente pornográfico es una producción gay: Boys in the sun, de 1971. ¿Cuáles son las características que hacen de ésta, una historia en la que dos jóvenes entrelazan sus cuerpos bajo un sol radiante y un paisaje de playas de arena, la primera producción pornográfica? Sencillamente dos (o una que es la derivación directa de la otra): aquí se muestra por primera vez frente a cámara una felación, seguida de la que se convertiría en la marca de agua más reconocible del cine porno hasta nuestros días: la eyaculación facial. En Boys in the sun se explicita por primera vez la completa satisfacción sexual, el deseo consumado: el debut del llamado “cum shot” o “money shot”: a partir de entonces, sin la eyaculación en cámara, los actores no podrán ofrecer una satisfacción garantizada, es decir, no habrá película, es decir, no cobrarán. Para cobrar, ya sabes: tienes que eyacular, amigo. Y cuanto más, mejor.

La filósofa española y activista queer Beatriz Preciado (Burgos, 1970), una de las mayores teóricas de la pornografía actual, fue alumna de pensadores como Jacques Derrida y Agnès Heller y actualmente enseña Teoría del género en la Universidad de Paris VIII. El 14 de mayo pasado, en el marco del Primer Festival Independiente de Cine para Adultos de Madrid, dictó un taller sobre “Pornografía y Post-pornografía” en donde señaló a la década del 70 como el momento histórico en el que las mujeres se convierten, al fin, en espectadoras libres de cine porno. Y es entonces, con películas como Garganta profunda, donde aparece una cuestión central del porno moderno: si la eyaculación exterior es sinónimo de la consumación del deseo masculino, ¿cómo hacer visible el placer femenino? Esta pregunta fue acompañada de la fermentación de una serie de debates y enfrentamientos públicos de grupos anti y pro-pornografía, entre las que se inscribían las diferentes ramas de los movimientos feministas.

Desde sus orígenes, el feminismo se caracterizó por llevar a cabo una crítica a la desigualdad social entre mujeres y hombres, y cuestionar la relación entre sexualidad y poder. El primer hito del movimiento organizado fue marcado por la Primera Convención por los Derechos de la Mujer, realizada en Nueva York en 1848. Pero la piedra de toque, como quedó dicho, parece haber sido el libro El segundo sexo, que sostiene que lo que se entiende como “mujer” es un producto de la cultura, de la sociedad. Y que el principal objetivo de las mujeres debería ser el de reconquistar su propia identidad específica. Hay una frase del libro que se convirtió en lema y que lo resume bien: “Mujer no se nace, se llega a serlo”. Desde entonces, y hasta la actualidad, la corriente feminista se dividió o fracturó en diversas corrientes, hasta derivar en los movimientos y estudios de género (la llamada “Teoría queer”). Existe un feminismo de la diferencia, un feminismo lésbico, un feminismo separatista, un feminismo radical, y siguen firmas.

Cuando la industria del cine pornográfico comenzaba a alcanzar sus máximos niveles de producción, comercialización y creatividad, y al tiempo en que la reflexión teórica acerca del sexo y la pornografía comenzaba a dar sus primeras obras (la traducción y difusión del primer volumen de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault, el ensayo Hardcore, de Linda Williams) aparecieron en escena dos teóricas del feminismo radical que, desde la óptica de la mujer, desataron una verdadera cruzada en contra de la pornografía y contribuyeron, de alguna manera, a la posterior debacle del cine porno: la abogada y jurista Catharine MacKinnon, y la escritora y activista Andrea Dworkin.

Dworkin y MacKinnon estaban convencidas de una cosa: que las mujeres eran una clase oprimida (por la dominación masculina, está claro), y que la sexualidad era la raíz misma de esa opresión. La violación, el acoso sexual y la pornografía formaban para ellas un todo que proviene de la misma violencia en contra de las mujeres. Dworkin y MacKinnon llegaron a asimilar la pornografía a la violación, e incluso la compararon con la esclavitud, el linchamiento, la tortura y el Holocausto.

Escribe MacKinnon, en su ensayo La pornografía no es un asunto moral, de 1983: “Lo que le preocupa a las feministas en relación con la pornografía es la venta de sexo forzado con mujeres reales que genera ganancias e incita a más sexo forzado con otras mujeres reales; los cuerpos de mujeres atados, mutilados, violados y convertidos en cosas susceptibles de ser heridas, adquiridas y accedidas. La pornografía es el origen de actitudes violentas y discriminatorias que definen el tratamiento y el lugar que ha de ocupar en el mundo la mitad de la población. Los hombres tratan a las mujeres como suponen que ellas son. La pornografía define lo que son”.

Hay que modificar la sexualidad, pensaban y decían Dworkin y MacKinnon y, para eso, hay que cambiar las leyes. Algún éxito tuvieron: en 1986, y en base a algunas de sus ideas, la Corte Suprema de los Estados Unidos reconoció la figura del acoso sexual como una forma de discriminación. Pero, aunque parezca extraño, sus posturas sedujeron sobre todo a los sectores más conservadores de la sociedad política (la pornografía y el puritanismo nunca se llevaron bien) y tanto en 1983 como en 1984 las ciudades de Minneapolis e Indianápolis votaron una ordenanza (que fue llamada “MacKinnon-Dworkin”) contra la pornografía, convertida sin más en una violación de los derechos civiles aplicable a todo material pornográfico: películas, libros, revistas. Si bien la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense (la que garantiza la libertad de expresión sobre cualquier objeción) terminó triunfando, la Corte Suprema de Canadá, por ejemplo, hizo suyas las teorías de estas feministas radicales para elaborar, en 1992, sus leyes contra la pornografía.

Esta oposición de los sectores conservadores (y las restricciones y las multas al consumo y la producción) y la aparición del vídeo casero (VHS) hicieron que al principio de la década del 80 la industria del cine porno entrara en una crisis de la cual ya no podría salir. No es que el porno fuera a evaporarse, ni mucho menos: lo que desaparecerían para siempre serían las grandes producciones como las que habían tenido lugar a lo largo de la década del 70, haciendo que no sólo el público asistiera en masa a los cines, sino que buena parte de la crítica cinematográfica más seria considerara al género como uno más a partir del cual reflexionar y teorizar sobre cine.

El porno (y el consumo) es cosa seria. Las cosas como son: la mayoría de las personas consumen porno para masturbarse. Pero no todos. Hay gente que consume porno y no se masturba, y gente que se masturba sin porno. Tengo un amigo, incluso, un gran periodista (aunque un poco excéntrico), que debía escribir para el artículo de tapa de la revista Rolling Stone un perfil de una conocida joven actriz argentina. Y que para confirmar el sex appeal de la mujer en cuestión intentó masturbarse con una de sus películas (que no son porno). La nota comenzaba así: “Acabo de masturbarme viendo a Leticia Brédice por razones estrictamente profesionales”. De más está decir que fue la última vez que lo llamaron para escribir en tan prestigiosa publicación. Lo que demuestra que en el periodismo, como en la vida, para mucha gente existen aún en el sexo y su representación límites infranqueables.

Pero no parece haberlos hoy para la pornografía. Si hasta hace diez o veinte años el material pornográfico circulaba más o menos clandestinamente en publicaciones y vídeos caseros, hoy está a sólo un par de clicks de distancia de cualquier ordenador. En la mayoría de las ciudades desarrolladas de Occidente, existe incluso una suerte de moda de los libros de imágenes pornográficas y los sex shops. La escritora y filósofa feminista Elisabeth Badinter afirma en su libro Hombres-Mujeres. Cómo salir del camino equivocado que en Francia “llegados a la edad de 12 años, las tres cuartas partes de los varones y la mitad de las mujeres ya han visto un filme pornográfico”. Y que “la fragmentación y la instrumentalización del cuerpo no afectan sólo a las sexualidades marginales ni únicamente a los hombres. El nuevo gusto por los juguetes sexuales destinados a las mujeres es uno de sus signos”. En Nueva York, Londres o París se abrieron sexshops para una clientela exclusivamente femenina (se sabe que las mujeres son, en la mayoría de los rubros de la economía cotidiana, las que motorizan el consumo). ¿Por qué no iba a haber negocios que decidan ofrecerle a ellas los instrumentos para llevar adelante una sexualidad autosatisfactoria? De hecho, la boutique “La juguetería” acaba de organizar, entre el 14 y el 17 de mayo pasado, el Primer Festival de Cine para Adultos de Madrid, evento que ya tenía sedes fijas en París y Atenas. Cuatro días dedicados a talleres, seminarios y proyecciones de un porno alternativo, con preeminencia del gay, travesti, transgénero y fetichista.

La confirmación de que el porno no busca, en todos los casos, la consumación del orgasmo, fue evidente en el Concurso Inernacional de Cortos del programa, donde se exhibieron ocho piezas con fines y acabados bien distintos. Allí, entre otras delicias, pudo verse a una mujer que, atada por sí misma (lo que se denomina bondage), se golpeaba distintas partes del cuerpo hasta sangrar, se derramaba cera caliente de una vela encendida y alcanzaba un sonoro orgasmo, largos minutos después, mientras se masturbaba con la cabeza dentro de una bolsa de plástico, al borde de la asfixia (un conocido método de tortura de las fuerzas policiales, llamado en algunos lugares el “submarino seco”).

Más tarde se mostró una larga escena de sexo escatológico donde lo que abundaron, además de excrementos y orina, fueron los enemas de leche: el cuerpo humano convertido en fuentes lácteas de las cuales los participantes de la escena (tres hombres, dos mujeres) bebían hasta saciarse y, en algún caso, hasta vomitar. Pero quizá eso haya sido lo más extremo: los últimos cuatro cortometrajes mostraban un evidente afán artístico y una reflexión irónica e inteligente acerca de los tópicos más recurrentes de la industria pornográfica.

El porno, hoy, se transformó en un objeto de consumo como cualquier otro. El prestigioso director danés Lars Von Trier parece haber llegado a la misma conclusión cuando desprendió de su productora Zentropa una oficina, Innocent Pictures, para filmar porno para un público femenino. Aunque no parece haberle sido redituable, al menos hasta ahora. “Fue una idea de Peter Aalbaek, producir películas porno para mujeres heterosexuales, concebidas y dirigidas por mujeres. Pero no funcionó. Las mujeres siempre dicen que quieren igualdad también en eso. Así que lo organizamos muy en serio, buscando dar a esas cintas un ángulo femenino. Reunimos un consejo de mujeres que decidieran las historias, los argumentos y los personajes, pero a la hora de proponerles que ellas mismas las dirigieran, ninguna quiso hacerlo. Sólo una, y lo que hizo fue malísimo, con una mirada sexista de hombre. Qué irritante que no haya un buen cine porno en ningún sitio. A mí mismo me gustaría intentarlo. Ha de ser posible hacer buenas películas porno”, declaró Von Trier.

Pero lo que a él parece no haberle funcionado aún, en España y más precisamente en Barcelona, se puso en marcha hace algunos años, con resultados no del todo despreciables.

Las chicas sólo quieren divertirse. “COMO ESPECTADORA, SIEMPRE HE DEFENDIDO QUE EL PORNO NO ES MACHISTA. A mí me gustan las felaciones, igual que a cualquier hombre. A muchas mujeres les gustan las corridas en la cara, igual que a cualquier hombre. Y a muchas nos gustan los anales. Me refiero a verlos…¡y a practicarlos!”. Sandra Uve (Sandra Valencia, Barcelona, 1972) era una reconocida dibujante de cómics ungerground y periodista que, a instancias de la invitación del dueño de una productora de cine porno, en 1999 se convirtió en la primera realizadora de este tipo de películas en España. Hizo dos: Angel de noche y 616 DF. El diablo español vs. Las luchadoras de Este (una historia de lucha, venganza, sexo y rock and roll que incluye, al final de la trama, un casamiento). Sandra Uve condujo también programas de televisión, administra el blog Sexorama alojado en la página de MTV y acaba de sacar un nuevo libro sobre sexualidad femenina, Ponme la mano aquí. Un poco alejada de la dirección, varias veces declaró que con sus películas no buscaba “inventar nada nuevo”, sino “atraer a un sector del público que quizás haya dejado de ver porno porque está un poco harto de la rutina”.

A pesar de haber abierto el camino para que en la actualidad Erika Lust produzca sus películas de porno para mujeres, Uve es muy crítica con el entorno y el amateurismo de la industria local: “Los problemas que he encontrado, como el resto de los directores, son los legales: no existe ningún tipo de contrato. Es una industria muy poco regulada. Esa es la parte que menos me gusta. Te sientes como si trabajaras un poco por amor. Te da mucha pena, porque estas películas producen una cantidad alucinante de dinero”.

Lust Films (“lujuria” en inglés, pero “voluntad” en sueco), la productora que dirigen Erika Lust y su marido Pablo Dobner, funciona en un amplio ático compartido en un viejo edificio sobre la calle Zamora del barrio de Poble Nou, en Barcelona. Si esperan que Erika, madre de una hija de dos años (Lara), luzca como una actriz porno, bueno, déjenme decirles que se equivocan. (Tampoco Martin Scorsese es ludópata o se viste como un pandillero, ni Quentin Tarantino lleva traje negro y camisa blanca y se pasea por las calles de Los Angeles con un policía secuestrado en el baúl de su auto). No, más bien Erika Lust se ve como lo que es: una mujer sueca de 32 años que acaba de tener a su primera hija, que envía mails y escribe sus guiones desde su ordenador Mac plateado y que, de acuerdo a la inscripción de la camiseta que más le gusta usar, además de a Abba y a Roxette, por supuesto, debe escuchar bastante seguido a los Rolling Stones. Así, con jeans y camiseta, me recibe la primera de las varias veces que nos encontramos para almorzar, hablar de cine porno, de porno para mujeres, de feminismo, política y desvelar algunos de los secretos de la trastienda del negocio de la pornografía: una industria mucho más improvisada, empobrecida y amateur de lo que suele imaginarse o creerse.

Gajes del oficio XXX. El primer encuentro se trata más de una conversación informal, para conocer el terreno. Salgo de la productora con la promesa de una nueva entrevista y con las manos ocupadas: me llevo las dos películas que hay en el mercado de Erika Lust. Cinco historias para ellas (que a fines del 2008 había vendido nada menos que 20 mil copias), premiada en festivales de Barcelona, Nueva York, Berlín y Toronto, y Barcelona Sex Project, una película extraña, aquella de las masturbaciones individuales. Yo no sé qué les sucederá a las mujeres o a otros hombres, pero a mí me perturba un poco asistir a una masturbación masculina mientras el actor mira a cámara, es decir, me mira a mí. Así que después de pensármelo un poco, decido avanzar en cámara rápida esas escenas. Las masturbaciones femeninas tampoco ejercen un poder de seducción irrefrenable, así que saco un disco y pongo otro. Las Cinco historias para ellas. Anoto:

  • Hay planos desacostumbrados para este tipo de producciones. Mucho corte y edición, estética de videoclip. La calidad de la imagen está por encima del promedio.
  • Las actrices conjugan mal los verbos en castellano, y el primer orgasmo de la película, dentro de una historia de lesbianas, llega recién a los veinte minutos. ¿Quién puede esperar tanto tiempo? Empiezo a advertir las diferencias con el porno tradicional.
  • Referencias geográficas claras: las actrices caminan por escenarios reconocibles de la ciudad, la Rambla de Catalunya o el Paseo de Gracia.
  • El primer actor que aparece es notoriamente argentino (y para colmo de males actúa de jugador de fútbol). Hay clichés que penetran hasta en el cine pornográfico más moderno.
  • Las actuaciones no sólo son malas, es peor: pretenden no serlo.
  • Los ambientes están muy cuidados: hay sofisticados lofts, ordenadores de marca y electrodomésticos de última generación.
  • Tatuajes y piercings en los cuerpos de casi todos los actores. ¿Será que ya no quedan hombres y mujeres sin piercings ni tatuajes?
  • Rasgo de estilo, o más que eso, declaración de principios: los hombres nunca se corren antes que las mujeres.
  • Sorpresa: no hay miembros exorbitantes. ¿Será por la dificultad de encontrar hombres bien dotados, o una postura feminista para matizar el peso de la falocracia? Dura (más bien blanda) verdad de los actores amateurs: los miembros tampoco suelen estar demasiado tensos.
  • Hay una historia gay, la última, filmada, a diferencia del resto, en blanco y negro.

En el segundo encuentro, Lust cuenta que tuvo muchas dificultades por la inclusión de esta última escena homosexual en su película. Parece que son los distribuidores los que no se acostumbran a la idea de que un hombre pueda entrar en el cuerpo de otro hombre. En países como Alemania, por ejemplo, este capítulo fue editado, es decir eliminado, es decir: gentilmente censurado. “Aún dentro de la industria pornográfica hay muchos prejuicios y miedos. Todo esto sigue siendo muy machista, y el miedo de ver a dos hombres juntos no ha desaparecido. Dos mujeres juntas no hay problema, claro, pero los hombres es el límite”, explica. Y agrega: “Tuvimos problemas incluso con un camarógrafo que se reveló homófobo y que a último momento se negó a filmar la escena. Creo que las mujeres tenemos menos miedo que los hombres a nivel de elecciones sexuales. Podemos permitirnos tener fantasías con otras mujeres, forma parte de nuestro imaginario. Pero la mayoría de los hombres no”.

Después, confiesa que vio su primera película pornografica a los 15 años, cuando le robaron al padre de una amiga un viejo VHS que guardaba en un cajón. “Me gustaba, a mi cuerpo le excitaba, pero en lo que veía había tantas cosas que me bloqueaban y confundían, que por otro lado lo rechazaba”. Por eso ahora Lust busca “que la calentura no se choque con mis ideas éticas y estéticas”.

Lust no suele hablar de películas: dice productos. Está bien, tal vez sea más sincero de su parte. Sus influencias declaradas son MTV, Sex in the city y la literatura de Marguerite Duras y Anaïs Nin: nada extremo. Quizá por eso las feministas radicales y las especialistas en teoría de género no pierdan la oportunidad de saltarle al cuello, y la acusen de hacer un cine para mujeres que compran la revista Marie Claire. “A muchas feministas lo que hago les parece igual de sexista que el porno tradicional de los hombres. Y sí, lo que yo hago es un porno comercial para mujeres. Pero al mismo tiempo hay muchas personas, entre ellas cineastas lesbianas, que me agradecen porque la visibilidad masiva de mis películas les ha permitido a ellas llegar también a un público más grande. Mi cine, lo digo siempre, está dirigido a una mujer urbana, moderna, feminista, que sabe quién es y que le gusta el sexo, y que se atreve con la pornografía”.

La idea de que existía un nicho de mercado potencial se le ocurrió cuando, junto a su marido, llegaron a la conclusión de que no había un porno que los satisficiera. Y dijeron: “hagámoslo nosotros”. Así, filmaron The good girl, el corto aquel de la rubia inocente de pecas que da el buen paso junto a su repartidor de pizzas favorito, y se lo enseñaron a Berth Milton Jr., el magnate sueco de la pornografía y dueño de la marca Private, afincada por una cuestión de impuestos en Sant Cugat, Barcelona. Milton lo vio, quedó fascinado, y días después se los llevó de invitados a su yate exclusivo, amarrado como todos los mayos de todos los años en las aguas de Cannes. Era 2004 y Milton presentó a Lust como su nueva gran incorporación para Private, le hizo conceder decenas de entrevistas, y a su regreso jamás volvió a atender el teléfono. Lust y Dobner, un poco desilusionados, viajaron a California a entrevistarse con el CEO de Larry Flint Productions y con la gente de Playboy. Todos quedaban encantados, nadie quería producirlos. Así que se decidieron a crear Lust Films, y probar suerte por su lado.

Al final, los hombres siempre ganan. ¿Cuánto cuesta filmar una película porno? ¿Cuál es el sueldo de los actores? ¿Dónde, por otra parte, se los encuentra? “Es muy difícil encontrar hombres que actúen para el tipo de productos que yo hago. Son todos muy parecidos, del tipo gimnasio. Hay muy poca gente que quiera y pueda tener sexo delante de una cámara. De hecho, sé que yo nunca podría hacerlo. Pero el problema es que las personas en este negocio son muy básicas, hacen esto porque es la única alternativa que tienen. Hay localizaciones, hay técnicos, hay equipamiento, pero ¿gente que le ponga el cuerpo a lo que quiero mostrar? No”, dice Lust.

Además, declara que prefiere trabajar con actores que hayan cumplido los 25 años, porque cree que entre los 18 y los 21 (es decir, en una edad perfectamente legal) la sexualidad de una persona todavía se está formando. Y eso reduce aún más sus posibilidades. “Por otro lado, hay muchas actrices que no reflexionan sobre lo que hacen, y que aceptan papeles donde hacen cosas que no aceptarían hacer en sus vidas privadas”.

El presupuesto promedio de una película pornográfica en España es, en el mejor de los casos, de 50 mil euros (que se invierten sobre todo en el alquiler de los equipos, las locaciones, el material y los recursos humanos. Los directores y los productores suelen cobrar recién de los derechos sobre las copias vendidas). Los actores cobran entre 700 y 800 euros, a no ser que sean estrellas de primer nivel. Pero en España y en el rubro masculino, salvo Nacho Vidal (que no participa en este tipo de películas), no las hay. Las mujeres suelen llegar a los 1000 euros por escena, y siempre cobran más que los hombres. Además, pueden obtener algún plus si existen de acuerdo al tipo y número de penetraciones, o a circunstancias como filmar al aire libre o en la nieve. Todo lo que reafirma que la escena del porno está lejos de ser omnipotente. “La industria está llena de hombres muy poco profesionales: directores que llegan al rodaje sin cinta, que descubren que en las camas no hay sábanas, que faltan los maquilladores y los estilistas. O que directamente no les importa el vestuario. Es un mundo muy poco profesional, y la gran mayoría de las personas detrás de las cámaras no están ni cerca de ser creadores o artistas. Lo único que quieren es ver a gente teniendo sexo, porque no tienen vida sexual: son hombres gordos, feos, calvos, sin nivel intelectual o emocional. Están ahí para ver a mujeres desnudas”, explica Lust, que antes de fundar su empresa había participado como asistente en varios rodajes..

En el último encuentro le pregunto si alguna vez piensa dedicarse a filmar cine a secas, por fuera del rótulo de la pornografía. Dice que no sólo lo piensa, sino que lo ve como algo necesario. “El machismo está extendido, sobre todo, en el cine convencional. Sólo hay que mirar los papeles que interpretan las mujeres: novias, madres, prostitutas. El cine está escrito para papeles masculinos, las mujeres sólo son protagonistas en comedias, o en películas tontas sobre bodas. Y tampoco suele haber directoras: no hay más que pensar que en 85 nominaciones para los premios Oscar, jamás hubo una mujer que ganó como mejor directora. Y hubo sólo tres mujeres nominadas en toda la historia”.

-Estoy cansada de la putificación de las mujeres, por eso hay que tomar más posiciones en la industria- dice. Cuando una mujer es demasiado sexy en las películas o queda embarazada, o la violan, o es una psicótica. Hay pocas veces en que una mujer con sexualidad fuerte es una mujer normal. El porno es uno de los pocos mundos donde cada tanto se ve a una mujer feliz con su sexualidad.

-Lo que quiere decir es que a pesar de todo, el mundo sigue dominado por hombres.

-Por supuesto. La última gran desilusión me la llevé con las elecciones primarias de los Estados Unidos. ¡Con Hillary Clinton por primera vez las mujeres teníamos la posibilidad de llegar a la presidencia de los Estados Unidos! ¿Y sin embargo qué pasó? Que los hombres se inventaron un nuevo hombre…¡nada menos que un hombre negro! Es tan increíble…y es tan típico, inventarse algo nuevo. Y ahí lo tenemos: el primer presidente negro de la historia, Barack Obama. Los americanos prefieren eso, a que los gobierne una mujer.

Tags: Crónicas y reportajes propios (en diversos medios)

Barna: la ciudad de los prodigios

julio 2nd, 2009 · 4 Comments

Barcelona es hoy la ciudad que medio mundo ama, y la mitad de los catalanes detesta. La “marca Barcelona”, esa estrategia de la Generalitat para exportar la ciudad al mundo que comenzó con los Juegos Olímpicos de 1992 está a punto de cuajar definitivamente, terminando de convertir a Barna en un parque de atracciones temático con sus hitos de guía turística: Gaudí, Picasso, el espíritu medieval, el mar, las montañas. Barcelona es una ciudad tan moderna, cosmopolita y progresista que corre el riesgo de perder toda naturalidad, todo atractivo, y seguir el camino (y la escalada de precios) de Manhattan, París o Londres (y ceder su trono a Berlín, si es que no lo ha hecho todavía).

Pero hasta ayer nomás, Barcelona era Barcelona: ese lugar maravilloso que uno puede recorrer enteramente a pie, o ver completo desde las alturas del Montjuic o el Tibidabo; donde todo funciona a la perfección (la red de transportes, la seguridad social, la oferta de distracciones y diversiones nocturnas); que está diseñada a la medida del paseante, del flâneur. Y que, por si fuera poco, ahora tiene el mejor equipo de fútbol del mundo. Viví allí el último año y fui testigo de una situación única: el equipo ganó todo (“Copa, Liga y Champions”, se cantaba la noche de la coronación en los alrededores de la Plaza Catalunya, epicentro del festejo, al ritmo de “We will rock you”, de Queen), llegando al tricampeonato por primera vez en su historia. Fui al Camp Nou, invitado por un amigo catalán, y comprobé que ir a la cancha en Barcelona es como ir a la ópera: cada quien tiene su asiento de siempre asignado, se saluda a los vecinos de tribuna (familias enteras, con sus mujeres y niños), se canta el himno del equipo antes de cada partido. Los hinchas del Barca nunca se exasperan, y se sienten estimulados tanto por los goles como por los pases bien dados en mitad de cancha: todo lo celebran con un aplauso módico acompañado de las palabras “Molt be, Barca”. El paralelo aquí habría que trazarlo con un hincha de River o de Independiente: la cuestión no es ganar sino, sobre todo, jugar bien y limpio.

Los catalanes están más orgullosos que nunca porque esta vez más de la mitad del equipo proviene de las inferiores (la “Masía”, ése lugar donde estudian, comen, duermen, entrenan y conviven por años las futuras estrellas antes de llegar a primera). El resto del mundo, por una razón muy simple: los jugadores del Barca se divierten cuando juegan, y eso se nota. No sólo en los resultados (seguir al equipo era asegurarse cuatro o cinco goles por partido), sino en lo que se transmitía fuera de la cancha: respeto por los compañeros, y respeto máximo por los rivales (nunca se va a escuchar a un jugador, entrenador o dirigente del club que hable de sí mismo: se utiliza siempre el plural mayestático). ¡Un equipo en el que juegan Valdés, Alves, Xavi, Iniesta, Henry, Eto’o y Messi y donde el divismo está mal visto! Sólo en Cataluña.

Un solo ejemplo alcanza para entender el espíritu catalán que la ciudad transmite al equipo: mientras el Real Madrid cobra unos 20 millones de euros por la publicidad de Bwin.com (una casa de apuestas en Internet) que lleva en la camiseta del equipo, el Barcelona (cuyo lema es “Mucho más que un club”) le dona a Unicef el 0,7 por ciento de sus ingresos ordinarios (unos dos millones de euros al año) para exhibir el logo de la entidad en la vestimenta. Los gerentes de marketing lo saben bien: son estos golpes de efecto los que construyen las principales marcas.

(Columna publicada en la revista Brando del mes de Julio).

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Sexo y comida

junio 14th, 2009 · 2 Comments

El amigo Fernando Gómez, de la revista colombiana Donjuán, me pidió en diciembre del año pasado un texto personal sobre la relación entre comida y sexo, que acaban de publicar bajo el título “Chicas a la carta”. Acá abajo está el texto completo tal cual salió publicado, pero recomiendo fervientemente darse una vuelta por la moderna y dinámica edición de la revista online, acá mismo.

Por Maximiliano Tomas.

1. No como nada que salga del agua. Nada, nunca, nada. Es la fórmula retórica más efectiva que encontré, a lo largo de treinta y tres años de preguntas, para zanjar cualquier inquietud acerca de los componentes de mi dieta. Ningún pescado, ningún marisco, ningún molusco: la forma, la textura, el olor de los frutos de mar me arrastran velozmente, como por un tobogán acuático, a las profundidades de la náusea. Lo que no debería significar un problema mayor: soy argentino, y ahí están, disponibles, listas para ser hervidas, asadas, fritas o cocinadas en sus múltiples formas, cualquiera de las 50.000 vacas que se faenan en mi país a diario, para regocijo de mi estómago y el de mis compatriotas -los “noqueadores” las liquidan en apenas un segundo, de una manera limpia y sin sufrimientos, con una pistola neumática igualita a la que utiliza Javier Bardem en la película de los hermanos Cohen-.

No debería ser un problema pero lo es, y no sólo por la falta de omega 3 en mi organismo y la amenaza incipiente del colesterol, sino porque desde hace unos meses vivo en Barcelona, muy lejos de las variadas posibilidades cárnicas que ofrece mi patria. Además, siempre están los prejuicios, y los complejos. ¿Cómo una persona adulta, racional y que se pretende progresista puede negarse a los (afirma un coro indignado) placeres que ofrecen a nuestro sistema nervioso central los frutos de mar?.

2. Hace algunos años encontré una respuesta a mi medida en un libro titulado El vientre de los filósofos. Allí, Michel Onfray hacía un recorrido por la dieta de algunos pensadores, desde la antigüedad hasta los tiempos contemporáneos, y en el capítulo dedicado a Jean-Paul Sartre (uno de mis filósofos de cabecera) hallé, sorprendido, a mi gemelo gastronómico. Sartre había rechazado siempre -leí como presa de una revelación- todo alimento surgido del inframundo acuático, por las mismas razones que yo. Así, por largo tiempo, tuve un recurso de autoridad indiscutible para darles aura a mis argumentaciones. Hasta que comencé a salir con una psicoanalista.
Y cuando llegó la hora de responder a la consabida pregunta acerca de por qué no comía ni comeré nunca pescado, me miró de soslayo y me dijo si nunca me había puesto a pensar en la relación que existe entre el aroma de los frutos marítimos y el del sexo femenino. Y todos mis fantasmas se hicieron presentes en fila, riéndose a carcajadas de mis peregrinas argumentaciones alimentarias. Algún tiempo después me separé.
Pero la pregunta quedó instalada ahí, para siempre.

3. Comeme, lameme, mordeme, chupame, sorbeme, tragame, gustame: la relación entre sexo y comida está allí, imbricada en el lenguaje, en la piel de las palabras. Y yo no la había visto, o no quería verla. Claro que recordaba la escena del hielo en la que Mickey Rourke recorría el cuerpo en apogeo de Kim Bassinger, o la incursión en los bajos fondos de Marlon Brando por parte de una María Schneider munida de una porción de mantequilla en Último tango en París. También me acuerdo de la pareja de freaks formada por Vincent Gallo y Beatrice Dalle, a quienes Claire Denis puso a fornicar y a comerse -literalmente- en una película debidamente perturbadora llamada Sangre caníbal. Pero no es al canibalismo sexual (por otra parte, una actividad bastante extendida en el reino animal, donde casi siempre es la mujer la que engulle al hombre durante la cópula), estimo, adonde el lector quiere llegar al leer este artículo, y lo bien que hace. Sino a las razones que nos llevan a comparar el acto de comer con el de amar carnalmente -otra vez el lenguaje y sus piruetas-. Aunque sepamos que lo que Eva le ofreció a Adán del árbol prohibido no fue precisamente una manzana. Y a pesar de que mis escarceos sexuales adolescentes que pretendieron incluir algún soporte alimenticio nunca terminaron bien: las bananas parecen útiles a simple vista, pero no lo son; el chocolate se derrite al entrar en contacto con las profundidades del cuerpo humano; el helado, además de erizar la piel, suele dejar la ropa de cama como si en la habitación hubiera sucedido la Masacre de Texas, y no un encuentro amoroso. Igualmente, allá vamos.

4. Engullir y revolcarse, estaremos todos de acuerdo, son las actividades vitales más placenteras que podemos encontrar en el supermercado de la vida (salvo para algún amigo que conozco, que bien podría contarse entre los bonobos, esa especie de chimpancé que antepone la actividad sexual a todo, incluso la comida). Hay otras, claro: conversar, leer, viajar, escuchar música. Pero intente el método comparativo y oblíguese a elegir alguna de ellas por encima de las dos primeras. ¿Vio? La misma información la manejan desde siempre los que hacen mejores negocios que nosotros, y es por eso por lo que la pornografía y la gastronomía son industrias que nunca verán el ocaso. Si no me cree, mire cómo les va en la actualidad a las editoriales, o a las empresas discográficas.

Para comer, y para agasajar a nuestras parejas, utilizamos, antes de llegar a la genitalidad (que sería como masticar y tragar, en el resbaloso terreno de las analogías), las mismas herramientas técnicas: las manos, la boca, la lengua. Las dos son, además de aventuras físicas, experiencias olfativas y gustativas. Los japoneses, que en el asunto de diseñar nuevas estrategias de consumo están siempre a la vanguardia, no se anduvieron con vueltas, sumaron dos más dos, e inventaron el Nyotaimori. ¿De qué se trata? Cada tanto aparece en una película, o en alguna revista: en lugar de poner la mesa como Dios manda, los aficionados al Nyotaimori concurren -casi siempre en grupo- a lugares donde la comida se sirve directamente sobre el cuerpo de efebos y doncellas desnudas, cubiertos únicamente por trozos de pescado, algas y piezas alimenticias varias. A medida que los participantes van saciando uno de sus apetitos, el otro se despereza. No está mal. El problema es que nunca nadie nos muestra qué es lo que realmente sucede con esos apetecibles cuerpecillos a la hora de los postres.

5. Es el momento de enfrentar uno de los mitos centrales de la materia que nos ocupa: la comida afrodisíaca. Esos alimentos que, se supone, tienen la virtud de incrementar la libido o el deseo sexual, y depararnos noches de lujuria que ya envidiarían Lawrence de Arabia o John Holmes. Dicen que los egipcios, entre pirámide y pirámide, y los griegos, entre representaciones dramáticas y juegos olímpicos, dejaron registros de sus orgías sexuales y alimentarias, que incluían especias, tubérculos y vegetales que han llegado hasta nuestros días con buena fama: el azafrán, la pimienta, la nuez moscada, el jengibre, el ajo, el rábano y la cebolla. En el Kama Sutra, ese libro famoso que muchos cobijan en sus bibliotecas pero pocos leen (nada más incómodo que ponerse a pasar las páginas en medio del acto amoroso), se hace también referencia a elíxires energéticos como la miel y la leche. ¿Pero existen en verdad estudios que demuestren la efectividad de alguno de estos ingredientes? Por desgracia, se trata más de una leyenda que de algo científicamente demostrable. Copiaré aquí sólo algunos de los casos más curiosos, y sus aparentes propiedades, por si alguien arde en el deseo de experimentar después de leer este artículo, pero no me hago responsable de los efectos secundarios que puedan aparecer por semejantes prácticas.

Los benditos frutos de mar son mencionados en cualquier vademécum erótico que se precie. Mariscos y moluscos, el caviar y los caracoles figuran en alguno de los tantos listados que andan dando vueltas por Internet. La nuez, dicen los que saben, las almendras y las pasas de uva lograrían retrasar la eyaculación en el caso de los hombres (aunque existen elementos más confiables para tales fines: otro amigo acaba de regalarme unos preservativos que se venden en cualquier farmacia y que contienen una crema que, me aseguró, hace milagros).

Y desde la explosión de la New Age y las medicinas alternativas venimos escuchando hablar de las múltiples propiedades del ginseng, que parece curarlo todo. ¿Tiene gripe, viruela? Ginseng. ¿Se cortó un dedo? Ginseng. ¿Se rompió un brazo, una pierna, tiene la libido por el sótano? Ya saben. Pero cuidado: hace ya más de una década larga, en una de las primeras entrevistas que hice, una actriz argentina que ostentó por años el rótulo de la mujer más deseada de mi país, me habló de una primera cita que se vio completamente frustrada porque su partenaire había decidido embutirse un frasco entero de ginseng para estar a la altura de las circunstancias -y sólo logró inclinarse al nivel del lavabo, pero para vomitar durante toda la noche-.

6. Si me preguntan qué es lo que yo prefiero para una noche de comida, amor y sexo, me basta con el alimento necesario para alcanzar el reservorio calórico que demandan tales menesteres. Recomiendo evitar carnes y frituras, que obligan a una digestión lenta. Alguna ensalada de verdes, almendras, queso, pimienta y olivas no sólo resulta adecuada, sino que nos permite ser sofisticados y saludables por un precio módico. Por lo general, la bebida es la que funcionará como el desinhibidor necesario: recomiendo un vino tinto suave. Comida por un lado, sexo del otro. Todo muy bonito, dirá el lector. ¿Pero qué hay del trauma irresuelto del pescado y su relación con el sexo femenino?

Decía mi pareja, la psicoanalista, antes de condenarme a quedar rígido en la duda eterna como la escultura de Rodin, que la dificultad para ingerir frutos de mar es el hábito alimentario más difícil de superar en adultos. Gracias de nuevo. Pero no pierdo las esperanzas. Hay cosas más extrañas.
Tengo otro amigo más (sí, el tercero) al que le fascina sumergirse (entiéndase: enterrar su rostro) en el cuerpo de su mujer cuando está en esos días. Ustedes saben, en esos. Y lo disfruta tanto que es capaz de contármelo, a pesar de mis muecas de horror. No estoy hecho para esos desafíos. Pero todos tenemos un precio. Dejemos el lacanismo, hagamos un poco de terapia conductista, y supongamos que Keira Knightley (o Natalie Portman, o Sienna Miller), harta de los paparazzi, decide pasar a la clandestinidad y monta una tienda de pescados a pocas cuadras de mi casa actual, en el Mercado de la Boquería. Ante la sola pregunta sobre qué voy a llevar, sería perfectamente capaz de tragarme un pulpo vivo, para luego revolcarme con ella en el fondo del local sobre un lecho de ostras, mejillones y langostinos, embriagados los dos de esos aromas sofocantes, y estampar mi cara donde haya que hacerlo, el día del mes que marque el calendario.

Como podrán ver, ganas de superar mis fobias no me faltan. Lo que escasean son las voluntarias.

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Los placeres futuros

junio 5th, 2009 · No Comments

Me piden que escriba este texto y que utilice para guiarme cinco consignas, a las que trataré de ser escrupulosamente fiel. Para eso debo, antes, transcribirlas. Son las que siguen: cómo soy como lector; dónde y cómo leo; qué libros tengo en mi mesa de luz; qué lecturas y escritores me constituyeron como escritor; a qué lecturas vuelvo.

Espero no saber nunca cómo soy como lector (pero me considero un buen lector), o al menos que el tiempo y las experiencias sigan moldeándome como hasta ahora. Aunque es cierto que leo por diversos motivos y con intereses siempre distintos: personales, profesionales, íntimos, inconfesables. Acepto lecturas sugeridas, de escritores amigos, aunque cada vez menos. Cuando era joven leía casi todo lo que caía en mis manos, y me costaba desprenderme de un libro hasta que no lo había terminado. Un defecto que con los años fui puliendo: ahora mismo, si el texto no me interesa, no tengo problema en dejarlo a las dos o tres páginas y pasar al siguiente (nunca habrá suficiente tiempo para honrar mis deudas literarias). Leo dos, tres, cuatro y cinco libros al mismo tiempo. Me interesan, por sobre el resto, los libros de ficción: cuentos, relatos, novelas. Desconfío profundamente de la gente a la que no le gusta la literatura, sean amigos, familiares, amantes, parejas. Nunca pude dejarme ganar por la poesía, y aunque no lo vivo como un pecado, sé que se trata de una limitación: tal vez aún no sea demasiado tarde.

Leo de pie, sentado, en cualquier lugar. Tengo un método para leer caminando por la calle y juro que nunca me causé daños graves, ni a terceros. Pero no hay nada como leer acostado, en la cama, con un café o un vaso de vino a mano, cigarrillos y chocolate. No puedo leer con música ni con la televisión encendida (a diferencia de otras actividades tan placenteras y necesarias para la mente y el cuerpo humano); y no puedo leer ni escribir si estoy bajo el efecto de sustancias que alteran el sistema nervioso central, salvo el café y el tabaco (pero eso ya lo dije).

En Buenos Aires, mi mesa de luz no está demasiado lejos de mi biblioteca, apenas en el cuarto de al lado. Por lo que su contenido no suele diferir mucho. Pero como ahora vivo por unos meses en Barcelona, mi mesa de luz cambia rápido, se modifica con un ritmo que no es el habitual. Ahora mismo (en este momento voy a buscar los libros y los traigo: estoy sentado en el living de una casa que comparto con tres personas, en la ventana cae la tarde sobre el típico pulmón de manzana de los edificios del barrio del Eixample catalán) tengo allí: Una puta recorre Europa y Sidecar, novelas del escritor gallego Alberto Lema; el último libro de Philip Roth, Indignación; los relatos de Los boys, de Junot Díaz; El buen soldado, de Ford Madox Ford; la recopilación de artículos Bolaño salvaje; los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau (una maravilla); y uno de los ensayos sobre, precisamente, el acto de leer, más inteligentes que leí en mucho tiempo: La cena de los notables, de Constantino Bértolo. Pero cuando este artículo se publique, espero, se habrán sumado otros libros, nuevas sorpresas.

Las lecturas (que voy a citar de memoria) no me constituyen como lector o escritor, sino como ser humano. Y espero que lo sigan haciendo. ¿Un listado caprichoso, incompleto y en desorden? Operación masacre (Rodolfo Walsh), A sangre fría (Truman Capote), Los que luchan  y los que lloran (Jorge Masetti), Contra la interpretación (Susan Sontag), El existencialismo es un humanismo (Jean-Paul Sartre), Historia del siglo XX (Eric Hobsbawm), Crítica y ficción (Ricardo Piglia), El placer del texto (Roland Barthes), La guerra moderna (Martín Caparrós), El aleph (Jorge Luis Borges), Cuentos completos (Abelardo Castillo), Nadie, nada, nunca (Juan José Saer), Nueve cuentos (J.D. Salinger), Relatos (John Cheever), Estrella distante (Roberto Bolaño), ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? (Raymond Carver), Rayuela (Julio Cortázar), Muchacha punk (Fogwill), El fiord (Osvaldo Lamborghini), Luz de agosto (William Faulkner), Los asesinos (Ernest Hemingway), El beso de la mujer araña (Manuel Puig), El pasado (Alan Pauls). Y las canciones de Los Redonditos de Ricota, The Doors, The Ramones, Portishead. Es notable, sí, la ausencia de clásicos y autores del siglo XIX. Lo siento.

He leído alguno de los libros de arriba más de tres o cuatro veces. Pero me considero, todavía, demasiado joven para ejercer otras relecturas. Lo haré cuando no tenga energías para leer cosas nuevas. Por ahora, prefiero seguir adelante: soy un supersticioso ferviente de los placeres del futuro.

(Publicado en el número de junio de 2009 en la revista Quid).

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Cinco tesis de un argentino sobre el “fenómeno” Barça

marzo 27th, 2009 · 6 Comments

por Maximiliano Tomas

Uno. Lo primero que habría que decir aquí es “señores, mucho cuidado con el periodismo a las apuradas, que suele ser adicto a las generalizaciones y la sinécdoque”. Es decir, cuidado, que muchos de nosotros sentimos una especial compulsión por expresar la parte por el todo, en ver fenómenos donde sólo hay emergentes individuales. Pero hecha la salvedad, y como esto no es un artículo sobre ética periodística sino un pequeño ensayo de tinte personal, ahora sí, podemos preguntarnos: ¿existe algo así como un “fenómeno” Barça? ¿Y qué sería eso, en caso de que existiera? ¿Estamos hablando del club de fútbol, de la ciudad, o del conjunto indivisible, del fundido simbiótico que componen los dos juntos? Trataremos de demostrar aquí que uno no puede existir sin el otro (el club sin la ciudad, la ciudad sin el club) a través de una comparación tan política como caprichosa que incluye a los equipos de fútbol más conocidos de la Argentina (River Plate y Boca Juniors) y, también, al representante de esa alteridad sin la que el Fútbol Club Barcelona (FCB) no podría existir: el Real Madrid.

Dos. Lo segundo que habría que decir es que en la Argentina no hay acuerdo. Algunos argentinos (como yo) creen que ser de River es como ser del Barça. Otros piensan que ser de River es como ser del Real Madrid. Y con Boca sucede lo mismo. A ver, tiremos de una punta, busquemos algunos ejemplos: ¿qué jugadores argentinos pasaron alguna vez por las filas del FCB? Empecemos por los dos más famosos y talentosos del mundo: Diego Armando Maradona y Lionel Messi. ¿Y después?: Juan Román Riquelme, Maxi López, Javier Saviola. Maradona es un símbolo de Boca. Messi ni de uno ni de otro (jugaba en Newell’s). Riquelme es de Boca. Pero López y Saviola de River. Es decir, hasta acá, un empate técnico. Cambiemos de foco, entonces. ¿Qué representa el Real Madrid para el fútbol (y el mundo político) español, y qué el Barça? Madrid: poder central, poder político, poder del dinero. Monarquía, una dictadura de 40 años, toros. Barcelona: resistencia frente al centralismo, complejo frente al poder político, poder del dinero: puerto, rica burguesía mercantil, un poco de anarquismo y socialismo, derrotismo político. ¿Y Boca y River? Bueno, los dos equipos son de la Ciudad de Buenos Aires (como la mayoría en el fútbol argentino), así que son centrales y no periféricos. El poder simbólico del dinero estaría tradicionalmente del lado de River (uno de sus apodos es, precisamente, “los millonarios”), el poder político en ambos, el poder del pueblo en Boca. ¿Confuso, no? Digámoslo así: los hinchas de Boca dicen representar el sentir popular argentino, la misma emanación que históricamente se arroga la fuerza política más poderosa y maleable del país: el peronismo. River, en este caso, ocuparía el espacio del sentir aristocrático, sería la imagen y la semejanza del devenir burgués. De un lado las masas (Boca), de otro lado la élite (River). Un peronista jamás sería del Barça: se sentiría humillado y ofendido formando parte de un espectáculo tan poco efusivo como el del Camp Nou (donde el público, como en la ópera, aplaude los pases y las jugadas al moderado grito de “Molt bé, Barça”). Un peronista debe ser de Boca (bostero), y debe ser del Real Madrid (merengue), por pura vocación de poder (y desenfreno). Lo que nos acerca a nuestra idea de que un hincha de River (un gallina) debe ser, por empatía constitutiva, por mesura y savoir faire, hincha del Barça (o culé).

Tres. Pero hay más analogías: un simpatizante de River, como uno del Barça, no sólo quiere ganar: quiere, sobre todo, jugar bien, y que el resultado sea una consecuencia de aquel lucimiento, de aquel gozoso disfrute, de, en fin, una estética (una ética). Si River, si el Barça, ganan jugando mal, sus hinchas salen de la cancha con un regusto amargo en el paladar. Todo lo contrario les sucede a los madrileños, a los hinchas de Boca (y acá hay que hacer un inciso: Joaquín Sabina no es merengue pero es del Atlético; vive en Madrid; es fanático de Boca), cuyo objetivo es la victoria, aplastar al rival cueste lo que cueste. El fin justifica los medios, siempre (aquel famoso: “pisalo, pisalo, al rival hay que pisarlo”, de Salvador Bilardo). River, como el Barça, optará siempre por la elegancia, el buen fútbol, el espíritu de la vanguardia hecho deporte, hecho carne. River podría permitirse no llevar publicidad en su camiseta (como lo hace el propio Barça), cosa que Boca y el Real Madrid jamás podrían hacer (por aquella vocación de poder, que es vocación de dinero, también). Por otro lado, hay que decir que el promedio de asistencia de los simpatizantes de River al estadio (Antonio V. Liberti, más conocido como “El Monumental”) es directamente proporcional a la multiplicación de sus victorias. Cuando pierde seguido, las tribunas se ven raleadas. Lo mismo que sucede en el Camp Nou. Esto es: por carácter transitivo, y por acumulación de evidencias, creemos suficientemente demostrado que un hincha de River debe ser simpatizante del Barça, así como un hincha de Boca debe seguir la campaña del Real Madrid. Avancemos, entonces.

Cuatro. Luego están los números, que son para la sociología y dependen de la interpretación. Es decir: que pueden servir para sostener, incluso, hipótesis opuestas y contradictorias. Y por eso mismo no importan, o no al menos demasiado. Claro que Barcelona recibe un gran número de turistas mes tras mes; que la ciudad creció a un ritmo desenfrenado desde los Juegos Olímpicos de 1992, y fue uno de los epicentros de la fiebre inmobiliaria que funcionó como motor de crecimiento de la economía española en la última década; que el FCB, después de varias temporadas, consiguió una serie increíble de victorias consecutivas que lo hace batir, jornada tras jornada, nuevos récords (aunque, como insisten los cautos culés -y esto es parte de su idiosincracia-, “todavía no hemos ganado nada”); que seguramente el FCB tenga el equipo más costoso del fútbol actual (Messi, Eto’ó, Henry, Iniesta, Xavi, Pujol) y nutre de piezas centrales a la selección española, última campeona de Europa; que despierta pasiones por la voluptuosidad de su juego y los marcadores que logra, al tiempo que disputa tres torneos seguidos; que le hizo pronunciar al propio Maradona, actual entrenador de la selección argentina, la siguiente frase: “No hay dudas de que el Barcelona actual es el mejor equipo del mundo”; que gana y gana, y como gana, comienza a recaudar, y cada vez más seguido el Camp Nou puede exhibir (lo que no sucedía hace mucho tiempo) sus tribunas cubiertas de espectadores. Pero…

Cinco. …de todo lo antedicho se deduce, igualmente, que el FCB (así como la ciudad que lo alberga) jamás será un fenómeno de masas, por su propio carácter ontológico. Seguro: habrá turistas que, entre la visita obligada al Parc Güell y a la Sagrada Familia, al Barrio Gótico y a La Pedrera, contraten un pack que incluya las entradas al Camp Nou (esto debe existir, sin dudas, y lo más probable es que haya sido una estrategia comercial diseñada por un argentino). Pero el propio sistema de administración de los tickets (los asientos son limitados, pertenecen a los socios, sólo una mínima porción sale a la venta cada partido) pretende, a un tiempo, fidelizar a sus simpatizantes y evitar la escalada de oportunistas. Por otra parte, la nacionalidad catalana suele tender a la retracción y no a la expansión; los catalanes son celosos de su ciudad y de sus símbolos, no están dispuestos a compartirlos con todo el mundo. Uno puede comprar en cualquier tienda una camiseta del Barça, pero de ahí a que un catalán sea capaz de invitar a un extranjero al Camp Nou o a su casa a ver un partido televisado hay una prudente distancia. Carácter ontológico, decíamos: no se puede pretender la distinción (la elegancia, el dandysmo, la sofisticación) y, al mismo tiempo, agradar a todo el mundo (al vulgo). Barcelona no será nunca París, Nueva York o Londres. Seguirá creciendo a ritmo vegetativo hasta que sus límites revienten, cosa que, por otra parte, no está tan lejos. Al boom de los vuelos low cost y la vidriera de las transmisiones televisadas de los partidos del FCB, los catalanes tendrán que resistir durante los próximos meses el aluvión de turistas atraídos a la ciudad por las dudosas virtudes de la última película de Woody Allen, Vicky, Cristina, Barcelona, y el inexplicable Oscar que Penélope Cruz obtuvo por su breve e impostada actuación en el filme de marras. Paciencia, culés.

(Texto escrito a pedido, para un trabajo del Máster de Periodismo de la Universidad de Barcelona-NY).

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Entrevista con Ignacio Echevarría

mayo 27th, 2008 · No Comments

“La pérdida de relevancia de la crítica literaria, en particular, tiene que ver, además, con un progresivo desplazamiento de la literatura hacia una posición marginal dentro del sistema de la cultura contemporánea. Y esa posición marginal no obedece tanto a la hegemonía de los medios audiovisuales, como tan a menudo se suele decir, como a la desactivación de la literatura (y, en general, de toda expresión artística) a consecuencia de su confinamiento en un terreno segregado de las tensiones sociales”.

Entrevista con Ignacio Echevarría, en Terra Magazine.

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Un viaje a la Edad Media (remix)

junio 20th, 2007 · 3 Comments

Algunos meses atrás hubo un concurso de crónicas de viaje organizado por la Fundación El Libro en el marco de la Feria. Fue una buena ocasión para tomar una nota que había escrito por encargo, y que no me satisfacía completamente, y ver cómo la hubiera reescrito hoy.

Así que me transformé en una suerte de dj de mí mismo, reescribí el texto y lo presenté: había un premio de 10 mil pesos en juego.

Por supuesto, no gané. Pero creo que el artículo quedó mucho mejor, o al menos más parecido a lo que yo quería.

Es el que sigue.

Un viaje a la Edad Media

El tedio es parte esencial de la vida –de la vida de quienes, de este lado del mundo, pueden darse el lujo de sentirlo de tanto en tanto. Algo así como la otra cara del deseo: si no fuera por él, lo más probable es que nos pasáramos las horas y la vida echados a la sombra de un ombú. Con perdón del francés: “Estamos dispuestos a comer mierda, pero no siempre la misma” –Jacques Lacan dixit. Para evitarlo, para hacerle una finta al aburrimiento, los seres humanos suelen procurarse todo tipo de soluciones: emborracharse, casarse, reproducirse e inventarse guerras de diversas dimensiones. Algunos periodistas también nos aferramos a la quimera de que quedan, todavía, buenas historias que contar. Historias que, por lo general, hay que salir a buscar; rastrearlas, o lo que es lo mismo: viajar para contarlas. Una de ellas era la del monasterio trapense de la ciudad de Azul.

Cuentan los libros que en algún momento del año 1098 los santos Esteban, Roberto y Alberico llegaron hasta un pantano de la localidad de Dijón, Francia, llamado Citeaux. Los tres amigos buscaban volver a la sencillez y la pobreza de la vida monástica que recomendaba la regla de San Benito, redactada hacia el año 547: pobreza evangélica, vida comunitaria, trabajo y oración. En buen latín y sintetizado: ora et labora. Allí, Esteban, Roberto y Alberico fundaron un monasterio, el primero de lo que hoy se conoce como cultura cisterciense. Cinco siglos después, durante la Contrarreforma católica, el abad de Rancé, que había sido hijo de un poderoso señor feudal, llevó a cabo una nueva ruptura desde su abadía de La Trappe. Y en 1892 el Papa León XIII le dio nombre y entidad a esa reforma y a sus monjes. Así nació la “Orden de los cistercienses de la estricta observancia”, más conocida como la “Orden trapense”.

En octubre de 1958 un grupo de la orden perteneciente a la abadía de San José, en los Estados Unidos, viajó hasta la Argentina y fundó en Pablo Acosta, a cincuenta kilómetros de la ciudad de Azul, el primer monasterio trapense de Latinoamérica. La leyenda dice que en este grupo de avanzados se contaba Robert Lewis, el copiloto del Enola Gay, avión desde el que se arrojó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima –y el resto es historia conocida. Se cree que instantes después del ataque, mientras decenas de miles de personas eran carbonizadas en unos pocos segundos, Lewis pronunció sólo cinco palabras: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”. Y que una vez en tierra, sintió el llamado del señor, el mismo que lo habría arrojado al sur del mundo algunos años más tarde. Es una buena historia, y como toda buena historia lo más probable es que sea mitad verdad, mitad mentira.

Veremos.

Ahora son las cinco de la mañana, y en la ciudad de Azul es noche cerrada. Ya estuve una vez en el monasterio trapense, un par de semanas atrás. La condición para que los monjes me abrieran –literalmente– las puertas de su reclusión voluntaria fue esta: un primer viaje, de estudio mutuo, en todo caso algunas fotografías, y recién después, si la química humana y la fe divina así lo disponían, un segundo viaje, esta vez solo, sin fotógrafo, en el que podría acceder a cierta intimidad y al, por decirlo así, verbo –que los monjes que no suelen hablar con nadie, ni siquiera entre ellos, hablen conmigo, es decir, con la prensa.

Entonces: son las cinco de la mañana y en Azul es noche cerrada. Los vidrios del micro que acaba de detenerse en la terminal de ómnibus están helados. A espaldas de la estación desierta, iluminada por los focos del único bar abierto, se distinguen los frentes de dos remiserías.

–Cuando vuelva tome un auto ahí. Ya sabe, son poco más de cincuenta kilómetros de viaje. Los choferes conocen el camino de memoria –me había recomendado el padre José Otero durante mi primera visita a la Abadía de Nuestra Señora de los Ángeles.

Esa vez, la de las formalidades, había hecho el viaje en auto y de día desde Buenos Aires junto al fotógrafo. Así es que yo también conocía el camino: recordaba bien la ruta estrecha que atraviesa las sierras en ese paraje de la provincia de Buenos Aires, las extensiones de tierras verdes y amarillas, como pintadas al óleo, moteadas de animales, tierras que cada tanto se evaporan abruptamente y se convierten en vacío –o si se prefiere, por su nombre enciclopédico, en camino de cornisa.

Esta segunda vez, de noche todavía, el monólogo del chofer que me conduce al monasterio no es el más estimulante: el hombre me cuenta que un tiempo atrás llegó a trabajar varios días sin dormir, pero que, enhorabuena, había entendido que eso era una locura.

–Es algo que no pienso hacer nunca más. No importa que no llegue a fin de mes. Porque acá, una noche cualquiera, te distraés un segundo y listo: te matás.

“Ajá”, digo. Y “ajá” quiere decir que me parece una opinión sabia y prudente.

–Sí –sigue–, hace un tiempo un camión se fue por la barranca y terminó al fondo del acantilado. De día todavía se pueden ver los restos de los fierros.

Trato de mirar hacia abajo, pero no veo nada. Mientras, sin que se note demasiado, busco abrocharme el cinturón de seguridad, sin demasiado éxito. Me tranquilizo: ahí está el cartel que indica que falta poco para llegar. Dos, tres kilómetros a lo sumo. Los faros iluminan el anuncio del desvío que lleva hasta el monasterio.

Pero apenas logro relajarme cuando el auto enfila hacia un pequeño vado y, al cruzarlo, la rueda delantera izquierda estalla. El remisero pierde el control y el coche derrapa y se arrastra de costado. Estamos por estrellarnos contra la banquina izquierda, pero el chofer da un golpe de volante. En cuestión de segundos el auto hace un trompo, y vamos a parar al extremo opuesto del camino. En el silencio de la noche sólo se escuchan los mugidos de las vacas y el trinar de algunos pájaros en la oscuridad.

Me toco, pero no miro. Dicen que las personas en estado de shock pueden caminar por horas hasta que descubren que les falta un brazo, o que tienen un pedazo de espejo retrovisor incrustrado en la frente. Toco, pero no miro, para ver si todo está en su lugar. Y una vez que confirmamos que ninguno de los dos está herido, abro la puerta y salgo del auto.

Dejo al chofer y camino el kilómetro y medio que me separa del monasterio. Toco la puerta, aún temblando, y luego de algún tiempo aparece el padre Otero. Mientras prepara café, le cuento lo que acaba de suceder. El padre medita un instante, junta las manos debajo de las anchas mangas de su hábito monacal, ladea la cabeza y, con su sonrisa habitual, dice:

–Y… es así. A veces, Dios nos da señales.

Estoy en una pequeña cocina, vedada a cualquier mortal que no lleve hábito, en el corazón del monasterio. En el aire frío se mezcla el olor a café, a campo, a naftalina. Tengo un día entero para ver cómo funciona esta estructura por dentro; para ver, caminar, comer y hablar con este grupo de monjes que eligieron vivir fuera del mundo. Una de las primeras cosas que menciono, como para romper el hielo, es el caso de Lewis, el Enola Gay y la bomba atómica. El padre Otero me mira con cierto fastidio, y temo que el largo día que queda por delante se haga trizas. Otero, me dice, está cansado de que le pregunten siempre por lo mismo –aunque la historia figure incluso en la página de Internet que el propio monasterio mantiene. Dice:

–Es una leyenda. Lewis hizo un retiro espiritual en un monasterio de los Estados Unidos después de la guerra. Pero después se fue, y no se volvió a saber de él.

El padre Otero es el prior de este lugar donde conviven dieciséis monjes. O lo que es lo mismo: es el segundo responsable de la abadía. Tiene 61 años, cuerpo robusto, poco pelo, la cara rosada, y cualquiera que llegue del mundo exterior no le daría mucho más de cuarenta. Otero conserva (como todos aquí dentro, pero eso lo sabré después) un secreto, que confesará sólo cuando entre en confianza: a qué se dedicaba antes de decidirse por la vida monacal. Porque la mayoría de los monjes trapenses llevaban una vida similar a la de cualquier mortal antes de optar por cortar lazos con el mundo.

La vida de clausura de los monjes tiene reglas muy estrictas, y entre ellas figura la del silencio absoluto, el recogimiento, el canto litúrgico y la oración. Otero recuerda que cuando ingresó, en 1977, los hermanos todavía hablaban mediante señas. “Pero el hombre es un ser social”, dice ahora. “No está mal que ciertas normas se hayan actualizado. Hoy, por ejemplo, no se puede azotar a un ser humano –se ríe. Imagínese el juicio que le harían”.

Los trapenses funcionan como una organización vertical, del mismo modo que la Iglesia Católica: en la cima un abad general que vive en Roma y al que asiste un Consejo Generalicio, integrado por seis monjes. Uno de ellos, el Procurador General, es el nexo entre la Orden y la Santa Sede. Porque los trapenses no sólo están exentos de ciertas obligaciones del oficio, como realizar bautismos y casamientos: no responden a ninguna diócesis, sino directamente a Roma.

Le pregunto a Otero si no cree que el hecho de retirarse del mundo no implica cierta dosis de renuncia, en fin, un tizne de egoísmo non sancto: ego me abstengo, desaparezco, vivo mi vida y que el resto se arregle como pueda. “No”, me contesta. “En el corazón del monje cabe el mundo. Y yo me hice monje para salvar a los hombres. Es un camino menos visible que el que puede tener un sacerdote. Pero viviendo el cristianismo hasta las últimas consecuencias uno da un testimonio. Si vivo mi fe radicalmente, el que me ve encuentra a Cristo. Porque puedo predicar muy lindo, ¿no?, pero si no vivo como predico, ¿de qué me sirve?”.

Consejo para impacientes: tómense su tiempo pata meditar bien el asunto, porque para llegar al lugar en el que ahora estoy hay que recorrer un largo camino. Uno no se hace monje de un día para el otro. Se comienza como aspirante, etapa que dura un año. Después se es postulante por otro año, novicio por dos más, profeso temporal durante tres y recién ahí, a siete años de haber empezado, se puede optar por la profesión perpetua. Es en ese momento cuando se hace entrega de la cogulla, el hábito blanco característico que, en ocasiones, es acompañado por una pechera y capucha negras. De ahí les viene a los trapenses un nombre que mete miedo: “monjes negros”.

Pero hay mucha otra gente que se acerca al monasterio durante el año, en busca de una misa atípica o de retiros espirituales. Mucha es mucha: para conseguir turno en la hospedería ubicada a un costado de la iglesia hay que reservar lugar con semanas de anticipación. Allí se alojan unos 1500 huéspedes al año. Pero nadie accede nunca al interior del monasterio, el verdadero corazón de la vida de clausura. Del otro lado de esas paredes –de este lado– la realidad se funde con la fantasía, y la noción del tiempo se disuelve hasta convertirse en un solo minuto eterno. A lo largo de los pasillos, uno podrá toparse, por ejemplo, con una figura que lee en silencio mientras camina, como si fuese un personaje abducido de El nombre de la rosa –como depositado ahí por la mano de Dios, durante un descuido.

La vida de los trapenses arranca temprano. Temprano es temprano: a las tres y cuarto de la madrugada. Cada dos horas suena el campanario, todos interrumpen lo que están haciendo –orando, trabajando– y se dirigen a cantar una de las siete oraciones diarias. Todos los días del año. La disciplina se extiende a los objetos inanimados: en el monasterio no hay una sola bisagra que haga ruido. Y en la iglesia baja y robusta, de estilo románico, el silencio ahora es tan profundo que lo único que se escucha en el aire es el eco del vuelo de las moscas –y el recogimiento tan abrumador que haría arrepentirse a Poncio Pilatos. Hasta que irrumpen los cantos litúrgicos. “Cantar los salmos viene de la época de San Agustín, que afirmaba que el que ora y canta, ora dos veces”, explica el padre Otero. “Nosotros buscamos resaltar la palabra y no la música. Para eso estudiamos solfeo y algunos instrumentos”.

Sí, pero, ¿por qué despertarse a las tres de la mañana? Otero explica que a esa hora “el lago de la afectividad está quieto”. O dormido, pienso. Y pregunto: ¿cómo hacen para no quedarse dormidos? “A veces, es cierto, estamos semidormidos cuando oramos”, admite el prior. “Pero eso no quita la conciencia del acto. Todo lo que uno mete en el alma a esa hora penetra hasta el fondo. Recitar los salmos a las tres de la mañana se puede transformar en un acto mecánico, pero no quiere decir que uno no quede embebido de esos sentimientos”. Lo que nos lleva de nuevo al principio, al asunto del tedio. ¿Cómo hacen para vivir el mismo día, todos los días, y no desfallecer del aburrimiento?

–Bueno, a veces los días se parecen –dice Otero. Cuando yo me aburro escucho jazz. Una vez al mes me doy una panzada. La gente se extraña de nuestros horarios. Pero después de un tiempo la estructura horaria desaparece, y se transforma en un régimen solar. Es como volver a las fuentes de la naturaleza. El fin es favorecer el espíritu de oración constante.

– ¿Y cómo es el contacto con el exterior?

– La gente piensa que somos extraterrestres, que no sabemos lo que pasa. Pero sabemos más que ellos –contraataca el padre. Leemos los diarios dos veces por semana, usamos Internet. Además, una cosa es escuchar la información y otra digerirla. La gente está muy bombardeada. Nosotros… nosotros tenemos tiempo.

En el monasterio las tareas están bien divididas. El padre Eduardo Gouland tiene 60 años y es el ecónomo. “Yo vendría a ser el Judas, aunque espero no terminar como él”, dice. Su historia de clausura comenzó a los 24 años. El día en que, estudiando para un final de la facultad, tuvo una revelación. “Yo era católico no practicante. Tenía novia, y todo lo que oliera a cura o a sacristía me daba alergia. Una noche estaba estudiando con mis compañeros para un examen de Derecho Comercial y de repente sentí una presencia muy fuerte del Señor en el corazón. Fue como una iluminación, lo sentí físicamente. Me pedía que dejara todo y, claro, yo no quería. Me costó tiempo asumirlo, porque amaba a esta chica con la que estaba. Pero en poco tiempo todas las cosas a través de las que vivía se volvieron vacías. Llevaba una doble vida: por un lado el centro de estudiantes y por el otro la vida espiritual, que era la que cada vez me hacía más feliz. Así que contra la opinión de los demás me decidí por la vida monástica. Y una vez que llegué acá, supe que era el lugar que buscaba”.

Para subsistir económicamente, los monjes solían fabricar miel y té de hierbas, pero ya no lo hacen. Ahora, en concordancia con los tiempos, trabajan el campo. Pero el verdadero ingreso, desde hace quince años, lo obtienen de la reproducción de toros: en los terrenos de la abadía se crían y venden unos ciento veinte toros Hereford por año. Y las obras más grandes, como la hospedería, se construyen con donaciones.

En esta particular división del trabajo, al hermano Mario Arredondo (49) le tocó el mantenimento del generador eléctrico, las calderas y los dos vehículos: una camioneta Trafic y una Toyota 4X4. El padre Pablo Heide (81), el monje más grande del grupo, se ha forjado una reputación envidiable gracias a sus pizzas dominicales. El padre Leandro Pérez (75) es capellán y lava la ropa. Agustín Roberts (72), también norteamericano, es el abad. Y el hermano Tomás Ringwood (78), el portero, es el único sobreviviente del grupo fundador.

Conozco a Roberts, la cabeza de la organización, por la tarde, luego de almorzar en una sala en que cada monje tiene su ubicación en la mesa señalada por un pequeño letrero de madera. Cada uno dio cuenta de su alimento sin cruzar palabra, casi sin mirarse. Y puedo conocer a Roberts, mientras la tarde se deshace en este rincón del planeta, un poco por casualidad: acaba de regresar de un retiro especial que realiza, como el resto del grupo, una vez al año. Recién baja de la ermita donde estuvo internado, solo, durante siete días. Una semana sin luz eléctrica, agua corriente ni calefacción –y miro alrededor y me imagino que la comparación con Cabo Polonio está completamente fuera de lugar. A Roberts sólo se le permitió llevar algo de leña y la comida. “Nuestra vida es intensa, y la convivencia también”, me dice el abad –haciendo uso de una acepción poco corriente del adjetivo intenso–, el último que me recibe en este largo día de oración y cantos. “Por eso es que necesitamos estos momentos de soledad, sin trabajo y en oración”.

Roberts, al igual que Otero y Gouland, me habla como desde el otro lado de una barrera de calma y beatitud. Parece tan tranquilo, tan en paz consigo mismo, que la pregunta se formula sola. ¿Cómo son capaces de convivir, los trescientos sesenta y cinco días del año con cada una de sus horas sin perder, nunca, los estribos? Al fin y al cabo si la paciencia es un don, también es un atributo que en cualquier momento puede llegar a desaparecer.

– Bueno, yo me he enojado más aquí dentro que afuera (Roberts bromea, claro: remata la afirmación con una sonrisa). Pero recuerdo una vez en particular, durante Malvinas. Estaba tan furioso con Margaret Thatcher, por la injusticia de la guerra, que llegué a confesarme por eso. No hay nada que hacer: a veces el hombre viejo sale a la superficie.

Escucho la última oración del día a eso de las seis de la tarde. Cuando los cantos terminen, el padre Otero me llevará hasta la terminal de ómnibus de Azul en una de las camionetas de la abadía. El sol cae a través del vitreaux y tiñe de amarillo el interior de la iglesia. La oración concluye y los monjes se retiran a sus habitaciones, hasta el día siguiente. A las siete será nuevamente de noche.

Al rato, el padre Otero reaparece. Nos subimos a la Trafic blanca. El padre maneja rápido. Con destreza, pero bastante más rápido que el remisero que me trajo hasta aquí. Pero elijo no decir nada. Entonces, tal vez porque ya entramos en confianza, o quizá para cortar el silencio, me confiesa su secreto: antes de la clausura fue músico profesional.¿Profesional? Me acomodo para escuchar otra historia de músicos frustrados en un país que los produce por millones. Pero no: Otero me cuenta que fue baterista de bandas de primera línea del rock nacional de entonces, como “Arco Iris” y “Cenizas”. Otero lo cuenta con orgullo, pero sus palabras no dejan entrever vestigios de nostalgia.

Dice que vivió cinco años en Europa, de fiesta en fiesta, y que llegó a tocar hasta para el Sha de Persia.

–Pero siempre sentí la presencia de Dios conmigo, y tenía que responderle.

En 1975, decidido, fue en busca de la indulgencia plenaria: para obtenerla, subió de rodillas las escalinatas de la Basílica de San Pedro, en Roma.

Dos años después, entró a la abadía definitivamente.

Y el mundo exterior dejó de existir, para él, en ese preciso instante.

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La pasión, la virtud y el vicio

enero 26th, 2007 · 2 Comments

Cuarenta y ocho horas con Jorge Lanata

“Glllanata, glllanata”, aúlla un grupo de señoras bajo el sol homicida de las dos de la tarde, en la plaza Independencia del centro de San Miguel de Tucumán. “Ay, Lanata, usted es nuestro ídolo. Nosotras nos encerrábamos todos los domingos en casa a ver su programa”. Jorge Lanata transpira y agradece la muestra de afecto con una sonrisa.Es martes y acaba de llegar a la provincia para proyectar, antes de su estreno nacional, su primera película: “Deuda”. Una vez que las señoras lograron tocarlo, hablarle y conseguir uno que otro autógrafo, se retiran. Pero una de ellas vuelve sobre sus pasos, lo mira con los ojos de una tía severa y le dice, agitando su dedo índice:

– Lo queremos, pero hágame un favor. Deje de fumar.

Lanata la mira y por unos segundos es como si lo pensara. Hasta que se despierta y, agitando los brazos como las aspas de un ventilador, casi grita: “Está bien señora, me convenció. Lo acabo de dejar”.

Lanata posa para las fotos y sigue transpirando. Empezó a transpirar a las ocho de la mañana, apenas llegó al aeropuerto de Tucumán, cuando el termómetro ya marcaba los veinte grados. Ahora, frente a la Casa de Gobierno, lleva un pantalón fino a cuadros, una camisa estilo guayabera color caqui y anteojos de diseño. Camina con los pies para afuera, como un pato inmenso, pero lo hace más rápido que muchos. Sin embargo, tarda casi quince minutos en cruzar la plaza de una punta a otra. Cada dos pasos alguien lo detiene. La gente se acerca a saludarlo, le grita desde los autos, le deja papeles con denuncias en la mano, le adosan besos como si fuera una estampilla postal. Le piden fotos y, alguno, hasta logra sacarle diez pesos para comprar fiambre.

Le piden, sobre todo, que vuelva a la televisión. Él parece tan acostumbrado al reclamo que, sólo para no aburrirse, contesta cada vez con una respuesta distinta. “No creo que vuelva, por el momento”, es la frase que más pronuncia. A veces también recomienda, porque cree que su ausencia en la televisión de este año se debió a una partida de naipes entre tahúres de la que salió taimado: “Vea a Majul, señora”. Y ante la extrañeza de la recomendación, repite frente a una pequeña platea (el lector recordará que las autoridades de América reemplazaron a “Día D” por “La Cornisa”):

– ¡Miren a Majul!

Recién cuando le insisten demasiado, Lanata, que es una persona mucho más paciente de lo que uno podría imaginar, comienza a impacientarse: “Bueno, mire, hagamos una cosa. Cómprese un canal de televisión, y contráteme”. Y, acto seguido, enciende un cigarrillo.

FANTASMAS EN EL AEROPUERTO. La cita era el lunes 4 a las cinco de la mañana en Aeroparque. Lanata, el periodista que según todas las encuestas es el más creíble del país, está por proyectar en público su primera película. Como la historia nació de un reportaje realizado en abril del 2002 en Tucumán, aquel en el que la pequeña Bárbara Flores, de ocho años, lloraba de hambre frente a las cámaras de televisión, él decidió que la función fuera en esa provincia. Y frente a un público algo particular: de las seiscientas butacas del cine Majestic, doscientas están reservadas para chicos de barrios carenciados que, por primera vez, pisarán una sala de cine.

El filme se llama “Deuda” y es un documental codirigido junto a Andrés Schaer, en el que el periodista intenta rastrear de qué se habla cuando se habla de la deuda externa argentina. Quiénes son sus responsables morales y políticos, si existe una vinculación entre el hambre y la pobreza del país y la deuda que el país contrajo con los organismos de crédito internacionales.

Por eso es que Lanata está en Aeroparque este lunes, a las cinco de la mañana. O al menos eso se supone porque, a veces, Lanata experimenta momentos evanescentes: tiene la capacidad de, frente a la mínima distracción, esfumarse sin dejar rastro. Como ahora.

¿Dónde está Lanata? Lo más probable, aclara el agente de prensa, es que esté buscando que le habiliten una sala privada en este aeropuerto aséptico e impersonal emplazado frente al Río de la Plata. Un lugar donde a Lanata le permitan, claro, fumar un cigarrillo tranquilo.

MOORE Y LA PRENSA K. Una hora después de llegar a Tucumán, Lanata ofrece una conferencia de prensa para hablar de la película. Ahora lleva una camisa igual a la que tenía a la mañana, pero de color verde. Está un poco cansado de que lo comparen con Michael Moore. “Si no fuéramos gordos y periodistas, nadie diría que nos parecemos”, se fastidia. Shaer, uno de los dos directores jóvenes del área de nuevos proyectos de la productora Patagonik, cuenta que la idea de la película se le ocurrió de casualidad, porque lo que él tenía encargado, hasta ese momento, era hacer un documental sobre Boca Juniors: “En un momento paré la cinta que estaba viendo y en el televisor que estaba usando apareció Lanata. Entonces le dije a Pablo Bossi –uno de los directores de la productora–: ¿por qué no hacemos un documental con él?”.

Lanata lo pensó un tiempo y aceptó. En nueve meses, que incluyeron viajes a Tucumán, Punta del Este, Washington y Davos, la película estuvo lista para estrenar. ¿Cómo filmar una película sobre la deuda externa que tenga información, rigor, y a la vez entretenga? Shaer cree que la gente no quiere ir al cine a suicidarse: “En lugar de buscar que asimile treinta conceptos diferentes, preferimos desarrollar uno y bien. Darle un golpe al espectador en el pecho y que salga preguntándose. ‘¿Cómo se puede ser tan egoísta, tan inmoral?’”.

Lanata opina que la gente, por lo general, no sabe nada de la deuda. “Así que cualquier cosa nueva que tires, sirve. No entramos en muchos detalles, porque no es una tesis sobre la deuda, sino una película. Lo que importa es que a partir de esto se pueda discutir el tema. Yo no quise hacer una película para la hinchada, quiero saltar el gueto, que lo que hago sea consumido por el público masivo. A los convencidos no tengo nada que decirles”.

La conferencia termina y después de un pequeño descanso llega la hora del almuerzo. Lanata se relaja, aunque piensa en la sesión de fotos que vendrá durante la digestión y le da sed. El hombre se reconoce como un fóbico que en los viajes prefiere no salir mucho del hotel. Caminar, no camina. Va a todas partes en remís. Está con sobrepeso, y aunque se siente mejor de la apnea (“Respiro menos que el resto de la gente, y me llega menos sangre al cerebro. Es decir, soy más estúpido que la media”) el sedentarismo no lo ayuda. Además, como es diabético, debe inyectarse insulina dos veces por día.

Pide un café corto cargado, la segunda o tercera agua tónica con limón, prende un cigarrillo y habla de cuando, al principio de la película, se convierte en dibujo animado para entrar en el cerebro de un chico con desnutrición. “Me gustó mucho el videoclip del tema ‘Frijolero’ de Molotov. Esa técnica, que se llama retoscopio, donde primero se filma y después se dibuja arriba de la película. Los movimientos animados quedan como los de un humano, no como los de un dibujo. Pero se me pasó un detalle. Cuando entro al cerebro del chico, manejando un camión, también estoy fumando. No me di cuenta”.

Hace un tiempo, cuando un librero tucumano se enteró de que Lanata llegaba a la ciudad, tuvo una iluminación, le mandó un mail –la dirección figura en sus libros– y le pidió si, por favor, no se hacía un tiempo para dedicar algunos ejemplares. Lanata primero dijo que no, pero terminó aceptando. Así que después de las fotos en la plaza, y de otro descanso, tiene que ir hasta la librería.

Aprovecho el tiempo muerto para preguntarle cómo ve a los medios en la era K, y si cree que existe el periodismo independiente. “El concepto periodismo independiente es una redundancia, el periodismo es independiente, sino es publicidad. Hoy se llama investigación a cualquier cosa, chequear dos datos no es investigar. Yo tuve una necesidad interior de salirme del periodismo de coyuntura. Creo que el periodismo es algo que hay que saber dejar, porque te distorsiona el punto de vista sobre las cosas, y te hace pensar que algo es importante cuando es una pelotudez. A veces los periodistas que hacen política terminan escribiendo sobre rumores muy menores, informaciones de pasillo”.

¿Qué opina de la libertad de prensa hoy? “Kirchner tiene un control sobre los medios como nunca vi en mi vida. ¿Cuál fue la última denuncia que escuchaste contra el gobierno en la televisión? O esto es Disneylandia, o existe un fuerte control sobre la prensa”.

LANATA SUPERSTAR. La hora de la siesta, cuando uno no puede dormir, es un buen momento para pensar en cosas más o menos intrascendentes y para sacar cuentas. Si, como se afirma, cada cigarrillo representa quince minutos menos de vida, y Lanata fuma dos atados y medio por día, la aritmética es sencilla: Lanata consume cada día unas doce horas de su vida en tabaco y nicotina. Mejor pensar en otra cosa.

Por ejemplo, cómo va a hacer para autografiar, en una sola hora, todos los libros que esa larga fila de admiradores lleva bajo el brazo. En rigor, no todas las personas le acercan los dos tomos de “Argentinos”, que llevan vendidos hasta hoy unos 350 mil ejemplares. Lanata firma, con dedicatoria personal incluida, todo tipo de objetos: revistas, servilletas, carpetas, cuadernos de clase y hasta un tomo de Derecho Romano. Y, cuando pasó una hora y veinte y la gente sigue llegando, y los vendedores despachan libros como si fuera el día del juicio final, Lanata pierde la paciencia por primera vez. Intenta retirarse, pero el público no se lo permite. Vuelve a sentarse casi obligado. “Diez minutos más”, se resigna, y garabatea su firma, algo así como un ocho en números romanos, hasta que dos empleados de seguridad de la librería le abren paso para que vuelva al hotel a prepararse para la proyección de la película.

En la ciudad, claro, todo queda cerca. Pero aún en auto, el tránsito retrasa el camino hasta el cine, donde Lanata verá el filme en pantalla grande por primera vez, unos quince minutos. Tiempo suficiente para que ofrezca su visión sobre la deuda: “Descubrí, haciendo la película, que no tenemos datos confiables sobre cuánto es verdaderamente la deuda externa argentina. Nadie lo sabe. Entonces, primero habría que ver de cuánto es, y ver qué se hace con eso. No tengo problemas en pagar una deuda real, pero nadie puede exigirnos que paguemos lo que no nos dieron. Aparte, si es cuestión de números, la deuda ya está pagada varias veces. Esto va a seguir siendo un problema los próximos cinco o diez años. Pero el hecho de que en Davos se haya pensado el tema de la pobreza como un miedo real de los ricos, denota una crisis. Todo esto es un camino que termina con la desaparición de la deuda, seguro. Es como con la legalización de las drogas: en algún momento va a suceder”.

El auto se detiene en la puerta del cine. Lanata enfila hacia la sala. Es una extraña mezcla de estrella de rock con un toque de Michael Moore (aunque no le guste), pero prolijo. Lleva otra guayabera estilo revolución cubana en lugar de la gorra de béisbol que el norteamericano no se saca ni para dormir. Es algo digno de verse: la gente se pone de pie y estalla en una ovación de gritos y aplausos. Lanata pronuncia un breve discurso, se sienta, las luces se apagan y comienza la proyección.

En la primera parte de “Deuda” el filme retrata la guerra de pobres contra pobres. Lanata se viste de detective y rastrea los orígenes de la pobreza, y se ocupa un buen tiempo de las denuncias de Alejandro Olmos, el argentino que denunció la ilegalidad de la deuda externa. Si la película va a recibir críticas desde algún sector del progresismo, lo hará por esta primera parte, que parece filmada por los acreedores de la Argentina. Pero más adelante desnuda las miserias y contradicciones de los propios organismos de crédito, cuando entrevista a los responsables del FMI y el Banco Mundial.

La sala está repleta y hay gente de pie en los pasillos. Los únicos insultos se escuchan cuando en pantalla aparece la figura de Carlos Menem. En la oscuridad, la respiración agitada de Lanata resuena como la de un animal herido. En los minutos finales rueda el tema “Ya lo sabemos”, de la banda Árbol. Lanata tararea la letra. Cuando se vuelven a prender las luces hay aplausos, gritos, llantos y una area humana que quiere abrazar al periodista. Se ve a las claras que salir de allí va a ser imposible. Hay seiscientas personas de un solo lado del cine, alrededor de su figura. Hasta que, en un descuido, Lanata vuelve a echar mano a sus dotes de escapista. Atraviesa la sala a paso rápido por una hilera que quedó vacía y se pierde por el lado opuesto del cine. Cuando los periodistas y el pequeño grupo de personas que lo acompaña llega corriendo hasta la puerta, los dos autos que los esperaban para volver al hotel han desaparecido en la noche. Lanata también.

AMANECER DE UN DÍA AGITADO. La última parte de la entrevista está pautada para las siete de la mañana siguiente, durante el desayuno. Lanata reaparece en el bar del hotel minutos más tarde. Está afónico. Dice que la película le gustó, encarga un agua tónica con limón y un cortado. Prende el primer cigarrillo del día.

Quiero saber si cree haber encontrado lo que buscaba al filmar el documental. ¿Tiene algo que ver la deuda externa con el hambre y la pobreza? “Como viste, en la película le pregunto a Anne Krueger si existe una relación entre el hambre de Bárbara Flores y el FMI. Y ella me contesta que todo está vinculado con todo. O sea que sí tiene que ver. Aunque peor que eso es haber tenido una clase política horrible. O sea que la mayor responsabilidad es nuestra. Los argentinos nunca vivimos nuestra realidad efectiva, siempre pensamos que éramos lo que queríamos ser. Vivimos una vida falsa proyectada. Y hoy sufrimos la crisis del nene al que le dicen que es adoptado. Sí, somos pobres. Pero menos mal que nos dimos cuenta, quizá así vayamos hacia algún lado. Porque vale la pena intentarlo. Este país está lleno de gente honesta. Hay sólo un cinco por ciento de chorros. Pero tenemos que asociar la idea de cambio a la del trabajo. Hay que trabajar mucho para que las cosas cambien”.

–¿Por qué se define como un liberal de izquierda?

–Porque tengo un problema y es que creo en la democracia pero sé que este sistema es injusto. Creo en la libertad, creo más en el individuo que en el Estado, pero como todo está mal, siento que algo hay que hacer. A ver: yo en Cuba estaría preso por disidente, de eso no tengo dudas. Además, el socialismo en la Argentina no existe. La izquierda argentina también es rara. Ha estado con todos los militares a lo largo de la historia: con Uriburu, con Braden, con Videla. Han sido bastante dementes. Por suerte la derecha es torpe. Porque podrían haber ganado mucha más plata de otra manera. La derecha argentina ha sido especuladora y saqueadora. Y hoy tenemos un país precapitalista. Porque si al menos existiera el capitalismo, la gente comería y ganaría mejor.

Enciende un segundo cigarrillo. Le pregunto si le molesta la tan en boga prohibición de fumar. “Me jode por principio, no por la adicción. Yo puedo estar sin fumar unas horas, pero me molesta que me lo prohiban. Entonces peleo para que me dejen”.

Un rato después dejamos el hotel y llegamos al aeropuerto. El avión sale en media hora. Queda tiempo para que Lanata diga que, a los 44 años, ha logrado finalmente lo que siempre quiso, vivir de los libros. Que no extraña la televisión. Que, a punto de ser padre por segunda vez, se siente feliz.

Anuncian el vuelo por los parlantes. Retiramos los tickets y, un segundo después, sin que nadie sepa cómo, Lanata ha desaparecido de nuevo. Debe andar por ahí, buscando un lugar donde le permitan fumar. Una vez más, como siempre, estará saliéndose con la suya.

Por Maximiliano Tomas para la revista Noticias (9 de octubre del 2004).

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Vivir en la Edad Media

enero 4th, 2007 · 4 Comments

Son las cinco de la mañana y en la ciudad de Azul es noche cerrada. Los vidrios del micro que acaba de detener su marcha en la estación de ómnibus están helados: afuera, la temperatura no llega a los diez grados. Frente a la estación desierta, iluminada por los focos del único bar abierto, se distinguen las fachadas de dos remiserías. “Cuando venga de nuevo tome un auto ahí. Ya sabe, son poco más de cincuenta kilómetros de viaje. Los choferes conocen el camino de memoria”, me había recomendado el padre José Otero unas semanas antes, durante mi primera visita a la Abadía de Nuestra Señora de los Ángeles, el monasterio trapense más antiguo de América Latina.

Esa vez había hecho el viaje en auto y de día desde Buenos Aires. Así que también conocía el camino. Recordaba bastante bien la ruta estrecha que atraviesa las sierras en ese paraje de la provincia de Buenos Aires, porque la belleza del lugar es impactante: a los costados del camino se abren grandes extensiones de tierras verdes y amarillas, como pintadas al óleo, moteadas de animales. Pero esta segunda vez era de noche y, ya en camino, no se veía absolutamente nada más allá de los pozos en el asfalto gris que, con dificultad, iluminaban los faros del remís.

La conversación con el chofer no era la más estimulante a esa hora y en ese lugar. El hombre contaba que un tiempo atrás había llegado a trabajar varios días sin dormir, pero que había entendido que eso era una locura. “No lo pienso hacer nunca más, no importa que no llegue con la plata. Porque una noche cualquiera te distraés un segundo y listo, te matás”. Me pareció una opinión sabia y prudente. Sobre todo porque en ese momento recordé que, durante un buen tramo, el camino era de cornisa. “Sí, hace unos años un camión se fue por la barranca y terminó al fondo del acantilado. De día todavía se pueden ver los restos”, confió como si hiciera falta. Busqué, disimuladamente, el cinturón de seguridad, pero no lo encontré.

De todas maneras faltaba poco para llegar, a lo sumo dos kilómetros. Los faros iluminaron el cartel que anuncia el desvío que lleva hasta el monasterio. Pero cuando el auto enfiló hacia un pequeño vado, la rueda delantera izquierda estalló. El remisero perdió el control y el coche derrapó y se arrastró de costado, a unos 50 kilómetros por hora. Y cuando estaba por estrellarse contra la banquina izquierda el chofer dio un golpe de volante, el auto hizo un trompo y terminó hundido en el costado opuesto del camino. Luego de unos segundos en silencio, en los que sólo se escucharon los mugidos de las vacas y el trinar de algunos pájaros en la oscuridad, confirmamos que ninguno de los dos estaba herido.

Esta fue la historia que conté, unos minutos después, luego de haber hecho el resto del kilómetro que faltaba hasta llegar al monasterio en primera marcha y con la rueda destrozada, frente al padre José Otero. El padre me recibió por segunda vez, sirvió café y meditó por un instante. Juntó las manos debajo de las anchas mangas de su hábito monacal, ladeó la cabeza, y con su sonrisa habitual dijo: “Es así. A veces, Dios nos da señales”.

 

Vida de santos.

En algún momento del año 1098, los santos católicos Esteban, Roberto y Alberico llegaron hasta un gran pantano de la localidad de Dijón, Francia, denominado Citeaux. Buscaban volver a la sencillez y la pobreza de la vida monástica que recomendaba la regla de San Benito, redactada hacia el año 547. Pobreza evangélica, vida comunitaria, trabajo y oración. Todo resumido en el conocido mandamiento benedictino: ora et labora. Allí, los tres fundaron un monasterio, el primero de ese gran impulso religioso que hoy se conoce como la cultura cisterciense. Cinco siglos después, durante la Contrareforma católica, el abad de Rancé, que había sido hijo de un poderoso señor feudal, llevó a cabo una nueva ruptura desde su abadía de La Trappe, Fracia. Y en 1892 el Papa León XIII le dio nombre y entidad a esa reforma y a sus monjes. Así nació la “Orden de los cistercienses de la estricta observancia”, más conocida como la “Orden trapense”.

En octubre de 1958 un grupo de la orden de la abadía de San José, en los Estados Unidos, viajó hasta la Argentina y fundó en Pablo Acosta, a cincuenta kilómetros de la ciudad de Azul, el primer monasterio trapense de Latinoamérica. La leyenda cuenta que en este grupo estaba Robert Lewis, el copiloto del célebre “Enola Gay”, el avión que arrojó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Según se dice, Lewis habría dicho, segundos después del ataque, mientras decenas de miles de personas eran carbonizadas: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”. El padre Otero, mientras afuera todavía es de noche, dice que está algo cansado de que le pregunten por esta historia, aunque figure incluso en la página de internet del propio monasterio. “Es una leyenda. Lewis hizo un retiro espiritual en un monasterio de los Estados Unidos después de la guerra. Pero después se fue, y no se volvió a saber de él”, aclara.

El padre Otero es el prior del monasterio donde conviven dieciséis monjes. Es decir, es el segundo responsable de la abadía. Tiene 61 años, pero cualquiera que llegue del mundo exterior diría que ronda los cuarenta. Otero conserva, además, un secreto que confiesa sólo cuando entra en confianza: a qué se dedicaba antes de ordenarse en el monasterio. Porque la mayoría de los monjes trapenses llevaban una vida similar a la de cualquier mortal antes de optar por la desconexión absoluta del mundo. La vida de clausura de los monjes tiene reglas muy estrictas y entre ellas figura la del silencio absoluto, el recogimiento, el canto litúrgico y la oración. Cuando Otero ingresó, en 1977, los hermanos todavía hablaban mediante señas. “Pero el hombre es un ser social”, piensa ahora. “No está mal que ciertas normas se hayan actualizado. Hoy, por ejemplo, no se puede azotar a un ser humano -dice, y ríe-. Imaginese el juicio que le harían”. Los trapenses tienen una organización vertical, como la Iglesia Católica: en la cima, un abad general que vive en Roma y al que asiste un Consejo Generalicio, integrado por seis monjes. Uno de ellos, el Procurador General, es el nexo entre la Orden y la Santa Sede. Porque además de estar exentos de ciertas obligaciones del oficio católico como los de realizar bautismos y casamientos, los trapenses no responden a ninguna diócesis, sino directamente a Roma.

– ¿Retirarse del mundo no es una decisión algo egoísta?

– No, porque en el corazón del monje cabe el mundo. Yo me hice monje para salvar a los hombres. Es un camino menos visible que el que puede tener un sacerdote, pero viviendo el cristianismo hasta las últimas consecuencias uno da un testimonio. Si yo vivo mi fe radicalmente, el que me ve encuentra a Cristo. Porque lo cierto es que puedo predicar muy lindo, pero si no vivo como predico, ¿de qué sirve?

Para convertirse en monje hay que atravesar un largo camino. Se comienza como aspirante, etapa que dura un año. Después se es postulante por otro año, novicio por dos más, profeso temporal por tres y recién entonces, a siete años de haber empezado, se acepta la profesión perpetua. Es en ese momento cuando se hace entrega de la cogulla, el hábito blanco característico y que, en ocasiones, es acompañado por una pechera y capucha negras. De ahí, que a los trapenses también se los conozca como “monjes negros”.

Mucha gente se acerca al monasterio durante el año, en busca de una misa atípica o de retiros espirituales. De hecho, para conseguir turno en la hospedería ubicada a un costado de la iglesia hay que llamar con semanas de anticipación. Allí se alojan unos 1500 huéspedes al año. Pero muy pocas personas -algún familiar cercano- logran acceder alguna vez al interior del monasterio, el verdadero corazón de la vida de clausura. Del otro lado de esas paredes la realidad se funde con la fantasía, y la noción del tiempo se disuelve hasta convertirse en un solo minuto eterno. A lo largo de los pasillos, uno podrá toparse, por ejemplo, con una figura que lee en silencio mientras camina, como si fuese un personaje abducido de la novela “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, y depositado ahí durante un descuido.

 

Un día como cualquier otro.

La vida de los trapenses arranca a las tres y cuarto de la madrugada. Cada dos horas suena el campanario, interrumpen lo que están haciendo y se dirigen a cantar una de las siete oraciones diarias. Todos los días del año. En el monasterio no hay una sola bisagra que haga ruido. Y en la iglesia baja y robusta, de estilo románico, el silencio es tan profundo que lo único que se escucha es el eco del vuelo de las moscas. La sensación de recogimiento es tan abrumadora que, de ser posible, haría arrepentir al mismo Poncio Pilatos. Hasta que irrumpen los cantos litúrgicos. “Cantar los salmos viene de la época de San Agustín, que afirmaba que el que ora y canta, ora dos veces”, explica el padre Otero. “Nosotros buscamos resaltar la palabra y no la música. Para eso estudiamos solfeo y algunos instrumentos”.

– ¿Por qué se levantan a las tres de la mañana?

– Porque a esa hora el lago de la afectividad está quieto.

– ¿Cómo hacen para no quedarse dormidos?

– A veces, es cierto, estamos semidormidos cuando oramos. Pero eso no quita la conciencia del acto. Todo lo que uno mete en el alma a esa hora penetra hasta el fondo. Recitar los salmos a las tres de la mañana se puede transformar en un acto mecánico, pero no quiere decir que uno no quede embebido de esos sentimientos.

– ¿No se aburren?

– A veces los días se parecen. Cuando yo me aburro escucho jazz. Una vez al mes me doy una panzada. La gente se extraña de nuestros horarios. Pero después de un tiempo la estructura horaria desaparece, y se transforma en un régimen solar. Es como volver a las fuentes de la naturaleza. El fin es favorecer el espíritu de oración constante. No estamos acá porque nos peleamos con la sociedad.

– ¿Cómo es el contacto con el exterior?

– La gente piensa que somos extraterrestres que no sabemos lo que pasa. Pero sabemos más que ellos. Leemos los diarios dos veces por semana, usamos internet. Además, una cosa es escuchar la información y otra digerirla. La gente está muy bombardeada, y nosotros tenemos tiempo.

 

Mi mundo privado.

En el monasterio, las tareas están bien divididas. El padre Eduardo Gouland tiene 60 años y es el ecónomo. “Yo vendría a ser el Judas, aunque espero no terminar como él”. Su historia de clausura comenzó a los 24 años. El día en que, estudiando para un final de la facultad, tuvo una revelación. “Yo era católico no practicante. Tenía novia, y todo lo que oliera a cura o a sacristía me daba alergia. Una noche estaba estudiando con mis compañeros para un examen de Derecho Comercial y de repente sentí una presencia muy fuerte del Señor en el corazón. Fue como una iluminación, lo sentí físicamente. Me pedía que dejara todo y, claro, yo no quería. Me costó tiempo asumirlo, porque amaba a esta chica con la que estaba. Pero en poco tiempo todas las cosas a través de las que vivía se volvieron vacías. Llevaba una doble vida: por un lado el centro de estudiantes y por el otro la vida espiritual, que era la que cada vez me hacía más feliz. Así que contra la opinión de los demás me decidí por la vida monástica. Y una vez que llegué acá, supe que era el lugar que buscaba”.

Para subsistir, los monjes solían fabricar miel y té de hierbas, pero ya no lo hacen. Ahora trabajan el campo. Pero el verdadero ingreso, desde hace 15 años, lo obtienen de la reproducción de toros: crían y venden unos 120 toros Hereford por año. Las obras grandes, como la hospedería, se construyen con donaciones. En la división del trabajo, al hermano Mario Arredondo (49) le tocó el mantenimento del generador eléctrico, las calderas y los dos vehículos: una camioneta Trafic y una Toyota 4X4. En la cocina, las pizzas dominicales del padre Pablo Heide (81), el monje más grande, son antológicas. El hermano Tomás Ringwood (78), el portero, es el único sobreviviente del grupo fundador. El padre Leandro Pérez (75) es capellán y lava la ropa. Y Agustín Roberts (72), también norteamericano, es el abad.

Roberts acaba de regresar de un retiro especial que los monjes realizan una vez al año. Se internan en una ermita cercana en soledad, durante siete días, sin luz eléctrica, agua corriente ni calefacción. Sólo les está permitido llevar algo de leña y la comida. “Nuestra vida es intensa y la convivencia también. Por eso se necesitan estos momentos de soledad, sin trabajo y en oración”.

– ¿Nunca se enojan?

– Me he enojado más aquí dentro que afuera (ríe). Pero recuerdo una vez en particular, durante Malvinas. Estaba tan furioso con Margaret Thatcher, por la injusticia de la guerra, que me llegué a confesar por eso. No hay nada que hacer: a veces el hombre viejo sale a la superficie.

A las seis de la tarde el sol, que ilumina las galerías del interior del monasterio y pasando por el vitreaux tiñe de amarillo el interior de la iglesia, comienza a bajar. A las siete, será nuevamente de noche. Antes de eso, el padre Otero decide manejar él mismo la camioneta y llevarme de regreso a la terminal. Allí me confiesa su secreto: antes de la clausura, él fue músico profesional. Baterista de reconocidas bandas del rock nacional como “Arco Iris” y “Cenizas”. Vivió cinco años en Europa, y tocó hasta para el sha de Persia. “Pero siempre sentí la presencia de Dios conmigo, y tenía que responderle”. En 1975 buscó la indulgencia plenaria subiendo de rodillas las escalinatas de la Basílica de San Pedro. Dos años después, entró a la abadía definitivamente. El mundo exterior dejó de existir, para él, en ese preciso momento.

 

Por Maximiliano Tomas para la revista Rumbos, enero 2004.

Tags: Crónicas y reportajes propios (en diversos medios)

Un encuentro con el Indio Solari

diciembre 27th, 2006 · 52 Comments

El Salinger del rock

La primera vez que sonó el teléfono, la voz del otro lado de la línea se presentó así: “Soy el manager del Indio. Te va a dar la entrevista”. Después, tan repentina como había aparecido, prometió un nuevo llamado y cortó. Exactamente una semana después, el teléfono volvió a sonar. – Anotá –dijo la misma voz, y soltó una dirección en la zona Oeste del Gran Buenos Aires, las afueras de la ciudad: la dirección de una estación de carga de combustible Shell–. Tenés que estar ahí el jueves que viene, a las nueve de la mañana. Va a pasar a buscarte una camioneta Land Rover blanca, o un Ford Mondeo. El contacto se llama Martín.Entonces, la voz desapareció, esta vez para no volver. Valga la aclaración: ¿este no es un reportaje a una estrella de rock? Y la respuesta: sí, pero no se trata de cualquier estrella. Carlos “El Indio” Solari es la más importante, y la más extraña, personalidad del rock que tiene la Argentina. Uno de los músicos más famosos –y menos público– del país. Solari (poeta, compositor, cantante, 56 años) vive, desde hace una década, recluido en su casa, al mejor estilo J.D. Salinger. Hace cuatro que no habla con la prensa, y sólo da entrevistas a un puñado de medios cada vez que le toca presentar un nuevo álbum. Para ser gráficos: es más probable que un periodista logre acceder antes a una entrevista con el Presidente de la Nación que con este esquivo personaje del rock, que lideró, por treinta años, el grupo musical más popular de todos los tiempos: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Los Redondos –así se conoce a la banda popularmente– se separaron a mediados del 2001: lo hicieron en silencio, sin peleas, ni escándalos, ni anuncios de ningún tipo. Un día el rumor comenzó a circular, y sus millones de seguidores quedaron huérfanos de rock. Pero ahora, Solari acaba de lanzar su primer disco solista, “El tesoro de los inocentes (bingo fuel)”, y la expectativa es inmensa. El disco –una producción independiente, fiel al estilo de Los Redondos, que fabricaban y distribuían cada uno de sus discos– salió a la calle el 3 de diciembre y, sin ningún tipo de publicidad, ya superó las 150 mil placas vendidas; una cifra inusual en un país donde la piratería es moneda corriente y la mitad de la población vive por debajo de la línea de la pobreza.

Para llegar hasta aquí, como se dijo, hubo que atravesar un tejido de seguridad que envidiarían incluso líderes políticos de primera línea. Todos conocen el celo de Solari (si bien hasta hoy siempre había rehusado ser fotografiado debajo del escenario, su figura es tan conocida que para ir al cine se escapa a Uruguay, y para caminar tranquilo por la calle, o ir de compras, viaja a Nueva York), así que la tarea fue larga. Primero, conseguir una dirección; luego, un teléfono (El Indio, claro, no figura en listados públicos de teléfono ni nada parecido), dejar un mensaje, esperar. Y aquí estamos, a las 9 de la mañana en la estación de carga Shell. La camioneta blanca llega puntual. Martín invita a subirse con algunos gestos, y pocas palabras. Segundos después, el vehículo corcovea por un barrio de quintas. Después, toma curvas por calles de tierra sin numerar. El viaje dura unos diez minutos, hasta llegar a un portón de hierro negro.

Casi nada se sabe de la vida privada de Solari. Sé que su sobrenombre data de la década del sesenta, cuando era hippie y en lugar de calva llevaba el pelo largo; me enteré también, pese a lo que muchos piensan, que es hincha del equipo de fútbol más popular de la Argentina, Boca Juniors. Y que ama los perros. Aunque esto último quizá se deba más a una obsesión por preservar (en la era de la información) su intimidad; obsesión que linda con la fobia, como se verá. Solari conserva una vieja escopeta calibre 12.70. ¿Un rocker que maneja armas? “He visto muchas cosas, en distintas épocas. Todavía llevo grabada la mirada del primer animal que maté. En ese tiempo, el uso de armas era algo común. Si tu hermano y tu papá iban de caza, vos ibas con ellos. Aunque matar a alguien debe ser como cruzar una frontera extraña. No estoy a favor, pero del ligustro para acá, que nadie venga a romperme los huevos. Cuando está en juego la gente que quiero, no sé que soy capaz de hacer”, declaró en una entrevista, antes de llamarse a silencio. Poco tiempo después su pareja –Virginia, una mujer delgada y morena diez años menor que él– quedó embarazada del primer y único hijo de Solari, Bruno, hoy de cuatro años. A él responde al menos una parte del título del disco del Indio. “Bingo fuel era el término que usaban los pilotos de la Segunda Guerra Mundial cuando en pleno vuelo la aguja indicaba que no tenían más combustible. Algo así como ‘sigamos adelante con lo que tenemos’. Con respecto a mi hijo, he descubierto una inocencia primitiva, algo que pensé que ya no existía. En ese sentido, para mí, el asunto hoy tiene una contradicción básica: cómo criar un angelito que tiene que sobrevivir en una jungla asesina. ¿Qué se hace en estos casos? ¿Le enseñás a defenderse o tratás de transmitirle otras cosas? Uno quiere que sobreviva, pero no que se transforme en una persona horrible”, explicará. Pero eso será dentro de unos minutos, no nos adelantemos.

Confirmado: en su casa hay perros, y son siete. Un segundo después de atravesar el doble portón automático de hierro, Martín recomienda no descender del vehículo hasta que al menos dos de los pastores alemanes (Saturno y Villano, se advierte que son feroces) sean encerrados. El asistente nos guía por un camino que atraviesa un parque, rodea la construcción principal y termina en otra casa, donde El Indio tiene su estudio de grabación y su oficina. Todo rezuma confort, pero en este antiguo casco de estancia no hay lujos. Algo esperable del músico que escribió en 1991, cuando la ostentación se convertía en el modus vivendi de la floreciente cultura menemista, una de sus recordadas frases-slogan: “El lujo es vulgaridad”. La oficina donde se realizará la entrevista es una suerte de playroom donde El Indio da rienda suelta a su hedonismo: allí trabaja, pero también lee, escucha música, escribe, compone, y controla los movimientos de la casa. De un ángulo del techo cuelga un monitor que transmite por circuito cerrado lo que cuatro cámaras de seguridad registran a toda hora. Un pequeño refrigerador, un equipo de audio casero, pilas de cds, una mesa, un escritorio, una notebook y una nutrida biblioteca (libros de Kurt Vonnegut, Norman Mailer, Boris Vian, Ernest Hemingway, Truman Capote, muchos cómics y hasta el ensayo “No logo”, de Naomi Klein) completan el paisaje vedado por siempre a las cámaras de cualquier reportero gráfico.

Finalmente aparece. El Indio viste camisa celeste, pantalón cargo Reebok, zapatillas de cuero Camper. Aunque su figura arriba del ecenario lo desmienta, mide un metro setenta. Lleva gafas oscuras, como casi siempre, aunque sean las nueve de la mañana y estemos en un recinto cerrado. A los pocos minutos de la charla notará este detalle, y como si se sorprendiera, los dejará a un costado. Tiene la voz gruesa, bien distinta a los agudos (“voz de frenada de automóvil”, la definió él alguna vez) que están registrados en sus discos. La inteligencia y la cultura de este hombre son proverbiales -en las entrevistas suele hablar más de política que de música-, pero desconocía su amabilidad. Ofrece café, se sienta, confiesa ser un “fundamentalista del aire acondicionado” y, con el control remoto en la mano, aumenta el nivel del split. Advierte: “No es que me incomode la calidad del cariño del público. Lo que me molesta es la cantidad. Si voy a un hospital a internar a mi madre, antes tengo que firmar treinta autógrafos. Es muy difícil que la gente te transforme en una especie de muñeco diseñado por su necesidad. Se hace difícil tener nuevas relaciones cuando te ponen en el lugar del icono. Esa imagen es muy fuerte, y sospecho que la gente a veces prefiere que uno sea así, ése monstruo, porque ése es el atractivo. Entonces, sólo pueden quedar los amigos de siempre. Está bien, además, soy un poco fóbico. De la única manera en que puedo participar de un hecho multitudinario es si estoy arriba de un escenario. Yo me formé en los 70, años en que era conveniente la clandestinidad. Es por eso que cuando siento que la gente me vigila me da escozor. Pero bueno, tengo claro que el precio de la libertad es la soledad”. Hay tanto por saber: ¿cómo llegó a liderar la banda de rock nacional más popular de todos los tiempos? ¿Cómo es que su rostro adorna afiches y remeras y alcanzó, en la Argentina, una dimensión mítica similar a la del “Che” Guevara? ¿Por qué sus composiciones se convirtieron, con los años, en consignas (“Violencia es mentir”, “Todo preso es político”, “El futuro llegó, hace rato”) recogidas tanto en banderas como en graffitis callejeros?

Las respuestas son parte de una crónica apasionante, que corre paralela a los últimos treinta convulsionados años de vida de la Argentina. La historia de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota comenzó en 1978, aunque algunos de sus integrantes se conocían desde antes. Skay Beilinson, el guitarrista, había estado en París durante los sucesos de mayo de 1968. De regreso en Buenos Aires se encontró con quien sería la manager de la banda, y su pareja: Carmen Castro, alias La Negra “Poly”. Por esos años los dos conocieron al Indio, que había filmado un cortometraje con Guillermo, el hermano mayor de Skay. Ellos tres participaron, a mediados de los ’70, en un grupo multiartístico llamado “La Cofradía de la Flor Solar”, germen de lo que más tarde sería Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El extraño nombre surgió a poco del primer recital: el nombre de fantasía Patricio Rey aludía a una entidad metafísica que se materializaba cada vez que el mismo grupo humano se juntaba. Los redonditos de ricota (buñuelos de queso frito) se repartían durante las primeras presentaciones del grupo, que incluían monólogos disparatados, recitados de poseía y stripteases. Todo un desafío a la autoridad, una resistencia intolerable en los oscuros años de la dictadura militar argentina, donde llevar el pelo largo, o hablar de ciertas cosas podían significar perder la vida.

Con el paso del tiempo, los Redondos se abocaron estrictamente a su veta musical, y ya para el regreso de la democracia, en 1983, eran un referente ineludible de la escena underground argentina. El Indio sorprendía a los seguidores del grupo con sus letras (crónicas sociales de alto contenido simbólico) y la banda los sacudía con un rock ecléctico, inclasificable. Los Redondos llegaron al lugar donde la devoción de su público los cristalizó siguiendo una conducta que hoy es ejemplo para los más jóvenes: jamás firmaron un contrato con una discográfica, nunca pisaron un estudio de televisión, hasta bien entrada la década del noventa no publicitaban sus discos ni sus recitales (la publicidad se hacía espontáneamente, boca a boca), no se fotografiaron nunca debajo de un escenario, sólo ofrecían entrevistas a la prensa los días previos al lanzamiento de un nuevo álbum. La independencia, para ellos, fue casi una ideología. Una serie de dogmas que, quizá no tan paradójicamente en una sociedad de masas, se acabó convirtiéndose en valor simbólico y ayudó a disparar la mitología que rodeó a la banda. Tal vez debido a esta ideología –una manera de comprender el mundo y la cultura rock- es que jamás les interesó establecer comparaciones con otras bandas contemporáneas, como Soda Stereo. Aunque el público y la crítica especializada se hayan cansado de establecerlas. De hecho, durante casi veinte años, los Soda (pop, raros peinados nuevos, modernidad de exportación y popularidad) y Los Redondos (rock inclasificable, crípticas referencias sociales, asiento en la marginalidad local y popularidad) fueron algo así como el River-Boca de la música argentina. Dice El Indio, recortado contra la ventana de su estudio, que se abre al fondo verde del jardín y por donde entra atenuado el sol de las diez de la mañana: “Hasta que aparecieron Los Redondos, en los ochenta, todo el mundo decía que las producciones independientes no podían existir, aunque a nadie le gustase firmar contratos con las corporaciones. Los medios estaban acostumbrados a una especie de trato especial que les daban los músicos para tener buenos comentarios. El mercado del espectáculo es un barrio jodido. Si uno está fichado en una corporación poderosa, esa productora tiene radios y revistas propias, y difusión asegurada. Pero cuando uno lidera una producción independiente sucede todo lo contrario, pueden joderte gratuitamente. Si queríamos alquilar el piso para un estadio, lo que a otros les salía 7 a nosotros nos cobraban 20. En los años ochenta una empresa discográfica compró cientos de copias de ‘Gulp!’, nuestro primer disco, y las guardó en un desván. Todo, para que no progresara la independencia”.

En 1991, con la edición del disco “La mosca y la sopa”, llegaría la masividad. Y la carrera ascendente del grupo se haría irrefrenable. Dentro, e incluso fuera de las fronteras argentinas. Porque si bien a Los Redondos, como grupo, nunca les interesó llevar su música a mercados extranjeros -sino conservar mediante la publicación de un trabajo cada dos o tres años el rol de grupo líder en el mercado nacional- nada podía evitar que sus seguidores viajaran por el mundo acarreando sus discos. Sucedió así un extraño fenómeno de exportación involuntaria. Este cronista puede dar fe de que en lugares tan remotos entre sí como Santiago de Chile, Dublin y Montreal, hay un disco de Los Redondos escuchándose. El Indio sonríe –lo hace más a menudo de lo que uno podría pensar-, conocía este tipo de historias. Le pregunto: ¿cómo se explica que una banda under se haya transformado en la más popular de todos los tiempos? “No lo sé”, asegura Solari. “Suelo tener una mirada de francotirador, pero si el blanco soy yo, no puedo conocer los motivos. No puedo mirar atrás y darme cuenta en lo que estoy involucrado. El eufemismo más definitorio sería decir que estuvimos en el lugar apropiado en el momento apropiado. Desde afuera han querido ver fórmulas, nos han dicho que hacíamos marketing con esto de no ir a los medios. ¿Entonces, si era una estrategia, por qué no lo hacían los demás? Yo tengo por costumbre hablar exclusivamente cuando hago un trabajo. Si no, no tengo nada que decir. La obra es la que tiene que hablar por mí”.

La popularidad llegó, pero tuvo sus costos. Al tiempo que la banda crecía, también lo hacía la marginalidad, la pobreza, la violencia en el seno de la sociedad argentina. Los Redondos sufrirían sus consecuencias. En abril de 1991, un joven de 17 años, Walter Bulacio, fue detenido por la policía en las inmediaciones de uno de los shows de la banda y asesinado a golpes en una dependencia policial. Sería el primer caso de violación de derechos humanos denunciado desde el regreso de la democracia. Si bien nadie fue condenado por el asesinato, hoy, después de 12 años de pleitos judiciales –la familia Bulacio demandó al país frente a la Corte Interamericana de derechos Humanos– el Estado argentino admitió su responsabilidad en el asunto y aceptó pagar una indemnización de 334 mil dólares.

Luego de algunos incidentes registrados durante una serie de conciertos en 1994, la banda optó por no ofrecer más recitales en Buenos Aires y replegarse al interior del país (decisión que duró hasta 1998). Entonces, cada vez que el grupo tocaba en lugares alejados, decenas de miles de jóvenes iniciaban sus propias caravanas. Cierta vez, en 1995, la banda dio una serie de conciertos en San Carlos (provincia de Santa Fe), un pueblo de 10 mil habitantes. En dos días, unos 10 mil seguidores tomaron el pueblo por asalto, doblando la población y dejando almacenes y despensas vacíos de alimentos y bebidas. Cuando los shows terminaron y el pueblo volvió a su ritmo normal, algo en el paisaje había cambiado: se veían cientos de bicicletas abandonadas, por todos lados. La extraña postal tenía una explicación. La gente que no había podido pagar el pasaje hasta allí, lo había hecho robando bicicletas por el camino, pedaleando de pueblo en pueblo.

En 2000, Los Redondos quebraron una marca que, hasta hoy, nadie ha podido superar: llenaron el estadio de River Plate dos días seguidos, logrando los shows con entradas vendidas más grandes de la historia del espectáculo en el país. Unas 140 mil personas pagaron entre 15 y 35 dólares para verlos. Y si bien jamás nadie pudo acceder a la contabilidad del grupo, una suma informal deja entrever que, en dos días, los tres líderes de la banda (El Indio, Skay y la Negra, ya que el resto de los músicos solían cobrar cachet) habrían embolsado, cada uno, un millón de dólares. Pero todo tiene su contracara. Durante el primero de los dos recitales tuvo lugar un hecho que quizá haya propiciado el principio del fin del grupo. Ni siquiera la ponderada filosofía de Solari (“Sostengo la política del guerrero: esperar lo mejor, prepararse para lo peor”) fue suficiente para prever lo que sucedería. A la mitad del primer recital, Los Redondos dejaron de tocar y se retiraron del escenario: alguien, disimulado entre la gente, estaba apuñalando al público. Las luces del estadio se encendieron, y hubo treinta minutos de estupor, hasta que el agresor fue identificado. “Lo mató la misma gente, a patadas, algo así como Fuenteovejuna. Estaba loco el tipo, lastimando inocentes. No justifico la violencia, pero la comprendo”, opina el Indio. El agresor se llamaba Jorge Ríos, tenía 27 años y tiempo atrás había salido de la cárcel. La banda lo sabría recién al otro día. El show debía continuar: Los Redondos consideraron que suspender el recital era más peligroso que continuarlo. Así que sobre el escenario apareció la figura de un Solari visiblemente ofuscado. Y con severidad amonestó a una multitud que se sumió en un profundo silencio. Fue uno de los momentos más extraños y conmovedores de la historia del rock en la Argentina: “Escuchen…escuchen, carajo”, dijo el cantante ante 70 mil personas. “Consideren esta como una de nuestras últimas presentaciones”, aulló. Así fue.

Después de eso, los años de reclusión. Ahora, en su oficina, le comento que alrededor de su figura se tejen miles de historias, que hay gente que cree que vive desconectado de la realidad. Se eriza: también conoce estos comentarios, y no le caen nada bien. “Más desconectado de la realidad vive aquel que está pendiente de la información. Hoy en día toda información es probable. Ahora, desde hace unos años, están de moda los canales de noticias, donde sucede todo en tiempo real. Nada tiene sentido entonces, porque para que algo lo tenga uno debe poder interpretar la realidad que ve. ¿Soy yo el que me estoy perdiendo de algo, o es este sistema paródico el que le hace creer a todo el mundo que realmente vive la vida?”.

¿Cómo ve Solari a la Argentina actual, teniendo en cuenta que su retiro data de la misma época, el 2001, en que el país vivió la crisis económica más importante de su historia? “En la cultura de una sociedad, en su educación, en eso anida la capacidad de saber elegir, y defender la calidad de vida de los ladrones de turno. El tonto no puede oler al diablo, ni si caga en su nariz: ése es el problema. Además, independientemente del ladrón de turno, existe la posibilidad de aprovechar las coyunturas de una manera más lúcida. Si cuando acá todos teníamos la moneda imperial (N. de la R: por la Ley de Convertibilidad, hoy derogada, un peso valía lo que un dólar), en lugar de irnos de vacaciones a Brasil comprábamos hornos cerámicos, tornos de alta competitividad, hoy quizá tendríamos una capacidad industrial diferente. Entonces, más allá de ese latrocinio que hubo durante la década menemista, una sociedad inteligente debe saber aprovechar las coyunturas. El gran problema es que no sabemos que somos una sociedad ignorante: sospechamos alegremente de la corrupción, pero a esta altura la corrupción es estructural. Todos aprendimos a sobrevivir creyendo que somos muy inteligentes si robamos lo que tenemos a mano, y eso nos hace padecer un eterno sojuzgamiento a la pobreza. Hemos postergado la verdad, es penoso. Que alguien pueda comprarte por un poco de dinero es una locura. Bienvenido el dinero, pero si para eso tengo que sufrir un desgaste moral grande, creo que no se justifica. La mayor ambición del hombre no debería ser el aposentamiento económico, sino la justificación de su vida. Estar conforme con cómo nos ve la gente que tiene acceso a nuestra intimidad, eso es ser realmente ambicioso para mí”.

Se lo ve disconforme con ciertas ideas vigentes. Se lo digo. “La gente como yo, que se formó en la cultura rock, equivocados o no, lo hacíamos en serio. Hay un montón de cosas que hoy están de moda, frases ingeniosas como que uno está en esto para seducir mujeres, o que no hay que tomarse las cosas demasiado en serio, o que una canción no cambia el mundo. Por supuesto que una canción no cambia el mundo, pero hubo canciones que cambiaron mi mirada del mundo. Y como soy constructivista pienso que, si cambiaron mi mirada, el mundo efectivamente cambió. Por otro lado eso de las mujeres quizá sea una frase ingeniosa, pero me parece reducir el rol del artista a una especie de estupidez. No tomarse en serio a uno mismo probablemente sea el impulso de los teenagers de hoy, pero cuando yo era joven me tomé muy en serio la cultura rock. Todas las experiencias que hice pretendían ampliar el campo de la conciencia. Ahora estoy a la espera de cambios rotundos que provoquen otra música de fondo. Es la única manera en que acepto este vaciamiento. Me aburre la postura de los artistas de hoy, al menos la de aquellos que han aceptado la mirada posmoderna. Porque yo creo que para que la vida tenga una pulsión, la gente tiene que tener ideales”. ¿No advierte en la sociedad alguna forma de resistencia? “Sé que en los nervios de los jóvenes hay más información de futuro que en la experiencia que yo tengo. Desgraciadamente, esta pauperización que vivimos los transforma en seres bastante más primitivos que los que éramos nosotros de jóvenes. Pero quizá esta especie de vaciamiento cerebral que nos están haciendo sea la antesala de una sociedad… virtual. Siempre estoy esperando lo mejor. No soy escéptico, tengo la esperanza de que algo venga a renovar el espíritu vital. Por más que la cultura hoy esté confirmándome, yo quiero saltar por encima de ella. No quiero ser un tradicionalista: si el rock no muere nunca, esto va a ser un aburrimiento”.

Lo dice la estrella de rock más importante de la Argentina. Suena el teléfono, atiende. Aprovecho para mirar alrededor. Detrás de la puerta hay una gran foto enmarcada que lo muestra al pie de las escaleras que conducen al baño del mítico reducto neoyorquino de rock CBGB. Allí, entre otros, debutaron The Ramones. El Indio vuelve, se sienta, casi sin gesticular sigue demoliendo mitos. “Abandoné la bohemia hace rato, empiezo el día muy temprano. Me levanto a las cinco y media de la mañana. He descubierto que ése es el momento en el que estoy más lúcido. Cuando me mudé para acá me pasaba toda la noche tomando whisky y jugando al pool. El canto de los pájaros, al otro día, era una molestia. Y entonces hice un cambio, en el que influyó también el nacimiento de mi hijo. Me di cuenta que mi vida ya no significaba lo mismo. Descubrí una alternativa de lucidez, a la mañana, despertándome a esta hora. A eso de las ocho ya estoy en una buena actitud, que por lo general dura hasta el mediodía”. ¿Cuál es su método de trabajo? “Trabajar todo el tiempo. La casualidad ayuda a las mentes dedicadas”.

Nos preparamos para escuchar su disco. “¿Te molesta si me recuesto en el sillón?”, pregunta, y se echa pasando uno de los brazos por debajo de la cabeza. Enciende el equipo de audio, lleva el volumen al máximo. El disco abre con un sonido que simula una grabación en directo. Van pasando las canciones. El track 9 se llama “Pabellón séptimo”, y su letra es una crónica carcelaria, de una crudeza que no se suele frecuentar la pluma de Solari: “Me asfixio Dios/ Pienso en mi cara…se está quemando ahora mi cara ¡Dios! / Una explosión y los colchones se prenden fuego y nos quemamos vivos/ Quiero salir, quiero escapar, las puertas siguen encerrojadas/ El pabellón, en un segundo, se nubló todo y ya no vemos nada más”. Solari, por primera vez, se queda en silencio. Y explica. “La canción es una crónica de un hecho real que sucedió en 1978. Una masacre de presos comunes en la cárcel de Villa Devoto. Ahí murió un amigo mío… si había alguien que no tenía que estar ahí era él. Tenía un problema psíquico, lo engancharon en la casa de una novia, con unas tabletas de ácido lisérgico, y lo metieron en un pabellón cualquiera. Un día hubo una revuelta y los masacraron a todos. Sé que la letra, en este momento en que se habla tanto de los secuestros y se exige seguridad a cualquier precio, es algo políticamente incorrecto. Pero bueno, yo siempre dije que todo preso es político. Y hay lugares donde la sociedad tiene que ver el grado de horror que es capaz de producir. Me ha tocado visitar cárceles, tengo amigos en el cielo y el infierno: hay allí un horror permanente. Sin tomar en cuenta que eso marca de movida la imposibilidad de la resocialización de nadie que entre ahí. No se puede combatir el canibalismo comiéndose al caníbal, no está bien que el Estado haga eso. La represión nos transforma a todos en pares de aquellos que cometen crímenes”.

Han pasado cuatro horas de entrevista. El Indio se levanta. Dejamos su oficina y salimos al exterior, donde el sol del mediodía cae recto. La personalidad más destacada y enigmática del espectáculo argentino de las últimas décadas se despide con un beso, da media vuelta, desaparece en su casa. Por delante se abren quién sabe cuántos años de futuro silencio público. En mi cabeza resuena una de las frases más bellas del disco: “Si no hay amor que no haya nada entonces, vida mía, no vas a regatear”. Toda una declaración de principios, para este principio de siglo.

Por Maximiliano Tomas para Gatopardo (Colombia), febrero de 2005.

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Entrevista con Amélie Nothomb

diciembre 20th, 2006 · 1 Comment

Amélie Nothomb nació en Kobe, Japón, en 1967, y vivió parte de su vida entre China, Bangladesh, Birmania, Laos y Nueva York. Es hija del embajador de Bélgica en Roma. Se considera a sí misma una grafómana: vive recluida en un pequeño departamento donde pasa sus horas escribiendo. Y lo hace, además, a mano: no tiene computadora y tampoco sabe utilizarlas. Publica, desde 1995, una novela por año. Sus libros suelen ocupar por meses los ránkings de libros más vendidos en Europa. Si bien, como dice, escribió siempre, su primera novela publicada fue Higiene del asesino, que vendió 350 mil ejemplares en 1992. La consagración definitiva le llegó en 1999, con Estupor y temblores, que alcanzó los 450 mil ejemplares, obtuvo el Gran Premio de Novela de la Academia francesa, y fue adaptada al cine en el 2003. Desde entonces sus libros son traducidos a 23 idiomas. 

– Nació en Japón, es hija de padres belgas, y es la más joven y exitosa escritora de las letras francesas. ¿A qué cultura siente que pertenece? 

– Soy belga, pero no pertenezco a ninguna cultura en particular. Y creo que estoy muy bien así. 

– Suele describirse como “grafómana”. ¿Qué significa escribir para usted? 

– Bueno, empecé a escribir a los 17 años, y no paré desde entonces. Rápidamente, la escritura llegó a ser todo. Hoy puedo decir que es –literalmente– mi vida. 

– Muchos escritores adoptan métodos de trabajo. ¿Cuál es el suyo? 

 – Mi método es escribir siempre, todo el tiempo. Aún cuando no escribo, lo estoy haciendo en mi cabeza. 

– Borges dijo algo parecido. ¿Ha leído literatura argentina? 

– He leído a Borges, por supuesto. Pero a nadie más. El resto es deuda pendiente. Espero sepa disculparme por esto. 

–¿Cuáles son sus orígenes literarios? 

– Tuve una infancia y una adolescencia solitarias, así que leí mucho. Me formé, sobre todo, leyendo a los grandes clásicos franceses de la biblioteca paterna: Stendhal, Baudelaire, Flaubert, Diderot, Colette. Pero la lectura no me llevó a escribir. El libro que me incitó fue “Carta a un joven poeta”, de Rilke. 

–No es habitual que una escritora tan joven publique tanto. A esta altura, ¿cuáles son sus libros que más le gustan? 

– La verdad, ninguno. 

– Cuando era pequeña vivió en una residencia para hijos de diplomáticos con George Bush Sr., el padre del actual presidente de los Estados Unidos, ¿qué recuerda de esa época? 

– Entre 1972 y 1975 viví encerrada en el ghetto de San Li Tun, en Pekín, en China Popular. Allá, toda la comunidad extranjera estaba encarcelada, entre ellos George Bush padre, y yo. No fueron los mejores momentos de mi vida, y con los recuerdos que tengo de ésa época escribí mi novela “El sabotaje amoroso”.  

– ¿Qué opina del mundo que empezó a diseñarse después del 11 de septiembre del 2001? 

– Que el apocalipsis parece estar cada vez más cerca. Por eso, creo que éste es el verdadero tiempo de vivir. 

– En “Higiene del asesino” cita implícitamente conceptos sartreanos fundamentales, aunque Sartre mismo no queda muy bien parado. ¿Cree, como él, en el compromiso del escritor? 

– El compromiso es inevitable pero no proviene de la voluntad del escritor. Está, a pesar suyo. De todas maneras, creo que los escritores no tenemos casi ningún poder. 

– Muchos afirman que los temas de la literatura son siempre los mismos. A lo sumo, cinco o seis ¿Cuál es el suyo? 

– Yo tengo uno solo. Mi único tema, el fundamental, es el enfrentamiento entre los seres humanos. 

– Se dice que si no fuera por usted y por Michel Houellebecq, la literatura francófona estaría muerta. ¿Se conocen? 

– Sí, lo conozco. Y valoro lo que escribe. Pero no son sus novelas las que me llevo a la cama para leer antes de dormir. 

 

Por Maximiliano Tomas para la revista Noticias, enero de 2004 –una versión alternativa apareció más tarde en la revista Ñ. 

Esta es la única entrevista que la autora concedió a un medio argentino hasta la fecha. 

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La caza del jabalí

noviembre 30th, -0001 · 8 Comments

 SAFARI CLUB

SI TODO SALE BIEN, en esta nota alguien va a morir.

Si sale todo bien, morirá de noche y de un tiro limpio y preciso como el corte de un bisturí. Sin dejar rastro de sangre: rápido y sin dolor.

Morirá como quien cierra una puerta, o apaga la luz, y dice buenas noches.

Pero ahora no es de noche sino de mediodía, y alrededor de la mesa los tres cazadores hablan:

– El ciervo es la manifestación aristocrática de la naturaleza –dice el más joven.

Ha viajado, como sus dos compañeros, cientos de kilómetros hasta aquí, en busca de su trofeo. Habla en este salón de paredes cargadas de puntas, palmas y cornamentas de ciervo, una al lado de la otra como viejos escudos medievales, que parecen infundirle ánimos.Tiene el pelo cortado al ras, bigote, y lleva el chaleco puesto. Recuerda perfectamente el último animal que cazó, meses atrás:

– Le seguí el rastro hasta un ojo de agua. Ahí se detuvo de espaldas a beber. Esperé hasta que giró. Y fue como una revelación: la cornamenta brillaba bajo el sol, el tiempo quedó suspendido. Lo gocé en vida, mientras duró.

– ¿Mientras duró? –pregunto. Soy el cuarto integrante de una mesa de cazadores experimentados. Y no disparé un tiro en mi vida.

– Sí. Porque lo que uno disfruta es estar cazando. Veinte días antes de salir, la adrenalina ya empieza a correr en la sangre: hay que elegir el cuchillo adecuado, las municiones, los binoculares, la ropa. Cuando uno dispara, todo eso se acaba. Uno, dos, tres días y a veces más, me cuentan, para disparar una sola bala. El tiro tiene que ser uno. Lo dice el mayor, también sentado a la mesa, pantalón camuflado y cuchillo de hoja de veinte centímetros en la cintura:– El animal se merece una muerte digna.

– Además –interviene el tercero, que lleva la chaqueta llena de estampas entre la que destaca la del Safari Club Internacional, una de las dos asociaciones de cazadores más importantes del mundo– un mal tiro echa a perder la pieza. Arruina el trofeo, arruina la carne.
Demorar el tiro, entonces: la esencia misma de la cacería. Una metáfora perfecta de la sexualidad humana: lo importante es el cortejo. Disparar es tan solo la culminación de un acto de amor y pasión irrepetible.
–Lo último que uno disfruta es matar –agrega el de las estampas, y el resto del grupo asiente.
–Seguro. Porque lo que nosotros hacemos es un arte– afirma el más joven.
LOS TRES CAZADORES SON MIEMBROS del Safari Club: empresarios argentinos que han viajado por el mundo tras la presa ideal, esa que tal vez jamás encuentren. No importa: la cuestión es seguir buscando. Estamos en el coto de caza El Durazno, en la provincia de San Luis, 700 kilómetros al noroeste de Buenos Aires, capital de la Argentina. Es un fin de semana atípico: por lo general, las tres exclusivas habitaciones de la estancia son ocupadas por extranjeros que vienen hasta aquí desde todos los rincones del planeta a rastrear, en 74 mil hectáreas de monte y estepa, agua y tierra, el trofeo de sus sueños: ciervos, búfalos, jabalíes o pumas. Es que son pocas las regiones donde van quedando cotos salvajes: ciertos paisajes africanos, el norte de Alaska y parte de los Estados Unidos, Manchuria. Y, claro, la Argentina.
Así es que aquí estoy, este mediodía, esperando salir en busca del animal más buscado a esta altura del año: el jabalí. Mis anfitriones me ponen al tanto de la jerga: si uno dispara y el animal agacha la cabeza, eso significa que hay herida y está “tocado”; el sonido del golpe del proyectil en su cuerpo se denomina “bolsazo”; “ventear” es cuando el viento sopla desde atrás y arrastra el olor humano: el animal nos huele y se espanta. Una buena cacería depende de varios factores, pero sobre todo del viento, que tiene que venir de frente. Las municiones se diferencian por su calibre, y también por su capacidad de matar (killing power) o de inmovilizar (stopping power): todo depende del tamaño del animal que uno vaya a cazar. Y un consejo para principiantes: mantener la mira telescópica del rifle a unos cuatro dedos del ojo. Entre risas, los cazadores recuerdan casos en que se disparó sin tener en cuenta esa distancia: la patada del arma incrusta la mira en pleno rostro. Los cortes son profundos, y sangrantes. Me dicen: la mira es más importante que el propio fusil. “No se puede cazar lo que no ves”.

TERMINAMOS EL ALMUERZO. La cacería no comenzará hasta las siete de la tarde, cuando el sol empiece a ceder. Por la noche habrá luna llena, lo que nos dará luz suficiente para distinguir jabalíes de más de cien kilos. Me preguntan si quiero probar: claro que quiero. Así que me llevan a hacer puntería a un polígono improvisado al fondo de la estancia.

Un rifle suele pesar algo más de tres kilos –lo que un niño recién nacido. Hay un blanco a unos cien metros. Tengo en mis manos un Winchester calibre 300, que dispara proyectiles a 2700 kilómetros por hora. Me recomiendan que tome asiento, que encastre la culata en el hueco entre el hombro y el pecho. Que me acostumbre a la mira. Que pruebe la presión del gatillo. Que suelte la respiración antes de disparar. Que recién entonces quite el seguro. Hago todo esto y mantengo el ojo a una distancia prudente de la mira. Exhalo, digo “ahí voy”. Quito el seguro y disparo. Aguanto bien la sacudida, aunque por unos segundos el estampido, seco y atronador, permanece en mis oídos. Siento la adrenalina correr por el cuerpo. Quiero más. Me traen el blanco. Nada mal. No “hice mosca” –dar en el centro exacto– pero tampoco estuve tan lejos. Estoy listo para ir tras ése jabalí.

***

JUAN GAMBLUCH TIRÓ POR PRIMERA VEZ a los siete años, con una escopeta 12.70: su padre le sostenía los brazos y su tío las piernas. Hoy tiene 43 y es el jefe de guías de caza del coto El Durazno. Es él quien cuenta que la brama –la temporada de caza de ciervos– comienza en marzo y se extiende hasta el 31 de julio, cuando los animales pierden las aspas. Los cuernos se desarrollan y adquieren tamaño y puntas a medida que el ejemplar avanza en edad –a más puntas, mejor el trofeo y más cara la pieza; a partir de las once puntas se trata de un trofeo considerable. Hasta que a fines de julio los cuernos pierden la piel aterciopelada que los recubre, y los animales se frotan contra los árboles hasta que logran desprenderlos de su cabeza. Con el tiempo, ese saco –una suerte de guante– se llenará de sangre hasta solidificar y desvelar a los cazadores profesionales. En este tipo de lugares, la ecología bienpensante se queda sin argumentos: los cotos de caza, se asegura, contribuyen a la conservación de las especies, ya que reproducen, crían y mejoran genéticamente a los animales, separando a los defectuosos o malformados.

Cuando la brama acaba, comienza la caza de jabalíes, búfalos, antílopes –y, si uno tiene la desgracia o la suerte de cruzarse con un puma, también de pumas. Todos estos animales se cazan a pie, salvo los jabalíes, como lo comprobaremos esta noche, en un largo juego de estatuas. “Sentarse, no hacer ni un ruido. Y esperar”, son los consejos que Gambluch da a sus compañeros de hoy: el fotógrafo y yo.

A LAS SIETE DE LA TARDE PARTIMOS en una camioneta 4X4. Luego de un rodeo llegamos al apostadero: un pequeño pertrecho en medio de la nada, disimulado por algunos arbustos. Detrás, un molino y un estanque desde donde parte un hilo de agua que nos rodea y forma una laguna frente a nosotros. En la orilla, restos de maíz: el cebo para los jabalíes. Nuestro guía acomoda las sillas, deja el rifle y desaparece a esconder la camioneta. El sol cae. Alrededor, la nada absoluta: el mágico vacío del campo. El fotógrafo prueba la cámara, que queda descartada: imposible disimular el ruido de su mecanismo. Desde ahora, sólo resta lo que pueda ver y contar.

Minutos después ya no hay sol, y el cielo se cubre de nubes. Quedamos a oascuras. Necesitamos que la luna llena, que debiera salir en una hora y media, nos ilumine. Hablamos en susurros inaudibles. El guía nos dice que los jabalíes tienen colmillos visibles de once centímetros de largo y unos veinticinco una vez extraídos. ¿Cómo hará Gambluch para advertirlos, en medio de la negrura? Con paciencia, sabiduría y ayuda: la única manera de verlos –el largo, el grosor del hueso, lo que va a otorgarle valor a la pieza– es con binoculares, cuando la luz de la luna se refleja en ellos. Gambluch murmura: el proyectil debe “bandear” al animal, pasarlo de un lado a otro, penetrar un órgano vital –el hígado, el riñón, los pulmones, el corazón– para asegurar una muerte rápida y segura.

ALGUNOS PÁJAROS LEVANTAN VUELO. Escucho un ruido a mi derecha. En la semipenumbra, se me eriza la piel. Algo se desliza a un metro y medio de donde estoy. Va, viene, parece estudiarme. No puedo verlo. Después de un rato, Gambluch confiesa que pensó que podía ser un puma. “Es difícil distinguirlos, tienen el color del pasto”, dice. “Pero debe ser una víbora, o una rata de campo”, agrega, como si eso fuera a tranquilizarme. A las ocho y media la oscuridad y el silencio son totales. Es como si estuviéramos aislados en una recámara de acero. La luna sigue sin aparecer y entonces los escuchamos: una piara de cuatro o cinco ejemplares. De a poco somos rodeados. No podemos ver ni mucho menos cazar. Los jabalíes tienen un oído y un olfato muy superior al de los seres humanos. Pueden atacar, pero no distinguen bultos a más de cinco metros. El problema es que ahora algunos se acercan peligrosamente. De pronto el viento cambia. Una brisa sopla desde atrás y, segundos después, los animales se retiran: los pasos rápidos resuenan en la tierra.

Pasa una hora y media más, sin novedades. Para las diez de la noche hemos escuchado los ruidos más variados pero hemos visto poco. Entonces, la luna se asoma por detrás de las nubes. Y, muy despacio, comienza a despejar. El lugar permanece vacío. Aunque no por mucho tiempo. Ahora se ve el campo hasta más allá de la laguna. Minutos después los jabalíes vuelven. Es otro grupo. Y ahora sí distingo los cuerpos abultados, las patas cortas y ágiles, las enormes cabezas. Gambluch toma los binoculares. Está tratando de verles los colmillos. Busca al padrillo, el líder, el mejor ejemplar. Estoy ansioso. Los jabalíes son cinco y tienen ganas de pelear. Se corren, entran y salen del agua. El guía los estudia. Hace cada vez más frío. Le pido los binoculares. No logro distinguir siquiera si el animal está de frente o de espaldas. Me pasa el rifle, atisbo por la mira: menos. El virus que la pólvora inoculó en mí por la tarde, cuando mis oídos se embotaron y mi corazón estalló, hace efecto. Si yo no puedo disparar, que lo haga él. Pero ahora. Trato de disimular mis nervios. Pero los jabalíes nos advierten y vuelven a retirarse.

SON LAS DIEZ Y MEDIA Y NO SIENTO LA NARIZ. Llevo el gorro calado hasta las cejas, tengo los talones congelados. Son más de tres horas apostados casi sin mover un músculo y los sentidos, que antes se agudizaron, ahora comienzan a fallar: los ojos punzan, el oído engaña. Acaba de aparecer la tercera piara. Gambluch estudia la escena. Parece que lo tiene. Espera que el animal se acerque a la laguna para que su silueta contraste mejor contra el brillo del agua. En ese momento, la luna ilumina la escena con una claridad lechosa. Miro al cielo: tenemos unos veinte segundos hasta que el cúmulo de nubes vuelva a cubrirla como un manto. Ahora, pienso. Ahora, digo. Gambluch me mira, levanta el rifle. Ahora. No queda tiempo. “Voy”, dice. “Estén atentos. Lo más probable es que el chancho corra un trecho y caiga cien o doscientos metros más allá”.

Las nubes vuelven, empiezan a comerse la luna a bocados. La luz cae y la visibilidad disminuye casi a cero. La oscuridad vuelve a teñirnos. Ahora, estoy pensando nuevamente, y en la penumbra intuyo el dedo del guía que se cierra sobre el gatillo. Ya no queda tiempo. Miro hacia el animal. Y un estampido me conmueve el pecho. El bulto negro, a unos ochenta metros, no se mueve un centímetro: sólo recoge sus patas. Y se desploma. Sus compañeros están desorientados. Dudan unos segundos. Escapan aterrados.

Con el fotógrafo gritamos de exaltación. Reímos. Festejamos. Es un sentimiento de felicidad extraño. Dejamos el escondite y corremos a verlo: es un jabalí enorme, de casi dos metros. Pesará unos 150 kilos, de los cuales la mitad será carne aprovechable. Lo tocamos: el pelaje, aún caliente, es duro como el acero. Gambluch toma un cuchillo, va directo a la boca del animal. Comienza a cortarle las encías, pule los colmillos con el filo. “Una buena pieza”, dice.

Nos muestra el tiro, que surcó la oscuridad y atravesó la garganta del jabalí. No hay rastro de sangre: murió rápido, sin dolor. Simplemente dejó de respirar. Como quien cierra una puerta o apaga la luz. Como quien dice es todo, buenas noches.

 

 

 

 

 

 

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