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“La pérdida de relevancia de la crítica literaria, en particular, tiene que ver, además, con un progresivo desplazamiento de la literatura hacia una posición marginal dentro del sistema de la cultura contemporánea. Y esa posición marginal no obedece tanto a la hegemonía de los medios audiovisuales, como tan a menudo se suele decir, como a la desactivación de la literatura (y, en general, de toda expresión artística) a consecuencia de su confinamiento en un terreno segregado de las tensiones sociales”.
Entrevista con Ignacio Echevarría, en Terra Magazine.
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Algunos meses atrás hubo un concurso de crónicas de viaje organizado por la Fundación El Libro en el marco de la Feria. Fue una buena ocasión para tomar una nota que había escrito por encargo, y que no me satisfacía completamente, y ver cómo la hubiera reescrito hoy.
Así que me transformé en una suerte de dj de mí mismo, reescribí el texto y lo presenté: había un premio de 10 mil pesos en juego.
Por supuesto, no gané. Pero creo que el artículo quedó mucho mejor, o al menos más parecido a lo que yo quería.
Es el que sigue.
Un viaje a la Edad Media
El tedio es parte esencial de la vida –de la vida de quienes, de este lado del mundo, pueden darse el lujo de sentirlo de tanto en tanto. Algo así como la otra cara del deseo: si no fuera por él, lo más probable es que nos pasáramos las horas y la vida echados a la sombra de un ombú. Con perdón del francés: “Estamos dispuestos a comer mierda, pero no siempre la misma” –Jacques Lacan dixit. Para evitarlo, para hacerle una finta al aburrimiento, los seres humanos suelen procurarse todo tipo de soluciones: emborracharse, casarse, reproducirse e inventarse guerras de diversas dimensiones. Algunos periodistas también nos aferramos a la quimera de que quedan, todavía, buenas historias que contar. Historias que, por lo general, hay que salir a buscar; rastrearlas, o lo que es lo mismo: viajar para contarlas. Una de ellas era la del monasterio trapense de la ciudad de Azul.
Cuentan los libros que en algún momento del año 1098 los santos Esteban, Roberto y Alberico llegaron hasta un pantano de la localidad de Dijón, Francia, llamado Citeaux. Los tres amigos buscaban volver a la sencillez y la pobreza de la vida monástica que recomendaba la regla de San Benito, redactada hacia el año 547: pobreza evangélica, vida comunitaria, trabajo y oración. En buen latín y sintetizado: ora et labora. Allí, Esteban, Roberto y Alberico fundaron un monasterio, el primero de lo que hoy se conoce como cultura cisterciense. Cinco siglos después, durante la Contrarreforma católica, el abad de Rancé, que había sido hijo de un poderoso señor feudal, llevó a cabo una nueva ruptura desde su abadía de La Trappe. Y en 1892 el Papa León XIII le dio nombre y entidad a esa reforma y a sus monjes. Así nació la “Orden de los cistercienses de la estricta observancia”, más conocida como la “Orden trapense”.
En octubre de 1958 un grupo de la orden perteneciente a la abadía de San José, en los Estados Unidos, viajó hasta la Argentina y fundó en Pablo Acosta, a cincuenta kilómetros de la ciudad de Azul, el primer monasterio trapense de Latinoamérica. La leyenda dice que en este grupo de avanzados se contaba Robert Lewis, el copiloto del Enola Gay, avión desde el que se arrojó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima –y el resto es historia conocida. Se cree que instantes después del ataque, mientras decenas de miles de personas eran carbonizadas en unos pocos segundos, Lewis pronunció sólo cinco palabras: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”. Y que una vez en tierra, sintió el llamado del señor, el mismo que lo habría arrojado al sur del mundo algunos años más tarde. Es una buena historia, y como toda buena historia lo más probable es que sea mitad verdad, mitad mentira.
Veremos.
Ahora son las cinco de la mañana, y en la ciudad de Azul es noche cerrada. Ya estuve una vez en el monasterio trapense, un par de semanas atrás. La condición para que los monjes me abrieran –literalmente– las puertas de su reclusión voluntaria fue esta: un primer viaje, de estudio mutuo, en todo caso algunas fotografías, y recién después, si la química humana y la fe divina así lo disponían, un segundo viaje, esta vez solo, sin fotógrafo, en el que podría acceder a cierta intimidad y al, por decirlo así, verbo –que los monjes que no suelen hablar con nadie, ni siquiera entre ellos, hablen conmigo, es decir, con la prensa.
Entonces: son las cinco de la mañana y en Azul es noche cerrada. Los vidrios del micro que acaba de detenerse en la terminal de ómnibus están helados. A espaldas de la estación desierta, iluminada por los focos del único bar abierto, se distinguen los frentes de dos remiserías.
–Cuando vuelva tome un auto ahí. Ya sabe, son poco más de cincuenta kilómetros de viaje. Los choferes conocen el camino de memoria –me había recomendado el padre José Otero durante mi primera visita a la Abadía de Nuestra Señora de los Ángeles.
Esa vez, la de las formalidades, había hecho el viaje en auto y de día desde Buenos Aires junto al fotógrafo. Así es que yo también conocía el camino: recordaba bien la ruta estrecha que atraviesa las sierras en ese paraje de la provincia de Buenos Aires, las extensiones de tierras verdes y amarillas, como pintadas al óleo, moteadas de animales, tierras que cada tanto se evaporan abruptamente y se convierten en vacío –o si se prefiere, por su nombre enciclopédico, en camino de cornisa.
Esta segunda vez, de noche todavía, el monólogo del chofer que me conduce al monasterio no es el más estimulante: el hombre me cuenta que un tiempo atrás llegó a trabajar varios días sin dormir, pero que, enhorabuena, había entendido que eso era una locura.
–Es algo que no pienso hacer nunca más. No importa que no llegue a fin de mes. Porque acá, una noche cualquiera, te distraés un segundo y listo: te matás.
“Ajá”, digo. Y “ajá” quiere decir que me parece una opinión sabia y prudente.
–Sí –sigue–, hace un tiempo un camión se fue por la barranca y terminó al fondo del acantilado. De día todavía se pueden ver los restos de los fierros.
Trato de mirar hacia abajo, pero no veo nada. Mientras, sin que se note demasiado, busco abrocharme el cinturón de seguridad, sin demasiado éxito. Me tranquilizo: ahí está el cartel que indica que falta poco para llegar. Dos, tres kilómetros a lo sumo. Los faros iluminan el anuncio del desvío que lleva hasta el monasterio.
Pero apenas logro relajarme cuando el auto enfila hacia un pequeño vado y, al cruzarlo, la rueda delantera izquierda estalla. El remisero pierde el control y el coche derrapa y se arrastra de costado. Estamos por estrellarnos contra la banquina izquierda, pero el chofer da un golpe de volante. En cuestión de segundos el auto hace un trompo, y vamos a parar al extremo opuesto del camino. En el silencio de la noche sólo se escuchan los mugidos de las vacas y el trinar de algunos pájaros en la oscuridad.
Me toco, pero no miro. Dicen que las personas en estado de shock pueden caminar por horas hasta que descubren que les falta un brazo, o que tienen un pedazo de espejo retrovisor incrustrado en la frente. Toco, pero no miro, para ver si todo está en su lugar. Y una vez que confirmamos que ninguno de los dos está herido, abro la puerta y salgo del auto.
Dejo al chofer y camino el kilómetro y medio que me separa del monasterio. Toco la puerta, aún temblando, y luego de algún tiempo aparece el padre Otero. Mientras prepara café, le cuento lo que acaba de suceder. El padre medita un instante, junta las manos debajo de las anchas mangas de su hábito monacal, ladea la cabeza y, con su sonrisa habitual, dice:
–Y… es así. A veces, Dios nos da señales.
Estoy en una pequeña cocina, vedada a cualquier mortal que no lleve hábito, en el corazón del monasterio. En el aire frío se mezcla el olor a café, a campo, a naftalina. Tengo un día entero para ver cómo funciona esta estructura por dentro; para ver, caminar, comer y hablar con este grupo de monjes que eligieron vivir fuera del mundo. Una de las primeras cosas que menciono, como para romper el hielo, es el caso de Lewis, el Enola Gay y la bomba atómica. El padre Otero me mira con cierto fastidio, y temo que el largo día que queda por delante se haga trizas. Otero, me dice, está cansado de que le pregunten siempre por lo mismo –aunque la historia figure incluso en la página de Internet que el propio monasterio mantiene. Dice:
–Es una leyenda. Lewis hizo un retiro espiritual en un monasterio de los Estados Unidos después de la guerra. Pero después se fue, y no se volvió a saber de él.
El padre Otero es el prior de este lugar donde conviven dieciséis monjes. O lo que es lo mismo: es el segundo responsable de la abadía. Tiene 61 años, cuerpo robusto, poco pelo, la cara rosada, y cualquiera que llegue del mundo exterior no le daría mucho más de cuarenta. Otero conserva (como todos aquí dentro, pero eso lo sabré después) un secreto, que confesará sólo cuando entre en confianza: a qué se dedicaba antes de decidirse por la vida monacal. Porque la mayoría de los monjes trapenses llevaban una vida similar a la de cualquier mortal antes de optar por cortar lazos con el mundo.
La vida de clausura de los monjes tiene reglas muy estrictas, y entre ellas figura la del silencio absoluto, el recogimiento, el canto litúrgico y la oración. Otero recuerda que cuando ingresó, en 1977, los hermanos todavía hablaban mediante señas. “Pero el hombre es un ser social”, dice ahora. “No está mal que ciertas normas se hayan actualizado. Hoy, por ejemplo, no se puede azotar a un ser humano –se ríe. Imagínese el juicio que le harían”.
Los trapenses funcionan como una organización vertical, del mismo modo que la Iglesia Católica: en la cima un abad general que vive en Roma y al que asiste un Consejo Generalicio, integrado por seis monjes. Uno de ellos, el Procurador General, es el nexo entre la Orden y la Santa Sede. Porque los trapenses no sólo están exentos de ciertas obligaciones del oficio, como realizar bautismos y casamientos: no responden a ninguna diócesis, sino directamente a Roma.
Le pregunto a Otero si no cree que el hecho de retirarse del mundo no implica cierta dosis de renuncia, en fin, un tizne de egoísmo non sancto: ego me abstengo, desaparezco, vivo mi vida y que el resto se arregle como pueda. “No”, me contesta. “En el corazón del monje cabe el mundo. Y yo me hice monje para salvar a los hombres. Es un camino menos visible que el que puede tener un sacerdote. Pero viviendo el cristianismo hasta las últimas consecuencias uno da un testimonio. Si vivo mi fe radicalmente, el que me ve encuentra a Cristo. Porque puedo predicar muy lindo, ¿no?, pero si no vivo como predico, ¿de qué me sirve?”.
Consejo para impacientes: tómense su tiempo pata meditar bien el asunto, porque para llegar al lugar en el que ahora estoy hay que recorrer un largo camino. Uno no se hace monje de un día para el otro. Se comienza como aspirante, etapa que dura un año. Después se es postulante por otro año, novicio por dos más, profeso temporal durante tres y recién ahí, a siete años de haber empezado, se puede optar por la profesión perpetua. Es en ese momento cuando se hace entrega de la cogulla, el hábito blanco característico que, en ocasiones, es acompañado por una pechera y capucha negras. De ahí les viene a los trapenses un nombre que mete miedo: “monjes negros”.
Pero hay mucha otra gente que se acerca al monasterio durante el año, en busca de una misa atípica o de retiros espirituales. Mucha es mucha: para conseguir turno en la hospedería ubicada a un costado de la iglesia hay que reservar lugar con semanas de anticipación. Allí se alojan unos 1500 huéspedes al año. Pero nadie accede nunca al interior del monasterio, el verdadero corazón de la vida de clausura. Del otro lado de esas paredes –de este lado– la realidad se funde con la fantasía, y la noción del tiempo se disuelve hasta convertirse en un solo minuto eterno. A lo largo de los pasillos, uno podrá toparse, por ejemplo, con una figura que lee en silencio mientras camina, como si fuese un personaje abducido de El nombre de la rosa –como depositado ahí por la mano de Dios, durante un descuido.
La vida de los trapenses arranca temprano. Temprano es temprano: a las tres y cuarto de la madrugada. Cada dos horas suena el campanario, todos interrumpen lo que están haciendo –orando, trabajando– y se dirigen a cantar una de las siete oraciones diarias. Todos los días del año. La disciplina se extiende a los objetos inanimados: en el monasterio no hay una sola bisagra que haga ruido. Y en la iglesia baja y robusta, de estilo románico, el silencio ahora es tan profundo que lo único que se escucha en el aire es el eco del vuelo de las moscas –y el recogimiento tan abrumador que haría arrepentirse a Poncio Pilatos. Hasta que irrumpen los cantos litúrgicos. “Cantar los salmos viene de la época de San Agustín, que afirmaba que el que ora y canta, ora dos veces”, explica el padre Otero. “Nosotros buscamos resaltar la palabra y no la música. Para eso estudiamos solfeo y algunos instrumentos”.
Sí, pero, ¿por qué despertarse a las tres de la mañana? Otero explica que a esa hora “el lago de la afectividad está quieto”. O dormido, pienso. Y pregunto: ¿cómo hacen para no quedarse dormidos? “A veces, es cierto, estamos semidormidos cuando oramos”, admite el prior. “Pero eso no quita la conciencia del acto. Todo lo que uno mete en el alma a esa hora penetra hasta el fondo. Recitar los salmos a las tres de la mañana se puede transformar en un acto mecánico, pero no quiere decir que uno no quede embebido de esos sentimientos”. Lo que nos lleva de nuevo al principio, al asunto del tedio. ¿Cómo hacen para vivir el mismo día, todos los días, y no desfallecer del aburrimiento?
–Bueno, a veces los días se parecen –dice Otero. Cuando yo me aburro escucho jazz. Una vez al mes me doy una panzada. La gente se extraña de nuestros horarios. Pero después de un tiempo la estructura horaria desaparece, y se transforma en un régimen solar. Es como volver a las fuentes de la naturaleza. El fin es favorecer el espíritu de oración constante.
– ¿Y cómo es el contacto con el exterior?
– La gente piensa que somos extraterrestres, que no sabemos lo que pasa. Pero sabemos más que ellos –contraataca el padre. Leemos los diarios dos veces por semana, usamos Internet. Además, una cosa es escuchar la información y otra digerirla. La gente está muy bombardeada. Nosotros… nosotros tenemos tiempo.
En el monasterio las tareas están bien divididas. El padre Eduardo Gouland tiene 60 años y es el ecónomo. “Yo vendría a ser el Judas, aunque espero no terminar como él”, dice. Su historia de clausura comenzó a los 24 años. El día en que, estudiando para un final de la facultad, tuvo una revelación. “Yo era católico no practicante. Tenía novia, y todo lo que oliera a cura o a sacristía me daba alergia. Una noche estaba estudiando con mis compañeros para un examen de Derecho Comercial y de repente sentí una presencia muy fuerte del Señor en el corazón. Fue como una iluminación, lo sentí físicamente. Me pedía que dejara todo y, claro, yo no quería. Me costó tiempo asumirlo, porque amaba a esta chica con la que estaba. Pero en poco tiempo todas las cosas a través de las que vivía se volvieron vacías. Llevaba una doble vida: por un lado el centro de estudiantes y por el otro la vida espiritual, que era la que cada vez me hacía más feliz. Así que contra la opinión de los demás me decidí por la vida monástica. Y una vez que llegué acá, supe que era el lugar que buscaba”.
Para subsistir económicamente, los monjes solían fabricar miel y té de hierbas, pero ya no lo hacen. Ahora, en concordancia con los tiempos, trabajan el campo. Pero el verdadero ingreso, desde hace quince años, lo obtienen de la reproducción de toros: en los terrenos de la abadía se crían y venden unos ciento veinte toros Hereford por año. Y las obras más grandes, como la hospedería, se construyen con donaciones.
En esta particular división del trabajo, al hermano Mario Arredondo (49) le tocó el mantenimento del generador eléctrico, las calderas y los dos vehículos: una camioneta Trafic y una Toyota 4X4. El padre Pablo Heide (81), el monje más grande del grupo, se ha forjado una reputación envidiable gracias a sus pizzas dominicales. El padre Leandro Pérez (75) es capellán y lava la ropa. Agustín Roberts (72), también norteamericano, es el abad. Y el hermano Tomás Ringwood (78), el portero, es el único sobreviviente del grupo fundador.
Conozco a Roberts, la cabeza de la organización, por la tarde, luego de almorzar en una sala en que cada monje tiene su ubicación en la mesa señalada por un pequeño letrero de madera. Cada uno dio cuenta de su alimento sin cruzar palabra, casi sin mirarse. Y puedo conocer a Roberts, mientras la tarde se deshace en este rincón del planeta, un poco por casualidad: acaba de regresar de un retiro especial que realiza, como el resto del grupo, una vez al año. Recién baja de la ermita donde estuvo internado, solo, durante siete días. Una semana sin luz eléctrica, agua corriente ni calefacción –y miro alrededor y me imagino que la comparación con Cabo Polonio está completamente fuera de lugar. A Roberts sólo se le permitió llevar algo de leña y la comida. “Nuestra vida es intensa, y la convivencia también”, me dice el abad –haciendo uso de una acepción poco corriente del adjetivo intenso–, el último que me recibe en este largo día de oración y cantos. “Por eso es que necesitamos estos momentos de soledad, sin trabajo y en oración”.
Roberts, al igual que Otero y Gouland, me habla como desde el otro lado de una barrera de calma y beatitud. Parece tan tranquilo, tan en paz consigo mismo, que la pregunta se formula sola. ¿Cómo son capaces de convivir, los trescientos sesenta y cinco días del año con cada una de sus horas sin perder, nunca, los estribos? Al fin y al cabo si la paciencia es un don, también es un atributo que en cualquier momento puede llegar a desaparecer.
– Bueno, yo me he enojado más aquí dentro que afuera (Roberts bromea, claro: remata la afirmación con una sonrisa). Pero recuerdo una vez en particular, durante Malvinas. Estaba tan furioso con Margaret Thatcher, por la injusticia de la guerra, que llegué a confesarme por eso. No hay nada que hacer: a veces el hombre viejo sale a la superficie.
Escucho la última oración del día a eso de las seis de la tarde. Cuando los cantos terminen, el padre Otero me llevará hasta la terminal de ómnibus de Azul en una de las camionetas de la abadía. El sol cae a través del vitreaux y tiñe de amarillo el interior de la iglesia. La oración concluye y los monjes se retiran a sus habitaciones, hasta el día siguiente. A las siete será nuevamente de noche.
Al rato, el padre Otero reaparece. Nos subimos a la Trafic blanca. El padre maneja rápido. Con destreza, pero bastante más rápido que el remisero que me trajo hasta aquí. Pero elijo no decir nada. Entonces, tal vez porque ya entramos en confianza, o quizá para cortar el silencio, me confiesa su secreto: antes de la clausura fue músico profesional.¿Profesional? Me acomodo para escuchar otra historia de músicos frustrados en un país que los produce por millones. Pero no: Otero me cuenta que fue baterista de bandas de primera línea del rock nacional de entonces, como “Arco Iris” y “Cenizas”. Otero lo cuenta con orgullo, pero sus palabras no dejan entrever vestigios de nostalgia.
Dice que vivió cinco años en Europa, de fiesta en fiesta, y que llegó a tocar hasta para el Sha de Persia.
–Pero siempre sentí la presencia de Dios conmigo, y tenía que responderle.
En 1975, decidido, fue en busca de la indulgencia plenaria: para obtenerla, subió de rodillas las escalinatas de la Basílica de San Pedro, en Roma.
Dos años después, entró a la abadía definitivamente.
Y el mundo exterior dejó de existir, para él, en ese preciso instante.
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Cuarenta y ocho horas con Jorge Lanata
“Glllanata, glllanata”, aúlla un grupo de señoras bajo el sol homicida de las dos de la tarde, en la plaza Independencia del centro de San Miguel de Tucumán. “Ay, Lanata, usted es nuestro ídolo. Nosotras nos encerrábamos todos los domingos en casa a ver su programa”. Jorge Lanata transpira y agradece la muestra de afecto con una sonrisa.Es martes y acaba de llegar a la provincia para proyectar, antes de su estreno nacional, su primera película: “Deuda”. Una vez que las señoras lograron tocarlo, hablarle y conseguir uno que otro autógrafo, se retiran. Pero una de ellas vuelve sobre sus pasos, lo mira con los ojos de una tía severa y le dice, agitando su dedo índice:
– Lo queremos, pero hágame un favor. Deje de fumar.
Lanata la mira y por unos segundos es como si lo pensara. Hasta que se despierta y, agitando los brazos como las aspas de un ventilador, casi grita: “Está bien señora, me convenció. Lo acabo de dejar”.
Lanata posa para las fotos y sigue transpirando. Empezó a transpirar a las ocho de la mañana, apenas llegó al aeropuerto de Tucumán, cuando el termómetro ya marcaba los veinte grados. Ahora, frente a la Casa de Gobierno, lleva un pantalón fino a cuadros, una camisa estilo guayabera color caqui y anteojos de diseño. Camina con los pies para afuera, como un pato inmenso, pero lo hace más rápido que muchos. Sin embargo, tarda casi quince minutos en cruzar la plaza de una punta a otra. Cada dos pasos alguien lo detiene. La gente se acerca a saludarlo, le grita desde los autos, le deja papeles con denuncias en la mano, le adosan besos como si fuera una estampilla postal. Le piden fotos y, alguno, hasta logra sacarle diez pesos para comprar fiambre.
Le piden, sobre todo, que vuelva a la televisión. Él parece tan acostumbrado al reclamo que, sólo para no aburrirse, contesta cada vez con una respuesta distinta. “No creo que vuelva, por el momento”, es la frase que más pronuncia. A veces también recomienda, porque cree que su ausencia en la televisión de este año se debió a una partida de naipes entre tahúres de la que salió taimado: “Vea a Majul, señora”. Y ante la extrañeza de la recomendación, repite frente a una pequeña platea (el lector recordará que las autoridades de América reemplazaron a “Día D” por “La Cornisa”):
– ¡Miren a Majul!
Recién cuando le insisten demasiado, Lanata, que es una persona mucho más paciente de lo que uno podría imaginar, comienza a impacientarse: “Bueno, mire, hagamos una cosa. Cómprese un canal de televisión, y contráteme”. Y, acto seguido, enciende un cigarrillo.
FANTASMAS EN EL AEROPUERTO. La cita era el lunes 4 a las cinco de la mañana en Aeroparque. Lanata, el periodista que según todas las encuestas es el más creíble del país, está por proyectar en público su primera película. Como la historia nació de un reportaje realizado en abril del 2002 en Tucumán, aquel en el que la pequeña Bárbara Flores, de ocho años, lloraba de hambre frente a las cámaras de televisión, él decidió que la función fuera en esa provincia. Y frente a un público algo particular: de las seiscientas butacas del cine Majestic, doscientas están reservadas para chicos de barrios carenciados que, por primera vez, pisarán una sala de cine.
El filme se llama “Deuda” y es un documental codirigido junto a Andrés Schaer, en el que el periodista intenta rastrear de qué se habla cuando se habla de la deuda externa argentina. Quiénes son sus responsables morales y políticos, si existe una vinculación entre el hambre y la pobreza del país y la deuda que el país contrajo con los organismos de crédito internacionales.
Por eso es que Lanata está en Aeroparque este lunes, a las cinco de la mañana. O al menos eso se supone porque, a veces, Lanata experimenta momentos evanescentes: tiene la capacidad de, frente a la mínima distracción, esfumarse sin dejar rastro. Como ahora.
¿Dónde está Lanata? Lo más probable, aclara el agente de prensa, es que esté buscando que le habiliten una sala privada en este aeropuerto aséptico e impersonal emplazado frente al Río de la Plata. Un lugar donde a Lanata le permitan, claro, fumar un cigarrillo tranquilo.
MOORE Y LA PRENSA K. Una hora después de llegar a Tucumán, Lanata ofrece una conferencia de prensa para hablar de la película. Ahora lleva una camisa igual a la que tenía a la mañana, pero de color verde. Está un poco cansado de que lo comparen con Michael Moore. “Si no fuéramos gordos y periodistas, nadie diría que nos parecemos”, se fastidia. Shaer, uno de los dos directores jóvenes del área de nuevos proyectos de la productora Patagonik, cuenta que la idea de la película se le ocurrió de casualidad, porque lo que él tenía encargado, hasta ese momento, era hacer un documental sobre Boca Juniors: “En un momento paré la cinta que estaba viendo y en el televisor que estaba usando apareció Lanata. Entonces le dije a Pablo Bossi –uno de los directores de la productora–: ¿por qué no hacemos un documental con él?”.
Lanata lo pensó un tiempo y aceptó. En nueve meses, que incluyeron viajes a Tucumán, Punta del Este, Washington y Davos, la película estuvo lista para estrenar. ¿Cómo filmar una película sobre la deuda externa que tenga información, rigor, y a la vez entretenga? Shaer cree que la gente no quiere ir al cine a suicidarse: “En lugar de buscar que asimile treinta conceptos diferentes, preferimos desarrollar uno y bien. Darle un golpe al espectador en el pecho y que salga preguntándose. ‘¿Cómo se puede ser tan egoísta, tan inmoral?’”.
Lanata opina que la gente, por lo general, no sabe nada de la deuda. “Así que cualquier cosa nueva que tires, sirve. No entramos en muchos detalles, porque no es una tesis sobre la deuda, sino una película. Lo que importa es que a partir de esto se pueda discutir el tema. Yo no quise hacer una película para la hinchada, quiero saltar el gueto, que lo que hago sea consumido por el público masivo. A los convencidos no tengo nada que decirles”.
La conferencia termina y después de un pequeño descanso llega la hora del almuerzo. Lanata se relaja, aunque piensa en la sesión de fotos que vendrá durante la digestión y le da sed. El hombre se reconoce como un fóbico que en los viajes prefiere no salir mucho del hotel. Caminar, no camina. Va a todas partes en remís. Está con sobrepeso, y aunque se siente mejor de la apnea (”Respiro menos que el resto de la gente, y me llega menos sangre al cerebro. Es decir, soy más estúpido que la media”) el sedentarismo no lo ayuda. Además, como es diabético, debe inyectarse insulina dos veces por día.
Pide un café corto cargado, la segunda o tercera agua tónica con limón, prende un cigarrillo y habla de cuando, al principio de la película, se convierte en dibujo animado para entrar en el cerebro de un chico con desnutrición. “Me gustó mucho el videoclip del tema ‘Frijolero’ de Molotov. Esa técnica, que se llama retoscopio, donde primero se filma y después se dibuja arriba de la película. Los movimientos animados quedan como los de un humano, no como los de un dibujo. Pero se me pasó un detalle. Cuando entro al cerebro del chico, manejando un camión, también estoy fumando. No me di cuenta”.
Hace un tiempo, cuando un librero tucumano se enteró de que Lanata llegaba a la ciudad, tuvo una iluminación, le mandó un mail –la dirección figura en sus libros– y le pidió si, por favor, no se hacía un tiempo para dedicar algunos ejemplares. Lanata primero dijo que no, pero terminó aceptando. Así que después de las fotos en la plaza, y de otro descanso, tiene que ir hasta la librería.
Aprovecho el tiempo muerto para preguntarle cómo ve a los medios en la era K, y si cree que existe el periodismo independiente. “El concepto periodismo independiente es una redundancia, el periodismo es independiente, sino es publicidad. Hoy se llama investigación a cualquier cosa, chequear dos datos no es investigar. Yo tuve una necesidad interior de salirme del periodismo de coyuntura. Creo que el periodismo es algo que hay que saber dejar, porque te distorsiona el punto de vista sobre las cosas, y te hace pensar que algo es importante cuando es una pelotudez. A veces los periodistas que hacen política terminan escribiendo sobre rumores muy menores, informaciones de pasillo”.
¿Qué opina de la libertad de prensa hoy? “Kirchner tiene un control sobre los medios como nunca vi en mi vida. ¿Cuál fue la última denuncia que escuchaste contra el gobierno en la televisión? O esto es Disneylandia, o existe un fuerte control sobre la prensa”.
LANATA SUPERSTAR. La hora de la siesta, cuando uno no puede dormir, es un buen momento para pensar en cosas más o menos intrascendentes y para sacar cuentas. Si, como se afirma, cada cigarrillo representa quince minutos menos de vida, y Lanata fuma dos atados y medio por día, la aritmética es sencilla: Lanata consume cada día unas doce horas de su vida en tabaco y nicotina. Mejor pensar en otra cosa.
Por ejemplo, cómo va a hacer para autografiar, en una sola hora, todos los libros que esa larga fila de admiradores lleva bajo el brazo. En rigor, no todas las personas le acercan los dos tomos de “Argentinos”, que llevan vendidos hasta hoy unos 350 mil ejemplares. Lanata firma, con dedicatoria personal incluida, todo tipo de objetos: revistas, servilletas, carpetas, cuadernos de clase y hasta un tomo de Derecho Romano. Y, cuando pasó una hora y veinte y la gente sigue llegando, y los vendedores despachan libros como si fuera el día del juicio final, Lanata pierde la paciencia por primera vez. Intenta retirarse, pero el público no se lo permite. Vuelve a sentarse casi obligado. “Diez minutos más”, se resigna, y garabatea su firma, algo así como un ocho en números romanos, hasta que dos empleados de seguridad de la librería le abren paso para que vuelva al hotel a prepararse para la proyección de la película.
En la ciudad, claro, todo queda cerca. Pero aún en auto, el tránsito retrasa el camino hasta el cine, donde Lanata verá el filme en pantalla grande por primera vez, unos quince minutos. Tiempo suficiente para que ofrezca su visión sobre la deuda: “Descubrí, haciendo la película, que no tenemos datos confiables sobre cuánto es verdaderamente la deuda externa argentina. Nadie lo sabe. Entonces, primero habría que ver de cuánto es, y ver qué se hace con eso. No tengo problemas en pagar una deuda real, pero nadie puede exigirnos que paguemos lo que no nos dieron. Aparte, si es cuestión de números, la deuda ya está pagada varias veces. Esto va a seguir siendo un problema los próximos cinco o diez años. Pero el hecho de que en Davos se haya pensado el tema de la pobreza como un miedo real de los ricos, denota una crisis. Todo esto es un camino que termina con la desaparición de la deuda, seguro. Es como con la legalización de las drogas: en algún momento va a suceder”.
El auto se detiene en la puerta del cine. Lanata enfila hacia la sala. Es una extraña mezcla de estrella de rock con un toque de Michael Moore (aunque no le guste), pero prolijo. Lleva otra guayabera estilo revolución cubana en lugar de la gorra de béisbol que el norteamericano no se saca ni para dormir. Es algo digno de verse: la gente se pone de pie y estalla en una ovación de gritos y aplausos. Lanata pronuncia un breve discurso, se sienta, las luces se apagan y comienza la proyección.
En la primera parte de “Deuda” el filme retrata la guerra de pobres contra pobres. Lanata se viste de detective y rastrea los orígenes de la pobreza, y se ocupa un buen tiempo de las denuncias de Alejandro Olmos, el argentino que denunció la ilegalidad de la deuda externa. Si la película va a recibir críticas desde algún sector del progresismo, lo hará por esta primera parte, que parece filmada por los acreedores de la Argentina. Pero más adelante desnuda las miserias y contradicciones de los propios organismos de crédito, cuando entrevista a los responsables del FMI y el Banco Mundial.
La sala está repleta y hay gente de pie en los pasillos. Los únicos insultos se escuchan cuando en pantalla aparece la figura de Carlos Menem. En la oscuridad, la respiración agitada de Lanata resuena como la de un animal herido. En los minutos finales rueda el tema “Ya lo sabemos”, de la banda Árbol. Lanata tararea la letra. Cuando se vuelven a prender las luces hay aplausos, gritos, llantos y una area humana que quiere abrazar al periodista. Se ve a las claras que salir de allí va a ser imposible. Hay seiscientas personas de un solo lado del cine, alrededor de su figura. Hasta que, en un descuido, Lanata vuelve a echar mano a sus dotes de escapista. Atraviesa la sala a paso rápido por una hilera que quedó vacía y se pierde por el lado opuesto del cine. Cuando los periodistas y el pequeño grupo de personas que lo acompaña llega corriendo hasta la puerta, los dos autos que los esperaban para volver al hotel han desaparecido en la noche. Lanata también.
AMANECER DE UN DÍA AGITADO. La última parte de la entrevista está pautada para las siete de la mañana siguiente, durante el desayuno. Lanata reaparece en el bar del hotel minutos más tarde. Está afónico. Dice que la película le gustó, encarga un agua tónica con limón y un cortado. Prende el primer cigarrillo del día.
Quiero saber si cree haber encontrado lo que buscaba al filmar el documental. ¿Tiene algo que ver la deuda externa con el hambre y la pobreza? “Como viste, en la película le pregunto a Anne Krueger si existe una relación entre el hambre de Bárbara Flores y el FMI. Y ella me contesta que todo está vinculado con todo. O sea que sí tiene que ver. Aunque peor que eso es haber tenido una clase política horrible. O sea que la mayor responsabilidad es nuestra. Los argentinos nunca vivimos nuestra realidad efectiva, siempre pensamos que éramos lo que queríamos ser. Vivimos una vida falsa proyectada. Y hoy sufrimos la crisis del nene al que le dicen que es adoptado. Sí, somos pobres. Pero menos mal que nos dimos cuenta, quizá así vayamos hacia algún lado. Porque vale la pena intentarlo. Este país está lleno de gente honesta. Hay sólo un cinco por ciento de chorros. Pero tenemos que asociar la idea de cambio a la del trabajo. Hay que trabajar mucho para que las cosas cambien”.
–¿Por qué se define como un liberal de izquierda?
–Porque tengo un problema y es que creo en la democracia pero sé que este sistema es injusto. Creo en la libertad, creo más en el individuo que en el Estado, pero como todo está mal, siento que algo hay que hacer. A ver: yo en Cuba estaría preso por disidente, de eso no tengo dudas. Además, el socialismo en la Argentina no existe. La izquierda argentina también es rara. Ha estado con todos los militares a lo largo de la historia: con Uriburu, con Braden, con Videla. Han sido bastante dementes. Por suerte la derecha es torpe. Porque podrían haber ganado mucha más plata de otra manera. La derecha argentina ha sido especuladora y saqueadora. Y hoy tenemos un país precapitalista. Porque si al menos existiera el capitalismo, la gente comería y ganaría mejor.
Enciende un segundo cigarrillo. Le pregunto si le molesta la tan en boga prohibición de fumar. “Me jode por principio, no por la adicción. Yo puedo estar sin fumar unas horas, pero me molesta que me lo prohiban. Entonces peleo para que me dejen”.
Un rato después dejamos el hotel y llegamos al aeropuerto. El avión sale en media hora. Queda tiempo para que Lanata diga que, a los 44 años, ha logrado finalmente lo que siempre quiso, vivir de los libros. Que no extraña la televisión. Que, a punto de ser padre por segunda vez, se siente feliz.
Anuncian el vuelo por los parlantes. Retiramos los tickets y, un segundo después, sin que nadie sepa cómo, Lanata ha desaparecido de nuevo. Debe andar por ahí, buscando un lugar donde le permitan fumar. Una vez más, como siempre, estará saliéndose con la suya.
Por Maximiliano Tomas para la revista Noticias (9 de octubre del 2004).
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Son las cinco de la mañana y en la ciudad de Azul es noche cerrada. Los vidrios del micro que acaba de detener su marcha en la estación de ómnibus están helados: afuera, la temperatura no llega a los diez grados. Frente a la estación desierta, iluminada por los focos del único bar abierto, se distinguen las fachadas de dos remiserías. “Cuando venga de nuevo tome un auto ahí. Ya sabe, son poco más de cincuenta kilómetros de viaje. Los choferes conocen el camino de memoria”, me había recomendado el padre José Otero unas semanas antes, durante mi primera visita a la Abadía de Nuestra Señora de los Ángeles, el monasterio trapense más antiguo de América Latina.
Esa vez había hecho el viaje en auto y de día desde Buenos Aires. Así que también conocía el camino. Recordaba bastante bien la ruta estrecha que atraviesa las sierras en ese paraje de la provincia de Buenos Aires, porque la belleza del lugar es impactante: a los costados del camino se abren grandes extensiones de tierras verdes y amarillas, como pintadas al óleo, moteadas de animales. Pero esta segunda vez era de noche y, ya en camino, no se veía absolutamente nada más allá de los pozos en el asfalto gris que, con dificultad, iluminaban los faros del remís.
La conversación con el chofer no era la más estimulante a esa hora y en ese lugar. El hombre contaba que un tiempo atrás había llegado a trabajar varios días sin dormir, pero que había entendido que eso era una locura. “No lo pienso hacer nunca más, no importa que no llegue con la plata. Porque una noche cualquiera te distraés un segundo y listo, te matás”. Me pareció una opinión sabia y prudente. Sobre todo porque en ese momento recordé que, durante un buen tramo, el camino era de cornisa. “Sí, hace unos años un camión se fue por la barranca y terminó al fondo del acantilado. De día todavía se pueden ver los restos”, confió como si hiciera falta. Busqué, disimuladamente, el cinturón de seguridad, pero no lo encontré.
De todas maneras faltaba poco para llegar, a lo sumo dos kilómetros. Los faros iluminaron el cartel que anuncia el desvío que lleva hasta el monasterio. Pero cuando el auto enfiló hacia un pequeño vado, la rueda delantera izquierda estalló. El remisero perdió el control y el coche derrapó y se arrastró de costado, a unos 50 kilómetros por hora. Y cuando estaba por estrellarse contra la banquina izquierda el chofer dio un golpe de volante, el auto hizo un trompo y terminó hundido en el costado opuesto del camino. Luego de unos segundos en silencio, en los que sólo se escucharon los mugidos de las vacas y el trinar de algunos pájaros en la oscuridad, confirmamos que ninguno de los dos estaba herido.
Esta fue la historia que conté, unos minutos después, luego de haber hecho el resto del kilómetro que faltaba hasta llegar al monasterio en primera marcha y con la rueda destrozada, frente al padre José Otero. El padre me recibió por segunda vez, sirvió café y meditó por un instante. Juntó las manos debajo de las anchas mangas de su hábito monacal, ladeó la cabeza, y con su sonrisa habitual dijo: “Es así. A veces, Dios nos da señales”.
Vida de santos.
En algún momento del año 1098, los santos católicos Esteban, Roberto y Alberico llegaron hasta un gran pantano de la localidad de Dijón, Francia, denominado Citeaux. Buscaban volver a la sencillez y la pobreza de la vida monástica que recomendaba la regla de San Benito, redactada hacia el año 547. Pobreza evangélica, vida comunitaria, trabajo y oración. Todo resumido en el conocido mandamiento benedictino: ora et labora. Allí, los tres fundaron un monasterio, el primero de ese gran impulso religioso que hoy se conoce como la cultura cisterciense. Cinco siglos después, durante la Contrareforma católica, el abad de Rancé, que había sido hijo de un poderoso señor feudal, llevó a cabo una nueva ruptura desde su abadía de La Trappe, Fracia. Y en 1892 el Papa León XIII le dio nombre y entidad a esa reforma y a sus monjes. Así nació la “Orden de los cistercienses de la estricta observancia”, más conocida como la “Orden trapense”.
En octubre de 1958 un grupo de la orden de la abadía de San José, en los Estados Unidos, viajó hasta la Argentina y fundó en Pablo Acosta, a cincuenta kilómetros de la ciudad de Azul, el primer monasterio trapense de Latinoamérica. La leyenda cuenta que en este grupo estaba Robert Lewis, el copiloto del célebre “Enola Gay”, el avión que arrojó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Según se dice, Lewis habría dicho, segundos después del ataque, mientras decenas de miles de personas eran carbonizadas: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”. El padre Otero, mientras afuera todavía es de noche, dice que está algo cansado de que le pregunten por esta historia, aunque figure incluso en la página de internet del propio monasterio. “Es una leyenda. Lewis hizo un retiro espiritual en un monasterio de los Estados Unidos después de la guerra. Pero después se fue, y no se volvió a saber de él”, aclara.
El padre Otero es el prior del monasterio donde conviven dieciséis monjes. Es decir, es el segundo responsable de la abadía. Tiene 61 años, pero cualquiera que llegue del mundo exterior diría que ronda los cuarenta. Otero conserva, además, un secreto que confiesa sólo cuando entra en confianza: a qué se dedicaba antes de ordenarse en el monasterio. Porque la mayoría de los monjes trapenses llevaban una vida similar a la de cualquier mortal antes de optar por la desconexión absoluta del mundo. La vida de clausura de los monjes tiene reglas muy estrictas y entre ellas figura la del silencio absoluto, el recogimiento, el canto litúrgico y la oración. Cuando Otero ingresó, en 1977, los hermanos todavía hablaban mediante señas. “Pero el hombre es un ser social”, piensa ahora. “No está mal que ciertas normas se hayan actualizado. Hoy, por ejemplo, no se puede azotar a un ser humano -dice, y ríe-. Imaginese el juicio que le harían”. Los trapenses tienen una organización vertical, como la Iglesia Católica: en la cima, un abad general que vive en Roma y al que asiste un Consejo Generalicio, integrado por seis monjes. Uno de ellos, el Procurador General, es el nexo entre la Orden y la Santa Sede. Porque además de estar exentos de ciertas obligaciones del oficio católico como los de realizar bautismos y casamientos, los trapenses no responden a ninguna diócesis, sino directamente a Roma.
– ¿Retirarse del mundo no es una decisión algo egoísta?
– No, porque en el corazón del monje cabe el mundo. Yo me hice monje para salvar a los hombres. Es un camino menos visible que el que puede tener un sacerdote, pero viviendo el cristianismo hasta las últimas consecuencias uno da un testimonio. Si yo vivo mi fe radicalmente, el que me ve encuentra a Cristo. Porque lo cierto es que puedo predicar muy lindo, pero si no vivo como predico, ¿de qué sirve?
Para convertirse en monje hay que atravesar un largo camino. Se comienza como aspirante, etapa que dura un año. Después se es postulante por otro año, novicio por dos más, profeso temporal por tres y recién entonces, a siete años de haber empezado, se acepta la profesión perpetua. Es en ese momento cuando se hace entrega de la cogulla, el hábito blanco característico y que, en ocasiones, es acompañado por una pechera y capucha negras. De ahí, que a los trapenses también se los conozca como “monjes negros”.
Mucha gente se acerca al monasterio durante el año, en busca de una misa atípica o de retiros espirituales. De hecho, para conseguir turno en la hospedería ubicada a un costado de la iglesia hay que llamar con semanas de anticipación. Allí se alojan unos 1500 huéspedes al año. Pero muy pocas personas -algún familiar cercano- logran acceder alguna vez al interior del monasterio, el verdadero corazón de la vida de clausura. Del otro lado de esas paredes la realidad se funde con la fantasía, y la noción del tiempo se disuelve hasta convertirse en un solo minuto eterno. A lo largo de los pasillos, uno podrá toparse, por ejemplo, con una figura que lee en silencio mientras camina, como si fuese un personaje abducido de la novela “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, y depositado ahí durante un descuido.
Un día como cualquier otro.
La vida de los trapenses arranca a las tres y cuarto de la madrugada. Cada dos horas suena el campanario, interrumpen lo que están haciendo y se dirigen a cantar una de las siete oraciones diarias. Todos los días del año. En el monasterio no hay una sola bisagra que haga ruido. Y en la iglesia baja y robusta, de estilo románico, el silencio es tan profundo que lo único que se escucha es el eco del vuelo de las moscas. La sensación de recogimiento es tan abrumadora que, de ser posible, haría arrepentir al mismo Poncio Pilatos. Hasta que irrumpen los cantos litúrgicos. “Cantar los salmos viene de la época de San Agustín, que afirmaba que el que ora y canta, ora dos veces”, explica el padre Otero. “Nosotros buscamos resaltar la palabra y no la música. Para eso estudiamos solfeo y algunos instrumentos”.
– ¿Por qué se levantan a las tres de la mañana?
– Porque a esa hora el lago de la afectividad está quieto.
– ¿Cómo hacen para no quedarse dormidos?
– A veces, es cierto, estamos semidormidos cuando oramos. Pero eso no quita la conciencia del acto. Todo lo que uno mete en el alma a esa hora penetra hasta el fondo. Recitar los salmos a las tres de la mañana se puede transformar en un acto mecánico, pero no quiere decir que uno no quede embebido de esos sentimientos.
– ¿No se aburren?
– A veces los días se parecen. Cuando yo me aburro escucho jazz. Una vez al mes me doy una panzada. La gente se extraña de nuestros horarios. Pero después de un tiempo la estructura horaria desaparece, y se transforma en un régimen solar. Es como volver a las fuentes de la naturaleza. El fin es favorecer el espíritu de oración constante. No estamos acá porque nos peleamos con la sociedad.
– ¿Cómo es el contacto con el exterior?
– La gente piensa que somos extraterrestres que no sabemos lo que pasa. Pero sabemos más que ellos. Leemos los diarios dos veces por semana, usamos internet. Además, una cosa es escuchar la información y otra digerirla. La gente está muy bombardeada, y nosotros tenemos tiempo.
Mi mundo privado.
En el monasterio, las tareas están bien divididas. El padre Eduardo Gouland tiene 60 años y es el ecónomo. “Yo vendría a ser el Judas, aunque espero no terminar como él”. Su historia de clausura comenzó a los 24 años. El día en que, estudiando para un final de la facultad, tuvo una revelación. “Yo era católico no practicante. Tenía novia, y todo lo que oliera a cura o a sacristía me daba alergia. Una noche estaba estudiando con mis compañeros para un examen de Derecho Comercial y de repente sentí una presencia muy fuerte del Señor en el corazón. Fue como una iluminación, lo sentí físicamente. Me pedía que dejara todo y, claro, yo no quería. Me costó tiempo asumirlo, porque amaba a esta chica con la que estaba. Pero en poco tiempo todas las cosas a través de las que vivía se volvieron vacías. Llevaba una doble vida: por un lado el centro de estudiantes y por el otro la vida espiritual, que era la que cada vez me hacía más feliz. Así que contra la opinión de los demás me decidí por la vida monástica. Y una vez que llegué acá, supe que era el lugar que buscaba”.
Para subsistir, los monjes solían fabricar miel y té de hierbas, pero ya no lo hacen. Ahora trabajan el campo. Pero el verdadero ingreso, desde hace 15 años, lo obtienen de la reproducción de toros: crían y venden unos 120 toros Hereford por año. Las obras grandes, como la hospedería, se construyen con donaciones. En la división del trabajo, al hermano Mario Arredondo (49) le tocó el mantenimento del generador eléctrico, las calderas y los dos vehículos: una camioneta Trafic y una Toyota 4X4. En la cocina, las pizzas dominicales del padre Pablo Heide (81), el monje más grande, son antológicas. El hermano Tomás Ringwood (78), el portero, es el único sobreviviente del grupo fundador. El padre Leandro Pérez (75) es capellán y lava la ropa. Y Agustín Roberts (72), también norteamericano, es el abad.
Roberts acaba de regresar de un retiro especial que los monjes realizan una vez al año. Se internan en una ermita cercana en soledad, durante siete días, sin luz eléctrica, agua corriente ni calefacción. Sólo les está permitido llevar algo de leña y la comida. “Nuestra vida es intensa y la convivencia también. Por eso se necesitan estos momentos de soledad, sin trabajo y en oración”.
– ¿Nunca se enojan?
– Me he enojado más aquí dentro que afuera (ríe). Pero recuerdo una vez en particular, durante Malvinas. Estaba tan furioso con Margaret Thatcher, por la injusticia de la guerra, que me llegué a confesar por eso. No hay nada que hacer: a veces el hombre viejo sale a la superficie.
A las seis de la tarde el sol, que ilumina las galerías del interior del monasterio y pasando por el vitreaux tiñe de amarillo el interior de la iglesia, comienza a bajar. A las siete, será nuevamente de noche. Antes de eso, el padre Otero decide manejar él mismo la camioneta y llevarme de regreso a la terminal. Allí me confiesa su secreto: antes de la clausura, él fue músico profesional. Baterista de reconocidas bandas del rock nacional como “Arco Iris” y “Cenizas”. Vivió cinco años en Europa, y tocó hasta para el sha de Persia. “Pero siempre sentí la presencia de Dios conmigo, y tenía que responderle”. En 1975 buscó la indulgencia plenaria subiendo de rodillas las escalinatas de la Basílica de San Pedro. Dos años después, entró a la abadía definitivamente. El mundo exterior dejó de existir, para él, en ese preciso momento.
Por Maximiliano Tomas para la revista Rumbos, enero 2004.
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Diciembre 27th, 2006 · 36 Comments
El Salinger del rock
La primera vez que sonó el teléfono, la voz del otro lado de la línea se presentó así: “Soy el manager del Indio. Te va a dar la entrevista”. Después, tan repentina como había aparecido, prometió un nuevo llamado y cortó. Exactamente una semana después, el teléfono volvió a sonar. – Anotá –dijo la misma voz, y soltó una dirección en la zona Oeste del Gran Buenos Aires, las afueras de la ciudad: la dirección de una estación de carga de combustible Shell–. Tenés que estar ahí el jueves que viene, a las nueve de la mañana. Va a pasar a buscarte una camioneta Land Rover blanca, o un Ford Mondeo. El contacto se llama Martín.Entonces, la voz desapareció, esta vez para no volver. Valga la aclaración: ¿este no es un reportaje a una estrella de rock? Y la respuesta: sí, pero no se trata de cualquier estrella. Carlos “El Indio” Solari es la más importante, y la más extraña, personalidad del rock que tiene la Argentina. Uno de los músicos más famosos –y menos público– del país. Solari (poeta, compositor, cantante, 56 años) vive, desde hace una década, recluido en su casa, al mejor estilo J.D. Salinger. Hace cuatro que no habla con la prensa, y sólo da entrevistas a un puñado de medios cada vez que le toca presentar un nuevo álbum. Para ser gráficos: es más probable que un periodista logre acceder antes a una entrevista con el Presidente de la Nación que con este esquivo personaje del rock, que lideró, por treinta años, el grupo musical más popular de todos los tiempos: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Los Redondos –así se conoce a la banda popularmente– se separaron a mediados del 2001: lo hicieron en silencio, sin peleas, ni escándalos, ni anuncios de ningún tipo. Un día el rumor comenzó a circular, y sus millones de seguidores quedaron huérfanos de rock. Pero ahora, Solari acaba de lanzar su primer disco solista, “El tesoro de los inocentes (bingo fuel)”, y la expectativa es inmensa. El disco –una producción independiente, fiel al estilo de Los Redondos, que fabricaban y distribuían cada uno de sus discos– salió a la calle el 3 de diciembre y, sin ningún tipo de publicidad, ya superó las 150 mil placas vendidas; una cifra inusual en un país donde la piratería es moneda corriente y la mitad de la población vive por debajo de la línea de la pobreza.
Para llegar hasta aquí, como se dijo, hubo que atravesar un tejido de seguridad que envidiarían incluso líderes políticos de primera línea. Todos conocen el celo de Solari (si bien hasta hoy siempre había rehusado ser fotografiado debajo del escenario, su figura es tan conocida que para ir al cine se escapa a Uruguay, y para caminar tranquilo por la calle, o ir de compras, viaja a Nueva York), así que la tarea fue larga. Primero, conseguir una dirección; luego, un teléfono (El Indio, claro, no figura en listados públicos de teléfono ni nada parecido), dejar un mensaje, esperar. Y aquí estamos, a las 9 de la mañana en la estación de carga Shell. La camioneta blanca llega puntual. Martín invita a subirse con algunos gestos, y pocas palabras. Segundos después, el vehículo corcovea por un barrio de quintas. Después, toma curvas por calles de tierra sin numerar. El viaje dura unos diez minutos, hasta llegar a un portón de hierro negro.
Casi nada se sabe de la vida privada de Solari. Sé que su sobrenombre data de la década del sesenta, cuando era hippie y en lugar de calva llevaba el pelo largo; me enteré también, pese a lo que muchos piensan, que es hincha del equipo de fútbol más popular de la Argentina, Boca Juniors. Y que ama los perros. Aunque esto último quizá se deba más a una obsesión por preservar (en la era de la información) su intimidad; obsesión que linda con la fobia, como se verá. Solari conserva una vieja escopeta calibre 12.70. ¿Un rocker que maneja armas? “He visto muchas cosas, en distintas épocas. Todavía llevo grabada la mirada del primer animal que maté. En ese tiempo, el uso de armas era algo común. Si tu hermano y tu papá iban de caza, vos ibas con ellos. Aunque matar a alguien debe ser como cruzar una frontera extraña. No estoy a favor, pero del ligustro para acá, que nadie venga a romperme los huevos. Cuando está en juego la gente que quiero, no sé que soy capaz de hacer”, declaró en una entrevista, antes de llamarse a silencio. Poco tiempo después su pareja –Virginia, una mujer delgada y morena diez años menor que él– quedó embarazada del primer y único hijo de Solari, Bruno, hoy de cuatro años. A él responde al menos una parte del título del disco del Indio. “Bingo fuel era el término que usaban los pilotos de la Segunda Guerra Mundial cuando en pleno vuelo la aguja indicaba que no tenían más combustible. Algo así como ‘sigamos adelante con lo que tenemos’. Con respecto a mi hijo, he descubierto una inocencia primitiva, algo que pensé que ya no existía. En ese sentido, para mí, el asunto hoy tiene una contradicción básica: cómo criar un angelito que tiene que sobrevivir en una jungla asesina. ¿Qué se hace en estos casos? ¿Le enseñás a defenderse o tratás de transmitirle otras cosas? Uno quiere que sobreviva, pero no que se transforme en una persona horrible”, explicará. Pero eso será dentro de unos minutos, no nos adelantemos.
Confirmado: en su casa hay perros, y son siete. Un segundo después de atravesar el doble portón automático de hierro, Martín recomienda no descender del vehículo hasta que al menos dos de los pastores alemanes (Saturno y Villano, se advierte que son feroces) sean encerrados. El asistente nos guía por un camino que atraviesa un parque, rodea la construcción principal y termina en otra casa, donde El Indio tiene su estudio de grabación y su oficina. Todo rezuma confort, pero en este antiguo casco de estancia no hay lujos. Algo esperable del músico que escribió en 1991, cuando la ostentación se convertía en el modus vivendi de la floreciente cultura menemista, una de sus recordadas frases-slogan: “El lujo es vulgaridad”. La oficina donde se realizará la entrevista es una suerte de playroom donde El Indio da rienda suelta a su hedonismo: allí trabaja, pero también lee, escucha música, escribe, compone, y controla los movimientos de la casa. De un ángulo del techo cuelga un monitor que transmite por circuito cerrado lo que cuatro cámaras de seguridad registran a toda hora. Un pequeño refrigerador, un equipo de audio casero, pilas de cds, una mesa, un escritorio, una notebook y una nutrida biblioteca (libros de Kurt Vonnegut, Norman Mailer, Boris Vian, Ernest Hemingway, Truman Capote, muchos cómics y hasta el ensayo “No logo”, de Naomi Klein) completan el paisaje vedado por siempre a las cámaras de cualquier reportero gráfico.
Finalmente aparece. El Indio viste camisa celeste, pantalón cargo Reebok, zapatillas de cuero Camper. Aunque su figura arriba del ecenario lo desmienta, mide un metro setenta. Lleva gafas oscuras, como casi siempre, aunque sean las nueve de la mañana y estemos en un recinto cerrado. A los pocos minutos de la charla notará este detalle, y como si se sorprendiera, los dejará a un costado. Tiene la voz gruesa, bien distinta a los agudos (”voz de frenada de automóvil”, la definió él alguna vez) que están registrados en sus discos. La inteligencia y la cultura de este hombre son proverbiales -en las entrevistas suele hablar más de política que de música-, pero desconocía su amabilidad. Ofrece café, se sienta, confiesa ser un “fundamentalista del aire acondicionado” y, con el control remoto en la mano, aumenta el nivel del split. Advierte: “No es que me incomode la calidad del cariño del público. Lo que me molesta es la cantidad. Si voy a un hospital a internar a mi madre, antes tengo que firmar treinta autógrafos. Es muy difícil que la gente te transforme en una especie de muñeco diseñado por su necesidad. Se hace difícil tener nuevas relaciones cuando te ponen en el lugar del icono. Esa imagen es muy fuerte, y sospecho que la gente a veces prefiere que uno sea así, ése monstruo, porque ése es el atractivo. Entonces, sólo pueden quedar los amigos de siempre. Está bien, además, soy un poco fóbico. De la única manera en que puedo participar de un hecho multitudinario es si estoy arriba de un escenario. Yo me formé en los 70, años en que era conveniente la clandestinidad. Es por eso que cuando siento que la gente me vigila me da escozor. Pero bueno, tengo claro que el precio de la libertad es la soledad”. Hay tanto por saber: ¿cómo llegó a liderar la banda de rock nacional más popular de todos los tiempos? ¿Cómo es que su rostro adorna afiches y remeras y alcanzó, en la Argentina, una dimensión mítica similar a la del “Che” Guevara? ¿Por qué sus composiciones se convirtieron, con los años, en consignas (”Violencia es mentir”, “Todo preso es político”, “El futuro llegó, hace rato”) recogidas tanto en banderas como en graffitis callejeros?
Las respuestas son parte de una crónica apasionante, que corre paralela a los últimos treinta convulsionados años de vida de la Argentina. La historia de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota comenzó en 1978, aunque algunos de sus integrantes se conocían desde antes. Skay Beilinson, el guitarrista, había estado en París durante los sucesos de mayo de 1968. De regreso en Buenos Aires se encontró con quien sería la manager de la banda, y su pareja: Carmen Castro, alias La Negra “Poly”. Por esos años los dos conocieron al Indio, que había filmado un cortometraje con Guillermo, el hermano mayor de Skay. Ellos tres participaron, a mediados de los ’70, en un grupo multiartístico llamado “La Cofradía de la Flor Solar”, germen de lo que más tarde sería Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El extraño nombre surgió a poco del primer recital: el nombre de fantasía Patricio Rey aludía a una entidad metafísica que se materializaba cada vez que el mismo grupo humano se juntaba. Los redonditos de ricota (buñuelos de queso frito) se repartían durante las primeras presentaciones del grupo, que incluían monólogos disparatados, recitados de poseía y stripteases. Todo un desafío a la autoridad, una resistencia intolerable en los oscuros años de la dictadura militar argentina, donde llevar el pelo largo, o hablar de ciertas cosas podían significar perder la vida.
Con el paso del tiempo, los Redondos se abocaron estrictamente a su veta musical, y ya para el regreso de la democracia, en 1983, eran un referente ineludible de la escena underground argentina. El Indio sorprendía a los seguidores del grupo con sus letras (crónicas sociales de alto contenido simbólico) y la banda los sacudía con un rock ecléctico, inclasificable. Los Redondos llegaron al lugar donde la devoción de su público los cristalizó siguiendo una conducta que hoy es ejemplo para los más jóvenes: jamás firmaron un contrato con una discográfica, nunca pisaron un estudio de televisión, hasta bien entrada la década del noventa no publicitaban sus discos ni sus recitales (la publicidad se hacía espontáneamente, boca a boca), no se fotografiaron nunca debajo de un escenario, sólo ofrecían entrevistas a la prensa los días previos al lanzamiento de un nuevo álbum. La independencia, para ellos, fue casi una ideología. Una serie de dogmas que, quizá no tan paradójicamente en una sociedad de masas, se acabó convirtiéndose en valor simbólico y ayudó a disparar la mitología que rodeó a la banda. Tal vez debido a esta ideología –una manera de comprender el mundo y la cultura rock- es que jamás les interesó establecer comparaciones con otras bandas contemporáneas, como Soda Stereo. Aunque el público y la crítica especializada se hayan cansado de establecerlas. De hecho, durante casi veinte años, los Soda (pop, raros peinados nuevos, modernidad de exportación y popularidad) y Los Redondos (rock inclasificable, crípticas referencias sociales, asiento en la marginalidad local y popularidad) fueron algo así como el River-Boca de la música argentina. Dice El Indio, recortado contra la ventana de su estudio, que se abre al fondo verde del jardín y por donde entra atenuado el sol de las diez de la mañana: “Hasta que aparecieron Los Redondos, en los ochenta, todo el mundo decía que las producciones independientes no podían existir, aunque a nadie le gustase firmar contratos con las corporaciones. Los medios estaban acostumbrados a una especie de trato especial que les daban los músicos para tener buenos comentarios. El mercado del espectáculo es un barrio jodido. Si uno está fichado en una corporación poderosa, esa productora tiene radios y revistas propias, y difusión asegurada. Pero cuando uno lidera una producción independiente sucede todo lo contrario, pueden joderte gratuitamente. Si queríamos alquilar el piso para un estadio, lo que a otros les salía 7 a nosotros nos cobraban 20. En los años ochenta una empresa discográfica compró cientos de copias de ‘Gulp!’, nuestro primer disco, y las guardó en un desván. Todo, para que no progresara la independencia”.
En 1991, con la edición del disco “La mosca y la sopa”, llegaría la masividad. Y la carrera ascendente del grupo se haría irrefrenable. Dentro, e incluso fuera de las fronteras argentinas. Porque si bien a Los Redondos, como grupo, nunca les interesó llevar su música a mercados extranjeros -sino conservar mediante la publicación de un trabajo cada dos o tres años el rol de grupo líder en el mercado nacional- nada podía evitar que sus seguidores viajaran por el mundo acarreando sus discos. Sucedió así un extraño fenómeno de exportación involuntaria. Este cronista puede dar fe de que en lugares tan remotos entre sí como Santiago de Chile, Dublin y Montreal, hay un disco de Los Redondos escuchándose. El Indio sonríe –lo hace más a menudo de lo que uno podría pensar-, conocía este tipo de historias. Le pregunto: ¿cómo se explica que una banda under se haya transformado en la más popular de todos los tiempos? “No lo sé”, asegura Solari. “Suelo tener una mirada de francotirador, pero si el blanco soy yo, no puedo conocer los motivos. No puedo mirar atrás y darme cuenta en lo que estoy involucrado. El eufemismo más definitorio sería decir que estuvimos en el lugar apropiado en el momento apropiado. Desde afuera han querido ver fórmulas, nos han dicho que hacíamos marketing con esto de no ir a los medios. ¿Entonces, si era una estrategia, por qué no lo hacían los demás? Yo tengo por costumbre hablar exclusivamente cuando hago un trabajo. Si no, no tengo nada que decir. La obra es la que tiene que hablar por mí”.
La popularidad llegó, pero tuvo sus costos. Al tiempo que la banda crecía, también lo hacía la marginalidad, la pobreza, la violencia en el seno de la sociedad argentina. Los Redondos sufrirían sus consecuencias. En abril de 1991, un joven de 17 años, Walter Bulacio, fue detenido por la policía en las inmediaciones de uno de los shows de la banda y asesinado a golpes en una dependencia policial. Sería el primer caso de violación de derechos humanos denunciado desde el regreso de la democracia. Si bien nadie fue condenado por el asesinato, hoy, después de 12 años de pleitos judiciales –la familia Bulacio demandó al país frente a la Corte Interamericana de derechos Humanos– el Estado argentino admitió su responsabilidad en el asunto y aceptó pagar una indemnización de 334 mil dólares.
Luego de algunos incidentes registrados durante una serie de conciertos en 1994, la banda optó por no ofrecer más recitales en Buenos Aires y replegarse al interior del país (decisión que duró hasta 1998). Entonces, cada vez que el grupo tocaba en lugares alejados, decenas de miles de jóvenes iniciaban sus propias caravanas. Cierta vez, en 1995, la banda dio una serie de conciertos en San Carlos (provincia de Santa Fe), un pueblo de 10 mil habitantes. En dos días, unos 10 mil seguidores tomaron el pueblo por asalto, doblando la población y dejando almacenes y despensas vacíos de alimentos y bebidas. Cuando los shows terminaron y el pueblo volvió a su ritmo normal, algo en el paisaje había cambiado: se veían cientos de bicicletas abandonadas, por todos lados. La extraña postal tenía una explicación. La gente que no había podido pagar el pasaje hasta allí, lo había hecho robando bicicletas por el camino, pedaleando de pueblo en pueblo.
En 2000, Los Redondos quebraron una marca que, hasta hoy, nadie ha podido superar: llenaron el estadio de River Plate dos días seguidos, logrando los shows con entradas vendidas más grandes de la historia del espectáculo en el país. Unas 140 mil personas pagaron entre 15 y 35 dólares para verlos. Y si bien jamás nadie pudo acceder a la contabilidad del grupo, una suma informal deja entrever que, en dos días, los tres líderes de la banda (El Indio, Skay y la Negra, ya que el resto de los músicos solían cobrar cachet) habrían embolsado, cada uno, un millón de dólares. Pero todo tiene su contracara. Durante el primero de los dos recitales tuvo lugar un hecho que quizá haya propiciado el principio del fin del grupo. Ni siquiera la ponderada filosofía de Solari (”Sostengo la política del guerrero: esperar lo mejor, prepararse para lo peor”) fue suficiente para prever lo que sucedería. A la mitad del primer recital, Los Redondos dejaron de tocar y se retiraron del escenario: alguien, disimulado entre la gente, estaba apuñalando al público. Las luces del estadio se encendieron, y hubo treinta minutos de estupor, hasta que el agresor fue identificado. “Lo mató la misma gente, a patadas, algo así como Fuenteovejuna. Estaba loco el tipo, lastimando inocentes. No justifico la violencia, pero la comprendo”, opina el Indio. El agresor se llamaba Jorge Ríos, tenía 27 años y tiempo atrás había salido de la cárcel. La banda lo sabría recién al otro día. El show debía continuar: Los Redondos consideraron que suspender el recital era más peligroso que continuarlo. Así que sobre el escenario apareció la figura de un Solari visiblemente ofuscado. Y con severidad amonestó a una multitud que se sumió en un profundo silencio. Fue uno de los momentos más extraños y conmovedores de la historia del rock en la Argentina: “Escuchen…escuchen, carajo”, dijo el cantante ante 70 mil personas. “Consideren esta como una de nuestras últimas presentaciones”, aulló. Así fue.
Después de eso, los años de reclusión. Ahora, en su oficina, le comento que alrededor de su figura se tejen miles de historias, que hay gente que cree que vive desconectado de la realidad. Se eriza: también conoce estos comentarios, y no le caen nada bien. “Más desconectado de la realidad vive aquel que está pendiente de la información. Hoy en día toda información es probable. Ahora, desde hace unos años, están de moda los canales de noticias, donde sucede todo en tiempo real. Nada tiene sentido entonces, porque para que algo lo tenga uno debe poder interpretar la realidad que ve. ¿Soy yo el que me estoy perdiendo de algo, o es este sistema paródico el que le hace creer a todo el mundo que realmente vive la vida?”.
¿Cómo ve Solari a la Argentina actual, teniendo en cuenta que su retiro data de la misma época, el 2001, en que el país vivió la crisis económica más importante de su historia? “En la cultura de una sociedad, en su educación, en eso anida la capacidad de saber elegir, y defender la calidad de vida de los ladrones de turno. El tonto no puede oler al diablo, ni si caga en su nariz: ése es el problema. Además, independientemente del ladrón de turno, existe la posibilidad de aprovechar las coyunturas de una manera más lúcida. Si cuando acá todos teníamos la moneda imperial (N. de la R: por la Ley de Convertibilidad, hoy derogada, un peso valía lo que un dólar), en lugar de irnos de vacaciones a Brasil comprábamos hornos cerámicos, tornos de alta competitividad, hoy quizá tendríamos una capacidad industrial diferente. Entonces, más allá de ese latrocinio que hubo durante la década menemista, una sociedad inteligente debe saber aprovechar las coyunturas. El gran problema es que no sabemos que somos una sociedad ignorante: sospechamos alegremente de la corrupción, pero a esta altura la corrupción es estructural. Todos aprendimos a sobrevivir creyendo que somos muy inteligentes si robamos lo que tenemos a mano, y eso nos hace padecer un eterno sojuzgamiento a la pobreza. Hemos postergado la verdad, es penoso. Que alguien pueda comprarte por un poco de dinero es una locura. Bienvenido el dinero, pero si para eso tengo que sufrir un desgaste moral grande, creo que no se justifica. La mayor ambición del hombre no debería ser el aposentamiento económico, sino la justificación de su vida. Estar conforme con cómo nos ve la gente que tiene acceso a nuestra intimidad, eso es ser realmente ambicioso para mí”.
Se lo ve disconforme con ciertas ideas vigentes. Se lo digo. “La gente como yo, que se formó en la cultura rock, equivocados o no, lo hacíamos en serio. Hay un montón de cosas que hoy están de moda, frases ingeniosas como que uno está en esto para seducir mujeres, o que no hay que tomarse las cosas demasiado en serio, o que una canción no cambia el mundo. Por supuesto que una canción no cambia el mundo, pero hubo canciones que cambiaron mi mirada del mundo. Y como soy constructivista pienso que, si cambiaron mi mirada, el mundo efectivamente cambió. Por otro lado eso de las mujeres quizá sea una frase ingeniosa, pero me parece reducir el rol del artista a una especie de estupidez. No tomarse en serio a uno mismo probablemente sea el impulso de los teenagers de hoy, pero cuando yo era joven me tomé muy en serio la cultura rock. Todas las experiencias que hice pretendían ampliar el campo de la conciencia. Ahora estoy a la espera de cambios rotundos que provoquen otra música de fondo. Es la única manera en que acepto este vaciamiento. Me aburre la postura de los artistas de hoy, al menos la de aquellos que han aceptado la mirada posmoderna. Porque yo creo que para que la vida tenga una pulsión, la gente tiene que tener ideales”. ¿No advierte en la sociedad alguna forma de resistencia? “Sé que en los nervios de los jóvenes hay más información de futuro que en la experiencia que yo tengo. Desgraciadamente, esta pauperización que vivimos los transforma en seres bastante más primitivos que los que éramos nosotros de jóvenes. Pero quizá esta especie de vaciamiento cerebral que nos están haciendo sea la antesala de una sociedad… virtual. Siempre estoy esperando lo mejor. No soy escéptico, tengo la esperanza de que algo venga a renovar el espíritu vital. Por más que la cultura hoy esté confirmándome, yo quiero saltar por encima de ella. No quiero ser un tradicionalista: si el rock no muere nunca, esto va a ser un aburrimiento”.
Lo dice la estrella de rock más importante de la Argentina. Suena el teléfono, atiende. Aprovecho para mirar alrededor. Detrás de la puerta hay una gran foto enmarcada que lo muestra al pie de las escaleras que conducen al baño del mítico reducto neoyorquino de rock CBGB. Allí, entre otros, debutaron The Ramones. El Indio vuelve, se sienta, casi sin gesticular sigue demoliendo mitos. “Abandoné la bohemia hace rato, empiezo el día muy temprano. Me levanto a las cinco y media de la mañana. He descubierto que ése es el momento en el que estoy más lúcido. Cuando me mudé para acá me pasaba toda la noche tomando whisky y jugando al pool. El canto de los pájaros, al otro día, era una molestia. Y entonces hice un cambio, en el que influyó también el nacimiento de mi hijo. Me di cuenta que mi vida ya no significaba lo mismo. Descubrí una alternativa de lucidez, a la mañana, despertándome a esta hora. A eso de las ocho ya estoy en una buena actitud, que por lo general dura hasta el mediodía”. ¿Cuál es su método de trabajo? “Trabajar todo el tiempo. La casualidad ayuda a las mentes dedicadas”.
Nos preparamos para escuchar su disco. “¿Te molesta si me recuesto en el sillón?”, pregunta, y se echa pasando uno de los brazos por debajo de la cabeza. Enciende el equipo de audio, lleva el volumen al máximo. El disco abre con un sonido que simula una grabación en directo. Van pasando las canciones. El track 9 se llama “Pabellón séptimo”, y su letra es una crónica carcelaria, de una crudeza que no se suele frecuentar la pluma de Solari: “Me asfixio Dios/ Pienso en mi cara…se está quemando ahora mi cara ¡Dios! / Una explosión y los colchones se prenden fuego y nos quemamos vivos/ Quiero salir, quiero escapar, las puertas siguen encerrojadas/ El pabellón, en un segundo, se nubló todo y ya no vemos nada más”. Solari, por primera vez, se queda en silencio. Y explica. “La canción es una crónica de un hecho real que sucedió en 1978. Una masacre de presos comunes en la cárcel de Villa Devoto. Ahí murió un amigo mío… si había alguien que no tenía que estar ahí era él. Tenía un problema psíquico, lo engancharon en la casa de una novia, con unas tabletas de ácido lisérgico, y lo metieron en un pabellón cualquiera. Un día hubo una revuelta y los masacraron a todos. Sé que la letra, en este momento en que se habla tanto de los secuestros y se exige seguridad a cualquier precio, es algo políticamente incorrecto. Pero bueno, yo siempre dije que todo preso es político. Y hay lugares donde la sociedad tiene que ver el grado de horror que es capaz de producir. Me ha tocado visitar cárceles, tengo amigos en el cielo y el infierno: hay allí un horror permanente. Sin tomar en cuenta que eso marca de movida la imposibilidad de la resocialización de nadie que entre ahí. No se puede combatir el canibalismo comiéndose al caníbal, no está bien que el Estado haga eso. La represión nos transforma a todos en pares de aquellos que cometen crímenes”.
Han pasado cuatro horas de entrevista. El Indio se levanta. Dejamos su oficina y salimos al exterior, donde el sol del mediodía cae recto. La personalidad más destacada y enigmática del espectáculo argentino de las últimas décadas se despide con un beso, da media vuelta, desaparece en su casa. Por delante se abren quién sabe cuántos años de futuro silencio público. En mi cabeza resuena una de las frases más bellas del disco: “Si no hay amor que no haya nada entonces, vida mía, no vas a regatear”. Toda una declaración de principios, para este principio de siglo.
Por Maximiliano Tomas para Gatopardo (Colombia), febrero de 2005.
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Diciembre 20th, 2006 · 1 Comment
Amélie Nothomb nació en Kobe, Japón, en 1967, y vivió parte de su vida entre China, Bangladesh, Birmania, Laos y Nueva York. Es hija del embajador de Bélgica en Roma. Se considera a sí misma una grafómana: vive recluida en un pequeño departamento donde pasa sus horas escribiendo. Y lo hace, además, a mano: no tiene computadora y tampoco sabe utilizarlas. Publica, desde 1995, una novela por año. Sus libros suelen ocupar por meses los ránkings de libros más vendidos en Europa. Si bien, como dice, escribió siempre, su primera novela publicada fue Higiene del asesino, que vendió 350 mil ejemplares en 1992. La consagración definitiva le llegó en 1999, con Estupor y temblores, que alcanzó los 450 mil ejemplares, obtuvo el Gran Premio de Novela de la Academia francesa, y fue adaptada al cine en el 2003. Desde entonces sus libros son traducidos a 23 idiomas.
– Nació en Japón, es hija de padres belgas, y es la más joven y exitosa escritora de las letras francesas. ¿A qué cultura siente que pertenece?
– Soy belga, pero no pertenezco a ninguna cultura en particular. Y creo que estoy muy bien así.
– Suele describirse como “grafómana”. ¿Qué significa escribir para usted?
– Bueno, empecé a escribir a los 17 años, y no paré desde entonces. Rápidamente, la escritura llegó a ser todo. Hoy puedo decir que es –literalmente– mi vida.
– Muchos escritores adoptan métodos de trabajo. ¿Cuál es el suyo?
– Mi método es escribir siempre, todo el tiempo. Aún cuando no escribo, lo estoy haciendo en mi cabeza.
– Borges dijo algo parecido. ¿Ha leído literatura argentina?
– He leído a Borges, por supuesto. Pero a nadie más. El resto es deuda pendiente. Espero sepa disculparme por esto.
–¿Cuáles son sus orígenes literarios?
– Tuve una infancia y una adolescencia solitarias, así que leí mucho. Me formé, sobre todo, leyendo a los grandes clásicos franceses de la biblioteca paterna: Stendhal, Baudelaire, Flaubert, Diderot, Colette. Pero la lectura no me llevó a escribir. El libro que me incitó fue “Carta a un joven poeta”, de Rilke.
–No es habitual que una escritora tan joven publique tanto. A esta altura, ¿cuáles son sus libros que más le gustan?
– La verdad, ninguno.
– Cuando era pequeña vivió en una residencia para hijos de diplomáticos con George Bush Sr., el padre del actual presidente de los Estados Unidos, ¿qué recuerda de esa época?
– Entre 1972 y 1975 viví encerrada en el ghetto de San Li Tun, en Pekín, en China Popular. Allá, toda la comunidad extranjera estaba encarcelada, entre ellos George Bush padre, y yo. No fueron los mejores momentos de mi vida, y con los recuerdos que tengo de ésa época escribí mi novela “El sabotaje amoroso”.
– ¿Qué opina del mundo que empezó a diseñarse después del 11 de septiembre del 2001?
– Que el apocalipsis parece estar cada vez más cerca. Por eso, creo que éste es el verdadero tiempo de vivir.
– En “Higiene del asesino” cita implícitamente conceptos sartreanos fundamentales, aunque Sartre mismo no queda muy bien parado. ¿Cree, como él, en el compromiso del escritor?
– El compromiso es inevitable pero no proviene de la voluntad del escritor. Está, a pesar suyo. De todas maneras, creo que los escritores no tenemos casi ningún poder.
– Muchos afirman que los temas de la literatura son siempre los mismos. A lo sumo, cinco o seis ¿Cuál es el suyo?
– Yo tengo uno solo. Mi único tema, el fundamental, es el enfrentamiento entre los seres humanos.
– Se dice que si no fuera por usted y por Michel Houellebecq, la literatura francófona estaría muerta. ¿Se conocen?
– Sí, lo conozco. Y valoro lo que escribe. Pero no son sus novelas las que me llevo a la cama para leer antes de dormir.
Por Maximiliano Tomas para la revista Noticias, enero de 2004 –una versión alternativa apareció más tarde en la revista Ñ.
Esta es la única entrevista que la autora concedió a un medio argentino hasta la fecha.
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Noviembre 29th, 2006 · 5 Comments
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SAFARI CLUB
SI TODO SALE BIEN, en esta nota alguien va a morir.
Si sale todo bien, morirá de noche y de un tiro limpio y preciso como el corte de un bisturí. Sin dejar rastro de sangre: rápido y sin dolor.
Morirá como quien cierra una puerta, o apaga la luz, y dice buenas noches.
Pero ahora no es de noche sino de mediodía, y alrededor de la mesa los tres cazadores hablan:
– El ciervo es la manifestación aristocrática de la naturaleza –dice el más joven.
Ha viajado, como sus dos compañeros, cientos de kilómetros hasta aquí, en busca de su trofeo. Habla en este salón de paredes cargadas de puntas, palmas y cornamentas de ciervo, una al lado de la otra como viejos escudos medievales, que parecen infundirle ánimos.Tiene el pelo cortado al ras, bigote, y lleva el chaleco puesto. Recuerda perfectamente el último animal que cazó, meses atrás:
– Le seguí el rastro hasta un ojo de agua. Ahí se detuvo de espaldas a beber. Esperé hasta que giró. Y fue como una revelación: la cornamenta brillaba bajo el sol, el tiempo quedó suspendido. Lo gocé en vida, mientras duró.
– ¿Mientras duró? –pregunto. Soy el cuarto integrante de una mesa de cazadores experimentados. Y no disparé un tiro en mi vida.
– Sí. Porque lo que uno disfruta es estar cazando. Veinte días antes de salir, la adrenalina ya empieza a correr en la sangre: hay que elegir el cuchillo adecuado, las municiones, los binoculares, la ropa. Cuando uno dispara, todo eso se acaba. Uno, dos, tres días y a veces más, me cuentan, para disparar una sola bala. El tiro tiene que ser uno. Lo dice el mayor, también sentado a la mesa, pantalón camuflado y cuchillo de hoja de veinte centímetros en la cintura:– El animal se merece una muerte digna.– Además –interviene el tercero, que lleva la chaqueta llena de estampas entre la que destaca la del Safari Club Internacional, una de las dos asociaciones de cazadores más importantes del mundo– un mal tiro echa a perder la pieza. Arruina el trofeo, arruina la carne.
Demorar el tiro, entonces: la esencia misma de la cacería. Una metáfora perfecta de la sexualidad humana: lo importante es el cortejo. Disparar es tan solo la culminación de un acto de amor y pasión irrepetible.
–Lo último que uno disfruta es matar –agrega el de las estampas, y el resto del grupo asiente.
–Seguro. Porque lo que nosotros hacemos es un arte– afirma el más joven.
LOS TRES CAZADORES SON MIEMBROS del Safari Club: empresarios argentinos que han viajado por el mundo tras la presa ideal, esa que tal vez jamás encuentren. No importa: la cuestión es seguir buscando. Estamos en el coto de caza El Durazno, en la provincia de San Luis, 700 kilómetros al noroeste de Buenos Aires, capital de la Argentina. Es un fin de semana atípico: por lo general, las tres exclusivas habitaciones de la estancia son ocupadas por extranjeros que vienen hasta aquí desde todos los rincones del planeta a rastrear, en 74 mil hectáreas de monte y estepa, agua y tierra, el trofeo de sus sueños: ciervos, búfalos, jabalíes o pumas. Es que son pocas las regiones donde van quedando cotos salvajes: ciertos paisajes africanos, el norte de Alaska y parte de los Estados Unidos, Manchuria. Y, claro, la Argentina.
Así es que aquí estoy, este mediodía, esperando salir en busca del animal más buscado a esta altura del año: el jabalí. Mis anfitriones me ponen al tanto de la jerga: si uno dispara y el animal agacha la cabeza, eso significa que hay herida y está “tocado”; el sonido del golpe del proyectil en su cuerpo se denomina “bolsazo”; “ventear” es cuando el viento sopla desde atrás y arrastra el olor humano: el animal nos huele y se espanta. Una buena cacería depende de varios factores, pero sobre todo del viento, que tiene que venir de frente. Las municiones se diferencian por su calibre, y también por su capacidad de matar (killing power) o de inmovilizar (stopping power): todo depende del tamaño del animal que uno vaya a cazar. Y un consejo para principiantes: mantener la mira telescópica del rifle a unos cuatro dedos del ojo. Entre risas, los cazadores recuerdan casos en que se disparó sin tener en cuenta esa distancia: la patada del arma incrusta la mira en pleno rostro. Los cortes son profundos, y sangrantes. Me dicen: la mira es más importante que el propio fusil. “No se puede cazar lo que no ves”.
TERMINAMOS EL ALMUERZO. La cacería no comenzará hasta las siete de la tarde, cuando el sol empiece a ceder. Por la noche habrá luna llena, lo que nos dará luz suficiente para distinguir jabalíes de más de cien kilos. Me preguntan si quiero probar: claro que quiero. Así que me llevan a hacer puntería a un polígono improvisado al fondo de la estancia.
Un rifle suele pesar algo más de tres kilos –lo que un niño recién nacido. Hay un blanco a unos cien metros. Tengo en mis manos un Winchester calibre 300, que dispara proyectiles a 2700 kilómetros por hora. Me recomiendan que tome asiento, que encastre la culata en el hueco entre el hombro y el pecho. Que me acostumbre a la mira. Que pruebe la presión del gatillo. Que suelte la respiración antes de disparar. Que recién entonces quite el seguro. Hago todo esto y mantengo el ojo a una distancia prudente de la mira. Exhalo, digo “ahí voy”. Quito el seguro y disparo. Aguanto bien la sacudida, aunque por unos segundos el estampido, seco y atronador, permanece en mis oídos. Siento la adrenalina correr por el cuerpo. Quiero más. Me traen el blanco. Nada mal. No “hice mosca” –dar en el centro exacto– pero tampoco estuve tan lejos. Estoy listo para ir tras ése jabalí.
***
JUAN GAMBLUCH TIRÓ POR PRIMERA VEZ a los siete años, con una escopeta 12.70: su padre le sostenía los brazos y su tío las piernas. Hoy tiene 43 y es el jefe de guías de caza del coto El Durazno. Es él quien cuenta que la brama –la temporada de caza de ciervos– comienza en marzo y se extiende hasta el 31 de julio, cuando los animales pierden las aspas. Los cuernos se desarrollan y adquieren tamaño y puntas a medida que el ejemplar avanza en edad –a más puntas, mejor el trofeo y más cara la pieza; a partir de las once puntas se trata de un trofeo considerable. Hasta que a fines de julio los cuernos pierden la piel aterciopelada que los recubre, y los animales se frotan contra los árboles hasta que logran desprenderlos de su cabeza. Con el tiempo, ese saco –una suerte de guante– se llenará de sangre hasta solidificar y desvelar a los cazadores profesionales. En este tipo de lugares, la ecología bienpensante se queda sin argumentos: los cotos de caza, se asegura, contribuyen a la conservación de las especies, ya que reproducen, crían y mejoran genéticamente a los animales, separando a los defectuosos o malformados.
Cuando la brama acaba, comienza la caza de jabalíes, búfalos, antílopes –y, si uno tiene la desgracia o la suerte de cruzarse con un puma, también de pumas. Todos estos animales se cazan a pie, salvo los jabalíes, como lo comprobaremos esta noche, en un largo juego de estatuas. “Sentarse, no hacer ni un ruido. Y esperar”, son los consejos que Gambluch da a sus compañeros de hoy: el fotógrafo y yo.
A LAS SIETE DE LA TARDE PARTIMOS en una camioneta 4X4. Luego de un rodeo llegamos al apostadero: un pequeño pertrecho en medio de la nada, disimulado por algunos arbustos. Detrás, un molino y un estanque desde donde parte un hilo de agua que nos rodea y forma una laguna frente a nosotros. En la orilla, restos de maíz: el cebo para los jabalíes. Nuestro guía acomoda las sillas, deja el rifle y desaparece a esconder la camioneta. El sol cae. Alrededor, la nada absoluta: el mágico vacío del campo. El fotógrafo prueba la cámara, que queda descartada: imposible disimular el ruido de su mecanismo. Desde ahora, sólo resta lo que pueda ver y contar.
Minutos después ya no hay sol, y el cielo se cubre de nubes. Quedamos a oascuras. Necesitamos que la luna llena, que debiera salir en una hora y media, nos ilumine. Hablamos en susurros inaudibles. El guía nos dice que los jabalíes tienen colmillos visibles de once centímetros de largo y unos veinticinco una vez extraídos. ¿Cómo hará Gambluch para advertirlos, en medio de la negrura? Con paciencia, sabiduría y ayuda: la única manera de verlos –el largo, el grosor del hueso, lo que va a otorgarle valor a la pieza– es con binoculares, cuando la luz de la luna se refleja en ellos. Gambluch murmura: el proyectil debe “bandear” al animal, pasarlo de un lado a otro, penetrar un órgano vital –el hígado, el riñón, los pulmones, el corazón– para asegurar una muerte rápida y segura.
ALGUNOS PÁJAROS LEVANTAN VUELO. Escucho un ruido a mi derecha. En la semipenumbra, se me eriza la piel. Algo se desliza a un metro y medio de donde estoy. Va, viene, parece estudiarme. No puedo verlo. Después de un rato, Gambluch confiesa que pensó que podía ser un puma. “Es difícil distinguirlos, tienen el color del pasto”, dice. “Pero debe ser una víbora, o una rata de campo”, agrega, como si eso fuera a tranquilizarme. A las ocho y media la oscuridad y el silencio son totales. Es como si estuviéramos aislados en una recámara de acero. La luna sigue sin aparecer y entonces los escuchamos: una piara de cuatro o cinco ejemplares. De a poco somos rodeados. No podemos ver ni mucho menos cazar. Los jabalíes tienen un oído y un olfato muy superior al de los seres humanos. Pueden atacar, pero no distinguen bultos a más de cinco metros. El problema es que ahora algunos se acercan peligrosamente. De pronto el viento cambia. Una brisa sopla desde atrás y, segundos después, los animales se retiran: los pasos rápidos resuenan en la tierra.
Pasa una hora y media más, sin novedades. Para las diez de la noche hemos escuchado los ruidos más variados pero hemos visto poco. Entonces, la luna se asoma por detrás de las nubes. Y, muy despacio, comienza a despejar. El lugar permanece vacío. Aunque no por mucho tiempo. Ahora se ve el campo hasta más allá de la laguna. Minutos después los jabalíes vuelven. Es otro grupo. Y ahora sí distingo los cuerpos abultados, las patas cortas y ágiles, las enormes cabezas. Gambluch toma los binoculares. Está tratando de verles los colmillos. Busca al padrillo, el líder, el mejor ejemplar. Estoy ansioso. Los jabalíes son cinco y tienen ganas de pelear. Se corren, entran y salen del agua. El guía los estudia. Hace cada vez más frío. Le pido los binoculares. No logro distinguir siquiera si el animal está de frente o de espaldas. Me pasa el rifle, atisbo por la mira: menos. El virus que la pólvora inoculó en mí por la tarde, cuando mis oídos se embotaron y mi corazón estalló, hace efecto. Si yo no puedo disparar, que lo haga él. Pero ahora. Trato de disimular mis nervios. Pero los jabalíes nos advierten y vuelven a retirarse.
SON LAS DIEZ Y MEDIA Y NO SIENTO LA NARIZ. Llevo el gorro calado hasta las cejas, tengo los talones congelados. Son más de tres horas apostados casi sin mover un músculo y los sentidos, que antes se agudizaron, ahora comienzan a fallar: los ojos punzan, el oído engaña. Acaba de aparecer la tercera piara. Gambluch estudia la escena. Parece que lo tiene. Espera que el animal se acerque a la laguna para que su silueta contraste mejor contra el brillo del agua. En ese momento, la luna ilumina la escena con una claridad lechosa. Miro al cielo: tenemos unos veinte segundos hasta que el cúmulo de nubes vuelva a cubrirla como un manto. Ahora, pienso. Ahora, digo. Gambluch me mira, levanta el rifle. Ahora. No queda tiempo. “Voy”, dice. “Estén atentos. Lo más probable es que el chancho corra un trecho y caiga cien o doscientos metros más allá”.
Las nubes vuelven, empiezan a comerse la luna a bocados. La luz cae y la visibilidad disminuye casi a cero. La oscuridad vuelve a teñirnos. Ahora, estoy pensando nuevamente, y en la penumbra intuyo el dedo del guía que se cierra sobre el gatillo. Ya no queda tiempo. Miro hacia el animal. Y un estampido me conmueve el pecho. El bulto negro, a unos ochenta metros, no se mueve un centímetro: sólo recoge sus patas. Y se desploma. Sus compañeros están desorientados. Dudan unos segundos. Escapan aterrados.
Con el fotógrafo gritamos de exaltación. Reímos. Festejamos. Es un sentimiento de felicidad extraño. Dejamos el escondite y corremos a verlo: es un jabalí enorme, de casi dos metros. Pesará unos 150 kilos, de los cuales la mitad será carne aprovechable. Lo tocamos: el pelaje, aún caliente, es duro como el acero. Gambluch toma un cuchillo, va directo a la boca del animal. Comienza a cortarle las encías, pule los colmillos con el filo. “Una buena pieza”, dice.
Nos muestra el tiro, que surcó la oscuridad y atravesó la garganta del jabalí. No hay rastro de sangre: murió rápido, sin dolor. Simplemente dejó de respirar. Como quien cierra una puerta o apaga la luz. Como quien dice es todo, buenas noches.
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