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Junio 29th, 2008 · 1 Comment
Luis Chitarroni es uno de los personajes más enigmáticos y fantasmales del mundo editorial. Responsable de la colección de literatura de Mondadori, suerte de padrino de la generación literaria que incluyó a nombres como Sergio Chejfec, Charlie Feiling, Sergio Bizzio, Martín Caparrós y Daniel Guebel, a pesar de que muchos coinciden en señalarlo como un hombre de una cultura avasallante –o pensándolo mejor, tal vez por eso mismo– ha entregado a imprenta tan sólo tres libros propios en cincuenta años: Siluetas, El carapálida y Peripecias del no (para algunos, la mejor novela de 2007; para otros, el libro más incomprensible de la literatura argentina). Por eso no deja de sorprender el volumen distribuido días atrás por la Municipalidad de La Plata bajo el título Ejercicio de incertidumbre, donde se compilan algunos textos teóricos de Chitarroni sobre autores como Miguel de Cervantes, Jorge Luis Borges, Vladimir Nabokov, Carmen Iriondo o Hanif Kureishi. Precisamente al comienzo de la reseña del libro Siempre es medianoche, del escritor británico, Chitarroni aprovecha para embestir al mismo tiempo contra Raymond Carver, “ese cuentista norteamericano corrompido –no educado– por un gran maestro ruso, Antón Chéjov”. Si es conocida la fascinación de Chitarroni por la destreza formal nabokoviana, no es de extrañar que manifieste cierto despreocupado desprecio por el ascetismo narrativo que Carver convirtió en ética y estética.
Con Carver pasa lo que con otro escritor que sufrió la desgracia de ponerse de moda poco antes de morir, Roberto Bolaño: siempre parece haber un nuevo borrador dispuesto a ser publicado. En el caso de Bolaño, su obra parece haberse cerrado definitivamente luego de los cuentos de El secreto del mal y los poemas de La Universidad Desconocida. Algo así había afirmado la poeta Tess Gallagher en 2000, al publicar el que sería el último libro de relatos de su ex marido, Si me necesitas, llámame. Pero en 2005, una pequeña editorial española editó Sin heroísmos, por favor, volumen que recoge poesía, crítica literaria, ensayos, cinco relatos inéditos y una novela inconclusa de la factoría Carver.
Al comienzo del prólogo, Gallagher –una viuda un poco insoportable, como las hay tantas en la historia del arte contemporáneo, revisando y prologando con celo cada uno de los textos inéditos de su ex pareja– afirma: “La oportunidad de conocer los primeros trabajos de un artista o un escritor antes de ser reconocido como tal suscita esa particular sensación de intimidad que tenemos al sentirnos partícipes de un secreto”. Se refiere a los cinco relatos de un Carver vacilante (casi todos homenajes algo obvios a Faulkner, Joyce o Hemingway), publicados entre 1961 y 1967, e incluidos en el volumen. Pero: ¿cómo saber si los lectores realmente desean encontrarse con estos esbozos de escritura, con los primeros tanteos de un autor cuya literatura iría luego en una dirección completamente distinta? ¿No hubiera sido mejor dejar que siguieran viviendo un discreto olvido en las revistas universitarias en las que aparecieron originalmente?
Por fortuna, no hay libro que no contenga algo rescatable. El último de los cinco cuentos, Manzanas rojas y brillantes, al que Gallagher desprecia abiertamente por “experimental”, es un hallazgo de humor absurdo que por momentos acerca a Carver a los extraños ambientes de un Kafka, e incluso a situaciones delirantes típicas de la narrativa de Aira. Todo lo que, muy probablemente, no le disgustaría a Luis Chitarroni.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 29 de junio de 2008).
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La Feria del Libro de Buenos Aires terminó hace poco más de un mes. ¿Cuál fue el balance de esta última edición? No muy distinto al de las anteriores: récord de asistentes y una venta sostenida, a pesar de las dificultades económicas que amenazan a la industria. Por otro lado, quedó claro una vez más que la Feria es en realidad una fiesta de la industria editorial, que sólo cada tanto se roza con los intereses literarios, casi siempre de manera tangencial. Y que los mayores beneficiados –además de los visitantes de las provincias del interior del país, que encuentran allí mucho del material al que no tendrían acceso de otra manera– son los sellos, que pueden comercializar sus productos sin la intermediación de los puntos de venta, es decir, de las grandes cadenas de librerías, que se quedan con un buen porcentaje del precio de venta de tapa de cada ejemplar.
¿Cómo son las cosas, por ejemplo, en España, el mayor centro editor en lengua castellana? Existen otro tipo de problemas. El mercado está virtualmente monopolizado por cadenas como la Fnac o El corte inglés, donde los libros se encuentran cada vez más lejos del alcance de los consumidores. No por el costo (porque en España funciona a la perfección el sistema de edición de libros de bolsillo, que distribuyen casi los mismos títulos que en rústica pero con precios dos o tres veces más bajos), sino por la propia disposición espacial. Hasta hace pocos años, al entrar a cualquiera de estos shoppings culturales, uno se topaba de inmediato con las mesas de novedades. Pero ahora ese lugar lo ocupan la tecnología y los electrodomésticos, y recién luego de sortear televisores y bateas musicales, y de subir tres o cuatro pisos por escaleras mecánicas, uno podrá encontrar los exhibidores de libros.
En un café del centro de Barcelona, el editor Pere Sureda, responsable del sello Belacqvua, convalida la observación y habla de la desaparición de las pequeñas librerías como un hecho. “Todo se debe a los márgenes de ganancia”, dice. Y explica que los responsables de estas tiendas hacen una cuenta muy sencilla: calculan cuántos libros deben vender para facturar lo mismo que con la venta de un televisor o una computadora. Así, con los resultados en la mano, deciden ubicar los libros donde menos molesten, lo más lejos posible.
Y sin embargo, la oferta de las librerías de Barcelona es aún más apabullante que las de Buenos Aires. Cientos de títulos que desembarcan todas las semanas y que, con suerte, tienen una vida útil de unos pocos meses. Si la curva de la cantidad de nuevos libros editados es inversamente proporcional a la de los ejemplares vendidos, y si la gente lee cada vez menos: ¿cómo es que la industria editorial parece expandirse sin descanso?
En la otra punta de la ciudad, en una mesa del restaurante Flash Flash, el crítico literario Ignacio Echevarría dice que hay una explicación: editar libros sigue siendo un negocio barato y rentable. A pesar de los costos del papel. “Nos juntamos tú y yo y en dos días, si queremos, nos montamos una editorial. Con que nos vaya apenas medianamente bien, no perdemos dinero”, exagera para ejemplificar. Además, claro, está la cuestión del prestigio: el de editor sigue siendo un oficio bien visto. ¿Pero cuánto puede sostenerse una situación así, con precios en alza, sobreoferta de títulos y libros que venden doscientos o trescientos ejemplares? “Hasta que haya una revolución similar a la que sufrió la música con la digitalización”, arriesga Echevarría. “Recién entonces el negocio del libro cambiará de manera radical”.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 22 de junio de 2008).
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Como algunos escritores de la escasez –Juan Rulfo, Arthur Rimbaud, John Kennedy Toole, entre otros–, a la banda inglesa Portishead le alcanzó con unos pocos años de trabajo y tan sólo dos discos (Dummy, de 1994, y Portishead, de 1997) para torsionar el sonido de los 90 y protagonizar, quizá junto al grunge de Nirvana, una de las revoluciones musicales de la década. Formados en Bristol en 1991, por iniciativa de la cantante Beth Gibbons y el dj y tecladista Geoff Barrow, el grupo sumó al guitarrista Adrian Utley y, con la paciencia y el detallismo que los caracteriza, moldearon en algo más de tres años su primer disco, que para sorpresa de todos alcanzó un gran éxito, tanto que obligó a la prensa a inventar un nuevo término para englobar su música, a la que llamaron trip-hop y emparentaron con Tricky y Massive Attack. Luego vendría el otro disco de estudio, un mítico recital en el teatro Roseland de Nueva York en 1998 (editado en 2002) y, tan silenciosamente como habían surgido, desaparecieron. Antes, tuvieron tiempo de componer la que tal vez sea la canción más triste de todos los tiempos, Roads (”Oh, ¿acaso nadie puede ver / que tenemos una guerra que pelear? / Nunca encontramos el camino / a pesar de lo que nos han dicho / ¿Cómo me puedo sentir tan mal? / Desde este momento, / ¿cómo puedo sentirme tan mal?”). Desde entonces, sus fans en todo el mundo echaron a rodar los rumores de un trabajo que nunca llegaría (el álbum Alien), y forjaron durante diez años en foros y páginas web el largo mito del regreso.
Portishead es una banda de vanguardia de la era pre-Internet –y nada puede sonar más viejo que esto. En todo este tiempo no hubo en la Web más de una decena de fotos que circularon en la década del 90, y apenas dos o tres videos de presentaciones en festivales y estudios de televisión. En la época de la publicidad viral y de la música digital, Gibbons y Barrow optaron por el hermetismo, la intimidad y la sustracción. Es por eso que ya nadie esperaba lo que ocurrió meses atrás: el anuncio de un tercer disco (titulado, apenas, Third) y una gira europea que culminó con dos presentaciones legendarias en la ciudad de Barcelona, en el marco del Festival Primavera Sound 2008. Pero a no confundirse: este regreso poco tiene que ver con la habitual inclinación de algunos señores entrados en canas y carnes que deciden volver a colgarse sus instrumentos para darle una vuelta al siempre rendidor negocio de la nostalgia. Con Third, Portishead borra –incinera, literalmente– el capital simbólico acumulado tras una década de ausencia, y comienza a labrar de cero una nueva senda sonora.
Algún tiempo atrás, el escritor Alan Pauls confesaba que la única literatura que le interesaba era la que lo hacía sentir incómodo, desubicado. Esos textos frente a los que sólo cabe preguntarse “¿qué es esto?”, esa inquietud, ese abismo de sentido que provoca siempre lo nuevo, lo descentrado, lo extraño. Hacia allí fueron Gibbons, Barrow y Utley. ¿Cómo, si no, escuchar un disco que se abre con el predicamento de un pastor evangélico brasileño, que abusa de acoples y sobresaltos rítmicos, que alterna la herencia de la música industrial con una balada a capella, acompañada de un coro de big band? La música, a contramano de buena parte de la literatura, suele apelar al cuerpo y no a la razón. Esa es la mejor manera de zambullirse en las aguas profundas –y, por supuesto, debidamente oscuras– de Third, una de las experiencias musicales más inesperadas e impresionantes de una década, la presente, para el olvido.
(Publicado el domingo 15 de junio de 2008 en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Con la desaparición de Punto de Vista, la publicación sobre arte, sociedad y literatura que Beatriz Sarlo editó durante tres décadas, el panorama de las revistas literarias se angostó indudablemente –habrá que ver, aunque sólo se podrá medir con el paso del tiempo, cuáles son las reverberaciones que esa ausencia generará. De todas maneras, por fortuna, quedan publicaciones –aunque pocas y también de circulación restringida– que mantienen vivo un espacio de pensamiento sobre la producción literaria actual. Una de ellas, quizá la más atendible, es Otra Parte, dirigida por Graciela Speranza y Marcelo Cohen, que como Punto de Vista aparece también cuatro veces al año.
Algunos meses atrás los ensayistas Alberto Giordano y Josefina Ludmer se habían dedicado, cada uno por su parte, a analizar la llamada “inclinación autobiográfica” verificable en la literatura argentina contemporánea. En este sentido, Speranza y Cohen le dedican el último número de Otra Parte a reflexionar sobre la emergencia de esta corriente, bajo el título Vidas reales / Vidas imaginarias.
Las entradas al tema son múltiples. Hay artículos sobre la obra de Günter Grass, Enrique Vila-Matas, Joao Gilberto Noll, María Moreno, Matilde Sánchez y Sophie Calle. Pero es la propia Speranza la que abre el juego desde la nota que articula la revista: “¿Dónde está el autor?”. Allí comienza poniendo en crisis el célebre decreto de “la muerte del autor” que enunciara Roland Barthes en 1968 y al que adhirieran luego Michel Foucault, Julia Kristeva y Jacques Derrida. Speranza pone, como ejemplo de esta tendencia, los últimos libros de César Aira, Juan Forn, Daniel Guebel, Sergio Chejfec y Alan Pauls (a los que se podría sumar sin problemas los nombres de Sergio Bizzio, Damián Tabarovsky y Daniel Link), y afirma que “la imposibilidad de decidir quién dice ‘yo’ sacude al lector (…), abre preguntas sin respuesta y complica el juicio estético y moral (…). El estatuto del género se tambalea y se revela la naturaleza novelesca de toda escritura del yo”. Contra las voces que señalan y deploran esta suerte de “regreso yoico” como un peldaño más del narcisismo y la neurosis de los escritores argentinos, Speranza ve, en cambio, una “alternativa de sobrevida para las formas exánimes”.
O, como escribe: “Si la vuelta del yo a la ficción inquieta al lector, lo desacomoda y hasta lo irrita, se trata en el mejor de los casos de un efecto calculado que es la primera prueba de su energía”. Algo similar piensa y refiere casi indignado Pauls, en una presentación de 2006 recogida en el mismo número de la revista, al hablar de Vila-Matas: “Dios mío, qué prueba de indigencia no ver, no poder ver hasta qué punto la primera persona es menos un yo que una pura conectividad, el principio de una suerte de delirio comunitario, y hasta qué punto lo que nace de ese big bang no es tanto un mundo como mil mundos posibles en los que ya nadie podrá decir ‘yo’, ‘mío’ o ‘mi’, sin caer en la comedia o hacer el ridículo”.
Finalmente, la elección de las ilustraciones de esta entrega de Otra Parte no podía haber sido más acertada: se trata de la serie de imágenes que la fotógrafa argentina Rosana Schoijett agrupó con el título de Kiosco. Schoijett (Buenos Aires, 1969) estudió cine y cursó la Beca Kuitca, pero estas tomas en las que rompe los códigos periodísticos y se integra al cuadro junto a los entrevistados (Silvina Luna, María Julia Alzogaray, Fabián Gianola, Elisa Carrió, Susana Giménez, Juan Carlos Blumberg, entre otros) las realizó durante sus largos años como reportera gráfica de la revista Noticias. Una forma lúdica, inocente, exquisitamente irónica de desplazar la atención del espectador de las figuras mediáticas y decir “yo”, en este caso desde el terreno de la fotografía.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 25 de mayo de 2008).
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Los editores suelen ser personas ocupadas y preocupadas: dedicados cada vez más a manejarse en el territorio del marketing y la futurología (obligados a vender más ejemplares y más rápido, arriesgar todos los meses por la construcción de un best seller, como si los best sellers no fueran el resultado de la múltiple confluencia de variables completamente azarosas), y menos en el marco estricto de la producción de libros con un mínimo de calidad. Es por eso que, paradójicamente, muchos de ellos tienen poco tiempo para leer –aunque esto último, a decir verdad, no es algo que les pase sólo a los editores–. Si al mismo tiempo, semana tras semana, llegan a las editoriales decenas de originales esperando ser descubiertos, arrancados del olvido y publicados, ¿cómo evaluar la potencialidad de esos trabajos? Muchos trabajan con lo que en la industria se denominan “lectores”: escritores, periodistas y estudiantes que se dedican a elaborar informes de lectura sobre la obra que les tocó en suerte. El formato del informe varía de acuerdo con las exigencias de las editoriales (glosar el argumento, colocar puntajes, analizar la obra críticamente) y, por lo general, se exige del lector que recomiende o desaliente la publicación del original.
Los informes de lectura son secretos y anónimos, para evitar suspicacias y represalias. Pero se sabe que escritores como Marcelo Cohen o César Aira, entre muchos otros, trabajaron como lectores, y se cuenta que sus informes son a la vez notables piezas literarias. El poeta Gabriel Ferrater fue otro de los escritores que se dedicó, por largos años, a elaborar informes de lectura, que fueron recogidos por el sello español Península en el año 2000 con el título de Noticias de libros. Ferrater nació en 1922 y murió 1972 (en rigor de verdad, cumplió la promesa que le había hecho a sus amigos de que cuando llegara a los 50 años se mataría). De una erudición asombrosa, tradujo al catalán y al castellano obras de Kafka y Gombrowicz, escribió una amplia obra ensayística y tres libros de poemas, recopilados en Mujeres y días.
Noticias de libros está dividido en tres partes: “Primeros informes para Seix Barral (1961-1965)”, “Papeles de Hamburgo (1963-1964)” y “Ultimos informes para Seix Barral (1970-1972)”. Ferrater lee para recomendar o no la traducción al español de novelas, poesías y ensayos. De acuerdo a la complejidad y el valor de la obra, la despacha en pocas líneas o elabora detallados y extensos informes. Analiza las traducciones de Dashiel Hammett, el libro ¿Qué es la historia? de Edward Carr, lee a Bernard Malamud y a Nadine Gordimer, pero también a autores que nadie recuerda. Sus textos son no sólo reveladores, sino también divertidísimos. Cuando escribe sobre Visions of Gerard, de Jack Kerouac, arranca así: “¡Caramba! Los chicos duros tienen corazones de azúcar”. Acerca de Ces Chers Petit, de Randal Lemoine, dice: “Es un libro tan imbécil que ni siquiera soy capaz de escribir un informe como es debido sobre él. Si un traductor tiene que sudar, démosle Finnegans Wake antes que esto”. Ferrater no es un lector más: piensa la obra como un todo, como si fuera un editor. Ni Nabokov se salva cuando lee La dádiva: “Esta es una obra mayor, no como Pale Fire. Creo que ningún otro libro ha dado tanto juego a su singularidad (…). Ahora bien, desde el punto de vista editorial, el libro reúne casi todos los inconvenientes en que podría pensarse, y si alguna vez un libro de un escritor prestigioso puede ser calificado de pesadilla del editor, es éste”. Y luego se toma varias páginas para enumerar sus inconvenientes. ¿Qué libros de los que se publican actualmente en la Argentina pasarían la prueba de Ferrater? No se molesten: es una pregunta retórica.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 18 de mayo de 2008).
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Así como en el 2006 distribuyó la filmografía completa de Martín Rejtman, ahora, dos años después, el MALBA decidió publicar las tres películas del que tal vez sea el director más radical del cine argentino: Lisandro Alonso. Alonso nació en Buenos Aires en 1975 y para una parte de la crítica especializada es el “último autor”. Sus obras –La libertad (2001), Los muertos (2004) y Fantasma (2006)– tienen muy poco en común con las de sus compañeros de generación, o con las de los jóvenes que empezaron a filmar después de él: forman algo así como un archipiélago que reclama una hermenéutica propia, una nueva manera de plantarse frente a la pantalla. Poco importa si, como se ha dicho, Alonso se autoexcluye del circuito de la industria del cine y decide filmar al margen de ella (así y todo, sus dos primeros filmes se exhibieron en el Festival de Cannes): es su manera de elegir qué ver y qué mostrar lo que lo pone en un lugar excéntrico.
En La libertad, el eje de la trama (porque hablar de “relato”, en el caso de Alonso, es algo por lo menos desacertado) es un día de trabajo en la vida de un hachero; en Los muertos, lo que se ve es la vuelta de un isleño a su hogar en medio de la selva, luego de pasar algún tiempo preso por un crimen del que no sabemos nada. En Liverpool, la película que Alonso terminó semanas atrás, habrá otro regreso: el de un hombre que tras haber desaparecido veinte años llega a Ushuaia en un barco carguero. Se entiende: lo que cuenta en el cine de Alonso son las imágenes y los silencios, que generan un efecto hipnótico. “Si fuera por mí, nadie hablaría. No confío en las palabras”, declaró en una entrevista. ¿Cómo es que alguien se inclina por este tipo de representaciones, en un ambiente saturado de relatos convencionales, calculados, pretenciosos, triviales? Alonso lo explica así: “Yo no soy el enfermo: los enfermos son los demás, que cuentan siempre lo mismo, y lo hacen de la misma manera. Es un problema mundial. Por eso se celebran tantos festivales, porque es la única forma de ver películas diferentes”.
Sacó el cuchillo, lo abrió y clavó en el tronco. Sacó una de las truchas. La golpeó contra el tronco. La trucha se estremeció y se quedó rígida. Nick la colocó encima del tronco y le rompió el cuello a la otra del mismo modo. Eran unas truchas estupendas. Nick las limpió, abriéndolas desde el ano a la punta de la madíbula. Las entrañas, las agallas y la lengua salieron de una sola pieza. Las entrañas salieron todas juntas, limpias y compactas. Nick lanzó los despojos a la orilla para que se los comieran los visones. Luego de estrenar Los muertos, Alonso confesó que su película estaba inspirada en la novela La casa de los muertos, de Dostoievsky, y en algunos cuentos de Horacio Quiroga. Sus personajes –quedó dicho– son hombres solitarios que se desplazan con lentitud y en silencio. Los vemos todo el tiempo, los seguimos en sus recorridos casi sin interrupciones, pero jamás sabemos qué es lo que cruza sus cabezas, qué pensamientos los ocupan, qué secretos mecanismos ordenan sus actos. Alonso los acompaña, los muestra magistralmente: hombres en apariencia pacíficos, que en cierto momento (a la hora de alimentarse, por ejemplo) demuestran que son capaces de destripar un cuerpo con naturalidad, brutalmente pero sin violencia. Es extraño que hasta hoy no se haya señalado la semejanza que tienen los protagonistas de sus dos primeros filmes con personajes como el del fragmento de las truchas de arriba: nada menos que el Nick Adams de El río de los dos corazones. ¿Habrá leído Alonso los cuentos de Hemingway?
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 11 de amyo de 2008).
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Es como si tuviera la bola de cristal: veo dentro de algunos días, cuando termine la Feria del Libro, que los diarios reproducirán las buenas noticias de cada año: las ventas y la facturación crecieron un tanto por ciento, la cantidad de visitantes superó, nuevamente, el millón de personas. Datos reales pero que, de tan repetidos, no sólo se vaciaron de sentido sino que, sobre todo, ocultan detrás de fuegos de artificio cuantitativos los problemas que atraviesan en la actualidad la industria del libro y el mercado editorial.
El del libro es un negocio como muchos otros, aunque no como el de la soja o el petróleo, está claro, porque se mueve sobre todo al vaivén de la economía local. Sus mayores problemas, entonces, tienen que ver con la inflación, y afectan no tanto a las grandes cadenas de librerías ni a los sellos multinacionales (cuyos márgenes de ganancia pueden sufrir una merma sin que ello afecte gravemente sus números) sino a los pequeños y medianos editores y libreros que, por el volumen de sus negocios, son casi siempre los que se manejan con un margen menor.
Por lo general, las librerías eran las que se llevaban la mejor parte en la cadena de la producción del libro: recibían material en consignación y se quedaban con un porcentaje del precio de venta de tapa, que iba del 20 al 50 por ciento (dependiendo de la capacidad para negociar: a mayor cantidad de locales, y mayor venta, más alto el porcentaje). Pero hoy son dos o tres las cadenas de librerías que manejan el negocio casi en su totalidad, Yenny El Ateneo, Cúspide, Distal, lo que uniforma la oferta editorial (a través de la omnipresencia de best sellers: cuanto más rápido se venda un título y más alto sea su precio de tapa, mejor) y pone en riesgo a las librerías más chicas y a los sellos independientes.
Entonces: lo que hoy tiende a expandirse es el modelo del mercado uniformado en sus gustos, con libros cuyo piso ronda los cuarenta o cincuenta pesos. Las pequeñas librerías, que suelen ser las preferidas de los lectores especializados, se ven afectadas por el aumento del precio de los alquileres (un solo ejemplo: a fines del año pasado Ernesto Skidelsky, dueño de Capítulo Dos, debió cerrar su local en el shopping Alto Palermo). Además, las editoriales trabajan cada vez menos con material en consignación, exijen compras en firme, y por lo general son reacias a abrir nuevas cuentas (no son pocos los casos de libreros a los que algunos sellos directamente les niegan el material, ya que, como se dijo, la verdadera preocupación es llegar rápido a las cadenas, las bocas de expendio más importantes).
Peor parece el panorama de las editoriales independientes. Resurgidas luego de la devaluación, nuevamente competitivas, fueron las que se encargaron (Interzona, Adriana Hidalgo, Mansalva, Caja Negra, Paradiso) de publicar mucho de lo mejor que pudo leerse en materia de ensayo, poesía y narrativa local y extranjera por estos años. Ahora, todo ese trabajo entra nuevamente en zona de riesgo debido a la inflación, que disparó el precio del papel (se calcula que aumenta a un ritmo del 5 por ciento mensual), de las tintas, de la imprenta, de los depósitos, de la distribución. Los editores preveían una inflación anual del 20 por ciento, y creen que esa cifra se alcanzó durante el primer cuatrimestre, por lo que algunos están pensando en editar menor cantidad de títulos en lo que queda de 2008 y en 2009. Es como si tuviera la bola de cristal: de seguir así, el año que viene se editarán más y peores libros, habrá menos material para leer y más caro y, además, será más difícil encontrar lugares donde comprar buena literatura.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 4 de mayo de 2008)
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Algún tiempo atrás, en Colombia, alguien tuvo una extraña idea: convertir a Bogotá en la capital mundial del libro. Lo que a priori no parecía más que una expresión de deseos fue tomando cuerpo hasta que, finalmente, la ciudad colombiana consiguió de la Unesco y para 2007 lo que se había propuesto (el 23 de abril pasado, Día Mundial del Libro, Bogotá le cedió la posta a Amsterdam). Dicho sea de paso, el jueves 24 inauguró la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Fue con un discurso de Ricardo Piglia en el que el escritor habló de la importancia de la poesía y del trabajo de editores como Daniel Divinsky (del sello De la Flor), José Luis Mangieri (Tierra Firme), Manuel Pampín (Corregidor), Francisco Garamona (Mansalva) y Washington Cucurto (Eloísa Cartonera); editores que “mantienen viva la tradición de la literatura argentina, más allá de los avatares y la modas”. (No deja de ser por lo menos sorprendente escuchar nombres como los de Garamona o Cucurto, poetas, escritores y editores independientes, en un recinto como el de la feria y frente a autoridades políticas nacionales y municipales que seguramente se enteraron de su existencia, si es que estaban atentos al discurso, en ese preciso momento.)
Pero no es eso de lo que hablábamos, sino de Bogotá como capital mundial del libro. Una de las tantas actividades realizadas durante el año pasado en el marco del encuentro se llamó “Bogotá 39”, y la idea fue reunir a los 39 escritores de ficción menores de 39 años más relevantes de América latina (nadie entendió del todo bien nunca el porqué de la arbitrariedad del número). Los nombres eran propuestos por editores, críticos y periodistas culturales, y en la lista final hubo tres argentinos: Pedro Mairal (el único que por entonces vivía en el país), Gonzalo Garcés y Andrés Neuman. Fueron sólo tres, y si bien nadie pensó que había que impugnar la elección, bien podrían haber sido varios más. Pero, a la hora de mencionar a los escritores chilenos, nadie se sorprendió de que uno de los dos narradores seleccionados fuera Alejandro Zambra (el otro fue Alvaro Bisama).
El nombre de Zambra (foto) resuena cada vez más fuerte desde que Anagrama publicó su primera y breve novela (Zambra, como casi todos los escritores chilenos, se dedicó desde muy joven a la poesía), Bonsái, en 2006. Al año siguiente, volvió a llamar la atención (o, en verdad, a redoblar su propia apuesta, ya que un libro es como la continuación y prolongación del otro) con La vida privada de los árboles. También crítico literario y profesor de Literatura en Chile, Zambra pasó por Buenos Aires días atrás en el Encuentro de Crítica y Medios que organizó Fogwill para el Gobierno de la Ciudad (habrá que reconocerle siempre a Fogwill su gusto literario y su capacidad para estar atento a descubrir y recomendar nuevos autores). Allí, intervino en una inteligente charla sobre su experiencia como periodista cultural.
Tiempo después, con la excusa de una entrevista, le pregunté a Zambra por Roberto Bolaño. Respondió: “Bolaño desordenó la literatura chilena. Por su vía se ha recuperado el vínculo entre la poesía y la prosa, y es una influencia muy importante. Ahora, claro, se discute mucho sobre Bolaño, e incluso ha empezado la onda de no leerlo, porque está de moda”. También lo consulté sobre “Bogotá 39”: si se puede hablar de alguna afinidad estética o ideológica entre escritores que hasta entonces no se conocían, y que casi ni se habían leído. Zambra, a su modo, dijo que sí, que con algunos se habían hecho amigos, y que en el encuentro hablaron más de sus propios países que de literatura. Y agregó: “Sobre todo, nadie anduvo entonces ni anda ahora improvisando manifiestos. Y eso, a mí, me parece muy saludable”.
(Publicado el domingo 27 de abril en el suplemento de Cultura de Perfil).
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A veces los lugares comunes son precisamente comunes porque entre sus engranajes aglutinan una dosis de verdad: que los escritores estadounidenses inventaron y reinventaron el cuento moderno a lo largo de los siglos XIX y XX es uno de ellos. De Edgar Poe en adelante (Francis Bret Harte, O. Henry, Katherine Mansfield, Richard Yates, Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, John Cheever, Raymond Carver, Richard Ford) la tradición cuentística de los Estados Unidos no tuvo comparación, a pesar de los grandes escritores que se dedicaron a la narrativa breve tanto en Rusia como, por ejemplo, en los márgenes del Río de la Plata.
Pero si bien ese corpus es constantemente revisitado, pocos incluyen en él a Ringgold W. Lardner (o Ring Lardner, a secas), a pesar de haber sido uno de los maestros de Hemingway y Fitzgerald. Para mejor, Lardner tuvo una vida irresistible para cualquier editor con conocimientos básicos del marketing: nacido en 1885 y muerto en 1933, el menor de nueve hijos de un matrimonio acomodado, se dedicó al periodismo deportivo (en verdad, al béisbol: cubrió durante años los partidos de los Chicago White Sox) y a la bebida con pareja abnegación. También tuvo una columna de opinión semanal en el Chicago Tribune que lo volvió relativamente célebre y le permitió vivir de febriles colaboraciones en más de cien periódicos al mismo tiempo. Amigo de Fitzgerald, se cuenta que estaba jugando al bridge con él cuando lo fulminó un ataque al corazón, a los 48 años, a pesar (o precisamente por ello, vaya uno a saber) de que sufría al mismo tiempo de tuberculosis y cirrosis. Por si fuera poco, uno de sus dos hijos, Ring Lardner Jr., fue guionista de Hollywood –ganó dos premios Oscar–, aunque cayó en desgracia cuando su nombre fue incluido en la lista de la Comisión de Actividades Antiamericanas del senador Joseph Mc Carthy, y pasó a ser uno de los llamados “Diez de Hollywood”, guionistas con ideas de izquierdas en una época y en un lugar particularmente conflictivo.
Volviendo al padre, hasta hace muy poco lo único que se conocía en la Argentina de su producción literaria era el magnífico relato Campeón, publicado en 1972 por el Centro Editor de América Latina. Pero en 2001 la editorial española El Acantilado reunió bajo el título de A algunos les gustan frías diez de sus mejores cuentos, entre ellos algunos brillantes como Nidito de amor, Hay ciertas sonrisas, La Navidad de los viejos y el mismo Campeón, que prefigura el carácter de los boxeadores de casi todas las ficciones que se escribieron y filmaron en el siglo pasado.
Obsesionado por el teatro, el periodismo y la música, sus historias se inspiran frecuentemente en personajes de estos ámbitos, que conocía bien, como el miserable productor teatral de Un día con Conrad Green. El esquema narrativo de Lardner es casi siempre el mismo: en sus cuentos todo va bien hasta que imperceptible –e invariablemente– ocurre un mínimo desvío en la trama que empuja el relato hacia la catástrofe, y las situaciones se muestran como en verdad son: el boxeador, un ser ambicioso y desalmado; el empresario, un avaro sin remedio; el matrimonio, la institución en que se detesta con la misma intensidad con la que se ama.
Su visión del periodismo incluye un fuerte elemento autocrítico y habla, al mismo tiempo, del poder que la profesión supo tener alguna vez en el mundo contemporáneo. Los editores y los periodistas pueden ser personas privilegiadas, que viven experiencias de primera mano y suelen rodearse de gente interesante, pero también potenciales extorsionadores y mercenarios al servicio del mejor postor. Pensándolo bien, en ciertos sentidos, las cosas tal vez no hayan cambiado tanto.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 20 de abril de 2008).
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El miércoles pasado arrancó la décima edición del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici): doce días para romper con el tedio que cubre durante el año a las salas comerciales. El dilema con el Bafici no es ni cuándo (del 8 al 20 de abril), ni dónde (el Abasto como centro que irradia las proyecciones por la Capital), ni cómo (las entradas se venden a 6 pesos en casi todas las salas). El problema es qué ver de entre 400 títulos. Hay quienes recomiendan entregarse a los designios del azar. O pedir ayuda a críticos amigos. O armar la grilla personal eligiendo según directores, secciones y hasta por la comodidad de las salas.
El del género es otro de los recortes posibles. En la primera semana del festival se exhibieron al menos cuatro documentales para destacar. Construcción de una ciudad, de Néstor Frenkel, cuenta con humor el renacimiento de la ciudad de Federación, Entre Ríos, luego de que fuera arrasada por el desborde del Río Uruguay. Joy division es la historia de este grupo punk de Manchester que editó dos discos y entró en la historia luego del suicidio temprano de su cantante, Ian Curtis. Bellamente narrada, presenta una escena perturbadora: una sesión de audio grabada en que Curtis se somete a una hipnosis y cuenta que se ve a sí mismo en una vida pasada, con 28 años, leyendo una y otra vez un libro de derecho. Too tough to Die: A Tribute to Johnny Ramone, de Mandy Stein, es un glosado del recital organizado para festejar los 30 años de vida de The Ramones (Eddie Vedder, Henry Rollins y los Red Hot Chili Peppers versionando sus temas más conocidos). Si la película cobra alguna relevancia especial es porque dos días después de ese show Johnny Ramone, guitarrista de la banda e inventor del sonido punk neoyorquino, murió de cáncer. El documental vale por una anécdota: si la maquinaria de los Ramones duró alrededor de dos décadas fue en buena medida por Johnny, un trabajador abnegado, un republicano confeso, un obsesivo del marketing personal y las finanzas (y un tipo soberbio y algo despreciable). Johnny siempre supo qué era lo necesario para triunfar: su mujer Linda cuenta en el filme que una tarde salía con él del supermercado cuando vio venir a un fan. Entonces, su marido le pidió que por favor cargara con las bolsas: “un fanático de Ramones no puede verme haciendo las compras”. Sorprendida, Linda le contestó que de ninguna manera. Entonces Johnny tiró las bolsas en medio de la calle y siguió caminando. “Hay que permanecer siempre cool”, le explicó luego a su mujer. Así y todo, Too tough to Die está lejos de la mejor película sobre la banda, End of the Century, que retrata los conflictos internos del grupo desde los tiempos del CBGB’S hasta entrado el siglo XXI.
Fuera del género punk (o no tanto), se proyectó My Enemy’s Enemy: un retrato de Klaus Barbie (foto), criminal nazi apodado “El carnicero de Lyon”, que luego de la Segunda Guerra vivió treinta años en Bolivia proveyendo de métodos de tortura y personal idóneo para esas tareas a las dictaduras latinoamericanas. El documental cumple en contar la historia detrás de la historia: la de la hipocresía de las democracias occidentales que utilizaron la mano de obra desocupada nazi para combatir al comunismo durante la Guerra Fría. Barbie es un personaje siniestro y demasiado humano; no es un monstruo, ni un psicópata. En cierto momento, la película aporta una clave para pensar la posibilidad de existencia de tipos así: pese a su ciega determinación asesina, pese a mandar a matar a miles de personas en su nombre, Barbie nunca comprendió del todo los ideales del nacionalsocialismo, ni el contexto que lo llevó al poder y luego a la derrota. La historia, parece, no era lo suyo. En algo tenían razón los devotos del iluminismo: la ignorancia y el embrutecimiento, combinados, logran crear personajes así, como salidos de una feria del terror.
(Publicado el domingo 13 de abril de 2008 en el suplemento de Cultura de Perfil).
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La tradición local de revistas culturales y literarias es amplia: de La Biblioteca de Paul Groussac a Otra parte, pasando por Sur, Contorno, El ojo mocho, El grillo de papel, Diario de poesía o Babel, diversas generaciones de escritores e intelectuales construyeron, junto a compañeros de estética y militancia política e intelectual, los espacios de enunciación a través de los cuales hacerse visibles y, al mismo tiempo, discutir el contexto histórico. No son pocas las investigaciones que estas revistas generan entre estudiantes e historiadores, e incluso existen libros que documentan esos trayectos, como Las revistas literarias argentinas (1893-1967).
Algunos meses atrás, La mujer de mi vida, publicación de psicoanálisis y literatura dirigida por Sergio Olguín, anunciaba, con la dosis de verdad que suelen contener ciertas bromas: “Fiel a la tradición de las revistas literarias argentinas, cerramos”. Poco importa que La mujer… vuelva a aparecer en abril –aunque ahora trimestralmente–: lo que se intuye detrás del chiste es el carácter fugaz que suelen tener en la Argentina los proyectos culturales independientes. Hay excepciones, claro: El ornitorrinco, encabezada por Abelardo Castillo, se distribuyó entre 1977 y 1987; o Punto de vista, la publicación que desde 1978 dirige Beatriz Sarlo. En verdad, dirigía: en el último número, que conmemora los 30 años de la revista, se anuncia también su cierre.
En el artículo titulado Final, luego de bosquejar algunos hitos en la historia de Punto de vista, como su aparición bajo la dictadura militar y las dificultades surgidas con el regreso democrático (“cuando debimos aprender de nuevo casi todo”), Sarlo expone las razones de la decisión, que son, a su vez, una suerte de mandato ético para editores: “Pensé y pienso hasta hoy que es preferible que una revista se equivoque a que permanezca igual a sí misma cuando las cosas cambian (…) Una revista tiene que reunir cualidades paradojales: ser, al mismo tiempo, un instrumento preciso y nervioso (…) Cuando se dirige una revista el alerta es constante frente al acostumbramiento (que es mortal) o la incapacidad para conocer su actualidad (una revista vive en tiempo presente). Sólo cuando es un instrumento imprescindible para quienes la hacen, sale bien (…) Quizás me equivoque, pero creo que ahora soy la única que necesita esta revista como la necesité en el pasado. Se puede hacer una revista con diferentes grados de inclusión, pero el deseo de revista es indispensable (…) Algo ha comenzado a fallar y es mejor reconocerlo ahora, cuando no se ven consecuencias, que en un capítulo decadente. Una revista que ha estado viva treinta años no merece sobrevivirse como condescendiente homenaje a su propia inercia. Por eso el número 90 es el último”.
Se trata de un cierre atípico, es cierto, que no responde a una obligación externa sino a una necesidad personal. Punto de vista fue una revista árida e incómoda, que no buscaba ser posmoderna (su estética y diseño conservó siempre un aura decimonónica: textos cuadrados y columnas extensas, tipografía pequeña, pocas ilustraciones) y reclamaba, a la hora de leerla, una atención y dedicación completa. No pretendía ser una publicación para muchos (aunque la edición en CD de los archivos que recopilaban 25 años de sus ensayos agotó tres ediciones): más bien, mantenía ese tono entre aristocrático y despreocupado del producto que se piensa para pocos, para una elite, y es probable que de acuerdo a las condiciones actuales de mercado fuera eso una de las cosas que más atractiva la hacían. La noticia de su desaparición, más allá de que se deba a causas voluntarias, no puede sino lamentarse, en el contexto de banalidad, violencia y ligereza que nos rodea.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 6 de abril de 2008).
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El jueves pasado comenzó el Primer Encuentro de Crítica y Medios de Comunicación que organiza el Gobierno de la Ciudad y que cierra hoy por la noche. Más allá de ciertas objeciones (¿por qué las disertaciones de la mañana tuvieron acceso restringido y sólo las mesas de discusión de la tarde fueron abiertas al público? ¿Por qué las jornadas no fueron mejor comunicadas en los medios?), el encuentro logró reunir, por cuatro días, a críticos, editores y escritores de primer nivel, tanto de la Argentina como del extranjero. Organizado por Rodolfo Fogwill, viajaron especialmente a Buenos Aires los chilenos Alejandro Zambra, Andrés Braithwaite y Matías Rivas, los españoles Constantino Bértolo (foto) e Ignacio Echevarría, y la cubana Zaida Capote, entre muchos otros narradores, periodistas y académicos.
Echevarría fue quien se encargó de abrir las actividades durante tres días seguidos, con una exposición tripartita: “Quién habla en la crítica”, “De qué habla la crítica” y “A quién habla el crítico”. Detrás de él, el jueves 27, Bértolo, director literario del sello Caballo de Troya (una editorial con perfil independiente del grupo Random House Mondadori), habló sobre “El editor como crítico frustrado”. Entre las sombras de la platea se movían Elvio Gandolfo, Nora Catelli, Alejandra Laera, Damián Tabarovsky, Daniel Divinsky, Carlos Schilling, Osvaldo Aguirre y un silencioso César Aira. Bértolo batió un récord: leyó las treinta y cinco carillas de su exposición sin que nadie se moviera de su lugar (bueno, salvo Aira, que en algún momento se evaporó, fiel a su costumbre cenicienta), gracias a un texto en el que trazó un agudo estado de situación de la industria editorial en España. “Hoy el mercado no es un lugar de encuentro de la oferta y la demanda, sino el medio de producción tanto de la oferta como de la demanda. Hoy no se produce para el mercado sino en el mercado”, arrancó Bértolo. Y señaló a 1980 como el año en que en España la literatura “se arroja en manos de las sirenas del mercado”, en que “la narrativa se normaliza, la obligación suprema pasa a ser ‘divertir al lector’, las fronteras entre la industria editorial y la literatura se diluyen, y se decreta que la vanguardia es el mercado”. Desde entonces, en su opinión, es el “existencialismo cursi” el tono dominante de la literatura de su país.
Luego, estableció una particular taxonomía de la crítica literaria: según él, existen los “catadores” (publicistas maquillados cuyos gustos coinciden con el gusto dominante); los “guardianes” (esa especie en vías de extinción cuya fuente de legitimidad es la literatura con mayúsculas) y los “tribunos” (en verdad, una especie ya extinguida, al haber desaparecido el bien común al que deben dirigir sus opiniones, barrido por el pensamiento hegemónico). En estas condiciones: ¿qué críticos deberían preferir hoy los editores? “No me queda más remedio que preferir que siga habiendo guardianes de la sagrada literatura”, respondió Bértolo (aunque luego confesó aceptar gustoso la ayuda publicitaria de los catadores más perspicaces, claro).
Sus palabras (que, junto a las demás ponencias, fueron filmadas y tal vez sean recogidas en un libro) sirvieron para explicar por qué, a pesar de todo, hay quienes mantienen viva la pulsión de un oficio como el del editor literario, y de un arte como la literatura. Un arte que, como supo apuntar utópicamente, “se parece mucho a una casa en ruinas. Espléndidas ruinas entre las que permanecerán los materiales con que construir una nueva casa que nos cobije. Una casa donde no habrá suelos encerados para que resbalen los advenedizos, ni salones que atemoricen, y donde la biblioteca no será de disfrute privado y la lectura será compartida”.
(Publicado el domingo 30 de marzo de 2008 en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Si, como dice Martín Caparrós, escribir sirve para pensar, Juan José Becerra no es otra cosa que una máquina de narrar, es decir, un mecanismo capaz de transformar, línea tras línea, el pensamiento en acto. Ya había quedado demostrado con Grasa. Retratos de la vulgaridad argentina, libro que recopila sus artículos de prensa, donde la medida de su pensamiento se exponía a la hora de diseccionar las afloraciones más visibles de la cultura de masas local: Tinelli, Bucay, Alan Faena, la sinapsis de Becerra no daba tregua ni respiro a ninguno de aquellos personajes, o mejor dicho, a lo que cada uno de esos personajes representa en el imaginario popular. Como un adulto fascinado por un juego de lego a la inversa, Becerra tomaba aquellas figuras y las iba desarmando a través de su prosa, su inteligencia aplicada y su implacable sentido del humor, hasta que de ellas no quedaba nada.
Sólo así, por efecto transitivo, Becerra –un cronista sofisticado, un escritor elegante– pudo llegar a ser entrevistado como personaje en las páginas satinadas de las revistas dominicales que suelen monopolizar los mismos individuos que él despedazaba. Paradojas de los medios de comunicación. La mala noticia es que Grasa se lee con tanto placer que se acaba demasiado rápido. La buena, que Becerra (además de todo, un maniático de la producción escritural) acaba de publicar un nuevo libro: La vaca. Viaje a la pampa carnívora.
¿Crónica, tratado, composición: qué es, en verdad, este libro? Para empezar, un objeto extraño, un kit de usos múltiples en edición bilingüe, que lleva como apertura un prólogo de Alan Pauls, como anexo un ensayo fotográfico de Alejandro Guyot y Gonzalo Mainoldi y, en la retiración de contratapa, el mapa de cortes oficiales para reses de la Junta Nacional de Carnes. Desde lo específicamente textual, Becerra convierte un escrito sobre la vaca en un ensayo de enfoques superpuestos y complementarios: así, el animal que fue –y tal vez sea– emblema, ícono, escudo y motor de la Argentina durante décadas es abordado desde disciplinas como la historia, la literatura, la etología, la filosofía, la mitología, la economía y la gastronomía, a través de un esquema tripartito: “Carne viva”, “Carne cruda” y “Carne asada”.
En la primera se narran los orígenes biológicos de la vaca y su importación social. De a poco, la andanada de datos golpea al lector neófito en cuestiones rurales con el peso de la sorpresa: en la Argentina hay una población de 62 millones de bovinos contra 38 de humanos, con 17 razas registradas; existen unas 23 mil carnicerías a lo largo del país, que expenden en debidos pedazos las 50 mil vacas que se exterminan diariamente en los mataderos. Es decir: cada año se matan unos 15 millones de ejemplares. ¿Quién es el encargado de semejante tarea? Los “noqueadores”, quienes con una pistola neumática (la misma que utiliza el asesino de la última película de los hermanos Cohen) llegan a liquidar, cada uno, unas mil vacas por jornada.
La narración detallada del proceso de eliminación física de los animales, esa industria de la muerte que ninguno de nosotros quisiera presenciar, ubicada en la segunda parte del relato, es uno de los momentos más impresionantes del libro –un breve cuento de terror. El tercer apartado, como era de esperar, está dedicado al ritual del asado: “Comer asado en la Argentina”, escribe Becerra allí, “es menos una operación alimenticia que una bacanal de ex caníbales, y es mucho más una concesión retrospectiva –un homenaje– a los umbrales de la cultura nacional que una necesidad biológica”.
Llegado a este punto, uno no puede dejar de preguntarse: ¿es acaso Becerra un sagaz agente encubierto del vegetarianismo internacional? Poco probable. ¿Entonces? Como escribe Pauls, tal vez lo que Becerra pretende es que sigamos comiendo carne, sí, “pero temblando”. Temblando “como un caníbal, un asesino, un vampiro”, conscientes de la historia que precede a cada asado, a cada una de esas reuniones que son, desde hace mucho tiempo, parte inescindible del ser argentino.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 23 de marzo de 2008).
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¿Se acuerdan del tiempo que tardó Mauricio Macri en designar al responsable del Ministerio de Cultura de la Ciudad? ¿Recuerdan que una vez que se decidió nombró a un editor y titiritero que no permaneció en el cargo más de una semana debido a su conservadurismo intelectual y extravagantes declaraciones? ¿Que después del escándalo eligió a Hernán Lombardi para el mismo puesto, un funcionario con amplia experiencia en el campo del turismo, bajo perfil y pocas palabras?
¿Qué más pasó de diciembre a esta parte? Pocas cosas: pataleos por el recambio de autoridades en el Centro Cultural Recoleta, en el Festival Internacional de Teatro y en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, que se diluyeron al insistirse desde el ministerio en que la política del nuevo gobierno porteño era, en rasgos generales (rasgos que no incluyen el rubro recursos humanos), de continuidad con la gestión de Jorge Telerman y no de ruptura. En síntesis: a esta altura Macri debería saber que el ambiente cultural porteño es difícil de complacer, y que siempre le ofrecerá cierta resistencia. Frente a esta realidad tiene, por lo menos, dos alternativas: intentar revertir la situación –tender lazos, acercar posiciones– o seguir adelante. ¿Qué es lo que decidió Macri? No hay manera de saberlo. O tal vez sí. Veamos.
Días atrás se informó que el Ministerio de Cultura reducirá la cantidad de talleres que se dictan en los centros culturales que dependen de su órbita, lo que produjo el rebrote del ala cultural más progresista, que difundió una carta por Internet y se niega a participar de cualquier actividad realizada por el gobierno macrista. Entre ellos se cuentan poetas y escritores como Daniel Freidemberg, Vicente Battista, Miguel Vitagliano, José Pablo Feinmann, Mauricio Kartun o Leopoldo Brizuela. Pero, al mismo tiempo, con el asesoramiento de Rodolfo Fogwill, la Subsecretaría de Cultura tiene previsto organizar para fines de este mes un encuentro de crítica y periodismo cultural que reunirá a muchos de los editores y críticos literarios más importantes de la Argentina y el extranjero. Algunas de las ponencias programadas hacen esperar lo mejor: Alejandra Laera hablará sobre “La consagración literaria en los tiempos del espectáculo”; la cubana Zaida Capote expondrá “Crítica y canon, una reflexión”; Osvaldo Aguirre, “La crónica. Apuntes y preguntas para una perspectiva histórica”; el español Constantino Bértolo, “El editor como crítico frustrado”, e Ignacio Echevarría “Reflexión sobre el sujeto, el objeto y el destinatario de la crítica”; Elvio Gandolfo, “Formato y velocidades: cultura y medios”; Pablo Gianera, “Rimas: el espacio musical en la prensa cultural”; Silvio Mattoni, “La admiración como crítica” y Alvaro Matus “La crítica monopólica en Chile”.
¿Entonces, en qué quedamos? ¿Pulgares para arriba o para abajo? Mientras todo esto se cocina, Macri se reúne dos veces en la misma semana con Luis Palau, el pastor evangelista argentino que triunfa en el mundo y es amigo de George Bush padre, hijo, y sostén espiritual de buena parte de los dictadores latinoamericanos de las últimas décadas. Macri autorizó en tiempo récord la fantochada religiosa de Palau que asoló el centro porteño ayer y antes de ayer, lo convirtió en ciudadano ilustre de la Ciudad y declaró su festival, con un decreto, como “de interés cultural”.
La gente que lo conoce asegura que Macri no es un hombre culto, y lo cierto es que nadie tiene necesidad de serlo. El, por lo pronto, parece pensar que para gobernar basta con rodearse, cada tanto, de personas idóneas en la materia. ¿Será que con eso alcanza? El tiempo dirá.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 16 de marzo de 2008).
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Febrero 24th, 2008 · 3 Comments
Antes que nada, pongámonos de acuerdo en algo: cualquiera está en su derecho de escribir lo que le venga en gana, lo que no es lo mismo que decir que cualquiera esté en condiciones de publicar (al margen de las infinitas ediciones de autor –es decir, pagadas por el autor– que se multiplican día a día como las epidemias) todo lo que se le cruce por la cabeza. Mal que nos pese, en la composición actual del mercado, son bien pocas (unas, exageremos, cincuenta en la Argentina) las personas que deciden qué es lo que llegará a las mesas de novedades de las librerías mes tras mes, es decir, qué es lo que la mayor parte del público consumidor de libros va a tener la posibilidad de comprar –y, en el mejor de los casos, leer. Se supone, de todas maneras, que estas pocas decenas de editores y directores editoriales son los que mejor preparados están para encontrar el frágil equilibrio entre la calidad literaria y la demanda de los lectores (aunque no es ésta, por supuesto, la variable en la que usualmente se piensa a la hora de publicar una obra).¿Cuál es el camino que sigue un original –llamarlo manuscrito sería un anacronismo: casi nadie escribe ya a mano– desde que sale de la impresora de un autor hasta que termina emparedado entre dos tapas de cartón a cuatro colores y exhibido, si tiene la suerte, en una mesa entre pilas y filas de otros flamantes libros con deseos de un destino que no sea el de convertirse nuevamente en pulpa? Por lo general, si no cuentan con agente literario, familiares, amigos, conocidos o amantes en alguna casa editora, lo que les queda es invertir una buena cantidad de pesos en fotocopias, impresiones y anillados e ir de puerta en puerta tratando de que alguien se apiade de recibirlos. Si tienen esa extraña suerte (en la recepción de algunas editoriales pueden verse cartelitos que amonestan: “No se reciben originales”), un editor dedicará a sus proyectos un par de minutos rápidos de atención y, en el caso de ver algún potencial, encargará un informe de lectura, que podrá ser positivo (en ese caso, tiene la mitad de las chances de ser publicado alguna vez) o negativo (ninguna chance). Los originales descartados –la inmensa mayoría–, casi siempre se acumularán luego en una habitación a la espera de que alguien se haga cargo de triturarlos con esas máquinas que se ven en las oficinas de los mafiosos de las películas. Recuperarlos de entre ese caos de voluntades frustradas requiere de una cantidad de paciencia que pocos autores y editores tienen.Como los informes de lectura son secretos, y los editores son gente ocupada, los autores casi nunca conocen las razones por las que sus obras seguirán inéditas. Salvo en contados casos: Damián Tabarovsky suele hacer una devolución por mail de los originales que le llegan a Interzona (y existen al menos un par de libros basados en informes de lectura como estos: uno del catalán Gabriel Ferrater y otro del italiano Roberto Bazlen). El mismo Tabarovsky me escribe para darme la dirección de la web del sello español Caballo de Troya (que pertenece a Random House Mondadori, y que publica sus novelas), donde el editor Constantino Bértolo responde en un foro los requerimientos de los autores que le envían su material. La idea suena tan novedosa como estremecedora (los autores rechazados siempre creen que sus obras son geniales o potenciales best sellers), pero se trata de una poco frecuente muestra de honestidad intelectual. Bértolo será uno de los invitados especiales al encuentro de crítica y periodismo cultural que prepara para fines de marzo el Gobierno de la Ciudad, motivo por el que también vendrá por primera vez a la Argentina el notable reseñista español Ignacio Echevarría.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 24 de febrero de 2008).
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Febrero 17th, 2008 · 5 Comments
La semana pasada estuvo de vacaciones en Buenos Aires la periodista chilena Ana María Sanhueza, editora de The Clinic. La conocí en enero de 2006, en Cartagena de Indias, Colombia, cuando coincidimos en un taller de crónica que dictó la mexicana Alma Guillermoprieto en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Allí pasamos juntos una tarde entera con Gabriel García Márquez, su afición al whisky y su sordera incipiente, que transformaban buena parte de nuestros diálogos en interlocuciones algo surrealistas. También allí, luego de perseguirlo por largos minutos, ella consiguió lo que buscaba (una foto del Premio Nobel leyendo el periódico chileno en que trabaja) y yo lo mío (una dedicatoria en la primera página de El coronel no tiene quien le escriba).
Sanhueza comenzó trabajando en la sección judiciales de un diario cuando tenía poco más de veinte años, y logró que un ex agente pinochetista pidiera perdón por sus crímenes (había asesinado, de un tajo en la garganta, a un dirigente sindical), lo que más tarde se convirtió en uno de los primeros grandes escándalos de la postdictadura. Luego de eso, pasó por algunas redacciones hasta llegar a The Clinic, el periódico más incorrecto y leído de Chile, que empezó como una versión trasandina de nuestra revista Barcelona y que desde hace ya algún tiempo viró, sin dejar de lado el humor cáustico, al periodismo de investigación y la publicación de largas crónicas. Así, los integrantes de The Clinic (que debe su nombre a la detención que sufrió Augusto Pinochet en una clínica de Londres, a pedido del juez español Baltasar Garzón) lograron algo que en el trabajo periodístico parece imposible: reconvertir una revista de humor en una de las fuentes de información independientes más confiables del mercado.
Sanhueza me trajo de regalo un libro prácticamente inhallable en la Argentina: La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño. Esa noche le pregunté por Bolaño, y ella me confirmó que el autor de Los detectives salvajes se convirtió, desde su muerte en 2003, en una suerte de prócer en su país: algo así como San Bolaño. Le consulté, también, por el estado de la literatura chilena, que más allá de los lugares comunes de Neruda o Mistral es, fuera de las fronteras nacionales, poco conocido, y me recomendó las lecturas de los libros mínimos de Alejandro Zambra, de las novelas de Rafael Gumucio, de la poesía de Enrique Lihn. Y, frente a su asombro por el precio de los libros en la Argentina (en Chile la industria editorial tributa IVA, y casi no existen títulos por debajo de la barrera de los veinte dólares), retribuí sus consejos y terminó llenando su valija con novelas de Fogwill, Sergio Bizzio, Rafael Pinedo y muchos otros.
La literatura nazi en América fue el libro que hizo conocido a Bolaño en el mundo, mucho antes de que se convirtiera en un autor célebre. Pero, a decir verdad, esta serie de biografías literarias ficcionales no componen un gran libro: La literatura nazi… no logra sacudirse en ningún momento la sombra epigonal de experimentos narrativos similares y perfectos como las Vidas imaginarias de Schwob o la Historia universal de la infamia de Borges, a quienes Bolaño, está claro, admiraba sin condicionamientos.Pero llegando al final, hay dos piezas de excepción: la vida del escritor Argentino Schiaffino, alias “el Grasa”, y sobre todo la del chileno Carlos Ramírez Hoffman. Bolaño tomó años después la historia de Hoffman y, luego de rebautizarlo como Carlos Wieder, concibió uno de los personajes más espeluznantes de la literatura latinoamericana: el poeta aviador y temible asesino de Estrella distante que es, para muchos y con razones de sobra, su mejor libro.
(Publicado el domingo 17 de febrero de 2008 en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Febrero 10th, 2008 · 6 Comments
Luego del casi obligado piloto automático con que las editoriales atraviesan el verano (la última aparición rutilante anual de títulos suele suceder durante noviembre y diciembre), en febrero y, especialmente desde marzo, la maquinaria de la industria del libro se vuelve a poner en funcionamiento. Así, la curva de novedades trepa una vez más, con vistas, sobre todo, a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (que en esta ocasión se extenderá entre el 24 de abril y el 12 de mayo). Para estas fechas, los planes editoriales ya están cerrados. Y puede saberse, caso por caso, cuáles son las apuestas literarias de los sellos. Así las cosas, esta será una lista, necesariamente incompleta, de los títulos más atractivos de la ficción de 2008.
Sudamericana continúa su apuesta por Philip Roth (quien, esperan, gane pronto el Premio Nobel) y publicará cinco de sus novelas: Operación Shylock, Sale el espectro, La mancha humana, Mi vida como hombre y Our gang. En Mondadori, la cuota César Aira la pondrá Las aventuras de Barbaverde. A los que se suman Hablemos de langostas, de David Foster Wallace, y la reedición de la Obra periodística de Gabriel García Márquez. Edhasa arranca el año importando 180 mil ejemplares de la última entrega de J.K. Rowling, Harry Potter y las reliquias de la muerte; y continuará asegurándose un lugar en el ranking de best sellers con La extraña, de Sandor Márai.
Uno de los catálogos más arriesgados y prestigiosos sigue siendo el de Interzona. Para este año proyectan publicar un nuevo libro de cuentos de Juan Villoro, Los culpables; una novela de Fogwill –que sólo se distribuyó en España y aparecerá en la Argentina por primera vez–, En otro orden de cosas; lo nuevo de Daniel Guebel, los cuentos de Lecciones de literatura europea, y Subte, la segunda novela –póstuma– de Rafael Pinedo, que sorprendió a todos años atrás con la excepcional Plop!. Además, preparan para fin de temporada un libro de ensayos sobre Osvaldo Lamborghini. En cuanto a Mansalva, otra editorial independiente, entregará una esperada biografía sobre el propio Lamborghini, y los textos periodísticos y los ensayos reunidos de Fogwill.
El 2008 será también el año de la consolidación de la nueva narrativa argentina: aparecerán Mi nombre es Rufus, novela punk de Juan Terranova, y La caja, de Gabriel Reches (Interzona); 1810, de Washington Cucurto (la Revolución de Mayo por el realista atolondrado, autor de Cosa de negros) y Salvatierra, el regreso de Pedro Mairal a la novela (Emecé); Oliverio Coelho romperá con la extrañeza que rodea a su producción a través de una novela de corte realista, Ida, y Juan Diego Incardona sale al mercado con Villa Celina (Norma). Por último, Tusquets imprimirá Terrorista de John Updike, y el primer libro de cuentos de Haruki Murakami, Sauce ciego; y Adriana Hidalgo distribuirá Los papeles salvajes, de la poeta uruguaya Marosa Di Giorgio.
La Feria del Libro tendrá algunos invitados estelares (entre los que figuran el pope del Nuevo Periodismo, Tom Wolfe, el argentino Mario Bunge, la escritora española Almudena Grandes, la periodista Naomi Klein y la francesa Yazmina Reza), y promete darle un lugar especial a la producción de títulos gastronómicos (se instalará una cocina en uno de los pabellones) y, por primera vez, los blogs serán abordados como tema de discusión en ponencias y mesas redondas. Y recién para 2009, según adelantaron sus organizadores, se crearán algunas jornadas especiales sobre nueva narrativa (escritores locales nacidos en la década del 70), la que hasta hoy no había tenido una presencia destacada en la programación del evento.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 10 de febrero de 2007).
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Febrero 3rd, 2008 · 1 Comment
Todo un tema, el tema de las series televisivas. Hace poco, en un blog, alguien solicitó a través de un post consejos sobre cuáles eran las mejores, y en pocas horas llegaron más de ciento cincuenta fanatizadas recomendaciones para ver series como The Shield, Curb your enthusiasm y Los Soprano. Un par de años atrás, mi experiencia en la materia no iba más allá de la devoción casi mística por CSI Las Vegas (la serie más exitosa de todos los tiempos) y por el anacrónico deslumbramiento que me produjo el Twin Peaks que David Lynch dirigió para la televisión estadounidense.
Pero, como decía, dos años atrás presencié una conversación alucinada entre dos jóvenes escritores sobre la historia de un grupo de sobrevivientes de un vuelo que se había estrellado en algún rincón del Pacífico, y sus extrañas derivaciones. No pasó mucho tiempo hasta que uno de ellos me prestó las primeras temporadas de Lost, y yo mismo me convertí en un adicto (lo que, a la vez, me habilitó a contagiar a muchos de mis amigos: la adicción de uno de ellos llegó al extremo de ver un capítulo tras otro durante catorce horas seguidas). El fanatismo fue tal que sufrimos juntos el síndrome de abstinencia desde mayo de 2007, momento en que los actores y guionistas de la serie decidieron tomarse vacaciones, hasta febrero de 2008. Mientras tanto, más de uno soñó con el inolvidable último episodio de la tercera temporada (y con el desesperado pedido de Jack a Kate: “Tenemos que volver, tenemos que volver a la isla”).
Cuando escribo estas líneas (jueves por la tarde) faltan apenas horas para que comience en los Estados Unidos el primer capítulo de la cuarta temporada de Lost. Mientras espero que llegue el momento, leo en la Web que el diputado nacional Claudio Morgado (actor, músico, conductor de televisión) está pensando en proponer un proyecto conocido como Ley de canon digital o de canon por copia privada. Morgado eligió un blog (www.labarbarie.com.ar) como foro para someter su idea a discusión. ¿De qué se trata? De una suerte de gravamen que se cobra actualmente en España a los fabricantes e importadores de equipos y aparatos que sirven para la grabación y almacenamiento de contenidos digitales (música, videos, imágenes, extendido incluso a CD y DVD vírgenes), con el fin de compensar los derechos intelectuales de los autores que –se supone– son perjudicados por las copias ilegales de sus obras.
La recaudación de esta tasa se destinaría a crear un fondo de fomento para la cultura; pero lo que muchos ven en esta medida es un nuevo paraguas para los intereses de una industria tan prepotente como la del entretenimiento, y una decisión que impactará el bolsillo de los consumidores (cuyas compras se verán encarecidas), obligados a pagar por la mera sospecha de que, por adquirir un equipo cualquiera, descargarán material ilegalmente.
Más allá de cuáles sean las verdaderas intenciones, el proyecto parece uno más de los tantos que pretenden tapar el sol con las manos (o detener con lomos de burro el imparable desarrollo tecnológico): porque cuando usted haya terminado de leer estas líneas (hoy domingo), un amigo ya habrá bajado y almacenado para mí un nuevo capítulo de Lost, que yo habré visto el mismo viernes con subtítulos en castellano. Lo que no impedirá que compre, un año después, la edición original de la cuarta temporada en su pack de colección.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 3 de febrero de 2008).
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La crónica periodística pareciera estar de moda. ¿La crónica, de moda? No: la crónica no está de moda. Puede dar esa idea la reciente proliferación de libros sobre el tema, pero la cuestión quedó bien planteada ya en diciembre de 2006, cuando la eximia cronista Leila Guerriero (editora, además, de una de las pocas revistas del género, la antes colombiana y ahora mexicana Gatopardo) escribió: “Pocos medios gráficos están dispuestos a pagarle a un periodista para que ocupe dos o tres meses de su vida investigando y escribiendo. Los editores suelen funcionar con un combustible que se llama urgencia y con el que la crónica no suele llevarse bien. Finalmente, pocos medios están dispuestos a dedicarle espacio a un texto largo ya que, se supone –lo dicen los editores, los anunciantes–, los lectores ya no leen. Y sin embargo, sin medios donde publicarla o dispuestos a pagarla, y sin editores dispuestos a darles a los periodistas el tiempo necesario para escribirla, se habla hoy del auge de la crónica latinoamericana. Después del misterio de la Santísima Trinidad, éste debe ser el segundo más difícil de resolver”.
Aún así (o tal vez porque la tendencia esté, de a poco, revirtiéndose), el año pasado fue pródigo en publicaciones: La ruta del beso, de Julián Gorodischer, Los imprudentes, de Josefina Licitra, y Golden boys, de Hernán Iglesias Illa, son sólo tres de los mejores libros de crónica (ese género que cruza la literatura y el periodismo, que sepulta la pretendida objetividad debajo de la mirada del narrador, que intenta construir un relato personal, analítico y dinámico) aparecidos en el último tiempo. A los que ahora habrá que agregar la compilación Crónicas filosas, que recoge textos publicados entre 1999 y 2007 en las páginas de la revista Rolling Stone.
Extraña paradoja la de esta revista, concebida desde el centro del establishment (pocas cosas hay hoy, a cuarenta años de los dorados 60, más conservadoras que la cultura rock) que, sin embargo, ha funcionado casi como el único reducto posible para publicar textos de este estilo en la Argentina. En rigor de verdad, no todos los artículos aquí reunidos son crónicas: hay una muy interesante investigación sobre el éxtasis (“Generación éxtasis”, de Pablo Plotkin) y un entretenido reportaje sobre el funcionamiento del aparato peronista bonaerense (“Aguafuertes del pantano justicialista”, de Esteban Schmidt). Ernesto Martelli, director de la RS, se ocupa de salvar este detalle en el prólogo: “No se trata de un libro de crónicas, estrictamente. Hay crónicas, sí, porque es un género al que la revista recurre en busca de profundidad. Pero también investigaciones, retratos, newspirience”.
La newspirience (el periodista jugando el rol de cobayo del hecho noticioso) alcanza un punto altísimo en “30 días en el call center”, un texto de Alejandro Seselovsky que intenta correr el halo de misterio que rodea a la explosión de call centers (la industria laboral que más creció luego de la devaluación) en la Argentina. Aparecen, también, en la antología, crónicas ya célebres, que se leen con admiración en las escuelas de periodismo, como “Pollita en fuga”, de Josefina Licitra. Pero quizá el texto más inquietante sea el que abre el libro, “Esclavos del deseo”, de Daniel Riera: un retrato del mundo del sadomasoquismo. Riera duda, trata de superar sus prejuicios y los clisés de la doxa, mira siempre con interés y sorpresa. Y elige cerrar su crónica con preguntas, en lugar de respuestas: “He visto cosas que no soñaba ver, he variado constantemente entre la fascinación, el morbo, la culpa, el miedo y el espanto. El desconcierto fue una de las claves de este recorrido. Cuanto más veía, cuanto más escuchaba a las amas y a sus esclavos, menos entendía”.
Esa inseguridad, esa perplejidad, esa incerteza, es el motor de todo buen cronista.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 27 de enero de 2008).
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Acaba de aparecer el último número de la revista Pensamiento de los Confines. Entre artículos destacables como una conversación entre Abbas Kiarostami y Jean-Luc Nancy, o una estremecedora entrevista a Emilio Eduardo Massera realizada por Hugo Gambini en 1980, se destaca el texto de Alberto Giordano “Cultura de la intimidad y giro autobiográfico en la literatura argentina actual”, que ilumina con anticipación un debate que en los círculos literarios españoles se desarrolla desde hace algunos años y que en nuestro país aún no ha tenido lugar, tal vez porque esa inclinación de los narradores locales hacia la ficción autobiográfica es demasiado reciente.
Giordano toma como punto de partida de su ensayo los textos reunidos en el libro Confesionario. Historia de mi vida privada, editado por Cecilia Szperling para el Centro Cultural Rojas en 2006, donde diversos escritores y artistas asumen el desafío de referirse a su intimidad a través de intervenciones orales y escritas. Lo que Giordano trata de ver aquí es “cómo pasa la vida a través de las palabras”. Para eso, analiza el caso del diario de Alan Pauls presente en el libro, y también de su ficción breve posterior La vida descalzo (Sudamericana), para afirmar que, en su caso, el exceso de literatura (de referencias literarias y de sobreescritura) “obstruye el paso de la vida por unas palabras que lo reclaman”. “Soy de la idea de que en las escrituras del yo el narcisismo se supera a fuerza de intensidad”, afirma Giordano, y señala que además del distanciamiento irónico, es “el pudor” otra de las formas de superación de la autocomplacencia en este tipo de narraciones (“Frente a las demandas de la cultura de la intimidad, el pudor es una fuerza de resistencia al mandato de volverse espectáculo para poder ser”).
Cuando escribió este artículo, Giordano no podía prever que hacia fines de 2007 el mercado recibiría una andanada de nuevos libros que ponen en jaque la relación entre ficción y realidad, y que abogan –conscientemente o no– por la identificación entre narrador y autor. Algunas de esas novelas son Derrumbe, de Daniel Guebel; Era el cielo, de Sergio Bizzio; Autobiografía médica, de Damián Tabarovsky; Historia del llanto, de Pauls; y tal vez La vida nueva, de César Aira, y Monserrat, de Daniel Link –esta última aparecida, a decir verdad, varios meses antes–. La crítica Josefina Ludmer, en un texto fechado en mayo del año pasado, se refería a esta cuestión en un ensayo donde tipifica estas y otras escrituras bajo el rótulo de “literaturas postautónomas”: narraciones que “no admiten lecturas literarias”, textos que “no se sabe o no importa si son o no son literatura”, y donde “tampoco se sabe o no importa si son realidad o ficción”. La tesis de Ludmer es que este tipo de obras (“que toman la forma del testimonio, la autobiografía, la crónica, el diario íntimo”) reclaman otro tipo de lectura, y acaban con el tiempo de la literatura como arte autónomo, “abierta por Kant y la modernidad”. Es decir: estaríamos viviendo el fin de una era “donde la literatura tuvo una lógica interna, con instituciones propias que discutían su valor y su sentido”.
Hay quienes ven en esta suerte de pulsión por tomar la propia vida como objeto de narración una respuesta –aunque tal vez no calculada– a las teorías de la muerte del autor de los años 70; quienes ven la aparición de este corpus como una mera casualidad histórica; y quienes creen que el exhibicionismo es, en verdad, “la libra de carne” que los escritores argentinos se han dispuesto a pagar por el precio de ser reconocibles y reconocidos. Todavía es temprano para decidir quién tiene la razón.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 20 de enero de 2008).
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Esta columna podría funcionar como otra muestra de la cada vez más estrecha relación que existe entre weblogs y medios impresos y, tal vez, como ejemplo de que los debates culturales pueden iniciarse de manera indistinta, ya desde los suplementos como desde Internet. (De hecho, lueho de publicar dos artículos, de Marcelo Birmajer y Horacio González, en los que se decretaba “la muerte de los blogs” a la semana siguiente la revista Ñ citó como fuente de otras dos notas propias a… un blog).
Días atrás, Mariana Enríquez publicó en Página/12 una reseña sobre la novela Era el cielo de Sergio Bizzio: “Era el cielo es leve, y por eso resulta tan difícil concederle algún interés: pide a gritos la intrascendencia, quizá como un intento pensado de pararse en la vereda de enfrente de la solemnidad. En una entrevista con el diario PERFIL, Bizzio dijo que está en contra de ‘los lectores que buscan historias entretenidas, sólidas, consistentes; la idea de los eficaz es repugnante’. Así piensa el autor su literatura y los resultados son coherentes con la premisa”. La argumentación de Enríquez fue tomada por el periodista Hernán Iglesias Illa -autor de la crónica Golden boys.Vivir en los mercados- en su propio weblog (www.hernanii.typepad.com/blog), con la voluntad de discutir la idea de “berretismo” en la literatura argentina.
Iglesias Illa cita la declaración de Bizzio, pero para escribir sobre Fabián Casas: dice no entender por qué el autor de Los Lemmings y otros insiste en “presentar a su libro de ensayos como algo ‘berreta’ y a medio hacer; enorgulleciéndose de ello”. “Me cuesta entender esta pulsión por la despolijidad y la ineficacia. Para mí, un párrafo mirado mil veces casi siempre es mejor que uno apenas pispeado de reojo (…) Escribir mal a propósito no me parece ni punk ni pop, sino rock cabón: discurso popular, alma conservadora”, termina Iglesias Illa. Aquí habría que aclarar que Bizzio y Casas no necesariamente parecen estar refiriéndose a lo mismo. Y mencionar a un tercer autor, fundamental para el caso, que admite jamás corregir sus textos y que reivindica la informalidad por sobre todas las cosas: César Aira. ¿Cuál es la tensión que resurge cada tanto frente a esa idea de literatura sin mandatos ni pretensiones, que inquieta tanto a Iglesias Illa y a Enríquez?
Una posible respuesta aparece desde otro blog (www.lalectoraprovisoria.wordpress.com), donde uno de los columnistas de este suplemento, Quintín, escribe: “A Enríquez, como a Iglesias, le molesta que su autor renuncie de antemano a esa eficacia, a esa prolijidad, se niegue a cumplir con las normas establecidas para la escritura (…). A mí, la idea de que un escritor tenga o deba tener ‘herramientas técnicas’ y ‘herramientas emocionales’ para ‘profundizar’ me causa un poco de gracia. Los escritores escriben, no arman heladeras cuyo funcionamiento se puede controlar con un manual. Pero Enríquez, como mucha otra gente, cree en la literatura como una variante de la competencia atlética. En todo caso, puede ser una idea para el propio trabajo, pero tiene algo de policial cuando se le exige a los demás”.
Se trata de una cuestión estética que es ética y a la vez política. Mi opinión (como escribí a la vez en mi propio blog, claro) es que escritores como Casas, Bizzio o Aira demuestran tomarse muy en serio la literatura - y eso puede constatarse en algunos de sus libros, del todo menos improvisados- pero no del todo a ellos mismos; y entiendo que aciertan cuando dicen que la eficacia no construye por sí misma buenas ficciones. Lo eficaz puede ser un valor supremo para el periodismo, pero no siempre lo es a la hora de hacer literatura.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 13 de enero de 2008).
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Hace algunos meses, en una charla sobre edición y crítica literaria, el moderador de la mesa preguntó a los participantes, editores y directores de revistas y suplementos culturales cómo veían la situación de la literatura argentina actual. Luego de pensar unos segundos y de mencionar a Borges, Cortázar y Bioy Casares, uno de ellos, bastante convencido, deploró el panorama contemporáneo asegurando, palabras más o menos, que hoy por hoy en la Argentina no pasaba nada relevante. Minutos después, cuando me tocó el turno de hablar, aseguré que opinaba más bien todo lo contrario: que era éste, precisamente, uno de los momentos más ricos y promisorios de la literatura nacional. Que no sólo había muchos escritores notables produciendo, sino que, además, es un tiempo en el que por fortuna, una vez más, parece que todo está por hacerse.
¿Qué argumentos respaldaban esa opinión? Ni más ni menos que las evidencias que viene arrojando, en los últimos años, el campo cultural y la industria editorial. Sin forzar demasiado las cosas, se puede ver que, en la actualidad, conviven diversas generaciones y tendencias narrativas que se nutren de manera recíproca, y que, a diferencia de lo sucedido en el pasado reciente (Borges, los escritores del boom, Puig, Walsh), no hay un nombre rector que polarice la atención de los lectores por sobre los demás. Los escritores nacidos en la década del 50 (Sergio Bizzio, Alan Pauls, Marcelo Cohen, Juan Forn, Sergio Chejfec, Daniel Guebel, Matilde Sánchez, Ana María Shua) están en plena actividad, al igual que los nacidos en la década posterior (Rodrigo Fresán, Pablo Ramos, Guillermo Martínez, Damián Tabarovsky, Pablo de Santis, Martín Kohan, Carlos Gamerro); algunos de ellos incluso, luego de varios libros publicados, están logrando construir un público propio, y obteniendo premios que comienzan a otorgarles visibilidad fuera de las fronteras nacionales.
Detrás de ellos fue surgiendo, poco tiempo atrás y con la fuerza de su prepotencia creativa, la autogestión, las lecturas públicas, las antologías colectivas y el diálogo entre pares, el grupo de nombres más reconocible de escritores nacidos en los 70: Oliverio Coelho, Gonzalo Garcés, Juan Terranova, Washington Cucurto, Ariel Magnus y Pedro Mairal, entre muchos otros. Y, por si todo esto fuera poco, comienzan ya a publicar sus primeros libros algunos autores nacidos en la década del 80, como Federico Levín, Violeta Gorodischer y Leandro Avalos Blacha, el ganador de la primera edición del premio literario Indio Rico, organizado por la editorial Entropía y cuyo jurado integraron Pauls, Daniel Link y César Aira.
Berazachussetts, la novela de Avalos Blacha –donde se advierten las influencias del delirio narrativo de Alberto Laiseca, uno de los nombres mencionados por el autor en la dedicatoria del libro– es, tal vez, una de las más gratas sorpresas editoriales de los últimos tiempos. Extremadamente divertida e inteligente, cuenta los devenires de una zombie punk, de un grupo de docentes desquiciado, de la cruel lisiada Periquita y del corruptísimo Franciso Saavedra, ex intendente de Berazachussets, terreno imaginario del Conurbano donde se compra y vende con “patachussetts”, se organiza una revuelta socialista a manos de un grupo revolucionario de zombies liderado por un cantante de cumbia, y se desata una hecatombe con claras reminiscencias a la crisis social y política de 2001. Suficientes nombres (aunque falten mencionar muchos) y suficientes libros como para afirmar que la literatura actual vaga a la deriva, ¿o no?
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 6 de enero de 2008).
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Acaba de salir el último número de la revista La mujer de mi vida. Hacía algún tiempo se sabía que, por falta de financiamiento, esta publicación que ya tiene cuatro años en la calle iba a desaparecer. “Fiel a la larga tradición de revistas culturales argentinas, La mujer de mi vida cierra. Despidámosla como se merece”, fue la leyenda que el staff utilizó para anunciar la fiesta que realizaron el 19 de diciembre, y ese mismo espíritu es, afortunadamente, el que atraviesa esta última entrega ¿Por qué cerró La mujer de mi vida? Por un lado, por un déficit mensual de 7 mil pesos. Y, tal vez, por el otro, porque a su extraña combinación de literatura y psicoanálisis le faltó un plus que la vuelva indispensable: la incorrección política de V de Vian, la afectación de Babel, el corte académico de Punto de vista u Otra parte. Quién sabe. Atrás quedan sus 49 números de existencia para revisar y repensarlo. En el haber, también, algunos textos memorables de Hernán Casciari o Josefina Licitra, y, sobre todo, la entretenida sección “Dos margaritas”, donde su jefe de redacción, Sergio Olguín, y el crítico Elvio Gandolfo, dividían sus gustos literarios, musicales y en materia de cine en cuatro categorías: me gusta muchísimo, mucho, poco y nada.
En el último número, por ejemplo, Gandolfo dice: “Me gustan muchísimo los duraznos, las peras y las uvas, por lo fugaces en el año. Las bananas, por lo permanentes. Hammett, por lo seco. Arlt, por lo concreto y el lenguaje. Chandler, por lo romántico. Borges, por lo anarco a ultranza y el humor”. Y Olguín: “No me gusta nada perder el tiempo leyendo comentarios de los blogs. El mito de la prensa independiente. Cualquier texto de Osvaldo Lamborghini. La alabanza irreflexiva y a la moda de César Aira”.
Es conocida la aversión de Olguín por la literatura experimental o que exhiba algún rasgo vanguardista. Pero hablando precisamente de Aira (más allá de gustos, uno de los escritores más versátiles e interesantes de la literatura argentina contemporánea), el periódico de arte y cultura Transatlántico, que dirigen Martín Prieto, Pedro Cantini, Cecilia Vallina y Gastón Bozzano entrega, en su tercer número, la ponencia que Aira (nunca se sabe con precisión cuál es su última novela: por ahor