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Entries Tagged as 'Asuntos internos (en el diario PERFIL)'

De la bibliomanía como bella arte

Julio 25th, 2010 · 4 Comments

Dos maneras antagónicas de entender la pasión (la obsesión) por los libros. La de Diógenes, por un lado, que afirmaba que tener libros y no leerlos es como tener frutas en un cuadro. La otra, que nos cae mucho más simpática, es la que cuenta Walter Benjamin en un célebre artículo titulado Desembalo mi biblioteca (discurso sobre la bibliomanía), y que cierra con la siguiente anécdota: “¿Es típico del coleccionista no leer libros? Como único ejemplo citaré la respuesta que Anatole France reservaba a los beocios que admiraban su biblioteca para concluir con la inevitable pregunta: ‘¿Y ha leído usted todo esto, señor France?’ ‘Ni la décima parte’, respondía él. ‘¿O acaso usted comería todos los días en su vajilla de Sévres?’”. Conozco la pasión de algunos escritores argentinos por los libros y la obsesión con que cuidan, abastecen y ordenan sus biliotecas: Abelardo Castillo y Sylvia Iparraguirre las mantienen separadas, en habitaciones distintas. Cualquiera que recorra con regularidad librerías de viejo del centro de Buenos Aires se cruzará, en algún momento, con dos biliómanos consumados: Matías Serra Bradford y Damián Tabarovksy (Serra Bradford publicó hace poco una novela donde vuelca estas experiencias bajo el amparo de la ficción: La bilioteca ideal). Daniel Guebel suele tirar los libros sobre los estantes, sin ningún orden o cuidado aparente. Y Rodolfo Fogwill declaró en más de una ocasión que los libros le parecen, a esta altura, un verdadero estorbo, se jacta de no tener biblioteca propia y no tiene reparos en regalarlos, venderlos o perderlos.

Pero a cualquiera de ellos, estoy casi seguro, les interesaría un ensayo que acaba de publicar el escritor francés Jacques Bonnet, Bibliotecas llenas de fantasmas. Una especie de breve historia de la bibliomanía que abre con la definición de lo que son para él los libros. Es decir, su felicidad y su maldición: “Son caros cuando se compran, no valen nada cuando se revenden, alcanzan precios astronómicos cuando hay que encontrarlos una vez que se agotaron, son pesados, se empolvan, son víctimas de la humedad y de los ratones, son, a partir de cierto número, prácticamente imposibles de trasladar, necesitan ser ordenados de una manera específica para poder ser utilizados y, sobre todo, devoran el espacio”. Así y todo, Bonnet confiesa su inevitable debilidad por cada uno de los miles de tomos que ocupan todas las habitaciones de su casa, incluido el baño. Y a lo largo de los distintos capítulos refiere historias y curiosidades de las tantas clases de bibliómanos que existen: amateurs, coleccionistas, amontonadores, lectores y compradores compulsivos. Personajes que llegaron a vender su derecho de herencia para comprar libros de manera ilimitada, que viajaron a la otra punta del mundo en busca de aquel ejemplar codiciado, que murieron aplastados (literalmente) bajo el peso de su bilioteca.

Mientras repasa las diversas maneras de almacenar y ordenar volúmenes, de cómo y dónde leer, de las peripecias y las dificultades a las que se ven arrastrados los amantes de los libros, Bonnet cuenta sus experiencias de lectura y su vida como lector, similares a la de todo bibliómano y, al mismo tiempo, inexplicables para cualquiera que no comparta la misma obsesión. La biblioteca, en fin, entendida como la arqueología privada de su dueño, como una pasión tan inevitable como inútil.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Un documento de época

Julio 18th, 2010 · No Comments

Por un lado tenemos el punk, ese sonido que de mediados a fines de los 70 cambió la esencia de la música rock para siempre. Y, por el otro, el movimiento punk, una amplia revolución cultural hecha de impureza, mezcla y yuxtaposición, que modificó hábitos y costumbres de la juventud de buena parte del mundo con epicentros en Londres y Nueva York: trajes rotos, corbatas de colores, alfileres de gancho, iconografía nazi y anarquista, crestas, alcohol, drogas duras, violencia contra los agentes de poder y una buena dosis de nihilismo. El movimiento punk como el costado visible (fácil de imitar y asimilar, para luego ser empaquetado y vendido) de un cambio musical profundo de cuyo cimbronazo se desprenderían las bandas más importantes de la década del 80 y principios de los 90, de Joy Division a The Pixies, The Cure o Nirvana. Estas dos caras del punk son perfectamente visibles en The Punk Rock Movie (1978), una película filmada en Súper 8 por Don Letts, el disc jockey del club The Roxy durante el único año en que el local estuvo abierto, y que acaba de distribuirse en DVD en la Argentina.

El montaje que eligió Letts para su película es simple: actuaciones en vivo de grupos en su mayoría ingleses (Sex Pistols, The Clash, Generation X, The Slits, Siouxsie and the Banshees, Eater) y alguno americano, como The Heartbreakers. Las performances están captadas con sonido ambiente y las imágenes son sucias, pero todo cumple a la perfección su cometido; es decir, retratar la esencia del punk en vivo y en directo. Antes y después de estas presentaciones (queda claro que pocas bandas eran realmente buenas, y no por nada el film abre y cierra con los Sex Pistols) vemos al movimiento punk en su punto de ebullición: jóvenes bailando pogo vestidos con trajes de látex o maquillados como felinos, gente inyectándose en los baños de los clubes o cortándose el pecho con una gillette, chicas semidesnudas y chicos con esvásticas pintadas en la cara, aburridos y llenos de fiereza, en medio de la profunda crisis social y económica que atravesaba por entonces la Inglaterra de Margaret Thatcher.

Tal vez lo mejor que tenga The Punk Rock Movie no sea precisamente la calidad de su realización, sino su valor sociológico, ya que funciona como un perfecto registro de época. Uno puede advertir cuánto de pose y cuánto de genuina rebeldía implicaban los contradictorios ideales punk (el “no hay futuro”, el “hazlo tú mismo”) tanto para los integrantes de las bandas como para sus seguidores. Cuán importante era la crudeza del sonido y el volumen de los amplificadores, y también el rol fundamental que cumplían la ropa y el maquillaje como elementos sociales diferenciadores. Hay una escena que lo sintetiza todo. En el medio de un ensayo de The Slits, un grupo conformado íntegramente por mujeres, las chicas discuten porque una de ellas no puede seguir el ritmo, y es acusada por las demás de estar sólo preocupada por la fama. Mientras se gritan y pelean, se van pasando de mano en mano un cepillo con el que arreglan sus peinados. Ese es el punto en el que esta película se vuelve fundamental: el haber estado en el lugar y en el momento justo con una cámara, para captar la carga de energía, desenfado, sinsentido, juventud y estupidez que hizo del punk tal vez la última gran revolución de la cultura rock.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Una obra en cuatro ruedas

Julio 11th, 2010 · 1 Comment

La cultura skater tuvo uno de sus grandes momentos en la Argentina entre mediados y fines de los 80. Luego prácticamente desapareció, y recién veinte años después volvió a hacerse visible, con la habilidad que tiene la moda y el consumo para calar en el ánimo adolescente, y la fuerza de la nostalgia en los que fueran skaters en aquellos tiempos lejanos. Hoy hay locales donde se consiguen equipos importados con facilidad, existen circuitos y lugares de encuentro, y una fuerte tendencia del marketing (no sólo en la Argentina, sino en todo el mundo) a explotar los deseos y las marcas de pertenencia de una cultura urbana para convertirlos en un objeto de consumo generacional. Hay quien es skater, quien quiere ser skater, quien sólo se viste como skater, y casi todos compran las remeras, los pantalones y las zapatillas en los mismos lugares. Como es una cultura asociada a la calle, la rebeldía, el juego y la libertad, las marcas están atentas ya que se trata de un segmento de consumo fuerte, un nicho de mercado en el que caben desde niños de diez años a adultos de cuarenta.

Así y todo, Buenos Aires está lejos de ser una ciudad skater: las veredas rotas, el asfalto poceado y el caos del tránsito atentan contra buena parte del sentido de la práctica. Por las razones contrarias no es raro notar el crecimiento del skate en muchas ciudades europeas, donde incluso fue adoptado por la gente joven como medio de transporte cotidiano. Barcelona es, por ejemplo, la ciudad skater de Europa, pero vive una contradicción permanente: todo el mundo patina, pero la práctica en las calles fue prohibida hace algunos años. La Guardia Urbana que patrulla la ciudad suele detener a los skaters mientras patinan, les incauta las tablas y les impone fianzas que superan el precio real del equipo. Cuando aparece la policía, los cientos de skaters que practican todos los días frente al Macba catalán dejan de patinar, se sientan sobre sus tablas y se ponen a conversar: como no están patinando no hay delito, y por lo tanto están a salvo.

En 2009 el premio literario Indio Rico convocó a un concurso de epinicios: un subgénero dentro de la poesía lírica, muy común en la Grecia clásica, utilizado para honrar las victorias de los atletas en los juegos olímpicos. El ganador fue Jonás Gómez (Buenos Aires, 1977) con el libro de poemas Equilibrio en las tablas. No es el primer libro escrito sobre o desde el skate (el mismo Nick Hornby convirtió en skater al personaje de su última novela, Slam), pero debe ser el único compuesto en verso y en la Argentina. Gómez, que jamás se subió a una tabla, conoce de primera mano lo que fue la cultura skater y la movida de los 80 porque es de Munro, lugar donde existía un circuito skater mítico con sus rampas y ollas gigantes y donde transcurre buena parte de su libro. “Otros deportes tienen sus campos de juego delimitados/nosotros tenemos la calle/o los pocos circuitos que hay en los barrios”, escribe y es cierto: si el terreno natural de la mayoría de los deportes son las canchas o los estadios, el del skate es el espacio público, del que hace uso y al que reinterpreta a cada momento (lo mismo hace el graffiti dentro de las artes plásticas). En estos versos, Gómez capta la frescura y el espíritu hormonal intrínseco del skate, y construye así uno de los homenajes más originales de la literatura argentina.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Una industria que deberá renovarse

Julio 4th, 2010 · 2 Comments

¿Conocen el cuento de las dos personas y los pollos? Seguro que sí. Es una broma, pero sirve para hablar de cifras y contextos: si una persona comió dos pollos y la otra se murió de hambre, para las estadísticas a cada uno le tocó un pollo. El jueves pasado el diario El País publicó un artículo titulado “La venta de libros sigue bajando”. Los números son del mercado editorial español, el más importante de la lengua castellana, y el autor tuvo el cuidado de consignar en la primera línea la profunda crisis económica que atraviesa su país, otorgándole a las cifras que siguen un contexto dado, un marco desde el cual interpretarlas. La industria del libro española, por su dimensión, suele marcar el paso de las que la secundan en importancia en hispanoamérica (México, Colombia, Argentina) y es por eso que este tipo de noticias se vuelven relevantes. Números, entonces: en 2009 se vendieron 4 millones de libros menos que en 2008 y 14 menos que en 2007. En 2009 se publicaron 76.200 títulos, de los cuales más de la mitad fueron novedades (alrededor de 40 mil nuevas obras que aparecieron en castellano en un solo país y en un solo año), 3.200 más que en el 2008, aunque el promedio de las tiradas de cada título haya bajado de 5 mil ejemplares a 4.200. Mientras los lectores de ficción subieron entre un 3,2 y un 4,5%, la venta de libros de texto bajó un 6% (lo que refuerza la idea de muchos de que el libro electrónico y no el impreso se quedará, en el futuro, con el mercado de los libros de estudio).

Pasado en limpio: aunque nadie sabe muy bien qué va a pasar con la industria editorial, se decide continuar editando más títulos mientras todos repiten que la gente lee cada vez menos, lo que, acompañado de una tendencia alcista de los precios de venta de tapa hace que los números sigan bajando.

En la Argentina sucede algo similar. En el 2009 se editaron 20.300 nuevos títulos, casi el doble que en 1999 y unos 300 más que en 2008. La cantidad de ejemplares producidos también muestra una leve caída: de 82 millones y medio de libros en 2008 a unos 75 en 2009, seguramente por el ajuste en las tiradas. Hace algunos años había leído que el promedio de lectura en la Argentina era de 0,5 libros por año por habitante, por lo que los números no son del todo sorprendentes. Es decir, si la cantidad de libros producidos parece crecer más rápido que la población lectora, ¿qué esperaban? Las editoriales producen más libros por necesidad: apuestan a los títulos como un jugador lo hace en la ruleta (para ver si consiguen un bestseller) y producen más ejemplares para tener mayor presencia en los puntos de venta. Nadie piensa en qué sucede con todos esos libros que días después de ser impresos quedan viejos, o peor aún: en todos los árboles que desaparecieron para producir libros que no serán leídos (ni siquiera abiertos) jamás.

La conjunción de la vanidad de los autores con la voracidad de los agentes editoriales es un problema central de la industria del libro que nadie quiere ver. Las empresas son comandadas por gerentes financieros y expertos en marketing preocupados por alcanzar sus objetivos de rentabilidad, y el puesto de editor ya casi no existe, por lo que nadie cree verdaderamente en su trabajo y los autores y lectores quedan librados a su suerte. Después, cada fin de año, vuelven a sorprenderse porque las ventas caen en picada.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Una historia de narcotráfico

Junio 20th, 2010 · 1 Comment

Si lo cuento como realmente sucedió nadie me va a creer, pero voy a hacer el intento. El sábado 5 de junio me subí a un avión de Lufthansa que debía dejarme, después de 13 horas de vuelo y una combinación, en Ginebra, en la mañana del domingo 6. A poco de despegar comencé a leer el nuevo libro de Cristian Alarcón, Si me querés, quereme transa, un relato del establecimiento y desarrollo de las redes narcos peruanas en la Argentina. Conozco a Alarcón desde hace más de diez años y su primer libro (Cuando me muera quiero que me toquen cumbia), como a muchos, me había sorprendido por su velocidad narrativa enloquecida, por su enorme talento para contar la violencia desde el centro mismo del lugar desde donde se la ejerce, por ser capaz de describir el mundo de los jóvenes delincuentes sin dejar de señalar el origen del conflicto, de denunciar a las fuerzas que los reprimían, tanto o más corruptas que ellos. Así que podía abrir el libro con confianza, y sumergirme en esta nueva investigación que le había llevado a su autor más de cinco años de trabajo. A las dos horas de vuelo, antes de la cena, había leído las primeras setenta páginas y ya estaba metido de lleno en la historia de los clanes de Alcira, de los Reyes, de los Chaparro. Más tarde leí algunas páginas más, y cuando empezábamos a cruzar el Atlántico cerré el libro, puse una película y al rato me quedé dormido con los auriculares puestos.

Me despertó la voz en inglés del capitán que pedía a los gritos un médico. Vi los bultos negros de las azafatas en la oscuridad del avión pasar una y otra vez a la carrera por los pasillos. Nadie sabía muy bien qué sucedía, hasta que el capitán informó que teníamos que volver al continente y aterrizar de emergencia en Recife, Brasil. Que había un pasajero con problemas cardíacos y estaban tratando de salvarle la vida. Minutos después me dormí, resignado, para despertarme cuando el avión tocó tierra brasileña. Al rato la voz del capitán dijo que el pasajero había muerto, y que teníamos que esperar a la policía forense, que debía hacer la autopsia y retirar el cuerpo: el hombre había muerto porque le había estallado una de las cápsulas de cocaína que traía en el estómago. La muerte había sido una de las peores que se pueda imaginar: la sustancia diluyéndose pura en el torrente sanguíneo, colapsando los órganos internos del pasajero en medio de violentas convulsiones. Llegamos a Frankfurt con siete horas de retraso, conexiones perdidas, nervios, sueño, calor, desmayos y un pasajero menos.

Como no podía dormirme, la noche que pasé en Alemania seguí leyendo el libro de Alarcón, con renovado interés. Allí, en la página 188, escribe: “Tomar cápsulas de látex rellenas de clorhidrato de cocaína es peligroso. Si una de ellas estalla, si el material cede a los jugos gástricos y deja filtrar el contenido de los dedales, la muerte es casi segura”. Alarcón va narrando la conformación de los clanes narcos en la Argentina: cómo y por qué cada uno de los líderes, casi todos ellos peruanos, llegó a Buenos Aires. La transformación de amas de casa, albañiles, campesinos, ex militantes y guerrilleros en jefes de pequeños ejércitos que compraban seguridad, hombres y la complicidad de la policía, jueces y políticos con los dólares frescos de la cocaína y su expansión durante los años 90. La apasionante trama de un mundo tan peligroso como desconocido que terminó, el 29 de octubre de 2005 y en el Bajo Flores, entre la villa 1.11.14 y el barrio Rivadavia, en un enfrentamiento de varias de esas bandas que acabó en una sangrienta masacre.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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La actualidad de la crónica

Junio 13th, 2010 · 1 Comment

Pocas veces se discutió, se practicó, se reflexionó tanto sobre la crónica periodística en la Argentina como en estos últimos años. Muchos de los cronistas jóvenes más talentosos (Leila Guerriero, Josefina Licitra, Cristian Alarcón y Daniel Riera, entre otros) han incluso abierto recientemente sus propios talleres privados sobre el género. Eso no es lo mismo que decir que el grueso de los lectores sepa aún de qué hablamos cuando hablamos de crónicas, ni mucho menos que haya lugares donde publicar este tipo de textos, a diferencia de lo que sucede con países como México o Colombia (la aparición de la revista colombiana SoHo en nuestro país es un tibio intento de testear el mercado en este sentido). Sigue siendo hasta ahora la industria editorial, y no la de revistas, la que ofrece un espacio para estos trabajos, a pesar de que el nivel de los cronistas argentinos suele ser alto. ¿Pero saben los propios periodistas, también responsables de las confusiones para definir los parámetros de la crónica, cuáles son sus características propias? No siempre. En la página web de la revista Otra parte, que dirigen los escritores Marcelo Cohen y Graciela Speranza, se reproduce una entrevista de María Moreno a Martín Caparrós (quizá los dos cronistas más lucidos y talentosos de la generación anterior) que puede ser útil para elucidar los errores más comunes que circulan alrededor del género.

Moreno comienza haciendo un poco de “escolástica”, luego de afirmar que hoy en día se llama crónica “hasta a la basura póstuma de un escritor”. Y agrega que suelen utilizarse para referirse a ella, indistintamente, los términos “crónica”, “no ficción” y “nuevo periodismo”. A pesar de que las fronteras no sean del todo claras, Moreno remite a los textos de Truman Capote y Rodolfo Walsh para referirse a la no ficción, “textos más investigativos y que siguen un modelo parajudicial”; dice que el nuevo periodismo es apenas la idea, bastante vieja por cierto, de apropiarse de recursos literarios para recrear hechos sucedidos en la realidad. Y de la crónica afirma que no demanda una exigencia de pruebas, “sobre todo porque se asocia más al ejercicio de una mirada que a una investigación”. La crónica sería así la obra de un autor que escribe artículos en los que se apropia de recursos de la literatura para poner en crisis una historia o a un personaje surgido de la realidad, a través de su mirada subjetiva (y que al mismo tiempo no puede ser cualquier periodista: debe tener la experiencia, la preparación y el talento como para narrar, reflexionar, analizar y juzgar en un mismo texto).

Moreno y Caparrós se quejan de que hoy cualquier periodista con ambiciones se hace llamar “cronista”, como si eso fuera una manera de reclamar cierto estatus dentro de la profesión. Y es cierto. Pero si hay algo que también lo es, y de lo que no pueden quedar dudas, es que existe una frontera indeleble entre la ficción y la crónica, y ésa es la de la verdad: los hechos no pueden inventarse ni deberían ser falseados. Es por eso que incomodan las palabras de Caparrós cuando dice acerca de una biografía que aparecerá en los próximos meses sobre el maestro de cronistas Ryszard Kapuscinski: “Siempre pensé que el viejo Kapuscinski era un mentiroso, pero eso era lo que me parecía más interesante de él. Si nos gustó cómo nos contó Africa eso es lo que importa, no si se encontró o no con Lumumba”. Palabras que encierran una ironía que puede ser decodificada por gente con cierto oficio, pero que pueden ser muy perniciosas para la crónica en particular, y para el ejercicio del periodismo en general, sobre todo en tiempos de crisis como los que la profesión está atravesando en la actualidad.

(Publicado en el suplemento de cultura de Perfil).

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Ampliación del campo de batalla

Junio 6th, 2010 · 1 Comment

La semana pasada me encontré con una pareja de amigos chilenos que vinieron de vacaciones a Buenos Aires. Periodistas los dos, se volvían al otro día a Santiago, así que quedamos en comer algo a la noche, y me sorprendí cuando me pidieron que los pasara a buscar por la puerta de un teatro de la calle Corrientes. Resulta que mis amigos ya habían visto Art, habían ido al show de Les Luthiers, y para esa última noche, extrañamente, habían sacado entradas para una obra de Antonio Gasalla. Empecé a desconfiar de ellos (¿los gustos de la gente pueden cambiar tanto?), pero me tranquilicé cuando me contaron, con sorpresa, que el teatro estaba lleno, que no entendían de qué se reía la gente, que la obra les había parecido una vulgaridad y que a la mitad de la función escaparon saltando por encima de las butacas. Y, al mismo tiempo, comprendí que para buena parte de los extranjeros que visitan la ciudad el teatro argentino debe reducirse a una sucesión de coloridas marquesinas con imágenes de mujeres ofreciendo sus desbordes cárnicos, enormes afiches de cómicos decadentes y adaptaciones de fórmulas concebidas desde el centro de la dramaturgia más conservadora.

Cuando les hice mis objeciones, se quejaron de que lo único que les había recomendado antes de su viaje eran bares y restaurantes, y era cierto. Por alguna razón, había olvidado marcarles las salas en las que se puede ver, cada tanto, alguna película digna, o advertirles de que el circuito del teatro que vale la pena está en ciertas zonas del Abasto, Palermo, Almagro. ¿Pero qué obra les habría recomendado? Cualquiera de Javier Daulte, Alejandro Tantanian, Claudio Tolcachir, Mauricio Kartun, Daniel Veronese, Rafael Spregelburd. Les habría dicho que fueran a ver Los talentos, la obra que Agustín Mendilaharzu y Walter Jacob dirigen en el Espacio Teatral El Kafka.

Mendilaharzu y Jacob trabajan aquí con un material que suele ser más propio del cine que del teatro: las pulsiones reprimidas y a la vez incontrolables de la adolescencia. Lucas, Ignacio y Pedro son tres amigos que rondan los veinte años y que viven al margen del ambiente social que les correspondería. Odian las discotecas, fuman en pipa, toman vino recostados en sillones, los sábados a la noche juegan a componer sonetos en una pizarra, son inteligentes y fatuos, sarcásticos y vanidosos. Y, por supuesto, no tienen ningún éxito con las mujeres. Pero la noche en la que transcurre Los talentos, todo cambiará. “La obra muestra cómo a estos personajes un mundo se les termina y comienza otro. Aunque resultó ser también una reflexión sobre la amistad”, dice Jacob.

Amistad, con todo lo que ese concepto implica en ese momento en el que las personalidades están definiéndose, cuando la vida se estrena y se expande y el mundo exterior se convierte en un verdadero campo de batalla: tensión sexual, competencia, envidia, traiciones. Jacob y Mendilaharzu logran con Los talentos componer una pieza a la vez angustiante y extremadamente divertida, y confirman lo que la nueva dramaturgia viene demostrando hace un buen tiempo: que se puede ser inteligente y ambicioso sin resultar pretencioso ni apelar a los lugares comunes más transitados de la comedia y el costumbrismo argentino.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Una historia de la lectura

Mayo 30th, 2010 · No Comments

Desde el 28 de mayo y hasta el 13 de junio se desarrolla la Feria del Libro de Madrid, lo que suele disparar una serie de artículos en la prensa española sobre la salud y los cambios en el epicentro de la industria editorial en lengua castellana (que rige indirectamente los destinos de buena parte de la producción y circulación de libros en América latina). Así, se supo la semana pasada que durante el primer trimestre de 2010 la venta de libros cayó un 10 por ciento en España con respecto al año anterior. También, que por primera vez la gente que visite la feria podrá comprar libros electrónicos, lo que hasta ahora estaba prohibido. Al mismo tiempo, el diario El País publicó un artículo donde, haciéndose eco del entusiasmo de los directivos de los grandes sellos (entusiasmo que tiene mucho de gesto reflejo, por el terror que genera entre sus ejecutivos la posibilidad de que la piratería afecte su negocio como lo hizo con la industria de la música y el cine), anunciaba el lanzamiento de Libranda, la primera gran plataforma digital de venta de libros en español (conformada por Planeta, Random House y Santillana). Libranda será, básicamente, el espacio virtual desde donde los sellos permitirán comprar y descargar los títulos de sus catálogos, prescindiendo en el corto plazo de los distribuidores y las imprentas y (aunque lo nieguen rotundamente) en un mediano plazo de los propios libreros.

No se entiende muy bien qué lleva al autor de la nota a afirmar cosas como que “está claro que el mundo editorial ha aprendido de los errores de otras industrias culturales”; o que “editores y libreros ven al libro con salud y pujanza como para convivir con los retos del futuro”; y: “el panorama para los escritores cambia a mejor; si antes se llevaban el 10 por ciento del precio final por derechos de autor, ahora su retribución quedará en torno al 20 o 25% del precio neto final en el mundo digital”. Porque si las dos primeras sentencias parecen más expresiones de deseo que datos objetivos de la realidad, la tercera es más que discutible. El porcentaje de los autores crecerá al menos dos veces, sí, pero el precio de los títulos electrónicos caerá, para empezar, al menos un 30 por ciento, lo que no marcará grandes cambios en los márgenes de ganancia.

Lo que queda claro, en cualquier caso, es que la industria del libro y todos los agentes involucrados en ella (escritores, editores, lectores, libreros) están experimentando la transformación más importante en siglos. Para intentar entenderla y prever o imaginar algunas de sus consecuencias acaba de aparecer un breve ensayo tan sencillo como clarificador: Metamorfosis de la lectura, del catalán Román Gubern. Se trata de una historia de los libros y la lectura, que va desde los orígenes del lenguaje humano y la escritura hasta la aparición de las computadoras, Internet y el libro electrónico. Gubern pondera, de manera un poco romántica, las virtudes del libro en papel (fetichización del objeto, diseño gráfico, valor sentimental, comodidad, resistencia, autonomía) por sobre los dispositivos de lectura digitales. Y mientras afirma que “el arcaico libro códice multisecular y el novísimo libro electrónico han entrado en legítima competencia”, llega a la misma conclusión a la que han arribado otros estudiosos del tema: que los dos soportes coexistirán durante mucho tiempo. Para la lectura literaria, muchos seguirán prefiriendo el papel. En el universo de los libros de consulta (catálogos, enciclopedias) lo digital se impondrá tan veloz como eficazmente.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Sobre la agonía del cine y otros dilemas

Mayo 25th, 2010 · No Comments

¿Cuántas veces se ha decretado la muerte de la novela? ¿Y del autor? ¿Y de la propia literatura, amenazada por la radio, la televisión, el cine, Internet? Hablo con un escritor argentino que escribe novelas experimentales y que, sin embargo, cree que toda su ficción es deudora de un solo libro, El Quijote. Converso con otro, más vanguardista aún, que se sabe de memoria las primeras páginas de Madame Bovary en francés y cuya novela favorita es Bouvard y Pecuchet. Le pregunto si no ve cierta contradicción entre las cosas que escribe y su devoción por la literatura del siglo XIX. “De ninguna manera”, me dice. “La literatura del XIX es insuperable. Flaubert, Tolstoi, Dostoievsky, Proust. No hay manera de ignorarla. Lo que no se puede hacer es seguir narrando como lo hacen algunos escritores argentinos, como si todavía vivieran dos siglos atrás”, agrega. Y tiene razón. Un escritor puede o no estar atravesado por la tradición, lo único que no puede hacer es ignorarla. Además, ¿qué sentido tendría hoy intentar escribir una novela realista, total, a la manera decimonónica?

La literatura siempre encontró la manera de reinventarse. Es tan maleable, tan versátil, que durante el siglo XX logró incorporar o hacer suyos otros discursos (los de los medios de comunicación, los de la correspondencia privada, los de disciplinas como la Filosofía o la Psicología, los de Internet) para no quedar sepultada por otras maneras de narrar la realidad o la imaginación. Si lo más interesante de la literatura que se produce en la actualidad va en contra de los dictámenes del realismo como se lo concibió hace dos siglos, esa herencia es retomada hoy por las series televisivas. ¿Qué otra cosa que grandes novelas de aventuras, o complejos retratos sociológicos son, por ejemplo, series como Lost o The Wire, por mencionar apenas dos de las mejores de los últimos años?

La literatura sobrevivió a todo, y nada parece amenazarla, ni siquiera los pronósticos apocalípticos sobre la difusión del libro electrónico. La televisión está sufriendo una importante transformación, permeada por otras formas de consumirla e incluso por Internet, desarrollando contenidos cada vez más complejos, captando la creatividad y la audiencia que en otros tiempos se buscaban en las películas. Eso: ¿y qué pasa con el cine? No son pocos los que creen que ha entrado, hace ya unos cuantos años (si no décadas), en un período de decadencia. ¿Hace cuánto que asistimos a la pauperización de la oferta cinematográfica, volcada casi por completo a la mera función de entretener? ¿Ha dado el cine todo lo que tenía para dar? ¿Ha agotado sus recursos, sus horizontes, sus formas de narrar? Salvo honrosas excepciones, incluso los directores más arriesgados, los autores más celebrados en otras épocas, entregan versiones empobrecidas de su obra o de sí mismos: el riesgo parece haber desaparecido del cine al que se puede acceder, al margen de ciertas producciones independientes o de ciertos festivales. La desesperada respuesta de la industria para atraer al público a las salas parece confirmar y no contradecir este atisbo de decadencia: la proyección en tres dimensiones. En lugar de investigar o apoyar nuevas formas narrativas, se sofistican las maneras de exhibición y proyección. Cosas de las que incluso el espectador menos exigente va a acabar cansándose, más temprano que tarde.

(Publicado en el suplemento de Cultura del diario Perfil).

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Una diferencia sutil pero fundamental

Mayo 11th, 2010 · No Comments

Esta vez fue al revés: uno de mis alumnos se acercó, pero no para pedirme una recomendación, sino para ofrecerla. Conocedor de mi gusto por la narrativa breve de ciertos autores estadounidenses (John Cheever, en primer lugar y por sobre todos; y después sí, Ernest Hemingway, Richard Ford, J.D. Salinger, Patricia Highsmith, William Goyen, O. Henry, entre tantos otros) se puso a hablar con cierto énfasis de un autor al que desconocía, James Salter, y del único libro de cuentos suyo que puede conseguirse en la Argentina, La última noche (Salamandra, 2006). Parece que Salter en realidad se llama James A. Horowitz, nació en 1925 en Nueva York, y fue piloto de la Fuerza Aérea americana durante doce años, servicio durante el que se hizo tiempo para pelear en la Guerra de Corea e incluso para estrellar su avión durante una prueba de reconocimiento en Massachusetts. Con la experiencia de la guerra escribió su primer libro, la novela Pilotos de caza, llevada al cine en 1958 e interpretada por Robert Mitchum. Después, como tantos otros en los Estados Unidos (donde si uno logra vender bien un libro, puede vivir sin problemas), dejó todo para dedicarse a la literatura.

Así que busqué el libro y leí la contratapa, donde se dice que Salter es o fue admirado por un triunvirato sagrado (John Irving, Richard Ford y Susan Sontag; ¿de dónde saldrán todas esas abundantes citas sin fuente?), y la solapa, repleta de elogiosas reseñas de Le Nouvel Observateur, El País, The New York Times. Y sí, mi alumno tenía razón. Salter se integra sin sobresaltos a la mejor corriente literaria americana de la segunda mitad del siglo XX: las mismas historias, los mismos modismos, la misma respiración contenida, las mismas escenas cotidianas y las mismas miserias. La última noche es el último libro de ficciones de Salter, que escribe poco y espaciado, y de los diez cuentos que contiene hay al menos tres, atravesados por un sentimiento de pérdida irreparable, que son pequeñas joyas: “Cometa”, “Palm Court” y “Bangkok”.

“Una colección de relatos perfectos”, se lee en la solapa, y si bien la afirmación suena un poco desmedida, supongamos por un momento que sí, que lo son. Ese es, precisamente, el mayor problema de las últimas generaciones de cuentistas americanos, muchos de ellos formados en escuelas, maestrías y talleres de escritura de los que abundan en los Estados Unidos: son demasiado perfectos, correctos y prolijos, todos escarbando pulcramente el reverso del sueño americano y poniendo la pesadilla resultante en palabras precisas, en frases tan bruñidas que es difícil encontrar en ellas un soplo de espíritu, de alma. Se los nota demasiado aplicados y conscientes de su trabajo, como un ejército de estudiantes de química durante un examen final. Lo que elimina cualquier grieta o fisura, esas grietas y fisuras que hacen que una serie de caracteres impresos sobre una página en blanco sea más que eso.

Es, en fin, la diferencia que existe entre las dos grandes tradiciones cuentísticas del siglo que pasó, la estadounidense y la rioplatense: no hay en la primera lo que es posible encontrar en los cuentos de Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Felisberto Hernández, Roberto Arlt, Julio Cortázar, Osvaldo Lamborghini, Rodolfo Fogwill, Miguel Briante, Rodolfo Walsh, Juan José Saer, Gustavo Nielsen y Sergio Bizzio, entre tantos otros: riesgo. O la sutil distinción entre escribir bien, incluso muy bien, y hacer literatura.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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El autor que no supo decir que no

Mayo 2nd, 2010 · 4 Comments

Hace poco más de diez años, el escritor italiano Alessandro Baricco publicó un artículo en La Repubblica motivado, a su vez, por una nota que había leído en el New York Times. Baricco se enteró allí de que existía un rumor acerca de la obra de Raymond Carver, erigido como uno de los cuentistas modelo de la literatura contemporánea: su estilo seco, descarnado, sus historias mínimas de finales abiertos, es decir, todo lo que lo hacía un autor único, respondería no a su voluntad sino más bien a la intervención de su editor, Gordon Lish, quien habría eliminado de un elegante hachazo más o menos el cincuenta por ciento de sus versiones originales. Baricco viajó a la biblioteca de una universidad de Indiana que archiva los manuscritos de Carver y comprobó el rumor en persona: ahí estaban las páginas con las tachaduras de Lish. El trabajo mayor era evidente en uno de los libros más famosos de Carver, ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, donde el editor había cambiado el final de diez de los trece cuentos del volumen. A medio camino entre la sorpresa y la indignación, Baricco escribía que se había encontrado con un autor radicalmente distinto al conocido. Ni mejor ni peor sino otro: detrás de las historias donde hasta entonces todos habían leído impavidez, frialdad y destreza de cirujano se escondía un Carver más explicativo, cálido y hasta sentimental.

Quiso la casualidad que la editorial Anagrama publicara por primera vez la versión sin editar de aquel libro de Carver, ahora titulado Principiantes, al mismo tiempo que Baricco, conocido mundialmente por su novela Seda, estuviera de visita en la Argentina en el marco de la Feria del Libro. Principiantes muestra a los lectores el verdadero Carver, o al menos uno más fiel al que todos tienen en mente, y eso queda en evidencia desde un principio: si la edición del libro intervenido por Lish tenía 157 páginas, éste tiene casi exactamente el doble, 312. Aquí está también aquel final mencionado por Baricco en su artículo, el del cuento ” Una cosa más”, al que Lish le cercenó una página entera que resignifica la historia casi por completo. Aproveché la visita del italiano para preguntarle por el tema. Contó que en su momento visitó a Lish, un extraño personaje que lo atendió en su oficina ataviado con un sombrero de cowboy y se negó rotundamente a referirse al asunto. Y confirmó no sólo que Carver es más el autor de los relatos de Catedral (psicológicos, extensos, argumentativos) que el de sus otros libros, sino la negativa, que permanece hasta hoy, de los editores estadounidenses de publicar este libro con las versiones sin cortes de sus cuentos.

De esta manera, se liman algunas diferencias evidentes entre las obras breves de Carver, Richard Ford y Tobias Wolff, los tres autores que, sin proponérselo, establecieron un modelo (el mal llamado “realismo sucio”) al que adhirieron cientos de escritores en todo el mundo. El Carver sin editar ya no es un satélite que gira separado del estilo de Ford y Wolff, sino que se integra al mismo sistema. Pero, sobre todo, surge (aunque estos relatos sean, en sí mismos, atractivos) un malestar inevitable: el de saber que, durante más de treinta años, los lectores han sido engañados por la mano de un editor que inventó un autor que no quiso o no tuvo el coraje de defender su obra. Y que una vez que la versión falsa de sus relatos echó a rodar, no pudo detener la mentira. Carver, ahora podemos confirmarlo, como uno de los inventos más perfectos (y por eso incómodos) de la industria editorial.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Pasajeros en tránsito

Abril 25th, 2010 · No Comments

En la mejor literatura argentina reciente, la lección está bien aprendida: los sucesos de la agitada vida social y política del país se presienten, contaminan el relato y los trazos de sus personajes, son un telón de fondo que les otorga significado a las historias, pero que no las ahoga bajo el peso de sus referencias. Los ejemplos son variados (hay algo o mucho de ello en las publicaciones de Florencia Abbate, Juan Terranova, Oliverio Coelho, Washington Cucurto o Matías Capelli, por poner apenas unos ejemplos) y ese eco también resuena en el último libro de Eduardo Muslip, Phoenix. Muslip nació en Buenos Aires en 1965, es licenciado en Letras y docente universitario, publicó las novelas Hojas de la noche, Fondo negro. Los Lugones y Plaza Irlanda, y los relatos de Examen de residencia y La vida perdurable. Phoenix está compuesto, a su vez, por cuatro relatos, Cartas de Maribel, Diciembre, Paraguay y Air France, y la sensación de unidad del libro está dada en que en los tres primeros (e intuimos, también en el cuarto, pero de manera más difusa) el protagonista es el mismo: un egresado de la carrera de Letras que viaja a cursar un doctorado a una ciudad impersonal de los Estados Unidos, al tiempo que trabaja como profesor de español con alumnos nativos.

El narrador de los relatos de Muslip abandonó el país, aunque nunca se lo diga de manera explícita, luego de diciembre de 2001. Y disfruta y a la vez sufre esa sensación de estar afuera y adentro, siempre un poco desplazado y en movimiento: desde ese lugar conoce a los que serán los protagonistas de las historias que escribe, desde ese lugar recuerda y reflexiona sobre la Argentina (ese nombre que suena aún más extraño pronunciado desde una ciudad de Arizona, al borde del desierto) y sobre su ciudad: “Buenos Aires entera se levanta de mala gana, creo. Va tomando más vitalidad durante el día, y a eso de las siete de la tarde es un caos; mientras la noche avanza le cuesta desacelerarse, y cuando la actividad debería terminar se vive cierta inquietud, una cierta disconformidad por los resultados del día, con lo que todo se aquieta demasiado tarde”. Muslip se refirió hace poco, en una entrevista, a ese sentimiento de estar descentrado que adopta su narrador y que atraviesa todo el libro: “Una de las cosas que quería marcar es esa cosa de tránsito, de desarraigo, por eso también el escenario es la Buenos Aires de, más o menos, 2001. Había una sensación de fuga, de fin de siglo y de no muy claro comienzo de uno nuevo”.

Hay una tensión no resuelta en el protagonista de los relatos y su entorno (una ciudad de sol calcinante, amplios espacios, poca vida social) y las personas que lo rodean, que no es más que la configuración geográfica del mundo actual: gente que va de un lado a otro en búsquedas inciertas, esperando dar un paso más en el camino que la acerque al futuro personal o profesional deseado. Un mundo en el que los latinos quieren integrarse y pertenecer, como sea, a esa sociedad deslumbrante y un poco estúpida como es la estadounidense, y los nativos se comportan con ellos con una mezcla de desconfianza y condescendencia. Un universo donde las dificultades para establecer una relación sentimental se hacen evidentes, donde la felicidad es pequeña, fulgurante y efímera. Donde la tristeza es como el residuo del café mal filtrado, disimulado en el fondo de la taza pero persistente: por más que intentemos no verla seguirá allí, como la propia vida.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Personajes desesperados

Abril 18th, 2010 · 1 Comment

Anoten este nombre: Kjell Askildsen. No sólo porque resulta complicado de pronunciar, sino porque es más que probable que este año se hable y escriba mucho de él en la Argentina. Askildsen es uno de los varios autores nórdicos cuyos libros llegarán al país de la mano de la editorial Lengua de Trapo. Nació en Mandal, Noruega, en 1929, y si bien publicó un puñado de novelas es, fundamentalmente, un cuentista de tramas despojadas, frías, con personajes siempre al filo del abismo, algo que aparece de manera recurrente en el cine nórdico pero no tanto en su literatura (o al menos en la literatura que llega a las librerías argentinas). Por supuesto, como cada vez que aparece un escritor de historias breves en las que hay duelos, silencio, soledad, parejas que se miran y no se reconocen y matrimonios en ruinas, surgen las automáticas comparaciones con Ernest Hemingway, con Raymond Carver, con Franz Kafka. Pero Askildsen, que ha traducido a su lengua a August Strindberg, a Samuel Beckett y a Harold Pinter, sólo reconoce de ese grupo la influencia de Hemingway, al que suma a Alain Robbe-Grillet y Claude Simon, y odia que utilicen el término minimalismo para describir su trabajo.

Askildsen no es muy dado a las entrevistas, pero en una de las pocas que concedió cuando sus libros comenzaron a editarse en España, a comienzos de esta década, declaró que lo que más le interesa a la hora de abordar un texto es su forma, y que ése es su único desvelo a la hora de seducir al lector: “Conseguir que el lector muerda el anzuelo es un proyecto artístico. El cometido del autor es hacer leer al lector, no tiene derecho a esperar algo de él. Si consigues que muerda el anzuelo, también hay que subir el pez del agua. Y entonces mi intención es que el lector en cierta manera sea sinónimo del pez que llega a tierra y se queda coleando y que no necesariamente se lo pase muy bien. Yo deseo crear desasosiego. No me gusta un relato que no crea desasosiego”.

En algún momento cayó en mis manos el primer libro traducido al español de Askildsen, Un vasto y desierto paisaje. Son siete cuentos en apenas cien páginas, entre los cuales hay dos de factura notable, el que abre el volumen (No soy así, no soy así) y el que lo cierra (Un vasto y desierto paisaje). En el primero, el protagonista visita a su hermana, que muere enfrente de él en medio de una conversación; en el otro, un hombre que acaba de perder a su mujer en un accidente automovilístico sufre los cuidados de su madre (que acaba de descubrir que su marido la engaña), mientras deja crecer su deseo por su hermana. La prosa y la imaginación de Askildsen se llevan demasiado bien con la sordidez, con lo prohibido, con lo nefando (todo lo que necesita de una voz y del desarrollo de un ambiente para funcionar), y es por eso que cuando intenta transitar otros caminos, como el del absurdo, o tienden en extremo a la brevedad y la elipsis, no siempre logra salir airoso.

A mediados de mayo, buena parte de sus relatos serán distribuidos en América latina en un solo tomo, bajo el título de Cuentos reunidos (los de los libros Los perros de Tesalónica, Un vasto y desierto paisaje, Ultimas notas de Thomas F. para la humanidad y Un súbito pensamiento liberador). Y vienen compilados, ordenados y prologados nada menos que por otro enorme cuentista: Rodolfo Fogwill.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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La retirada del gran estafador

Abril 11th, 2010 · 1 Comment

En la historia de la música punk hay dos vertientes historiográficas dominantes. Una asegura que el movimiento se originó a principios de los 70 en las ciudades de Nueva York y Detroit, con bandas como los New York Dolls, MC5 o los Stooges, que a su vez inspiraron al primer grupo específicamente punk, los Ramones. Para esta versión de la historia, cuando los Ramones viajaron a tocar a Londres por primera vez, entre el público había varios de los futuros integrantes de los Sex Pistols, que los vieron en escena y decidieron que ellos también podían hacer algo parecido con sus vidas: armar una banda, aporrear instrumentos y convertirse en músicos de rock sin saber nada de música, antes de transformarse definitivamente en delincuentes juveniles. Del otro lado, están los que aseguran que el punk, tal como lo conoció el mundo (y tal como aún se lo asocia con cierta estética y ciertas ideas: caos, anarquía, alfileres de gancho, borceguíes y crestas de colores), proviene de Londres, Inglaterra. Y que fueron los Sex Pistols (cuya música, hay que decirlo, tiene varios puntos de contacto con la de los Stooges, pero pocos con la de los Ramones) los que crearon el sonido que en muy poco tiempo copiarían cientos de bandas en todo el mundo.

Pero hay alguien que estuvo en los dos lugares (a uno y otro lado del Atlántico) y en el momento justo: esa persona se llamaba Malcolm McLaren, y murió de cáncer el jueves pasado en Nueva York. McLaren, un chico abandonado por su padre y criado por su abuela, con un buen caudal de lecturas y estudios universitarios, había sido manager de los New York Dolls en su última época, y de regreso a Londres gestionó junto a su pareja, la diseñadora Vivienne Westwood, una serie de locales de ropa que se harían míticos: Let it rock, Too Fast To Live Too Young Too Die y, finalmente, Sex. McLaren contó cientos de veces su versión de los hechos: intuyó que en la Londres de 1975 algo estaba por explotar, reunió a algunos de los jóvenes aburridos y desempleados que daban vueltas por su local, y en un mismo movimiento creó un grupo (los Sex Pistols) con el cual enviar su mensaje terrorista musical a la sociedad y vender (los integrantes como modelos vivos) la ropa de sus locales.

No le fue mal a McLaren, que logró sacarle una cuantiosa plusvalía a su idea: con un solo disco de estudio, los Sex Pistols sacudieron al rock para siempre, y él quedó como el artista conceptual detrás de la obra. Pero esa idea siempre fue desmentida por el líder y cantante de los Pistols, Johnny Rotten. Es algo que se puede advertir claramente en su autobiografía, Rotten: no irish, no blacks, no dogs, recién llegada a la Argentina. Buena parte del libro está dedicada a difundir la otra versión de la misma historia, la de McLaren (quien estuvo en la Argentina en mayo de 2008 en ArteBA, con una muestra de videos y fotos) como un estafador tan ambicioso como egocéntrico e irresponsable, que abandonó al grupo a su suerte, si no propiciando, al menos no evitando, la muerte por sobredosis del bajista Sid Vicious. Rotten demandó durante años a su manager, hasta que le ganó un juicio con el que recuperó su nombre artístico y un buen dinero, por lo que no sería extraño pensar que su muerte no le haya afectado. Pero sea como sea, y se esté del lado de la mesa que se esté, lo cierto es que con él acaba de desaparecer una buena parte de la historia del movimiento punk.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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El festival que nos salva

Abril 4th, 2010 · 3 Comments

El miércoles que viene arranca la 12ª edición del Buenos Aires Festival de Cine Independiente (Bafici), que se ha convertido en el evento cultural más destacado de la Argentina. El Bafici logró sortear, no sin dificultades, crisis económicas, cambios de autoridades (primero fue dirigido por Andrés Di Tella, después por Eduardo Antín, más tarde por Fernando Martín Peña y ahora por Sergio Wolf) y titubeos y trabas de gobiernos de distinto signo ideológico. Y no sólo sobrevivió, sino que creció de manera sostenida. Sus principales debilidades fueron superadas: evitar el peligro de convertirse en un festival de cinéfilos (en 2008 reunió a 220 mil personas, y en 2009 unas 245 mil), la descentralización de las sedes (hoy se proyecta en el Abasto, pero también en el Atlas Santa Fe, en los Arteplex de Belgrano y Caballito, en el Teatro 25 de Mayo, en el MALBA y hasta al aire libre) y la multiplicación de los puntos de venta de entradas (se pueden comprar por Internet, en la Casa de la Cultura, en la sede central y en cada una de las salas). El contraste entre la deprimente oferta de la cartelera porteña durante el año y las cientos de películas que se muestran en doce días de festival habla por sí mismo.

Este año habrá en el Bafici al menos tres importantes puntos de contacto entre cine y literatura. Para empezar, sorprendió a muchos la inclusión del esquivo César Aira como uno de los jurados de la selección oficial internacional. Además, los días 10, 11 y 18 de abril se exhibirá Cinco, un largo realizado por cinco jóvenes directores de la Universidad del Cine y basado, a su vez, en cinco cuentos de corte erótico escritos por autores jóvenes (Oliverio Coelho, Pedro Mairal y Marina Mariasch, entre otros). Y, dentro de la selección oficial argentina, se podrá ver una de las películas más esperadas de los últimos tiempos: Ocio, el filme dirigido por Alejandro Lingenti y Juan Villegas, inspirado en la novela del mismo nombre escrita por Fabián Casas.

Como siempre, lo más interesante del festival estará en los resquicios, en las sorpresas, en esas películas que de otra manera jamás podrían ser vistas por el público argentino y en esos títulos y apellidos de directores muchas veces impronunciables. Pero como una de las virtudes de la programación es su amplitud de miras, también se podrá acceder (antes de su estreno comercial) a filmes como La cinta blanca, del austríaco-alemán Michael Haneke, que ganó la Palma de Oro en Cannes en 2009. Una vez vista la silenciosa, oscura, asfixiante película de Haneke, es fácil entender por qué El secreto de sus ojos de Juan José Campanella se llevó el Oscar a la mejor película extranjera. En la producción argentina el mundo es binario, como sólo sucede en la ficción: buenos de un lado, malos del otro, una fotografía de colores saturados para una trama en la que la redención es posible y la justicia siempre equiparará las cosas.

Haneke, por su parte, es implacable desde el blanco y negro, en una historia donde las palabras no abundan y los misterios son siniestros. En el pueblo de La cinta blanca uno no sabe a quién tenerle más miedo: a los adultos, a los niños, a los curas, a los médicos, a los gobernantes, a los terratenientes. Si después de El secreto de sus ojos la gente salía del cine reconfortada, lista para una discusión liviana en familia durante la cena, después de La cinta blanca lo único que queda es el recogimiento y la pregunta por el destino final del género humano.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Del graffiti al urban art

Marzo 28th, 2010 · No Comments

Demos gracias porque este tipo de libros sigue llegando a la Argentina desde Europa: la reedición, actualizada, del moderno clásico Graffiti. Arte urbano de los cinco continentes, de Nicholas Ganz. La primera versión, de 2004, exponía miles de fotografías de los artistas del género más importantes del mundo (individuales y en grupos), divididos alfabéticamente y por continentes. Esta edición agrega algunos nombres y algunos textos. Y le da la posibilidad a Ganz de referir que, como era de esperar, así como el graffiti evoluciona de manera permanente, incorporando técnicas diversas que de ninguna manera se acaban en el aerosol (pinturas, calcomanías, esculturas, pósters, aerografía, tizas), también lo hace la terminología propia y las categorías: “Actualmente muchos han comenzado a referirse a un nuevo graffiti, al que suele denominarse con más frecuencia como neograffiti, posgraffiti, arte urbano o street art”, escribe el autor.

En el demasiado breve apartado “Historia universal del graffiti” (de un libro de este calibre y de tal importancia podían esperarse textos más abarcativos o exhaustivos), Ganz cuenta que el origen del término viene del italiano sgraffio (arañazo), que sus orígenes se remontan a Grecia y Pompeya, y que si bien existieron algunas manifestaciones de artistas callejeros durante la Segunda Guerra y en las revueltas estudiantiles de las décadas del 60 y 70, fue en los 80 y en la ciudad de Nueva York donde estas expresiones comenzaron a tomar verdadera relevancia, a partir de las pintadas en trenes y subterráneos de Manhattan (la mejor manera de exhibir esas intervenciones y que fueran vistas diariamente por millones de personas).

Al principio fueron tags, esas rúbricas tipográficas (esas firmas) que aún se ven en todos lados, y recién después comenzaron a aparecer las piezas (masterpieces) u obras en sí mismas. Aquí figuran muchos de los nombres más relevantes de este tipo de intervención urbana a nivel mundial: Os Gemeos, Merz, Dalek, Swoon y, por supuesto, el gran referente del stencil, el inglés Banksy, autor de célebres y desafiantes obras de protesta (y que se animara a colgar hace un tiempo, con sus propias manos, su versión personal de La Gioconda en las paredes del Louvre).

En Sudamérica, se sabe, es la ciudad de San Pablo la que va a la vanguardia del arte callejero. En la Argentina aún se trata de un movimiento emergente, aunque en ciertas obras y nombres presentes en este libro (Alexone, Asstro) se advierte la evidente influencia de este tipo de arte en los ilustradores de tiras diarias locales. La mano del capital, que todo lo toca (y todo lo corrompe), no podría estar exenta del arte urbano: muchos de los creadores han sido primero tentados y más tarde contratados por agencias de diseño, publicidad y marketing. Tal vez por eso Ganz se sienta impelido a escribir, hacia el final del volumen: “La calle y los espacios públicos son el corazón del graffiti, que no está pensado para las galerías o la publicidad. Representa una filosofía de vida, la de reivindicar la calle y ser libre para rediseñar el propio entorno. Se trata de un arte anarquista en el que cualquiera puede participar (…) al tiempo que se transforma el paisaje urbano que unos extraños han configurado arquitectónicamente”. Y todavía hay gente que cree que el arte está sólo en los museos.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Si esto es un hombre

Marzo 21st, 2010 · No Comments

Busco un libro corto para leer en la cama antes de dormir. Elijo el Diálogo sobre el poder y el acceso al poderoso, de Carl Schmitt. Schmitt (1888-1985), jurista, filósofo y político alemán, vivió casi cien años, participó del círculo político íntimo del gobierno de la república de Weimar y, después de intentar frenar el ascenso de Adolf Hitler al poder, se plegó al nacionalsocialismo, de donde fue corrido más tarde por las SS. Luego de la derrota alemana en la Segunda Guerra, fue juzgado en Nuremberg y estuvo preso unos pocos años. De ideas antiliberales, estudió la obra de Thomas Hobbes y casi todo su pensamiento gira en torno del concepto de poder. Este pequeño libro, elaborado por el propio Schmitt para ser transmitido en forma de diálogo radial, fue descripto por él como “una especie de juego mental que gira en torno a la oposición entre el pensamiento moral y el dialéctico” y como “una prolongación de las reflexiones de Nuremberg”.

Entonces: hay un supuesto estudiante que pregunta y del otro lado Schmitt, que responde. Leído a más de medio siglo de su aparición (fue publicado en 1954), los diálogos pueden sonar algo sencillos, pero es sólo una primera impresión. Porque lo que impacta es pensarlo en contexto: esta síntesis teórica no sólo se demostró cierta con el tiempo sino que parece haber sido asimilada al pie de la letra por muchos gobiernos actuales. Schmitt comienza tratando de ver cuál es la fuente del poder. Para eso, descarta tanto a la naturaleza (superada por el hombre) como a Dios (olvidado por el hombre). “Nos queda una sola respuesta: el poder que un hombre ejerce sobre otros hombres proviene de los propios hombres”, dice. ¿Por qué debieran unos obedecer a los otros? Simple, por coerción: “La relación entre protección y obediencia sigue siendo la única explicación para el poder”. Luego, el jurista asegura que el poder es una magnitud objetiva con reglas propias y que todo poder directo está sujeto a influencias indirectas. ¿Cuáles? Los círculos que rodean al poder. Schmitt, claro, está hablando de él mismo cuando asegura: “Delante de cada espacio de poder directo se forma una antesala de influencias y poderes indirectos, un acceso al oído, un pasaje a la psique del poderoso”. Esta antesala estaría formada por los cortesanos, los ministros, los confidentes: los que informan al soberano y en los que él confía. Así, el que decide también se hace, al mismo tiempo, dependiente. Como conclusión, Schmitt agrega: “No digo que el poder de los hombres sobre los hombres sea bueno. Tampoco que sea malo. Mucho menos digo que sea neutro. Sólo digo que es una realidad autónoma respecto de todos, incluso del poderoso”.

A veces, lo más interesante de un libro está en sus apéndices. En este caso, en el Posfacio de Gerd Giesler, en el que cuenta la historia del diálogo, su confección y posterior publicación. Del Diálogo sobre el poder se imprimieron 3 mil ejemplares: en 1954 se vendieron 810; en 1955 unos 260; de 1956 a 1960, 330; y de 1961 a 1967, otros 265. “El resto fue destinado al reciclado en 1969″, dice Giesler. Schmitt vendió 1.500 ejemplares en trece años, siendo uno de los pensadores más polémicos del siglo XX. Como se ve, si bien ha pasado mucha agua en la historia del mercado editorial, los libros nunca fueron un artículo de consumo masivo.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Literatura, sexo y revolución

Marzo 14th, 2010 · No Comments

Hablemos de películas, una vez más. (Pero no, no de los Oscar, por favor. Ni de Quentin Tarantino ni de Pedro Almodóvar, que después de su rol en la transmisión del otro día descendieron varios escalones en mi escala de estima personal. Porque a pesar de haberme propuesto evitar cualquier título que fuera a tener algo que ver con la ceremonia, y por diversas razones, terminé sufriendo dolores de estómago tanto con la que fue elegida como mejor película como con la que recibió el premio a la mejor película extranjera. Si quieren una recomendación, aunque no fervorosa, vayan a ver a Jeff Bridges en Corazón rebelde. Sigamos).

Santiago Loza nació en Córdoba en 1971. También dramaturgo y director teatral, en 2003 dirigió una película oscura y misteriosa, una historia de amor sutil y asfixiante llamada Extraño, con Julio Chávez y Valeria Bertuccelli. Ahora acaba de estrenar en el MALBA un documental sobre el poeta, escritor y militante político Néstor Perlongher, Rosa patria, centrado en su participación dentro del Frente de Liberación Homosexual (FLH), una organización que suele ser relegada a la hora de revisar la historia de las agrupaciones revolucionarias de la década del 70 (y cuando se la recuerda, tan sólo se menciona el episodio en que los Montoneros, que la habían aceptado como un mal menor, le quitan su apoyo en un acto público mientras entonan los delicados versos: “No somos putos/no somos faloperos/somos soldados de las FAR y Montoneros”).

La película de Loza va de menor a mayor, y de lo cómico a lo trágico, a través de una serie de testimonios de antiguos compañeros, familiares y amigos de Perlongher (entre los que se cuentan Arturo Carrera, Rodolfo Fogwill, Fernando Noy, Osvaldo Baigorria y Juan José Sebreli), que comienzan hablando sobre las escasas virtudes físicas (”era horrible”, “parecía una señora vieja”) del poeta. Perlongher nació en Avellaneda en 1949, estudió literatura y sociología, fue un personaje central en la historia del FLH, cayó preso antes del golpe de 1976, se fue a vivir a Brasil donde fue profesor y elaboró su tesis sobre prostitución masculina, pasó una temporada en París (donde enfermó de sida) y murió en San Pablo en 1992. Pocos años después, en 1997, la editorial Seix Barral publicó lo que había hecho mientras tanto, y que era lo que mejor hacía: escribir poesía. El libro se llama Poemas completos, e incluye desde el libro Austria-Hungría (publicado en 1980 por el sello editorial que dirigía Fogwill) hasta sus últimos textos; pasando, claro, por el que tal vez sea su poema más famoso, Cadáveres (y aquellos versos: “En lo preciso de esta ausencia/En lo que raya esa palabra/En su divina presencia/Comandante, en su raya/Hay cadáveres”).

Perlongher firmaba algunos textos como Rosa Luxemburgo, de ahí el título del documental de Loza, que acompaña la biografía del poeta desde sus reivindicaciones revolucionarias (”Amar y vivir libremente en un país liberado”) hasta los años en que recuerda esas aventuras con nostalgia y pudor (”Qué locos estábamos”). Paradójicamente, Perlongher no aparece nunca en imagen, salvo en viejas fotos, y la mirada del espectador es guiada varias veces por desvíos no siempre interesantes. Pero Loza salda al menos, con este filme, una deuda: rescatar, antes de que sea tarde, la memoria de los participantes de una agrupación política tan fugaz y (a la vez) vanguardista como el FLH.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Una hora hablando de libros

Marzo 7th, 2010 · No Comments

Mis vacaciones empezaron huyendo del alerta meteorológico que pronosticaba tormentas en Buenos Aires, transcurrieron bajo el frío de la cuarta mayor nevada en la historia de la ciudad de Nueva York, y terminaron en una estadía involuntaria de dos días y medio en Santiago de Chile, días después del terremoto. O tengo mucha mala suerte, o algo bastante extraño está pasando en el mundo.

Así que acá podría aprovechar para escribir un relato de tinte kafkiano acerca de cómo la burocracia empresarial (algo evidente) y el progreso tecnológico (no tanto) se convierten en perfectas trampas. Podría escribir cómo frente a una catástrofe natural, en lugar de hacer todo lo posible para ayudar a la gente a volver a sus casas, o de brindar información precisa y certera en medio del caos y la confusión, empresas aparentemente sólidas como LAN evaden toda responsabilidad y desaparecen de la faz de la tierra, dejando a sus pasajeros varados en ciudades como Nueva York, Lima, Río de Janeiro. Podría escribir cómo LAN confirmaba sus vuelos por teléfono (una vez que alguien atendía los teléfonos) para después cancelarlos sin aviso, cómo la página web de la compañía (cuando el sistema no estaba caído) sugería registrarse por vía informática para luego perder esa información, cómo se despachaban valijas para más tarde asumir que la empresa no tenía la más mínima idea de hacia dónde habían sido enviados esos equipajes. Podría decir que vi a cientos de personas haciendo filas interminables frente a las oficinas de LAN en distintos aeropuertos y ciudades para recibir las mismas respuestas: no sabe y no contesta. Podría imaginar cuán difícil tendrá el futuro la sociedad chilena una vez que salga de esta tragedia. O de cuánto pueden llegar a extrañar a Michelle Bachelet y preguntar cómo Sebastián Piñera, el presidente electo, pretende dirigir un país cuando LAN, la empresa que fundó y comandó hasta hace muy poco tiempo, es incapaz de dar mínimas respuestas en tiempos de crisis.

Pero no vale la pena perder tiempo hablando de eso. Más interesante es ver cómo se amalgamó y puso en marcha la sociedad chilena frente al sismo que mató, hasta ahora, a 800 personas. Previsiblemente, ni en la calle, ni en los restaurantes, ni en la televisión se hablaba de otra cosa. Algunos corrían la voz sobre saqueos, otros temían la salida a la calle de los militares, cada quien contaba su propia experiencia del terremoto. Pero a los pocos días, y a pesar de las evidencias físicas, la vida en Santiago de Chile volvía a transcurrir, al menos para lo que un turista necesita. Así que aproveché para conocer la que todos señalan como la mejor librería de Chile: Metales Pesados, en la calle José Miguel de la Barra. Y ahí estaba Sergio Parra, su dueño, contando que sí, que durante el temblor estaba en una fiesta, para cambiar inmediatamente de tema y preguntar por amigos en común, para recomendar nuevos autores, para mostrar que lo que un buen librero y editor debe ofrecer es una variada y a la vez estrictamente diseñada selección de títulos. Parra contó que vendrá este año a la Feria del Libro de Buenos Aires y que traerá alguno de los volúmenes que publicó con el sello de la librería, entre los que están los que me traje en la valija: los cuentos de Armas arrojadizas, de Marcelo Mellado, y el ensayo El narrador de Walter Benjamin. Lejos de preocupaciones y noticias, esa hora hablando de libros (la literatura como refugio) fue la mejor de los últimos días.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Postales de Nueva York

Febrero 28th, 2010 · 3 Comments

Dejo atrás Buenos Aires una vez más, con un sentimiento contradictorio. Veo videos en Internet de la segunda tormenta en menos de una semana y los trenes desatan tsunamis en las vías de Palermo, los autos flotan como troncos, todo se vuelve caos irremediablemente, y me pregunto, como lo habrán hecho muchos, cómo puede ser que una ciudad como ésta deba seguir sufriendo los mismos problemas durante décadas. Y llego a Nueva York. Y al segundo día acá comienza a nevar (los inviernos, como los veranos en Buenos Aires, son cada vez más largos y pueden durar hasta cinco meses), y al tercer día la ciudad colapsa: los subtes dejan de funcionar, las clases en las universidades se suspenden, la gente que vive fuera de Manhattan debe caminar con la nieve hasta las rodillas para llegar a su trabajo, los aeropuertos cierran. ¡Quizá estemos mucho más cerca del Primer Mundo de lo que siempre pensamos!

¿Qué decir de Nueva York que no se haya dicho ya, cómo escribir algo que no haya sido escrito, cómo escapar a los lugares comunes? Precisamente no intentándolo. No hay nada nuevo que pueda decirse, eso es todo. El Central Park es un prodigio de la naturaleza en el medio de la gran ciudad, hay que comer bagels y hamburguesas, hay que caminar como hormigas en medio de una ciudad que (ésta sí, como Buenos Aires en el pasado) parece no descansar nunca. La gente va y viene y trabaja diez horas por día para sobrevivir y consume, a pesar de la crisis (que es notoria), porque básicamente es un sitio diseñado para eso, para el consumo: de comidas y bebidas, de ropa, de lo que a uno se le pueda ocurrir. Por momentos Manhattan deslumbra, y segundos después puede parecer la ciudad más vacía y sin sentido del mundo. ¿Detrás de qué corre la gente que corre y atropella por las calles? Pero todo puede ser peor. Y la nueva campaña publicitaria de Diesel (una de las marcas de jeans más exclusivas del mundo) parece querer contribuir un poco más al hundimiento de la especie humana. Los afiches y carteles están por todos lados, uno no puede dejar de verlos aunque quiera. Dicen cosas como ésta: “La gente inteligente puede tener el cerebro, pero los estúpidos tienen las pelotas”; “Los inteligentes critican. Los estúpidos crean”. Y por todos lados el llamado, la imposición, la guía craneada por los publicitarios de Diesel (¿cuánto habrán cobrado por una idea tan, cómo decirlo, poco inteligente?) que reclama en colores chillones: “Sé estúpido”. Como si hiciera falta.

Menos mal que están los museos, esos refugios para las nevadas. Cada tanto, hay algo ahí que vale la pena ver. Y desde el 22 de noviembre pasado, y hasta el 26 de abril, el MoMA exhibe la primera gran retrospectiva sobre Tim Burton. Dibujos, bocetos, pinturas, storyboards, papeles personales, muñecos. Ya se escribió, también, suficiente sobre la muestra, que vale la pena, sobre todo, como aliciente para los jóvenes artistas, para los que no creen que haya que ser estúpido para crear: ahí, en sus primeros bocetos, en las cartas que Burton le escribe a los ejecutivos de la Disney casi implorando que se tomen un minuto para ver sus trabajos, queda claro que su camino fue largo y arduo. Y que más que la estupidez, es la voluntad y la perseverancia, la persistencia incluso en el error, lo que hace verdaderamente único a un artista.

*Desde Nueva York.

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

Los policías más locos del mundo

Febrero 22nd, 2010 · 2 Comments

Un amigo me dijo una vez que más allá de los intentos de Borges y Bioy Casares, de Walsh y de algunos otros pocos autores, la literatura policial no se había desarrollado nunca lo suficiente en la Argentina por una cuestión de verosimilitud: ¿quién iba a creer que las fuerzas militares o policiales podían ser las encargadas de perseguir y castigar el crimen, si la historia del país demostraba que eran esos cuerpos los que por lo general lo perpetraban, lo avalaban, lo cubrían o lo estimulaban? No hace falta ir más allá del Nunca más para entender que mi amigo tenía razón, y Pablo Trapero se encargó de liquidar el asunto en 2002 con la película El Bonaerense. Pero parece que ya no somos los únicos que desconfiamos de quienes tienen la aparente tarea de velar por nuestra seguridad. Uno puede seguir a través del cine y las series de televisión (que suelen reacionar frente a la realidad más rápido que disciplinas como la literatura o las artes visuales, tal vez con la excepción de la fotografía), es decir, de los emergentes más poderosos de la industria de la imagen, cómo va cambiando el relato que una sociedad hace de sí misma. Y son el cine y la televisión estadounidense, el centro de aquella industria, los que en los últimos veinte años cambiaron el lente con el que describían a sus propias fuerzas de seguridad.

Durante la década del 80, aunque la policía fuera lenta y corrupta, siempre aparecía un héroe individual que la redimía. Está bien, no pretendían ser películas realistas o verosímiles, y estaban mucho más cerca de la comedia que del thriller, pero ése era el mensaje final (el optimismo sembrado por la excepción) de sagas como Arma mortal, con Mel Gibson, que comenzó en 1987, y de Duro de matar, con Bruce Willis, que arrancó en 1988. Hoy por hoy las cosas cambiaron, y para encontrar policías confiables hay que revolver entre los científicos y laboratoristas de CSI, encerrados en su universo de hisopos y ADN, tan distintos a los agentes de a pie que recorren las calles. Y para un relato más acercado a lo que la sociedad cree que sucede en realidad hay que pegarle un vistazo a una de las mejores series de los últimos años, The Wire: la historia de un cuerpo de policías de Baltimore, que comenzó en el 2002 y que en cada una de sus cinco temporadas mostraba cómo la corrupción y la ineficiencia son virtudes que pueden atravesar asociaciones, gremios y profesiones enteras: la policía, pero también los sindicatos y hasta el mundo del periodismo.

La semana que viene se estrena una película por lo menos curiosa: The Bad Liuetenant, remake de Werner Herzog del filme de Abel Ferrara de 1992. El personaje de Harvey Keitel es interpretado ahora por un gran Nicolas Cage (más parecido físicamente a Christopher Walken que a sí mismo), y la acción se traslada de Nueva York a Nueva Orleans días después del huracán Katrina, lo que le da la posibilidad al director de que todo luzca a la vez desolador y lisérgico. Las tomas subjetivas de los lagartos y las iguanas con fondo de música blues son sencillamente magistrales. Y la moraleja es la misma que la de The Wire: cuando los policías hacen bien su trabajo, los castigan y marginan a puestos administrativos. Y, cuando lo hacen todo mal, son premiados y promovidos. Cualquier parecido con la realidad, bueno, pregúntenle a David Simon o a Werner Herzog.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Toda la literatura en un solo estante

Febrero 14th, 2010 · 1 Comment

Si uno hace periodismo cultural o trabaja en la industria editorial, le guste o no, tiene que tener un ojo puesto en España. Lejos en el tiempo quedó la época en que la Argentina podía marcar una agenda o cautivar la atención de escritores, editores y lectores de América latina y Europa: ahora, en apariencia, todo pasa por España, ese extraño mercado, y más específicamente por Madrid y Barcelona, centros de la industria del libro en lengua castellana. Hay que ver entonces primero qué se edita allá para saber qué llegará a la Argentina tiempo después (así nos enteramos, por ejemplo, que la novela inédita de Roberto Bolaño El Tercer Reich acaba de aparecer y se distribuirá aquí recién dentro de un par de meses); hace falta leer las secciones culturales de los diarios españoles para intentar prever los rumbos y las decisiones a las que se volcarán editores y grupos editoriales en el futuro. Habrá que aceptarlo: somos un mercado marginal y no parece que la situación vaya a cambiar pronto. Así las cosas, el diario El País publicó el jueves pasado las declaraciones de la ministra de Cultura de España, Angeles González-Sinde, que anunció que en 2009 la edición digital creció el 35 por ciento con respecto al año anterior: unos 11.403 contra los 8.447 de 2008. Ya en 2007 la edición de libros en formatos que no fueran papel representaban el 10,5 por ciento de la facturación editorial, y todo parece señalar que esos números seguirán en alza.

¿Qué significa esto? Nadie lo sabe muy bien todavía. Para empezar, es cierto que los porcentajes deslumbran por lo significativos, pero hay que tener en cuenta que no podría ser de otra manera, ya que se trata de un negocio nuevo que comienza a medirse desde cero. Algo similar sucede con el cine y sus números, a partir de la nueva niña mimada de la industria, la tecnología en tres dimensiones: los balances dan positivo, ya que los espectadores se vuelcan en masa hacia productos como Avatar, que proponen una nueva manera de ver cine, aunque no necesariamente una mejor. Ahora, con el iPad de Apple, presentado en sociedad días atrás por Steve Jobs, se supone que con un solo aparato (delgado, atractivo y liviano) cualquier persona podrá consultar su correo electrónico, navegar en la Web, bajar decenas de películas y archivar miles de libros. La cantidad está asegurada, aunque no se conozca la finalidad: sabemos con Borges que lo mejor de la literatura universal cabe en un estante y en apenas un centenar de títulos.

Al margen de que haya quienes aseguran que el libro es un invento imperfectible (como el vaso, el clip, el tenedor, la rueda), existe un tema central sobre el que expertos, neófitos, optimistas y apocalípticos no logran ponerse de acuerdo: ¿los dispositivos electrónicos lograrán hacer de la lectura de libros una actividad masiva y popular? Todo parece indicar que no: que más allá de lo que los libros puedan o no aportar a cualquier ser humano, el acto de leer depende más de una inducción afectiva, de una transmisión interpersonal o de una adecuada enseñanza que de lo rápido, barato y accesible que pueda llegar a ser un aparato. Lo que no quita que, apenas tengas la oportunidad, corra a comprarme uno.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Sólo te quiero como amigo

Febrero 7th, 2010 · No Comments

En lo que suele llamarse nuevo cine argentino hay directores con un talento evidente (Mariano Llinás, Adrián Caetano, Pablo Trapero, Santiago Loza) y otros que, además, pudieron crear atmósferas y universos propios y reconocibles, como Lisandro Alonso y Lucrecia Martel. Dentro de este segundo grupo podría ubicarse ya a Ezequiel Acuña (Buenos Aires, 1976), el director de películas como Nadar solo (2003), Como un avión estrellado (2005) y la recientemente estrenada Excursiones (2009). Las dos primeras películas de Acuña eran demoledoras: retrataban la soledad adolescente, los vaivenes del desamor y las dificultades de crecer de una manera tan singular como agobiante. Eran películas tristes, un poco demasiado serias, sin resquicio para el humor. Excursiones (que se estrenó y se sigue exhibiendo los viernes y sábados de febrero en el Malba) viene, en este sentido, a repartir el juego otra vez. Aquí están algunos de los rasgos de estilo de sus obras anteriores (la magnífica musicalización, las escenas de playa, la obsesión narrativa en torno a la amistad) pero esta vez Acuña decidió filmar, básicamente, una comedia. Y no una más, sino de las más sutiles e inteligentes que el cine argentino haya dado en mucho tiempo.

La trama, que es lo que menos importa, es sencilla: dos amigos de treinta y pocos años se reencuentran luego de una década de no verse. Habían sido compañeros inseparables en el colegio secundario, pero una desgracia los alejó hasta que uno de ellos (Marcos) decide retomar el contacto para que el otro (Martín, devenido en guionista de televisión) lo ayude a retocar una obra de teatro que debe estrenar en pocas semanas. A partir de allí los recuerdos en común, el rencor acumulado y los celos mutuos harán avanzar la película a través de magníficas escenas sostenidas por silencios incómodos y diálogos rápidos e inteligentes, como si hubieran sido escritos a cuatro manos por Woody Allen y Richard Linklater. Acuña, como en ocasiones anteriores, separa las escenas con breves videoclips (quizá el único recurso que se vuelve algo repetitivo) y utiliza como banda de sonido las canciones de un grupo de rock independiente, tan adecuadas que se vuelven parte fundamental del relato (en las películas anteriores Jaime sin tierra y Mi pequeña muerte; en esta, las del grupo uruguayo La Foca). Hay locaciones que obligan a preguntarse cómo a nadie se le ocurrió utilizarlas antes (una larga escena dentro de una cancha de paddle abandonada) y momentos hilarantes, como en el que los protagonistas se turnan para manejar un avión a control remoto.

Acuña demuestra que puede manejar el registro humorístico como pocos, y que es muy consciente de que los personajes secundarios son fundamentales. Es por eso que en Excursiones hay varios de ellos, todos inolvidables: la hermana pequeña de Marcos, patinadora compulsiva; un coreógrafo minimalista amigo de Martín; su hermano, un afectado músico adolescente; y un director de teatro paranoico que vive alejado del mundo en algún lugar de la Costa Atlántica. No es tarea fácil abordar como tema, con sensibilidad y humor, la amistad entre hombres: ese vínculo cargado de deseo sublimado, bromas pesadas y complicidades. Acuña lo hizo y el resultado es esta pequeña (y a la vez) gran película.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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A cada quien su propio Salinger

Enero 31st, 2010 · 2 Comments

“Si de veras quieren oírlo contar, lo que probablemente querrán saber primero es dónde nací, cómo fue mi infancia miserable, de qué se ocupaban mis padres antes de que yo naciera, en fin, toda esa cháchara estilo David Copperfield; pero, para serles franco, no me siento con ganas de hablar de esas cosas”. Esta es la versión castellana del brillante comienzo de El cazador oculto, según uno de los fetiches de mi Salinger personal: una edición ajada, humedecida en los bordes del papel y borroneada en la cubierta y contratapa por trazos de birome negra (seguramente por mí mismo cuando tenía unos seis meses, ya que la edición de la Compañía General Fabril Editora que robé de la biblioteca de mis padres en mi adolescencia tiene pie de imprenta en abril de 1976). Muchos años después de ese afortunado saqueo, cumplí con un rito gastado a través de generaciones: le regalé un ejemplar de la novela a mi hermano menor, cuando él andaba por los once o doce años. Es lo que pasa con Salinger, y especialmente con ese libro: así como a Holden Caulfield, el protagonista de El cazador oculto, le daban ganas de llamar a sus escritores favoritos por teléfono luego de leer sus obras, es imposible abordar esas páginas y contener, luego, el impulso de compartirlas con las personas que más queremos.

Salinger es también uno de los más claros ejemplos de aquella verdad literaria que dice que los grandes escritores suelen ser tipos conservadores y algo despreciables. Según dejaron trascender los testimonios de sus mujeres e hijos, puertas adentro era una especie de tirano, y no cuesta imaginarlo como uno de esos abuelos hoscos e insufribles a los que hay que tolerar una o dos veces por año en las reuniones familiares. Además, estaba tan obsesionado con el cuidado de su exigua obra publicada que era capaz de prohibir muy buenas traducciones (como la que en su momento realizó la editorial Sudamericana) o de obligar a volver al título El guardián entre el centeno (en lugar del mucho más fiel y bello El cazador oculto) porque alguien se había tomado el atrevimiento de diseñar una tapa sin consulta, o agregar sus datos biográficos (Salinger los evitaba, al igual que a las fotografías, en las ediciones de sus libros) en una solapa. Pero, al mismo tiempo: ¿cómo no querer a un tipo que demuestra (en sus novelas y en cada uno de los Nueve cuentos) una sensibilidad fuera de lo común y que gustaba de aporrear y demandar a curiosos, paparazzi y periodistas indiscretos? ¿Cómo no admirarlo, a él que hizo del retiro de la vida pública una norma de vida, y que demostró que para ser un gran escritor lo importante es escribir, y que publicar es algo accesorio, de ninguna manera necesario?

Con sus cuentos sucede lo que con muy pocos: pasan con facilidad la prueba de la relectura. Se puede volver a ellos una y otra vez, jamás sentir vergüenza del lector que uno fue y descubrir cosas nuevas. Como, por ejemplo, en “Para Esmé, con amor y sordidez”. Allí está su opinión sobre el mundo editorial (”Empecé a explicarle que en los Estados Unidos todos los editores eran una banda de…”) y una lección de literatura breve y contundente, en boca de una niña y dirigida a un escritor: “¡No tiene por qué ser prolífico! ¡Basta con que no sea estúpido e infantil!”. Sin él, el mundo será un lugar un poco más banal.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Los libros, en la encrucijada

Enero 24th, 2010 · No Comments

Tres industrias frente a diversos desafíos, tres negocios que atraviesan distintos momentos: el cine (adaptándose y creciendo), la música (mutando, pero a la deriva y en una profunda crisis) y los libros (frente a urgentes cambios, y sobreviviendo). La semana pasada el diario El País publicó los números de la industria discográfica española, apenas un ejemplo de lo que sucede a escala mundial: en 2009 las ventas siguieron en picada, cayendo esta vez un 19 por ciento respecto a los números, de por sí alarmantes, de 2008. A nivel global el panorama no es más alentador: una baja del 10 por ciento en promedio, y una pérdida del 30 por ciento del negocio entre 2004 y 2009. De este volumen total de ventas, al menos en España, por primera vez la comercialización electrónica de música trepó por encima del 25 por ciento. Es decir, más de un cuarto de la música que facturó la industria española provino de ventas de archivos en formato digital: la única luz que ven los ejecutivos al final del túnel. La situación es tan grave que el propio Bono Vox, el usualmente progresista líder de U2, atacó desde las páginas del New York Times el intercambio y las descargas gratuitas de música en la Web.

Por su parte, la industria cinematográfica, cuyo principal enemigo declarado es también la piratería informática y las descargas ilegales, exhibe orgullosa números en azul por primera vez en mucho tiempo. En España, la recaudación fue un 9 por ciento superior a la de 2008. Y salvo en Finlandia, Irlanda e Italia, en el resto de Europa la asistencia del público a las salas registró un llamativo aumento: en Alemania un 16,4 por ciento, en Holanda un 15, en Francia un 5,7 y en Reino Unido un 5,6. En los Estados Unidos, según las últimas estadísticas, el 2009 fue el primer año desde 2002 en que las ventas de entradas de cine superaron a la facturación del alquiler y ventas de películas en formato casero: 9,8 billones de dólares de recaudación total, un 10 por ciento por arriba de la de 2008. La única explicación que la industria ofrece a este cambio de hábitos es la revolución del cine en 3D. Es por eso que los títulos que dan como resultado estos números son, en su mayoría, tanques y filmes de animación como Avatar, Agora, o Celda 211. Algo similar a lo que ocurre con el negocio editorial, donde los best sellers subvencionan la publicación de otro tipo de libros, entre ellos la literatura más interesante (y la menos comercial).

Dentro de la industria del libro, a principios de año se supo que en la última Navidad y por primera vez Amazon vendió en todo el mundo más libros electrónicos que impresos. Quienes difunden estas noticias tienen sólidos intereses en el negocio, por supuesto. Pero el futuro de la industria es aún un verdadero enigma. Hasta ahora, los cambios para hacerle frente a la crisis han sido ajustar las tiradas, aumentar los precios de tapa y arriesgar menos, es decir, apostar a los nombres reconocidos mediáticamente. Estrategias de corto plazo que nada tienen que ver con formatos futuros o cambios radicales. Habrá que ver si la industria editorial logra reconvertirse como la del cine, o sucumbe bajo el peso de su propia arrogancia, como la musical. Como la tecnología tardó más en tocar sus orillas, al menos corre con una ventaja: puede analizar esos dos ejemplos, y actuar en consecuencia.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Los riesgos de volverse malo

Enero 17th, 2010 · No Comments

Ni marihuana ni cocaína ni heroína: en los Estados Unidos, México y parte de Europa son las drogas sintéticas las que hacen furor y, entre ellas, sobre todo las metanfetaminas (un derivado de las anfetaminas mucho más potente y que, durante décadas, se comercializó legalmente en diversos medicamentos). La metanfetamina fue sintetizada en Japón en 1919 y se cuenta que la utilizaron tanto soldados de la Guerra Civil Española como de la Segunda Guerra Mundial (los nazis, pero también los pilotos kamikazes japoneses). Esta droga, que puede venir en polvo blanco para inhalar o en cristales que se queman para fumar (de ahí sus nombres en la calle, “cristal”, “vidrio” o crystal meth) reduce el apetito, quita el sueño y produce una fuerte sensación de bienestar y euforia. Es una de las drogas más adictivas que se conoce, ya que se asegura que quien consume una vez tiene un 99 por ciento de chances de reincidir, y según estimaciones hechas en los Estados Unidos, si el crack (aquella sustancia de los años 80) aumentaba los niveles de dopamina en el cuerpo un 350 por ciento, el cristal lo hace entre un 1.000 y un 7 mil por ciento.

En la Argentina, tuvimos las primeras noticias sobre la crystal meth en 2008, cuando se descubrió un laboratorio clandestino en Ingeniero Maschwitz, relacionado en apariencia con el Cártel mexicano de Sinaloa. Ahora, en Villa Gesell, acaban de secuestrar unas 80 pastillas de brolanfetamina, llamada DOB (day of birth o “día de nacimiento”, por el bienestar que produce), una droga parecida al cristal aunque, aseguran, mucho más potente.

La metanfetamina, su producción, distribución, consumo y letal efecto sobre el cuerpo y la mente es el centro alrededor del que gira la trama de una de las series televisivas más impresionantes de los últimos años: Breaking Bad. Estrenada en enero de 2008 por la cadena AMC, la segunda temporada terminó en mayo de 2009 y se espera el comienzo de la tercera para abril de 2010. En el medio, la serie ganó varios premios Grammy y se convierte de a poco, con su mezcla de tragedia y comedia (bastante más de lo primero que de lo segundo), en el refugio para los desencantados de otros shows excesivamente estirados como Lost o Prison Break. ¿La historia? Walter White (un admirable Bryan Cranston), genio de la química devenido en profesor secundario en Albuquerque, Nueva México, se entera a los 50 años de que tiene un cáncer intratable. Su mujer está embarazada y sin trabajo, tiene un hijo adolescente con parálisis cerebral y un cuñado que trabaja en la DEA. Le quedan pocos meses de vida, y no tiene mejor idea, para asegurarle un futuro a su familia, que asociarse con un ex alumno, pequeño traficante de drogas, para empezar a producir y vender metanfetamina. Desde ese momento, su vida entra en una espiral de violencia y desastre sin final a la vista, al tiempo que los dólares empiezan a llegar de a cientos de miles.

El autor y director de Breaking Bad (”volviéndose malo”, o quizá también “rompiéndose mal”), Vince Gilligan, participó también en otra serie legendaria, The X Files. Los comienzos de cada capítulo, con sus adelantos de lo que vendrá, son sencillamente deslumbrantes, así como los enfoques, los planos y las actuaciones. En el personaje de Walter White y su ruina está resumido el inmenso atractivo de la serie: la tensión entre una de las tentaciones más humanas (la de volverse rico) y las imprevisibles consecuencias de ingresar al mercado del narcotráfico.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Esos maravillosos perdedores

Enero 10th, 2010 · 2 Comments

Algunos de los que nacimos a mediados de la década del 70 llegamos a conocer el interior de Palladium, de Cemento, de lugares como Autopista Center, pero no sabemos más que por referencias qué fueron el Zero Bar, el Einstein, La Esquina del Sol o el Stud Free Pub. Algunos de los que nacimos a mediados de los 70 llegamos a ver en vivo a Los Redonditos de Ricota y a Soda Stereo, pero nos perdimos a Virus, a Los abuelos de la nada y, sobre todo, a Sumo. Así que a la hora de reconstruir esa parte nuclear de la historia del rock nacional sólo nos queda la música, los relatos de hermanos mayores, grabaciones de baja calidad, viejas revistas y fotografías conservadas por azar. Y sobre todo los documentales, y algunos libros. No creo que exista en este sentido, dentro del campo del cine local, un documental más conmovedor que Luca (2008), de Rodrigo Espina, que reconstruye en diversas locaciones (Inglaterra, Italia, el interior de la Argentina), a lo largo de varios años y a través de decenas de entrevistas e imágenes de archivo nunca vistas, la vida de Luca Prodan y su grupo.

Sumo no fue la mejor, ni la más vistosa, ni la más popular: fue tal vez el único caso en que una banda argentina sintonizó desde un lejano país sudamericano la música que se estaba interpretando en las capitales mundiales del rock (Londres, Nueva York), en simultáneo. Sumo abrevó del reggae, del ska, del funk pero, sobre todo, del punk y el postpunk (el título de su primer disco oficial, Divididos por la felicidad, es de hecho un juego de palabras y un homenaje al grupo inglés Joy Division).

Al insuperable trabajo de Espina se agrega ahora, de forma complementaria, el libro Sumo por Pettinato, de Roberto Pettinato, que mucho antes de convertirse en conductor de televisión fue saxofonista y compositor del grupo junto a Prodan, Ricardo Mollo, Germán Daffunchio, Diego Arnedo y Alberto Troglio. En rigor, este volumen es una corrección y actualización de La jungla del poder, la biografía de la banda que Pettinato había editado en la década del 90. Y aún así sigue siendo un libro caótico, atractivo, perverso y desprolijo, exactamente como parece haber sido la historia de Sumo. Pettinato, y esta es una de sus mayores virtudes, logra borrar aquí el personaje cínico y ciertamente detestable que interpreta en la televisión y, como en las épocas en que dirigía la revista Expreso imaginario, se convierte en un cronista privilegiado, contando la historia desde adentro y con una prosa que sabe exhibir crudeza y poesía a un tiempo. “El barco -escribe sobre un viaje de la banda, como todos, siempre al borde del desastre- se parecía a una hamaca de plaza lanzada con rabia por un padre sin trabajo, y sólo pedíamos llegar como fuere.”

Pettinato dice que, al principio de los 80, el rock argentino se dividía en tres: los new wave, los que querían ser new wave, y ellos. Y describe a Sumo como “el grupo con menos hits radiales” y como “una maravillosa empresa en bancarrota”. Está la anécdota de la pelea en que Prodan le clavó un hueso en la cabeza a Daffunchio, el relato de la grabación de cada disco y la composición de cada tema, viejas conversaciones lisérgicas de Pettinato con Mollo y Daffunchio. La historia, en fin, del más extraño grupo de rock argentino, cuya cara visible era un cantante angloitaliano, ex adicto a la heroína y alcohólico consumado, que cantaba (y murió) como Jim Morrison.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Cómo (no) escribir un guión

Enero 3rd, 2010 · No Comments

A pesar de haber sufrido durante años temporadas de violenta cinefilia y de acaparar casi todo libro sobre cine que ande dando vueltas (ensayos, entrevistas, biografías, guiones), lo cierto es que la mayoría de esos volúmenes termina sufriendo una larga agonía en la biblioteca, ya que pocas veces encuentro tiempo para leerlos. Recuerdo haber disfrutado muchísimo las primeras páginas de clásicos como El cine según Hitchcock, de François Truffaut; ¿Qué es el cine?, de André Bazin, o Historia(s) del cine, de Jean-Luc Godard. Pero son muchos más los volúmenes que pueblan los estantes (Películas clave de la historia del cine, de Claude Beyle, la biografía sobre David Lynch de Quim Casas) y que nunca abrí o (y ésta es una certeza dolorosa) jamás abriré.

Hace un par de semanas alguien tuvo la extraña idea de encargarme la redacción de un guión para un corto cinematográfico. Desde la más completa ignorancia, imaginé que debía ser algo así como la cruza entre un cuento y una obra de teatro. Escribí algunos relatos, en una época solía leer teatro, pero así y todo mi teoría seguía sonando un tanto peregrina, así que fui a la biblioteca (a la parte del piso de la habitación donde se amontonan los libros que todavía no fueron acomodados) a ver si tenía algo a mano que pudiera servirme. Y encontré los guiones recién editados de dos películas muy distintas que me fascinaron por igual: el de Historias extraordinarias, de Mariano Llinás, y el de Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino.

A las dos películas las vi varias veces en el último año y medio, así que todavía tenía las imágenes frescas en la cabeza. Pero no hace falta ser un lector demasiado atento para darse cuenta de que los guiones difieren de lo que terminó siendo el resultado final en cada caso: hay, por ejemplo, en el de Bastardos sin gloria, escenas enteras eliminadas. Leyéndolo como si se tratara del contenido extra de un DVD, uno entiende por qué el director decidió no incluirlas (algunas redundantes, otras atractivas, todas ralentizaban la acción). En el guión de la película de Llinás (que dura cuatro horas y está narrada casi por completo por una voz en off), además de las fotos de rodaje y la ficha técnica completa, se incluyen extensas e interesantes notas al pie que justifican la edición en libro. En estas notas, además de comentar los cambios hechos en la voz que lleva la trama, Llinás cuenta las complicaciones surgidas durante la filmación y devela detalles sobre algunas de las escenas más recordadas por los espectadores y fanáticos del film (la del león, el fragmento bélico y las breves tomas realizadas en Africa).

Tenía apenas una semana para escribir el guión y perdí dos noches leyendo los libros de Llinás y Tarantino. Pero estoy seguro de que sin esas lecturas (y al margen del resultado) la tarea me hubiera resultado sencillamente imposible.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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¿Y dónde están los lectores?

Diciembre 27th, 2009 · 8 Comments

Hace un tiempo me llamó un amigo que dirige una revista erótico-cultural de renombre. Iban a hacer (digo, porque no sé si finalmente la nota se hizo) una producción de fotos con los personajes del año, divididos por áreas de influencia, y quería saber mi opinión acerca de un nombre que había surgido en la reunión de sumario: una escritora cuyo libro generó cierta repercusión en blogs y eventos literarios. Le dije que si estaba buscando impacto y fotogenia, sin duda ése era su personaje. Pero que, hablando estrictamente del campo literario, a lo largo de 2009 se me ocurría por lo menos una decena de autores más relevantes, que merecerían figurar allí por el peso de su obra reciente. Una de las ocupaciones más importantes de la crítica literaria es la de aportar nuevas maneras de leer, generar sentido donde parece no haberlo. El periodismo cultural de los suplementos masivos (la revista Ñ de Clarín, ADN en La Nación, Radar en Página/12 y estas mismas páginas que usted está leyendo, entre otros) también puede ejercer esa tarea, pero sobre todo debería servir para evitarles a los lectores caer en diversas trampas: trazar líneas, señalar los libros que vale la pena leer en medio de la inmensa marea de novedades, identificar lo que son meras apuestas de agentes de marketing y autores ansiosos por hacer fama y dinero fácil. Separar, en fin, lo perdurable de lo que será olvidado en cuestión de días: a nadie le sobra el dinero, mucho menos el tiempo.

Una responsabilidad similar es la que asumieron hace años y sostuvieron también durante 2009 algunos sellos medianos y pequeños: a esta altura, pocos dejan de reconocer (y agradecer) los aciertos en materia de narrativa y poesía de Paradiso, Bajo la Luna, El Cuenco de Plata, Eterna Cadencia, Adriana Hidalgo, Mansalva, La Bestia Equilátera, Santiago Arcos y tantos otros que, sumados a los ensayos y la literatura extranjera que aportan Edhasa, Anagrama, Tusquets, Siglo XXI, Katz y Fondo de Cultura Económica oxigenan los estantes de las librerías. El esfuerzo nunca es vano, y estas apuestas han llevado a que, por ejemplo, algunas editoriales grandes como Planeta y Random House (que suelen concentrar sus fuerzas en el bestsellerismo, la no ficción, la autoayuda y la divulgación histórica) reformularan colecciones para dar cabida a una nueva generación de autores argentinos: Emecé ya publica a Pedro Mairal, Washington Cucurto, Mariana Enriquez, Oliverio Coelho y Federico Falco; Mondadori a Félix Bruzzone, Juan Terranova y Patricio Pron. Es deseable que estas apuestas sean sostenidas en el tiempo para que encuentren o generen su propio público lector.

Nada de todo esto van a encontrar en la nota de tapa de este número, porque de eso solemos ocuparnos a lo largo del año. Las páginas centrales están dedicadas, esta vez, a intentar ver (a través de datos suministrados por editoriales y librerías) cuáles son los títulos más consumidos por los argentinos. Casualmente, o no tanto, muchos de los libros que mayor demanda tuvieron en 2009 son los que vienen sostenidos por estrategias de mercadotecnia internacionales y campañas publicitarias de gran escala. Pero, como cualquiera sabe, más no es mejor. Esto es lo que hay hoy: los argentinos leen poca literatura. Son consumidores más que lectores, ven a los libros como un pasatiempo o un mero entretenimiento. Pero que sea lo que sucede en la actualidad no significa que deba seguir siéndolo siempre. Modificar ese estado de situación es uno de nuestros desafíos.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Lecturas de verano

Diciembre 20th, 2009 · 3 Comments

Acabo de ver un afiche en la calle de una de las editoriales más grandes del mercado que dice “Elegí qué libro vas a leer en este verano”, y debajo una serie de títulos recomendados, en su mayoría de autoayuda, divulgación histórica y un nuevo (o no tan nuevo) género que aceita los mecanismos de las cajas registradoras de la industria editorial: el de los mediáticos que descubren que publicando un libro con reflexiones pueriles, panfletos incendiarios e indignaciones varias por el estado de las cosas recibirán un abultado cheque con sus liquidaciones de derechos de autor, una vez cada seis meses. Un amigo escritor con el que camino también ve el cartel y sugiere otra frase, de una ambigüedad más adecuada: “Elegí con qué libro te vas a castigar este verano”. Después llego a la redacción, abro los mails y encuentro un mensaje similar, de otro de los sellos transnacionales que más facturan en nuestro país. La frase no varía demasiado (”Los mejores libros para este verano”) pero el contenido tampoco: mucha ficción pasteurizada, mucho premio literario, mucha intrascendencia.

El metamensaje es claro: se supone que la gente no quiere complicarse la vida en el verano, por lo que pasa de leer cosas engorrosas, pesadas, repletas de datos (y aquí no se entiende por qué las editoriales recomiendan entonces libros de investigación periodística o ensayos políticos), como si dejaran por diez o quince días los cerebros en remojo en la mesa de luz, mientras parten raudos y orondos en plan vacacional libre de materia gris. Lo más interesante del asunto es que de esta manera aflora una paradoja inevitable: si durante el año la gente no lee libros porque no tiene tiempo, y es por eso que, para desenchufarse, enchufa de lunes a viernes la televisión (y los fines de semana son para descansar), y si durante las vacaciones elige algún título liviano, más para equilibrar dentro del bolso el peso del mate, las cartas de truco y la esterilla que por un interés genuino, ¿cuándo lee? Buena pregunta.

Lo cierto es que no se sabe cuándo lee la mayoría de la gente (tiendo a pensar que cuando puede) pero sí cuándo compra libros, y eso es a fin de año, para las fiestas. Y ésa es la explicación para las campañas de promoción de verano de las editoriales. Pero listas y eslóganes como “los mejores libros para leer en la playa” son simplificaciones cuando no extrañas, por lo menos, graciosas. Suponiendo que la mayoría de las personas decidan sufrir sus vacaciones en la playa (lo que no es seguro) y que discurran su tiempo libre pasando las páginas de un libro, no es lo mismo lo que vaya a leer la portera de mi edificio, que mi tío abogado o mi compañero del fútbol de los jueves.

¿Entonces, qué nos queda? No las sugerencias de las editoriales (actores interesados en el asunto), sino las de las personas cuyos gustos podemos respetar. Pregunten por ahí. Yo, por mi parte, entre las estrictas novedades recomendaría Patriotas. Héroes y hechos penosos de la política argentina, de Juan José Becerra, o la reedición de La vuelta al día en 80 mundos de Julio Cortázar, o los Cuentos completos de Juan Carlos Onetti, o los Malos tragos de Anthony Bourdain. Al fin y al cabo, la diferencia entre comprar o regalar un buen libro o la misma bazofia de siempre es la de pasar apenas unos segundos más frente a los estantes de nuestra librería amiga.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)