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Una lista no se le niega a nadie: la seducción de un arte menor

agosto 16th, 2012 · 3 Comments

Por Maximiliano Tomas

Están por todos lados, y durante mucho tiempo pensé que mi debilidad por ellas era algo que había que ocultar. Pero cada vez que abría los ojos me encontraba con una nueva lista que no podía dejar de leer, en mi biblioteca (1001 libros que hay que leer antes de morir, Películas clave de la historia del cine, Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, Los graffittis de Mayo del 68, Las armas de la conquista de América latina) o en Internet (las de las revistas Billboard, Time, Science o el Village Voice). Hasta que con el tiempo descubrí que era una pasión más bien común y extendida entre autores que admiraba, lo que me sirvió de elegante coartada: Charles Dickens, Walter Benjamin, Georges Perec (son imperdibles las de La vida. Instrucciones de uso), Roland Barthes, Jorge Luis Borges (el maravilloso listado al mismo tiempo infinito e incompleto de El Aleph) y Susan Sontag son sólo algunos de los nombres que se dedicaron a consumir y elaborar todo tipo de listas, ya sea para sus cuentos y novelas como en diarios, ensayos o cuadernos. El semiólogo y novelista italiano Umberto Eco, otro confeso admirador de este género menor, recibió en 2009 un encargo del Museo del Louvre para organizar una muestra y una serie de conferencias, y lo hizo en base a algunos de sus listados favoritos. Más tarde publicó un libro que se llama precisamente El vértigo de las listas.

Eco menciona allí las diferencias entre las listas “prácticas” y las “poéticas”. En el primer grupo estarían las del supermercado, la de tragos en un buen bar, la de los invitados a una fiesta (que no dejan de tener su atractivo para los fanáticos). Las “poéticas” estarían relacionadas con la idea de armar un registro parcial de “aquello que escapa a la capacidad de control y de denominación”, como ocurre con el catálogo de las naves de Homero presente en la Ilíada, o el listado de objetos que contiene el cajón de la cocina de Leopold Bloom en el Ulises de Joyce. “La lista está en el origen de la cultura. Es parte de la historia del arte y de la literatura”, dice Eco, y agrega: “¿Para qué queremos la cultura? Para hacer más comprensible el infinito. ¿Y cómo nos enfrentamos a lo infinito? ¿Cómo se puede intentar comprender lo incomprensible? A través de las listas, a través de catálogos, a través de colecciones en los museos y a través de enciclopedias y diccionarios. Hay cierto encanto en enumerar con cuántas mujeres se acostó Don Giovanni: fueron 2.063, al menos según el libretista de Mozart, Lorenzo da Ponte”.

Cada uno tendrá sus preferencias: hay quienes disfrutan de las listas de los mejores restaurantes, de las cosas que hay que evitar en una primera cita, o de las más grandes películas de todos los tiempos. Yo le agregaría a las categorías de Eco una tercera, que tiene que ver con los listados que elabora el propio mercado: listas que, según quién las interprete, pueden callar o decir mucho sobre un tema. Por ejemplo, las de libros. Publishers Weekly elaboró, de manera completamente arbitraria (como debe ser, claro, para que la polémica esté asegurada), un listado de los libros “más difíciles de leer”. Forbes confeccionó la de los autores que más dinero ganaron en el 2011, y el único escritor verdadero que aparece allí es Stephen King (el año que viene figurará al tope E.L. James, que firmó Cincuenta sombras de Grey y se dice que factura alrededor de un millón y medio de dólares por día por las ventas del libro). Y The Guardian publicó el listado de los cien libros más vendidos en la historia del Reino Unido. Los primeros diez lugares se lo reparten apenas tres autores: James, Dan Brown y J.K. Rowling. El primer escritor relacionado con los círculos literarios aparece en el puesto 33, y es Ian Mc Ewan con Expiación (muy probablemente empujado por la adaptación al cine de la novela).

¿Qué dicen estas listas sobre la industria editorial en inglés, sobre los lectores anglosajones, sobre la literatura? Depende cómo se las mire. Para empezar, que a grandes trazos el del libro es un negocio como cualquier otro, sostenido por la venta de los bestsellers. Que la mayoría de los escritores de literatura no viven de la venta de sus libros. Que lo que más buscan los compradores en las librerías es una extensión de lo que consumen a través de las revistas, la radio, el cine y la televisión: es decir, entretenimiento. Que la gente tiene, en general, un pésimo gusto para elegir libros. Y que la literatura que perdurará cuando esto que llamamos vida termine por agotarse poco tiene que ver con los grandes negocios editoriales: circula por otros canales, depende de otros tiempos de maduración, llega a otros lectores. Lo que, si se lo piensa bien, no tiene nada de malo.

(Publicado en lanacion.com)

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Chau, gracias y nos vemos por ahí

diciembre 23rd, 2011 · 9 Comments

A mediados de 2005 y por sugerencia de Daniel Capalbo, el jefe de redacción del que iba a ser el nuevo diario PERFIL, Claudio Gurmindo, me convocó para crear y dirigir su suplemento de Cultura. Era una decisión por lo menos arriesgada: poner al frente de una sección importante a un por entonces joven periodista de 29 años. Se trataba de un desafío que merecía un plan (siempre debe haber un plan): la decisión fue que este suplemento iba a darles un espacio preponderante a los escritores jóvenes (lo que luego se llamó Nueva Narrativa Argentina) y a los inéditos, publicándolos, leyendo sus libros y ofreciéndoles un espacio de intervención crítica. Esta publicación iba a ser la que se ocupara de difundir los catálogos de las editoriales pequeñas e independientes, sus libros y sus autores. Este iba a ser el espacio donde tuvieran cabida los escritores, editores, periodistas y críticos que, por diversas razones, no contaran con una plataforma  de enunciación. Este iba a ser el lugar que se ocupara de todo lo que no apareciera en las páginas de los otros suplementos culturales. Las dos primeras incorporaciones, al margen del staff de redacción, fueron los contratapistas, que siguen escribiendo hasta hoy: Eduardo Antín (Quintín), que ya no formaba parte de la revista El Amante, y Damián Tabarovsky, que poco tiempo antes había publicado el incorrecto ensayo Literatura de izquierda. El primer número salió finalmente el 18 de diciembre de 2005, con una entrevista de producción propia a Michel Houellebecq en tapa.

Más tarde fue el tiempo de crear nuevas secciones, de dotar al suplemento de miradas nuevas y también de convocar a escribir en estas páginas (y este fue el mayor gusto personal de estos años) a los críticos, intelectuales y ensayistas más destacados del campo cultural, y todos ellos aceptaron con enorme generosidad y escribieron artículos inolvidables. La lista será incompleta, pero desde entonces se convirtieron en columnistas del suplemento Slavoj Zizek, Beatriz Sarlo, Rodolfo Fogwill, Ignacio Echevarría, Elvio Gandolfo, Fabián Casas, Daniel Link, Martín Kohan, Daniel Guebel, Jordi Carrión, Rafael Spregelburd y Roberto Herrscher, entre otros. Durante los últimos seis años, y hasta hoy, fui el responsable de todo lo bueno y lo no tan bueno que se publicó en estas páginas. No sería justo dejar de agradecer aquí a Jorge Fontevecchia, que en todo este tiempo soportó con estoicismo y sin poner una sola objeción a cada uno de mis caprichos. Y a los colaboradores habituales, que sostuvieron con sus notas todas estas ediciones. Entre ellos a Guillermo Piro, Mercedes Urquiza, Matías Serra Bradford, Rubén H. Ríos, Luis Chitarroni, Luis D. Fernández, Alejandro Bellotti, Ezequiel Alemian, Agustín J. Valle, Analía Hounie, Juan José Sebreli, Raúl H. Alvarez, Laura Isola y Daniel Molina.

Editar semana a semana cada una de estas casi 300 ediciones se pareció mucho al trabajo soñado. Puedo asegurar que no hubo un solo artículo en todos estos años que haya respondido a la demanda de un anunciante o de la industria editorial. Todo (con aciertos y errores) fue fruto de la voluntad de hacer un suplemento que respondiera a una sola razón: el deseo personal y el convencimiento de que no existe un lector ideal, sino que, obedeciendo a las propias convicciones personales, ese lector iba a crearse solo. Este es el último número bajo mi responsabilidad. Gracias por haber estado ahí, leyendo y discutiendo. Nos veremos pronto, en otras páginas y otras columnas, ganando algunos enemigos y unos pocos y buenos amigos.

(Publicado en el suplemento de Cultura del diario Perfil).

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Algunos libros para no leer en la playa

diciembre 18th, 2011 · 1 Comment

En un acto de arrojo intelectual, voy a hacer una predicción: en los próximos días usted será capaz de encontrarse con numerosos artículos en donde se invitará a escritores, críticos y editores para que recomienden los libros más importantes del año, o mejor, los títulos que, por vivir de este lado del mundo, se presentarán como los más adecuados para leer durante el verano, al abrasador abrigo de los rayos UV. ¿Pero alguien puede imaginar algo más incómodo que leer en la playa, contra viento y marea y arena y gritos? Más sincero sería que a usted le dijeran mire señor, después de fatigar a lo largo de trescientos días, en el caso de que usted tenga un trabajo bien remunerado y en blanco, ahora le tocan algunas jornadas de esparcimiento, haga con ellos lo que pueda. Más honesto aún: mire, hay dos momentos en que la industria editorial salva el año, y es en la Feria del Libro y durante las fiestas, así que acá le ofrecemos algunos nombres para que no se sienta tan perdido a la hora de entrar a una librería, lugar que se cuidó de frecuentar durante once meses. Y todavía más si alguien le sugiriera que hay diversas maneras de matar el tiempo, y de ellas la televisión es la más barata, pero si quiere, también, existen los libros, esos objetos que se encarecieron bastante durante el último tiempo, pero que todavía son más económicos que un almuerzo en un restaurante de Palermo, o que el precio de una entrada para ir a la cancha a ver a su club favorito, así que hágase el favor y no sea bestia, y contribuya con su cuota anual de cultura libresca.

Así y todo, con tiempo libre y listas a disposición, la mayoría de los compradores suele elegir libros livianos, biografías o investigaciones periodísticas, divulgación histórica o autoayuda, tomos descartables que no hay que lamentar si se mojan o dejan olvidados en la playa o al abandonar la casa de veraneo. ¿Por qué? Es un misterio. Pero déjeme decirle algo: yo odio la playa y el calor, no soporto el sol ni las muchedumbres, y creo, y no debo ser el único, que los buenos libros se leen tanto en verano como en invierno, y los que nos hacen mejores lectores, los que nos deparan algunos fugaces momentos de felicidad, son precisamente los que exigen de nosotros un mayor compromismo, una lectura atenta que nos abstraiga del resto del mundo. Ninguno de ellos, claro, ofrece consejos para ser una mejor persona, conseguir pareja, amasar una fortuna o alcanzar la paz interior. Son, más bien, libros que incomodan, que nunca terminan bien, que muestran a la especie humana en su tránsito a través de una vida llena de soledad, estupidez, infelicidad, miseria e incomprensión. Lo que no quiere decir que sean libros depresivos, o para pasarla necesariamente mal, ni que estén incluso exentos de esperanza y promesas de amor.

Así que si a mí me preguntaran qué libros publicados este año recomendaría a un lector bien predispuesto, mencionaría Un amor para toda la vida, de Sergio Bizzio, o las novelas Trampa de luz de Matías Capelli y Placebo de José María Brindisi. También las crónicas de Trash, de Alejandro Seselovsky. Los ensayos de Simon Reynolds Después del rock. Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas, y el que se lleva todos los premios en la ecuación costo-beneficio: los Cuentos completos de Graham Greene. Léalos en su casa, regálelos o incluso, si no queda otra, llévelos a la playa: quién le dice, quizá en la carpa de al lado haya otra persona inteligente que también odie el sol y la arena y con quien pueda disfrutarlos y compartirlos.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Que se vuelvan todos

diciembre 11th, 2011 · 1 Comment

A principios de 2008 y después de treinta años de trabajo, Beatriz Sarlo cerraba Punto de Vista, una revista fundamental para la literatura argentina. Desde entonces, hubo pocas publicaciones en papel que resistieron la aparente indiferencia de los lectores y el desplazamiento de los discursos: la clásica Diario de poesía, por ejemplo, referencia ineludible, y Otra parte, dirigida por Marcelo Cohen y Graciela Speranza. Signo de los tiempos, tal vez, los debates críticos se mudaron a la Web (Punto de Vista lanzó su sitio, que lleva el nombre de Bazar americano), y además de ciertos blogs surgieron espacios de lectura y reflexión como El Interpretador, Revista Planta, Prometheus y No Retornable, entre muchos otros. El soporte web tiene sus ventajas: circulación masiva, gratuidad y espacio ilimitado. El Interpretador, dicho sea de paso, acaba de lanzar un número doble imperdible, dedicado a dos parejas de hermanos escritores (con entrevistas, textos inéditos y rescates): Leónidas y Osvaldo Lamborghini, David e Ismael Viñas. Y Otra parte, que aparece trimestralmente, presentó en su última edición una serie de firmas notables: Rafael Spregelburd, Mariano Llinás, Pablo Schanton, Jorge Carrión y Claudio Iglesias.

Pero algo pasó en el medio (¿Una nueva puesta en valor de la cultura letrada? ¿El surgimiento de debates urgentes en torno al clima de época? ¿Una necesidad de reflexión a diez años de los sucesos de diciembre de 2001? ¿Dinero exedente de otras industrias volcado a la cultural?), y de repente hubo una masiva recuperación de viejas marcas extinguidas, que vuelven a exhibirse ya no sólo en Internet, sino en los quioscos: en muy poco tiempo se relanzaron las revistas Crisis, La Maga y El Ojo Mocho, apareció Orsai e incluso se comenta que Gabriel Levinas reeditaría, el año que viene, otra versión de la mítica El Porteño.

Como si fuera poco, la editorial Mardulce (que dirigen Gabriela Massuh y Damián Tabarovsky) lanzará en pocos días el primer número de Mardulce Magazine, revista de ensayo y crítica cultural, con textos de Juan Zorraquín, Daniel Link, Selva Almada, Leonardo Sabatella y el propio Tabarovsky. Lo más interesante de esta edición inaugural es una encuesta (¡un trabajo periodístico!) titulado “Frankfurt 2010. Un balance crítico”, acerca de la participación de la Argentina como país invitado de honor en la feria del libro alemana. Dos preguntas (¿Aprendió algo nuevo sobre la literatura argentina? ¿Qué evaluación tiene de ella, tanto en lo que hace a su calidad como a su posición en el mercado?) que responden editores de primera línea, como Corinna Santa Cruz (Suhrkamp, Alemania), Gustavo Guerrero (Gallimard, Francia), Heinrich Berenberg (Berenberg Verlag, Alemania), Dominique Bourgois (Christian Bourgois, Francia), Michi Strausfeld (Fischer Verlag, Alemania) y Brigitte Bouchard (Les Allusifs, Canadá/Francia). Todos coinciden en que en Frankurt no hubo sorpresas y que el programa Sur de subvención a las traducciones fue fundamental para la difusión de la literatura argentina en el mundo. Y también están de acuerdo en que hay, entre los libros y autores argentinos, mucho prestigio y sofisticación literaria, pero ventas más que modestas. Varios de ellos reclaman (¡la industria por la boca muere!), sobre todo, “grandes novelas”, “novelones” o “locomotoras” como las que producen algunos autores estadounidenses, es decir: uno o varios best sellers. Parece que allá, como acá, no es la buena literatura la que da de comer.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Un poco de intranquilidad, por favor

diciembre 4th, 2011 · 9 Comments

Existe algo así como un subgénero del periodismo que podríamos llamar el periodismo cultural buena onda. Para él, todas las noticias son dignas de celebración: la publicación de un nuevo libro, la presentación de una nueva editorial, la participación de un grupo de escritores argentinos en una nueva feria internacional. Hay una periodista que se especializa en difundir con cuidado y frecuencia semanal cada una de estas magníficas novedades, y sus artículos siempre comienzan con un primer párrafo arrebolado de satisfacción, pletórico de observaciones impresionistas (el escritor X habla moviendo levemente las manos, mientras un rayo del sol de la tarde atraviesa la ventana del bar: ese tipo de cosas). Todos los libros le gustan, todos los escritores son simpáticos, todas las opiniones son inteligentes y dignas de atención. A su favor, hay que decir que hizo escuela, y que ya cuenta con epígonos aquí y acullá. ¿Pero es ése acaso el objetivo del ejercicio del periodismo cultural, de cualquier periodismo? ¿No es eso simple propaganda, mera publicidad?  ¿No sería más atinado (más honesto) señalar las tensiones, marcar las contradicciones, denunciar las paradojas de un campo conflictivo como el literario, de una industria en crisis como la editorial? Claro, eso es más complejo, y demanda más tiempo y energía (y granjea más enemigos que amigos).

Por ejemplo: ¿qué hacer con un libro al que uno se aproxima bien dispuesto por un prejuicio favorable, porque se trata de una escritora hasta entonces inédita, publicado por un sello independiente que tiene editores atentos e inteligentes y un catálogo interesante? ¿Qué hacer con Carne viva, el primer libro de cuentos de Vera Giaconi (Montevideo, 1974), publicado por Eterna Cadencia? Pues primero, leerlo. Y después, tratar de sacar alguna conclusión de todo eso. Carne viva está compuesto por siete cuentos, divididos en dos partes. Lo primero que habría que decir es que los cuatro relatos que abren el volumen están escritos con eficacia, que no tienen relación entre sí, que cuentan historias de mujeres incómodas con sus vidas y su entorno. Vera Giaconi escribe bien. Pero eso, a esta altura, no alcanza. Demasiada gente escribe bien hoy en día, tanto que eso ya no significa casi nada. Por momentos, además, los personajes toman incontables infusiones, mantienen largas conversaciones irrelevantes cerca de ventanas que no tienen vidrios sino cristales, abren casi siempre muy grandes los ojos, el calor les golpea mucho las caras, preparan aliños de ensaladas y tienen el pelo rubio como la manzanilla. Y así pasa la primera mitad del libro, y uno se pregunta si es eso todo lo que Giaconi tiene para ofrecer.

Porque: ¿no cabría esperar otra cosa (algo más) de la literatura? ¿Qué, por ejemplo? Por ponerlo en una frase bastante difundida de David Foster Wallace: que tranquilice a los intranquilos e intranquilice a los tranquilos. Por eso se agradece que al llegar a la segunda parte del libro haya tres relatos mínimos (“Nosotros”, “Un pequeño cambio”, “Bajo la piel”) que comparten personajes, y que muestran una fragilidad y una incomodidad (una intranquilidad) que logra construir un universo narrativo inseguro, tambaleante y enrarecido. Tres fragmentos en la vida de una pareja (Teo y Ema), sin comienzo ni final definidos, pero que hablan de la locura (de un día para otro ella deja de comer, aniquilándose con paciencia) y también de los sacrificios que implica toda relación amorosa. ¿Alcanza eso para armar un libro? No, pero por lo menos es un buen comienzo.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Un cadáver exquisito

noviembre 27th, 2011 · No Comments

Yo me enteré (tarde, como siempre) de que existía algo que se llamaba blogs allá por el 2004, en medio de la redacción de la revista Noticias, cuando Nicolás Wiñazki me mostró con entusiasmo, en la pantalla de su computadora, un sitio que se llamaba Los trabajos prácticos. Desde entonces, y con curiosidad e intermitencia, entraba (como muchos otros) a ese espacio virtual (¿pero qué era eso, finalmente: una revista, un sitio de Internet, un blog colectivo?) impulsado por algunos textos de personas que desconocía, y también por el diseño y las atractivas ilustraciones que firmaba otra persona a la que tampoco conocía. Con el tiempo, Los trabajos prácticos fue convirtiéndose en uno de los referentes de esa categorización algo vaporosa que muchos recuerdan como la “era del auge de los blogs”, y fue sumando colaboradores y miradas y dejando tras de sí uno de los mejores registros de una época política y cultural por lo menos compleja, que es la que seguimos viviendo hoy. Ahora, el sello editorial Garrincha Club, fundado por Pablo Perantuono y Santiago Llach, acaba de editar una compilación que le hace honor al siempre vistoso formato de Los TP: un libro bellísimo (que parece un libro, sí, pero también un disco de los Beatles, con paratextos en los espacios más inverosímiles) que recoge siete años de intervenciones textuales, entre 2004 y 2011.

¿Pero qué fue entonces Los TP? Un espacio en la Web donde se discutió con inteligencia, pasión y autoridad sobre temas tan disímiles como las muertes de Cromañón, el estado de la literatura argentina actual, la crisis de los viejos partidos políticos y la emergencia de nuevas figuras y los manejos turbios de los dineros del Incaa (entre muchísimas otras cosas), pero sobre todo un lugar donde se escribía muy pero muy bien, por sobre valores por entonces mucho más de moda en Internet, como la espontaneidad, la sinceridad y la irreflexión. ¡Y que se podía leer gratis! Desde Londres, desde Madrid, desde Buenos Aires y Nueva York los responsables y colaboradores del espacio (Huili Raffo, Ernesto Semán, Esteban Schmidt, Quintín, Ivana Steimberg, Santiago Llach, Hernán Iglesias Illa, Guillermo Piro, Eliseo Brener, Roberto Gargarella, Fabián Casas) fueron cubriendo elecciones, analizando sucesos de la política cotidiana y peléandose en público, cada vez más seguido, sobre los efectos en la vida civil que generaban las transformaciones que hervían en la cacerola que hoy muchos llaman kirchnerismo.

Una selección de varios de esos textos, entonces, componen el libro Holy Fuck. Hablando de kirchnerismo con el recaudador de impuestos, a los que se suman algunas páginas nuevas en que los miembros del informal staff hacen una arqueología personal de su participación en el sitio, y dos escritos inéditos: el poema Muchacha kirchnerista de Llach, y la Carta abierta a Rodolfo Walsh de Schmidt, donde con ironía el autor imagina un diálogo con el escritor y periodista que le sirve para hablar de la precariedad con que suele ejercerse el oficio en nuestros días.

Holy Fuck es un artefacto bello y al mismo tiempo peligroso (como ciertas plantas, como ciertos insectos de apariencia inofensiva), porque sus páginas están cargadas de veneno: ideas, pensamientos y opiniones que nos obligan a recordar que, a diferencia de lo que nos quiere hacer creer nuestra conciencia, las cosas en la Argentina no están tan bien como parece.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Lo que vino después de la creciente

noviembre 20th, 2011 · 1 Comment

El impulso creativo no necesita de la territorialidad, aunque puede servirse de ella. La movida cultural de Córdoba, por ejemplo, no pensó en Buenos Aires para poder transformarse en uno de los epicentros literarios que más y mejores frutos ha dado en los últimos tiempos (aunque pueda establecer con ella relaciones, intercambios, tensiones, oposiciones). Desde hace años, en lugares como Casa 13 o el Centro Cultural España Córdoba, o a través de sellos editoriales como La Creciente, se cocinó una camada de artistas y escritores que hoy emerge con fuerza y se proyecta a nivel nacional e internacional. Como derivación de este fenómeno que los cordobeses conocen bien y los porteños no tanto, hace poco Martín Maigua decidió fundar el sello editorial Nudista, para dar cabida precisamente a los emergentes locales y a otros que compartan el mismo espíritu. “Tenía la idea desde hace un par de años y, aunque quería, no sabía cómo darle una vuelta para que el proyecto no fuera sólo una impresora de libros. Quizás se fue cristalizando cuando empecé a producir eventos cuyo eje central era la literatura, y me di cuenta de que lo que quería era producir movidas culturales. Así fue como me decidí a crear la editorial Nudista y desde allí generar ese cultivo. Para nosotros lo importante es el libro, pero también el libro como punto de partida para nuevas instancias de producciones culturales y artísticas”, dice Maigua. Y agrega que uno de sus modelos fue, precisamente, el trabajo de la editorial La Creciente (que nació en 2004, integrada por Alejandra Baldovín, Alejo Carbonell y Luciano Lamberti, y cerró en 2008), aunque su principal inspiración parecen haber sido “proyectos colectivos como Circo Invisible y Libros Son, donde se destacaba la confluencia de distintas expresiones artísticas que giraban en torno a la literatura, sin dejar de ser ésta el punto más importante y central”.

La editorial Nudista no tiene colecciones, y ya lanzó una decena de títulos, entre los que conviven cuentos, novelas, poesía y no ficción. Entre los nuevos, se destacan Vida en común, del poeta y músico Pablo Natale, Unos días en Córdoba (una muy divertida crónica de Juan Terranova sobre una exhibición de arte contemporáneo en aquella ciudad) y Cielos de Córdoba, novela breve de Federico Falco. Con los cuentos de La hora de los monos, que apareció en 2010, Falco confirmó lo que muchos ya sabían: que era, por varios cuerpos, uno de los mejores escritores argentinos de la actualidad (e incluso se convencieron de ello los editores de la revista Granta en español, que lo seleccionaron como uno de los 22 narradores más destacados de Hispanoamérica). Falco había publicado poesía y relatos, y ahora las historias le salen un poco más largas, pero las escribe con el mismo talento y la misma sensibilidad. Cielos de Córdoba es la historia de iniciación de Tino, un preadolescente que tiene un padre autista desvelado por los ovnis, y una madre internada en un hospital público, espacio por el que se mueve y del que se apropia, como si fuera su cosmos personal. Hay que ser muy obtuso para no empatizar con sus devaneos, sus pensamientos, sus primeros juegos sexuales a la hora de la siesta.

Pero volviendo a Nudista, cabe esperar de la editorial mayores novedades, con las que su catálogo se afianzará: el año que viene publicarán a Silvio Mattoni, Margarita García Robayo, Irene Gruss, Luciano Lamberti y a Cuqui, el que para muchos es el secreto mejor guardado de la ciudad.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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El regreso del rey lagarto

noviembre 13th, 2011 · 1 Comment

Una tarde de 1991, vaya uno a saber por qué, ya que no recuerdo que fuéramos al cine juntos muy seguido, nos metimos con mis amigos Diego Deza y Nicolás Misculin (ninguno pasaba entonces los quince años) en el Cine Mignón que estaba sobre la calle Juramento, entre Cabildo y Ciudad de la Paz, donde hoy creo que hay una iglesia evangelista. La película que vimos era The Doors, de Oliver Stone, en la que Val Kilmer hacía de Jim Morrison y hasta cantaba bastante bien, y salimos literalmente transformados. Desde entonces (a pesar de que con los años aprendimos a desconfiar de las biografías edulcoradas, la película de Stone sigue siendo, en contra de lo que dicen las críticas, extrañamente fiel al devenir de la banda) los tres la debemos haber visto varias decenas de veces más, y fuimos, con décadas de retraso, fanáticos del grupo californiano. Incluso creo que al día de hoy seguimos sosteniendo que los Doors fueron más grandes que los Beatles y los Rolling Stones. De cualquier manera, la película logró el efecto buscado sobre nosotros, e intuyo que también sobre toda una generación que descubrió a la banda con ella y le dio una nueva vida a su música, veinte años después de la muerte de Morrison, en julio de 1971. El impacto fue tan fuerte que una década más tarde, cuando viajé a Europa por primera vez, lo primero que hice al llegar a París fue ir al cementerio de Pere Lachaise a visitar la tumba de Morrison.

Los Doors siempre fueron una banda rara, compuesta por un guitarrista de flamenco, un baterista de jazz, un pianista que tocaba las melodías y suplía el bajo inexistente y un cantante que lo que más deseaba era escribir buenos poemas, o al menos parecerse a Rimbaud o a Verlaine. Días atrás pasaron por cable el documental When You’re Strange, escrito por Tom Dicillo y narrado por Johnny Depp, que se estrenó en el festival de Sundance en 2009 (y en cines del extranjero un año después) y que viene a ser, según el tecladista Ray Manzarek, “la verdadera historia de los Doors”. La película es muy sencilla, un relato cronológico y detallado del surgimiento del grupo (en el verano de 1965) hasta la muerte de Morrison, y entre sus puntos fuertes está el hecho de señalar la importancia de Robby Krieger en la composición de muchos de los mejores temas de la banda. “Los 60 comenzaron con un disparo” es lo primero que dice Depp en referencia al asesinato de John Kennedy, y luego va trenzando a través de las imágenes la vida de Los Doors con los hitos contraculturales de la década del 60. Pero lo que hace a When You’re Strange fundamental para cualquier amante de la banda son algunas imágenes inéditas o muy poco difundidas hasta ahora: fotos de su infancia y adolescencia, la filmación de un Morrison ya erosionado por el alcohol y las drogas manejando a toda velocidad un auto por las rutas de los Estados Unidos, las del escandaloso recital de 1969 en Miami luego del que fuera llevado a juicio por exhibición indecente y uso de lenguaje ofensivo (inolvidable el desconcierto en su cara luego de ser condenado), unos hermosos fragmentos de él nadando en una laguna, bailando en el desierto con unos niños, y las de uno de sus últimos shows, en la Isla de Wight, Inglaterra.

Lo que es una verdadera lástima es que la película no se haya estrenado en cines en la Argentina, ahora que se cumplieron cuarenta años de la desaparición de Morrison: creo que podría haber transformado la vida de tantos otros adolescentes, así como lo hizo con las nuestras.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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La más maravillosa música

noviembre 6th, 2011 · No Comments

Allá por el 2004, en la vieja editorial Interzona, Sergio Bizzio publicó el libro de cuentos Chicos. Bizzio es tal vez el escritor de perfil más bajo de una generación de narradores y críticos destacados (que incluye, entre otros, a Martín Caparrós, Luis Chitarroni, Daniel Guebel y Alan Pauls), y además de novelista, guionista de cine y músico aficionado es un cuentista formidable. Es probable que Chicos, un libro que hasta ahora no volvió a publicarse, haya quedado ensombrecido por las novelas que Bizzio publicó por entonces y un poco después, Rabia y Era el cielo, y que tuvieron una importante repercusión en la crítica y los medios. Ya era hora de reparar, al menos en parte, esa injusticia. Chicos incluía en aquella edición el cuento Cinismo, con el que Lucía Puenzo hizo la película XXY (las ficciones de Bizzio suelen tener una fuerte impronta cinematográfica, como si estuvieran invitando al lector a filmarlas). Pero ese libro tenía, sobre todo, un cierre inolvidable: la nouvelle o relato largo Un amor para toda la vida, que oportunamente vuelve a poner en circulación la editorial Mansalva, ya que el jueves que viene se estrena el largometraje Un amor, de Paula Hernández, basada en ese mismo texto.

Hágase un favor: son apenas sesenta páginas, así que si piensa ir a ver la película lea antes el cuento, que está entre las mejores historias de amor que se han escrito nunca en la Argentina. Lalo y Bruno son dos buenos amigos que viven en Ramallo y matan el tiempo como pueden, hablando de nada y administrando la rutina de sus días. Lisa será la chica que llegue circunstancialmente al pueblo para cambiar el orden de las cosas, ponerse de novia con Lalo, enamorar secretamente a Bruno y alterar para siempre sus vidas. Cuando al tiempo Lisa se vaya dejará una huella tan profunda en ellos que su recuerdo funcionará como un barómetro sentimental, como la unidad de medida amorosa con la que compararán desde entonces a todas las mujeres que conozcan. El texto de Bizzio está construido con una inteligencia y sensibilidad pocas veces vista en la literatura argentina contemporánea, pero además es un prodigio de síntesis: en muy pocas páginas acompaña a sus personajes a lo largo de treinta o cuarenta años, sin que la estructura se resienta, y doblando siempre la apuesta de lo que el lector espera de la trama.

Cuando le llevé el libro a uno de los editores de fotografía del diario para escanear la tapa que ilustra esta columna pasó algo insólito. A las pocas horas vino hasta mi escritorio y me lo devolvió emocionado: había empezado a leerlo y no había podido parar hasta terminarlo. No se me ocurren muchas cosas mejores que puedan sucederle a un escritor. Por mi parte creo que quien lea Un amor para toda la vida y no se enamore de Lisa, sufra el dolor de Lalo o el desengaño de Bruno, quien no vuelva a atravesar con las páginas su adolescencia y no revise con la historia su propia educación sentimental, está listo para llevar definitivamente a cabo asuntos más importantes para la supervivencia de la humanidad y la sustentabilidad de la especie: abrir una oficina de trabajos contables, invertir en el desarrollo del negocio de la apicultura o integrarse al bufete de abogados más prestigioso de la ciudad. En definitiva, para hacer cualquier cosa que no sea insistir con eso que algunos suelen llamar literatura.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Fogwill o esa cínica lucidez

octubre 30th, 2011 · No Comments

Hace poco más de un año Rodolfo Enrique Fogwill, que por entonces era para muchos el mejor escritor argentino vivo, fue desde su casa en Palermo hasta el Hospital Italiano, donde ya había estado algunas veces, y se internó. Desde ahí mantuvo algunas conversaciones telefónicas con amigos, se reunió con su familia, y pocos días después las complicaciones respiratorias derivadas de un enfisema pulmonar lo mataron. Tenía casi toda su obra publicada (salvo tres libros inéditos que son los que aparecieron hasta hoy entre sus archivos y pertenencias) y se había hecho tiempo para reeditar Los pichiciegos y Vivir afuera, y reordenar sus textos de ficción breve para publicar sus Cuentos completos. Pero a pesar de su notable obra cuentística, y de novelas centrales para la literatura argentina, al momento de su muerte Fogwill no era un escritor debidamente pensado por la crítica. Su obra había sido leída, comentada, reseñada, y existía algún que otro artículo importante que la analizaba. Pero a diferencia de Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Juan José Saer, Rodolfo Walsh (e incluso otros nombres menores), que contaron con críticos de primer nivel que iluminaron y promovieron sus trabajos (Ricardo Piglia, David Viñas, Beatriz Sarlo), la crítica literaria mantenía una deuda con Fogwill. Y todavía la mantiene.

Un año antes de su muerte, el 21 de agosto de 2010, había aparecido Fogwill: realismo y mala conciencia, de Karina Elisabeth Vázquez, donde se analizaban las novelas Vivir afuera, La experiencia sensible y En otro orden de cosas para llegar a la conclusión de que Fogwill había abierto el camino para un nuevo estilo narrativo que, en palabras de Vázquez, “se distancia tanto de la alusión como del realismo mimético practicado hasta mediados de los setenta”. Ahora aparece Fogwill. Literatura de provocación, una antología preparada por la Universidad Nacional de General Sarmiento a partir de las ponencias realizadas por Américo Cristófalo, Daniel Freidemberg, María Pía López, Martina López Casanova, Martín Sozzi y Gabriel Vommaro apenas un mes después de su muerte. En el libro, los autores parecen haberse puesto de acuerdo para abordar los distintos Fogwill que convivían en un mismo escritor: Cristófalo el intelectual incómodo; Freidemberg, el poeta; López Casanova, el cuentista; Sozzi, el personaje público, y Vommaro, el sociólogo. Si bien hay miradas más exaustivas que otras (“En sus poemas Fogwill hace, se permite hacer, aquello que en sus otras facetas no puede; encuentra el espacio en el que al fin puede hacer aquello que no le conviene, aquello que no le da ningún poder, que no sirve para nada”, apunta de manera sagaz Freidemberg), quizá la más interesante sea la de López, que analiza específicamente Los pichiciegos, lo que le permite llamarlo “un etnógrafo de la lengua”, y un cínico lúcido: “Fue cínico porque el cinismo es el nombre de esa incomodidad, del escepticismo que resulta de ver  tras lo bello lo sórdido y tras lo prístino lo corrupto”.

Todos los ensayos del libro resultan, de alguna manera, complementarios, y funcionan como un primer acercamiento analítico global a la obra de Fogwill. Y mientras los lectores esperan la edición de sus libros inéditos, tal vez haya llegado el momento de que la maquinaria crítica se decida a abordar su legado literario. Un corpus que, lejos de lo que opinan unos pocos escépticos, ya es parte fundamental de la literatura argentina del siglo XX.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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La interpretación de los textos

octubre 23rd, 2011 · No Comments

Allá lejos en el tiempo, en la época de las antologías colectivas de nuevos narradores argentinos (parece otra vida, pero debe haber sido hace apenas cuatro o cinco años), se editó un libro que no estaba nada mal: se llamaba En celo, y en él una veintena de escritores argentinos relativamente jóvenes se dispusieron a escribir cuentos de temática sexual. En medio de una serie de nombres de evidente talento y creciente prestigio (Washington Cucurto, Juan Terranova, Félix Bruzzone, Pedro Mairal, Mariana Enriquez, Oliverio Coelho) cometí el despropósito de publicar un texto propio. El libro, a pesar de eso y como decía, se dejaba leer bastante bien, sobre todo porque la consigna del editor fue interpretada a conciencia pero, al mismo tiempo, sabiamente desoída. Nunca como hoy los medios masivos, y dentro de ellos Internet y el cine, pero sobre todo la TV y las revistas, habían corrido tanto los límites de lo que se permite y no mostrar en público (transparentando el carácter de mercancía del sexo: se consume sexo como se consume cualquier otra cosa dentro del sistema capitalista). Lo complicado no es ya acceder a la representación sexual, sino sustraerse de ella. ¿Qué debe hacer la literatura frente a los planos ginecológicos que asaltan la mirada desde los kioscos de diarios, o en la pantalla, a cada paso? ¿Cómo pueden las distintas disciplinas artísticas tratar un tema que hasta no hace mucho podía ser revulsivo o transgresor y hoy es apenas una etiqueta más del marketing, vaciada de su poder contestatario? Lo que hicieron los autores de En celo fue precisamente rodear el tema dado, no tocarlo de frente, problematizando no el intercambio físico, sino lo inabordable: el erotismo y el deseo. El resultado fue una sucesión de cuentos sobre las pulsiones incontroladas, el erotismo contenido, la frustración de un mundo hipersexuado, evitando la exigencia de satisfacción que los consumidores de pornografía reclaman.

Algunos años después un grupo de directores de cine de la FUC (Cecilia del Valle, Cinthia Varela, Andrew Sala, Marco Berger y Francisco Forbes) eligieron algunos de esos textos, los adaptaron, y filmaron con ellos la película Cinco, que se exhibió en el Bafici del año pasado y en festivales en Cuba, España, Chile y Bolivia. El problema de la representación lateral de la dinámica sexual era ahora de los cineastas, que pensaron que con esos cinco relatos iban a poder armar un film que encadenara las historias a lo largo de un día de calor en Buenos Aires. La película volvió a exhibirse en la Argentina a principios de este mes en el Cosmos, esa sala en la que tantos amantes del cine pasaron tardes y noches enteras y que ahora pertenece a la Universidad de Buenos Aires. Como los productores tuvieron el desatino de utilizar mi cuento para una de sus historias, un domingo a la tarde fui hasta allá a ver la película, y comprobé que los directores habían respetado el sustrato pulsional de los cuentos. En la pantalla apenas aparecen cuerpos desnudos, durante pocos segundos: no hay ni sombras de pornografía en esos fotogramas. Y sin embargo, promediando la película, desde la última fila de asientos empezaron a escucharse algunos sonidos inquietantes: leves roces, gemidos cada vez más audibles. Una vez fuera del cine, se hizo patente una de las grandes paradojas del arte: poco importa lo que un autor crea ofrecer, jamás podrá controlar las interpretaciones que se hagan de sus textos, de sus películas.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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De muertos y fantasmas

octubre 16th, 2011 · 1 Comment

Si todavía no conocen a Josefina Licitra (si nunca leyeron sus textos) se están perdiendo algo. Como muy pocos (Leila Guerriero, Alejandro Seselovsky), la mirada y la prosa de Licitra funciona como un certificado de calidad: dénle un tema, pónganle delante a un personaje, y Licitra les devolverá una crónica que difícilmente puedan olvidar. Si todavía no la conocen, si nunca leyeron sus trabajos (como aquel titulado Pollita en fuga sobre Silvina, la secuestradora adolescente, que ganó el premio de la FNPI en 2004), ahora ya no tendrán excusas: Licitra acaba de publicar su segundo libro, Los otros. Una historia del Conurbano bonaerense, larga crónica en la que con la excusa de retratar el enfrentamiento de viejos y nuevos inmigrantes en la localidad de Lanús (los “tanos” y los “negros”), a la vera del Riachuelo, vuelve a ofrecer una de esas historias que funcionan como una polaroid de un estado de situación, del alma de una sociedad que se pretende justa y, como todas, es una máquina de generar violencia, odio y desesperación.

Es cierto que la crónica latinoamericana suele caer en el pecado de la fascinación por los márgenes y la miseria: siempre es más fácil para un periodista instruido, de clase media, contar las historias de los caídos y los olvidados, en fin, de los otros (los ricos, los elegidos, resguardan y defienden mejor su intimidad). ¿Cómo superar esa paradoja permanente del género? Asumiendo los prejuicios, cuidando a los personajes, comprometiéndose con las historias hasta el límite de la integridad física y moral, explorando nuevas formas narrativas. Todo lo que hace Licitra en este libro (“¿Y mi hijo? ¿Y mi marido? Quiero volver con mi hijo y mi marido. Soy una mujer de clase media haciendo un libro sobre pobres, las cosas como son. No quiero cruzar las vías. Quiero irme.”).

Está bien, esta es otra historia de muertes y enfrentamientos entre pobres y desahuciados, pero el profundo respeto de Licitra por los personajes de su trabajo (el temible y fascinante puntero Marcelo Rodríguez, la desesperante Blanca Ayala, el fantasmal Antonio Baldassarre), la voluntad puesta en ver más allá de lo que quieren mostrarle, de rastrear el origen de las historias personales de cada uno de ellos e imbricar esas biografías con la historia de la Argentina hacen que su texto salte por encima de lo esperable.

Este libro construye el relato de un muerto del que nadie se hace cargo (el joven habitante del barrio Acuba Héctor Daniel Contreras, asesinado a tiros luego de participar en una manifestación) y del acusado de ese homicidio, un preso que a todas luces parece inocente. Pero también el de los barrios y asentamientos en donde transcurrió ese crimen (el barrio Gaita, “un terreno alargado adonde nunca llega el sol y donde la humedad es tal que el frío y el calor ya no son temperaturas sino grados de fermentación del aire”), de la inverosímil feria de La Salada, donde algunos de sus habitantes trabajan, y del curso de agua que contamina los días de todos ellos: el Riachuelo, esa cicatriz hedionda, esa vergüenza de la civilización, ese espejo líquido de la desidia y la corrupción gubernamental, cáncer invisible que tiene efectos concretos sobre los cuerpos de los desesperados. Con este libro, Licitra demuestra una vez más las virtudes de la crónica, pero también establece una firme marca sobre las necesidades (conciencia de sí misma, respeto por las fuentes, un celo extremo en el trabajo de escritura) que este género híbrido debe evidenciar para seguir renovándose.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Peripecias del no

octubre 9th, 2011 · 2 Comments

No debe haber ninguna casualidad en que las tres películas argentinas más interesantes de los últimos años se hayan estrenado al margen del circuito tradicional y hayan sido producidas desoyendo los dictados de la industria y sin ayuda alguna del Estado. Tampoco debe ser casual que en las tres se haya visto involucrado de alguna manera Mariano Llinás: en Historias extraodinarias (2008) como director y guionista; en Excursiones (2009) como actor; y en El estudiante (2011) colaborando en el guión y como socio minoritario. Hay en todas ellas una manera de ver y entender el cine que nada tiene que ver con la de la mayor parte de la industria nacional y el Incaa. Para ponerlo de manera sencilla, la distancia que puede existir entre Historias extraordinarias y El secreto de sus ojos, por mencionar dos hitos del cine argentino reciente, es la misma que media entre un libro de Thomas Pynchon y uno de Wilbur Smith: dos universos paralelos e inconciliables.

De ellas, El estudiante (escrita y dirigida por Santiago Mitre, y que obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Bafici y en el Festival de Locarno de este año), tal vez la más polémica, protagoniza desde hace semanas un extraño suceso de público en los dos únicos lugares donde se proyecta, la Sala Lugones y el Malba. Mitre fue guionista de Leonera y Carancho, los dos últimos trabajos de Pablo Trapero, y a lo largo de siete meses de 2010 filmó su propia película en los pasillos y las aulas de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. La historia es la de un joven de la provincia de Buenos Aires que llega a la ciudad para estudiar y se ve envuelto y seducido por la militancia universitaria, convirtiéndose en mano derecha y operador político del futuro rector. Un estudiante que no estudia y que madura aprendiendo los rudimentos básicos de la política de base. Lo novedoso de su objeto narrativo, y el talento con que está filmado el ámbito universitario (por momentos con fascinación entomológica, en otros con cierta fresca ingenuidad) hacen llevadera una película de más de dos horas basada en conversaciones, discusiones y diálogos.

Pero algo sucede en la escena final, justo antes de los títulos, donde el protagonista dice “no” y le niega ayuda a su mentor por primera vez: un mensaje ideológicamente confuso que resignifica lo visto hasta ese momento. Como si en esa renuncia hubiera una condena a toda la política (ayudado por la negatividad con que está retratado el conjunto de los personajes: no hay allí nadie que se salve, ningún alma bella, ni siquiera un progresista: todos buscan un cargo, un sueldo, aprobar una materia, y para ello traicionan y negocian, negocian y traicionan, en un círculo vicioso que jamás se rompe).

Ese “no” puede ser interpretado de varias maneras (una venganza del estudiante hacia el rector; el nacimiento mediante la traición de un nuevo delfín), pero una de ellas es la de la sustracción del protagonista del universo de la política, un territorio viciado e irrecuperable, sin fisuras. Un mensaje que condena a la política y la deja en manos del enemigo, lugar del cual no hay retorno. Aunque hay también otra posibilidad. El director es hijo de Ricardo Mitre, amigo y colaborador de Carlos “Chacho” Alvarez y secretario administrativo del Senado durante la vida breve de la Alianza. Leída en clave autobiográfica, las posibilidades interpretativas estallan y se multiplican. En todo caso, El estudiante es una película incómoda, que sin dudas hay que ver.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Tiempos de incertidumbre

octubre 2nd, 2011 · 4 Comments

Hace algunas semanas la editorial Norma, de capitales colombianos pero de fuerte presencia en España y en la Argentina, anunció que daba un paso al costado en el mundo del libro: ya no editaría títulos de ficción y no ficción para adultos, volviendo a concentrarse en las áreas de educación y material de texto escolar. La caída de Norma era algo que podía preverse, pero que no deja de ser una noticia lamentable, ya que por su catálogo habían desfilado algunos títulos imprescindibles de la narrativa y el ensayo contemporáneo argentino. Así, una de las cuatro grandes editoriales comerciales (Planeta, Sudamericana, Alfaguara, Norma) confirma que la industria del libro vive un momento de profunda incertidumbre.

Hay otro hecho que por estos días preocupa a los mismos sellos: algo más de un millón de libros varados en la aduana Argentina, debido a una momentánea traba a la importación de ejemplares. El gobierno nacional pretendería que los grupos editoriales sustituyan las importanciones y produzcan la mayor parte de ese material en el país. La novedad encendió la alarma en España, donde radican las oficinas centrales de las empresas que comercializan libros en la Argentina. El gobierno declara que de los 76 millones de libros que se venden aquí al año, un 78 por ciento son importados. Más allá de estos números, lo que se discute son las razones por las que se llegó a esta situación. Los editores locales argumentan que facrican y traen esos ejemplares desde afuera (Uruguay, Chile, España, China) por una insuficiencia productiva de los talleres gráficos nacionales, por la diferencia de calidad y por una cuestión económica: hasta un 30 por ciento de ahorro en los costos finales. Se comenta que hasta que los editores no presenten un nuevo plan de producción nacional, ese material seguirá durmiendo en el puerto.

No parecen buenos tiempos para la industria editorial: los libros se venden cada vez más caros,  la demanda no muestra haberse expandido de manera notoria, y lentamente pero sin pausa el negocio del libro electrónico comienza a desarrollarse (y con él, la piratería de textos). Amazon, la librería virtual más grande del mundo, acaba de anunciar el lanzamiento de una nueva línea de sus lectores Kindle, lo que bajará aún más el precio de los dispositivos (a apenas 79 dólares), que ya pueden verse con asiduidad en la Argentina.

Un amigo escritor festejaba todas estas noticias como la llegada del momento de la emancipación final de los autores, que dejarían de depender de los canales habituales de producción y distribución (editores, imprenteros, librerías, distribuidores) y pasarían a vender directamente sus libros a los lectores: sin intermediarios, el precio del producto bajaría, y al mismo tiempo aumentaría la ganancia de los escritores (que suele ser del 10 por ciento sobre el precio de tapa). Mi amigo sueña un mundo de escritores (productores), lectores (consumidores) y críticos (moderadores del gusto), donde los libros circulen sin otros intermediarios. Más allá de las especulaciones, todos se preguntan lo mismo: ¿cómo serán los lectores del futuro? ¿Se volverá el libro en papel un objeto de consumo para una elite de fetichistas y coleccionistas, como sucede con los discos y las películas? ¿Se convertirán las miles de librerías de Buenos Aires, como pasó con las cadenas de ventas de música, en tiendas de electrodomésticos?

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

 

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Sobre la obsesión por publicar

septiembre 25th, 2011 · 8 Comments

Sufrí la obsesión por publicar hasta alrededor de los veinticinco años: quería ver mi primer libro impreso como fuera (bueno, como fuera no: ganando un concurso importante, o en el catálogo de alguna editorial prestigiosa). Quería publicar incluso antes de escribir, o antes de haber escrito una cantidad suficiente de cuentos para armar un libro, y si hoy me preguntan, todavía no sé bien por qué es que quería hacerlo. Por suerte fue una enfermedad que se me pasó rápido (además era muy ambicioso, y cuando descubrí que a esa edad ya no había escrito ninguna obra maestra a la altura de Rimbaud o Capote, esos adolescentes precoces, me quité la presión de encima): conozco muchos escritores que no se curaron a tiempo y publicaron textos de los que poco después se arrepintieron, e incluso se dedicaron a rastrear por librerías y ferias con fruición para hacerlos desaparecer. Pero un caso de cura exitoso no detiene la epidemia, y allá sigue marchando el obcecado desfile de los autores inéditos (la antropología debiera estudiar alguna vez esta necesidad generalizada ya no de escribir, que la puede tener cualquiera, sino de ver sobre papel y entre dos tapas el resultado de ese acto tan íntimo), ofreciendo entre la súplica y la resignación sus originales anillados en las puertas de las editoriales, donde han llegado a colocar incluso carteles que dicen: no recibimos originales.

Ya liberado de aquella desesperación (porque uno entiende finalmente, y sobre todo hoy, que no hay nada más fácil que publicar: lo difícil es escribir libros únicos, o al menos diferentes, que valgan la pena leer), entendí algo fundamental: que siempre me iba a interesar más la literatura de los demás que la mía, y que no hay placer comparable con el acto de la lectura (mucho menos el de la escritura, salvo al momento de poner el punto final). Una vez me contaron que Sergio Bizzio dijo algo así como que entre escribir e ir a una buena fiesta, siempre iba a elegir la fiesta (y eso que Bizzio lleva ya veinte libros publicados). Adhiero a esa frase, aunque entre una fiesta cualquiera y un buen libro, siempre me inclinaré por la segunda opción. Alejandro Zambra escribió algo sobre la extraña manía que tiene la gente por publicar en No leer (Universidad Diego Portales), el libro que reúne sus ensayos y críticas literarias: “A menudo se olvida que publicar un libro es un hecho rarísimo; escribir libros es ya muy raro, pero publicarlos implica suponer que lo que uno hace puede interesarle a alguien más, y eso es suponer bastante”.

Publicar o no publicar: ¿por qué enfrentarse voluntariamente al rechazo de los editores, a la saña de los críticos, a la indiferencia de los lectores, habiendo tantas otras maneras de hacerse famoso, ganar dinero, seducir mujeres, obtener el cariño de la gente? ¿Será que a pesar de lo que se cree el libro conserva un aura de misterio o interés que puede transferirle a su autor por el mero hecho de que su nombre aparezca en la tapa? Mi humilde consejo es, en todo caso, publicar tardíamente: por la salud de los bosques, pero también porque no existen escritores verdaderamente famosos (y si lo son, ya están demasiado viejos como para sacarle algún rédito a la celebridad), porque casi nadie gana dinero con la literatura, porque las mujeres prefieren a los empresarios, los músicos o los futbolistas, y porque hay maneras más rápidas y efectivas de ganarse el cariño de la gente que escribiendo libros.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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La recompensa está al final del camino

septiembre 19th, 2011 · 3 Comments

Gustavo Nielsen es un escritor extraño, tan extraño como sus libros y como resulta cuando finalmente se lo conoce en persona: divertido, inteligente y, sobre todo, impredecible. Nielsen (Buenos Aires, 1962) divide sus días entre dos pasiones, la arquitectura y la literatura. En verdad, trabaja de arquitecto, participa de congresos de arquitectura, escribe artículos sobre la materia y cada tanto publica una novela o un libro de cuentos. El detalle es que, con el tiempo, esos libros fueron cosechando todos los premios literarios que se les cruzaron en el camino: el Municipal de Literatura, el de la Primera Bienal de Arte Joven y el Clarín de Novela, entre otros (mientras tanto, Nielsen mantuvo diversos altercados con sellos editoriales –entre ellos un famoso juicio contra la editorial Planeta, que ganó– que hicieron que sus libros estuvieran fuera de circulación y se hicieran difíciles de conseguir). Tan sinuosa fue la publicación de su obra desde entonces, que ahora aparece en la Argentina un volumen de cuentos publicado hace tres años en España por la editorial Páginas de Espuma. Nielsen tiene un talento particular para las ficciones breves, algo que ya había demostrado con Playa quemada (1994) y Marvin (2003). Y que, con ciertos sobresaltos, vuelve a confirmar en esta nueva colección, que lleva el título de La fe ciega.

Impredecible, dijimos: tanto que este libro de cuentos abre con una historia (Adiós, Bob) que hasta las últimas líneas no revela su condición de homenaje, como aclara el propio autor después del final, “a las víctimas civiles del terrorismo mundial”. ¿Un cuento con mensaje? Con sobresaltos, porque en un giro que no había aparecido en sus relatos, Nielsen incorpora a sus historias (La vida cantada y Aniquilación de un poema) el mundillo de la literatura local, con alusiones directas y leves modificaciones en los nombres de sus personajes, que de todas maneras los hacen reconocibles. En el primer texto, cierto trazo grueso lo empuja hacia el lado de la parodia; pero en el segundo, con un sentido del humor mucho más sutil y una trama pulida, el cuento logra alcanzar toda su potencialidad satírica. Gabriel, uno de los personajes de la historia, relexiona en un momento sobre Nueve cuentos y llega a una conclusión que podría aplicarse al mismo libro que lo contiene: “Había cuentos mejores que otros, pero hasta el libro de Salinger era desparejo. ¿O alguien había podido, acaso, terminar El período azul de Daumier-Smith?”.

La experiencia de lectura de La fe ciega mejora paulatinamente, con el correr de las páginas, como si se tratara de un camino al final del cual aguarda una esperada recompensa. Allí aparecen Aniquilación de un poema y Turf (un texto revelador, que puede leerse incluso con placer enciclopédico, como un catálogo sobre el universo de las carreras de caballos, las apuestas y las trampas alrededor de ellas). El cierre llega con El café de los micros, uno de esos textos que aparecen cada tanto y que producen una indeleble sensación de epifanía, como cuando nos topamos por primera vez con una obra maestra. Un cuento de ruta, de suspenso, de terror doméstico, de padre e hijo al que no le sobra ni falta una palabra ni una observación. Nielsen demuestra así que, cuando quiere, puede estar a la altura de los mejores cuentistas de la literatura Argentina.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Reflexiones acerca de un festival

septiembre 11th, 2011 · 7 Comments

El viernes empezó la tercera edición del Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba), que organiza, hasta el 18 de septiembre, una serie de actividades vinculadas a la escritura y la lectura en diversas sedes alrededor de la Ciudad. ¿Hacía falta un festival más, a pesar de la permanente oferta de lecturas, encuentros, debates y performances (porque ahora, parece, los escritores performan sus textos) que existen en Buenos Aires? Puede que sí, como puede que no. Hace falta un festival, por ejemplo, que tome distancia de la Feria Internacional del Libro, que se realiza todos los años entre abril y mayo: que no replique ideas que ya están presentes en aquel evento, que por definición se dirige a un público masivo y no especializado. La gente que va a la Feria del Libro lo hace, en general, como un paseo de fin de semana, para asistir a las charlas donde las celebridades hablan de sí mismas o presentan un producto nuevo (en formato libro), o para cumplir allí con su compra anual de cultura en papel. Los títulos más vendidos son siempre textos clásicos, religiosos, escolares o de divulgación, lo que traza un perfil aproximado de los gustos y los hábitos culturales de sus visitantes. Si la Feria del Libro se dirige, entonces, a lectores no literarios, un festival de literatura debería restringir, por definición, sus objetivos: pensar en ofrecerle un contenido (mesas, debates, lecturas, proyecciones, talleres) diferente a las personas que compran libros habitualmente, que leen y disfrutan de la literatura, lo que además lo liberaría de la obligación de la masividad (¿Cuál es el verdadero tamaño del mercado literario argentino? ¿Cinco mil, veinte mil, treinta mil personas?).

El Filba nació como una idea de Pablo Braun, su actual director (junto a Soledad Costantini), también dueño de la librería Eterna Cadencia y del sello editorial del mismo nombre. Una iniciativa personal para destacar, que arrancó como un evento de bajo perfil, pero se fue convirtiendo de a poco en algo más grande, hasta llegar a la presente edición, donde parece haberse afianzado su organización y perfeccionado su difusión e incluso su financiación. Sin embargo, a la hora de la programación, el Filba no termina de conformar del todo ni a propios ni a extraños: no parece ser un festival para lectores exquisitos, que escaparían horrorizados frente a algunas de sus propuestas (un asesor de contenidos a la derecha, por favor), ni tampoco para los no iniciados, que difícilmente sepan quiénes son Kjell Askildsen, Cees Nooteboom, J.M. Coetzee o Joao Gilberto Noll, cuatro de los autores más interesantes que llegan a la Argentina para esta edición. ¿Cuál es el público potencial del Filba? ¿Para quiénes están pensadas sus actividades? ¿Personas con amplios intereses culturales, estudiantes de letras, periodistas, escritores? El texto de presentación del programa no ayuda a elucidar esta cuestión cuando afirma: “Este nuevo espacio se propone sumar tanto al público lector como al no lector a los debates y a las expresiones más recientes de la palabra escrita”. ¿Para qué quisiera un no lector asistir a una mesa sobre imaginarios suburbanos en la literatura argentina, o a una entrevista pública con el escritor italiano Ermanno Cavazzoni?

El Filba podrá adoptar, ahora que se confirma como una cita fija anual del calendario cultural porteño, los destinos que prefiera: pero bien haría en olvidarse de los no lectores, y preocuparse más por los lectores habituales de literatura, y ofrecerles un espacio de debate, reflexión y discusión (¡basta de concordia y buenas costumbres!) que deje, tras de sí, una huella o una marca que sirva para repensar el estado actual de la literatura y el campo literario. No sería poco.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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La banda de sonido de tu vida

septiembre 4th, 2011 · 4 Comments

La primera vez que vi en vivo a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue la noche de mi cumpleaños número dieciséis, en noviembre de 1991. El viaje, en el último asiento de un colectivo de la línea 107 que nos llevó hasta Autopista Center, una caja de cemento en el Bajo Flores donde la banda tocó esa noche, fue amenizado por el relato de un hombre mayor, un desconocido, que juraba haber sido amigo de Luca Prodan y contó anécdotas de él durante todo el trayecto. Poco tiempo antes, en abril de ese año, había ocurrido la muerte de Walter Bulacio, pero durante algunos años más (específicamente hasta los shows en el estadio de Huracán, en 1993 y 1994) los recitales de Los Redondos siguieron siendo grandes pero no incontenibles reuniones de gente con un sólo objetivo: participar de una comunión nocturna para escuchar, en lugares siempre marginales al circuito tradicional, a una banda de rock que interpelaba a sus seguidores desde la concepción de un rock atípico y una lírica oscura, de decodificación personal. Un grupo al que (y recordar esto hoy parece increíble) sólo era posible ver arriba del escenario, ya que casi no daban entrevistas, jamás aparecieron en televisión, los teléfonos celulares y la fotografía digital no existían, y todavía habría que esperar casi diez años para la aparición y masificación de Internet. Una banda a la que la puesta en escena, la imagen y el diálogo con el público (todo lo accesorio a la transferencia musical) le importaba muy poco. Los recitales de Los Redondos fueron, para muchos, la última experiencia en directo estrictamente musical del siglo XX.

Después todo cambió, y no siempre para bien (aunque la evolución artística de la banda, de la que muchos puristas desconfían, no presente interferencias: pocos grupos pueden jactarse de que cada uno de sus discos muestre una búsqueda por diferenciarse del anterior). Mientras Los Redondos construían una carrera meteórica (desde los recitales clandestinos de fines de los 70, pasando por los de principios de la década del 80 en reductos para decenas de personas, hasta la sucesión de estadios llenos a fines de los 90), la sociedad argentina se degradaba por completo: fue un proceso que corrió paralelo. No fue la banda la que cambió su esencia, que continuó fiel a la autogestión e independencia, aún en los momentos más difíciles (cuando eran señalados como el vehículo de hechos violentos), sino su público, cada vez mayor, el que se pauperizó luego de vivir la muerte de la primavera democrática, el ocaso de la convertibilidad y la inminencia del estallido del 2001. A cada recital, y por distintos motivos, se sumaban miles de nuevos seguidores, cada vez más pobres, cada vez más desesperados, que creyeron que esas reuniones eran el lugar ideal para hacer catarsis. Ese fue el comienzo del fin: la música pasó a un segundo plano, y la cultura del aguante (los cánticos futboleros, los enfrentamientos entre seguidores, el carnaval de los fuegos de artificio) se convirtió en un refugio o, peor, en algo que celebrar.

La última vez que vi en vivo a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue en abril de 2000, en la cancha de River Plate. Esa noche una parte del público mató a golpes a una persona a la vista de todos, y asistí a un hecho asombroso: el Indio Solari retó e hizo callar a unas 70 mil personas con un solo grito. Hace ahora diez años, en agosto de 2001 y en Córdoba, Los Redondos dieron el concierto con el que la banda se extinguió y la separación, en principio momentánea, se hizo definitiva. A pesar de que por entonces ya nada era lo mismo, a veces me sorprendo extrañando la espera de cada nuevo disco, los recitales que venían después: la música que fuera la banda de sonido de mi vida por más de una década.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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El hombre que no sabía patear

agosto 29th, 2011 · No Comments

Dos buenas noticias en una: después de once años de suspensión, la semana pasada volvieron a entregarse los Premios Nacionales, probablemente la distinción más importante (simbólica y materialmente) que el Estado argentino otorga a los creadores locales de diversas disciplinas artísticas. Y en la categoría Texto Dramático, es decir, en Teatro, el ganador fue el actor, dramaturgo y director Rafael Spregelburd (Buenos Aires, 1970). ¿Qué puede decirse sobre el trabajo de Spregelburd, más de treinta obras escritas y estrenadas en todo el mundo, que no se haya dicho hasta ahora? Poco y nada. Sólo afirmar que es el dramaturgo más prolífico, talentoso y premiado de su generación. En general, los premios suelen surgir de arreglos o de grandes malentendidos, y no dicen mucho de la carrera de un artista. Pero la lista de Spregelburd presenta hitos insoslayables: en 1992 obtuvo el Primer Premio Nacional de Dramaturgia en la categoría Iniciación; en 1997 fue el autor más joven que ganó el Premio Municipal de Dramaturgia; en 2007 obtuvo el Casa de las Américas de Cuba; y ahora, muy probablemente, acaba de convertirse en el ganador más joven de la historia del Premio Nacional de Teatro, que otorga una pensión vitalicia a partir de los 60 años equivalente a cinco jubilaciones mínimas (para lo que Spregelburd deberá esperar aún dos décadas).

Más pertinente sería decir que el autor de obras como Bizarra, La estupidez, Lúcido, Acassuso, Buenos Aires o La paranoia es algo así como el último renacentista: sus intereses abarcan áreas tan disímiles como la física cuántica, la historia, los medios de comunicación, la política o el deporte. Menos conocida es su faceta como futbolista: puede que Spregelburd sea el peor jugador de fútbol que nadie haya visto jamás. En sus primeros partidos, hizo falta que le indicaran para qué lado de la cancha tenía que correr. Y así y todo, el año pasado se animó a crear e integrar el Combinado Argentino de Dramaturgos, un equipo con el que terminó viajando a Alemania e Italia para jugar dos partidos de fútbol en Roma y Frankfurt, y con el que volvió invicto. El entrenamiento supo dar sus frutos: el martes 8 de junio de 2010, Spregelburd hizo el primer gol de su vida. Y lo describió en un texto llamado, precisamente, Gol: “Soy débil en los pases. Soy débil en la puntería. Soy débil en cualquier posición de esta cancha funesta. Miro el arco. Es un objeto remoto. ¿Y qué? Pateo. Pateo como un chico. Pateo con un efecto diabólico, irrepetible. Y el tiempo se detiene. Mis compañeros se detienen. Mis enemigos circunstanciales se detienen. Los bocinazos cesan. Todos elevan los ojos al cielo, porque nadie sabe dónde está la pelota. El mundo se detiene. Yo me detengo. El balón baja de su periplo tocado de la mano de Cronos. Y se desliza entre esa parte del cuerpo que está después de las uñas del arquero y el travesaño del arco. Un lugar sin nombre en este mundo de signos. Tengo cuarenta años y convierto mi primer gol con un estilo exquisito”.

A pesar de su trabajo incesante, Spregelburd, que tiene actualmente dos obras en cartel (Todo y Apátrida), suele encontrar muchas dificultades a la hora de estrenar en la Argentina. Si los premios tienen algún efecto, sería deseable que este nuevo reconocimiento pueda hacer que sus obras lleguen al circuito oficial (y al público en general) con mayor asiduidad y menos sobresaltos.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Nuestra kermés literaria

agosto 21st, 2011 · 13 Comments

Hay lectores a los que les da pereza leer. Correctores que no corrigen. Editores que no editan. Directores de empresas editoriales a los que no les interesa lo que imprimen. Hay escritores que no escriben, y que una vez que finalmente publican vuelcan el resto de su tiempo en la administración de los efectos de esa novedad: se ponen un taller, coordinan charlas y moderan conferencias, y cuando los resortes publicitarios de su egocentrismo se muestran aceitados, dan el salto y aplican a becas en el extranjero. Mercachifles literarios, gestores culturales que están convencidos de que mezclar música y escritura en vivo en un bar es un ejercicio de algún tipo de vanguardia trasnochada. Antólogos más preocupados por sí mismos que por sus antologados, o por el libro que antologan. Poetas que escriben artículos contra los que hasta ayer eran sus amigos. Poetisas a las que les gustaría ser estrellas de rock, o actrices de alguna mala película nacional, y trabajar más bien poco, sacarse muchas fotos, drogarse lo justo y encamarse lo necesario. Hay amigos que se juntan, crean un sello independiente y a la hora de financiar la producción de libros hacen la lista de subsidios a pedir o deciden cobrarles a los autores. Editores independientes sin catálogo, que editan un libro por año, lleno de erratas y defectos de terminación, pero que tienen debilidad por participar en mesas donde se discute la necesidad de reconvertir el campo literario y el oficio de la edición. Festivales literarios donde periodistas conviven con escritores y figurones de la TV. Conductores de programas culturales de cable o de aire a los que se les nota que no tuvieron siquiera el tiempo de abrir el libro del autor al que entrevistan en tres, dos, un minuto, ya. Hay sociólogos con becas del Estado que se mueren por ser escritores, editores o, en el peor de los casos, periodistas. Internautas de diversa calaña, que quisieran ser divulgadores o, en el mejor de los casos, críticos implacables de la Web, pero se arrodillan de agradecimiento a los pies de las casas editoriales por el envío gratuito de algún libro. Twitteros cínicos y cancheros a los que les encanta creer que se puede narrar algo en ciento cuarenta caracteres. Hay revistas literarias de aparición esporádica (de acuerdo con lo que decidan sus anunciantes) que se solazan en su mediocridad. Importantes premios literarios arreglados para que los ganen siempre los autores de la casa. Periodistas culturales muy orgullosos de ser llamados periodistas culturales y de formar parte de un sistema que les permite asistir a presentaciones de libros donde apurar un par de copas de vino de cortesía y hablar siempre con las mismas quince o veinte personas. Hay libreros que no conocen los autores que se les piden y deben buscarlos en bases de datos. Agentes de prensa que no leen los suplementos culturales a los que llaman y tratan de venderles notas. Críticos que leen los libros con los que trabajan en diagonal, cuando no copian la reseña aparecida en otro medio y escrita por un colega y la pegan en un nuevo documento y le ponen su propia firma y aprietan send. Iniciativas que mezclan trekking, arquería, natación, mountain bike, escritura y debates culturales que se publicitan como residencias creativas para narradores. Estrategias del marketing aplicadas a la industria editorial y a veces peor: a la literatura. Signos de agotamiento. De la decadencia. Así las cosas. Muchas veces me pregunto qué diría Fogwill de todo esto. Si muchos no se mostrarían tanto más pudorosos bajo su amenazante mirada que todo lo escaneaba. ¿Quién ocupará su lugar?

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Esa pasión inútil

agosto 14th, 2011 · 1 Comment

No estoy diciendo nada demasiado novedoso al señalar que, desde hace ya un tiempo, lo más interesante del arte argentino sucede en el ámbito del teatro independiente. Mientras el cine nacional parece haberse estancado después de una década de completa renovación (¿qué película volvió a proponer algo verdaderamente rupturista después de las Historias extraordinarias de Mariano Llinás, estrenada en 2008?), la música sufre una crisis inaudita, y en literatura cada vez se escribe y publica más, pero se leen cosas menos interesantes, la oferta del teatro menos comercial se multiplica de manera exponencial y la calidad está asegurada por una camada de dramaturgos ya consolidada con nombres como Claudio Tolcachir, Javier Daulte, Alejandro Tantanián y Rafael Spregelburd (entre muchos, muchos otros). La escena resulta difícil de agotar, la oferta de obras para ver es múltiple y diversa, e incluso algunos directores pueden tener hasta dos o tres obras en cartel de manera simultánea, en salas que pueden ser pequeñas, pero que siempre completan su capacidad.

La pareja de dramaturgos y directores conformada por Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob ya había llamado la atención el año pasado con el estreno de Los talentos (que sigue representándose hasta hoy), donde ponían en escena a un trío de adolescentes tan inteligentes como fatuos y desorientados, en medio de su tormentosa educación sentimental. Ahora, con su nueva obra, La edad de oro (los viernes a las 23.30, en el Centro Cultural Rojas), pegan un salto de la adolescencia a la primera adultez, como si retomaran a esos personajes queribles y un poco insoportables, pero quince años después.

El punto de partida de los directores fue, según cuentan, “el universo de los melómanos que coleccionan discos de vinilo”. Dos amigos, entonces, obsesionados por un músico de culto (en este caso es Peter Hammill, pero cada espectador podrá sustituir este nombre por uno de su preferencia) que un día deciden rematar su colección de vinilos para encarar un emprendimiento que los ponga en el camino de la vida adulta (rematar los fetiches de una juventud romántica para asumir las responsabilidades que imponen el tiempo y las necesidades). El antagonista es, claro, un adolescente que, como muchos hoy, acaba de convertirse en coleccionista de discos (para peor, fanático de la música progresiva y de Hammill) y que empeñará todo su tiempo y dinero para hacerse de esas piezas insustituibles para su neurosis. Porque: ¿quién no ha sentido alguna vez en su vida la fiebre del coleccionista, esa que desvela y quita el hambre, pasión que parece surgir de la nada, nos consume, y que un día se va de la misma manera en que llegó?

La edad de oro es la obra que todo coleccionista, pero también todo músico o melómano debería ver. Una extremadamente divertida y algo masculina (¿por qué será que el coleccionismo parece ser, salvo excepciones, una cosa de hombres?), que se permite el lujo de cerrar las escenas con la música (reproducida, por supuesto, en vinilo y en un tocadiscos) sobre la que los personajes discuten y mantienen largas competencias de absurda erudición. Jakob y Mendilaharzu, entonces, lo han hecho de nuevo. Y vuelven a demostrar (como lo está haciendo buena parte de su generación) que la inteligencia, la emoción, la sofisticación y el humor son elementos que pueden ir juntos, siempre que alguien se lo proponga.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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¿Estará bueno Buenos Aires?

agosto 7th, 2011 · 1 Comment

Hay una ciudad donde la mitad de los jóvenes europeos sueña con instalarse: Berlín. Mítica, cosmopolita, de alquileres extremadamente baratos, pequeña, de una apertura ideológica poco frecuente (las sesiones de diputados son abiertas al público, el alcalde solía pasear por las calles de la mano de su pareja del mismo sexo, la prostitución es legal) y de una extraña belleza posnuclear, Berlín pasó a ocupar el primer lugar de preferencia entre bohemios y modernos, aquel que durante el siglo XX encarnaron por épocas Londres, París y Barcelona. ¿Qué pasa con la otra mitad? Como decía Jack Palance, y aunque usted no lo crea, piensa en Buenos Aires. Las razones también pueden ser muchas: la crisis europea, que ya dura tres años, el tipo de cambio barato, la variada oferta cultural, gastronómica y hasta sexual. A diez años de la explosión de 2001, que la convirtió en una de las ciudades más caóticas y expulsivas del mundo, poco parece quedar de aquellas sombras y brasileños, chilenos, mexicanos, colombianos, estadounidenses y europeos ya no sólo vienen de paso, sino que se instalan a estudiar, a trabajar, a vivir. Tal vez sea temprano para decir cómo está transformando a Buenos Aires esta variada afluencia, pero en el campo de la literatura, por ejemplo, los lazos con España (la capital editorial en lengua castellana) se hicieron cada vez más fluidos.

Desde hace ya unos cuantos años, la crítica especializada española y algunos sellos pequeños y prestigiosos comenzaron a interesarse en la literatura argentina, y la señalaron como la más viva y atractiva de América latina. Ese interés, al principio unilateral, fue tejiendo una relación que derivó en la exportación de títulos de editoriales independientes argentinas a España, y en el desembarco de algunos sellos ibéricos en las librerías porteñas especializadas: los libros de Caballo de Troya, Errata Naturae, Periférica, Lengua de Trapo, 451, Gadir. A esa oferta ahora se sumará la de Alpha Decay, editorial nacida en 2006 bajo el madrinazgo de la agente literaria Carmen Balcells, y que actualmente timonean Enric Cucurella y Ana S. Pareja. De hecho, Pareja está en Buenos Aires para presentar su catálogo (el martes 16 de agosto a las 19, en la librería Eterna Cadencia), que ya cuenta con dos autores argentinos (los cuentos de Fabián Casas y Las teorías salvajes de Pola Oloixarac), y que en breve incorporará al tercero: el escritor tras el pseudónimo J.P. Zooey.

Deslumbrada por Buenos Aires, Pareja dice: “Barcelona está arrasada, ahí ya no pasa nada. Está cada día más provinciana y más gris. Aquí, en cambio, la gente hace cosas sin parar. Todo está en marcha y muy vivo”. Los libros de Alpha Decay (un equilibrado balance entre lo más sofisticado de lo nuevo, y lo menos difundido y lateral de los clásicos) irán llegando a las librerías hacia fin de mes, hasta que desembarque el catálogo completo. Algunos de esos libros son Vivir para contar: escribir tras Auschwitz, de Primo Levi; Richard Yates, de Tao Lin; Qué fue lo hipster, de Mark Greif; Wanted lovers, la correspondencia entre Bonny y Clyde; Cul-de-sac, de Mercedes Cebrián; los Cuentos completos de Saki; y Los enemigos, de Javier Tomeo.

Algo tendrá, entonces, Buenos Aires. Al menos, eso es lo que nos dicen (y nosotros no podemos terminar de creer). Lo que nos enfrenta a una incómoda paradoja: ¿hacia dónde miraremos ahora los porteños, siempre en busca de la mejor ciudad para vivir, que nunca podría ser la nuestra?

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Lo íntimo que se hace visible

julio 31st, 2011 · 4 Comments

En los últimos días hubo tres episodios protagonizados por celebridades del mundo de la televisión argentina que nos mostraron una vez más lo que sabemos y (por alguna extraña razón) muchos prefieren no ver: que entre ellas y nosotros, simples espectadores, no hay, en verdad, ninguna diferencia (salvo la de estar a uno y otro lado de la pantalla). Foto uno: el actor chileno Gonzalo Valenzuela, pareja de la actriz Juana Viale, desnudo, evidenciando que, al contrario de lo que se solía comentar, la naturaleza no fue tan dadivosa con él. Video uno: el empresario Ricardo Fort, sinceramente furioso, golpeando en vivo y sin compasión en Showmatch, con la fuerza de sus músculos hipertrofiados, a un débil bailarín y coreógrafo. Video dos: Silvina Luna, modelo y conductora, practicando sexo casual a la vera de la ruta con un amante no muy amable ni demasiado atractivo, en una sesión algo decepcionante que dura, de comienzo a fin, apenas cuatro minutos. Teléfonos robados, cámaras que pasan de manos, filtraciones espontáneas: la información es puesta a circular y en minutos absorbida y multiplicada por el voraz agujero negro de la Red. ¿Cuáles pueden ser los efectos de esta tendencia (que parece aumentar cada día), más allá de los obligados y pasajeros escándalos?

A diferencia de lo que sucede con las ciencias y las artes, para ser parte de la TV no hace falta ningún cursus honorum ni se exigen credenciales: lo único que se requiere es estar ahí. La programación televisiva de aire se basa en los principios del repentismo y el efectismo, en la lógica de las imágenes y su reiteración, y no resiste bien la inteligencia (esa anomalía que interrumpe el discurrir natural del medio y que por eso se vuelve insoportable) ni, siquiera, la improvisación: todos sus movimientos, hasta los que parecen espontáneos, deben estar debidamente guionados. Es por eso que a Marcelo Tinelli se lo vio en verdad molesto con la explosión de Fort. Es por eso que también lo incomoda la constante filtración de imágenes e información vía Twitter que Graciela Alfano emite desde el panel de su programa. A los habitantes de la TV y a sus estrellas no se les exige conocimiento ni pensamiento propio, sólo obediencia. El pago: la posibilidad de pertenecer, que es ser. Estar.

Los bienes tecnológicos (antes exclusivos, hoy de difusión popular), y el uso que se hace de ellos, ponen ahora al alcance de todos imágenes de la vida privada (de cuando no están ahí) de las celebridades, que las homologan con el resto de los mortales (los consumidores): las muestran en su banal cotidianidad, la misma que todos sufrimos y sobrellevamos o disfrutamos como podemos. Y ese movimiento, a diferencia de lo que creen sus protagonistas (que esas imágenes los mantendrán visibles por más tiempo), es probable que esté alfombrando el camino de su extinción mediática. El mecanismo es tan simple como antiguo: las estrellas se construyen por su talento o por su inaccesibilidad. ¿Quién podría identificarse o rendir culto a una celebridad con la que pueda charlar todos los días en la fila del supermercado? Los mitos necesitan de secretos, misterio y ocultación. La visión de la intimidad exhibida vuelve transparente la opacidad necesaria para la construcción de los ídolos mediáticos. En el momento en que todos los espectadores adviertan que son tan imperfectos, o inteligentes, o bellos o cobardes como las figuras de la televisión, su fascinación declinará y el sistema de castas que rige para las celebridades (y que ya lleva unos sesenta años intocado) implotará. Tal vez éste es apenas el comienzo. Que lo sea.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Un poco de agua fresca

julio 24th, 2011 · No Comments

Una mujer, Victoire, que se despierta una mañana junto a Félix, su pareja muerta, y que sin pensarlo dos veces y sin saber qué es lo que sucedió (y si ella tuvo algo que ver en el asunto) decide retirar todo el dinero del banco y escapar sin rumbo. La misma mujer, más tarde, que alquila una casa en un pueblo perdido y pretende pasar inadvertida, es estafada y, al encontrarse sin dinero, va convirtiéndose paulatinamente en una vagabunda. El lento descenso de la burguesía al lumpenaje, una transformación casi animal que es narrada de manera impasible, sin autocompasión ni golpes bajos. Y, finalmente, una historia que es dislocada por un brusco giro de la trama, que resignifica lo leído hasta entonces: todo eso en menos de ochenta páginas. Esta es una síntesis algo brutal de la nouvelle Un año, del escritor francés Jean Echenoz, uno de los dos títulos que la nueva editorial Mardulce (el otro es la reedición de La ingratitud, primera novela de Matilde Sánchez, inhallable hace años) eligió para presentarse en sociedad.

¿Un nuevo sello independiente en la Argentina? ¿Y por qué no? Total, se sabe que a las editoriales pequeñas y autogestionadas les sucede como a las revistas literarias: lo complicado no es lanzarlas; lo difícil es sostenerlas en el tiempo. Mardulce aparece, entonces, con ese doble desafío: diferenciarse de la nutrida lista de sellos independientes (en sus distintas variantes y versiones) que existen en el país y poder construir un catálogo sólido que se transforme, con el tiempo, en un negocio sustentable. Para eso, los directores generales de Mardulce (Gabriela Massuh y Juan Zorraquín) convocaron como director editorial a Damián Tabarovsky (ex Interzona, ex Siglo XXI), y por ahora manejan la idea de publicar alrededor de doce libros al año, distribuidos en dos colecciones: una de ficción y otra de ensayo.

Por lo que se pudo ver hasta ahora (libros de formato pequeño, sin solapas, de diseño sobrio y buena confección material) hay cierta similitud con la que fue una de las colecciones más celebradas de literatura de Interzona. Y una voluntad de mantener los precios en la franja más baja posible (el libro de Sánchez cuesta 60 pesos; el de Echenoz, 45). Algunos otros títulos que Mardulce editará en lo que queda de 2011 son Andamos huyendo Lola (cuentos), de Elena Garro, y Teléfono ocupado (novela), de Silvina Bullrich. Y para 2012 adelantaron que publicarán la primera novela de Selva Almada; una antología de escritores argentinos nacionalistas de las décadas del 20, 30 y 40, compilado y prologado por María Pía López; y otro volumen sobre pensamiento anticapitalista contemporáneo, seleccionado por Massuh.

No es todo: así como Eterna Cadencia, otro sello de carácter independiente, cuenta con su propia librería y es el organizador principal del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba), Mardulce parece creer que ya no alcanza con montar una oficina y editar libros. Así, planean editar a fin de año una revista virtual de crítica literaria, ensayo e intervención política titulada Mardulce Magazine, y organizar un ciclo en la propia editorial llamado “Mardulce Terraza” durante noviembre. Y tal vez tengan razón: el negocio del libro experimenta cambios tan profundos que obliga a pensar, entre otras cosas, que hoy la tarea del editor se ha convertido en un oficio integral. Será así, o no lo será en absoluto.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Lecciones de un maestro

julio 17th, 2011 · No Comments

Al margen de unos pocos artículos interesantes, dos o tres buenos libros y, sobre todo, una inagotable y creciente cantidad de escritores y periodistas ramplones que, rápidos de reflejos, aprovechan la ola para dar charlas, organizar mesas redondas y publicar textos descuidados y faltos de interés pretendiendo hacerlos pasar por buenos, esta suerte de moda que experimenta en América latina el periodismo narrativo (también llamado crónica periodística) debía tener su costado benéfico. Y lo tiene. Uno de ellos, tal vez su último avatar, es la publicación de tres libros de Gay Talese (Ocean City, Estados Unidos, 1932) en España y la llegada de uno de ellos a la Argentina (se dice incluso que visitaría el país en 2011, aunque no hay nada confirmado). Talese fue, junto con Norman Mailer, uno de los creadores de eso que dio en llamarse “Nuevo Periodismo”, y que él mismo llama “literatura de la realidad”. Un género que, por supuesto, es mucho más antiguo de lo que se pretende, pero que tiene la virtud de ir renovándose cada tanto, del siglo XIX hacia acá. Y que, por sintetizar, y de acuerdo a las variantes que adopte cada uno de los autores que lo ejerza (Hersey, Hemingway, Capote, Wolfe, García Márquez, Guillermoprieto, Kapuscinski, Eloy Martínez, Walsh, por nombrar apenas algunos de sus mayores exponentes), se trata de hacer periodismo con las herramientas de la literatura. Contar historias reales, de la mejor manera posible. Es decir: volver a hacer periodismo del mejor, en una época en que el oficio atraviesa una crisis múltiple.

De los tres libros de Talese publicados en castellano en el último año y medio, el que acaba de distribuirse en la Argentina se titula Retratos y encuentros, y es una selección de algunos de sus mejores textos, publicados en el New York Times o revistas como The New Yorker o Harper’s. El más conocido tal vez sea “Frank Sinatra está resfriado”, un extenso perfil del cantante que en 2003 fue votado por Esquire como la mejor historia publicada jamás en sus páginas. También hay un sensible retrato de Peter O’Toole, otro de Joe DiMaggio, y uno de los textos más fascinantes que se hayan escrito sobre Manhattan: “Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas”. Pero quizá el más sorprendente sea, por la utilización de una mirada aguda sumada a una fina ironía y sentido del humor, el que se titula “Alí en La Habana”, y donde el ex campeón de boxeo, mudo, de mal humor y ya enfermo de Parkinson, se encuentra con un desopilante e incómodo Fidel Castro. (Nota al margen a los editores del libro: sería bueno que al imprimirlo lo leyeran completo, ya que a diferencia de lo que asegura la contratapa, el libro no contiene ningún texto acerca de o sobre Ernest Hemingway.)

Hay en Retratos y encuentros, también, textos personales de Talese. De ellos, “Orígenes de un escritor de no ficción” es el apasionante relato de sus comienzos en el periodismo. Ahí, Talese menciona el origen de su curiosidad (la tienda de ropa de su padre y su madre y los relatos de los clientes que él escuchaba escondido detrás del mostrador) y afirma que para escribir buenas crónicas hace falta eso, oído, y además: paciencia, constancia, trabajo, fidelidad a los hechos e interés por la gente común. Un texto, en fin, que no debería pasar por alto ningún aspirante a escritor de periodismo narrativo, ni mucho menos varios de los autodenominados, con no poca ligereza, cronistas de nuestros medios.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Cuando pase el temblor

julio 10th, 2011 · No Comments

Hace algunos días, en una entrevista pública, Carlos Gamerro postuló la dificultad de hacer literatura de la intimidad o de la privacidad (se refería a relatos como los del minimalismo estadounidense y sus epígonos mundiales) en la Argentina, o en Sudamérica. ¿Cómo evitar que se filtre en ella la política, preguntaba precisamente el autor de Las islas, en países atravesados por golpes de Estado, dictaduras, muertos por la violencia, la represión, el hambre? Es una buena interpelación, que suele tener respuestas carentes de interés (ficciones donde precisamente la política lo invade todo sin sutilezas, ahogando a la literatura y transformando el texto en poco más que un panfleto), y para la que, claro está, existen excepciones. Hasta ahora, las dos primeras novelas del poeta y novelista chileno Alejandro Zambra (Santiago, 1975) eran unas de las más destacadas. En narrativa, Zambra había publicado dos libros brevísimos (Bonsái en 2006, apenas noventa páginas; La vida privada de los árboles, en 2007, unas pocas más de cien) que postulaban, al mismo tiempo, la dificultad del amor y de una escritura que dé cuenta de esa imposibilidad. Y lo había hecho a través de una prosa seca, sencilla y poética, casi de artesano, de orfebre, de monje taoísta.

Ahora el chileno acaba de presentar su último libro, Formas de volver a casa, donde aparentemente todo se complejiza (los procedimientos, la estructura, los personajes, las tramas), pero sin resignar su particular cadencia y respiración. La novela comienza con un protagonista, alter ego del autor, que vive en su infancia el terremoto en Chile de 1985. Y termina con el narrador ya adulto y el otro sismo, el que sacudió al país en febrero de 2010. En el medio van surgiendo las silenciosas y profundas huellas que dejó en la sociedad chilena la dictadura de Augusto Pinochet, las preguntas que los niños nacidos en los años 70 les hacen años después a sus padres sobre el rol desempeñado por ellos en aquellos tiempos, una historia de amor de la infancia (que se recupera) y otra de la adultez (que se pierde para siempre).

Breve, aunque no tanto como las anteriores, atravesada por la misma sensibilidad, Formas de volver a casa está dividida en cuatro partes que intercalan el relato del protagonista en el tiempo, y al que acopañan algunos poemas, chistes, reflexiones literarias, citas y fragmentos de un diario que se adivina como el que el propio Zambra confesó llevar en varias entrevistas. Una de esas citas elegidas, que tiene especial resonancia en el libro, es el comienzo de Léxico familiar, la novela de Natalia Ginzburg: “Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio. Siempre que, debido a mi costumbre de novelista, inventaba algo, me sentía obligado a destruirlo”. A lo que el protagonista agrega: “Habría que ser capaz de eso. O de quedarse callado, simplemente”.

Zambra escribió un libro tan contemporáneo como político. Y lo hizo de la única manera en que la política puede convertirse en buena literatura, esto es, impregnándolo todo sin que haya evidencia de ello (así lo demuestran novelas como Vivir afuera y En otro orden de cosas de Rodolfo Fogwill, la nueva de Damián Tabarovsky, Una belleza vulgar, y algunos cuentos de Fabián Casas, por citar apenas ejemplos de la literatura argentina de los últimos años). No hace falta pedir más.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Abdicación de un hincha de River

julio 3rd, 2011 · 16 Comments

Primero, una aclaración: si entendemos la cultura en su definición más amplia, el deporte y el fútbol, sobre todo en la Argentina, constituye uno de sus núcleos más representativos (si es algo que lamentar o festejar es materia de otro debate). Así es como la presencia de este testimonio queda justificada en un espacio donde, por lo general, se suele hablar de libros y artes plásticas. Además, imposible obviar, al menos en la semana que pasó, el tema que todo lo abarca y contamina: el descenso, por primera vez en su historia, del Club Atlético River Plate. Poco nos importa la faceta administrativa, gerencial o policial de la noticia. Y mucho, poniéndonos un poco más específicos, el sustrato filosófico o estético del asunto. Nieto e hijo de hinchas de River, nací en 1975, el año en el que el club volvió a ganar un torneo después de dieciocho años de abstinencia, así que no hubo manera de eludir el mandato familiar que nos terminó marcando a los cuatro hermanos. En mi infancia y adolescencia, gobernado por la libido y la pasión, mi constancia y fidelidad en el aliento desde las tribunas fueron recompensadas con una importante cantidad de títulos. Pero, sobre todo, con la puesta en práctica de lo que siempre me habían contado que era la idea futbolística primordial del club: más valía perder que jugar mal, o lo que es lo mismo: para ganar, primero hay que jugar bien, desplegar una concepción ética y estética del fútbol, que a la larga llevaría al camino del triunfo. Una filosofía que, además, se podía extender a otros ámbitos de la vida.

River se acaba de ir a la B porque hace por lo menos diez años que dejó de pensar como River, y hace tres que el haber abandonado ese camino lo hace jugar como un equipo chico y desmemoriado. Así, aparecieron el desconcierto y los complejos: se quedó sin jugadores que sostuvieran su prestigio, dejó de ganar de local, el resto de los clubes le perdió el respeto. River se fue a la B porque exprimió el capital simbólico abonado durante un siglo hasta que nada quedó de él. Porque renunció a su esencia: la búsqueda del buen juego. Es cierto que todo el fútbol argentino (salvo algunos destellos de Vélez, un equipo que, al revés de River, se volvió grande) corrió la misma suerte, pero eso no es consuelo. Cualquiera que siguiera a River en los últimos torneos sabía que el descenso era, más que una pesadilla, una posibilidad real y concreta. River no sólo no le ganaba a nadie (y cuando lo hacía era de casualidad), sino que dejó de responder al gusto de sus seguidores: de aquella histórica Máquina de la década del cuarenta pasó a ser una máquina, pero de bloopers: tres goles en contra en un solo torneo, una carambola entre defensores y un penal decisivo errado (y pateado sin inteligencia ni convicción) para perder la categoría. Hace mucho que la gente que disfruta de ver este deporte bien jugado se refugió en ligas como la inglesa y la española (sobre todo, en los últimos tres años del Fútbol Club Barcelona) para tener algo de  que hablar en materia deportiva durante la semana.

Así que como no quedan razones futbolísticas, en este sencillo acto abdico de la relación que me unió a River durante treinta y cinco años. Y a la vez, espero que muchos hinchas hagan lo mismo, y castiguen al club dejando de comprar entradas, de ver partidos por televisión, de comprar camisetas y merchandising. Al menos hasta que River vuelva a ser River. Lo que, como están las cosas, puede llevar años, si es que alguna vez vuelve a suceder.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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El festival que nadie quiere ver

junio 26th, 2011 · 3 Comments

Mientras en los últimos años la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires sirvió sobre todo como el lugar de encuentro de la gente no aficionada a la literatura con los libros (habrá que ver si esta situación se modifica con la incorporación de una editora de prestigio, Gabriela Adamo, como flamante directora de la Feria), paralelamente en la ciudad se gestó una más que activa escena literaria, motorizada por el surgimiento de nuevos sellos editoriales, una gran cantidad de escritores jóvenes, un circuito de librerías de autor (sobre todo, en el barrio de Palermo, pero también en San Telmo y en la calle Corrientes) y por la multiplicación de ciclos, lecturas y actividades en torno a los actos de leer y de escribir. Como si todo esto fuera poco, desde  2008 Buenos Aires cuenta con su propio Festival Internacional de Literatura, el Filba, que nace sobre todo del deseo de Pablo Braun, director de la editorial Eterna Cadencia. El Filba, que contrariamente a la Feria del Libro sí tiene la voluntad expresa de ser un espacio de reflexión y debate sobre literatura, sus modos de producción y circulación, se realizó por primera vez en 2008, por segunda en 2010, y ahora acaba de anunciar su tercera edición, que tendrá lugar entre el 9 y el 18 de septiembre.

Varias cuestiones operativas fueron modificándose en estos años y una de ellas, no menor, fue la decisión de que sus actividades sean gratuitas y de acceso libre. Para 2011 ya está confirmada la presencia de varios escritores: tal vez el más destacado sea John Coetzee (foto), Premio Nobel de Literatura sudafricano (conocido por su aversión a conceder entrevistas y dar charlas públicas), pero entre los 25 autores extranjeros que vendrán especialmente figuran también el holandés Cees Nooteboom, el noruego Kjell Askildsen, el chileno Luis Sepúlveda, el mexicano Yuri Herrera, el italiano Ermanno Cavazzoni y los brasileños Joâo Gilberto Noll, Santiago Nazarian y Joca Reiners Terron. Las decenas de actividades programadas se llevarán a cabo en nuevas sedes incorporadas para esta edición, como Villa Ocampo, el Centro Cultural Rojas, el Centro Metropolitano de Diseño, el Centro Cultural de España en Buenos Aires y las librerías Eterna Cadencia, Clásica y Moderna y La Boutique del Libro de San Isidro.

A pesar de haber demostrado capacidad de gestión y organización, y una apreciable asistencia del público, lo cierto es que cada edición del Filba puede ser la última, ya que a pesar de lo que les gusta declamar, los empresarios argentinos y los directores de fundaciones y organismos culturales extranjeros suelen ser bastante esquivos al momento de apoyar económicamente este tipo de iniciativas. Más allá de las embajadas, que suelen hacerse cargo de los gastos de pasajes aéreos y a veces de alojamiento, da un poco de vergüenza ajena ver que son apenas cinco los sponsors del festival, y que dos de ellos son los propios organizadores. Pero más aún sorprende (por lo general, la gente que más dinero tiene suele pensar que la cultura es un bien simbólico y gratuito) no ver entre ellos a ningún organismo oficial: ni del nivel nacional, ni del municipal, ni del provincial. ¿Cuáles pueden ser las razones para que ninguno de ellos se haya decidido a ayudar a un festival que mostró estar hecho con responsabilidad y sin zonas grises, y que el año que viene puede desaparecer por falta de fondos?

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Borges y compañía

junio 19th, 2011 · 4 Comments

Todavía algunos (los que estaban ahí) recuerdan los exultantes salticos que los máximos directivos del conglomerado editorial Random House Mondadori iban dando por los pasillos de la Feria de Frankfurt el año pasado. ¿El motivo? Habían logrado lo que ningún representante del fútbol argentino: que Palermo se pusiera la camiseta de River, Orteguita la de Boca, o lo que es lo mismo decir, que la obra de Jorge Luis Borges (unos 54 libros) se mudara de sello editorial después de décadas de fidelidad, de Planeta a Mondadori. ¿La razón? Dos millones en moneda europea, negociados por el agente Andrew “el Chacal” Wylie y rubricados por la viuda del escritor, María Kodama, celosa heredera de sus derechos, juicios mediante si hace falta.

Es por eso que, atento lector, últimamente podrá encontrarse con afiches callejeros que anuncian el relanzamiento de tal o cual título, con nuevas colecciones para kioscos, o con celebraciones que recuerdan que, desde hace 25 años, el Messi del seleccionado de las letras nacionales descansa tres metros bajo tierra en una tumba de Ginebra, Suiza. Nada que reprochar: la máquina editorial debe seguir girando, y a nadie debe resultarle fácil recuperar esos 2.862.942 billetes de uno verdes invertidos, más aún con un autor que, como se dice en la jerga de la industria, vende por goteo, unos pocos ejemplares aquí y otros acullá, siempre lejos de las listas de bestsellers.

Efemérides aparte, el mejor homenaje que puede rendírsele al ciego prohombre de la literatura argentina es el de leerlo como si fuera la primera vez, si es que no lo es realmente: sin atender opiniones ajenas y barriendo cualquier prejuicio. Los cuentos de Borges son no sólo mucho más entretenidos, sino mucho más fáciles de leer que cualquier mamotreto impreso entre dos tapas del rabino Bergman, el pastor Bernardo Stamateas o de ese gran adalid del sentido común que es Marcos Aguinis.

Pero hace poco hubo otra noticia que pasó algo más inadvertida y tendrá un peso más relevante en el futuro: la Dirección de Educación y Cultura de la provincia de Buenos Aires convocó a un comité de críticos y escritores para establecer un listado de libros que serán comprados y distribuidos en 6 mil bibliotecas escolares, y que servirán como orientación para el dictado de las materias de literatura en el secundario. O lo que es lo mismo: crear una “Biblioteca básica de literatura argentina” que actualice el listado de autores de lectura imprescindible para los alumnos, que hasta ahora dependía más bien de los gustos y humores de profesores y maestros.

Ricardo Piglia, Angela Pradelli, Daniel Link, Juan Becerra y Arturo Carrera debatieron y llegaron a un primer listado de diez títulos: Martín Fierro de José Hernández; Facundo de Sarmiento; Una excursión a los indios ranqueles de Lucio Mansilla; El juguete rabioso de Roberto Arlt; Zama de Antonio Di Benedetto; Cae la noche tropical de Manuel Puig; El entenado de Juan José Saer; Bestiario de Julio Cortázar; La furia de Silvina Ocampo y, sí, Ficciones, de Borges. Y anunciaron la edición de una antología de cuentos y otra de poesía, con la presencia de autores poco difundidos en los colegios como Miguel Briante, Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Macedonio Fernández, Copi, Germán Rozenmacher, Ezequiel Martínez Estrada, Daniel Moyano, Héctor Viel Témperley y Joaquín Giannuzzi. Una selección que intentará quebrar el canon cristalizado de los manuales y crear nuevos lectores entre los jóvenes, ya que sin que ello suceda (pronto) no existirá contrato millonario o pase estelar que valga, ni que importe.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Verdades y mentiras

junio 12th, 2011 · 1 Comment

Es mentira que la sociedad argentina se divida entre kirchneristas y antikirchneristas. Tiendo a pensar que somos muchos más los que estamos en el medio, tratando de pensar algo entre tanto ruido. Y que son más, todavía, los que en la Argentina no piensan en política nunca (salvo cuando tienen que votar). Es una sensación. De lo que estoy seguro es de que aceptar la división binaria del mundo que muchos quieren imponer no va a hacerle bien a nadie: ni al kirchnerismo, ni a los opositores, ni a los que estamos en el medio. Blancos y negros, peronistas y antiperonistas, derechas e izquierdas no son sólo términos agotados y vaciados de sentido: son, antes que nada, opciones fascistas. Es mentira que el kirchnerismo haga todo bien. Es mentira que lo haga todo mal. Es verdad que la oposición no representa una opción atractiva. Es ridículo que esté de moda el chantaje de exigir credenciales ideológicas para trabajar, para mantener una conversación, para discutir, para caminar por la calle. Es verdad que para poder pensar bien (así como para crear cualquier cosa) conviene estar lejos del poder. El poder influye, distrae, desestabiliza, nubla, borronea y muchas veces corrompe. Es verdad que 6, 7, 8 y Duro de domar son, básicamente, programas de propaganda política. No de pensamiento. No de discusión. Es verdad que a cualquier persona medianamente formada deberían darle un poco de lástima y bastante vergüenza. Es verdad que el kirchnerismo no gana nada con ellos: si esos son sus pensadores, sus defensores, sus cruzados, pierde mucho. Es verdad que los pensadores, defensores, cruzados de la oposición no suelen ser mucho mejores. Es verdad que el periodismo atraviesa, desde hace tiempo, una crisis profunda: cómo se producen las noticias, cómo se edita la realidad, cómo se seduce a los lectores (y a los compradores). Es mentira que el periodismo sea un oficio mejor o peor que otros. Es apenas una profesión, con malos salarios y unos pocos privilegios. Es mentira que los periodistas sean mercenarios a sueldo de sus patrones. El noventa y cinco por ciento de los periodistas que conozco son trabajadores (con mayor o menor inteligencia o talento) honestos y profesionales. Es verdad que las empresas periodísticas están cruzadas por todo tipo de intereses. Es mentira que esos intereses suelan ser los de sus trabajadores. Es verdad que, por lo general, en los medios escritos se trabaja sin sufrir ningún tipo de censura. Y que está lleno de resquicios y espacios a aprovechar para crear cosas nuevas, interesantes, distintas. Es verdad que comienzan a aparecer medios donde desde una posición de simpatía con el Gobierno se permiten críticas constructivas: la revista Barcelona, algunos artículos de Crisis. Esa disidencia crítica es lo que más necesita el Gobierno, cualquier gobierno. Tengo amigos en Clarín, La Nación, Perfil, Página/12, y todos ellos trabajan con absoluta libertad de opinión y conciencia. Es verdad que existe ese otro cinco por ciento (como en todos los oficios): cínicos, hipócritas, oportunistas, cómplices, genuflexos. Por lo general, no trabajan en redacciones (o trabajan en medios comprados por el poder de turno, y pese a lo que creen no los lee nadie ni tienen ninguna influencia) sino en radio y televisión, donde está el dinero. A mis amigos, ahora que el periodismo parece una profesión condenable per se, quise desearles el pasado 7 de junio un feliz Día del Periodista. Al resto, aunque se reciclen, aunque en uno, dos, cuatro años escriban y opinen cosas completamente opuestas a las que opinan y escriben hoy, tranquilos: no olvidaremos sus nombres ni sus palabras.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).

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