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La historia es conocida: a partir de un diagnóstico equivocado, en 1960 a Anthony Burgess le dan apenas un año más de vida. El escritor inglés se encierra en su casa para escribir todo lo que pudiera y asegurarle a su mujer ingresos por la venta de sus libros. En doce meses, Burguess (una inteligencia brillante que dominaba ocho idiomas) escribió cinco libros y la mitad de La naranja mecánica, novela que lo hizo conocido en todo el mundo al ser adaptada al cine por otro genio de personalidad avasallante: Stanley Kubrick. Esa película, que siguiendo al libro anticipó la crisis que Inglaterra viviría años después y la violencia y el inconformismo de la generación punk (y cuya huella estética puede rastrearse fácilmente hasta hoy) fue estrenada en los Estados Unidos hace cuarenta años.
El libro se editó en 1962. El film es de 1971. Y los que nacimos en la Argentina durante la década del 70 escuchamos de boca de nuestros padres cómo, frente a la prohibición de exhibir la película en el país, había quienes cruzaban a verla al Uruguay. Pero tuvimos nuestra revancha: La naranja mecánica se estrenó en julio de 1985, y ya adolescentes nos cansamos de verla, pausando y rebobinando las escenas en que Alex De Large y sus drugos (también adolescentes) penetran con su libido e incontenible ultraviolencia la coraza de una sociedad decadente: en los primeros diez minutos de película, apalean a un viejo borracho (el orden antiguo), manejan con temeridad un auto deportivo destrozando a los demás coches (la ley), y golpean a un reposado escritor que vive en una casa en las afueras de la ciudad (el burgués), mientras le destruyen la biblioteca y violan a su joven mujer. ¿Cómo olvidar el escalofrío, mezcla de miedo y deseo, disparado por la música de la escena inicial y el plano cerrado de los ojos azules de Alex (bombín negro, maquillaje, pestaña postiza en el ojo derecho), sentado junto a sus amigos en el bar Korova y bebiendo un trago que detrás de su engañosa blancura prometía las primeras experiencias con las drogas?
La película propuso una mirada estética insoslayable. De ahí a los rotosos atuendos de los punks londinenses y neoyorquinos que aparecieron pocos años después, a los alfileres de gancho, los borceguíes y el cuero, hubo menos que un paso. El único tema instrumental que tienen los Ramones se llama Durango 95, igual que el auto con el que Alex y sus amigos destruyen todo a su paso. La canción más conocida de Los Violadores (Uno, dos, ultraviolento), banda pionera del punk en la Argentina, es un abierto homenaje al filme de Kubrick. Imposible ser joven y no identificarse con esos estímulos: todo en La naranja mecánica huele a espíritu adolescente.
Pero el subtexto es bastante más complejo. En la versión Kubrick, la sociedad genera su propia destrucción, a través de la violencia de sus jóvenes. Recibe el ataque y lo devuelve multiplicado, reprimiéndolos de manera perversa (a través de regímenes de tortura y manipulaciones científicas) para luego arrepentirse hipócritamente de sus pecados y dejar todo como estaba. La historia funciona como metáfora de cualquier poder autoritario. Pero no habría que olvidar un detalle: el libro original contiene un último capítulo, el 21, que cambia el signo del mensaje. Allí, Alex siente el deseo de estar tranquilo, de formar una pareja, y entiende que la ultraviolencia ya no tiene sentido. En síntesis, ha madurado. El enigma que queda abierto es cómo evolucionará Alex a partir de sus experiencias narradas: ¿formará parte de los represores o de los reprimidos? ¿O existe una tercera posición, una especie de rebelde adultez?
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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¿Cómo no asistir con sorpresa a las manifestaciones espontáneas contra el sistema de partidos y la clase política que comenzaron en Madrid y se extendieron por toda España la última semana? ¿Cómo no pensar, casi diez años después, en la crisis de diciembre de 2001, cuando parecía que la Argentina iba a desmaterializarse y, mientras las calles se regaban de sangre y fuego, de la informe masa ciudadana surgían eslóganes como el ya célebre “que se vayan todos”? En Madrid hubo (hay) todo tipo de enunciaciones por el estilo (“Democracia real, ya”; “Que nos gobiernen las putas, ya que sus hijos no supieron hacerlo”; “Paguen la crisis sus culpables: políticos afuera”; “Los políticos y banqueros desde arriba nos mean: los medios dicen que llueve”; “Juventud sin futuro: sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo”), tan similares que lo más probable es que no se trate de una casualidad: teniendo en cuenta la cantidad de argentinos que viven en España (ironías del destino: muchos se fueron de aquí para allá después de 2001), debe haber existido más de un préstamo entre unas reivindicaciones y otras.
Los destinatarios de la ira popular son los mismos: la clase política y los banqueros. Pero tal vez allí se acaben las semejanzas. Esta, más que otras, parece ser una manifestación con fuerte conciencia generacional (jóvenes de clase media y desclasados que se reivindican como tales): es la primera vez que los ciudadanos españoles que crecieron luego de la dictadura se ven enfrentados a la desocupación (alrededor del 40 por ciento), al hambre, a un futuro incierto. Jóvenes que han visto a vecinos como Grecia, Portugal e Irlanda caer al abismo, que han adoptado las formas de comunicación y convocatoria de las recientes revueltas en los países africanos árabes: a través de mensajes de texto, de Twitter, de redes sociales. Pero, también, jóvenes que reclaman desde adentro del sistema (el disparador de todo fue el desencanto frente a la inminencia de las elecciones españolas) cambios, aunque algunos bastante radicales, pero para y dento de ese mismo sistema.
¿Cuáles son algunas de las exigencias que se escucharon en la Puerta del Sol madrileña estos días? La supresión de la Ley Sinde (que castiga las descargas por Internet), del Plan Bolonia (la controvertida reforma europea universitaria), de la Ley de Extranjería y de Partidos. Reformas fiscales para que el IVA sea un impuesto progresivo. Subvencionar el transporte público para los desocupados. La eliminación de sueldos vitalicios para los políticos, y listas electorales libres de imputados por corrupción. Desvinculación total de la Iglesia y el Estado, democracia participativa y directa. Terminar con la precariedad salarial, el cierre de centrales nucleares, la recuperación de empresas públicas privatizadas y hasta un referéndum acerca de la eliminación de la monarquía. Reclamos variados surgidos de petitorios, votaciones y asambleas, que ponen en discusión (a veces real, otras candorosamente) al sistema, de manera transversal.
Mientras tanto, el PP y el PSOE se responsabilizan mutuamente del estado de las cosas. Pero desde fines de 2008, la frustración y la rabia de los españoles no había hecho más que crecer. Y es hasta extraño que no haya explotado antes. ¿Cómo hizo la clase política para no verlo? Tal vez sea el momento de que España despierte de una pesadilla recurrente: volver a ser un país europeo, pero pobre. Y que aprenda a lidiar con ello, y a construir algo nuevo desde ese lugar.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Y bueno, me voy a dar el gusto de escribir finalmente esta columna sobre el Fútbol Club Barcelona, pero no sólo porque la semana pasada haya ganado un nuevo torneo, el tercero consecutivo (de los de 38 fechas, no como los de acá, que vendrían a ser como campeonatos de cotillón) desde 2008, sino y sobre todo porque el del FCB es un fenómeno que excede largamente al deporte. Tiene tanto que ver con el fútbol como con el espíritu catalán (los catalanes tienen su propio Ying y Yang: el Seny significa el sentido común o la cordura; la Rauxa vendría a ser el arrebato o la pasión. Mediante la conjunción de ambos conceptos es que se definen a sí mismos), su manera de vivir, y con la propia ciudad. El que no entienda eso, jamás podrá comprender verdaderamente las diferencias que existen entre Barcelona y Madrid, y sus respectivos clubes.
Barcelona renació con los Juegos Olímpicos de 1992. A través de ellos (de la inversión en infraestructura, de la recuperación de sus playas, de su desarrollo) se proyectó como lo que es hoy: la ciudad que medio mundo ama, y muchos catalanes detestan. La “marca Barcelona” comenzó a forjarse entonces y terminó consolidándose, por señalar un hito reciente, con la película Vicky, Cristina, Barcelona de Woody Allen. El FCB (los nativos lo llaman Barça, como dicen Barna cuando se refieren a la ciudad) comienza a ser lo que es actualmente, al mismo tiempo que empezaban a aparecer las fisuras de aquel viejo proyecto urbano: en 2008, con la crisis económica europea. Barcelona es una ciudad pequeña y hermosa, repleta de bares y restaurantes, con playas y montañas, pero también extremadamente cara para sus propios habitantes, llena de edificios nuevos y vacíos (resabios del boom de la construcción) mientras muchos jóvenes no pueden pagar el alquiler y viven con sus padres o en las afueras. Una ciudad que el turismo está arruinando (sus calles atestadas de jubilados europeos o de jóvenes ingleses y alemanes que aprovechan los vuelos low cost para emborracharse barato en un clima templado) en paralelo con una parte del Gobierno, preocupado por convertirla en un parque temático donde a falta de atracciones mecánicas se ofrece el concepto de Modernismo y las obras de Gaudí. Por sus calles se ve cada vez menos espontaneidad (skaters, arte urbano, cultura alternativa) y cada vez más buses de dos pisos repletos de turistas sacando siempre las mismas fotos.
La contracara de ese negocio calculado, que de seguir así acabará por vaciar de vida a la ciudad (como pasó con Nueva York o con París), es ese objeto que los catalanes y el resto del mundo disfruta con renovada sorpresa: el FCB. Como si en el fútbol se replegara parte del típico espíritu catalán, progresista y de buen gusto. Con la mayor parte de sus jugadores surgidos de las divisiones inferiores, este equipo no busca sólo ganar, sino jugar bien, mientras bate récords históricos y se convierte en un ejemplo a seguir por generaciones de deportistas. El viernes, los jugadores festejaron el nuevo campeonato por las calles de la ciudad, y así como la camiseta de entrenamiento del año pasado llevaba el lema “No pienses en una temporada. Pensá en la historia”, esta vez tocó otra de tenor similar: “El valor de tener valores”. Ese es el gran dilema que enfrenta hoy Barcelona: seguir los pasos de otras metrópolis y terminar siendo un producto de consumo más para el turismo internacional, o mirarse en el espejo y apostar por los valores que defiende su propio club de fútbol.
(Publicado en el suplementon de Cultura de Perfil).
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Si por mí fuera, escribiría esta columna entera sobre el Fútbol Club Barcelona. Sobre los dos goles de Lionel Messi de hace algunos días (creo que vi el slalom del segundo alrededor de setenta veces en una semana), sobre el inesperado rencor de un técnico como José Mourinho, que llevó a Josep Guardiola a atacarlo verbalmente por primera vez, sobre cómo el apostar a largo plazo por una estética del fútbol y desarrollar una moral de equipo ha deparado un fenómeno como el del FCB, señalado como un ejemplo de belleza, excelencia y efectividad por futbolistas y deportistas en todo el mundo. Pocas cosas hubo la semana pasada que me dieran tanta alegría como la clasificación a la final de la Champions League, tanto que cometí el error de ponerme a hablar de fútbol como un desesperado (peor: como un fan, esa figura aborrecible) en una pequeña y exclusiva reunión de escritores en la que se presentaba un nuevo sello editorial (Mar Dulce, el emprendimiento de Gabriela Massuh, Juan Zorraquín y Damián Tabarovksy), más preocupado por el Manchester United, el próximo rival del Barcelona, que por Jean Echenoz, el novelista francés agasajado aquella noche.
Pero como éste no es el suplemento de deportes, mejor olvidar ese fugaz papelón y volver, si se puede, a la literatura, o a sus alrededores en este caso. Porque a horas de aparecer en la Argentina una nueva novela de Thomas Pynchon (Vicio propio), ese escritor genial e inclasificable nacido en Nueva York en 1937 y famoso tanto por sus libros como por su completa ausencia pública (no fotos, no entrevistas, no acudir a entregas de premios, ni siquiera a retirar el National Book Award, como sucedió en 1974), una nota en Los Angeles Times anuncia una exposición al menos curiosa que interesará a sus seguidores. Se trata de un obsequio de una pareja de amigos de Pynchon, Phyllis y Fred Gebauer, al Programa de Escritura de la UCLA: primeras ediciones autografiadas e incluso con ilustraciones del autor de La subasta del lote 49 y El arcoiris de gravedad. La pareja y Pynchon se conocieron en una fiesta en Seattle en los años 60, cuando Gebauer trabajaba para la Boeing y el escritor (al que ellos llaman simplemente “Tom”) también. Enseguida se pusieron a golpear en las teclas de un piano la canción de El Oso Yogui y a intercambiar chistes y juegos de palabras, y se hicieron amigos. Desde entonces, recibieron primero una copia de V. (1963) y otras de cada uno de los libros que el novelista fue publicando hasta la fecha.
Pynchon estuvo inmediatamente de acuerdo con la donación de los libros a la biblioteca de la UCLA (donde aparentemente pasó muchas tardes mientras vivía en Los Angeles), para recaudar fondos para becas de estudiantes. E incluso bromeó con la posibilidad de aparecer de sorpresa en la presentación de los ejemplares. Pero sólo mandó un escueto mensaje: “Buen trabajo, y buenas ondas para todos”. Todos aquellos a quienes la UCLA nos queda un poco lejos tenemos, mientras tanto, su nuevo libro, que se plantea, sólo en apariencia, como una novela negra. Y un deseo: ya va siendo tiempo de que Tusquets reedite el único libro de relatos de Pynchon, Un lento aprendizaje, cuentos de cuando era apenas un escritor principiante, que vienen acompañados de un prólogo en el que el autor disecciona esos textos con una inteligencia autocrítica implacable: un taller literario inmejorable, de apenas quince o veinte páginas.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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En marzo de 2009, la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA) logró hacer aprobar en la Ciudad de Buenos Aires una ley de pensión para creadores impulsada durante años por un grupo de personas ligadas al mundo cultural. El Régimen de Reconocimiento a la Actividad Literaria fue pensado para beneficio de los escritores de 60 años o más, residentes por un mínimo de quince en Buenos Aires, siempre y cuando no cobraran otra pensión, y les otorgaba un subsidio mensual y vitalicio cuyo monto debía ser igual al ingreso básico del personal del Gobierno de la Ciudad.
Ahora, dos años después, me llega por mail la noticia de la presentación en el Congreso del proyecto de Asignación Unica por Trabajos y Obras en Reconocimiento a Escritores, una iniciativa del diputado nacional Carlos Heller, ex vicepresidente de Boca Juniors y presidente del Banco Credicoop. Ya existía un proyecto similar del senador nacional Samuel Cabanchik, en conjunto con la SEA, que básicamente proponía lo mismo: una pensión mensual vitalicia para los autores mayores de 65 años, residentes en la Argentina por más de dos décadas que puedan acreditar una trayectoria pública de veinte años, o hayan publicado cinco libros de su autoría. A diferencia de lo sancionado en la Ciudad, esta iniciativa prevé para los beneficiarios un monto equivalente a tres jubilaciones mínimas. Más allá de lo arbitrario del monto (¿Por qué tres jubilaciones y no una sola? ¿O por caso, por qué no diez? ¿Un escritor cualquiera es tres veces más importante que cualquier otro trabajador?), el mail llega acompañado de una larga lista de adhesiones, entre las que se pueden distinguir cuatro o cinco nombres de escritores importantes entre una ristra de otros completamente desconocidos.
Se sabe lo que pensaba Rodolfo Fogwill al respecto, y lo escribió más de una vez: o jubilación para todo el mundo (lo que parece ser materialmente imposible) o jubilación para los que aportaron a lo largo de su vida. Un escritor no es, afirmaba, ni por cerca más importante que un albañil. Hay quienes piensan, también, que si alguien decide dedicarse a la creación literaria, debiera al mismo tiempo asegurarse él mismo los medios para subsistir (así como lo hace la mayor parte de los escritores hoy: escribiendo para medios impresos, dictando clases o conferencias, trabajando en cualquier otro oficio). Al margen de eso, de sancionarse esta ley, lo que seguramente surgirá será la polémica acerca de quiénes serán los dignos beneficiarios. ¿Si alguien pagó, como sucede tan a menudo, la publicación de cinco libros en una editorial propia o fantasma, e invirtió para ello unos pocos miles de pesos, se hará acreedor automáticamente de una pensión vitalicia?
El proyecto dice que existirá un Comité de Evaluación que decidirá sobre este tema. Lo integrarán un representante de la Secretaría de Cultura de la Nación, un miembro de la Academia Argentina de Letras, un escritor de reconocida trayectoria (designado por las Comisiones de Educación y Cultura) y dos miembros más designados por las entidades representativas de escritores y escritoras argentinos. ¿Cobrarán un sueldo los integrantes de este comité? ¿Serán impermeables a las presiones del arenoso campo cultural argentino? Finalmente: ¿alguien puede asegurar que las personas, agrupaciones e instituciones antes mencionadas son las que mejor conocen la literatura local? ¿Las adecuadas para decidir quién merece una jubilación y quién no?
(Publicado en el suplemento de Cultura del diario Perfil).
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Cada año, cuando llega esta época, buena parte de los editores que conozco están un poco más nerviosos que de costumbre. Durante veinte días, la Feria del Libro organiza sus tiempos, los consume, los moviliza y los agota. Es entendible: en estas pocas semanas venderán, probablemente, la misma cantidad de libros que durante todo el año. Dije editores, no libreros ni escritores. Los libreros miran la feria con desconfianza. Es el momento de las ganancias netas para las editoriales, cuando desaparece el intermediario entre el productor y el comprador de libros, que suele quedarse con un porcentaje de la transacción que va del 35 al 50 por ciento. Los libreros deben contentarse con la cláusula que impide que el precio de los libros dentro de la feria sea menor que el de las librerías. Para la mayoría de los escritores, los críticos, los periodistas culturales y los lectores conspicuos, la feria es algo que produce, en general, cierta indiferencia: ¿qué interés puede tener para alguien habituado al trato constante y perdurable con los libros ese espacio agobiante inyectado de luces, metales, alfombras, promotores, folletería, ruidos y familias enteras que atestan los stands, locales y pasillos en busca de su dosis de lectura anual?
Por mi parte, no suelo ir a la feria como no suelo ir a casi ningún lado, salvo para ocasiones muy específicas. Soy parte del jurado del premio que se otorga al libro más sobresaliente del año anterior, que se delibera y elige horas antes de la inauguración, cuando el predio de La Rural es todavía un inmenso espacio fantasmal y palpitante: todo está limpio y lustroso, y la energía contenida de lo inminente es algo palpable. (Dicho sea de paso, este año la premiada fue Hebe Uhart, por la edición de sus Relatos reunidos). Pero este año me tocará también participar, el lunes 2 de mayo, de una mesa titulada “Los narradores y las nuevas tecnologías”, junto a los escritores Luis García Jambrina, Hernán Ronsino y Juan Terranova. Me imagino que por nuevas tecnologías la gente que organizó la mesa se refiere a las redes sociales y otras formas de comunicación, información y producción textual, como blogs, Twitter y Facebook. De las tres plataformas mencionadas, desconozco la utilidad (y me producen cierto pavor) de las dos últimas. No veo una clara relación entre escritura literaria y redes sociales, a las que tiendo a pensar meramente como nuevas formas de distracción (con sus virtudes y defectos). Terranova, siempre más permeable a estas cuestiones, escribió hace poco en un artículo: “Cada avance tecnológico genera nuevos soportes y cada soporte produce nuevos géneros y a su vez los géneros transforman o educan lectores (…) Las diferentes formas de la Reacción ven en las nuevas tecnologías, en sus géneros y soportes, una amenaza al statu quo. Los creadores menos conservadores las reciben como una posibilidad de ampliar sus horizontes creativos, de llegar a más lectores, de instalar su producto en el mercado y de hacer oír su voz política”.
No quisiera sonar precisamente conservador, pero siempre estuvo claro que para escribir algo que valga la pena no hace falta más que papel y lápiz. Ni máquinas, ni programas, ni computadoras. Más interesante sería pensar en cómo Internet y las redes sociales modifican la experiencia del lector, su disfrute, su nivel de concentración, su capacidad de establecer múltiples relaciones intelectuales a un tiempo. Los escritores probablemente sigan siendo los mismos, no así los meros lectores de textos. Como siempre: respuestas pocas, preguntas muchas.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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abril 17th, 2011 · 1 Comment
Debo haber sido el único de mi círculo de amistades que no fue a ver a Keith Jarrett en el Teatro Colón el martes pasado. De todas maneras, me enteré de lo que pasó, tanto por sus relatos como por las notas aparecidas al día siguiente en los diarios. Algo así como que Jarrett, ese pianista fuera de lo común, transcurrió toda la noche de su único concierto en Buenos Aires fastidiado y a punto de suspender el recital por una larga serie de razones: porque había solicitado, varias veces antes del comienzo del show, que nadie sacara fotos, y no le hicieron caso; porque lo distraían las toses del público multiplicadas por la acústica; porque el piano del Colón no era lo suficientemente bueno (aunque en apariencia lo había probado esa misma tarde). En fin, que estaba un poco molesto por todo, lo que no quita que al piano pudiera faltarle brillo (un Steinway de 2002 que tocaron otros grandes pianistas sin problemas), que la gente haya efectivamente tosido con insistencia y que, sobre todo y a pesar de las advertencias, cuatro o cinco personas se dedicaran a grabar y fotografiar al músico en escena con cámaras de fotos y teléfonos celulares.
Al margen de estos detalles, al parecer me perdí un concierto único e irrepetible. Pero al otro día, varios de los asistentes al Colón estaban furiosos. ¿Cómo puede ser que en pleno 2011 alguien pretenda evitar ser fotografiado o grabado en público? ¿Cuánto puede llegar a molestarlo eso? La verdad es que el único que lo sabe es el propio Jarrett. Pero lo que es difícil de entender es por qué el público actual insiste en desafiar la expresa voluntad del artista al que pagaron para ver: la compulsión de registrar ese momento como sea, aunque no haya necesidad y ni siquiera exista finalidad (¿el souvenir personal, ser el primero en subirlo a YouTube?). Si Jarrett pretende que sus conciertos, generalmente improvisados de principio a fin, se rijan por la lógica del acontecimiento (un suceso disfrutado por única vez, en una sola toma, por él y por el público presente en la sala, en una suerte de trance compartido), ¿qué es lo que lleva a los asistentes a negarse a acatar ese deseo, que los pone incluso en una aparente situación de privilegio?
Si estamos tan acostumbrados a soportar los absurdos caprichos de las estrellas de la industria musical, el cine y la televisión (de Madonna al último panelista de la televisión devenido conductor), bien haríamos en permitirle a un genio del talento de Jarrett decidir sobre lo que quiere que se comparta o resguarde de sus ya legendarias improvisaciones en vivo. Porque si en nuestros días la gente es incapaz de mantener la concentración por más de diez minutos, si el respeto por la voluntad y el derecho del otro ya no existe, si la sintaxis mental y corporal que domina es la del zapping, si hay una necesidad irrefrenable y permanente de registrar el ocio personal, por más trivial que este sea (Twitter como la expansión del reality show televisivo a la masa anónima global), lo último que podemos hacer es culpar a un pianista loco por eso: mucho mejor haríamos en reflexionar acerca de las dimensiones alcanzadas por nuestra neurosis, e imaginar por qué si la gente no soporta la vida que lleva (algo evidente en quien necesita fotografiar cada segundo de su existencia) no hace algo verdaderamente útil para cambiarla.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Al sur del sur las cosas suelen suceder al revés, por lo que, lejos de ser el mes más cruel, abril funciona para Buenos Aires como una especie de campana de largada del año. El jueves pasado se inauguró una nueva edición del Bafici, por lejos y por unanimidad considerado el evento cultural más importante de la Argentina. En su decimotercera temporada, la calidad y variedad de las películas programadas, y la profesionalidad y dedicación de sus organizadores (ésa que puso a Buenos Aires en el mapa de los festivales del mundo) vuelve a conjugarse para ofrecer, hasta el 17 de abril, cientos de películas que de otra manera sería sencillamente imposible ver. Todas las críticas que puedan hacérsele al festival son vanas comparadas con lo que el Bafici ofrece al público una vez al año.
Apenas terminado el festival de cine, abrirá la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en La Rural de Palermo, entre el 20 de abril y el 9 de mayo. El Bafici y la Feria del Libro son dos eventos antagónicos (el primero, dedicado a los amantes del cine que desprecian la oferta masiva de las carteleras porteñas durante el año; la segunda, una oferta masiva que suelen menospreciar los amantes de la literatura, quienes la ven como un gran mercado persa) pero, cada uno y a su modo, muy exitosos. Este año, la feria tendrá una nueva directora: la traductora, editora y gestora cultural Gabriela Adamo. Como avance de los cambios que la gestión de Adamo aportará, junto al resto de los miembros de la Fundación El Libro, está por ejemplo la creación de un salón de lectura digital dentro de la feria, donde se podrán probar los distintos dispositivos electrónicos disponibles a la fecha. Del exterior, llegarán esta vez Diedrich Diederichsen, Jean Echenoz, Margo Glantz y Jorge Edwards, entre otros. Y de las múltiples actividades destacadas, el 8 de mayo a las 18.30, Pablo Gianera, Francisco Garamona, Gustavo Nielsen, Damián Tabarovsky y Guillermo Piro participarán de una mesa en homenaje a Rodolfo Fogwill, fallecido el año pasado, titulada “Escritura y provocación”.
El de Adamo no será un debut sencillo, teniendo en cuenta la polémica que protagonizaron hace poco Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, y el escritor peruano y último Premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa. Para despistados: González sugirió en una carta que se reconsiderara la idea de que Vargas Llosa inaugurara la feria, debido a las constantes alusiones negativas con las que el peruano suele referirse al gobierno argentino. Después, el escándalo y el cruce de opiniones de uno y otro lado. Pero pocos dijeron que, en verdad, la feria se inaugurará el miércoles 20 a las 18.30 con la presencia de las autoridades políticas de siempre y dos homenajes: Germán García recordará con un texto a David Viñas, y un conjunto musical leerá e interpretará canciones de María Elena Walsh.
Al día siguiente, a la misma hora y en el Pabellón Frers, Vargas Llosa dará finalmente su discurso. Nadie conoce aún de qué hablará, pero se descuenta que ofrendará sus habituales juicios políticos. Lo que sí se sabe es que ya hay un gran interés en el acto por parte de la prensa internacional, que la charla durará alrededor de una hora, que no habrá preguntas abiertas del público ni del periodismo y que el escritor llegará en medio de un gran operativo de seguridad. La sala tiene capacidad para 800 personas, se retransmitirán sus palabras en directo a través de dos pantallas y se accederá únicamente con invitación. Todo el resto (¿habrá piquetes, escraches, comportamiento cívico o salvaje?) todavía es un enigma.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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En la Argentina, y en Latinoamérica, las cosas están más o menos así: por un lado están los escritores profesionales, esos que producen textos por y para el mercado (más allá de sus intenciones y de su bonhomía). Tramas reconocibles para los lectores de todo el territorio hispanoparlante, compuestas, a su vez, en una lengua falsamente neutra (como los doblajes mexicanos de exportación de algunas películas). Son los escritores pasteurizados: muchos de ellos hacen malabares para llegar a fin de mes, pero otros gozan de buena salud, sonríen para las fotografías como si fueran estrellas de rock (pero vaciados del pathos que toda buena estrella de rock debe exhibir) y cada tanto ganan algún premio importante en metálico que, prorrateado, les deparará años de tranquilidad y buena fortuna. Del otro lado, los escritores a secas. Son los menos, pero los que vale la pena leer. Y Yuri Herrera (México, 1970), autor de novelas como Trabajos del reino y Señales que precederán al fin del mundo, es uno de ellos. Uno de los buenos.
Algunos caen en la simplificación de señalar a Yuri Herrera como un representante de algo que dio en llamarse narcoliteratura y que no se entiende bien qué es, tan sólo porque sus novelas están ambientadas en la frontera de México con los Estados Unidos, o porque sus personajes son cantantes de narcocorridos o mujeres que cruzan un río llevando mensajes y paquetes. Un reduccionismo que sólo puede empobrecer sus libros, breves, potentes, bellos y pregnantes, y las lecturas que puedan hacerse de ellos. Porque tan gravitante (o más, a decir verdad) como la geografía son, en Herrera, las palabras: una poderosa explosión de sentido que crea un territorio nuevo para la lengua, poroso, rico, ni mexicano ni estadounidense, dotado de una fuerte carga política. “Es una obligación del oficio hacerse responsable de cada signo que uno le ofrece al lector. Si uno va a intervenir la página en blanco, debe saber para qué”, declaró el escritor en una entrevista.
La confusión generalizada tiene sus motivos: Herrera, también licenciado en Ciencias Políticas, vivió tres años en El Paso, pasando días y noches al otro lado de la frontera, en Ciudad Juárez. Pero lo hizo como residente de una escuela de escritura creativa, más como un etnógrafo literario que con afán documentativo. “Vivía en la frontera, veía muchos cantantes y pasaba mucho tiempo en lugares donde no es difícil encontrarse con dealers. O con consumidores. También veía gente que aunque no eran realmente capos del narcotráfico se comportaban como capos. Iba mucho a las cantinas y, como nunca he tenido auto, caminaba mucho”, contó alguna vez.
Una lengua rabiosamente viva, la voluntad de dar cuenta del mundo de hoy a través de la literatura, una capacidad asombrosa para construir imágenes poéticas (“El señor Hache sonrió de un modo siniestro, con la misma naturalidad con que entrelazaría las piernas una serpiente disfrazada de hombre”), una obra que recién comienza a desplegarse y de la que es dable esperar más. Pero, sobre todo, hay en Herrera una clara ética literaria, la voluntad de crear una nueva forma (personal: eso que algunos llaman estilo y otros sencillamente literatura) de narrar. Como dice el personaje principal de su segunda novela, Makina, sobre esa lengua que escucha en la frontera: “No es que sea otra manera de hablar de las cosas: son cosas nuevas. El mundo sucediendo nuevamente, prometiendo otras cosas, significando otras cosas, produciendo objetos distintos”.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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La semana pasada se cumplieron siete meses de la muerte de Rodolfo Enrique Fogwill, el último escritor maldito argentino (sin reemplazos a la vista). Hace un tiempo soñé, toda la noche, que mantenía una larga conversación con él. No es que antes de que se internara (se internaba él solo, últimamente, cada vez que se descomponía a causa de un enfisema pulmonar) nos viéramos tanto (solía llamarme de manera inesperada para hablarme mal de ciertos escritores, editores y suplementos culturales, y probablemente hablara igual de mí cuando conversara con otras personas: esa malicia, esa necesidad de intervención y discusión permanente lo hacía muy querido para algunos y muy temido para otros). Pero su voz y su mirada, con el tiempo, pasaron a ser una presencia y una compañía insoslayable. Lo importante –porque no es curioso– es que esa experiencia onírica no es algo que me haya pasado sólo a mí: en los últimos días, un poeta y traductor me contó que había soñado que caminaba por la calle con él, y que le decía que lo extrañaba mucho, pero en este caso, Fogwill era un fantasma que sólo él podía ver. Otro escritor, novelista y ensayista en este caso, también me dijo hace apenas unos días que tenía tantas ganas de charlar con Fogwill que decidió enviarle un mail a su correo electrónico. Al poco tiempo le llegó una respuesta: la casilla había sido deshabilitada.
Como se ha dicho muchas veces, Fogwill no era solamente el autor de libros implacables, lúcidos e irrepetibles como Los pichiciegos, Vivir afuera o Muchacha punk. Sus cuentos, novelas, poemas y artículos periodísticos eran apenas una parte de su obra. La otra –sus anécdotas, leyendas y polémicas–reaparece con toda su crudeza e ingenio cada vez que dos o tres escritores argentinos se sientan a una mesa. Según me contaron, Fogwill venía pensando en su muerte desde hace por lo menos dos o tres años (nadaba todas las mañanas, se cuidaba en las comidas, pero no había podido dejar el cigarrillo de manera definitiva nunca) y en el futuro de sus cinco hijos, dos de ellos menores de edad. Y tal vez esa haya sido una de las razones por las que se decidió a recopilar sus cuentos en un solo volumen en Alfaguara y reeditar –al parecer los contratos de sus libros se terminaban cuando estos agotaban una edición y, así, volvía a negociar y a cobrar los adelantos de esas obras– en El Ateneo, un sello nuevo, dos de sus mejores novelas.
Quienes lo conocían un poco, sabían que Fogwill era, también, un atento consumidor de tecnología. Llevaba a todos lados su reproductor digital –lleno de música clásica, lieder y fotos suyas y de su familia– y tenía en su casa varias computadoras. Sus hijos se enfrentan ahora a la difícil tarea de abrir las carpetas y los documentos archivados en cada una de ellas (Fogwill podía ser cualquier cosa menos ordenado), y ver si allí no quedaron atrapados textos en los que estuviera trabajando. Hasta el momento, se sabe que existe al menos una novela inédita, de ciento veinte páginas, que Fogwill pensaba en su momento publicar en Interzona (su editorial de entonces). Se trata de un largo viaje en ómnibus que el protagonista hace para ver a una suerte de gurú que vive en un lugar llamado Flores. Tiene como título provisorio Boludos que hablan y está dedicada a Damián Tabarovsky, su editor en ese momento. ¿Habrá algo más dando vueltas en algunos de esos discos rígidos? No somos pocos los que esperamos que así sea.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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El miércoles que viene, David Lynch dirigirá un concierto de Duran Duran que podrá verse gratis y en directo por Internet. La iniciativa es parte de una serie llamada Unstaged, que vincula a bandas de rock y cineastas (en agosto, Terry Gilliam filmó a Arcade Fire), y es una de las tantas actividades a las que se dedica Lynch entre una película y otra (en su larga carrera ha hecho videos para Michael Jackson y Chris Isaak, y campañas publicitarias para Calvin Klein, Alka-Seltzer y el gobierno de Nueva York, por ejemplo). La noticia llega a cinco años de la última película del director, Inland Empire, y al mismo tiempo en que su libro Atrapa al pez dorado (publicado en España hace dos años y cuya lectura puede provocar sorpresa, estupor e indignación, todo al mismo tiempo, por su aparente candidez) comienza a venderse en la Argentina con fuerza.
No sólo eso: Cahiers du Cinema acaba de distribuir los dos primeros tomos de la colección Maestros del cine, uno de los cuales tiene como figura central al propio Lynch. La mayor parte de los textos del volumen están a cargo del crítico Thierry Jousse, pero al margen de la cantidad de fotografías que trae el libro, su interés es sobre todo arqueológico: por un lado, está el recorrido biográfico del autor de Twin Peaks, Terciopelo azul y El camino de los sueños, a esta altura conocido por casi todos; pero al mismo tiempo el volumen viene acompañado por fragmentos de entrevistas y, sobre todo, por la reproducción de ensayos y críticas aparecidas originalmente en los Cahiers.
La obra de Lynch ha fascinado a por lo menos dos generaciones de críticos, escritores y cinéfilos, e influido a otras tantas de cineastas. Pero quizá lo mejor que nadie escribió sobre él hasta ahora sea el artículo David Lynch conserva la cabeza, de David Foster Wallace (1962-2008), incluido en su libro Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (acaban de anunciar que en breve se publicará la novela inconclusa El rey pálido, en la que Wallace estaba trabajando antes de ahorcarse en su casa de California). Allí, Wallace, enviado por la revista Premiere, se mete en el set de filmación de Carretera perdida y hace una profunda disección de la personalidad y la obra del director, y sobre todo de la propia industria del cine.
El texto es una apología de la manera de ser y de filmar de Lynch, pero se sabe que las apologías de Wallace pueden ser, al mismo tiempo, brutales. Imposible de resumir por su extensión y calidad (se trata de un ensayo de setenta páginas), Wallace logra llegar al umbral del misterio Lynch y explicar por qué su cine nos fascina tanto: “La ausencia de linealidad y de lógica narrativa, la profunda polivalencia del simbolismo, la opacidad vidriosa de las caras de los personajes, la extraña pesadez de los diálogos, el despliegue habitual de personas grotescas como figurantes, la forma minuciosa y pictórica en que las escenas son compuestas e iluminadas y la forma lujuriante y posiblemente voyeurista en que se representan la violencia, la perversión y el horror”. Pero hay una pregunta que el propio Wallace se hace y no puede responderse: ¿es Lynch un genio, un idiota, o las dos cosas al mismo tiempo? Por las dudas, aclara: “Admiro a Lynch como artista y desde lejos, pero no me gustaría ir a visitarlo a su caravana, ni mucho menos ser su amigo”.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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A fines de enero el gobierno francés dio marcha atrás con el homenaje deparado a Louis-Ferdinand Céline por los cincuenta años de su muerte. El hecho respondió a un pedido de Serge Klarsfeld, presidente de la asociación de hijos de deportados judíos, a quien no le importó demasiado que Céline haya sido tal vez el mayor escritor francés del siglo XX junto a Marcel Proust, sino que juzgó su obra y su figura a la luz de sus textos panfletarios, un par de ensayos de neto corte antisemita. El alcalde de París, el socialista Bertrand Delanoë, justificó la decisión diciendo: “Céline era un excelente escritor, pero una persona despreciable”.
Casualmente o no, ése fue el argumento que esta semana utilizó Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, en su carta al presidente de la Cámara del Libro, Carlos de Santos, para pedir que reviera la decisión de que el último Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, inaugure la Feria del Libro de Buenos Aires. “Es sabido que hay dos Vargas Llosa, el gran escritor que todos festejamos, y el militante que no ceja ni un segundo en atacar a los gobiernos populares de la región”, escribió González, quizá el intelectual más destacado del actual gobierno, en su mensaje, y desató una polémica que llevó a la intervención directa en el asunto de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que con admirables reflejos sugirió a González que desactivara su queja.
En la misiva de González hubo no una sino varias señales alarmantes. Para empezar, es de dudoso gusto que un alto funcionario estatal intervenga públicamente en las decisiones de una institución privada. No eran tampoco claras las alusiones a la incomodidad general (¿quiénes eran los que se sentirían molestos?) que podría suscitar el discurso inaugural de Vargas Llosa, un personaje mucho más influyente y atinado que la pareja de músicos que abrió el evento el año pasado: Teresa Parodi y Víctor Heredia. Es cierto que Vargas Llosa suele denostar en sus declaraciones y artículos a los gobiernos populistas latinoamericanos, y que para él no existen demasiadas diferencias entre Cuba, Venezuela y la Argentina. Pero a pesar de ello: ¿no se ha ganado la libertad (que por otra parte es la de todos) de opinar lo que quiera, donde quiera, cuando quiera? Ese es el problema que se hace cada vez más palpable en la artificialmente polarizada sociedad argentina: pareciera que no. Y es lo que permite que desde las variadas tribunas mediáticas oficiales se demonice (por otra parte, la misma táctica que utilizaron siempre los gobiernos dictatoriales y autoritarios) a escritores, periodistas y actores políticos que no adhieren por completo a las ideas del Gobierno. Habría que recordarles, entre otras cosas, que fue George W. Bush quien hizo famosa, y no hace tanto tiempo, aquella frase que propone una visión maniquea del mundo: “o están con nosotros, o están en contra nuestro”.
Librepensador, intelectual no orgánico o disenso son términos que cotizan en baja en la actualidad. Para los funcionarios oficiales de segunda y tercera línea (y para un grupo de escritores y artistas sin demasiado talento, pero que se acostumbró a recibir distintos tipos de prebendas oficiales) parece haber una sola manera de adherir al proceso político actual: obsecuencia y genuflexión. No entienden que así cavan su propia tumba. Quedó demostrado esta semana, cuando fue la propia Presidenta la que tuvo que pedirles que, por favor, dejaran de sobreactuar.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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No hace falta insistir sobre la corriente de afecto que a un siglo de las grandes migraciones todavía une a muchos argentinos con Europa: por sus venas sigue corriendo sangre italiana, española, francesa, alemana, austríaca, polaca. Será por eso, tal vez, que se hace cada vez más difícil soportar el evidente retroceso en el que Europa está embarcada en materia de política internacional y derechos humanos. El 18 de octubre pasado fue Angela Merkel quien con frialdad y transparencia germana anunció que la idea de una sociedad multicultural “había fracasado”, refiriéndose a la integración de los inmigrantes en Alemania. De Nicolás Sarkozy y Silvio Berlusconi, tipos bastante menos presentables, las palabras no hubieran sorprendido tanto. Pero la declaración de Merkel lo único que hizo fue poner en evidencia un sentimiento apenas disimulado en países como Italia, Francia, Alemania, Inglaterra, Suiza o España. En tierras de Merkel, por ejemplo, más de la mitad de los nativos suele asegurar que los inmigrantes “son desagradables” y que el país está “superpoblado de extranjeros”.
Pero la xenofobia es apenas uno de los actuales problemas europeos. Las revueltas en el mundo árabe africano (por ahora restringidas a Egipto, Túnez y Libia) agitan otros fantasmas: más que la violencia o el sufrimiento humano, Europa está aterrada (se ve en la TV todo el tiempo, se lee en las revistas) por la inflación, la posible escasez de gas y petróleo y el potencial resurgimiento del terrorismo islámico. Italia importaba hasta hace días casi el 20 por ciento de su energía de Libia (la mayor reserva de petróleo del mundo), y no sabe aún qué hará en el período post Kadafi. Y Berlusconi no era el único que mantenía negocios con los dictadores de Egipto y Libia. En este sentido, el editorial del diario El País (periódico que a pesar de sufrir una profunda crisis financiera sigue siendo el que mejor se deja leer de la lengua castellana) del miércoles pasado es un ejemplo de cómo tomar partido desde un medio de comunicación, asumiendo las culpas de una Europa que sostuvo y apoyó durante tres décadas a sangrientos dictadores y arengando al Parlamento Europeo a definirse, condenar esos regímenes de los cuales era socio y actuar en consecuencia (Fidel Castro, mientras tanto y desde Cuba, fue una de las pocas personas en el mundo que mientras el gobierno libio asesinaba a la población civil en las calles apoyó expresamente a Kadafi; habrá que tener un ojo puesto en la isla, no vaya a ser que este tipo de revueltas se contagien, a través del océano, al Caribe, donde la pobreza es tan profunda y cotidiana como en Egipto).
Hoy todos sentimos un poco de vergüenza de Europa, en donde tantas veces se critica con desprecio a los Estados Unidos, pero cuya política exterior, en el fondo, no difiere demasiado de la de Barack Obama en Oriente. El mundo no va a ser igual en los próximos años, y los nuevos gobiernos de Africa del norte podrán cobrarse viejas deudas con las potencias europeas e incluso con los Estados Unidos, a través de Israel. Nadie esperaba que dos gobiernos cayeran en apenas dos meses, y nadie sabe qué puede llegar a pasar de ahora en más, pero Europa tiene la posibilidad de comportarse, por una vez, responsablemente. Hasta ahora no dio señales claras de que vaya a hacerlo.
*Desde Suiza.
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febrero 20th, 2011 · 1 Comment
En Saint Moritz, ciudad suiza famosa por sus pistas de esquí, Sylvester Stallone acaba de inaugurar una muestra de arte. Sí, así como se lee: parece que el actor aflojó sus viejos bíceps hipertrofiados, agarró el pincel y llenó unas treinta impávidas telas de manchas coloridas, las colgó en una sala en los Alpes y esperó a que algún crítico viniera a describir su trabajo. Y uno llamado Donald Kuspit fue y lo hizo: “Stallone es un pintor expresionista que realiza telas marcadas por un surrealismo abstracto”. Así que ahí está el actor, sonriendo a los flashes, y no sólo nadie se preocupa demasiado sino que hasta se espera que haya quien pague sus buenos dólares para decorar su living con el inconsciente hecho témpera de Stallone. No hay por qué escandalizarse: cosas como éstas pasan todo el tiempo en el mundo del arte contemporáneo, en el que con un poco de talento para la ilación de ideas y algunos conceptos básicos adquiridos puede sostenerse sobre cualquier obra de cualquier artista un discurso que la justifique frente a los legos, colegas, agentes culturales, autoridades, galeristas y marchands.
Nadie interpretó mejor todo este dislate (y sacó tanta ganancia, convirtiéndose a la vez en un genio del marketing personal y un estafador de guante blanco) que el artista urbano inglés conocido como Banksy (Bristol, 1974, aparentemente), en su formidable película Exit through the gift shop (2010), que si bien no se estrenó en la Argentina puede verse fácilmente en la Web. Y para hacer aun más efectiva esta broma tan ingeniosa como redituable, el film (los miembros de la Academia de Hollywood acaban de demostrar que tienen un sentido del humor finísimo, y que son capaces de asimilar aun las manifestaciones más radicales del nuevo arte) fue nominado a la categoría de mejor documental para los próximos premios Oscar. Banksy viene dando muestra de su talento casi anónimo (no se le conoce la cara, ni biografía cierta, ni nunca dio entrevistas) hace por lo menos diez años, en las principales ciudades del mundo: pinturas, stencils, graffitis e intervenciones cargadas de cinismo y creatividad, en las cuales reflexiona sobre la violencia, la sociedad de consumo y el control que ejerce el poder político sobre la ciudadanía. Con ese trabajo, recogido el año pasado en el libro Wall and Piece, se convirtió en el artista urbano más famoso del mundo.
Ahora, con su falso documental, va un paso más allá: crea un personaje de ficción (Thierry Guetta), documentalista que persigue al propio Banksy para entrevistarlo y termina haciéndose él mismo un famoso artista del graffiti. En la película, Banksy le toma el pelo a sus colegas, a sus fans, a los coleccionistas, a la petulante sociedad artística que pretende (y en parte logró) mercantilizar el urban art, esa expresión vandálica y espontánea. En 2009 y 2010, antes del estreno de la película, Guetta (es decir el propio Banksy, con el nombre de Mr. Brainwash) inauguró con éxito dos muestras en Los Angeles y Nueva York y llegó a vender toda la obra expuesta. Y más: Madonna lo contrató, sin saberlo, para que le diseñara la tapa de su tercer álbum de greatest hits Celebration. Banksy hizo todo bien: demostró que además es un talentoso cineasta, creó el manifiesto más rotundo sobre la banalización del arte contemporáneo y se llenó de dinero. ¿Qué hará en la gala si llega a ganar ese premio vacuo de millonarios para millonarios que es el Oscar?
*Desde Suiza.
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Cada vez que se acerca un viaje largo y busco qué llevarme me acuerdo de Fogwill, que en sus últimos años se ufanaba de no tener biblioteca, de vender o regalar sus libros después de leerlos. ¿Cuántos libros se pueden leer durante un vuelo de más de diez horas? ¿Cuántos por semana durante las vacaciones, cuando hay más tiempo libre? ¿Es mejor acarrear varios libros cortos o elegir de entre esos que un año tras otro vamos separando por distintas razones (los clásicos esquivos, los que demandan una lectura demasiado atenta, aquellos que clausuran la obra de un escritor admirado que queremos seguir leyendo siempre) hasta armar una pila de volúmenes condenados a un futuro de dilaciones? Esta vez la elección fue tan rápida como irreflexiva: agarré los tres que estaban encima de la montaña de los no leídos. Y entre ellos se encontraba Mire al pajarito, una antología de cuentos de Kurt Vonnegut (1922-2007), el autor de la célebre Matadero cinco y de Cuna de gato y El desayuno de los campeones. Como se sabe, Vonnegut fue uno de los escritores más incorrectos y críticos de la cultura estadounidense (y, dicho sea de paso, salió bastante parecido a Fogwill en la foto de la solapa, y se mató al golpearse la cabeza después de una fuerte caída, como muriera Miguel Briante).
Mire al pajarito fue publicado por la editorial mexicana Sexto Piso el año pasado, y está compuesto por 14 relatos inéditos publicados en inglés después de la muerte del novelista. Y lo primero que habría que decir es que la promesa del inicio (como prólogo hay una interesante carta de Vonnegut, que había abandonado poco tiempo antes su trabajo de relacionista público en General Electric para dedicarse de lleno a la literatura, donde escribe: “Estoy convencido de que nadie consigue un carajo en las artes si se vuelve amablemente razonable, viendo todas las facetas de un problema y perdonando todos los pecados”) queda rápidamente defraudada, porque salvo por Confido, el cuento que abre la selección y uno de los dos muy buenos del libro, el resto parecen ser los ejercicios de un escritor en ciernes. Y más allá del juicio de valor, efectivamente eso es lo que son: textos que se remontan a principios de la década del 50, los primeros esbozos de un autor que no había dado aún lo mejor de sí, para lo que habría que esperar todavía más de una década y media. En el libro hay de todo: vueltas de tuerca y finales sorpresa, realismo sórdido, textos de fantasía más o menos elaborada, otros de un registro irónico y urbano, un policial, alegorías de trazo grueso y uno de factura clásica (Hola, Red), que tal vez sea el mejor de todos. Más allá de algunos aciertos, que existen (las descripciones físicas de los personajes ya muestran de lo que Vonnegut era capaz), el volumen es una especie de irregular laboratorio de ensayos ficcionales de un autor al desnudo.
Y entonces vuelve la pregunta de siempre: ¿cómo leer la obra de un escritor que otros decidieron publicar después de su muerte? ¿Habría elegido mostrar Vonnegut a sus lectores (teniendo en cuenta que en 1997 había resuelto dejar la ficción) estos cuentos de juventud? Nunca lo sabremos. Lo único que es seguro es que los lectores morbosos (esos que se regodean con las debilidades de un escritor, o necesitan hurgar en sus textos primerizos) tendrán lo que buscaban, y los admiradores de Kurt Vonnegut se verán, sin dudas, algo desilusionados.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Por primera vez en muchos años me desmarco de la cofradía de los jubilados y en lugar de salir de vacaciones en marzo lo hago en febrero. La embajada de Suiza y Pro Helvetia me invitaron a pasar una temporada en Lugano, Ticino, la región italiana de Suiza (este extraño país de siete millones de habitantes, cuatro lenguas, otras tantas religiones y 23 cantones que albergan todo el dinero del mundo, o buena parte de él), para escribir en las páginas del Corriere del Ticino las impresiones de un argentino en esta suerte de paraíso terrenal (y fiscal) rodeado de montañas, nieve y lagos.
Mi anterior experiencia, en un viaje de cinco días organizado por los suizos de la parte alemana (secos, obsesivos y protestantes hasta la médula), no había sido la mejor. Por lo que esperaba que en la parte italiana, casi en la frontera con Milán, las cosas fueran distintas. Lugano es una ciudad de apenas 26 kilómetros cuadrados, 50 mil habitantes y en sus sinuosas y silenciosas calles hay cafés, pastelerías y unas cincuenta o sesenta sedes de bancos. Más allá de que a pocos kilómetros de aquí haya nacido Alfonsina Storni, es curioso que frente al edificio de la municipalidad haya dos restaurantes llamados Tango y El Argentino. Y que una calle hacia la derecha, en un paseo exclusivo entre un negocio de Tag Heuer y otro de Patek Philippe, Federico Alvarez Castillo haya abierto una de las pocas tiendas que Etiqueta Negra tiene en Europa (nada tiene que ver la exención de impuestos, no hay por qué ser malpensados).
Pero la relación entre Lugano y la Argentina es mucho más antigua. Fue el empresario suizo José Ferdinando Francisco Soldati, llegado al país en 1888, quien compró 12 hectáreas en la Ciudad de Buenos Aires y fundó en 1908 lo que hoy se conoce como Villa Lugano. De más está decir que el contraste entre uno de los barrios porteños más pobres y una de las ciudades más ricas del mundo da un poco de vértigo: acabo de ver pasar por una esquina y en diez segundos un Porsche y una Ferrari, el mismo tiempo que en nuestro Lugano tardarían en desguazarlos.
En general, los suizos son un modelo de organización y comportamiento: el país neutral de la paz y la diplomacia entre potencias europeas que se odian desde hace siglos, en donde el pueblo tiene el poder de vetar las leyes que el gobierno propone (es por eso que están todo el tiempo votando) y donde cada ciudadano es un soldado en potencia (y conforman una milicia popular, para lo cual deben recibir instrucción militar tres semanas al año durante 42 años). Es decir: en Suiza todos tienen el fusil en casa, pero no se andan matando como en los Estados Unidos. En Suiza, como en otros países hiperdesarrollados, lo que a la gente se le ocurre, una que otra vez, es pegarse un tiro.
Ahora todo el mundo habla de la votación de la semana que viene, donde se decidirá si los ciudadanos deberán sacar las armas de su casa y entregarlas en custodia al gobierno, una idea de organizaciones de izquierda que va contra una profunda tradición helvética. Y también por eso se ven por las calles carteles sin firma donde al lado de una caricatura con los rasgos de un inmigrante una leyenda se pregunta si es válido dejar el monopolio de las armas en manos de los delincuentes. En lugares donde la paz, el silencio y la belleza natural son tan evidentes, este tipo de señales recuerda que en Europa (una Europa en crisis), el continente más admirado del mundo occidental, hay lecciones de la Historia que aún no fueron del todo aprehendidas.
*Desde Suiza.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Salvo casos excepcionales, los escritores argentinos no solían dedicarse a la nouvelle, ese género híbrido entre el relato y la novela. Y sin embargo, de un tiempo a esta parte, mucho de lo que se publica viene en formato de novela breve o “novelitas”, como llama César Aira a sus libros que, por lo general, se mueven dentro de esa extensión. Y en varios sentidos se agradece esta suerte de moda de la literatura en frasco chico (lectura ideal de un fin de semana, de un viaje, que cabe en el bolso de mano y para la cual no hay que talar demasiados árboles), que contiene el tempo del relato y la respiración de la novela: libros que desde su apariencia evidencian una sana falta de presunción, que no es lo mismo que falta de ambición.
José María Brindisi (Buenos Aires, 1969) es escritor y crítico literario, y autor de los cuentos de Permanece oro y las novelas Berlín y Frenesí. Ahora, después de algunos años sin publicar, reaparece con la nouvelle Placebo, una historia de 99 páginas que no se detiene un segundo (literalmente: la novela no tiene un solo punto y aparte), un torrente de pensamiento y reflexiones al mismo tiempo enfermizo y adictivo. En una entrevista reciente, Brindisi declaraba que esta vez decidió escribir así porque pensaba que lo reclamaba la trama: “Esa angustia es parte del entramado de la novela, no es un mero ejercicio de soltar al personaje a que le pasen cosas. Si para el protagonista no hay respiro, que tampoco lo haya para el lector”.
El protagonista de Placebo es Lucio, un empresario de 52 años que se pasea entre Buenos Aires y Tigre (adonde viaja con su mujer actual, Cecilia, a quien aborrece) a bordo de su Audi último modelo, mientras recuerda momentos luminosos de su juventud, asiste a la lenta muerte de su mejor amigo (que agoniza en una clínica de la ciudad), visita a su madre (internada en un geriátrico), y mantiene furtivos encuentros con su amante. Y todo a su alrededor, por encima y por debajo de su cada vez más lábil membrana de cordura, crece, con un movimiento arborescente, la silueta de la muerte. No de una muerte, sino de todas: la de su amigo que acecha, la de su ex mujer, misteriosa y lacerante, la de su madre, que sobrevendrá algún día, la de su mujer, simbolizada en las carnes blandas que advierte por debajo de su camisón transparente y que le repugnan.
Lucio es un dandy cobarde, un burgués exitoso y frustrado, un diletante de la literatura que se apasiona con las historias de Poe, Maupassant y Stevenson, en desmedro de la obra de Faulkner, a quien considera un imbécil (seguramente una broma del propio Brindisi, cuyo libro tiene una relación de mayor afinidad con el estilo narrativo desbordante del último que con el seco y puntuado de los primeros). Lucio: el calco perfecto de la figura en la que muchos tememos convertirnos con el correr de los años. Placebo es la novela que Michael Haneke leería con gusto y adaptaría para sumar una pieza más a ese friso incómodo que es su filmografía, un ventanal a través del cual ver los diversos grados de alienación al que el hombre es condenado por la guerra o el capitalismo. Tiene, incluso, uno de esos cierres a los que el director austríaco-alemán nos tiene tan acostumbrados: un final, valga la paradoja, tan inesperado como al mismo tiempo previsible y brutal.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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¿Existirá algo más aburrido que asistir a la vida cotidiana (es decir, a la habitación, pero también a los viajes entre ruedas de prensa) de una estrella de Hollywood que no existe? Hace algunos años, el escritor Pedro Mairal publicó un cuento llamado El hipnotizador personal, cuya protagonista era una joven rica, bella y frívola, que se debatía entre dedicarse al cine o la literatura. Mientras tanto, coqueteaba con el narrador del relato y perdía el tiempo con sus amigos buscando siempre la mejor fiesta. En una de esas reuniones le preguntaban a la chica, que en el cuento se llama Verónica, qué pediría si pudiera tener cualquier cosa en el mundo. Y ella responde que un hipnotizador personal: “Un tipo que me hipnotice en los ratos aburridos, que me anule el tiempo muerto”. Invirtiendo el signo del deseo de Verónica, Sofía Coppola se propuso, en su última película (Somewhere), filmar lo que el hipnotizador del cuento de Mairal tiraría sin hesitar a la papelera de reciclaje: los paréntesis en la vida de un supuesto actor americano en su estancia en Los Angeles. Lo que no se termina de entender es a quién puede interesarle eso: en la era de la intimidad expuesta, de los reality shows de las estrellas, de los actores y cantantes que se exhiben en sus páginas de Facebook y narran sus experiencias en tiempo real en Twitter, la historia de Coppola suena por lo menos redundante, cuando no arcaica. Sobre todo porque sabemos hoy, mejor que nunca, que en la intimidad somos todos iguales: dormimos, comemos, trabajamos, reímos, lloramos, copulamos, nos aburrimos, volvemos a dormir.
Después de un comienzo promisorio con Las vírgenes suicidas (1998), un paso atrás con la sobrevalorada Perdidos en Tokio (2003) y un definitivo traspié con su versión juvenilista de María Antonieta (2006) sólo era cuestión de tiempo para que la hija de Francis Ford Coppola se decidiera a retratar un mundo que conoce por experiencia propia: el de Hollywood. Pero mientras uno podría esperar una película reveladora, o descarnada, o impiadosa, o al menos cínica (y sobre todo: ¿por qué no aprovechar el acceso irrestricto que puede deparar su apellido para filmar un documental sobre ese mismo mundo?), Coppola decide hacer lo peor de todo: un film autocompasivo que cumple al pie con la regla de las “tres eles”: lenta, larga y leve. La cámara sigue minuto a minuto a Johnny Marco (un actor en ascenso) mientras maneja su Ferrari, contrata strippers y pide comida a la habitación, nada en la pileta del hotel, seduce mujeres sin demasiado interés (y todo el tiempo se aburre). La película se vuelve interesante, apenas, cuando aparece en escena su hija (impecable Elle Fanning) y Marco se ve obligado a adoptar el rol de padre, aunque sea ella en verdad la que lo cuide, le cocine, lo acompañe. Un torrente de sensibilidad acompaña esas escenas, que se agradecen, pero Coppola, resaltador fluorescente en mano, se encarga de destrozar su propio hallazgo cada vez que puede: cuando musicaliza, dejando que cada tema (con su debida pátina de coolness: The Strokes, Phoenix, Foo Fighters) corra hasta el último acorde, como si se tratara de un videoclip; lo mismo hace con cada plano fijo, que dura siempre diez o quince segundos más de lo soportable.
Si Somewhere hubiera sido filmada por un director argentino, la crítica ya la habría destrozado sin piedad. Con Sofía Coppola todavía no se atreven. De todas maneras, va siendo hora de que alguien susurre al oído de la directora que en el mundo pasan cosas interesantes, y que sus fronteras van un poco más allá de la línea del estado de California.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Todos saben lo que es un blurb, aunque no todos sepan que a esas citas de autoridad de las contratapas de los libros se las llame así. Todos, en el mundo editorial, saben quién es Gordon Lish, aunque imagino que pocos lo saben en otros ámbitos: nacido en 1934 en los Estados Unidos y apodado “Capitán Ficción”, Lish ha sido uno de los editores más influyentes de la industria del libro estadounidense por los últimos cincuenta años (y eso es decir mucho). Es quien dio a conocer a Jack Kerouac y Allen Ginsberg, desde sus trabajos como editor de Esquire y como director del sello Alfred Knopf, y quien también promovió las carreras de Don DeLillo, Cynthia Ozick, David Leavitt, Richard Ford y Raymond Carver (a quien inventó o arruinó, depende cómo se lo mire, al cercenar sus cuentos, cambiando tramas y significados, en aquel conocido affaire descubierto hace más de una década por el italiano Alessandro Baricco).
Volviendo al principio, Lish también escribe ficción. En castellano se puede conseguir su novela Perú, cuya contratapa está plagada de blurbs: elogios breves de Harold Bloom, Anne Tyler, DeLillo, el New York Times y el Washington Post. Todos aprendimos a desconfiar tempranamente de los blurbs, pero es innegable que ejercen, incluso para los más escépticos, un gran poder de seducción (conozco varios casos de escritores argentinos que han tomado fragmentos de reseñas desfavorables sobre sus libros y, como en un pase de magia, los han transformado, fuera de contexto, en vagos elogios). De todas maneras, difícil resistir la tentación de leer el libro de Lish, con semejantes antecedentes y recomendaciones.
Hay muchos que creen que, como el espacio dedicado a la crítica y las reseñas bibliográficas de los diarios y revistas es tan escaso, vale la pena saltearse los comentarios negativos y dedicar esas líneas a elogiar buenos libros (digamos: habiendo tantas novedades mensuales, para separar la paja del trigo). En general estoy de acuerdo, sobre todo frente a las primeras obras de autores hasta ese momento inéditos. Pero también creo que es igual de necesario señalar el momento en que escritores consagrados, célebres, intocables (y sus agentes de prensa, representantes o editores) quieren hacer pasar escritos menores por obras maestras. Y este es el caso de la novela de Lish.
La trama es sencilla y está resumida en siete líneas en la contratapa: un chico de seis años mata a otro, y ese chico recuerda la historia hoy, a sus cincuenta. Lo que sería interesante como cuento, se vuelve árido y redundante como novela. Lish regresa una y otra vez a esa escena central, con una prosa asmática, indeciso entre el objetivismo de (por dar sólo referencias locales de estilos a esta altura agotados) Juan José Saer o las múltiples anáforas de Andrés Rivera. Uno nunca sabe (ni siquiera al llegar al final) si lo que lee es una sucesión sin filtros de los recuerdos de un psicótico, de un adulto con la mente de un niño de seis años, o de un retardado. Los pocos aciertos de la novela tienen que ver con la descripción de la personalidad del estadounidense medio, a esta altura puro lugar común: obsesión por el dinero y la seguridad personal, fe ciega en el progreso, xenofobia. Hay algo seguro: conociendo su afición por eliminar los pasajes superfluos de un texto, si Lish hubiera recibido un manuscrito como Perú lo habría editado. Mucho.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Encontrar entre la fiebre editora de fin de año un libro que valga la pena: una tarea complicada. Dos es decir mucho. Tres, prácticamente imposible. Y cuatro: un milagro. Y sin embargo y sorpresivamente, estos últimos meses han sido pródigos en títulos de inusual calidad. Ahí está Los enamorados, la novela de Alfred Hayes; las crónicas de Trash, de Alejandro Seselovsky; los ensayos sobre cultura contemporánea de Diedrich Diederichsen Psicodelia y ready-made; y finalmente el iluminador Después del rock. Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas, de Simon Reynolds: una colección de artículos del prestigioso crítico de rock británico, que todo melómano deberá agradecerle (de rodillas, si es posible) al sello Caja Negra y al periodista Pablo Schanton, responsable de la selección, la introducción y la entrevista que cierra el libro.
Reynolds nació en 1963 en Londres, comenzó su carrera como crítico musical en Melody Maker a fines de los 80 (y escribió para Village Voice, Spin, The Guardian, The Wire) y más tarde leyó bien a Roland Barthes y a Jacques Derrida. Pero antes (y sobre todo) había vivido la escena punk en Inglaterra mientras era un adolescente, y tiempo después se licenció en Historia en Oxford. Lo que resulta de esa cruza de experiencias vitales y de lectura es un sistema expositivo de ideas claro y ordenado pero no menos complejo y sofisticado, de saberes aplicados para analizar, con rigurosidad y pasión, épocas y movimientos musicales como el rock, el pop, la psicodelia, el punk, el dance, el hip-hop (los artículos “Postpunk. La revolución inconclusa”; “Historia electrónica”; “¿Se terminó el underground?” y “El agotamiento de la innovación: la música pop en la primera década del siglo XX” son sencillamente insoslayables) y algunas de sus figuras emergentes. Schanton señala en la introducción del libro que el gran logro de Reynolds fue el de haber eludido “los dos grandes clichés analíticos del rock”; es decir, “el lirocentrismo y la sociología”, a favor de “focalizarse en la materialidad sonora y, a partir de ahí, sacar conclusiones más generales”. Proponer “una ética de la estética”. Y así es. El estilo de Reynolds es asertivo y elegante, y es utilizado en función de cartografiar el pasado a través –y son sus palabras– de “una escritura evangélica que comunique convicciones” y combine “la excitación con una carga de sentido”. Así, Madonna es desnudada como una oportunista que sabe convertir como nadie tendencias emergentes del underground en mainstream, en favor de su egocentrismo y cuenta bancaria; el hip-hop, puesto en contexto como una música reaccionaria y no liberadora; el rock, como ese género que atraviesa desde hace mucho tiempo una zona retro sin riesgos; y la década que acaba de cerrarse como la musicalmente menos interesante de los últimos cuarenta años (“¿Pero es que realmente todo el mundo se ha quedado sin ideas en simultáneo?”, escribe.). Reynolds incluso arriesga que es probable que la nueva revolución musical (ese “deseo de futuro”) venga de Oriente, de China o la India.
Desde el prólogo del libro (arltiano hasta el plagio inconsciente), Reynolds proclama su idea de lo que debería ser la escritura sobre rock: ferviente, ridículamente polarizada, arriesgada hasta el absurdo, embriagada de su propio poder, precisa y severa, para producir un efecto de verdad que sea como un puñetazo. ¿No sería deseable hoy mismo una crítica literaria por el estilo?
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Los escritores, críticos y voraces lectores Luis Chitarroni y Matías Serra Bradford trabajaron juntos en la editorial Sudamericana. Chitarroni a lo largo de veinte años; Serra Bradford, por menos de un lustro. Todo esto fue antes de que Sudamericana, absorbida por el grupo Random House, dejara de interesarse mayormente por la literatura. Cuando el sello (uno de los dos más tradicionales de la Argentina) canalizó su interés en la producción de libros comerciales (periodísticos, de autoayuda, biografías, instant books), aparentemente ya no hizo falta la tarea de editores literarios y primero se deshizo de Serra Bradford y, más tarde, de Chitarroni. A favor de Sudamericana puede aducirse que no es el único sello grande que terminó por relegar a un lugar marginal la edición de buena literatura a la hora de confeccionar su catálogo (al fin y al cabo, las editoriales son empresas privadas que dependen de su facturación anual para sobrevivir, y no es la ficción precisamente lo que insufla números azules en sus balances). Ese lugar vacante, se ha repetido hasta el cansancio (aunque no deje de ser verdad), es lo que les otorgó margen de acción y visibilidad a las decenas de editoriales independientes surgidas en la última década. Y Chitarroni y Serra Bradford fundaron, hace dos años y junto a Natalia Meta, uno de los sellos más refinados de todos los nuevos: La Bestia Equilátera.
En el catálogo de LBE se pueden distinguir, a simple vista y hasta hoy, tres grandes líneas: una suerte de continuación de la tarea de editores que Chitarroni y Serra Bradford realizaron en Sudamericana (la publicación de autores como María Martoccia, Daniel Guebel o Julian Maclaren-Ross); la edición de los libros de los propios integrantes del sello (Siluetas y Mil tazas de té, de Chitarroni; La biblioteca ideal, de Serra Bradford); y por último la que pretende redescubrir a autores olvidados o nunca traducidos al castellano, como Ivy Compton-Burnett, Muriel Spark, Alfred Hayes, Lord Berners o H.C. Lewis.
El último libro que LBE distribuyó en librerías se titula El caballero que cayó al mar, es una breve novela de aventuras y está firmada por Lewis (periodista, escritor y guionista de Hollywood nacido en Nueva York en 1909, y muerto en 1950 de un ataque al corazón). ¿Una novela de aventuras? Sí. Pero como casi todos los de LBE, se trata de un libro engañoso, que uno abre esperando una cosa y, a pesar de que se la encuentra, esa historia termina transformándose en otra (los editores proclaman incluso esta suerte de efecto Pandora desde su blog: “Y así, este libro sencillo, con apetencia de lectura exclusiva, que empieza pareciéndose a Relato de un náufrago, termina pareciéndose a Musil”). El caballero que cayó al mar es y no es, entonces, otra novela de la extensa tradición de náufragos que pueblan la historia de la literatura occidental, de Daniel Defoe a García Márquez. ¿Por qué? Porque luego de las peripecias que narran cómo Henry Preston Standish cae, por error o descuido, del buque Arabella al mar, comienza otra historia. La de ese “endeble montoncito de vida en un mundo inmenso” que es el cuerpo de Standish flotando en el medio del Pacífico, viendo desaparecer la posibilidad de su salvación al tiempo que repasa la pobre experiencia de caballero mundano que acumuló a lo largo de treinta y cinco años. Como apunta Don Birnam en el posfacio, la de Lewis es una novela retrospectiva: sutil y vertiginosa, y tan triste y entretenida como la propia vida.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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diciembre 27th, 2010 · 2 Comments
Cinco años después de haberse sumergido en las turbias aguas del negocio de la fe que explotan como nadie las iglesias evangélicas en la Argentina, Alejandro Seselovsky (Rosario, 1971) entrega su segundo libro. ¿Qué pasó en el medio? Muchas cosas, pero sobre todo una: Seselovsky fue puliendo su estilo y profundizando su interés por ciertos fenómenos sociales, y como resultado escribió algunas de las mejores crónicas que se hayan publicado en nuestro país y alrededores (hace un buen tiempo pasó treinta días trabajando en un call center, como manera de denunciar los abusos de una industria siempre al borde de la ley; y en pocos días podrá leerse, en la nueva revista Orsai, su último trabajo: el viaje que hizo a España con toda la intención de que lo detuvieran en migraciones, lo mantuvieran en el aeropuerto de Barajas cuarenta y ocho horas y lo mandaran de regreso, todo para contar los abusos que sufren las personas que, por una razón u otra, no logran entrar a España). Entonces, decíamos, un nuevo libro (Trash. Retratos de la argentina mediática), y con él la certeza de que Seselovsky integra, junto a Leila Guerriero, Cristian Alarcón, Josefina Licitra, esa suerte de dream team de la crónica argentina. Pero también, a la luz de esta nueva serie de retratos, la posibilidad de que Seselovsky se haya convertido en el mejor prosista de su generación.
Hay en estos textos (perfiles y entrevistas con Adrián “el Facha” Martel, Nazarena Vélez, Ricardo Fort, Johnny Allon, Wanda Nara y otros exponentes de la fauna televisiva y mediática nacional), por supuesto, ecos de una tradición: la que va de los Retratos de Truman Capote a las crónicas de Martín Caparrós, pasando por el periodismo gonzo de Emilio Fernández Cicco y la devastadora inteligencia del Juan José Becerra ensayista. De hecho, no son pocos los puntos de contacto entre Trash y Grasa, el libro de Becerra de 2007 que llevaba por subtítulo Retratos de la vulgaridad argentina. Pero también hay diferencias: si Becerra es un narrador elegante y cínico que se detiene a reflexionar sobre personajes como Marcelo Tinelli, Jorge Bucay o Alan Faena para reducirlos a las cenizas de su frivolidad (en una especie de acto justiciero aplicado por inteligencia propia), Seselovsky, que se ha formado en revistas populares y del espectáculo, convive con sus entrevistados y los respeta en su desesperado camino por conseguir la fama más efímera. Donde en Becerra hay distancia, en Seselovsky hay contigüidad: no busca mirar desde afuera ni ser un outsider, tampoco explotar a sus personajes para abandonarlos más tarde (ese proceder típico del peor periodismo miserabilista). Y no por eso es menos impiadoso cuando hay que serlo: donde hay un asomo de virtud, el cronista lo pule hasta que esa superficie brilla; pero cuando hay sólo cáscara (Luciana Salazar, Sandy González, Martel) el retrato que hace de ellos logra exponer el puro envoltorio con todas sus imperfecciones, de una manera brutal.
Ironía, honestidad, inteligencia, sentido del humor: todas virtudes que conviven en un libro que, como los mejores, se vuelve adictivo (el excelente texto sobre Ricardo Fort demuestra que quienes lo desprecian no se tomaron el tiempo ni el trabajo de pensar qué miserias, qué tristeza, cuánta desesperación se agazapa detrás del personaje público) y que pone en evidencia que cuando se piensa bien y se escribe mejor, nada puede fallar.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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diciembre 19th, 2010 · 1 Comment
Por una razón u otra, todo el mundo escribe: Buenos Aires debe ser la ciudad con mayor cantidad de escribientes por metro cuadrado. También se publica demasiado: más de 20 mil títulos al año. Leo por ahí que tan sólo la editorial Dunken (la vanity press más activa de la Argentina, que les cobra a sus clientes para publicar sus obras) imprime por año libros de 700 autores distintos, casi el doble de lo que lanzan al mercado multinacionales como Planeta o Sudamericana. ¿De dónde saldrá esa necesidad, esa compulsión por publicar? Pero además, Buenos Aires parece ser también la ciudad con mayor cantidad de escritores (y editores, y editoriales, y talleres literarios) por metro cuadrado. Muchos de esos escritores son malos (incluso muchos que llegan a publicar y a alcanzar un módico éxito). La mayoría son correctos. Y los menos (pero a su vez, como son tantos, no son precisamente pocos) son o serán, con el tiempo, buenos y hasta muy buenos. Y están por todas partes.
En abril de este año, mientras cenábamos en su casa en Madrid, el editor Constantino Bértolo, del sello Caballo de Troya, me preguntó si conocía a una joven escritora argentina llamada Mercedes Alvarez. Siempre atento a lo nuevo, a lo raro, a lo poco difundido, había recibido una breve novela firmada por ella y, como le había gustado, pensaba publicarla. Un poco extrañado (y por qué no, molesto: un autor argentino más que desconocía), le dije que no. A los pocos meses un amigo en común que viajó a la Argentina me trajo el libro, llamado Historia de un ladrón. Y al repasar los datos de Mercedes Alvarez (Tandil, 1979) en la solapa me di cuenta de que sí, que la conocía e incluso la había visto un par de veces, ya que trabaja en el Centro Cultural de España en Buenos Aires. Recordaba nuestro primer diálogo, que había sido breve y confuso: los dos habíamos vivido en Barcelona, pero mientras yo alababa las virtudes de la ciudad, ella no hacía más que desdeñarlas. Por algo había vuelto a Buenos Aires. Hace poco, en una reunión, volví a cruzármela, se rio y me dijo que no recordaba aquella primera conversación. Y aprovechó para darme su libro de cuentos, Vecinos (con apenas treinta años, Alvarez lleva ya dos títulos editados, aunque ninguno esté publicado en la Argentina).
A pesar de su evidente solidez narrativa, entre la novela y los relatos hay diferencias, como si fueran libros de dos escritores distintos, o como si los cuentos (duros, secos, melancólicos, un poco demasiado influidos por la tradición cuentística estadounidense del siglo XX) hubieran sido el largo peaje que Alvarez pagó para llegar a construir el esqueleto de Historia de un ladrón. Porque, sí, la trama de la novela está presente, de manera germinal, en muchos de sus cuentos: niños sin padres, niños abandonados, niños jugando solos bajo el sol de la tarde, sumergidos en el silencio de la siesta. Padres desconocidos o que se van y casi nunca vuelven, padres que no pueden salvar el abismo sentimental que los separa de sus hijos: “De modo que el hombre estaba solo con todo ese amor y no sabía cómo dárselo al chico. Sucede a veces con el afecto. Casi siempre cuando se trata de un padre. A veces cuando se trata de un hijo”.
En Buenos Aires se escribe mucho y se publica demasiado. Pero también (y por suerte) es frecuente que aparezcan narradores como Mercedes Alvarez, que con uno o dos libros nos hacen olvidar el hecho de que vivimos en una ciudad con demasiados escritores malos, megalómanos y, para peor, hiperactivos.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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diciembre 12th, 2010 · 1 Comment
Si algo ha dejado la década que se cierra dentro del estrecho campo de la industria editorial en la Argentina es el surgimiento y la consolidación de los sellos independientes, responsables directos de mucho de lo mejor que se publicó en el país en estos años. En la estela inaugurada en la década del 90 por Adriana Hidalgo y Beatriz Viterbo, y en consonancia con la crisis que modificó el negocio editorial desde 2001, muchos sellos pequeños se propusieron ocupar los espacios que dejaban vacantes (por desinterés o desidia) las grandes editoriales. Interzona, creada en 2002, fue uno de los que mayor visibilidad obtuvieron hasta su cierre en 2008, publicando a autores inéditos u olvidados, o impulsando a otros, de generaciones anteriores, con una nueva vitalidad. Interzona había tenido dos etapas discernibles. Sus primeros editores fueron los poetas y ensayistas Edgardo Russo y Damián Ríos. Al poco tiempo de fundada, Russo partió para emprender otro proyecto (El Cuenco de Plata) y Ríos le otorgó al sello la impronta que lo hizo conocido, una mezcla de modernidad y frescura, editando a escritores que provenían del circuito alternativo (Washington Cucurto, Gabriela Bejerman) y a otros de conocida trayectoria (César Aira, por ejemplo). Cuando Ríos dio un paso al costado, en 2005, fue el novelista Damián Tabarovsky el que tomó las riendas de la empresa, inaugurando una colección de ensayos, limando un poco el carácter juvenil de la editorial, y siguiendo con la apuesta por autores poco difundidos (Juan Terranova, Daniel Galera, Hernán Ronsino) a los que se siguieron sumando otros consagrados, ya sea por la crítica o por los lectores (Fogwill, Juan Villoro, Sergio Bizzio).
Fue por estos años que Interzona, sumando las dos gestiones, terminó por consolidar un catálogo, y se convirtió en un referente y una marca de prestigio, con presencia en medios y una notable circulación de sus títulos (algunos llegaron a agotar tiradas, algo no frecuente para las editoriales independientes). Tal vez por eso no se merecía el final que tuvo: a fines de 2008 los inversores del emprendimiento pusieron en venta Interzona, y al no encontrar compradores suspendieron las publicaciones, rescindieron los contratos del personal y dejaron de pagar a los autores.
Dos años después, el dueño de La Marca Editora, Guido Indij, se propuso revivir la editorial, aprovechando el capital simbólico del sello aún circulante. Y así es como Interzona acaba de entrar en su tercera etapa. Los títulos elegidos para el relanzamiento (dos novelas, de Gustavo Dessal y Hernán Vanoli, y una crónica periodística de Juan Villoro) no permiten aún vislumbrar cuál será su nuevo rumbo, tal vez porque se prefirió encarar una gestión diferente a las anteriores, sin una figura de editor reconocible, y con una frecuencia de edición todavía no determinada. Pero no por eso deja de ser una noticia atendible. El título de Villoro (8.8. El miedo en el espejo, una pieza de no ficción sobre el terremoto de febrero de este año en Chile, donde el escritor se encontraba asistiendo a un congreso de literatura infantil) incluso permite entusiasmarse con que pueda surgir en el marco de Interzona una nueva colección de crónica periodística, ese género tan en alza en América latina que no ha funcionado (o al menos es lo que se suele decir) comercialmente para las editoriales llamadas grandes. Sólo el tiempo podrá decir cuál es el futuro de un sello que parece haber resurgido de las cenizas de la industria editorial, cuando ya nadie lo esperaba.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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diciembre 5th, 2010 · 4 Comments
No por vieja deja de ser una muy buena noticia: el Cine Cosmos, que había cerrado sus puertas en enero de 2009, volvió a abrirlas en noviembre de este año, después de que la Universidad de Buenos Aires (que había comprado el edificio entero donde también funciona la sala) invirtiera dos millones y medio de dólares para rescatar un lugar mítico, donde se formaron varias generaciones de cinéfilos porteños. Dicen que la iniciativa fue del rector de la UBA, Rubén Hallu, y que después de un concurso para el cargo, el escritor Juan José Becerra fue elegido como el nuevo director del espacio, que ahora pasó a llamarse Cosmos-UBA. Se acondicionaron los proyectores y las salas funcionarán, frente a la oferta caníbal de los complejos comerciales, como un espacio para exhibir cine independiente nacional y extranjero. Además, para el año que viene, el complejo volverá a ser una de las sedes del Bafici, y ya se anunció que allí se realizará una retrospectiva de la obra de Martín Rejtman, y que se ofrecerán cursos sobre cine a cargo de Sergio Wolf, Mariano Llinás (¿no es acaso el Cosmos el mejor lugar para que Historias extraordinarias, su desbordante película de cuatro horas, tenga finalmente un lugar de proyección acorde a lo ambicioso del proyecto?) y Alan Pauls.
El Cosmos, en la avenida Corrientes al 2046, está abierto, por ahora, de jueves a domingo. Después de ser reinaugurado con una película de Edgardo Cozarinsky, ofrece actualmente tres programas: El pasante, de Clara Picasso; Burma VJ, de Anders Ostergaard; y Ocio, de Alejandro Lingenti y Juan Villegas. Periodista, crítico musical y programador del Bafici, Lingenti se rodeó de varios amigos para llevar adelante su primer largo, en el que adapta (muy libremente) la novela breve homónima de Fabián Casas. El resultado es esta película extraña, por momentos hipnótica, que se incorpora naturalmente a la tradición del llamado “nuevo cine argentino”, pero no al de los últimos años, sino al primero, al de la década del 90 (el Rejtman de Rapado, el Stagnaro de Pizza, birra, faso, el Trapero de Mundo grúa). Dijimos muy libremente: ¿de qué otra manera volcar con éxito al lenguaje cinematográfico una novela que es, básicamente, el monólogo paranoide y en primera persona de un joven (“esta parte en la que estoy, una mezcla de adolescencia y juventud, siempre imprecisa, a la que no lo encuentro la vuelta”) al que se le ha muerto la madre, y que no puede establecer ningún tipo de relación con los vestigios de su familia: su hermano y su padre? “Mi viejo, mi hermano y yo vivimos, cada uno, en zonas diferentes; la distancia que nos separa es la misma que separa a los planetas. Mi vieja era el cruce de caminos donde nos encontrábamos. Era el motor”, escribió Casas, y ese vagar sin brújula, ese vacío existencial es el que retrata la película de Lingenti y Villegas.
La relación entre cine y literatura suele ser complicada. Los mejores libros raras veces dan buenas películas. Y una novela pésima puede derivar en un gran largo. Pero en Ocio (la película) la literatura es apenas una sugerencia. Y así, se abre paso a una relación nueva: no estaría mal pensar en film y novela como objetos complementarios, ninguno supeditado al otro sino los dos en un mismo nivel, una especie de experiencia multimedia (leer el libro y después ir al cine, o al revés) en el que la experiencia de sentido se dispara y se enriquece.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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noviembre 28th, 2010 · 7 Comments
¿Cuánto hacía que no subrayaba tanto un libro? ¿Cuánto que no disfrutaba así de una lectura? Pero gracias a una de esas conjunciones que se dan muy esporádicamente, esta vez las cosas se acomodaron para que apareciera un libro único: sólo faltaba que alguien (Martín Schifino) acercara a dos editores (Luis Chitarroni, Matías Serra Bradford, de La Bestia Equilátera) un título inédito de un escritor olvidado (Alfred Hayes), traducido magistralmente por ese mismo alguien (Schifino) y diseñado por Juan Pablo Cambariere, responsable del arte de tapa más sofisticado de la industria editorial argentina. El resultado: la novela Los enamorados, un magnífico tratado sobre el desamor (y los celos, la pasión, el dolor, el odio, la posesión, la memoria, la locura, la conmiseración, el olvido) en versión masculina, un libro que debería figurar en cualquiera de esos listados que se acostumbran a hacer por esta época del año en los suplementos culturales y las revistas especializadas.
Hayes (1911-1985) nació en Londres pero se crió, estudió y vivió casi toda su vida en Nueva York. Fue periodista, escribió para la televisión, sirvió en el ejército estadounidense en la Segunda Guerra pero, sobre todo, a poco de instalarse en Roma, se convirtió en uno de los guionistas del movimiento conocido como neorrealismo italiano. Trabajó con Roberto Rossellini y fue autor, junto a Vittorio De Sica, del guión de Ladrón de bicicletas. En 1953 apareció su primera y única novela, Los enamorados.
Alguna vez César Aira se preguntó sobre los textos de Osvaldo Lamborghini: ¿cómo se puede escribir tan bien? La misma pregunta le cabe a esta novela de apenas ciento cincuenta páginas, en la que Hayes narra una relación sentimental que se desmorona y se reconstruye una y otra vez. Una historia escrita con la dosis perfecta de ironía inglesa y malicia americana (¿o es al revés?) que rescata todos los clichés del desengaño amoroso, los retuerce y los hace pasar por el tamiz de una voz masculina tan martirizada y consciente como cínica y elegante. Acerca de uno de los crispados encuentros entre los dos protagonistas, Hayes escribe: “Era como la escena de una mala película, si es que todavía hacían cosas así en las películas; pero sobre todo era como la escena de una mala vida”. Le hace decir a la mujer, sobre un pretendiente: “Me volvería loca tratando de conversar con un hombre que maltrata así el lenguaje”. Sobre uno de los gestos de ella: “Esa cara que, cuando se siente herida, da la impresión de que la golpearon con una rosa enorme”. Acerca del atardecer en Nueva York: “La ciudad exhalaba una especie de suspiro; pensé en mi madre cuando se desabrochaba el corsé”. Sobre la ciudad, bien temprano: “Siempre pensé que no hay nada más triste que el aspecto que tiene la gente a la mañana cuando va al trabajo”. Y una de las tantas veces en que la protagonista cree que su amante va a golpearla, Hayes remata: “No corría peligro. No la habría golpeado con nada más contundente que un laborioso adjetivo”.
Nadie que haya sido abandonado alguna vez debería perderse el ambiguo dolor (que tiene tanto de placer) de atravesar esa pérdida de nuevo, junto a este relato: Los enamorados como un libro ineludible, salvo para los que nunca, nunca, sufrieron por amor. Aunque aquellos no merezcan, en verdad, ni este libro ni nada.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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noviembre 21st, 2010 · No Comments
¿Para qué sirven los suplementos culturales? Contrariamente a lo que algunos piensan, esta suerte de especie en extinción del periodismo no debería buscar atraer al público hacia la literatura, sino dirigirse sin filtros ni simplificaciones (sin menospreciarla) a la gente que lee: a los lectores. Su receptor natural no es quien compra libros una o dos veces al año, sino la que lee uno o dos libros a la semana, la que tiene una relación de familiaridad con el acto de la lectura, la escritura, el pensamiento, la crítica. Si los suplementos de deportes o turismo saben bien a quién se dirigen, y no se preocupan por el público que no ve fútbol o, por caso, no sale de viaje, ¿por qué deberían hacerlo los de cultura? ¿Y para qué debería servir una columna de opinión semanal dentro de uno de estos suplementos especializados? Para llamar la atención sobre lo novedoso, lo extraño, lo excéntrico, lo marginal, en fin, lo inadvertido: para señalar o iluminar las zonas que la industria editorial, las cadenas de librerías o el periodismo cultural más atento a la actualidad (lo que algunos llaman mercado) dejan de lado, por desidia o desinterés. Es decir: la literatura de los escritores no profesionales ni adocenados (la única que está viva) y, en general, las ediciones de los sellos pequeños o independientes, que suelen ser los que publican los libros que sorprenden, incomodan, importan.
Este año, la Editorial Universitaria de Villa María (Eduvim), que había distribuido ya algunos títulos interesantes (como Las fuerzas extrañas y Cuentos fatales de Leopoldo Lugones) inauguró, con la excusa del Bicentenario argentino, una colección llamada Temporal. Allí acaba de publicar una serie de novelas cortas de autores argentinos recientes, como Doble crimen de Ariel Magnus, Chicos que vuelven de Mariana Enríquez, Hiroshima de Juan Terranova y La moza, de Sergio Gaiteri. Gaiteri nació en Córdoba en 1970, es profesor de Letras Modernas y hasta ahora había publicado dos libros de cuentos, Los días del padre y otros relatos (2006) y Certificado de convivencia y otros relatos (2007), y en 2008 obtuvo una mención en el Premio Clarín de Novela por Nivel medio. En La moza, Gaiteri vuelve a ubicar su relato en el ambiente que, al parecer, más le interesa: la intimidad, o lo doméstico. Como pasaba en la novela Derrumbe, de Daniel Guebel, el protagonista es un hombre al que su mujer acaba de abandonar (hace un tiempo, en un almuerzo, un importante crítico literario definió al divorcio como un lujo burgués: algunos se rieron, pero todos se quedaron pensando) y que se lleva de su casa a sus hijos y lo deja solo.
El relato de Gaiteri atraviesa la lenta degradación del protagonista (que se convierte en una especie de infectado en su trabajo de oficina, que espera al teléfono el llamado de sus hijos, que no sabe cómo comunicarse con el mayor, ya adolescente) sin demasiadas pretensiones, al hueso, como lo había hecho en los cuentos de su primer libro, de un realismo sórdido emparentado, si se quiere, con el de otro escritor contemporáneo, el chileno Marcelo Lillo. Pero en La moza hay espacio para algo fundamental que no había aparecido en su obra anterior y que lo salva: la ternura. Porque si bien todo lo que se pudre forma una familia, como escribió alguna vez Fabián Casas, a veces de lo podrido puede surgir algo nuevo: una segunda oportunidad.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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noviembre 14th, 2010 · 2 Comments
A la incertidumbre que genera en los actores de la industria editorial el avance (lento, pero sostenido) del libro electrónico, se suma ahora el desembarco masivo en la Argentina de la piratería. Hace una semana, por una denuncia de los grandes grupos (Planeta, Sudamericana, Santillana y Urano), la Gendarmería Nacional incautó, en seis allanamientos, unos 130 mil ejemplares valuados, según declaraba un comunicado, en 11 millones de pesos. La lista de los títulos ilegales encontrados incluía ejemplares de Ari Paluch, Luis Majul, Felipe Pigna, Isabel Allende, Paulo Coelho, Bernardo Stamateas y Stephanie Meyer, entre otros, y es reveladora en varios sentidos. Para empezar, demuestra que una práctica extendida en buena parte de América latina (la revista Etiqueta Negra publicó hace un tiempo un largo artículo de Daniel Alarcón donde se mostraba que en Perú la industria del libro es, básicamente, ilegal, y que supera varias veces el volumen del negocio oficial) ya ha llegado a la Argentina. Y también evidencia que son esos autores y esos títulos (libros de autoayuda, de investigación periodística y de divulgación histórica), al ser los elegidos para fabricar copias piratas, los que sostienen con sus ventas toda la industria, incluidos los pocos libros que, para cualquier lector de paladar más o menos refinado, vale la pena comprar y leer.
¿Cuáles serán los motivos para que la piratería (territorio hasta ahora exclusivo de la música y el cine) haya llegado finalmente a los libros? No debe existir uno solo, pero pueden esbozarse algunos más o menos evidentes. Sabemos desde hace tiempo que el objeto libro ha perdido, salvo para los fetichistas, su aura, y que se produce y consume como cualquier otra mercadería. Fabricado en serie, sin que existan casi filtros rectores (¿y dónde están los editores?), actualmente se imprime y encuaderna casi cualquier cosa: desde dietas y recetas de cocina hasta los delirios autobiográficos de las celebridades de tercera categoría. ¿Por qué? Porque los márgenes de rentabilidad son los que mandan, y porque producir libros sigue siendo relativamente sencillo y barato. Otra variable es que el libro, como producto final, deja hoy bastante que desear: al ahorrar costos en diseño, en impresión, en papel y cartulina de tapa, los resultados son cada vez menos atractivos, y las diferencias entre original y copia se vuelven relativas. Y, finalmente, está el factor precio: por algún extraño motivo, en los últimos tres años el costo al público se ha duplicado y hasta triplicado (hoy es difícil encontrar títulos por debajo de la barrera de los 60 pesos), convirtiendo al libro casi en un objeto suntuario.
Suele decirse que por cada depósito de mercadería ilegal encontrada existen otros tantos que permanecen a salvo. ¿Qué hará la industria editorial para frenar el avance de la piratería? Tal vez invertir en valor agregado, es decir, en fabricar mejores libros (con material más noble, como hicieron en su momento las discográficas), sea una alternativa. Editar menos lectura reciclable y apostar por títulos de calidad podría ser otra. Pero lo principal será discutir una política de precios. O los libros vuelven a estar en línea con el poder adquisitivo de la sociedad, o las editoriales deberán, como en España, diseñar colecciones de bolsillo donde ofrecer los mismos títulos a la mitad de precio. De otra manera, será la misma industria la que terminará por cavarse su propia tumba.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Cinco años atrás, cuando este suplemento apareció y desde este mismo espacio, publiqué una serie de columnas que pretendían llamar la atención sobre la casi inexistente publicación de libros de cuentos en la Argentina. No es que creyera demasiado en la barrera de los géneros, ni que pretendiera que uno fuera más relevante que otro, pero teniendo en cuenta la rica y extensa tradición cuentística rioplatense, la inquietud apuntaba más bien a tratar de dilucidar las razones de la escasez de apuestas editoriales relacionadas con el relato, el cuento o la llamada narrativa breve. Las informales explicaciones de los editores argumentaban que el cuento no vende (algo que suele escucharse desde hace décadas sobre la poesía), que es más fácil comercializar un libro por su trama (como si una novela fuera sólo la historia que cuenta o pretende contar), que los libros de relatos son demasiado pequeños (y por ende, el margen de ganancia también), o que suele tratarse de la parte subsidiaria de la obra de un autor (y no al revés, como si no existieran cuentistas).
Cinco años después, la situación ha cambiado radicalmente. A partir de 2005 hubo una larga serie de antologías temáticas y generacionales que pusieron al cuento nuevamente en circulación. Y al mismo tiempo se crearon diversos espacios y grupos de lectura en bares, librerías y centros culturales, que explotaron las potencialidades interpretativas y performativas que ofrecen los géneros breves. Finalmente, las editoriales parecieron animarse a editar otra vez libros de relatos, y ya no sólo de escritores consagrados, sino de nuevos autores o cuentistas inéditos. Hoy, no son pocos los sellos que crearon o relanzaron colecciones específicas para el género. Alfaguara acaba de publicar los cuentos completos de Marguerite Yourcenar, en la misma biblioteca donde en los últimos dos años reeditaron los relatos de Julio Cortázar, William Faulkner, Vladimir Nabokov, Juan Carlos Onetti, Hebe Uhart y Rodolfo Fogwill. Emecé, en una serie dirigida por Mariano Valerio, diseñó una colección para publicar autores jóvenes locales donde ya aparecieron los cuentos de Oliverio Coelho, Mariana Enriquez, Samanta Schweblin y Federico Falco. De hecho, no son pocos los que creen que tres de los mejores libros de nueva narrativa aparecidos en los últimos años fueron de relatos: 76, de Félix Bruzzone, La hora de los monos, de Falco, y El asesino de chanchos, de Luciano Lamberti.
Aprovechando esta aparente revitalización del género, la editorial El Ateneo me llamó para coordinar, todos los lunes y a lo largo de noviembre, una serie de mesas llamada “Instrucciones para leer un cuento”, que forma parte de la celebración de los diez años de la librería Grand Splendid. El ciclo arranca mañana a las 19 en el local de Santa Fe y Callao, con la presencia de Uhart, Leonardo Oyola y Eduardo Muslip. Y sigue el 15 con Bruzzone, Schweblin y Gustavo Ferreyra, el 22 con Coelho, Enríquez y Gustavo Nielsen, y el 29 con Luis Chitarroni, Daniel Guebel y Pablo Ramos. Cada autor leerá un texto, y luego debatirá junto al resto acerca de la manera de abordar su propia literatura. Y ya que estamos, una idea para editores: ahora que el cuento parece haber recuperado finalmente cierta visibilidad, ¿no será el momento de apostar por la poesía?
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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octubre 31st, 2010 · 1 Comment
Nos, los representantes de la clase burguesa y consumidora, solemos vivir bajo la ilusión de que el mundo es una góndola de supermercado. Es la imagen que le gusta ofrecer de sí al capitalismo: tenemos todo para vos, siempre y cuando puedas pagarlo. Internet es, en ese sentido, la más sofisticada máquina de replicar la dinámica capitalista: en apariencia lo contiene todo. Pero así como el sistema parece ofrecerse sin restricciones, castra a sus consumidores: traten de ser políticamente incorrectos en Facebook, traten de encontrar películas violentas o eróticas en YouTube, y después me cuentan. En la industria editorial la censura está más relacionada con los derechos de distribución y la rentabilidad. Si no existe un margen de ganancia asegurado, la oferta se reduce: hace tiempo que buscaba un ensayo de la escritora francesa Virginie Despentes (Nancy, 1969), Teoría King Kong. Finalmente, tuve que esperar a viajar a Barcelona para comprarlo. Despentes publicó la novela Baise-moi (la traducción española es Fóllame) en 1994, la historia de una prostituta y una actriz porno que se dedican a mantener relaciones sexuales con hombres para después asesinarlos. El libro dio origen a la película, que desató una polémica, fue censurada en Francia y pudo verse en el Bafici en 2001, pero que actualmente (volver a las primeras líneas de este texto) es casi imposible encontrar completa en la Web.
Hasta la aparición de Fóllame, Despentes había tenido una adolescencia punk, había sido violada a los diecisiete años, había trabajado una temporada en una casa de revelado de fotos y otras dos como prostituta en Lyon. Pero después de publicar la novela se transformó en un ícono del feminismo, y publicó dos ficciones más, Perras sabias y Lo bueno de verdad. Pero es en Teoría King Kong donde se permite narrar en primera persona su violación, los años que mantuvo sexo por dinero con clientes ocasionales, y reflexionar acerca de su experiencia como directora de cine, como estrella mediática y como referente del feminismo contemporáneo.
El libro es pura potencia desde las primeras líneas (“escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las histéricas, las taradas, las excluidas del mercado de la buena chica”). Despentes busca (y logra) poner de cabeza el discurso que el sentido común construye alrededor de temas como la violación, la prostitución o la pornografía. Así, reclama el derecho a ejercer la prostitución libremente (“prohibir su ejercicio en un marco legal adecuado es prohibir a la clase femenina enriquecerse y sacar ventaja de su propia estigmatización”) y la compara con instituciones como el matrimonio, en la que ve un contrato rentado mucho más opresivo para el sexo femenino; abomina del concepto de femineidad, esa mentira; y llama a las mujeres violadas a correrse del lugar de víctima para reconstruirse y ver en ese acto aborrecible lo que realmente hay: “un programa político masculino” de dominación.
Despentes se ocupa de desnudar las relaciones de poder entre sexos que, en contra de lo que se cree, no sólo no fueron superadas sino que son alimentadas desde el más alto nivel político: de mostrar cómo un dispositivo de dominación masculino sigue asignando roles y hace pasar por naturales mandatos culturales que señalan qué es lo que las mujeres pueden o no hacer para vivir en sociedad.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
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