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Uno termina de convencerse de que es indudablemente argentino cuando, del otro lado de las fronteras, escucha por primera vez esa pregunta para la cual, aun avisado y preparado, jamás encontrará una respuesta satisfactoria: ¿y usted, amigo mío, sería tan amable de explicarme por favor qué es eso del peronismo? Nada más atinado, luego del interrogante, que encarar un abrupto cambio de tema. ¿Cómo contarle a alguien que no haya nacido en la Argentina que no existe una doctrina peronista, ni una ideología peronista, ni tampoco una sola manera de encarnar el peronismo? ¿Cómo decirle que ni siquiera los tres gobiernos del propio Perón fueron homologables entre sí, que uno de sus más longevos dirigentes, Antonio Cafiero, supo confesar públicamente que “el peronismo da para todo”? ¿Cómo hacerle entender a un extranjero que las aproximaciones al misterio peronista hechas por las distintas corrientes historiográficas son quizá tan válidas y tan verdaderas como las imaginadas por cualquier escritor de ficción?
Ah, el peronismo y la intelectualidad. Oh, los escritores y el peronismo. Uno de esos temas tan incómodos: el peronismo como el movimiento político de mayor contenido mítico y simbólico, como una fuerza que atrae y repele con la misma intensidad. Sucede que, aun desde el rechazo (Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, contras por antonomasia), el peronismo ha sabido convocar la voluntad literaria como un poderoso imán, y la lista de autores que se han volcado a pensarlo, interpelarlo y ponerlo en crisis desde el terreno de la ficción, aún incompleta, es notablemente extensa: Rodolfo Walsh, David Viñas, Germán Rozenmacher, los hermanos Lamborghini (Leónidas y Osvaldo), Néstor Perlongher, Tomás Eloy Martínez, Ricardo Piglia, Osvaldo Soriano, Jorge Asís, Guillermo Saccomanno, Abelardo Castillo, Rodolfo Fogwill, Martín Caparrós, Carlos Gamerro, Carlos Godoy. En 2004, Daniel Guebel había sumado su nombre a esta lista, al publicar una efectiva sátira sobre la militancia peronista titulada La vida por Perón. El mismo Guebel acaba de aportar ahora (aunque, por supuesto, de manera transitoria) el último eslabón a esa larga cadena de obras que atraviesan al peronismo con las herramientas de la imaginación, con dos nouvelles, una obra de teatro breve y un relato reunidos bajo el nombre La carne de Evita.
En “La infección vanguardista” y “Monumentos”, los dos primeros textos del libro, Guebel piensa al peronismo como lo que también fue, un recipiente vacío o un molde dentro del cual volcar el contenido que se crea más conveniente: sueños, proyecciones, deseos y frustraciones. Guebel juega con la libre interpretación que se hizo durante décadas de los mensajes que el líder del movimiento enviaba desde su exilio en Madrid, y les da vida a las oscuras maquinaciones que por años se construyeron alrededor de la figura de Perón, el cadáver de Eva y la inefable dupla compuesta por Isabel Martínez y José López Rega. En “El libro negro”, relato que cierra el volumen, imagina el descenso a los infiernos del desenfreno sexual de una Eva insaciable, en el sendero nefando que ya transitara Perlongher en Evita vive. “Así como Perón volvió del exilio y enfrentó a la sinarquía internacional por amor a las masas argentinas, yo, la más fiel y humilde y fanática de sus seguidoras, yo, que no le llego ni a la suela de sus botines y que me daría por bien paga con sentir el peso de su pie aplastándome la nuca, debo atravesar todo límite por la causa del bien de la patria y de sus grasitas. Y para eso no alcanza con el beneficio espiritual de la limosna, hay que descomponerse de dolor como una madre en los dolores del parto”, declara la Eva de Guebel antes de abordar su limusina, recorrer las calles oscuras de Constitución al caer la tarde rescatando a las masas del frío, y entregarse en cuerpo y alma a su pueblo.
Pero es el texto central, la obra de teatro “La patria peronista”, el que como en un homenaje superador a la Eva Perón de Copi pone en escena la superchería que planea sobre las figuras históricas de Perón y Eva, y aprovecha para burlarse de los clichés en torno a la militancia juvenil, que hoy tantas almas bellas adoptan como si se trataran de verdades reveladas, sin siquiera pensar en la posibilidad de una autocrítica.
Volviendo a la pregunta de nuestro amigo extranjero, si alguna vez hubo una manera de definir sintéticamente al peronismo, después de las experiencias Carlos Menem-Eduardo Duhalde-Néstor Kirchner-Cristina Fernández, adscriptos en los papeles a un mismo signo político (y verdaderas máquinas de construir sentidos contradictorios), esa posibilidad ya no existe. Ni siquiera sirve de ayuda aquella célebre proposición de John William Cooke (“El peronismo es el hecho maldito del país burgués”), que en los tiempos que corren parece tan verdadera como su reverso (“El peronismo como hecho burgués del país maldito”). Más certera y actual resuena la síntesis a la que Guebel llega en la página 102 de su nuevo libro: “Además de una religión y una estética, el peronismo es nuestro cuento oriental. Y los buenos cuentos duran largo tiempo”. La realidad, al menos, parece estar dándole la razón.
(Publicado en el diario La Nación).
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Acaba de terminar una nueva edición de la Feria de Libro, y recibo un mail con el balance de la edición de este año y estos números: 45.000 metros cuadrados, 403 expositores, 1.347 sellos editoriales representados, 1.244 eventos culturales, 2.030 firmas de autores, 520.000 visitantes únicos en la web, 50.000 seguidores de Facebook, 9.400 seguidores de Twitter, 1.455 delegaciones de colegios, 33 países y comunidades participantes, 22 provincias presentes. Además, ya salen notas que aseguran que este año se volvió a batir el récord de asistencia de público, a pesar del precio de la entrada, que iba de los 20 a los 26 pesos. Un fenómeno difícil de explicar el de la Feria, salvo para las editoriales, que logran vender una vez al año sin ningún intermediario (y así facturar un cincuenta por ciento más de lo habitual). Por lo demás, las librerías deben alquilar un stand carísimo para poder funcionar, los compradores abonan el mismo precio que podrían pagar en cualquier librería fuera del recinto, y los actos más concurridos son los de los conductores de televisión, los periodistas de investigación y chimentos, los actores, los músicos y los más destacados apellidos de esa heterogénea familia llamada autoayuda. El estacionamiento cuesta 18 pesos la hora y debe pagarse sólo en efectivo, los fines de semana hay que hacer colas de cinco cuadras para llegar a la entrada y, una vez dentro, todo se parece demasiado a cualquier shopping: un bombardeo de estímulos lumínicos y sonoros, propaganda privada y estatal en pugna por el espacio, stands que ofrecen suscripciones, folletería, cursos variados, bebidas alcohólicas, cuerpos que van y vienen con bolsas llenas de papeles y se empujan y se gritan y se golpean, carritos de bebés, muchos bebés llorando, vendedores enloquecidos, promotoras malhumoradas y algún que otro ladrón de libros. Y finalmente, también, una casta que ha sabido llamar la atención este año más que en otros: políticos en funciones, políticos que debaten, políticos que se pelean y hasta presentan libros. Y a pesar de todo esto, la gente parece enloquecer (y los medios se hacen eco de esa locura, llamándola “la fiesta de la cultura”, y le dedican más y más páginas cada día, páginas que le roban a la literatura y las artes a lo largo de todo el resto del año) y acude en masa a La Rural durante esos quince días, lugar que la mayoría de los escritores y editores y críticos literarios que conozco se cuidan de pisar.
Así y todo, la Feria es hoy un lugar mejor, más atractivo que hace algunos años, y mucho se debe a la influencia y los cambios puestos en marcha por su nueva directora ejecutiva, la periodista, editora y traductora Gabriela Adamo. Ella fue quien introdujo nuevas actividades, creó secciones y premios, y anunció que a partir del año próximo se convocará especialmente la presencia de diversas ciudades del mundo (la primera será Amsterdam) y se llevará a cabo, como lo hace la Universidad Diego Portales en Chile, una cátedra dedicada al escritor Roberto Bolaño. En una entrevista reciente, Adamo declaró: “La pregunta de rigor de todos los periodistas es acerca de la cantidad de visitantes. Para mí, esa no es la medida del éxito. Lo ideal sería saber cuántas de las personas que vinieron se fueron con ganas de leer”. Pero también marcó los límites a los que se enfrenta: “Este es un evento masivo y tiene la fuerza para atraer a un montón de gente que de otra manera no entraría a una librería, que no tiene una biblioteca en su casa. Yo no quiero perder a esa gente. El gran desafío es lo masivo frente a la calidad literaria. Creo que nos debemos un gran debate en la Argentina sobre el divorcio entre estos mundos, el desprecio mutuo de los públicos. No pretendo que todo el mundo esté encantado de conocerse, pero creo que los críticos se fueron alejando mucho. Hay que buscar la manera de acercarse para que no termine siendo Belén Francese quien recomiende libros al público de la Feria”.
En otro artículo interesante, Fernando Duelo Cavero, uno de los creadores de la Feria, contó cómo surgió la necesidad de un evento así: “Con mis colegas sosteníamos que a mucha gente le pasaba con las librerías lo mismo que con los bancos: no se atrevían a entrar. Les gustaban los libros, pero les daba vergüenza y no tenían contacto. Pensamos que con una exposición como ésta, abierta a todo el mundo y con publicidad, se alentaría la venta de libros (…) De a poco, se volvió una moda asistir a la Feria, sobre todo para la gente del interior del país. Muchos se convirtieron en lectores fieles al evento, que no visitaban demasiado las librerías por temor a demostrar su ignorancia. En la Feria, en cambio, pasaban más desapercibidos y se aliviaban de esa supuesta culpa que sentían”.
Quizá la distancia que haya que establecer de una buena vez es la que existe entre un lector (esa persona que no se concibe a sí misma sin leer todos los días, que tiene su circuito de librerías favoritas, que compra libros nuevos y usados todas las semanas en parques o por Internet, que lleva y trae libros cada vez que viaja al exterior) y un comprador de libros (que una o dos veces al año adquiere sus ejemplares para sí mismo o para regalar). Para los primeros, la Feria del Libro no suele tener ningún atractivo. Para los segundos, es una buena ocasión para cumplir con su cuota anual de cultura letrada (se dice que la Argentina es el país con mayor índice de lectura de América Latina, pero lo cierto es que más de la mitad de la población no lee siquiera un solo libro al año).
Adamo demuestra inteligencia y voluntad al declarar que le interesa el desafío de pensar estrategias para atraer a los verdaderos lectores a la Feria. Sólo queda esperar los resultados, pero algo es seguro: no será su responsabilidad si eso no sucede. Lo confirma, sin ir más lejos, los premios que la propia Feria estableció. Mientras el “Premio de la Crítica” al mejor libro publicado en 2011 fue para Balada, la última novela de Marcelo Cohen, el “Premio del Lector” se lo llevó una abogada porteña que firma como Gloria V. Casañas y es autora de una larga serie de novelas románticas. Con perdón de la tautología, tal vez la Feria del Libro deba seguir siendo lo que es: una feria de libros. Y haya que establecer nuevos lugares de encuentro entre escritores y los lectores, o esperar mucho más de los que ya existen, como el Festival de Literatura de Buenos Aires (Filba).
(Publicado en lanacion.com)
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Las preguntas, tan viejas que huelen un poco a naftalina, comenzaron a resolverse (si no antes) allá por 1857 en Francia. ¿Quién narra en una novela? ¿Quién es el verdadero autor? ¿Quién habla a través de esa voz cuando el narrador utiliza la primera persona? ¿Y cuando la historia se cuenta en tercera, o en indirecta libre? ¿Se puede leer un libro haciendo abstracción de la biografía de su autor, de los datos que conocemos de él, de sus pensamientos y opiniones? ¿Cuánto habrá de autobiográfico en esa trama protagonizada por un evidente alter ego del escritor? Decíamos 1857, por poner una fecha, porque fue entonces cuando dos escritores, Charles Baudelaire y Gustave Flaubert, fueron acusados de ofensa a la moral pública y llevados a juicio por el contenido de sus libros Madame Bovary y Las flores del mal. A Flaubert le endilgaron haberle infundido a Emma Bovary ideas y conductas indecentes y reprobables, y al no poder demandar a un personaje de ficción, la Justicia francesa llevó al estrado a su autor. A Baudelaire le sucedió algo parecido. Flaubert fue absuelto, Baudelaire recibió una pena menor (todo el proceso está recogido en un libro reciente: El origen del narrador. Actas completas de los juicios a Flaubert y Baudelaire) y fue exculpado postmortem, en 1949. Pero esos procesos judiciales funcionaron comoun hito a partir del cual lo narrado (la ficción) y el narrador (el autor de esa ficción) fueron por fin separados, y a cada uno de ellos se le dio su propia entidad.
Durante el siglo XX aparecieron nuevos debates y teorías que llevaron las discusiones mucho más allá, pero ya nadie volvió a confundir una cosa y la otra. ¿O habría que decir hasta finales del siglo XX? Porque el surgimiento y desarrollo de los nuevos medios, las plataformas de publicación web y las redes sociales masificaron el uso de la palabra y lubricaron hasta un punto jamás visto las comunicaciones, y así volvieron a mezclar un poco las cosas. Desde entonces, cualquiera puede escribir, ser leído por decenas de miles gratuitamente, sin la necesidad de pasar por la instancia de publicar un libro. Ahora: ¿llevar un blog es lo mismo que escribir una novela? ¿Mis observaciones, mis opiniones, mis detalles íntimos revelados, pueden tener interés literario si mi vida no es, en sí, distinta a la de cualquiera? Así las cosas, en la primera década del siglo XXI comenzamos a escuchar hablar del giro autobiográfico y de la proliferación de la literatura del yo. ¿Pero hay, en todo esto, algo realmente nuevo?
Digámoslo de una vez: quien quiera escribir, que lo haga. En papel, en la computadora, en una nube de Internet. Y quien quiera llamarse a sí mismo escritor, allá él. Pero quien lo haga, al menos, debería saber que existe algo que se llama tradición, y que hay interrogantes y problemas que no pueden desconocerse. Que para escribir hace falta, antes, leer. Y dejar de lado toda ingenuidad (por ejemplo, la de creer que toda letra impresa es literatura). En el prólogo para la edición conmemorativa de los veinte años de la publicación de El mundo según Garp, John Irving escribe, cansado de que le pregunten cuánto hay de autobiográfico en su historia: “Todo el mundo conoce los dos interrogantes que se le plantean con más frecuencia a cualquier novelista: ¿de qué trata su libro?, ¿es autobiográfico? Estas preguntas y sus respuestas nunca han tenido para mí excesivo interés (si la novela es buena, tanto las preguntas como las respuestas son irrelevantes). Lo que quiero decir, por supuesto, es que resulta comprensible que un muchacho de doce años plantee tales preguntas, mientras que un adulto no tiene por qué formularlas. El adulto que lee una novela debe saber de qué se trata el libro, como también debe saber que el hecho de que una novela sea o no autobiográfica carece de importancia, a menos que el presunto adulto sea ingenuo en exceso o desconozca por completo los caminos de la ficción narrativa”.
Quien quiera escribir, entonces, que escriba (aunque hay maneras más divertidas y menos tortuosas de pasar el tiempo). Pero si me preguntan, creo que hasta ahora la llamada literatura del yo, el nuevo abuso de la identificación entre narrador y narración, de primeras personas tan casuales como livianas, nos han legado poco más que páginas sin interés: historias de varones obsesivos de clase media, un poco atontados por las drogas y la falta de experiencia sexual, muchachas neuróticas insatisfechas, adultos conflictuados por el fantasma de un padre ausente o de un hijo temprano, en fin, relatos de una medianía soporífera. Porque no, no todo lo que nos sucede es digno de ser contado, mostrado, publicado. Y sí, todo lo que uno escribe es, de alguna manera, autobiográfico. Sólo que, como dijo alguna vez Borges, “eso puede ser dicho ‘nací en tal año, en tal lugar’ o ‘había un rey que tenía tres hijos”.
(Publicado en la revista Quid).
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Disculpe que comience esta carta con un recuerdo personal. De todas maneras trataré de ser breve, a la espera de que la lea hasta el final. La última vez que la Argentina ganó un mundial de fútbol yo tenía once años. Me acuerdo de haber visto el segundo gol de Maradona a Inglaterra sentado en el piso de la habitación de mis padres, frente al televisor de catorce pulgadas, la imagen corriendo en silencio y la radio sintonizada en el relato de Víctor Hugo Morales. Cada año que pasa aquellas imágenes se van haciendo un poco más difusas y porosas, pero todavía siguen ahí. No tiene la misma suerte mi hermano menor, que nació en 1983 y que cada tanto vuelve a ver en Internet jugadas sueltas de los partidos de 1986 porque como los hinchas de Racing con aquel gol del Chango Cárdenas, íntimamente teme que nada de eso haya pasado realmente. Desde que pateó su primera pelota suelen contarle que la Argentina es una potencia futbolística, pero con cada Copa América, con cada Mundial que pasa, él va poniéndose un poco más escéptico. Ahora piense que hay una generación entera que anda por los treinta años y a la que le cuesta asociar la camiseta argentina con alguna escena estimulante; que esa memoria futbolística está compuesta de clasificaciones agónicas, goleadas en contra con las selecciones de Colombia y Bolivia, eliminaciones casi vergonzosas de 1994 en adelante.
Yo sé que no debe ser fácil mantenerse ahí arriba, como usted lo viene haciendo desde 1979, cuando fue elegido como presidente de la AFA. Incluso me cae hasta simpático ese gesto de llevar en el meñique de la mano izquierda ese anillo de sello con la leyenda “Todo pasa”. ¿Quién no entendería que ocupando un lugar como ése haya cosechado en todo este tiempo algunos enemigos? Hay otras personas que podrán discutir con más argumentos si hizo bien o no en firmar ese contrato millonario con el Estado para trasmitir los partidos por televisión y así tapar los descalabros financieros de los clubes. Y otras mejor preparadas que yo para determinar si su gestión tiene o no que ver con la situación lamentable en la que está hundido el fútbol local, una de las ligas donde se juega el peor fútbol del mundo. Mi humilde contribución tiene que ver con la propuesta de reiniciar el sistema operativo de la selección argentina y encarar una nueva manera de pensar y entender el fútbol. No somos pocos los que estamos hartos de los golpes de magia del héroe de turno, los que nos acostumbramos a perder pero no nos resignamos a dejar de creer que un partido de fútbol puede ser un espectáculo que proporcione cierto placer estético.
En fin, que esta carta se está haciendo larga y no llego al centro del asunto: fuimos millones los que el jueves pasado nos agarramos la cabeza cuando Josep Guardiola anunció su retiro de la dirección técnica del Fútbol Club Barcelona. Pero al mismo tiempo algunos argentinos supimos encontrarle el lado positivo a la noticia. ¿O acaso no es Guardiola el técnico ideal para llevar a la Argentina al próximo mundial? Hay al menos tres razones que lo demuestran: está acostumbrado a administrar los egos de las estrellas y a obligarlos a jugar para el beneficio del equipo; es más catalán que los calçots, la fideuá y la sardana, por lo que es improbable que vaya a dirigir a la selección española; y, finalmente, es quien más conoce y mejor hizo jugar a Lionel Messi, esa carta marcada con la que contamos para el Mundial del 2014 en Brasil.
No se nos escapa que la selección ya tiene director técnico. Pero con todo el respeto que Alejandro Sabella y mis amigos platenses me merecen, prefiero que el seleccionado se parezca más al Barcelona, al Manchester United o al Bayern Munich que a Estudiantes de la Plata. En fin, señor Grondona, que si no se le había ocurrido hacer ese llamado, tal vez sea hora de agarrar el teléfono, no sea cosa que algún otro país nos gane de mano. Yo le aseguro que si logra convencer a Guardiola se ganará la simpatía de miles de argentinos, e incluso puede que muchos de ellos decidan mirar para otro lado si a usted le vienen ganas de seguir siendo el presidente de la AFA por cinco, diez o quince años más.
(Publicada en lanacion.com)
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abril 23rd, 2012 · 1 Comment
Otro día hablaremos de la Feria del Libro, esa “fiesta de la literatura” que no es ni tan festiva ni, sobre todo, tan literaria (así como alguien abrió un blog para señalar la recurrencia con que los medios titulan usando el término “flagelo” , propongo cobrar un impuesto al periodista que escriba la palabra “fiesta” para referirse a la feria que tiene lugar en La Rural). Hoy toca pensar qué se puede hacer con la inminencia de esa hidra llamada Bailando por un sueño , frente a la que de nada sirve cambiar de canal: el programa de Marcelo Tinelli tiene la capacidad de infestar al mismo tiempo al cuerpo social y al sistema de medios, haciéndolo girar de manera obsesiva y enfermiza en torno a sí mismo (¿fue un espejismo o en verdad hubo una especie de alivio, algo así como una repentina higiene mental, durante estos cuatro meses en que ningún diario, revista, programa radial o televisivo se ocupó de replicar hasta la náusea lo sucedido en el programa?). Los especialistas aseguran que, número más dígito menos, un punto de rating equivale a 100 mil espectadores. Lo que significa que al programa de Tinelli, el más visto de la televisión abierta local, lo suelen ver entre tres y cuatro millones de personas. ¿Por qué nadie habla nunca de los otros 36 millones de argentinos, es decir, de casi todo el país? Quizá muchos de ellos no tengan televisor. Y otros tantos anden distraídos en asuntos más urgentes. Pero existe una gran cantidad de televidentes que se resiste al tedio de la televisión abierta, ese reino del lenguaje encrático donde ni siquiera rige la ley de la evolución de las especies y se celebra la supervivencia de los menos aptos. Muchos de ellos migraron a la TV por cable y esperan, por ejemplo, el comienzo de la quinta temporada de Mad Men, y penan por anticipado con la despedida de House . Otros debaten si vale la pena seguir viendo Breaking Bad después de la tercera temporada, o Californication después de la cuarta, y se enfrascan en interminables discusiones sobre cuál es la mejor serie de todos los tiempos: Lost, The Sopranos o The Wire (yo estaré siempre junto al último grupo). Pero desde hace unas semanas hay dos nuevas alternativas para no añorar lo que fue y ser optimistas con respecto al futuro: New Girl , con Zooey Deschanel (los martes a las 22 por Fox), y Portlandia (el mismo día pero un rato antes, a las 21.30, por ISAT).
Buena parte de la población mundial masculina debe haberle jurado odio eterno a Deschanel después de 500 días con ella . Tal vez pase lo contrario con su personaje en New Girl : la Jess que encarna Deschanel es una perdedora (se sabe: nerds, losers y antihéroes se convirtieron en el nuevo valor de época), pero a pesar de su torpeza, su extrema facilidad para importunar y su incontinencia verbal, no puede ser más adorable. En rigor, New Girl es una sitcom, una comedia que desarrolla un par de líneas narrativas por capítulo a través de varios personajes y dura sólo media hora. Jess es una veinteañera que en la primera entrega sorprende a su novio engañándola, abandona la casa en la que vivía con él y se muda a un departamento con tres desconocidos que conoce por Internet, y a los que hará sufrir con sus insufribles manías, entre ellas cantar sola y a los gritos y llorar con películas como Fama o Dirty Dancing . La serie se estrenó en los Estados Unidos el 20 de septiembre de 2011 (aquí arrancó el pasado 10 de abril), tuvo muy buenas críticas, y después de veinticuatro episodios ya se confirmó que habrá una segunda temporada.
Detrás de Portlandia están Fred Armisen (de Saturday Night Live ) y la cantante y guitarrista de la banda Wild Flag, Carrie Brownstein. Programa de culto al estilo de aquella maravilla canadiense que se llamó The Kids in the Hall (lo más parecido que hubo en la Argentina fueron ciclos como De la cabeza o Cha cha cha ), Portlandia es una sucesión de sketches delirantes, también de media hora, cuya intención es la de satirizar los clichés de una ciudad como Portland, Oregon; como dice la descripción oficial del programa, esa ciudad “en la que despertarse todos los días a las once de la mañana y trabajar unas pocas horas en una cafetería es una legítima elección de carrera. En la que se puede ser adulto y jugar al escondite profesionalmente, en donde abundan los militantes del transporte en bicicleta, la comida orgánica y el feminismo”. El programa, que ya tiene dos temporadas al aire y en la Argentina recién comienza, se ríe de lo políticamente correcto de una sociedad como la estadounidense, donde la corrección política es dogma, y le toma el pelo a la serie de postas obligadas en el camino para alcanzar el siempre esquivo estatuto de coolness: ser un joven eterno, cubrirse la piel de tatuajes y piercings, andar en skate o bicicleta todo el día, militar en las filas del veganismo. Mención aparte merecen las participaciones especiales, para las que fueron convocados, por ejemplo, los actores Steve Buscemi, Tim Robbins y Kyle MacLachlan, el director Gus Van Sant y la cantante Aimee Mann.
Con la incorporación de Portlandia, ISAT confirma que otra forma de pensar y consumir televisión es posible, fiel a su costumbre de exhibir la que tal vez sea la mejor curaduría de cine local e internacional de la grilla argentina. No es exagerado pensar, en medio de un terreno tan pobre en ideas y compromisos estéticos, en inventar un premio especial para los responsables de la programación de la señal, cuyo influjo debe haber formado, a esta altura, a una generación entera. O al menos a buena parte de esos anónimos millones de televidentes que acostumbran a saltearse, control remoto en mano, los canales de aire como si fueran la peste.
(Publicado en lanacion.com)
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Concedamos que no debe ser fácil casarse con un genio, enviudar, sobrevivirlo. Le pasó a Yoko Ono con John Lennon, y algo similar le debe haber sucedido a María Kodama con Jorge Luis Borges. Para más contrariedades, Kodama era casi cuarenta años menor que Borges cuando se casaron, en 1986, meses antes de que el escritor muriera. Su figura quedó así atada de manera indisoluble a la del mayor prosista en lengua castellana del siglo XX: si el peso de sus libros es capaz de ensombrecer cualquier biografía, a Kodama le quedó al menos la tarea de administrar las ediciones y los derechos de su obra, y de dirigir los destinos de la fundación que lleva el nombre del autor de Ficciones. Ejerciendo esos deberes es que ha logrado no pasar inadvertida, ganando (muy pocas) simpatías y (muchos) enemigos en todo el mundo.
Hace años decidió, por ejemplo, en un movimiento que despertó varias polémicas, reeditar el libro El tamaño de mi esperanza, del que Borges abjuró en vida y jamás quiso volver a imprimir. En 2010 y después de designar a Andrew “El Chacal” Wylie como su representante, Kodama mudó todos los libros de Borges desde la editorial Planeta a su archirrival, Random House Mondadori, por unos dos millones de euros. Poco antes, había denunciado (y ganado el pleito) en la justicia francesa al crítico literario Pierre Assoulin por difamación, a causa de una nota publicada en Le Nouvel Observateur donde el periodista atacaba las decisiones editoriales de la viuda de Borges. Un tiempo después entabló otra demanda (y nuevamente venció), esta vez contra la editorial Alfaguara, que se vio obligada a sacar del mercado todos los ejemplares del libro El Hacedor (de Borges). Remake, del escritor español Agustín Fernández Mallo. Y a fines del 2011, Kodama decidió transitar también los pasillos de los tribunales argentinos: en el Juzgado en lo Criminal de Instrucción N° 3 existe una querella contra el escritor Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977), autor de varios libros experimentales editados por sellos independientes (¿Qué hacer?, El Martín Fierro ordenado alfabéticamente), por la publicación de un libro finito y divertidísimo que lleva por título El Aleph engordado. Esta vez, casi todos creen que Kodama fue demasiado lejos.
La demanda presentada por los abogados de Kodama contra Katchadjian (un escritor respetado en el ambiente intelectual y a quien el novelista César Aira, que no se caracteriza precisamente por prodigar elogios, le dedicó un ensayo en el número 19 de la revista Otra Parte) es por defraudación de los derechos de propiedad intelectual, delito que contempla penas de un mes a seis años de prisión. En una entrevista reciente le preguntaron a Kodama por todo este asunto: “Es un delirio. Parece que ese señor copia una oración de El Aleph donde Borges dice que conoció a Fulano, y a continuación agrega que sí, que él era amigo de Fulano y sigue con una historia relacionada con ello, para volver a citar a Borges y agregar otra historia más. Yo siento una infinita compasión por esta gente. Porque son personas que resultan impotentes respecto de la creación. Fernández Mallo se comportó de manera discreta, seguramente consciente de su error, pero no pasó lo mismo con la gente que lo lee y lo justifica diciendo que eso es intertextualidad. Eso no lo es, la intertextualidad la aplicó Joyce y él no copió La Ilíada. La utilizó Borges con Pierre Menard y no copió El Quijote. Intertextualidad es tomar la lectura de un texto, escribir una nueva historia evocando el recuerdo de la original, que no será ésa de la que se partió”.
Es probable que Kodama no haya tenido en sus manos una copia de El Aleph engordado, o sus abogados no hayan investigado debidamente sobre la producción del delgado tomo de tapas celestes. De haberlo hecho, tal vez sospecharían que la demanda suena, al menos, algo exagerada: medio centenar de páginas impresas con el arte y la estética tradicional de las plaquetas de poesía, un libro del que se tiraron y distribuyeron apenas 200 ejemplares, muchos de ellos obsequiados por su autor a los amigos. ¿Perseguía Katchadjian, con su intervención del texto de Borges, un rédito económico? Parece extraño pensarlo. ¿Buscaba extraer algún prestigio asociando su apellido al del autor de Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius? Más extraño aún. Para empezar, el lector desprevenido podrá encontrar, en la última página, un Posfacio donde Katchadjian aclara en qué consistió su “trabajo de engordamiento”: atravesar El Aleph, relato original, con sus propias palabras, sin modificar una línea ni una coma, deformarlo en la mejor tradición de las vanguardias, llevar el texto de 4000 a más de 9500 palabras generando así una nueva forma de leer a Borges. El lector un poco más avezado prescindirá de estas justificaciones: comparará uno y otro, juzgará los injertos de Katchadjian, se sorprenderá (o no) con su sentido del humor, entenderá lo lúdico de la propuesta: construir un artefacto por momentos delirante, dejando intactas las palabras de Borges mientras se les invierte su sentido.
El Aleph engordado fue publicado en marzo de 2009. Kodama presentó su denuncia en junio de 2011. Y el descargo de Katchadjian y su abogado, Ricardo Straface (escritor también, biógrafo de Osvaldo Lamborghini), fue entregado en diciembre de 2011. Desde entonces no hay novedades de la causa. ¿Qué puede pasar de ahora en más? Hay al menos tres alternativas. Que la querella sea desestimada por falta de dolo, si es que el juez considera, como todo parece indicar, que no hubo voluntad de engañar a los lectores ni de obtener una ganancia económica con la venta del libro. Que el magistrado decida citar a los testigos de autoridad propuestos por la defensa (los críticos literarios Jorge Panesi y Beatriz Sarlo, el escritor César Aira), para que ellos pongan al libro en contexto y expliquen qué es eso del ready made, el collage, la intertextualidad, el pastiche y las vanguardias literarias. O que el juez, por alguna razón, crea que hubo delito y decida citar a declaración indagatoria a Katchadjian y avanzar con el proceso penal. Si no fuera porque existe al día de hoy, en pleno siglo XXI, la posibilidad de que un escritor argentino sea llevado a juicio oral por utilizar ciertos procedimientos narrativos que tienen, como mínimo, unas cuantas décadas de existencia, toda esta historia sería algo como para reírse bien fuerte.
(Publicado en lanacion.com)
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Va a sonar como si lo que cuento perteneciera a la prehistoria, pero la verdad es que no pasó hace tanto tiempo. Los que comenzamos a ejercer el periodismo a mediados de la década del 90 no habíamos siquiera escuchado hablar de Internet. Tampoco de la telefonía celular. Para eso faltaba al menos un par de años. Usábamos el teléfono fijo para concertar y realizar entrevistas (y la guía de teléfonos para ubicar a los entrevistados), aunque la mayor parte de las veces las hacíamos en persona. Utilizábamos grabador y cassettes. Desgrabábamos casi todo, perdíamos mucho tiempo en eso, pero no veíamos alternativa. Cada vez que teníamos que chequear un apellido, una fecha o recordar una efeméride usábamos el diccionario, la enciclopedia, íbamos a una biblioteca o preguntábamos a nuestros compañeros de redacción: a veces había por ahí uno de esos viejos periodistas de memoria imbatible o cultura renacentista. Cuando necesitábamos citar una fuente, o cotejar una información, o ponerle background o color a una historia, teníamos que bajar o subir de piso hasta un espacio que aún existe y pocos usan y se llama Archivo. Ahí nos daban unos sobres de papel madera, rotulados con el nombre de nuestro personaje y lleno de recortes en papel de notas viejas: de allí sacábamos la información necesaria. Algunos afortunados, además, teníamos jefes que amaban la profesión como nosotros, tipos a los que les gustaba formar nuevos periodistas, que no nos dejaban pasar una y a veces nos mandaban a reescribir las notas enteras, cuando no las destrozaban; pero cada vez que metían mano en nuestros textos lo único que hacían eran mejorarlos. Supongo que para los fotógrafos y reporteros gráficos habrá habido, en estos quince o veinte años, cambios similares: hasta no hace mucho en todas las empresas periodísticas existían laboratorios donde se revelaban, todos los días, las imágenes que iban a usarse para ilustrar las notas. Hasta que sus rollos no eran revelados, los reporteros no sabían si tenían la foto que habían ido a buscar para acompañar la tapa o abrir una nota. En fin, que el periodismo debe ser una de las profesiones que más cambió con el desarrollo de la fotografía digital, Internet, la telefonía celular y las nuevas teconologías, porque nuestra única materia prima siempre fue la información. Y sin embargo el oficio ha sufrido una crisis de estimación y valoración, los lectores son cada vez más escépticos, y la calidad de las redacciones (a pesar de la proliferación de las carreras de periodismo) no necesariamente es superior. No creo en edades doradas, no añoro épocas pasadas, prefiero trabajar como hoy que como hace dos décadas, pero es probable que el periodismo escrito que se hace en la actualidad sea peor que el que se hacía antes. Y que aún con la gratuidad y la ubicuidad de las fuentes de información disponibles, tampoco los lectores hayan hecho un gran salto de calidad, como se pretende. ¿Por qué?
El listado de razones debe ser, por lo menos, largo y variado. La durabilidad de las noticias es cada vez menor, lo que obliga a escribir más rápido, más corto, de manera menos reflexiva y analítica. La multiplicación de las plataformas de publicación web hizo que el acto de escribir sea accesible para todos, generando una confusión: escribir bien parece fácil pero no lo es. Y, además, hacer periodismo no es sólo escribir (ése es el último paso), sino investigar, reflexionar, entrevistar, jerarquizar la información, contextualizar, editar, corregir y recién después publicar. Por otra parte, el del periodismo suele ser un oficio mal pago (y esa tendencia se profundizó en los últimos años; si de casualidad advierte que en los últimos días hay medios impresos cuyas notas salen sin firma, se trata de un reclamo de los trabajadores de prensa por negociaciones paritarias, algo que no sucede hace mucho tiempo), que demanda por eso una dosis extra de voluntad, además de pasión, paciencia e inteligencia. Creer que se puede hacer sin todos esos elementos es un error. El mismo error que se comete cuando alguien decide hacerse periodista por narcisismo, o por ansias de figuración, o para hacerse amigo de los poderosos o conocido de los personajes célebres o mediáticos. Después, claro, están los vicios del ejercicio cotidiano de la profesión. Los que trajeron las nuevas tecnologías (hoy lo común es resolver los artículos desde un escritorio, sin pisar la calle durante días o semanas) y los otros. ¿Cuáles? La falta de información de primera mano, los sobreentendidos y el excesivo uso de potenciales en la sección Política. La atención brindada a la superficialidad, el apego a lo que pasa en la televisión e incluso la publicidad encubierta en Espectáculos. La endogamia y el discurso del aguante y la tribuna llevado al papel en Deportes. El optimismo desbordado, la celebración de cualquier obra banal, feria o evento sin interés como si fuera algo imperdible en Cultura. La opinología elevada a la categoría de ciencia en las secciones de Opinión. Y así.
¿Y qué pasa con los lectores, sobre todo en Internet? ¿Qué pasa con ese magma intratable de insultos, prejuicios y odios que recibe el nombre genérico de Comentarios y que pasó a ser algo así como el people meter de las noticias en Internet, el rating por el que se mide el éxito de un artículo? Supongamos que el periodismo ciudadano existe, y que no se trata de una nueva etiqueta del marketing informativo, aunque creamos secretamente que tomar una foto con un teléfono en la calle y mandarla a una redacción está lejos de convertir a alguien en periodista. ¿Qué hacer con las personas que están del otro lado del papel, de la pantalla, con los lectores y con los consumidores? ¿Cómo satisfacerlos y darles participación sin dejar que virtudes esenciales de Internet como la anarquía, la hibridez y la libre circulación de contenidos acaben por destrozar toda opinión y credibilidad? Un nuevo pero viejo debate: ¿qué hacer con los comentarios que acompañan las notas? Hay quienes creen que deben publicarse tal cual llegan, otros que hay que moderarlos, y otros que debieran estar habilitados para unas pocas secciones. Hay quien propuso arancelarlos. Quien reclama que, para comentar, los usuarios deban registrarse con datos verdaderos y verificables. ¿Y por qué no un sistema mixto, que incluya estímulos o premios para las mejores intervenciones (una suscripción, tal vez), aquellas que suman datos o una mirada interesante a los artículos publicados por los medios? Porque si hay algo que se hace cada vez más evidente es que el sistema actual, que funciona como una máquina de generar insultos y difamaciones a periodistas y otros foristas dista de ser perfecto. Un amigo columnista de otro medio me contó hace poco que logró que cerraran los comentarios para sus artículos. Cuande le pregunté por qué, me respondió: “Porque los comentaristas son el fascismo con máscara de libertad de opinión. Qualunquismo de la peor especie, doxa, sentido común reaccionario de izquierda o derecha, el infierno de o que, en la vida real, evitamos cuidadosamente”. El neologismo Troll se acuñó hace ya un buen tiempo para referirse al abuso de este tipo de intervenciones, que casi siempre se hacen desde el anonimato.
Que quede claro: no digo que el de la injuria no pueda ser un arte, si se lo ejercita con inteligencia y estilo. La historia (y no sólo la argentina) es pródiga en ataques y libelos de punzante animosidad que artistas, pensadores y políticos lanzaron contra sus adversarios. Pero el insulto desnudo, la malicia gratuita, el rencor vacuo para rebatir argumentos está más cerca del arrebato infantil o la debilidad mental que de cualquier otra cosa. Más aún si se hace desde la libertad mal entendida que ofrece el anonimato, que permite violentar una opinión o una idea sin la mínima posibilidad de sufrir consecuencias. No tan en el fondo, los comentaristas de la era de Internet se están perdiendo, junto a los periodistas profesionales, la gran oportunidad de hacer un periodismo mejor. Uno que reciba una fiscalización constante del lector, claro, pero también el aporte de sus conocimientos, sus reflexiones, sus ideas. Porque lo que se escribe debajo de cualquier artículo puede no tener que tener obligadamente destino de papelera de reciclaje: podría convertirse en una extensión de la misma nota, agregando datos, confrontando ideas, marcando errores. Intuyo que esa fue la idea original con que se creó y habilitó ese tipo de espacios (con la dignidad y la belleza que arrastraba una palabra como Foro ), que nosotros, imperfectos como somos, nos encargamos una vez más de arruinar.
(Publicado en lanacion.com)
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Tiene razón Beatriz Sarlo cuando repite que la sociedad argentina se debe una reflexión y, sobre todo, un mea culpa con respecto al Mundial de Fútbol de 1978 y el horror camuflado detrás de la patria deportiva. Contrición que, con el tiempo, seguramente también alcanzará al caso Malvinas. No hay que olvidar que el 30 de marzo de 1982 hubo una huelga convocada por la CGT bajo el lema “Paz, pan y trabajo”, y una marcha hacia la Plaza de Mayo en la que 50 mil personas se enfrentaron abiertamente a la dictadura y fueron reprimidas y muchas de ellas detenidas. Apenas horas después, el 2 de abril, la misma sociedad se apretaba en las mismas calles para vivar a Leopoldo Fortunato Galtieri y apoyar la incursión de las Fuerzas Armadas en las islas y el comienzo de la guerra. ¿Qué pasó en el medio? ¿La misma plaza fue atravesada, en dos días, por energías de signo político e ideológico opuesto, o en verdad es posible que haya habido ciudadanos que participaron en las dos concentraciones, gritando en contra primero y a favor después? Son apenas algunos de los interrogantes que los historiadores aún no han logrado develar.
Mientras se discute la significancia real de que la de ayer sea una fecha que merezca ser recordada en el calendario y sostenida como feriado nacional, la industria del espectáculo ya está lista para exprimir los jugos de la nostalgia, el dolor, la conmiseración y la tragedia, tanto en la televisión como en el teatro: sólo queda esperar que surjan miradas críticas y complejas que se atrevan a desarticular la maquinaria chauvinista que suele poner en funcionamiento el barroso concepto de patria. La industria editorial, para no ser menos, también se anotó en la carrera por capitalizar la sensibilidad contenida en la efeméride, y en estos días aparecerán libros nuevos y reediciones que abordarán la cuestión Malvinas desde los puntos de vista más disímiles, dentro del terreno de la no ficción.
Pero la literatura suele tener otros tiempos, y sobre todo otros modos y otros intereses. Frente a los grandes temas (y la guerra es uno de ellos) muchas veces actúa mediante metonimias, homenajes o por omisión. Es lo que permite, por ejemplo, que la mejor película que se haya filmado sobre la Guerra de Vietnam se llame Apocalypse Now, y esté inspirada en realidad en una novela de Joseph Conrad, Heart of Darkness, que narra sucesos ocurridos en el continente africano un siglo antes. La literatura argentina se dedicó, con intermitencias y resultados diversos, a narrar Malvinas: ahí están las novelas Kelper (Raúl Vieytes), Una puta mierda (Patricio Pron), Guerra conyugal (Edgardo Russo), Trasfondo (Patricia Ratto), Segunda vida (Guillermo Orsi), La flor azteca (Gustavo Nielsen) y los relatos contenidos en libros como Historia argentina (Rodrigo Fresán), El ser querido (Daniel Guebel) y Nadar de noche (Juan Forn), entre otros. Pero lo cierto es que antes de todos ellos hubo dos libros que funcionaron como hitos que abrieron y clausuraron, en un mismo movimiento, todo lo que se podía decir sobre la Guerra de Malvinas: dos novelas que, como se sabe, llevan por título Los pichiciegos y Las Islas, y fueron escritas por Rodolfo Enrique Fogwill (1941-2010) y Carlos Gamerro (1962) y publicadas con quince años de diferencia.
La historia es conocida, fue elevada a mito (y en el fondo importa muy poco) y dice que Fogwill escribió Los pichiciegos, un artefacto narrativo implacable de apenas doscientas páginas, en un par de días, bajo los estimulantes efectos de la cocaína, y bastante antes de que la propia guerra terminara. Si la palabra Malvinas apenas se sugiere, la historia de Los Pichis, esos desertores que se apiñan bajo tierra en un régimen que inventó sus propias leyes de supervivencia, es una de las tramas más perfectas sobre la convivencia entre seres humanos en condiciones extremas. Fogwill creó una comunidad que decide automarginarse, y las reglas de esa comunidad: arriba y debajo de ella, por todos lados, el frío y la tecnología aplicada a la aniquilación: “Caía el cohete del avión, hacía un tirabuzón en el aire y enfilaba hacia la cola de rendidos: parecía que estaba eligiendo por dónde empezar. Atacaba a los primeros, les pasaba entre las piernas y al que no saltaba para un costado, le cortaba las piernas, por esa gran velocidad que desarrollaba, y así recorría toda la cola. Después volvía a subir, tomaba altura y desde arriba prendía luces y apuntaba directo al centro de la cola -de lo que quedaba de la cola- y recién ahí explotaba desparramando gelatina incendiaria encima de los asustados, que se volvían brasas de fuego, como si de repente Dios hubiera decidido castigar a todos los ilusos y a los cagones”.
La novela se editó en 1983 por primera vez, y fue traducida a varios idiomas. Y en cada nuevo prólogo su autor se preocupó de aclarar que no era un libro escrito contra la guerra sino “contra una manera estúpida de pensar la guerra y la literatura”. “No he escrito un libro sobre la guerra”, afirmaba Fogwill en la última edición, de abril de 2010, “sino sobre mí y sobre la lengua de uno que jamás escribirá contra la guerra, contra la lluvia, los sismos, ni las tormentas, y siempre contra las maneras equivocadas de nombrar y de convivir con nuestro destino”.
Quince años después, en 1998, aparece Las Islas, de Carlos Gamerro. La apuesta es con Fogwill y contra Fogwill: escribir un libro tan bueno como Los pichiciegos pero desde un lugar estratégica y completamente distinto. Y Gamerro lo logra: su novela es un tour de force de quinientas páginas en las que cabe de todo, desde torres de oficinas futuristas y la confección de programas de videojuegos sobre Malvinas hasta una trama que cruza a oscuros empleados de la SIDE con ex combatientes y ex militantes de la década del setenta, que relatan con extrema crudeza las torturas a las que fueron sometidos mientras estuvieron secuestrados por la dictadura militar.
Es tentador pensar que en las novelas de Fogwill y Gamerro están contenidas ya todas las ficciones que son capaces de ser creadas a partir del significante Malvinas (e incluso que en ellas exista un mayor efecto de verdad que en todas las investigaciones y los retratos periodísticos publicados sobre el tema), precisamente porque la voluntad de sus autores fue la de exceder el retrato de los acontecimientos, la representación mimética de la guerra y sus consecuencias materiales y psicológicas. Un caso extraño, además, en el que una guerra pensada y comandada por pusilánimes, y sufrida por pobres combatientes inexpertos y un cuerpo social hipócrita, da como resultado, en el terreno de la literatura, dos verdaderas obras maestras.
(Publicado en lanacion.com)
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No soy de los que creen que deban imputársele al gobierno nacional todas nuestras pesadillas. Hace mucho me enseñaron que el mundo no se divide entre buenos y malos, y que todo suele ser cuestión de matices, reflexión, contexto y perspectiva. Por ejemplo: el Gobierno no es el responsable del estado lamentable en que está el fútbol argentino, de esos partidos que a cualquier espectador más o menos delicado pueden provocarle un infarto de retina. Lo es, si se quiere, de haberle arrebatado violentamente un negocio a un ex socio político para dárselo a otro, y de aprovechar las tandas de las emisiones para hacer propaganda política al estilo de los gobiernos totalitarios del siglo XX.
Algo parecido sucede con la sustitución de importaciones, política que practican casi todas las potencias económicas del mundo. ¿Quién podría estar en contra de que se defienda la industria nacional? Pero hay ideas que, llevadas a la práctica de forma intempestiva, pervierten sus fines y afectan a todos. Desde abril de 2011 y hasta el mes que viene la ciudad de Buenos Aires fue seleccionada por la Unesco como Capital Mundial del Libro . Paradoja: desde mayo del 2011, cuando comenzó la puja entre el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, y la Federación Gráfica por un lado, y la Cámara Argentina de Publicaciones por el otro, en Buenos Aires los libros disponibles son cada vez menos, y ostensiblemente más caros.
Desde la semana pasada, además, la Capital Mundial del Libro 2011 tendrá aún menos libros: con la puesta en vigor de la resolución 453/2010, hecha a pedido de Moreno y a medida de la industria gráfica nacional, todo artículo impreso (libros, pero también revistas, folletos, tarjetas personales) que ingrese al país deberá pasar por un minucioso análisis tendiente a eliminar “los peligros derivados del uso de tintas con altos contenidos de plomo”. Una traba a la importación disfrazada de pirueta filantrópica . ¿Usted había comprado alguna novela en lengua inglesa o alemana en Amazon, se había hecho mandar por avión desde España un paquete con ese título que venía buscando hace meses, había pagado la suscripción a una revista científica estadounidense? Vaya perdiendo toda esperanza, porque lo más probable es que ese paquete no llegue jamás a sus manos (yo compré en noviembre pasado algunos libros, discos y películas jamás editados en la Argentina, y nunca llegaron; reclamé y Amazon los envió de nuevo hace un mes y medio, pero tampoco. Alguien los estará disfrutando en la aduana, o en Ezeiza. ¿Cómo será ese limbo de objetos secuestrados, extraviados, expropiados? Debe ser un espacio físico digno de verse).
¿Cómo empezó todo? Cuando a mediados del año pasado Moreno se hizo eco de un reclamo de la industria gráfica nacional, que afirmaba que el 80 por ciento de los libros vendidos en el país en el 2010 se habían importado. Después vino la retención de millones de libros en containers en la aduana. Después, la obediencia, por temor, de las grandes editoriales, y la desesperación de las medianas y pequeñas. Los efectos comienzan a sentirse ahora, volviendo a situaciones que parecían enterradas en el pasado: ya hay faltantes de libros de fotografía, académicos, guías de viajes, y sobre todo libros de texto de escuelas primarias y libros infantiles, objetos que se producen en el exterior (China, Uruguay, Chile) o se importan, ya que no existe la tecnología adecuada para fabricarlos en la Argentina. Hay madres que este mes, con el comienzo de las clases, pugnaron en una especie de mercado negro de libros de textos primarios, o recurrieron a las fotocopias. ¿Y qué harán los lectores frecuentes, esos que compran libros importados todos los meses, acostumbrados a frecuentar autores extranjeros que, por decisiones editoriales, jamás serán impresos en la Argentina?
El enorme volumen de libros que antes se importaba debería estar produciéndose ahora en el país. Como eso es imposible, ya que la capacidad instalada no puede multiplicarse en tan poco tiempo, las imprentas nacionales están dando prioridad a los pedidos que resultan más convenientes para sus finanzas (los títulos de los grandes sellos, de capitales transnacionales, que son los únicos que se imprimen de a decenas de miles de ejemplares). Así, una medida que busca proteger a la industria nacional favorece en los hechos a las multinacionales de la industria editorial y ahoga a las medianas y pequeñas empresas, que imprimen menos cantidad pero suelen editar los libros más interesantes, innovadores y arriesgados del mercado.
Así se llega a la situación actual, donde si nada cambia se reducirá cada vez más la diversidad de la oferta: en poco tiempo habrá menos títulos, de peor calidad y más caros. Será el resultado de un negocio en el que las empresas y la industria gráfica sólo piensan en sus beneficios, y el Gobierno, obsesionado por la balanza comercial, actúa de manera impulsiva y paranoica. En el medio, de rehenes y como siempre, seguirán estando los lectores.
(Publicado en lanacion.com)
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marzo 19th, 2012 · 1 Comment
“Narrar la paradojal trama de una banda como Los Redondos llevaría demasiado tiempo y espacio. La carrera del grupo, nacido a fines de los 70 y disuelto a principios de los 2000, es sinuosa y corre en paralelo a la historia de la Argentina, con su primavera democrática, su neoliberalización, su empobrecimiento y el estallido social del nuevo siglo. Hay razones que podrían explicar el por qué una banda de culto, a la que iban a ver periodistas, críticos, escritores y artistas en general terminó por convertise en la más convocante del rock nacional. Tantas explicaciones y teorías que ninguna terminará siendo cierta si no contiene las debidas dosis de azar y sociología: el éxito arrollador de una banda como Los Redondos podría ser al mismo tiempo un caso de estudio universitario como empresarial, y seguir siendo un misterio. Pero quizá en la nota de Forbes haya un enfoque más ideológico del que se advierte a simple vista. Y el metamensaje podría decir algo así como: ¿vieron chicos que aquel personaje enigmático y esquivo, que cantaba canciones de líricas crípticas sobre el aura de la revolución rusa, era en verdad un burgués apenas disimulado tras su imagen de músico intelectualizado?”
El texto completo, acá.
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marzo 12th, 2012 · 1 Comment
Por eso nos alarmamos cuando a principios de febrero su familia impugnó el libro de Faccio y anunció que estaba trabajando en su biografía oficial. ¡Ya sabemos todo lo que hay que saber sobre sus problemas de crecimiento, las inyecciones de hormonas, el rechazo de River Plate, el viaje a Barcelona! Es cierto que alrededor de su figura existe un universo de intereses comerciales, y que la historia de vida del chico humilde con dificultades podría ayudar a la promoción de la marca Messi. Pero nosotros sabemos que él, obligado a convertirse en producto (ropa interior o deportiva, producto lácteo, gaseosa, zapato), no es Cristiano Ronaldo; y salvo a los más chicos, con los que establece una identificación automática, es muy difícil que pueda vender algo. Messi, en nuestro deseo e imaginación, funciona muy a pesar de sus representantes como un estereotipo negativo, un artista loco y excéntrico, una especie de agente anticapitalista que desnuda la mentira esencial de la publicidad. Las marcas gastan fortunas para hacerlo ver canchero, para que pose desafiante. Lo ponen en la tapa de revistas de moda, de diseño, de política. Pero nadie va a comprar un traje porque lo use Messi. Su figura es poco expresiva, su atractivo sexual inexistente. Mientras filma las publicidades, él se aburre y extraña los entrenamientos.
El texto completo, acá.
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“Signos inevitables de la propia adultez: la música que escuchábamos cuando éramos jóvenes, la ropa que usábamos, vuelve a ponerse de moda… pero entre los adolescentes de hoy. El punk, por ejemplo: ¿qué hacen, de repente, por la calle, todos esos chicos con remeras de Ramones? ¿Cómo llegaron los logos de bandas como Sex Pistols y The Clash a ser estampadas en prendas que se venden en las tiendas de los diseñadores más exclusivos? ¿Cuándo fue que el punk, la revolución más importante de la cultura rock de la segunda mitad del siglo XX, murió definitivamente? ¿Cuando se separaron los Sex Pistols, cuando su estética (cueros, tachas, alfileres de gancho, borceguíes, pelos teñidos, crestas, iconografía revulsiva) se extendió a los desfiles de moda o cuándo la anarquía y el caos terminaron siendo valores positivos, apropiados por el mercado y vendidos en dosis de rebeldía enlatada?”.
Una columna sobre los 35 años del punk, en lanacion.com
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Mi hermano menor, buen lector, conoció hace poco a una chica que salía de vacaciones y que por eso estaba por comprarse varios libros. Él, atento, quiso recomendarle algunas lecturas. La chica lo miró desconfiada y le dijo: “Sí, pero a mí me gusta solamente la literatura independiente”. Cuando me lo contó, nos reímos. ¿Qué habrá querido decir con eso? Y me acordé de una de las tantas boutades de Borges, cuando le preguntaron por el compromiso literario: “Yo tenía entendido que sólo había buena y mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante”.
El de editor es un oficio que suele ser tan fundamental como invisible. Un editor habla a través de su catálogo, es decir, de los libros que decide publicar (y de los tantos otros que jamás entregará a imprenta). Es probable que, por eso mismo, la mayoría de los lectores no reconozca demasiados nombres en esta serie: Edgardo Russo, Adriana Astuti, Sandra Contreras, Damián Tabarovsky, Luis Chitarroni, Miguel Balager, Américo Cristófalo, Leonora Djament. Y sin embargo, a ellos y a unos cuantos más, responsables de los sellos llamados independientes (en oposición a las casas editoriales grandes, de capitales transnacionales) los lectores argentinos les debemos si no todo, mucho de lo mejor que se ha publicado en materia literaria en nuestro país en los últimos quince años.
La Bestia Equilátera, editorial nacida a fines de 2006, viene alimentando las librerías locales, pausada pero sostenidamente, de títulos y autores interesantes y pocos difundidos en la Argentina: Muriel Spark, Julian Maclaren-Ross, Arthur Machen, Maurice Renard. En 2010 publicó la que tal vez haya sido la mejor novela extranjera de ese año: Los enamorados, de Alfred Hayes. Y a fines del año pasado, antes de que la temporada estival duerma los catálogos de las casas editoras hasta principios de marzo, lanzó los seis relatos reunidos bajo el título Amor ciego, del escritor inglés V. S. Pritchett (1900-1997).
Salvo por algunas ediciones mexicanas de sus novelas y ensayos, la obra de Pritchett brillaba por su ausencia en la Argentina (sobre todo sus relatos breves, que alcanzan para llenar las mil páginas de sus Collected Stories). Viajero incansable, combatiente en la Segunda Guerra, amigo y consejero de Alfred Hitchcock, este libro abre la posibilidad de que los lectores argentinos tomen contacto con uno de los maestros del cuento del siglo XX. Con un talento evidente para las descripciones y los diálogos, y la creación del terreno propicio para que se desarrollen las pasiones (los seis cuentos hablan, de diversas maneras, del amor; en los seis aparecen, también, mujeres por las que los hombres pierden la cabeza), el libro abre con el relato que le da nombre al volumen: la inolvidable relación entre el ciego señor Armitage y su asistente, la señora Johnson, cuyo secreto y terror es una infamante marca de nacimiento: “Bajando desde el cuello por sobre el hombro izquierdo hasta el pecho y más allá, dilatándose como una lengua hacia la espalda, había una mancha horrenda, oscura como la sangre, que hacía pensar en un pedazo de hígado en la vidriera de una carnicería o en una isla obscena, de bordes irregulares. Era como si le hubieran arrojado un tarro de pintura encima”.
Es poco probable que aquella chica que conoció mi hermano haya encontrado el libro de Pritchett en su búsqueda de literatura independiente, sea lo que sea que eso signifique. Lo único seguro es que en estas casi trescientas páginas lo único que hay es buena literatura, a secas.
(Publicada en el número de febrero del 2012 en la revista Quid).
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