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Cómo narrar la muerte del padre

mayo 23rd, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

¿Cómo reaccionar frente a la escena, tan determinante como inevitable, de la muerte del padre? ¿Enmudecer, gritar, aliviarse, enloquecer? ¿Qué hace un escritor frente a ella? Cualquiera de esas cosas. O escribir. A Paul Auster, por ejemplo, esa huella le sirvió como catalizador de su carrera profesional: escribió La invención de la soledad. Roland Barthes, al día siguiente de la muerte de su madre, comenzó a llevar un Diario de duelo. Las anotaciones se extendieron a lo largo de dos años. Atravesado por la conmoción, pero con la agudeza de pensamiento que lo caracteriza, anotó el 30 de octubre de 1977: “Muchos seres me aman todavía, pero desde ahora mi muerte no matará a ninguno. Ahí está lo nuevo”. Tres días antes, otra entrada del diario dice: “Todo el mundo conjetura -así lo siento- el grado de intensidad de un duelo. Pero imposible (signos irrisorios, contradictorios) medir hasta qué punto alguien ha sido alcanzado”.

Los ejemplos abundan (Richard Ford y Mi madre, in memoriam; David Rieff y el proceso de descomposición física y mental de su madre, Susan Sontag, narrado en Un mar de muerte; el Philip Roth de la novela Elegía ), y van del ajuste de cuentas al homenaje. Mauro Libertella (México DF, 1983), crítico, narrador e hijo del escritor argentino Héctor Libertella (1945-2006), parece conocerlos a todos. Tal vez por eso, durante cuatro años, eligió el silencio. Y

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recién ahora, cuando pudo mudarse y habitar el departamento donde vio morir a su padre, acaba de publicar un breve volumen que lleva por título Mi libro enterrado, donde cuenta cómo fueron sus últimos días, devastado por el alcohol, y cuáles son los efectos de ese recuerdo en su propia vida y en su escritura.

Empecemos, si se quiere, por el final: ¿cómo debe leerse este conmovedor relato de un hijo sobre la muerte del padre? ¿Desde adentro o desde afuera de la literatura? ¿Qué es: una memoria, un homenaje íntimo, una novela, un relato, una biografía abreviada del último Libertella? Son las mismas preguntas que se hace el autor. Mauro Libertella confiesa que poco tiempo después del entierro de su padre se aficionó “a la lectura de novelas y relatos sobre la muerte del padre”. “Todos esos relatos son únicos -ponen en abismo un anecdotario intransferible- al tiempo que están condenados a su universalización”, escribe. Y parece encontrar una forma personal de leer este corpus textual del duelo, que incluye al libro que está escribiendo: “Un poco a mitad de camino, se leen por fuera y por dentro de la literatura. Quizás uno de los puntos centrales de estos libros tenga que ver con la aparición de una voz; trayendo del pasado la historia del padre, aparece la voz del hijo en el presente”. Libertella hijo escribe, entonces, como catarsis, o para que los lectores y amigos de su padre puedan acceder a ese universo íntimo del desgarramiento, pero también, o sobre todo, para buscar su propia voz: para hacer literatura.

No es un asunto menor, porque la comunidad de intereses entre padre e hijo (la elección de la escritura como modo de subsistencia) complejizan aún más la figura simbólica del parricidio. Libertella padre, autor de libros comoEl camino de los hiperbóreos El paseo internacional del perverso El árbol de Saussure, fue un autor precozmente reconocido y premiado, y es considerado uno de los precursores, junto a Ricardo Piglia, de una de las vías centrales de la literatura argentina del siglo XX, la llamada “ficción crítica”. Años después Mauro, el hijo, decide estudiar Letras y dedicarse a la crítica literaria. ¿Cómo luchar contra la admiración y la idealización, contra el peso del nombre del padre y de su obra hermética, respetada al mismo tiempo por los críticos más exigentes? El hijo escribe que no podía creerle a su padre cuando éste elogiaba sus primeros artículos periodísticos. Y anota, a cuatro años del final de todo: “Recién cuando él murió pude escribir mi primera ficción, un cuento precario sobre un hombre que trabajaba de bibliotecario en un hospital. Libros y enfermedad: la ecuación lo dice todo”.

A pesar de lo que pueda parecer, Mi libro enterrado no es un libro deprimente. Duro, honesto, asfixiante e incluso, si cabe la adjetivación, bien escrito: pero no deprimente. La clave está en la manera en que padre e hijo interpretan el suceso de la muerte, cuando los dos saben que ya no habrá vuelta atrás. El día en que los médicos le anuncian el cáncer, se sientan en la cama del hospital y hablan. Hablan como pocas veces lo habían hecho. “Me dijo también que él de algún modo había elegido su muerte, y que no me preocupara. No quería que le tuviera pena ni lástima. Tampoco quería que yo me pusiera triste; me mostraba, diciendo esas cosas, que la noticia de la propia muerte puede impactar con la fuerza de una redención o de un alivio”. El padre acepta la idea de la muerte como un destino trazado, en parte, por su propia voluntad. Y en ese acto, en un deslizamiento preciso, con un gesto liberador, hace lo mejor que puede: abrirle el camino a su hijo. El círculo se completa. O, en las propias palabras de Mauro Libertella: “Fue un deshielo, y fue algo sano en medio de tanta enfermedad”.

(Publicado en lanacion.com)

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¿Cuántos lectores tiene la literatura argentina actual?

mayo 19th, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Terminó una nueva Feria del Libro de Buenos Aires y, como siempre, los números suenan abrumadores: más de un millón cien mil visitantes y un aumento en las ventas de entre un diez y un treinta por ciento, de acuerdo a la información recogida en algunos stands. Pero si uno no quiere pasar por ingenuo o pecar de un exceso de optimismo (y sobre todo si intenta sacar algunas conclusiones sobre las preferencias del público en materia literaria), hay que mirar un poco más en detalle. Por ejemplo: ¿cuáles fueron los cinco títulos más consultados por el público? Hush hush, de Becca Fitzpatrick; Los juegos del hambre, de Suzanne Collins; Ciudad de cristal – Cazadores de sombras, de Cassandra Clare; Juego de tronos, de George Martin; y Caballo de fuego, de Florencia Bonelli. Es decir, fenómenos de venta que poca o ninguna relación tienen con la literatura. Nada de qué quejarse, ya que el mismo nombre lo está señalando: se trata de la Feria del Libro y no de un festival literario. Lo que la Feria viene a demostrar, en todo caso, es que los caminos de la industria editorial de masas y la producción y el consumo de literatura argentina contemporánea (de la literatura “de verdad”, es decir, de la “ficción literaria” o la llamada “literatura alta”) se han distanciado para siempre.

No hay ejemplo más concreto de esta fractura entre los gustos del consumidor esporádico o recreativo y los lectores habituales de literatura que los resultados de los dos galardones que se entregan durante la Feria: mientras el Premio de la Crítica fue para la obra poética de Tamara Kamenszain, el Premio del Público (en el que votaron unas diez mil personas) se lo llevó la nueva novela de Alejandro Dolina. “Las lógicas del canon y la lógica del mercado muchas veces se contraponen. Y un suceso de mercado y un suceso de crítica son muchas veces enemigos”, escribió el crítico Daniel Link en su libro Cómo se lee. En el mismo sentido, la ensayista Beatriz Sarlo decía en Escenas de la vida posmoderna: “Inevitablemente, el mercado introduce criterios cuantitativos de valoración que contradicen con frecuencia el arbitraje estético de los críticos y las opiniones de los artistas. La idea misma de popularidad no podía ser sino examinada con desconfianza ya que sobre ella se erige la contradicción que está instalada en el corazón mismo de la democracia”. Si no se puede decir que esta situación sea novedosa (los gustos del público masivo por un lado, los de los lectores especializados por el otro), hasta hace algunos años parecían existir vasos comunicantes entre ambos grupos. Lazos que parecen haber estallado sin posibilidad de reconstrucción.

Este alejamiento está directamente relacionado con las políticas que las grandes empresas editoras desarrollaron a partir de la década del 90. En 2003 y en el mismo libro, Link narra cómo fue que la adquisición de la mayoría de los sellos argentinos por parte de los grandes grupos transnacionales produjo una transferencia de bienes simbólicos que afectó tanto al mapa editorial como al campo literario: “Los catálogos editoriales ya no están armados de acuerdo con una ideología de la lectura y de la escritura, sino de acuerdo con los criterios de los expertos en mercadotecnia, los publicistas y otras plagas del siglo pasado, lo que condena a la caducidad todo lo que se publicó ayer”. Pero al mismo tiempo que Link escribía (y él no podía saberlo), es decir hace ya diez años, surgía en la Argentina de la poscrisis (y en buena medida por ella) un heterogéneo conjunto de editoriales independientes. Fueron esos sellos los que terminaron marcando el pulso de la producción literaria local, y editaron lo mejor que pudo leerse en materia de ficción y ensayo durante la última década.

Lo que se dio entonces fue una atomización del mercado editorial. Y mientras los grupos se dedicaron a la búsqueda de una mayor rentabilidad con títulos de rápido consumo y corta vida, las apuestas literarias quedaron casi exclusivamente en manos de estos nuevos sellos. A la existencia de catálogos como los de Adriana Hidalgo, Beatriz Viterbo y Paradiso se sumó una larga lista de editoriales pequeñas como Interzona, Entropía, Caja Negra, Eterna Cadencia, Santiago Arcos, La Bestia Equilátera, Mardulce, Tamarisco y Pánico el Pánico (entre muchas otras) que durante diez años descubrieron y difundieron a casi todos los nuevos escritores argentinos. La jugada no salió mal, y hoy pueden agregar a sus catálogos a algunos nombres consagrados, e incluso exportar libros al mercado europeo. Por arriesgar una hipótesis: si en los 80 y 90 un lector habitual de literatura entraba a una librería buscando las tapas amarillas y grises de la colección Anagrama, hoy ese tipo de lector se guía por los diseños de tapa de cualquiera de estos pequeños sellos argentinos.

La pregunta fundamental, después de una década larga, es si todo este trabajo puede haber servido para crear un nuevo mercado de lectores. Se trata de un interrogante que todavía no tiene respuesta y frente al cual nadie logra ponerse de acuerdo. Algunos editores son escépticos y aseguran que los lectores de literatura argentina contemporánea son siempre los mismos: no más de tres mil. Otros, que tal vez lleguen a unos diez mil. Si hay que guiarse por las cifras de producción y ventas, no estarían tan equivocados. Por lo general los títulos de estos sellos venden entre doscientos y mil ejemplares. Si alguno llega a los dos mil, se puede hablar de un éxito. La novela El viento que arrasa, de Selva Almada, editada hace un año por Mardulce y protagonista de un fenómeno de circulación boca a boca extraordinario, está por alcanzar la inusual cifra de cinco mil ejemplares vendidos. Tal vez el caso de Almada esté diciendo algo acerca de la dimensión de esta probable nueva comunidad de lectores, formados a lo largo de una década

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en los catálogos de editoriales independientes. Quizá sean ellos (¿son muchos, son pocos?) los que estén manteniendo viva la literatura argentina actual.

(Publicado en lanacion.com)

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El punk: de los bajos fondos neoyorquinos al Metropolitan Museum

mayo 10th, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Hoy se inaugura en el Metropolitan Museum de Nueva York la exhibición “Punk: chaos to couture”, y hace dos días y como todos los años allá fueron las celebridades de la moda y el espectáculo, a la exclusiva gala del Met, a hacer acto de presencia. ¿En qué consiste la muestra? En una colección de unos cien diseños de indumentaria inspirados en la estética punk y expuestos en siete galerías del museo. El punk, se sabe, fue la última gran revolución de la cultura rock. Nació en Nueva York a principios de los 70 y cobró difusión mundial desde Londres, a mediados de la misma década. En los Estados Unidos fue más que nada un movimiento musical espontáneo, alrededor de bandas como Television y The Ramones, pero en Inglaterra adquirió su estética definitiva y adoptó ciertos ribetes ideológicos, incorporando conceptos como el del caos, la anarquía y el do it yourself, y apuntando su rabia hacia las figuras del poder político, sobre todo a la monarquía, en el contexto de una profunda crisis económica.

Musicalmente, el primer punk vivió rápido y murió pronto: los Sex Pistols sacaron apenas un disco, The Ramones evolucionó hacia el pop, The Clash hacia el rock político, el reggae y el ska. Por lo que el mayor legado del sonido punk es, en verdad, la proyección de su influencia en el tiempo: haber servido de inspiración para las mejores bandas de la música popular hasta hoy, desde Joy Division, The Police, The Cure, Pixies y Nirvana hasta The Rapture o The Black Keys. De todo eso ya pasaron casi cuarenta años (la corta vida del punk puede ser fechada entre 1974, cuando se suceden los primeros conciertos en la sala CBGB del bajo Manhattan, y 1978, cuando los Sex Pistols se separan y Nancy Spungen, la novia de Sid Vicious, muere acuchillada en una habitación del Chelsea Hotel); y el mercado y el mundo de la moda hacen ahora lo que mejor saben: apropiarse de una propuesta contracultural para intentar exprimir un potencial rédito económico. ¿Pero hay algo realmente nuevo o escandaloso en esta relación entre el punk y la estética?

Lo cierto es que no: si bien los primeros punks se servían, para vestirse, de los desperdicios, la basura y la ropa de saldo (de ahí la presencia ubicua de los alfileres de gancho: para remendar prendas hechas jirones), fue precisamente esa estética marginal la que ayudó a exportar (a través de la sorpresa y el terror que generaba en las buenas conciencias, y la difusión de ese rechazo en los medios de comunicación de masas) la cultura punk al mundo. Mucho tuvieron que ver en la construcción de esa imagen Malcolm McLaren, manager de los Sex Pistols, y su mujer, Vivienne Westwood: a través de sus diferentes tiendas (Let it rock, Too fast to

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live, too young to die y Sex) la diseñadora y el manager vistieron a la banda primero y, a través de ella, a miles de jóvenes que gastaban verdaderas fortunas por un vestido, una remera tajeada y pintada con aerosol o un par de borceguíes. Los punks verdaderos, en gran medida vagabundos, delincuentes juveniles, desclasados y desocupados, que habían adoptado los Don Martens porque era el calzado barato que usaban los obreros, miraban con sorpresa y odio cómo los chicos de clase media y alta copiaban sus ropas, sus maquillajes y sus peinados, y convertían un estilo improvisado y disruptivo (pensado para épater la bourgeoisie) en el último grito de la moda.

Al margen de la hábil jugada de los cerebros del Met, lo cierto es que por una cuestión generacional, el interés en la cultura punk vive una suerte de renacimiento, impulsado por los efectos de la nostalgia, por la memoria de los que fueron punks y sobrevivieron hasta hoy para contarlo, por algunos libros (Eramos unos niños, de Patti Smith, Por favor, mátame de Legs McNeil y Gillian McCain o las recién editadas memorias de Richard Hell, I Dreamed I Was a Very Clean Tramp) y hasta por varios documentales y películas. Pero si todos están más o menos de acuerdo en que la música punk es cosa del pasado (algo revitalizado por una especie de revisionismo histórico), la cultura punk, entendida como la experiencia de una vida inspirada por los vectores de la rebeldía y el desafío a la autoridad, sigue vigente. ¿Pero dónde? ¿Cómo podría definirse “ser punk” hoy? En este artículo de The Guardian hay algunas respuestas. La música Louise Distras lo define tradicionalmente: “vivir de acuerdo a las propias reglas y haciendo las cosas solo en los propios términos”. Y el activista Mike Sabbagh va un poco más allá: “El punk se volvió un sinónimo de la política. El espíritu del punk vive en el movimiento Occupy London o en otros como Wikileaks”. ¿Julian Assange, Occupy Wall Street o los indignados españoles vendrían a ser algo así como íconos punks del presente? Puede ser un tema interesante para algún dossier especial, o una investigación más exhaustiva.

(Publicado en lanacion.com)

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En la Feria: cómo comprar los mejores libros en una hora y con apenas 50 pesos

mayo 3rd, 2013 · No Comments

Si usted sufre, como yo, de una marcada fobia a las multitudes, a los turistas, a la publicidad y las promociones, a la folletería, al ruido, a los anuncios de los altoparlantes, a los espacios cerrados, a los bestsellers, a las colas de descuentos y firmas de ejemplares, a los actos y las conferencias, a los stands de las colectividades y a la gente que va a la Feria del Libro de Buenos Aires a pasear en familia, creo que me va a agradecer este artículo. La propuesta es la siguiente: pasar el menor tiempo posible dentro del predio de la Rural de Palermo (una hora será el tiempo límite) para evitar el pánico desatado por cualquiera de los factores mencionados más arriba, gastar poco dinero (cincuenta pesos o menos: cuatro atados de cigarrillos, medio kilo de lomo o cinco dólares en el mercado paralelo) y salir, como mínimo, con un buen libro bajo el brazo.

La primera instrucción a seguir es entrar por la puerta de la Avenida Sarmiento y zambullirse enseguida en el que llamaremos el “pabellón de los pobres”, que en esta edición es el que está designado con el color azul. Hasta hace un par de años, la única entrada posible a la Feria, si uno ingresaba por Sarmiento, era por el stand del diario Clarín; pero como al gobierno nacional eso le resultaba intolerable, sugirió abrir las puertas que siempre estaban clausuradas y que ahora se muestran abiertas al inmenso stand de Presidencia de la Nación. Segunda instrucción: esquivar ese monumento a la fealdad construido con caños y libros lo más rapido posible: todo a su alrededor se despliega una colección de puestos de librerías de usados y de saldo, en el que siempre es un placer remover escombros y encontrar algún que otro hallazgo.

En el stand de la Librería de las Luces (número 304) se puede comprar Carta al padre de Franz Kafka (10 pesos), La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa (20 pesos) o Las armas secretas de Julio Cortázar (40 pesos). Cerca de allí, en El Aleph (stand 210), se pueden conseguir los retratos de Vida de vivos de María Moreno (29 pesos) y los ensayos reunidos en Conceptos de filosofía de la historia de Walter Benjamin (48 pesos). A pocos metros, en Galerna (304), están Infancia y Juventud, los dos libros de J.M. Coetzee, a 55 pesos cada uno (pagando en efectivo se realiza un diez por ciento de descuento, por lo que el precio queda en 50 pesos redondos). Siempre sin salir del Pabellón Azul, ahí nomás, en Roberto Basilico (stand 610), se puede comprar la gran crónica de Norman Lewis titulada Nápoles, 1944 a apenas 10 pesos, y la interesante guía de la sueca Erika Lust Porno para mujeres (30 pesos). En Canal de Ventas (stand 515) venden el clásico pacifista de Dalton Trumbo Johnny cogió su fusil (30 pesos) y una de las mejores novelas del escritor brasileño Ferréz: Manual práctico del odio (también a 30 pesos). En Edicol (stand 415) exhiben la biografía de la primera mujer de Raymond Carver, Maryann Burk Carver, que se llama Así fueron las cosas (40 pesos). Y también tienen a precio de remate (10 pesos) Los cien días de Joseph Roth. En Librería Libertador (un clásico de los saldos de la Calle Corrientes, que ocupa el stand 422) venden A este lado del paraíso, de Scott Fitzgerald, a 20 pesos, y la Antología personal de Jorge Luis Borges a 22. En el 529, de Gradfico, se consiguen los cuentos de Dublineses, de James Joyce, a apenas 24 pesos. Y en El Túnel Libros (stand 222) hay viejas revistas El Péndulo (una debilidad de coleccionistas) a 15 pesos y al mismo precio se consiguen Los siete locos o El juguete rabioso, de Roberto Arlt. También, en el mismo stand, están a la venta La liebre de la Patagonia de Claude Lanzmann (30 pesos), la novela Toda la verdad de Juan José Becerra (otros 30) y los cuentos de Bestiario de Cortázar, a 40.

Uno puede comprar alguno o todos estos libros recorriendo muy pocos metros en menos de una hora, y escapar raudamente. Pero si en verdad los libros son su debilidad, cuenta con algo de tiempo o ya tiene uno o todos los que se mencionaron más arriba, haga lo mejor que se puede hacer sin desplazarse en lo más mínimo: extienda el límite de su tarjeta de crédito y úsela a discreción en el stand de Jorge Walduther, también en el Pabellón Azul. Recorra despacio las mesas con novelas y ensayos (la mayoría importados de España) que pocas veces encontrará en las librerías argentinas. Walduther logró traer para la Feria una selección de los mejores sellos españoles, como Alpha Decay, Periférica, Nórdica, Errata Naturae, Acantilado, Atalanta y Libros del Asteroide. Revuelva, también, en la mesa que está al lado de la caja: encontrará ofertas de viejas ediciones de calidad como las de Alba y Montesinos. Si hay un lugar en

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donde vale la pena invertir una buena cantidad de dinero en libros, es allí.

(Publicado en lanacion.com)

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Una novela extraterrestre

abril 23rd, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

Hace poco leí una declaración con la que no podría estar más de acuerdo. Decía algo así como que escribir, mal que bien, puede escribir cualquiera. Pero que el oficio de traductor estaba reservado para pocos, porque para ser un buen traductor no alcanza con saber escribir: hay que ser, primero, un gran lector, y además un profesional dedicado, abnegado, paciente, culto, talentoso, inteligente y sensible. Y a pesar de todos estos requisitos y por alguna misteriosa razón, al menos en la Argentina de hoy, el oficio de traductor está subvalorado (y es uno de los peor pagos de toda la industria editorial). Así nos va a todos nosotros como lectores, y desde hace décadas nos conformamos con las versiones castizas de las novelas y los cuentos que nos llegan no ya de autores rusos o japoneses, sino también de idiomas con los que estamos más familiarizados, como el italiano o el inglés. Lo sabemos: hubo un tiempo en que en la Argentina se traducía mucho y bien (digamos hasta principios de la década del 70: Borges, Ocampo, Bernárdez, Cortázar, Bianco, Pezzoni, Walsh), pero esos tiempos quedaron muy, muy atrás. Ahora, como dice el poeta (y traductor) Guillermo Piro, nos tenemos que acostumbrar a leer libros hechos por españoles que ni siquiera están traducidos para España sino, al parecer, para la calle periférica de un barrio desconocido de las afueras de Madrid.

No es un problema nuevo, pero no por eso deja de ser central (muy de a poco las cosas van cambiando, gracias a algunas editoriales independientes que están volviendo a encargar traducciones locales). Puede advertirse ya la degradación del oficio, aunque no sea el conflicto central del libro, en la novela El traductor, reeditada hace algunos meses por Eterna Cadencia y publicada por primera vez en 1998. El libro (una de esas novelas casi extraterrestres que por fortuna brotan cada tanto en

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la literatura argentina, y le otorgan buena parte de su fuerza y singularidad, como pueden ser Plop, Las islas o El desierto y su semilla) llega de nuevo a los lectores precedido por su mito, y por la trágica historia de su autor, el periodista, psicólogo y traductor Salvador Benesdra. Nacido en 1952 y docente de epistemología genética, Benesdra dominaba seis idiomas además del castellano y había empezado a estudiar el séptimo (japonés) al momento de tirarse de un décimo piso, el 2 de enero de 1996. A pesar de haber sido finalista del Premio Planeta, Benesdra, que había sufrido brotes psicóticos, jamás llegó a ver su novela (una oscura historia de amor, sexo y frustraciones amorosas y laborales de más de seiscientas páginas, que puede ser leída como una despiadada crítica al clima de exitismo y miseria imperante en la década del 90) publicada.

Ricardo Zevi, el protagonista del libro, sufre como traductor de libros en una empresa “progresista” que lo explota como si estuviera empleado en un gulag. Un lugar donde es utilizado, ignorado y maltratado, y con el tiempo reemplazado por una chica recién salida del secundario, que “había hecho toda la escolaridad en inglés”. Luego de caer en la cuenta de la trampa que la editorial Turba le había tendido (“¡De modo que yo le tenía que enseñar a traducir desde cero a quien la empresa había elegido para reemplazarme! Esto debe sentir una empleada que depende vitalmente de un trabajo cuando el jefe la obliga a acostarse

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con él”), Zevi mantiene un diálogo inolvidable con Celeste, en el que Benesdra aprovecha para ajustar cuentas con los traductores improvisados: “Además están todas las trampas de la falsa similitud, que entre lenguas romances son fatales. ¿Sabés cuántos chantas traducen el pois nao brasileño ‘pues no’, aunque es exactamente lo contrario, o el stare stanco italiano por ‘estar estancado’, en lugar de ‘estar cansado’? En francés tenés de esas trampas a carradas. Te juro que en una novela he leído cómo un personaje se apoyaba sobre su ‘orejero’, en lugar de su almohada, porque el tipo que lo tradujo se consideró suficientemente intuitivo para no necesitar consultar oreiller en un diccionario”.

La novela de Benesdra es mucho más compleja, de todas maneras, que lo que parece en esta síntesis. Sobre todo porque gira alrededor del amor que este traductor de izquierdas cultiva, con desesperación, por una chica evangelista que conoce de casualidad, y a la que intenta satisfacer sexualmente sin éxito a pesar de probar todos los métodos imaginables (incluso, o sobre todo, obligarla a prostituirse y mantenerlo con el fruto de esas transacciones). El traductor es un libro oscuro, intenso y agotador que, quedó dicho, parece salido de la nada. Pero que por su potencia y excepcionalidad está condenado a ocupar un lugar a la vez periférico y central en la literatura argentina.

(Publicado en el número 45 de la revista Quid).

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El escritor que podía adivinar el futuro

abril 18th, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

Hay algo levemente incordioso en las entrevistas donde los escritores de ficción se desvían del terreno donde uno supone se sienten más seguros (las declaraciones acerca de sus libros, su método de trabajo, la literatura en general o en particular) y se arriesgan a declamar sobre el destino de la humanidad, como si estuvieran más preparados para ello que un estadista, un filósofo o un científico. Salvo algunas excepciones, el resultado suele ser desastroso. Pero cada tanto aparece una de esas inteligencias extrañas, oblicuas, poco frecuentes, que nos hacen olvidar los papelones anteriores. Es lo que sucede con el libro de entrevistas con James Graham Ballard (1930-2009) que acaba de ser publicado con el título Para una autopsia de la vida cotidiana (conversaciones).

A Ballard, como a Stephen King, le sucedió que algunos

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de sus libros fueron adaptados al cine con gran repercusión. En el caso de King, un escritor talentoso y tan prolífico como desparejo, el éxito de películas como Carrie, El resplandor o Misery le dio masividad aunque no la anuencia de la crítica literaria. Con Ballard, hasta 1984 un escritor de ciencia ficción de culto (es decir, una especie de escritor de culto al cuadrado), las versiones de sus libros El imperio del sol y Crash, dirigidas por Steven Spielberg y David Cronenberg, lo dotaron de una inmensa masa de lectores, y de la unción de estudiosos, académicos y críticos, aunque en la actualidad su obra (La exhibición de atrocidades, La bondad de las mujeres) parece haber vuelto a desplazarse al margen de sus orígenes, para ser consumida nuevamente por una porción mínima de interesados.

Eso no impidió que durante años, como explica Pablo Capanna en el prólogo de Para una autopsia de la vida cotidiana, Ballard haya concedido cientos de entrevistas a todo aquel que las solicitara, un poco a la manera de Borges. Este libro recoge cuatro conversaciones: una de 1982 y otra de 1983 (las dos antes de que el apellido Ballard fuera conocido por el gran público) y otras dos de 1990 y 1991, luego de que el cine multiplicara de manera exponencial la tirada de sus libros. En todas, el escritor despliega su inteligencia e imaginación para hablar de cómo fueron pensados y concebidos sus libros, y en el camino, acicatado por las preguntas de sus interlocutores, analiza de una manera sorprendente la sociedad europea y estadounidense de la época, adelantándose en años y hasta en décadas a fenómenos contemporáneos como la Internet, la gentrificación y los reality shows, entre muchos otros.

En 1984, su curiosidad le lleva a decir, por ejemplo: “Lo que espero de la revolución informática y de la televisión es que nos conduzcan a un canal de información científica, que solo tengamos que pulsar un botón para… Quisiera un rendimiento mucho más alto de la información que puedo adquirir por mi propia cuenta. ¡Quisiera estar informado acerca de cada cosa! De las nuevas pinturas que está utilizando la General Motors para su gama Pontiac. Necesito conocer cada detalle, tener información precisa sobre todas las cosas. Quiero saber lo que desayuna Charles Manson, absolutamente todo. No es fácil tener acceso a toda esta información, este es el principal problema”. En la misma entrevista, al advertir los cambios en las urbanizaciones de Londres, declara: “Recuerdo zonas de Londres como Mayfair, Bloomsbury o el Soho mismo, muy heterogéneas, demográficamente y en términos de renta. Uno podía encontrarse con hipermercados muy caros junto a una hilera de casas adosadas de la época victoriana, donde podías alquilar algo por un módico precio. Todo esto ha cambiado. Ahora, las únicas personas que viven ahí son millonarios o jeques árabes en áticos de lujo. Y cuando esto empieza a pasar, es la muerte…”. En el verano de 1983, el formato VHS había llegado a Europa y estaba haciendo furor. Ballard no tiene videocasetera todavía, pero opina: “Creo que la gente terminará aburriéndose de alquilar películas (el mercado ya se está agotando), y entenderá que debe hacer sus propios videos. La transformación de la casa en un pequeño estudio de televisión es algo que ya ha empezado a ocurrir. La gente ha empezado a pensar su hábitat de una manera muy distinta. Comenzará toda una nueva era de exploraciones: incluso las actividades más rutinarias, como afeitarse o hacer unos huevos revueltos, podrán verse por televisión”.

A pesar de lo que pueda parecer, este no es un libro de predicciones (ni podría serlo: nada más viejo que los horóscopos de la semana pasada), pero lo cierto es que su lectura puede funcionar perfectamente en dos niveles. Para los lectores de Ballard, las entrevistas acercan las maneras en que se prepara para escribir, en que aborda su proceso creativo, el germen de algunas de sus historias, su pasión por el surrealismo e incluso declaraciones bastante filosas sobre algunos colegas. Para los curiosos, apenas iniciados en su obra, se ajusta perfecto el título del volumen: son páginas que pueden leerse con un placer morboso, disfrutando y sorprendiéndose por la manera en que la imaginación de Ballard se adelanta a lo que sucederá muchos años después, y viendo cómo él utiliza finalmente esas ocurrencias, a diferencia de lo que haría el enemigo (el poder político, las corporaciones mediáticas, las empresas de marketing y publicidad), para imaginar mundos alternativos y dejar, tras de sí, algunos libros únicos.

(Publicado en lanacion.com)

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El viejo y el mar (con el viejo borracho y drogado, y el mar a prudente distancia)

abril 11th, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

A pesar de lo que se quiera hacer creer, apenas existen dos tipos de periodismo (como sucede también con la literatura): el bueno y el malo. Hay, por supuesto, subgéneros. La entrevista, el perfil, el reportaje, la crónica. Uno de ellos es el que algunos llaman “periodismo de inmersión”, que no tiene que ver con la práctica del buceo sino con los artículos en que el cronista pone en juego su cuerpo a la hora de relatar sus historias. Una mala interpretación de este tipo de periodismo llevó esta semana a que un aspirante a documentalista inglés muriera de frío mientras buscaba experimentar cómo es la vida de los sin techo en ese país. Para mayor morbo, Lee Halpin subió, antes de aquella trágica noche, un video a Youtube donde explicaba su cometido y su voluntad de vender la historia

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a Channel 4, respondiendo a una suerte de concurso convocado por la empresa para ganar un contrato de doce meses de trabajo.

El subgénero llamado “de inmersión” ni siquiera es nuevo, y uno de sus mayores cultores es el periodista Günter Wallraff, que en la década del 80 dedicó dos años de su vida a vivir disfrazado como un inmigrante turco para mostrar las vejaciones a las que era sometida esta población en Alemania. El resultado fue un libro publicado en 1985 que se llamó Cabeza de turco, se convirtió rápidamente en bestseller, e inspiró a muchos otros periodistas (¿también a Lee Halpin?) a vivir historias arriesgadas en carne propia para luego contarlas. Pero existe una desviación aún más radical de esta práctica y es la que creó, siguiendo los pasos del Nuevo Periodismo estadounidense, el inclasificable Hunter S. Thompson (1937-2005). Su postulado, si es que puede resumirse en pocas líneas, es que el cronista se convierta en sí mismo en parte activa del relato, y muchas veces termine devorándose incluso a la historia que en principio se quería escribir. Thompson, periodista estrella de revistas como Rolling Stone o Playboy, y conocido por su (literalmente) lisérgico Miedo y asco en Las Vegas, llamó a esta práctica “Periodismo Gonzo”.

Más de veinte años después de su primera publicación en castellano, vuelve a editarse ahora La gran caza del tiburón, una antología algo amarreta de sus trabajos (la edición original en inglés tiene más de seiscientas páginas y trae decenas de reportajes; esta, apenas ocho en unas doscientas) que se destaca sobre todo por dos largas crónicas: la que le da nombre al libro, y un artículo riguroso e impecable que retrata las tensiones provocadas por el crecimiento de la comunidad chicana en la sociedad de Los Angeles en la década del 70, mientras todavía se pelea la Guerra de Vietnam. Pero es en La gran caza del tiburón donde se advierte claramente cuál es la esencia del “Periodismo Gonzo”. Thompson es invitado a cubrir un torneo de pesca internacional en Cozumel, México, en el que participa una impresentable casta de nuevos ricos. Y en apenas tres días deja en claro que el torneo le importa poco y nada, ya que se trata de una competencia amañada que no implica ninguna aventura verdadera: el que más dinero tenga, el mejor barco haya conseguido, el que contrate a la tripulación más diestra y avezada, ganará.

Thompson intenta, en vano, embarcarse por la noche en busca de algo de acción, para cazar tiburones en alta mar, pero es estafado. Entonces abandona la cobertura y se dedica a consumir todo el alcohol que pueda conseguir, y todas las drogas que llevaba consigo: MDA, anfetaminas, LSD y cocaína. El relato, de a poco, se aleja de cualquier reminiscencia hemingweyana y se convierte en un raid surrealista y delictivo, en el que Thompson abandona los hoteles sin pagar, destruye autos alquilados y se propone consumir todas las sustancias ilegales que lleva encima antes de verse en la obligación de atravesar la frontera en San Antonio, Texas. El relato final, una crónica del exceso siempre al borde de la tragedia y el desastre, apareció publicado en Playboy (por entonces una revista de grandes reportajes) en diciembre de 1974. Si pudo existir años más tarde un David Foster Wallace (tal vez el mayor cronista estadounidense de fines del siglo pasado), aquel que escribió textos como Hablemos de langostas y Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, fue porque antes hubo un Hunter Thompson.

El detalle es que no siempre hace falta poner el cuerpo, ni mucho menos arriesgar la vida, para lograr una buena investigación o escribir un gran reportaje. Además, probablemente no alcance con pasar una semana durmiendo a la intemperie para comprender la realidad de los sin techo, tal vez ni siquiera para dar una idea aproximada de lo que es vivir en la calle. El arrojo e incluso la inconsciencia no son las mejores herramientas de un periodista, menos para un principiante. Para hacer periodismo del bueno, para escribir un texto de calidad, alcanza con voluntad, perseverancia, paciencia, dedicación, talento narrativo y, sobre todo, mirada: tener una idea del mundo y de cómo se lo quiere contar. Queda por ver, en el caso de Lee Halpin, cuál es la responsabilidad de Channel 4 en su muerte, motivada por la polémica convocatoria a ejercer un “periodismo arriesgado” a cambio de la promesa de un contrato laboral.

(Publicado en lanacion.com)

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¿Qué debe hacerse con los textos inéditos de los escritores muertos?

abril 4th, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

Un día antes de morir, Truman Capote evocó, en uno de sus cuadernos, el que tal vez fuera el encuentro fortuito más importante de su vida. La versión sintetizada de la anécdota cuenta que una tarde, a sus dieciocho años, cuando salía de la New York Society Library, se topó con una mujer de ojos azules que ya había visto otras veces. Bajo la nieve del invierno, esta señora estaba esperando un taxi que nunca llegaría. Capote se ofreció a acompañarla a su casa caminando, y antes de llegar a destino pararon en un bar a tomar algo. El joven periodista le confesó a la amable mujer que quería ser escritor, y entonces ella le preguntó, seria, a qué autores admiraba. Capote comenzó la lista (“Flaubert. Turgeniev. Proust. Dickens. E.M. Forster. Conan Doyle. Maupassant”) pero ella lo interrumpió y le dijo: “Bueno. Usted tiene un gusto variado. ¿Pero no le interesa ningún escritor norteamericano?”. Y él, después de pensarlo un poco, y de descartar nombres como los de Hemingway o Fitzgerald, confesó: “Me gusta Henry James. Mark Twain. Melville. Pero amo a Willa Cather. Mi Antonia. La muerte llama al Arzobispo. ¿Ha leído alguna vez sus maravillosas nouvelles, Una dama perdida y Mi enemigo mortal?”. Ella le dio un sorbo a su té y dijo que sí. Y después de una pausa agregó: “En realidad, yo escribí esos libros”. Capote sintió que se desvanecía: estaba sentado frente a Willa Cather, su escritora favorita. Y no la había reconocido, a pesar de tener una foto de ella enmarcada en su cuarto.

Willa Cather (1873-1947) es tan célebre en los Estados Unidos como desconocida en la Argentina. En sus cuentos y novelas describió la fatigosa e intrincada construcción del Oeste estadounidense, en plena expansión hacia la costa del Pacífico (la vida de los pioneros, de los trabajadores del ferrocarril, de los administradores de esas empresas y de todo el sistema de banqueros que financiaban esas obras, con sus aventuras, fraudes y decadencia) tal vez como nadie, y su figura anticipó esa estirpe notable de escritoras americanas que atravesaron la primera mitad del siglo XX, como Flannery O’Connor o Carson McCullers. En 1977 y en la Argentina, el Centro Editor de América Latina tradujo, en una versión tosca y llena de erratas, una de sus perfectas novelas breves, precisamente la que mencionara Capote: Una dama perdida (la protagonista del libro, esposa de un acaudalado hombre de los ferrocarriles, termina sus días en… Buenos Aires). Después, durante décadas, no hubo novedades sobre Cather en castellano, hasta que a principios de la década del 2000 la editorial española Alba rescató novelas como Pioneros, Mi Antonia, los ensayos de Para mayores de cuarenta y un volumen con sus cuatro libros de cuentos.

Cather vuelve a ser noticia hoy en los Estados Unidos por la publicación de sus cartas, que ella prohibió expresamente en su testamento. Pero luego de la muerte de Charles Cather, sobrino y albacea de su obra, los documentos pasaron a manos del Willa Cather Trust, que las ofreció a Knopf para su divulgación. Así, el volumen The Selected Letters of Willa Cather (que incluye 566 cartas hasta ahora desconocidas) acaba de ser publicado, a pesar de que los propios editores admiten que se trata de una “violación de los deseos de la escritora”, desatando una polémica acerca de qué hacer con la voluntad de los autores una vez muertos, y qué destino darle a sus papeles.

No es la primera ni será la última vez que esta discusión se actualice. Desde el célebre encargo incumplido de Franz Kafka a Max Brod de pasar a combustión ígnea parte de su obra, una y otra vez los deseos de los autores fueron desoídos por herederos, ex esposas, agentes. La viuda de Raymond Carver, la poeta Tess Gallagher, revisó todos los cajones tratando de encontrar papeles olvidados del cuentista estadounidense, pero solo recogió algunos cuentos menores que integraron el libro Si me necesitas, llámame. Rodolfo Enrique Fogwill dejó, a su muerte, dos novelas y un texto donde fue anotando sus sueños a lo largo de los años, que aparecerá en breve. Hace poco, la difusión de dos poemas inéditos de Mario Benedetti provocó la airada respuesta de un agente literario, que salió a defender lo que todos los agentes defienden: los derechos de propiedad intelectual. Los mismo sucedió con las carpetas que a su muerte dejó el escritor chileno Roberto Bolaño: de esos biblioratos, al parecer inagotables, salieron ya un libro de cuentos y una novela, y todos aseguran que quedan unos cuantos volúmenes más por publicar.

En algunos de estos casos (Carver, Fogwill, Bolaño) no había, al parecer, instrucciones precisas de qué hacer con ese material. Pero casi todos coinciden en que esos libros (que por diversas razones los escritores no habían publicado en vida) son, probablemente, parte accesoria de una obra importante que ya había visto la luz. El caso de Cather lleva las cosas un poco más allá: se trata de una serie de papeles íntimos cuya publicación había prohibido ella misma. ¿Quién decide qué se gana o qué se pierde con estas ediciones? ¿Tienen algo que ver, acaso, con la literatura? ¿O se trata tan solo

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de saciar el deseo de curiosos, fanáticos, estudiosos y, por qué no (pequeñas delicias del capitalismo editorial), herederos y editores codiciosos?

(Publicado en lanacion.com)

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Todo lo que usted quería saber sobre el himno nacional y no se atrevía a preguntar

marzo 28th, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

¿Se puede publicar un libro actual, inteligente y bien escrito, que tenga como objeto al himno, que rastree su origen histórico y analice de qué manera fue adoptado, rechazado, apropiado por los distintos gobiernos nacionales desde la Revolución de Mayo hasta nuestros días? Como diría un eslogan de campaña de hace unos años: sí, se puede. Y como diría otro: Esteban Buch lo hizo. El libro se llama O juremos con gloria morir. Una historia del Himno Nacional Argentino, de la Asamblea del Año XIII a Charly García, y es en verdad una reedición ampliada y corregida del ensayo histórico que Buch (nacido en Buenos Aires en 1969 y residente en París desde 1990, donde dirige el Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje de la École des Hautes Études en Sciences Sociales) publicara en 1994.

Buch parece haber agotado toda o casi toda la bibliografía y los documentos existentes sobre el himno nacional argentino. Pero más allá de interpretaciones, mitos y prejuicios, y de su difusión por las diversas corrientes historiográficas, el verdadero punto de partida de su trabajo es una pregunta. Escribe Buch, al comienzo del libro: “El mito de los símbolos patrios los hace surgir de un espacio que no es político, que es anterior y superior a la política, y que es la esencia de la nación misma, que por definición es buena. ¿Pero es realmente así?”. Muy rápidamente, al rastrear los orígenes de su objeto de estudio (el encargo de una canción patria por parte del Primer y Segundo Triunvirato), Buch se da cuenta de que no puede haber nada inocente en una tarea de estas dimensiones, y de que la esencia jamás podría preceder a la existencia.“El himno no solo refleja y promueve el puro ideal de la emancipación y la libertad del pueblo. También ensalza el servicio de las armas, la muerte siempre posible, la violencia de Estado. En él se cruzan el eje horizontal de la igualdad y la vertical de la autoridad (…) La conclusión de ese regreso a los orígenes del relato nacional fue que el himno había sido fundamentalmente un instrumento de poder, una manera de hacer política, un artefacto de propaganda”.

¿Cómo y por qué nace el himno, o más bien su necesidad? Según Buch, “la marcha nacional forma parte de un nuevo ritual cívico por el cual el Estado en formación desea a la vez asegurarse la lealtad de los individuos y, precisamente, contribuir a inventar ese imaginario colectivo llamado nación”. El libro se propone, entonces, analizar la historia de esa marcha, desde su oficialización durante la Asamblea General Constituyente de

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1813 (hecho del cual el próximo 11 de mayo se cumplen doscientos años) hasta las polémicas generadas en el Mundial de Fútbol de 1990 (cuando la tribuna napolitana silbó su ejecución en la semifinal entre Italia y la Argentina) y por el estreno de una versión rock estrenada por Charly García ese mismo año. Estructurado en tres partes (La Invención, La Recepción, La Inscripción), el ensayo aborda su tema desde una multiplicidad de enfoques y se permite al mismo tiempo repasar las biografías de Vicente López y Blas Parera, analizar la utilización política que se hiciera del himno desde el gobierno de Rosas en adelante, y detenrese en una insólita y resonante polémica ocurrida en 1927, durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear , cuando el gobierno intentó reformular su música.

Pero lo cierto es que los cambios más profundos realizados sobre lo que en un primer momento se llamó “Marcha Patriótica” (la denominación de “Himno” comenzó a utilizarse recién en 1847) ya se habían hecho mucho antes. El texto completo original de López tiene nueve estrofas y la ejecución de la música de Parera (arreglada en 1860 por Juan Pedro Esnaola) se extiende por unos veinte minutos. La versión actual que todos conocemos (y que dura alrededor de tres) es una reducción decretada por Julio Argentino Roca el 30 de marzo del 1900, y que surge de coaligar los primeros cuatro versos de la primera estrofa y los cuatro de la última. El que era el coro original (de aquel “Sean eternos los laureles” hasta el “O juremos con gloria morir”) se convirtió de esa manera en el remate. En el medio, se perdieron las referencias bélicas y sangrientas que emparentaban a la marcha con “La Marsellesa”, las alusiones americanistas y las neoclásicas. Y, sobre todo, se eliminaron (y ese fue el verdadero origen del decreto presidencial) las que hacían alusión a España como tiranía y como enemigo a vencer. Buch analiza también y en detalle la música del himno y la define como “asimétrica”, lo que explicaría, según él, las dificultades de interpretación. “Parera toma elementos de la música sacra y de la música militar, sin hacer música religiosa ni musica militar (…) Parera hace música de escena (…) de allí que el argentino sea uno de los himnos nacionales más largos y complicados de la historia, como bien lo saben todos los organizadores de ceremonias públicas internacionales”.

El ensayo de Buch, reeditado ahora oportunamente, tiene varias virtudes, pero sobre todo una: analizar con exhaustividad y creatividad el que se presenta como el símbolo patrio más atravesado de tensiones, fricciones e interpretaciones. Hacia el final de O juremos con gloria morir leemos: “Durante dos siglos, el Himno Nacional Argentino hizo la historia del país, y a la vez ayudó a imaginarla (…) A dos siglos de su creación, desde que fuera escrito y compuesto por Vicente López y Blas Parera y aprobado por la Asamblea General Constituyente, el himno nacional sigue siendo para muchos argentinos una manera válida de decir nosotros”. La dificultad, que por supuesto excede al libro, y que se vio actualizada desde la crisis del 2001 hasta nuestros días, sigue siendo el debate sobre el significado de ese “nosotros”.

(Publicado en lanacion.com)

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Borges a la basura, o cómo echar a perder un inmenso acervo cultural

marzo 21st, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

Daniel Mordzinski es un fotógrafo argentino nacido en 1960, radicado en París desde hace tres décadas, y está pasando el peor momento de su vida profesional. Como años atrás Sara Facio o Alejandra López, Mordzinski, corresponsal del diario El País en Francia, es el último representante de una especie de fotógrafos muy particular: la que se dedica a retratar escritores y artistas. Tal vez recuerden algunas de sus imágenes, como la de Ernesto Sabato, que estuvo expuesta durante meses sobre la Avenida 9 de Julio, o algunas de las que formaron parte de una gran muestra a mediados del 2011 en el Centro Cultural Recoleta. Mordzinski debutó con una célebre foto de Jorge Luis Borges, iluminado apenas por un foco indirecto, mirando con ojos ciegos la oscuridad. También fue el único testigo con cámara, en diciembre del 2004, del funeral parisino de la escritora Susan Sontag. Y solo él estuvo autorizado a cubrir la intimidad previa a la entrega del Premio Nobel de Literatura al peruano Mario Vargas Llosa. Pero Mordzinski, un fotógrafo de una generosidad proverbial, no solo se dedica a retratar celebridades, sino que se interesa también por los escritores jóvenes e incluso hasta desconocidos, y se caracteriza por intentar que sus fotografiados adopten poses no convencionales. Hace poco persiguió durante días al novelista Diego Sasturain para poder obtener una toma, y se cuenta que es el único que consiguió hacer posar al escritor argentino detrás del seudónimo J.P. Zooey, al que nadie le conoce la cara. Y seguro es quien consiguió la mejor foto que alguien pueda sacarle al esquivo César Aira: sentado dentro de una bañera, leyendo. La mayor parte de estos trabajos, unos 50 mil negativos recopilados entre 1978 y 2006, fueron tirados a la basura (hay quienes aseguran que fueron incinerados) por personal del diario Le Monde, durante una limpieza.

Todo sucedió hace unos quince días, pero el hecho recién se difundió a principios de esta semana. Mordzinski guardaba su material de trabajo en un mueble archivador, dentro de una oficina prestada en el séptimo piso del edificio del periódico francés. El 7 de marzo un correponsal de El País, Miguel Mora, llegó al lugar y lo encontró vacío. Cuando fue a preguntar por sus cosas, le dijeron que habían tenido que desalojar el espacio. Después de buscar durante un rato, encontró el mueble que usaba Mordzinski en el sótano del edificio, completamente vacío. Todos los negativos y las copias en papel que contenían habían sido destruidas. Y lo peor es que nadie sabía bien por qué. Después de esperar durante días una respuesta, o al menos un pedido de disculpas, el fotógrafo difundió la noticia en su página personal, donde escribió: “Más allá de la injusticia y del absurdo, me encuentro con la gran paradoja de que Le Monde brinda sus mejores titulares (y estoy seguro de que con los más sinceros sentimientos) para defender la libertad de expresión

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en Asia, el respeto por las tradiciones cuando hay una guerra o una catástrofe en exóticos lugares como Afganistán, Bosnia o Mali, pero miles de fotografías, centenares de dossiers con la leyenda ‘Cortázar’, ‘Israel’, ‘Escritores latinoamericanos’, ‘Semana Negra de Gijón’, ‘Carrefour de littératures’, ‘Saint Malo’, ‘Mercedes Sosa’, ‘Astor Piazzola’, no les dicen nada y tiran todo a la basura sin consultar a nadie”.

Además de ser un gran retratista y un trabajador infatigable, todos reconocen en Mordzinski a un ser humano de una calidad excepcional, respetuoso de los autores consagrados y extremadamente gentil con los más jóvenes, a quienes suele cederles los derechos de sus fotos (él les llama, jugando con su apellido, “fotinskis”) para que las utilicen en sus libros o en entrevistas. Y eso le da un carácter aún más doloroso e injusto al desastre que, a sabiendas o de manera involuntaria, cometieron los empleados de Le Monde. Consultado por mail, el fotógrafo dijo haber podido salvar apenas una pequeña parte de su trabajo: “Todo esto parece un mal sueño y solo quiero despertarme y jugar con mis negativos y hacer aparecer en el cuarto oscuro los miles de rostros de escritores que admiro otra vez, pero ni modo. Entraron a la oficina y pensaron que estaba desocupada y tiraron todo lo que había allí. Lo peor es que por falta de medios nunca pude digitalizar mis archivos y el 99 por ciento se perdió para siempre. Solo salvé los cientos de fotos que alguna vez numericé para mis libros y exposiciones. Son 27 años perdidos, desde 1978 que hice las fotos de Borges (por cierto solo guardé dos o tres) hasta 2006 que pasé a trabajar en digital. Estoy destruido con la pérdida de todas esas instantáneas de mi vida. No hubo persecución, caza de brujas ni complot, solo incompetencia. Como decía Lampedusa en El Gatopardo, sólo hay que tenerle miedo a la estupidez humana”.

Recién después de que la noticia circulara rápidamente por las redes sociales, el diario francés emitió un comunicado que, en lugar de mejorar las cosas, promete empeorarlas, ya que luego de enviar unas tibias disculpas al fotógrafo deslinda toda responsabilidad en el hecho, y lamenta que “tras haber decidido depositar sus archivos en la sede del diario sin advertir a nadie de Le Monde, descargue sobre el diario toda la responsabilidad del incidente, y haya puesto en marcha una campaña de denigración sistemática de forma especial en las redes sociales”. Las causas del hecho pueden ser variadas (descuido, imprudencia, irresponsabilidad, negligencia, malicia), pero a esta altura poco importan, ya que al parecer los negativos se perdieron para siempre. Hay apenas dos cosas que quedan claras. Una es el desprecio que se tiene, en la mayoría de las redacciones periodísticas actuales y en épocas de la digitalización absoluta, por el material de archivo. La otra, lo poco que importan los escritores en la sociedad contemporánea: tan poco que ni siquiera parecen capaces de despertar la codicia de un par de ordenanzas franceses.

(Publicado en lanacion.com)

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Cuando el chisme se convierte en literatura

marzo 15th, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

Hubo un tiempo que fue hermoso, y fui libre de verdad. Bueno, en realidad no tanto. Pero hubo un tiempo, hace algunos años, en que solía compartir, una o dos veces por semana, largos almuerzos con compañeros de redacción y escritores, en donde se hablaba mayormente de literatura. Había, entre los asistentes, grandes contadores de anécdotas. Uno de los mejores que yo haya conocido nunca es el escritor y poeta Guillermo Piro. Gran lector de gustos eclécticos (puede redirigir la devoción que profesa por un escritor como Arno Schmidt hacia otro como Elmore Leonard en una misma frase), tenía un repertorio inagotable de chismes literarios. Recuerdo muchos, pero reproduciré el que él recordaba como la correspondencia literaria más breve de la historia. Al parecer, Víctor Hugo había terminado de escribir Los Miserables, y luego de enviar el manuscrito a su editor, emprendió un breve viaje de descanso. Días después, cuando la obra ya circulaba entre los lectores, el escritor quiso saber cómo marchaban las cosas, y si el libro se vendía bien. Compró una tarjeta postal, y sobre el reverso escribió tan solo un signo: “?”. Esperó a que llegara la respuesta y, cuando la recibió, leyó la escueta letra de su editor, que no dejaba lugar a dudas: “!”. En esos almuerzos, que disfruté durante años como un chico que va al cine acompañado de sus hermanos mayores (con hermanos que opinan maliciosamente y en voz baja en la oscuridad, mientras se proyecta la película), nunca tuve dudas de que lo que se hacía en esa mesa no era narrar infidencias, revelar secretos, rememorar anécdotas: en esa mesa se ponían en escena pequeños relatos espontáneos, se hacía literatura como en los viejos tiempos.

Si no me equivoco, Piro recogió anécdotas parecidas en un libro que se publicó en 2008, titulado Guillermo Hotel. Seguía, de manera consciente o no, el camino iniciado pocos años atrás por el escritor y cineasta Edgardo Cozarinksy con su Museo del chisme, aparecido en 2005: un ensayo y sesenta y nueve entradas que narran, de manera sintética y atractiva, historias laterales y desconocidas de personajes históricos y, sobre todo, de escritores argentinos y extranjeros. Cozarinsky, una suerte de “sujeto incierto” (como le gustaba definirse a sí mismo a Roland Barthes), a la vez dramaturgo, novelista y autor de libros de relatos como Vudú Urbano, ha viajado por todo el mundo y ha vivido muchos años en París, donde buena parte de estas infidencias le llegaron de fuentes directas. El germen del libro fue el texto con el que obtuvo, en 1973, el premio de Ensayo del diario La Nación, compartido con José Bianco. Este ensayo, que se llama “El relato indefendible” y circuló en francés durante años, sirvió como introducción, justificación y marco teórico a la colección de anécdotas que lo acompañan bajo el subtítulo de “Cuadros de una exposición”.

Pero lo cierto es que el texto es, en sí mismo, una curiosa e inteligente disquisición sobre la importancia del chisme en las obras de Marcel Proust y de Henry James (después de haber alimentado también, según Cozarinsky, a Cervantes, Laclos, Austen y Balzac), y revela la esencia de la anécdota a la vez que su importancia central a la hora de hacer literatura: “El chisme es, ante todo, relato transmitido. Se cuenta algo de alguien, y ese relato se transmite porque es excepcional el alguien o el algo: puede concebirse que se cuente una trivialidad de un alguien prestigioso, o un algo insólito de un sujeto oscuro; difícilmente, una trivialidad de un desconocido, y no es frecuente que coincidan personaje y proeza”.

Ese libro acaba de reeditarse ahora en una versión extendida y con nombre ampliado: Nuevo museo del chisme. Imaginamos, detrás de esta publicación, la voluntad del editor Luis Chitarroni, otro gran contador de anécdotas. Lo cierto es que al ensayo y las sesenta y nueve entradas originales (que bien podrían ser considerados, hoy, como posts de un blog) se le suman otros veinticinco nuevos chismes, protagonizados por Voltaire, Pablo Picasso, Tilda Thamar, Dorothy Parker, Dimitri Nabokov, Philip Roth y Gore Vidal, entre otros. Reproducirlas acá sería un sacrilegio: el efecto de cada uno de los buy cialis online uk chismes descansa tanto en la anécdota como en la manera en que Cozarinsky las refiere, con una síntesis, un fraseo y un sentido del humor muy propios. Hace algunos días le preguntaron, en una entrevista, qué es lo que creía que no podía faltar nunca en una buena anécdota, y Cozarinsky respondió: “La diversión de quien la cuenta, la malicia sin maldad, la compasión sin patetismo”. Deberíamos volver a juntarnos a almorzar con mis amigos en aquel edificio de Chacabuco y Diagonal Sur. Y aprovechar para enmendar errores del pasado e invitarlo a sumarse, esta vez, a Edgardo Cozarinsky.

(Publicado en lanacion.com)

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¿Cuáles son los verdaderos beneficios de la lectura?

marzo 8th, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

A mí me tocaron, en el mismo día, Lalo Mir e Ignacio Copani. Pero cuando se lo comenté a una amiga me dijo que a ella le habían hablado Julio Bocca y Alejandro Fantino, uno a la ida y el otro a la vuelta. Me explico: si están en el subte y por una de esas casualidades el calor agobiante y el aglomeramiento de gente se lo permiten, presten atención a los televisores. Si están con suerte pueden encontrarse con un resumen de los goles del fútbol europeo, y si tienen un mal día se cruzarán con un tipo que, sentado a una mesa, asegura que va a instruirlos sobre marketing y publicidad pero en realidad les tratará de vender productos completamente innecesarios. Pero también es probable que entre una y otra imagen aparezca una serie de caras conocidas ponderando las bondades de la lectura, y tratando de argumentar (algunos con ciertas dificultades) lo importante que es que los padres transmitan a sus hijos el hábito de leer. Se trata de una de las acciones de la Campaña Nacional de Promoción de la Lectura, y participan de ella figuras como las mencionadas más arriba y también León Gieco, Soledad Pastorutti, Víctor Hugo Morales, Dady Brieva, Fabián Gianola, Alejandro Lerner y Mariano Peluffo. Mientras leía los subtítulos de la campaña en el televisor del subte y veía cómo la gente chateaba al mismo tiempo en sus teléfonos celulares, me acordé de aquella vez que a alguien se le ocurrió repartir libros gratuitos en las canchas de fútbol, y cómo en las tribunas se encargaron de triturarlos y repartirlos en pequeños paquetes para recibir con una copiosa lluvia de literatura minimalista el ingreso de los equipos al campo de juego.

Por alguna razón, hay gente que cree que el fomento de la lectura debe hacerse en los medios de transporte urbanos o en las canchas de fútbol. Pero no es algo privativo de los estados democráticos modernos latinoamericanos, tan inclinados a confundir cultura y demagogia: también las empresas privadas tienen lo suyo. Una de las cadenas de comida hipercalórica más importantes del mundo acaba de anunciar que reemplazará los juguetes que acompañan a sus menúes infantiles con libros para chicos: planean distribuir unos 15 millones de ejemplares en los próximos dos años y, de esta manera, fomentar la lectura durante la niñez y al mismo tiempo morigerar las denuncias que la señalan como una de las mayores responsables de la epidemia de obesidad infantil en Inglaterra y los Estados Unidos.

¿Pero alguien se preguntó, alguna vez, cuáles son los verdaderos beneficios de la lectura? Existen distintos tipos de libros, y muy distintos tipos de lectores. Es probable que ciertas personas adquieran, en contacto con libros decentes y a través del tiempo, alguna que otra idea del mundo y hasta logren pulir una cierta sensibilidad. Pero aunque estemos de acuerdo en que el planeta es un lugar mejor donde vivir gracias a la existencia de la buena literatura, no es menos cierto que está lleno de hombres y mujeres adorables que no han leído un libro en su vida, y de crápulas que compran libros todas las semanas y muchas veces hasta los leen.

Por lo demás, los libros pueden también producir todo tipo de estragos. Sócrates desconfiaba de la falsa experiencia, la falsa sabiduría y los falsos conocimientos que la lectura podía acarrear. Marcel Proust, en un breve texto titulado Sobre la lectura, aclara que el acto de leer “se sitúa en el umbral de la vida espiritual pero no puede introducirnos en ella, ya que no la constituye”. Y agrega: “La lectura es para nosotros una iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren la puerta a lugares a los cuales no hubiéramos sabido entrar, y por eso es saludable. Pero se torna peligrosa cuando, en lugar de despertarnos a la vida personal del espíritu, la lectura tiende a reemplazarla”. Existen incluso “enfermedades de lectura” como el bovarismo, ese término derivado de la tragedia del célebre personaje de Flaubert, cuyos malos hábitos literarios la llevan a confundir vida e imaginación y, acto seguido (¡spoiler!), a la depresión y la muerte.

El editor español Constantino Bértolo

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escribió hace algunos años un largo y agudo ensayo que analiza todos estos equívocos, y se llama La cena de los notables. Allí describe en profundidad la compleja operación de leer, y hasta arriesga una interesante clasificación de las diferentes lecturas posibles, a través de la disposición de cada persona hacia un texto literario cualquiera: la lectura adolescente, la inocente, la sectaria, la letraherida, la civil y la lectura del crítico. De sus palabras, se infiere que hay tantos textos como lectores posibles, pero que no dan igual unos y otros. Y que la lectura y la literatura pueden producir todo tipo de efectos, y hasta no producir ninguno. Nada es tan sencillo como parece. Las campañas que en lugar de hacerse preguntas sobre qué lector pretende crearse (y a través de qué textos) se limiten a enunciar simples eslóganes publicitarios (“el sabor del encuentro”, “el equilibrio justo”, “leer es bueno”) tendrán, como la mayoría de las acciones realizadas según los dictados de la corrección política y las buenas intenciones, efectos relativamente inocuos.

(Publicado en lanacion.com)

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Miedos grandes y pequeños, pero que nunca se van

marzo 2nd, 2013 · Comentarios desactivados

Por Maximiliano Tomas

Una vez cada mes y medio, más o menos, alrededor de una mesa (y de un asado, casi siempre), se junta un grupo de amigos entre los que hay escritores, editores, críticos literarios, periodistas culturales, cineastas. El número varía, pero solemos ser alrededor de diez. Se habla de política y de literatura, pero mayormente se fuma y se bebe y se discute, todo al mismo

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tiempo, y es raro lograr que una sola consigna o una sola historia acapare la atención de todos. Hace algunos días, en el último asado del año, aproveché un momento de silencio para preguntar (porque estaba escribiendo esta misma nota, y si de algo sabe esta gente es de literatura argentina) cuáles serían, para cada uno de los presentes, las tres novelas argentinas de la década del 80.

Hubo un breve acuerdo con la historia oficial: el inicio esa década fue marcado por la aparición de dos libros, que interpelaron al mismo tiempo a la crítica y al público. Por un lado, el realismo costumbrista y picaresco de Flores robadas en los jardines de Quilmes, la quinta novela de Jorge Asís, publicada en 1980. Por el otro, la historia en clave de Respiración artificial, primera novela de Ricardo Piglia, aparecida ese mismo año. Dos libros que hablaban (¿lateralmente?) de la dictadura militar argentina, editados no solo durante la dictadura sino cuando al gobierno militar le quedaban todavía unos cuantos años de vida para seguir secuestrando y matando y organizando mundiales de fútbol. Alguien (un novelista argentino que anda por los cincuenta y pico), en la mesa, dijo que no estaba acostumbrado a pensar en la literatura por décadas, pero después agregó un título que acaba de reeditarse después de años: Minga!, de Jorge Di Paola, publicado en 1987. El cineasta y una ensayista apuntaron otro nombre fundamental, el de Juan José Saer, y el de uno de sus títulos más recordados, Glosa, que es de 1985. Un editor, que también es novelista, se acordó del primer libro de relatos de Alberto Laiseca, Matando enanos a garrotazos, de 1982, y alguien más apuntó la ya mítica reflexión que habría hecho Borges sobre ese título (“¿Qué se puede esperar de un tipo que empieza en gerundio el título de su obra?”). Nadie se privó de rescatar algún libro de César Aira: sobre todo porque Ema, la cautiva es de 1981 y La luz argentina de 1983. No recuerdo ahora quién fue el que señaló, no sin razón, que durante aquella década confluyeron (después de años de censura) varias generaciones de escritores, incluyendo a los más jóvenes, entre ellos Alan Pauls con su primera novela, El pudor del pornógrafo, de 1984.

Pero hubo un solo nombre, un nombre solo, que a nadie se le escapó, y una novela que, claro, se repitió en la elección de todos: Los pichiciegos, de Rodolfo Fogwill, escrita (según cuenta la leyenda que el mismo Fogwill concibió) entre el 11 y el 17 de junio de 1982, al frío de la guerra de Malvinas, y con su energía física y mental renovada permanentemente por los efectos de cierto estupefaciente. Los pichiciegos fue publicada en 1983, después de circular en fotocopias. Pero poco importa la manera en que Fogwill (que para entonces ya había publicado los cuentos de Mis muertos punk y Música japonesa, que serían republicados en distintas versiones y lo convertirían en uno de los nombres fundamentales de la narrativa breve de fin de siglo) escribió Los pichiciegos. Lo que con los años se convertiría en un dato fundamental es la huella que ese libro marcaría: ya no se iba a poder escribir sobre Malvinas, jamás, sin tener a esa novela breve (su respiración, su perfección formal, los diálogos subterráneos de los protagonistas, la sociología aplicada al campo de batalla, la antiépica de la supervivencia) en la mente.

Fogwill siempre negó que el libro hablara acerca de la Guerra de Malvinas. Escribió él mismo, para uno de los tantos prólogos: “Estaba escribiendo acerca de mí, de la revolución, la contrarrevolución, el amor, el comercio, la democracia que sobrevendría”. Agrego, ahora mismo, que leo una vez más el libro, que sobre el miedo también: “Despertarse con miedo y pensar que después vas a tener más miedo, es miedo doble: uno carga su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para darse el gusto de sentir un alivio cuando ese miedo chico -a un bombardeo, a una patrulla- pase, porque esos siempre pasan, y el otro miedo no, nunca pasa, se queda”.

Los pichiciegos fue reconocida de inmediato como lo que es, una novela central, aunque tuvieron que pasar muchos años para que se reeditara y comenzara a ser leída con avidez por nuevas generaciones de lectores, críticos y escritores. Fogwill ya sabía esto antes de internarse solo en el Hospital Italiano, por una recaída, llamar a sus amigos por teléfono desde la cama, hacer algunas bromas y morir, el 21 de agosto de 2010.

(Publicado en la revista Quid).

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El arte de familiarizarse con la propia ignorancia

marzo 1st, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Alguien debería publicar una antología con los mejores prólogos alguna vez escritos. Los prólogos: ese felpudo en la puerta de entrada de los libros que puede ser un objeto meramente decorativo o convertirse, en buenas manos, en un verdadero arte menor. Quizá incluso ese libro ya exista, pero prefiero pensar que la idea se me ocurrió a mí antes que a nadie. Ya tengo en mente tres que irían al libro sin dudarlo. En realidad cuatro.

El primero es el prólogo a Música para camaleones, el libro de relatos de Truman Capote, que contiene aquella famosa cita del don y el látigo. ¿Cómo era? “Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo. Y el látigo es únicamente para autoflagelarse”. No es difícil imaginarse a un Capote muy joven (él mismo declara haber empezado a escribir a los ocho años), con toda su afectación y talento, arrodillado sobre un montoncito de canto rodado, adorando un póster de Willa Cather, pegándose con el látigo en la espalda e imaginándose, ya consagrado, integrando el círculo áulico de una aristocracia del espectáculo a la que al mismo tiempo desea y aborrece.

La misma potencia, pero en el extremo opuesto de un imaginario arco social y literario, contiene la colección de epigramas que Roberto Arlt concibió como prólogo a Los lanzallamas. Si en el texto de Capote hay autoindulgencia y elegancia disfrazados de examen de conciencia, en Arlt lo que existe es furia y rencor apenas disimulados. “Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo”. El que habla es el inventor frustrado, el periodista todo terreno, el gran novelista argentino de la primera mitad del siglo XX, luchando contra el entorno y sus limitaciones, y contra sí mismo. “Se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias”.

Arlt es un romántico, como sus héroes literarios, y cree que un escritor se mide por su obra pero también por su relación con el público y su cantidad de lectores. En esto estaba equivocado, claro, pero en su favor hay que decir que por entonces no era sencillo pensar de otra manera. Después vienen las frases más recordadas, y el cierre con la metáfora pugilística: “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y que los eunucos bufen”.

También pondría, en ese libro imaginario de prólogos e introducciones, el de Operación Masacre,que contiene en sus primeras líneas el dilema moral que acecharía a Rodolfo Walsh toda su vida. ¿Es la literatura un arte burgués? ¿Se puede ser escritor y revolucionario? Walsh, en estas páginas, confiesa que siempre prefirió el ajedrez y la literatura fantástica antes que los asuntos de la vida política argentina, hasta que conoció a Livraga, aquel “fusilado que vive”, cuyo testimonio lo empujó a investigar los asesinatos de junio de 1956 en un basural de José León Suárez.

El prólogo es la historia de una vida (la de Walsh) y de un libro ( Operación Masacre ), contadas como si fueran un relato policial con toques de suspenso. Walsh se planta a mitad de camino entre Arlt y Capote: sabe que la historia que está escribiendo es tan compleja y tiene un poder de fascinación tal que lo hará perdurar, confía en su talento narrativo y tiene las mismas debilidades y obsesiones que muchos (más tarde confesaría que el primer impulso para escribir el libro fue la tentación del dinero y la posibilidad de ganar un Pulitzer). Su cruzada personal es la de un romántico también, pero al mismo tiempo se siente parte de una elite ilustrada. Tampoco está exento de cierta épica del fracaso, como Arlt: “Esa es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar, y casi ni enterarse”. El hombre que con este libro inspiró a generaciones de periodistas en la Argentina llegará a escribir, en un epílogo años más tarde, que viendo los resultados de su investigación no sabe si, puesto de nuevo en ese lugar, volvería a encararla.

Estos tres prólogos son muy buenos, pero bastante conocidos. Bastante menos lo es el texto que abre el libro de relatos Un lento aprendizaje, del escritor estadounidense Thomas

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Pynchon. No abundaremos en el mito Pynchon, que todos conocen: nacido en Nueva York en 1937 y celebrado en todo el mundo por su imaginación desbordante y su talento a la hora de narrar conspiraciones y paranoias sociales, nadie sabe bien dónde vive, jamás concedió entrevistas, no se le conocen retratos (salvo un par de fotos de cuando sirvió en la Marina), publicó siete libros en cuarenta años y las solapas de sus títulos llevan, en el lugar de la foto de autor, un llamativo espacio en blanco. Pynchon llevó al paroxismo la figura del fóbico y del ermitaño que puso de moda entre escritores J.D. Salinger, pero a diferencia de él parece tener cierto sentido del humor: una vez llegó a grabar su voz para una aparición fugaz en un capítulo de la serie The Simpsons, en el que se lo mostraba con una bolsa de papel madera en la cabeza y dos agujeros a la altura de los ojos. En fin, que lo que importa es que su literatura es única y singular, y muchos lo consideran el mejor escritor de los Estados Unidos, por encima de compañeros de generación como Cormac McCarthy o Philip Roth.

Un lento aprendizaje se publicó en 1992 y durante dos décadas fue un libro prácticamente inconseguible. Ahora lo vuelvo a ojear, y después me dispongo a hojearlo: como si no fuera extraño que Pynchon se decidiera a editar un libro de cuentos (con los relatos, además, de un principiante: de ahí el título), lo que vuelve al volumen una verdadera rareza es que el autor escribe un largo prólogo en el que confiesa gustos literarios, habla de su vida y, en una suerte de taller literario abierto al lector, destroza sus propios textos. Pynchon toma sus relatos, recuerda dónde y cómo los escribió, y va confesando lo avergonzado que se sintió al releerlos. Se trata de un texto muy atractivo, tanto para sus lectores como para cualquier aspirante a escritor. Hay de todo, en esta suerte de compendio entre la autobiografía literaria, el catálogo de errores y el listado de recomendaciones.

“Este cuento es un buen ejemplo de un error de procedimiento contra el que siempre se previene a los escritores en ciernes”, escribe en referencia al relato “Entropía”. “En efecto, es erróneo comenzar con un tema, símbolo u otro agente unificador abstracto, y luego intentar que los personajes y acontecimientos se adapten a la fuerza. Sé demasiado conceptual, demasiado listo y remoto, y tus personajes se morirán en la página”. Luego aprovecha para confesar algunos pequeños pecados y travesuras, como copiar palabras del diccionario que pudieran sonar audaces o refinadas para “hacerse el instruido”, sin molestarse en saber antes qué significaban. Y más adelante, cuando pretende advertir a los escritores en ciernes, en verdad llega a una clave que puede trasladarse sin problemas a cualquier oficio y profesión: “A todo el mundo se le dice que escriba acerca de lo que conoce. El problema para muchos de nosotros es que en la juventud creemos saberlo todo o, por decirlo de un modo más útil, con frecuencia desconocemos el alcance y la estructura de nuestra ignorancia, la cual no es solo un espacio en blanco en el mapa mental de una persona, sino que tiene contornos y coherencia y, por lo que sé, también tiene sus normas. Así pues, como corolario a ese consejo de escribir sobre lo que conocemos, quizá podríamos añadir la necesidad de familiarizarnos con nuestra ignorancia y las probabilidades que tenemos, por falta de esa familiaridad, de echar a perder un buen relato”.

Los consejos continúan, y los cinco relatos que contiene Un lento aprendizaje son, sin alcanzar el nivel de algunas de sus novelas, bastante mejores de lo que Pynchon advierte en su introducción. La novedad a remarcar es que, después de dos décadas de ausencia, la editorial Tusquets decidió reimprimir este título en edición de bolsillo, y que ahora puede conseguirse sin mucha dificultad en cualquier librería.

(Publicado en lanacion.com)

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¿Quién pagaría por el derecho a ojear un libro antes de comprarlo?

febrero 21st, 2013 · 2 Comments

Por Maximiliano Tomas

Si existe una industria que presenta hoy verdaderos desafíos, básicamente porque nadie tiene certezas sobre nada, es la del libro. Cada uno de los actores de la cadena de producción y comercialización enfrenta sus propios problemas (los autores, los editores, las editoriales, los distribuidores y los libreros), y todos tratan de adaptar su modelo de negocio a las fluctuantes voluntades de los lectores y consumidores. No existen reaseguros porque se trata de una ecuación económica que las nuevas tecnologías prometen modificar de raíz, y los cambios alcanzan al modo en que se accede a los libros (algunos hablan directamente de “textos”, más allá de los formatos) pero también a la manera en que se lee, e incluso se escribe.

Hace algunas semanas mencionábamos uno de los efectos más notables generados por la modificación de ciertos hábitos de consumo: el riesgo que corren las librerías si no se adaptan a los nuevos tiempos. En Inglaterra, pero también en los Estados Unidos, el número de locales que cierran aumenta todos los años, y eso genera una serie de discusiones y debates que se renueva de forma permanente. Diez días atrás la CEO de la editorial Harper Collins, Victoria Barnsley, opinó en un programa de radio de la BBC que no le parecía descabellada la idea de cobrar a los clientes de las librerías por ojear los libros antes de comprarlos.

Más allá de lo extraño que pueda resultar una declaración por el estilo, tiene una explicación basada en la realidad: son cada vez más los lectores que se acercan a las librerías para pasar las páginas de un libro en papel, decidir si resulta interesante, volver a sus casas y comprarlo en canales de venta alternativos, pagando la mitad o a veces un tercio del precio que tienen en las mesas de novedades. Barnsley dijo que en la actualidad apenas el 35 por ciento de los lectores de literatura en el Reino Unido hace sus compras en librerías, y que pagar por mirar podía llegar a ser una alternativa para

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evitar más cierres. La cadena Barnes&Noble, por ejemplo, tiene estudiado que el 40 por ciento de sus clientes usa sus instalaciones como una gran vidriera para decidirse por un libro antes de comprarlo, pero a Amazon y por Internet. La reacción de los libreros ingleses frente a una estrategia que evidencia apenas un alto nivel de desesperación fue de la sorpresa a la carcajada: si les cuesta sobrevivir como están las cosas ahora, no pueden imaginarse qué podría sucederles si tuvieran que cobrar entrada o derecho de permanencia en sus locales.

No es un tema que afecte a las librerías locales (en la Argentina se permite leer libros sin problemas, e incluso existen cadenas que disponen de áreas especiales de lectura o dejan que los clientes puedan tomar un café mientras ojean sus ejemplares), al menos por ahora, ya que quien quiera comprar libros electrónicos en castellano se encontrará con muy pocos títulos disponibles y con precios que son, todavía, irrisoriamente altos. Tanto, que a veces casi no hay diferencia entre un libro en papel y su versión digital.

Es, de hecho, en la falta de una política de precios donde el mercado del libro argentino demuestra una de sus mayores falencias: se remarca al ritmo de la inflación y del aumento del costo de los insumos, de las trabas a la importación, de la crisis del sector y de la especulación editorial. Ni siquiera existe para los lectores la posibilidad, como en España, de poder optar entre la edición trade de un título (tapa y solapa, formato más grande, precio completo) y la de bolsillo (una edición con papel de menor calidad y más pequeña, y por eso mismo mucho más barata).

Poco a poco, y a pesar de no tributar IVA, el precio de los libros en la Argentina va acercándose a los de Europa y los Estados Unidos. Que un bien de consumo termine por transformarse en un bien suntuario no ayudará a que los lectores prefieran las ediciones en papel y estimulará, muy probablemente, la piratería. Es lo que pasa en países como Perú, donde la industria paralela e ilegal es más poderosa y mueve mucho más dinero que la formal. Fue lo que le pasó a la industria de la música, que necesitó que comprar vinilos y discos compactos volviera a imponerse como una moda nostálgica para no desaparecer por completo. No es un problema nuevo, pero las soluciones siguen sin aparecer.

(Publicado en lanacion.com)

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A diez años de la muerte del último gran escritor latinoamericano

febrero 14th, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Se sabe: para los buenos escritores, la celebridad pocas veces llega en vida (si es que llega alguna vez), y el caso del escritor chileno Roberto Bolaño no fue la excepción. Bolaño murió en Barcelona en julio de 2003, a sus cincuenta años, y si bien había llegado a gozar de cierto reconocimiento y tranquilidad económica al enfermar definitivamente del hígado, pocos imaginaban (aunque seguro él lo intuía) lo que sucedería después de abandonar este mundo: sus libros y su figura alcanzaron una dimensión mítica, que lo posicionaron como el escritor latinoamericano más importante (si no el más leído) de la última década. Es esperable que, a poco de cumplirse el primer aniversario redondo de su muerte, los homenajes se multipliquen aquí y allá, y sobre todo en los tres países en los que vivió y sufrió y escribió: Chile, México y España.

El Centre de Cultura Contemporania de Barcelona (CCCB) acaba de anunciar, para el 5 de marzo, la inauguración de la muestra “Archivo Bolaño; 1977-2003”, que incluye material inédito de los herederos del escritor: cuadernos, correspondencia, fotografías familiares, además de partes de su biblioteca personal. Y dentro de algún tiempo aparecerá en la Argentina el libro El hijo de Míster Playa (ya publicado en México), de la periodista argentina Mónica Maristain: una suerte de biografía oral que cuenta con la participación de sus amigos y editores, pero también con la voz de la última pareja de Bolaño, Carmen Pérez de Vega, hasta ahora prácticamente desconocida por la pelea que la enfrenta con su última esposa, Carolina López, madre de sus hijos y albacea de su obra literaria.

Bolaño dejó tres libros de cuentos (Llamadas telefónicas, Putas asesinas y El gaucho insufrible), un importante volumen de poesía póstumo (La Universidad desconocida) y unas cuantas novelas, entre las que destacan Estrella distante, Los detectives salvajes y 2666. Luego de su muerte fueron apareciendo, también, diversos libros con sus intervenciones críticas y esbozos de novelas, pero su obra capital ya estaba publicada hacia el 2003. Si bien hay cierto consenso en que la breve Estrella distante es su trabajo más ajustado, lo cierto es que el libro que le dio reconocimiento global fue Los detectives salvajes (no se extrañe nadie si en algún tiempo esta historia es adaptada al cine), un poco por haber obtenido con ella el Premio Herralde y el Rómulo Gallegos, otro poco por las peripecias narradas (las noches y experiencias y amores de un grupo de poetas adolescentes en el nocturno D.F. mexicano: un libro de atracción irresistible para los jóvenes) y bastante por haber funcionado como la entrada de Bolaño al mercado editorial estadounidense, que es el único que puede elevar la figura de un autor al nivel de celebridad internacional (una de sus lectoras más fervientes es la compositora y cantante punk Patti Smith).

¿Pero qué es lo que logró que Bolaño ocupara este sitio preferencial entre una literatura, la latinoamericana, que precisamente durante la última década dio muestras de una heterogeneidad y una vitalidad como pocas? No existe una sola respuesta, pero hay aproximaciones. Una buena parte de ese espacio conquistado se lo debe a su obra, y la otra a su biografía. El crítico español Ignacio Echevarría, amigo y curador de algunos de sus libros póstumos, lo explica así: “Bolaño logró catalizar elementos que

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están en el ambiente con un carácter de escritor nómada o extraterritorial que lo convirtió en representante de una cultura móvil y sincrética (…) El proponía de manera inconsciente una vertiente diferente a la del boom latinoamericano, desligada de cualquier país y de folclorismos y más bien vinculada al exilio, que representa una cultura puente entre América del Norte y del Sur y, a su vez, entre este continente y Europa (…) Además, fusionó en su obra muchos elementos de la cultura de masas, que son perceptibles en su libros a través, por ejemplo, de los elementos de la novela negra, la cultura del rock, la estructura del beat y la ciencia ficción (…) Unidas a un genio personal y a la muerte del autor, estas características han consolidado el mito de Bolaño como escritor salvaje y vanguardista”.

Admirador confeso de la literatura argentina en general, y de la de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar en particular (“Decir que estoy en deuda permanente con la obra de Borges y Cortázar es una obviedad”, dijo alguna vez), lo cierto es que las características de su narrativa lo acercan mucho más al segundo que al primero. De hecho, Bolaño es una especie de Cortázar finisecular: su prosa asequible, casi transparente y vertiginosa, y sus libros, salvo por la extensión (unas mil cien páginas) y ciertos pasajes de 2666, no presentan mayores dificultades para un un lector no iniciado. A pesar de ser señalado, en más de una ocasión, como un “escritor de escritores” (muchos de sus personajes son poetas, o concurren a talleres literarios, o encaran pesquisas detectivescas detrás de artistas legendarios), lo cierto es que su obra suele despertar fanatismos en los lectores más variados (un poco como otros fenómenos de ventas literarios como Tolkien, o Sándor Marai, o en su momento Paul Auster); y, como Cortázar, suele funcionar como un perfecto “iniciador de lecturas”, como un autor desde el cual después saltar a otros más arduos o menos difundidos. Bolaño es, también como Cortázar y a diferencia de Borges, uno de esos autores que después de ser leídos inoculan unas ganas irrefrenables de escribir, porque hacerlo parece sencillo. Pero nada más engañoso. A ellos, sus epígonos, que ya se multiplican, habría que repetirles aquella frase de advertencia de las películas: por favor, no intenten repetir eso en sus casas.

Su vida, se dijo, también contribuyó a forjar el mito (que tanto necesita la industria editorial para construir una figura de autor y vender ejemplares): chileno exiliado primero en México y luego en España, con ideas de izquierda, con un pasado de poeta maldito y otros tantos de vendedor de artesanías o vigilante nocturno en un camping, siempre al borde del hambre o la desesperación física y metafísica, Bolaño muere de manera temprana, en el momento en que empieza a ser reconocido como escritor (en consonancia con el que fuera uno de los mayores mitos literario de los años 80: Raymond Carver). Antes, mientras pudo, y no sin cierto afán por la polémica y una inteligencia aplicada muchas veces con saludable malicia, había contibuido, como lector, a trazar una línea de cal entre lo que debía considerarse literatura y lo que para él era sencillamente basura (sus amigos estaban siempre en el primer grupo): mientras alababa a Nicanor Parra y Enrique Lihn, denostaba a compatriotas como Isabel Allende, Antonio Skármeta y Marcela Serrano. Atento a la producción literaria contemporánea, hablaba maravillas de Fernando Vallejo, César Aira, Alan Pauls, Rodrigo Fresán, Juan Villoro, Enrique Vila-Matas, Javier Marías o Pedro Lemebel. En su favor, hay que decir que salvo uno o dos casos inexplicables, Bolaño era un buen lector y, con sus enemigos, un crítico lúcido y despiadado.

En ciertos círculos de escritores y de críticos, el interés por Bolaño caducó hace tiempo, y el fenómeno de ventas protagonizado por sus libros es hoy mirado con desdén. El argumento: los libros de Bolaño no aparentan ser formalmente tan complejos como, por ejemplo, las obras irregulares y magnéticas de Mario Levrero o César Aira (por mencionar a dos autores latinoamericanos que convocaron la atención de la crítica por los mismos años). Si bien algo de eso podría suscribirse, también es cierto que, como puerta de entrada al mundo de la literatura adulta, sus novelas y cuentos resultan más que ideales. Por lo demás, y a pesar de lo que tantos creen, lo cierto es que su obra no terminó aún de atravesar las barreras de la verdadera masividad (¿pero cuándo la literatura fue masiva? ¿Debería serlo, acaso?): hace algunas semanas, mientras hablaba de uno de sus libros frente a una sala llena de jóvenes alumnos de periodismo, les pregunté si sabían quién había sido Roberto Bolaño. Cuando les dije que era un escritor chileno, me miraron con sorpresa. Casi todos creyeron, en realidad, que estaba hablando de Roberto Gómez Bolaños, también conocido como El Chavo.

(Publicado en lanacion.com)

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¿A quién puede escandalizar hoy una obra de arte?

febrero 9th, 2013 · No Comments

Cuesta creerlo, pero pasó más o menos así: un grupo llamado “Los Cosacos de San Petersburgo” (pensándolo bien, no es un mal nombre para una banda de rock) atacó en varias oportunidades el Museo Nabokov de esa ciudad, que funciona en una vieja mansión donde el escritor nació y vivió hasta 1917. Los cargos: la supuesta incitación a la pedofilia del novelista ruso en su novela más famosa, Lolita. Primero, los muchachos rompieron una ventana con una botella dentro de la cual había una nota que decía “La furia de Dios”. Días después, volvieron a la carga y pintaron una de las paredes del museo con un mensaje un tanto menos metafórico: “Pedófilo”. El museo ya había sido blanco de la furia del grupo en los últimos meses, e incluso una adaptación del libro, que iba a representarse en el Museo de Arte Contemporáneo de San Petersburgo, debió suspenderse cuando el director de la obra recibió una carta, firmada por los mismos remitentes, en la que podía leerse: “El cinismo del libro reside en que el autor describe el pecado del protagonista con todos los detalles, pecado que disfruta y por el que no busca ser perdonado”. La obra se estrenó, al fin y al cabo, pero pocos días después el director fue atacado a golpes en la calle por tres desconocidos.

No es la primera ni será la última vez que sucedan cosas así. Alcanza con recordar la fatwa con la que en febrero de 1989 el ayatolá Jomeiní ordenó la ejecución del escritor Salman Rushdie, porque creía que en su novela Los versos satánicos se blasfemaba al Islam y se atacaba al profeta Mahoma. Pero este tipo de ataques (de una manera menos simbólica pero mucho más efectiva) son una marca registrada del campo de las artes. En 1914 Mary Richardson, una integrante de las suffragettes (mujeres que luchaban por obtener el derecho al voto) acuchilló siete veces La venus del espejo, de Velázquez, en respuesta a la detención de una de las integrantes del movimiento el día anterior. Richardson, al menos, tuvo la delicadeza de dejar una frase para la posteridad: “Intenté destruir la imagen de la mujer más hermosa de la historia de la mitología en protesta contra el gobierno por destruir a la señora Pankhurst, quien es el personaje más hermoso de la historia moderna”. La Mona Lisa de Leonardo batió todos los récords de ataques sufridos durante el siglo pasado: en 1956 un hombre la roció con ácido, el mismo año recibió un piedrazo, en 1974 una mujer la atacó con un aerosol rojo y en el 2009, cuando ya estaba cubierta en el Louvre por un grueso vidrio (y una valla de cientos de turistas japoneses con sus respectivas cámaras de fotos) otra mujer le tiró con una taza que había comprado en la tienda de souvenirs del museo.

En la Argentina, uno de los últimos escándalos generados por una muestra de arte fue durante la retrospectiva de León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta, a fines del 2004. La exhibición (donde podían verse obras que llevan al límite la relación con la iconografía cristiana, como el famoso Cristo crucificado sobre un avión bombardero estadounidense, o estatuillas de la Virgen encerradas dentro de frascos de vidrio) iba a permanecer abierta hasta el 27 de febrero del 2005, pero recibió críticas y ataques de la Iglesia Católica, algunas personas ingresaron a la muestra y rompieron trabajos, se recibieron amenazas de bomba y hasta hubo clausuras judiciales. Ferrari decidió levantarla un mes antes de lo previsto, para evitar más complicaciones.

Volviendo al caso Nabokov, es extraño que haya quienes todavía no son capaces de distinguir entre los conceptos de realidad y ficción. Además, se sabe desde hace por lo menos un siglo que la moralidad que rige la vida cotidiana no tiene ninguna injerencia dentro del terreno de la estética y el campo de las artes. Una escultura o una novela puede ser bella, horrible o intrascendente, pero difícilmente sea blasfema o pueda funcionar como una incitación a la pedofilia. ¿Cómo se entiende, entonces, este tipo de ataques? Para la curadora española Chus Martínez, una explicación podría ser que el arte, en verdad, no está concebido para todos: “Lo que el arte hace es desalojar el sentido común de la vida. ¿Para qué? Pues para encontrar otros sentidos. El sentido común no es el único, es uno entre varios. Y claro, es normal que eso dé la sensación de que no es para todo el mundo. Y no es para todo el mundo”. Otra, que estos atentados respondan a las proyecciones mentales de muchachos que sufrieron serios problemas de adaptación en la escuela primaria. Tendería a considerar seriamente esta segunda opción.

(Publicado en lanacion.com)

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Dígame usted, si es tan amable, ¿para qué sirven los talleres literarios?

enero 31st, 2013 · 1 Comment

Por Maximiliano Tomas

Es una fija: cada tanto, por lo general a principios de año (ahora: es decir, ahora), cuando se acaban los artículos sobre los libros para leer durante el verano, aparece alguien a quien se le ocurre hacer una nota sobre talleres literarios (al menos parece existir una justificación: en Buenos Aires todo el mundo escribe, o dice que escribe). Se mandan mails, se hacen entrevistas y llamados por teléfono. Y cuando el artículo va tomando forma siempre, siempre, aparece la pregunta inevitable. Que es la de la utilidad ¿Sirven los talleres literarios? ¿Se puede enseñar a escribir? Es extraño lo que sucede con la escritura, como si se partiera de una desconfianza original. Porque a nadie se le ocurriría preguntar si las clases de guitarra, de danza, de escultura o de teatro sirven para algo. Tal vez se deba a que todos saben, o creen saber, mal que bien, escribir correctamente, o al menos muchos más de los que tienen una relativa facilidad para actuar, o bailar, o tocar la guitarra.

Hay quienes piensan que los talleres son una amenaza (una fábrica de escrituras homogéneas) para la salud de la literatura. Hay quienes opinan que son una banalidad. O un espacio de gestión y administración de narcisismo. Hay quienes los ven como un lugar ideal para sociabilizar, y hasta para buscar pareja. Y hay quienes los consideran una suerte de taller mecánico (un lugar donde ajustar y desajustar frases, donde cambiarle el aceite a un texto). Para mí, un taller literario es algo parecido a una terapia psicoanalítica: uno asiste regularmente, paga el importe de la sesión, y algunas veces encuentra (si logra dar con el terapeuta indicado y establecer ese enamoramiento un poco inestable que se llama transferencia) lo que fue a buscar, no sin antes atravesar un camino de sufrimiento, goce, reflexión y palabras. Una terapia grupal en la que además, si se tiene suerte, se puede conocer a otras personas interesantes, que tienen más o menos los mismos gustos, problemas, conflictos e intereses que uno.

Según creo no existe, por temerario que sea, ningún coordinador o docente que vaya a asegurar que puede transformar a un integrante de su taller en escritor. Sencillamente porque no se puede (no se puede enseñar, en verdad, lo que convierte a alguien que escribe en un escritor singular: inteligencia, originalidad, sabiduría, cultura, sensibilidad, sentido del humor, imaginación, experiencia vital, una mirada o una idea propia del mundo). Y todos los talleres podrían resumirse en un breve consejo: la mejor manera de aprender a escribir es leyendo, mucho y bien. O como dice Abelardo Castillo, que al mismo tiempo que desconfía de los talleres dicta el que debe ser el más antiguo de los que existen en Buenos Aires: “Se aprende a escribir con los libros de la propia biblioteca. Los escritores aprenden con sus propios errores, y con los escritores que admiran y detestan”.

Sin embargo es mentira que no existan buenos autores, incluso muy buenos, que hayan ido a talleres literarios. Lo que sucede es que cada uno de ellos ya era un verdadero escritor cuando comenzó a ir a esos talleres, aunque no lo supiera. Mario Levrero, en la entrada del viernes 8 de septiembre de 2000 de La novela luminosa, anota al hacer referencia a uno de los varios grupos que coordinaba en Montevideo: “Vinieron unos cuantos. Leyeron excelentes trabajos. Todos escriben mejor que yo. Me satisface. Aunque es una pena que no vayan a dedicarse a la literatura: parece que se conforman con escribir para el taller. Y bueno. Ahí yo no puedo hacer nada”.

Y también hubo, hay y habrá escritores en serio que los dictan, tanto en el extranjero (las universidades estadounidenses están repletas de cursos de escritura creativa dictados por narradores de reconocido talento) como en la Argentina: Luis Chitarroni, María Moreno, Daniel Guebel, Sergio Bizzio, Selva Almada, José María Brindisi, Hernán Ronsino, Fernanda García Lao, Pedro Mairal son apenas algunos de ellos. Así que si es por responder a la cuestión de la utilidad (es decir, si es que la utilidad puede tener algo que ver con la literatura), bueno, ahí reside una de ellas: los talleres sirven también para que los escritores tengan una manera digna de ganarse la vida. Viendo cómo están las cosas, no es poco.

(Publicado en lanacion.com)

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Cómo conseguir novia por treinta pesos por semana

enero 24th, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Hace muchos años un amigo mío conoció a una chica por Internet. Fue allá por 1998, y el caso era una verdadera novedad para todos, tanto que cuando mi amigo (no voy a dar el nombre pero sí decir que es un reconocido periodista que hoy publica columnas, libros de historia e incluso habla por radio) se casó, él y su mujer fueron protagonistas de una nutrida serie de artículos periodísticos. Desde entonces pasaron quince años y creo que los dos siguen casados, pero la historia ya no sorprendería a nadie. Hace poco, en medio de una discusión, otro amigo mucho más joven llegó a decirme, como un desafío, que él no había salido en su vida con ninguna chica que no hubiera conocido a través de las redes sociales. Antes de Facebook y Twitter él era (o se consideraba) un nerd, una especie de perdedor todo terreno. Para mí sigue siendo el mismo, con sus virtudes y defectos, pero su identidad virtual parece dotarlo de un reluciente carisma, de un halo de seducción, y ahí están las pruebas, me dice: cientos de amigos en un lado, miles de seguidores en el otro.

Hace algunos días escuché a un especialista (¿en qué? Ya no lo recuerdo) que afirmaba que había que empezar a pensar de una manera distinta, que ciertas categorías, como las de las identidades reales y virtuales, estaban experimentando una veloz obsolescencia. Si hasta hace poco la identidad virtual era apenas un avatar de la identidad real (su representación, su ficción, su hipérbole), ahora ambas existen de forma simultánea: ya no habría una verdadera y otra falsa, las dos son tan reales como complementarias. Uno es quien es, en soledad y frente a la computadora, pero también el personaje que construye para sí y para los demás en la red. Dicho así, no suena ni siquiera como algo nuevo: ¿cuál sería la diferencia con la doble identidad que desde la época de los hermanos Lumière vienen sosteniendo, por ejemplo, las grandes estrellas de cine? Un desafío más interesante sería tratar de ver si la identidad virtual reemplazará o prescindirá totalmente de la real (si es que eso no sucede ya) y cuáles serían sus consecuencias.

De todas maneras, pensar la incidencia de las nuevas tecnologías y las redes sociales sobre la vida cotidiana en abstracto no tiene mucho sentido: es como juzgar la existencia de la televisión, de la luz eléctrica, de los teléfonos celulares. ¿Por qué no preguntarse mejor qué tipo de mercado sentimental, de nueva economía amorosa, se configura a partir de su desarrollo? Eso es precisamente sobre lo que reflexiona el escritor argentino Juan Terranova en un artículo reciente. Escribe: “Todos necesitamos amor. ¿Quién puede dudarlo? Y lo pedimos. No hay novedad en eso. Lo dijo Freud, y antes lo dijo Jesús. Lo decimos todo el tiempo, de mil maneras diferentes. En las redes sociales esa pasión, no la del amor, sino la de pedir amor, explota, es recurrente, está siempre, incluso de forma involuntaria. El amor, entonces, y sus derivados –sexo, atención, afecto, reconocimiento, incluso el odio y el escarnio– son bienvenidos y codificados como un triunfo”. Terranova, siempre atento a las nuevas emergencias del campo de las redes sociales, define a Twitter y Facebook “como una bicicleta financiera de los guiños y los honores, una cámara de reciclaje de tus ambiciones”, y concluye que “las redes sociales se pueden transformar, se transforman, de hecho, muy rápido, en eso: una ronda de adictos a la indigencia emocional”.

Digan lo que digan, parece ser que la mayoría de las personas utilizan las redes sociales para tramitar precisamente esta demanda de afecto (en forma de amistades, admiraciones, fantasías, amoríos, relaciones estables). ¿Y por qué estaría mal que así sea? Lo curioso es cómo algunos encuentran, velozmente, la manera de sacarle rédito a la situación. El sitio Girlfriendhire.com ofrece, por ejemplo, novias virtuales por unos treinta pesos por semana (si nos atenemos al valor de cambio del dólar oficial). Por relativamente poco dinero, uno puede contratar el servicio de chicas (o chicos) que lo hagan ver como alguien deseable: enviarán mensajes de texto para despertar los celos de nuestras parejas, postearán comentarios sugerentes en las páginas de las redes sociales, fingirán tener una relación con nosotros. Rocky Robinett, de apenas 28 años, creó el sitio FakeGirlfriend.co. Cuando le preguntaron cómo se le ocurrió la idea, sencillamente respondió: “Me pregunté cuál era la cosa más estúpida que podía crear” (y no será la primera vez en que una idea estúpida convierta a alguien en millonario).

La situación, en general, no deja de ser un poco triste. No sé bien por qué: probablemente sea una cuestión personal, un defecto de caracter. Al fin y al cabo, siempre existieron personas que llaman a las radios buscando a su alma gemela, o que van a la televisión para encontrar pareja o casarse. Cada quien lidia con los fantasmas de la soledad como mejor puede.

(Publicado en lanacion.com)

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Hay que aprender a aburrirse más

enero 17th, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

La semana pasada se supo el resultado de la segunda autopsia a la cantante Amy Winehouse: murió, literalmente, ahogada en vodka. Winehouse había dejado las drogas, y llevaba tres semanas sin tomar alcohol, pero rompió esos días de abstinencia porque, según se supo, “estaba muy aburrida”. Ninguno de nosotros puede saber cómo es, en verdad, el aburrimiento de una celebridad, de esa pequeña porción de hombres y mujeres que han adquirido todo lo que los demás buscan con desesperación: poder, dinero, experiencia, talento, atención, amor, devoción, placer sexual. Pero nadie podría decir, al menos sin forzar un poco las cosas, que a Winehouse la mató únicamente el alcohol: la mató, también, cierta intolerancia al aburrimiento. Algo en la noticia me hizo recordar una situación que se repite cada tanto en reuniones con amigos: no hay charla, por profunda o intrascendente que sea, que logre captar la completa atención de los presentes. En cualquier momento alguien revisará sus mensajes de texto o sus mails, otro le dará una mirada a su timeline de Twitter o actualizará su estado en Facebook. Nadie parece soportar siquiera la idea de aburrirse, su mínima amenaza.

A los pocos días vi una nota en el diario Clarín que decía algo así como que la gente se aburre cada vez menos, y que eso no es bueno para la creatividad. Como el asunto insistía en hacerse presente, busqué entonces en la web, y encontré una serie de artículos sobre el tema. El primero que aparece es el del filósofo español Santiago Alba Rico. No se puede negar que tiene un buen comienzo, aunque después se ponga un poco dogmático: “El capitalismo prohíbe básicamente dos cosas. Una es el regalo. La otra el aburrimiento.” Y agrega: “Hay dos formas de impedir pensar a un ser humano: una obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin interrupción”. Seguí buscando y supe de un libro sobre el tema: Peter Toohey, un profesor de la Universidad de Calgary, Canadá, publicó hace poco una historia del aburrimiento: Boredom: A Lively History, que llega a la conclusión de que aburrirse puede ser de gran utilidad.

Finalmente encontré una conferencia que el poeta Joseph Brodsky pronunció en 1989 en la Universidad de Dartmouth, Estados Unidos. Se llama “En alabanza del aburrimiento” y más o menos por la mitad dice: “Ricos en potencia, ustedes acabarán aburriéndose del trabajo, los amigos, los cónyuges, los amantes, la vista desde la ventana, los muebles o el papel de colgadura de la alcoba, los pensamientos o de ustedes mismos. En consecuencia, tratarán de buscar caminos de escape. Aparte de la autocomplacencia con los artilugios antes citados, pueden dedicarse a cambiar de empleo, residencia, compañía, país, clima; podrán ensayar la promiscuidad, el alcohol, los viajes, las lecciones de cocina, las drogas, el psicoanálisis. De hecho, pueden juntar todas estas cosas y por un tiempo funcionarán. Hasta el día, por supuesto, en que se despierten en medio de una familia nueva y un papel de colgadura diferente, en un estado y un clima diferentes pero con el mismo sentimiento rancio hacia la luz del día que se filtra a través de las ventanas”.

Brodsky tiende a pensar en el aburrimiento como un estado de autoconciencia neutro, ni bueno ni malo, pero del cual en algún momento hay que salir. Y para eso sugiere una terapia de shock: zambullirse de cabeza en él: “Cuando el aburrimiento los golpee, entréguense a él. Que los aplaste, que los sumerja, toquen fondo. En general, con las cosas desagradables, la regla es: mientras más pronto toquen fondo más pronto volverán a flotar. La idea aquí, para parafrasear a otro gran poeta de la lengua inglesa, es mirar de frente a lo peor. La razón por la que el aburrimiento merece semejante escrutinio es que representa el tiempo puro, incontaminado, en todo su repetitivo, redundante y monótono esplendor.”

Si me preguntan, yo creo que no hay nada de malo en aburrirse: que hay que enseñar y aprender a aburrirse más, sin ningún otro motivo o fin que el de instalarse, de lleno, en el propio aburrimiento. Como una especie de acto de rebeldía, o de recogimiento. O al menos de salud pública: si la gente se aburriera más y se concentrara más en sí misma, tal vez diría menos estupideces, mantendría menos conversaciones telefónicas intrascendentes, vería menos programas de televisión idiotas, se filmarían menos películas olvidables y se publicarían menos libros banales. Pero yo no sé mucho de estas cosas. Además, al rato siempre termino agarrando uno de esos mismos libros, mirando algún viejo capítulo de The Wire, o escribiendo artículos que pueden terminar siendo, para muchos, terriblemente aburridos.

(Publicado en lanacion.com)

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Mil y un malentendidos sobre los premios literarios

enero 10th, 2013 · 1 Comment

Por Maximiliano Tomas

Hace mucho, mucho tiempo, cuando estaba encargado de la sección Cultura de un diario de tirada nacional (¡siete años martillando la mente de los pobres lectores! No me he confesado aún por esos pecados), sabía que todas las primeras quincenas de octubre iba a tener la misma discusión con los responsables de aquel periódico: ellos estaban convencidos de que la tapa del suplemento debía estar dedicada al flamante ganador del Premio Nobel de Literatura, y yo insistía en que a nadie le importaba el Nobel ni ningún otro premio literario, y que como éramos un medio que se movía con libertad de compromisos ideológicos o comerciales, bien nos convendría a nosotros fijar la agenda, decidir qué vendría a ser lo relevante dentro de los estrechos márgenes del campo cultural. Muchas veces me tocaba perder (finalmente, para algo se inventaron las jerarquías), algunas otras ganar, pero nada me libraba de escuchar la misma argumentación una y otra vez: ¡nos debíamos a nuestro público! ¡A la hora del sumario teníamos que pensar en la gente más que en nuestros propios gustos! (Creo recordar que escuchaba “público”, “gente”, “consumidores”, porque no me viene ahora a la mente la palabra “lectores”). ¿Cómo convencerlos de modificar una de esas antiguas y fatigosas convenciones del periodismo, cómo decirles que nada nos obligaba a celebrar sin discusión las decisiones de un comité radicado en Estocolmo, herederos financieros del inventor de la dinamita, que le habían negado el reconocimiento a escritores como Proust, Pound, Joyce, Nabokov o Borges?

Los premios literarios sirven, en general, para cosas muy diversas. Y son relativamente pocos los que están libres de sospecha. No digo ninguna novedad. Los fallos de los premios nunca podrán aparecer como la última determinación de un proceso impoluto, ajeno a las influencias y las maledicencias, porque bien que mal se trata del resultado de un juicio subjetivo (la valoración de un jurado) sobre algo tan permeable y ajeno al pensamiento científico como el gusto sobre las obras literarias.

En algunos casos, las empresas editoras utilizan estos certámenes (y el premio en metálico prometido como recompensa) como vía de contratación de autores que publican en sellos de la competencia, o como campaña de marketing para promocionar a alguno de sus bestsellers (se me ocurre ahora una regla de evaluación para premios literarios de cierta efectividad: cuanto más dinero hay en juego, menos transparente será el proceso de otorgamiento de ese premio). Tan difundido está todo el asunto, que se pueden escribir artículos en la prensa masiva española que comiencen de esta manera: “Que muchos de los premios literarios comerciales en España suelen tener poco de competitivos y mucho de precocinados no es ni siquiera un secreto a voces, sino una realidad constatada a menudo. Por cada autor revelación que se abre paso a través de los filtros de los lectores profesionales y, finalmente, de un jurado prestigioso, ¿cuántos responden a una estrategia de relanzamiento comercial, o a la necesidad de fidelizar a un autor de la casa garantizándole un plus, o son simplemente una forma de fichar a un autor de la competencia, que los implicados conocen muchos antes de que los originales lleguen a las manos del jurado, que queda digamos que en mal lugar? Muchos. Entre los fichajes vía premio, solo en lo que va del año, se pueden recordar los de Álvaro Pombo (de Anagrama a Destino vía Premio Nadal, operación que ya había efectuado anteriormente a través del Premio Planeta) o Javier Calvo (de Mondadori a Seix Barral vía Premio Biblioteca Breve)”.

La finalidad más amable y menos controversial de los premios suele ser la de cuando sirven para descubrir autores nuevos o inéditos (el del Fondo Nacional de las Artes que se otorga como estímulo a la publicación, o el de editoriales más pequeñas como el Indio Rico), cuando sirven para iluminar la obra de un escritor desconocido por el gran público (el Herralde a Roberto Bolaño en 1998 por Los detectives salvajes, por poner apenas un ejemplo), el que reconoce la trayectoria de un autor a través de alguna de sus obras (el Premio de la Crítica que organiza la Fundación El Libro) o los Municipales y Nacionales, a través de los cuales los artistas de diversas disciplinas reciben una mensualidad para continuar haciendo lo que mejor saben. El peor efecto, sin dudas, de estos mismos premios, es que por lo general sirven de alfombra para hacer que la literatura ingrese de lleno en el barroso terreno de las noticias del espectáculo, cuando no de las meramente policiales. Solo durante el año que pasó se tipearon miles de páginas y se invirtieron millones de bits para consignar las controversias sobre la adjudicación del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances por el peruano Alfredo Bryce Echenique (acusado de plagio), o el rechazo de Javier Marías (tímida emulación de la gambeta que Jean-Paul Sartre le hiciera al jurado del Nobel en 1964) a recibir el Premio Nacional de Narrativa que otorga el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España por su novela Los enamoramientos.

Hace dos días me llegó un mail de un amigo escritor, que me decía que quería compartir un link con “lo mejor que vi en televisión en los últimos años”. Se trataba de la cobertura, por parte del noticiero de la Televisión Española, de la entrega del Premio Nadal, el galardón literario comercial más antiguo de aquel país, que se concede desde 1944. Esta vez le había tocado recibirlo al periodista y escritor catalán Sergio Vila-Sanjuán (director del suplemento Culturas del diario La Vanguardia), por su novela Estaba en el aire. Pero en la pantalla gigante detrás de la presentadora del programa, para ilustrar la reciente noticia, aparecía bien grande el retrato del tenista mallorquín Rafael Nadal.

Más allá del lapsus del pobre videographista del noticiero (que espero no se haya visto obligado a engrosar la larga lista de desocupados españoles; al fin y al cabo errores análogos se cometen en la prensa especializada argentina a diario: ¡Eugenio Nadal, Rafael Nadal, qué más da, si al final seguro que son parientes!), quizá no sea desacertado pensar en el episodio como un síntoma de la verdadera relevancia que el público en general le da a los premios literarios. Es decir, casi ninguna. Ahora que lo pienso, voy a reenviarles la noticia a mis compañeros de aquel periódico, para que los que pensaban como yo tengan un argumento a favor para la discusión que, seguro, deberán tener el próximo mes de octubre, cuando nos enteremos quién se ha llevado el Nobel esta vez.

(Publicado en lanacion.com)

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¿Corren las librerías el riesgo de desaparecer?

enero 3rd, 2013 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Hace muy pocos años, con la aparición fulgurante del libro electrónico, comenzó a pensarse cómo sería la nueva comercialización de contenidos de lectura. Entre otras dudas y desafíos, surgió el de saber cómo venderán las librerías los textos digitales. Algunas de las alternativas barajadas por entonces suenan hoy entre irrisorias e ingenuas: instalar terminales de descargas en los locales, por ejemplo. Desde entonces, las disputas comerciales estallaron, entre ellas la que enfrenta en los Estados Unidos a dos gigantes: la tradicional cadena Barnes & Noble y Amazon.

Al margen de la batalla entre estos dos agentes dominantes del mercado, la crisis de paradigma que acarrea una nueva manera de descargar, comprar y leer textos está generando efectos en otro tipo de librerías, no sólo en las cadenas. En el East Village de Manhattan, uno de los locales más tradicionales del barrio, la St. Mark’s Bookshop, se salvó de cerrar por una acción conjunta de vecinos, celebridades y funcionarios municipales. Pero las últimas noticias que llegan de Gran Bretaña no son alentadoras para los que todavía disfrutan de la lectura en papel, o de comprar libros a la manera tradicional, es decir, yendo hasta su negocio favorito, revisando estantes, charlando con los libreros: en los últimos siete años el número de librerías se redujo a la mitad. De las 4 mil que existían en 2005 quedan unas 1878. Y cuatrocientas de ellas cerraron sólo el año pasado. ¿Las razones? Si es que puede atribuirse un fenómeno así a unas pocas variables, entre ellas están la apertura de puntos de venta masivos (los supermercados y aeropuertos, entre otros) y el crecimiento del comercio de libros digitales. En Nueva York, como se dijo, sucede algo parecido, aunque los lectores se vuelcan de a poco pero de forma sostenida hacia las bibliotecas públicas, que están en pleno proceso de adaptación para conformar a un público (sobre todo el joven) que ya no ve como una dificultad o una afrenta el hecho de retirar libros prestados o alquilarlos.

Es cierto que hay librerías que se reconvirtieron, en mayor o menor medida, adelantándose a estos cambios. En la Argentina, la cadena Yenny-El Ateneo diversificó su oferta de productos (discos y películas además de libros), construyó espacios que funcionan como una atracción en sí misma (la librería Grand Splendid de Santa Fe y Callao por ejemplo, que figura en todas las guías turísticas de Buenos Aires), y abrió la posibilidad de que los visitantes pudieran hojear los libros antes de comprarlos, en espacios diseñados especialmente para ello. Otras tiendas más pequeñas y especializadas, como Libros del Pasaje o Crack Up, incorporaron bares a la tienda y suelen ser sede de presentaciones de libros y conferencias. Eterna Cadencia (que a los pocos años de su apertura se convirtió también en una editorial) hizo lo mismo, pasó a ser en poco tiempo un punto de encuentro obligado para escritores y lectores, y funciona hoy casi como una especie de centro cultural. En Madrid, una librería como Tipos Infames no sólo ofrece una cuidada selección de títulos, sino que además le da una importancia fundamental a la venta de vinos, tanto como para incorporarlo a su lema: “libros y vinos”. Y el nuevo e inmenso local de la cadena La Central en Callao (también en Madrid) se presenta como un espacio con tiendas de objetos, un café-restaurante y un bar o coctelería incorporado en el subsuelo.

Nadie duda hoy de que los textos van a seguir existiendo (y hasta los más apocalípticos auguran una larga convivencia entre los libros de papel y los digitales), al igual que la gente que escriba y publique. Las editoriales, si terminan por adaptarse a los tiempos que corren, seguirán siendo quienes construyan catálogos y colecciones, den visibilidad a los autores o los prestigien (ya sean las multinacionales o las independientes) con la marca de sus sellos. Pero para los intermediarios, es decir, para las librerías, el futuro se está volviendo algo incierto. Las de usados, de saldo o para coleccionistas sobrevivirán. Pero las tradicionales, como las conocemos hasta ahora, se enfrentan a una situación compleja: la peor amenaza es seguir el destino de los videoclubes y las tiendas de discos, casi extinguidas. ¿Será sólo una cuestión de cambiar el modelo de negocio o deberán encarar transformaciones más profundas?

(Publicado en lanacion.com)

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Una antilista con diez libros para no leer en la playa

diciembre 27th, 2012 · 1 Comment

Por Maximiliano Tomas

¿Hay algo más sospechoso que las listas de libros para leer en el verano? Es una idea que debería poner en guardia a cualquiera, y sin embargo. ¿Por qué alguien que no lee habitualmente lo iría a hacer justo en el momento en que puede descansar de toda responsabilidad? Ah, misterio. Pero las librerías siguen llenándose de clientes curiosos que se dejan sorprender por las novedades, entre las que destacan libros de investigación periodística sin investigación, biografías no autorizadas de personajes que hasta ayer desconocíamos, revisionismo histórico al paso y tratados del más afilado sentido común que pretenden guiarnos en la esquiva caza de la felicidad conyugal y la fortuna económica. Seamos sinceros: si usted todavía no se hizo millonario, ni encontró al amor de su vida, ni conoce de primera mano los secretos sucios de los políticos, va a ser difícil que algo de esto se lo depare la lectura de un libro.

Para los que pasen de todo eso, entonces, decidí hacer mi lista, que en verdad es algo así como una antilista de lecturas de verano. Primero, porque estos libros no fueron publicados recientemente, muchos ni siquiera este año. Segundo, porque pueden leerse en cualquier momento. Eso sí: la elección fue en busca de obras literarias de autores contemporáneos, porque hubiera sido demasiado sencillo remitirse a clásicos que pueden conseguirse por pocos pesos en las librerías de usados (a cualquiera le alcanzaría con encontrar Las mil y una noches, Tristram Shandy, Don Quijote, Crimen y castigo, Ana Karenina o En busca del tiempo perdido para asegurarse unos meses de buena lectura). Y además, como guiño a los compradores de verano, que suelen preferir libros voluminosos, seleccioné únicamente títulos que superaran con holgura las cuatrocientas o quinientas páginas.

Queda dicho: ninguna de estas obras lo hará sentir mejor, lo volverá más atractivo o deseable, más inteligente o culto, ni tampoco le advertirá qué es lo que le depara el año que viene. Para casi todo lo demás, existe la literatura.

La vida, instrucciones de uso, de Georges Perec: en marzo se cumplieron treinta años de la muerte de Perec, considerado uno de los escritores más originales de la literatura francesa del siglo XX. Esta novela contiene decenas de historias y personajes que se despliegan de forma simultánea, conformando un delirante rompecabezas. Perec describió su idea original así: “Me imagino un edificio parisino al que se le ha quitado la fachada de modo que, desde la planta baja a la buhardilla, todos los aposentos que se hallan en la parte anterior del edificio sean inmediata y simultáneamente visibles”.

Cuentos completos, de Graham Greene: no debe haber casa con biblioteca en que no haya un libro de Greene. Y todos son buenos. Más conocido por novelas como El americano impasible, Nuestro hombre en La Habana o El factor humano, Greene fue también un maestro del relato breve, y hace poco más de un año y medio apareció esta antología que contiene sus cuatro libros de cuentos más algunos textos nunca antes compilados. Como si fuera poco, la traducción es de Enrique Pezzoni.

Las islas, de Carlos Gamerro: no era tarea sencilla escribir una obra de ficción sobre la Guerra de Malvinas después de que Fogwill publicara Los pichiciegos. Y Gamerro lo hizo. Esta novela (que transcurre en 1992 y que es, claro, mucho más que un libro sobre Malvinas), de imaginación desbordante e inolvidable crudeza, fue descripta como “un relato de ciencia ficción, una narración bélica, un diario de viaje, un cuento de hadas, un thriller alucinante”, y ocupa desde su aparición un lugar central en la literatura argentina.

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño: quizá no sea la mejor novela del escritor chileno muerto en 2003 (no tiene la perfección de Estrella distante ni el desborde narrativo de 2666), pero es la que condensa su universo ficcional y la que lo hizo conocido en buena parte del mundo. La primera parte del libro, que narra las aventuras en la noche mexicana de los escritores Arturo Belano y Ulises Lima, está señalado como uno de los momentos más altos de la literatura latinoamericana posterior al Boom.

Aquí empieza nuestra historia, de Tobias Wolfe: otra compilación de cuentos, esta vez seleccionados por el propio autor. Wolfe fue, junto a Raymond Carver y Richard Ford, uno de los tres exponentes del llamado “realismo sucio americano” (una etiqueta utilizada para referirse a una actualización de rasgos minimalistas del cuento clásico estadounidense). Amigos y colegas, entre los tres influyeron a generaciones de escritores durante las últimas décadas. Wolfe tiene más recursos narrativos que Carver y es más dúctil que Ford, y eso queda demostrado en estos veintiún relatos, diez de los cuales permanecían inéditos.

El mundo según Garp, de John Irving: esta es la historia de un personaje inolvidable llamado Garp, narrada (literalmente) desde el momento de su concepción hasta su muerte. Nadie que la haya leído olvidará jamás la escena del choque dentro de la camioneta. El libro, de 1976, le sirvió a Irving para convertirse en lo que es hoy: un escritor de prestigio y buen pasar, un guionista premiado por Hollywood, pero también un narrador de corte clásico que no hace concesiones, aunque sus historias sean al mismo tiempo profundas y divertidas.

El traductor, de Salvador Benesdra: ¡un libro publicado a fines de 2012! Lo cierto es que la novela de Benesdra, un secreto para entendidos desde su aparición, fue editada a principios de los 90. Desde entonces fue ganando su fama de novela maldita, apoyada en parte en su originalidad, y en parte en la biografía de su autor, periodista de una erudición proverbial (era traductor y dominaba siete idiomas). Para agregarle un condimento más al mito, Benesdra se suicidó en 1996, tirándose del balcón del edificio en el que vivía.

El aliento del cielo, de Carson Mc Cullers: ¿quién no leyó aún a Carson McCullers? Esta escritora estadounidense, admirada por Gore Vidal, Graham Greene y Tennessee Williams, no sólo escribió tres novelas cortas magníficas (La balada del café triste, Reflejos en un ojo dorado y Frankie y la boda) sino que sus cuentos y relatos están entre lo más alto de la narrativa breve del siglo XX. Nada que envidiarle a Hemingway, Fitzgerald, Yates u O’Connor. Este libro, publicado hace algunos años en español, reúne todos sus relatos y las tres novelas mencionadas.

Libertad, de Jonathan Franzen: ¡otro libro de 2012! Pero en verdad esta novela se publicó a fines de 2011 en España y llegó a la Argentina tiempo después. Generación tras generación, los escritores americanos buscan escribir la “novela total”. Nombres que sonaron para heredar el trono de Melville: Thomas Pynchon, Philip Roth, Don Delillo. Desde el 2001, cuando publicó Las correcciones y empezó a ganar todos los premios, el nuevo candidato se llamó Franzen. Con Libertad, un retrato de una familia del Medio Oeste americano que utiliza como metáfora para ilustrar una época, el heredero más joven renovó la apuesta.

La novela luminosa, de Mario Levrero: muy cada tanto se hace justicia en el mundo de la literatura. Fue el caso de Levrero, cuya obra pasó de la oscuridad y la dispersión al rescate frenético. Desde mediados de la década pasada (Levrero murió en 2004) no pasa un año sin que se reimprima alguno de sus libros (y muchas veces más de uno). Levrero hizo de todo: fue librero, guionista de cómics, humorista, creador de crucigramas y autor de novelas, cuentos y ensayos. Siempre habrá algo nuevo de él por publicar o leer. Esta novela, aparecida luego de su muerte y dividida en dos partes, es quizá su trabajo más ambicioso.

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Wilbur Smith o el sincericidio de un autor de bestsellers

diciembre 20th, 2012 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

El proceso de creación de un libro es más largo y complejo de lo que se supone. Entre el autor original y el objeto final que se imprime, se distribuye y se vende en las librerías puede haber una cantidad variable de intermediarios: son los oficios que componen el entramado de la industria editorial.

Generalmente el autor hace llegar por su cuenta (o a través de su agente o representante) a la editorial un original impreso, que es recibido por el editor. El editor puede leerlo o encargar un informe a distintas personas (estudiantes de Letras, lectores calificados, otros escritores) que se ocupan de evaluar su publicación. Si el texto recibe luz verde, el editor lo contrata (previa discusión con gerentes comerciales o directores editoriales) y puede decidir si trabajarlo directamente o pagar un servicio de editing, a cargo de un corrector o de un editor externo.

Una o dos correcciones después, el editor trabaja junto a un equipo de diseñadores para darle al libro su continente: diseño de interior, de tapa y contratapa, elaboración de paratextos (solapa, contratapa, blurbs, fajas). Recién entonces el libro está listo para ser impreso. Pero la cadena apenas comienza.

La distribución de los ejemplares es fundamental. Una parte pequeña es enviada a la prensa para ser leída, criticada y difundida por los suplementos culturales. Por otro lado, se negocia con las librerías un lugar visible de los volúmenes en las mesas y vidrieras, lo que muchas veces resulta determinante para las ventas, ya que la cantidad de novedades que aparecen todos los meses obligan a una rotación frenética. La recomendación de los libreros y su disposición para hacer circular entre los clientes los títulos es otro detalle a tener en cuenta.

Finalmente llega el momento decisivo, del cual toda la cadena anterior depende: cuando el lector o el comprador se enfrenta a un ejemplar y decide llevarlo o no. Es el instante en el que el proceso entero se cierra. O al menos es lo que sucedía hasta ahora, cuando el libro electrónico promete modificar todo este andamiaje, y establecer un vínculo directo entre productores y consumidores.

Pero hay casos en que aparece otra clase de intermediarios. La figura del “negro literario” o ghostwriter es de las menos conocidas por el público, pero existe desde hace siglos, cuando la figura del escritor se profesionalizó. Se trata de un secreto a voces: siempre habrá políticos, empresarios, figuras del espectáculo y hasta periodistas que contraten, por una suma determinada, el servicio de escribas que le den forma a libros que se ofrecerán en el mercado llevando su firma. Porque muchas veces lo que vende es el nombre que figura en la tapa, más allá de quién sea el que realmente haga el trabajo.

También existieron conocidos autores literarios que produjeron una cantidad abrumadora de obras seriadas con la ayuda de trabajadores anónimos: Alejandro Dumas dependía de los escritos de Auguste Maquet para la elaboración de Los tres mosqueteros, y se cuenta que Balzac tenía decenas de ayudantes con los que logró dar forma a los ochenta y cinco tomos de La comedia humana. Pero no era algo de lo que nadie fuera a jactarse.

En la actualidad hasta eso está cambiando: después de firmar un contrato de 18 millones de euros por seis nuevas novelas, el autor de bestsellers Wilbur Smith confesó abiertamente que escribiría esos libros “con la ayuda de autores cuidadosamente seleccionados”. “Mis fans han dejado en claro que les gustaría leer mis novelas y revisitar mis personajes con una rapidez que no soy capaz de ofrecerles. Por ellos estoy dispuesto a cambiar mi método de trabajo para que las historias que tengo en la cabeza se plasmen en la página con más frecuencia”, dijo, echando abajo uno de los últimos tabúes de la industria editorial.

¿Qué habrá llevado a Smith a hacer una declaración por el estilo? ¿Despejar las dudas de que pudiera honrar un nuevo contrato (está por cumplir 80 años) y llevarle tranquilidad a sus editores y lectores? ¿Un extraño remordimiento de conciencia? ¿O fue el hecho de haber vendido millones de ejemplares lo que le hizo decir que, más allá de lo que haya entre tapa y contratapa, lo único que importa es que su nombre figure en la portada y poco más? ¿Seguirán los lectores comprando esos libros, aún sabiendo que lo más probable es que Smith no los haya escrito?

Más allá de una que otra voz discordante en la prensa inglesa o francesa, hasta ahora nadie creyó necesario salir a dicutir la validez de la estrategia de Smith. ¿Será porque la práctica de utilizar escritores fantasma está más difundida y aceptada de lo que realmente se cree? ¿O es que el mercado, a esta altura, ya no necesitara siquiera ofrecer el simulacro de que lo que entrega a sus consumidores son productos singulares, únicos, distintos o auténticos? Roland Barthes no estaba pensando en esto cuando escribió acerca de la muerte del autor. Pero de una u otra manera, ya vemos, su profecía acabaría por cumplirse.

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“El periodista y el asesino”, o sobre los límites éticos del periodismo

diciembre 13th, 2012 · 1 Comment

Por Maximiliano Tomas

Pocos periodistas pueden jactarse de haber escrito un comienzo así para alguno de sus libros. Eso, en el caso de que realmente existan, más alla de la propia Janet Malcolm: “Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno”. Estas líneas aún generan debate, a más de veinte años de ser publicadas como primer párrafo del libro El periodista y el asesino. Y si en algún lado se sigue discutiendo la pertinencia o no de esta afirmación es porque se trata de una de las situaciones moralmente más delicadas en el trabajo de un escritor de no ficción (Malcolm se refiere a los periodistas de largo aliento, los que escriben reportajes que muchas veces se transforman en libro, o a los escritores de novelas reales, un género muy difundido en los Estados Unidos desde el A sangre fría de Truman Capote). ¿Pero cómo llegó Malcolm, periodista y crítica literaria checa nacionalizada estadounidense, colaboradora de The New Yorker, a arrojar esta provocación en el comienzo de su libro más conocido, considerado uno de los cien mejores del siglo XX en lengua inglesa por The Modern Library?

El 17 de febrero de 1970 la mujer embarazada y las dos hijas de un médico del ejército de los Estados Unidos llamado Jeffrey MacDonald fueron violentamente asesinadas. MacDonald declaró que un grupo de hippies al estilo Charles Manson lo habían abatido y llevado a cabo la masacre, y más tarde fue encontrado inocente en un juicio militar. Pero nueve años después la justicia criminal lo declaró culpable de las muertes, por lo que todavía sirve las tres cadenas perpetuas de su condena, que finalizarían en el 2071. Poco antes del juicio, MacDonald conoció a un periodista y escritor de bestsellers llamado Joe McGinniss y lo convenció de contar su historia. McGinniss se asoció con MacDonald en las futuras ventas del libro, cobró un generoso adelanto de la editorial, tuvo libre acceso a la causa (incluso integró el equipo de la defensa, para tener un conocimiento más profundo del caso) y estableció una suerte de amistad con el acusado. Luego de que MacDonald fuera condenado, su trabajo siguió, y los dos (periodista y supuesto asesino) siguieron conversando, encontrándose y mandándose centenares de cartas.

Lo que sucedió al final fue que sin advertir de nada a MacDonald, McGinniss terminó confeccionando un despiadado retrato de su socio, escribió una historia en la que lo señalaba como un “narcisista patológico”, un frío asesino, creyó haber descubierto las causas del asesinato y publicó la historia sin mostrarle antes al preso (su fuente de información fundamental) una sola página. MacDonald se enteró de todo esto en vivo, durante la primera entrevista que dio en la televisión por la aparición del volumen, llamado Fatal Vision, que fue un éxito. Traicionado en su confianza, llevó entonces a juicio a McGinnis en 1984, proceso en el que el periodista fue públicamente humillado hasta que aceptó pagar un resarcimiento de más de 300 mil dólares.

Esta es la historia con la que se topó Malcolm mientras el proceso por calumnias e injurias se llevaba a cabo. Y la que le sirve para escribir un libro (El periodista y el asesino) sobre otro libro (Fatal Vision), pero sobre todo acerca del proceso de investigación periodística y la relación personal y profesional que suele establecerse entre autor y entrevistado: un complejo e involuntario tratado de periodismo. “Algo extraño le ocurre al individuo cuando conoce a un periodista, y lo que sucede es exactamente lo contrario de lo esperado”, escribe. “Cabría imaginar que se impondría la extrema cautela, pero en realidad la confianza e impetuosidad infantiles son mucho más comunes. El encuentro periodístico parece tener el mismo efecto regresivo sobre el sujeto que el encuentro psicoanalítico. El sujeto se convierte en una especie de hijo del escritor, a quien ve como permisiva madre, tolerante e indulgente, y espera que sea ella quien escriba el libro. Por supuesto, quien lo escribe es el padre estricto, riguroso e implacable”, agrega Malcolm, para ejemplificar por qué no existe un solo entrevistado que al leer sus palabras impresas en una nota quede conforme con el resultado.

El libro (en el que la autora se pone en contacto y habla durante meses con todos los implicados en el proceso) se interroga todo el tiempo sobre los límites éticos del trabajo de investigación y reporteo periodístico, sobre cómo debe tratarse a los entrevistados y acerca de si es lícito ocultarles información, o directamente mentir, con la finalidad de obtener una mejor historia o una nueva revelación que la haga más completa y verdadera. Escribe Malcolm: “A diferencia de otras relaciones que tienen un fin determinado y están claramente delineadas como tales (dentista-paciente, abogado-cliente, profesor-alumno), la relación de autor y persona a la que entrevista parece depender, para perdurar, de una especie de oscuridad, de encubrimiento de sus fines. Si todo el mundo pone sus cartas sobre la mesa la partida se acabará. El periodista debe realizar su trabajo en un estado de anarquía moral deliberadamente producido”. Se cuenta que esa especie de obsesión por el trabajo realizado y esa licencia moral del autor fue la que llevó al propio Truman Capote a confesar que deseaba ver la ejecución en la horca de los dos asesinos de su libro para poder escribir el final, y verlo publicado de una vez por todas.

¿Dónde están, entonces, los límites a la hora de trabar relación con un entrevistado, cuánta fidelidad se le deben a sus palabras y a su persona a la hora de escribir una historia como ésta? ¿Existen esos límites? ¿Son morales o éticos? ¿Son normas cuya infracción es judicializable? Para empezar, dice Malcolm, “lo que le da al periodismo su atenticidad y vitalidad es la tensión que hay en la ciega entrega de la persona entrevistada y el escepticismo del periodista. Los periodistas que se tragan por entero la versión de las personas entrevistadas son no periodistas sino publicistas”. Y en el epílogo, donde cuenta cómo ella también fue demandada por el personaje de uno de sus libros al que no le gustó la manera en que lo retrató, afirma que sí, que el del periodista es un oficio que tiene sus normas: “El autor de una obra de no ficción está sujeto a un contrato con el lector y por ese contrato se limita a tratar sólo acontecimientos que realmente ocurrieron y personajes que tienen sus réplicas en la vida real; pero no puede embellecer la verdad de esos acontecimientos o de esos personajes (…) La idea de un periodista que invente, en lugar de informar, es repugnante y hasta siniestra”.

Pero el dilema moral que es el centro del libro, y que trata la relación entre el cronista y su entrevistado, queda abierto. Es una lástima que El periodista y el asesino, que tiene traducción al castellano desde 2004 y va por su tercera edición en España, no pueda conseguirse en las librerías argentinas. Como se ve, hay otro tipo de debates que también valen la pena dar sobre el oficio.

(Publicado en lanacion.com)

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La crisis española y el futuro del libro: ¿una nueva conquista de América?

diciembre 6th, 2012 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Luego de décadas signadas por la indiferencia y el desdén, todas las miradas de la industria del libro española vuelven a recalar sobre América Latina. Desde el 2008 y hasta este año, la crisis económica produjo en aquel país una baja en la venta de libros de un 18 por ciento, según las estadísticas de la Federación de Gremios de Editores de España. La facturación descendió un 11,2 por ciento, y el volumen de ejemplares vendidos un 20,3. La salud del mercado del libro (también amenazada por las nuevas tecnologías y los cambios de hábitos de la sociedad), dicen los españoles, está en las exportaciones. Y los números parecen avalar esa idea: México, Argentina, Chile, Colombia, Brasil y Estados Unidos captaron el 73,11 por ciento de las exportaciones de libros de España. “América se convierte en una tabla de salvación”, se sinceró un editor vasco: “Todos estamos mirando hacia allá para ver si, colocando más libros en el mercado americano, podemos aminorar un poco los problemas que tenemos”.

Esta noticia probablemente sea una de las emergencias de un contexto político, económico y social más profundo y complejo, que tiene que ver con el crecimiento de la población hispanoparlante en el mundo. Según datos de Wikipedia, el español es, en la actualidad, la segunda lengua más hablada del mundo por el número de personas que la tienen como lengua materna (tras el chino mandarín), con 420 millones de hablantes nativos. Y superan los 500 millones de personas si se cuentan los que lo han aprendido como lengua extranjera. De todos ellos, 117 corresponden a México, hoy convertido en el decimoprimer país más poblado del mundo. Y otros 50 millones de hispanoparlantes viven en los Estados Unidos, donde el voto latino definió las elecciones presidenciales en favor de Barack Obama.

Con estos números en mente, no es extraño que en España vean al territorio americano como el mercado a conquistar una vez más. Ayudan las economías locales, que resisten medianamente bien los efectos de la crisis europea, e influye también la densidad de la población infantil y juvenil de América Latina, más permeable a fenómenos editoriales de masas como Harry Potter o Las Crónicas de Narnia, que funcionan como combustible de la industria del libro. El enviado especial de la BBC a Guadalajara lo puso de esta manera: “Los promotores de la Feria y los editores coinciden en que la región puede aprovechar la crisis mundial para potenciar su mercado interno, favorecido por el buen rumbo de algunas economías locales, y vender sus autores a países del exterior que también están esquivando la crisis”. Y en el Instituto Cervantes de Nueva York, el escritor peruano Santiago Roncagliolo habló sobre el tema: “Latinoamérica tiene una economía que está llevando bastante bien la crisis. Cada vez se compran más libros, se consume más cultura y, además, no hace falta traducir por lo que tenemos un espacio en común. Si algo bueno ocurre es que va a haber una relación más fluida entre las dos familias del océano”. “La lengua española”, escribe Damián Tabarovsky en un artículo todavía inédito, “se ha convertido en uno de los recursos económicos clave como el petróleo, la agroindustria y la industria armamentística. El idioma, considerado antaño como una riqueza intangible, se ha vuelto un valor cotizable en el mercado. El castellano va camino a convertirse en uno de los commodities del capitalismo global, como ya lo es el inglés”.

¿Podrán las industrias del libro latinoamericanas imponer condiciones frente a este avance? ¿Cómo influirá en el proceso, por ejemplo, las ventas de editoriales argentinas a conglomerados transnacionales que se sucedieron durante las últimas décadas?¿Resistirán los sellos pequeños y medianos de los países emergentes esta potencial invasión de libros españoles? ¿Se impondrá un castellano neutro de exportación que pretenda homologar la lengua en todos los territorios hispanohablantes?¿O será el momento, finalmente, de que se desarrolle una nueva política de traducciones que borre del mapa las horrorosas versiones que suelen llegar de España, y se impulsen otras más ajustadas a las necesidades, los modos y los gustos locales?

(Publicado en lanacion.com)

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Sin apuros y mirando para arriba

diciembre 5th, 2012 · No Comments

Maximiliano Tomas

El ocio es el lujo de los ricos y la condena de los desesperados: al menos en el mundo en el que la mayoría de nosotros vive, que no es otro que el occidental y capitalista. Porque convengamos en que nadie puede llamar verdaderamente “ocio” a ese invento del siglo XX (o a esa conquista de los trabajadores del XIX) que conocemos como “vacaciones”, y que suele tener la forma de quince o veinte días de licencia anuales. Eso, en el mejor de los casos, alcanza apenas para olvidar la rutina de los días: el trabajo, la casa, los hijos, las cuentas pendientes. El ocio, bien entendido, es otra cosa: es no hacer nada y disfrutar de ese no hacer nada, es improvisar un plan sobre la marcha, es sustraerse de la tiranía del tiempo y de las obligaciones. Hay, entonces, un ocio pleno y despreocupado (el de los que tienen las condiciones materiales de supervivencia aseguradas para siempre) y un ocio forzoso (el de los que no las tienen). Con el primero sólo nos es dado soñar: el golpe de suerte (ganar la lotería, ser los descubridores de un invento genial, heredar una fortuna: diversas formas de la imaginación que han disparado grandes historias literarias). El segundo nos acecha, sobre todo si uno es argentino: no hay más que recordar las diversas crisis económicas de nuestra historia. Ahora que lo pienso, poco importa la nacionalidad: ¿quién puede olvidar acaso el grito primal de la canción número nueve del único disco de estudio de los Sex Pistols, con el que la música punk se expandió al mundo (el punk como el género musical de una sociedad, la inglesa en los años 70, ociosa a fuerza de desempleo masivo), y que se llamaba, precisamente, “Pretty vacant” (“Bastante desocupados”)?

La literatura está llena de personajes ociosos. Holden Caulfield, el pequeño héroe de El cazador oculto, que se escapa del colegio primario y vaga tres días por Nueva York solo, perdido, encandilado por las luces de nuevas aventuras: un viaje de iniciación repleto de preguntas disparadas por el tiempo libre y la curiosidad (“¿Dónde van los patos del Central Park en invierno?”). O el personaje principal de la breve novela de Fabián Casas, llamada precisamente Ocio, que pasa el día tirado en la cama, escuchando música, leyendo y recordando a su madre muerta, buscando qué hacer con su vida en un momento por definición crítico como es la adolescencia. O la disparatada amistad de la que tal vez sea la pareja adulta más ociosa de la literatura, imaginada por Flaubert: Bouvard y Pecouchet, que gastan su tiempo y su cada vez más pequeña fortuna pretendiendo aprender y especializarse en diversas artes y oficios, experimentos que acaban siempre en el mayor de los desastres.

Con respecto a la lectura, pensarla solo como una manera provechosa de tramitar nuestro tiempo ocioso es un error difundido (y de ahí las listas de libros “para leer en vacaciones” o “para leer en la playa”, que suelen multiplicarse cada fin de año). Entenderlo de esa manera es quitarle al acto de leer (una decisión que no debería implicar más que placer) toda su potencialidad, y reducirlo a una actividad marginal, para el tiempo libre. Casi como mirar televisión. Los verdaderos lectores saben que cualquier momento es el mejor momento para leer, y lo que hacen es precisamente ver cómo pueden robarle tiempo a las demás actividades (el trabajo, la comida, los viajes, las esperas) para seguir con ese cuento, esa novela, ese ensayo.

Dijimos más arriba: el ocio es de los ricos o de los desesperados. Y el resto (nosotros, nosotros) se la arregla como puede. Por ejemplo, haciendo que los fines de semana valgan la pena. Ahora recuerdo un libro con el que salí algunas veces a jugar al flâneur en esta Buenos Aires del siglo XXI. Se llama Las mil y una curiosidades de Buenos Aires, está firmado por el periodista Diego Zigiotto y se ocupa de responder a preguntas tan diversas como el origen del color de la Casa Rosada, qué es lo que hay en la punta del Obelisco, cuál es la casa más antigua de la ciudad. Trae mapas y está dividido por barrios. No es el único en su género: existe Buenos Aires tiene historia, del grupo de historiadores Los Eternautas, o el clásico Buenos Aires, ciudad secreta de Germinal Nogés. Todos procuran sorpresas y estimulan el salir a caminar las calles de siempre aunque, por una vez, sin apuros y mirando para arriba. Dedicaremos, entonces, esta breve columna a todos ellos: a los ociosos errantes de la ciudad.

(Publicado en el último número de la revista Quid).

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Un viaje al corazón de la(s) cultura(s) hegemónica(s)

noviembre 29th, 2012 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

¿Quién decía que la contratapa de un libro era una “tapa en contra”? Hay raras excepciones: las que el editor Constantino Bértolo escribe para los libros del sello español Caballo de Troya, modelo que Damián Tabarovsky replica para algunas de las ficciones que publica la editorial Mardulce. Por lo pronto, a esta altura nos contentamos con que algunas contratapas no nos mientan descaradamente. Algo así se puede decir del texto que acompaña al fascinante ensayo Cultura Mainstream. Cómo nacen los fenómenos de masas, del sociólogo y periodista francés Frédéric Martel, publicado en mayo de este año en España y que probablemente distribuya aquí, en algún momento, la editorial Alfaguara. Dice así: “¿Por qué triunfan Avatar, Shakira, Spielberg, Mujeres desesperadas, Slumdog Millionaire, Disney, Michael Jackson o MTV? ¿Cómo se fabrican los bestsellers, los discos súperventas y los grandes éxitos de taquilla? ¿A qué se debe el predominio de la cultura estadounidense y por qué está ausente Europa de esta gigantesca batalla cultural a escala mundial? Frédéric Martel ha llevado a cabo una ambiciosa investigación de más de cinco años por treinta países, entrevistando a mil doscientas personas en todas las capitales del entertainment, de Hollywood a Bollywood, de Tokio a Miami, del cuartel general de Al Yazira en Qatar a la sede del gigante Televisa en México. Y su conclusión es inquietante: la nueva guerra mundial por los contenidos ha comenzado”.

Las más de 400 páginas del trabajo de Martel (en su página web figuran glosarios, bibliografía y apéndices que completan y actualizan el libro) no sólo responden estas preguntas, sino que combinan, de una manera poco frecuente, el trabajo de investigación sociológico y la destreza narrativa, componiendo un libro que intimida y cautiva al mismo tiempo. La tesis de Martel, como vimos, es la siguiente: la guerra mundial que se desarrolla en la actualidad es por los contenidos, y se libra a través de los medios, por controlar la información (cualquier parecido con la realidad nacional es, en serio, mera coincidencia: de hecho la Argentina sólo figura en el ensayo de Martel como una de las “culturas dominadas” que importan en lugar de exportar, y que van a la zaga de potencias como Brasil y México). El sistema donde se desarrolla esta batalla es el “capitalismo hip”, un nuevo capitalismo cultural avanzado y global, a la vez concentrado y descentralizado, “una fuerza creativa y destructiva”. ¿Quién maneja, por ahora, el timón de este sistema? Los Estados Unidos, a través de su cultura mainstream, que ha logrado penetrar las culturales de buena parte del mundo (aunque de a poco se despiertan, amenazando su preponderancia, las fuerzas geopolíticas conocidas: los países que integran el BRIC, más el mundo árabe). Pero a pesar de ellos, los Estados Unidos producen todavía una “diversidad cultural estandarizada” completamente exitosa, a través de su industria del entretenimiento (el cine, la música, la televisión, las editoriales y el desarrollo de contenidos en Internet), con la que logran exportar su modelo y seguir creciendo, a un ritmo del 10 por ciento anual, frente al declive de otras culturas en en franca decadencia como la europea.

Para sostener su hipótesis, Martel se traslada al verdadero corazón de la industria del espectáculo estadounidense, viajando a lo largo de cinco años y manteniendo cientos de entrevistas (el francés desestima para su investigación toda fuente de segunda mano). Habla tanto con los directivos de Hollywood, sus lobbystas y los funcionarios que construyeron la cultura hegemónica americana durante el siglo XX, atemorizados y en retirada, desorientados por la proliferación de las nuevas teconologías, como con los jóvenes que hoy, en Brasil, Asia o los países árabes, tomaron la posta y construyen lo que será la cultura del futuro, mezcla de entretenimiento y flujos de contenidos, borradas para siempre las fronteras de lo “alto” y lo “bajo” (para referirse a este fenómeno Martel ya no utiliza la expresión “industrias culturales”, sino “industrias de contenido” o “industrias creativas”).

La conclusión provisoria, se dijo, es que hay un solo gigante que vende masivamente a todo el mundo sus contenidos: Estados Unidos concentra hoy el 50 por ciento de las exportaciones de este tipo. Pero quizá más interesante que estos datos, de los que el libro está repleto, es el viaje mismo que Martel emprende para llegar a esos resultados, a través del cual se traslada al pasado y reconstruye, desde el presente, fenómenos sociales nuevos. Ahí están los multicines, alrededor de los que en los Estados Unidos se crearon nuevos conglomerados urbanos como los exurbs. También hay una descripción pormenorizada del funcionamiento actual de la industria del cine hollywoodense, cada vez menos dependiente de los estudios. O del nacimiento de las discográficas, los géneros musicales, la invención de la música pop (y los laboratorios que construyen las carreras de las figuras internacionales) y la pelea contra la piratería.

Finalmente, la primera parte del libro cierra con la encrucijada que enfrentan hoy los medios de comunicación impresos. A través del análisis de las carreras de tres figuras de la crítica y la cultura popular como Pauline Kael, Tina Brown y Oprah Winfrey, Martel elabora una acerca de las razones de la lenta desaparición de la figura del crítico cultural (ya sea musical o literario): “El crítico ha dejado de ser un juez y se convirtió en un transmisor. Antes era un gatekeeper, un guardián de la frontera entre el arte y el entertainment, y un testmaker, el que definía el gusto. Ahora es un mediador del entertainment o un trendsetter, el que decide la moda y el buzz acompañando los gustos del público”. O, como lo explica Joe Hoberman, crítico de cine del Village Voice: “Hoy el crítico es un consumer critic: como el crítico automovilístico o gastronómico, le dice al consumidor cómo gastar bien su dinero en la cultura. Mientras que ayer el crítico estaba al servicio del arte”. Un diagnóstico que suena tan certero como, en buena medida, desalentador.

(Publicado en lanacion.com)

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Herzog, Wiseman y un festival de cine del siglo XXI

noviembre 23rd, 2012 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

“Viajen a pie, el mundo se deja comprender para los que caminan. Esto tiene mucho más valor que pasar cuatro años en una escuela de cine. Manténganse alejados de los Estudios. La Academia es el enemigo. Va a matar sus instintos. En lugar de ir a la escuela trabajen como chofer de taxi o como guardaespaldas en un club porno, hagan lo que sea para ganar el dinero para hacer películas. Pero sobre todo lean. Tienen que leer. Lean y lean y lean. Pero no teoría del cine: lean poesía, libros que enseñen sobre la profundidad del mundo. Si no leen, nunca serán cineastas”. Pasadas las diez de la mañana de ayer y desde Río de Janeiro, el director alemán Werner Herzog ofreció una Clase Magistral sobre el oficio de cineasta y acerca de su propia obra. Lo hizo en el marco del Festival de Cine Fundación Mapfre, que se desarrolla desde el 21 y hasta el 25 de noviembre en cinco ciudades en simultáneo: Río, Madrid, Ciudad de México, Bogotá y Buenos Aires. Las sedes centrales van rotando todos los años y esta vez le tocó a Brasil. Pero en Buenos Aires, las dieciséis películas del festival se proyectan en la Sala Leopoldo Lugones hasta el domingo.

Estaba previsto que la charla con Herzog, autor de ficciones y documentales inolvidables como Fitzcarraldo, Aguirre. La cólera de Dios, Grizzly Man o Encuentros en el fin del mundo durara una hora y media. Pero el alemán, con su carisma habitual, habló bastante más de dos horas. La conferencia podía seguirse en directo en la Web, a través de la página del festival. Herzog contestaba todas las preguntas, y proyectaba fragmentos de sus películas para ejemplificar sus palabras. Tocó temas sensibles, como el de la ética a la hora de realizar documentales: “La frontera ética siempre tiene que existir. Sólo que no sé dónde está y no puedo enseñárselas yo: hay que encontrarla. Sé que jamás filmaría, por ejemplo, una ejecución, ni por todo el dinero del mundo. Y que en Internet hay cosas que no deberían aparecer, como decapitaciones o pornografía infantil”. Polémico como siempre, agregó: “Algunas veces incluso estaría a favor de la censura. Sólo que el único censor en el que confío soy yo”. “¿Qué busca a la hora de hacer documentales”, preguntó alguien del público. “Intento articular un éxtasis de verdad, algo que nos ilumine. Hacer que la gente salga del cine con algo que haga su mundo más rico”, dijo.

Al margen de la simultaneidad de las actividades, los organizadores tuvieron una idea verdaderamente inteligente: la de crear una sede virtual para el festival. Por dos dólares y medio cualquiera puede ver la película que quiera en su computadora, tablet o teléfono, y por unos doce adquirir el contenido completo de la programación. Entre esas películas se encuentra Crazy Horse (2011), la última obra del que tal vez sea, junto a Herzog, el mayor documentalista de la actualidad: Frederick Wiseman. Si Herzog atraviesa con sus opiniones (y hasta con su cuerpo) las historias que cuenta, Wiseman es el voyeur por excelencia: pasa meses trabajando sus temas hasta que se hace invisible para sus personajes, y es por eso que accede a escenas de una intimidad asombrosa. En sus más de treinta películas Wiseman filmó hospitales públicos, parques, escuelas secundarias, y puso su mirada sobre temas como la violencia doméstica y el mundo del boxeo. En 2009 dirigió un documental bellísimo, La Danse, sobre el cuerpo de baile del Teatro de la Opera de París. Ahora, en Crazy Horse, sin moverse de aquella ciudad, entrega un retrato sobre uno de los shows de desnudos más famosos del mundo, lo que podría ser una perfecta versión erótica de aquella película sobre ballet.

Pero lo que Wiseman nos muestra (además de una sucesión de desnudos maravillosos) es que las bailarinas del Crazy Horse son extremadamente pudorosas, tanto que evitan rozarse mientras bailan. Que son detallistas al extremo con su ropa y maquillaje, que además saben cantar, o que disfrutan de juntarse a ver videos de caídas, golpes y errores de bailarines de danza clásica. El espectador asiste con la cámara a la trastienda de la confección de la coreografía y los decorados de los espectáculos, de la iluminación, el vestuario, y hasta de las peleas internas entre el director creativo, los dueños y los accionistas del lugar. A Wiseman le fascina la danza en general, y la fantasía que ella puede generar (aquí registra los ensayos y hasta cuadros completos del show), pero no se olvida de la maquinaria que hace que todo eso funcione, y cómo el dinero y los celos profesionales pueden destruir cualquier propuesta artística.

Hay algo más que une las obras de Herzog y Wiseman, y es la dificultad que suele existir para acceder a buena parte de ellas. Sus seguidores tienen que buscar aquí y allá, y conocen sólo fragmentariamente esas extensas filmografías. Son problemas que, como vemos, en la actualidad pueden resolverse al menos en parte. Siempre y cuando haya alguien con una buena idea, como la que tuvieron los creadores de este festival.

(Publicado en lanacion.com)

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Reflexiones en torno a la biblioteca de Marilyn Monroe

noviembre 15th, 2012 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Todo parece susceptible de ser convertido en mercancía o en fetiche, incluso una actividad tan personal e íntima como la lectura. De un tiempo a esta parte se multiplican en Internet los sitios que recopilan fotos de mujeres leyendo, y que proponen al acto de leer como una actividad deseable. No seré yo quien niegue la sensualidad de algunas de esas imágenes ni, mucho menos, el placer de la lectura: el problema es que estos espacios proponen a la lectura como una tendencia, como una nueva moda. Llevan nombres como Reading is the new sexy, Women reading y The lady is still reading. Se trata, en general, de mujeres retratadas sin saberlo en lugares públicos, o posando con un libro en la mano (estas últimas siempre al borde del ridículo, como los escritores que fuman o impostan seriedad en la solapa de sus libros). Gente en general anónima, aunque entre las múltiples galerías siempre termine emergiendo un rostro conocido: la imagen de Marilyn Monroe leyendo (no sería extraño pensar, incluso, que fueran estas fotografías las que inspiraran muchas de estas páginas). Una rápida búsqueda y aparecen decenas de fotos de la actriz inmersa en la lectura: Marilyn leyendo a Heinrich Heine; Marilyn leyendo a quien sería su tercer marido, el dramaturgo Arthur Miller; Marilyn leyendo Hojas de hierba en la cama, En busca del tiempo perdido durante una pausa en una filmación, el Ulises en una plaza.

Hace un tiempo la editorial Seix Barral publicó Fragmentos. Poemas, notas personales y cartas, un libro con papeles encontrados de la actriz, ilustrado con muchas de estas fotografías y prologado por el escritor italiano Antonio Tabucchi: “Dentro de ese cuerpo, que en ciertos momentos de su vida Marilyn llevó como quien lleva una maleta, habitaba el alma de una intelectual y de una poeta que nadie sospechaba”, escribe entusiasmado. Y agrega: “Marilyn, ahora lo sabemos, era una persona culta. No sólo escribió poesía, también leyó mucha poesía. En este libro aparecen numerosas fotos que la sorprenden con libros en la mano, o en compañía de grandes poetas de la lengua inglesa como Carl Sandburg o Edith Sitwell”.

La aparición de una nueva biografía sobre la actriz, Marilyn: The Passion and The Paradox, volvió a reflotar una discusión que parece fascinar a los estadounidenses: ¿era Marilyn una persona verdaderamente inteligente? Se trata, por supuesto, de una pregunta retórica. Pero lo que puede asegurarse (más allá de los testimonios gráficos, que lo único que evidencian es que Norma Jean Mortenson pretendía desmarcarse de la enorme carga que conllevaba ser la maravillosa Marilyn Monroe) es que en apenas treinta y seis años Monroe había logrado conformar una biblioteca nada desdeñable. El Huffington Post publicó un artículo que mostraba algunos de los títulos que había en los estantes de su casa. Pero ésa es apenas una pequeña porción de los más de cuatrocientos volúmenes de filosofía, ciencias, religión, literatura, teatro y cocina que encontraron al momento de su muerte. De ellos, hay al menos 250 que fueron catalogados, y ahí figuran libros de Dostoievsky, Edmund Wilson, William Blake, Henry James, Graham Greene, Oscar Wilde, Gustave Flaubert, Stendhal, Emily Dickinson, Dorothy Parker, Malcolm Lowry, William Faulkner, Dylan Thomas, Samuel Beckett y Ernest Hemingway. No importa cuántos de ellos haya llegado a leer: en materia de literatura, la actriz no parecía estar desorientada.

Ahora: ¿era Marilyn Monroe una gran lectora? Sólo sabemos que, por placer o por inseguridad, le gustaba mostrarse como tal. Lo que tal vez no imaginó era que nada de eso hacía falta: la lectura no es alquímica, no convierte de por sí a una persona en alguien más inteligente o sensible (y ella lo era más allá de cualquier novela o ensayo). Asociar la lectura a la adquisición inmediata de cierta sabiduría u hondura intelectual implica otorgarle una funcionalidad, lo que reduce su potencia como acto. Claro que los libros pueden hacer mejor a una persona, o ayudarla a desarrollar una mirada propia sobre el mundo, pero sería demasiado ingenuo pensar que el solo hecho de multiplicar la cantidad de lecturas alcanza para convertir a cualquiera en un sabio. Es una creencia tan errónea como difundida (y es lo que sucede, por ejemplo, con los sitios mencionados más arriba). Otra prueba del mismo equívoco es el prólogo de Tabucchi, que pretende elevar a Marilyn Monroe a la categoría de poeta, cuando no hay nada en sus papeles que lo demuestre. Ese halago esconde, al mismo tiempo, un prejuicio intelectual: como si portar una belleza deslumbrante y ser una buena actriz no alcanzara, no tuviera valor, no fuera suficiente.

(Publicado en lanacion.com)

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