El fútbol insiste en querer alejarse de mí: como ciertos sueños, como la fe. Primero fue un corte de varios cenímetros en la ceja izquierda, ahora es una fractura en el pie (al menos aprendí una palabra nueva: avulsión; “fractura por avulsión”). Pero le seguiré dando batalla. Mientras tanto, me voy a leer este artículo que me manda una amiga con sutil malicia.
“La basura representa, desde el comienzo, el costado patológicamente violento de la cultura argentina. En Viñas, en Dar la cara, Pelusa y Beto intentan su primera relación sexual en un incinerador. El escenario de Operación masacre de Rodolfo Walsh (y los fusilamientos que ese libro investiga) son los basurales de José Leon Suárez. La dictadura militar –como todo régimen genocida– debió decidir, además de cómo matar, qué hacer con los restos de la matanza, con los cadáveres: tirarlos al río, embolsados, o emparedarlos en las autopistas que comenzaban a atravesar Buenos Aires en la década del setenta”.
En general, las fotos de Mapplethorpe me dejan bastante indiferente. ¡Pero qué linda era Patti Smith! Creo que esta sola foto amerita darse una vuelta por el Malba, ¿no? Hay tiempo hasta el 2 de agosto.
“He aquí una ventaja de la que ha de disfrutar aún por mucho tiempo la tradicional industria editorial: el poder objetivador que -en cuanto objeto él mismo- posee el libro. Antes que un fenómeno residual, la proliferación de pequeñas editoriales podría ser el modo en que, al menos en una determinada franja, la industria editorial se adapta a públicos cada vez más sutiles y segmentados, y a un tipo de demanda que, tanto como de los lectores, procede de los propios escritores, más que nunca necesitados de pequeñas estructuras capaces de conectar, sin un coste demasiado elevado, con su potencial comunidad de seguidores.
Un observador malintencionado podría recordar aquí lo que se conoce como vanity press: editoriales especializadas en dar curso a los originales que les mandan autores dispuestos a pagar por ello. Pero no se trata de eso, dado que en las microeditoriales interviene decisiva y saludablemente, a modo de filtro, la vanidad del propio editor, que suele poner su celo en reconocer y en captar tendencias emergentes y gustos glamourosos, y apuesta por su propia aptitud para compartirlos y promoverlos, no sólo a cuenta del negocio que ello pueda entrañar sino del prestigio que conlleva. Aquí también, el paradigma viene a ser el del disc jockey: no mola tanto hacer música como saber pincharla”.
Ignacio Echevarría analiza el fenómeno de la multiplicación de editoriales independientes en España.
Para todos mis amigos catalanes que quedaron en Barcelona, este texto de Ramón Chao (el padre de Manu): vaya un saludo desde Buenos Aires.
“Me gustan los catalanes porque a lo largo de su historia acogieron e integraron a íberos, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, judíos, árabes y toda clase de charnegos y sudacas, sin conocer los problemas que afectan ahora a Francia; es un ejemplo.
Me gustan los catalanes porque ya el 7 de abril de 1249 (uno va hacia Matusalén) el rey Jaime I nombró a cuatro prohombres de Barcelona (los paers) para dirimir los conflictos de la ciudad sin violencias ni reyertas. Esos hombres sabios, que pasaron a cien en 1265, (el Consell de
Cent), iniciaron el sistema del gobierno municipal de Barcelona. Gracias a ellos reinó allí la concordia, y antes de empuñar las armas prefirieron siempre emplear la razón.
Me gustan los catalanes porque en toda su historia no han ganado ni una sola guerra, y encima les da por conmemorar como fiesta nacional una de
las batallas que perdieron en 1714 a manos de las tropas de FelipeV de Borbón. Cataluña había dejado de ser una nación soberana. Desde entonces, cada 11 de septiembre muchos catalanes y catalanas, como hay que decir ahora, se manifiestan para reclamar sus libertades.
Me gustan las catalanas porque una de ellas, joven y bien plantada por cierto, no vaciló en pegarse a mi espalda durante cuatro días en el asiento
trasero de una vespa cuando recorrí la península en pos de Prisciliano.
Me gustan los catalanes porque tienen de emblema un burro tenaz, trabajador y reflexivo, muy alejado del toro ibérico cuyas bravas y ciegas
embestidas lo abocan la muerte. Estos animales son de una raza registrada, protegida, y prolíferos sementales. Al igual que el cava, se exportan a numerosos países para mejorar la especie autóctona, como a Estados Unidos, donde crearon el Kentucky-catalan donkey . Y allí no piensan, ni mucho menos, en boicotearlos.
Cierto es que en el carácter catalán confluyen las virtudes del asno. Pero los rasgos diferenciales no se limitan a los de este cuadrúpedo. La población
catalana se define por una doble característica : el seny y la rauxa. El seny implica sabiduría, juicio mesurado y sentido común. Tenía seny aquel catalán que iba en un compartimiento de un tren al lado de la ventanilla. Tiritaban de frío y los otros pasajeros le pidieron que la subiera: ‘Es igual’, contestó a varias solicitudes, hasta que un mesetario se levantó furioso y alzó la ventanilla… ¡cuyo cristal estaba roto! ‘Es igual’, volvió a repetir el buen hombre con toda su santa cachaza.
Al seny le responde la rauxa, asimilable a la ocurrencia caprichosa, la boutade (frase ingeniosa y absurda). Cuando de joven y surrealista Dalí iba
en el metro y veía a un cura con sotana, le decía: ‘Siéntese, señora’. La alianza de estas dos facetas en un solo individuo forma el carácter catalán, que se comunica, se comparte y se aprecia. El otro día al regresar a París en avión desde Barcelona quise ayudarle a un pasajero, dada la exigüidad del espacio, a ponerse el abrigo: ‘No, por favor, no se moleste, que bastante trabajo me cuesta a mí sólo’.
Pero lo más refinado lo percibí en el taller del ceramista Artigas. Él y Joan Miró estaban trabajando en el mural del aeropuerto de Barcelona. Le pedí a Miró que le dedicara una lito a mis hijos. Puso: ‘Para Manu & Antoine, afectuosament’. Cuando la vio Artigas hizo este parco comentario: ‘Te lo escribió en catalán para ahorrarse una letra’.
Me gusta Cataluña porque allí, según Arcadi Espada, don Quijote recobró la razón, sin duda contagiado por el seny . Me hubiera dado mucha pena que el Ingenioso caballero muriera loco.
Me gusta Cataluña en fin y sobre todo porque uno de mis hijos eligió su capital para vivir en ella por ser una ciudad abierta, tolerante y discreta.
Ramón Chao (Músico, escritor y periodista, padre del cantante Manu Chao y Caballero de las Artes y las Letras por el gobierno francés.)
Juan Maisonnave leyó, también en Hermano Cerdo, un largo ensayo sobre la “pretenciosidad de la prosa literaria estadounidense”, a cargo de B.R. Myers. Y nos pasa el link para pegarle una mirada.
Por el amigo AJM (¡te esperamos en Buenos Aires!) me entero de que en la página Hermano Cerdo se acaban de despachar con un dossier sobre el cuento norteamericano contemporáneo. Afortunadamente, no conozco casi ninguno de los nombres que aparecen allí, con lo que inspeccionaré con curiosidad. La página, acá.
Un amigo es alguien que viaja a China y te trae una colección de fósforos con iconografía maoísta, un encendedor rojo con la cara de Mao, un imán para la heladera con la efigie de Mao, y unas cartas de póker con fotos de Bruce Lee. Gracias, Gonza. (Habrá una de las tantas cajitas para Falco, para Terranova y para Bértolo, porque sé que las van a atesorar con cariño).
“Hace años que no puedo escribir cuentos. Yo escribía veinte cuentos por año, después diez, después cinco, después uno, después uno cada cinco años. En economía, eso se llama rendimiento decreciente. Perdí el oído para los cuentos, pienso algo y si lo empiezo a escribir me entra justo en una novela. Es otro género, otra actitud. En la novela uno se puede permitir escribir pensando qué hay que poner. En un cuento no: si pensás que tenés que poner, sonaste, no terminás el cuento nunca más. El cuento se escribe al dictado”.
Ignacio Echevarría volvió a escribir, desde enero y cada quince días, en El Cultural de El Mundo, después del corto aliento de “Gatos ensartados”. Lo mejor es que ahora tiene sección propia, no depende de nadie y se mete de lleno con los escritores y el oficio de escribir. Se llama “Mínima molestia” y acá están todos los artículos hasta el día de la fecha.
Una de las imágenes que certifican que el célebre escritor y científico argentino-estadounidense estuvo de gira por Madrid y Barcelona, presentando las ediciones de sus últimos libros, y fue acosado por fans de todas las latitudes (con el AVE que lo trasladó, de fondo).
Si algo le faltaba a Barna para ser la ciudad más linda del mundo era la nieve. Las fotos son de mi amiga Paula Alonso. Ah, y saludos a la familia en Carrer Villarroel, y también a Fogwill, que anda dando vueltas por ahí.
¿Hablamos de tu trabajo editorial? ¿Cómo fue la experiencia de editar? ¿Ya habías editado antes?
No. No quise nunca. Me habían ofrecido dos veces el trabajo de editor y dije que no porque los editores son puentes y le roban a los autores, cosa que sigo pensando. Yo estaba dirigiendo Ciudad Abierta y el canal ya estaba en crisis porque sabíamos que Telerman nos iba a echar. Me llama Fogwill -entré en Interzona en buena medida por Fogwill- y me cuenta que Damián Ríos se estaba yendo. Le volví a decir “jamás voy a ser editor, es como ser policía” y Fogwill me dijo “mirá, si te lo estoy ofreciendo yo, que soy el tipo que le hizo juicio a todas las editoriales, es porque acá es otra cosa”. Fogwill me hizo el link para que tuviera una entrevista, después los dueños de Interzona entrevistaron a otros, al final me llamaron y acepté. Fue una experiencia extraordinaria. Por eso seguí trabajando de editor. Fue una gran experiencia intelectual y personal, en todo sentido.
-No existen en otros lados. Ahora estuve en México: los suplementos culturales –si es que los hay- son paupérrimos. El único diario argentino que decidió no tener suplemento es Crítica porque Lanata es, entre otras cosas, un personaje profundamente antiintelectual y supone que los suplementos culturales son nidos de gente de Puán, barbudos que no laburan, que son complicados; es un clásico escritor de Literatura de izquierda: de mercado, pero que defiende la izquierda. Hay una vieja tradición argentina que supone que los suplementos dan prestigio, pero eso aplica a Página/12 y a Perfil. Ñ rompe el mercado porque hay que pagarlo: ya no solamente hay prestigio sino lo que están diciendo es que queremos que sea rentable, queremos que sea popular, ya es otro registro. Es un país extraordinario la Argentina, tanto debate, tanta gente escribiendo. Yo recuerdo un artículo de Caparrós en la contratapa de Página/12 hace quince años preguntándose lo mismo que vos. Casi cínicamente: para qué existen los suplementos culturales. Mejor que estén: yo los compro todos, los leo todos.
Una amiga se fue a San Francisco, California, y en el medio de un cruce de calles sacó esta foto, que no está trucada (aunque yo veo algunas cosas raras en el cielo y la trama). Gracias, Eugenia.
–No sé, es rarísimo. En la Argentina hay un cementerio como el de Recoleta, que si algo hace es celebrar la muerte, no negarla. La negación de la muerte en nuestra cultura es parte de la esquizofrenia de las ciudades. Si vas a los cementerios del norte, están totalmente integrados con la sociedad. En cambio, acá escuchás “no me hablen de eso, qué horror los cementerios” y te encontrás con los monumentos más espectaculares. También tiene que ver con algo que llamo “el miedo a morirse capitalista”; hay una cosa de juventud eterna, de cirugías estéticas, de consumo sin fin, de agotamiento de recursos, como si las cosas no se fueran a terminar. Pero se terminan. Esta es una teoría que se me ocurre recién: negar la muerte tiene que ver con el consumo sin fin. Si te vas a morir, ¿para qué querés todo esto?… no te lo vas a llevar a la tumba. Una condición necesaria de cambiar un auto por año es pensar que no te vas a morir en el auto, me parece…
Y resulta que recién ahora me entero por el diario de que estoy viviendo en la misma calle (la 57), a apenas una cuadra, del edificio donde vivió Salinger en Manhattan antes de tomarse el palo y recluirse hasta su muerte. Como la mayoría de las construcciones de esta parte de la ciudad, el edificio no dice mucho por afuera. Pero entiendo la obsesión del muchacho acerca de dónde van los patos del parque en invierno, porque acá está nevando y el Central Park está acá a pocos pasos, todo teñido de blanco. Pero ayer, caminando por el borde del lago, di con la respuesta: los patos no se van, se recluyen a un costado, todos juntos, batiendo las alas y moviendo las patas, tratando de que esa pequeña porción de agua no termine de congelarse. ¿Qué hacen los patos en invierno, entonces? Lo que hacen todos en esta ciudad infernal: trabajan, y trabajan, y trabajan.
-¿Ahora su interés por lo real se inclinó hacia la conexión con las ideas?
-Sí, pero es algo que descubrí hace unos diez años. Hay un modo en que lo real extraliterario se organiza bajo la estructura de un relato. El sufrimiento tiene una lógica narrativa; hay ciertos hechos cuya sintaxis es propia de la novela, hechos puros y crudos; lo cual no quiere decir que la gente viva sus vidas de manera vicaria, imitando la estructura de las novelas. Pero de algún modo eso acontece. Uno de los problemas del arte contemporáneo es que hay libros que sólo se justifican por la idea que los arranca de la nada. La idea que convierte a esta novela en algo más que en un juego, aunque está completamente basada en un juego, es que el arte infinito de la combinatoria puede producir una revelación que otorga sentido a la experiencia de la lectura. Y eso es la literatura, ¿no?
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