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Apotegmas, aporías, aforismos y breves apostasías literarias

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Entries Tagged as 'El oficio de escribir (sobre periodismo)'

El dinosaurio Bernardo

Junio 16th, 2008 · 1 Comment

Para hacerse el loco hay que, fundamentalmente, saber del tema del que se va a escribir; además, escribir bien; y si es posible, tener sentido del humor.

¿Un buen ejemplo? La necrológica de Neustadt, by Cicco.

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¿Cómo era eso del universo y la estupidez humana?

Junio 14th, 2008 · 5 Comments

“No muy lejos de aquel lugar está una de las librerías más nuevas de Palermo y una de las más coquetas de país: Eterna Cadencia. Una chica de pelo corto y sonrisa seria, que atiende las mesas, me dijo que el local suele ser frecuentado por escritores jóvenes argentinos. Lo dijo así, “escritores-jóvenes-argentinos”, y mientras lo deletreaba, una flaca, sentada a dos metros y que parecía poeta, escribía versos en su cuaderno Muji.

-Aquí hacen muchas presentaciones y hay talleres varios días a la semana, con mucha gente joven -dijo la chica de las mesas, y me pasó un folleto con actividades. En el programa y en el historial reciente de la librería se ve mucho de la autollamada Joven Guardia. Hay un taller semanal de Diego Grillo Trubba, hace poco explicó su propia obra Pedro Mairal, se destaca bastante el último libro de Juan Terranova y, sin ir más lejos, fue en esta librería donde el grupo posó para la foto de su primera nota como generación oficial.

El Palermo Joven Guardia queda en Honduras, entre la línea del tren y Fitz Roy. El Canal América 2, la señal que transmite una seguidilla de programas con chimentos del espectáculo, está en el corazón de Palermo Joven Guardia.”

Ay, esos cronistas a los que les encanta hacerse los vivos…

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¿Por qué será

Junio 13th, 2008 · 4 Comments

que visitando y leyendo blogs que suelen reflexionar con vehemencia sobre la crisis de los medios impresos y la influencia creciente del periodismo virtual, ciudadano, o demás sandeces, me da la impresión de que al mismo tiempo esos blogs (con sus resúmenes, sus agendas, sus listas de presentaciones y novedades) se están pareciendo, cada vez más, en una mímesis tan evidente como, al parecer, inconsciente, a los medios tradicionales a los que suelen criticar?

¿No era que los blogs estaban para ofrecer otras cosas: una mirada distinta, fresca, independiente, para construir una agenda propia, para plantear debates que no pueden tener lugar en otros espacios?

¿Es responsabilidad de los blogs generar sentido, o sólo hacerse de un espacio público que los medios tradicionales pierden por inoperancia y temor al cambio?

Evidentemente, ni una cosa ni la otra (la agonía de los medios impresos, la independencia irrefrenable de los blogs) son del todo ciertas, y nadie tiene todavía demasiada idea de lo que debería o no debería hacerse con los blogs, al menos con los blogs periodísticos. Los blogs se van pareciendo cada vez más a páginas webs personales, espacios de enunciación individuales, que uno lee si, y sólo sí, le interesa lo que el autor del espacio pueda decir sobre algo. 

Y, no se puede inventar la pólvora todos los días.

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Un trato con Gabo

Mayo 10th, 2008 · 2 Comments

Usted tiene que escribir esa historia, me dijo: yo la quiero leer. No sé de dónde saqué el coraje, pero le respondí que podíamos hacer un trato: yo escribo la historia si usted se decide a viajar, de una buena vez, a la Argentina. Gabriel García Márquez es un tipo supersticioso: Cien años de soledad se publicó en Buenos Aires en 1967 y fue un suceso mundial. Fue entonces que decidió no volver al país, para no cortar la racha. “Pero hombre…”, contestó, y no dijo más. Así que esto es, si se quiere, el pago de la primera parte de la deuda que contrajimos aquella vez, en enero de 2006, en un aula de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en Cartagena de Indias, Colombia.

 

Un minuto antes, mientras me recuperaba de la sorpresa de verlo entrar por la puerta del aula, Jaime Abello, director de la FNPI, me señaló y dijo: “Cuéntale, Maxi, cómo es eso de que trabajaste en un diario que tuvo más números de prueba que en la calle”. Así que intenté explicarle que era cierto, y que siete años después formaba parte del relanzamiento del mismo diario. Luego él me dijo que escribiera esa historia, que la quería leer. La historia es la que sigue.

 

Empecé a trabajar en PERFIL como redactor de Turismo en 1998. Duré poco más de veinte días. Mi jefa decidió echarme, aunque nunca me explicó las razones. Lo extraño fue que, gracias a las recomendaciones de Miguel Wiñazki y Jorge Fernández Díaz, y el entusiasmo de Daniel Capalbo, a los dos días estaba trabajando de nuevo, pero para la sección Policiales. Cuando el primer número salió a la calle yo estaba en Punta Alta, cubriendo el caso de una maestra de escuela primaria que había mantenido un romance con uno de sus alumnos. Conseguí las cartas de amor que ella le había escrito, y la nota fue tapa. Semanas después, cuando volví a Buenos Aires, me duplicaron el sueldo. Con 22 años, disfruté de la omnipotencia de una redacción como la que tenía PERFIL en 1998 todo lo que duró: un par de meses más. Conocí a periodistas enormes e hice algunos amigos.

 

Y esa fue mi corta experiencia en aquel diario: un despido, una cobertura, la emoción de la primera tapa. Luego pasaron los años, y el 2005 me encontró de nuevo ahí, aunque más viejo y en otro lugar. Pero esa es otra historia. Ahora puedo publicar esta nota, mandarla por mail a Cartagena, y esperar que en la otra punta del continente alguien la lea y decida cumplir con su parte del trato.

 

(Publicado en el suplemento homenaje por los 10 años del diario Perfil, el sábado 10 de mayo de 2008).

 

 

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En este país no sabemos usar las palabras

Abril 10th, 2008 · 2 Comments

Por Osvaldo Aguirre*

Hace quince años, cuando comencé a trabajar como periodista fijo en un diario, creí alcanzar la situación ideal para un escritor. Yo venía de estudiar Letras y tenía muy bien leídos, entre otros, a Fray Mocho, Roberto Arlt y Rodolfo Walsh. Escritores que se habían consagrado a través del periodismo, o que habían encontrado en el periodismo un ámbito de aprendizaje para el propio oficio de escritor. Cuando supe que me asignaban a la sección policiales, mi entusiasmo aumentó. Los verdaderos suplementos literarios, pensaba, eran las secciones de noticias policiales, porque allí se encontraban cada día historias, situaciones, personajes que parecían de ficción o que muy bien podían ser el tema de las ficciones que ambicionaría cualquier escritor. Aquello era mejor que esperar diez años para ser jefe de trabajos prácticos en una cátedra de la facultad, o que sacar número y ponerse en la cola de los que gestionaban una beca en el Conicet.

Mi primer jefe fue un veterano que vivía no tanto del recuerdo de su pasada gloria como de la gloria de su padre, un periodista del diario Crítica de Natalio Botana que incluso aparecía mencionado en 100.000 ejemplares por hora, las memorias de Roberto Tálice. No le faltaba mucho para jubilarse y trataba de hacer las cosas bien. Un día me explicó cómo retocar los cables de las agencias de noticias. Nada especial, apenas dónde usar negritas y cursivas y una norma: “para nosotros, hoy es ayer, y mañana es hoy”. Al siguiente me recomendó escribir en condicional, para protegerme y proteger al diario de eventuales demandas legales, y luego, que yo recuerde, no se preocupó por enseñarme nada más. Esto hizo, en parte, que le tomara cierto afecto; las afirmaciones de saber, sobre todo en el ámbito periodístico, son más bien las que me resultan insoportables. Creo que él también me apreciaba, hasta que publiqué en una crónica de no ficción algunos recuerdos de aquella redacción: no debería enojarse, el periodista es una persona relativamente confiable, en el sentido de que puede publicar lo que uno diga, sin que medie la situación formal de una entrevista. Por otra parte, pude aprender algunas cosas al observar cómo se manejaba con los policías que a diario llegaban a su oficina o llamaban por teléfono, con los jueces que enviaban sus sentencias para que se publicaran y con los encargados de prensa que aparecían cuando alguna publicación desfavorecía a una empresa o a un funcionario. No fueron cuestiones de estilo ni de sintaxis pero sí de ver el mundo, digamos, pequeño pero mundo al fin, y de apreciar cómo funcionaba el periodismo.

Pronto supe cómo escribir una crónica. Es decir, tuve a mi disposición un amplio repertorio de estereotipos, giros y estructuras repetidas una y otra vez sin conocer el cansancio, el arsenal de adjetivos con que un cronista policial diríamos clásico trata de sacudir al lector. Tardé un poco en darme cuenta que no querían un escritor sino un periodista. Pero al fin supe que en la crónica policial la información circula a través de formas particulares. El rumor y el dossier, la denuncia, entre otras, cobran en sus páginas una importancia que no se verifica con la misma intensidad en el resto de los géneros periodísticos. Su insistencia tiene una razón poderosa: funcionan como dispositivos de narración. El relato de los sucesos se construye en un equilibrio inestable entre lo que aparece expuesto y algo que no se manifiesta, o que apenas asoma a la superficie y por su mismo carácter velado parece asumir múltiples significados y determinaciones. Si hay algo que interesa al público es conocer aquello que resulta difícil de captar, que existía de modo inadvertido y emergió repentinamente, de modo indirecto, disfrazado como un sueño, a través de un crimen, un asalto, una situación límite. El rumor y el dossier, la edición del prontuario, responden a esa demanda de saber. Son, se supone, los instrumentos que permiten formular la faz oculta de los acontecimientos, extraerla del silencio; son, se supone, llaves para develar secretos y vencer los designios de los poderosos y los grandes criminales, recursos para exponer los rostros y los hechos que eluden la publicidad.

Pero el rumor y el dossier no necesariamente sirven para despejar una eventual confusión. Si bien contienen información, es conveniente examinar con cuidado el alcance de esos datos. La eficacia del rumor y el dossier se mide más bien por sus fallas: cierta indefinición, una incógnita que necesariamente los lleva a repetirse, y en consecuencia a modificarse. Su misma concepción señala el peso que asume la ficción en esas construcciones: el rumor y el dossier son el taller de las versiones falsas, las mentiras divulgadas a conciencia, los errores que no se corrigen porque quedan sancionados como hechos ocurridos.

Supe que la frase condicional que me recomendaban es la forma donde suele introducirse el rumor, donde el rumor se disfraza como tal y adopta las máscaras del trascendido, de la hipótesis, del interrogante. Algo que no puede ser afirmado de modo pleno, porque faltan elementos que acrediten su verdad o porque no hay una voz de autoridad dispuesta a enunciarlo. Pero mientras tanto funciona. Se dice, se publica, circula. Y realimenta la rueda, genera otros rumores y parece confirmar los preexistentes, contribuye así a disimular su escasa consistencia informativa.

El dossier, la denuncia, en principio, impresionan como lo contrario del rumor. Si lo que arrastra la corriente del rumor puede carecer de sujeto, confundir referencias de distintos acontecimientos, aunque no por eso deja de predicarse a propósito de cierto sujeto y de cierto acontecimiento, el dossier constituye un discurso cerrado y sin fisuras. En apariencia preciso y minucioso, incluye fechas, nombres, imágenes. Su procedencia no admite dudas: es el prontuario, la historia judicial, el registro implacable de los pasos de una persona según los aparatos del Estado. Un dossier es monótono, no podría leerse como una ficción, pero apabulla con semejante carga de información, su efecto de verdad es instantáneo.

Sin embargo el rumor y el dossier son solidarios entre sí. Uno se apoya en el otro para existir. El dossier tendría poco sentido si no hay nada que lo invoque en la actualidad; el rumor es, pues, su ancla en el presente, aquello que lo trae a cuento y revive su letra muerta. Y el rumor, para correr y negarse como tal, necesita un respaldo documental. Una acusación sin mayor fundamento no tiene consecuencias si queda restringida al rumor; el dossier es la rueda de auxilio que le otorga sostén, y sobre todo credibilidad.

Ezra Pound afirmó que la poesía es el lenguaje cargado de sentido hasta el máximo grado posible; en esa perspectiva la crónica policial diríamos clásica puede ser definida como el lenguaje cargado de estereotipos. No tanto porque retome los lugares comunes del lenguaje coloquial, lo que sería algo valorable, en la medida en que diera cuenta de una escucha, sino porque ella misma los produce, la crónica es la usina de las frases hechas, el lugar donde el sentido de las palabras, una y otra vez, cristaliza. Y no solamente de las frases hechas sino de los modos de percibir la realidad de la que pretende dar cuenta, lo que conduce generalmente a asimilar determinados acontecimientos bajo un mismo rótulo, a fijar un punto de vista que repite su recorte y captura lo idéntico en la diversidad, renueva cada día, sin memoria aparente de los usos anteriores, su escándalo, su asombro, su admiración por la realidad que ella misma construye. Las distintas secciones de un diario tienen menos una jerga específica que una summa de estructuras y términos fijados por la costumbre.

Pero si uno es consciente de su uso, los estereotipos no son necesariamente un lastre. En la medida en que no significan nada, o en que el reconocimiento de su significado es automático, como un parpadeo inconsciente ante una luz tenue, son pura sonoridad y en ese sentido, según cómo sean ajustados en un texto, pueden ser factores del ritmo y de la musicalidad de la escritura.

Cuando pude entrevistar a Joaquín Giannuzzi me interesó saber en particular cómo había conciliado su trabajo como periodista y su trabajo como poeta. No hablemos de los diarios, él había sido redactor de la revista Así, la gran escuela de la prensa amarilla. Tenía que darme una respuesta. “¿El periodismo lo ayudó para escribir poesía?”, le pregunté. Y me contestó: “Son lenguajes distintos. Pero el poeta es un testigo de su tiempo y el periodismo también te obliga a ser testigo. Son dimensiones distintas: el periodismo mira, pero la poesía ve”. Insistí: “Es llamativa la cantidad de poemas de tema policial que hay en su obra”. Y realmente, Giannuzzi hizo poemas hasta con accidentes de tránsito. Entonces me dijo: “No es que sea una obsesión de mi parte. Hay una sencilla razón: la policía es uno de los protagonistas cotidianos de nuestro tiempo. La presencia policial es explícita y evidente, en nuestra vida y en la sociedad. La policía, por supuesto, aparece en función de instalar un orden, como custodia de un orden, que es injusto pero que de todos modos ahí está; y uno debe abrir la puerta y exhibir los documentos”. Me quedé un poco desencantado. Pero después, al repasar la Obra poética de Giannuzzi, encontré este poema, “Noticias”.

 

Cuando la comedia humana se pone movida

los periódicos

abundan en golpes de estado, huelgas generales,

crímenes, bodas, insurrecciones y muertes terribles.

Del basurero de la historia no colman la medida.

Sin embargo,

¿quién consagró estos hechos?

 

Esta mañana el viento

golpeó en algunas ventanas.

Un hombre y un perro cruzaron la calle.

María reclinó la cabeza a las tres de la tarde.

Nadie contó estas verdades.

 

No hay sucesos pequeños.

En el taller de mi esquina, cuando amanecía,

un obrero puso en marcha un motor.

Nadie habló de ese gesto oscuro.

Pero a partir de entonces

infinitas cosas se pusieron a funcionar a causa suya.

Así, de simple y rico,

y tan fecundo hacia distintas direcciones

el menor movimiento de tu mano.

 

Por fin sabía algo sobre los cruces de literatura y periodismo.

 

 

II

“Un día en la vida de Pepita la pistolera”, un texto de Cristian Alarcón que se publicó en el diario Página/12 y en la antología La Argentina crónica, condensa en un par de líneas de diálogo una pequeña lección sobre el funcionamiento del discurso periodístico. La reflexión corre por cuenta de Margarita Di Tullio, la protagonista de la historia en cuestión: “El otro día leí que le pusieron Pepita la pistolera a una mina que asaltó un taxi con un 32 –dice-. En este país no sabemos usar las palabras”.

Y no se trata de que reivindique para sí aquel título. Según leemos, Margarita Di Tullio no quiere que la llamen Pepita la pistolera. “El nombre no le hace gracia –aclara la crónica- desde que se enteró de que viene de una especie de sheriff”. Pese a sus antecedentes criminales, reales o imaginarios, es difícil saberlo, Margarita Di Tullio demuestra así una delicadeza que falta en espíritus más educados. Ella no lo dice, pero lo da a entender, comprendemos su discreción: es cierto periodismo, en realidad, el que no sabe usar las palabras. En particular, el periodismo que recurre a los estereotipos y determina, por ejemplo, que cualquier asalto más o menos fuera de lo común será llamado el robo del siglo y que cualquier mujer que lleve armas será bautizada Pepita la pistolera, de manera que no podemos saber, entre tantos hechos y entre tantas mujeres violentas, cuál sería el verdadero robo del siglo, ni quién es, al fin de cuentas, Pepita la pistolera.

Contra ese periodismo parece reaccionar hoy la crónica. En los últimos años, como dice el marketing editorial, el género ha experimentado un nuevo auge. Podríamos situar como punto de partida de ese fenómeno cierto día de noviembre de 1994, cuando Gabriel García Márquez convocó a un grupo de amigos y les habló de la pobreza que aquejaba al periodismo latinoamericano. De aquella reunión salieron la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano y, con el tiempo, los talleres donde muchos periodistas se han formado en el arte de la crónica.

Entre las consecuencias del fenómeno, se cuenta cierta reflexión sobre la propia escritura del género. Las opiniones predominantes podrían ser condensadas de esta manera: el periodismo es una actividad creativa; la crónica es lo opuesto de una noticia, no tiene nada que ver con la objetividad y a diferencia de lo que ocurre en el periodismo tradicional su valor consiste también en el relato que propone; la finalidad de una crónica es, precisamente, contar una historia; una crónica trata de hechos reales relatados con recursos de la narrativa de ficción.

Al margen del uso a veces indiscriminado de los términos crónica, no ficción y testimonio, como si fueran equivalentes, ¿hay algo de nuevo en estas ideas? ¿Es cierto que las versiones actuales de la crónica tienen su objeto en lo cotidiano? ¿No es más bien una búsqueda de historias insólitas, llamativas, extraordinarias, como en el periodismo liso y llano? El antecedente que reivindican las crónicas actuales es conocido: el nuevo periodismo norteamericano de los años 60. El modelo se anquilosó, “pero lo bueno era el procedimiento”, dice Martín Caparrós, y hay que rescatarlo.

Desde los años 60 la crítica norteamericana consideró el género de la no ficción como una mezcla de ficción y testimonio donde los procedimientos literarios mejoraban la condición inicial del material. Esta definición hacía eco a las propuestas de Tom Wolfe en El nuevo periodismo: el género venía a ser una superación del viejo periodismo, un periodismo literario que recuperaba un conjunto de técnicas abandonadas por la alta literatura y que se leía “igual que una novela”.

En El relato de los hechos, un ensayo publicado en 1992, Ana María Amar Sánchez demostró que esas consideraciones no definían la especificidad del género. El par literatura – periodismo era el núcleo de una serie de oposiciones que excluía la búsqueda de sus elementos formales. En definitiva, decía Amar Sánchez, en esos textos no había una mezcla de discursos sino una construcción nueva, que por otra parte se oponía al testimonio tradicional del realismo. El resultado no era una superación del periodismo sino otra cosa, un género particular, con leyes y efectos propios.

¿En qué términos se reflexiona hoy sobre la articulación de escrituras en la crónica? ¿No son los mismos viejos términos de hace cuarenta años? ¿La escritura de la crónica es simplemente una cuestión de procedimiento?

Por otra parte: ¿Qué tipo de recorte estamos haciendo en la tradición del género? ¿No estamos perdiendo de vista los mejores textos de esa tradición, los de Enrique González Tuñón, los de Roberto Arlt, El camino de Buenos Aires, de Albert Londres e incluso los textos de Gustavo Germán González, con todas las dificultades que tenía para escribir?

Cada vez que se habla de no ficción en Argentina es obligatorio recordar que Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, antecedió en casi diez años a A sangre fría, de Truman Capote, el escritor que acuñó el término. Walsh siempre pensó en sus textos en términos de relatos testimoniales o de denuncia. En una entrevista realizada en 1973, declaró: “creo que gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción y que en un futuro, inclusive, se inviertan los términos (…) Es decir, evidentemente en el montaje, en la compaginación, en la selección, en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades artísticas”. ¿Qué pasó con esas posibilidades? ¿Por qué no se desarrollaron? ¿Por qué no hubo otros escritores que trabajaran en ese marco? ¿Por qué es la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, en todo caso, el texto de Walsh que sí tuvo continuadores, al inaugurar los testimonios sobre los hechos ocurridos en la última dictadura?

Una respuesta a esas preguntas se encuentra en “Rodolfo Walsh: una herencia imposible”, artículo de Christian Ferrer que publicó la revista Babel en 1989. Por más que fuera un objeto de reivindicación, la escritura de Walsh, decía Ferrer, era heterogénea respecto de los textos que en aquella época convergían en el llamado, otra vez, nuevo periodismo. El trabajo con los géneros literarios, en esa versión del nuevo periodismo, parecía más bien exterior, reducido a la cita de textos y frases reconocibles por el lector y a la adopción de las técnicas básicas de la narrativa. Además, decía Ferrer, “se practica un abuso en el novelado de los hechos: estos desaparecen como datos para ser reenviados al boom de la literatura latinoamericana de los 60″; esa versión del nuevo periodismo “libera al dato de su carga explosiva, de su relación conflictiva en el huracán de las relaciones sociales originantes del mismo hecho”. No era eficaz ni como literatura ni como periodismo. Ferrer terminaba con una conclusión negativa: “No tiene sentido heredar a Walsh, el estilo es inimitable”.

Tres años después, Horacio González profundizó estas reflexiones en su libro La realidad satírica. De los años 60 a entonces, según una de sus hipótesis centrales, se producía un cambio en el género de referencia para la escritura periodística en Argentina: de la novela negra de Walsh y Chandler, con sus historias “que presentan conflictos superiores a las criaturas que se internan en ellas con lúcida resignación”, al drama judicial: “ahora se trata casi exclusivamente de investigar la deficiencia de las leyes o su utilización al servicio de acciones ilegales. El investigador que antes era un periodista con emblemas políticos asumidos se torna entonces un periodista experto en el denso mundo apócrifo de la ley”.

La publicación de Robo para la corona (1992), de Horacio Verbitsky, significó el límite estilístico de ese nuevo periodismo de fines de los 80. El libro tenía diálogos, descripciones, distintos puntos de vista, un narrador omnisciente capaz de revelar conversaciones y pensamientos ocultos de sus personajes. Pero no podía leerse como una novela. La acumulación de datos lo impedía y el mismo Verbitsky reconocía que había escrito un libro aburrido. Fue la consagración de un modelo de periodismo, de la figura del periodista como investigador del secreto del poder y las tramas ocultas y de un nuevo estilo de denuncia, que enseguida se multiplicó en otros libros e incluso, al llegar a su agotamiento a fines de los años 90, generó nuevos productos del mercado editorial: la novela histórica y el ensayo de divulgación histórica prolongaron esa misma figura del investigador, sólo que ahora extendida a los próceres y a épocas determinadas del pasado nacional, y ese mismo procedimiento de aplicar técnicas de la narrativa de ficción para relatar una historia.

Lo que está anquilosado, ¿no es esa concepción del nuevo periodismo? En todo caso, quizás habría que buscar en algunos circuitos marginales los modos innovadores de escribir en el formato periodístico a fines de los 80, en particular en revistas como El Porteño o Cerdos y Peces y en textos de Miguel Briante, Enrique Symms, Ricardo Ragendorfer –alguien que sí tiene más que ver con Rodolfo Walsh- y Helmostro Punk (Mauricio Armus). Pese a los homenajes, las citas y las reivindicaciones, no hubo entonces una continuidad del trabajo de Walsh, las posibilidades del testimonio siguieron cerradas. No sólo por una diferencia estilística sino por los efectos de los textos. “En beneficio del mito fundante de la investigación periodística –decía en aquel ensayo Horacio González- se relegó la reflexión sobre el carácter político de la ilegalidad”. El poder del periodista, decía, tenía que ser interrogado “para impedir que se banalice en el exitismo de los deschaves insulsos”. Finalmente lo que ocurrió: desde entonces las denuncias proliferan y se acumulan, y en el contexto de la sobreabundancia de las revelaciones y la información devenida en entretenimiento y primicia-que-ningún-otro-medio-tiene, a nadie le importa demasiado. El editor José Luis Mangieri puso una lápida a esa versión del nuevo periodismo y sus cultores: “Son como esos folcloristas que se hicieron millonarios en dólares cantando las desgracias de los pobres. Son pícaros –diría Roberto J. Payró- e incluso algunos aun hoy la juegan de buenos muchachos sesentistas. Pero el tiempo pasa y la ropa queda llena de agujeros, como diría mi viejo. De los antiguos mantos cuelgan los flecos deshilachados”.

Si Operación Masacre y los otros relatos testimoniales de Walsh pueden leerse hoy no es porque muestren “la dimensión universal” de un asunto, como se enseña y se pide hoy a la hora de escribir una crónica. La significación inmediata de sus libros se perdió, pero esos relatos siguen en curso en razón de sus valores textuales; la mayoría de los libros del nuevo periodismo de los años 80 y 90, extinguidos el interés coyuntural de los lectores y la temporalidad del referente, en cambio, ni siquiera pueden conseguirse en librerías de saldo.

La crónica aparece como un relato de historia contemporánea, pero su valor artístico se mide más allá del presente, en las sucesivas lecturas que posibilita en el transcurso del tiempo. La ciudad de Buenos Aires, tal como la conoció y describió Alert Londres, no existe; las calles cambiaron de nombre, ya no hay franchutas ni macrós congregados en una petite France en el exilio; los fenómenos y los personajes que retrató pertenecen a una época determinada. Si ese mundo permanece intacto en las páginas de El camino de Buenos Aires, si las coperas, los pequeños traficantes y los punguistas que Enrique González Tuñón presentó en Tangos o en Camas desde un peso siguen hablando en cuanto uno se pone a leer, no parece ser porque hayan aplicado tal o cual técnica o hayan querido, como se dice, contar una historia. Susana Rotker habló de una “voluntad de escritura” para dar cuenta de ese tipo de crónicas, aquellas en las que el trabajo del escritor atraviesa el lenguaje, las estrategias narrativas, la construcción discursiva de una situación determinada, cuando las voces de otros, sin las interferencias impertinentes del autor o del sujeto de la narración, comienzan a deshacer los estereotipos. En definitiva, no importa a qué género pertenecen. Como ocurre con las buenas crónicas, se leen con la intensidad de los mejores textos.

*Texto sobre la crónica periodística leído por Aguirre en el Primer Encuentro de Crítica y Medios (marzo de 2008).

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El creciente odio hacia el periodismo

Abril 2nd, 2008 · No Comments

Cicco aporta algunas reflexiones sobre el tema.

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El hermano menor

Febrero 21st, 2008 · 2 Comments

Un retrato de Raúl Castro, por Matilde Sánchez.

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Allí donde termina la espalda

Febrero 14th, 2008 · 2 Comments

Pedro Mairal va en camino de convertirse en el anatomista literario argentino. Luego de aquel ensayo sobre las tetas, bueno, ahora se mete con lo que le faltaba

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Y hablando de periodismo…

Febrero 12th, 2008 · 18 Comments

…cómo me cansan estos gurúes sentenciosos que asoman la cabeza cada tanto y creen redescubrir la pólvora: no, salame, la infografía, los recuadritos, los bolilleos, las apostillas, las viñetas, las columnitas de opinión de 200 caracteres no son el periodismo: son, ni más ni menos, simplificadores de lectura, con todo lo que esa denominación implica.

En cualquier momento aparece un nuevo iluminado diciendo cosas como “el epígrafe va a revolucionar la teoría de la comunicación de masas”.

Textos, muchachos, lo que a hay que darle a los lectores son textos bien escritos.

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En gateras

Enero 15th, 2008 · 12 Comments

Ya está online la previa del nuevo diario de Lanata, Crítica (de los argentinos). Lo más interesante del sitio, por ahora (seguramente idea de Capalbo), son los videos donde una buena cantidad de amigos cuentan por qué fueron a trabajar a Maipú 271 y qué esperan de la experiencia (muy divertido el de Alfieri), mientras atrás se ven todavía las sillas con los plásticos puestos.

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La competencia por el liderazgo cultural

Enero 4th, 2008 · 2 Comments

Según la revista Noticias.

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Otros rumbos posibles para la crónica

Diciembre 25th, 2007 · 2 Comments

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En marzo de este año, durante la llamada Noche de las Librerías, compartí una mesa con Julián Gorodicher, Eduardo Anguita y Fabián Casas. Esa noche, en algún momento, convinimos con el coordinador de la charla, Julián Gorodischer, hablando de la crónica periodística, que el género debería salir de la pobreza y la miseria como objeto de estudio casi único. ¿Y qué hace falta?, me preguntó Julián. Entre las múltiples respuestas posibles, arriesgué una: mirar y contar cómo viven, por ejemplo, las clases favorecidas de la Argentina contemporánea: una crónica de la nueva riqueza.

Gorodischer escribió este año una larga crónica no tradicional, tomando como objeto la atracción sensual, La ruta del beso. Mientras tanto, y gracias al premio de la FNPI, Hernán Iglesias Illa estaba trabajando en un libro único, Golden boys, una apasionante historia de los millonarios argentinos en Manhattan, de los tipos que con su trabajo como traders ganan y pierden millones de dólares en un día, que tuercen los destinos de los mercados financieros de países emergentes como la Argentina, que tienen salarios de millones al año.

El libro es apasionante y sorprendente. Hernán había abandonado su blog, sumido en el trabajo de esta crónica. Ahora, acaba de volver al ruedo.

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El periodismo cultural de los 90

Diciembre 24th, 2007 · No Comments

“Después uno tiene que trabajar y cumplir con lo que se le pide, digamos. Entonces, me parece que eran principios como de sentido común, cosas elementales. Bueno, esto es un medio, yo siempre que empiezo a trabajar en un medio pregunto, me dan la lista de temas que ustedes quieren patrocinar y la lista de temas que ustedes quieren prohibir, que no se traten. “No, por supuesto”, te dicen al principio. “No, vos tenés tu libertad, hacé todo lo que quieras”. Bueno, una vez que me diste esa libertad, jodéte. A partir de eso, digo, el trabajo es como muy obvio: ver qué es lo más interesante que hay en el ambiente, tratar de potenciarlo, establecer polémicas –en un país en donde se polemiza tan poco– con argumentos, quiero decir. No eso de eh… andá a cagar. Donde no hay argumentos, tratar de desarrollar una opinión pública un poco más fundada en razones, sobre todo tratándose de la cultura, de ese tipo de cosas. Y luego, dar cabida a todo el mundo. En Página /12 yo no rechacé a un solo colaborador de los que estaban desde antes, aunque me pareciera gente nefasta. Y tuvieron que convivir con la gente que iba apareciendo. Y todo chico que venía a pedirme una reseña la hacía, y si la hacía mal no volvía a aparecer nunca más, y si la hacía bien seguía trabajando. Eso siempre lo digo. Por ejemplo, Patricio Lennard creo que hizo un trabajo sobre Radar libros, y le dije mirá, fijate la cantidad de colaboradores y comparalo con cualquier otro tipo de suplementos y vas a ver –contalos– que Radar libros tuvo un staff activo de cien colaboradores mínimo. Lo cual, para mí era importante porque hizo del proyecto una caja de resonancia interesante. Porque él decía ¿cómo es el “nosotros”? Esas cosas que le meten en la cabeza en la facultad: ¿cómo era el nosotros de la revista, o el nosotros…? Digo: no hay tal nosotros.”

“Cuando salió la autobiografía de Sábato, que no me acuerdo en qué año fue. Antes del fin se llamaba. Me llamó Tiffemberg, el director del diario, un tipo al que yo tenía que reportar. Entonces le digo, mirá, qué sé yo, hagamos la tapa de Sábato, no va a ser una tapa favorable desde ya te lo digo. No porque yo no quiera, porque no conozco a nadie que pueda defender la literatura de Sábato con mínima inteligencia. Podía llamar a un ex ministro radical, pero nadie iba aguantar una cosa semejante. Y la hicimos, qué sé yo. No me acuerdo qué hicimos… Sí, lo que yo dije fue… Hablé con la gente. Le pregunté a la gente qué les parecía Sabato, qué era lo que les gustaba, qué no, con los escritores… y después hice una nota. Y había cosas interesantes, qué sé yo, María Moreno me decía que los personajes femeninos de Sábato eran mejores que los de Cortázar, que estaban mejor delineados, que era menos misógino, un montón de cosas. En fin, que eran interesantes. Alan (Pauls) me dijo que recordaba una lectura shockeante de Abbadón, el exterminador. Yo recordé mi propia experiencia de lectura de Abbadón, de Sobre héroes y tumbas. Entonces, revindicaba eso. Bueno, Sábato es un escritor muy desdeñable por muchas razones, pero en definitiva, es el escritor con el cual una generación entera entró en la literatura y a los grandes problemas de la literatura. Y eso, bueno, no es poco.”

“Yo tengo una fe importante en la escuela, en términos de eso: crear las condiciones posibles para evitar las desigualdades. Es decir: la gente no va a hacer la revolución si no tiene ni idea qué significa la palabra “revolución”. No es que yo piense que haya que hacer la revolución, siquiera, no es que defienda eso, pero si de eso se trata, mínimamente hay que enseñar eso, y después se verá. Yo soy docente de formación, y he trabajado de eso durante muchos años de mi vida, y al mismo tiempo puedo seguir defendiendo la dimisión de lo que sería la autocomplacencia del rol, así de intelectual, de escritor, o de artista, así como esa postura mayor. En fin.”

En el último número de El Interpretador, una más que interesante entrevista a Daniel Link.

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El nuevo diario de Lanata (final)

Diciembre 6th, 2007 · No Comments

El DSD ofrece un completísimo informe de lo que será el nuevo diario de JL. Y cuentan, entre otras cosas, lo que ya se rumoreaba: que JL y MC están filmando todo el proceso de producción del proyecto (desde el espacio físico a las entrevistas para contratar personal o las reuniones de sumario), como para hacer una suerte de documental.

A todos los colegas, amigos fuertes y ex jefes que están embarcados allá, a apenas cuatro cuadras, toda la merde del mundo.

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Influencia recíproca

Diciembre 5th, 2007 · 2 Comments

Ñ dice que ADN se copió. Ahora, ADN podrá decir de Ñ lo mismo. Señores, la nueva web del órgano cultural de Clarín. Les dejo a ustedes las opiniones.

Graciosa la url, ¿no?

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¿ADÑ?

Diciembre 3rd, 2007 · 2 Comments

-¿Cómo trazaría el mapa actual de los suplementos culturales?

-Cualkquier cosa que diga pecaría de autorreferencial. Creo que hicimos una revista que cambió la manera de enfocar y transmitir la cultura, totalmente y creo que para siempre (…).

-¿Las pautas del formato Ñ se prueban existosas con la aparición del nuevo suplemento de La Nación?

-Y, la verdad es que ADN tiene muchas cosas de Ñ. Después de salir tantos años con un suplemento literario los domingos, de pronto se transforma en una revista que sale los sábados, con el mismo formato que Ñ. Es llamativamente parecido. Nuestro modelo demostró ser eficaz (…).

Entrevista con Juan Bedoian, editor en jefe de revista Ñ, publicada en la última edición de la publicación ALT+P.

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Verdades subjetivas

Noviembre 16th, 2007 · No Comments

Gracias a los amigos de La voz del interior por esta sorpresa de hoy.

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El nuevo diario de Jorge Lanata / 2

Noviembre 2nd, 2007 · 4 Comments

Parece que se va a llamar Crítica nomás. O al menos así le dicen todos informalmente.

Parece un chiste, pero no: la nueva redacción está ubicada en la calle Maipú al 271 (exactamente a cuatro cuadras de Perfil, que está en Chacabuco al 271). La maquinaria se pone en marcha el 1º de enero.

Ya están todos los editores tomados. El único que faltaba era el de Cultura. Y Lanata-Caparrós estarían por sorprender a todos: el nombre que más suena es el de Osvaldo Bazán, periodista y escritor, actualmente integrante del staff de Mañanas informales, el programa de tv matinal de Guinzburg. Bazán tiene dos novelas publicadas y es el autor de Historia de la homosexualidad en la Argentina.

Lo que nadie sabe, aún, y todos se preguntan (incluso los propios empleados del diario) es: ¿who is the fucking capitalist?

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Premios FNPI: nueva edición

Noviembre 2nd, 2007 · No Comments

Desde el jueves primero de noviembre de 2007 están abiertas las inscripciones al Premio Nuevo Periodismo CEMEX+FNPI, al que se podrán postular los mejores trabajos de fotografía y texto, así como para proponer el homenaje en vida a un experimentado maestro del oficio.

Podrán concursar los trabajos de periodistas y medios iberoamericanos, además de los servicios informativos internacionales para América Latina, publicados en medios de lengua española o portuguesa.

Las piezas habrán debido publicarse entre el 1 de enero de 2006 hasta el 31 de diciembre de 2007.

Se elegirá a un ganador en cada categoría de Concurso (fotografía y texto), entre un máximo de cinco nominados seleccionados por el jurado. Todos ellos viajarán a Monterrey, en México, para recibir el reconocimiento de manos de Gabriel García Márquez, presidente de la FNPI, y de Lorenzo H. Zambrano, director general de CEMEX. Los ganadores en fotografía y texto recibirán 25 mil dólares cada uno.

Al Premio también se podrá proponer para Homenaje a un maestro del oficio con más de 20 años de experiencia, que merezca ser reconocido y que sea un ejemplo para sus colegas. Este periodista debe ser postulado por terceros y hará parte de la lista que el Consejo Rector considerará para elegir al ganador, quien recibirá 30 mil dólares.

En la página www.nuevoperiodismo.org están las bases y el formulario en línea, que es el único formato válido para la inscripción. Los trabajos concursantes, así como el material de los propuestos en Homenaje, deben enviarse a la Calle San Juan de Dios # 3 – 121, en Cartagena de Indias, Colombia, sede de la FNPI.

Durante siete años, el Premio se ha realizado gracias a la alianza entre la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y CEMEX, con los objetivos de darles un reconocimiento a los periodistas y entregarles un mensaje de mejoramiento profesional.

Las dudas sobre las bases, la inscripción y el proceso de juzgamiento pueden dirigirse a premio@fnpi.org.  

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Un telemarketer menos

Octubre 31st, 2007 · 1 Comment

La experiencia narrativa de AS se terminó. Y para despedirse, los bonus: la crónica completa, la entrevista al capo de Teleperformance, el videíto (más acelerado de lo habitual, Sese, y con las mechas como si hubiera pasado antes por Roho) y la liquidación del sueldo.

Falta una promesa: que AS haga el ranking personal de las mejores puteadas que le dejaron en los comments.

¿Qué queda de todo esto? La primera vez que veo que alguien usa el formato blogger como apunte de notas mientras va escribiendo un artículo para un medio masivo, tecleando contra el cierre. Y una muy buena crónica. Ni más, ni menos.

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Tres preguntas crónicas

Octubre 19th, 2007 · No Comments

Zunini me invitó a responder para su blog el mismo cuestionario que contestó cada uno de los autores de La Argentina crónica.

Este es el resultado.

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Argentina arde

Octubre 9th, 2007 · No Comments

Desde acá, gracias a Mariana Guzzante (a quien no conozco) por la extensa nota sobre el libro en el diario Los Andes.

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La Argentina crónica/2

Setiembre 16th, 2007 · 1 Comment

By Rodrigo Orihuela

For The Buenos Aires Herald

La Argentina crónica, collected by Maximilano Tomas (Planeta).

Sunday 16/09/07

The American journalist Peter Hamill once said that contemporary journalism attempts to write down history at great speed. Quoting Hamill, the Mexican writer and journalist Jorge Hernández added recently that “American journalism, in particular, has concentrated on narrating the high-paced vertigo of all passing stories, and has not only done so swiftly but also with prose, and some of the best (prose) one can read”.

Hernández’s comment was made in the introductory article to the August edition of the Mexican cultural magazine Letras Libres, dedicated entirely to US journalism. The special edition included translations of Ernest Hemingway, John Steinbeck, Hamill, Gay Talese, and many other famous American hacks, all great writers of prose and all part of a tradition of journalism as a literary form.

This US tradition of well-written journalism is unparalleled in the world and good storytelling in journalism is one literary field in which Americans can claim absolute worldwide supremacy and only a dimwit would attempt to argue against the claim. This is not to say that there are no masters of prose among the journalists of other countries and one need look no further than the late Ryszard Kapuscinski, the Polish master of narrative journalism. Yet, nowhere is the outstanding decades’ long consistency of the American journalistic production equaled. Such enviable consistency is greatly the result of the existence of magazines like The New Yorker, Harper’s, Esquire and Rolling Stone, where feature articles written in narrative tone are the center-piece of every edition. It was in many of these magazines that great writers, ranging from Tom Wolfe, Truman Capote and Hunter Thompson to John Updike cut their teeth.

In Spanish, the word used to define the archetypal features of such magazines is “crónica”. But “crónica” has no direct translation in English, at least not one that is used in every-day talk (chronicle hardly fits). The feature article, according to the English-language usage of the term, comprises articles ranging from narrative profiles to hard-analysis while the “crónica” is a hundred per cent narrative. There is no possibility to develop a “crónica” if the author is not attempting to write well. Neither is there any sense in writing “crónicas” without a serious attempt to be a story-teller.

As in most countries, many Argentine writers have worked as journalists or written in the press, Roberto Arlt and Rodolfo Walsh being the top examples. However, the crónica as a genre has not been widely developed, mainly due to the absence of publications willing to offer the space, the working-time and the pay required to undertake the weeks and months-long research necessary to develop high-standard articles of the kind.

The absence of adequate publications has not, however, deterred production. Over the years, committed journalists have managed to write short narrative features for some of the existing magazines and newspapers (mainly Noticias and Página/12) and others have published books. The journalist Martín Caparrós out-stands among those who have vented their eagerness to publish crónicas through books, with a prolific production on a vast range of subjects, and Leila Guerriero, another reporter, published a highly successful book in the same vein in 2005, Los suicidas del fin del mundo. Guerriero’s book, in fact, convinced the Argentine division of the Spanish-publisher Tusquets to publish crónica-only books, the first of which is being released in September.

The excellent collection of Argentine crónicas put together by Maximiliano Tomas, La Argentina crónica, also serves to categorically prove that Argentina has many top class writers of crónicas among its rank-and-file journalists – journalists with the talent to spin wonderful literary pieces of work. The book, which includes a prologue by Caparrós, is good all-around and should be listed as a compulsory read at every journalism school in the country. Several types of crónicas are included, from the ones written heart-on-sleeve, to the cold, informative ones (as informative as a clearly and purposefully subjective story can be, considering that subjectivity is an unavoidable and openly accepted condition in every crónica).

All the articles do what stories –be they fiction or journalism– should always do: they tell more than one story; they tell the story that gives the article its name and which builds the theme of it all but they also have other strands, other stories that offer background music just as interesting as the central theme.

All 14 articles picked by Tomas are written from the view of the unashamed outsider who attempts to understand, or portray, a person or circumstance to which the writer cannot naturally relate to. They also prove that outsiders are not always the same when it comes to writing-and-describing –some can laugh at their own position (Hernán Brienza does it wonderfully in A caballo de la fe) while others can be informative and distant and still actively takes sides (Josefina Licitra in Y parirás con dolor).

It is, however, Alejandro Seseolvsky who stands far above everybody else with his Skinheads anti-fascistas: el lado rojo de la fuerza, an article which makes the entire book worthwhile. From a narrative journalism stand-point, Seseolvsky’s feature is perfect. First, because it takes a little known subject (anti-fascist skinheads) and offers a colourful portrait while also thoroughly informing in few words and without boring or losing his tempo. Second, the article is very well written, with excellent prose that combines colloquial and formal talk in precise measures. Third, Seselovsky makes it clear at all times that he is taking part of everything he describes and narrates. He tells his readers, for example, that he drank beer on a sidewalk with several skinheads and took them in his car to a football match, but he never takes over the story as a character. Readers know he is there but he is not even a thumping voice in the background. Finally, he rounds up his experience without any loose ends while he leaves readers itching for more.

Two articles could have been better left out, for different reasons. Gonzalo Sánchez’s Los dueños del fin del mundo tells the story of billionaire foreign businessmen who have bought vast extensions of land in the most beautiful areas of the Patagonia. Last year, Sánchez published La Patagonia vendida, a book with longer, more detailed articles on the same businessmen and lands he focuses on in this article. Thanks to La Patagonia vendida, Sánchez’s work on this specific topic is well-known and therefore it may have been more interesting for Tomas to present another article or another author to readers.

The second article that could have just as easily been left out of La Argentina crónica is Esteban Schmidt’s La política en los boxes, because it simply does not fit in the collection. All the other features selected by Tomas share one aspect: the authors powerfully relate –favorably or not, ironically, seriously or jokingly– to the topic they write about. They show that they feel strongly for whatever they are writing about and Schmidt’s article does not fulfill these precepts. It is not that the piece is bad. It simply belongs elsewhere, in a different kind of collection.

The topics of the collection range from political campaigns to high-profile criminal cases and to the little known world of professional TV show “laughers”. The features are anything but rosy and, in fact, there is a persistent feeling of melancholy –gloominess, even– which is at its highest with the opener, Carolina Reymúndez’s Operación Ja Ja. The bitter-sweetness of this story, whose characters’ sadness is comparable to that of circus clowns, sets the tone for a book that is, otherwise, a wonderful pleasure of a read. 

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La Argentina crónica

Setiembre 16th, 2007 · No Comments

En ADN de ayer, el prólogo de Caparrós, un fragmento de la crónica de Daniel Riera, y un breve texto -más breve luego de la edición- sobre la antología.

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Guerra de vedettes

Setiembre 14th, 2007 · No Comments

Un texto desopilante de Cicco sobre estas chicas que, parece, se pelean todo el tiempo.

Cualquier similitud con el campo intelectual (¡Bourdieu, Bourdieu!), bueno, como puede leerse, no es pura coincidencia.

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Salven al Titanic

Setiembre 12th, 2007 · 3 Comments

¿Tendrá algo que ver la migración de lectores de papel a la web, la pauperización social y económica, la mediocridad de buena parte del periodismo gráfico actual? ¿Para cuándo un estudio de las causas?

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Apuntes sobre la crónica periodística

Setiembre 10th, 2007 · No Comments

Se acaba de distribuir La Argentina crónica, una selección de textos escritos por los mejores cronistas argentinos publicados en medios nacionales y extranjeros entre 1997 y 2007.

 libro-arg-cronica-big.jpg

Los autores son: Cristian Alarcón, Guido Bilbao, Hernán Brienza, Cicco, Julián Gorodischer, Leila Guerriero, Josefina Licitra, Pablo Plotkin, Carolina Reymúndez, Daniel Riera, Gonzalo Sánchez, Esteban Schmidt, Alejandro Seselovsky y Martín Sivak.

El libro lleva, además, un prólogo sobre el género de Martín Caparrós.

Y una introducción, que es la que pego acá abajo.

Apuntes sobre la crónica periodística

Es probable que lo que hoy conocemos como crónica periodística haya estado siempre ahí: desde los escritos de Heródoto –el llamado “padre de la historia” fue, tal vez, el primero que emprendió voluntariamente la tarea de viajar para contar– a Truman Capote, pasando por las aventuras de los adelantados del siglo XV y los viajes de los naturalistas del siglo XIX. Todos, a su manera y con distintos fines, se vieron tentados a narrar y describir los hechos más interesantes de su tiempo –y a dejar su propia huella en aquellos relatos.

Pero lo que importa aquí es que bien entrado el siglo XX en la Argentina –más precisamente entre 1950 y 1970, mientras en los Estados Unidos el mismo Capote junto a Tom Wolfe y Norman Mailer se aplicaban a tareas similares, bajo un rótulo de alta potencialidad comercial: el New Journalism– supo florecer una generación de cronistas notables, que ejercían el periodismo con plena conciencia de las herramientas que les ofrecía la ficción literaria, entre los que destacaban Enrique Raab, Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez. Ese género, cuyo primer resultado visible –suele repetirse– fue la aparición de un libro capital, el Operación masacre de Walsh, pareció replegarse durante la dictadura militar (1976-1983), ya que el contexto no sólo hacía impracticable sus fines más evidentes –centrarse en las historias que el periodismo informativo tradicional suele soslayar, profundizar en sus razones, indagar sus causas, cambiar el foco de interés o prestar voz a los que no la tienen, en fin: construir el relato del antipoder–, sino que tampoco ofrecía espacios para que aquellas piezas fueran publicadas.

Por razones obvias, con el regreso de la democracia los medios de comunicación de masas se dedicaron a dejar constancia de los crímenes de la represión ilegal y, más tarde, a lo largo de la década del 90, el periodismo hizo de la investigación de la corrupción estatal su tópico casi excluyente. Así, mientras en su gran mayoría la prensa se dedicaba a fiscalizar, investigar y juzgar a los funcionarios de la alta política, el interés por la crónica (a la que algunos llaman, también, periodismo narrativo) menguó notablemente. Aunque, hay que decirlo, hubo una honrosa excepción: a través de una serie de relatos de viaje recogidos en libros como Larga distancia, Dios mío y, más tarde, La guerra moderna, Martín Caparrós se moldeó como el gran cronista argentino, proyectando su influencia sobre una nueva generación de periodistas jóvenes que, por entonces, se formaba y daba sus primeros pasos en los medios. Esa generación es, precisamente, la que este libro pretende presentar en conjunto por primera vez.

¿Qué es una crónica periodística? Encontrar un significado unívoco no es tarea sencilla: las definiciones varían de acuerdo a las fuentes bibliográficas utilizadas o a quién sea el que intente formularlas. Pero podemos arriesgar algunas: una crónica es un relato periodístico de una extensión bastante más amplia que la que suele aparecer en la prensa diaria. La crónica, queda dicho, no busca sólo informar. Sus objetivos pasan, también, por ofrecer una mirada personal de los hechos narrados, por poner en juego la propia subjetividad del narrador, por componer una historia utilizando las herramientas de representación –como se dijo– que parecían exclusivas del campo de la literatura: la variante de puntos de vista que ofrece la primera, segunda o tercera persona, el uso de guiones de diálogo, de monólogos interiores, de largas descripciones o digresiones funcionales al relato. La crónica utiliza, en su beneficio y mixturándolos, los demás géneros periodísticos: el reportaje, la entrevista, el perfil, la investigación. Y pretende construir, a través de ellos, una suerte de “relato total”.

Quede dicho: no se trata, tampoco, de meras cuestiones formales. Para Caparrós, por ejemplo, la crónica no es “sólo un lujo narrativo”, como declaró hace poco tiempo en una entrevista, sino que implica reflexionar y poner en acto una actitud, si se quiere, ético-política frente al ejercicio de la profesión. “Frente a la decisión de los grandes medios de actualidad de postular que importa lo que le sucede a la gente que tiene poder, la crónica habla de otro tipo de gente. Para las personas comunes, la única posibilidad de salir en los diarios es un choque de trenes, un crimen pasional o algún que otro accidente. Sin sangre es muy difícil que una persona común salga en los diarios. Los que salen en los diarios son los que tienen poder. Políticos, económicos o del espectáculo: actrices, futbolistas, modelos. Y eso postula una idea muy fuerte del mundo: que lo que importa es lo que le pasa a la gente que tiene poder. Eso es lo que te está diciendo el diario todo el tiempo. Marca agenda y marca una forma de ver el mundo. En cambio la crónica habla de otra gente. Y en ese sentido me parece muy política”[1].

El escritor y cronista mexicano Juan Villoro, por su parte, suele afirmar que la crónica es “literatura bajo presión”. Y agregamos: un catalizador, un aleph; una versión insospechada de lo real; lo opuesto de una noticia; un texto de no ficción atravesado por la mirada del cronista; una verdad hermosamente dicha; la única versión del mundo antes del final de todo; un ejercicio de libertad narrativa; la negación del paradigma estúpido de la “objetividad periodística”. Todas éstas definiciones posibles para el género, presentes en este libro y formuladas por los propios autores de los textos que lo componen.

Por los mismos motivos que la constituyen, la crónica presenta ciertas dificultades de circulación en un mercado periodístico como el actual, en el que los relatos extensos parecen abolidos por decreto y en el que la imagen ha plantado la bandera de su preeminencia. Así las cosas, los cronistas argentinos suelen publicar sus historias en revistas que se editan en otros países de Latinoamérica, publicaciones que son marca registrada del género como Gatopardo, SOHO, Donjuán, El Malpensante (Colombia) o Etiqueta Negra (Perú), entre otras. Algunos medios locales como la desaparecida TXT o las revistas Rolling Stone y Playboy dedican, cada tanto, espacios para éste tipo de relatos; pero no dejan de configurarse como la excepción a la norma.

Por otra parte, la dificultad para llevar adelante la elaboración de esta clase de textos suele tener, también, razones económicas: para abordar una historia y convertirla en crónica según las pautas que el género demanda, se necesita, sobre todo, de una generosa cantidad de tiempo –semanas, meses. Tiempo que muy pocas veces los periodistas argentinos están en posibilidad de conseguir. Sin embargo, más allá de las fronteras, en seminarios, talleres y congresos, no deja de hacerse referencia a una suerte de “auge de la crónica”. Leila Guerriero publicó un artículo sobre el tema, titulado “Sobre algunas mentiras del periodismo”[2]. Allí escribe: “Pocos medios gráficos están dispuestos a pagarle a un periodista para que ocupe dos o tres meses de su vida investigando y escribiendo sobre un tema. Los editores suelen funcionar con un combustible que se llama urgencia y con el que la crónica no suele llevarse bien. Finalmente, y quizás sobre todo, pocos medios están dispuestos a dedicarle espacio a un texto largo ya que, se supone –lo dicen los editores, lo vocean los anunciantes, lo repiten todos–, los lectores ya no leen. Y sin embargo, sin medios donde publicarla, sin medios dispuestos a pagarla y sin editores dispuestos a darles a los periodistas el tiempo necesario para escribirla, se habla hoy de un auge arrasador de la crónica latinoamericana. Después del misterio de la Santísima Trinidad, éste debe ser el segundo más difícil de resolver”.

La paradoja queda planteada, aunque tal vez haya un una cuota de verdad en las dos situaciones: quizá hoy el género haya alcanzado uno de sus picos máximos de visibilidad –hoy muchos jóvenes periodistas a quienes no les interesa el ejercicio de la prensa diaria tradicional quieren convertirse en cronistas–, producción y calidad, lo que hace aún más evidente la escasa voluntad de riesgo editorial que no repara en la tarea de construir los espacios para que ése trabajo pueda ser exhibido.

¿Por qué hay quienes ven en la crónica un lugar de resistencia al discurso hegemónico que pretenden imponer los grandes conglomerados de medios? Mitificaciones al margen, existe una respuesta posible: modificada por la revolución tecnológica, las nuevas formas de producción, consumo y circulación de la información, el periodismo está sufriendo importantes transformaciones. Alcanza con recordar que hasta hace diez o quince años aún se escribía a máquina y los artículos se transmitían por teléfono de línea o fax, sin mencionar los profundos cambios producidos en el ámbito de la fotografía. Hay tendencias que sostienen que las ediciones electrónicas de los diarios desplazan, de a poco pero de manera sostenida, a las de papel. Aunque no hay por qué ponerse apocalíptico: lo más probable es que esto no signifique la inminente desaparición de los medios informativos, o que el periodismo sea una actividad en vías de extinción. Más importante sería pensar que todos estos cambios podrían reconvertir al oficio en un sentido positivo. Tal vez muy pronto –¿ya mismo?– los grandes medios se ocupen de ofrecer la pulpa de las noticias –mejor y más rápido, con posibilidades de corregirla y actualizarla al instante–, y muchos diarios y revistas se vean obligados a ofrecer, a un lector más exigente, lo que va a demandar por su paga: análisis, reflexión, opinión y calidad narrativa. Una de las salidas para satisfacer a este nuevo lector, por supuesto, sería la de procurar un espacio más generoso para la publicación de crónicas periodísticas.

Este libro pretende ofrecer una muestra de las mejores piezas del género que se produce hoy en la Argentina. Se trata de catorce crónicas cuyo eje temático es la Argentina, publicadas entre 1997 y 2007, pero que lejos del ensayo sociológico piensan y retratan al país a través de múltiples miradas: un viaje a través del fútbol, el folclore y la televisión argentina, pero también sobre su –tan en boga– turismo sexual, sobre las huellas de la dictadura militar, la venta de la Patagonia a manos extranjeras, los circuitos informales en que se tejen los acuerdos políticos y un seguimiento de los más resonantes casos judiciales y policiales –desde el asesinato de José Luis Cabezas hasta la controversia alrededor de la adolescente Romina Tejerina. Para llegar a esta selección se realizó una convocatoria a nivel nacional y se recibieron varias decenas de textos. Los requisitos para los postulantes fueron que pudieran acreditar al menos cinco años de experiencia en medios gráficos y, como la intención era también ofrecer un recorte de la nueva generación de cronistas que comienza a hacerse visible, que tuvieran, como máximo, cuarenta años de edad. El resultado son estas crónicas, publicadas en medios nacionales y extranjeros, a las que se les anexó un breve cuestionario sobre el género que cada uno de los autores respondió –incluso poniendo en cuestión sus leyes y finalidades. Ni más ni menos que un apasionante retrato de la Argentina contemporánea.

Buenos Aires, septiembre de 2007   


[1] Entrevista publicada en eblog.com.ar el 11 de diciembre de 2006.

[2] Revista El Malpensante (Bogotá, Colombia), diciembre de 2006.

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Diario de un telemarketer

Setiembre 3rd, 2007 · 6 Comments

Hace ya un año largo me crucé con Alejandro Seselovsky a la salida del Cosmos. Hablamos de Tarnation, la película que acababa de ver y lo había conmocionado profundamente. Después, me contó el proyecto de su próximo libro. Y también me dijo que pensaba internarse en un call center de incógnito, para escribir una larga crónica en la Rolling Stone.

Meses después volví a hablar con él, esta vez por teléfono: estaba destruido, dormía apenas un par de horas por día, y su vida personal estaba a punto de reducirse a la nada. Me contó, también, que pensaba contar su experiencia en uno de los peores trabajos del mundo a través de un blog, día por día.

Bueno, ahora acabo de encontrarlo, un poco de casualidad. Y éste es el resultado: uno de los blogs que más promete de los últimos tiempos.

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El nuevo diario de Jorge Lanata

Agosto 30th, 2007 · 10 Comments

Leandro Zanoni se preguntaba ayer por las novedades en torno al nuevo diario de Jorge Lanata, que saldrá al mercado el 3 de marzo del 2008.

Lo que se sabe hasta ahora es que el proyecto será comandado por Lanata y Martín Caparrós, y que un probable número 3 es el actual Jefe de Redacción de Veintitrés, Guillermo Alfieri.

Marcelo Panozzo estaría a cargo de Espectáculos y Eduardo Blaustein de Cultura.

El diario, de 48 páginas, intentará recrear la mística del Página/12 de los 80 y principios de los 90, tendrá una redacción de alrededor de 70 personas, e intentará revalorizar nuevamente la calidad de los textos y las firmas de sus periodistas. Es por eso que Lanata no está buscando pasantes ni cronistas, sino periodistas formados y especializados.

Para eso, ya habría cerrado trato con los mejores cronistas jóvenes del mercado, y las redacciones más afectadas por los cambios serían las de Página/12, Veintitrés, y el grupo de revistas del diario La Nación.

Los sueldos, según pudo saberse, se equiparan con los más altos del mercado, es decir, con los de el diario Perfil de 1998, y con los de Clarín de la década del 90. Lo que sigue siendo un enigma es la conformación, más allá del aporte de Lanata y de su abogado, Pablo Jacoby, de los inversores del proyecto (se habló de Macelo Tinelli y de Grobocopatel, pero los nombres fueron desmentidos por el propio Lanata).

La redacción comenzaría a funcionar entre diciembre del 2007 y enero del 2008.

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¿Cierra Lamujerdemivida?

Agosto 16th, 2007 · 4 Comments

La revista de literatura y psicoanálisis Lamujerdemivida, que dirige el escritor Sergio Olguín, atraviesa una crisis financiera (a pesar de vender unos 2 mil ejemplares mensuales, y circular profusamente) y sus integrantes harán pública la situación en el número de septiembre.

La intención es dar con una solución entre todos, redactores y lectores, para evitar el cierre de la publicación, que sólo puede asegurar su continuidad hasta diciembre de 2007.

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