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Leandro Zanoni se preguntaba ayer por las novedades en torno al nuevo diario de Jorge Lanata, que saldrá al mercado el 3 de marzo del 2008.
Lo que se sabe hasta ahora es que el proyecto será comandado por Lanata y Martín Caparrós, y que un probable número 3 es el actual Jefe de Redacción de Veintitrés, Guillermo Alfieri.
Marcelo Panozzo estaría a cargo de Espectáculos y Eduardo Blaustein de Cultura.
El diario, de 48 páginas, intentará recrear la mística del Página/12 de los 80 y principios de los 90, tendrá una redacción de alrededor de 70 personas, e intentará revalorizar nuevamente la calidad de los textos y las firmas de sus periodistas. Es por eso que Lanata no está buscando pasantes ni cronistas, sino periodistas formados y especializados.
Para eso, ya habría cerrado trato con los mejores cronistas jóvenes del mercado, y las redacciones más afectadas por los cambios serían las de Página/12, Veintitrés, y el grupo de revistas del diario La Nación.
Los sueldos, según pudo saberse, se equiparan con los más altos del mercado, es decir, con los de el diario Perfil de 1998, y con los de Clarín de la década del 90. Lo que sigue siendo un enigma es la conformación, más allá del aporte de Lanata y de su abogado, Pablo Jacoby, de los inversores del proyecto (se habló de Macelo Tinelli y de Grobocopatel, pero los nombres fueron desmentidos por el propio Lanata).
La redacción comenzaría a funcionar entre diciembre del 2007 y enero del 2008.
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La revista de literatura y psicoanálisis Lamujerdemivida, que dirige el escritor Sergio Olguín, atraviesa una crisis financiera (a pesar de vender unos 2 mil ejemplares mensuales, y circular profusamente) y sus integrantes harán pública la situación en el número de septiembre.
La intención es dar con una solución entre todos, redactores y lectores, para evitar el cierre de la publicación, que sólo puede asegurar su continuidad hasta diciembre de 2007.
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La crónica periodística utiliza las herramientas de la ficción literaria pero, a diferencia de aquella, tiene como materia prima -exclusivamente- los hechos de la realidad. Una realidad que debe ser moldeada, formalmente embellecida, a la hora de exponerla a los lectores. Pero jamás alterada.
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Puntualmente, como anunciamos hace tiempo en este espacio, llega el nuevo suplemento de Cultura del diario La Nación.
Parece que Fito Páez será uno de los tantos columnistas especiales a los que recurre el diario de Mitre para hacer frente a las “importantes” firmas de las que hace gala Ñ. La cultura, de a poco, se va transformando, para algunos medios de comunicación, en eso (en mi opinión, lo que jamás debería terminar siendo): una apelación permanente al recurso de autoridad, la manera menos trabajosa de construir un nuevo espacio. Pero como hay algunos amigos embarcados en el proyecto, descuento que saldrá más que bien.
La primera tapa de adn será: una entrevista de Tomás Eloy Martínez a Paul Auster.
Desde aquí, nuestras sinceras congratulaciones.
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Julio 16th, 2007 · 1 Comment
Como desde este espacio habíamos seguido la evolución del nuevo suplemento de cultura del diario La Nación, no podemos dejar de anunciar las últimas novedades en la materia.
Finalmente, el proyecto ya tiene nombre: ADN. Y día de salida: los sábados. Lo que no tiene es precio de tapa. Hasta hace un par de días, la decisión había sido dar marcha atrás con la idea de tarifar el suplemento, y salir a competir con la revista Ñ de Clarín con la ventaja de la gratuidad.
Un último detalle : ADN, proyecto por el que por primera vez en años el diario de los Mitre incorporó empleados efectivos a su staff, había sido pensada como una gran revista de cultura, que incluiría contenidos de cine, literatura, televisión, teatro y etcéteras.
Pero si Ñ suele tener entre 38 y 68 páginas, depende la semana y la tapa, el nuevo producto de La Nación arranca con una idea bastante menos pretenciosa: tendrá, tan sólo, 24: apenas ocho más que el Perfil Cultura e igual que Radar y Radar Libros juntos .
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Leila Guerriero me contó, hace algunas semanas, cuando vino a dar una charla en TEA, que había trabajado los últimos cuatro meses, de noche y fines de semana incluidos, en un artículo sobre Alberto Samid para la revista dominical del diario El País. Conociéndola, sé que fueron cuatro meses de trabajo duro.
Como no podía ser de otra manera, el resultado es esta crónica imperdible, publicada el domingo pasado.
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Luego de meses de idas y venidas el nuevo suplemento de cultura del diario La Nación ya tiene fecha de salida: entre fines de julio y principios de agosto.
Alejado Tomás Eloy Martínez (y su mujer Gabriela Esquivada, quien en medio del asunto sufrió serios probemas de salud) de la dirección del proyecto, el equipo de trabajo (con quien Martínez y Esquivada tuvieron serios enfrentamientos) se apresta a lanzar el producto, que se entregará los sábados (como se sabía) pero no será gratuito: los lectores del diario de los Mitre deberán abonar una pequeña diferencia para acceder a los renovados contenidos culturales del periódico.
La idea, claro está, es competir con Ñ, aunque el suplemento tendrá casi la mitad de páginas que la revista de Clarín: alrededor de cuarenta. El secretario de redacción a cargo de estas páginas será, finalmente, Jorge Fernandez Díaz, escritor, periodista, autor del libro Mamá (entre otros) y ex director de la revista Noticias.
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Más temprano que tarde el periodismo gráfico deberá cambiar -hacerse mejor- para sobrevivir.
Lo decíamos acá hace seis meses. Ayer lo repitieron Jon Lee Anderson y Tomás Eloy Martínez en Colombia, y lo publicó La Nación.
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…para los azorados defensores de la objetividad ideal y la tercera persona en el periodismo, que comentan un par de posts más abajo: “Desde las vanguardias de comienzos del siglo XX estamos acostumbrados a pensar que no hay diferencia entre lo íntimo y lo privado“.
Muchachos, a ver si nos avivamos de una vez: ya no hay manera de seguir pensando -practicando- el periodismo -¿un oficio en revolución o en extinción?- desde el altar de lo sacro impoluto. De ahí, tal vez, una de las razones del crecimiento desmedido de esto que se conoce como “fenómeno blog”.
¿Necesario? Nada es necesario: toda primera persona es política.
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“Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina ‘empatía’. Mediante la empatía, se puede comprender el carácter propio del interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás.
En este sentido, el único modo correcto de hacer nuestro trabajo es desaparecer, olvidarnos de nuestra existencia. Existimos solamente como individuos que existen para los demás, que comparten con ellos sus problemas e intentan resolverlos, o al menos describirlos.
El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible. Hablo, obviamente, del buen periodismo”.
R.K.: Los cínicos no sirven para este oficio (Anagrama, 2002).
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Diciembre 15th, 2006 · 4 Comments
“La crónica no es sólo un lujo narrativo, también es una posición política… quiero decir, frente a esta decisión de los grandes medios de actualidad de postular que importa lo que le sucede a la gente que tiene poder, la crónica habla de otro tipo de gente. Para las personas comunes, la única posibilidad de salir en los diarios es un choque de trenes, un crimen pasional o algún que otro accidente. Sin sangre es muy difícil que una persona común salga en los diarios. Los que salen en los diarios son los que tienen poder. Políticos, económicos o del espectáculo: actrices, futbolistas, modelos, etc. Y eso postula una idea muy fuerte del mundo: que lo que importa es lo que le pasa a la gente que tiene poder. Eso es lo que te está diciendo el diario todo el tiempo. Marca agenda y marca una forma de ver el mundo. En cambio la crónica habla de otra gente. Y en ese sentido me parece muy política”.
El resto de la entrada y la entrevista, acá.
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Diciembre 14th, 2006 · 9 Comments
Es probable que lo que hoy conocemos como crónica periodística haya estado siempre ahí: desde Heródoto a Truman Capote, pasando por las aventuras de los adelantados del siglo XV y los viajes de los naturalistas del siglo XIX. Todos, a su manera y con fines distintos, se vieron tentados a narrar y describir los hechos más interesantes de su tiempo –y a dejar su propia huella en aquellos relatos.
Ya entrado el siglo XX en la Argentina –más precisamente entre 1950 y 1970, mientras en los Estados Unidos el mismo Capote junto a Tom Wolfe y Norman Mailer se aplicaban a tareas similares, y hallaban para lo que hacían un nombre con alta potencialidad comercial: New Journalism– supo florecer una generación de cronistas notables, que ejercían el periodismo con todas las herramientas que ofrecía la ficción literaria, entre los que destacaban Enrique Raab, Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez. Pero por razones obvias, durante la dictadura militar (1976-1983), el género pareció replegarse –al centrarse en las historias que el periodismo tradicional suele soslayar, profundizar en sus razones, indagar sus causas, cambiar el foco del interés o prestar voz a los que no la tienen, la crónica construye muchas veces el relato del antipoder. Y con el regreso de la democracia los medios de mayor circulación parecen haberse dedicado primero a dejar constancia de los crímenes de la represión ilegal para, más tarde, a lo largo de la década del 90, hacer de la investigación de la corrupción estatal su tópico casi excluyente.Así, mientras en su gran mayoría los medios de prensa se dedicaban a fiscalizar, investigar y juzgar a los funcionarios de la alta política, el interés por la crónica periodística (por lo que algunos denominan periodismo narrativo) menguó hasta casi desaparecer. Aunque hubo una honrosa excepción: casi en solitario, Martín Caparrós se erigió como el gran cronista argentino, que no sólo entregaría una exquisita saga de sus viajes por el mundo (Larga distancia, Dios mío y más tarde La guerra moderna) sino que también proyectaría la influencia de su sombra sobre la generación de cronistas que estaba por nacer.
A partir de la crisis socioeconómica de diciembre del 2001, parece haber surgido, entre tantas otras cosas, una extraña ola de interés por la reconstrucción del pasado nacional, lo que propició un fenómeno de ventas de libros de lo que se conoce como “divulgación histórica”. Trabajos que revisaban la historia argentina escritos por profesores de historia y periodistas (Los mitos de la historia argentina, de Felipe Pigna, o Argentinos, de Jorge Lanata), que se mantuvieron al tope de los rankings de ventas durante meses, propiciando el boom más visible de la industria editorial en las últimas temporadas.
De forma paralela, pero de una manera mucho más silenciosa (aunque constante), también comenzaba a tomar forma el relato de la historia argentina reciente –una suerte de micro historia o “historia desde abajo”–, narrada por la que parece ser la generación de cronistas más notable desde los años ‘70, conformada por periodistas de entre 25 y 40 años que trabajan en medios de prensa escrita y vienen, en su mayoría, de las carreras de periodismo o letras. Aunque frente a la ausencia de espacios afines en el país, se ven obligados a publicar sus trabajos en las revistas de crónicas más destacadas de América latina (Gatopardo, Soho, El malpensante, Etiqueta negra). Por más que se trate de un movimiento en gestación, pueden señalarse ya, sin temor a equivocaciones, algunos nombres que lo integran: Cristian Alarcón, Josefina Licitra, Leila Guerriero, Alejandro Seselovsky, Cicco, Gonzalo Sánchez. Muchos de ellos han entregado, en los últimos cinco años, su primer libro, en los cuales abordan fenómenos sociales como la delincuencia o los suicidios juveniles, el desempleo, el avance de las iglesias evangélicas o la venta de tierras nacionales a manos extranjeras. Historias curiosas, crudas e inteligentes donde se trabaja tanto desde los documentos como desde el trabajo de campo y que se destacan, sobre todo, por el involucramiento subjetivo inherente al género y su altísima calidad narrativa.
Frente al temor que profesan los medios masivos de comunicación ante el avance arrollador de las nuevas teconologías –que hacen pensar que el periodismo tal cual existió en las últimas décadas tiene los días contados– la crónica periodística vuelve a aparecer como una opción superadora. En breve, la información noticiosa estará disponible a un solo click –gratis, y plausible de ser actualizada en tiempo real. Tal vez entonces los medios argentinos de circulación masiva vean en el regreso al periodismo narrativo la mejor solución para ofrecer, a un lector exigente y atento, lo que va a demandar por su paga: análisis, reflexión, opinión y un trabajo minucioso y diferenciador en la confección narrativa de los relatos.
*Testimonio solicitado por Mariana Enriquez para un artículo sobre el género.
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Diciembre 6th, 2006 · 1 Comment
Sánchez x Gorodischer en Página/12 de hoy.
El libro, que ya va por su segunda edición, se presenta mañana a la noche en la librería Prometeo (Malabia 1720, Palermo).
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Diciembre 5th, 2006 · 9 Comments
La revista Ñ del sábado pasado evidencia una serie de modificaciones de diagrama y diseño: ahora declaran el staff completo -quién tiene a cargo cada editoría- de la publicación, incluyen una sección de “chimentos culturales” a cargo, al menos en esta ocasión, de Patricia Kolesnicov y publican, como sección individual, el primero de lo que se adivina una serie de “cuentos breves” (esta última idea la tengo vista antes de algún lado…).
¿Cuánto tendrán que ver estos cambios con la noticia, ya confirmada por varias fuentes, de que el diario La Nación lanzará en 2007 un suplemento de Cultura opcional -es decir: pago-, los sábados, que estará dirigido por Tomás Eloy Martínez, quien volvería a residir en la Argentina?
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Noviembre 29th, 2006 · No Comments
Días atrás Nicolás Cassese y Hernán Iglesias Illa reflexionaban sobre las causas de la ausencia de crónicas periodísticas generadas por bloggers. Hernanii decía algo cierto: las crónicas son textos que demandan un tiempo de elaboración que, desde el vamos, está en las antípodas de lo que se supone debe ser un post. También aparece el tema del dinero: no hay todavía quien declare cobrar por llevar adelante un blog. La publicidad paga apenas llegó a las páginas web de los medios de circulación masiva y parece estar aún muy lejos de desembarcar en el campo blogger.
Y se sabe: para abordar una historia y reconvertirla en una crónica, según las pautas que el género bien entendido demanda, no sólo se necesita tiempo físico para el trabajo de investigación sino para la relexión, la documentación, la realización de viajes y entrevistas y la elaboración de una escritura que esté al nivel del desafío. Es por eso que este tipo de artículos suele cobrarse mejor que cualquier otra colaboración periodística, y también explica las razones de que sea mucho menos frecuente su presencia en los medios.
Hay, incluso, otro tema: habitualmente una crónica tiene entre 20 y 30 mil caracteres, sino más. Esto es: existe una demanda, un reclamo del medio y del autor puesto en el lector, que por lo general debe encarar el texto con una disposición diferente a la que tiene frente a un diario o una revista de actualidad. Porque la crónica no es más que “literatura bajo presión”, como escribió Juan Villoro, y como tal el círculo productivo y receptivo recién se agota con la lectura atenta y activa del consumidor del género.
Tal vez todas estas cuestiones que hoy se presentan como meras imposibilidades puedan ser superadas en algún tiempo. Pero está claro que son las que hacen que leer y escribir crónicas en Internet no sea todavía algo habitual.
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Hubo alguien (¿hubo alguien? ¡hubo alguien!) que fue ayer a la mesa sobre “Literatura y periodismo” en la Biblioteca Nacional, donde me tocó hablar tarde y desprolijo frente a un auditorio diezmado. Y ese alguien parece que no sólo escuchó atentamente, sino que tomó notas y hasta… escribió una suerte de crónica sobre lo sucedido (aunque donde dice Juan Boido debe decir Jorge Enrique Oviedo, porque Boido no participó de la mesa).
Pero si me preguntan, lo más interesante había sucedido durante la hora y pico que tuvimos que amansar antes de entrar, porque no desalojaban la sala: Oliverio Coelho estaba satisfecho con su exposición previa y aseguraba, muy suelto, que Zama es la novela argentina más importante del siglo XX. Silvia Saítta no lo desmentía (y entre otras cosas contaba que los estudiantes de Letras leen muy poco y salteado, que es puro mito que Saer sea un autor difundido dentro de la Universidad, que La joven guardia le había parecido “despareja” y que no le gusta la página de reseñas bibliográficas del suplemento de Cultura de Perfil, aunque el resto “está bien”).
Yo dije lo que pensaba: que Zama me aburrió, que para novelas influyentes en la literatura argentina, si es que se puede hablar de influencias tangibles, estaban Rayuela o El juguete rabioso (no llegué a decir que antes que con Zama me quedo, toda la vida, con Nadie, nada, nunca, con Flores robadas de los jardines de Quilmes, o con cualquier libro de Fogwill o Castillo) y que, en resumidas cuentas, Di Benedetto no me interesa mayormente.
- ¿Pero vos estás loco? -me dijo Saítta. No pensás decir una cosa así. ¿De qué vas a hablar en la mesa?
- De literatura y de periodismo. ¿O no se trata de eso? De periodismo narrativo. Y de blogs.
No llegué a hablar de los blogs, aunque mencioné las potencialidades de internet como forma de circulación de obra, frente a algunas quejas de la exigua platea acerca de las imposibilidades de publicar.
No hubo tiempo, se hacía tarde.
La Saítta, a pesar de los encontronazos, y de la curiosa desconfianza y reticencia que profesa por la literatura argentina actual, me cayó bien.
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Setiembre 26th, 2006 · 4 Comments
Si hasta hace poco los periodistas podíamos seguir haciéndonos los distraídos, lo cierto es que ya no queda más tiempo: la revolución tecnológica, las nuevas formas de producción, consumo y circulación de la materia informativa han venido a modificar nuestra profesión de raíz.
Alcanza con recordar que hasta hace diez años escribíamos a máquina y transmitíamos los artículos por fax, sin mencionar los profundos cambios producidos en el ámbito de la fotografía. La tendencia muestra que las ediciones electrónicas de los diarios van desplazando, de a poco pero de manera sostenida, al papel. Vivimos un período de transición hacia algo nuevo.
Pero no hay por qué ponerse apocalípticos. ¿Significa todo esto que los medios tradicionales desaparecerán, que el periodismo es una actividad en vías de extinción? Tendería a pensar al revés: que todos estos cambios tienen que, necesariamente, transformar de manera positiva la profesión. Que los medios, los tradicionales y los alternativos ofrecerán –de hecho ya lo hacen– la pulpa de las noticias mejor y más rápido, con posibilidad de corregirla y actualizarla al instante. Que los diarios y revistas de mayor circulación –y con ellas la gente que las piensa y las hace– se verán obligados a ser, cada vez, mejores periodistas: deberán estar dispuestos a aprender constantemente para ofrecer, a un lector más exigente y atento, lo que va a demandar por su paga: no sólo información sino análisis, reflexión, opinión y calidad narrativa.
¿Qué alternativas quedan, si hoy por hoy un chico de ocho o diez años es capaz de redactar de manera correcta un texto informativo básico? Comprometerse más y acompañar los cambios. Producir artículos únicos, irreemplazables. Una opción entre otras: procurar un espacio más generoso, en los medios de mañana, para la crónica periodística –el género más completo y exigente.
Hay ya una generación de jóvenes cronistas dedicados al periodismo narrativo que, paradójicamente, suelen publicar sus trabajos en el extranjero. Este grupo está dotando al género de un corpus entre los que ya se cuentan libros como Los suicidas del fin del mundo (Leila Guerriero), Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (Cristian Alarcón), Cristo llame ya (Alejandro Seselovsky) y al que ahora se suma La Patagonia vendida, de Gonzalo Sánchez. No son todos, por supuesto. Vendrán más. Y todos saben y creen, como escribió otro gran cronista, el mexicano Juan Villoro, que “una crónica lograda no es más que literatura bajo presión”.
Tienen un modelo a seguir y superar: casi todos ellos reconocen en sus trabajos la influencia del que tal vez sea el mejor cronista argentino: Martín Caparrós –que acaba de publicar una crónica monumental llamada El interior y que viene tallando el camino del género casi en soledad, desde hace por lo menos quince años. Tampoco se trata de un fenómeno local: la crónica cuenta con un desarrollo notable en países como Colombia, México y Perú. En los Estados Unidos, incluso, acaba de publicarse un libro llamado The New New Journalism, que reúne el trabajo de un grupo de periodistas “que se destacan por provenir de campos ajenos a la profesión –la historia, la psicología, la sociología– y por su capacidad para convertirse en cronistas de la experiencia ordinaria, dominar una nueva sensibilidad y contar la realidad de un modo diferente”.
Más temprano que tarde, el periodismo gráfico deberá ser otra cosa. Está obligado a mutar, si quiere estar a la altura de las circunstancias: a fundirse con otras disciplinas hasta que las fronteras se diluyan y dejen de existir.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 24 de septiembre de 2006).
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Setiembre 19th, 2006 · No Comments
A esto, a esto, a esto y a esto me refiero cuando hablo de la nueva generación de cronistas que están contando la Argentina contemporánea, haciendo (¿nuevo nuevo?) periodismo con compromiso y destreza narrativa.
Cortenlá con la antinomia divulgación-academicismo: la historia se puede decir de otra manera.
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Adelantamos -en tiempo real- el fallo del Premio de Crónicas Seix Barral - FNPI, que se debe estar entregando en este preciso momento en la ciudad de Bogotá, Colombia.
Y nos complacemos en informar que un amigo de la casa, el periodista Hernán Iglesias Illa (a quien pueden leer en el blog que está linkeado aquí abajo a la derecha, Un argentino en NY, y que suele escribir para Los Trabajos Prácticos, el primer link de, también, aquí abajo a la derecha) ha sido galardonado entre más de 350 periodistas de todo el mundo con el primer premio, unos 20 mil dólares que solventarán (¿lo harán? Ta caro Nueva York) el trabajo de investigación y redacción de Golden Boys en Nueva York. Vivir en los mercados, su proyecto.
Un fuerte abrazo para Hernán y también para Cristian Alarcón, finalista del premio y otro gran amigo de la casa.
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Marzo 24th, 2006 · 1 Comment
“Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.”
Rodolfo Walsh. - C.I. 2845022
Buenos Aires, 24 de marzo de 1977.
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El domingo pasado, Beatriz Sarlo escribió en La Nación un artículo donde exponía una serie de razones por las que, según su opinión, la historia de divulgación y la académica entran en conflicto. El interrogante que instalaba el artículo de Sarlo era el siguiente: ¿cómo contar la historia, de qué manera, sin caer en las simplificaciones divulgativas ni los bostezos profesionales? Una de las respuestas posibles está cifrada precisamente en la nota, donde dice: “La historia pública masiva circula en los grandes medios de comunicación y sus expansiones en la industria editorial. Pero las historias populares son anteriores a estos discursos mediáticos”. Sarlo tiene razón, a medias. Porque existe una corriente que, desde hace años, se hace cargo de narrar la historia argentina reciente; un género que sintetiza lo mejor de cada una de las vertientes historiográficas: la crónica periodística.
El origen de la crónica se remonta –si no antes– a los viajes de Heródoto del siglo V a.C., recogidos en Los nueve libros de la historia, con los que se inaugura también la misma disciplina. La crónica tuvo destacada importancia durante el siglo XV, con los viajes de exploración por el continente americano, e incluso hasta el XIX, antes del desarrollo de la fotografía, fue la manera habitual con que los pensadores positivistas trazaron sus trabajos científicos. Ya en el siglo XX, narradores como Ernest Hemingway, Norman Mailer, Truman Capote y Tom Wolfe, dentro del periodismo y con herramientas propias de la literatura, elevaron el género a niveles sorprendentes.
En la Argentina, entre 1950 y 1970, escribió una generación de cronistas notables: Enrique Raab, Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez, entre otros. Pero después de la dictadura militar el género pareció replegarse, y el periodismo se ocupó primero de dejar constancia de los crímenes de la represión ilegal para, más tarde, investigar la corrupción del entorno menemista. Mientras tanto, germinaba una nueva generación de periodistas, la misma que está escribiendo hoy la historia argentina contemporánea. El modelo a seguir parece ser el del Martín Caparrós de libros como Larga distancia, La patria capicúa o La guerra moderna (no debe ser casual que Caparrós tenga en su haber estudios universitarios de Historia).
Esta generación, donde despuntan nombres como los de Cristian Alarcón, Leila Guerriero, Josefina Licitra o Alejandro Seselovsky, viene ocupándose de temas urgentes como el recrudecimiento de la delincuencia juvenil o la avanzada de la Iglesia Evangélica en el país. Historias abiertas, curiosas, crudas e inteligentes que escapan de lo que Sarlo denominó “la teoría del complot”. Historias donde se utilizan tanto los documentos como el trabajo de campo. Si hay algo que lamentar en todo esto es el espacio reducido que los medios le dan al género en la actualidad. Mientras el nivel de los cronistas locales es reconocido en América y Europa, las mejores revistas de crónicas se editan fuera del país, aunque se lean con fruición en la Argentina.
(Publicado el domingo 29 de enero en el suplemento de Cultura del diario Perfil)
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Diciembre 16th, 2005 · 2 Comments
“Aparte, y esto era formidable, no respetaban a nadie. A propósito, Rivarola, convertido sin mayor alternativa en el loco Rivarola, el orificio por donde respiraba el diario, los hacía reír a todos cuando decía que si por ejemplo entraba don Borges de notero especial, durante los dos días se le acercarían desde secretarios hasta correctoras para saludarlo con respeto, le harían dedicar libros, le dirían don Borges yo leí El Aleph y esas cosas. Sin embargo, a partir del quinto día podía aparecer perfectamente el gordo Estéfani, para decirle: ‘Che, cieguito, te espera el móvil abajo, andá entrevistar al que ganó el Prode’”.
Jorge Asís, Diario de la Argentina, Oberdan Rocamora editor, Página 173.
(Bienvenido al club, Terranova)
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“(…) Dicen que Carolina era igual a su hermana más chica: esa tromba que me contó que iba a folklore, a inglés, a danza, al colegio, que leía, que le gustaban Horacio Quiroga y Elsa Bornemann, que había escrito un cuento.
- ¿Vos tenés seguridad en tu casa en Buenos Aires? Porque dicen que tenés que vivir atrás de una reja.
- No es para tanto.
- Dicen en la tele. ¿El hotel donde vos estás parando es muy lujoso?
- No.
- Dicen que las habitaciones son un lujo. ¿Querés saber mi sueño?
- Dale.
- Eh… no se va a cumplir.
- ¿Por qué?
- Y, no, porque no se va a cumplir. Que vuelva otra vez mi hermana- dijo, y se hizo un silencio pesado.
- Es que ese sueño no se puede cumplir, mamita- se acercó Vilma, secándose las manos.
- ¿Viste? Yo te dije- dijo Paola, como quien tenía esperanzas, como un chico a quien le niegan su capricho.
- Ese sueño lo tenemos todos, pero tu hermana…- siguió Vilma.
- Ay, no me hagas llorar, ma.
- La hermana está todos los días con nosotros. En la mente. En el corazón. Pero mirá, ya estás llorando, Pao.
- No, ma, no te preocupes. Lloro por nada, ¿Vos sos escritora?
- Algo así.
- Ah, yo quiero ser mecánica de autos.
Y si no me da el cerebro, dijo Paola, voy a ser escritora.
*De Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico, Leila Guerriero, Tusquets, octubre 2005.
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