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enero 27th, 2012 · 1 Comment
Curioso que en el amplio y abierto abanico de posiciones a escoger, por más vueltas y torsiones que obliguemos a realizar a nuestros delicados miembros, la cuestión sigue estando reducida siempre a los mismos centímetros de piel que abrazan o invaden el cuerpo ajeno. Así seamos capaces de poner los pies detrás de la nuca y otras contorsiones, lo que importa sigue estando ahí abajo, en el vínculo, en los órganos que encajan, rústicos, un tanto forzados, como eslabones extrañamente disímiles que al frotarse generan una estática calurosa, que se agranda y se escapa por la espalda para llegar finalmente al cerebro, provocando una líquida ilusión de unidad y persistencia en el tiempo.
Cualquier otra variación no son más que distracciones. Las manos, la boca, el espacio hundido entre tus pechos es como mirar una montaña rusa desde lejos. Hay un goce, egoísta, fabricado, que está hecho más que nada de ojos cerrados, de posibilidades, de imaginarse que se sube y se cae, que el viento golpea con violencia en la cara, de las ganas de gritar escuchando otros gritos. Pero en el segundo que se abren los ojos, el cuerpo nota que el parque está del otro lado, que hay que meter las manos en los bolsillos para que los dedos adivinen si hoy, si en esta tarde soleada, tendremos las monedas suficientes para pagar la entrada.
Además, millones de palabras se han escrito y traducido, nos han mostrado fotos, videos de tinte didáctico pero seguimos ignorantes de cómo acomodarnos cuando el sexo es producto de la culpa o del miedo. Cómo saber a qué ritmo moverse cuando en la cama son dos y en la cabeza tres, cuatro, millones. Dónde deberemos tocar para dejar cuenta que hoy es un poco lo odio lo que impulsa cada empujón y gemido. Y falta la lista de pequeñas explosiones que se suceden cuando, en la más ortodoxa de las posiciones, hacemos lo que no se debe.
Perro que ladra
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El amor es hijo de una falacia. Nuestra desquiciada adoración hacia los termómetros se fundamenta en que lo que creemos estar viendo, en ese acotado rango de números, es la medida de nuestro sufrimiento. La meteorología, con sus orgullosas predicciones, termina de cerrar el círculo. El futuro anticipado genera la ilusión del control. Si hoy hace 37º y un señor de traje o una rubia de tonada extranjera indescifrable nos anuncia que para mañana esperamos 38º, nos invade cierto goce al saber que mañana estaremos peor que hoy. Nos gusta que el sudor incontrolable confirme la letanía de que la ciudad arde, que estalló el verano, que no se puede estar. Disfrutamos de la cruel democracia del calor de la que no se salvan ni los perros.
No faltaran los hijos de Funes que dirán que esto no es nada, manga de maricones, que verano salvaje fue el que ellos vivieron, allá lejos y hace tiempo, donde hasta los recuerdos eran en blanco y negro. Se enfrentarán sin tregua a la nueva generación apocalíptica que con gráficos de barras y fotos de glaciares derretidos declaman que lo peor está por venir, que falta nada para los patios domésticos adquieran el enceguecedor azul de una pelopincho vacía. Desde lo alto de una montaña algún viejo sabio, sin más herramientas que una operación de rodilla, lleno del conocimiento que otorga la mirada continua sobre el horizonte, zanjará la cuestión, anunciando, práctico, que mañana seguro llueve.
Como siempre, todo es cuestión de perspectiva. El fundamentalista del verano dirá que lo peor es la estación contraria. Porque más allá de la tiranía del mercurio, el verdadero infierno también está hecho de frío, de granizo, de tormentas que nos azotan por dentro.
Perro que ladra
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Lo mejor que hemos leído fue escrito por manos ajenas. No poseemos la perfección para traicionar que tienen nuestros amigos y admiramos lo persistentes y dedicados que pueden llegar a ser nuestros enemigos. Podemos tocarnos, intentar rascarnos nuestra propia espalda, pero el verdadero incendio lo provoca siempre la mano extraña. Las palabras salen de nuestra boca, rápidas, con huérfana desesperación, girando, buscando oídos, cerebros, brazos y respuestas. Insoportable sería no distinguir los barrotes (1) que llevan los que caminan en dirección opuesta, señalando donde nuestra libertad termina.
El paraíso son los otros. Son ellos los que perdonan, los que ponen en penitencia, los que dibujan, calmos, con mano firme, todos y cada uno de los círculos de nuestro infierno. Los necesitamos para sufrir y odiar como es debido, para entregarnos, para dejarnos caer, para ser abandonados y lastimados, para reírnos un rato, para ser humillados, para dormir tranquilos alguna que otra noche, para que terminen de cerrar el perímetro de nuestro cuerpo, para que opinen, manipulen y construyan (2) lo que somos, para que nos expliquen nuestro pasado (3) y fuercen y tuerzan nuestro destino. Imprescindibles para entender el sufrimiento, el goce y la muerte. Efectivos a la hora de sentirnos solos.
Perro que ladra
1. Gracias Roger
2. Gracias Lupe
3. Gracias Silvia
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diciembre 30th, 2011 · No Comments
(Va el último Recomendador del año, la única sección hecha por colaboradores de este blog. Agradecemos la inteligencia de El Perro, y esperamos que en el 2012 nos siga acompañando con sus curiosidades y recomendaciones).
Si está cansado de los listados de Lo mejor del 2011, Personajes del Año y la tapa de Gente, aquí tenemos otras opciones para satisfacer esa extraña necesidad de traer, clasificar y calificar el pasado para confirmar que a lo largo de este año que termina, tampoco hemos vivido.
- Las 10 decisiones fundamentadas por la razón que nos dejaron con ganas de hacer lo que queríamos.
- Las 25 canciones que nos bajamos pero que nos da vergüenza reconocer antes nuestros amigos.
- Top 20 de las enfermedades más usadas como excusas para no ir a trabajar o no asistir a cumpleaños de conocidos.
- Las 5 personas que protagonizaron hechos que hacen que sientas vergüenza de que sean parientes.
- Las 20 mejores animaladas que te mandaste producto del exceso de alcohol que te provocaron violentas resacas y cierto orgullo inconfesable.
- Top Ten de grandes aciertos que nunca fueron planificados ni fueron deseos el 31 de diciembre del 2010.
- Las 10 mejores maneras de evitar saludar a gente indeseable en el transporte público.
- Las 25 mentiras que dijiste sin ningún cargo de conciencia.
- Las 20 mejores sugerencias que te hizo gente de confianza, que resultaron ser todo un fiasco.
- Las 5 promesas que repetís todos los años, que en el 2012 tampoco vas a cumplir.
- Las 10 frases que dijiste, cargadas de lucidez e inteligencia, que nadie registró ni recuerda.
Perro que ladra
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diciembre 23rd, 2011 · 2 Comments
Líbranos, Señor, de los buenos deseos
Del vitel toné, del piono y la fruta abrillantada
De los lazos de sangre
De la obligación de ser felices una noche determinada
De gente flaca disfrazada de gordo
Del calor y la humedad
De las lágrimas televisas
De los juguetes chinos
De las historias previsibles y de final cantado
De la solidaridad compuesta de sobras (1)
Del dolor de estómago y el ananá fizz
De los grupos corales
De la película de Mel Gibson, doblada o subtitulada
De gastar pólvora en cohetes
Del finde en la costa
De los borrachos tristes (2) y las tías viudas
De la palabra “próspero”, de la palabra “happy”
De lo dorado, lo plateado y lo rojo y verde
De los informes sobre festejos alrededor del mundo
De lo mejor del 2011
De las tarjetas digitales animadas
De los rellenos agridulces
De la madrugada melancólica
De la tristeza mal disimulada
Del ritmo enfermizo de las luces
Y concédenos,oh Señor,
Lucidez para todos los que nos rodean
Ilumínalos para que esta vez sí
Nos regalen eso que sale caro
Y tanto estamos necesitando
Perro que ladra
1- Gracias Andy (y van…)
2- Gracias Sil
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diciembre 16th, 2011 · No Comments
Venime con cuentos, que todo lo que digas, escribas o me muestres sea puro verso. Mentime que no solo me gusta sino que además lo disfruto. Hace uso de los golpes de efecto (1), que el lenguaje florido te llene la boca y te empalague. En todo caso, si tiene que haber espacios en blanco, saturados de sopor y aburrimiento, que sea intencional.
Si tengo que llorar que sea por tu culpa. Si tengo que agonizar que sea por las migas que me pusiste en el camino para que me arrastre, palabra por palabra, imagen por imagen, hasta un final calculado y eficaz. Dorame la píldora, manipulame. Jugá conmigo, con cadenas, con hilos que tengan en la punta un anzuelo que se me clave en los oídos y la mirada. Saturame de adjetivos, de construcciones, de luces afiladas que apunten al asombro. Ajustá, revisá y corregí. Desechá lo que consideres conveniente, ponete frenético con la edición. Dame asco y repulsión. Arrastrame hasta donde quieras. Llevame de la mano o a los golpes. Seducime. Abusá de mí. Enamorame, si querés. Traicioname. Fingí naturalidad. Evitame los tiempos muertos, las anécdotas innecesarias de los recorridos. Divertime. Calculá el número justo y necesario de personajes. Pintá los fondos sobre cartón, decorá con objetos hechos de ese vidrio que se rompe y no lastima. Ponele música. Sé detallista en los golpes, en la sangre, en las desgracias. Que la corrupción sea gradual y controlada. Hacé foco en los gestos pertinentes. Montá todo el simulacro para que yo me la crea, y no dude ni sospeche. Cambiale el color, hacelo en blanco y negro. Tratame la violencia hasta hacerla digerible y costumbrista, que huela a perfume. Que todos lleguen juntos al orgasmo. Hacé llover, que el viento siempre pegue de frente (2) y despeine con elegancia. Avisame, con carteles o números, cuándo empieza y dónde termina.
A mí no me vengas con la vida. Es demasiado aburrida, lenta, larga.
Perro que ladra
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Gracias Maca
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Gracias Andy
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diciembre 12th, 2011 · No Comments
Todo documental ansía y cree cumplir con el objetivo de encontrar la explicación de un hecho, de una situación determinada. Se suman datos, se agregan testimonios y la misión estará cumplida, y siempre en apariencia lo está, si el público responde con un leve gesto de afirmación mientras pasan los créditos del final. La misma fórmula se puede aplicar a cualquier hecho de la vida de uno. Tomando el aquí y el ahora como meta, es posible encontrar, en la larga lista de decisiones y hechos que hemos transitado una explicación convincente de cómo llegamos a este punto. Nada tiene que hacer la verdad en todo esto. Solo se trata de dejar tranquilo al cerebro con relaciones directas y lineales. No es ni siquiera necesario recurrir ni internarse en la oscura selva de las explicaciones psicológicas.
En la construcción de este entramado, en esta edición donde pornográfica será la cantidad de material sin usar, es posible hasta caer en la ilusión de que todo, efectivamente, tiene que ver con todo. Uno vota a un determinado partido, entra un legislador, presenta un proyecto de ley, se aprueba. Sale la nota en un diario, haciendo que un lector se vea afectado. Es tal la preocupación que se sube al auto pensando en ello. Con la venia de la urgencia, llama a un colega mientras conduce. Se pone más nervioso y debido a esto no puede reaccionar a tiempo en una esquina y choca provocando la muerte de otro conductor, que hasta es posible que sea uno, el que voto a un determinado partido. El acierto está es que es tanta la distancia entre el aleteo de la mariposa y el ciclón del otro lado del mundo, que no hay límites para lo que se puede poner en el medio, vinculante, como instrumentos justificativos.
El final de la película es igual para todos. Y si se observa el reparto, es uno es el que hace uno. No vale la pena detenerse en la conclusión de que entonces todo lo que hacemos, desde el momento que nacemos, es respirar y dar pasos hacia una pantalla negra. Disfrutemos mejor de las incontables oportunidades de usar el pasado y el futuro como excusa, de que el estado actual de las cosas sea explicado y fundamentado con los ilusorios y convincentes cimientos de la razón. Y si de encontrar pretextos se trata, en lo efímero del presente, en su casi no-existencia, es donde hallamos el permiso para malgastarlo un poco escribiendo sobre por qué estamos como estamos, por qué somos lo que somos.
Perro que ladra
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diciembre 2nd, 2011 · 1 Comment
La democracia ha alcanzado uno de sus picos más altos en la cuestión de la libertad de expresión. Esto es evidente en el especial cuidado que debemos tener al elegir las palabras que vamos a usar para decir lo que pensamos. Los libres pensadores siempre se han destacado por la comprometida y férrea lucha contra todos aquellos que, haciendo uso de su derecho a elegir, deciden no tener la mente abierta.
Grandes pasos se han dado también en la integración de las minorías. Finalmente se ha entendido que, ya que son chivos expiatorios, siempre a mano para acusarlos de los males que aquejan a nuestro cada vez más castigado mundo, lo menos que se puede hacer es tratarlos bien. Cuanto más merchandising les permitamos usar prendidos en su pecho, es más fácil el conteo para asegurarnos la tranquilidad de la superioridad numérica de lo estándar. Fértiles han sido en la creación de palabras para identificarlos. Se dispone de innumerables variantes para cada uno de los sectores. El asunto es no entusiasmarse y tener la cabeza fría para recordar que se debe decir gays y no putos, bolivianos y nunca bolitas. Decir chinos todavía es aceptable si no se agrega ningún desagradable adjetivo (1) anterior o posterior al núcleo del sujeto. Atención además de no hacer uso a ninguna característica física como método identificatorio visual o señal inequívoca de determinados comportamientos.
No se niegan ni los avances ni las injusticias. Solo debería sembrarse un poco de duda entre tantas buenas intenciones, si son necesarios los gestos condescendientes, la solidaridad berreta que nace de la presunción de que cantidad y debilidad son directamente proporcionales. Y si en este derroche de ideales no estaremos siendo demasiados duros con los que no están de acuerdo con todo, si no será justamente esa bozal tan invisible como efectivo, el que provoca la violencia (2) de los hechos, que las manos sean las que ejecuten la catarsis nefasta, sangrienta e innecesaria, si no son este tipo de batallas en nombre de la equidad las que dejan en evidencia la necesidad que tenemos de dormir tranquilos arropados bajo las sábanas de la normalidad, de dejar en claro que no somos todos iguales.
Perro que ladra
1. Gracias Melina
2. Gracias Andy
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noviembre 25th, 2011 · 1 Comment
Habría que ver si ciertas cosas seguirían teniendo el mismo grado de valoración si no estuviera la mirada de los otros. Vaya uno a saber qué cualidades sobrevivirían, si acaso no se convertirían en defectos, si no quedaría expuesta su naturaleza extrínseca. Cuantos quedarían con ganas de tener pareja, de casarse, de tener hijos. Es valido preguntarse si no se extinguiría nuestra costumbre de cambiarnos de camisa y pantalón todos los días. Si al aflojarse la presión constante y concentrada de los globos oculares que vigilan nuestros pasos, siguen siendo necesarios el peine, el desodorante, la corbata y el par de medias del mismo color. ¿Tendríamos el pelo corto, las uñas cortadas, la barba prolija? (1) ¿Abandonaríamos la obligación de ser cordiales, atentos, buenos anfitriones, estudios universitarios completos? ¿Seria el baño el mismo imprescindible y pequeño reino sagrado, rectangular y desinfectado? A cuánto cotizaría el centímetro de pene si no existiera la comparación y los malos argumentos de la pornografía cotidiana que emerge en las charlas con amigos y vecinos. Caería el imperio salvaje de la depilación definitiva dando paso a una mullida alfombra con mensaje de bienvenida en la entrepierna.
Si los demás no fueran entonces parte esencial y constitutiva de nuestro ser, qué partes de nosotros se desvanecerían, qué trozos de nuestra personalidad se ablandarían, deshaciéndose y chorreando hasta nuestros pies (2) antes de desaparecer. En el infinito universo de las suposiciones hasta cabe la posibilidad que, despojados de los códigos de urbanidad y buenas costumbres, terminemos siendo mejores. Aunque sin la rígida vara de los juzgados cotidianos, esto tampoco tendría demasiada importancia.
Es curioso. Pero hasta el deseo mismo de soledad, de ostracismo, de ser parte prescindible y excluida del mundo, está mal visto y provoca que la gente te mire de costado y mueva la cabeza, al ritmo lento de la desaprobación, una vez que ya pasamos. Por lo tanto, deberemos seguir sometiéndonos, día tras día, a la cálida tortura de pretender que nos quieran por lo que (nos repiten a cada rato que) nosotros somos.
Perro que ladra
- Gracias Andy
- Vía Andrés Schuschny
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noviembre 21st, 2011 · No Comments
Es necesario aceptar que por el momento no somos capaces de tener un pensamiento original. Todo ya ha sido dicho, escrito, comentado y deformado hasta el cansancio. Todo lo visto es una remake, un homenaje, un guiño. Ante la posible escasez de números romanos para identificar secuelas se inventó la palabra y el concepto de precuela. Todo lo oído es un cover, un acústico, una nueva versión, una colaboración, una re-interpretación. Leer sobre lo escrito que toma como base lo que otros escribieron o la misma historia de siempre con una aparente vuelta de tuerca que no es otra cosa que apenas una torsión probada y efectista.
Y así el cerebro se aquieta y descansa sobre la mullida almohada de lo conocido. No cuestionar y no reflexionar. Decir lo primero que se viene a la cabeza, por costumbre, caminar sobre la marca de las huellas, que los pensamientos recorran el mismo lecho, que no se bifurquen, que no se desvíen, que no vuelvan sobre la marcha trayendo interrogantes. Repetir y soplar. Una película de terror donde un par de rubias de pechos generosos ven una película donde matan a un par de rubias de pechos generosos que miran una película. El cinismo como reemplazo de la inteligencia. El humor como respuesta incorrecta. La destrucción masiva de una idea por el simple placer de ver las cosas desmoronarse, de verlas explotar en colores (1), en alta definición, a todo volumen.
El problema no es la banalidad. La cuestión no es dejar de disfrutar el deslizarse sobre la superficie de las cosas. Bienvenidos sean los sonidos repetitivos que embotan el cerebro, bienvenida la capacidad lisérgica de la procrastinación. Lo jodido del asunto es la costumbre, la eterna maratón zombie para recorrer las calles, el letargo constante, tener que pedir que nos caguen a patadas en el culo para que se nos caiga una idea.
Perro que ladra
- Vía Zeta
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noviembre 11th, 2011 · No Comments
No hace falta decirlo, no hace falta recurrir a la ciencia o a lo esotérico. Es una simple cuestión de lógica. En algún momento el mundo tendrá su final. Tal vez por una simple cuestión de desgaste, de paso del tiempo, de tanta rotación y traslación sin descanso. Y esto sucederá independientemente de si hay o no humanos caminando sobre su superficie.
Aunque parezca lo contrario ser un vocero de la desgracia no es tarea fácil. Antes que nada se debe tener la férrea coraza de la convicción, que en estos tiempos de ideologías tan endebles y maleables, no deja ser una gran virtud. Se le debe sumar un carácter impermeable a la incomprensión generalizada. Nunca mejor dicho: nadie es profeta de su Tierra. Tendrá, no lo dude, un reducido sequito. Hará un poco de mella en su ánimo el darse cuenta de que sus apóstoles lo escuchan y siguen sus enseñanzas no tanto por la fortaleza de los argumentos esgrimidos sino más bien para calmar un poco alguna que otra angustia doméstica y cotidiana o sobrevivir a un olvidado trauma infantil no resuelto. Igualmente ardua tarea será encontrar las señales justas e inequívocas para afirmar y gritar a los cuatros vientos que this is the end, a coger que se acaba el mundo. En otras épocas, cuando las únicas amenazas provenían de la madre naturaleza todo era mucho más sencillo. Un río desbordado, una lluvia incesante, invasión de mosquitos, sapos o langostas podía ser tomado como prueba irrefutable del fin de los tiempos. Hoy son tantos los hechos que pueden ser tomados como anuncios de una hecatombe, que se dificulta separar y exhibir lo conveniente para lograr el efecto deseado.
A la particular extrañeza que nos provoca saber las verdaderas intenciones de alguien que siente el mórbido deseo de una catástrofe mancomunada agregamos la sonrisa grande y condescendiente de quién sabe que el otro está equivocado. Aunque no podemos negar cierto nerviosismo y preocupación subterránea. Ponerle fecha a una desgracia encubre el deseo de controlarla y por eso las profecías siempre resuenan en alguna parte de nuestro cuerpo. Hay ganas de saber cuándo nos vamos a morir. Por suerte, por el momento, no hay manera de conocer ni fecha ni hora ni década aproximada. Así que puede ser cualquier día.
Incluso hoy.
Perro que ladra
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Si de fantasías sexuales hablamos es interesante ver como estas se desplazan en relación a la realidad. Supongamos que la vida se mueve hacia adelante. En el principio, en ese momento en que somos todo inexperiencia, nos inundan imágenes que, a lo Michael Fox, vienen en sentido contrario, del futuro. Con la vista clavada en el techo y la mano en la entrepierna se suceden orgías con mujeres (u hombres, o algo, depende el caso, hay para todos los gustos) imposibles, de dimensiones tan fascinantes como extrañas, de pelos excesivamente largos, de labios gruesos y desbordados de obscenidad. Conforme sucede la vida parece vislumbrarse en el horizonte la posibilidad de la concreción. Si bien en ese momento la realidad pareciera estar en el mismo espacio y tiempo de nuestros deseos, no logran tocarse. El cerebro se puebla entonces de falsas posibilidades inmediatas, de caras cotidianas, de uniformes, de retazos de piel vislumbrados por accidente.
Cuando finalmente el acto sucede, no hay mucho para decir. Todo es demasiado confuso, demasiado palpable, eterno y breve como para ponerse a pensar o buscarle palabras. Y es en ese punto donde se aprende, sin saber, lo que significa el presente y se entiende finalmente, para bien y para mal, que nunca nada es como nos imaginamos. Pero nunca se toma la conciencia suficiente (1) de que de ahora en adelante todo será pasado, que fue justo ahí donde la fantasía pasó más cerca que nunca para empezar a alejarse, de manera irreversible, siempre en sentido contrario a nuestro avance. Así, después de tantos kilómetros recorridos, con la piel curtida, vuelve a nuestra cabeza lo que pudo ser, se sueña con lo que ya se soñó, se extraña lo que ya se tuvo, se revive y se deforma lo que ya pasó. Se abrazan hasta asfixiar algunos recuerdos.
Y un día será mañana, seremos aparentemente maduros, indefectiblemente viejos e impotentes. Veremos en el horizonte desaparecer los últimos restos de los que se alimentó nuestra libido. Y sonreiremos. Y con una maldad sin precedentes, aunque sepamos con certeza de su ineficacia (2), echaremos sobre las generaciones futuras esa maldición árabe que dice que ojalá te enamores y se cumplan todos tus deseos (3).
Perro que ladra
-
Vía Linkillo
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Gracias Daniel
-
Gracias Maru
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¿Tírate qué?
Tírate un paso
¿Tírate qué?
Tírate un dato (1)
¿Tírate qué?
Tírate un plazo
¿Tírate qué?
Tírate un gato
¿Tírate qué?
Tírate un mazo (2)
¿Tírate qué?
Tírate un plato
¿Tírate qué?
Tírate un brazo
¿Tírate qué?
Tírate un tatoo
¿Tírate qué?
Tírate un caso
¿Tírate qué?
Tírate un ocaso
¿Tírate qué?
Tírate un atraso
¿Tírate qué?
Tírate un faso (3)
Va para adelante y tírate un corchazo
Perro que ladra
- Vía Davo
- Vía Cecilia
- Gracias Andy
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Tal vez solo sea falta de conocimiento de nuestra parte. Y tampoco es que estamos descubriendo la pólvora. Pero es muy difícil no pensar en el poder de la sugestión, en esa capacidad poderosa y sin límites de mentirnos que tenemos los seres humanos, cuando leemos notas de cata de vinos. No se juzgue a nadie por ello. Deformar la verdad es un requisito indispensable para la supervivencia y nada malo hay en desear ser parte de un grupo que se destaca por tener una lengua entrenada para captar profundos niveles de sutileza.
Debe ser una cuestión de educación. El dedo (1), alguna que otra vez, nos hemos chupado. Madera, no. Y menos roble francés. Se dificultad entonces reconocer dicho sabor en la oscuridad de un par de tragos. La ignorancia quedará al descubierto si nos piden que definamos tanino. La humillación crecerá de manera exponencial ante nuestra evidente incapacidad para detectar notas de ahumado y tabaco; ciruelas maduras y mermelada; cassis, frutas rojas y pimienta; pan tostado, coco y vainilla; moras y chocolate; eucalipto y canela. Nos resultan desconcertantes y perturbadoras expresiones tales como “buen cuerpo y consistente”, “redondo y elegante”, “de gran complejidad, equilibrio y solidez”, “sabor de excelente entrada, aterciopelado, de gran estructura y largo final en boca”. De la palabra maridaje solo tenemos la imagen relativa a un casamiento. Y no nos pidan más, si ni siquiera hemos podido alguna vez presentarle una mina como la gente al más soltero de nuestros amigos, mucho menos sabremos la cepa exacta y conveniente para acompañar una tira de asado.
De lo que sí sabemos es del resabio de esa falsa y pequeña libertad que cabe en el fondo cóncavo de una botella vacía, de alguna que otra madrugada de ojos brillosos y dientes manchados, en la cual nos nació en el medio del pecho una calurosa y etílica valentía que nos permitió avanzar sobre esos terrenos que, observados desde la montaña de la sobriedad, nos parecían fuera de nuestro alcance.
Perro que ladra
-
Vía Wimbleblog
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Hemos dejado de madrugar porque está visto que la ayuda divina no llega. O exageran en misteriosos los caminos del Señor que resulta difícil comprender la verdadera intención de los golpes que recibimos durante el día. Y encima con la fiaca que llevamos encima por habernos levantado tan temprano. Hacer el bien, mirando o no mirando a quién, no está dentro de nuestras prácticas habituales. Y tal vez sea una decisión acertada: si el camino del infierno está pavimentado de buenas intenciones, mejor quedarnos quietos. Que no nos vengan con que el trabajo dignifica, amargo es el fruto del esfuerzo y la plata ofrézcansela a los monos que tampoco harán nada pero por lo menos le ofrecerán un baile como retribución.
Digan lo que digan, pase lo que pase, nos siguen extrañando las arañas, porque moscas no somos. Y sí lo fuéramos, feliz de aquel que pudiera conocernos e identificarnos (1) porque a simple vista, parecen todas iguales. Nunca nos regalen un caballo. Lo último que haríamos sería mirarles los dientes. Nos preocuparíamos antes en encontrar un lugar donde ponerlo, porque la casa es chica y el corazón pudiera no ser un buen hábitat para el pobre animal por más grande que lo tengamos. Alguno tendrá un patio grande. Pero, ¿y si llueve? No podríamos hacer nada ni poniendo buena cara. Y está la cuestión de mantenerlo. Porque, comprobado, no existen árboles de plata y todo el mundo caga mierda. Además, hay que alimentarlo. Dueño sí, pero dudamos de que con solo mirarlo, engorde. Tal vez eso solo funcione con el ganado. Además seguro que molesta al perro, que ladra y muerde. Un pájaro aceptaríamos pero lo pondríamos en una jaula. No aguantaríamos tenerlo todo el tiempo en la mano. Igual resulta difícil contar a los que están volando.
Mejor no extendernos más. Pocas palabras. Igual nadie va a entender ni con un par de ojos extra. Mejor ser precavidos aunque no nos valoren el doble por ello. Somos mañosos y nos sigue costando abrir los frascos. Pero no nos preocupa. Lo que no hicimos hoy, tampoco lo haremos mañana. Porque como dijo uno que sabía, mejor reconocer que no se sabe nada.
Perro que ladra
- Vía Juan Pablo Cassain
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Debe haber sido un orgullo herido aquel que dijo que el amor hace girar al mundo. La verdad es que en ese estado no se hacen muchos esfuerzos. Todo parece fluir y hasta en los más pequeños y estúpidos detalles creemos ver la fuerza del destino. El problema empieza cuando nos damos cuenta que el velo se empieza a correr, que la realidad es lo suficientemente puntiaguda y persistente como para ir horadando la retorcida construcción que hemos erigido, con suerte, entre dos.
Lo problemático no es que el amor se termine, porque ya sabemos que la repetición hasta el infinito del más dulce de los placeres termina hastiando hasta al más aquietado de los caracteres. El vértigo nace al observar, atónitos e impotentes, el derrumbe de la imagen que tiene el otro de nosotros. Esas peculiaridades que nos hacían tan especiales a los ojos de los otros, se empiezan a resquebrajar y lo que ayer era un maravilloso, único e irrepetible signo de la más pura virtud, hoy es un ítem más en la lista de detalles que prueban que estamos más cerca de la idiotez que de la divinidad.
Y es ahí donde empieza el movimiento, es ahí donde se sufre, es ahí donde nace el romanticismo, es ahí donde comienza la lucha, los esfuerzos titánicos, los regalos absurdos, los gestos ampulosos, gastados, ineficaces. La batalla más larga y más inútil del ejercito compuesto por un inexperto y solitario albañil que, desesperado, intenta componer el revoque y las hendiduras de la estatua pagana detrás de la cual estábamos escondidos.
Más tarde o más temprano la ilusión se termina. No queda otra que resignación, pura, sin mancha, sin eufemismo. Siempre llega el día en que quedamos en el medio del escenario, con todas las luces apuntándonos, al descubierto. Y no hay manera de ocultar que somos una larga suma de defectos, de imperfecciones, que nuestra pija nunca será lo suficientemente larga ni, en su defecto, juguetona.
Se sufre, se parte, se buscan nuevos cuerpos con terrenos sólidos para erigir nuevos y más fastuosos templos que nos representen. Y ahí esta la gracia: que el mundo se mueva no por la gloria de los sentimientos que causamos sino por la inagotable inercia de nuestras caídas.
Perro que ladra
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septiembre 30th, 2011 · 1 Comment
Siguiendo esta tendencia tan actual de repetir postulados sobre temas de los cuales uno en realidad desconoce pero eso no impide elaborar teorías tan profundas y complejas como una entrada de wikipedia, hoy hablaremos sobre evolución.
Pareciera haber acuerdo generalizado sobre que hay un antepasado común a todos los seres que pueblan esta tierra (un católico a la derecha por favor) pero no así sobre los mecanismos (1) que explican la transformación y diversificación de las especies. Darwin hizo el gran aporte de la teoría de la selección natural donde dice, con muchas palabras más, que el medio ambiente (2) favorece o dificulta la reproducción de los organismos según sus peculiaridades. Se pueden leer cosas tales como “Algunas características presentes solo en uno de los dos sexos en especies concretas se pueden explicar a través de la presión ejercida por el otro sexo en su elección de pareja”. O sea que la naturaleza, sabia ella, nos va diseñando de acuerdo a lo que andemos necesitando para poder, entre otras cosas, tener una buena revolcada para que nos sigamos reproduciendo y así la tierra no se muera de embole sin tanto humano encima suyo.
Aunque siguiendo esta lógica parece ser que ni hombres ni mujeres son los suficientemente bonitos para que se pongan a interactuar unos con otros. Malditos nosotros que quisimos estar en la cima de la escala evolutiva y nos tuvieron que meter la idea del placer en la cabeza. Tragedia que el cerebro no tenga la paciencia de esperar el natural desarrollo de miembros y accesorios atractivos (3) y nos impulse al uso de implantes, gimnasios y alargamiento peneano. Digo, al pavo real le dieron las plumas y parece que con eso alcanza. Aunque hay que reconocer que hicimos las cosas bien, y hasta quizá nos fuimos de tema, porque el mundo, dicen, está superpoblado. Lo cual explicaría por qué el asunto está cada día más complicado. Como si la naturaleza, sabia otra vez, nos dijera “todo bien, muchachos, pero hay que parar un poco”. Tal vez por eso existen la histeria, los traumas y la psicología, y los brazos son dos y lo suficientemente largos como para que uno pueda masturbarse mirando pornografía online.
Confiamos en que el proceso evolutivo no considerará necesario tomar la extrema medida de engendrar, usando lenguaje científico, nenas sin chocho y/o nenes sin pilila.
Perro que ladra
- Vía el fantasma
- Vía Ariel Tiferes
- Vía Silvia Angiola
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septiembre 23rd, 2011 · No Comments
Yo no sé cómo se hace para seguir los dictados del corazón. No alcanzo a escuchar su voz. Podría comprarme un estetoscopio y usarlo de vez en cuando. Recuerdo haberlo hecho. Un médico me prestó el suyo. Nada. Solo ruido, opaco, bajo, rítmico. Pero ninguna palabra comprensible. Reconozco a veces un cambio en el ritmo, pero estoy convencido de que el aumento de frecuencia, o su posterior desaceleración, no es un elemento útil al momento de encarar una posible traducción (1). Pensando en las venas como una especie de blando y tembloroso tendido de cables, la cuestión sería medirse el pulso y transformar esas pequeñas vibraciones en la muñeca en puntos y rayas. Desempolvar algún viejo manual de código morse y ver que sale. Sin haberlo intentando jamás me atrevo a afirmar que como resultado solo obtendríamos una solo letra, que se repite, hasta el hartazgo. Mi fantasía es que de tal experimento se obtenga una sucesión de letras “y” con el ligero tono de la interrogación.
También recomiendan seguir tus sueños. Ahí estoy peor. Apenas logro recordarlos, por un momento, al despertarme. Y si como con los latidos es todo minimalismo, con lo onírico es todo una exuberante confusión. Se mezclan cosas que no deberían, se está en lugares reconocibles llenos de esquinas que no existen, de paredes que no corresponden. Con esta base, cómo podría dibujar un mapa, como establecer mojones que me sirvan de guía. Cómo sacar un dibujo claro de lo quiero, de lo que anhelo, entre tanta mancha, entra tanto impresionismo deforme por pintura chorreada. Como establecer una meta con el recuerdo de puertas que se abren para llevarme a ningún lado, con palabras dichas por mí y por otros, que son la suma de muchos. Cómo hacer nada si en el momento cumbre me despierto, con mal aliento, con los ojos lastimados por la claridad que anuncia la vuelta a la más ordenada de las rutinas.
Tendría que dejar de hacer caso a lo que me dicen. Debería tratar de dejar de obsesionarme por encontrar respuestas. Y ustedes tal vez podrían reconocer que la vida no tiene sentido y asumir entonces que no es necesario que me anden dando indicaciones.
Perro que ladra
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Vía Matías
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septiembre 16th, 2011 · No Comments
Mantener las formas. Difícil cumplir si no queda claro donde están los límites. Cómo decidir dónde se puede pisar y dónde no, si no hay acuerdo sobre el cálculo del perímetro y la superficie de la tierra decorosa. Apelando a la más detestable de las vagancias, alguno que otro se verá tentado a decir que es una cuestión de sentido común. Como si existiera algún tipo de consenso sobre la ubicación de puntos de referencia, recibido y admitido por todos o por alguna democrática mayoría.
Y ante esta falta de certeza sobre lo correcto, nos inclinamos a ser férreos y dogmáticos para señalar y condenar lo que consideramos, sin otra prueba más que un ligero calor en el pecho y una leve presión de nuestro cerebro, está fuera de las fronteras de lo aceptable. Ante la opinión molesta, aparentemente sin filtros, desubicada y salvaje no dudamos en levantar el dedo y la voz, para hacerles recordar a quien quiera y a quien no quiera oír, que hay líneas que no deben cruzarse. Ante los agudos comentarios que no estén de acuerdo con aquello que pensamos, no dudaremos en calificarlos de obtusos. No sin cierto brillo heroico en nuestros ojos nos enfrascaremos en la batalla que se desarrolla en el llano paisaje de nuestras convicciones. Avanzaremos hombro con hombro, bajo la misma bandera, unidos a otros por nada más que el espanto y un odio mancomunado.
Y así, poniendo los puntos donde se debe, no dejando que las paralelas se toquen, sin permitir la curvatura ni la perpendicularidad de las planos, iremos construyendo la arquitectura de una libertad que nos permita restringir sin medida.
Perro que ladra
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septiembre 9th, 2011 · No Comments
Reconocemos al silencio como señal de inteligencia. Aparenta ser conclusión basada en datos empíricos pero es más bien un acto de defensa. Aunque nos estén detallando las cuarentas verdades de la vida la verborragia siempre aburre, provoca bostezos pudiendo incluso llegar a desmoralizarnos lo suficiente como para pedir la muerte del orador de turno. Sabiendo esto tenemos un ejército de gente bien intencionada que preocupada por la poca aprehensión a la que estamos dispuestos, analiza, estudia (1) y saca conclusiones sobre los mejores métodos expositivos. Entonces al interminable y adormecedor caudal de palabras se le suman material audiovisual y técnicas didácticas para reforzar el mensaje. Se puede llegar al extremo de que nos soliciten la intervención del movimiento de nuestro cuerpo para que la carne también colabore con la alimentación cerebral.
Fuera de los ámbitos académicos y de la capacitación corporativa, la vida cotidiana (2) también nos muestra ejemplos de lo apabullante que puede ser el bombardeo constante sobre nuestros oídos. Hay gente dispuesta a contarnos todo. Lo que le pasó, pasa y pasará. No asoma por su mente la posibilidad de que no nos importe ni un poquito lo que está diciendo. Cree, firmemente, que su relato es una fuente inagotable de experiencias aleccionadoras, imprescindible para el desarrollo de nuestras vidas.
Lo que siempre nos delata es nuestra cara indisimulable de aburrimiento, odio o espanto. Entonces los auto-declarados profetas de la verdad sacan a relucir su segunda arma: el humor. Existe además el lugar común que asocia esta característica con un alto coeficiente intelectual. Dada la naturaleza de lo que nos hace reír (que alguien se tire un pedo o se caiga delante de nosotros en la calle) es evidente que no deberíamos sacar conclusiones apresuradas sobre cómo reconocer a las personas que vale la pena escuchar. Si sumamos las dos cualidades, silencio y humor, los mimos nos tendrían que hacer destornillar de la risa y serían candidatos al Nobel todos los años, cosa que hasta el día de la fecha no pasó nunca.
Quizá, tantos esfuerzos, tanta investigación, tanto instituto y universidad, deberían concentrar sus esfuerzos en probarnos, a ciencia cierta, que la inteligencia, en cualquiera de sus variantes, sirve para algo.
Perro que ladra
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Vía JM Bouthemy
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Vía Diego Montesano
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septiembre 2nd, 2011 · No Comments
El asombro (1) comienza justo ahí, en el límite de lo que creemos posible. Puede ser pequeño, incluso cotidiano, producto de la observación de las, para uno, extrañas conductas de la gente en la calle, de los compañeros de laburo, del vecino de al lado. Nos ha pasado ubicar a los conocidos en determinados parámetros de conducta y descubrir más tarde, en carne propia, que nada es lo que parece. Nos sacuden un poco esos pequeños destellos de envidia, la cuota de resentimiento o cierto espíritu de sabotaje hacia nuestra persona en aquellos que dicen querernos. Por experiencia sabemos que los lazos familiares pueden ser sogas en el cuello, que extrañas puede ser las razones por las que alguien decide estar, en apariencia, de nuestro lado y que las buenas intenciones poseen la misma eficacia que las navajas en mano de los monos.
El golpe más duro proviene de la suposición de reglas naturales y eternas, leyes inamovibles que atraviesan la historia del hombre desde el principio de los tiempos. Inventamos el concepto de naturaleza humana al que debemos día a día, con forzado trabajo, apuntalar con el más artificioso y rebuscado de nuestros pensamientos, defendiéndolo del incansable ataque de hechos que amenazan con doblarlo hasta romperlo.
Es cierto: cada uno tiene el universo del tamaño que puede. Podríamos ser agradecidos con cada pequeña explosión que hace temblar y desmorona el delicioso y seguro mundo que nos fabricamos. Podemos incluso por voluntad propia forzarlo para expandirlo, sumar lentes al telescopio para ver más lejos o más profundo lo que tenemos cerca (2). La capacidad de asombro, no hay que preocuparse, seguirá intacta. A medida que avancemos no faltará la sorpresa ante el descubrimiento de lo que es capaz la humanidad en lo que se refiere a horrores y bajezas.
Y al decir humanidad, nos estamos estás incluyendo, por supuesto.
Perro que ladra
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Gracias Maru
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Vía @ricgreene
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agosto 26th, 2011 · 1 Comment
Es un problema de coordinación. La cuestión no es que la experiencia y la sabiduría no sirvan para nada sino que cuando llegan, lo hacen con un ligero desfasaje en relación a nuestra anatomía. Todo lo que nos faltaba de belleza lo teníamos en juventud pero la desperdiciamos en maratónicas sesiones masturbatorias. Después sufrimos, nos dimos la cabeza contra la pared, y adquirimos la seductora seguridad de la madurez. Claro, el problema es que se nos cayeron algunos pelos, otros empezaron a cambiar de color y para recuperar eso que llaman tonicidad muscular deberíamos haber empezado el gimnasio en julio. Del 2005.
Y no me vengan con el asunto de la belleza interior. Si así y todo hemos conseguido partenaire para una saludable sesión de intercambio de fluidos, fíjese que curioso, hasta la luz apagada juega en nuestra contra. El tacto suele ser despiadado si de encontrar imperfecciones se trata. Detecta el paso de la vida, que siempre pesada, nos dejó el ripio al descubierto. Ya no es tan fácil ni fluido circular sobre nosotros. Lento es el tránsito por autopista o colectora y no hay ni crema ni yogur que lo solucione. Además, en el medio del jadeo de nada sirve mencionar que leímos los siete tomos de En Busca del Tiempo Perdido (lo cual es una flagrante mentira), que estamos de acuerdo con el último artículo que publicó Michel Onfray o comentar que si algo hemos aprendido en todos estos años es que la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas.
Así que para qué preocuparse en crecer, si el resto del cuerpo siempre lo hace más rápido que el cerebro, sin dejar espacio ni tiempo para la reacción. Eso que sentimos en el pecho no es la confirmación de que llegamos al grado máximo de nuestra educación sentimental sino arritmia. Además, maduros o no, sin importar la edad, todos nos caeremos del árbol. Solo nos queda esperar que los gusanos se hagan un festín de carne tierna bien marinada en equivocaciones y decisiones irracionales.
El Perro
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agosto 19th, 2011 · 1 Comment
Para convertirse en objeto de amor es necesaria una cierta cuota de maldad. Nada como la bondad o alguna que otra bíblica virtud para provocar que la libido de los demás caiga de manera estrepitosa a nuestro alrededor. En estos casos a lo sumo conseguiremos alguna que otra mirada condescendiente, cubierta por una fina y brillosa capa de lástima. Con suerte, nos cruzaremos con almas solidarias que con el tono más solidario posible nos dirán “vos sí que sos un buen tipo” y se encargaran de transmitir esta información con el resto del mundo con frases de tinte gastronómico: “es un dulce”, “es un pan de Dios”, “es un bombón”. La condena final llega con la expresión: “es el mejor amigo que uno podría llegar a tener”.
Las pasiones pasan por otro lado. Si no, preguntémonos si no son acaso aquellos que nos hicieron sufrir en grande, los que tienen un lugar preferencial en nuestra cabeza. La respiración se agita cuando en el medio de algún silencio nos acariciamos con la punta de los dedos las cicatrices, las abolladuras, ahí donde se descascaró la pintura después de tanto choque y coalición con la ese momento razón de nuestras vidas. La felicidad, chiquita y por lo tanto concreta, viene siempre rebozada de masoquismo. Víctimas de pequeñas y constantes injusticias acumulamos frustración y descontento al mismo tiempo que vemos como se eleva hasta lo más alto de los cielos el objeto de nuestro afecto. Y nada mejor, claro, que coger en ese estado, que ensuciar un poco el dorado de las estatuas de los dioses con los fluidos que se desprenden de la carne.
Si hasta en el fondo sentimos una ligera decepción ante tanto final feliz que nos ofrecen las ficciones. La alegría estuvo en el medio, en el listado exhaustivo de los impedimentos, en el recorrido por el valle de lágrimas, en la consagración (1) del villano, en las casualidades nefastas que impiden la concreción, en el baño sin pausa de celos y traiciones que terminan de definir el heroísmo de los amantes. Tal como dice el lugar común del pesimismo más acertado: a esta vida hemos venido a sufrir. Nada como el amor, entonces, para hacerlo con estilo.
El Perro
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Vía Fernando R.
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Las imágenes con las que se viene alimentando nuestra morbosa imaginación se hallan en el extremo opuesto de nuestra novel e impuesta obsesión por la high definiton. Están más bien granuladas, fuera de foco, un tanto movidas. El cine nos quiere reconquistar con un llamativo y vacío 3D que nada puede hacer contra el más amateur de los videos subido al más non-sancto sitio de la web. Es cierto, suma, y mucho, que la mayoría de las veces es alguien “famoso” haciendo con otros lo que tantas veces imaginamos hacían con nosotros. Pero si de bajos instintos hablamos no hay que olvidar de mencionar a los noticieros, que suman a sus exagerados y ultra adjetivados comentarios, registros de cámaras de seguridad, testimonios sonoros y gráficos obtenidos a través de un tembloroso celular. Lejos del catálogo de colores primarios, tecnológicamente distanciados de la soberbia del blanco y negro, predomina en ellos un gris arañado y viscoso, capaz de generar una envidia hiriente y profunda en cualquier estudiante de cine con aspiraciones de convertirse en el Jim Jarmusch de nuestra generación.
Tiene lógica. El exceso y la disponibilidad, se sabe, son altamente eficaces si de matar un deseo se trata. Nadie se mueve ante lo posible, a nadie excita un sueño realizado. La anhelada perturbación vendrá de todos aquellos lugares que estén lo más alejado posible del alcance de nuestra mano. El ansía será grande, y cómo, cuanto más indefinidos sean los contornos y las formas de los objetos. No es casualidad que cuando estamos a punto de llegar a la cima, parados sobre el límite justo donde comienza el desborde, ya sea con la más ardiente de las compañías o acurrucados en la tibia palma del placer solitario, nuestros ojos se cierren y el goce se expanda y estalle en el medio de una profunda y silenciosa oscuridad.
El Perro
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agosto 5th, 2011 · 1 Comment
Era la tercera temporada de Britain’s Got Talent, el reality inglés que pretende descubrir a las estrellas ocultas y disimuladas entre el vulgo mediático. En el medio del escenario, una mujer, escocesa, de dientes torcidos, cuerpo a lo paquete de yerba, recibe la condena del escepticismo por parte del jurado antes de abrir siquiera la boca. Los espectadores también hicimos lo nuestro. Si hay algo que nos constituye y nos define es esa sed por la sangre derramada en las humillaciones públicas. Entonces, la señora de nombre Susan y apellido Boyle empezó a cantar. Y nos tuvimos que comer, sin dejar nada en el plato, todos y cada uno los pensamientos que rondaron por nuestra cabeza. Lo que sí, no permitimos que nos sirvan de postre la copa helada con dos bochas de culpa, por nuestros prejuicios. Lo único que falta es que nos quieran hacer responsables por tener sembrada y regada con frecuencia en nuestra cabeza la idea de que belleza y talento siempre vienen en el mismo y joven envase. Por suerte, la natural y veloz capacidad de caer siempre parados, viene al rescate. En un segundo somos capaces de pasar de la más discriminatoria de las certezas al pensamiento filosófico solidario. Susan es fea y vieja pero el Señor, Alá o la Pachamama tuvo la deferencia de darle el don de una voz envidiable.
Si hay algo que hace muy bien la televisión, y su fiel e incansable repetidora, Internet, es ayudarnos a que nuestra fe en la creencia de que la vida es justa no decaiga jamás. Cantidades industriales de lágrimas y mocos son vertidos ante cada historia sobrecargada de amargura que culmina, graciadió, en redención, en millones de aplausos, en felicidad iluminada por reflectores. Sabemos, y estamos convencidos, que los niños y los viejos son todos buenos. Sabemos, y estamos convencidos, que los discapacitados tienen más coraje que nadie. Sabemos, y estamos convencidos, que cuando una puerta se cierra, hay ventanas que se abren. Sabemos, y estamos convencidos, que todo dolor es la exigente cuota de pago para acceder a la dicha y a la gloria.
Aunque claro, la realidad tampoco afloja. Paso a paso, minuto a minuto, pone a nuestros pies las pruebas irrefutables de que la vida da y quita sin balanza. Así que, para evitarnos decepciones a futuro, pidamos héroes hijos de puta. Reclamemos documentales sobre felicidad inmerecida. Exijamos historias de éxito productos del azar y no del mérito. Imploremos por talento concentrado en el más detestable de nuestros vecinos. Y entonces sí, con la mirada límpida, sabremos, y estaremos convencidos, de lo democrática, eterna y soberana que pueden llegar a ser una injusticia.
El Perro
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La canción se llama “Procuro olvidarte”. Es obra del compositor español Manuel Alejandro y aparece por primera vez en el disco de un cantor nicaragüense de nombre Hernaldo Zuñiga, allá por el año 1980. Se describe en ella, con edulcorado espíritu, una reconocible enumeración de todo aquello que hacemos cuando nos rompen el corazón, la suma de actos con las que pretendemos invocar odio y olvido, que siempre terminan provocando exactamente lo contrario. A saber: caminar melancólico con la mirada perdida, alejarse de los lugares infestados de recuerdos, probar aquello de que un clavo saca otro clavo, diversificar actividades, pisar y contar hojas caídas.
En la misma línea, pero un poco más acá, año 2008, Amanda Palmer compone y canta “I google you” (1). Ya no seguimos sufriendo al aire libre sino que ponemos el nombre de la causa de todos nuestros males en el rectangulito del famoso buscador. Recorremos y recorremos las fotos de nuestro feliz pasado, que resulta imposible pisar, que está online, a la vista de medio mundo, F.B.I. incluido según nos indican las teorías conspirativas que recibimos por mail.
En esta guerra silenciosa (2) antes no había más enemigo que uno mismo, desvelado y un poco borracho. En nuestra propia cabeza veíamos cómo la vida de los que se fueron de nuestro lado se catapultaba hacia la felicidad a una velocidad vertiginosa. Comprobábamos que en el reparto de bienes gananciales nos habían tocado un par de cajas rebosantes de tragos amargos. Ahora se multiplicaron los frentes. A nuestra enardecida imaginación se suman estos nuevos lazos tecnológicos, estas redes, estos vínculos, que actualización tras actualización nos muestran cómo, efectivamente, los otros pueden vivir, sonrientes, sin nuestra presencia. A la tarea de olvidar, se sumaron el eliminar, el borrar, el bloquear y el dejar de seguir.
Es evidente que entre “Procuro olvidarte siguiendo la ruta de un pájaro herido” y “And it really shouldn’t matter, ought to blow up my computer, but instead… I google you”, las estructuras poéticas están cediendo espacio a los andamios del cinismo. Pero el dolor sigue siendo el mismo. Y si por causa de esto de vez en cuando sale alguna buena canción, quizá hasta tengamos que agradecer por todas aquellas veces que nos han abandonado.
El Perro
1. Gracias Silvia (y van…)
2. Vía Linkillo
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Que una tela manchada no sea un accidente. Que te paguen por hacer lo que te gusta usando tu tiempo libre para quedar como un pelotudo. Que a pesar de haber sido una estrella del britpop ahora te parezcas a mi tío. Que Juana Molina sea la prueba de lo inesperado e imprevisible que puede ser un futuro. Que comparativamente hablando tengamos más pero mejor no ahondar en cuestiones de calidad. Que no sea fuego lo que te ilumina. Que elijas retirarte con estilo. Que tener un aire clásico sea considerado una novedad. Que haya equipo. Que te seduzca una amargura más bien simple o un poco de maldad. Que te guste putear. Que se te de por el voyeurismo. Que conozcas al hombre de tus pesadillas. Que “sin la experiencia de engañarse un poco a sí mismo nadie podría vivir siquiera dos días”. Que lo tuyo sea el minimalismo visual y sonoro. Que ella no te ame. Que sobre el silencio del espacio exterior suene Man on the Moon. Que tengas varias cualidades. Que nada de esto te importe.
El Perro
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Tal vez, solo tal vez, la fascinación por Internet tenga que ver con las distintas perspectivas (1), erradas, deformadas, adulteradas, fuera de sincronía, que nos ofrece de la vida. Fotos con detalles microscópicos, videos de la tierra desde el espacio, que parece tan calma y azul, tan vacía de nosotros. La reproducción en cámara lenta, el paso del tiempo en cámara rápida. Los accidentes, los milagros casuales, la locura, las manías y compulsiones. Lo nuevo, lo viejo, lo reciclado (2). Todo está ahí, a un click de distancia. Y aunque se obsesionen en recordarnos que es la pura verdad, que está la hora y todas las otras huellas de su registro, tenerlo así nos proporciona la seguridad de que todo eso les está pasando a otros, que hay una fuerte muralla en los límites del monitor que impide que la vorágine nos manche. Muchas veces estamos seguros de su falsedad, de su construcción artificial, pero igual no dudamos en verlo una y otra vez, como si no supiéramos en carne propia que las desgracias o la belleza suelen ser bastantes comunes, ordinarias y absolutamente poco veraces.
Todo lo que transcurre a velocidad normal nos aburre. Contrariando nuestra sensación de que el tiempo no alcanza la edición nos confirma que hay mucho que sobra. Sabemos que nuestra propia vida filmada en continuado tendría menos rating que las ficciones de Canal 7. Y que en todo caso el minuto a minuto indicaría que los mejores momentos son los de los golpes, de las bajezas, de las miserias, del llanto, de las traiciones, de los dolores. Fascinada estaría la audiencia, cómo no, de nuestro último suspiro, de nuestra muerte, preferentemente posterior a una larga agonía. Entonces vendrían los testimonios, el YouTube oral, toda una existencia resumida en puras anécdotas, intervenidas por la parcialidad salvaje de los recuerdos. Fotos, millones de fotos. Algunos videos. Y una vez más la distancia será olvido y nos transformaremos finalmente en aquella maravillosa persona que nunca fuimos, que todo el mundo podrá ver, cuantas veces quiera.
El Perro
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y (2) Gracias Silvia
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Abraham Harold Maslow. Psicólogo. Un optimista de aquellos. Formaba parte de los que postulaban que existe una tendencia humana básica hacia la salud mental. Se hizo conocido y seguimos hablando de él hasta el día de la fecha por su famosa pirámide, donde jerarquizó nuestras necesidades. Dicen que dijo que a medida que vamos satisfaciendo las básicas de la parte inferior, vamos desarrollando otras y deseos más elevados.
Así, en el primer escalón nos encontramos, entre otros, con la respiración (la obviedad siempre forma parte de cualquier teoría, científica o no) y el sexo (bien ahí). Si además dormimos lo suficiente y comimos, subimos un nivel. Ahora buscamos seguridad. Gracias a esto acá es donde deberíamos tener el carnet de la prepaga, conseguir un buen laburo como siempre insistió mamá, casa o departamento el cual cerraremos con llave a la noche. Si estamos cubiertos, seguimos hacia la cima. Vamos a buscar amigos, afectos, intimidad sexual. ¿Pero cómo? ¿No habíamos cubierto el sexo cuando estábamos en la base? Claro, pero acá es dónde nos preguntan ¿Y nosotros qué somos? (1) ¿Qué soy yo para vos? Así terminamos conviviendo, de vez en cuando viene un matrimonio amigo a cenar, nos cuentan que están por tener un bebé, todos se emocionan y entendemos que no hay otro concepto que sea más burgués que la felicidad. Y así, con la mirada de satisfacción que suelen tener los clientes de bancos en las publicidades, nos elevamos, estamos cada vez más cerca. Autorreconocimiento, confianza, respeto, éxito. Esas son ahora nuestras metas. Lástima que no están las instrucciones de cómo lograrlo. Por lo cual nuestra llegada hacia la punta se complica. ¿Cambio de trabajo entonces? ¿Y la seguridad? Para colmo con Marta ya no cogemos como antes…
Y el cuerpo que no afloja, siempre tirando para abajo, volvemos una y otra vez a la base de la pirámide. Me agarra hambre a cada rato. No sé si me alcanza con lo que duermo. Hoy no tengo ganas, mi amor. Y así bajamos y subimos, sin llegar nunca a la punta. ¿Cómo me piden entonces moralidad, creatividad, espontaneidad, falta de prejuicios, aceptación de hechos y resolución de problemas que harán que finalmente me autorealice?
La teoría de Maslow aparenta lógica. Pero no sé. Es evidente que quien quiera que haya sido el Ingeniero que nos diseñó en cuerpo y alma (2) nos hace funcionar como una perfecta máquina de frustración. Seguiría avanzando con el tema, pero me dieron ganas de ir al baño.
El Perro
- Gracias Silvia.
- Vía JM.
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