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Entries Tagged as 'El Recomendador, por El Perro (actualiza los viernes)'

Time Out

abril 20th, 2013 · Comentarios desactivados

Su esposa sentada junto a su suegra. Notar que son tan parecidas y tan distintas hace que Mario descubra que el futuro es eso. No una intrincada y poco clara fuerza oculta sino unas líneas rectas que terminan en punta, que van de cabeza a cabeza, de cintura a cintura, de pierna a pierna, y así, hasta completar el gráfico comparativo, el antes y el después. No una destrucción ni la suma de muchas caídas, sino más bien un vínculo que sin llegar a ser desagradable hace torpe y accidentada la ruta por la cual andan los dedos sobre el cuerpo. No es fealdad lo que Mario ve, sino una belleza que se va transformando, que le pide que se aleje, que no la toque (1), si lo que pretende es disfrutarla.

Ama a su esposa, eso lo sabe. Su asunto con Silvia es otra cosa. Como un juego, serio, fácil, de pocas reglas. Al verla desnuda, sonriente, dispuesta, piensa que la juventud es invento de la mirada de los otros, que no existe, que es un giro y un perderse, que no exige y hasta detesta la nostalgia, solo la pura rabia y el deseo (2) de volver a encontrar, de repetir, de pensar en mañana, a qué hora nos vemos, en qué hotel.

Mario se mira en el espejo. Ve sus primeras canas. Piensa en los gestos de su esposa, piensa en Silvia, que nunca pregunta y afirma: “Ella seguro que también tiene algo, vos qué

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te pensás. De los cuernos no se salva nadie”. El está seguro que sí y eso lo pone contento. Al fin y al cabo, piensa Mario, lo que dura tiene más que ver no con la obligación de estar atado, sino con la posibilidad del engaño.

Perro que ladra

1. Gracias JM.

2. Gracias Maru.

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El sentido del gusto

abril 12th, 2013 · Comentarios desactivados

Josefina detecta el amor con la boca. Sabe que el deseo tiene capas y que casi nunca están conectadas entre sí. Como si ella fuera el lomo de un libro de muchas hojas que no debieran estar juntas porque cada una de ellas cuenta una historia distinta. Se calentó con hombres por las piernas, por algún triangulo de pecho dibujado por una camisa abierta y blanca, por cómo estaban vestidos, por algo indefinible a lo que ella llamó actitud. Se acuerda, y se ríe, sola, con vergüenza, aquella vez que se masturbó mirando una final de básquet entre Italia y Grecia. A veces, varias veces, se calentó porque sí y otras, que no fueron pocas, no se calentó nada, pero se dejó arrastrar, dejó que la inercia hiciera lo suyo. Se calentó por el hambre que despiertan los períodos de abstinencia, porque el cuerpo le rogaba (1), se calentó por el nivel de alcohol en sangre.

Lo que también sabe es que si lo primero que piensa cuando ve un hombre es que lo quiere besar ya es tarde para escapar o cualquier otra cosa. Repite y se lo dice en voz alta que no se quiere entusiasmar mientras se imagina su primera mañana juntos, un viaje corto, una foto, una mano que busca otra mano entre una multitud y cuando la encuentra la presión es la justa y necesaria para sacarla de ahí. La asusta un poco conocerse lo suficiente como para aceptar que si el asunto se concreta ella hará lo que le pidan, se tirará desnuda en la cama o en una escalera, se moverá al ritmo que le pidan y muchas cosas más sin tener problema en pedir a cada rato que la besen.

Le pasó que un aliento a búfalo le bajó la temperatura hasta aplastarla. Y perdido por perdido pensó: te chupo desde el pelo hasta el culo, pero esa lengua no entra en mi boca. Pensó: las putas tienen razón, que besar no tiene precio, o que al menos, hay pocos que pueden pagarlo y por eso no está en el menú. También le pasó que la apagaron hasta casi extinguirla algunas palabras que salieron de la boca deseada. Una vez fue: “Eso es cosa de negros” y otra: “Los pelotudos que dicen que les gusta el cine iraní”.

Pero la verdad es que desde hace rato Josefina no quiere besar a nadie. Está saliendo mucho (2). Delante del espejo del ascensor se mira y dice en voz alta: “Lista para coger”. Las amigas se ríen. Al otro día, se juntan a las dos de la tarde y piden ensaladas, café, tostados, medialunas (3), dejan que el sol las toque con la esperanza de que se lleve un poco la resaca.

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Josefina mete en la conversación un lugar común del tipo “sola antes que mal acompañada” para después buscar con la punta de su lengua un rectángulo pequeño, verde y vegetal que, sospecha, se le quedó metido entre los dientes.

Perro que ladra

1. Gracias Juan.

2. Gracias Silvia.

3. Gracias Sil.

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Microcosmos

abril 6th, 2013 · Comentarios desactivados

Algunas distancias, largas, solo pueden ser salvadas en auto o, como en este caso, en micro. La medida del recorrido: ochocientos kilómetros. Cantidad de horas: diez. Diferencia entre los servicios “Cama” y “Suite”: setenta y cinco pesos. Hay un nivel intermedio de nombre “Ejecutivo”, aunque se me escapan un poco las sutiles diferencias entre uno y otro. Vamos con todo, me digo. Solo ida. El chofer mira el pasaje y dice: arriba. Subo. Una azafata me saluda y me ofrece un, según sus palabras, “caramelito”. Asiento cinco, ventanilla. Cómodo, hay que reconocerlo. Al lado, asiento cuatro, pasillo, se sienta una señora a la que no saludo para hacerle pagar la frustración de la fantasía nunca cumplida de conocer al amor

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de mi vida en un colectivo o, al menos, una mano amiga que guste del toqueteo para hacer del viaje algo más llevadero. Salimos de Retiro. Caramelito camina por los pasillos. Va preguntando uno por uno si queremos una copa de champán. Los que decimos que sí recibimos una copa de plástico que será llenada luego. La marca, puedo ver a pesar de la servilleta blanca con la que está envuelta la botella, es Federico de Alvear. Como no manejo el tema no sé si es bueno o no, pero me lo tomo como que sí, de un trago. Después Caramelito nos ofrece un sanguchito, pan de salvado, jamón y queso, atravesado por una espadita de plástico. Sí, lo sé, hay mucho diminutivo en todo lo relacionado a Caramelito. Después, la cena. Con un accesorio que se encastra con los apoyabrazos, cada asiento de transforma en una silla de bebé. Ajenos a cualquier terrorismo, tenemos cubiertos de metal. Entrada fría, pollo, arroz, dos alfajorcitos de postre. Hay un pequeño monitor para cada uno donde mientras comemos pasan videos de lo que era considerado lo mejor del pop hace, más o menos, cuatro años. Una vez que terminamos, Caramelito se lleva todo. Empieza una película que ya vi, por lo cual decido dormir. El asiento se tira para atrás y sumado a que podés mover el rectángulo donde se apoyan los pies, te queda como una camilla, ciento ochenta grados de comodidad disfrutable si, y solo si, te quedas acostado boca arriba. De cada lado, hay unas cortinas que se cierran y te aíslan del resto. Entendés que para las empresas de transporte esto es una “suite”. Las luces se apagan salvo unas azules que no iluminan sino que crean el ambiente necesario para confirmarme que esto es como estar en un ataúd. Siguiendo con el espíritu trágico, me pregunto qué pasaría si chocamos. Me imagino los cuerpos rectos, en el aire, como si fuéramos astronautas en estado de hibernación, gravedad cero, flotando en cápsulas prismáticas dentro un cohete y no en un colectivo que no deja de dar vueltas al costado de la ruta por haberse comido un camión de frente. Todo esto lo pienso porque no puedo dormir y necesito que el tiempo pase. En algún momento me pierdo y cabeceo y me asusto cuando Caramelito corre las cortinas y me pregunta si quiero desayunar. Mi estómago dice, previendo la acidez en el humo que sale de un vaso blanco apenas lleno de café, que mejor no. Llegamos. Caramelito me saluda cuando paso con mi valija con rueditas, que no hace mucho juego con una terminal de ómnibus, pero no me importa. Solo quiero llegar al hotel, tirarme en la cama, dormir de costado, abrazado a una almohada, libre de cualquier pesadilla que tenga que ver con destinos o regresos.

Perro que ladra

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El último snob

marzo 31st, 2013 · Comentarios desactivados

Se despertó a las once, lo cual, siendo sábado, era una manera de levantarse temprano. Si dejar correr el agua con la cabeza gacha y las manos apoyadas en los azulejos cuenta como ducharse, podemos decir que eso hizo. Bajó los dos pisos, por escalera, que lo separaban de la calle. En la puerta del edificio pensó en las opciones. Decidió por caminar por Defensa, en dirección a la plaza Dorrego. Eran, apenas, unas cuatro cuadras. Las veredas angostas, llenas de turistas, reconocibles por el mal gusto que sin importar de dónde sean siempre llevan con tanta elegancia, le impidieron mantener una velocidad constante y calmada, que era lo planeado. Al llegar vio que la actividad de la laboriosa y secretamente unida a nivel mundial secta de los artesanos ya estaba en su apogeo. Sentado cada uno detrás de su respectivo puesto, miraban a sus futuros posibles clientes con el desprecio necesario para dejarles en claro que ellos no se merecen ni un centímetro del alambre doblado que van a comprar. Influenciado por tanto pintoresquismo circundante (1), entró a Starbucks. Odió con conmiseración al resto de los asistentes al local y llegó a la conclusión de que él era el único que estaba en ese lugar por gusto y elección. Siempre había detestado el virtuosismo y entonces nada se comparaba a tomar ese líquido sabor a café que no tiene sabor a café, que juega y se convence de ser café. Como estocada final abrió el libro, pesado y grueso, que había llevado: El Contable Hindú, de Leavitt. Con tanto papel en la mano, entre tanto devoto de Apple, se sintió el Che Guevara de una revolución intrascendente y solitaria. Después de estar sentado por casi dos horas, se levantó empujado por el hambre. Su nuevo destino, el McDonalds de Giuffra y Paseo Colón. Realmente amaba ese lugar. Sucio, donde a uno lo atendían mal y con auténtico desgano, donde la medida de la espera es cercana a lo insoportable. Sabía que al hacer el pedido había una alta probabilidad de que le respondieran “en este momento no lo estamos sirviendo”. En ese momento sublime, confirmaba, feliz, que la decadencia se destaca por poseer cierto rigor estético. Cuando ya casi no quedaba coca Zero en el vaso, el celular le

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avisó la llegada de un mail. Una amiga le pedía que le confirme por Whatsapp si se iban a encontrar hoy, a las cuatro, en el Malba. Respondió que sí y volvió a su departamento. Se puso a terminar el post para el blog en el cual escribía. Lo que estaba hecho hasta ahora no le gustaba. Pero sabiéndose impune dejó el texto sin corregir: barroco, anacrónico, aburrido y soberbio. Al final, y con el placer que debe sentir la gente que se clava un cuchillo en el estómago, escribió que la vida es solo derrumbe y que por eso lo mejor es rendirse y deslizarse como por un tobogán hasta el rectángulo de arena tibia que nos espera allá abajo.

Perro que ladra

1 . Gracias Andy

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Hombres solos bailando en un casamiento

marzo 22nd, 2013 · Comentarios desactivados

A se separó hace cinco meses. Anda casi siempre de buen humor. No cree en nada y su fe en la

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humanidad es cercana a cero. Sin embargo, se emocionó cuando su amiga dijo “Sí, quiero” y se preguntó si creer, aunque sea por un instante, contra toda experiencia, que algo es para siempre no es, de alguna manera, revolucionario. O idiota, pensó después, como si ambos términos pudieran ser contradictorios. Descubrió, saludando a gente que no veía desde hace un tiempo, que la soltería, a determinada edad, es incómoda y molesta para el resto, especialmente para los que están en pareja, como si no aceptaran a los que sufren por razones distintas a las de ellos.

B vive de rentas. La mayor parte del tiempo se aburre pero es lo que mejor le sale. Sospecha que su relación con el vino, tinto, del bueno, de los más caros, está empezando a ser un problema. Igual no se le ocurre mejor manera de atravesar las tardes y las noches que con los dientes manchados, la lengua como adormecida y las piernas lentas, que parecen más largas de lo que en realidad son. Saca bastante provecho de la facha que Dios le dio pero ninguna mina le dura porque, según dice, siempre le salen con un martes trece.

C toca la guitarra, como hobby. El resto del tiempo, es contador. Se asoció con un amigo y tiene su propio estudio. Juega al fútbol dos veces por semana. Hay algo de él mismo que lo incomoda y, a veces, lo avergüenza, pero no sabe bien qué y la verdad es que tampoco se detiene mucho a pensarlo. Su novia no lo acompañó a la fiesta porque viajó a Uruguay por trabajo y en todo caso, si volvía a tiempo, pasaba aunque sea para saludar a los novios. Igual, a C, esto le molesta menos de lo que pretende. La está pasando bien y le causan mucha gracia los chistes de A.

D abandonó el sacó ni bien llegó. Debajo tiene puesta una remera blanca, que según su madre, hace rato debía estar en la basura. En su brazo izquierdo tiene un dragón tatuado. En el derecho, un rombo oscuro de significado incierto. Empezó tomando champán y se fijó como objetivo tomar lo mismo toda la noche. No lo logró pero tampoco era para preocuparse demasiado. Mira seguido su celular pensando en su hija (1) de cuatro meses que, supone, duerme bajo la mirada de su madre en una casa por zona norte del Gran Buenos Aires.

Contra cualquier presunción geométrica A, B, C y D no forman un cuadrado, sino el círculo imprescindible de cualquier rito. Gritan y piden por los novios, que responden al llamado y se integran. Las manos se apoyan sobre espaldas ajenas. Giran, cantan, mal, en el famoso inglés de mierda, una de New Order. Otros se suman, algunos se sueltan y levantan el brazo. Se ríen, saltan, la figura se deshace, se vuelve a formar, implosiona y después se expande. Se les va formando una tormenta en el pecho. Saben, aunque hacen que no se dan cuenta, que están unidos de manera profunda, breve, irrepetible.

Perro que ladra

1. Gracias Juan

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Ecce Homo

marzo 8th, 2013 · Comentarios desactivados

Lautaro me dijo: está bien, tenemos que ser todos iguales, hemos recorrido un largo camino muchachas y muchachos, y todavía falta, mucho, acá, allá, en todas partes pero a veces me agarra nostalgia, saudade, de aquellas épocas donde ser puto era más pintoresco. Qué se yo, siguió diciendo Lautaro, ahora cuando decís que lo tuyo es la barra de carne hay gente que hasta se emociona y no falta la rubia, divina y flaca ella, que te quiere de mejor amigo para exhibirte, orgullosa, ante su novio, para probarle que por algunos centímetros de progresismo ella es más alta que él.

A Lautaro le gusta hablar así, exhibiendo, disimuladamente, cierto sobrepeso cultural, usando esas palabras que uno nunca está seguro del significado correcto mezcladas con otras, más terrenales, como concha, que siempre mordisquean hasta el oído más abierto. A veces, a Lautaro, no le entiendo una mierda. Pero me cae bien. Además, desde que lo sumamos al equipo, perdimos una sola vez, contra los de Administración. El secreto está, dice, en la marcación. Hay que estarle pegado todo el tiempo, por atrás, pero pegado posta, literal, que sienta incluso si se te para un poco. Y cuando viene de frente, con la excusa del cuerpo a cuerpo, le manoteas un poco la avioneta y vas a ver, dice Lautaro, que no pasan quince minutos y nadie se te acerca más, y te dejan toda la cancha para vos. Eso sí, frente al arco, no te queda otra que hacerte hombre, elegir un punto de la red con la mirada y pumba.

Lautaro usa mucho el término pumba. Una vez me confesó que a Petean, el de Legales, lo agarraría ahí nomás, en el baño de las canchitas y pumba, sin pedirle permiso, contra los azulejos rotos, pumba y pumba. Yo una vez intenté su método pero justo ese día me toco marcarlo al gordito de sistemas. Descubrí que una de las profundas razones por las cuales soy heterosexual es la tolerancia cero al olor a transpiración de mis compañeros de género. El gordito hizo tres goles y me dijeron que mejor me quede abajo.

Es que estoy cansado de hacerme la paja, dijo Lautaro, quizá demasiado sensible al tibio clima de la cuarta cerveza, y así, todo tan fácil, la verdad que no se puede. Yo, para meterme, para volverme loquito por un pibe, necesito un poco de imposibilidad, algunas barreras, que me miren mal por la calle, que crean que porto

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alguna enfermedad incurable, que soy promiscuo. Necesito encuentros a la madrugada, un poco de toqueteo dentro de un auto, coger en el cuarto de los padres, irme a la Costa y sentir un poco de vergüenza por pedirle a la viejita del hotel una cama doble.

Le dije a Lautaro que pocas cosas tan insoportables como el puto borracho y triste, que se deje de joder, que seguramente en cualquier momento me caía con un pendejo o con Petean y me lo presentaba como el novio y una fecha de casamiento y una adopción en trámite. Dije: cuando uno menos lo espera

-Pumba.

-Eso, pumba.

Hubo silencio y después un ¿pedimos otra?

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Anthropomorphos

marzo 4th, 2013 · Comentarios desactivados

Yo tuve un perro marca perro, blanco y negro, petiso, patón, que le gustaba el quilombo, andar por la calle provocando a otros perros que siempre eran más grandes que él. A la noche volvía, un poco lastimado a veces pero siempre altivo, orgulloso, el pecho amplio que vibraba como un tambor recién golpeado y en la cara algo así como un gesto de suficiencia. Una tarde que yo no estaba lo chocó un auto y cuando me enteré tuve una angustia de tamaño considerable y unas ganas bastante poco controlables de llorar. Hace poco tuve un tórrido romance (1) con una Sharp pei de nombre Alfonsina y ahora me cae muy bien Sansón, el ovejero de mi hermana, que me acompaña siempre a cruzar el patio, tiene una malsana obsesión con los espejos y gusta de dejarme basura variada en la puerta. Por un video en Facebook me dieron ganas de tener una lechuza.

Estoy, claro, en contra del maltrato animal, aplaudo a la gente que adopta mascotas abandonadas y si bien sé que me voy a morir comiendo hamburguesas,

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a veces me pregunto si es necesario que una vaca muera de un martillazo en el medio de la frente para que yo me clave un bocado glorioso, rebosante de mayonesa, con papas y gaseosa grandes.

Pero los animales no son mejores que las personas. Quizá ni siquiera debiera hacerse comparación alguna. Utilizando incluso esta mala costumbre de asignarle características humanas a cuanto bicho aparezca en un video en Youtube, sospecho que a la animalada en su conjunto no le debe hacer ninguna gracia todo lo que se dijo de ellos desde Diógenes en adelante. Es cierto, estamos golpeados de tanta gente que nunca nos cagó el patio pero si algún rincón de la vida, pero de ahí a decir que no hay fidelidad como la del Pompi hay un trecho ancho y largo. Como prueba piloto sugiero no darle de comer y contar cuántos días tarda en cruzarse al lado, a lamerle la cacerola a la vecina.

Cierto, hay historias verificadas de perros que están firmes junto a la tumba de sus dueños. Pero te puedo contar otra, una entre millones, protagonizada íntegramente por humanos, que eligen cierto grado de sacrificio, de lealtad sin agua ni comida, de quedarse y no irse, de poner el cuerpo delante de otro para detener desgracias, puñetazos, balas. Te puedo presentar gente, amigos, yo mismo, que tienen ausencias apenas soportables, de cementerios sobre los hombros, de dolores que no se calman ni ladrando toda una madrugada.

Entonces, comprate una tortuga, un hurón, una lora, pero andá a dormir con una persona.

Perro que ladra

  1. Gracias Maca

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El amor en los tiempos de Skype

febrero 23rd, 2013 · No Comments

Esta vez, aprendí –me dijo Fede. Con la norteamericana había cogido solo una (1) vez antes de que se ella se volviera. Y después meses suficientes como para sumar dos años de morbosa distancia, de mails largos y turbados, de tiempo desperdiciado a través de una webcam, en las horas que fueron creadas para estar borracho y no conversando. Lo mejor fue que se reencontraron. La norteamericana se vino y desaparecida la distancia, desapareció casi todo. Fede, que había disfrutado como nunca del sufrimiento de querer y no poder, de ver y no poder tocar, ahora se lamentaba de tanto roce entre ángulos agudos y curvas que no hacía otra cosa que ir desgastando los ánimos. Los últimos tiempos se los veía sincronizados, llevando juntos esa tristeza de mozo que ve el suelo sucio de papel picado y antes de empezar a limpiar se toma lo que queda en el fondo de alguna copa. Fede me contó que el adiós fue sencillo y práctico, como suele ser lo inevitable. Y garchaba horrible, terminó diciendo al mismo tiempo que levantábamos los vasos, brindando con cerveza.

Con Rita es distinto. Lo dijo usando un tono serio. Expuso una larga lista de argumentos mechando de tanto en tanto algún efectivo golpe bajo, un “ponete en mi lugar”, una mentira inapelable. Rita es brasileña, ojos claros, sonrisa grande. Esta vez, Fede fue el extranjero, el que se tuvo que ir, el que se dio vuelta y sonrió antes de desaparecer en algún pasillo de aeropuerto. Se rió fuerte con la anécdota de cómo por un pelo salvó el teclado de su notebook de un derrame desesperado. Prometo amor, prometo fidelidad, prometo mover el mundo para que estemos cerca. Y no miento si digo que los ruidos de la calle se apagaron y el aire se puso denso y gris cuando

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Fede me acercó la cara para decirme que lo mejor era que ahora sabe que todo es una mentira, que nunca va a volver de vacaciones a Brasil, que espera puros conflictos en el tráfico aéreo, que es preferible ser flor de pajero antes que engancharse y esperar lo que viene, que aunque venga nunca es lo que se espera. Le creí. A pesar de su brilloso silencio posterior, le creí.

Mi amor por el porno fue mutando. Ahora me gustan las imágenes de celulares hackeados, los videos de diez minutos como mucho que parecen filmados con la cámara de seguridad de un supermercado chino. La tecnología avanza, las pantallas son mejores que los espejos pero a mí gusta que la acción sea amateur y algo así como una pregunta. Y en eso, quizá, soy igual a Fede: cuando la definición es baja, la conexión lenta, cuando la gente se pixela al acercarla, hasta soy capaz de enamorarme.

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1 – Gracias Andy.

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La gente ya no escribe cartas

febrero 10th, 2013 · No Comments

Se mató otro, me dijo mi hermana. Si seguimos así vamos a terminar siendo Las Heras, respondí. Antes de que me pregunte algo, me fui al fondo a revolver las cajas donde tengo los libros. Cuando volví me esperaba con el mate hecho. Se lo di y le aclaré que era de una periodista. Lo agarró, estuvo un rato mirando la contratapa y me dijo que Leila era un lindo nombre. A pesar de que nunca fue de leer mucho ahora lo hace todas las noches, cuando se acuesta, antes de dormirse. Quizá, como todos, cree que en alguna página hay algo así como una respuesta.

Yo me quedé pensando que siendo la tierra redonda el fin del mundo puede estar en cualquier parte, incluso acá, en este pueblo que se la pasa alegando que es ciudad. Y siguiendo la misma lógica, parados sobre una esfera que gira sobre sí mismo, resulta difícil encontrarle sentido y es entonces cuando la muerte parece tener la apariencia de una puerta. La frecuencia es de uno por mes. Por una simple cuestión de tamaño, parece mucho. Casi siempre menores de dieciocho. Con manzanas tan cuadradas y calles anchas la información llega rápida y detallada. Nombre, apellido, dirección, hora, método y ninguna certeza sobre el motivo. Será que tengo una visión romántica del asunto. O cinematográfica, puro lugar común, pero me doy cuenta que nadie deja nota, una sencilla explicación escrita, una acusación directa, clara y concisa o diluida en un no se culpe a nadie de mi decisión. Pero ni el clásico “Señor Juez”, cero, nada. Se recurre, claro, a su perfil de Facebook, a Twitter, a algún mensaje por Whatsapp. Pero tampoco. Solo algunos caracteres hablando de otra cosa, el video de una caída y material para seguir alimentando las suposiciones, psicología de vereda y escoba, de boca en boca.

A mí me gusta cuando mis amigos me mandan un mail con buenas noticias. Respondo tratando de dejar en claro que estoy contento, por ellos, por mí, por todos. Casi nunca me responden. Y eso está muy bien. Eso que llaman felicidad o, sin pretensiones, alegría, no me parece que deba ser malgastada en palabras. Para eso está el dolor, que siempre se llevó de maravillas con la literatura. Aunque ahora, no sé, parece que tampoco.

Perro que ladra

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Una pregunta pornográfica

febrero 1st, 2013 · No Comments

Amigo, lo que se dice amigo, soy de López. Juliana era, como siempre, la única mujer. La tiene gorda, dijo ella y Marega le retrucó con un: la tiene chica, bah. Juliana se rió de lo lindo, linda como es y le preguntó a Martínez y vos cómo venís. Yo no hablo de mi vida privada, dijo Martínez haciéndose eso que nunca le salió del todo bien: el gracioso. Otro vendedor ambulante de maní tostado, dijo Marega. A ver, vos, que tanto te reís. Yo dije que no tenía nada de que quejarme. La vida ha sido generosa con él, dijo Marega, parece. Podemos suponer entonces, agregué, que Marega la tiene grande. Pero por supuesto, me respondió, linda, recta, cabezona. Y aprovechando que tenemos un puto en la mesa, siguió Marega, decime Martínez, ¿vos te elegís los novios por el tamaño? Martínez se cruzó de brazos y miró para abajo. No, ojalá, dijo al mismo tiempo que sonreía. Al contrario, todos los que la terminaron siendo novios la tenían de media para abajo. Mejor así no te hacen doler tanto, dijo Marega. Igual para mí, Martínez viene bien, dijo Juliana. Y claro, a vos todo te parece bien porque el amargo de tu novio la tiene chica, terminó diciendo Marega. López salió de su silencio y dijo que en los hombres es sencillo, te humillan por el tamaño de la pija, en cambio las mujeres… Las tetas, el culo, el pelo, y no por lo largo, sentenció Juliana, yo odio a las hijas de puta que el pelo corto les queda bien. ¿Y le das al culo a tu novio, ya que la tiene chica? Claro, dijo Juliana, ¿y tu esposa, Marega, te lo entrega? Después de mucho rogar, en aniversarios de casados o cuando la emborracho.

Entonces, llegó Carrasco. Lo saludamos como corresponde saludar a los que viven lejos y hace mucho que no se los ve. Preguntó qué hacíamos. Hablando de vergas, le dijo Marega. ¿Ya pidieron para comer? ¿Hay un vaso para mí? No se enganchó con el asunto del tamaño. Se hizo cargo de la conversación, en realidad. Habló de Europa, de la crisis, que él está bien, pero que bueno, los amigos, los conocidos, la gente que echaron. ¿Y vos cuánto ganas?, preguntó Marega. Carrasco lo miró sorprendido. Me alcanza para vivir. Pero cuánto, insistió. ¿Por qué me preguntas eso? Para saber. Gano para vivir, tengo casa, auto, qué se yo. Marega siguió insistiendo, le tiraba rangos. ¿Más de diez mil? ¿Entre veinte mil y treinta mil? Carrasco siguió aplicando como estrategia defensiva la evasión, la comparación, la elipsis. Martínez se tomó el vino que tenía en su copa y se volvió a servir. Juliana parecía no decidirse más en qué iba a comer y parecía hundirse y perderse en las hojas plastificadas del menú. Yo lo miraba a Marega y toda su insistencia. Para cortar un poco le pregunté a Carrasco cuánto le medía la pija. Doce centímetros, dijo, casi gritando. Marega se rió fuerte, se levantó diciendo: me voy a echar un meo.

Martínez comentó que no se podía creer, este Marega es un desubicado. Todos asintieron y acordamos que lo mejor era pedir parrillada y otro vino. No, mejor dos.

Perro que ladra

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La contra

enero 25th, 2013 · No Comments

A Marcos lo conocí en la facultad. Nos hicimos amigos por la sencilla razón de que el primer día de clases nos sentamos uno al lado del otro. Después, cuando ya no importaba, descubrimos que teníamos algunas cosas en común. Una de ellas era el pesimismo. El de Marcos era más bien militante, de voz alta, de interrumpir conversaciones para arruinar cualquier evidencia que se exhibiera como prueba de las ventajas de la fe en el futuro y las buenas intenciones. Yo era más del estilo pesimista social, de salón, de comentarios cortos y dichos en tono amable, que siempre acompañaba con un Philips Morris. Estaba convencido de que era una buena estrategia para garchar tupido cuando en realidad, me di cuenta muchos años después, en el ambiente universitario eso me ubicaba más bien en el tope de la lista de incogibles.

Jóvenes estudiantes de ciencias sociales, felices a lo idiota, impresionables, a la mitad de la carrera estábamos convencidos de la construcción social de la realidad y otros lugares comunes. Porrito de por medio pasamos varios madrugadas adorando un libro llamado Contingencias, que para nosotros era la Verdad Última sobre Todo, y siempre llegábamos a la conclusión de que ya no tenía sentido ni escribir ni leer otra cosa. Marcos se había puesto de novio con Ana, una estudiante de Letras. Insistimos bastante tiempo pero nunca la pudimos convencer de que lea nuestro libro sagrado. Decía que las palabras eran el único medio para explicar el mundo pero que al ser imperfectas por humanas, ninguna verdad saldría nunca de ninguna conversación o cosa escrita. Salvo, terminaba diciendo, en los poemas de Echeverría. Discutíamos un rato y después yo me iba para que Marcos hiciera lo suyo. Si no lográs convencer a alguien a través de la razón, lo mejor que podés hacer es cogértelo.

Muchos años después de recibirnos nos encontramos con Marcos en un café sobre la Avenida Corrientes. Lo cargué por la pelada y él me dijo: estás más gordo, hijo de puta. Nos reímos un rato largo recordando lo imbéciles que fuimos. Aunque, me aclaró, sigo siendo, básicamente, un pesimista a ultranza. Pasó la tarde, pasamos del café a la cerveza y a la pizza. Cerca de la medianoche salimos a la vereda a fumar. Mientras me prendía el cigarrillo lo escuché decir: en realidad es una trampa. Imagínate todos nuestros viejos compañeros optimistas con esa molesta sensación de no tener nada de lo que desearon y si lo tienen, si lo lograron, descubrieron que no es como lo soñaron. Así que yo, solo quiero ser un perdedor, de verdad te digo, quiero que todo me vaya mal, deseo con ganas que nada salga bien. Porque lo glorioso es que vos y yo sabemos lo puta que puede ser la vida, que te da el culo cuando le pedís la boca. Así que, esperando lo peor, estoy condenado a un futuro brillante, lleno de felicidad. Caminamos un rato, entramos a una librería, preguntamos por Contingencia. No tuvimos suerte, ninguno de los dos se pudo acordar el nombre del autor. Después nos abrazamos y nos dijimos chau, cuidate.

Nunca más lo vi así que nunca pude saber cómo le fue. Yo, por mi parte, estoy bien, gracias.

Perro que ladra

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Community Manager

enero 13th, 2013 · No Comments

Pedro trabaja en una consultora de Recursos Humanos. En su tiempo libre pasa casi todo el tiempo en Internet. Muy de vez cuando, escribe. Dice que le gusta escribir. Cuentos. Pero hasta ahora nunca pudo terminar ninguno. Tiene muchos comienzos pero ningún desarrollo y, mucho menos, algún final. El resto del poco tiempo que le sobra, lee. Duerme poco, entrecortado. Le ofrecieron hacerse cargo de la comunicación de la empresa en las redes sociales. Sin pensarlo, dijo que sí. A pesar de usar viejas camisas a rayas cuenta con cierto sentido innato de la estética y su prosa es prolija, eficaz, corrosiva por lo acertada pero provista de un humor sutil que le da una apariencia amable.

Pasó varias horas revisando lo que había hecho su antecesora, una rosarina, rellenita y sexual, que según había escuchado se había ido para hacerse cargo de una pinturería perteneciente a su familia. La gordita, observó Pedro, tenía debilidad por las canciones con mensaje directo sobre el amor, la paz, el verde esperanza así como las frases de notable espíritu optimista. Descuidó, sí, la combinación de colores, a veces las letras se confundían con el fondo y no había preocupación alguna por la tipografía, por centrar el texto, por la calidad de las imágenes. Con paciencia, a medida que iba subiendo su trabajo borraba los rastros de la gordita. Solo dejó uno porque le parecía que la frase era lo suficientemente ambigua como dejar pensando a más de cuatro y de pura casualidad, asumió Pedro, la imagen se correspondía de una manera maravillosa.

Al poco tiempo recibió felicitaciones por su trabajo. Pedro fue vanidoso como pocas veces y se felicitó a sí mismo, en secreto, antes de que la vergüenza y la educación borraran cualquier rastro de merecimiento, pintándolo todo de vergüenza. En realidad, pensó Pedro, el mérito no era suyo sino de las fuentes. Ahora ya no había frase que no fuera de autor reconocido y si bien el optimismo estaba presente porque era necesario, así se lo habían dejado claro a Pedro, era un poco menos lineal, un poco más oscuro (1) pero con brillo, sumado a fotos en alta resolución que agregaban un premeditado golpe efectista.

Empujado por el halago, y un poco también por ciertos resabios autodestructivos de los cuales nunca se pudo desprender del todo, Pedro subió la apuesta. Ahora las frases eran largas, extractos de alguno de los tantos libros de filosofía que Pedro tenía desordenados en una esquina de su escritorio. Lo llamaron cuando compartió el video de una canción cuya letra decía que si bien todo lo que necesitamos es amor, el amor también da ganas de que a uno lo maten. Su jefe le dijo que eso “nada tenía que ver con la imagen que queremos transmitir”. Pedro le habló de metáforas, de morirse sin morirse, del matar que no es delito.

Cuando volvió a su escritorio, tal como se lo habían ordenado, borró el video. Mirando la pantalla, mientras buscaba con qué reemplazarlo, tuvo el impulso de pararse, de irse. Pero se quedó ahí. Encontró una fotografía en blanco y negro de la supuesta autopsia realizada al extraterrestre del Incidente Roswell. Y con la tipografía que imita la escritura caligráfica escribió Homo sum: nihil humani a me alienum puto. Remarcó la última palabra con rojo y la compartió en las redes sociales en nombre de la consultora. Pedro se tiró para atrás en su sillón y no pudo evitar sonreír cuando en su cabeza encontró un final posible para uno de sus cuentos.

Perro que ladra

  1. Vía Pablo Fernández

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Prostitución VIP

enero 6th, 2013 · No Comments

Ante la falta de aspiraciones y para reactivar un poco la economía local decidí dedicarme a lo único que sé hacer bien. Por lo que vi, el tema del tamaño es importante. Estoy dotado: debo andar entre los cinco y ocho centímetros de oreja, lisa, buena forma, parece depilada aunque nunca tuve que hacerlo. Puedo hacerte creer que me importa (por ahí, depende, quién sabe, hasta me importa, supongo que se puede tener clientes preferidos) y que te creo, por ejemplo, que de todas las veces que te dejaron la culpa siempre fue del otro. Puedo asentir y comprometer el resto del cuerpo en darte unas palmadas en la espalda (sin guantes, a pelo, no te preocupes que yo sé con quiénes lo hago), animándote a que empieces todo aquello que nunca vas a empezar porque no te animás, porque no va en el mismo sentido que tu sangre.

Si querés, negociamos, arreglamos precio y uso la boca. No sé cómo medírmela. Cerrada, abierta, diciendo tenés razón. Tal vez es cuestión de promocionar nomás el uso correcto del idioma castellano, del ritmo causado en el habla por los signos de puntuación que mete la cabeza para que te creas lo que te digo, por el tono que entra y sale, que sube y baja. O contra natura, usando el silencio, algún resoplido, los gestos que combinan cejas, mirada, lengua que sale un segundo para mojar nomás, sin lascivia, los labios. Sé de perversos que solo quieren escuchar. No te preocupes, estoy preparado. Usamos algunos juguetitos: anécdotas mías, de otros, inventadas. La última película que vi, el primer libro que leí, cuando me operaron. Llevo la cámara y nos sacamos fotos para, al instante, compartirlas online y después negarlas.

El servicio completo sale caro. No es por tu cara. Es un negocio y si no rinde, no sirve y con un par de horas no hacemos nada. Pero bien lo vale. Ahí sí, voy con todo. Me quedo al lado tuyo, sin decir nada, acompañándote, sin darte consejos, dejándote llorar si es lo que querés hacer, sin obligarte a que te pongas bien, sin repetir que hay gente que está peor, que la vida es así, que ya va a pasar y todas esas cosas que los amigos no hacen porque si lo hicieran no serían tus amigos. Y lo cerramos con un abrazo, esa posición para llegar al orgasmo que inventaron los que se quieren demasiado como para andar desnudándose.

Si querés, cogemos. Pero eso, mi amor, te lo hago gratis.

Perro que ladra

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La despedida

diciembre 31st, 2012 · No Comments

Llegué a horario. Había pocos. Pero después fue cayendo el resto. Con todos y cada uno tuve que decidir en un par de tensos segundos si dar la mano, abrazar, palmear en la espalda o besar dando como resultado una combinación distinta en cada caso. Después del saludo nos acomodamos, de manera instintiva, en un círculo de hombres de brazos cruzados, jueces y culpables al mismo tiempo. Antes de que el silencio hiciera de las suyas alguien preguntó por qué no nos sentamos. La mesa era larga y rectangular por lo cual la decisión ahora era, y debía ser tomada en una fracción de tiempo apenas perceptible, manejando una florida cantidad de variables, en que cuadrado del tablero debía ubicarme para, si era posible, disfrutar y, si era que importaba, durar lo más posible en el juego (1). El mozo repartió de tanto en tanto, ensaladas varias, de esas sin nombre, de combinaciones tan particulares como repollo y achicoria. A la soledad del chorizo en el plato le agregamos un par de y vos en qué andas, no te vi nunca más y dónde laburas. Pregunté, respondí, recordé cosas que ellos no, hablé de los ausentes, me reí de anécdotas que no me involucraban. Peleando con un pedazo de asado renové algunos desprecios y llegué a la conclusión de que el fernet está un escalón arriba del hombre. Hay algunos a los que aunque le vacíes encima una botella de tres litros de coca, van a ser amargos e intomables de por vida. Al alcohol no le aflojó nadie, haciendo que nos aflojemos, y se vino el vacio, las costillas, y la foto, y otra por las dudas y por qué no la seguimos en otro lado. La seguimos. Y la cerveza y me senté donde pude y mirá vos con quien y de que estoy hablando. Jugamos al bowling, ese deporte o entretenimiento, cómo saberlo, donde no hay manera de no sentir que uno está en el pasado.

Los bares de las estaciones de servicio son el lugar perfecto para tomar café y donde lo preparan de la peor manera posible. Ahí me encontró la madrugada, junto a otros tres en una mesa para cuatro. Quisimos sacar alguna conclusión del encuentro, de la vida, de la política económica, del futuro del país pero no hubo caso. Después, de a uno, se fueron yendo. Yo me fui caminando, rápido, solo, empujado por la mañana que iba creciendo a mis espaldas. Me acordé que hacía poco, en un almacén, me había cruzado con la persona que, cuando era pendejo, para mí y solo para mí era la más linda del mundo. Ahora era otra cosa. Solo le queda de aquella época unos ojos claros y profundos. Ya con la llave en la puerta descubrí que ya no le tengo mucho miedo a las personas y decidí que, si bien nunca cambió nada ningún primero de enero, la próxima vez que tenga que brindar por algo voy a decir convencido: “Por lo que vendrá”.

Entré, consideré acostarme con la ropa puesta. Me desvestí y me fui a dormir sin lavarme los dientes.

Perro que ladra

  1. Gracias Juan

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Stalker

diciembre 24th, 2012 · No Comments

Las fotos mienten. Incluso más que las personas. Yo puedo decir, sin embargo, después de haber visto todas las tuyas que ya te tengo, completa, armada sin fisuras, con formas que encastran (1) de manera tan perfecta que no dejan pasar miniatura alguna de luz ni los rectos hilos con que suele atacar el aire. Si me lo preguntan, pero nadie lo hace, puedo decir cómo se mueve tu pelo con este viento, cómo reacciona si uno se anima a ordenarlo, a pasar la mano como un rastrillo sobre pastos largos y amarillos.

Quisiera, si me lo pidieran, pero nadie lo hace, ordenar todas esas imágenes por colores, por estados de ánimo, de manera cronológica. Soy testigo, y puedo describirlo, cómo te fue pasando el tiempo detrás de los ojos, cómo fue sacándote el temblor en los gestos para que ahora siempre mires de frente, sonriendo, con las manos apoyadas en la cintura. Sé que cambiaron el color del frente de tu casa, que tu mamá saca siempre las fotos, que a tu viejo lo querés, se nota por tu forma de abrazarlo.

Si me preguntás, aunque nunca lo hiciste, tu mejor amiga abusa de los signos de admiración, ahorra en acentos y otras reglas ortográficas, tiene una debilidad cansadora por las mayúsculas y los mensajes del Señor impresos sobre paisajes de composición imposible. Tengo además eso que estuvo y ya no está, aquello que borraste con la intención, tal vez, de olvidarlo o al menos reciclarlo para que no moleste.

Si me lo pidieras, aunque no lo hicieras, no voy a dejar que te ande cerca, que dé vueltas, que te toque el hombre etiquetándote en lo que ya fue, en lo que ya no importa ni volverá a suceder. Abandonaste, con aviso, porque no podés ser de otra manera, a tus veintiocho seguidores en Twitter. En Instagram hay muchas fotos de árboles y de carteles. No tenés gato. Ni perro. Tu hermano tiene una iguana. Tu sobrina un hámster.

Hoy sé dónde encontrarte. Siempre lo sé. Pero hoy es el día. Para qué seguir esperando. El Evento en Facebook me dio la esquina y la hora la puse yo. Voy a estar en la puerta hasta que llegues, para cruzarte, para poder mirarte a los ojos (2). Y lo vas a saber como lo supe yo la primera vez que te vi, como supe que te gustan las batallas intensas y sin sangre, diciendo primero a todo que no, para después callar, sonriendo con la mirada, sin pedir, nunca me lo pediste y aunque no me lo pidas, el círculo con los brazos, rodeándote, acercándote, uniéndonos. En tu respiración agitada estará el ruego, innecesario, de que no te deje ir. Nunca.

Perro que ladra

  1. Vía Yoana con Yé

  2. Gracias Juan

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Pequeño problema burgués

diciembre 14th, 2012 · No Comments

Me gustan los aeropuertos, esa mezcla de hospital y tía soltera que se viste bien. La cortesía abundante pero dosificada, por la que hemos pagado más de lo que corresponde. El piso brilla, los carteles brillan, sin deslumbrar, sin enceguecer, con bordes rectos, con palabras sin vocales, con horas que nunca son en punto. El celeste y sus variaciones, las posibles, las cálidas, como vidrios junto a los vidrios que parecen no estar de tanto cielo que hay del otro lado. Las azafatas y su belleza que termina en puntas con el filo justo para cortar el aire y perfumarlo, tan avioncitos ellas, en pequeñas bandadas compactas, silenciosas y azules, de alas doradas, de labios dibujados, de cuellos acariciados por pañuelos. Los pilotos, los putitos más lindos de los heterosexuales, que llevan la envidia del resto como corona, que se los desea por suponerlos infieles, por creer en el pulso que no tiembla (1) por tener nuestra vida en entre sus manos, que saben del tamaño de las nubes y entienden el lenguaje de las luces que parpadean. La envoltura de los chocolates, el cigarrillo que recupera su estirpe de vicio sofisticado, el whisky y los regalos perfectos para aquellos que amamos por costumbre o compromiso.

Odio los aviones, malditos tubos de metal barato y pretencioso. Sé que te vas a caer, que no me vas a dejar morir en paz, que vas a dar vueltas y vueltas hasta que la película de mi vida se mezcle con el vómito de comida barata, recalentada, de antiterrorista sabor a plástico. Boludo, nos vamos hacer concha contra el piso. Me cago en la luz en el piso, en el respaldo derecho y el chalequito naranja, en el respire normalmente, en el que se cree vivo sentando junto a la salida de emergencia. Y las azafatas, feas a la antigua, que siguen caminando, te miran compresivas, desaprobándote, te tocan el brazo y por qué no te metes la sonrisa eterna en el culo y si te queda espacio, el vaso de agua. Mejor andá para allá adelante y preguntale al piloto por qué carajo baja y sube este armatoste, de qué pozos está hablando, si estamos en el aire, pelotudo, y no en la ruta 2, camino a Mar del Plata.

Lo peor es tener una fobia mediocre, no ser dueño de un terror digno que me marque el tamaño del mundo. La parálisis no es suficiente, me sigo arrastrando por las mangas. Transpiro, rezo aunque no creo y hago todas esas cosas que acostumbramos a hacer los que hasta para tener miedo somos flor de cobardes.

Perro que ladra

  1. Vía @grossoedipo

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Fama

noviembre 30th, 2012 · No Comments

La ciudad donde nací es tan chica que el anonimato no existe ni como deseo. Por eso, supongo, me fui. A una ciudad grande. Buenos Aires, para ser exacto. Ahí el anonimato es una obligación tan dura que mucha gente la confunde con condena o enfermedad de la piel. En los dos lugares viví la misma cantidad de años. Veinte. Tuve que volver a la ciudad chica, no importan las razones. Por mis zapatillas rojas asumieron que yo era puto. Por mi caminar rápido y sin mirar a nadie comentaron que yo era un creído, un falso porteño con todas y cada una de las características detestables que te hacen porteño. Una señora casada me dijo un piropo desde su auto en una esquina. Llegué a la conclusión de que las conversaciones y las miradas son algo así como una cirugía. O una autopsia. Todos y cada de los órganos pasan de mano en mano. Se dibuja un mapa, detallado, de la vida del que pasa por la esquina, de los que no están, de los que fueron vistos ayer, del que tenemos el cumpleaños mañana. Las conclusiones son siempre las mismas: todos traicionan, todos mienten, toda mala gente. Pura condena sin pruebas. Mucha anécdota pródiga en detalles imposibles. Se cuenta que se coge mucho y mal. Causa males el aburrimiento, el exceso de tranquilidad, la falta de sombra a la hora de la siesta.

Volví a la ciudad grande por unos días. Me sorprendió extrañarla tanto. Muchas cuadras, kilómetros de a pie. Nadie me miró. Me podría haber muerto y todos iban a seguir caminando. Me acarició un poco la violencia de los subtes, el olor de la basura, el embotellamiento humano. Tuve que defender una taza de café de manos hambrientas y exigentes. Dos veces tuve miedo de que me roben la valija. Abracé por largo rato y fuerte a los amigos. Hubiera hecho lo mismo con un par de extraños. Me di el lujo de ser decadente (1) comprándome libros, con peso y volumen, fetas de árbol mal gastadas en literatura argentina. Almorcé y cené muchas veces por día, solo. En un museo descubrí que el arte es muy útil para sobrellevar la soltería. Imposible fue librarme del peso de la sangre. Pero igual dije: hermana, hermano, madre, padre, a las sillas que forman círculos a la noche. Leí y hablé, fumé y me emborraché, reí y quise llorar, fuerte, con furia, maricón y desesperado.

Lo cuestión es que me perdí. No sé si por salir de donde uno nace ya se puede decir que es partida o si por viajar nomás se llega a alguna parte.

Perro que ladra

  1. Vía @soifer

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Imagen y semejanza

noviembre 26th, 2012 · No Comments

Así como se recomienda tener soldados cobardes, de esos que corren en el medio del quilombo, útiles para tener, al menos, superioridad numérica en la próxima guerra, es aconsejable mandar primero y al frente a ese con pasta de líder, lleno de virtudes, que no joven o en su momento de mayor gloria, idealmente a manos del enemigo. El héroe que mantiene la mala costumbre de seguir viviendo siempre terminando chocando de frente con el deterioro, se termina haciendo amigo del declive pronunciado, de las caídas vergonzosas. Un alzheimer selectivo que además de negar  que el mundo sigue girando, pretende que nuestra vida sea una repetición continua y sin final de la alabanza su victoria. Hace gala de amores ordinarios, desparrama espermatozoides (1) fecundando todos y cada uno de los vientres del ejército de mujeres que viven de ser seducidas.Se emborracha, fácil y mal, llora. Aspira coca, yerba, sobrecitos de edulcorante, talco. Y ya en el final, la herramienta del cobarde: la literatura. Un cómic, una nota de tapa, una hoja en el suplemento cultura, una biografía firmada por Majul que, a pesar de su forma rectangular,  es solo otro de los círculos del infierno.

Hay que sacar la carne para evitar los pies de barro. El cuerpo presente no sirve para engendrar próceres. El alma de los que están ausentes siempre cabe en nuestras manos. Es fácil de estirar y amasar. Adopta la forma de los moldes que elegimos, pastaflora o con repulgue. Comida para todos, de harina, de cemento, de frases recortadas, de documental, de fotos prestadas (2)  y testimonios de vecinos que hablan sin mirar a la cámara. Cristal rosado la muerte, la pantalla, que desnuda y exhibe la historia de los errores necesarios para ser un monumento, una placa, el nombre de una escuela, una bandera, Dios, la izquierda o la derecha, el centro.

Perro que ladra

  1. Gracias Daniel.
  2. Gracias Maru.

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Instagram

noviembre 17th, 2012 · No Comments

El cerebro sabe que para mantener el orden, para que el cuerpo en su conjunto se mueva cuando y como él determine, para su propia supervivencia, es necesaria la mentira. Sabe tambiénque la verdad es algo demasiado maleable como para que importe, demasiado solemne como para considerarla fundamental o determinante. La sucesión de imágenes, oníricas, mal editadas, sin filtros, desenfocadas, construyen el mundo, ahora sí indispensable, de las puntas redondeadas, de las paredes acolchadas, de la tortilla de papa babé que hace que soportes que mamá rompa los huevos, que justifica el seguir viviendo y que se hable de la fidelidad y el amor como si realmente existieran.

No importa, a tu cabeza no le importa (1), si garchás o no, si está la pija entrando y saliendo del agujero decorado con el resto del cuerpo o si es solo tu mano, con suerte tus manos, que se mueven hacia arriba y hacia abajo mientras detrás de los ojos cerrados pasan metros y metros de piel perfecta, perfumada que más que cubrir se abre y se extiende exponiendo todo aquello que se desea y no existe precisamente porque no se tiene.

Infalible no es, se sabe. Se nota en la foto (2) de perfil donde no hay manera que no resalte tu cara de malcogida, en el cinismo presente en todo puto mal atendido, en el sonido de las bocinas de los autos en pleno congestionamiento, que siempre es largo para compensar un poco tanta leche derramada sobre hornallas que apenas estaban encendidas. Es demasiado fuerte a veces el olor de la calle, de las axilas, del sexo mediocre, como para no sentir el mareo constante de vivir así, manteniendo el equilibrio al caminar descalzo sobre los pedazos de vidrio de las pantallas que se rompieron al esforzarse en registrar y compartir lo que nunca pasó, lo que no se ve ni hacia adentro ni hacia afuera.

Perro que ladra

  1. Gracias Maru
  2. Vía @elautotepide

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Madrugadas

noviembre 10th, 2012 · No Comments

La tele prendida, el pulgar inquieto.

Uno de ellos empezó a rodar por una pista equivocada. Cambiar de canal. Cremas corporales anti-edad. Cambiar de canal. Oferta exclusiva para televisión. Resultados sobresalientes, sus resultados pueden variar. Cambiar de canal. La gente ignora que está sentada junto a un muro de ochocientos años de antigüedad. Cambiar de canal. “Leonard, ¿por qué no adivinaste?”. Cambiar. Si aún no lo tienes, solicítalo. Cambiar. Siento como si fuera mi novia. Tendremos que ver qué pasa. Estoy listo para eso. Cambiar. “Una cosa: nada de fotos”. “Es como estar en el zoológico”. “Odio estas cosas”. Cambiar. La Ruta Azul. Estreno, los martes a los veintidós. Cambiar. Incluso para pieles sensibles.

El calor está mezclado con la oscuridad, ahí afuera. Llueve y nada cambia a pesar de la ventana abierta.

Cambiar. Tragos y licuados frozen. Cambiar. Dos hombres. Uno está parado, los brazos cruzados. El otro, sentado en un sillón de madera oscura, lo escucha sin mirarlo. Si hiciera algo – silencio – estaría mal. Se mueve, busca una botella de whisky, sirve un poco en un vaso y la deja sobre la mesa cerca del hombre sentado. Este dice: ¿Querés que lo tome? No, le contesta. Se ve el vaso en el centro de la pantalla. Atrás, fuera de foco, las manos inquietas del hombre sentado. ¿Cómo mentirle a una chica así?, pregunta sin dejar de mirar el whisky dorado y oscuro. Dios nos libre, responde el hombre de pie. Vuelve a cruzar los brazos. Y así, se da vuelta y se va, despacio. Apagar.

La cama. La piel que pica, las vueltas previas al insomnio y el fracaso como puntos de color naranja a pesar de los ojos cerrados. El milagro de volver a levantarse. Prender la tele.

Cambiar. Cambiar. Cambiar. Cambiar. Ganate tres mil pesos. Adiviná la palabra. Cambiar.

Perro que ladra

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Advenimiento

noviembre 2nd, 2012 · No Comments

La Virgen hace sus apariciones ante unos niños pastores, ante otra virgen o señora mayor, viuda, en algún pueblo chico del interior, en el medio del campo que es siempre en el medio de la nada, en los minutos solitarios después de la tarde, antes de la noche. Nunca a ningún hombre, porque como buena estrella sabe que la cuestión no es llegar sino mantenerse. En agradecimiento, y por miedo, se decidía, hace mucho, hacer una iglesia, basílica o prisma de vidrio, dependiendo de las donaciones, de los favores recibidos, de la culpa vigente.

Eso era antes. Ahora no. Cuestión de espacio o de tanta semilla de duda (1) sembrada en el corazón del creyente. Alcanza con una foto, una mesa sin barnizar, unas flores de plástico, unos ladrillos, milagrosos en su equilibrio, al costado de una ruta, algunos trapos al viento. Será por eso que ahora no aparece tanto, que no se mueve. Prefiere hacer tajos brillantes en las nubes, desbordar ríos, el Luján, ponele. Ser la reina y madre de su Venecia, para qué ir si la verdadera se hunde, sin necesidad de nombres de actriz porno, como Katrina, como Sandy. Borrar tantas huellas de caminantes, para que empiecen de nuevo, para que no se crean que las rebajas por inundación de la calle Cabildo son regalos del cielo, para que no olviden que ella puede provocar paro de subtes sin gremialistas de por medio, acompañada del maternal ruido de escaleras convertidas en cascadas. Podría es cierto, mover montañas (2). Pero no faltará el confundido que alabará a Mahoma y la fe, bueno, tan blue, a quién creerle la cotización, pocas chances de usarse como topadora.

Con el agua al cuello, a los botes. Con esta primavera fértil en metáforas desentonadas oremos para que la humedad no llegue a la pólvora y el verano pueda explotar, como siempre, rojo, en la placa de Crónica.

Perro que ladra

1 – Vía Wimbledon

2 – Gracias Maca

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Che Marito

octubre 27th, 2012 · No Comments

Marito va con su memoria lo más atrás posible y confirma que él es gay desde siempre. Está convencido además que eso nunca fue una elección sino algo que estaba y punto, ocupando el espacio justo, sin que hubiera ningún rincón o esquina donde pudiera alojarse algún tipo de cuestionamiento. Tal vez por eso, a los treinta pasados con exceso de velocidad, se siente un poco raro de estar tomando una decisión. Él sabe que a esta altura de la vida de la gente se espera cansancio y practicidad rutinaria para manejar lo que le tocó en suerte. Practicó el inicio de la conversación que tendría con sus padres, con sus amigos. De los primeros esperaba mirada al techo buscando resignación y de los segundos apoyo, que como siempre tendría su parte de obligatoriedad. Razones no daría porque la verdad es que tampoco las tenía. O sí. Pero era solo una, la racional y consciente, la tranquilizadora.

En uno de sus primeros intentos desestabilizadores (1) había pedido tarjetas de crédito en tres bancos distintos. Las usó hasta erosionar sus bandas magnéticas. Después llegaron cuatro avisos por correo, un par de llamados telefónicos y después, nada, el silencio. Era evidente que el no pagar las deudas no le importaba ni le hacía mella al sistema. Después tuvo varios trabajos con el objetivo de hacerse echar antes de que se cumplieran los tres meses del período de prueba. En uno lo ascendieron, en dos lo echaron y le pagaron más de lo que correspondía. En el último dejó de ir, un día, sin aviso y Marito sospecha que todavía nadie se dio cuenta.

Y dado que ya todo el mundo tiene un amigo puto, otro negro y otro judío Marito está convencido que el verdadero camino revolucionario es el que ha elegido recorrer. Le pidió casamiento a Juliana a la salida del grupo de oración. La ceremonia será en una iglesia del barrio de Belgrano. Piensa tener dos hijos. Ambos tendrán educación cristiana. Se prometió a sí mismo nunca ser infiel y está descartada la opción, a pesar de cualquier eventualidad de la otra parte, del divorcio. Será defensor acérrimo pero cordial de las buenas costumbres, de bajar la edad de inimputabilidad y la primera barraca a levantar será el muro del barrio privado donde está por comprar su próxima casa. Una noche, después de un asado con amigos, en primavera, envalentonado por un Malbec, dirá hay gente que tiene lo que se merece, que las cosas pasan por algo, que si uno nunca hizo nada, no hay razón para no estar tranquilo. Sin ningún tipo de maldad hará una elegante referencia a los militares.

Perro que ladra

1. Gracias Daniel

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Fausto

octubre 19th, 2012 · No Comments

Necesitaba unos pesos. Se le ocurrió, a pesar de tener tantos mails con ofrecimientos de créditos a sola firma y al instante, obtener algún tipo de rédito por su alma. Buscó pero no encontró cotización. Del posible comprador solo tenía referencias de naturaleza extraña: literarias. No así, manera de contactarlo. Supuso una oficina en el Microcentro pero su búsqueda por Internet no dio resultados concretos. Habló con el Servicio Sacerdotal de Urgencia. Le respondieron que se había contactado con el frente equivocado. Al cortar, con los restos del sarcasmo detectado en la conversación telefónica, pensó que el fracaso en las batallas se debe, principalmente, al desconocimiento sobre el enemigo. Su madre, esclava inconstante de las tendencias espirituales, opinó sin ser invitada que el bien y el mal son las dos caras de una misma moneda, que no era la vileza una característica innata del metal. Concluyó que en todo caso debía fijarse en su interior. Por primera y única vez hizo caso a las palabras maternas. Cerró los ojos y buscó. Además de cierto rencor por su ex y cierta acidez en el estómago no descubrió rastro alguno de la personificación de la maldad. En la santería de la vuelta le dijeron que sí, que era posible una invocación. El costo total de la ceremonia, materiales incluidos, rondaba los mil doscientos pesos. Con lógica de mercado se preguntó si el precio final que obtendría por su alma alcanzaría a cubrir lo que necesitaba más estos gastos administrativos. En YouTube encontró un corto donde decían que existen pruebas concluyentes de que el amor, el miedo y otras cosas, importantes y no tanto, como el alma, no son más que chispazos, de color azul, que saltan de neurona a neurona. Si todo se reducía a esta especie de fallido experimento químico, pensó que la única manera de realizar la ansiada transacción en estos tiempos científicos era prestarse a que le realizaran una lobotomía. El fin último, una felicidad ininterrumpida y babeante, que incluía, vaya paradoja, la desaparición de la necesidad de dinero, estaba ahí, a un corte en el cerebro de distancia. Después de un tiempo consiguió, con la persistencia del vencido, que su hermano le ofreciera un préstamo. Devolvemela cuando puedas, le dijo, resignado. Con la plata se compró El mapa y el territorio, de Houellebecq. Le gustó mucho.

Perro que ladra

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The World Is Yours

octubre 13th, 2012 · 1 Comment

El mundo es nuestro. Eso. Tuyo, bah. Tan plural él, el mundo, necesita de tu esfuerzo particular para salir adelante. Dicen. Y el enfoque no debe estar, gracias a Dios que sos Vos, en ninguna crisis global, en alguna necesidad que esté detrás de los muros, de cualquier tipo, que te protegen y, tal vez, te encierran. No. Solo debes pensar en vos, en tu bienestar, en respirar solo, a oscuras, en silencio, para unirte a todos aquellos que respiran, solos, a oscuras, no para mal de naides sino para bien de todos, canejo. Un círculo que tiene mucho de cadena y poco, una pena, de vicio.

Lógica tiene. O apariencia de, que es lo que importa. Si uno no está bien no se puede ayudar y mucho menos si el destinatario es el mundo, anche el Universo. Eso, no es solo el mundo, el Universo. El Universo es Tuyo, todito tuyo, tuyito, con sus límites desconocidos, con todo lo que ignoramos de él. Así entonces preocupándote por vos, por Tú, está pensando y haciendo cosas, mucho, por todos, por mí, minúsculos, sin detenerte mucho, nada, en la gramática incorrecta con que está construido el relato (oh, el Relato) de la autoayuda, con sus repeticiones de pronombres y nombres y conjunciones copulativas y verdades comprobadas por el editor de libros que tienen mucho de Tú en su, que es tuyo, título.

Tuyo es el hambre, el sufrimiento. Tuyo el fracaso, el dolor, los gastos de mantenimiento de cuenta. Tuyas las mareas, el viento, el tsunami, los incendios. Tuya la letra chica del contrato, los baches y el peaje. Tuyo todo. Tuyo aquello que hace que respires, solo, a oscuras, por el mundo que, y al fin y al cabo, no de es nadie más que tuyo.

Perro que ladra

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Una conclusión posible

octubre 9th, 2012 · No Comments

Marcos vuelve a su casa. Caminando. Trata de pensar en algo pero no puede. Tal vez porque es mucho lo que tiene en la cabeza. Quedarse sin trabajo no era cosa de todos los días y la extraña belleza que había adquirido la envidiable vida de los otros parece estar desparramada en la vereda. Un poco más atrás, por la calle, avanzando en la misma dirección que Marcos, un conductor pierde el control de su auto, modelo 2010, 30.000 kilómetros, recién salido del lavadero. Choca de costado contra un 147 blanco, abandonado, sin cubiertas. El conductor siente la presión del airbag contra su cara sin darse cuenta que él y el auto, brillante, están el aire, iniciando un giro, dibujando un arco en su trayectoria. Marcos sabe que el auto va a caer sobre él y no se lo ocurre otra cosa que tirarse al piso, protegerse la cabeza con los brazos y las manos. De reojo ve la puerta del auto, su color gris. Antes de la oscuridad total  siente un ruido, grande, desprolijo, contundente. Respira fuerte y a la tercera inspiración abre los ojos. El auto está sobre el pasto recién cortado del frente de una casa, como un rinoceronte muerto, las patas hacia arriba. Marcos se levanta. Como secuela del accidente tiene una mancha oscura de aceite en su corbata.

Antonio se casó por segunda vez hace tres meses. De su primer matrimonio tiene una hija que le acaba de avisar que está embarazada, vas a ser abuelo, le dice. Cuando la conversación termina se queda mirando su celular y sonríe. Es lo último que ve antes que el balcón del viejo edificio del que acaba de salir se desprenda y caiga sobre él (1), aplastándolo.

El caso de Marcos perdió interés cuando se descubrió que todo estaba más relacionado con las leyes de la física y no con la existencia de un superhombre, con la posibilidad de un milagro. Su noviazgo se terminó con la misma rapidez que la plata de la indemnización por despido. Debe dejar su departamento. Del diario donde está sacando las hojas para envolver unos vasos lee la noticia sobre el accidente mortal de Antonio. Marcos dice, en voz baja, como si hubiera alguien más en la habitación, que la cosa es así: a veces se tiene suerte y otras, no queda más remedio que seguir viviendo (2).

Perro que ladra

  1. Vía Linkillo.
  2. Gracias Daniel.

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Perros rusos

septiembre 21st, 2012 · No Comments

Se nace sabiendo. Después, al rato nomás, se olvida, todo, para siempre. Igual se vive, bien, para qué negarlo, parados sobre dos patas, salivando cuando suena una campana. Se acepta un nombre, se come, se eructa, cagamos a alguien, dormimos. Un poco de vértigo o calma al masticar un poco de pasto como remedio para la falta de equilibrio en la comida, en el carácter. Se camina mejor por calles conocidas, mear dos veces en las mismas piedras, cierto vicio por meter la nariz en culos ajenos (1), en coger piernas, en sacar la lengua para no descansar, en ahogarnos con la espuma de la rabia por poder ladrar y nunca morder las ruedas de los autos, a los enemigos que se pasean sin vértigo por techos y tapiales. Rascarse detrás de la oreja, la autochupada mental. Se convence con caricias en el lomo a pesar de las pocas pulgas. Se asiente hipnotizado siguiendo la trayectoria de una galletita, de un pedazo de pan, de carne cruda. Se habla con la noche de por medio, a la distancia, al mismo tiempo, la boca hacia arriba, los ojos cerrados. Muchos palos y castigos antes de dar la pata. Bostezar y dar vueltas para alargar un poco el insomnio y la baba densa en la comisura de los labios. Erecciones involuntarias, juguetes de plástico que hacen ruido, la maravilla de mover las orejas, de nadar con la cabeza afuera por el miedo que causa el agua. Desconfiar del ruido, de los reflejos, de las verduras. La impaciencia porque nos saquen los palos de entre los dientes. El pelo que se cae, los colmillos con sarro, las bolas que cuelgan. El salvaje gusto de morder sapos, de tragar moscas. El gusto por la ignorancia, el desprecio por la belleza, cierta despectiva inocencia y echarse en el patio para seguir olvidando que es raro que digan que la naturaleza se destaca por su inteligencia.

Perro que ladra

  1. Gracias Andy

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Gilgamesh

septiembre 14th, 2012 · No Comments

En eso de no querer morirse queda expuesta la complejidad posible de un deseo. Si el don ha de ser concedido deberíamos ser cuidadosos y por una vez estar atento a los detalles. Vivir para siempre, dicho así, sin ningún tipo de precaución, como si no supiéramos que toda frase nace para ser malentendida, puede ser el comienzo de una sucesión de inesperados efectos secundarios.

Conveniente es la aclaración sobre la corrupción del cuerpo. No es lo mismo la eternidad a  los doce, que a los treinta y dos, que a los cincuenta, que a los ciento ocho. Cualquiera sea, difícil carga se supone es que el tiempo avance y uno no, que siempre se esté parado en el mismo punto en la línea  cuyos extremos son la ignorancia y la sabiduría. Y aunque se dé por sentado que ese camino no se recorre siempre hacia adelante no se puede negar la fragilidad de la piel, que se  gasta de solo mirarla, como la carne, como los huesos. Descubriremos que el alma tal vez es eso, un montón de polvo sobre una baldosa de la calle, que en el futuro tal vez no sea calle, ni esquina, ni montaña, ni río, ni estrella.

Decidido entonces si seremos pendejos para siempre, cómo será ver envejecer al resto, cómo será verlos sufrir y agonizar, irreconocibles nosotros para ellos por no entender lo que es la muerte. Y siempre habrá gente nueva como eslabón de una cadena de abandono y dolor interminable. Décadas pobladas de partidas y a la decepción del amor escaso y momentáneo se suma  el triste descubrimiento de que el odio y los amigos también tienen fecha de caducidad.

Pero esto es puro cuento. Por suerte todos nos vamos a morir. Así que nadie venga a prometernos una vida eterna posterior, llena de virtud y alegría, con ángeles desnudos sobre nubes esponjosas, rodeados de gente que solo tiene bondad y amor para darnos. Así descripto no puede ser otra que el infierno

Perro que ladra

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El método luminoso

septiembre 7th, 2012 · No Comments

Ante la imposibilidad de la realización el truco está en la reflexión sobre dicha dificultad. Cientos, miles de palabras, una detrás de otra, como un viejo tren fantasma que termina su recorrido un poco más sucio en el exacto punto donde empezó. El vacío como objeto, llenando espacios de conversación, agregando columnas, gestando libros, haciéndose tratado, post, contratapa, crítica, tesis, tópico, género, excusa.

Poco importa el detalle si es por amor o por dinero. La obligación está, importa, tortura, he ahí el problema. Quizá haya buenas intenciones pero nunca jamás esto ha sido camino seguro a buenos resultados. Puede ser también que nos toque el hombro  la sensación, por un egoísta segundo,  de estar destinado a ser la voz de unos cuantos, los malditos, los abandonados, el ejercito asmático que solo sabe de expiraciones por haber perdido la inspiración en la batalla. El alma elevada de una generación que descubre que la ruta se define por los baches, que lo que importa de los vasos es el hueco, que lo valioso está tallado por la espera, que siempre se quiere más lo que duele por ausencia.  Se recurre, claro, a los ejemplos, clásicos por obvios, que por suerte nunca faltan ya que todo arte, industria o comercio a tenido su Levrero.

Habría que tener cuidado, eso sí, que este salvavidas no se termine convirtiendo en el yunque que arrastra y obliga a respirar el agua oscura del fondo mientras los pies se hunden en el barro. Si apenas se logra con lo hecho (1) la atención de unos pocos difícil será que se tome por brillante la arquitectura del intento, la crónica del fracaso.

Perro que ladra

  1. Vía @sifoncito

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Iglesia Universal

agosto 31st, 2012 · No Comments

En los tiempos del hambre no se puede pensar en otra cosa que en comida. Un pensamiento directo, casi palpable de lo intenso, que no admite otra cosa que la imagen de lo ausente, sin espacio para dibujos filosóficos o lentas caminatas por los pasillos, retorcidos y sin salida, de la paja mental. Apenas cabe la claustrofobia y es inadmisible la fe, ese hongo blanco y parásito, ubicado en el pecho, detrás de las costillas; que espera paciente el momento justo, cuando ya se tiene todo, cuando ya nadie la necesita, para crecer y mutar, para desarrollar brazos, colmillos, piernas. (1)

Solo con la sed saciada, abarrotado, cuando se tiran las sobras, se puede inventar un espíritu. El  hartazgo es la condición necesaria y suficiente para iniciar una búsqueda que trascienda los límites del cuerpo, que nos importe la vida y el universo después de enterrados. La meta conseguida siempre es insoportable por su aburrimiento, porque la carrera ya terminó y el sudor se evapora. Es entonces cuando, desesperación mediante, es que buscamos huecos, vacíos, respuestas a preguntas que siempre tienen algo de idiota: que a dónde vamos o venimos, que para qué estamos, cuál es el sentido de la vida si estamos acá parados en una esfera que gira sobre sí misma, en un lugar donde, dicen, no hay ni arriba ni abajo.

Y entonces creemos que hay algo más, que no estamos solos, que alguien nos cuida y nos castiga, que vamos a volver como hormigas o monarquía, que nunca nos fuimos, que es útil el sacrificio, el dolor, la culpa y las pérdidas, que el alma se recicla, que todo sufrimiento es solo precio a pagar para nacer, para venir a este mundo a pasar hambre.

Perro que ladra

  1. Vía YoanaconYé

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(I can’t get no) Satisfaction

agosto 24th, 2012 · No Comments

Casado insatisfecho busca relación discreta con mujeres no mayores de 50. Busco pareja para pasar una noche completa. Busco chicas caderonas, no importa tu nacionalidad. Estoy buscando una mujer que quiera un amigo con derecho, no importa la edad o si estás casada. Hombre busca hombre para primera vez. Somos pareja y buscamos mujer bisexual para cumplir nuestra fantasía de hacer un trío. 1, 72 de altura, gordito, pelo cano, caballero y busco mi hembra para hacerla sentir en el paraíso. Casada, viuda, divorciada o soltera para relación sin compromisos, no importa tu apariencia física solo que seas blanca y caliente. Activo busca pasivo. Hombre busca aventuras en grupo con gente seria. Soy delgado y tengo la fantasía de estar con un travesti que se vista muy sexy.

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‘Cause I try and I try and I try and I try

Perro que ladra

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