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Entries Tagged as 'Políticas culturales'

Final anticipado

noviembre 10th, 2008 · 1 Comment

Estimados lectores, autores, colegas, periodistas, colaboradores y amigos:

Interzona ha vivido un proceso de crecimiento acelerado. La Interzona de su fundación en 2002 es muy diferente de la actual. Pero, al mismo tiempo que adquirió un prestigio y presencia, no alcanzó punto de equilibrio. Pese a los esfuerzos de todos los que participamos en el proyecto, Interzona no logró cubrir sus costos. Detener la producción editorial es una decisión difícil de tomar, pero lo hacemos con la intención de encontrar la plataforma cuya estructura de producción y distribución permita dar el crecimiento que Interzona demanda. Una plataforma que garantice la calidad editorial en los términos que Interzona recreó, con mucho trabajó y buenos deseos.

Estamos orgullosos de estos cinco años de edición. De un catálogo de ochenta títulos lleno de apuestas, descubrimientos y rescates. Orgullosos también de haber generado espacios de discusión con una respuesta del público y de los participantes siempre positiva. De habernos propuesto como un actor cultural activo, moderno, en suma.

Interzona Editora son todos los que estuvieron, los que continuamos y los que vendrán. Agradecemos a nuestros editores, quienes han construido un catálogo innovador con ojo atento; a todos nuestros autores y traductores, por la confianza; a los diseñadores, correctores, imprenteros y papeleros, que nos acompañaron en la producción de nuestros títulos; a los medios, periodistas y críticos, por su interés y la siempre buena recepción; y finalmente, a los libreros y distribuidores, por habernos ayudado a acercar nuestros libros a aquellos a quienes siempre agradeceremos: los lectores.

Interzona Editora S.A.

Tags: Políticas culturales

Saquen una hoja

agosto 6th, 2008 · No Comments

Que volvieron Los Trabajos Prácticos.

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El editor como crítico frustrado (final)

abril 23rd, 2008 · 1 Comment

Por Constantino Bértolo

El editor.

Caballo de Troya, la editorial en la que trabajo como Director Literario, es una editorial peculiar, se define como “una editorial con perfil de editorial independiente” dentro de un gran grupo editorial, Random House Mondadori, que como saben agrupa a distintas editoriales relevantes a este y al otro lado del Atlántico y que a su vez esta participada por la Multinacional Berstelsman y Mondadori Italia. Algo así como la República de Andorra, aprisionada entre los Pirineos de Francia y España. Su nacimiento proviene de circunstancias que no vienen al caso pero como iniciativa empresarial responde a una estrategia bastante clara: funcionar como editorial cantera, invernadero, laboratorio, trampolín, campo de exploración y reclutamiento de nuevo autores, nuevas propuestas, nuevas voces, retornos imprescindibles o nuevas literaturas. Como fácilmente comprenderán lo de perfil independiente traducido al castellano quiere decir de mínimo presupuesto. Jorge Herralde que reclama para sí celosamente el rótulo de independiente me definió un día como editor consentido, y no le falta razón.

Como editor pobre que soy no soy ni podría ser un editor conservador. Los pobres no tienen nada que conservar. En teoría las editoriales más pobres, que ahora se llaman independientes, no deberían ser conservadoras sino osadas y arriesgadas. A pesar de mi escaso conocimiento del mundo editorial argentino tengo la sensación de que aquí esta ecuación funciona. Veo el trabajo de editoriales como Interzona, Entropía, Beatriz Viterbo, El cuenco de plata, por citar algunas, y confirmo esta impresión. En España curiosamente la mayoría de las llamadas editoriales independientes son conservadoras, apenas algunas como Lengua de Trapo, Periférica o DVD incorporan a sus catálogos nuevas voces o propuestas; el resto reeditan clásicos o traducen autores ya homologados literariamente en su lengua de origen. Supongo que esta diferencia se debe a que los pobres españoles son menos pobres que los pobres argentinos. Recuerden: 

-Ernest, he descubierto que los ricos son diferentes.

-Sí Scott, son ricos. 

Esta inclinación hacia la Literatura homologada es un rasgo pertinente de la edición independiente española y la crítica les presta no escasa atención; a los editores siempre nos parece poca pero en mi opinión esta atención, aunque discreta por ubicación y espacio, sería incluso sorprendente si no entendiéramos que la crítica española es a su vez, como hemos dicho, conservadora, amante por tanto de la literatura que se viste, reviste o disfraza de literatura, en el sentido no muy favorable en que he venido hablando de ella. La literatura como humanismo en definitiva.

Mi problema como editor literario y pobre sería por tanto cómo entrar en esa casa con glamour que custodian los críticos guardianes bajo la atenta mirada escrutadora de la Bella. Esto ya sería un problema pero a esto se suma otro más: como crítico, en la parte de crítico que todo editor aporta, creo que esa casa, la casa de la literatura, es una casa más muerta que viva, una casa en ruinas, espléndidas ruinas acaso, pero ruinas. La literatura como humanismo, es decir la literatura tal y como la hemos venido entendiendo está agonizando, resistiéndose, lo que la convierte en un animal peligroso, pero agonizante. Joseph Brodsky, quizá uno de los últimos y más extraordinarios habitantes de esa casa, pensaba que la amenaza de demolición venía del Este, de lo que veía como deshumanización que surgió del frío, algo incompatible en efecto, con la Literatura. Lo que no se esperaba es que pasara lo que está pasando: que la demolición viniera del Oeste, del carácter depredador de el mercado capitalista, ya sin frenos, que como el caballo de Atila allá por donde pisa la única hierba que vuelve a brotar es la mercancía. Qué sorpresa se estará llevando Brodsky allá en los cielos literarios, él, que sabía con precisión que la Estética, de ser, es precisamente ese plus que ninguna mercancía alcanza. Y quizá se inquietaría profundamente al ver como la proliferación masiva de la palabra escrita en el ciberespacio le está arrebatando a la escritura su condición de privilegiado vehículo de lo memorable. Claro que, con perdón de nuevo, lo mío es peor: necesito entrar en una casa que está en llamas. No sin motivo busqué como slogan para la editorial una frase esquizofrénica: “Caballo de Troya. Para entrar o salir de la ciudad sitiada”, rindiendo así también un pequeño homenaje a la obra de Ángel Rama.

Entrar en una casa en ruinas porque aunque el Arte se esté desmoronando, entre la ruinas permanecerán las artes y materiales con que construir una nueva casa que nos cobije; una casa que quizá ya no se llame Literatura con mayúscula en la que no habrá salones que atemoricen, ni suelos encerados para que resbalen los advenedizos ni cuarto de servicio, donde habrá habitaciones propias pero la biblioteca no será de disfrute privado y la lectura será lectura compartida. Una casa habitable aunque su fachada no respete las proporciones áureas. Lo malo es que para construir esa casa se requiere un solar, se necesitaría primero construir ese solar, nacionalizar el suelo, acabar con la propiedad privada de las empresas inmobiliarias y, con sinceridad y queja, no veo fuerzas sociales que empujen en esa dirección. Más bien todos preferimos sufrir la hipoteca y cultivar el jardín para sentarnos a la sombra de las muchachas en flor que la Bella nos aporte como dote. Pero personalmente, editorialmente quiero decir, no me resigno, al menos todavía, a la dulce vida de jubilado, al último paraíso que el capitalismo nos promete. Estéticamente, como diría la Bella, sigo prefiriendo el sentido del rencor al sentido de humor.

Por eso me interesan las novelas dislocadas, la literatura rota, la literatura postautónoma de la que habla Josefina Ludmer, la postliteratura de Aira, la osadía de Fogwill, la preliteratura del Chitarroni de Peripecias del no, las hipérboles disparatadas de Guebel o Sergio Bizzio, Eloisa, el personaje posthumano y sin vida interior de Opendoor de Iosi Havilio, o esos personajes de Tabarovsky que hacen saltar por los buenos aires aquella sentencia de Sartre: “una cosa es lo que hacen con nosotros y otra cosa es lo que nosotros hacemos con lo que han hecho con nosotros”. Una sentencia en la que el humanismo de izquierdas quiso encontrar su último refugio.

Y por eso me interesa muy especialmente la mala literatura. Porque la mala literatura permite decir cosas que la buena literatura censura. Les pongo un ejemplo: en Madame Bovary ustedes recordarán que cuando el pobre Charles Bovary presenta al padre de Emma su deseo de contraer matrimonio, este le dice que aguarde delante de una ventana de la casa mientras él le traslada la proposición a su hija. Durante veintisiete minutos, precisa Flaubert, Charles esperó hasta que se abre la ventana como señal de aceptación. En una novela en la que la cuestión del matrimonio es fundamental ¿cómo puede ser que se nos hurte esa larga conversación de veintisiete minutos entre Emma y su padre?, pues porque Flaubert sabe que la buena literatura no le permite contarla, pues si lo hiciera parte del misterio romántico de Emma se vendría abajo y la crítica hablaría de escena discursiva, demostrativa, prosaica, que impide al lector participar creativamente o que rompe la sagrada regla del punto de vista. A mí sin embargo me gustaría leer esa escena y por eso me interesan como editor esas extrañas fronteras donde se encuentran y desencuentran la buena y la mala literatura.

Final.

Termino contándoles un dilema que hace poco se me presentó como editor: Cuando puse en marcha Caballo de Troya decidí leer personalmente todos los originales que me llegasen. Leer un original como comprenderán no es leer todo el texto de cabo a rabo, a veces con leer la dedicatoria es suficiente. Recibo unos cuatrocientos ejemplares al año. Hace unos meses me llegó uno que me llamó la atención. Empecé a leerlo y me di cuenta pronto de que no estaba muy bien escrito, no es que tuviera problemas de sintaxis u ortografía pero la adjetivación era bastante tópica, los personajes, predecibles, estaban construidos con alfileres y el tonillo era un poco sentimental, pero contaba una historia: cómo el deseo de ser felices es un peligro que siempre nos acecha, y entendí, más como tribuno que como guardián, que esa historia merecía y debía hacerse pública. Me preocupaba la censura, la mirada de los guardianes sobre un texto débil desde su óptica. Caballo de Troya no es una editorial a la que se le exija vender mucho pero necesita por su propio perfil tener una buena recepción crítica. Me imaginaba a los críticos diciéndose: pero cómo Constantino que fue el primer editor de Sebald en castellano ha podido publicar esta novela tan inane. Sebald, ya saben, el Arte como duelo*, la nostalgia del desaparecido tono alto, la cultura como complicidad; pero cómo Constantino el editor de Cormac McCarthy publica esta historia de sentimientos tan banales. McCarthy, ya saben, desgarro y aspereza en plan Grupo salvaje de Pekimpah, la nostalgia por el paraíso machista perdido, la catástrofe como confort espiritual. No sabía qué decisión tomar, cierto que en la novela había algunas referencias al jazz, lo que siempre queda fino, algún pequeño misterio pero sin ninguna simetría deslumbrante, y por demás tenía un argumento que argumentaba – me van a acusar de publicar una novela de tesis, me decía-, había más intriga, qué esta pasando, que suspense, qué va a pasar – les va a parecer aburrida, calibraba-, y no era una novela que halagase las altas pasiones cursis del lector, en plan El último encuentro de Sandor Marai, ni que le permitiese, como las novelas de Javier Marías, sentirse especialmente inteligente. No era, en definitiva, una novela que fuese a gustar a esos críticos a los que lo que más les gusta de la literatura es que les guste la literatura ¿Qué hacer? (Recuerden: Vladimir Ulianov Lenin. Editorial Progreso. Moscú, 1964). Finalmente encontré una solución para que la novela pudiese entrar, aunque fuera de contrabando, en la ciudad sitiada. Le propuse al autor que la novela se abriese con una cita de Rainer María Rilke. Funcionó. No me llamen cínico. Si hay que alimentar a la Bella no es mi culpa, para bien o para mal agoniza pero sigue viva y su rostro nos sigue atrayendo. No me delaten, por favor. Sólo soy un crítico frustrado. Si fuera un editor argentino le hubiera propuesto una cita de Juan José Saer. A veces una cita funciona como las ristras de ajos contra la insolencia de los vampiros.

Bueno, espero no haber ofendido a ningún creyente, sacerdote, sacerdotisa, monagillo, beata o beato. Soy ateo pero yo también quiero ir al cielo. Ocurre sin embargo que allí la Bella y la Bestia ocupan tanto espacio que apenas dejan sitio para nadie. Habría que desalojarlos para que el lugar fuera un lugar habitable. Quisiera una crítica que me ayudase a expulsarlos. Non serviam ¿Recuerdan a Satanás? Lo desterraron del cielo. Non serviam. Muchas gracias.

(*) Martín López Navia. “Campo de batalla”. Edit Furafumos. Lugo 1986.

(*) Rosenblatt, L, “Writing and reading: The transactional theory”. Illinois Unv. 1988.

(*) Hordelin.

La cuarta parte del texto, aquí.

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El editor como crítico frustrado (4)

abril 18th, 2008 · 3 Comments

Por Constantino Bértolo

La postmodernidad

Pero ya llegamos, no se impacienten, a la postmodernidad, es decir, a 1973, el año de los desacuerdos de Bretton Woods, a ese momento en que el capitalismo abandona el patrón oro, toda una metáfora, y se ve obligado para sobrevivir a abandonar cualquier fuente de legitimidad que no sea la propia: el beneficio económico. Las necesidades financieras que provoca el gran déficit comercial USA y del que se nutren el resto de las economías mundiales, exigen que el dinero se vea libre de cualquier sujeción a lo real. Desde entonces el dinero será sólo eso: dinero fiduciario, un acto de fe y la fe ya se sabe que si hace falta se impone a golpe de poder militar. Cualquier otra legitimidad queda a corto, medio o largo plazo derrocada. La postmodernidad inicia su avance y maquiavélicamente va a presentarse como una liberación: todas la legitimidades son válidas proclama en plan las mil flores de Mao, ¿Mao-Tse-Tung, recuerdan?, como si el capitalismo desatado no supusiera su destronamiento final por larga que estén resultando sus postrimerías. ¿Recuerdan a Milton Friedman haciendo ingeniería neoliberal sobre el cadáver de Allende? La ruptura con el oro, simbólica y materialmente, conlleva el destierro de cualquier valor intrínseco, el abandono de aquellos ropajes con que las democracias capitalistas habían venido vistiendo su labor civilizatoria; adiós al brillo, la distinción, a lo permanente, al aprecio de lo escaso, a los valores sólidos, palpables, conmensurables, cuantificables, eternos, a los valores en los que venía asentando su prestigio y autoritas la Bella humanista de nuestra historia.

Estamos asistiendo al siglo de oro de una burguesía que fin ha conseguido librarse de las rémoras aristocráticas que otrora le sirvieron para legitimarse. Ahora sí, ahora el contrato es el único código de relación social, cultural, político y está mandando a la estética al baúl de los recuerdos, donde habitan los quejumbrosos de la alternativa y de la noble autonomía del arte. Tanto hablar de la muerte del arte y de la desaparición del autor, y ahora resulta que el capitalismo se ha convertido en el más radical de los movimientos antiarte. En pleno despliegue global la burguesía ha decidido que ya no necesita vestirse con valores ajenos y que su propia ley, la lógica del beneficio, soy lo que compro, soy lo que vendo, es la única palabra legítima. Le llega con su propio cuerpo y ha decidido vender hasta su alma. Alma que por otra parte, no nos engañemos, siempre ha despreciado. La legitimidad burguesa empezó por entonces a decir adiós a sus compañeros de viaje: la política, la religión, el humanismo, la Estética. No sé en Argentina si sucedió algo semejante pero en España el Bretton Woods de la Estética, de la Literatura como alto patrimonio de la Humanidad y de la crítica como guardiana del nivel de exigencia formal se puede fechar: personalmente entiendo que la presentación del escritor Juan Benet al premio Planeta de 1980, con una novela, Aire de un crimen, que quedaría finalista, es el momento simbólico en que la Literatura se quita, gozosa e hipócrita, los tapones de cera de los oídos y se arroja en brazos de las sirenas del mercado, vendiendo su autonomía por un plato de lentejas y una buena cantidad de dineros. He visto a los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura,/ voraces, histéricos, desnudos,/ arrastrándose por las noches, en busca de algún premio literario. Aullido. Allen Ginsberg.

Lo de Benet no fue un hecho aislado: en los mismos años participan y legitiman el Planeta, paradigma hasta entonces de la Literatura no literaria, autores como Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán o Jorge Semprúm. Son los años en que la narrativa española “se normaliza” es decir se pone al servicio del mercado: historias muy narrativas, es decir, con crimen, investigación y desenlace, prosa bonita color pastel, narrador escéptico, sustitución borgiana del argumento por la simetría y del conflicto por el misterio, gotas de metaliteratura y un existencialismo cursi – no se si esto es una redundancia- como fondo ideológico. Y la crítica aplaudiendo la buena nueva: al fin Stevenson habitó entre nosotros. Resumiendo y para no cansarles sólo decir que el existencialismo cursi sigue siendo el tono dominante desde entonces y el proceso de entrega al mercado se irá acelerando: la Vanguardia es el mercado; los premios literarios reinan en total impunidad (decir manipulados sería a volver a caer en la redundancia); la primera obligación de la literatura es divertir a los lectores, las fronteras entre la industria editorial y la literatura se diluyen, el marketing forma parte de la poética, el que no sale en la foto no existe. Es decir, la tan celebrada autonomía relativa de la Literatura no evita su entrada en la Industria del Ocio y Entretenimiento. Al tiempo los ideologemas postmodernos van empapando todo el territorio cultural: todas las legitimidades son legítimas, el pasado es un armario donde se puede entrar a saco, glosa, plagio y poco más; pensar en futuro es caer en el dogmatismo, el presente es un hipermercado y además puede entrarse en el sin moverse de casa; la cultura es lo fugaz; Internet es, al fin, la democracia; la precariedad es libertad; nadie tiene derecho a hablar en nombre de otros y por tanto el narrador en tercera es un narrador estalinista; el canon real es la lista de libros más vendidos; tener criterio es una forma de resentimiento, cuanto más sólido señal de mayor resentimiento.

La crítica

Y a todo esto, ¿qué pasa con la crítica? me pregunto, se preguntaba Lucien de Rubemprè, el protagonista de Las ilusiones perdidas, -”¡Dios mío!, pero ¿y la crítica?, ¡la sacrosanta crítica-, y sin duda se preguntaran todos ustedes a estas alturas de mi intervención. Pues, como diría Umberto Eco, entre apocalíptica e integrada.

En alguna ocasión he hablado de tres tipos de crítica y críticos: los catadores, los guardianes y los tribunos. Los catadores serían aquellos que asientan y legitiman sus juicios en su propio gusto o paladar literario. Esto me gusta, esto no me gusta y sus argumentos lógicamente nos remiten a sus sensaciones e impresiones. Para este tipo de críticos la literatura se reduce a un simple intercambio de privacidades y su mera función consiste en animar o frenar el consumo. Como el gusto suele ser bastante menos personal que lo que el narcisismo nos hace creer, el gusto de estos críticos coincide casi siempre con el gusto dominante. Abundan y sobreviven bien en el mercado, sobre todo si logran – tarea no muy fácil – construirse un tono radical en la expresión de su gusto que al mismo tiempo no cuestione el gusto hegemónico. Se delatan a si mismo por la frecuencia con que sentencian que en las novelas ya no puede haber descripción porque con la tele y el cine ya hemos visto todo; tan ingenuos como no comprender que el que viaja por una autopista no ve paisaje sino velocidad.

Los guardianes son más escasos. La fuente de legitimidad de la que se reclaman es la Literatura con mayúsculas de la que hemos venido hablando, que tienden a identificar con la historia de la literatura, con el canon más o menos explícito o con una inaprensible cualidad del discurso que vive su vida más allá de los hechos y situaciones sociales en los que tiene lugar la producción y recepción de esa clase de discursos sublimes. En frase de Musil se sienten los custodios de esa cualidad y en su nombre miden, calibran y homologan. Alcanzar la categoría de “guardián de la pureza” requiere conocimiento del campo, de la historia de la literatura, y un cierto bagaje técnico – vía estilística, estructuralismo o teoría literaria – para ofrecer un instrumental “sacerdotal” a la altura del empeño. La reunión de estas cualidades hace que su número sea escaso y aún cuando su escasez los hace deseables, sus conflictos con los medios (su sentido puritano de la exigencia suele chocar con la conveniencia informativa) les convierten en una especie en vías de extinción. Se les reconoce fácilmente por su recurso a un lenguaje objetivo, rotundo, opaco por veces y un tanto categórico, en el que aparecen, a modo de certificados de autoridad, citas y referencias de autores, obras y críticos contrastados.

La categoría que denominamos tribunos, en clara relación con los “tribunos de la plebe” de la antigua Roma, ha desaparecido de nuestro espacio literario. El tribuno se siente legitimado y responsable ante la “polís” y por eso su crítica es, en el sentido aristotélico del término, una crítica política. No es que el tribuno trasvase lo político a la literatura sino que encuadra los textos literarios en ese contexto inevitable y general que es la vida en común. El tribuno juzga aquello que se hace público y lo relaciona con el bien común, con lo que es o sería bueno para la salud de la sociedad y por lo tanto evalúa y juzga la salud literaria de las obras que se ofertan desde esa perspectiva. Las figuras de Juan Carlos Mariategui o Ángel Rama pero también la de Marcelino Menéndez Pelayo, desde instancia ideológica contraria, serían representativas al respecto.

En sociedades complejas como las nuestras, en donde el bien común es un concepto en disputa, el tribuno opta por uno u otro entendimiento y desde esa elección opera, critica. Su peligro reside en menospreciar lo que la literatura tiene de patrimonio de interés común en cuanto modo material de conocimiento específico dotado de sus propios recursos técnicos y de sus propias pertinencias históricas. El crítico como tribuno requiere, como todos pero más cabalmente, una tribuna y por tanto precisa que en el dinamismo social coexistan con relevancia, es decir, con poder, opciones distintas sobre el qué sea el bien común. Cuando determinadas instancias secuestran de manera hegemónica una determinada idea sobre el bien común o bien monopolizan los medios de producción y expresión que concurren para su construcción, el tribuno no tiene espacio, es decir, no puede existir. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en estos tiempos en que reina no tanto el pensamiento único – concepto peligroso en mi opinión -sino un pensamiento hegemónico que niega cualquier idea de bien común que rebase la mera suma de los bienes individuales, y en los que los medios de producción y expresión de este pensamiento casi monopolizan la voz de la polis, si es que algo queda de ella.

Ni que decir hay que estas tres categorías, en la práctica cotidiana, es decir, en el mundo de las revistas y suplementos literarios, no siempre aparecen con perfiles nítidos o bien definidos. Rasgos de cada uno de ellos se cruzan y entrecruzan y no falta ejemplos del catador que cita a Steiner a troche y moche, ni del guardián que se deja llevar por la exaltación lírica ni de falsos tribunos que confunden lo político con las buenas intenciones pero, con todo, creo que es tarea bastante fácil ir constatando, caso por caso, el nicho categorial en el que se acomodan los distintos críticos ejercientes.

¿Qué pasa con ellos en estas circunstancias históricas y culturales concretas en las que el mercado derrumba los muros de la famosa autonomía de la literatura? Los tribunos, como ya he dicho, no existen, al menos en España. Los impresionistas están tan impresionados de que les dejen publicar que se han integrado feliz y plenamente: si toca hablar bien de Vila Matas pues se habla bien, si toca hablar mal de Benet pues se habla mal. Sufren un poco cuando no saben que toca decir ¿de este Aira qué digo?, a ver en Google qué sale. ¿Y de esta novela de un nuevo autor? a ver qué editorial la publica. Su terror es que haya un cambio de tendencia y les coja con el pié cambiado, por eso procuran andar siempre de puntillas. Dicho esto sin desprecio. Los editores sabemos que la crítica es publicidad y por tanto los necesitamos y les otorgamos el respeto que como publicistas nos merecen: mucho.

Pero los editores literarios necesitamos también a la crítica como brújula y mapa, como eco de retorno, y evidentemente para eso la crítica más imprescindible, a falta de tribunos, es la de los guardianes del templo, el coro de admiradores de la Bella ¿Y qué ha pasado con ellos o ellas? Ellos son nuestros interlocutores más válidos, saben que el significado no reside ya hecho en el texto o en el lector, sino que sucede durante la transacción entre el lector y el texto* y aunque nunca entenderán que lo sublime y el mercado son dos caras de una misma moneda, reúnen al menos una de las dos exigencias mínimas que debe tener un crítico de relieve: la capacidad para leer su lectura; la otra es tener valor y ¿qué pasa al respecto ahora cuando la Bestia amenaza con violar a la Bella?: pues que tienen miedo, sienten que algo está pasando que desborda su estatus, su posición, incluso su instrumental teórico y tienden a efectuar un doble movimiento defensivo: uno, el más fuerte y característico, en la línea apocalíptica: agarrarse al canon, a la Estética como Dios manda, a la jerga teórica más novedosa y a la afirmación de la Literatura como exigencia espiritual y como distinción jerarquizada, y otro, en la línea de los integrados: el canon sí pero es necesario ponerlo al día y si hay que meter a Pérez- Reverte pues se le mete, hay que dar a dios lo que es de dios pero voy a leerme unos comics no vaya a ser que…, Sí, sigamos hablando de Henry James y Benet y Borges pero de vez en cuando alguna reseñita sobre este escritor que emerge (normalmente llevan más de cinco novelas emergiendo) o sobre este que empieza, que para mantener el cetro a veces hay que mojarse los pantalones y pactar con el diablo. O sea, un claro movimiento conservador con coqueteos hacia el diluvio que viene con el pretexto de separar las aguas menores de las aguas mayores. Hay también guardianes, los menos listos todo hay que decirlo, que han optado por permanecer en sus cátedras confiando en que las aguas volverán a su cauce, y los hay que arriesgando el prestigio que nunca llegaron a tener, se trasmutan en santones de cualquier tendencia afterpostmoderna que empiece a hacer ruido. Eso sí, unos y otros, sintiéndose depositarios y albaceas de la Literatura, adoradores de la Bella de nuestro cuento.

¿Quien habla en la crítica? se preguntaba Ignacio Echevarria; a sus respuestas sumo una: pues el guardián esquizofrénico de una casa con dos puertas. Y ya se sabe que casa con dos puertas es mala de guardar y más cuando la situación no permite saber cual es la puerta principal y cual es la puerta de servicio. Y más cuando no dejas de ser un empleado del dueño de la casa que te deja ejercer su papel según le venga o no venga a conveniencia o capricho. Y más cuando el mercado ya ha inventado los porteros automáticos. Y a mi como editor lo que más miedo me da son precisamente los porteros automáticos. En el mundo editorial los porteros automáticos se llaman escandallos: una técnica de evaluación que incorpora como baremo las expectativas de venta y determina la edición o no de una propuesta de publicación. No me queda más remedio que preferir que siga habiendo guardianes de la sagrada Literatura. Y aunque esta sea para mi como editor una forma de frustración y de censura. Que no en vano, decía el escritor Armando López Salinas, la censura no deja de ser un interlocutor.

La tercera parte del texto, aquí.

 

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El editor como crítico frustrado (3)

abril 17th, 2008 · 1 Comment

Por Constantino Bértolo

La Bella: la Literatura

He subrayado el casi, y de ese casi, de la Bella, de la Literatura como institución y de las frustraciones que ella me origina en tanto editor, pasamos a hablar ahora. No veo necesario abundar en las frustraciones que me aporta el mercado pues creo que se deducen de todo lo dicho y son además el pan nuestro de cada día en la queja editorial.

La Literatura, así escrita con mayúsculas, además de alimento, puede ser también, para un editor literario, una forma de censura. Y no debería ser esto algo sorprendente puesto que la Estética fuente en la que mana y de la que se reclama nació al fin y al cabo como una forma de aduana, como un territorio protegido que la burguesía en su despliegue construyó frente a las ansias intervencionistas de los poderes a los que se enfrentaba: el absolutismo político y el absolutismo religioso, la monarquía y el altar. La abducción y ampliación que la Estética efectúa respecto a las Bellas Artes que el Renacimiento humanista propusiera significa la aparición de una nueva forma de legitimidad: la sensibilidad, el buen gusto y sobre esta legitimidad la Literatura levanta el territorio de su autonomía y la frontera entre lo que es y no es literatura, entre lo que es y no es buena o mala literatura. Es entonces, sabemos, cuando nace la crítica como cuerpo de inspectores literarios. Y nacen también las Literaturas nacionales como alma y expresión de las comunidades políticas al tiempo que se integran en el gran corpus doctrinal que el eurocentrismo propone como alta expresión de la Humanidad. La sensibilidad estética de filiación romántica como fundamento de una nueva elite y el humanismo de corte ilustrado como bien común abstracto e incuestionable. Y la Literatura como eje de esta renovada situación aristocrática. Y la lectura como ese momento sagrado en el que lo individual entra en contacto con lo universal. En su entorno, desalojado del sistema, expulsado hacia el grosero espacio de lo laico, el mal gusto del populacho que la incipiente industria editorial alimenta. De la revolución francesa que, no olvidemos, desembocó históricamente en una restauración parcial, no económica pero si cultural, del guillotinado espíritu aristocrático y del desamortizado poder eclesiástico, salió la trinidad de poderes: legislativo, judicial y ejecutivo con que el único poder verdadero, el económico asentaba la llegada al mundo de la clase burguesa y de su proyecto de convertirse en clase universal.

Si he sentido como necesario este pequeño excursus que nos remite a cualquiera de los denigrados manuales de historia social es para poder acercarme al tema que hoy nos reúne: el poder estético alrededor del cual sigue girando la crítica y la literatura. Ese poder que la Revolución no constitucionaliza y que ha de luchar por su cuenta para poder institucionalizarse como poder con autonomía siempre amenazada por los restos del poder eclesiástico –religioso, por el poder político que o bien lo abraza para legitimarse o bien lo censura para defenderse, y por el poder económico siempre ansioso de romper cualquier tipo de aduanas. Creo que lo que llamamos modernidad, y que en literatura representarían Baudelaire, Rimbaud y Flaubert, es el resultado de ese mapa de poderes en tensión, siempre con la amenaza al fondo de un proletariado emergente que exige no sólo formar parte del repertorio sino dinamitar el escenario. Y creo que fueron las Vanguardias las que mejor expresaron el papel de crema lubrificante que cumple la Estética en momentos de crisis de legitimidad. Las vanguardias que se atrevieron a decir no sólo que el Rey estaba denudo sino que la reina, la Estética, también. La Vanguardias… ese momento crítico que la crítica no debería olvidar.

De esa crisis la Estética saldrá y saldrá reforzada, con la ayuda, paradojas de la vida de quien parecía estar llamada a requisar sus privilegios: la Revolución Soviética en su momento estalinista y entiendo por estalinismo las consecuencias derivadas de la institucionalización de la doctrina del Socialismo en un solo país. Y digo que vino en su ayuda porque con la aparición de la estética estalinista, una vez asfixiadas las propuestas del Prolkult, el contructivismo o el rayonismo la Estética Estética, la de toda la vida para entendernos encontró el enemigo sobre el que refundar su legitimidad: frente a una Estética antiestética en cuanto que negaba la autonomía del Arte ella se presentaba como la verdadera y necesaria Estética, autónoma y al servicio del hombre, el hombre como portador de valores estéticos. La Estética condición superior de lo humano. Lo humano como condición suprahistórica, navegando por encima o entre las clases como los detectives de Hammet o Chandler. La Estética al servicio del hombre (y digo hombre y no hombre y mujer, porque la mujer en esos tiempos todavía era una imaginación estética, una violada ensoñación patriarcal, aunque ciertamente ya empezaba a despertarse) y el hombre ya se sabe: una pasión inútil, un muñeco lleno de ruido y de furia, un ser para la muerte, un muerto en vacaciones, sin atributos ni cualidades, una cucaracha inválida, un lenguaje sin sujeto, un absurdo biológico, máquina de follar, un juguete rabioso, años de penitencia mientras se dirige la editorial que fundó papa, llamando ironía a la autocomplicidad narcisista, rentistas sensibles bebiendo exquisitas historias de perdedores bien acomodados en la Biela de la Recoleta,( esperando a Godot supongo), tiempo perdido que sólo la Estética puede revertir en tiempo recobrado. La Estética como autoayuda. La Literatura como manual de autoayuda para gentes que viven y se viven como excedente, gentes a las que no les pasa nada. La crítica vigilando que los personajes sean redondos, complejos, con mucha vida interior y merecedores de al menos dos visitas semanales al psiquiatra. Gran parte de la literatura moderna con la que muchos hemos crecido ha jugado a eso. La literatura que nos hizo y nos deshizo. Nuestra educación sentimental. Recuerden:

“-Esa fue nuestra mejor aventura – dijo Frédèric.

-Sí, quizá sea nuestra mejor aventura – repuso Deslauriers.”

La segunda parte de este texo, acá.

 

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El editor como crítico frustado (2)

abril 16th, 2008 · 2 Comments

Por Constantino Bértolo

La Bella y la Bestia

El Diccionario de la Real Academia define la frustración como acción o efecto de frustrar o frustrarse y aporta tres acepciones para el verbo frustrar: Privar a uno de lo que esperaba// Dejar sin efecto, malograr un intento y Dejar sin efecto un propósito contra la intención del que procura realizarlo. Frustración por tanto como consecuencia de una circunstancia ajena al sujeto frustrado y frustración como causa imputable al propio sujeto. Más allá de la Real Academia en el lenguaje ordinario aplicamos al concepto frustrado connotaciones que remiten a humillación, rencor, resentimiento o impotencia y como editor literario todas ellas las asumo.

No comparto la grata imagen del editor como creador que se expresa a través de su catálogo, entre otras razones porque siempre me ha parecido un acto ante natura que un editor se edite a si mismo. Pero voy a acudir a una propuesta de corte semejante para intentar, recurriendo a la narración, explicar algunos rasgos que en mi propia práctica como editor he ido encontrando. Narrar es un procedimiento de lenguaje que permite decir lo que no se sabe decir, ya saben ese modo de enfrentarse a una resistencia dando un rodeo y que en la charla coloquial se utiliza con frecuencia: “Mira no sé como decirlo, mejor te pongo un ejemplo”. El eixemplo como raíz de la narración. Pues bueno, la tarea de un editor consiste en intentar rescribir con éxito la historia de la Bella y La Bestia encontrando un final feliz, y fueron felices y editaron perdices, sin tener que acudir a la magia o al encantamiento. En nuestra historia la Bella es la Literatura, una de las Bellas Artes, la Bestia es el Mercado: frío, huraño y dominado por la rentabilidad. Si siguiera la narración tradicional le adjudicaría a la Bestia el origen y la causa de todas las dificultades. Les adelanto que no va a ser así, que será a la Bella a la que achaque parte relevante de las causas y orígenes de mi frustración y desgracias como editor, pero aun siendo así me parece necesario detenerme en el retrato de la Bestia.

La Bestia: el Mercado

Quisiera en primer lugar señalar que a esta bestia no le confiero personalidad humana sino de monstruo y me suscita profundo rechazo el proceso de personificación con que nos solemos referir a él. No existe el Sr. Mercado así que es inútil disparar contra él. El mercado es, sigue siendo, un lugar de encuentro entre la oferta y la demanda, entre productores de bienes ( o males) y necesitados de bienes ( o males) y es el mercado como lugar sin duda una de las invenciones más relevantes de la historia de la humanidad. El mercado como solución técnica a un problema que atañe al tiempo humano: un espacio que resuelve problemas de temporalidad: concentrar en un espacio tiempo una oferta que tiene su propio ritmo de producción y unas necesidades que se generan a su vez obedeciendo a su propio calendario. El mercado como medio y lugar donde se produce información necesaria para que la actividad productiva humana y la actividad destructiva humana, el consumo o satisfacción de necesidades, “se comuniquen, lo que en palabras de Niklas Luhman se traduce en “se pongan precio”. No creo que haga falta recordarles que todo lo hasta ahora dicho es falso si hablamos del mercado capitalista y máxime del mercado capitalista realmente existente. No voy a ponerme en plan marxista – aunque una buena dosis de marxismo vulgar no le vendría mal a nadie- para recordarles que hoy es casi imposible encontrar productores directos en el mercado o que las necesidades llegan al mercado luego de ser elaboradas fundamentalmente en el mercado acaparado por los productores de necesidades. De aquel mercado arcaico, idílico y medieval, con sus tenderetes, saltimbanquis y recitadores de cuentos o cantares de ciego ya no queda nada. Hoy el mercado no es lugar de encuentro de oferta y demanda sino el medio de producción tanto de la oferta como de la demanda. Hoy no se produce para el mercado sino en el mercado. Como ven la Bestia tiene hoy más aspecto de Manga japonés que de Walt Disney. Y su velocidad se ha acelerado cuantitativamente y sus modales también: expulsa la rentabilidad a largo plazo, presiona contra la rentabilidad a medio y exige rentabilidad a corto o cortísimo plazo. Su música viene marcada por el precio internacional del dinero. Les podría poner algún ejemplo de cómo una subida del precio de interés actúa casi directamente sobre la programación editorial. No lo he hecho nunca pero veces ganas he tenido de explicar en la carta de rechazo de algún manuscrito que si bien en las condiciones del momento no puedo editar tal libro en caso de que el precio del dinero descienda quizá pueda aceptar su publicación. Vivimos al son de un mercado que muchos llaman globalizado, yo preferiría llamarle imperializado o dolarizado, pero quisiera hacer hincapié en que aparte de globalizarse internacionalmente el mercado se ha vuelto global en los territorios nacionales. Quiero decir con esto que ha expulsado de los mercados nacionales a aquellos competidores internos que también participaban en mayor o menor grado en la modelación, construcción o socialización de imaginarios colectivos, modelos de conducta o mecanismos de auto y heterodescripción, por ejemplo puede afirmarse que, en lo que atañe al consumo de libros, casi, subrayo el casi, se ha hecho con el monopolio de la producción de necesidades. Muchos de ustedes recordaran , pues no han pasado tantos años desde entonces y supongo que en la Argentina pasaba lago semejante a lo que sucedía en España al respecto, que en las necesidades de leer intervenían de modo sobresaliente la institución educativa, la Iglesia, determinados movimientos políticos de izquierda más o menos marxista y la propia Institución Literatura a través de los medios literarios propios: prestigios, revistas, celebraciones y cada una de estas instancias, Educación, Iglesia, Política, Literatura generaban por decir así su propia lista de los libros que el lector literario necesitaba leer mientras que el mercado, si bien ya era determinante a la hora de fijar que necesitaban leer los lectores no literarios, respecto a lo literario actuaba de modo subalterno. A finales de los años sesenta y principios de los setenta los escaparates de las librerías literarias se conformaban en función de parámetros en los que intervenían instancias políticas ligadas a la resistencia cultural antifranquista que contaban con sus propios medios de expresión y formación de necesidades: revistas como Triunfo o El Viejo Topo o Ajoblanco y suplementos culturales como Informaciones de las Artes y las Letras del periódico timidoliberal Informaciones. Es decir el mercado, que ocupaba sin competencia lo que llamaríamos el espacio de la literatura industrial o comercial competía con otras instancias a la hora de crear y modelar las necesidades de lectura. Hoy ya casi no encuentra competencia, vuelvo a subrayar el casi, y a la vista de los suplementos culturales de los periódicos más importantes y en ausencia de revistas con peso relevante cabe decir que es el mercado, a través del marketing editorial, el que diseña sus contenidos. Recordaran por ejemplo que la última nueva etapa del suplemento Babelia se estrenaba con una portada a todo trapo sobre Jonatthan Littel, el autor de Las Benévolas, con un despliegue interior hiperbólico dedicado a un libro y a un autor que en gran parte el marketing editorial había alimentado.

 

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El editor como crítico frustrado (1)

abril 13th, 2008 · 2 Comments

por Constantino Bértolo*

 

Introito

A modo de captatio benevolencia  quisiera adelantarles que a lo largo de mi intervención van sin duda a escuchar conceptos y términos  que pueden chocar contra lenguajes y conciencias hoy hegemónicos. Conceptos como el  de hegemonía para no ir más lejos, o lucha de clases o sistema de producción, estructura y superestructura, responsabilidad, propiedad privada o aparatos ideológicos del Estado. Hubiera podido intentar hacer caso de algunas sugerencias al respecto y hablar mejor de complejidades en la formación de la dinámica social, de parámetros de innovación en las intervenciones del retorno mercantil,  condiciones de emergencia o ruptura en la autonomía cultural, esferas actuantes en la receptividad de los destinatarios, de autopoiesis textual o de auto y heterodescripción de observador observado. Si no lo he hecho así les confieso que no es por ganas de molestar. Sinceramente, a mi edad y con mi sueldo renovar mi vestimenta es algo que queda lejos de mis alcances. Como decía el poeta: Yo también podría olvidar pero no me pagan lo suficiente(*).

 

Conceptos previos.

Siguiendo la estela de Raymond Williams antes de entrar en el objeto de mi ponencia pongo por delante alguna palabras o conceptos llave desde los que armaré mi exposición.

Literatura: entenderé por literatura en sentido global aquel conjunto de discursos públicos a los que, en cada época  y tiempo histórico determinado, una comunidad otorga la condición de literarios y en el que se agrupan aquellos textos mediante los cuales la propia comunidad se narra y se muestra a si misma. Es decir la literatura como “respiración semántica” de la vida social. En sentido fuerte entiendo que la literatura es un acto de violencia, yo hablo, tu escuchas, una invasión, el desembarco de una propuesta de lenguaje, el elaborado por el autor, en el territorio del lenguaje de lector y por lo tanto en su narración del yo. Como tal acto de violencia su  performatividad exige una legitimidad que sólo la comunidad a la que  se dirige puede otorgarle en cuanto que la comunidad es la depositaria y dueña, en principio, del uso privado de un bien común: la palabras e historias colectivas. La concesión de esa legitimidad es una responsabilidad que concierne a la comunidad que está, por tanto, obligada a exigir a su vez responsabilidad a los productores de esos discursos, entendidos en su sentido más amplio, a los que se confiere la capacidad del uso público de la palabra. La literatura como un pacto de responsabilidades. Habría que entender por comunidad el agrupamiento de hombres y mujeres alrededor de una determinada idea del bien común o al menos como un estado de convivencia caracterizado por el consenso acerca del modo de producción de que haya de ser el bien común. Ni que decir tiene que la comunidad teórica a la que nos estamos refiriendo se ha venido traduciendo en la práctica histórica en formaciones sociales distintas, variables y dinámicas, dentro de las cuales grupos sociales concretos o clase sociales en el sentido tradicional propio de tradición marxista, han venido acaparando y usufructuando de modo violento la representación de la comunidad toda, el control de los modos de legitimación y, por supuesto, la construcción de la idea de bien común. Esto actualmente se traduce en un escenario capitalista en el que los dueños de los medios de producción son los que, bien directamente bien a través de sus administradores, mayordomos, capataces, magos y sumos sacerdotes, acaparan la representación, controlan el sistema de legitimidades y la producción de ese imaginario colectivo que hemos llamado bien común, mediante  la utilización violenta de mercado capitalista donde tiene lugar la producción de mercancías, su circulación, su consumo y su modo de consumo. El mercado como modo de expresión perfecto aunque acaso perfectible, quizá mejorable, pero ontológico, definitivo, el fin de la historia puesto que la historia sería de este modo, una criatura más del mercado. En estas condiciones el pacto de responsabilidades, que desde mi punto es elemento constituyente de lo que entiendo por literatura, si bien permanece a modo de sombra ha sido sustituido por un pacto mercantil: el precio: yo vendo y tu compras.

 

Crítica: entiendo por crítica la expresión manifiesta de esa responsabilidad que la comunidad posee de modo irreductible  acerca de lo que atañe al uso de las palabras e historias colectivas. Sería por tanto la puesta en práctica que la comunidad hace de aquella responsabilidad que posee en origen para legitimar el uso legítimo o ilegítimo que un texto literario contenga. La crítica sería el garante del pacto de responsabilidades mencionado y su modo de expresión vendrá evidentemente determinado por el escenario social donde la actividad tenga lugar. La crítica hoy, en las condiciones actuales marcadas por un capitalismo que tiende de manera acelerada a no admitir más legitimidad que la del mercado ni más pacto que el precio, supone, si se quiere seguir hablando de crítica, un acto de oposición desde una legitimidad que es negada  por el sistema contra la legitimidad que el sistema propone y que tiene pretensión de única. El enfrentamiento entre dos modos de entender la literatura: como pacto entre responsabilidades, como pacto de mercaderes. La crítica como tribuna de lo que queda de la comunidad. Alguien dirá que en las sociedades actuales nada queda de esa teórica comunidad. A esto sólo se puede responder de dos formas: pues si nada queda de comunidad la crítica es imposible, o bien, la comunidad subsiste como metáfora y por tanto la crítica sería una metáfora levantada sobre otra metáfora. De estas dos salidas me quedo con la segunda: la crítica como una metáfora al cuadrado.

En la practica cotidiana sea metáfora sea la nada, sombra o fantasma de algo que nunca existió, la crítica se expresa a través de los mecanismos de expresión propios de las sociedades capitalistas, es decir, a través del capital. Dado que quien en primera instancia edita los textos literarios y los propone como tales es el capital y dado que la crítica toma cuerpo en los medios de expresión que posee el capital, sería conveniente dejar de considerar la critica como lugar de encuentro entre el texto y el crítico puesto que, materialmente, lo que se produce es un diálogo entre capitales y si bien en esencia el capital es único, bien sabemos que existen capitales distintos en razón de sus diferentes estrategias para llevar a cabo su inexorable destino: su reproducción ampliada. Dicho de otro modo: la crítica como enfrentamiento entre diferentes estrategias del capital en sus luchas por usurpar y rentabilizar  los imaginarios y las subjetividades colectivas que la reproducción ampliada requiere. Evidentemente esto no niega que en  un nivel más superficial la crítica aparezca como diálogo entre texto y crítico pero determina, y debería ser consideración a retener, que el texto que el crítico lee no es un texto privado o personal ni lo es tampoco el texto de la crítica. Cabe finalmente señalar que la aparición del llamado ciberespacio ha alterado al menos en apariencia estas condiciones de producción y será necesario detenerse en las alteraciones que este fenómeno está provocando o puede originar. Dejaré esta cuestión y sus efectos colaterales como propuesta para la discusión posterior a  mi exposición.

 

Editar: Editar es hacer públicos, publicar, determinados textos privados. De esta simple definición se concluyen los dos movimientos propios de la edición: la selección o determinación acerca de qué textos privados pasan a ser públicos, y el hacer público en su doble sentido: hacer llegar al público los textos y hacer público en el sentido de agrupar a un determinado número de lectores alrededor de una propuesta literaria que  otorga al grupo una identidad compartida: el público de Aira, el público de Fogwill, el público de Vila-Matas, por ejemplo. Dejo también para el coloquio lo que atañe a la edición virtual vía internet, para volver a señalar que quien en realidad edita es el que tiene medios de producción que le permitan efectuar los dos movimientos indicados, es decir, quien en realidad edita es el Capital y para no recaer en simplificaciones retromarxistas les recuerdo que el Capital no es un monolito uniforme libre de contradicciones y enfrentamientos.

El editor literario, entendiendo por tal al dueño del capital necesario, selecciona personalmente, en pocos casos, o a través del criterio que compra en el mercado de fuerzas de trabajo: Directores Literarios, Directores Editoriales, Directores de Colección, Agencias Literarias, scouts…., aquellos textos privados que va a proponer como textos literarios. ¿Y qué es un texto literario?, pues en principio aquel que la edición literaria propone como tal. La edición por tanto sería razón necesaria aunque no suficiente para su caracterización como tal, pues la capacidad de homologación de un texto como texto literario recae también y en un grado relevante sobre las otras instancias o instituciones a las que el conjunto social ha legitimado para tal función: la crítica, el sistema educativo en todos sus grados, el mercado. Valga también comentar dos cualidades que la edición, desde su aparición en el mundo clásico, confiere de modo inherente a los textos: la capacidad de  romper las barreras temporales y espaciales, transportar las palabras más allá en el tiempo del momento en que son elaboradas y más allá del espacio donde se producen. Dos cualidades que aplicamos a la condición divina en cuanto omnipresencia. Esta condición por ósmosis ha venido tradicionalmente tiñendo de un cierto aura sacra tanto a la literatura, entendida como transporte de almas, como a los autores, a los que la escritura torna inmortales, como a la edición literaria, el editor como sacerdote o hierofante sin aparente contradicción con su condición más terrestre: la mercantil. Y así Cicerón encomendaba a Gelio, su editor y dueño del taller de copistas, el respeto por sus palabras, “a tus copistas encomiendo mi espíritu” mientras que Marcial reclamaba al suyo el pago pronto de los beneficios que a él como autor le correspondían.

En cualquier caso entiendo que el editor literario es un crítico en tanto que critica, criba y enjuicia  acerca de la cualidad literaria de un texto. Lo de crítico frustrado lo abordaremos a continuación una vez delimitados estos tres términos llave, literatura, crítica, editor, sobre los que seguiremos reflexionando.

 

*Licenciado en Filología Hispánica. Entre 1978 y 1990 ejerció como crítico literario. Entre 1991  y 2003 dirige la Editorial Debate, donde crea la colección Punto de Partida, en la que publican sus primeras novelas autores como Luis Magrinyâ, y Ray Loriga, y publica entre otros a autores como Vidia Naipaul, W.G Sebald, Pascal Quignard, I. B Singer, o Cormac McCarthy. Desde 2003 es el Director Literario de la editorial Caballo de Troya.´

Este texto, que será reproducido en 5 entregas, fue leído íntegramente en Buenos Aires en marzo de 2008, en el Primer Encuentro de Crítica y Medios de Comunicación e integrará un volumen de ensayos de su autoría.

 

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Un asunto menos

enero 2nd, 2008 · No Comments

Y es Sergio Wolf quien se hace cargo del Bafici, a pesar de lo que piensa Beatriz Sarlo y que hace enojar tanto a Quintín.

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Confirmado

noviembre 16th, 2007 · No Comments

En la subsecretaría de Cultura porteña, dependiente del Ministerio que dirige Hernán Lombardi, asumiría el ex director del Teatro Colón e impulsor de la Ley de Mecenazgo, Pablo Batalla.

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Atraso y temores por obras de refacción del teatro Colón

noviembre 9th, 2007 · 3 Comments

BUENOS AIRES (AFP) — Las obras de refacción del teatro Colón de Buenos Aires, una de las mejores salas líricas del mundo, están atrasadas y generan algunos temores sobre si conservarán la extraordinaria acústica del lugar, donde han actuado los más famosos cantantes y músicos del planeta.

Cerrado desde noviembre pasado, el Colón tenía previsto reabrir sus puertas el 25 de mayo de 2008 al cumplirse 100 años de su inauguración, luego de un proceso de refacción y renovación ambiental destinado a devolverle todo el brillo y a ponerlo en valor.

Pero tras acumularse atrasos en las obras previstas, la fecha del 25 de mayo ya ha sido eliminada del programa, sin que se sepa aún cuándo se realizará la reapertura del excepcional escenario.

“Probablemente no será antes de agosto o septiembre”, confió a la AFP un responsable técnico de las obras, que pidió anonimato.

Además, algunas opiniones críticas se hacen oír sobre los trabajos que, según las denuncias, ponen en riesgo la excepcional acústica que forjó la reputación del teatro, uno de los más grandes del mundo.

“La acústica perfecta del teatro Colón está en peligro”, aseguró a la AFP Teresa de Anchorena, legisladora porteña y ex secretaria de Cultura de la capital argentina.

Según Anchorena, el proyecto de reemplazar el telón y el conjunto de los tapizados, telas y cortinados del teatro podría cambiar completamente la resonancia de la sala, con las consecuencias dramáticas que esto significaría para la magia del lugar.

“Tenemos algo perfecto, toquémoslo lo menos posible”, agregó la diputada, presidenta de la Comisión de Patrimonio de la Legislatura porteña (parlamento comunal).

“Todo está perfectamente bajo control”, aseguró en cambio Rafael Sánchez Quintana, ingeniero en acústica, quien participa de la refacción del teatro.

Según el experto, todo está previsto como para que cualquiera sean los cambios no alteren en nada el equilibrio de la sala.

Las condiciones de la sala han sido medidas en laboratorio y en la sala, y antes de elegir la tela de los cortinados o del telón del escenario, se realizaron pruebas para verificar que correspondan a los valores medidos antes de la restauración, explicó a la AFP este ingeniero.

No obstante, Anchorena recordó que los responsables de la restauración han tenido que renunciar a uno de sus proyectos que preveía la destrucción de una pared de ladrillos detrás del escenario.

La vuelta atrás con esta idea se debió a que su eliminación hacía peligrar el equilibrio acústico del teatro, lo que, según la diputada, sería una prueba de que algunos aspectos del plan de reestructuración son riesgosos.

El simple cambio del telón sería otra muestra, por lo que convendría revisarlo, insistió Anchorena.

“Más vale cambiarlo asegurándose que la tela elegida tendrá la misma capacidad de absorción de sonido que el anterior”, respondió Quintana, al recordar la obligatoriedad de acatar normas contra incendio, que el antiguo telón no tenía.

En cuanto a la decisión de mantener la pared de ladrillos, es la prueba de que ningún cambio es llevado a cabo sin asegurar previamente las consecuencias para la acústica del lugar, agregó el experto.

No obstante, instó a los críticos a darse “un margen de flexibilidad” al admitir que es imposible reproducir la sala de manera idéntica a lo que era, aunque más no sea por el polvo que desaparecerá, pese a que jugó un papel en la acústica.

Ya fueron desarmadas las 2.500 butacas por lo que el tamaño de la sala es aún más impresionante, con los enormes andamiajes donde decenas de artesanos restauran molduras y bajo-relieves, así como el inmenso fresco que decora la cúpula central.

Richard Strauss, Igor Stravinsky, Manuel de Falla, Arturo Toscanini, Zubin Mehta, Daniel Barenboim y Herbert von Karajan, entre otros, han dirigido en su escenario.

El Colón ha también acogido a cantantes como Enrico Caruso, María Callas, Monserrat Caballé o Luciano Pavarotti, entre otros.

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¿La cultura del turismo?

noviembre 9th, 2007 · 2 Comments

No sé, todo el mundo lo da por sentado, pero yo no veo tan claramente la profunda relación entre cultura y turismo. Es decir, más allá del tango, los museos, el Colón. Veremos qué es lo que hace Lombardi, designado nuevo ministro. Al menos, hasta ahora, se mostró prudente. Aunque la verdad, a mí me pasa lo mismo que dice la Heker.

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CV de un Ministro de Cultura

octubre 19th, 2007 · 10 Comments

Me llegó esto por mail.

Ustedes sacarán sus conclusiones.

LUIS HERNÁN RODRÍGUEZ FELDER

Buenos Aires, Argentina,  28 de septiembre de 1944

Filósofo,maestro, titiritero, escritor, periodista, editor.

Nació y se crió en el barrio de Devoto (Pareja y Avenida San Martín),en las cercanías del Seminario Metropolitano.

Su núcleo familiar estaba constituido por su madre y su padre, una hermana y un hermano (ambos docentes) y su abuela materna. Su madre, Elsa Felder, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, fue profesora de nivel secundario y luego de nivel terciario, siendo una de las primeras en dictar cursos de Literatura Infantil (Instituto de Perfeccionamiento Docente de Avellaneda), y fundando, en 1972, la primera Librería de Literatura Infantil de la Argentina.Ha escrito innumerables libros (muchos de ellos aún exitosos en Latinoamérica), y lo sigue haciendo hoy, a los noventa años de edad, frente a su computadora. Su padre, Alfredo L. Rodríguez,fue empleado del Estado, y como Maestro Mayor de Obras construyó numerosas casas en la zona norte del Gran Buenos Aires.

Luis Hernán Rodríguez Felder cursó sus estudios primarios en diversas escuelas de Buenos Aires,y en 1954 ingresó en el Curso de Aplicación del Mariano Acosta, para proseguir sus estudios secundarios en la Escuela Normal. En 1961 egresó con las más altas calificaciones como Maestro Normal Nacionalen la Escuela Normal Nº 2 de Profesores Mariano Acosta.

En 1960 obtuvo el Primer Premio en el Concurso histórico literario convocado a nivel nacional por el Ministerio de Educación en ocasión del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo. Fue llamado para cubrir el cargo de Maestro Especial de Grado (supervisando las prácticas de la enseñanza de los estudiantes del Normal) en el Curso de Aplicación del Mariano Acosta (1962-1963) Trabajó durante los siguientes años como Maestro de Grado, Maestro de Grado Especial, Asistente Educacional y Asistente en Psicología (Centro Asistencial dependiente de la Dirección de Psicología de la Provincia de Buenos Aires). Posteriormente dictó la mayoría de las materias de nivel secundario que se dictaban en Institutos Privados de Enseñanza en el Programa del Bachillerato Acelerado para adultos.

SOMBRAS ARDIENTES Poemas (1961) 

EL PRIMER GRITONovela breve (1961)

A fines de 1961 ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en la carrera de Letras Modernas, y cursó varias materias en los años siguientes en el edificio de Viamonte, hoy sede del Rectorado de la UBA, y posteriormente en el edificio de la avenida Independencia. Abandonó definitivamente sus estudios de Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires poco después del 29 de julio de 1966, habiendo cursado dieciocho materias de las veinticuatro básicas que conformaban entonces el Plan de Estudios de dicha Carrera. En 1989 retornó a esta Facultad (ya en su sede de Puán) para seguir como oyente los Cursos de Linguística, Gramática y Filología.

Entre 1966 y 1980: EL ENIGMA DE LA GERMINACIÓN DEL FLACO Novela (1966-1976)

LA ESTACIÓN DEL ENCUENTRO Novela (1980) Editada en marzo de 1982 por la Editorial Bruguera para Buenos Aires y España, en la Colección Libro Amigo. Con Prólogo de Fermín Estrella Gutiérrez, recibió excelentes críticas, entre ellas la de César Magrini, en El Cronista Comercial (7 de julio de 1982).

En marzo de 1997, la Editorial Imaginador edita la Segunda Edición de LA ESTACIÓN DEL ENCUENTROen su Colección de Narrativa Contemporánea.

Desde 1963 trabajó como titiritero ayudante, y luego titiritero actor en el Teatro de Títeres Trotacaminos, del gran poeta y maestro titiritero César A. López Ocón, dando numerosas funciones en el interior de la Provincia de Buenos Aires, contratados por la Dirección de Cultura de la misma, en escuelas y todo tipo de instituciones educativas y culturales.

Miembro de la ATA (Asociación de Tiriteros de la Argentina, con sede en Buenos Aires), de la que tiempo después llegó a ser su Vicepresidente, participó en el Homenaje a Federico García Lorca a los treinta años de su muerte (19 de agosto de 1966) como escenógrafo junto a los titiriteros López Ocón, Ariel Bufano, Pepe Ruíz y Roberto Blanco.

Posteriormente formó parte de la Comisión para la Promulgación de la Ley del Teatro, junto a López Ocón y a Onofre Lovero. Realizó varias escenografías para obras de títeres de guante, entre ellas la de la obra El caballero de las manos de fuego, de Javier Villafañe, para el retablo del titiritero Pepe Ruíz. 

LOS TÍTERES Texto e ilustraciones. Libro especialmente creado para el diario La Prensa, medio que lo publicó a todo color en sus rotograbados (por primera vez en la historia del diario) durante varias semanas, proyecto que encaró el crítico Albino Diéguez Videla.

LA SOMBRA DEL DUENDE(1993) Obra para títeres de sombra, imaginada como continuación de la obra de Otto Freitas: El duende.

De su matrimonio con María Teresa Carbano nace su primera hija, Marina, el 2 de agosto de 1969. El 17 de junio de 1971 nace su segunda hija: Eugenia. Marina y Eugenia son, desde 1993, Directoras del Grupo Imaginador de ediciones SA, ocupando los cargos de Gerenta de Producción Editorial y Gerenta de Coordinación Editorial respectivamente.

En 1972, en una vieja casona de la calle Hipólito Irigoyen,  funda la  Editorial EDRIS, y es cofundador, allí, junto con su madre, Elsa Felder , de la primera librería de Literatura Infantil de la Argentina, llamada La casa vieja. La Editorial Edris se dedicó fundamentalmente a editar libros con diapositivas para su utilización en la enseñanza, entre ellos la Colección de Historia del Pueblo Argentino, y uno de educación vial: Don Semáforo, y hoy forma parte, como sello editorial, del Grupo Imaginador de Ediciones de Buenos Aires.

En 1973 fue designado Asesor del Cuerpo de Tránsito de la Policía Federal en materia de Educación Vial, siendo el libro ya mencionado el utilizado por los equipos de dicho Cuerpo para su Campaña educativa en todas las escuelas de Buenos Aires.

A fines de 1980 comenzó a escribir una extensa saga narrativa titulada LOS PIRATAS DE LA SOLEDAD Saga narrativa(1980 – 1982)  cuya acción transcurría en las Islas Malvinas. Dicha saga estuvo integrada por los siguientes libros: EL CHE ALMIRANTE, Novela Editada en 1993 por la Editorial Imaginador en su Colección del Mar Enano. LOS FINES DEL ORIGEN, Novela.

A principios de marzo de 1982 viajó a Barcelona contratado por la Editorial Bruguera España. A su regreso de Europa (1983) ejerció tareas periodísticas para una agencia de prensa catalana, con sede en Barcelona, cubriendo en Buenos Aires las elecciones españolas de ese año, y realizando, entre otras notas, un extenso reportaje a Raúl Alfonsín ante un viaje de éste a España, previo a las elecciones, y ya en plena campaña electoral. A fines de 1985 fue convocado como asesor de quien había adquirido Radio del Plata, en la que hasta principios de 1986 desempeña diversas funciones (la Gerencia Comercial, entre ellas), estando posteriormente a cargo de la Dirección de la emisora.

Desde fines de 1988 hasta principios de 1990 escribe su primer libro de Filosofía, el volumen inicial de la TEORÍA DE LA INTEGRACIÓN (Volumen I: El acto de origen) 1990 (con fecha de edición en la Editorial Imaginador a fines de 2008) el que se constituye en lo que debe ser considerada la base conceptual sobre la que va a desarrollar, desde entonces y hasta el presente, un vasto Modelo de Filosofía.

En 1990 escribe e ilustra con sus propios dibujos el libro TÍTERES DE CARTON el que es publicado por una editorial de Buenos Aires.

En abril de 1990, y durante la Feria del Libro de ese año, se desempeña como Asesor Pedagógico de la Fundación Santa María (SM-El barco de vapor). Luego fue Asesor del Director General de EASO (entonces la mayor distribuidora de libros de la Argentina), dictando durante ese año dos Talleres de Narrativa para autores noveles.

A mediados de 1991 escribe e ilustra integralmente, y luego diseña y edita, varios libros infantiles: CÓMO HACER TORTAS Y POSTRES (sin uso del fuego) CÓMO HACER BARRILETES CÓMO HACER TÍTERES DE SOMBRA CÓMO HACER MUÑECAS Y MUÑECOS.

Con estos libros que inicia el Proyecto Imaginador, distribuyéndolos con gran éxito comercial a través del Catálogo de una de las más importantes empresas nacionales de venta directa domiciliaria.

La Editorial Imaginador (el Grupo Imaginador de Ediciones SA) inicia sus actividades el 11 de septiembre de 1991, con sede inicial en la zona de Congreso, distribuyendo su fondo editorial a través de las más importantes empresas de venta directa, las que permitieron la llegada de los libros hasta los lugares más alejados del vasto territorio de la Argentina (más de catorce millones de libros vendidos hasta la fecha).

EL MERCADO DE LOS NO LECTORES

La estrategia de Imaginador El gran eje estratégico de la que se constituiría como Editorial Imaginador ha sido, hasta el presente de la misma, el de crear, imaginar libros con un alto grado de excelencia para el segmento de la sociedad argentina (y luego hispanoamericana, ya que la editorial exporta hoy sus libros a toda la comunidad de habla castellana, incluyendo la de los EEUU) que habitualmente no consume libros. Vale decir, al público que no concurre a las librerías, o por no estar habituados a éstas y a su enorme oferta de productos editoriales, o por vivir en zonas donde no hay librerías, o por poseer escasos recursos económicos, dedicados casi exclusivamente a la supervivencia.

Es a estos sectores sociales mayoritarios en la Argentina donde llega el sistema de venta directa domiciliaria, a través de un Catálogo con una enorme oferta de productos, mayoritariamente cosméticos. Vastas redes que arriban directamente a los hogares, en general muy humildes, llevados casi con exclusividad por mujeres que conforman esos mismos hogares.

Dicho en otros términos: redes comerciales de expansión en el consumo de todo tipo de mercaderías que van a buscar al consumidor y no aguardan que éste los contacte (como ocurre con la venta tradicional a través de locales comerciales). Redes que, desde la creación de la Editorial Imaginador, incluyeron libros desarrollados especialmente para ese segmento social, con un alto grado de excelencia y un stándar específico (número de páginas, textos e ilustraciones), además de una temática centrada mayoritariamente en la practicidad y la utilidad (aunque el libro más vendido de la editorial haya sido entonces una antología de frases y poesías de amor de los autores más famosos de todos los tiempos).

Esto es lo que conformó el gran éxito empresario de Imaginador en los últimos quince años: ha liderado la creación y comercialización de libros a través de estos sistemas de venta (más de catorce millones de libros que hoy forman pequeñas bibliotecas en cientos de miles de hogares a los que antes no arribaba el libro como objeto de consumo).

El Proyecto Imaginador, creado y dirigido por Luis H. Rodríguez Felder como Director General de la Editorial se ha centrado en la generación de lectores entre los no lectores, entre los no habituados a comprar libros. Para ello, partió de la concepción de que un lector es aquel capaz de aceptar “fracasos” en la lectura, es decir, que no dejará de ser lector por tener la experiencia de leer un “mal” libro, un libro carente de excelencia o frustrante para sus expectativas. Y de que quien no es lector, no está habituado a comprar libros, ni posee al menos alguno en su hogar, no aceptará dicho fracaso, y después de adquirir el primero que le sea frustrante, difícilmente volverá a comprar otro. Y de ahí el alto grado de excelencia de los libros de Imaginador: no pueden generar “fracasos” en relación a los que los adquieren. El liderazgo y la cantidad de libros vendidos durante más de quince años atestiguan con hechos el éxito de este propósito de expansión de la cultura y la educación en los sectores más humildes de nuestra sociedad y de la sociedad latinoamericana.

Según la experiencia originada en Imaginador, las campañas en pro de la lectura incentivan a los lectores a ller más, pero no generan nuevos lectores. Desde 1992 decenas de libros editados por la Editorial Imaginador son de la autoría de Luis Hernán Rodríguez Felder. Entre ellos: NANAS DEL MAR. Canciones de cuna para cantarlas con la tonada del arrorró. NANAS DE LA SELVA. Canciones de cuna para cantarlas con la tonada del arrorró. EL SERMÓN DE LA MONTAÑA I y II. Intervención en Actitud Imaginador y diseño de las imágenes. e innumerables otros títulos, editados desde 1992 a la fecha.

LA ACTITUD IMAGINADOR. Desde mediados de la década de los 90 hasta la actualidad, Luis Hernán Rodríguez Felder desarrolla una normativa que rige lo que va a denominar actitud imaginador, es decir, una actitud frente a los textos clásicos en lengua castellana, desde el Cantar del mio Cid y el Libro del Buen Amor, del Arcipreste de Hita, en adelante, que se va a constituir en la base conceptual para intervenir dichos textos y tornarlos comprensibles al lector contemporáneo con la menor alteración posible de la intención creativa del autor respectivo, y respetando el tipo de verso, su métrica, su ritmo y su rima.Así, durante más de una década de trabajo, culmina la intervención total a las siguientes obras:

Libro del buen amor del Arcipreste de Hita

Cantar del mio Cid (Anónimo)

Los milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo y prepara la próxima edición bilingüe (castellano antiguo-castellano contemporáneo) de las mismas.

Numerosos libros fueron intervenidos en la Actitud Imaginador, y editados por la Editorial Imaginador. Algunos de ellos: SHAKESPEARE Y EL AMOR RUBÉN DARÍO Y EL AMOR BÉCQUER Y EL AMOR y muchos más.

EL GRUPO LARSENDE INTERVENCIÓN EN GRANDES OBRAS CLÁSICAS EN LENGUA CASTELLANA

Imaginado como Proyecto (el Proyecto Larsen) paulatinamente devino en un grupo pequeño de estudiosos que comenzaron a aportar en la intervención (tal la denominación elegida, a pesar de estar muy comprometida con ciertas tendencias del arte contemporáneo) de las más grandes obras de la literatura antigüa en habla castellana, comenzando a generar ediciones bilingües (castellano antigüo – castellano contemporáneo), tal como las que se habían comenzado a eloaborar, y que acabamos de ejemplificar, a través de la Editorial Imaginador.

En los dos últimos años se ha comenzado a intervenir obras pertenecientes a otras literaturas, como es el caso de la literatura gauchesca argentina (el Martín Fierro, el Fausto, etc.).

El Grupo Larsen se sostiene conceptualmente en las normas de la Actitud Imaginador, y su Director General es Luis Hernán Rodríguez Felder.

EL LOCO BOLETA (Novela policial) 1998.

En marzo de 2003, de su matrimonio con Graciela Genovés –artista plástica, representada por la Galería Zurbarán, de Buenos Aires–, nace Julia, su tercer hija. El 9 de septiembre de 2003 el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires distingue al libro Los hermosos juegos de Luis Hernán Rodríguez Felder. 

LOS HERMOSOS JUEGOS Texto e ilustraciones Editado por la Editorial Imaginador de Buenos Aires(Septiembre de 2004).

En marzo de 2005 se edita en la Editorial Imaginador la obra La dama boba de Lope de Vegaen la Colección IMAGINADOR-CLÁSICOS, acompañada por un estudio biográfico y LA APASIONADA HISTORIA DE LOS AMORES DE LOPE DE VEGA, Obra de ficción narrativa histórica en veinticinco capítulos.

En enero de 2006 nace Emilia, su cuarta hija –la segunda de su matrimonio con Graciela Genovés–.

El Grupo Imaginador de Ediciones, a principios de 2007, cuenta con un edificio propio de tres pisos, en el barrio de Almagro, posee las más modernas computadoras para diseño (Mac) y para la operatividad de la empresa (PCs), vehículos para la distribución de los libros, y trabajan en ella alrededor de treinta personas. Posee en distribución exclusiva la Editorial Edris, Ediciones de La Grulla, Ziel ediciones, Proyecto Larsen, etc. La Editorial Imaginador posee un fondo editorial estimado en más de mil títulos, los que se distribuyen a través de todos los sistemas de venta (grandes cadenas de librerías, venta directa domiciliaria, etc.); es miembro de la Cámara Argentina del Libro y de la Cámara Argentino Norteamericana de Comercio; participa con su stand propio en las Ferias del Libro de Buenos Aires, además de otras Ferias del Libro del interior de la Argentina; concurre a las principales Ferias del Libro del Mundo: Guadalajara, Chicago-Nueva York, Frankfurt, Barcelona-Madrid, etc.

Desde 1995 exporta sus libros a toda la comunidad de habla castellana, y hacia la comunidad de origen hispánico de EEUU.Ha obtenido numerosos premios internacionales por sus libros, así como menciones especiales por la calidad de los mismos en medios de diversos países.

EL MODELO DE FILOSOFÍA DE FELDE

El período o etapa relacionada con la creación en Filosofía tiene su origen en 1989, al comenzar a escribir el Volumen I del Modelo de Filosofía que denominó la Teoría de la Integración.

Desde entonces y hasta el presente, pese a la intensa actividad creativa generando centenares de libros de todo tipo para la Editorial Imaginador, el núcleo esencial de su pasión estuvo exclusivamente situado en la Filosofía, habiendo recientemente concluido el Volumen V (2007). En 2006 concluye el Volumen II de la Teoría de la Integración: La des-integración del Pensamiento de la Asociación (Hegel-San Agustín-Kant-Nietzsche), el que es editado por la Editorial Imaginador a principios de 2007. A fines de 2006 concluye el Volumen III de la Teoría de la Integración: La des-integración del pensamiento individual (Freud-Nietzsche-Schopenhauer-Derrida), el que está en etapa de corrección en la Editorial Imaginador para su edición a fines de 2007.

A principios de 2007 termina de escribir el, Volumen IV de la Teoría de la Integración: La Enfermedad Asociativa (Barthes-Bateson- El Génesis de la Biblia-otros pensadores), el que está en etapa de corrección, y con fecha de edición para fines de 2008.  A mediados de 2007 concluye el Volumen V de la Teoría de la Integración, bajo el título de Las unidades duales integradas (La cuestión central del cristianismo-Heráclito-Parménides-Sócrates-Platón-Aristóteles), libro en período de corrección por su autor, y a ser editado a mediados de 2008.

El 16 de octubre de 2007 ha sido designado futuro Ministro de Culturab del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por las autoridades recientemente elegidas:el Jefe de Gobierno Sr. Mauricio Macri y la Vicejefa de Gobierno Sra.Gabriela Michetti.  

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Salvando a “La mujer de mi vida”

octubre 16th, 2007 · 3 Comments

Acá, una idea para salvar una revista.

(Aunque 7 pesos tal vez sea mucho para una edición electrónica, ¿no?).

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Premios municipales

agosto 10th, 2007 · 3 Comments

Estamos juntando firmas para solucionar el problema de los premios municipales. Si se prenden, respondan a este mail con nombre y apellido. Saludos para todos. Gus Nielsen.

EL GOBIERNO DE LA CIUDAD NO CUMPLE CON LA LEY

En el pasado mes de enero, la Legislatura Porteña convirtió en ley la imprescindible y justa recategorización de los Premios Municipales, largamente postergados por el Poder Ejecutivo porteño en su ya conocido afán de congelar definitivamente esos premios, y en última instancia liquidarlos. Dicha recategorización no sólo implica el lógico ajuste en los haberes de los premios, sino revalorizarlos como un respaldo efectivo del Estado a la cultura, sacándolos del limbo presupuestario en el que se había decidido confinarlos.

Sin embargo, pese a encontrarse en plena vigencia la ley, y a contar con la necesaria partida presupuestaria, el Gobierno de la Ciudad desconoce el mandato de su propia legislatura e impide que dicha puesta al día de los haberes se haga efectiva, lo que legalmente debía suceder el 1° de febrero de este año.

Por todo lo expuesto, exigimos enfáticamente al Poder Ejecutivo del Gobierno de la Ciudad que cumpla con la ley que su propia legislatura ha votado y que se ha promulgado oportunamente, reservándonos a la vez el derecho de iniciar las acciones legales que corresponden de persistirse en esta violación de la ley.

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Las 6 tesis de Link

julio 26th, 2007 · 1 Comment

En materia de cultura.

Querida Patricia, Dr. Lavagna, Dra. Carrió, Señor Scioli, Cristina, señor@s representantes: Un pueblo sin cultura es un pueblo hundido, y como en las sociedades contemporáneas el pueblo es la base de la soberanía, un pueblo educado es la única vía para sostener el sistema político en su conjunto.
No sé en qué exacto y pérfido momento se optó por la desasociación histórica y más que pertinente entre educación y cultura. Un aparato educativo sin contenidos culturales es objeto de manipulaciones tecnocráticas, cuyos resultados desastrosos han quedado en evidencia en los últimos quince años. Por otro lado, una esfera cultural sin objetivos pedagógicos sólo puede pensarse a sí misma como el espectáculo vil e infamante al que pareciera que nos hemos ido acostumbrando.

1. Educación y cultura forman parte del mismo ministerio, comparten los mismos objetivos y son las mismas instituciones las que constituyen sus esferas de actuación: escuelas, museos, bibliotecas, teatros, cinematecas, clubes. Educación y cultura deben marchar juntas de la mano, transitando el camino de la imaginación.

2. Por supuesto, se trata de garantizar la inscripción de la ciudadanía en un proyecto cultural de excelencia y, al mismo tiempo, democrático. Hay que recuperar, para el ámbito de la educación y la cultura, la meritocracia, mediante sistemas de becas y premiaciones para quienes en la materia se destaquen. No me refiero sólo a las becas para escritores y artistas que tienen, ya, instituciones y programas específicos sobre los cuales habría que volver para garantizar su funcionamiento democrático y transparente, sino a becas y premiaciones destinadas a estudiantes secundarios de las escuelas públicas de todo el país: becas de estudio, de formación, de intercambio; premios al rendimiento escolar.
Así como existen olimpíadas matemáticas y torneos bonaerenses, no se entiende por qué las actividades relacionadas con el arte y la cultura no habrían de tener un esquema similar de promoción y patrocinio (juegos florales, competencias de declamación, concursos de manchas…).

3. Lo primero es sacar a educación y cultura del penoso sistema de clientelismo político que no hace sino hundir más lo ya hundido. Las instituciones culturales y educativas (escuelas, teatros, museos, bibliotecas, etc…) deberían estar bajo la dirección de especialistas designadas por concursos públicos de antecedentes y oposición (como las leyes lo prevén) durante períodos que, necesariamente, sean distintos de los ciclos del calendario político (cinco años alcanza para medir la eficacia de un proyecto).
Entiendo por “oposición” la presentación de un proyecto de gestión, evaluable periódicamente por jurados competentes.
La actual Secretaría de Cultura ha realizado concursos semejantes en los últimos años, pero es tan poca la voluntad política de llevarlos adelante que los dictámentes (cuando los hay) naufragan en la pesadilla de los justos, a la espera de la distribución de no se qué migajas de no sé qué torta (la habitual “repartija de carguitos”), como puede comprobar cualquier ciudadano que solicite información sobre
lo actuado en materia de concursos por la Dirección Nacional de Patrimonio y Museos, por ejemplo.

4. Al mismo tiempo que integren a la ciudadanía mediante estrategias de distribución democrática de la modernización, las acciones educativas y culturales de un país como la Argentina deben tender a reforzar los vínculos (también previstos por las leyes) con países que comparten su misma precarización. El Mercosur suponía una integración bilingüe en las escuelas, que sólo en Brasil llegó a desarrollarse. Hay que enseñar portugués en las escuelas secundarias argentinas y premiar a los mejores estudiantes con viajes de estudio y programas de intercambio a ese país.

5. La cultura lleva y trae: es un vehículo, un arca de Noé que no sólo preserva sino que transforma. En momentos críticos, muchas naciones usaron herramientas culturales como estrategia de reconstrucción de un lazo herido. Pienso en el teatro en los Estados Unidos después de la crisis de 1929 o en la España republicana, que confió a Federico García Lorca uno de sus más hermosos proyectos culturales, La barraca. Hay que crear compañías itinerantes que recorran los pueblos de todo el país en camiones, representando el teatro de repertorio al que de otro modo quienes no viven en las grandes ciudades no pueden acceder jamás en la vida. Hay que devolverle el teatro al pueblo.

6. Lo que ya ha desaparecido es irrecuparable salvo como memoria. Pero a partir de lo que ya no existe también se puede construir. En Francia, el IMEC instaló los fondos de manuscritos que atesora en una abadía totalmente destruida durante la segunda guerra mundial, en las afueras de un pueblo en la costa normanda. Poco a poco, lo que era un páramo desolado y un mero monumento a la barbarie fue poblándose de casas, habitantes, escuelas. En la Argentina han desaparecido pueblos y ciudades enteras: basta seguir las líneas de los ferrocarriles que ya no existen. Es ahí, en esas estaciones de ferrocarril abandonadas, donde deberían instalarse centros culturales, residencias para artistas, escritores, traductores, centros de documentación y archivo que generarían (lo sabe cualquier demógrafo de Francia o Alemania) el renacimiento de esos pueblos muertos*.

*La idea no me pertenece. Como se trabaja (trabajamos) en un proyecto orientado en esa dirección, reservo la fuente a la espera de circunstancias más propicias.

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La carta del escándalo / 6

enero 15th, 2007 · No Comments

Las palabras y las cosas 

Por Horacio Tarcus 

El diario Clarín del día de hoy decidió hacerse eco de un “anónimo” que, según el propio matutino, fue dirigido a los medios de comunicación desde “fuentes” de la Biblioteca Nacional. Lo hizo a través de una nota, que firma Patricia Kolesnicov, titulada “La denuncia sobre la Biblioteca Nacional tenía varios párrafos copiados”. En ella, haciendo gala del peor amarillismo periodístico, se anuncia con grandes titulares que mi carta de renuncia al cargo de Subdirector de la Biblioteca Nacional dirigida al Secretario de Cultura el pasado 27 de diciembre “copia”, sin citarlos, párrafos de un diario español?Mi carta de renuncia consiguió hacer público un cuadro crítico de la Biblioteca Nacional con datos y referencias precisas sin apelar al método de la denuncia ni a imprecisas y oscuras fuentes. Es que a diferencia de otras bibliotecas del mundo, nuestra Biblioteca Nacional no produce ni difunde estadísticas ni análisis sobre su funcionamiento ni sobre los servicios que brinda (como la relación entre presupuesto e inversión tecnológica, o sobre el crecimiento de su patrimonio, o sobre el crecimiento o decrecimiento del número de lectores, etc.). Por eso, para la elaboración de mi Informe de Gestión y de mi carta de renuncia era imprescindible articular los datos relevados in situ en la Biblioteca Nacional durante un año de gestión con las más diversas fuentes disponibles. Acudí, pues, a los precisos informes de la SIGEN; al informe no menos crítico sobre la Biblioteca Nacional elaborado por el director Elvio Vitali para la conferencia de prensa brindada en setiembre de 2004; a las páginas web de ABGRA, de ABINIA y de varias bibliotecas nacionales latinoamericanas y al dossier de debate sobre el rol de la Biblioteca Nacional española, entre muchos otros textos. No se trata de textos de investigación o creación literaria firmados por un autor, sino de documentos públicos institucionales, que usé libremente tomando datos y descripciones de procesos técnicos sobre las bibliotecas de nuestro país y de todo el mundo. Al no tratarse de ideas originales de un autor personal ni colectivo, hubiese sido ridículo entrecomillar y citar al pie la fuente de datos o de descripciones de procesos técnicos, por otra parte no exclusivas de dichas fuentes.De 9 páginas a espacio simple de mi carta y de 40 páginas en igual formato de mi Informe de gestión, la “fuente” de la Biblioteca Nacional detecta tres párrafos –en verdad, cuatro oraciones– de descripción de procesos técnicos bibliotecológicos “copiados” del debate sobre el rol de la Biblioteca Nacional española. Por mi parte, para regocijo de la prensa amarilla, podría añadir que “copié” (cierto que en forma abreviada) un párrafo con información sobre la Biblioteca Nacional de Brasil de su página web, que los datos de las Bibliotecas Nacionales de Chile y México están “copiados” de la página de ABINIA… Ahora, bien, ¿qué es lo que prueba esto? ¿En qué desmerece el cuadro crítico de situación por mí presentado? Como todo texto, también mi carta puede ser leída como un palimpsesto y desmenuzada frase por frase buscando influencias, citas ocultas, ecos de otros textos… Que lo haga quien lo quiera hacer, no tengo fuentes oscuras que ocultar, pero ¿vale la pena tomarse semejante trabajo? ¿En aras de qué? Mi carta no es un texto literario que reclama originalidad frase por frase, sino un diagnóstico crítico que busca dar cuenta de una realidad institucional penosa. Lejos de ser original, este diagnóstico es compartido por casi todo el campo bibliotecológico, no sólo de nuestro país sino del mundo entero. No pido otro mérito que la responsabilidad de haberlo hecho público aún sabiendo que esos gestos no se perdonan y exponen a su autor a este tipo de mezquindades.Hasta el momento, nadie desmintió mi diagnóstico crítico de la Biblioteca Nacional. Es más, el campo de los investigadores lo avaló públicamente porque vio reflejada en mis palabras su propia y penosa experiencia. El propio Director también lo reconoció públicamente al admitir que se trataba de “males conocidos”. Incluso los ensayistas y los periodistas de la izquierda populista que avalan la gestión del Dr. González hacen grandes gestos a favor de la dimensión simbólica de la Biblioteca Nacional, pero evitan referirse al cuadro crítico de tal institución en tanto que biblioteca (es comprensible, por otra parte, que quienes más padecen el mal servicio que presta la Biblioteca Nacional sean los que quieren leer y no tanto que acuden a conferenciar?).Pero, volviendo al punto, la Dirección de la Biblioteca Nacional, no pudiendo desmentir el diagnóstico, se ha propuesto desprestigiar a quien se atrevió a formularlo y hacerlo público. Aunque sin asumirlo directamente, acude al método soez de la acusación, sugiriendo un “plagio” donde no lo hay ni podría haberlo. Desde luego, es más tranquilizador creer que el cuadro de la situación que presenta mi carta es un puzzle de críticas tomadas de textos de otros países, que aceptar que los argentinos nos tenemos que conformar con la Biblioteca Nacional de la República de Feudalia. Pero como no subestimo a la opinión pública, no creo que esta penosa manipulación logre desenfocar el tema de fondo. Sin duda, se trata de buscar un reemplazante en la Subdirección, archivar el expediente y esperar que el episodio pase al olvido. Por mi parte, hago votos porque el debate prosiga, pero el debate en serio. Porque a diferencia de otros momentos en que la Biblioteca Nacional se instalaba en los medios a partir de escándalos y denuncias de todo tipo, aquí se ha abierto un debate bibliotecológico, intelectual y político con el suficiente vigor como para convocar a los más diversos actores. La prosecución del debate necesita de una prensa seria, a la altura de semejante cometido.El reciente nombramiento de la Bibliotecóloga Elsa Barber como Subdirectora de la Biblioteca Nacional es un acontecimiento histórico en la propia institución y en el país. Es una profesional de gran probidad y capacidad. Pero necesitará un gran apoyo para emprender la normalización institucional, la informatización de todos los procesos bibliotecológicos y la mejora en la atención al público lector. Si no lo obtiene, se repetirán las mismas contradicciones y se alzarán los mismos obstáculos que me llevaron a renunciar en diciembre pasado. Para la ciudadanía, el mejor modo de acompañar su gestión será mantener vivo el debate público. Ojalá la Subdirectora pueda contar entre sus respaldos con una opinión pública alerta, que siga discutiendo la misión de una Biblioteca Nacional a la altura de los tiempos.

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La carta del escándalo / 5

enero 7th, 2007 · No Comments

Por la Biblioteca Nacional 

La oposición unilateral entre modernización y tradición empobrece problemáticas mucho más ricas y complejas, y retrotrae el debate a una dicotomía que no hace justicia al presente de la Biblioteca Nacional. Sabemos que la Biblioteca Nacional no está atravesando un momento “sombrío” y queremos expresar que sus trabajos de actualización y su activa y renovada presencia e inserción en la sociedad, alientan a pensar que se superarán sus carencias y se proseguirán los compromisos para recrear la fuerza cultural que debe caracterizarla. Su momento actual está signado por la continuidad y avance de esas transformaciones. No hay ninguna oposición, al contrario, entre biblioteca y actividad cultural, entre atención a los investigadores y apertura a un público amplio, entre excelencia técnica y mejora de la situación laboral y económica del personal de la institución. Todo esto no depende de una persona, de este o aquel nombre propio, sino de los acuerdos, discusiones y el trabajo de una comunidad integrada por lectores, investigadores, bibliotecarios y el conjunto de los trabajadores de la Biblioteca.

Adhesiones: León Rozitchner. Horacio Verbitsky. Gerardo Gandini. David Viñas. Osvaldo Bayer. José Pablo Feinmann. Pino Solanas. María Seoane. Josefina Ludmer. Juan Sasturain. Tomás Abraham. Juana Bignozzi. Norberto Galasso. Antonio Dal Masetto. Eduardo Jozami. Carlos Nine. Christian Ferrer. Cristina Banegas. Jaime Sorin. Hugo Trinchero. Patrice Vermeren. Jorge Aulicino. Alcira Argumedo. Leopoldo Brizuela. Ricardo Forster. Diego Tatián. Eduardo Rinesi. Gregorio Kaminsky. Alejandro Kaufman. Jorge Lafforgue. Daniel Divinsky. Aurelio B. R. Narvaja. Américo Cristófalo. Tamara Kamenszain. Jorge Accame. Hugo Rapoport. Guillermo David. Fernando Báez. Pablo A. Pozzi. Claudio Guevara. Liliana Heer. Miguel Vitagliano. Osvaldo Baigorria. María Pía López. Mónica B. Cragnolini. Marta Elena Groussac. Liliana Lukin. Hebe Clementi. Alejandro Horowicz. Ana María Zubieta. Jorge Ramos. Guillermo Korn. Esteban Vernik. Daniel Freidemberg. Wilbur Ricardo Grimson. Juan Carlos Volnovich. Marcelo Percia. Stella Calloni. Noemí Ulla. Lila Pastoriza. Nora Dottori. Elsa Drucaroff. Jorge Dubatti. Alberto Szpunzberg. Ulises Gorini. Juan Carlos Cena. Susana Cella. Sebastián Hernaiz. Elsa Kalish. Juan Carlos Bettanin. Roberto Retamoso. Eduardo Grossman. Marcelo Brodsky. Rafael Calviño. Enrique Carpintero. Adolfo Colombres. Hernán Brienza. Perla Sneh. Hernán Sassi. Alcira Bonilla. Comisión Permanente de Homenaje a Bibliotecarios desaparecidos y asesinados por el terrorismo de Estado. Eduardo Vior. Alfredo Carlino. Colectivo Situaciones. Daniel Mundo. Verónica Gago. Mónica Bueno. Diego Stutwark. María Eugenia Mudrovcic. María Cristina Zuker. Daniel Muxica. Cristian Aliaga. Pablo Montanaro. Rubén H. Ríos. Adriana Imperatore. Adriana Litwin. Alberto Guilis. Claudio E. Mamud. Cristian Palacios. Alberto Marani. Blanca Moscato. Chela Grossman Torterola. Diego Poggiese.Eduardo Baigorria. Elena Bossi. Fundación Bartolomé Hidalgo. Raquel Angel. Gabriela García Cedro. Gisela Catanzaro. Graciela Ferrás. Graciela Guilis. Nora Lía Sormani. César Hazaki. Alejandro Vainer. Hugo Echave. Carlos Juárez Aldazábal. Jonás Braguinsky. Gabriel Erdmann. Juan Marcelo Warijchuk. Lisandro Kahan. Marcel Bertolesi. Marta Rojzman. Miriam Pino. Nathalie Goldwaser. Nora Strejilevich. Olinda Canetti. Osvaldo Picardo. Pablo Valle. Sebastián Artola. Sebastián Carassai. Silvia Yankelevich. Teresa Gatto. Silvia Severini. Daniel Massei. Fernando Rubio. Pablo Accame. Marcia Scrimini. María Isabel Fernández. Claudio L. Pérez. María Rosa Balducci. Marina Garber. Hugo García. Diego Molina. Marisa A. Muñoz. María Cristina Belge. Héctor Agnelli. Julián Pérez. Ernesto Gutiérrez.

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La carta del escándalo / 4

enero 5th, 2007 · No Comments

Discutir la Biblioteca Nacional es discutir qué cultura y qué Estado queremos

Las desconsideradas “Consideraciones…” que mi carta de renuncia a la Biblioteca Nacional le mereciera al Dr. Horacio González —publicadas por Página/12 el pasado 31 de diciembre— poco aportan, cuando no oscurecen, el necesario, imprescindible, urgente debate público que reclama nuestra querida y vapuleada institución. El Director ha escogido el camino, que no transitaré, de la invectiva personal. Pero como en su afán por descalificarme se ha visto obligado a recorrer una serie de tópicos —la administración pública, los trabajadores y el poder sindical, la biblioteca y los lectores, las tradiciones intelectuales, la tecnología y la cultura—, quiero aprovechar la oportunidad para revisitarlos buscando elevar el nivel y estimular ese debate.

En primer lugar, llama la atención que el Director de la Biblioteca Nacional no desmienta el grave cuadro de situación denunciado, sino que se refiera pudorosamente al mismo en términos de “males conocidos”. Para el Dr. González, enunciar públicamente dichos “males” significa “denigrar” a la institución que los padece. Y dicho ejercicio crítico, afirma, sería incompatible con la pertenencia a la conducción de la misma. Estaríamos ante una situación por demás paradójica, por la cual el profesor y escritor González abogaría por el pensamiento crítico frente a las instituciones mientras el funcionario González aconsejaría disimular los “males” institucionales, escondiendo la tierra debajo de la alfombra. Muy por el contrario, creo que hacer público un diagnóstico crítico de una institución es la mejor manera de asumir un compromiso serio para mejorarla. Y dado que los “males” no son personales sino estructurales, institucionales, señalarlos no significa —como socarronamente quiere hacerme aparecer el Sr. Director— “denigrar” a personas concretas (cada empleado estatal a título individual) sino visibilizar y cuestionar los poderes que manejan los hilos invisibles pero efectivos de la administración pública.

En declaraciones al diario Clarín aparecidas ayer, el Sr. Director alude oblicuamente a las presiones sindicales, señalando que “pertenecen a la composición misma de la administración pública del país” (Clarín, 3/1/2007, p. 32). Con ambigüedad estudiada, dicho enunciado admite por parte del lector crítico de la burocracia sindical una interpretación negativa de su poder, mientras que habilita otra lectura que legitima a dicha burocracia, otorgándole una “pertenencia” anclada en una de esas tradiciones nacionales que tanto embriagan al Señor Director. Más de medio siglo de ejercicio de poder burocrático terminan por legitimar ciertos derechos adquiridos sobre las instituciones del Estado y sobre los trabajadores que el Dr. González, sin duda en nombre de una antigua lealtad, está dispuesto a reconocer y resguardar.

No son los trabajadores, sino el modo en que los “defiende” cierto sindicalismo, lo que obtura la institución y afecta los servicios de atención a los lectores. Como sucedió el 17 de Octubre de 2006, en que la atención al público de la Biblioteca Nacional cayó cuando el gremio hegemónico condujo a buena parte del personal a la quinta de San Vicente. Y como se repitió al día siguiente, el 18 de octubre, cuando dicho gremio declaró asueto por San Perón sobre el personal de la Biblioteca.

Confieso que pensé dos veces antes de hacer pública esta información, porque seguramente dará pie al Sr. Director y al viejo sindicalismo para ironizar una vez más sobre mi presunto “gorilismo”. Pero prefiero anticiparme a la chicana señalando que por mi parte no tendría la menor objeción si el gobierno o el parlamento nacionales decretaran el feriado nacional en una jornada sentida como histórica por las grandes mayorías. Pero, volviendo a la Biblioteca Nacional, al no encontrarnos en un día festivo ni en el marco de un conflicto laboral, el problema reside en quién toma las decisiones, si los directivos de la institución o los delegados gremiales, sobre temas claves como el cese de actividades y el consiguiente cierre de la atención al público. En declaraciones al diario La Nación aparecidas en el día de ayer, el Dr. González afirma que “la Biblioteca Nacional no admite dos direcciones”. Palabras firmes e incuestionables, que saludamos calurosamente, pero que lamentablemente nunca le escuchamos frente a quienes debería haberlas pronunciado durante todo el año 2006…

Pero volvamos a las labores en curso en la Biblioteca Nacional. Es significativo que el Director sólo tenga para exhibir como pruebas de los cambios aquellas tareas que emprendimos desde la Subdirección y que él mismo resistió o desalentó. Esgrime como estandarte, por ejemplo, el Inventario de Libros. Este programa fue puesto en marcha por el entonces director Elvio Vitali en febrero de 2005 y concluido al amparo de la Subdirección a mediados de 2006. Vitali, asesorado por un cuerpo de bibliotecarios y otro de investigadores, no tardó en llegar a la conclusión de que para realizar un inventario de los libros y folletos que disponía la Biblioteca Nacional era necesario constituir un programa de trabajo capaz de resguardar su autonomía física, administrativa, financiera, informática y laboral. Consiguió para ello el necesario apoyo presupuestario, habilitó un espacio físico en uno de los subsuelos, contrató una veintena de bibliotecarios y un centenar de pasantes universitarios. Durante un año y medio el Programa Inventario trabajó de modo ejemplar, gracias a que la gestión logró preservar su autonomía brindándole todos los insumos y apoyos necesarios, mientras que los bibliotecarios y los pasantes mostraban un extraordinario compromiso con su labor. El resultado fue el primer inventario informatizado de libros y folletos que dispone la Biblioteca Nacional. Desde hace un semestre puede ser consultado por cualquier lector desde la página web desde cualquier punto de país (y del mundo).

Cediendo a las presiones de la burocracia sindical (cuya principal preocupación radicaba en que el Inventario escapaba a su control), Horacio González, primero como Subdirector y luego como Director, lanzó sobre el programa los calificativos de “enclave tecnológico”, “sistema taylorista de trabajo”, “administración paralela”, etc. Su preocupación no se centraba en los derechos de los lectores, y de la ciudadanía en general, para acceder al patrimonio de la Biblioteca Nacional, sino en los supuestos “derechos” vulnerados de los trabajadores de la casa…

En semejante razonamiento subyacen toda una serie de equívocos. En primer lugar, las típicas oposiciones del Sr. Director —derechos de los trabajadores contra derechos de los lectores, técnica versus cultura, pensamiento versus gestión, etc.— resultan francamente improductivas, tanto para el pensamiento como la gestión de una institución con tantos “pliegues”, como él mismo gusta repetir. En segundo lugar, la defensa de los trabajadores reales y concretos no puede confundirse con la defensa de las burocracias interesadas en mantener las rutinas habituales para no poner en riesgo sus cuotas de poder.

El Director alude también a otros inventarios en marcha. En efecto, a partir del verano del 2006 pusimos en marcha programas para inventariar la colección de partituras, la hemeroteca y el archivo de manuscritos (área creada por la Subdirección y por cuyo futuro temo). Para sortear las presiones burocráticas y las críticas del Director, aceptamos formar equipos de trabajo mixtos, integrando la labor experimentada de los pasantes universitarios con la de los bibliotecarios y empleados de la institución que aceptaron sumarse a la labor. Para diciembre de 2006 se había logrado iniciar el inventario de partituras y el de archivo así como proceder al ordenamiento físico de las colecciones de la Hemeroteca. Pero aquí las permanentes intervenciones de facto de la burocracia sindical, que contaron con la invariable legitimación del Sr. Director, tornaron ímproba la continuidad de estas tareas, y esta es razón por la cual presenté mi dimisión. Es una gran ironía que el Dr. González se presente hoy ante la opinión pública como el garante de la continuidad de proyectos que nunca apoyó a cabalidad y que vapuleó a menudo.

Defender a los trabajadores no significa adularlos con una retórica demagógica sino promover su capacitación y su integración en equipos de trabajo eficaces y productivos. Desde mi perspectiva, no hay peor condena para el trabajador que resignarse a una suerte de destino manifiesto de empleado público ocioso, ausentista e improductivo. La crisis del trabajo no es sólo de índole salarial: es también una crisis de sentido. En el caso de la Biblioteca Nacional, de una institución que ha perdido su misión y necesita reencontrarla, el empleado ya no sabe para qué ni para quién trabaja, con qué objetivos ni con qué estándares. En ese contexto, no es casual que en el depósito de libros del segundo subsuelo de la Biblioteca Nacional los trabajadores del mismo se entretengan con un televisor, mientras los materiales demoran un promedio de 45 minutos en llegar a manos del lector…

Lamento que el Dr. González califique mi reclamo de eficiencia y de productividad laboral en la administración pública como neoliberal o de derechas. Por mi parte, como intelectual de izquierdas defiendo la necesidad de devolver a la sociedad civil una institución capturada como la Biblioteca Nacional, de tornar transparente un organismo opaco, de mostrar por todos los medios disponibles los tesoros que la biblioteca encierra convocando a sus lectores, reales y potenciales, presenciales y virtuales. Ninguna organización del trabajo puede escapar a estas exigencias. Cualquier oposición entre “derechos de los trabajadores” y “derechos de los lectores” es absolutamente incongruente y no hace más que profundizar el dislocamiento de la institución.

El Dr. González reconoce la notable merma de lectores en la Biblioteca Nacional señalada en mi carta de renuncia, pero inscribiéndola dentro de un “fenómeno mundial” más vasto. Esta estrategia de difuminar las responsabilidades de la deficiente atención que se brinda en la institución que dirige en una “crisis general del libro” y una merma de la lectura no soporta el menor análisis. En primer lugar, no todas las bibliotecas pierden lectores: las que han pasado la prueba de la modernización y ofrecen mejores servicios crecen en usuarios y en donantes. En segundo lugar, lo que muchas bibliotecas pierden en lectores presenciales, lo ganan en lectores virtuales. Se reduce el patrimonio consultado en sala de lectura mientras crece el patrimonio ofrecido y consultado a través de la web. La Biblioteca Nacional de Francia y la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos han sido pioneras en los proyectos de biblioteca digital. Ya señalé en mi carta de renuncia que el lugar prominente que corresponde dentro de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes a cada Biblioteca Nacional iberoamericana fue ocupado en el caso de nuestro país (en buena hora, desde ya) por la Academia Argentina de Letras.

Es entonces paradójico que el Director de la Biblioteca Nacional señale la caída en el número de lectores y al mismo tiempo encienda tantas alarmas fuente a mi proyecto “tecnocrático” de digitalización, destinado a la preservación de nuestro material y a conquistar nuevos lectores, sobre todo jóvenes. El Dr. González me atribuye la intención de “aceptar con liviandad el proyecto de Google de hacerse cargo de toda bibliografía latinoamericana” (“Consideraciones…”, Página/12, 31/12/2006, p. 16). En verdad, yo no hice otra cosa que recibir a un representante de Google cuando este se presentó la Biblioteca Nacional para proponernos un acuerdo de digitalización y lamento que el Director no pudiera acudir a la cita. El representante de Google ofreció entonces a la Biblioteca Nacional de nuestro país un acuerdo semejante al que su empresa estableció con la Biblioteca Pública Nueva York y con las bibliotecas de siete universidades del mundo: la de Stanford, la de California, la de Wisconsin-Michigan y la de Virginia en los Estados Unidos, las de Cambridge y Oxford en Inglaterra y la de la Complutense de Madrid. Por dicho acuerdo Google se comprometió a ofrecer a través de la web aquellos tramos de una obra que cada biblioteca establecía (algunas páginas o la totalidad, conforme las obras estuvieran o no libradas a la consulta pública); por su parte, cada una de estas bibliotecas se beneficiaba con la digitalización de sus colecciones, que entonces podía ofrecer desde su página web. Aunque el Google Library Project suene demasiado inglés a los oídos del Director de la Biblioteca Nacional, permitirá en poco tiempo a cualquier lector que disponga de una conexión a internet el acceso a millones de libros que hasta hoy sólo accedían lectores presenciales, en su gran mayoría estudiantes e investigadores de esas universidades.

Por mi parte, no reconozco los méritos del proyecto Google, como se me achaca, con la menor liviandad. El 22 de noviembre del 2006, en el marco de las Jornadas sobre Derechos de Autor y Libro Digital que se organizaron en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires tuve oportunidad de plantear públicamente la cuestión. Sostuve allí que el libro digital y la biblioteca virtual son realidades que se están instalando en todo el mundo. Aunque educados en la cultura humanista del libro impreso, los bibliotecarios, editores, autores y libreros no podemos aferrarnos apocalípticamente al soporte papel que tanto queremos. Sin desconocer los riesgos que entraña toda nueva tecnología que no dominamos, nuestro desafío consiste en desarrollar las potencialidades emancipatorias que también encierran. Sostuve también en dichas Jornadas que las bibliotecas argentinas no pueden permanecer ajenas a los proyectos de digitalización: o bien logramos desarrollar en el marco del Estado nacional un polo propio de digitalización, o bien necesitaremos concertar un acuerdo con una empresa privada como Google. El riesgo de la tecnofobia del Dr. González es que no hagamos ni una cosa ni la otra. Mientras el Director teme, como los primitivos frente a la fotografía, que cada libro que se digitalice pierda su aura, el patrimonio de la Biblioteca Nacional se deteriora y los lectores migran a otras bibliotecas.La oposición entre tradición y modernización es otro de los estériles dilemas con que el Dr. González ha paralizado la Biblioteca Nacional. Su refugio en las tradiciones de Moreno, de Groussac y Borges no son sino pura mitología y en nada se compadecen con su pensamiento ni con sus prácticas. Paul Groussac fue un gran administrador de la Biblioteca Nacional. Con escaso presupuesto y personal enriqueció con compras sus colecciones de libros, revistas y fondos documentales, actualizó los ficheros, obtuvo del gobierno el edificio histórico de la calle México y fundó la revista La Biblioteca, a través de la cual dio a conocer documentos históricos, escrupulosamente editados, que se atesoraban en su Archivo. Borges, en las antípodas del populismo cultural, nos legó maravillosas metáforas sobre la biblioteca. Vanguardista, no sería de extrañar que el universo de internet lo hubiera estimulado a pensar nuevas paradojas del espacio-tiempo virtual. A diferencia de su actual Director, nunca vivió encerrado en su biblioteca imaginaria, mostrando la sabiduría necesaria para confiar la administración práctica de la Biblioteca Nacional en su Subdirector, José Edmundo Clemente. En fin, respecto del parangón con Mariano Moreno, ojalá corrieran por las venas del Sr. Director aunque más no fueran unas pocas gotas de su sangre jacobina….

Intenté con mi carta de renuncia provocar un debate público porque entendí que el destino de la Biblioteca Nacional no podía quedar atado a las negociaciones entre los grupos de poder que la atenazan y los funcionarios de turno que lo toleran. Sostuve en ella que los empeños de los directivos así como los recursos de la Biblioteca Nacional debían estar en su mayoría encaminados a la realización de un programa de modernización. La Biblioteca Nacional de nuestro país necesita como directivos a personas con competencia acreditada en la gestión bibliotecaria, capaces de brindar respaldo y confianza a un equipo técnico que encare la tan mentada modernización y que no oculte su incapacidad e ignorancia en estos temas dedicando su tiempo a sembrar desconfianza entre los profesionales y a tomar decisiones sin apoyo técnico alguno. Directivos dispuestos a consagrar su tiempo a participar más en reuniones de trabajo que en viajes protocolares y eventos sociales, a garantizar una mayor presencia en los depósitos que en el Auditorio Borges.

Yo he dicho, pues, lo mío. Quisiera ahora dejar la palabra a la comunidad de los lectores, los investigadores, los archivistas, los bibliotecarios y demás trabajadores de las bibliotecas del país, los editores, los intelectuales, los periodistas y los funcionarios de Cultura. Porque la discusión sobre la Biblioteca Nacional excede al ámbito de sus paredes. Discutir la Biblioteca Nacional es también discutir el Estado, el sistema político, las lógicas y dinámicas sociales en sus relaciones con lo estatal, el sindicalismo, la democracia y los derechos ciudadanos (entre otros, los derechos a la información, a la transparencia, a la rendición de cuentas). Ojalá que la ciudadanía tome la palabra para hacer suya, de una vez por todas, su Biblioteca Nacional y sus instituciones. Y ojalá que los funcionarios no se hayan olvidado de la lección que les dio la sociedad en diciembre del 2001.

Villa Gesell, 4 de enero de 2007

Horacio Tarcus

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La carta del escándalo / 3

enero 3rd, 2007 · No Comments

A propósito de la renuncia del Subdirector de la Biblioteca Nacional, Horacio Tarcus, los abajo firmantes deseamos manifestar:

-que el certero diagnóstico sobre el sombrío estado de la Biblioteca Nacional que detalla Tarcus en su renuncia es, en términos generales, lo que cada uno de nosotros puede avalar por propia experiencia como lectores e investigadores;

-que si coincidimos con el diagnóstico, es porque también coincidimos con el rumbo general que el texto de su renuncia señala como necesario para la Biblioteca: de modernización de la gestión bibliotecológica, inventario e informatización de su patrimonio bibliográfico, con una política de continua actualización del mismo, sistemas que garanticen el acceso de los lectores e investigadores a los libros, de modo de convertir a la Biblioteca Nacional en el centro de un moderno sistema bibliotecológico nacional y reservorio principal de la producción editorial;

-que, por último, desde que asumió esta nueva gestión hemos pensado que el conocimiento y la experiencia de Tarcus en estas temáticas, sumadas a su seriedad y su capacidad de trabajo eran una garantía para trazar una línea de reformas coherentes en esa dirección.

Por todo ello, expresamos nuestra mayor preocupación respecto de la suerte de la Biblioteca Nacional a partir de esta crisis de la gestión que ha llevado a la renuncia de su subdirector.

Gonzalo Aguilar, Carlos Altamirano, Martín Bergel, Lila Caimari, Edgardo Castro, María Teresa Constantín, Rafael Filippelli, Jorge Gelman, Adrián Gorelik, María Teresa Gramuglio, Mirta Zaida Lobato, Jorge Myers, Carlos Reboratti, Inés Rojkind, Luis Alberto Romero, Hilda Sabato, Beatriz Sarlo, Graciela Silvestri, Juan Suriano, Oscar Terán, Karina Vásquez, Hugo Vezzetti.

Si está de acuerdo con el siguiente texto, por favor, además de adherir a adhesionbibliotecanacional@gmail.com, hágalo circular. En unos días se difundirá la versión con todas las firmas que hayan llegado. Muchas gracias.

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La carta del escándalo / 2

enero 1st, 2007 · No Comments

Acá abajo, la repuesta completa de González a Tarcus.

Apreciaciones sobre una renuncia

La renuncia del subdirector de la Biblioteca Nacional manifiesta la doble ignorancia de quien desconoce la naturaleza de esta institución –cuya complejidad técnica, simbólica y cultural es evidente-, y de quién hace pasar a primer plano un razonamiento lineal en un ámbito de delicados tejidos institucionales.
La Biblioteca Nacional es una e indivisa. Nadie es dueño de sus trabajos y avances actuales. Tiene muchos proyectos en su interior y discusiones sobre cómo realizarlos, pero no admite –como no lo admite ninguna institución pública-, una partición presupuestaria y una doble dirección. Entre tantos otros borbotones de ira infundada, se queja Tarcus de que publicamos importantes revistas y libros, o de que propiciamos la segmentación de la Biblioteca para transformarnos en monarcas. Leyó mal la historia de la Edad Media: debe volver a su Marc Bloch o Georges Duby. Dar a luz La Biblioteca, una revista argentina de reflexión, investigación y debate no sólo no se contradice con ninguna de las demás tareas bibliotecológicas, sino que las sustenta y enriquece. Trabajar en instituciones que protagonizan su reconstrucción siempre implica el diálogo permanente y respetuoso, que lejos de sectorializar una entidad genera nuevas convocatorias al compromiso colectivo. Una institución pública tiene tanto de división de trabajo formal, de proyectos transversales como de archipiélago de ideas y situaciones. Y como es obvio, aumentar el salario es parte de la sensibilidad que toda institución debe tener -¿no es absurdo tener que aclararlo?-, lo que en nada se contrapone a comprar libros, como de hecho se ha estado haciendo en la mayor proporción de los últimos tiempos. Un pensamiento lineal, con temas de izquierda pero con resultados reales de derecha, con el infantil lenguaje de un capitalismo tecnocrático, no es la solución para nuestras Bibliotecas, y sobre todo para la Biblioteca Nacional. Desconocer que la Biblioteca Nacional fue fundada hace ya casi doscientos años y pretender fundarla otra vez con un cientificismo lejano a la verdadera ciencia, es un error y un desprecio. Confundirla con un mero centro de documentación es una imprudencia de principiante.
La Biblioteca Nacional tiene en su interior centros de documentación, pero los excede en su complejo encadenamiento de símbolos, memorias y legados. Debo decir que la Biblioteca Nacional seguirá su tarea serenamente y con creatividad. Devolverle su rol rector como institución cultural nacional es nuestro objetivo permanente, tal como se ha asumido en el comienzo de esta gestión en 2004, y aunque constituye una tarea que llevará años, estamos abocados a la misma desde una perspectiva integral, que comprende la catalogación de todos sus acervos, la preservación y el enriquecimiento del patrimonio bibliográfico, y se extiende hacia todo el campo cultural en general. El Dr. Tarcus pudo haber participado con sus ideas, siempre valoradas, en muchos de los aspectos que aluden a carencias bien conocidas, en vez de cultivar exasperadamente una de las tendencias más irrelevantes de su estilo, la injuria sin fundamentos, el espíritu de mercería y un arrebato de soberbia que no mide consecuencias ni se atiene a responsabilidades asumidas. No es compatible estar en una institución y denigrarla a diario. No es elegante proponer que una institución particular de documentación histórica, que él fundara, sería más buscada por los lectores que la institución en la que era su subdirector. Enfrentarse a la mayoría del personal, nunca garantiza la eficiencia, aunque se la invoque. Lleva a profundas equivocaciones, en la medida que no hay realización, eficiencia y racionalidad sin ideas amplias sobre los pliegues complejos de la cultura. Un mesianismo de cuño gerencial, con nulo respeto por la vida democrática de una institución, pone en riesgo su condición de entidad homogénea, desde luego con muchas instancias y entrecruzamientos.
La Biblioteca Nacional no precisa salvadores abstractos, tiene los textos bibliotecológicos de Groussac, la teoría de la biblioteca de Borges y el esfuerzo técnico y cotidiano de los bibliotecarios y bibliotecarias de la casa.
La Biblioteca Nacional se extenderá hacia la ciudad con nuevas construcciones y se halla en una reflexión profunda para desarrollar el mejor camino para su actualización tecnológica, en consulta permanente con técnicos argentinos y extranjeros, además de hallarse en la inminencia de definir su software para los próximos tiempos. Ahí sí lectores e investigadores podrán percibir un adelanto palpable, sin infantilismos ni arrebatos. Ajeno a estos temas, el subdirector se precupaba por publicar el índice de una importante revista de los años 40 –que entre tantas otras publicaciones está prevista para salir en el mes de abril de 2007- y pensaba que era posible aceptar con liviandad el proyecto Google para hacerse cargo de toda la bibliografía latinoamericana, sin siquiera considerar ciertas reticencias que otros países han presentado frente al mismo. Lamento personalmente que una relación que pudiera haber sido otra, tuviera este tropiezo que de todas maneras no alterará el rumbo de la Biblioteca Nacional. La construcción de una perspectiva estratégica, que parta de considerar la Biblioteca Nacional como una institución única y articulada, y retome sus grandes tradiciones, renovándolas y proyectándolas hacia el futuro, es lo que seguirá inspirando nuestros pasos, junto a sus lectores, sus investigadores y sus trabajadores.

Horacio González

Director de la Biblioteca Nacional 

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La carta del escándalo

diciembre 31st, 2006 · No Comments

Tarcus vs. González, en la Biblioteca Nacional: el texto completo, acá.

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Ley de mecenazgo / 2

diciembre 29th, 2006 · No Comments

El texto completo, acá.

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“Ley de Mecenazgo”

diciembre 16th, 2006 · 1 Comment

Ley de financiamiento para artistas 

En la sesión del jueves 14, la Legislatura porteña aprobó el proyecto de ley que crea el Régimen de Promoción Privada de la Cultura, destinado a estimular e incentivar la participación privada en el financiamiento de proyectos culturales que aportan al crecimiento cultural y social porteño.   El mismo surge del consenso de la mayoría de los bloques y fue promovido por los legisladores Rodrigo Herrera Bravo (CPC), Teresa De Anchorena (ARI), Diego Santilli (Juntos por Bs. As.) y Gabriela Michetti (CPC). 

Qué estipula la ley: 

           Las personas y/o empresas que financien -con aportes dinerarios y/o no dinerarios- algún proyecto cultural sin fin de lucro en la ciudad de Buenos Aires, que haya sido declarado de interés por el Consejo de Cultura podrán tomar un porcentaje del mismo como pago a cuenta de lo que debería abonar en concepto de ingresos brutos. La ley también alcanzaría a los monotributistas, con el objetivo de incentivar programas barriales.            Los proyectos culturales que son atendidos por ese régimen deben ser sin fines de lucro y estar relacionados con la investigación, capacitación, difusión, creación y producción en las diferentes áreas del Arte y la Cultura, tales como: teatro, circo, murgas, mímica, danza, música, letras, poesía, narrativa, ensayo, artes visuales y audiovisuales, artesanías, patrimonio, diseño, arte digital, publicaciones, radio, televisión y sitios de interés con contenido artístico y cultural. 

          Tanto los aspirantes a ser benefactores como los aspirantes a ser beneficiados, deberán inscribirse en un Registro de acceso público.

          De ese registro, serán beneficiadas por el régimen creado aquellas iniciativas que sean aprobadas por un Consejo de Promoción Cultural (creado por esta ley), integrado ad honorem por funcionarios del gobierno de la Ciudad elegidos por el PE y la legislatura y personalidades destacadas de la cultura.

          Los contribuyentes adheridos al Régimen Simplificado del Impuesto sobre los Ingresos Brutos podrán otorgar montos hasta el total de su obligación anual, los demás contribuyentes tendrán un tope del 2% de la determinación anual del Impuesto a los Ingresos Brutos del ejercicio anterior al del aporte. 

          El proyecto se inscribe en un marco general de legislación de apoyo privado a las actividades artísticas, como los existentes en Chile y Brasil, que destinan cuantiosos recursos a apoyar su oferta artística, y en países desarrollados, como Estados Unidos y España. 

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El revés de la trama

diciembre 3rd, 2006 · 18 Comments

¿Sabe el lector cómo funciona la industria cultural? ¿Tendría que saberlo? ¿Querría? ¿Saben los lectores que en 1983 se publicaron 4.230 títulos; en 1993, unos 8.215; en 2003, 14.375, y que en lo que va de 2006 esa cifra ascendió a 16.875? ¿Sabe el lector que la mayoría de esos títulos no llegan siquiera a exhibirse en las librerías, que van derecho a los depósitos, y que sólo son desempolvados para emprender un corto viaje a las mesas de las librerías de saldo? ¿Sabe que es imposible asimilar o reseñar, que ya no leer, el diez por ciento del volumen de ejemplares que las editoriales distribuyen cada mes?

¿Sabe el lector que, según un estudio del Sistema Nacional de Consumos Culturales, el 52 por ciento de los argentinos afirmó, en 2005, no haber leído un solo libro? ¿Que el libro más leído es la Biblia? ¿Sabe que los editores no tienen, por lo general, idea de cómo va a funcionar cada libro que editan? ¿Sabe que como se supone que las mujeres compran más libros que los hombres, hay gerentes editoriales que piden, por estos días y a los gritos, “libros de mujeres sobre mujeres para mujeres”? ¿Sabe que hay otros editores, los menos, que serían capaces de jugarse la vida por un libro más allá de cómo pueda funcionar comercialmente? ¿Sabe que hay otros, muchos, que viven de cobrarles a incautos escritores noveles precios exorbitantes por editar libros de mala factura que ni siquiera llegan a distribuirse?

¿Sabe el lector que el promedio de venta de un escritor argentino son 400 o 500 ejemplares? ¿Sabe que la literatura argentina existe, que no se agota en Borges, Cortázar, Soriano, Aguinis o Andahazi? ¿Le interesa, acaso, saberlo? ¿Sabe el lector cuántos ejemplares vendidos se necesitan para convertir a un autor en best seller? ¿Sabe que un libro que venda, pongamos, unos mil ejemplares, en diez días figurará entre los cinco primeros puestos del ranking? ¿Sabe que el tiempo de mayor venta –deberíamos decir: de la única venta fuerte– son las fiestas de fin de año?

¿Sabe el lector que no existen más de dos o tres escritores argentinos que viven de la venta de sus libros? ¿Sabe que, en el mejor de los casos, estos autores cobran sólo el diez por ciento del precio de venta de tapa de cada ejemplar? ¿Sabe que los escritores suelen vivir de becas y concursos, de la docencia, de dictar talleres o ejercer el periodismo cultural? ¿Sabe que las librerías, que por lo general reciben el material en consignación, se quedan con el 40 o el 50 por ciento del precio de tapa de cada libro que venden? ¿Sabe que entre las dos o tres cadenas de librerías más importantes del país se reparten el 80 por ciento del mercado?

¿Sabe el lector que se sospecha que la mayoría de los premios literarios están arreglados de antemano? ¿Que existen, y no son pocos, los periodistas culturales radiales y televisivos –y deberíamos decir, aunque en menor medida, gráficos– que cobran cachet por entrevistar a autores, por llevarlos a un estudio y quemar con ellos segundos de aire? ¿Sabe que algunos de los artículos que lee en los suplementos culturales y revistas especializadas son en verdad una extensión de la pauta publicitaria, que esos espacios se ofrecen y negocian?

¿Sabe el lector que no sólo se publica sino que también se escribe de más? ¿Sabe cuántos kilos de manuscritos y originales que no tienen el menor valor artístico –y algunos otros que sí lo tienen, y caen en la redada– son rechazados sin haber sido leídos, todas las semanas, en las editoriales? ¿Cuál es el futuro de una industria cultural y editorial que se acerca de manera irrefrenable a su punto máximo de saturación? ¿Cuál?

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 3 de diciembre de 2006).

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Postales de un congreso de cultura (III)

septiembre 18th, 2006 · No Comments

Hubo en los últimos días algunas voces dedicadas a extraer ciertas conclusiones sobre el 1º Congreso Argentino de Cultura realizado por el Gobierno a fines del mes pasado. Entre ellas está la del músico y director teatral Luis González Bruno. Impulsado por un artículo del escritor Enrique Fogwill en La Voz del Interior, Bruno se lanza a afirmar que arte y cultura deben transitar, de manera obligada, caminos separados: “Toda obra de arte se opone a la estrategia general de la cultura que consiste en normalizarla, suavizarla, hacerla digerible para el anaquel o la biblioteca”.
Más allá de la simpatía que pueda despertar un planteo por el estilo, es evidente que, a esta altura, resulta difícil compartirlo. El “arte”, le guste a Bruno o no, ha sido cooptado por la cultura –en el sentido que él le da: el mercado cultural– hace ya un largo tiempo. No se trata de ninguna novedad: el propio sistema no puede funcionar de otra manera que convirtiendo al arte en una mercancía como cualquier otra. Siempre podrán existir los márgenes, lo mínimo inaprensible. Pero el verdadero desafío es el de jugar el juego con las armas disponibles. En este sentido, el hecho de que el Gobierno haya organizado un congreso de cultura no es en sí una decisión impugnable. El problema está, una vez más, en el cómo y el para qué. ¿Se podrá poner en tensión, inquietar, problematizar en un congreso de cultura oficial? Por qué no.
Ya lo dijimos: una de las falencias más evidentes del evento fue la ausencia de artistas e intelectuales. Existe otra recomendación, con vistas al próximo Congreso del 2008: evitar, como sucedió a partir de la segunda jornada en Mar del Plata, que tienda a transformarse en un mitín partidario (para que, entre otras cosas, homenajes como el dedicado a Leonardo Favio no termine siendo una excusa para proyectar sólo los pasajes de su filmografía en los que brilla la figura de Juan Domingo Perón).
¿Qué debiera asegurar un congreso de cultura? Antes que nada, la discusión. No hubo en Mar del Plata intercambio entre expositores y público, ni debate entre los propios miembros de las mesas. No tendría que pasar inadvertido: pautar una proyección que interese a una buena parte de la sociedad, evitar la endogamia, exceder los márgenes de la burocratización. Sobre todo: exigir propuestas concretas a los disertantes. Muchas de las exposiciones estuvieron por debajo del nivel esperado. No es casualidad que la mesa más interesante haya sido la de “Promoción de la lectura y rol actual de las bibliotecas”, en la que Horacio González reflexionó sobre la mutación del lenguaje y el futuro de las lenguas nacionales, y Mempo Giardinelli invitó a reformular las bibliotecas populares para convertirlas en lugares luminosos y amplios, sin restricciones de horarios, más parecidos a clubes que a púdicos monasterios medievales.
Por el momento queda claro que para el gobierno actual la cultura es más un medio que un fin en sí mismo. ¿Podrá este tipo de foros convertirse alguna vez en algo más que un encuentro para rendir cuentas de gestión y proclamar buenas intenciones? Está por verse. Tal vez dentro de dos años la “a” minúscula omnipresente en carteles y afiches ya no remita –como decodificó con ironía el periodista Emilio Perina– a las llamativas “ausencias” del congreso, y se convierta en una “p” de “presencias”. O, sobre todo, de “pluralismo” y “pensamiento”.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil y en Nación Apache el domingo 17 de septiembre de 2006).

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Postales de un congreso de cultura (II)

septiembre 12th, 2006 · No Comments

Preguntábamos: ¿qué debe ser un congreso de cultura? ¿Quiénes deben hablar, exponer, debatir en un congreso de cultura? Quedó dicho: según la grilla de programación, el 25, 26 y 27 de agosto en Mar del Plata iban a intervenir sólo los administradores de la cultura oficial –había un solo escritor invitado, Mempo Giardinelli, algún cineasta, como el homenajeado Leonardo Favio–, y casi ningún otro artista. Era llamativo, pero no necesariamente condenable. Podía ser interesante escuchar las propuestas sobre financiamiento y desarrollo cultural de boca de los funcionarios nacionales y provinciales.
La cosa no empezó mal: a las 10 de la mañana del viernes el secretario de Cultura José Nun se despachó con un extenso y erudito discurso en el que opuso las nociones de alta y baja cultura y habló contra la “ideología de las Bellas Artes”. Destruir el duro núcleo de la cultura de elite, aclaró, era el norte de su gestión. “Llevar la cultura a la gente”, “descentralizar”, “informar” y “promover las innovaciones” fueron algunas de sus ideas –si no nuevas, al menos claras en cuanto a gestión y políticas culturales.
(Digresión obligada: Nun fue el primero en utilizar la palabra “federal”, término fatigado en extremo a lo largo de tres días. Pero sobre todo fue el primero –de una extensa lista que incluyó a Jorge Coscia, Felipe Solá, Cristina Fernández de Kirchner, Horacio González y Leonardo Favio– en mencionar como referencia intelectual a Arturo Jauretche. ¿Se convirtió Jauretche en una suerte de aforista polirrubro, un comodín del pensamiento? ¿O esta coincidencia está señalando algo más profundo? ¿Será Jauretche el espejo de la política en materia cultural del gobierno de Néstor Kirchner?)
La primera decepción llegó al mediodía con la mesa “Las políticas de descentralización, la legislación y el financiamiento de la cultura”. Un título demasiado atrayente para lo que resultó siendo la exposición de Coscia, legislador y ex director del INCAA, en la que sólo se abocó a reseñar su experiencia al frente del Instituto de Cine y recomendar ese modelo de gestión, de manera implícita, para financiar la industria editorial (en clara alusión al proyecto que él mismo impulsa en Diputados, el Instituto del Libro, al que se oponen las grandes editoriales).
La apertura oficial –el plato fuerte del día– arrancó a las siete de la tarde. Cristina Fernández, Alberto Fernández, Nun, Felipe Solá y el intendente de Mar del Plata, Daniel Katz, ocuparon la mesa del auditorio principal. Palabras de rigor y algunos chistes de Solá antes del momento más esperado, la intervención de Cristina Fernández. Hay que decirlo: esta mujer ejerce sobre el público un efecto carismático inmediato –efecto, por otra parte, de larga raigambre peronista. Sólo viéndola en persona se entiende a los que la proponen como candidata para 2007. Escuchándola en vivo (sus menciones, como al pasar, a la “cultura letrada”, al “campo cultural”, al “ejercicio intelectual”), uno no puede dejar de envidiar esa virtud que sólo pueden exhibir los políticos genéticos: cómo se puede hablar tanto y tan bien, con tanta eufonía junta, seducir y convencer a una platea de dos mil personas sin decir, en verdad, casi absolutamente nada.
“La cultura implica identidad”, arengó la senadora, y cerró la primera jornada del Congreso, en medio de una ovación.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 10 de septiembre de 2006 y en Nación Apache).

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La revolución como museo

septiembre 8th, 2006 · 2 Comments

En materia cultural el gobierno de Néstor Kirchner ha demostrado ser bienintencionado en el peor de los sentidos –en el sentido demagógico. Cada uno de sus actos –el Primer Congreso Argentino de Cultura de Mar del Plata, por caso, al que asistió una gran cantidad de gente salvo artistas e intelectuales– demuestra un conocimiento, un tránsito del campo de la cultura digamos, por lo menos, epidérmico (según gestos y palabras públicas, el panteón de pensadores K estaría compuesto por Arturo Jauretche en primer término, seguido por José Pablo Feinmann y Miguel Bonasso).
Desde ayer hay un nuevo nombre a sumar a esta lista de intelectuales orgánicos –o absorbidos por la simpatía oficial, que viene a ser más o menos lo mismo: el de Ernesto Sabato. El jefe de Gabinete Alberto Fernández acaba de donarle al autor de Sobre héroes y tumbas, de 95 años, un subsidio de un millón y medio de pesos extraído de partidas extraordinarias, para que el escritor adquiera en nombre de su fundación una casona en el barrio porteño de Palermo e instale allí un centro cultural y un museo en su –propio– honor.
Al margen de lo extraño que resulta recibir un homenaje así en vida –imaginemos lo que hubiera dicho Borges, que veía con horror la simple edición contemporánea de sus Obras completas–, el gesto es, por lo menos, contradictorio: Sabato no escribe ficción hace un buen tiempo, su última novela destacada tiene más de cuarenta años, y hace mucho que, no tan secretamente, su figura es tomada en sorna por gran parte de la intelectualidad local (como ejemplo de los embates más furibundos no hay más que recordar lo que escribió sobre él César Aira en su Diccionario de autores latinoamericanos: “Sobre su robusto sentido común, sobre sus ideas convencionales y políticamente correctas –que lo hicieron en su vejez un favorito de los medios– era imposible ajustar pretensiones de escritor maldito o endemoniado, o tan siquiera angustiado; no tuvo más remedio que crear un personaje que se dice malo, atormentado y sombrío, con una insistencia francamente infantil”).
Pero hay algo más: el argumento central de quienes rechazan la figura de Sabato como termómetro moral de los argentinos es el almuerzo que compartió el 19 de mayo de 1976 con Jorgte Rafael Videla, el propio Borges, Horacio Ratti y el padre Leonardo Castellani –el único del grupo que expresó preocupación por detenidos-desaparecidos como Haroldo Conti.
Lo más extraño en este caso es que Cristina Fernández y Alberto ídem, tan preocupados siempre por los llamados derechos humanos, parecen haberlo olvidado.

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Postales de un congreso de cultura (I)

septiembre 5th, 2006 · 1 Comment

Hace ya un tiempo que, desde estas páginas, nos preguntamos por las directrices de la gestión del gobierno de Néstor Kirchner en materia de política cultural. Hasta ahora, habíamos logrado apenas algunos acercamientos. Atisbos: intenciones explícitas o solapadas, voluntades, operaciones y trascendidos. Pero entre el viernes 25 y el domingo 27 de septiembre se realizó el Primer Congreso Argentino de Cultura (¿qué designaba la “a” minúscula del logotipo que se multiplicaba en carteles, afiches y credenciales? Un enigma que sólo parece haber resuelto el periodista Emilio Perina el último día. Pero eso será mucho más adelante), en la ciudad de Mar del Plata y organizado por la Secretaría de Cultura de la Nación, el Instituto Cultural bonaerense y el Consejo Federal de Inversiones. Y, aunque pocos lo esperaban, horas antes de la inauguración –la verdad sea dicha, por motivos más de reingeniería política que culturales: asistir a la inauguración del hotel del sindicato de camioneros– se hicieron presentes en Mar del Plata el Presidente; la senadora Cristina Fernández; el jefe de Gabinete, Alberto Fernández; el gobernador de la provincia, Felipe Solá, y hasta el jefe de Gobierno de la Ciudad, Jorge Telerman.
Para la mayoría fue un viaje relámpago. Pero Cristina Fernández, Alberto Fernández y Solá aprovecharon y se dieron una vuelta para inaugurar, junto a José Nun (foto), el evento. Pasando en limpio: si el actual gobierno buscaba explicitar las líneas vectoras de su política cultural, era dable esperar que lo hiciera en este Congreso de Cultura.
Lo primero que quedó en evidencia al advertir la composición de las charlas y las conferencias en la grilla fue que ahí faltaban los agentes productores de cultura: pensadores, escritores, intelectuales, artistas en general. Las ponencias iban a estar a cargo de funcionarios y administradores, lo que, a priori, no era una mala idea: ¿quién mejor para hablar de financiamiento, desarrollo e integración cultural? Lo segundo que se advertía era que –la ausencia ilumina– en la estructura gobernante los intelectuales no abundan y, pese a lo que suele creerse o difundirse, no ejercen un poder de primera línea. Nun y Horacio González son, en este sentido, las dos cartas de las que la administración oficial puede jactarse: intelectuales de peso, trayectoria y prestigio están a cargo de la Secretaría de Cultura y de la Biblioteca Nacional. Los dos, tal vez junto al escritor Mempo Giardinelli, fueron los únicos que pronunciaron ponencias (en tres días enteros de mesas redondas) que estuvieron por encima de la media, con ingenio, propuestas y –algo que tampoco abundó– ductilidad a la hora de hablar en público.
Pero no nos adelantemos.
¿Qué es, qué tiene que ser un congreso de cultura? ¿De qué se debe hablar, qué tensiones hay que poner en evidencia? ¿Quiénes deben hacerlo? ¿Es posible coordinar un aporte verdadero y coherente en un congreso que se hará cada dos años y dura apenas tres días? ¿Puede escapar un evento apoyado y financiado por organismos oficiales de la posibilidad concreta de convertirse en un acto proselitista, en un congreso partidario?
Preguntas: incógnitas que, ayudados por lo que sucedió en Mar del Plata desde la inauguración oficial hasta la conclusión, dos días más tarde, trataremos de ir develando en las próximas semanas.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 3 de septiembre de 2006).

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Apuntes sobre política cultural III

agosto 9th, 2006 · No Comments

El secretario de Cultura José Nun anunció en abril pasado la intención de crear el Instituto del Libro, un proyecto ideado por el diputado del Frente para la Victoria Jorge Coscia –ex director del INCAA– y el legislador porteño Elvio Vitali. “El objetivo no es producir libros sino generar lectores”, supo anunciar Nun en su momento. Desde entonces, han pasado cuatro meses de discusiones, repudios y protestas, sin una verdadera discusión de fondo. ¿Qué es el Instituto del Libro? ¿Cuáles serían sus funciones? Según se desprende del proyecto de ley de Coscia, el INLA sería un ente público no estatal dependiente de la Secretaría de Cultura –es decir, de Presidencia de la Nación– que, entre otras cosas, se encargaría de recaudar un Fondo de fomento del libro argentino de entre 5 y 6 millones de pesos anuales, constitutido mediante los siguientes aportes: el 1 por ciento de cada libro vendido por parte de las editoriales, más el 0,5 de los ingresos de las distribuidoras y otro 0,5 cedido por las librerías.
El proyecto está lleno de buenas intenciones –“acrecentar la difusión y lectura del libro argentino; promover la traducción de autores locales; fomentar la comercialización de esos libros en el exterior”–, y es apoyado por la Cámara Argentina del Libro; pero luego de leer sus fundamentos (más allá de que en la letra chica se explica que el 20 por ciento de esos 5 o 6 millones se destinarían a… pagar sueldos) no se advierte, al menos con cierta contundencia, su necesidad.
Tal vez por eso la medida es rechazada de plano por la Cámara Argentina de Publicaciones –en la que se alinean sellos como Planeta, Sudamericana, Santillana, Tusquets y El Ateneo–, que cree que “un nuevo organismo burocrátrico” que sancione una suerte de “impuesto al libro” es, como mínimo, redundante. ¿Redundante? Las razones se encuentran en una carta que la Cámara envió el 30 de mayo al propio Coscia, donde se expresa la “precocupación, sorpresa y disconformidad” con la creación del INLA. Los argumentos: que ya existe la Ley del Libro (Nº 25.446), sancionada y sin reglamentación, en la que están previstas todas las funciones que asumiría como propios el INLA: la creación del Fondo de Fomento, sí, pero también la formación de hábitos de lectura, la organización de concursos y exposiciones, la adquisición de ejemplares para bibliotecas públicas y populares, y otros tantos etcéteras.
Según los editores de la Cámara de Publicaciones, el motivo para la creación del INLA sería otro: la injerencia directa del Ejecutivo en la industria editorial, terreno en el cual aún no ha podido hacer pie (y, señalan por lo bajo, la aparición de una nueva “caja” para manejar a discreción). ¿Logrará el oficialismo votar la ley? Coscia espera que salga durante este año. “Si se pudieron votar los ‘superpoderes’, es obvio que existe el poder de crear el Instituto del Libro”, comenta con displicencia un integrante de la Cámara de Publicaciones.
Al margen de las suspicacias de cada una de las partes interesadas del mercado, lo cierto es que a nadie le convendría una ley sancionada sin debate entre los agentes del campo cultural. Lo menos que se necesita dentro de la industria del libro es una nueva división de aguas. Una medida sin acuerdo crearía un Instituto sin legitimidad, un organismo que sólo contribuiría a la burocracia general y a engrosar las filas de empleados públicos ociosos.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 6 de agosto de 2006).

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Apuntes sobre política cultural II

julio 17th, 2006 · 1 Comment

Unos días atrás decíamos, entre otras cosas, que a más de tres años de gobierno no estaba claro cuál era la política cultural que el kirchnerismo creía conveniente para el país. Pensar, en términos generales, una línea a seguir en materia de política cultural no debe ser fácil y los riesgos de caer en la demagogia y la abstracción son siempre altos. Pero para eso se supone que también están los conductores políticos, aunque suelan olvidarlo: para pensar. Dentro de las escasas virtudes del localismo figura la capacidad de acción: los reflejos, en administraciones como la porteña, deberían funcionar más rápido que los de, por ejemplo, las gobernaciones provinciales. Es más probable que, en materia de cultura, los legisladores de la Ciudad naveguen aguas más veloces que las del Congreso.
Es en este marco que surge –motorizado por el macrismo, a través de Horacio Rodríguez Larreta, Diego Santilli y el ex director adjunto delTeatro Colón, Pablo Batalla– un proyecto de ley de promoción cultural que seguramente será más difundido con el nombre de “ley demecenazgo”.
¿De qué se trata el proyecto? En síntesis, se apoya en antecedentes como la Ley Rouanet en Brasil, la Valdez en Chile y otras similares en España, en las que empresas privadas –e incluso las personas físicas– tienen la posibilidad de financiar proyectos culturales a través de aportes financieros. En el caso particular de este proyecto, los patrocinadores podrían ser los contribuyentes, a través de un pago a cuenta del impuesto a los Ingresos Brutos. Las áreas para las cuales la ley fue pensada son teatro, circo, murgas, danza, música, letras, artes visuales, audiovisuales, artesanías, diseño, arte digital y sitios de Internet de contenido artístico y cultural, entre otros. Los interesados en recibir este subsidio deberían presentar un informe del proyecto a financiar y el presupuesto necesario, lo que sería evaluado por un Consejo de Promoción Cultural –bajo la órbita del Ministerio de Cultura de la Ciudad–, integrado por legisladores y artistas reclutados entre los que hayan obtenido premios nacionales y municipales.
La iniciativa –que espera recaudar y repartir alrededor de 70 millones de pesos por año– cuenta con el apoyo de algunos actores del campo cultural: la presidenta de Proa, Adriana Rosenberg; el presidente de ArteBA, Mauro Herlitzka; la presidenta de la Academia Nacional deBellas Artes, Rosa María Ravera; galeristas como Daniel Maman y Orly Benzacar; el escritor Rodolfo Fogwill y, según le señaló Batalla a PERFIL, los compositores Gerardo Gandini, Oscar Edelstein, Marta Argerich, Daniel Baremboim, e importantes dramaturgos como Alejandro Tantanian y Rafael Spregelburd.
Frente al proyecto, claro, surgen algunas dudas. ¿Tendrá el Consejo de Promoción la legitimidad necesaria para distribuir fondos libre de sospechas? ¿Es positivo que los integrantes del órgano trabajen ad honorem? ¿Alcanzará con que se reúna una sola vez por mes, como se estipula, o esa frecuencia de trabajo lo hundirá en la burocracia? ¿Es preferible que sean los aportantes los que decidan qué proyectos financiar, corriendo el riesgo de favoritismos y maniobras endogámicas, o tal vez sea el propio Consejo el que deba decidirlo? Todas estas cuestiones deberá debatirlas la Legislatura de la Ciudad, si el proyecto de ley deja de ser, precisamente, un proyecto. ¿Se debatirán?

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 16 de julio de 2006).

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