Habrán notado, atentos lectores, que para ser alguien en la vida -o al menos para empezar a intentarlo- viene siendo condición sine qua non, en los últimos años, la cita más o menos forzada de textos, cuanto menos accesibles mejor, de miembros de la Escuela de Frankfurt.
Habrán notado, también, que hace algunos posts -debido a mi condición de recién mudado, y de contar con más de la mitad de mi biblioteca prisionera dentro de cajas de cartón de monitores Samsung, con la angustia que el hecho acarrea- que amenazo con glosar un texto de Walter Benjamin (que al momento de escribirlo estaba, precisamente, desembalando sus libros luego de mudarse) sobre la bibliomanía.
Bueno, ordenando papeles apareció. Acá va. Se titula “Desembalo mi biblioteca (discurso sobre la bibliomanía)”, y fue publicado por primera vez en julio de 1931.
Intervengo, en este caso, la traducción publicada hace algunos años en la revista “Punto de vista”.
- “(…) Al escribir este texto (…) me interesa sobre todo hacerles sentir la relación que liga a un bibliófilo con sus adquisiciones, de procurarles una visión menos sobre una colección que sobre la actividad misma de coleccionar (…)”.
- “(…) ¿Qué es una biblioteca, sino un desorden donde el hábito ha sabido instalarse tan bien que puede revestir la apariencia de un orden? Ustedes han oído hablar de personas que se han enfermado por perder sus libros, que llegaron al crimen para obtenerlos. Pues justamente en este reino -la pasión de coleccionar- un orden no es sino un juego de equilibrio por encima del abismo. (…) De hecho, en la constitución de una biblioteca existe un contrapeso para la ausencia de reglas, y es el rigor de su catálogo razonado”.
- “(…) La existencia del coleccionista se halla subtendida por una dialéctica que opone los dos polos del orden y el desorden (…) Esta existencia se vincula con los objetos a través de un lazo que no subraya su valor de uso, o sea su utilidad (…) Circunscribir un ejemplar en una zona donde se inmoviliza -mientras el último estremecimiento, que acompaña el acto de adquirirlo, lo atraviesa para no detenerse en ella- procura al coleccionista el más profundo arrobamiento (…)”.
- “(…) Desde su punto de vista no es tanto a los libros sino a los ejemplares que se liga un destino (…) No exagero: el coleccionista auténtico considera cada adquisición como la resurrección del libro (…) Renovar el viejo mundo: he ahí la pulsión más profunda que anima a un coleccionista su deseo de adquirir un nuevo objeto (…)”.
- “(…) Entre todos los modos de procurarse libros, el más glorioso es escribirlos uno mismo (…) Los escritores son en realidad personas que escriben libros no porque sean demasiado pobres para comprarlos, sino sobre el trasfondo de una instafisfacción frente a las obras que podrían procurarse y que no les complacen (…)”.
-”(…) Entre los modos de adquisición corrientes, el que a juicio del coleccionista sería el más astuto es el préstamo, con, como corolario, la no devolución. El deudor de alto vuelo, y es en él en quien pensamos, se revela bibliómano hasta la médula, y no sólo por el hecho de que pone todo su ardor en defender el tesoro así acumulado (…) sino principalmente porque tampoco lee esos libros (…)”.
-”(…) ¿Sería típico del coleccionista no leer libros? Tal cosa parecería asombrosa. Y bien, no lo es (…) Se trata de la actitud más tradicional: como único ejemplo citaré la respuesta que Anatole France reservaba a los beocios que admiraban su biblioteca para concluir con la inevitable pregunta: -¿Y ha leído usted todo esto, señor France? -Ni la décima parte. ¿O acaso usted comería todos los días en su vajilla de Sévres?” (…)”.
PD: Consigno acá abajo una escena del día de mi mudanza, que quedará grabada por siempre en la memoria sensorial. Sábado, casi mediodía, tres semanas atrás. Segundo o tercer viaje de Almagro a Monserrat. El fletero al volante de su Ducato Max, el ayudante en el medio, yo del lado de la ventanilla del acompañante. Hacía calor, todavía. El fletero (contra natura, o al menos contra lo que le recomienda su oficio) manejaba por la ciudad a un promedio de 100 kilómetros por hora, y escuchaba la música a todo volumen. Mucha bachata, algo de salsa y, de vez en cuando, Ricardo Arjona. Tremendo. En un momento de la conversación preguntó si me gustaba el rock nacional. Le dije que sí, aunque no le aclaré que poco: Los Redondos, Sumo, algo de Divididos, tal vez algunos temas de Babasónicos, poco de Cerati solista. No mucho más. Pero imaginé que iría a servirme para aliviar un poco los oídos de tanto flúo, de tanta palmera y ritmos caribeños. Entonces sonaron los primeros acordes de “Mujer amante”, de Ratablanca. Y esa letra: “Siento el calor / de toda tu piel / misteriosa mujer”. Íbamos por la avenida Belgrano solos. Casi no había autos por las calles. Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que escuchara esa canción. No dije nada: sólo atiné a marcar el ritmo con la cabeza, mover apenas los labios y sonreír. Mirar hacia delante y notar que mis compañeros hacían lo mismo. Y a, no pregunten bien por qué, pero por un instante -breve, fugaz, de la única manera posible- sentirme plenamente feliz.