Entries from Enero 2006
Los escritores y el ejercicio del periodismo / 2
Enero 23rd, 2006 · No Comments
Tags: El oficio de escribir (sobre periodismo) · Visto y oído
Beth
Enero 19th, 2006 · 2 Comments
En el Emule, este archivo: Tsunami_Concert_2005_Massive_Attack_Portishead. ¿Portishead, 2005? Tardó en bajar como tres días. Cosas del ADSL, supongo. A pesar de la desconfianza, la cosa empezó bien (placa roja, el logo de MA, el de P), pero enseguida el desconcierto: un archivo que dura dos horas cincuenta y que a pesar de los programas se resiste a ser manipulado para delante o para atrás. Sobre el escenario, en Bristol, una banda de ingleses tras otra, pero de mi adorable Beth ni noticias. Cocinamos, comimos, charlamos, M. se fue a dormir y yo seguía escuchando en el cuarto del fondo, desde la computadora, mientras miraba a Rozín entrevistando a Fabián Vena, un coro de voces flemáticas irreconocibles.
En un momento, zozobra: la formación de P sube al escenario a interpretar temas de MA. Magnífico. Pero ahí entendí todo: en pequeño escenario, en una sala de acceso exclusivo, se llevaba a cabo un concierto a beneficio para ingleses acomodados que pagan 150 libras la entrada para ver a un grupo de músicos acometiendo “obras de bien”. No se juega así con los sentimientos de los pobres melómanos del mundo.
Hasta que en un momento, acordes de fondo. Gritos enfervorizados. Y una silueta casi jorobada que se desliza como un zombie por el escenario. Ahí está ella: flaca, alta y encorvada, jeans y remera negra, el mismo reloj de siempre. La mejor voz blanca de, por lo menos, la última década. Fóbica a los escenarios, a todo lo que tenga que ver con el contacto con el público, el pelo rojo, saluda con timidez y se pone a soltar notas entre los dientes. Años de ausencia, y la misma cara de sufrimiento: tiene el garbo de Joey Ramone (ayer lo ví: es su versión lésbica), y sin embargo semejante carga erótica.
Como todos los años espero. Que algún organizador terco y voluntarioso pulse la tecla necesaria y la convenza de volar hasta esta república perdida en el sur de todo. Desde ya lo digo, que quede claro: si llega a suceder, pago lo que sea.
Tags: Música y alrededores
Elecciones literarias
Enero 18th, 2006 · No Comments
Desconfíen de las encuestas. Duden de los sondeos. Sospechen de las estadísticas. Sí, por aquel viejo chiste de los pollos (una madre que se ausentaba del hogar por cinco días estipuló que cada uno de sus dos hijos comiera un pollo por día, por lo que abarrotó la heladera con diez pollos; a su regreso, vio su deseo cumplido: uno se había comido diez; el otro, ninguno). Pero fundamentalmente porque suelen ser utilizadas para argüir todo lo contrario de lo que la realidad se empeña en demostrar. Por eso, insisto: desconfíen.
Tal vez haya sido un síntoma de fin de año, tal vez nadie se había ocupado del asunto en mucho tiempo. Lo cierto es que dos encuestas sobre literatura coincidieron en las últimas semanas. La primera fue realizada por este suplemento: ochenta escritores argentinos eligieron sus autores favoritos de todos los tiempos. Al tope de las preferencias, clásicos como Borges, Kafka, Arlt. Beatriz Sarlo advirtió en los resultados ausencias notables como Walsh, Bioy Casares, Rulfo y Onetti. Graciela Speranza supuso que los resultados no le hubieran molestado a Harold Bloom: todos hombres, todos muertos. Y las dos se lamentaban por el lugar marginal de Manuel Puig.
La otra encuesta fue confeccionada por la revista literaria Oliverio. Sesenta escritores, críticos y periodistas culturales señalaron los cinco libros más importantes de la literatura argentina editados de 1980 a esta parte. Los resultados (un apasionante mapa de gustos, preferencias y fetiches) se exhiben en el blog .
¿Qué es lo que se desprende de estos intentos de sistematizar gustos y elecciones? Anoto las que tal vez sean conclusiones apresuradas, pero no por eso menos ciertas. El sondeo de PERFIL muestra que si el planeta es evacuado mañana por una catástrofe, la mayoría de los escritores salvarían de su biblioteca sólo los clásicos. El de Oliverio, que son sobre todo cuatro los nombres que atraviesan aquí y allá las respuestas: el más transversal, Fogwill (fueron destacados sus libros de poesía, sus novelas, sus cuentos). El segundo, Juan José Saer (al margen de su indudable peso narrativo, ¿cuánto habrá influido en los consultados su muerte temprana, en junio de 2005?). Tal vez los votos generalizados más llamativos –por escapar a los favores de la academia, aunque gocen de los del público– sean los muchos que mencionan, contra lo que algunos podían esperar, la obra de Abelardo Castillo y Andrés Rivera.
En este sentido, son sugestivas las ausencias de Ricardo Piglia, Osvaldo Lamborghini y César Aira, autores omnipresentes en papers y pasillos universitarios. Pero, sabemos: hay que desconfiar de las encuestas. Seguro. Aunque nos sea imposible resistir la seducción de su sentido lúdico: el que propicia múltiples lecturas, el que genera interrogantes. Porque eso también es literatura: territorio donde abundan las preguntas y, por fortuna, escasean las respuestas.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 15 de enero del 2005)
Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)
La quinta
Enero 15th, 2006 · No Comments
Q., de nuevo a las andadas. Y esta vez vuelve a los cuentos del libro y todo.
Tags: Nueva narrativa argentina
Las mudanzas y los libros
Enero 9th, 2006 · No Comments
Me mudé hace cinco meses. A la hora de buscar un lugar donde vivir, cada cual se detiene en distintos detalles: la luz, los pisos, los techos, el estado de la terraza. A mí me preocupaba una sola cosa: dónde iba a poner los libros. No voy al psicoanalista, pero no tengo empacho en reconocerme como un neurótico levemente obsesivo. En el departamento donde vivía, dos de las cuatro paredes del living estaban tapizadas de libros, dispuestos por tema y orden alfabético. Cuando llegó el momento de la mudanza, en menos de una tarde embalé todas mis cosas. Todo, menos los libros. Frente a la tarea de desmontar la biblioteca, comencé a sufrir todo tipo de achaques: dolores de cabeza, transpiración fría. Una de esas noches tuve pesadillas: en medio de la mudanza, las cajas se desfondaban y los libros caían al piso; después se desataba una tormenta de viento y comenzaba a llover. Tardé tres días en vaciar los estantes, con el cuidado de un cirujano. Poca gente sabe cuánto pesa una caja llena de libros. Tuve que darles una propina especial a los empleados de la empresa de mudanza, que me maldijeron toda la tarde.
Días después, abriendo cajas y verificando el estado de los tomos, encontré de casualidad un artículo de Walter Benjamin que había permanecido oculto, doblado entre las páginas de una enciclopedia. Al momento de escribirlo, Benjamin estaba desembalando sus libros, luego de mudarse. El texto se llama “Desembalo mi biblioteca (discurso sobre la bibliomanía)”, y fue publicado en 1931. La fotocopia que encontré estaba subrayada con énfasis. Me senté en una caja y volví a leerlo. De entrada, Benjamin declaraba su intención: “poner por escrito la relación que liga a un bibliófilo con sus adquisiciones”. El primer subrayado decía: “Ustedes han oído hablar de personas que se han enfermado por perder sus libros, que llegaron al crimen para obtenerlos”. Sonreí. Luego, seguía con los diversos métodos de procurarse ese objeto del deseo. “El que a juicio del coleccionista sería el más astuto es el préstamo, con, como corolario, la no devolución. El deudor de alto vuelo se revela bibliómano hasta la médula. Y no sólo por el hecho de que pone todo su ardor en defender el tesoro así acumulado, sino principalmente porque tampoco lee esos libros.” Miré a mi alrededor. Pilas y pilas de libros. Recordé la pregunta que cada nueva persona que entraba a mi casa me hacía, de pie frente a la biblioteca. ¿Vos leíste todo esto? Victorioso, terminé el artículo, que me ofrecía una respuesta perfecta: “¿Es típico del coleccionista no leer libros? Como único ejemplo citaré la respuesta que Anatole France reservaba a los beocios que admiraban su biblioteca para concluir con la inevitable pregunta: ¿Y ha leído usted todo esto, señor France? Ni la décima parte, respondía él. ¿O acaso usted comería todos los días en su vajilla de Sévres?”.
(Publicado el domingo 8 de enero del 2006, en el suplemento de Cultura del Diario Perfil).
Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)
Gustos
Enero 8th, 2006 · No Comments
Acá, la revista Oliverio está subiendo progresivamente la elección de alrededor de 60 escritores, editores, críticos y periodistas culturales a la pregunta: ¿cuáles son los 5 mejores libros de autores argentinos publicados en los últimos 25 años? No deja de ser indiscreto y apasionante ver con qué se quedan -y qué descartan-, puestos a enunciar sus preferencias sin ambages.
Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas) · Visto y oído
La encuesta debida
Enero 5th, 2006 · No Comments
En una nueva contribución a la confusión general, el sábado pasado publicamos en la tapa del suplemento de Cultura del diario Perfil (que aún no tiene edición on-line) una encuesta en la que 80 escritores argentinos eligieron sus 10 autores de ficción favoritos de todos los tiempos.
Fue un trabajo en equipo realizado por toda la sección, así que omitiremos citar a todos los que contribuyeron a llevarla a cabo. La nota lleva textos de Julieta Mortati y Juan Terranova, y columnas de opinión de Graciela Speranza, Julio Schvartzman y Beatriz Sarlo.
Los resultados generales los pueden ver aquí a la derecha; debajo de ellos, los nombres de los participantes. La infografía se la debemos a Martín Arima.
A continuación, el texto de la nota interior.
Las conclusiones sobre la votación las sacarán ustedes.
EL CANON NACIONAL
Ochenta escritores argentinos eligen sus diez autores favoritos de la literatura universal de todos los tiempos. Borges, Kafka y Cortázar, al tope de las preferencias. Presencias, ausencias, tendencias y sorpresas. Opinan Beatriz Sarlo, Graciela Speranza y Julio Schvartzman.
Por Juan Terranova
En 1987, Juan Martini organizó para la revista Humor un censo que constaba de una única pregunta: ¿Cuáles son, para usted, las diez novelas más importantes de la literatura argentina? Respondieron cincuenta narradores y después el género se volvió esquivo. Muy atrás había quedado la mítica Encuesta a Escritores Argentinos Contemporáneos del Centro Editor de América Latina, referente ineludible. Menos puntual que la organizada por Martini pero con casi el doble de respuestas, la intención aquí es actualizar lo que sabemos sobre las lecturas de aquellos que escriben.
Los beneficiados. Nada más difícil que poner en palabras estos números finales. Su elocuencia es evidente. Finalizada la década del 90 en que, de la mano de la publicación de sus Obras completas, superó algunas resistencias, Jorge Luis Borges aparece como el principal referente. El segundo puesto fue para Franz Kafka, un autor, a esta altura, más universal que checo y más rioplatense que alemán. Los nombres de Joyce, Arlt, Proust, Faulkner, Cortázar y Melville se alinean en lo predecible, mientras Dostoievsky y Hemingway, más excepcionales, no llegan a ser sorpresa. Sin poder reunir los diez votos, pero muy cerca de hacerlo, la periferia de la encuesta comienza con un extraño cuarteto, formado por J.D. Salinger, Juan José Saer, Miguel de Cervantes y Juan L. Ortiz. El gran dramaturgo de todos los tiempos y, según Harold Bloom, principal autor del canon universal, aparece en la compañía para nada desdeñable de Manuel Puig, pero lejos del centro.
Ausencias, bordes y freaks. Lo más interesante se da, sin duda, en los bordes y en las ausencias. A los escritores de todos los tiempos les cuesta citar a sus contemporáneos como referentes, pero ¿por qué Sarmiento y Ezequiel Martínez Estrada, autores básicos, quizá los más importante para entender y analizar los problemas argentinos actuales, pasados y futuros, no figuraron entre los más votados? Como nuestra entrevista no refleja los votos solitarios, en el lector queda la posibilidad de imaginar esta y otras preguntas. El joven narrador Pablo Ramos, por ejemplo, entre Borges y Hemingway, le dio un voto al melancólico pero siempre preciso John Cheever, que ahora está siendo redescubierto gracias a nuevas reediciones de sus obras. Stendhal obtuvo tres votos, ¿por qué no más? Juan José Manauta recordó a Enrique Wernicke, el esquivo autor de La ribera, y el poeta Daniel Samoilovich trajo a uno de los pocos escritores brasileños de los resultados, João Guimarães Rosa. Por otra parte, algunas elecciones extendieron los márgenes de la consulta: ¿es válido que Pacho O’Donnell haya votado a Freud? ¿Cómo interpretar que Alan Pauls haya elegido a Saussure?
Es de lamentar que, por cuestiones de espacio, el lector no pueda hurgar en todas las listas de nombres, relacionar la poética del que vota con las idiosincrasias y estilos de los votados, entablar cadenas y series, descubrir devoluciones de favores. Porque en definitiva es ahí donde está la operación, el valor agregado. Al votar, el autor reclama para su obra, veladamente o no tanto, una compañía deseada, la inclusión en un circuito, finalmente: una manera de ser leído. ¿Quién puede, si no, dejar de saludar como un guiño cómplice que la poeta Marina Mariasch haya sumado entre sus diez preferencias a Sei Shônagon, la autora de El libro de la almohada?
Una sola cuestión más sobre este tema. Con los resultados a mano, es posible comprobar una relación proporcional. Cuanto más jóvenes son los autores, más clara se dibuja la tendencia a votar a sus contemporáneos. Cuanto más viejos, los votos se vuelven más obvios, y aparecen La Biblia, Homero o el omnipresente Borges.
El género. La encuesta es un género de por sí incompleto y sus resultados nunca deben ser leídos como el producto de una operación aséptica. Abandonada la pretensión de objetividad, nuestras listas se parecen bastante a un ejercicio de especulación literaria. Al mismo tiempo, estos textos, necesariamente grupales, recuerdan más al coro griego, salvaje, trágico y arrebatado, que al autor romántico que modela en solitaria privacidad sus ideas subjetivas. Extendiendo la filiación, podríamos llegar incluso al ensayo, del cual Montaigne, acaso su principal cultor, dijo: “Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de él, sondeando el vado desde lejos; y luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla”.
Haciendo conscientes estos defectos intrínsecos, los resultados de una encuesta, entonces, no deben ser más que el primer escalón para la conjetura. Cada uno de los lectores sacará sus conclusiones, que estarán en tensión con otras estadísticas y sus opiniones personales, pero quizá también sirvan para pensar nuevas relaciones de fuerza, nuevas preguntas y, por qué no, nuevas lecturas críticas. En un mundo donde las encuestas científicas, aunque cada vez más complejas, se ponen con frecuencia en tela de juicio, la pregunta por el sentido de las “encuestas culturales” o, peor aún, de las “encuestas literarias” es atendible. La respuesta, con mucho de resignación, está sin duda ligada al intenso placer de la arbitrariedad.
Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)
Yo, la muerte, etcétera
Enero 3rd, 2006 · 2 Comments
El 28 de diciembre de 2004 moría Susan Sontag. Recuerdo haberme enterado por Internet, casi al instante. Y tardar un buen rato en calibrar la dimensión de la noticia. Era un activo lector de sus libros. Con algunos de ellos (Contra la interpretación, Sobre la fotografía, Estilos radicales) había aprendido a pensar. Seguía sus intervenciones públicas con admiración (aquella vez que fue lapidada por oponerse, a días de los ataques a las Torres Gemelas, a las bravuconadas políticas de George Bush Jr.), celebraba los premios (el Príncipe de Asturias, entre otros) que le entregaban como si fueran míos. Para decirlo sin rodeos: la de Sontag fue una muerte cercana, casi familiar, que me hizo saber de golpe que los escritores a los que admiraba y con los que tenía la fortuna de compartir un mismo tiempo histórico un día no estarían. Con la muerte de Sontag tomé conciencia de que, como todos, de a poco iría quedándome solo.
La semana pasada Clarín reprodujo un artículo que el hijo de Sontag, el escritor David Rieff, escribió para el diario inglés The Guardian. Allí, Rieff narraba cómo había sido la agonía de la escritora, enferma de cáncer por tercera vez. La enfermedad se le había metido en la sangre y Sontag supo que, a los 71 años, iba a morir. Hay que imaginarla, a esa mujer de hierro, la que uno creía sin debilidades, imaginarla a ella, una de las mentes más brillantes del siglo XX, desmoronada de terror frente a la inminencia de su muerte. Por alguna razón misteriosa, hasta entonces no creía posible que ese tipo de personas pudiera sufrir ataques de pánico. Si había vencido a la enfermedad dos veces, si había escrito un libro con su experiencia.
Pero ahí está Sontag en la voz de su hijo, gritando enfurecida luego de que fallara el trasplante de médula ósea al que fuera sometida: “¡Pero entonces significa que moriré!”. Rechazando un tratamiento que le otorgaría unos meses finales de sosiego: “¡A mí no me interesa la calidad de vida!”. Y, ya convaleciente, sin resignarse del todo aún, diciéndole a la enfermera: “Me voy a morir”, tratando de espantar la idea de su cabeza por última vez.
Frente a la muerte los seres humanos son dados a las conversiones, las iluminaciones, las confesiones y los silencios. El poeta latino Horacio creía que nunca se muere del todo, y cuentan que Cicerón aseguró que la vida de los muertos está en la memoria de los vivos. Algo similar a aquella idea borgeana: “Recién moriré cuando se muera el último que me recuerde”. Pura vanidad. Pura desesperación. A Sontag nada de eso le importaba. Ella quería vivir. Sabía que el lugar al que pertenecía era este mundo. Es cierto: están sus libros, reveladores, fundamentales. Pero ella ya no. Y, digan lo que digan, no es lo mismo.
(Publicado el sábado 31 de diciembre del 2005 en el suplemento cultural del Diario Perfil).
Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)
Ropa sucia afuera
Enero 2nd, 2006 · No Comments
“Que sean otros quienes juzguen, no yo. Mi trabajo se reduce a meditar sobre las cosas. En particular, cómo pueden convertirse en cuentos”.
Leído oportunamente por ahí, de la pluma de Boris Pilniak.
PD: No, Q., no arrugué. No, Massei, no desistí. Es que a esta altura, ni tiempo me dan.