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Entries from Febrero 2006

Música para camaleones

Febrero 27th, 2006 · 6 Comments

Los mejores recitales que vi en vivo:
-The Ramones en Obras Sanitarias, 1991.
-Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Go!, Mar del Plata, 1994.
-U2 en River Plate, 1998.

-Joaquín Sabina en el Luna Park, 2000.

-Gustavo Cerati, Gran Rex, 2003.
-The Doors en Vélez Sársfield, 2004.
-Massive Attack en Club Ciudad de Buenos Aires, 2005.
-Gotan Project en el Gran Rex, 2005.
A los que se sumarán, seguro, los de Medesky-Matin&Woods y Dave Mathews, este año.

Tags: Música y alrededores

Más allá de las fronteras

Febrero 17th, 2006 · 2 Comments

Después de tres aviones y más de siete horas de viaje, el domingo pasado llegué a Cartagena de Indias. “¿Primera vez?”, preguntó el taxista que me llevó del aeropuerto al hotel. Y al ver que asentía, agregó: “Bienvenido al paraíso”. Cartagena, la ciudad turística colombiana por excelencia, está lejos de ser un paraíso: la tensión racial se mantiene inconmovible desde los tiempos de la colonia, casi el ochenta por ciento de la población vive en una pobreza extrema, y a cualquier hora del día habrá un chico con mirada extraviada de aspirar pegamento que insistirá durante cuadras por una limosna de centavos.
Pero Cartagena tampoco está tan lejos de la aspiración del taxista. Ciudad amurallada al pie del mar Caribe, que deslumbraría al arquitecto más preparado, la diferencia la hace su gente: solidarios y humildes, los cartageneros sobreviven a la violencia que atraviesa al país desde hace cincuenta años con alegría y despreocupación. La realidad, en Cartagena, supera a la ficción –existen locutorios humanos ambulantes, veloces y arriesgados mototaxis– y en pocos días uno advierte que al género literario inaugurado por García Márquez le sobra el término “mágico”.
El día que llegué terminaba el Hay Festival, congreso de literatura británico que se realizaba en la ciudad por primera vez, con gran éxito de público. Habían pasado por allí Hanif Kureishi, Fernando Savater, Alma Guillermoprieto –con quien yo iba a tomar por esos días un taller periodístico–, Laura Restrepo, Roberto Fontanarrosa y Edgardo Cozarinsky.
Tres o cuatro días después, decidí ir de excursión a la Librería Nacional, la más importante de la ciudad, en busca de algunos libros imposibles de hallar en la Argentina. Antes de salir, la periodista brasileña Simone Iwasso me pidió que le recomendara algunos autores argentinos: quería saber cuáles eran para mí los libros más importantes que se habían publicado en los últimos años. Ella había leído a Borges y a Cortázar, y algo de Puig, pero en Brasil no conseguía mucho más. Pensé en algunos nombres: Castillo, Saer, Aira, Lamborghini, Rivera, Fogwill, Gamerro. Todas ausencias: en el estante de literatura argentina brillaban los lomos de los libros de Borges y Cortázar, los de Sabato y Puig, y una asombrosa edición de Alfaguara con los cuentos completos de Fontanarrosa, quien había sido elegido la personalidad más destacada del Hay Festival. Nada más.
Mi amiga brasileña sólo pudo comprar una copia de El pasado, de Alan Pauls, gracias a la generosa distribución de Anagrama. Mal que les pese a muchos, de la década del 80 en adelante, para el resto del mundo la literatura argentina es un gran enigma. Esa semana, en bares y restaurantes, escuché canciones de Miranda, Andrés Calamaro, Fito Páez y los Babasónicos. Podría decirse que a la música nacional le llegó la globalización. No así a la literatura.

(Publicado el domingo 12 de febrero del 2006 en el suplemento de Cultura de Perfil)

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

El regreso de la crónica

Febrero 9th, 2006 · 2 Comments

El domingo pasado, Beatriz Sarlo escribió en La Nación un artículo donde exponía una serie de razones por las que, según su opinión, la historia de divulgación y la académica entran en conflicto. El interrogante que instalaba el artículo de Sarlo era el siguiente: ¿cómo contar la historia, de qué manera, sin caer en las simplificaciones divulgativas ni los bostezos profesionales? Una de las respuestas posibles está cifrada precisamente en la nota, donde dice: “La historia pública masiva circula en los grandes medios de comunicación y sus expansiones en la industria editorial. Pero las historias populares son anteriores a estos discursos mediáticos”. Sarlo tiene razón, a medias. Porque existe una corriente que, desde hace años, se hace cargo de narrar la historia argentina reciente; un género que sintetiza lo mejor de cada una de las vertientes historiográficas: la crónica periodística.
El origen de la crónica se remonta –si no antes– a los viajes de Heródoto del siglo V a.C., recogidos en Los nueve libros de la historia, con los que se inaugura también la misma disciplina. La crónica tuvo destacada importancia durante el siglo XV, con los viajes de exploración por el continente americano, e incluso hasta el XIX, antes del desarrollo de la fotografía, fue la manera habitual con que los pensadores positivistas trazaron sus trabajos científicos. Ya en el siglo XX, narradores como Ernest Hemingway, Norman Mailer, Truman Capote y Tom Wolfe, dentro del periodismo y con herramientas propias de la literatura, elevaron el género a niveles sorprendentes.
En la Argentina, entre 1950 y 1970, escribió una generación de cronistas notables: Enrique Raab, Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez, entre otros. Pero después de la dictadura militar el género pareció replegarse, y el periodismo se ocupó primero de dejar constancia de los crímenes de la represión ilegal para, más tarde, investigar la corrupción del entorno menemista. Mientras tanto, germinaba una nueva generación de periodistas, la misma que está escribiendo hoy la historia argentina contemporánea. El modelo a seguir parece ser el del Martín Caparrós de libros como Larga distancia, La patria capicúa o La guerra moderna (no debe ser casual que Caparrós tenga en su haber estudios universitarios de Historia).
Esta generación, donde despuntan nombres como los de Cristian Alarcón, Leila Guerriero, Josefina Licitra o Alejandro Seselovsky, viene ocupándose de temas urgentes como el recrudecimiento de la delincuencia juvenil o la avanzada de la Iglesia Evangélica en el país. Historias abiertas, curiosas, crudas e inteligentes que escapan de lo que Sarlo denominó “la teoría del complot”. Historias donde se utilizan tanto los documentos como el trabajo de campo. Si hay algo que lamentar en todo esto es el espacio reducido que los medios le dan al género en la actualidad. Mientras el nivel de los cronistas locales es reconocido en América y Europa, las mejores revistas de crónicas se editan fuera del país, aunque se lean con fruición en la Argentina.

(Publicado el domingo 29 de enero en el suplemento de Cultura del diario Perfil)

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL) · El oficio de escribir (sobre periodismo)