Acá, una crónica (algo lastimera, es cierto, pero ajustada a la verdad) de lo más importante que sucedió en la ciudad de Córdoba el fin de semana pasado.
Entries from Mayo 2006
Fútbol y literatura / 2
Mayo 31st, 2006 · No Comments
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Fútbol y literatura
Mayo 29th, 2006 · No Comments
La que sigue es una crónica (más un generoso análisis, jugador por jugador, demasiado generoso en lo que me toca) de la primera parte del desafío futbolístico interprovincial de escritores, Córdoba (12) - Buenos Aires (11). Desde ya, quede agradecida la enorme hospitalidad de nuestros rivales. Será difícil estar a la altura en septiembre, cuando se lleve a cabo el partido de regreso en Capital. Lo intentaremos.
Resta decir que debido a las bajas de Llach, Cucurto y el Paragua (por fortuna el tanque Lloyds fue de la partida, aunque no lo anunciara la prensa local) a último momento, el equipo porteño jugó mal dormido y sin suplentes, al borde del accidente cerebrovascular. Todos talentos que de seguro serán de la partida durante la revancha, donde va a haber césped sintético en lugar de tierra (en el Abasto, amigos cordobeses, la pelota dobla, aunque no se manche).
“SOL DE MAYO”, POR KIKE BOGNI
Quedamos en encontrarnos un rato antes de las
once en Dean Funes y Sol de Mayo.
Son tres canchas de tierra donde fuimos a jugar
con mis compañeros del colegio durante muchos
años, había dicho Godoy la noche anterior mientras arrimaba a la parrilla la primera pizza con rúcula. Luego vendría el roquefort y los pimientos rojos.
Las canchas tenían historia.
El partido también.
En febrero nos habíamos convocado al Parque Sarmiento. Fue el día más caluroso del verano o así nos pareció. Fuimos diez escritores cordobeses corriendo detrás de una pelota y sucedió algo que aún no puedo definir con palabras pero fue bello.
Galeano ha sabido decir que el fútbol es la fiesta
del cuerpo. Bueno, algo así. Luego de la juntada nos seguimos invitando y jugando fútbol. Godoy empezó a meter fotos y relatos en un blog que sirvió para que el equipo tenga como una sede.
Ahí entrás y te sentís parte de algo. Es como el bar, el asado y los chistes. Hay olor a pucho, a maní y a cerveza. Hay murmullo de tipos hablando de algo que va cambiando de forma pero que permite seguir haciendo jugadas.
Después llegó la foto de los porteños. Estaban en un bar. Algunos sentados y otros parados. Casi todos sonreían a pesar del cansancio que se veía en sus medias caídas. Y empezó a rondar una pregunta: ¿Cuándo jugamos? Idas y vueltas nos llevaron hasta Mayo. Decidimos vernos, jugar y leer. Esto fue entre el viernes 26, sábado 27 y domingo 28 de Mayo de 2006 y hasta salió una nota y varios avisos en la Voz. Ahí trabaja Rodríguez. El también escribe y juega al fútbol con nosotros.
A los días, comentando lo sucedido, Fito contó que se hacía un mundial de fútbol de escritores. Que el último campeón había sido un club de Italia que se llama Osvaldo Bayer. Luego me dice que el nombre se lo habían puesto en homenaje a sus cuentos de fútbol. Entonces dudé. Quizás Bayer tenga cuentos donde la esférica es la protagonista pero me suena a que el homenaje se lo hicieron al Gordo Soriano y Fito la pifeó como el gol hecho que me erré contra los porteños el sábado a la mañana.
Otra cosa que dijo es que Argentina no participaba porque no tiene equipo. Qué querés con los escritores argentinos, me dice, te lo imáginas a Saccomanno pateando una pelota. Y me quedé pensando en el otro prócer de las letras y la redonda que hemos tenido: El Negro Fontanarrosa. Que en las últimas notas se lo ve tan caiducho, con esa enfermedad de mierda que tiene metida en el cuerpo y le va ladeando el chasis para un costado. Jugar, no creo pero, de técnico seguro el Negro se prende. Por las dudas yo voy armando la lista, a ver si llegamos. Ojo, voy a hablar de algunos jugadores solo habiéndolos visto una vez pero, así en el fútbol como en la vida, me parece que con una muestra basta. Aparte, cuando entrás a la cancha quedás tan desnudo que la transparencias de lo que sos hablan solas.
Ahí va:
LAMBERTI
Ha demostrado, con el paso de los partidos, su espíritu combativo. Invencible aún vencido, hay algo en sus palabras y movimientos que lo hacen un tipo diferente. No tiene compromisos con la historia del fútbol porque se nota que nunca lo ha jugado y por eso se mueve en la cancha de una manera poco ortodoxa. Digamos rara. Saca pelotas con una mano, con las dos, con el culo y la cabeza. Le han pegado pelotazos en la cara, los dientes, en los codos y en la espalda. Menos en los lentes, intocables, en todos los sectores de su superficie corpórea. Pero él sigue. Dentro y fuera de la cancha es el que siempre invita a juntarse una vez más. Cumple con los horarios y todo. De fierro, el vago.
FUNES
Aclaro: Funes puede jugar en cualquier puesto. Vamos a respetar lo del arco porque el sábado aquél defendió la valla y muy bien, pero se nota que se lo podría probar adelante, en el medio o atrás. Es seguro con sus manos. Ventosa le dirían acá. Embolsa el balón que se puede embolsar, descuelga el centro largo y corta el pase corto. Está donde debe estar y no hace firuletes de más. Otra cosa, es de esos arqueros, como el Loco Gatti, que sale jugando con los pies, patea de lejos y es capaz de hacer goles. Aparte habla como lee, con seguridad. Dice lo justo y necesario y se entiende. Un artesano con oficio que pega los papelitos de la hinchada en un cartón y hace las tapas de su libro. Así concreta sus jugadas. Lo último: tiene buen humor y eso es algo que todo buen equipo posee en dosis considerables.
DEFENSORES
FALCO
Este es un caso raro. De esos que con el tiempo suelen dilucidarse pero que en caliente uno no sabe bien qué hacer. No hace falta decir porque razones extra futbolísiticas llevaríamos a Falco al mundial. Es un buen tipo. Sincero, amable, muy inteligente y cariñoso. Dentro de la cancha ha logrado destellos de buen fútbol y hasta a depurado sus movimientos para que empecemos a ver algunos atisbos de técnica, pero se empecina en no jugar. Digamos: ante la posibilidad de salir de la cancha, el que sale es él. Quizás sea que, como en su escritura, ha logrado intervenir lo justo y necesario y así está bien. Recuerdo un partido de viernes a la noche donde imperaban la garra, el cansancio y el desorden y Falco empezó a dar pases exactos. Eso marcó la diferencia y definió el partido. Es sorpresivo, entonces. De esos que cuando nadie se lo espera te sorprende con una delicia que vos decís: la pucha con el gringo, es un artista.
LOYDS
¿Se acuerdan del Tanque Brieguel? El grandote alemán que lo corrió toda la cancha a Valdano en la final del 86 y no lo pudo alcanzar. Por suerte salimos campeón. Si hubiera estado Loyds, no ganamos. Qué pegada, papá. Loyds es fachero, digamos, rubio y de ojos claros. De esos jugadores facheros y calmos. Eso sí, la agarra bien a la pelota y, si te pega en la frente, te desenrosca la cabeza. Aparte marca, pone el pecho, las manos. Es guerrero y usa bien su mejor herramienta, el cuerpo. Habla poco pero se la podés pasar tranquilo porque sabés que o da un pase preciso o le apunta al arco. En cualquier esquema, Loyds es el defensor fundamental porque se planta atrás y te cuida el territorio. Ahí tranquilo, parado y sin darte sustos por querer hacer una de más. Yo lo pondría de dos. Y le daría la cinta de capitán. Se me hace que cuando se le acerque al árbitro, lo mire fijo a los ojos y con sus voz gruesa le diga: Qué cobraste, el hombre de negro va a revisar su fallo, seguro.
BUEDE
Hace un tiempo me preguntaron si lo conocía a Anibal Puede. Dije que sí por más que sabía que su apellido era con B y no con P. Nunca habíamos jugado al fútbol y cuando lo hicimos me di cuenta que estaba bien dicho: Anibal, Puede. Llega al fondo de la cancha y vuelve diciendo que vamos, que ya los tenemos, que hay que ganar. No grita, habla en un tono monocorde y parece la radio un domingo pero te convence. Si vas perdiendo 3 a 2, el vago empieza a decir: Vamos que ganamos 5 a 3. Y a los minutos, increíblemente, diste vuelta el resultado. Esa es su mayor virtud, la actitud. Que sumada a la confianza, la constancia, el tesón y el coraje, hacen un defensor maduro y eficaz, necesario para pelear sobre todo en los partidos finales de cualquier campeonato. Y es buen tipo, se nota, porque después de cada gol, te abraza.
QUINTÁ
En este caso estamos hablando de la fuerza de la juventud. El pibe corre, mete, va y viene y te dice: dale. Está apurado y le sobra aire. Por eso hace goles, defiende, cabecea, pica corto, pica largo, se choca el tejido y vuelve. Qué energía, por favor. Es muy gracioso y ocurrente y eso, dentro y fuera de la cancha, ayuda para enfrentar los momentos más difíciles. En la mitad de la cancha hace falta gente así para tener resto. Con la iniciativa y el entusiasmo necesarios para luchar contra la adversidad. Por ahí, se nota que se pasa en la velocidad pero, más vale que so, so y no que fa, fa. Quintá tiene técnica, buen porte y aire. Es cumplidor y comprometido. Ah, otra cosa importante: siempre tiene ganas de volver a empezar la jugada, corregir y cuando el partido terminó, ya está pensando en el próximo.
TERRANOVA
Yo diría, un cinco clásico. Tiene el don de la pausa y eso, hoy que todo va tan rápido, nos juega a favor. La para, la pisa y da el pase. Esa pausa le permite dar el pase doloroso. Ese que traspasa al equipo rival y le mete la daga donde más le duele. Aparte lo deja mudo, impotente, porque le descubre, en la falencia, un punto débil, la fisura. Juega tranquilo y eso, hace falta en todo equipo. Tiene un aire de despreocupado pero está pensando, está viendo cuándo y dónde dar el golpe. También cuenta con una buena dosis de despliegue y llegada en el terreno más cercano. Cuida su quinta y la del equipo también porque cuando pasa al ataque hace doler. Posee potencia física y, al trote, se sostiene a lo largo de la disputa. Además, conversa con los compañeros, pase, pared, gambeta, pausa, pase, pared. Alienta y ordena con la verba. Un cinco, clásico.
RODRIGUEZ
Cuando arranca de atrás es mejor, más ofensivo. Por eso tiene que estar al medio. Podría ser delantero pero mejor que tenga el tiempo necesario para cansarse antes de llegar al arco. Define sorpresivamente porque es práctico. Va al hueso, diría, y a paso largo. Su tranco le posibilita avanzar sin piedad. Rodríguez se mete en el terreno de una forma que cuando menos te diste cuenta hizo el gol. Es guerrero y su falta de estado físico lo pone de un humor bastante parecido al de Tomatito, el payaso asesino. Su mayor virtud: va para adelante y se lleva a la rastra al equipo enganchado como si fuera un acoplado vacío. Lo pondría al lado del cinco, que lo ayude, lo asista, lo acompañe y lo sorprenda con un pique largo, una gambeta, otro pique largo, una traba con el rival, otro pique, esta vez corto, y una definición simple, fuerte y al ras del suelo. Lo imagino saludando a la hinchada con el botín en la mano, quitando la piedra de su zapato.
GODOY
Es el mago. El encargado de hacerla desaparecer. El que va a sorprender calladito y moviendo el cuerpo al ritmo del desgarbe. Usa las dos gambas y las entreteje de una manera que al rival se le hace difícil quitarle la pelota y acercársele. Usa los brazos de un modo que se asemeja a la enredadera silenciosa y envolvente que trepa y avanza, trepa y llega. Da pase y espera la devolución. Juega en equipo y si queda solo, la resuelve por su cuenta. No le pidas orden, lo suyo es la sorpresa, el detalle mágico, el toque de sutileza y la entrega cuando hace falta. También cuenta, como su poesía, con una pizca de ironía y otra de picardía. Godoy entonces, es poeta en la cancha y jugador exquisito en la cocina porque tiene habilidad. Y sabe usarla.
DELANTEROS

TOMAS
Imprescindible. Es el delantero que, si hace falta,
vas a buscarlo al boliche, lo sacás borracho y le das dos litros de café para que juegue. La para, la cubre, se da vuelta y no lo agarrás más. Te hace el gol si está mano a mano y si está lejos del arco se la rebusca para llegar. Cabecea bien, la pone donde el quiere, ayuda a marcar y la pelea en todas partes. Yo lo dejaría arriba a la espera de un pelotazo, total, va a hacer lo necesario para que el balón entre en ese surco que él va haciendo tanto ir y venir. Otra cualidad: se calienta cuando hay que calentarse y la pide siempre. La quiere tener en los pies, cantar gol cada dos minutos y todas las veces que se pueda. Es el ídolo de la hinchada. El que si lo putean desde la tribuna les va a tapar la boca con goles. Como sean, feos o lindos, siempre te va a hacer recordar que los goles son amores.
MAIRAL
Bueno, el muchacho se las trae. Mairal patea mal, digamos, pone mal el pie y casi siempre sale mal. No es confiable su devolución ni su pique pero él se divierte, Y en todo equipo hace falta gente divertida. Que agarre la pelota con la mano, que haga chistes en pleno juego, que cuando hace las cosas bien, diga: me equivoqué. Ese delantero con mirada limpia y alegría en los labios. El que te va a sorprender con un sutil uso del chiste. El que descomprime y pone lo más sublime a la altura de lo ridículo. Un tierno, es Mairal. Un tipo bueno que, quizás una tarde, cuando nadie lo espere, la pare de pecho y la patee con fuerza, con precisión, para ponerla allá, para que todos gritemos gol, aunque la pelota quede colgada en lo más alto de un eucalipto.
Bueno, creo que es todo, estamos en camino, hacia allá vamos.
Tenemos equipo, tenemos jugadores, somos escritores en busca de nuestro mundial. Somos mundiales en busca de nuestro escritor.
Somos, mientras tanto.
Abrazo de gol.
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Un millón de moscas pueden equivocarse
Mayo 24th, 2006 · No Comments
El estreno de El Código Da Vinci, en Malelemento.
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Libros que hacen y no hacen falta
Mayo 22nd, 2006 · 1 Comment
Manías de la adultez: a esta altura, puedo asegurar que prefiero, como uno de los contratapistas de este suplemento, los libros nuevos, de tapas flamantes y hojas impecables –si todavía están retractilados, aún mejor. Pero durante años supe construir mi biblioteca –como insiste el otro contratapista de este suplemento– gracias a las librerías de saldo y de viejos, y a las ferias de los parques Centenario y Rivadavia. Todavía visito, cada tanto, algunos locales que exhiben –eso sí: en anaqueles ordenados por autor y disciplina– ejemplares usados a buen precio (van mis recomendaciones: Brujas, en Rodríguez Peña y Corrientes; la Feria de Libros, de Avenida de Mayo al 600; y la de un librero catalán que siempre está de mal humor, en Ayacucho y Lavalle, que vende incunables pero tiene el horario menos práctico del mundo: abre a las tres de la tarde, y cierra a eso de las ocho).
Hace algún tiempo escribí aquí mismo sobre una escritora casi desconocida para los lectores en castellano, Kate Chopin, cuyos libros son imposibles de conseguir. Pero –y ése es el problema, que no hay razones para que estos libros falten– esto sucede también con escritores de renombre como Willa Cather. Cather nació en Virginia, EE.UU., en diciembre de 1873. De pequeña vivió con su familia en Nebraska –el desierto y la rusticidad de la vida en la región serían determinantes para sus ficciones–, y luego de estudiar en la universidad se mudó a Pittsburgh, Pensilvania, donde empezó a a escribir. Publicó novelas, cuentos y ensayos (sus libros más difundidos, al menos en España, son Mi Antonia y La muerte del arzobispo), y Uno de los nuestros (1922) le valió nada menos que el Premio Pulitzer.
Pero, para mí, Cather es sobre todo la autora de la breve y magnífica Una dama perdida, nouvelle de 1924, de una prosa y una atmósfera tan cargada como sutil. Cather, como los mejores escritores, genera en los que se topan con ella una envidia incontenible: cómo alguien puede escribir tan bien.
En uno de los textos de Música para camaleones, Truman Capote confiesa haber conocido, a los dieciocho años, a una persona deslumbrante. Una tarde, al salir de la New York Society Library, se topó bajo la nieve con una mujer detenida en medio de la calle. Ella miró con sorpresa al joven Capote y lo invitó a tomar un chocolate caliente. Después de encargar un martini “bien seco”, Capote alardeó de su precocidad literaria. La mujer le pregunta, entonces, por sus autores favoritos vivos. “Hemingway, no –dice él–; un hombre verdaderamente deshonesto. Thomas Wolf, tampoco. Faulkner, a veces. Fitzgerald, en ocasiones. Me gusta mucho Willa Cather. ¿Ha leído usted Mi enemigo mortal?” La mujer, cuenta Capote, le contesta sin ninguna expresión en particular: “En realidad, la he escrito yo”. Era Willa Cather. “Fue uno de los frissons de mi vida”, admite él, quien suponemos una persona difícil de impresionar.
Unas semanas atrás, compré para regalar –por segunda o tercera vez, a unos cuatro pesos, en un local de usados– un ejemplar de Una dama perdida (CEAL, 1977). Es el único libro de Cather que se consigue en el país. Es probable que aún quede alguno dando vueltas por ahí, inadvertido para los editores argentinos. Mientras tanto, las librerías de la ciudad siguen colmándose, semana a semana, de autores –cuanto menos– olvidables.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 21 de mayo de 2006).
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Ford y las razones para escribir
Mayo 20th, 2006 · No Comments
“Es claro como el agua: muchos escritores escriben por razones que no responden a su deseo de producir gran literatura para beneficio del resto. Escriben como terapia. Escriben (qué fastidio) para expresarse. Escriben para organizar sus largos, largos días, o para escapar de ellos. Escriben por dinero o porque son obsesivos. Escriben como un grito de auxilio o como un acto de vanganza familiar. La, la, la. Hay muchas razones para escribir mucho. A veces, funciona bien (…).
Muchos escritores escriben demasiado. Algunos escriben más que demasiado, y son estimados por la calidad de su obra acumulada. Nunca me pensé como un hombre llevado a escribir. Simplemente elijo hacerlo, muchas veces cuando no pueden persuadirme de hacer otra cosa, o cuando un sentimiento cruel de inutilidad planea sobre mí, y estoy perdido y tengo tiempo entre las manos, como cuando se termina el World Series.”
Richard Ford, “Vagar mientras la musa se recarga”, Lamujerdemivida Nº32.
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La edad de la… (work in progress, 2)
Mayo 14th, 2006 · No Comments
A lo largo de esta historia aparecen y desaparecen varias personas. Pero los que nos interesan, los que hablan y escriben, miran, sospechan, espían, gritan, escuchan, ríen, disfrutan, beben, callan, pintan y omiten son sólo cinco: el matrimonio formado por un empresario y su mujer, la hija y el hijo de la pareja, un investigador privado. Nadie más que ellos. No hay, tampoco, mucho más. Salvo por uno o dos sobres. Tres, en verdad. Digamos que hay, en total, tres sobres.
Dos sobres están, por el momento, en manos de una mujer. El envoltorio cumple, opaco –de un tono té con leche– su finalidad: contiene dentro de sus márgenes precisos lo que contiene, un mismo mensaje. Los dos sobres, herméticamente cerrados, encierran un mismo mensaje porque el contenido de uno es copia fiel del otro, el original. Los sobres viven una espera muda y discreta: existen, como es de esperar, dos pares de manos que deberán recibirlos.
Que no diera vuelta la cara, me recomendó, agachada como estaba, volcada hacia adelante, apoyada sobre mis rodillas y mis manos. Que viera al frente, al espejo que estaba enfrente, y que ahí, en el espejo, lo mirara a los ojos.
Me sumergí, una vez más, –aunque como si fuera la primera vez el goce pleno de la repetición– en esos ojos, que eran también los míos. Aguanté la respiración. No sentí nada.
Tampoco dolor.
Uno estaba muerto. Lo decía la televisión. Pero eso fue después.
Primero hubo otra muerte, menos resonante. Cuando la investigación de esa muerte se salió de cauce, y comenzó a rebotar en los medios, y a acecharlo como una sombra, Uno hizo lo que tenía que hacer: se reunió con ciertas personas. Fue sagaz, y entendió que la atención de sus interlocutores no había sido suficiente. Hizo lo que debía: fue a visitar al Jefe. Se cuidó de que lo vieran entrar al despacho, el traje impecable, la sonrisa justa, el pelo a cepillo. Se dejó fotografiar mientras sus pasos resonaban en el mármol de los pisos y de las paredes del largo pasillo, y también unos minutos después en el amplio despacho, mientras él y el Jefe se estrechaban las manos. Lo hizo todo, pero no alcanzó: cuando salió a la calle una turba se abalanzó sobre el automóvil en el que se movía y sus custodios no hicieron a tiempo de contener los golpes. El vidrio trasero del auto estalló. Entonces Uno decidió pasar una temporada en la casa del campo. Ordenó que la prepararan de inmediato. No hizo falta ninguna maleta. Se puso en camino de inmediato, y eso lo tranquilizó. A los pocos kilómetros alguien advirtió que una serie de pequeñas astillas había quedado prendida en el cuello de su saco: solícito, pero sin una pizca de afectación, su encargado de seguridad le dijo señor, permítame, y sacudió los pedazos de vidrio.
Ella no escuchaba.
Ni todavía escribía ni pintaba.
Ella miraba, y hablaba.
Miraba, aunque no viera. Uno, lo mostraba la televisión, estaba muerto –en realidad, las cámaras sólo atinaban a enfocar el frente de su casa de campo, en las afueras de la provincia. Uno –pero esto no lo sabían, no podían saberlo los periodistas que montaban guardia frente a la entrada– había pasado una semana lejos de la atención publica bebiendo, fumando y cazando, por momentos al abrigo del sol del campo, en otros al cobijo de los rayos que filtraba la ventana de la sala de estar, y por el reflejo de la leña ardiendo. Siete días a la espera del llamado del Jefe, la comunicación y luego su posibilidad misma diluyéndose con el paso de las horas, de los días. El llamado no llegó. Un juez, en cambio, dictó una orden. Sin perder la calma, Uno se dedicó a pensar unos instantes. Luego fue hasta el desván. Tomó asiento. Abrió las piernas, y apoyó la culata en el piso: una vertical que nacía en el piso y partía al medio su cuerpo hasta llegar a su boca. Alisó sus ropas. Recostó la cabeza sobre la pared, recubierta de madera oscura, y acomodó firme el doble caño de la escopeta. Recién cuando el filo del metal hizo tope contra su garganta, tragó saliva por última vez y jaló del gatillo. Los periodistas aguardaban, fuera de la casa de campo, que retiraran el cuerpo de Uno. Y, en las horas siguientes, un primer parte con la autopsia. Ella, muy lejos de allí, miraba el aparato de televisión, leía sin leer palabras que pasaban de un lado a otro de la pantalla por debajo de las imágenes, y hablaba.
Hablaba sola.
Poco después de que se emitieran las primeras imágenes, bastante después de que mantuviera la primera conversación del día, el teléfono volvió a sonar. Lo hizo una vez y, antes de que lo hiciera de nuevo, él atendió. Del otro lado se escuchó una breve interferencia, luego otra algo más prolongada y después surgió, limpia, la voz.El escuchó. Luego pidió sólo la confirmación. Nada de detalles: sí o no. Le dijeron sí. Entonces apoyó el teléfono sobre el vidrio del escritorio. No se permitió sonreír, pero se tomó el tiempo de encender un cigarrillo. No hacían falta más palabras, pero cuando estaba a punto de cortar la comunicación, escuchó que del otro lado de la línea alguien carraspeaba.
La voz dudó un instante, y finalmente preguntó:
– ¿Señor? ¿Está ahí todavía?
– Sí –confirmó él.
– Felicitaciones.
Cómo saber cuándo empezó todo. Es extraño: los recuerdos no existen siempre. Las cosas pasan, o están pasando, o vienen pasando hasta que, un día cualquiera, se instalan, son recuerdos. La vida como una carrera de postas. Sólo a medida que se van dejando cosas atrás, cada cierta cantidad de tiempo –un tiempo que no se puede calcular porque nunca es el mismo–, se empieza a recordar. Pero lo que nunca se puede saber es cuándo se está cruzando esa línea, el preciso instante en que una posta se deja atrás. Después, los recuerdos. Pero no es posible recordar desde cuándo se recuerda. Por eso no creo que haya una fecha exacta para esto, porque esto no tiene tiempo, es como si siempre, desde la primera posta que dejé atrás, difusa, borroneada, hubiera estado ahí.
Frente al amplio espejo de la habitación, ella habla sola.
El teléfono suena tres veces en alguna parte de la casa. Nadie atiende.
En la penumbra del cuarto las hojas de la tijera brillan módicamente. Los mechones de pelo caen sin ruido sobre la alfombra. La casa, salvo por el teléfono, cuyo timbre ahora vuelve a sonar, está en silencio. Alguien descuelga el aparato. Su cuerpo está iluminado tan solo por los rayos del televisor, y por sus refracciones en el espejo. Cambia la tijera por la hoja de afeitar. Siente el frío del mentol de la espuma sobre la piel.
Cuando termina, se admira y se aprueba: dibuja en el espejo una mueca de satisfacción con la boca, arruga la frente, la piel se estira sobre las protuberancias que ahora ocupan el lugar donde antes estaban sus cejas.
– Espero que te guste –dice.
Después, va hasta el baño y abre la ducha.
Llama a su secretaria por el conmutador. Tiene poco tiempo. El juego ya no es el que era, la mano lo favorece. Los cambios se avecinan de manera irremediable y sabe que será el depositario, de ahora en más, de la confianza para llevar los negocios a puerto seguro. Debe analizar la situación con frialdad. Cualquier desliz, cualquier decisión apresurada, por más que el fallo sea milimétrico, puede causar estragos. Lo mejor sería desaparecer. Tres o cuatro días. Salir. Templar los nervios y tomar las riendas. Su secretaria da dos pasos dentro de la oficina. Adelante, le ordena. Deje la puerta abierta. Las instrucciones son claras y precisas. No hace falta que las repita, es como si ella dijera con la mirada. Eficiencia. Cinco reservas. Era lo primero en su lista de prioridades, la eficiencia. Cuatro personas. Aprovechar el tiempo. Una, en silla de ruedas. La mujer sale de la oficina. La puerta se cierra a sus espaldas. Levanta el auricular. Marca el número de su casa.
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Walsh para principiantes
Mayo 13th, 2006 · No Comments
“La literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez”.
Rodolfo J. Walsh, Nota autobiográfica.
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Crónica de una fobia
Mayo 8th, 2006 · 3 Comments
Antes de los vituperios, una aclaración: soy lo que algunos llamarían un cinéfilo. Pocos planes –salvo la lectura y, en ocasiones más esporádicas, la escritura– me atraen tanto como ver una buena película. Sin embargo, hace ya dos años que evito a conciencia transitar la zona de influencia del Mercado de Abasto cada vez que se organiza una nueva edición del Bafici (a pesar de haber concurrido, entusiasmado, a sus primeras ediciones). Formo parte del cada vez más numeroso “club de los renegados del festival de cine independiente”. Al principio, evité por todas las vías arriar las banderas: me procuré programas, hice colas kilométricas para conseguir entradas y, también, para acceder a las salas. Más tarde tuve una iluminación: debía comprar los tickets por teléfono, con tarjeta de crédito. No fue el recargo por entrada que suele cobrar la empresa intermediaria lo que acabó con mis nervios, sino la misma imposibilidad de conseguir, con anticipación, las que buscaba. Así, más de una vez terminé viendo –por no darme por vencido– un mediometraje finlandés en la medianoche de un lunes, un documental botswanés un miércoles a las dos de la mañana.
El festival de cine independiente fue dirigido, hasta hace un tiempo, por Quintín, crítico fundador de la revista El Amante y contratapista de este suplemento. Quintín, luego de una disputa con el poder político de turno, fue eyectado de la dirección del festival y, para la última edición, concibió un plan maestro: cubrirlo como cronista, tarea que lo dejó no tan feliz y al borde del coma cinefílico. Pero de sus crónicas se desprende que de todo lo que vio –y vio mucho–, lo único digno de mención destacada fue la retrospectiva del director catalán Pere Portabella.
Quede dicho: como mucha gente, no dejé de ir al Bafici por una cuestión ideológica. Ni siquiera sólo por una razón estética. Lo que, entre otras cosas, ya no puedo soportar, son las colas, las aglomeraciones, la desorganización, las complicaciones en general. Fui una sola vez al Abasto en los últimos dos meses, a cambiar un pantalón. Al salir al hall del shopping, durante la segunda semana del festival, me crucé, por orden de aparición: con un grupo de gente que vendía métodos para adelgazar, con una cola de turistas chilenos que cambiaban dólares a 2.95, con Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, con cientos de jóvenes que corrían de un lado a otro intentando llegar a tiempo a la próxima película, y con un grupo de japoneses que mientras compraban alfajores en Havanna fotografiaban todo, Horacio González incluido.
Que un evento como el Bafici pueda seguir existiendo en un país como la Argentina es casi un milagro. Pero no soy el único que piensa que, de un tiempo a esta parte, se ha convertido en un festival expulsivo, en vez de inclusivo. Un lugar al que sólo pueden asistir los que tienen trabajos free lance, los que no tienen trabajo, los que trabajan en la industria cinematográfica, los estudiantes de cine y los jubilados. Durante abril, los exhibidores se apiadaron de mí y me ayudaron a superar la fobia al Bafici con el estreno de tres grandes películas: Flores rotas, de Jim Jarmusch; Escondido, de Michael Haneke, y El plan perfecto, de Spike Lee. Así logré quitarle el cuerpo a la histeria colectiva, para ver buen cine. Porque de eso se trata todo, de buenas películas. ¿O no?
(Publicado el domingo 7 de mayo del 2006 en el suplemento de Cultura de Perfil).
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Solari para principiantes
Mayo 7th, 2006 · 1 Comment
“Mi amor, la libertad es fiebre
Es oración, fastidio y buena suerte
Que está invitando a zozobrar
otra vulgaridad social igual, siempre igual, todo igual, todo lo mismo…
Mi amor, la libertad no es fantástica
No es tormenta mental que da el prestigio loco;
es mar gruesa y oscuridad,
y el chasquido que quiere proteger
ese grito que no es todo el grito.
Mi amor, la libertad es fanática;
ha visto tanto hermano muerto, tanto amigo enloquecido,
que ya no puede soportar
la pendejada de que todo es igual,
siempre igual, todo igual, todo lo mismo…”.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Blues de la libertad.

