Entries from Junio 2006
Le debo a una amiga francesa, Anne-Sophie Marie, la recomendación de leer a Amélie Nothomb. Algunos años atrás, las breves novelas de esta precoz escritora belga podían conseguirse en las librerías de saldos de la calle Corrientes. Pero todo cambió desde que Jorge Herralde, de Anagrama, abrió los ojos del mercado hispano al “fenómeno Nothomb”, luego de que Estupor y temblores vendiera en 1999 unos 450 mil ejemplares y la consagrara como la nueva niña mimada de la literatura francófona.
Nothomb nació en Japón en 1967. Hija del embajador belga en Roma, escribe en francés y es todo un personaje. En 2003 la contacté vía fax –no sabe ni le interesa aprender a usar computadoras– para la única entrevista que concedió hasta ahora a los medios argentinos. Allí confirmó que, desde los diecisiete años, se considera una “grafómana”: vive recluida en un departamento de Bruselas donde, desde que se despierta, a las cinco de la mañana, y luego de tomar un té negro, no hace otra cosa que escribir… a mano. Publica, desde 1992, un libro por año –coincidiendo cada primavera con lo que los franceses llaman rentrée littéraire–, títulos que suelen alcanzar, casi siempre, récords de ventas.
Su última obra en castellano se titula Biografía del hambre y narra el período de su vida –el noventa por ciento de su literatura es netamente autobiográfica– que llega hasta los veintiún años. Paradójicamente (o no tanto), su primera novela, Higiene del asesino, es la única que escapa a este lineamiento creativo. Como en el resto de sus nouvelles, la trama aquí es alternativamente cínica, melancólica, inteligente y, sobre todo, muy entretenida (“Mis libros giran en torno a un único tema fundamental: el enfrentamiento entre los seres humanos”, supo confesar en la entrevista).
La elección de Higiene… como novela de presentación en sociedad –Nothomb tiene decenas de libros inéditos, que tal vez jamás publique– tal vez se entienda mejor como parte de la operación de un escritor debutante: sin ser una novela de ideas, se demarcan allí territorios, se establecen lazos y filiaciones y esbozan breves teorías literarias –un poco a la manera de César Aira, escritor con el que existe más de una similitud– a través de la voz del protagonista: el misántropo Premio Nobel imaginario Prétextat Tach.
Nothomb escribe que no basta una buena pluma para ser escritor: lo que en verdad se necesita son “cojones”: “Y los cojones a los que me refiero están más allá del sexo: la prueba es que algunas mujeres los tienen”. Pero, sobre todo, improvisa un panegírico contra lo que llama “lectores-rana”. Aquellos que “constituyen la inmensa mayoría de los lectores humanos. Los que atraviesan los libros sin mojarse en lo más mínimo. Yo leo igual que como: no sólo lo necesito, significa que, sobre todo, entra dentro de mis cálculos y los modifica. Uno no es el mismo si ha comido morcilla o caviar; tampoco si acaba de leer a Kant (Dios me preserve de hacerlo) o a Queneau. Pero la mayoría emerge de Proust o de Simenon sin inmutarse, sin haber perdido ni un ápice de lo que era, y sin haber adquirido un ápice de más”. ¿Cómo, qué y por qué leer, entonces? Según Nothomb-Tach: “Los libros de placer, de genio o de belleza, esos que nos marcan y metamorfosean. Tomemos por ejemplo Viaje al fin de la noche: ¿Cómo continuar siendo el mismo después de haberlo leído?”.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el 25 de junio de 2006).
Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)
Hace unos días terminé de leer, gracias al amigo Falco (y al librero Rubén), “El desierto y su semilla”, de Jorge Barón Biza: un libro no sólo extrañísimo sino prácticamente inconseguible.
Debe tener uno de los principios más indelebles de la literatura argentina contemporánea, sostenido en párrafos como éste: “También me invadió la pregunta que nos asalta siempre cuando se suicida alguien que conocemos bien: hasta dónde y cómo fuimos cómplices. Me obligué a abandonar esa inquietud enseguida; intuí la amenaza del ejemplo, la idea sencilla y equilibradora de una corrección con otro balazo”.
Después, el libro se va quedando, y remonta bastante hacia el final. Es completamente imperfecto, y esa imperfección lo hace atractivo. Pero son las primeras páginas las que hacen valer toda la novela.
Por lo demás, acaba de llegar de España mi amiga Anne-Sophie, y bajo el brazo no traía pantomaca sino los cuatro libros que le había encargado, alabada sea: “Un sendero nuevo a la cascada”, de Carver; “Lanzarote”, de Houellebecq; “Cazadores en la nieve”, de Tobías Wolff y los “Cuentos completos” de Flannery O’Connor.
Albricias.
Tags: Libros / Novedades
Como hablábamos hoy al mediodía con Hernán Arias (a propósito, el último número de La Rana trae un cuento inédito de Raymond Carver, con la consabida mano maestra de Gordon Lish), sería interesante pensar cómo influirá en las obras de la nueva generación de narradores argentinos el hecho de que, en gran parte, se vean obligados a ejercer los más extraños oficios para sobrevivir.
Vean sino, a estos esforzados hombres de letras en su trajín cotidiano:

Mairal, mecánico de automotores.

Terranova, parrillero a la vera de la Ruta 9.

Falco, hipnotizador de gallinas ponedoras.

Lamberti, ayudante de cátedra en la escuela de cocina del Gato Dumas.

Funes…, bueno, Funes aún sigue subrayando clasificados en la Voz del Interior.
Y ni hablemos de las proezas de Silvia Atwood.
¿Para cuándo, señor secretario, las becas a la creación literaria que impidan que esta prometedora generación de escritores y poetas se hunda en la ignominia y la pobreza?
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Dos semanas atrás participé, junto a Nelson Castro y tres editores de PERFIL, de un hecho si no inaudito por lo menos curioso: el primer encuentro de lectores con los periodistas que hacemos el diario. A lo largo de las dos horas y media que duró la charla, el público preguntó de todo: por la relación del diario con el gobierno de Kirchner, por los conflictos éticos derivados del ejercicio de la profesión, por la función de los correctores dentro de la redacción. En determinado momento, el editor jefe de Política e Internacionales, Silvio Santamarina, confesó que cierta tarde, no hace mucho, se sorprendió al ver cómo un grupo de periodistas jóvenes dejaban sus escritorios indignados, casi en un ataque de histeria. Preguntó, al pasar, qué sucedía: se había caído el servidor de Internet. Lo que derivó hacia una reflexión sobre la influencia de las nuevas tecnologías en el trabajo periodístico.
Publiqué mi primera nota en un medio masivo hace exactamente diez años. Fue un artículo –escrito en colaboración con Gastón Roitberg, hoy periodista del diario La Nación– que recordaba los 40 años de los fusilamientos de José León Suárez, suceso que le sirvió a Rodolfo Walsh para escribir Operación Masacre, un clásico de la literatura argentina. El 9 de junio pasado se conmemoraron los 50 años de aquel hecho, y volví a pensar cómo fue que surgió ese artículo –en el que logramos dar con uno de los sobrevivientes del fusilamiento–, que escribimos mientras cursábamos el segundo año de la carrera de Periodismo en TEA. Internet era para nosotros, en aquellos días de 1996, ciencia ficción. Todo lo que utilizamos –lo que teníamos a nuestro alcance– en ese momento fue un viejo grabador, un teléfono, dos anotadores y el instrumento más importante de todos: la guía telefónica.
Desde entonces, han pasado muchas cosas. Las computadoras personales, Internet –el correo electrónico–, la telefonía celular y la fotografía digital hicieron de éste un oficio mucho más amable. Se ha ganado un tiempo precioso en el acceso a las fuentes primarias de información. Hoy, incluso, es evidente que se está dando un recambio generacional en el que nuevos cronistas piensan y escriben la historia argentina contemporánea desde diarios y revistas, libros, páginas web y blogs. Tan notable es este surgimiento que los sellos editoriales más importantes han vuelto a interesarse por el género más rico y complejo de esta profesión: el periodismo narrativo, la crónica periodística.
Pero, sobre todo, sigue habiendo cuestiones inconmovibles. En un libro que debería integrar la bibliografía obligatoria de cualquier carrera de periodismo –Los cínicos no sirven para este oficio– se recogen tres charlas del gran cronista polaco Ryszard Kapuscinski. Allí, con la sencillez y la honestidad que lo caracterizan, asegura: “Una cosa es ser escépticos, realistas, prudentes. Lo que es absolutamente necesario. De otro modo, no se podría hacer periodismo. Pero algo muy distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión”. Y en apenas una veintena de palabras revela, al margen de los tiempos y los desarrollos tecnológicos, la única condición esencial a la hora de ejercer este extraño y apasionante oficio: “Ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 18 de junio de 2006).
Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

LJG va a ser editada en Cuba, con vistas a la feria del libro de La Habana del año que viene.
Ampliaremos.
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Junio 13th, 2006 · 1 Comment
En 1999, el escritor Alesandro Baricco publicó un artículo que pasó relativamente inadvertido por estas latitudes. Baricco leyó un pequeño suelto en el New York Times que despertó su curiosidad: aseguraba que Raymond Carver, padre del llamado “realismo sucio”, no habría sido el verdadero autor de sus cuentos. Al menos, no como sus lectores los conocen. Gordon Lish, su editor, los habría mutilado hasta casi reescribirlos; hasta dar, en fin, con la forma definitiva que hizo célebre a Carver: brevedad, laconismo, escasez de recursos que lo emparentaron con el mejor Chéjov, con el Hemingway cuentista.
Baricco viajó hasta Indiana, para revisar los textos originales y sus correcciones. Para constatar si, como decía el artículo, Lish “había eliminado casi el cincuenta por ciento de los textos originales, y había cambiado el final a diez de trece cuentos”. Baricco dio con los relatos –algunos ya míticos, como Diles a las mujeres que nos vamos– y descubrió que la brevedad carveriana era apócrifa: por cada línea editada, Carver había escrito un párrafo entero. Por cada párrafo, al menos una página.
Baricco admira a Carver, como el noventa y nueve por ciento de los escritores. Por eso se cuida de condenarlo. No le interesa ver qué versión de los cuentos es superior, sino descubrir que detrás del Carver de los lectores había otro, “el original”. Aunque no se priva de afirmar: “Uno de los máximos modelos de la cultura narrativa contemporánea es un modelo artificial, nacido en un laboratorio”.
¿Cuál es el problema con el descubrimiento de Baricco? ¿Existe, en verdad, un problema? Para empezar, de ser todo esto cierto, tanto sus editores como su mujer, la poeta Tess Gallagher, habrían forjado un mito de escritor en buena medida falso. Es un hecho que el éxito de Carver descansa en una figura de autor tan unida a su obra que resulta imposible disociarla. Para todos, Carver era el hombre que, como en sus cuentos, remata sus pertenencias en el jardín delantero de su casa después de una separación; el que se emborracha frente a una pareja de amigos tratando de descubrir de qué se habla cuando se habla de amor. Así las cosas, ¿cómo volver a leer a Carver sin sentirse defraudado?
A finales de los 60, Roland Barthes, Michel Foucault y Jacques Derrida proclamaron desde sus escritos teóricos la crisis de la autoría o, como tituló Barthes uno de sus ensayos más famosos, la Muerte del autor. De ese corpus, tal vez haya en el texto ¿Qué es un autor?, que Foucault publicó en 1969, un atisbo de respuesta. Allí, escribe que “el sujeto debe ser despojado de su rol creativo y analizado como una función, compleja y variable”. Imagina una cultura en la que el discurso circule sin marcas de autoría, para evitar preguntas como “¿Quién es el verdadero autor?”, “¿Tenemos pruebas de su autenticidad?”, “¿Qué ha revelado de su más profundo ser a través del lenguaje?”. Para que surjan otros interrogantes: “¿Cuáles son los modos de existencia de un discurso?”, “¿De dónde proviene?”, “¿Cómo se lo hace circular?”. Para escuchar, finalmente, un murmullo de indiferencia: “¿Qué importa quién es el que está hablando?”. Una suerte de regreso a la tradición oral, que asegure la permanencia del texto más allá de nombres propios.
La decepción generada en miles de lectores por el affaire Carver-Baricco confirmaría que, a 35 años de ese texto, aún no estamos preparados para ello. Que –antes de leer un texto de Carver, aunque también de Saer o Borges, por caso– seguimos precedidos por la todavía omnipresente, indeleble huella del autor.
(Publicado en el suplemento Cultura de Perfil, el domingo 11 de junio de 2006)
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La buena felicidad / dicen que no se nota.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Ultimo bondi a Finisterre.
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Fácil, se repite. Tiene que ser así de fácil: entrar, juntar lo que hay a mano, salir. Tres, cuatro pasos a lo sumo, una estupidez. Entrar, juntar todo lo de valor, rápido, y salir. La casa queda a unas seis manzanas de la suya. Tiene dos pisos, y una reja baja en el frente que puede saltarse sin dificultad.
Entrar, entonces.
Sus virtudes son lo que la hacen vulnerable: sólida y accesible. El pasto amarillo crece a los costados del camino que termina en la puerta de entrada.
Juntar todo.
Un pasillo lateral, escondido entre enredaderas, conecta con un fondo más amplio y previsible: el pequeño jardín.
Rápido.
Al fondo, la tapia de ligustros altos. Había estado una y otra vez del otro lado, había repasado los detalles desde el baldío vecino. A la casa se podía entrar también por el fondo.
Salir.
Un rato antes le confirmaron el dato que le faltaba: la familia pasaba afuera los fines de semana. Una familia decente y confiada que había asumido como verdad revelada el mandamiento que estipula que el descanso es sagrado. Y que jamás había evaluado la necesidad de instalar un sistema de alarma en la casa.
El polaco Vieites era el único que estaba al tanto. Un hermano el polaco. Cuando le contó, escuchó todo con atención. Asintió a cada palabra suya con un movimiento lento. Después, le dijo que estaba loco.
- Loco estás. ¿No te dijeron nunca que en el barrio no se jode?
Este es el comienzo del cuento que tenia pensado leer en Casa 13 antes de que el vino de tres pesos que Falco nos obligó a consumir comenzara a hacer efecto, y que los amigos de la revista La mujer de mi vida acaban de publicar en su último número.
Un relato algo imperfecto al que, por alguna razón, le tengo cierto cariño.
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A pesar de las apariencias, lo que sigue no tiene nada que ver con la fiebre del fútbol disparada por el próximo Mundial, sino con una inquietud algo más interesante: la de los blogs, más específicamente la de los escritores que en algún momento se sintieron tentados por este tipo de formato (una larga y heterogénea lista que incluye nombres de intenciones tan diversas como William Gibson, Santiago Roncagliolo, Marcelo Figueras, Guillermo Piro, Gonzalo Garcés o Gustavo Nielsen).
Pasando en limpio: ¿por qué será que tal cantidad de escritores se ven tentados a desarrollar su propio espacio de escritura en la Web? En septiembre del 2005 se realizó, en el Centro Cultural Rojas, un ciclo de mesas redondas titulado “Blogs ¿por qué y para qué?”, coordinado por Piro, y en el que, por supuesto, los participantes evitaron llegar a una conclusión unívoca. Afortunadamente, porque lo más seguro es que no la haya: uno de los aspectos más interesantes del blog es su condición de soporte, de “ser-para-sí”, lo que no sólo lo define sino que le otorga poder y potencialidad.
Con esto claro, y luego de leer decenas de blogs de escritores, lo que uno puede hacer es arriesgar ciertos patrones de comportamiento. Los blogs literarios parecieran funcionar como vasos comunicantes y bibliotecas personales: en el blog de un escritor no sólo pueden leerse sus propios textos de ficción, las entrevistas a las que se somete periódicamente y sus participaciones como crítico en los medios de comunicación. También se adivinan allí sus preferencias estéticas, su relación con los lectores, su contacto con otros narradores. En un blog literario grupal, el escritor Cristian De Nápoli escribió días atrás que la poeta brasileña Angélica Freitas le confió que el blog la ayuda a mantenerse –a ella, que vive en Rio Grande do Sul– en contacto con poetas de otros Estados.
Algo por el estilo sucedió el fin de semana pasado en la ciudad de Córdoba. De un blog a otro, un equipo de escritores porteños desafió a un grupo de narradores y poetas cordobeses a disputar un partido de fútbol interprovincial, que finalmente se jugó el sábado 28 en una cancha del barrio Alberdi de la capital cordobesa y fue debidamente anunciado en el suplemento de Cultura del diario La Voz del Interior. El partido fue parejo y se definió 12 a 11 a favor de los locales. (Resta la revancha, que se hará en Buenos Aires en septiembre, y para la que ya confirmaron su presencia Fabián Casas, Washington Cucurto y Santiago Llach.)
Pero el partido fue sólo una de las intenciones del desafío: por la noche hubo, en el centro cultural Casa 13, lecturas, intercambio de libros y la constatación de que en las provincias existe una profusión de sellos independientes similar a la porteña, que se ocupa de difundir lo más interesante de la poesía y narrativa joven.
Uno de los primeros escritores argentinos en tener blog fue Daniel Link. Cierta vez le preguntaron por el futuro de la escritura online. “Es difícil imaginar el futuro –respondió–. Mucho más tratándose de algo que, como las nuevas tecnologías, involucra las esperanzas y los terrores de la sociedad”. Para agregar: “Tampoco conviene dramatizar demasiado. Todo irá en la dirección que queramos imprimirle: hacia la felicidad o hacia la pena.”
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 4 de junio de 2006).
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Existe en la India una tradición de relatos dedicada a ilustrar la astucia de las liebres e, incluso, llegó a decirse que antes de revelarse como el príncipe Siddharta, uno de los tantos avatares del Buda fue bajo la forma de un animal de esta especie. Un poco más acá en la historia y la geografía, desde hace un tiempo se difunde una leyenda que tiene como protagonistas, precisamente, a una liebre y a un elefante. La fábula es de por sí exótica –no hay posibilidad real de que un elefante y una liebre puedan convivir– pero alguna mente alucinada decidió que, además, los dos animales fueran periodistas. Periodistas culturales.
El elefante tiene unos tres años, pero se lo ve desmejorado –algunos atribuyen este hecho al linaje familiar, que data de mediados del siglo pasado. Su pasatiempo favorito es hacerse preguntas trascendentes: “¿Qué es el arte?”; “¿En qué creen los que no creen?”; “¿Cómo leen los animales de la jungla”; “¿Son los bisontes de las Cuevas de Altamira las musas del pasado?”. Preguntas para las que, por lo general, no existen respuestas. Pero que suenan importantes. Ahora, lo que sucede es que últimamente el elefante está deprimido –sus charlas con el psicoanalista rozan estos tópicos–, y parece haber perdido la capacidad de asombro: se lo advierte burocratizado, lento, ñoño. Se cuenta que asumió tantos compromisos que su única alternativa es ser un periodista políticamente correcto, lo que transformó su profesión en un agobio. No está de humor para piruetas gratuitas. Suele cobrar setenta y cinco centavos por desenroscar la trompa, y en los peores momentos exige un peso sólo por barritar. Cuando la selva se pone espesa, fastidiado, pide socorro a sus amigos que viven en el exterior –y que trabajan en diarios de Londres, Barcelona y Nueva York. Aunque esta ayuda le es cada vez menos útil. El elefante –a diferencia de la liebre, por supuesto– tiene mala vista. Y muy mala memoria. Lo que no hace sino demostrar que eso de la memoria de elefante es una falacia. Porque este elefante rara vez recuerda dónde leyó lo que leyó. Los críticos, que arrecian como hongos después de la lluvia, hablan de mala fe. Pero lo más probable es que las fallas intersinápticas se deban únicamente a la erosión del tiempo.
La liebre, por su parte, cultiva un perfil distinto: se mueve en soledad y no se preocupa por lo que hacen los demás animales. Tiene pocos amigos, un gran sentido del humor, los reflejos atentos. Y, al margen de las cualidades que le tocaron en el reparto animal –vista, olfato, rapidez–, dos virtudes: no tomarse demasiado en serio a sí misma, y divertirse en su trabajo. Desde hace unas tres semanas, su teléfono suena seguido. Son las malas lenguas, que le aseguran que el elefante se quedó dormido, que está vacío de ideas, que se dedica a leer lo que ella escribe, señalar con el dedo y barruntar. La liebre, por supuesto, desconfía de las malas lenguas. Y, en el fondo, toda la situación le da algo de risa, y bastante pudor.
El lector podría atribuirle un significado equívoco a esta leyenda reciente y, forzando las cosas, creer que ilustra formas antagónicas de ver la vida y ejercer el periodismo cultural. Pero desde un principio sabía que ésta era una fábula falsa. Una extraña fábula, donde no habitan las moralejas.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 29 de mayo de 2006).
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Y tal vez previendo un inminente choque en Alemania 2006, los medios extranjeros también prestaron atención a lo que sucedió el fin de semana en un potrero de Córdoba.
En cualquier momento, se viene el desafío internacional.
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