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Noticias y opiniones sobre libros, escritores, literatura y mercado editorial

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Entries from Diciembre 2006

La carta del escándalo

Diciembre 31st, 2006 · No Comments

Tarcus vs. González, en la Biblioteca Nacional: el texto completo, acá.

Tags: Discusiones y polémicas · Políticas culturales

Blogs y campo intelectual

Diciembre 30th, 2006 · 4 Comments

“El ring side de las polémicas literarias en blogs todavía recuerda la crítica que Quintín escribió sobre la antología de cuentos La Joven Guardia (Norma, 2005) o la entrega del Premio Planeta a Federico Andahazi. Las tintas afiladas volvieron a escribir cuando en noviembre se realizó la mesa debate “¿Qué hay de nuevo, viejo?”, en la que Damián Tabarovsky, Martín Kohan, Daniel Link, Fogwill y Sebastián Hernaiz reflexionaron sobre la “novedad” en la literatura argentina y, desde luego, cuando Washington Cucurto (quizás el escritor más querido y odiado de la escena) inauguró su blog (elcuranderodelamor.blogspot.com) como forma de márketing para acompañar la edición de su último libro El Curandero del Amor editado por Emecé. Todos estos affaires tienen un punto de contacto: en la mayoría, el objeto o difusor de la crítica pertenece a la Joven Guardia, una generación de escritores que ha visto al blog como su natural lugar de expresión, y que, luego de la crisis del 2001, se consolidó como su espacio. Los autores opinan en sus blogs y en blogs de otros, articulando las avenidas de lectura. De esta manera trazan las redes de comunidades hiperlinkeadas.”

El resto del artículo, acá.

Tags: Nueva narrativa argentina · Sobre libros y blogs

Ahora dicen que…

Diciembre 29th, 2006 · No Comments

“Aquí la oferta está digitada, pero con jerarquía y buen gusto”.

Tags: Libros / Novedades · Visto y oído

Ley de mecenazgo / 2

Diciembre 29th, 2006 · No Comments

El texto completo, acá.

Tags: Políticas culturales

Un encuentro con el Indio Solari

Diciembre 27th, 2006 · 36 Comments

El Salinger del rock

La primera vez que sonó el teléfono, la voz del otro lado de la línea se presentó así: “Soy el manager del Indio. Te va a dar la entrevista”. Después, tan repentina como había aparecido, prometió un nuevo llamado y cortó. Exactamente una semana después, el teléfono volvió a sonar. – Anotá –dijo la misma voz, y soltó una dirección en la zona Oeste del Gran Buenos Aires, las afueras de la ciudad: la dirección de una estación de carga de combustible Shell–. Tenés que estar ahí el jueves que viene, a las nueve de la mañana. Va a pasar a buscarte una camioneta Land Rover blanca, o un Ford Mondeo. El contacto se llama Martín.Entonces, la voz desapareció, esta vez para no volver. Valga la aclaración: ¿este no es un reportaje a una estrella de rock? Y la respuesta: sí, pero no se trata de cualquier estrella. Carlos “El Indio” Solari es la más importante, y la más extraña, personalidad del rock que tiene la Argentina. Uno de los músicos más famosos –y menos público– del país. Solari (poeta, compositor, cantante, 56 años) vive, desde hace una década, recluido en su casa, al mejor estilo J.D. Salinger. Hace cuatro que no habla con la prensa, y sólo da entrevistas a un puñado de medios cada vez que le toca presentar un nuevo álbum. Para ser gráficos: es más probable que un periodista logre acceder antes a una entrevista con el Presidente de la Nación que con este esquivo personaje del rock, que lideró, por treinta años, el grupo musical más popular de todos los tiempos: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Los Redondos –así se conoce a la banda popularmente– se separaron a mediados del 2001: lo hicieron en silencio, sin peleas, ni escándalos, ni anuncios de ningún tipo. Un día el rumor comenzó a circular, y sus millones de seguidores quedaron huérfanos de rock. Pero ahora, Solari acaba de lanzar su primer disco solista, “El tesoro de los inocentes (bingo fuel)”, y la expectativa es inmensa. El disco –una producción independiente, fiel al estilo de Los Redondos, que fabricaban y distribuían cada uno de sus discos– salió a la calle el 3 de diciembre y, sin ningún tipo de publicidad, ya superó las 150 mil placas vendidas; una cifra inusual en un país donde la piratería es moneda corriente y la mitad de la población vive por debajo de la línea de la pobreza.

Para llegar hasta aquí, como se dijo, hubo que atravesar un tejido de seguridad que envidiarían incluso líderes políticos de primera línea. Todos conocen el celo de Solari (si bien hasta hoy siempre había rehusado ser fotografiado debajo del escenario, su figura es tan conocida que para ir al cine se escapa a Uruguay, y para caminar tranquilo por la calle, o ir de compras, viaja a Nueva York), así que la tarea fue larga. Primero, conseguir una dirección; luego, un teléfono (El Indio, claro, no figura en listados públicos de teléfono ni nada parecido), dejar un mensaje, esperar. Y aquí estamos, a las 9 de la mañana en la estación de carga Shell. La camioneta blanca llega puntual. Martín invita a subirse con algunos gestos, y pocas palabras. Segundos después, el vehículo corcovea por un barrio de quintas. Después, toma curvas por calles de tierra sin numerar. El viaje dura unos diez minutos, hasta llegar a un portón de hierro negro.

Casi nada se sabe de la vida privada de Solari. Sé que su sobrenombre data de la década del sesenta, cuando era hippie y en lugar de calva llevaba el pelo largo; me enteré también, pese a lo que muchos piensan, que es hincha del equipo de fútbol más popular de la Argentina, Boca Juniors. Y que ama los perros. Aunque esto último quizá se deba más a una obsesión por preservar (en la era de la información) su intimidad; obsesión que linda con la fobia, como se verá. Solari conserva una vieja escopeta calibre 12.70. ¿Un rocker que maneja armas? “He visto muchas cosas, en distintas épocas. Todavía llevo grabada la mirada del primer animal que maté. En ese tiempo, el uso de armas era algo común. Si tu hermano y tu papá iban de caza, vos ibas con ellos. Aunque matar a alguien debe ser como cruzar una frontera extraña. No estoy a favor, pero del ligustro para acá, que nadie venga a romperme los huevos. Cuando está en juego la gente que quiero, no sé que soy capaz de hacer”, declaró en una entrevista, antes de llamarse a silencio. Poco tiempo después su pareja –Virginia, una mujer delgada y morena diez años menor que él– quedó embarazada del primer y único hijo de Solari, Bruno, hoy de cuatro años. A él responde al menos una parte del título del disco del Indio. “Bingo fuel era el término que usaban los pilotos de la Segunda Guerra Mundial cuando en pleno vuelo la aguja indicaba que no tenían más combustible. Algo así como ‘sigamos adelante con lo que tenemos’. Con respecto a mi hijo, he descubierto una inocencia primitiva, algo que pensé que ya no existía. En ese sentido, para mí, el asunto hoy tiene una contradicción básica: cómo criar un angelito que tiene que sobrevivir en una jungla asesina. ¿Qué se hace en estos casos? ¿Le enseñás a defenderse o tratás de transmitirle otras cosas? Uno quiere que sobreviva, pero no que se transforme en una persona horrible”, explicará. Pero eso será dentro de unos minutos, no nos adelantemos.

Confirmado: en su casa hay perros, y son siete. Un segundo después de atravesar el doble portón automático de hierro, Martín recomienda no descender del vehículo hasta que al menos dos de los pastores alemanes (Saturno y Villano, se advierte que son feroces) sean encerrados. El asistente nos guía por un camino que atraviesa un parque, rodea la construcción principal y termina en otra casa, donde El Indio tiene su estudio de grabación y su oficina. Todo rezuma confort, pero en este antiguo casco de estancia no hay lujos. Algo esperable del músico que escribió en 1991, cuando la ostentación se convertía en el modus vivendi de la floreciente cultura menemista, una de sus recordadas frases-slogan: “El lujo es vulgaridad”. La oficina donde se realizará la entrevista es una suerte de playroom donde El Indio da rienda suelta a su hedonismo: allí trabaja, pero también lee, escucha música, escribe, compone, y controla los movimientos de la casa. De un ángulo del techo cuelga un monitor que transmite por circuito cerrado lo que cuatro cámaras de seguridad registran a toda hora. Un pequeño refrigerador, un equipo de audio casero, pilas de cds, una mesa, un escritorio, una notebook y una nutrida biblioteca (libros de Kurt Vonnegut, Norman Mailer, Boris Vian, Ernest Hemingway, Truman Capote, muchos cómics y hasta el ensayo “No logo”, de Naomi Klein) completan el paisaje vedado por siempre a las cámaras de cualquier reportero gráfico.

Finalmente aparece. El Indio viste camisa celeste, pantalón cargo Reebok, zapatillas de cuero Camper. Aunque su figura arriba del ecenario lo desmienta, mide un metro setenta. Lleva gafas oscuras, como casi siempre, aunque sean las nueve de la mañana y estemos en un recinto cerrado. A los pocos minutos de la charla notará este detalle, y como si se sorprendiera, los dejará a un costado. Tiene la voz gruesa, bien distinta a los agudos (”voz de frenada de automóvil”, la definió él alguna vez) que están registrados en sus discos. La inteligencia y la cultura de este hombre son proverbiales -en las entrevistas suele hablar más de política que de música-, pero desconocía su amabilidad. Ofrece café, se sienta, confiesa ser un “fundamentalista del aire acondicionado” y, con el control remoto en la mano, aumenta el nivel del split. Advierte: “No es que me incomode la calidad del cariño del público. Lo que me molesta es la cantidad. Si voy a un hospital a internar a mi madre, antes tengo que firmar treinta autógrafos. Es muy difícil que la gente te transforme en una especie de muñeco diseñado por su necesidad. Se hace difícil tener nuevas relaciones cuando te ponen en el lugar del icono. Esa imagen es muy fuerte, y sospecho que la gente a veces prefiere que uno sea así, ése monstruo, porque ése es el atractivo. Entonces, sólo pueden quedar los amigos de siempre. Está bien, además, soy un poco fóbico. De la única manera en que puedo participar de un hecho multitudinario es si estoy arriba de un escenario. Yo me formé en los 70, años en que era conveniente la clandestinidad. Es por eso que cuando siento que la gente me vigila me da escozor. Pero bueno, tengo claro que el precio de la libertad es la soledad”. Hay tanto por saber: ¿cómo llegó a liderar la banda de rock nacional más popular de todos los tiempos? ¿Cómo es que su rostro adorna afiches y remeras y alcanzó, en la Argentina, una dimensión mítica similar a la del “Che” Guevara? ¿Por qué sus composiciones se convirtieron, con los años, en consignas (”Violencia es mentir”, “Todo preso es político”, “El futuro llegó, hace rato”) recogidas tanto en banderas como en graffitis callejeros?

Las respuestas son parte de una crónica apasionante, que corre paralela a los últimos treinta convulsionados años de vida de la Argentina. La historia de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota comenzó en 1978, aunque algunos de sus integrantes se conocían desde antes. Skay Beilinson, el guitarrista, había estado en París durante los sucesos de mayo de 1968. De regreso en Buenos Aires se encontró con quien sería la manager de la banda, y su pareja: Carmen Castro, alias La Negra “Poly”. Por esos años los dos conocieron al Indio, que había filmado un cortometraje con Guillermo, el hermano mayor de Skay. Ellos tres participaron, a mediados de los ’70, en un grupo multiartístico llamado “La Cofradía de la Flor Solar”, germen de lo que más tarde sería Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El extraño nombre surgió a poco del primer recital: el nombre de fantasía Patricio Rey aludía a una entidad metafísica que se materializaba cada vez que el mismo grupo humano se juntaba. Los redonditos de ricota (buñuelos de queso frito) se repartían durante las primeras presentaciones del grupo, que incluían monólogos disparatados, recitados de poseía y stripteases. Todo un desafío a la autoridad, una resistencia intolerable en los oscuros años de la dictadura militar argentina, donde llevar el pelo largo, o hablar de ciertas cosas podían significar perder la vida.

Con el paso del tiempo, los Redondos se abocaron estrictamente a su veta musical, y ya para el regreso de la democracia, en 1983, eran un referente ineludible de la escena underground argentina. El Indio sorprendía a los seguidores del grupo con sus letras (crónicas sociales de alto contenido simbólico) y la banda los sacudía con un rock ecléctico, inclasificable. Los Redondos llegaron al lugar donde la devoción de su público los cristalizó siguiendo una conducta que hoy es ejemplo para los más jóvenes: jamás firmaron un contrato con una discográfica, nunca pisaron un estudio de televisión, hasta bien entrada la década del noventa no publicitaban sus discos ni sus recitales (la publicidad se hacía espontáneamente, boca a boca), no se fotografiaron nunca debajo de un escenario, sólo ofrecían entrevistas a la prensa los días previos al lanzamiento de un nuevo álbum. La independencia, para ellos, fue casi una ideología. Una serie de dogmas que, quizá no tan paradójicamente en una sociedad de masas, se acabó convirtiéndose en valor simbólico y ayudó a disparar la mitología que rodeó a la banda. Tal vez debido a esta ideología –una manera de comprender el mundo y la cultura rock- es que jamás les interesó establecer comparaciones con otras bandas contemporáneas, como Soda Stereo. Aunque el público y la crítica especializada se hayan cansado de establecerlas. De hecho, durante casi veinte años, los Soda (pop, raros peinados nuevos, modernidad de exportación y popularidad) y Los Redondos (rock inclasificable, crípticas referencias sociales, asiento en la marginalidad local y popularidad) fueron algo así como el River-Boca de la música argentina. Dice El Indio, recortado contra la ventana de su estudio, que se abre al fondo verde del jardín y por donde entra atenuado el sol de las diez de la mañana: “Hasta que aparecieron Los Redondos, en los ochenta, todo el mundo decía que las producciones independientes no podían existir, aunque a nadie le gustase firmar contratos con las corporaciones. Los medios estaban acostumbrados a una especie de trato especial que les daban los músicos para tener buenos comentarios. El mercado del espectáculo es un barrio jodido. Si uno está fichado en una corporación poderosa, esa productora tiene radios y revistas propias, y difusión asegurada. Pero cuando uno lidera una producción independiente sucede todo lo contrario, pueden joderte gratuitamente. Si queríamos alquilar el piso para un estadio, lo que a otros les salía 7 a nosotros nos cobraban 20. En los años ochenta una empresa discográfica compró cientos de copias de ‘Gulp!’, nuestro primer disco, y las guardó en un desván. Todo, para que no progresara la independencia”.

En 1991, con la edición del disco “La mosca y la sopa”, llegaría la masividad. Y la carrera ascendente del grupo se haría irrefrenable. Dentro, e incluso fuera de las fronteras argentinas. Porque si bien a Los Redondos, como grupo, nunca les interesó llevar su música a mercados extranjeros -sino conservar mediante la publicación de un trabajo cada dos o tres años el rol de grupo líder en el mercado nacional- nada podía evitar que sus seguidores viajaran por el mundo acarreando sus discos. Sucedió así un extraño fenómeno de exportación involuntaria. Este cronista puede dar fe de que en lugares tan remotos entre sí como Santiago de Chile, Dublin y Montreal, hay un disco de Los Redondos escuchándose. El Indio sonríe –lo hace más a menudo de lo que uno podría pensar-, conocía este tipo de historias. Le pregunto: ¿cómo se explica que una banda under se haya transformado en la más popular de todos los tiempos? “No lo sé”, asegura Solari. “Suelo tener una mirada de francotirador, pero si el blanco soy yo, no puedo conocer los motivos. No puedo mirar atrás y darme cuenta en lo que estoy involucrado. El eufemismo más definitorio sería decir que estuvimos en el lugar apropiado en el momento apropiado. Desde afuera han querido ver fórmulas, nos han dicho que hacíamos marketing con esto de no ir a los medios. ¿Entonces, si era una estrategia, por qué no lo hacían los demás? Yo tengo por costumbre hablar exclusivamente cuando hago un trabajo. Si no, no tengo nada que decir. La obra es la que tiene que hablar por mí”.

La popularidad llegó, pero tuvo sus costos. Al tiempo que la banda crecía, también lo hacía la marginalidad, la pobreza, la violencia en el seno de la sociedad argentina. Los Redondos sufrirían sus consecuencias. En abril de 1991, un joven de 17 años, Walter Bulacio, fue detenido por la policía en las inmediaciones de uno de los shows de la banda y asesinado a golpes en una dependencia policial. Sería el primer caso de violación de derechos humanos denunciado desde el regreso de la democracia. Si bien nadie fue condenado por el asesinato, hoy, después de 12 años de pleitos judiciales –la familia Bulacio demandó al país frente a la Corte Interamericana de derechos Humanos– el Estado argentino admitió su responsabilidad en el asunto y aceptó pagar una indemnización de 334 mil dólares.

Luego de algunos incidentes registrados durante una serie de conciertos en 1994, la banda optó por no ofrecer más recitales en Buenos Aires y replegarse al interior del país (decisión que duró hasta 1998). Entonces, cada vez que el grupo tocaba en lugares alejados, decenas de miles de jóvenes iniciaban sus propias caravanas. Cierta vez, en 1995, la banda dio una serie de conciertos en San Carlos (provincia de Santa Fe), un pueblo de 10 mil habitantes. En dos días, unos 10 mil seguidores tomaron el pueblo por asalto, doblando la población y dejando almacenes y despensas vacíos de alimentos y bebidas. Cuando los shows terminaron y el pueblo volvió a su ritmo normal, algo en el paisaje había cambiado: se veían cientos de bicicletas abandonadas, por todos lados. La extraña postal tenía una explicación. La gente que no había podido pagar el pasaje hasta allí, lo había hecho robando bicicletas por el camino, pedaleando de pueblo en pueblo.

En 2000, Los Redondos quebraron una marca que, hasta hoy, nadie ha podido superar: llenaron el estadio de River Plate dos días seguidos, logrando los shows con entradas vendidas más grandes de la historia del espectáculo en el país. Unas 140 mil personas pagaron entre 15 y 35 dólares para verlos. Y si bien jamás nadie pudo acceder a la contabilidad del grupo, una suma informal deja entrever que, en dos días, los tres líderes de la banda (El Indio, Skay y la Negra, ya que el resto de los músicos solían cobrar cachet) habrían embolsado, cada uno, un millón de dólares. Pero todo tiene su contracara. Durante el primero de los dos recitales tuvo lugar un hecho que quizá haya propiciado el principio del fin del grupo. Ni siquiera la ponderada filosofía de Solari (”Sostengo la política del guerrero: esperar lo mejor, prepararse para lo peor”) fue suficiente para prever lo que sucedería. A la mitad del primer recital, Los Redondos dejaron de tocar y se retiraron del escenario: alguien, disimulado entre la gente, estaba apuñalando al público. Las luces del estadio se encendieron, y hubo treinta minutos de estupor, hasta que el agresor fue identificado. “Lo mató la misma gente, a patadas, algo así como Fuenteovejuna. Estaba loco el tipo, lastimando inocentes. No justifico la violencia, pero la comprendo”, opina el Indio. El agresor se llamaba Jorge Ríos, tenía 27 años y tiempo atrás había salido de la cárcel. La banda lo sabría recién al otro día. El show debía continuar: Los Redondos consideraron que suspender el recital era más peligroso que continuarlo. Así que sobre el escenario apareció la figura de un Solari visiblemente ofuscado. Y con severidad amonestó a una multitud que se sumió en un profundo silencio. Fue uno de los momentos más extraños y conmovedores de la historia del rock en la Argentina: “Escuchen…escuchen, carajo”, dijo el cantante ante 70 mil personas. “Consideren esta como una de nuestras últimas presentaciones”, aulló. Así fue.

Después de eso, los años de reclusión. Ahora, en su oficina, le comento que alrededor de su figura se tejen miles de historias, que hay gente que cree que vive desconectado de la realidad. Se eriza: también conoce estos comentarios, y no le caen nada bien. “Más desconectado de la realidad vive aquel que está pendiente de la información. Hoy en día toda información es probable. Ahora, desde hace unos años, están de moda los canales de noticias, donde sucede todo en tiempo real. Nada tiene sentido entonces, porque para que algo lo tenga uno debe poder interpretar la realidad que ve. ¿Soy yo el que me estoy perdiendo de algo, o es este sistema paródico el que le hace creer a todo el mundo que realmente vive la vida?”.

¿Cómo ve Solari a la Argentina actual, teniendo en cuenta que su retiro data de la misma época, el 2001, en que el país vivió la crisis económica más importante de su historia? “En la cultura de una sociedad, en su educación, en eso anida la capacidad de saber elegir, y defender la calidad de vida de los ladrones de turno. El tonto no puede oler al diablo, ni si caga en su nariz: ése es el problema. Además, independientemente del ladrón de turno, existe la posibilidad de aprovechar las coyunturas de una manera más lúcida. Si cuando acá todos teníamos la moneda imperial (N. de la R: por la Ley de Convertibilidad, hoy derogada, un peso valía lo que un dólar), en lugar de irnos de vacaciones a Brasil comprábamos hornos cerámicos, tornos de alta competitividad, hoy quizá tendríamos una capacidad industrial diferente. Entonces, más allá de ese latrocinio que hubo durante la década menemista, una sociedad inteligente debe saber aprovechar las coyunturas. El gran problema es que no sabemos que somos una sociedad ignorante: sospechamos alegremente de la corrupción, pero a esta altura la corrupción es estructural. Todos aprendimos a sobrevivir creyendo que somos muy inteligentes si robamos lo que tenemos a mano, y eso nos hace padecer un eterno sojuzgamiento a la pobreza. Hemos postergado la verdad, es penoso. Que alguien pueda comprarte por un poco de dinero es una locura. Bienvenido el dinero, pero si para eso tengo que sufrir un desgaste moral grande, creo que no se justifica. La mayor ambición del hombre no debería ser el aposentamiento económico, sino la justificación de su vida. Estar conforme con cómo nos ve la gente que tiene acceso a nuestra intimidad, eso es ser realmente ambicioso para mí”.

Se lo ve disconforme con ciertas ideas vigentes. Se lo digo. “La gente como yo, que se formó en la cultura rock, equivocados o no, lo hacíamos en serio. Hay un montón de cosas que hoy están de moda, frases ingeniosas como que uno está en esto para seducir mujeres, o que no hay que tomarse las cosas demasiado en serio, o que una canción no cambia el mundo. Por supuesto que una canción no cambia el mundo, pero hubo canciones que cambiaron mi mirada del mundo. Y como soy constructivista pienso que, si cambiaron mi mirada, el mundo efectivamente cambió. Por otro lado eso de las mujeres quizá sea una frase ingeniosa, pero me parece reducir el rol del artista a una especie de estupidez. No tomarse en serio a uno mismo probablemente sea el impulso de los teenagers de hoy, pero cuando yo era joven me tomé muy en serio la cultura rock. Todas las experiencias que hice pretendían ampliar el campo de la conciencia. Ahora estoy a la espera de cambios rotundos que provoquen otra música de fondo. Es la única manera en que acepto este vaciamiento. Me aburre la postura de los artistas de hoy, al menos la de aquellos que han aceptado la mirada posmoderna. Porque yo creo que para que la vida tenga una pulsión, la gente tiene que tener ideales”. ¿No advierte en la sociedad alguna forma de resistencia? “Sé que en los nervios de los jóvenes hay más información de futuro que en la experiencia que yo tengo. Desgraciadamente, esta pauperización que vivimos los transforma en seres bastante más primitivos que los que éramos nosotros de jóvenes. Pero quizá esta especie de vaciamiento cerebral que nos están haciendo sea la antesala de una sociedad… virtual. Siempre estoy esperando lo mejor. No soy escéptico, tengo la esperanza de que algo venga a renovar el espíritu vital. Por más que la cultura hoy esté confirmándome, yo quiero saltar por encima de ella. No quiero ser un tradicionalista: si el rock no muere nunca, esto va a ser un aburrimiento”.

Lo dice la estrella de rock más importante de la Argentina. Suena el teléfono, atiende. Aprovecho para mirar alrededor. Detrás de la puerta hay una gran foto enmarcada que lo muestra al pie de las escaleras que conducen al baño del mítico reducto neoyorquino de rock CBGB. Allí, entre otros, debutaron The Ramones. El Indio vuelve, se sienta, casi sin gesticular sigue demoliendo mitos. “Abandoné la bohemia hace rato, empiezo el día muy temprano. Me levanto a las cinco y media de la mañana. He descubierto que ése es el momento en el que estoy más lúcido. Cuando me mudé para acá me pasaba toda la noche tomando whisky y jugando al pool. El canto de los pájaros, al otro día, era una molestia. Y entonces hice un cambio, en el que influyó también el nacimiento de mi hijo. Me di cuenta que mi vida ya no significaba lo mismo. Descubrí una alternativa de lucidez, a la mañana, despertándome a esta hora. A eso de las ocho ya estoy en una buena actitud, que por lo general dura hasta el mediodía”. ¿Cuál es su método de trabajo? “Trabajar todo el tiempo. La casualidad ayuda a las mentes dedicadas”.

Nos preparamos para escuchar su disco. “¿Te molesta si me recuesto en el sillón?”, pregunta, y se echa pasando uno de los brazos por debajo de la cabeza. Enciende el equipo de audio, lleva el volumen al máximo. El disco abre con un sonido que simula una grabación en directo. Van pasando las canciones. El track 9 se llama “Pabellón séptimo”, y su letra es una crónica carcelaria, de una crudeza que no se suele frecuentar la pluma de Solari: “Me asfixio Dios/ Pienso en mi cara…se está quemando ahora mi cara ¡Dios! / Una explosión y los colchones se prenden fuego y nos quemamos vivos/ Quiero salir, quiero escapar, las puertas siguen encerrojadas/ El pabellón, en un segundo, se nubló todo y ya no vemos nada más”. Solari, por primera vez, se queda en silencio. Y explica. “La canción es una crónica de un hecho real que sucedió en 1978. Una masacre de presos comunes en la cárcel de Villa Devoto. Ahí murió un amigo mío… si había alguien que no tenía que estar ahí era él. Tenía un problema psíquico, lo engancharon en la casa de una novia, con unas tabletas de ácido lisérgico, y lo metieron en un pabellón cualquiera. Un día hubo una revuelta y los masacraron a todos. Sé que la letra, en este momento en que se habla tanto de los secuestros y se exige seguridad a cualquier precio, es algo políticamente incorrecto. Pero bueno, yo siempre dije que todo preso es político. Y hay lugares donde la sociedad tiene que ver el grado de horror que es capaz de producir. Me ha tocado visitar cárceles, tengo amigos en el cielo y el infierno: hay allí un horror permanente. Sin tomar en cuenta que eso marca de movida la imposibilidad de la resocialización de nadie que entre ahí. No se puede combatir el canibalismo comiéndose al caníbal, no está bien que el Estado haga eso. La represión nos transforma a todos en pares de aquellos que cometen crímenes”.

Han pasado cuatro horas de entrevista. El Indio se levanta. Dejamos su oficina y salimos al exterior, donde el sol del mediodía cae recto. La personalidad más destacada y enigmática del espectáculo argentino de las últimas décadas se despide con un beso, da media vuelta, desaparece en su casa. Por delante se abren quién sabe cuántos años de futuro silencio público. En mi cabeza resuena una de las frases más bellas del disco: “Si no hay amor que no haya nada entonces, vida mía, no vas a regatear”. Toda una declaración de principios, para este principio de siglo.

Por Maximiliano Tomas para Gatopardo (Colombia), febrero de 2005.

Tags: Artículos, crónicas y reportajes

Confesiones de escritores

Diciembre 24th, 2006 · 1 Comment

Toda literatura es, de alguna o de varias maneras, autobiográfica. ¿Pero qué es de las confesiones cuando se realizan más allá de la ficción –y, por supuesto, fuera del ámbito psicoanalítico? ¿Puede haber literatura en el estricto terreno de las confesiones? Claro que sí. Una de las pruebas actuales más evidentes puede rastrearse dentro de la amplia difusión del fenómeno blog. Con esta idea de base, la de un encuentro mensual donde tres artistas –escritores, pero también actores, cineastas, músicos– se reúnen para contar algo íntimo, Cecilia Szperling viene generando, desde 2005 y dentro del Centro Cultural Rojas, uno de los experimentos narrativos más interesantes de los últimos tiempos. Ese proyecto, llamado “Confesionario: historia de mi vida privada”, tuvo entre sus invitados a Edgardo Cozarinsky, Mauricio Kartun, Daniel Molina, Sergio Pángaro, Martín Prieto, Albertina Carri y Martín Rejtman, entre muchos otros, y acaba de ser recogido en un libro por momentos apasionante.
“Atarse al mástil del barco y acompañar al relator en las peripecias del yo. Si la experiencia es verdadera, barre con el narcisismo. El yo se expande y es un océano sin límite ni forma”, escribe Szperling en el prólogo a la antología que reúne las intervenciones del primer año del ciclo. La autora cuenta que cuando surgió la idea, allá por 1997, se le hacía muy difícil encontrar invitados. Pero que, una vez que las reuniones echaron a andar, se generó una fuerte corriente de interés que dio lugar a ocasiones memorables: “En la primera temporada hubo varios momentos intensos –dice Szperling–: Rosario Bléfari y su relación conflictiva con una amiga de dinero, mientras ella estaba sin un peso. La confesión de Susana Pampín en su carta al padre (‘Te preguntarás qué fue de Pablo y de mí, bueno, él tiene novio y yo tengo novia’). El acto performático de Martín Kohan al romper su confesión. Hebe Uhart y su ex novio borracho. Anna Kazumi Stahl y los manejos de poder familiares. El texto de María Moreno sobre el taxi boy flojo. Me gusta mucho el diario íntimo de Alan Pauls, me parece que sale del diario del hombre siempre solo contra el mundo y explora detalles del amor muy agudos y banales a la vez”. O la noche en que Federico Andahazi, recuerda, aseguró: “Si yo tuviese una vida interesante, la contaría. Pero no lo es”.
Más allá de los intereses de cada lector, hay que decirlo, las piezas que mejor funcionan son las que se ciñeron más estrictamente a la consigna. Ahí donde falla lo de Marcelo Cohen (un work in progress de su última novela), lo de Washington Cucurto (algunos relatos recogidos posteriormente en libro) o lo de Martín Rejtman (un mero intercambio de mails), ganan en profundidad, por contraste, otros relatos hilarantes y conmovedores. La escena del diario de Pauls en que juega a seducir a su hija en un bar imaginario; la mencionada carta de Pampín; la desopilante historia de fama y celebridad, llena de malentendidos, que confiesa Laura Ramos; la tragedia de la muñeca perdida de Daniel Molina y, tal vez, el texto más crudo de todos: la intensa experiencia narrativa de Pablo Pérez.
Los escritores suelen ser grandes mentirosos –con un mayor o menor grado de talento. Aun, o sobre todo, cuando hablan de sí mismos. Sorprenderlos en este libro en esos momentos en que, por voluntad propia o por descuido, deciden bajar la guardia, es algo que bien vale la pena.
 

 

(Publicado el domingo 24 de diciembre en el suplemento de Cultura de Perfil).

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

Vivos y con buena salud

Diciembre 22nd, 2006 · 2 Comments

La joven guardia: Nueva narrativa argentina has its peaks and valleys, like any short-story collection; however, it is proof that Argentine fiction is alive and well. Let’s hope that these “young guards” of literature find their readers.” 

La antología de las mil vidas, en la World Literature in Review.

Tags: Nueva narrativa argentina

Entrevista con Amélie Nothomb

Diciembre 20th, 2006 · 1 Comment

Amélie Nothomb nació en Kobe, Japón, en 1967, y vivió parte de su vida entre China, Bangladesh, Birmania, Laos y Nueva York. Es hija del embajador de Bélgica en Roma. Se considera a sí misma una grafómana: vive recluida en un pequeño departamento donde pasa sus horas escribiendo. Y lo hace, además, a mano: no tiene computadora y tampoco sabe utilizarlas. Publica, desde 1995, una novela por año. Sus libros suelen ocupar por meses los ránkings de libros más vendidos en Europa. Si bien, como dice, escribió siempre, su primera novela publicada fue Higiene del asesino, que vendió 350 mil ejemplares en 1992. La consagración definitiva le llegó en 1999, con Estupor y temblores, que alcanzó los 450 mil ejemplares, obtuvo el Gran Premio de Novela de la Academia francesa, y fue adaptada al cine en el 2003. Desde entonces sus libros son traducidos a 23 idiomas. 

– Nació en Japón, es hija de padres belgas, y es la más joven y exitosa escritora de las letras francesas. ¿A qué cultura siente que pertenece? 

– Soy belga, pero no pertenezco a ninguna cultura en particular. Y creo que estoy muy bien así. 

– Suele describirse como “grafómana”. ¿Qué significa escribir para usted? 

– Bueno, empecé a escribir a los 17 años, y no paré desde entonces. Rápidamente, la escritura llegó a ser todo. Hoy puedo decir que es –literalmente– mi vida. 

– Muchos escritores adoptan métodos de trabajo. ¿Cuál es el suyo? 

 – Mi método es escribir siempre, todo el tiempo. Aún cuando no escribo, lo estoy haciendo en mi cabeza. 

– Borges dijo algo parecido. ¿Ha leído literatura argentina? 

– He leído a Borges, por supuesto. Pero a nadie más. El resto es deuda pendiente. Espero sepa disculparme por esto. 

–¿Cuáles son sus orígenes literarios? 

– Tuve una infancia y una adolescencia solitarias, así que leí mucho. Me formé, sobre todo, leyendo a los grandes clásicos franceses de la biblioteca paterna: Stendhal, Baudelaire, Flaubert, Diderot, Colette. Pero la lectura no me llevó a escribir. El libro que me incitó fue “Carta a un joven poeta”, de Rilke. 

–No es habitual que una escritora tan joven publique tanto. A esta altura, ¿cuáles son sus libros que más le gustan? 

– La verdad, ninguno. 

– Cuando era pequeña vivió en una residencia para hijos de diplomáticos con George Bush Sr., el padre del actual presidente de los Estados Unidos, ¿qué recuerda de esa época? 

– Entre 1972 y 1975 viví encerrada en el ghetto de San Li Tun, en Pekín, en China Popular. Allá, toda la comunidad extranjera estaba encarcelada, entre ellos George Bush padre, y yo. No fueron los mejores momentos de mi vida, y con los recuerdos que tengo de ésa época escribí mi novela “El sabotaje amoroso”.  

– ¿Qué opina del mundo que empezó a diseñarse después del 11 de septiembre del 2001? 

– Que el apocalipsis parece estar cada vez más cerca. Por eso, creo que éste es el verdadero tiempo de vivir. 

– En “Higiene del asesino” cita implícitamente conceptos sartreanos fundamentales, aunque Sartre mismo no queda muy bien parado. ¿Cree, como él, en el compromiso del escritor? 

– El compromiso es inevitable pero no proviene de la voluntad del escritor. Está, a pesar suyo. De todas maneras, creo que los escritores no tenemos casi ningún poder. 

– Muchos afirman que los temas de la literatura son siempre los mismos. A lo sumo, cinco o seis ¿Cuál es el suyo? 

– Yo tengo uno solo. Mi único tema, el fundamental, es el enfrentamiento entre los seres humanos. 

– Se dice que si no fuera por usted y por Michel Houellebecq, la literatura francófona estaría muerta. ¿Se conocen? 

– Sí, lo conozco. Y valoro lo que escribe. Pero no son sus novelas las que me llevo a la cama para leer antes de dormir. 

 

Por Maximiliano Tomas para la revista Noticias, enero de 2004 –una versión alternativa apareció más tarde en la revista Ñ. 

Esta es la única entrevista que la autora concedió a un medio argentino hasta la fecha. 

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Si pudiera

Diciembre 19th, 2006 · 10 Comments

Una amiga, buena lectora, se encuentra con dos meses de vacaciones por delante y me pide una lista de recomendaciones.

Hago memoria y pienso, si tuviera el mismo tiempo, qué libros me gustaría releer. Ya.

Y se me ocurren:

El derrumbe de la Baliverna, Dino Buzzati.

Ruido de fondo, Don Dellilo.

La mujer rota, Simone de Beauvoir.

Luz de Agosto, William Faulkner.

Pecados sin cuento, Richard Ford.

El factor humano, Graham Greene.

Sirenas en el campo de golf, Patricia Highsmith.

Las partículas elementales, Michel Houellebecq.

La herencia de Eszther, Sandor Márai.

La soledad de las parejas, Dorothy Parker.

El pasado, Alan Pauls.

Levantad, carpinteros, las vigas del tejado, J.D. Salinger.

El muro, Jean-Paul Sartre.

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De aquellos polvos, futuros lodos

Diciembre 17th, 2006 · 3 Comments

¿Cómo evitar la decisión, tan habitual, tan misérrima, de hablar bien sobre un escritor una vez que ya no está? ¿Por qué no hacerlo antes, por qué repetir el gesto, siempre sospechoso, de crear un mito a partir de la desaparición física?Dicen que nació mientras llegaban a un nuevo Asentamiento.
Que su madre, la Cantora, lo parió caminando, atada al borde de un carro, medio colgada, medio arrastrada.

En este caso, todo se debe a una coincidencia funesta. Aunque obtuvo el Premio Casa de las Américas en 2002 y fue publicada por Interzona en 2004, supe de Rafael Pinedo y su novela Plop hace poco más de un mes, cuando en una charla sobre nueva narrativa varios de los participantes mencionaron el libro como uno de los más asombrosos de los escritos en los últimos tiempos. La recomendación me llegó tarde. Terminé de leerla, finalmente, el domingo pasado. El mismo día, Pinedo murió de cáncer. Tenía 52 años. Estaba enfermo, pero en las últimas semanas se lo veía recuperado: incluso trajinó los pasillos de varias editoriales y cerró trato con Interzona para publicar, en 2007, su segunda novela: Subte.Los tontos, débiles o muy rebeldes van a parar a Voluntarios Dos, para que no duren. Los que tienen enemigos, a Recreación Dos; los que cuentan con un propietario, o son adquiridos por alguien importante, pueden zafar de esas brigadas y van a Comando o Recreación Uno. Al resto, la mayoría, se los asigna a Servicios.

Plop es, sólo en la superficie, una novela sencilla. Pinedo empezó escribiendo cuentos brevísimos, hasta que vio que allí incubaba una novela. Lo primero que llama la atención es la consecuencia con la que Pinedo lleva a cabo una poética de la sustracción, una lucha contra la propia escritura. Como en los mejores cuentos cortos de Hemingway, o de Carver –aunque a la vez muy lejos de ellos–, a la novela de Pinedo parece no sobrarle una línea, una sola palabra.No estaba satisfecho. Desde hacía un tiempo tenía sexo todos los días, y varias veces por día. Y no estaba satisfecho.
Se despertaba con una erección tan fuerte que le dolía.
Se había acostumbrado a dormir con alguien para usarlo a la mañana.

Aunque objeto completamente extraño a la producción actual hay, claro, una filiación posible entre Plop y un clásico de la literatura argentina contemporánea: Los pichiciegos. Para Los Pichis de Fogwill, como para El Grupo de Pinedo, hay una sola manera de vivir la vida: sobreviviendo. Sería fácil decir que Plop habla de un mundo primigenio, o de lo que quedará de nosotros cuando ninguno de nosotros esté ya aquí. Pero sería más atinado señalar que Plop es un libro que condensa el presente de la manera más radical. Que habla de nosotros hoy (la miseria diseminada, la violencia absurda, el sexo como imposición o como simple mercancía), ahora mismo, que transparenta como pocas ficciones los mecanismos que mueven los hilos de nuestra sociedad. Una novela del presente, entonces, apenas disfrazada de distopía.Lo bajan con una soga atada a un pie. Por la mitad lo sueltan.
Cae al barro.
Hace plop.

Pero Plop es también, o sobre todo, una lograda parábola sobre el poder: sobre el camino hacia su obtención y los intentos por conservarlo. Aunque no se sepa bien por qué, ni para qué. Es en este último sentido, y no en la posibilidad de ser leída como un viaje espeluznante hacia la degradación antropológica, en donde se cifra la rotunda vigencia y actualidad de esta novela breve, revulsiva, imperdible. (Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 17 de diciembre de 2006.)

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“Ley de Mecenazgo”

Diciembre 16th, 2006 · 1 Comment

Ley de financiamiento para artistas 

En la sesión del jueves 14, la Legislatura porteña aprobó el proyecto de ley que crea el Régimen de Promoción Privada de la Cultura, destinado a estimular e incentivar la participación privada en el financiamiento de proyectos culturales que aportan al crecimiento cultural y social porteño.   El mismo surge del consenso de la mayoría de los bloques y fue promovido por los legisladores Rodrigo Herrera Bravo (CPC), Teresa De Anchorena (ARI), Diego Santilli (Juntos por Bs. As.) y Gabriela Michetti (CPC). 

Qué estipula la ley: 

           Las personas y/o empresas que financien -con aportes dinerarios y/o no dinerarios- algún proyecto cultural sin fin de lucro en la ciudad de Buenos Aires, que haya sido declarado de interés por el Consejo de Cultura podrán tomar un porcentaje del mismo como pago a cuenta de lo que debería abonar en concepto de ingresos brutos. La ley también alcanzaría a los monotributistas, con el objetivo de incentivar programas barriales.            Los proyectos culturales que son atendidos por ese régimen deben ser sin fines de lucro y estar relacionados con la investigación, capacitación, difusión, creación y producción en las diferentes áreas del Arte y la Cultura, tales como: teatro, circo, murgas, mímica, danza, música, letras, poesía, narrativa, ensayo, artes visuales y audiovisuales, artesanías, patrimonio, diseño, arte digital, publicaciones, radio, televisión y sitios de interés con contenido artístico y cultural. 

          Tanto los aspirantes a ser benefactores como los aspirantes a ser beneficiados, deberán inscribirse en un Registro de acceso público.

          De ese registro, serán beneficiadas por el régimen creado aquellas iniciativas que sean aprobadas por un Consejo de Promoción Cultural (creado por esta ley), integrado ad honorem por funcionarios del gobierno de la Ciudad elegidos por el PE y la legislatura y personalidades destacadas de la cultura.

          Los contribuyentes adheridos al Régimen Simplificado del Impuesto sobre los Ingresos Brutos podrán otorgar montos hasta el total de su obligación anual, los demás contribuyentes tendrán un tope del 2% de la determinación anual del Impuesto a los Ingresos Brutos del ejercicio anterior al del aporte. 

          El proyecto se inscribe en un marco general de legislación de apoyo privado a las actividades artísticas, como los existentes en Chile y Brasil, que destinan cuantiosos recursos a apoyar su oferta artística, y en países desarrollados, como Estados Unidos y España. 

Tags: Políticas culturales

Quito el seguro de mi rabia y disparo

Diciembre 16th, 2006 · No Comments

¿Lecturas de verano?

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Martín Caparrós, sobre la crónica periodística

Diciembre 15th, 2006 · 4 Comments

“La crónica no es sólo un lujo narrativo, también es una posición política… quiero decir, frente a esta decisión de los grandes medios de actualidad de postular que importa lo que le sucede a la gente que tiene poder, la crónica habla de otro tipo de gente. Para las personas comunes, la única posibilidad de salir en los diarios es un choque de trenes, un crimen pasional o algún que otro accidente. Sin sangre es muy difícil que una persona común salga en los diarios. Los que salen en los diarios son los que tienen poder. Políticos, económicos o del espectáculo: actrices, futbolistas, modelos, etc. Y eso postula una idea muy fuerte del mundo: que lo que importa es lo que le pasa a la gente que tiene poder. Eso es lo que te está diciendo el diario todo el tiempo. Marca agenda y marca una forma de ver el mundo. En cambio la crónica habla de otra gente. Y en ese sentido me parece muy política”.

El resto de la entrada y la entrevista, acá.

Tags: El oficio de escribir (sobre periodismo)

Apuntes sobre crónica periodística*

Diciembre 14th, 2006 · 9 Comments

Es probable que lo que hoy conocemos como crónica periodística haya estado siempre ahí: desde Heródoto a Truman Capote, pasando por las aventuras de los adelantados del siglo XV y los viajes de los naturalistas del siglo XIX. Todos, a su manera y con fines distintos, se vieron tentados a narrar y describir los hechos más interesantes de su tiempo –y a dejar su propia huella en aquellos relatos.

Ya entrado el siglo XX en la Argentina –más precisamente entre 1950 y 1970, mientras en los Estados Unidos el mismo Capote junto a Tom Wolfe y Norman Mailer se aplicaban a tareas similares, y hallaban para lo que hacían un nombre con alta potencialidad comercial: New Journalism– supo florecer una generación de cronistas notables, que ejercían el periodismo con todas las herramientas que ofrecía la ficción literaria, entre los que destacaban Enrique Raab, Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez. Pero por razones obvias, durante la dictadura militar (1976-1983), el género pareció replegarse –al centrarse en las historias que el periodismo tradicional suele soslayar, profundizar en sus razones, indagar sus causas, cambiar el foco del interés o prestar voz a los que no la tienen, la crónica construye muchas veces el relato del antipoder. Y con el regreso de la democracia los medios de mayor circulación parecen haberse dedicado primero a dejar constancia de los crímenes de la represión ilegal para, más tarde, a lo largo de la década del 90, hacer de la investigación de la corrupción estatal su tópico casi excluyente.Así, mientras en su gran mayoría los medios de prensa se dedicaban a fiscalizar, investigar y juzgar a los funcionarios de la alta política, el interés por la crónica periodística (por lo que algunos denominan periodismo narrativo) menguó hasta casi desaparecer. Aunque hubo una honrosa excepción: casi en solitario, Martín Caparrós se erigió como el gran cronista argentino, que no sólo entregaría una exquisita saga de sus viajes por el mundo (Larga distancia, Dios mío y más tarde La guerra moderna) sino que también proyectaría la influencia de su sombra sobre la generación de cronistas que estaba por nacer.

A partir de la crisis socioeconómica de diciembre del 2001, parece haber surgido, entre tantas otras cosas, una extraña ola de interés por la reconstrucción del pasado nacional, lo que propició un fenómeno de ventas de libros de lo que se conoce como “divulgación histórica”. Trabajos que revisaban la historia argentina escritos por profesores de historia y periodistas (Los mitos de la historia argentina, de Felipe Pigna, o Argentinos, de Jorge Lanata), que se mantuvieron al tope de los rankings de ventas durante meses, propiciando el boom más visible de la industria editorial en las últimas temporadas.

De forma paralela, pero de una manera mucho más silenciosa (aunque constante), también comenzaba a tomar forma el relato de la historia argentina reciente –una suerte de micro historia o “historia desde abajo”–, narrada por la que parece ser la generación de cronistas más notable desde los años ‘70, conformada por periodistas de entre 25 y 40 años que trabajan en medios de prensa escrita y vienen, en su mayoría, de las carreras de periodismo o letras. Aunque frente a la ausencia de espacios afines en el país, se ven obligados a publicar sus trabajos en las revistas de crónicas más destacadas de América latina (Gatopardo, Soho, El malpensante, Etiqueta negra). Por más que se trate de un movimiento en gestación, pueden señalarse ya, sin temor a equivocaciones, algunos nombres que lo integran: Cristian Alarcón, Josefina Licitra, Leila Guerriero, Alejandro Seselovsky, Cicco, Gonzalo Sánchez. Muchos de ellos han entregado, en los últimos cinco años, su primer libro, en los cuales abordan fenómenos sociales como la delincuencia o los suicidios juveniles, el desempleo, el avance de las iglesias evangélicas o la venta de tierras nacionales a manos extranjeras. Historias curiosas, crudas e inteligentes donde se trabaja tanto desde los documentos como desde el trabajo de campo y que se destacan, sobre todo, por el involucramiento subjetivo inherente al género y su altísima calidad narrativa.

Frente al temor que profesan los medios masivos de comunicación ante el avance arrollador de las nuevas teconologías –que hacen pensar que el periodismo tal cual existió en las últimas décadas tiene los días contados– la crónica periodística vuelve a aparecer como una opción superadora. En breve, la información noticiosa estará disponible a un solo click –gratis, y plausible de ser actualizada en tiempo real. Tal vez entonces los medios argentinos de circulación masiva vean en el regreso al periodismo narrativo la mejor solución para ofrecer, a un lector exigente y atento, lo que va a demandar por su paga: análisis, reflexión, opinión y un trabajo minucioso y diferenciador en la confección narrativa de los relatos.

*Testimonio solicitado por Mariana Enriquez para un artículo sobre el género.

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Tsunami textual e infraliteratura

Diciembre 11th, 2006 · 10 Comments

Después de escribir, el domingo pasado, acerca del peligroso límite de saturación al que se dirige el mercado editorial, entre el lunes y el martes llegaron a mi escritorio decenas de paquetes que contenían, a su vez, decenas de nuevos títulos que ya abarrotan las mesas de novedades de las librerías. No es nada personal: son las fiestas de fin de año y la proximidad de las vacaciones, es decir, la máxima oportunidad que tienen los agentes de la industria cultural para ajustar sus balances anuales. Pero: ¿cómo elegir qué comprar en medio de este tsunami textual? ¿Cómo señalar brillos en el fango, sin caer en la recomendación explícita? Mi idea es que no se puede. Y mi consejo: eludir los lugares comunes del consumo, vivir el dulce escozor de traicionar las decisiones evidentes.

Etonces, lector: tómese dos segundos de más y evite comprar los libros de siempre –Pigna, Coelho, Allende, Vargas Llosa, Restrepo, Andahazi, pero también Borges, Bioy y Cortázar. Hay otros títulos, más frescos, arriesgados, divertidos: en fin, caminos mejores y menos transitados. En ficción local: Montserrat, de Daniel Link (Mansalva); Ocio, seguido de Veteranos del pánico, de Fabián Casas (Santiago Arcos); Sierra Padre, de María Martoccia (Emecé). Extranjera: Kafka en la orilla, de Haruki Murakami (Tusquets). Ensayos y biografías: Bosquejo de la infancia, de Thomas De Quincey (Caja Negra), y María Antonieta. La última reina, de Antonia Fraser (Edhasa). Crónica y periodismo: Yo fui un porno star y otras crónicas de lujuria y demencia, por Cicco (El cuenco de plata).

Llegaron a la redacción por estos días, también, sepultadas por el peso de los libros, dos revistas. La flamante 2046 –revista de literatura sin literatura, así se define– y el último número de Otra parte. Esta última abre con un artículo llamativo, titulado “Revancha”: Alan Pauls, uno de los prosistas más destacados de la narrativa argentina contemporánea, leyendo críticamente la literatura de épica barrial de Fabián Casas. Pauls se sirve de los libros –breves, nostálgicos y violentos– de Casas para repensar conceptos como el populismo y la nominación, y tópicos como la adolescencia y el pasado convertidos en objetos privilegiados de la narración.

Pero quizá lo más interesante no sea ni la comparación que Pauls establece entre Casas y Roberto Arlt –“el capital de sadismo socarrón que ambos invierten en relación con la cultura”–, ni el ambiguo elogio donde lo señala como el autor de “los mejores principios de relato de los últimos tiempos”. Meses atrás, en la misma publicación, Marcelo Cohen escribió un artículo en el que trazaba un mapa de la literatura argentina actual, y la dividía en “infraliteratura”, “paraliteratura” e “hiperliteratura”. Casas, como Washington Cucurto, integraban la primera de estas clasificaciones. A lo de Cohen se suma ahora lo de Pauls, y también la lectura que hace Beatriz Sarlo de “la hipérbole de la lengua baja” y el “populismo posmoderno” de los relatos de Cucurto, en Punto de Vista de diciembre.

Es decir: si bien parece demasiado temprano para preguntarse por la incidencia de las poéticas de Casas y Cucurto en la literatura argentina, la confluencia de lecturas desde las páginas de estos órganos de pensamiento, hasta hace poco impensadas, indican con claridad que algo está sucediendo con ellas.

(Publicado el domingo 10 de diciembre en el suplemento de Cultura de Perfil).

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Tradición oral

Diciembre 8th, 2006 · 1 Comment

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“Escribo para no ser escrito” ( R.F.)

“Yo también empecé escribiendo esas tonterías” (V.B.)

Últimas dos entradas de un proyecto más que atendible.

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Homenaje a Héctor Libertella

Diciembre 8th, 2006 · No Comments

Sábado 9 de diciembre a las 20: Rafael Cippolini, Marcelo Damiani, Laura Estrin, Ricardo Strafacce y Damián Tabarovsky recuerdan a H.L.

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En “Die Brucke” (Púan y Bonifacio, 1er piso).

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Deja que te cuente, para que tú veas

Diciembre 7th, 2006 · 9 Comments

En el principio fue Jorge Fernández Díaz, que la vio antes que nadie, escribió una novela llamada Mamá y se cansó de vender libros -para el Día de la Madre, y también durante el resto del año.

Después vino Federico Jeanmaire, que publicó Papá, y le fue un poco menos bien.

Ahora, con las novedades de diciembre, en medio de una catarata insufrible de ejemplares para vender en Navidad y leer en la playa (de hecho, la nueva colección que lanza la revista Ñ se llama así) Planeta distribuye un libro de Ariel Magnus que se llama, nada menos, La abuela.

Todo bien, muchachos, estamos de acuerdo: la originalidad no existe. Pero va siendo hora de dejar de currar.

¿Qué vendrá después? ¿Mi tía? ¿Mi primo segundo? ¿El chozno?

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Para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero

Diciembre 6th, 2006 · 1 Comment

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Cuentos breves para leer en el colectivo 2. 

Andréiev / Bierce / Chejov / Chopin / Kafka/ London / Mansfield / O. Henry / Saki / Schwob / Sienkiewicz / Twain y otros.

Cuentos y biografías de los autores. 

Traducciones al castellano actual, especialmente hechas para esta edición, a cargo de Luz Freire.

207 páginas, Grupo Editorial Norma, diciembre 2006.

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Sobre “La Patagonia vendida”

Diciembre 6th, 2006 · 1 Comment

Sánchez x Gorodischer en Página/12 de hoy.

El libro, que ya va por su segunda edición, se presenta mañana a la noche en la librería Prometeo (Malabia 1720, Palermo). 

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Cultura y reciclaje

Diciembre 5th, 2006 · 9 Comments

La revista Ñ del sábado pasado evidencia una serie de modificaciones de diagrama y diseño: ahora declaran el staff completo -quién tiene a cargo cada editoría- de la publicación, incluyen una sección de “chimentos culturales” a cargo, al menos en esta ocasión, de Patricia Kolesnicov y publican, como sección individual, el primero de lo que se adivina una serie de “cuentos breves” (esta última idea la tengo vista antes de algún lado…).

¿Cuánto tendrán que ver estos cambios con la noticia, ya confirmada por varias fuentes, de que el diario La Nación lanzará en 2007 un suplemento de Cultura opcional -es decir: pago-, los sábados, que estará dirigido por Tomás Eloy Martínez, quien volvería a residir en la Argentina?

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El revés de la trama

Diciembre 3rd, 2006 · 18 Comments

¿Sabe el lector cómo funciona la industria cultural? ¿Tendría que saberlo? ¿Querría? ¿Saben los lectores que en 1983 se publicaron 4.230 títulos; en 1993, unos 8.215; en 2003, 14.375, y que en lo que va de 2006 esa cifra ascendió a 16.875? ¿Sabe el lector que la mayoría de esos títulos no llegan siquiera a exhibirse en las librerías, que van derecho a los depósitos, y que sólo son desempolvados para emprender un corto viaje a las mesas de las librerías de saldo? ¿Sabe que es imposible asimilar o reseñar, que ya no leer, el diez por ciento del volumen de ejemplares que las editoriales distribuyen cada mes?

¿Sabe el lector que, según un estudio del Sistema Nacional de Consumos Culturales, el 52 por ciento de los argentinos afirmó, en 2005, no haber leído un solo libro? ¿Que el libro más leído es la Biblia? ¿Sabe que los editores no tienen, por lo general, idea de cómo va a funcionar cada libro que editan? ¿Sabe que como se supone que las mujeres compran más libros que los hombres, hay gerentes editoriales que piden, por estos días y a los gritos, “libros de mujeres sobre mujeres para mujeres”? ¿Sabe que hay otros editores, los menos, que serían capaces de jugarse la vida por un libro más allá de cómo pueda funcionar comercialmente? ¿Sabe que hay otros, muchos, que viven de cobrarles a incautos escritores noveles precios exorbitantes por editar libros de mala factura que ni siquiera llegan a distribuirse?

¿Sabe el lector que el promedio de venta de un escritor argentino son 400 o 500 ejemplares? ¿Sabe que la literatura argentina existe, que no se agota en Borges, Cortázar, Soriano, Aguinis o Andahazi? ¿Le interesa, acaso, saberlo? ¿Sabe el lector cuántos ejemplares vendidos se necesitan para convertir a un autor en best seller? ¿Sabe que un libro que venda, pongamos, unos mil ejemplares, en diez días figurará entre los cinco primeros puestos del ranking? ¿Sabe que el tiempo de mayor venta –deberíamos decir: de la única venta fuerte– son las fiestas de fin de año?

¿Sabe el lector que no existen más de dos o tres escritores argentinos que viven de la venta de sus libros? ¿Sabe que, en el mejor de los casos, estos autores cobran sólo el diez por ciento del precio de venta de tapa de cada ejemplar? ¿Sabe que los escritores suelen vivir de becas y concursos, de la docencia, de dictar talleres o ejercer el periodismo cultural? ¿Sabe que las librerías, que por lo general reciben el material en consignación, se quedan con el 40 o el 50 por ciento del precio de tapa de cada libro que venden? ¿Sabe que entre las dos o tres cadenas de librerías más importantes del país se reparten el 80 por ciento del mercado?

¿Sabe el lector que se sospecha que la mayoría de los premios literarios están arreglados de antemano? ¿Que existen, y no son pocos, los periodistas culturales radiales y televisivos –y deberíamos decir, aunque en menor medida, gráficos– que cobran cachet por entrevistar a autores, por llevarlos a un estudio y quemar con ellos segundos de aire? ¿Sabe que algunos de los artículos que lee en los suplementos culturales y revistas especializadas son en verdad una extensión de la pauta publicitaria, que esos espacios se ofrecen y negocian?

¿Sabe el lector que no sólo se publica sino que también se escribe de más? ¿Sabe cuántos kilos de manuscritos y originales que no tienen el menor valor artístico –y algunos otros que sí lo tienen, y caen en la redada– son rechazados sin haber sido leídos, todas las semanas, en las editoriales? ¿Cuál es el futuro de una industria cultural y editorial que se acerca de manera irrefrenable a su punto máximo de saturación? ¿Cuál?

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 3 de diciembre de 2006).

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