tomashotel

Noticias y opiniones sobre libros, escritores, literatura y mercado editorial

tomashotel header image 1

Entries from Enero 2007

Palabras más, palabras menos

Enero 31st, 2007 · No Comments

Sesudas, extensas, intrincadas lecturas sobre la obra de dos amigos de esta casa: Amélie Nothomb y Washington Cucurto.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas) · Visto y oído

Por un periodismo intencional

Enero 29th, 2007 · 1 Comment

Hay diversas maneras de percibir el efecto del paso del tiempo: una de ellas es constatar la evolución de nuestra lista de muertos queridos. Recuerdo el día en que me enteré por Internet de la muerte de Susan Sontag, y el efecto de pérdida irreparable que tuvo aquella noticia. Ahora, un nuevo nombre se acaba de agregar a la lista: el del polaco Ryszard Kapuscinski, uno de los más grandes cronistas de todos los tiempos, a quien John Le Carré definió como “un enviado especial de Dios” y al que Gabriel García Márquez llamaba, sencillamente, “el verdadero maestro del periodismo”.
Cuando en enero de 2006 viajé a Cartagena de Indias para asistir a un taller con Alma Guillermoprieto en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, me enteré de que el curso que dictaba Kapuscinski era el más requerido por los cronistas de todo el mundo; aunque, me informaron, debido a su enfermedad, lo más probable era que esos encuentros ya no volvieran a repetirse. Desde hace algunos años intento dar clases de periodismo narrativo en la escuela en la que estudié hace algo más de una década. Y como la materia se estructura en torno de la crónica como género –el más complejo y completo de los formatos informativos, ya que comprende todos los demás–, los textos de Kapuscinski se volvieron, naturalmente, parte imprescindible de la bibliografía.
Kapuscinski escribió una veintena de libros, que fueron traducidos a treinta idiomas (La guerra del fútbol, El imperio, Ebano y Viajes con Heródoto, el último publicado en castellano) y por los que recibió infinidad de premios, entre los que se cuenta el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Al margen de la fluidez de su prosa, la agudeza de sus observaciones y la vastedad de sus conocimientos, suele señalarse, sobre todo, el compromiso de esos textos: la dimensión ética presente en ellos. Dos libros recogen algunas de sus reflexiones, charlas y conferencias: Los cinco sentidos del periodista y Los cínicos no sirven para este oficio. Allí, dice: “Una cosa es ser escépticos, realistas, prudentes. Lo que es absolutamente necesario. Pero algo muy distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión”. Y agrega: “Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. El verdadero periodismo es intencional: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible”.
Martín Caparrós entrevistó a Kapuscinski en 2004. El polaco dijo, en esa ocasión, que “la misión del periodista es hacer algo bueno por los otros”. Y criticó a los que abogan por el ascetismo narrativo: “La objetividad no existe: incluso en un despacho de agencia, cuando uno selecciona lo que va a contar ya está eligiendo. En esto de la objetividad hay mucha apariencia. No creo en la distancia del periodista. Yo estoy por escribir con toda pasión, con toda emoción; los mejores textos periodísticos están hechos de implicación personal en el tema. La teoría de la objetividad es totalmente falsa: produce textos muertos”.
La experiencia le había enseñado que no hay manera de ejercer la profesión sin poner el cuerpo. Que, en el periodismo, el otro es fundamental. Y que, a pesar de lo que se sigue enseñando en algunas universidades, el yo puede ser una herramienta determinante; porque, claro, Kapuscinski lo sabía bien: toda primera persona es política.
 

(Publicado el 28 de enero en el suplemento de Cultura de Perfil)

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

La pasión, la virtud y el vicio

Enero 26th, 2007 · 2 Comments

Cuarenta y ocho horas con Jorge Lanata

“Glllanata, glllanata”, aúlla un grupo de señoras bajo el sol homicida de las dos de la tarde, en la plaza Independencia del centro de San Miguel de Tucumán. “Ay, Lanata, usted es nuestro ídolo. Nosotras nos encerrábamos todos los domingos en casa a ver su programa”. Jorge Lanata transpira y agradece la muestra de afecto con una sonrisa.Es martes y acaba de llegar a la provincia para proyectar, antes de su estreno nacional, su primera película: “Deuda”. Una vez que las señoras lograron tocarlo, hablarle y conseguir uno que otro autógrafo, se retiran. Pero una de ellas vuelve sobre sus pasos, lo mira con los ojos de una tía severa y le dice, agitando su dedo índice:

– Lo queremos, pero hágame un favor. Deje de fumar.

Lanata la mira y por unos segundos es como si lo pensara. Hasta que se despierta y, agitando los brazos como las aspas de un ventilador, casi grita: “Está bien señora, me convenció. Lo acabo de dejar”.

Lanata posa para las fotos y sigue transpirando. Empezó a transpirar a las ocho de la mañana, apenas llegó al aeropuerto de Tucumán, cuando el termómetro ya marcaba los veinte grados. Ahora, frente a la Casa de Gobierno, lleva un pantalón fino a cuadros, una camisa estilo guayabera color caqui y anteojos de diseño. Camina con los pies para afuera, como un pato inmenso, pero lo hace más rápido que muchos. Sin embargo, tarda casi quince minutos en cruzar la plaza de una punta a otra. Cada dos pasos alguien lo detiene. La gente se acerca a saludarlo, le grita desde los autos, le deja papeles con denuncias en la mano, le adosan besos como si fuera una estampilla postal. Le piden fotos y, alguno, hasta logra sacarle diez pesos para comprar fiambre.

Le piden, sobre todo, que vuelva a la televisión. Él parece tan acostumbrado al reclamo que, sólo para no aburrirse, contesta cada vez con una respuesta distinta. “No creo que vuelva, por el momento”, es la frase que más pronuncia. A veces también recomienda, porque cree que su ausencia en la televisión de este año se debió a una partida de naipes entre tahúres de la que salió taimado: “Vea a Majul, señora”. Y ante la extrañeza de la recomendación, repite frente a una pequeña platea (el lector recordará que las autoridades de América reemplazaron a “Día D” por “La Cornisa”):

– ¡Miren a Majul!

Recién cuando le insisten demasiado, Lanata, que es una persona mucho más paciente de lo que uno podría imaginar, comienza a impacientarse: “Bueno, mire, hagamos una cosa. Cómprese un canal de televisión, y contráteme”. Y, acto seguido, enciende un cigarrillo.

FANTASMAS EN EL AEROPUERTO. La cita era el lunes 4 a las cinco de la mañana en Aeroparque. Lanata, el periodista que según todas las encuestas es el más creíble del país, está por proyectar en público su primera película. Como la historia nació de un reportaje realizado en abril del 2002 en Tucumán, aquel en el que la pequeña Bárbara Flores, de ocho años, lloraba de hambre frente a las cámaras de televisión, él decidió que la función fuera en esa provincia. Y frente a un público algo particular: de las seiscientas butacas del cine Majestic, doscientas están reservadas para chicos de barrios carenciados que, por primera vez, pisarán una sala de cine.

El filme se llama “Deuda” y es un documental codirigido junto a Andrés Schaer, en el que el periodista intenta rastrear de qué se habla cuando se habla de la deuda externa argentina. Quiénes son sus responsables morales y políticos, si existe una vinculación entre el hambre y la pobreza del país y la deuda que el país contrajo con los organismos de crédito internacionales.

Por eso es que Lanata está en Aeroparque este lunes, a las cinco de la mañana. O al menos eso se supone porque, a veces, Lanata experimenta momentos evanescentes: tiene la capacidad de, frente a la mínima distracción, esfumarse sin dejar rastro. Como ahora.

¿Dónde está Lanata? Lo más probable, aclara el agente de prensa, es que esté buscando que le habiliten una sala privada en este aeropuerto aséptico e impersonal emplazado frente al Río de la Plata. Un lugar donde a Lanata le permitan, claro, fumar un cigarrillo tranquilo.

MOORE Y LA PRENSA K. Una hora después de llegar a Tucumán, Lanata ofrece una conferencia de prensa para hablar de la película. Ahora lleva una camisa igual a la que tenía a la mañana, pero de color verde. Está un poco cansado de que lo comparen con Michael Moore. “Si no fuéramos gordos y periodistas, nadie diría que nos parecemos”, se fastidia. Shaer, uno de los dos directores jóvenes del área de nuevos proyectos de la productora Patagonik, cuenta que la idea de la película se le ocurrió de casualidad, porque lo que él tenía encargado, hasta ese momento, era hacer un documental sobre Boca Juniors: “En un momento paré la cinta que estaba viendo y en el televisor que estaba usando apareció Lanata. Entonces le dije a Pablo Bossi –uno de los directores de la productora–: ¿por qué no hacemos un documental con él?”.

Lanata lo pensó un tiempo y aceptó. En nueve meses, que incluyeron viajes a Tucumán, Punta del Este, Washington y Davos, la película estuvo lista para estrenar. ¿Cómo filmar una película sobre la deuda externa que tenga información, rigor, y a la vez entretenga? Shaer cree que la gente no quiere ir al cine a suicidarse: “En lugar de buscar que asimile treinta conceptos diferentes, preferimos desarrollar uno y bien. Darle un golpe al espectador en el pecho y que salga preguntándose. ‘¿Cómo se puede ser tan egoísta, tan inmoral?’”.

Lanata opina que la gente, por lo general, no sabe nada de la deuda. “Así que cualquier cosa nueva que tires, sirve. No entramos en muchos detalles, porque no es una tesis sobre la deuda, sino una película. Lo que importa es que a partir de esto se pueda discutir el tema. Yo no quise hacer una película para la hinchada, quiero saltar el gueto, que lo que hago sea consumido por el público masivo. A los convencidos no tengo nada que decirles”.

La conferencia termina y después de un pequeño descanso llega la hora del almuerzo. Lanata se relaja, aunque piensa en la sesión de fotos que vendrá durante la digestión y le da sed. El hombre se reconoce como un fóbico que en los viajes prefiere no salir mucho del hotel. Caminar, no camina. Va a todas partes en remís. Está con sobrepeso, y aunque se siente mejor de la apnea (”Respiro menos que el resto de la gente, y me llega menos sangre al cerebro. Es decir, soy más estúpido que la media”) el sedentarismo no lo ayuda. Además, como es diabético, debe inyectarse insulina dos veces por día.

Pide un café corto cargado, la segunda o tercera agua tónica con limón, prende un cigarrillo y habla de cuando, al principio de la película, se convierte en dibujo animado para entrar en el cerebro de un chico con desnutrición. “Me gustó mucho el videoclip del tema ‘Frijolero’ de Molotov. Esa técnica, que se llama retoscopio, donde primero se filma y después se dibuja arriba de la película. Los movimientos animados quedan como los de un humano, no como los de un dibujo. Pero se me pasó un detalle. Cuando entro al cerebro del chico, manejando un camión, también estoy fumando. No me di cuenta”.

Hace un tiempo, cuando un librero tucumano se enteró de que Lanata llegaba a la ciudad, tuvo una iluminación, le mandó un mail –la dirección figura en sus libros– y le pidió si, por favor, no se hacía un tiempo para dedicar algunos ejemplares. Lanata primero dijo que no, pero terminó aceptando. Así que después de las fotos en la plaza, y de otro descanso, tiene que ir hasta la librería.

Aprovecho el tiempo muerto para preguntarle cómo ve a los medios en la era K, y si cree que existe el periodismo independiente. “El concepto periodismo independiente es una redundancia, el periodismo es independiente, sino es publicidad. Hoy se llama investigación a cualquier cosa, chequear dos datos no es investigar. Yo tuve una necesidad interior de salirme del periodismo de coyuntura. Creo que el periodismo es algo que hay que saber dejar, porque te distorsiona el punto de vista sobre las cosas, y te hace pensar que algo es importante cuando es una pelotudez. A veces los periodistas que hacen política terminan escribiendo sobre rumores muy menores, informaciones de pasillo”.

¿Qué opina de la libertad de prensa hoy? “Kirchner tiene un control sobre los medios como nunca vi en mi vida. ¿Cuál fue la última denuncia que escuchaste contra el gobierno en la televisión? O esto es Disneylandia, o existe un fuerte control sobre la prensa”.

LANATA SUPERSTAR. La hora de la siesta, cuando uno no puede dormir, es un buen momento para pensar en cosas más o menos intrascendentes y para sacar cuentas. Si, como se afirma, cada cigarrillo representa quince minutos menos de vida, y Lanata fuma dos atados y medio por día, la aritmética es sencilla: Lanata consume cada día unas doce horas de su vida en tabaco y nicotina. Mejor pensar en otra cosa.

Por ejemplo, cómo va a hacer para autografiar, en una sola hora, todos los libros que esa larga fila de admiradores lleva bajo el brazo. En rigor, no todas las personas le acercan los dos tomos de “Argentinos”, que llevan vendidos hasta hoy unos 350 mil ejemplares. Lanata firma, con dedicatoria personal incluida, todo tipo de objetos: revistas, servilletas, carpetas, cuadernos de clase y hasta un tomo de Derecho Romano. Y, cuando pasó una hora y veinte y la gente sigue llegando, y los vendedores despachan libros como si fuera el día del juicio final, Lanata pierde la paciencia por primera vez. Intenta retirarse, pero el público no se lo permite. Vuelve a sentarse casi obligado. “Diez minutos más”, se resigna, y garabatea su firma, algo así como un ocho en números romanos, hasta que dos empleados de seguridad de la librería le abren paso para que vuelva al hotel a prepararse para la proyección de la película.

En la ciudad, claro, todo queda cerca. Pero aún en auto, el tránsito retrasa el camino hasta el cine, donde Lanata verá el filme en pantalla grande por primera vez, unos quince minutos. Tiempo suficiente para que ofrezca su visión sobre la deuda: “Descubrí, haciendo la película, que no tenemos datos confiables sobre cuánto es verdaderamente la deuda externa argentina. Nadie lo sabe. Entonces, primero habría que ver de cuánto es, y ver qué se hace con eso. No tengo problemas en pagar una deuda real, pero nadie puede exigirnos que paguemos lo que no nos dieron. Aparte, si es cuestión de números, la deuda ya está pagada varias veces. Esto va a seguir siendo un problema los próximos cinco o diez años. Pero el hecho de que en Davos se haya pensado el tema de la pobreza como un miedo real de los ricos, denota una crisis. Todo esto es un camino que termina con la desaparición de la deuda, seguro. Es como con la legalización de las drogas: en algún momento va a suceder”.

El auto se detiene en la puerta del cine. Lanata enfila hacia la sala. Es una extraña mezcla de estrella de rock con un toque de Michael Moore (aunque no le guste), pero prolijo. Lleva otra guayabera estilo revolución cubana en lugar de la gorra de béisbol que el norteamericano no se saca ni para dormir. Es algo digno de verse: la gente se pone de pie y estalla en una ovación de gritos y aplausos. Lanata pronuncia un breve discurso, se sienta, las luces se apagan y comienza la proyección.

En la primera parte de “Deuda” el filme retrata la guerra de pobres contra pobres. Lanata se viste de detective y rastrea los orígenes de la pobreza, y se ocupa un buen tiempo de las denuncias de Alejandro Olmos, el argentino que denunció la ilegalidad de la deuda externa. Si la película va a recibir críticas desde algún sector del progresismo, lo hará por esta primera parte, que parece filmada por los acreedores de la Argentina. Pero más adelante desnuda las miserias y contradicciones de los propios organismos de crédito, cuando entrevista a los responsables del FMI y el Banco Mundial.

La sala está repleta y hay gente de pie en los pasillos. Los únicos insultos se escuchan cuando en pantalla aparece la figura de Carlos Menem. En la oscuridad, la respiración agitada de Lanata resuena como la de un animal herido. En los minutos finales rueda el tema “Ya lo sabemos”, de la banda Árbol. Lanata tararea la letra. Cuando se vuelven a prender las luces hay aplausos, gritos, llantos y una area humana que quiere abrazar al periodista. Se ve a las claras que salir de allí va a ser imposible. Hay seiscientas personas de un solo lado del cine, alrededor de su figura. Hasta que, en un descuido, Lanata vuelve a echar mano a sus dotes de escapista. Atraviesa la sala a paso rápido por una hilera que quedó vacía y se pierde por el lado opuesto del cine. Cuando los periodistas y el pequeño grupo de personas que lo acompaña llega corriendo hasta la puerta, los dos autos que los esperaban para volver al hotel han desaparecido en la noche. Lanata también.

AMANECER DE UN DÍA AGITADO. La última parte de la entrevista está pautada para las siete de la mañana siguiente, durante el desayuno. Lanata reaparece en el bar del hotel minutos más tarde. Está afónico. Dice que la película le gustó, encarga un agua tónica con limón y un cortado. Prende el primer cigarrillo del día.

Quiero saber si cree haber encontrado lo que buscaba al filmar el documental. ¿Tiene algo que ver la deuda externa con el hambre y la pobreza? “Como viste, en la película le pregunto a Anne Krueger si existe una relación entre el hambre de Bárbara Flores y el FMI. Y ella me contesta que todo está vinculado con todo. O sea que sí tiene que ver. Aunque peor que eso es haber tenido una clase política horrible. O sea que la mayor responsabilidad es nuestra. Los argentinos nunca vivimos nuestra realidad efectiva, siempre pensamos que éramos lo que queríamos ser. Vivimos una vida falsa proyectada. Y hoy sufrimos la crisis del nene al que le dicen que es adoptado. Sí, somos pobres. Pero menos mal que nos dimos cuenta, quizá así vayamos hacia algún lado. Porque vale la pena intentarlo. Este país está lleno de gente honesta. Hay sólo un cinco por ciento de chorros. Pero tenemos que asociar la idea de cambio a la del trabajo. Hay que trabajar mucho para que las cosas cambien”.

–¿Por qué se define como un liberal de izquierda?

–Porque tengo un problema y es que creo en la democracia pero sé que este sistema es injusto. Creo en la libertad, creo más en el individuo que en el Estado, pero como todo está mal, siento que algo hay que hacer. A ver: yo en Cuba estaría preso por disidente, de eso no tengo dudas. Además, el socialismo en la Argentina no existe. La izquierda argentina también es rara. Ha estado con todos los militares a lo largo de la historia: con Uriburu, con Braden, con Videla. Han sido bastante dementes. Por suerte la derecha es torpe. Porque podrían haber ganado mucha más plata de otra manera. La derecha argentina ha sido especuladora y saqueadora. Y hoy tenemos un país precapitalista. Porque si al menos existiera el capitalismo, la gente comería y ganaría mejor.

Enciende un segundo cigarrillo. Le pregunto si le molesta la tan en boga prohibición de fumar. “Me jode por principio, no por la adicción. Yo puedo estar sin fumar unas horas, pero me molesta que me lo prohiban. Entonces peleo para que me dejen”.

Un rato después dejamos el hotel y llegamos al aeropuerto. El avión sale en media hora. Queda tiempo para que Lanata diga que, a los 44 años, ha logrado finalmente lo que siempre quiso, vivir de los libros. Que no extraña la televisión. Que, a punto de ser padre por segunda vez, se siente feliz.

Anuncian el vuelo por los parlantes. Retiramos los tickets y, un segundo después, sin que nadie sepa cómo, Lanata ha desaparecido de nuevo. Debe andar por ahí, buscando un lugar donde le permitan fumar. Una vez más, como siempre, estará saliéndose con la suya.

Por Maximiliano Tomas para la revista Noticias (9 de octubre del 2004).

Tags: Artículos, crónicas y reportajes

Una posible respuesta…

Enero 26th, 2007 · 5 Comments

…para los azorados defensores de la objetividad ideal y la tercera persona en el periodismo, que comentan un par de posts más abajo: “Desde las vanguardias de comienzos del siglo XX estamos acostumbrados a pensar que no hay diferencia entre lo íntimo y lo privado“.

Muchachos, a ver si nos avivamos de una vez: ya no hay manera de seguir pensando -practicando- el periodismo -¿un oficio en revolución o en extinción?- desde el altar de lo sacro impoluto. De ahí, tal vez, una de las razones del crecimiento desmedido de esto que se conoce como “fenómeno blog”.

¿Necesario? Nada es necesario: toda primera persona es política.

Tags: Discusiones y polémicas · El oficio de escribir (sobre periodismo)

Smells like teen spirit

Enero 25th, 2007 · 1 Comment

Moret volvió de vacaciones con el bolso lleno de crónicas de iniciados.

Tags: Visto y oído

Ryszard Kapuscinski (1932-2007)

Enero 24th, 2007 · 2 Comments

Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina ‘empatía’. Mediante la empatía, se puede comprender el carácter propio del interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás.

En este sentido, el único modo correcto de hacer nuestro trabajo es desaparecer, olvidarnos de nuestra existencia. Existimos solamente como individuos que existen para los demás, que comparten con ellos sus problemas e intentan resolverlos, o al menos describirlos.

El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible. Hablo, obviamente, del buen periodismo”.

R.K.: Los cínicos no sirven para este oficio (Anagrama, 2002).

Tags: El oficio de escribir (sobre periodismo) · Para principiantes · Visto y oído

¿Vacaciones?

Enero 23rd, 2007 · No Comments

El erotopoeta más versátil de nuestras pampas se pregunta por el verdadero significado del receso estival.

Tags: Visto y oído

Lazos de familia

Enero 21st, 2007 · 5 Comments

La tendencia se hizo más profunda en los últimos dos años, atizada por el desmadre turístico, la bipolaridad del mercado inmobiliario y el insólito desarrollo del sector gastronómico. La idea, bastante evidente, daba vueltas en mi cabeza e incluso llegué a formulársela a algunos amigos, hasta que hace unos días vi una pintada, en la esquina de Perú y Chile, que la resumía con impecable sintaxis: “No conviertan a San Telmo en Palermo”. A pesar de los deseos del stencil anónimo, la reconfiguración urbana parece no encontrar freno, y los vecinos ilustres de Monserrat –Daniel Link y Oliverio Coelho, entre tantos otros– deberán resignarse al desarrollo demográfico que se cierne sobre ellos: hacia allí enfilarán las almas perdidas, deseosas de recuperar cierto zeitgeist barrial.
La claudicación definitiva de San Telmo se demora sólo gracias a los últimos estertores de una zona que fue y ya no será: dos o tres lugares donde comer bien y a precios razonables, una persistente tranquilidad los fines de semana –si se evitan las derivaciones de la Plaza Dorrego– y un par de librerías de viejo que, por ahora, eluden los efluvios de la eurización y la modernidad sólida.
En una de esas librerías –Club Burton, en la esquina de Estados Unidos y Chacabuco– podía conseguirse, al menos hasta el sábado pasado, la primera edición de Los elementales, de Daniel Guebel (a 5 pesos), y la de Cien años de soledad (Sudamericana, 1967, 700 pesos). En medio del silencio y del leve desorden que toda buena librería debe exhibir, compré Mi madre, in memoriam, de Richard Ford. Ford nació en Jackson, Mississipi, en 1944, y fue amigo y compañero de generación de otros dos escritores notables: Raymond Carver y Tobias Wolff. Los relatos de Rock Springs, De mujeres con hombres y Pecados sin cuento (todos en Anagrama) son incluso mejores que los de Carver, ya que dentro de los límites del ascetismo narrativo que los caracteriza, Ford utiliza el recurso de la elipsis de manera menos abusiva, y deja que los conflictos se desplieguen hacia el desastre con ritmo y naturalidad.
Ford, como también Carver (La vida de mi padre) y Wolff (Vida de ese chico) escribieron libros que intentan capturar la tensión amorosa que inevitablemente caracteriza la relación padre-hijo. Una tradición con la que podría construirse una biblioteca entera. Y a la que se debería agregar, tan sólo entre los contemporáneos, novelas como La invención de la soledad, de Paul Auster, Asfixia, de Chuck Palahniuk, o El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza (recién reeditada luego de permanecer durante años inhallable).
El libro que Ford le dedica a su madre es el reverso del que tal vez sea el paradigma del género: la Carta al padre de Franz Kafka. Donde Kafka campea entre la vileza y la autoconmiseración, en un experimento narrativo que apenas esconde un ajuste de cuentas descarnado (“Tienes un tipo especialmente bello de sonrisa tranquila, satisfecha, que se ve en raras ocasiones y que puede hacer feliz a quien vaya dirigida. No puedo recordar que me la hayas dispensado expresamente a mí en la infancia”), el de Ford, como él mismo confiesa, es tan sólo “un acto de amor”.
Una de las consignas más transitadas por los asistentes de talleres literarios es justamente la que los enfrenta a la tarea de escribir sobre sus padres. Lo que, bien pensado, quizá constituya el mayor desafío de todo narrador: contrastar en ellos los propios temores y fantasmas.

(Publicado en el suplemento Cultura de Perfil el domingo 21 de enero de 2006).

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

El hombre que odiaba los aviones

Enero 20th, 2007 · No Comments

“Entonces entendí que para ese hombre los libros, sus autores y sus personajes estaban más vivos y reales que cualquier otra persona”.

Tags: Visto y oído

Amor filial

Enero 19th, 2007 · 3 Comments

“También es verdad que prácticamente nunca me pegaste. Pero tus gritos, tu cara que se enrojecía, tu manera apresurada de aflojarte los tiradores, que quedaban preparados sobre el respaldo de la silla, eran casi peores para mí.

Es como cuando alguien va a ser ahorcado. Si realmente lo ahorcan, está muerto y pasó todo. Pero si tiene que presenciar todos los preparativos de su ejecución y sólo se entera de que fue indultado cuando le cuelga la soga delante de la cara, puede que sufra las consecuencias durante toda su vida”.

Franz Kafka, Carta al padre.

Tags: Visto y oído

Graffiti en la esquina de Perú y Chile

Enero 18th, 2007 · 9 Comments

“No conviertan a San Telmo en Palermo”.

Tags: Visto y oído

Carver para principiantes / 2

Enero 17th, 2007 · 4 Comments

Domingo por la noche*

Utiliza las cosas que te rodean.

Esta ligera lluvia

Del otro lado de la ventana, por ejemplo.

Este cigarrillo entre los dedos,

Estos pies en el sofá.

El débil sonido del rock and roll,

El Ferrari rojo en el interior de mi cabeza.

La mujer que anda a trompicones

Borracha por la cocina…

Coge todo eso,

Utilízalo.

*De Un sendero nuevo a la cascada (últimos poemas).

Tags: Para principiantes

La carta del escándalo / 6

Enero 15th, 2007 · No Comments

Las palabras y las cosas 

Por Horacio Tarcus 

El diario Clarín del día de hoy decidió hacerse eco de un “anónimo” que, según el propio matutino, fue dirigido a los medios de comunicación desde “fuentes” de la Biblioteca Nacional. Lo hizo a través de una nota, que firma Patricia Kolesnicov, titulada “La denuncia sobre la Biblioteca Nacional tenía varios párrafos copiados”. En ella, haciendo gala del peor amarillismo periodístico, se anuncia con grandes titulares que mi carta de renuncia al cargo de Subdirector de la Biblioteca Nacional dirigida al Secretario de Cultura el pasado 27 de diciembre “copia”, sin citarlos, párrafos de un diario español?Mi carta de renuncia consiguió hacer público un cuadro crítico de la Biblioteca Nacional con datos y referencias precisas sin apelar al método de la denuncia ni a imprecisas y oscuras fuentes. Es que a diferencia de otras bibliotecas del mundo, nuestra Biblioteca Nacional no produce ni difunde estadísticas ni análisis sobre su funcionamiento ni sobre los servicios que brinda (como la relación entre presupuesto e inversión tecnológica, o sobre el crecimiento de su patrimonio, o sobre el crecimiento o decrecimiento del número de lectores, etc.). Por eso, para la elaboración de mi Informe de Gestión y de mi carta de renuncia era imprescindible articular los datos relevados in situ en la Biblioteca Nacional durante un año de gestión con las más diversas fuentes disponibles. Acudí, pues, a los precisos informes de la SIGEN; al informe no menos crítico sobre la Biblioteca Nacional elaborado por el director Elvio Vitali para la conferencia de prensa brindada en setiembre de 2004; a las páginas web de ABGRA, de ABINIA y de varias bibliotecas nacionales latinoamericanas y al dossier de debate sobre el rol de la Biblioteca Nacional española, entre muchos otros textos. No se trata de textos de investigación o creación literaria firmados por un autor, sino de documentos públicos institucionales, que usé libremente tomando datos y descripciones de procesos técnicos sobre las bibliotecas de nuestro país y de todo el mundo. Al no tratarse de ideas originales de un autor personal ni colectivo, hubiese sido ridículo entrecomillar y citar al pie la fuente de datos o de descripciones de procesos técnicos, por otra parte no exclusivas de dichas fuentes.De 9 páginas a espacio simple de mi carta y de 40 páginas en igual formato de mi Informe de gestión, la “fuente” de la Biblioteca Nacional detecta tres párrafos –en verdad, cuatro oraciones– de descripción de procesos técnicos bibliotecológicos “copiados” del debate sobre el rol de la Biblioteca Nacional española. Por mi parte, para regocijo de la prensa amarilla, podría añadir que “copié” (cierto que en forma abreviada) un párrafo con información sobre la Biblioteca Nacional de Brasil de su página web, que los datos de las Bibliotecas Nacionales de Chile y México están “copiados” de la página de ABINIA… Ahora, bien, ¿qué es lo que prueba esto? ¿En qué desmerece el cuadro crítico de situación por mí presentado? Como todo texto, también mi carta puede ser leída como un palimpsesto y desmenuzada frase por frase buscando influencias, citas ocultas, ecos de otros textos… Que lo haga quien lo quiera hacer, no tengo fuentes oscuras que ocultar, pero ¿vale la pena tomarse semejante trabajo? ¿En aras de qué? Mi carta no es un texto literario que reclama originalidad frase por frase, sino un diagnóstico crítico que busca dar cuenta de una realidad institucional penosa. Lejos de ser original, este diagnóstico es compartido por casi todo el campo bibliotecológico, no sólo de nuestro país sino del mundo entero. No pido otro mérito que la responsabilidad de haberlo hecho público aún sabiendo que esos gestos no se perdonan y exponen a su autor a este tipo de mezquindades.Hasta el momento, nadie desmintió mi diagnóstico crítico de la Biblioteca Nacional. Es más, el campo de los investigadores lo avaló públicamente porque vio reflejada en mis palabras su propia y penosa experiencia. El propio Director también lo reconoció públicamente al admitir que se trataba de “males conocidos”. Incluso los ensayistas y los periodistas de la izquierda populista que avalan la gestión del Dr. González hacen grandes gestos a favor de la dimensión simbólica de la Biblioteca Nacional, pero evitan referirse al cuadro crítico de tal institución en tanto que biblioteca (es comprensible, por otra parte, que quienes más padecen el mal servicio que presta la Biblioteca Nacional sean los que quieren leer y no tanto que acuden a conferenciar?).Pero, volviendo al punto, la Dirección de la Biblioteca Nacional, no pudiendo desmentir el diagnóstico, se ha propuesto desprestigiar a quien se atrevió a formularlo y hacerlo público. Aunque sin asumirlo directamente, acude al método soez de la acusación, sugiriendo un “plagio” donde no lo hay ni podría haberlo. Desde luego, es más tranquilizador creer que el cuadro de la situación que presenta mi carta es un puzzle de críticas tomadas de textos de otros países, que aceptar que los argentinos nos tenemos que conformar con la Biblioteca Nacional de la República de Feudalia. Pero como no subestimo a la opinión pública, no creo que esta penosa manipulación logre desenfocar el tema de fondo. Sin duda, se trata de buscar un reemplazante en la Subdirección, archivar el expediente y esperar que el episodio pase al olvido. Por mi parte, hago votos porque el debate prosiga, pero el debate en serio. Porque a diferencia de otros momentos en que la Biblioteca Nacional se instalaba en los medios a partir de escándalos y denuncias de todo tipo, aquí se ha abierto un debate bibliotecológico, intelectual y político con el suficiente vigor como para convocar a los más diversos actores. La prosecución del debate necesita de una prensa seria, a la altura de semejante cometido.El reciente nombramiento de la Bibliotecóloga Elsa Barber como Subdirectora de la Biblioteca Nacional es un acontecimiento histórico en la propia institución y en el país. Es una profesional de gran probidad y capacidad. Pero necesitará un gran apoyo para emprender la normalización institucional, la informatización de todos los procesos bibliotecológicos y la mejora en la atención al público lector. Si no lo obtiene, se repetirán las mismas contradicciones y se alzarán los mismos obstáculos que me llevaron a renunciar en diciembre pasado. Para la ciudadanía, el mejor modo de acompañar su gestión será mantener vivo el debate público. Ojalá la Subdirectora pueda contar entre sus respaldos con una opinión pública alerta, que siga discutiendo la misión de una Biblioteca Nacional a la altura de los tiempos.

Tags: Políticas culturales · Visto y oído

Un elogio de la simpleza

Enero 14th, 2007 · 2 Comments

Entre los, digamos, trece y dieciocho años, la banda de sonido de mi vida tuvo cuatro acordes. Fue algo que empezó no recuerdo muy bien cómo, aunque, ahora que lo pienso, un primo algo mayor tuvo bastante que ver: todavía hoy recuerdo estar escuchando en su casa un disco de bandas punk argentinas llamado Invasión 88 y cómo una tarde, en un descuido, cayó en mis manos el LP Pleasant Dreams, aquel disco casi pop de Los Ramones.
En la Buenos Aires de 1989 el compact disc era todavía ciencia ficción. Tampoco existía Internet y la enciclopedia no registraba palabras como globalización. Conseguir un casete de Los Ramones era una aventura que solía terminar, no siempre con éxito, en las galerías de la calle Lavalle. Lo que pasó más tarde es conocido: cuando ni siquiera imaginaba la posibilidad de verlos en vivo, el grupo comenzó una larga serie de recitales en la Argentina que construyó una masa de público fiel y cimentó el mito. Años después, por fortuna, mis gustos musicales se diversificaron. Pero sé que hay discos, como Road To Ruin, Rocket to Russia o la recopilación de Ramonesmanía, que podría seguir escuchando siempre.
Hay una película excpecional de 2003, llamada End of the Century, que retrata la vida interna del grupo aunque excede el interés de los iniciados. Allí se cuentan las historias menos conocidas de la banda que inventó el punk en Nueva York, allá por 1975: el trastorno obsesivo compulsivo de Joey, el cantante, que lo aquejó hasta su muerte a los 49 años. La importancia como productor y amenizador de conflictos de Tommy, el primer baterista. El abierto nacionalismo casi fascista de Johnny, guitarrista, líder y verdadero cerebro financiero del grupo. La prostitución adolescente de Dee Dee, el bajista, que terminaría viviendo sus últimos años en la Argentina. Y el golpe final: cuando Johnny le roba la novia a Joey, y la banda sigue tocando durante diecisiete años sin que el vocalista y el guitarrista vuelvan a dirigirse la palabra.
Durante un pasaje de la entrevista que los directores del documental le hicieron a Joe Strummer, líder de The Clash, Strummer dice a cámara: “Aprendimos mucho de Los Ramones. Y una de las cosas que aprendimos fue a no andar tonteando en el escenario. Porque un número de Los Ramones empezaba allí y, cuando terminaba, lo hacía allí. Los tipos no pasaban horas arrastrándose, arañándose, ese tipo de comportamientos que hoy están tan de moda en las bandas de rock, pero que me pregunto si son espontáneos o sólo nacen de la ineptitud”.
No tontear, ni arrastrarse. Cuando a William Faulkner, uno de los novelistas más talentosos de todos los tiempos, le preguntaron cuál era el secreto de su trabajo, contestó: uno por ciento de inspiración, noventa y nueve de transpiración. Cuando aún era periodista, Ernest Hemingway escribió cierta vez una frase que distribuyó en cada escritorio de la redacción. Decía: “Escriba con frases cortas, no se haga el artista”. Hemingway se refería al ejercicio del periodismo, pero también a su literatura: ése es el método que transparentan sus mejores cuentos, los mismos con los que abriría la puerta a casi toda la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Sin aquel elogio de la simpleza –que es trabajo de orfebre, y tiene mucho de sabiduría– serían inconcebibles discos como los de Los Ramones, y libros como los de J.D. Salinger, Raymond Carver, Tobías Wolff o Richard Ford. Nada menos.
 (Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 14 de enero de 2007).

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

Quien te ha visto

Enero 13th, 2007 · 1 Comment

y quien te ve.

Tags: Visto y oído

Nuevos vecinos

Enero 12th, 2007 · No Comments

La cosa recién empieza, pero promete ponerse buena: Tomás Abraham y Quintín se abrieron un blog propio.

Tags: Visto y oído

Cuentos breves / 2

Enero 10th, 2007 · No Comments

Se agradece, desde acá, la atención prestada a la nueva antología para leer en el bondi por la gente de The Buenos Aires Herald (Rodrigo Orihuela), los diarios La Nación y La Prensa y, hoy, Leandro Zanoni en Eblog.

Tags: Libros / Novedades

Radiografía de una biblioteca en crisis

Enero 8th, 2007 · 1 Comment

Un presupuesto de 20 millones de pesos, de los cuales la mitad, según su director, se destinan a pagar los sueldos de 450 empleados. Una caída alarmante en la cantidad de visitas por día: de 3.000 personas promedio en la década del 90, cuando se inauguró el nuevo edificio de Las Heras y Austria, a los 350 usuarios en la actualidad –con una baja del 20 por ciento de afluencia sólo el último año. Unos 800 mil volúmenes en depósito, en comparación con los archivos de la Biblioteca Nacional de México –dos millones–, de Venezuela –dos millones y medio– o de Brasil –tres y medio–. Una plantilla de personal que, en sus tres cuartas partes, no cuenta con la especialización necesaria para desarrollar tareas específicas, y niveles de ausentismo que trepan hasta el 30 por ciento. Y, además, actualizaciones informáticas y edilicias pendientes, y un mapa heterogéneo de conflictos de poder que derivaron, el 27 de diciembre pasado, en la renuncia de Horacio Tarcus –historiador, archivista, especialista en organización documental– y hasta entonces subdirector, enfrentado con su superior, el sociólogo y ensayista Horacio González. Fue este presente de la Biblioteca Nacional el que determinó que Tarcus escribiera una larga carta en la que expuso el estado de situación descripto más arriba, que generó la adhesión de un grupo de intelectuales (entre los que se cuentan Carlos Altamirano, María Teresa Gramuglio, Luis Alberto Romero, Hilda Sabato, Beatriz Sarlo, Oscar Terán y Hugo Vezzetti, entre muchos otros) y originó un álgido debate sobre las diversas, antagónicas, maneras de entender las funciones de esta institución.En una nota posterior, el 4 de este mes, Tarcus responsabilizó a González –quien cuenta con el aval del secretario de Cultura de la Nación, José Nun, y del presidente Néstor Kirchner– de la falta de respaldo a su gestión: sus objetivos, confesó, eran consolidar una política de transparencia, restablecer los vínculos con donantes y editores, hacer visible el patrimonio a través de la informatización de su acervo y acercarse nuevamente a lectores e investigadores. A lo que se habrían opuesto tanto González –por acción u omisión– como “algunos sectores acostumbrados a la rutina de no rendir ni pedir cuentas, de los que consideran que el sueldo del empleo público es un seguro básico que no obliga a contraprestación alguna, que manejan los recursos materiales y humanos como un quiosco”. ¿A quién se refería Tarcus? Según sus propias palabras, al “viejo sindicalismo burocrático y clientelista”, agrupado en torno de gremios como UPCN, ATE y SOEME, que “codirige la Biblioteca”, y al propio González, quien habría creado “una estructura de poder feudal” donde el gran ausente, paradójicamente, sería el lector.En diálogo con PERFIL, Tarcus confesó que el año que duró su trabajo en la Biblioteca había agotado por completo sus energías, que considera concluida su tarea y no regresaría bajo ninguna circunstancia. Por su parte, González contraatacó desde las páginas de Clarín y La Nación, acusando a Tarcus de “cultivar la injuria sin fundamentos y un mesianismo de cuño gerencial”. Y a pesar de que agregó que seguirá su tarea “serenamente y con creatividad”, no se ocupó de refutar la situación denunciada por el ex subdirector.A una semana del escándalo, que sigue alcanzando nuevas dimensiones, el secretario de Cultura, por ejemplo, aún no se ha pronunciado. Lo que no acaba de comprenderse, ya que no es poco lo que hay en juego: la propia definición de qué entiende el gobierno actual por cultura, y para qué sirve o debe servir una institución de vital importancia y vasta historia. 

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 7 de enero de 2007).

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

La carta del escándalo / 5

Enero 7th, 2007 · No Comments

Por la Biblioteca Nacional 

La oposición unilateral entre modernización y tradición empobrece problemáticas mucho más ricas y complejas, y retrotrae el debate a una dicotomía que no hace justicia al presente de la Biblioteca Nacional. Sabemos que la Biblioteca Nacional no está atravesando un momento “sombrío” y queremos expresar que sus trabajos de actualización y su activa y renovada presencia e inserción en la sociedad, alientan a pensar que se superarán sus carencias y se proseguirán los compromisos para recrear la fuerza cultural que debe caracterizarla. Su momento actual está signado por la continuidad y avance de esas transformaciones. No hay ninguna oposición, al contrario, entre biblioteca y actividad cultural, entre atención a los investigadores y apertura a un público amplio, entre excelencia técnica y mejora de la situación laboral y económica del personal de la institución. Todo esto no depende de una persona, de este o aquel nombre propio, sino de los acuerdos, discusiones y el trabajo de una comunidad integrada por lectores, investigadores, bibliotecarios y el conjunto de los trabajadores de la Biblioteca.

Adhesiones: León Rozitchner. Horacio Verbitsky. Gerardo Gandini. David Viñas. Osvaldo Bayer. José Pablo Feinmann. Pino Solanas. María Seoane. Josefina Ludmer. Juan Sasturain. Tomás Abraham. Juana Bignozzi. Norberto Galasso. Antonio Dal Masetto. Eduardo Jozami. Carlos Nine. Christian Ferrer. Cristina Banegas. Jaime Sorin. Hugo Trinchero. Patrice Vermeren. Jorge Aulicino. Alcira Argumedo. Leopoldo Brizuela. Ricardo Forster. Diego Tatián. Eduardo Rinesi. Gregorio Kaminsky. Alejandro Kaufman. Jorge Lafforgue. Daniel Divinsky. Aurelio B. R. Narvaja. Américo Cristófalo. Tamara Kamenszain. Jorge Accame. Hugo Rapoport. Guillermo David. Fernando Báez. Pablo A. Pozzi. Claudio Guevara. Liliana Heer. Miguel Vitagliano. Osvaldo Baigorria. María Pía López. Mónica B. Cragnolini. Marta Elena Groussac. Liliana Lukin. Hebe Clementi. Alejandro Horowicz. Ana María Zubieta. Jorge Ramos. Guillermo Korn. Esteban Vernik. Daniel Freidemberg. Wilbur Ricardo Grimson. Juan Carlos Volnovich. Marcelo Percia. Stella Calloni. Noemí Ulla. Lila Pastoriza. Nora Dottori. Elsa Drucaroff. Jorge Dubatti. Alberto Szpunzberg. Ulises Gorini. Juan Carlos Cena. Susana Cella. Sebastián Hernaiz. Elsa Kalish. Juan Carlos Bettanin. Roberto Retamoso. Eduardo Grossman. Marcelo Brodsky. Rafael Calviño. Enrique Carpintero. Adolfo Colombres. Hernán Brienza. Perla Sneh. Hernán Sassi. Alcira Bonilla. Comisión Permanente de Homenaje a Bibliotecarios desaparecidos y asesinados por el terrorismo de Estado. Eduardo Vior. Alfredo Carlino. Colectivo Situaciones. Daniel Mundo. Verónica Gago. Mónica Bueno. Diego Stutwark. María Eugenia Mudrovcic. María Cristina Zuker. Daniel Muxica. Cristian Aliaga. Pablo Montanaro. Rubén H. Ríos. Adriana Imperatore. Adriana Litwin. Alberto Guilis. Claudio E. Mamud. Cristian Palacios. Alberto Marani. Blanca Moscato. Chela Grossman Torterola. Diego Poggiese.Eduardo Baigorria. Elena Bossi. Fundación Bartolomé Hidalgo. Raquel Angel. Gabriela García Cedro. Gisela Catanzaro. Graciela Ferrás. Graciela Guilis. Nora Lía Sormani. César Hazaki. Alejandro Vainer. Hugo Echave. Carlos Juárez Aldazábal. Jonás Braguinsky. Gabriel Erdmann. Juan Marcelo Warijchuk. Lisandro Kahan. Marcel Bertolesi. Marta Rojzman. Miriam Pino. Nathalie Goldwaser. Nora Strejilevich. Olinda Canetti. Osvaldo Picardo. Pablo Valle. Sebastián Artola. Sebastián Carassai. Silvia Yankelevich. Teresa Gatto. Silvia Severini. Daniel Massei. Fernando Rubio. Pablo Accame. Marcia Scrimini. María Isabel Fernández. Claudio L. Pérez. María Rosa Balducci. Marina Garber. Hugo García. Diego Molina. Marisa A. Muñoz. María Cristina Belge. Héctor Agnelli. Julián Pérez. Ernesto Gutiérrez.

Tags: Políticas culturales

Más sobre blogs y literatura

Enero 6th, 2007 · 3 Comments

Un grupo de periodistas profesionales (la mayoría miembros de 3.0, Periodismo argentino en blog) estamos terminando el libro Blogs. Los nuevos medios del Siglo XXI“. Se publicará en los primeros meses de 2007 e incluirá diferentes capítulos dedicados a los blogs y el periodismo, la publicidad, la literatura, la educación, el diseño, la convergencia con las redacciones de los diarios digitales, las relaciones públicas y el periodismo ciudadano, entre otros temas de interés.El prólogo estará escrito por el prestigioso periodista José Luis Orihuela, de eCuaderno.com.Además, el libro (que se podrá comprar en papel y también bajar completo y gratis en .pdf) incluirá el primer relevamiento de la blogósfera argentina. Para eso, si tenés un blog y querés formar parte de este proyecto, a partir de la semana que viene podrás completar online una encuesta.Pronto habrá más novedades. Muchas gracias!  

Tags: Libros / Novedades · Sobre libros y blogs

La carta del escándalo / 4

Enero 5th, 2007 · No Comments

Discutir la Biblioteca Nacional es discutir qué cultura y qué Estado queremos

Las desconsideradas “Consideraciones…” que mi carta de renuncia a la Biblioteca Nacional le mereciera al Dr. Horacio González —publicadas por Página/12 el pasado 31 de diciembre— poco aportan, cuando no oscurecen, el necesario, imprescindible, urgente debate público que reclama nuestra querida y vapuleada institución. El Director ha escogido el camino, que no transitaré, de la invectiva personal. Pero como en su afán por descalificarme se ha visto obligado a recorrer una serie de tópicos —la administración pública, los trabajadores y el poder sindical, la biblioteca y los lectores, las tradiciones intelectuales, la tecnología y la cultura—, quiero aprovechar la oportunidad para revisitarlos buscando elevar el nivel y estimular ese debate.

En primer lugar, llama la atención que el Director de la Biblioteca Nacional no desmienta el grave cuadro de situación denunciado, sino que se refiera pudorosamente al mismo en términos de “males conocidos”. Para el Dr. González, enunciar públicamente dichos “males” significa “denigrar” a la institución que los padece. Y dicho ejercicio crítico, afirma, sería incompatible con la pertenencia a la conducción de la misma. Estaríamos ante una situación por demás paradójica, por la cual el profesor y escritor González abogaría por el pensamiento crítico frente a las instituciones mientras el funcionario González aconsejaría disimular los “males” institucionales, escondiendo la tierra debajo de la alfombra. Muy por el contrario, creo que hacer público un diagnóstico crítico de una institución es la mejor manera de asumir un compromiso serio para mejorarla. Y dado que los “males” no son personales sino estructurales, institucionales, señalarlos no significa —como socarronamente quiere hacerme aparecer el Sr. Director— “denigrar” a personas concretas (cada empleado estatal a título individual) sino visibilizar y cuestionar los poderes que manejan los hilos invisibles pero efectivos de la administración pública.

En declaraciones al diario Clarín aparecidas ayer, el Sr. Director alude oblicuamente a las presiones sindicales, señalando que “pertenecen a la composición misma de la administración pública del país” (Clarín, 3/1/2007, p. 32). Con ambigüedad estudiada, dicho enunciado admite por parte del lector crítico de la burocracia sindical una interpretación negativa de su poder, mientras que habilita otra lectura que legitima a dicha burocracia, otorgándole una “pertenencia” anclada en una de esas tradiciones nacionales que tanto embriagan al Señor Director. Más de medio siglo de ejercicio de poder burocrático terminan por legitimar ciertos derechos adquiridos sobre las instituciones del Estado y sobre los trabajadores que el Dr. González, sin duda en nombre de una antigua lealtad, está dispuesto a reconocer y resguardar.

No son los trabajadores, sino el modo en que los “defiende” cierto sindicalismo, lo que obtura la institución y afecta los servicios de atención a los lectores. Como sucedió el 17 de Octubre de 2006, en que la atención al público de la Biblioteca Nacional cayó cuando el gremio hegemónico condujo a buena parte del personal a la quinta de San Vicente. Y como se repitió al día siguiente, el 18 de octubre, cuando dicho gremio declaró asueto por San Perón sobre el personal de la Biblioteca.

Confieso que pensé dos veces antes de hacer pública esta información, porque seguramente dará pie al Sr. Director y al viejo sindicalismo para ironizar una vez más sobre mi presunto “gorilismo”. Pero prefiero anticiparme a la chicana señalando que por mi parte no tendría la menor objeción si el gobierno o el parlamento nacionales decretaran el feriado nacional en una jornada sentida como histórica por las grandes mayorías. Pero, volviendo a la Biblioteca Nacional, al no encontrarnos en un día festivo ni en el marco de un conflicto laboral, el problema reside en quién toma las decisiones, si los directivos de la institución o los delegados gremiales, sobre temas claves como el cese de actividades y el consiguiente cierre de la atención al público. En declaraciones al diario La Nación aparecidas en el día de ayer, el Dr. González afirma que “la Biblioteca Nacional no admite dos direcciones”. Palabras firmes e incuestionables, que saludamos calurosamente, pero que lamentablemente nunca le escuchamos frente a quienes debería haberlas pronunciado durante todo el año 2006…

Pero volvamos a las labores en curso en la Biblioteca Nacional. Es significativo que el Director sólo tenga para exhibir como pruebas de los cambios aquellas tareas que emprendimos desde la Subdirección y que él mismo resistió o desalentó. Esgrime como estandarte, por ejemplo, el Inventario de Libros. Este programa fue puesto en marcha por el entonces director Elvio Vitali en febrero de 2005 y concluido al amparo de la Subdirección a mediados de 2006. Vitali, asesorado por un cuerpo de bibliotecarios y otro de investigadores, no tardó en llegar a la conclusión de que para realizar un inventario de los libros y folletos que disponía la Biblioteca Nacional era necesario constituir un programa de trabajo capaz de resguardar su autonomía física, administrativa, financiera, informática y laboral. Consiguió para ello el necesario apoyo presupuestario, habilitó un espacio físico en uno de los subsuelos, contrató una veintena de bibliotecarios y un centenar de pasantes universitarios. Durante un año y medio el Programa Inventario trabajó de modo ejemplar, gracias a que la gestión logró preservar su autonomía brindándole todos los insumos y apoyos necesarios, mientras que los bibliotecarios y los pasantes mostraban un extraordinario compromiso con su labor. El resultado fue el primer inventario informatizado de libros y folletos que dispone la Biblioteca Nacional. Desde hace un semestre puede ser consultado por cualquier lector desde la página web desde cualquier punto de país (y del mundo).

Cediendo a las presiones de la burocracia sindical (cuya principal preocupación radicaba en que el Inventario escapaba a su control), Horacio González, primero como Subdirector y luego como Director, lanzó sobre el programa los calificativos de “enclave tecnológico”, “sistema taylorista de trabajo”, “administración paralela”, etc. Su preocupación no se centraba en los derechos de los lectores, y de la ciudadanía en general, para acceder al patrimonio de la Biblioteca Nacional, sino en los supuestos “derechos” vulnerados de los trabajadores de la casa…

En semejante razonamiento subyacen toda una serie de equívocos. En primer lugar, las típicas oposiciones del Sr. Director —derechos de los trabajadores contra derechos de los lectores, técnica versus cultura, pensamiento versus gestión, etc.— resultan francamente improductivas, tanto para el pensamiento como la gestión de una institución con tantos “pliegues”, como él mismo gusta repetir. En segundo lugar, la defensa de los trabajadores reales y concretos no puede confundirse con la defensa de las burocracias interesadas en mantener las rutinas habituales para no poner en riesgo sus cuotas de poder.

El Director alude también a otros inventarios en marcha. En efecto, a partir del verano del 2006 pusimos en marcha programas para inventariar la colección de partituras, la hemeroteca y el archivo de manuscritos (área creada por la Subdirección y por cuyo futuro temo). Para sortear las presiones burocráticas y las críticas del Director, aceptamos formar equipos de trabajo mixtos, integrando la labor experimentada de los pasantes universitarios con la de los bibliotecarios y empleados de la institución que aceptaron sumarse a la labor. Para diciembre de 2006 se había logrado iniciar el inventario de partituras y el de archivo así como proceder al ordenamiento físico de las colecciones de la Hemeroteca. Pero aquí las permanentes intervenciones de facto de la burocracia sindical, que contaron con la invariable legitimación del Sr. Director, tornaron ímproba la continuidad de estas tareas, y esta es razón por la cual presenté mi dimisión. Es una gran ironía que el Dr. González se presente hoy ante la opinión pública como el garante de la continuidad de proyectos que nunca apoyó a cabalidad y que vapuleó a menudo.

Defender a los trabajadores no significa adularlos con una retórica demagógica sino promover su capacitación y su integración en equipos de trabajo eficaces y productivos. Desde mi perspectiva, no hay peor condena para el trabajador que resignarse a una suerte de destino manifiesto de empleado público ocioso, ausentista e improductivo. La crisis del trabajo no es sólo de índole salarial: es también una crisis de sentido. En el caso de la Biblioteca Nacional, de una institución que ha perdido su misión y necesita reencontrarla, el empleado ya no sabe para qué ni para quién trabaja, con qué objetivos ni con qué estándares. En ese contexto, no es casual que en el depósito de libros del segundo subsuelo de la Biblioteca Nacional los trabajadores del mismo se entretengan con un televisor, mientras los materiales demoran un promedio de 45 minutos en llegar a manos del lector…

Lamento que el Dr. González califique mi reclamo de eficiencia y de productividad laboral en la administración pública como neoliberal o de derechas. Por mi parte, como intelectual de izquierdas defiendo la necesidad de devolver a la sociedad civil una institución capturada como la Biblioteca Nacional, de tornar transparente un organismo opaco, de mostrar por todos los medios disponibles los tesoros que la biblioteca encierra convocando a sus lectores, reales y potenciales, presenciales y virtuales. Ninguna organización del trabajo puede escapar a estas exigencias. Cualquier oposición entre “derechos de los trabajadores” y “derechos de los lectores” es absolutamente incongruente y no hace más que profundizar el dislocamiento de la institución.

El Dr. González reconoce la notable merma de lectores en la Biblioteca Nacional señalada en mi carta de renuncia, pero inscribiéndola dentro de un “fenómeno mundial” más vasto. Esta estrategia de difuminar las responsabilidades de la deficiente atención que se brinda en la institución que dirige en una “crisis general del libro” y una merma de la lectura no soporta el menor análisis. En primer lugar, no todas las bibliotecas pierden lectores: las que han pasado la prueba de la modernización y ofrecen mejores servicios crecen en usuarios y en donantes. En segundo lugar, lo que muchas bibliotecas pierden en lectores presenciales, lo ganan en lectores virtuales. Se reduce el patrimonio consultado en sala de lectura mientras crece el patrimonio ofrecido y consultado a través de la web. La Biblioteca Nacional de Francia y la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos han sido pioneras en los proyectos de biblioteca digital. Ya señalé en mi carta de renuncia que el lugar prominente que corresponde dentro de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes a cada Biblioteca Nacional iberoamericana fue ocupado en el caso de nuestro país (en buena hora, desde ya) por la Academia Argentina de Letras.

Es entonces paradójico que el Director de la Biblioteca Nacional señale la caída en el número de lectores y al mismo tiempo encienda tantas alarmas fuente a mi proyecto “tecnocrático” de digitalización, destinado a la preservación de nuestro material y a conquistar nuevos lectores, sobre todo jóvenes. El Dr. González me atribuye la intención de “aceptar con liviandad el proyecto de Google de hacerse cargo de toda bibliografía latinoamericana” (”Consideraciones…”, Página/12, 31/12/2006, p. 16). En verdad, yo no hice otra cosa que recibir a un representante de Google cuando este se presentó la Biblioteca Nacional para proponernos un acuerdo de digitalización y lamento que el Director no pudiera acudir a la cita. El representante de Google ofreció entonces a la Biblioteca Nacional de nuestro país un acuerdo semejante al que su empresa estableció con la Biblioteca Pública Nueva York y con las bibliotecas de siete universidades del mundo: la de Stanford, la de California, la de Wisconsin-Michigan y la de Virginia en los Estados Unidos, las de Cambridge y Oxford en Inglaterra y la de la Complutense de Madrid. Por dicho acuerdo Google se comprometió a ofrecer a través de la web aquellos tramos de una obra que cada biblioteca establecía (algunas páginas o la totalidad, conforme las obras estuvieran o no libradas a la consulta pública); por su parte, cada una de estas bibliotecas se beneficiaba con la digitalización de sus colecciones, que entonces podía ofrecer desde su página web. Aunque el Google Library Project suene demasiado inglés a los oídos del Director de la Biblioteca Nacional, permitirá en poco tiempo a cualquier lector que disponga de una conexión a internet el acceso a millones de libros que hasta hoy sólo accedían lectores presenciales, en su gran mayoría estudiantes e investigadores de esas universidades.

Por mi parte, no reconozco los méritos del proyecto Google, como se me achaca, con la menor liviandad. El 22 de noviembre del 2006, en el marco de las Jornadas sobre Derechos de Autor y Libro Digital que se organizaron en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires tuve oportunidad de plantear públicamente la cuestión. Sostuve allí que el libro digital y la biblioteca virtual son realidades que se están instalando en todo el mundo. Aunque educados en la cultura humanista del libro impreso, los bibliotecarios, editores, autores y libreros no podemos aferrarnos apocalípticamente al soporte papel que tanto queremos. Sin desconocer los riesgos que entraña toda nueva tecnología que no dominamos, nuestro desafío consiste en desarrollar las potencialidades emancipatorias que también encierran. Sostuve también en dichas Jornadas que las bibliotecas argentinas no pueden permanecer ajenas a los proyectos de digitalización: o bien logramos desarrollar en el marco del Estado nacional un polo propio de digitalización, o bien necesitaremos concertar un acuerdo con una empresa privada como Google. El riesgo de la tecnofobia del Dr. González es que no hagamos ni una cosa ni la otra. Mientras el Director teme, como los primitivos frente a la fotografía, que cada libro que se digitalice pierda su aura, el patrimonio de la Biblioteca Nacional se deteriora y los lectores migran a otras bibliotecas.La oposición entre tradición y modernización es otro de los estériles dilemas con que el Dr. González ha paralizado la Biblioteca Nacional. Su refugio en las tradiciones de Moreno, de Groussac y Borges no son sino pura mitología y en nada se compadecen con su pensamiento ni con sus prácticas. Paul Groussac fue un gran administrador de la Biblioteca Nacional. Con escaso presupuesto y personal enriqueció con compras sus colecciones de libros, revistas y fondos documentales, actualizó los ficheros, obtuvo del gobierno el edificio histórico de la calle México y fundó la revista La Biblioteca, a través de la cual dio a conocer documentos históricos, escrupulosamente editados, que se atesoraban en su Archivo. Borges, en las antípodas del populismo cultural, nos legó maravillosas metáforas sobre la biblioteca. Vanguardista, no sería de extrañar que el universo de internet lo hubiera estimulado a pensar nuevas paradojas del espacio-tiempo virtual. A diferencia de su actual Director, nunca vivió encerrado en su biblioteca imaginaria, mostrando la sabiduría necesaria para confiar la administración práctica de la Biblioteca Nacional en su Subdirector, José Edmundo Clemente. En fin, respecto del parangón con Mariano Moreno, ojalá corrieran por las venas del Sr. Director aunque más no fueran unas pocas gotas de su sangre jacobina….

Intenté con mi carta de renuncia provocar un debate público porque entendí que el destino de la Biblioteca Nacional no podía quedar atado a las negociaciones entre los grupos de poder que la atenazan y los funcionarios de turno que lo toleran. Sostuve en ella que los empeños de los directivos así como los recursos de la Biblioteca Nacional debían estar en su mayoría encaminados a la realización de un programa de modernización. La Biblioteca Nacional de nuestro país necesita como directivos a personas con competencia acreditada en la gestión bibliotecaria, capaces de brindar respaldo y confianza a un equipo técnico que encare la tan mentada modernización y que no oculte su incapacidad e ignorancia en estos temas dedicando su tiempo a sembrar desconfianza entre los profesionales y a tomar decisiones sin apoyo técnico alguno. Directivos dispuestos a consagrar su tiempo a participar más en reuniones de trabajo que en viajes protocolares y eventos sociales, a garantizar una mayor presencia en los depósitos que en el Auditorio Borges.

Yo he dicho, pues, lo mío. Quisiera ahora dejar la palabra a la comunidad de los lectores, los investigadores, los archivistas, los bibliotecarios y demás trabajadores de las bibliotecas del país, los editores, los intelectuales, los periodistas y los funcionarios de Cultura. Porque la discusión sobre la Biblioteca Nacional excede al ámbito de sus paredes. Discutir la Biblioteca Nacional es también discutir el Estado, el sistema político, las lógicas y dinámicas sociales en sus relaciones con lo estatal, el sindicalismo, la democracia y los derechos ciudadanos (entre otros, los derechos a la información, a la transparencia, a la rendición de cuentas). Ojalá que la ciudadanía tome la palabra para hacer suya, de una vez por todas, su Biblioteca Nacional y sus instituciones. Y ojalá que los funcionarios no se hayan olvidado de la lección que les dio la sociedad en diciembre del 2001.

Villa Gesell, 4 de enero de 2007

Horacio Tarcus

Tags: Políticas culturales

Vivir en la Edad Media

Enero 4th, 2007 · 4 Comments

Son las cinco de la mañana y en la ciudad de Azul es noche cerrada. Los vidrios del micro que acaba de detener su marcha en la estación de ómnibus están helados: afuera, la temperatura no llega a los diez grados. Frente a la estación desierta, iluminada por los focos del único bar abierto, se distinguen las fachadas de dos remiserías. “Cuando venga de nuevo tome un auto ahí. Ya sabe, son poco más de cincuenta kilómetros de viaje. Los choferes conocen el camino de memoria”, me había recomendado el padre José Otero unas semanas antes, durante mi primera visita a la Abadía de Nuestra Señora de los Ángeles, el monasterio trapense más antiguo de América Latina.

Esa vez había hecho el viaje en auto y de día desde Buenos Aires. Así que también conocía el camino. Recordaba bastante bien la ruta estrecha que atraviesa las sierras en ese paraje de la provincia de Buenos Aires, porque la belleza del lugar es impactante: a los costados del camino se abren grandes extensiones de tierras verdes y amarillas, como pintadas al óleo, moteadas de animales. Pero esta segunda vez era de noche y, ya en camino, no se veía absolutamente nada más allá de los pozos en el asfalto gris que, con dificultad, iluminaban los faros del remís.

La conversación con el chofer no era la más estimulante a esa hora y en ese lugar. El hombre contaba que un tiempo atrás había llegado a trabajar varios días sin dormir, pero que había entendido que eso era una locura. “No lo pienso hacer nunca más, no importa que no llegue con la plata. Porque una noche cualquiera te distraés un segundo y listo, te matás”. Me pareció una opinión sabia y prudente. Sobre todo porque en ese momento recordé que, durante un buen tramo, el camino era de cornisa. “Sí, hace unos años un camión se fue por la barranca y terminó al fondo del acantilado. De día todavía se pueden ver los restos”, confió como si hiciera falta. Busqué, disimuladamente, el cinturón de seguridad, pero no lo encontré.

De todas maneras faltaba poco para llegar, a lo sumo dos kilómetros. Los faros iluminaron el cartel que anuncia el desvío que lleva hasta el monasterio. Pero cuando el auto enfiló hacia un pequeño vado, la rueda delantera izquierda estalló. El remisero perdió el control y el coche derrapó y se arrastró de costado, a unos 50 kilómetros por hora. Y cuando estaba por estrellarse contra la banquina izquierda el chofer dio un golpe de volante, el auto hizo un trompo y terminó hundido en el costado opuesto del camino. Luego de unos segundos en silencio, en los que sólo se escucharon los mugidos de las vacas y el trinar de algunos pájaros en la oscuridad, confirmamos que ninguno de los dos estaba herido.

Esta fue la historia que conté, unos minutos después, luego de haber hecho el resto del kilómetro que faltaba hasta llegar al monasterio en primera marcha y con la rueda destrozada, frente al padre José Otero. El padre me recibió por segunda vez, sirvió café y meditó por un instante. Juntó las manos debajo de las anchas mangas de su hábito monacal, ladeó la cabeza, y con su sonrisa habitual dijo: “Es así. A veces, Dios nos da señales”.

 

Vida de santos.

En algún momento del año 1098, los santos católicos Esteban, Roberto y Alberico llegaron hasta un gran pantano de la localidad de Dijón, Francia, denominado Citeaux. Buscaban volver a la sencillez y la pobreza de la vida monástica que recomendaba la regla de San Benito, redactada hacia el año 547. Pobreza evangélica, vida comunitaria, trabajo y oración. Todo resumido en el conocido mandamiento benedictino: ora et labora. Allí, los tres fundaron un monasterio, el primero de ese gran impulso religioso que hoy se conoce como la cultura cisterciense. Cinco siglos después, durante la Contrareforma católica, el abad de Rancé, que había sido hijo de un poderoso señor feudal, llevó a cabo una nueva ruptura desde su abadía de La Trappe, Fracia. Y en 1892 el Papa León XIII le dio nombre y entidad a esa reforma y a sus monjes. Así nació la “Orden de los cistercienses de la estricta observancia”, más conocida como la “Orden trapense”.

En octubre de 1958 un grupo de la orden de la abadía de San José, en los Estados Unidos, viajó hasta la Argentina y fundó en Pablo Acosta, a cincuenta kilómetros de la ciudad de Azul, el primer monasterio trapense de Latinoamérica. La leyenda cuenta que en este grupo estaba Robert Lewis, el copiloto del célebre “Enola Gay”, el avión que arrojó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Según se dice, Lewis habría dicho, segundos después del ataque, mientras decenas de miles de personas eran carbonizadas: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”. El padre Otero, mientras afuera todavía es de noche, dice que está algo cansado de que le pregunten por esta historia, aunque figure incluso en la página de internet del propio monasterio. “Es una leyenda. Lewis hizo un retiro espiritual en un monasterio de los Estados Unidos después de la guerra. Pero después se fue, y no se volvió a saber de él”, aclara.

El padre Otero es el prior del monasterio donde conviven dieciséis monjes. Es decir, es el segundo responsable de la abadía. Tiene 61 años, pero cualquiera que llegue del mundo exterior diría que ronda los cuarenta. Otero conserva, además, un secreto que confiesa sólo cuando entra en confianza: a qué se dedicaba antes de ordenarse en el monasterio. Porque la mayoría de los monjes trapenses llevaban una vida similar a la de cualquier mortal antes de optar por la desconexión absoluta del mundo. La vida de clausura de los monjes tiene reglas muy estrictas y entre ellas figura la del silencio absoluto, el recogimiento, el canto litúrgico y la oración. Cuando Otero ingresó, en 1977, los hermanos todavía hablaban mediante señas. “Pero el hombre es un ser social”, piensa ahora. “No está mal que ciertas normas se hayan actualizado. Hoy, por ejemplo, no se puede azotar a un ser humano -dice, y ríe-. Imaginese el juicio que le harían”. Los trapenses tienen una organización vertical, como la Iglesia Católica: en la cima, un abad general que vive en Roma y al que asiste un Consejo Generalicio, integrado por seis monjes. Uno de ellos, el Procurador General, es el nexo entre la Orden y la Santa Sede. Porque además de estar exentos de ciertas obligaciones del oficio católico como los de realizar bautismos y casamientos, los trapenses no responden a ninguna diócesis, sino directamente a Roma.

– ¿Retirarse del mundo no es una decisión algo egoísta?

– No, porque en el corazón del monje cabe el mundo. Yo me hice monje para salvar a los hombres. Es un camino menos visible que el que puede tener un sacerdote, pero viviendo el cristianismo hasta las últimas consecuencias uno da un testimonio. Si yo vivo mi fe radicalmente, el que me ve encuentra a Cristo. Porque lo cierto es que puedo predicar muy lindo, pero si no vivo como predico, ¿de qué sirve?

Para convertirse en monje hay que atravesar un largo camino. Se comienza como aspirante, etapa que dura un año. Después se es postulante por otro año, novicio por dos más, profeso temporal por tres y recién entonces, a siete años de haber empezado, se acepta la profesión perpetua. Es en ese momento cuando se hace entrega de la cogulla, el hábito blanco característico y que, en ocasiones, es acompañado por una pechera y capucha negras. De ahí, que a los trapenses también se los conozca como “monjes negros”.

Mucha gente se acerca al monasterio durante el año, en busca de una misa atípica o de retiros espirituales. De hecho, para conseguir turno en la hospedería ubicada a un costado de la iglesia hay que llamar con semanas de anticipación. Allí se alojan unos 1500 huéspedes al año. Pero muy pocas personas -algún familiar cercano- logran acceder alguna vez al interior del monasterio, el verdadero corazón de la vida de clausura. Del otro lado de esas paredes la realidad se funde con la fantasía, y la noción del tiempo se disuelve hasta convertirse en un solo minuto eterno. A lo largo de los pasillos, uno podrá toparse, por ejemplo, con una figura que lee en silencio mientras camina, como si fuese un personaje abducido de la novela “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, y depositado ahí durante un descuido.

 

Un día como cualquier otro.

La vida de los trapenses arranca a las tres y cuarto de la madrugada. Cada dos horas suena el campanario, interrumpen lo que están haciendo y se dirigen a cantar una de las siete oraciones diarias. Todos los días del año. En el monasterio no hay una sola bisagra que haga ruido. Y en la iglesia baja y robusta, de estilo románico, el silencio es tan profundo que lo único que se escucha es el eco del vuelo de las moscas. La sensación de recogimiento es tan abrumadora que, de ser posible, haría arrepentir al mismo Poncio Pilatos. Hasta que irrumpen los cantos litúrgicos. “Cantar los salmos viene de la época de San Agustín, que afirmaba que el que ora y canta, ora dos veces”, explica el padre Otero. “Nosotros buscamos resaltar la palabra y no la música. Para eso estudiamos solfeo y algunos instrumentos”.

– ¿Por qué se levantan a las tres de la mañana?

– Porque a esa hora el lago de la afectividad está quieto.

– ¿Cómo hacen para no quedarse dormidos?

– A veces, es cierto, estamos semidormidos cuando oramos. Pero eso no quita la conciencia del acto. Todo lo que uno mete en el alma a esa hora penetra hasta el fondo. Recitar los salmos a las tres de la mañana se puede transformar en un acto mecánico, pero no quiere decir que uno no quede embebido de esos sentimientos.

– ¿No se aburren?

– A veces los días se parecen. Cuando yo me aburro escucho jazz. Una vez al mes me doy una panzada. La gente se extraña de nuestros horarios. Pero después de un tiempo la estructura horaria desaparece, y se transforma en un régimen solar. Es como volver a las fuentes de la naturaleza. El fin es favorecer el espíritu de oración constante. No estamos acá porque nos peleamos con la sociedad.

– ¿Cómo es el contacto con el exterior?

– La gente piensa que somos extraterrestres que no sabemos lo que pasa. Pero sabemos más que ellos. Leemos los diarios dos veces por semana, usamos internet. Además, una cosa es escuchar la información y otra digerirla. La gente está muy bombardeada, y nosotros tenemos tiempo.

 

Mi mundo privado.

En el monasterio, las tareas están bien divididas. El padre Eduardo Gouland tiene 60 años y es el ecónomo. “Yo vendría a ser el Judas, aunque espero no terminar como él”. Su historia de clausura comenzó a los 24 años. El día en que, estudiando para un final de la facultad, tuvo una revelación. “Yo era católico no practicante. Tenía novia, y todo lo que oliera a cura o a sacristía me daba alergia. Una noche estaba estudiando con mis compañeros para un examen de Derecho Comercial y de repente sentí una presencia muy fuerte del Señor en el corazón. Fue como una iluminación, lo sentí físicamente. Me pedía que dejara todo y, claro, yo no quería. Me costó tiempo asumirlo, porque amaba a esta chica con la que estaba. Pero en poco tiempo todas las cosas a través de las que vivía se volvieron vacías. Llevaba una doble vida: por un lado el centro de estudiantes y por el otro la vida espiritual, que era la que cada vez me hacía más feliz. Así que contra la opinión de los demás me decidí por la vida monástica. Y una vez que llegué acá, supe que era el lugar que buscaba”.

Para subsistir, los monjes solían fabricar miel y té de hierbas, pero ya no lo hacen. Ahora trabajan el campo. Pero el verdadero ingreso, desde hace 15 años, lo obtienen de la reproducción de toros: crían y venden unos 120 toros Hereford por año. Las obras grandes, como la hospedería, se construyen con donaciones. En la división del trabajo, al hermano Mario Arredondo (49) le tocó el mantenimento del generador eléctrico, las calderas y los dos vehículos: una camioneta Trafic y una Toyota 4X4. En la cocina, las pizzas dominicales del padre Pablo Heide (81), el monje más grande, son antológicas. El hermano Tomás Ringwood (78), el portero, es el único sobreviviente del grupo fundador. El padre Leandro Pérez (75) es capellán y lava la ropa. Y Agustín Roberts (72), también norteamericano, es el abad.

Roberts acaba de regresar de un retiro especial que los monjes realizan una vez al año. Se internan en una ermita cercana en soledad, durante siete días, sin luz eléctrica, agua corriente ni calefacción. Sólo les está permitido llevar algo de leña y la comida. “Nuestra vida es intensa y la convivencia también. Por eso se necesitan estos momentos de soledad, sin trabajo y en oración”.

– ¿Nunca se enojan?

– Me he enojado más aquí dentro que afuera (ríe). Pero recuerdo una vez en particular, durante Malvinas. Estaba tan furioso con Margaret Thatcher, por la injusticia de la guerra, que me llegué a confesar por eso. No hay nada que hacer: a veces el hombre viejo sale a la superficie.

A las seis de la tarde el sol, que ilumina las galerías del interior del monasterio y pasando por el vitreaux tiñe de amarillo el interior de la iglesia, comienza a bajar. A las siete, será nuevamente de noche. Antes de eso, el padre Otero decide manejar él mismo la camioneta y llevarme de regreso a la terminal. Allí me confiesa su secreto: antes de la clausura, él fue músico profesional. Baterista de reconocidas bandas del rock nacional como “Arco Iris” y “Cenizas”. Vivió cinco años en Europa, y tocó hasta para el sha de Persia. “Pero siempre sentí la presencia de Dios conmigo, y tenía que responderle”. En 1975 buscó la indulgencia plenaria subiendo de rodillas las escalinatas de la Basílica de San Pedro. Dos años después, entró a la abadía definitivamente. El mundo exterior dejó de existir, para él, en ese preciso momento.

 

Por Maximiliano Tomas para la revista Rumbos, enero 2004.

Tags: Artículos, crónicas y reportajes

La carta del escándalo / 3

Enero 3rd, 2007 · No Comments

A propósito de la renuncia del Subdirector de la Biblioteca Nacional, Horacio Tarcus, los abajo firmantes deseamos manifestar:

-que el certero diagnóstico sobre el sombrío estado de la Biblioteca Nacional que detalla Tarcus en su renuncia es, en términos generales, lo que cada uno de nosotros puede avalar por propia experiencia como lectores e investigadores;

-que si coincidimos con el diagnóstico, es porque también coincidimos con el rumbo general que el texto de su renuncia señala como necesario para la Biblioteca: de modernización de la gestión bibliotecológica, inventario e informatización de su patrimonio bibliográfico, con una política de continua actualización del mismo, sistemas que garanticen el acceso de los lectores e investigadores a los libros, de modo de convertir a la Biblioteca Nacional en el centro de un moderno sistema bibliotecológico nacional y reservorio principal de la producción editorial;

-que, por último, desde que asumió esta nueva gestión hemos pensado que el conocimiento y la experiencia de Tarcus en estas temáticas, sumadas a su seriedad y su capacidad de trabajo eran una garantía para trazar una línea de reformas coherentes en esa dirección.

Por todo ello, expresamos nuestra mayor preocupación respecto de la suerte de la Biblioteca Nacional a partir de esta crisis de la gestión que ha llevado a la renuncia de su subdirector.

Gonzalo Aguilar, Carlos Altamirano, Martín Bergel, Lila Caimari, Edgardo Castro, María Teresa Constantín, Rafael Filippelli, Jorge Gelman, Adrián Gorelik, María Teresa Gramuglio, Mirta Zaida Lobato, Jorge Myers, Carlos Reboratti, Inés Rojkind, Luis Alberto Romero, Hilda Sabato, Beatriz Sarlo, Graciela Silvestri, Juan Suriano, Oscar Terán, Karina Vásquez, Hugo Vezzetti.

Si está de acuerdo con el siguiente texto, por favor, además de adherir a adhesionbibliotecanacional@gmail.com, hágalo circular. En unos días se difundirá la versión con todas las firmas que hayan llegado. Muchas gracias.

Tags: Políticas culturales

Cómo se hace un suplemento cultural

Enero 2nd, 2007 · 4 Comments

Hace exactamente un año, cuando el diario PERFIL cumplía tres meses, aparecía este suplemento, en un mercado donde ya existían otros productos similares. El desafío fue entonces –y lo sigue siendo– construir un espacio distinto, con personalidad propia. Para lograrlo, para abordar los fenómenos culturales sin prestar favores oblicuos, sin obedecer las demandas del sentido común ni acatar la agenda pautada por la industria, existió una idea de base: éste tenía que ser el espacio donde escritores y periodistas jóvenes, sin voz en los grandes medios, pudieran analizar y reflexionar, sin más compromisos que el ejercicio intelectual –y con cierto desenfado e incorrección–, sobre la nuevas corrientes de producción literaria y artística. Lograr el justo medio no es tarea sencilla: hay que saber evitar, al mismo tiempo, los riesgos del elitismo y el tedio del clasicismo, tanto como la tentación de la demagogia y el populismo de la cultura de masas mal entendida.

Siguiendo estas prerrogativas fue que se decidió convocar a los contratapistas: Quintín, crítico cinematográfico y literario, ex fundador de la revista El Amante; y Damián Tabarovsky, periodista, escritor, editor y autor del controvertido ensayo Literatura de izquierda (habría que agregar la presencia en estas páginas, durante los primeros números, del filósofo Tomás Abraham). Ese aporte, al que se sumó la colaboración exclusiva de Juan José Sebreli y Slavoj Zizek, y la siempre renovada voluntad de trabajo del propio staff del suplemento (Sonia Budassi, Judith Savloff, Juan Terranova y hasta hace poco Glenda Vieites), hizo que este primer año de vida fuera tan grato como posible.

¿Logramos algo de lo que pretendíamos? Muchas veces sí y algunas otras, no. Pero surgieron espacios que, de acuerdo con la respuesta de los lectores, parecen haber generado gran interés y satisfacción: el cuestionario de las diez preguntas de la página 2 es tan leído como comentado. Por otro lado, durante un año, fuimos el único suplemento cultural que se decidió a publicar ficción en formato breve: no pasa una semana sin que recibamos nuevos cuentos de nuestros lectores que piden ser incluidos en la sección Microrrelato. Hoy vemos con agrado que dos de los diarios nacionales de mayor circulación del mercado adoptaron la misma idea.

Hicimos, siempre, las notas en las que creíamos y, sobre todo, las que teníamos ganas de hacer. Como declaración de principios e identidad, ahí están los nombres que fueron tapa durante 2006: Anthony Burguess, Michel Foucault, Man Ray, Andre Breton, Jack London, Rodolfo Walsh, Harold Bloom, Juan José Saer, Michel Houellebecq, Jean-Paul Sartre, David Viñas, Stephen King, Ricardo Piglia, Ezequiel Martínez Estrada, Hanif Kureishi, Antonio Di Benedetto, Samuel Beckett, Adolfo Bioy Casares, Philip Dick, John Cheever, Antonio Berni, John Berger, Alain Badiou, Robert Walser, Raymond Carver y Bret Easton Ellis.

Sabemos, claro, que a pesar de las complicaciones iniciales que presenta todo proyecto nuevo –instalar una marca, hacerse un lugar desde las propias convicciones, establecer un lazo de fidelidad con el lector–, lo más difícil no es comenzar sino permanecer. Y hacer cada vez, número a número, un trabajo mejor. En eso estamos.

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 31 de diciembre de 2006).

Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

La carta del escándalo / 2

Enero 1st, 2007 · No Comments

Acá abajo, la repuesta completa de González a Tarcus.

Apreciaciones sobre una renuncia

La renuncia del subdirector de la Biblioteca Nacional manifiesta la doble ignorancia de quien desconoce la naturaleza de esta institución –cuya complejidad técnica, simbólica y cultural es evidente-, y de quién hace pasar a primer plano un razonamiento lineal en un ámbito de delicados tejidos institucionales.
La Biblioteca Nacional es una e indivisa. Nadie es dueño de sus trabajos y avances actuales. Tiene muchos proyectos en su interior y discusiones sobre cómo realizarlos, pero no admite –como no lo admite ninguna institución pública-, una partición presupuestaria y una doble dirección. Entre tantos otros borbotones de ira infundada, se queja Tarcus de que publicamos importantes revistas y libros, o de que propiciamos la segmentación de la Biblioteca para transformarnos en monarcas. Leyó mal la historia de la Edad Media: debe volver a su Marc Bloch o Georges Duby. Dar a luz La Biblioteca, una revista argentina de reflexión, investigación y debate no sólo no se contradice con ninguna de las demás tareas bibliotecológicas, sino que las sustenta y enriquece. Trabajar en instituciones que protagonizan su reconstrucción siempre implica el diálogo permanente y respetuoso, que lejos de sectorializar una entidad genera nuevas convocatorias al compromiso colectivo. Una institución pública tiene tanto de división de trabajo formal, de proyectos transversales como de archipiélago de ideas y situaciones. Y como es obvio, aumentar el salario es parte de la sensibilidad que toda institución debe tener -¿no es absurdo tener que aclararlo?-, lo que en nada se contrapone a comprar libros, como de hecho se ha estado haciendo en la mayor proporción de los últimos tiempos. Un pensamiento lineal, con temas de izquierda pero con resultados reales de derecha, con el infantil lenguaje de un capitalismo tecnocrático, no es la solución para nuestras Bibliotecas, y sobre todo para la Biblioteca Nacional. Desconocer que la Biblioteca Nacional fue fundada hace ya casi doscientos años y pretender fundarla otra vez con un cientificismo lejano a la verdadera ciencia, es un error y un desprecio. Confundirla con un mero centro de documentación es una imprudencia de principiante.
La Biblioteca Nacional tiene en su interior centros de documentación, pero los excede en su complejo encadenamiento de símbolos, memorias y legados. Debo decir que la Biblioteca Nacional seguirá su tarea serenamente y con creatividad. Devolverle su rol rector como institución cultural nacional es nuestro objetivo permanente, tal como se ha asumido en el comienzo de esta gestión en 2004, y aunque constituye una tarea que llevará años, estamos abocados a la misma desde una perspectiva integral, que comprende la catalogación de todos sus acervos, la preservación y el enriquecimiento del patrimonio bibliográfico, y se extiende hacia todo el campo cultural en general. El Dr. Tarcus pudo haber participado con sus ideas, siempre valoradas, en muchos de los aspectos que aluden a carencias bien conocidas, en vez de cultivar exasperadamente una de las tendencias más irrelevantes de su estilo, la injuria sin fundamentos, el espíritu de mercería y un arrebato de soberbia que no mide consecuencias ni se atiene a responsabilidades asumidas. No es compatible estar en una institución y denigrarla a diario. No es elegante proponer que una institución particular de documentación histórica, que él fundara, sería más buscada por los lectores que la institución en la que era su subdirector. Enfrentarse a la mayoría del personal, nunca garantiza la eficiencia, aunque se la invoque. Lleva a profundas equivocaciones, en la medida que no hay realización, eficiencia y racionalidad sin ideas amplias sobre los pliegues complejos de la cultura. Un mesianismo de cuño gerencial, con nulo respeto por la vida democrática de una institución, pone en riesgo su condición de entidad homogénea, desde luego con muchas instancias y entrecruzamientos.
La Biblioteca Nacional no precisa salvadores abstractos, tiene los textos bibliotecológicos de Groussac, la teoría de la biblioteca de Borges y el esfuerzo técnico y cotidiano de los bibliotecarios y bibliotecarias de la casa.
La Biblioteca Nacional se extenderá hacia la ciudad con nuevas construcciones y se halla en una reflexión profunda para desarrollar el mejor camino para su actualización tecnológica, en consulta permanente con técnicos argentinos y extranjeros, además de hallarse en la inminencia de definir su software para los próximos tiempos. Ahí sí lectores e investigadores podrán percibir un adelanto palpable, sin infantilismos ni arrebatos. Ajeno a estos temas, el subdirector se precupaba por publicar el índice de una importante revista de los años 40 –que entre tantas otras publicaciones está prevista para salir en el mes de abril de 2007- y pensaba que era posible aceptar con liviandad el proyecto Google para hacerse cargo de toda la bibliografía latinoamericana, sin siquiera considerar ciertas reticencias que otros países han presentado frente al mismo. Lamento personalmente que una relación que pudiera haber sido otra, tuviera este tropiezo que de todas maneras no alterará el rumbo de la Biblioteca Nacional. La construcción de una perspectiva estratégica, que parta de considerar la Biblioteca Nacional como una institución única y articulada, y retome sus grandes tradiciones, renovándolas y proyectándolas hacia el futuro, es lo que seguirá inspirando nuestros pasos, junto a sus lectores, sus investigadores y sus trabajadores.

Horacio González

Director de la Biblioteca Nacional 

Tags: Discusiones y polémicas · Políticas culturales