Entries from Junio 2007
Agarrate Catalina (vos, tus hermanas y tus primas). Parece que el momento tan temido y esperado viene sonando. ¿Tendrán algo que ver las dos antologías que hay en puerta, de Sudamericana y Entropía? Es probable.
Mientras se prepara el gran asado de mañana en Don Torcuato, nuestra cruza de Chuck Palahniuk y Manuel Puig arriesga una primera lista de notables nacidos en los 70, y Félix Bruzzone (ojo con Bruzzone, el piletero: viene con todo a disputarle el puesto de mejor cuentista joven a Pedrito Mairal y Sami Schweblin, dos pesos pesados) arranca con el Diccionario de nuevos autores.
Como decía Carlitos, el futuro ya llegó.
Tags: Nueva narrativa argentina
Los verdaderos cambios en la rutina de los televidentes pasa por la inminente prescindencia de los programadores y gerentes de las emisoras.
Por Daniel Link.
Tags: Visto y oído
Por Ignacio Echevarría
El título de este artículo es el de un libro publicado en España hace pocas semanas. Su autor es Santiago Alba, ensayista y articulista ya bastante veterano, aunque aún no muy conocido. Como es poco probable que el libro llegue a Chile, dado que ha sido publicado por un sello exigente pero de escasa difusión (Caballo de Troya), vale la pena dar aquí noticia de él. Se trata de un ensayo insólito, que incluye varios pasajes narrativos –cuentos y apólogos del propio Santiago Alba– que actúan a modo de “ilustración” de las tesis del texto. Su materia es inclasificable, y no es cuestión de intentar resumirla ahora, no es éste el propósito de estas líneas. Baste decir que discurre principalmente sobre los niños y sobre los libros, y sobre el valor que unos y otros conservan como modelos de resistencia frente al mundo.
La sorpresa mayor que causa la lectura de Leer con niños es la de asistir en sus páginas a una reivindicación de la familia y de sus valores tradicionales formulada desde una perspectiva abiertamente de izquierdas. Durante décadas, escribe Alba, la izquierda ha luchado contra la familia y la escuela como aparatos de reproducción ideológica; sólo ahora se empieza a echarlos de menos precisamente por eso, como los únicos lugares desde los que cabe todavía combatir la naturalidad con que el capitalismo se reproduce por sí solo, conforme a una lógica cada vez más “soltera”, es decir, cada vez menos dispuesta a deponer o a suspender sus intereses propios en atención a los compromisos y a los cuidados, tanto afectivos como materiales, que reclama la existencia del otro.
Los niños están en peligro, advierte Alba. Y no piensa en términos demográficos, o no sólo. Simplemente, dice, no es cierto, como Freud nos ha hecho creer, que los niños quieran matar al padre. Bien leída, lo que en realidad revela la historia de Edipo –y sugieren infinidad de mitos y relatos populares: desde Saturno a Pulgarcito– es más bien lo contrario: que son los padres los que quieren eliminar a los hijos. Es Layo, rey de Tebas, quien ordena matar a Edipo. En cualquier caso, es Abraham, y no Edipo, la figura que más conviene recordar aquí. Abraham, que aceptó el mandato de sacrificar a Isaac, a cambio de toda suerte de bendiciones. Así obran buena parte de los padres con sus propios hijos, al pensar en ellos como hombres y no como niños, y aceptar librarlos sin resistencia a un mundo que exige de éstos su transformación en trabajadores y consumidores sumisos, en ciudadanos cómplices y obedientes.
Estableciendo sorprendentes y agudas conexiones entre el ámbito de la familia y el de los libros, Santiago Alba se atreve a preguntar, provocadoramente, para qué sirven unos y otros. Acerca de estos últimos responde con toda firmeza, pensando sobre todo en los relatos: para familiarizarnos con “otra forma de tiempo”. Un tiempo sustraído de la circularidad de los propios apetitos y de su inmediata satisfacción, de la encubierta reiteración de lo mismo que induce la cultura de masas; un tiempo –el tiempo del relato– que reclama su autonomía particular, y que reclama, asimismo, la actuación de facultades –la atención, la espera, la memoria– desatendidas en una época, como la presente, sometida al imperio del gag, de la imagen, de la velocidad.
Los beneficios que comporta el aprendizaje de esta “otra forma de tiempo”, los vínculos tan distintos que a partir de él cabe establecer con uno mismo y con los demás, sirven a Santiago Alba para proponer la lectura compartida entre padres e hijos, entre adultos y niños, como eficaz estrategia mediante la cual defender a unos y otros de la locura de un sistema en el que el lugar de los niños va quedando progresivamente ocupado por una prole cada vez más numerosa de hombres y mujeres infantilizados, incapaces de concentrarse, de comprender la sucesión y subordinación entre dos acontecimientos, sometidos a la urgencia de la repetición y la novedad como únicos estímulos.
Santiago Alba arranca buena parte de sus reflexiones a una experiencia muy singular: padre él mismo de dos niños, muy tempranamente se habituó a leer con ellos en voz alta. Primero fueron los clásicos infantiles, combinados con versiones orales de los mitos griegos o bíblicos; más adelante, una amplia lista de clásicos universales, no sólo juveniles: de Julio Verne a Franz Kafka, de Stevenson a Italo Calvino, de Jonathan Swift a Salinger. Alba revisita las obras de algunos de estos autores, pero también un buen número de mitos o de cuentos del folklore popular, de los que hace lecturas atrevidas y muy originales. Así ocurre, por ejemplo, con la Odisea o con algunos pasajes de Heródoto, con los cuentos de Caperucita roja y Barba Azul, con el Quijote o con la regla de San Benito. El resultado es un libro cautivador y excitante, repleto de destellos: un libro valientemente interpelador, en el que destacan las observaciones muy delicadas sobre los niños, fruto de una atención apasionada y amorosa. Una auténtica rareza en el panorama del ensayismo en lengua española, donde Leer con niños apenas tiene parentescos, sobre todo en lo relativo a su deriva tan aventurera, que en sus mejores momentos recuerda –salvadas las distancias– a Masa y poder, de Elias Canetti, autor que Alba parece haber leído con especial delectación.
Publicado en El Mercurio el domingo 24 de junio de 2007.
Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas) · El señalador (noticias destacadas de cultura)
Los 50 años de la muerte de Malcolm Lowry, y los 60 de la publicación de su novela capital, por Matías Serra Bradford.
Tags: El señalador (noticias destacadas de cultura)

Leen tres amigos de la casa: Gaby Vex y Cecilia Szperling, talentosas chicas modernas, junto al galán de cine negro Ernesto Mallo: imperdible.
Este viernes, en Brandon Lee.
Tags: Eventos y presentaciones
Estuvo un par de días en el escritorio, y lo terminé abriendo de casualidad, casi por descarte, tratando de superar esa barrera infranqueable que establece, entre objeto y lector, un diseño de tapa tan errado: la foto del autor virada al sepia, encendiendo un cigarrillo; marrones, ocres y negros conviviendo forzadamente, y una tipografía blanca, chillona y torpe. A pesar de todo, La verba infamada, recopilación de artículos periodísticos de Jorge Dorio, no está mal –lo que hace doblemente culpables a los editores.
Antes de ejercer como estrambótico apuntador intelectual en Gran Hermano, Dorio hizo radio y tevé con Martín Caparrós (Sueños de una noche de Belgrano y El monitor argentino), y juntos fundaron la mítica revista literaria Babel. Hay, en el libro, dos piezas imperdibles: una crónica titulada Cocaína. Un día, un dealer, y una entrevista al siempre esquivo César Aira, cuando todavía no había inundado los patios de la literatura argentina con decenas de novelas. Aira, que por entonces sólo había publicado La luz argentina y Ema, la cautiva, ya se declaraba prescindente de cualquier enunciación (“No tengo nada que decir; la literatura está fuera del sentido”) pero, divertido, recomendaba a sus autoras favoritas (Jane Austen, George Eliot, Ivy Compton Burnett, Murasaki Shikibu, Sei Shonagon, Marguerite Duras), y afirmaba no sólo estar a favor de las camarillas literarias sino también de reseñar elogiosamente los libros de los amigos.
Pero, al margen de este tipo de casualidades, lo cierto es que con los libros sucede como con los seres humanos: el primer acercamiento suele ser, casi siempre, físico. Hay –o debería haber– en la tapa de cualquier libro, una declaración de principios del editor, una convocatoria, un llamamiento. Algunas editoriales independientes argentinas saben que las tapas son fundamentales, y le dan al paratexto –la portada, la contratapa, las solapas, el diseño de interior: los blancos, las cajas, la elección tipográfica– la misma importancia que al propio texto. Los buenos editores no sólo piensan libros, construyen catálogos, y una colección donde enmarcarlas. Es ahí donde entra el diseño, fundamental para rubricar una idea: las irresistibles tapas amarillas de Anagrama, las negras de Tusquets, las sofisticadas ediciones de Siruela o El acantilado (casualmente o no, cuatro sellos catalanes).
Frente a la avalancha de novedades mensuales, un lector sagaz se deja guiar casi exclusivamente por estos guiños: “La marca editorial como contraseña”, como los define Jorge Herralde. ¿Se preocupan los autores por las portadas de sus libros? Si no lo hacen, deberían. Franz Kafka, por ejemplo, le escribió varias veces a su editor, Kurt Wolff, para que se abstuviera de ilustrar la tapa de La metamorfosis con la imagen de un insecto.
El año pasado apareció un libro curioso: Listos para leer. Diseños de libros en España. Allí, Sergio Vila-Sanjuán, coordinador durante diez años del suplemento literario de La Vanguardia, se pregunta en el artículo Las cubiertas: incidencia, atractivos, autoría: “¿Hasta qué punto influye la apariencia externa de un libro en la atención que van a dedicarle los suplementos literarios?”. Y termina por afirmar: “La cubierta es el escaparate del libro, la emanación de su espíritu. Un libro bueno no debería permitirse tener malas cubiertas, y a la inversa, es raro encontrar un libro realmente malo que tenga una cubierta realmente buena”. ¿Por qué no editar algo así como un tratado ético-estético sobre el diseño de tapas? No sería yo el único, arriesgo, al que le gustaría tenerlo en su biblioteca.
(Publicado el domingo 24 de junio de 2007 en el suplemento de Cultura de Perfil).
Tags: Asuntos internos (en el diario PERFIL)
Esta vez, la selección es del señor de los rinocerontes. Y la lista, un poco más amplia.
También en julio, en su librería amiga.
Tags: Nueva narrativa argentina
1- Luego de rodeos, domingo de impugnación. Ahora sólo resta ver las obviedades televisivas de siempre, y cuánto sacamos en el porcentaje total de los votos.
2- Me molesta supinamente el agradecimiento de los cartelitos amarillos que pueblan las carteleras desde hace dos semanas. ¿Gracias a quién, por qué? ¿Qué me agredecen, si no los voté? Pongansé a laburar, a partir de mañana mismo, y dejen las buenas intenciones, que con eso no se hace literatura ni política (Flaubert dixit).
3- Otro sí: ¿quién fue el publicista que se forró impunemente con la campaña de Kirchner en la Ciudad? ¿Qué es eso de “porque tengo convicciones estoy con Filmus”? La pregunta sería, en todo caso: ¿qué tipo de convicciones? Hitler tenía convicciones, por supuesto, y también Stalin, qué dudas caben. Y Menem, y De la Rúa, y Duhalde, y Kirchner y también Macri. Y Mariano Grondona y Bernardo Neustadt, y Verbitsky y Walsh y vos y yo. Ahora: ¿qué convicciones tienen Mex Urtizberea, Víctor Heredia, Teresa Parodi, Florencia Peña? ¿Y por qué deberían ser medianamente similares a las mías? ¿Tanto dinero del erario público invertido y no se les ocurrió nada mejor que una fórmula tan estúpida como vacía?
4- Por otro lado, terminé Las Islas y, finalmente, estoy leyendo Mañana en la batalla piensa en mí.
Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas) · Discusiones y polémicas
¿Cuál es la opción, la verdadera opción para, digamos, un tipo de centro izquierda, un progresista inorgánico, si es que eso quiere o alguna vez quiso decir algo, hoy en la Ciudad?
¿Cuál es la opción si a este pequeño feudo millonario y con pretenciones de meca sexual y cultural del Primer Mundo se lo debaten -y lo que habría que ver es cómo y por qué se llegó a esto, ¿o no? que alguien lo explique si lo entiende- la oligarquía contratista y la eterna regeneración del peronismo más trucho de izquierda?
“Pero no el chamuyo. Muchachos, hay una banda de quinientos tipos que dio vueltas veinte años en la calesita. Y se rascaron las bolas cada día, primero de izquierda a derecha, a veces de derecha a izquierda y siempre con las dos manos. De esos quinientos, al menos cuatrocientos se reciclarán de distintas maneras en los mismos laberintos y otros cien irán al Pami o lugares así y ya está. Dirán, salvados, vengo a dar una mano. Dos manos, hijo de puta. Los catorce chetos, mientras, irán renunciando a las cosas feas de hacer, ¡a ver quién te agarra una intervención en el Moyano!, y harán su jueguito de la silla por las cosas lindas. No va a pasar nada. Nada peor de lo que ya pasó y hasta es probable que lo peor no se repita. Puede pasar incluso que un gobierno de centroderecha sea mejor para la izquierda, como ha pasado que uno largo de izquierda sólo le sirvió a la derecha y cuando no le sirvió a la derecha, no le sirvió a nadie.”
Bueno: Esteban Schmidt fundamenta, aquí, las razones de su voto en blanco.
Tags: Discusiones y polémicas

Terranova / Ali / Cucurto / Mariasch / Mairal / Coelho / Abbate / Suárez / Enriquez / Antonuccio / Licitra / Arias / Moret / Parisi / Bruzzone / Ghenadenik / Linne / Vommaro (y un servidor) escriben sobre uno de los dos asuntos que hacen girar al mundo.
Estreno: primeros días de julio, en su librería amiga.
Tags: Nueva narrativa argentina
Algunos meses atrás hubo un concurso de crónicas de viaje organizado por la Fundación El Libro en el marco de la Feria. Fue una buena ocasión para tomar una nota que había escrito por encargo, y que no me satisfacía completamente, y ver cómo la hubiera reescrito hoy.
Así que me transformé en una suerte de dj de mí mismo, reescribí el texto y lo presenté: había un premio de 10 mil pesos en juego.
Por supuesto, no gané. Pero creo que el artículo quedó mucho mejor, o al menos más parecido a lo que yo quería.
Es el que sigue.
Un viaje a la Edad Media
El tedio es parte esencial de la vida –de la vida de quienes, de este lado del mundo, pueden darse el lujo de sentirlo de tanto en tanto. Algo así como la otra cara del deseo: si no fuera por él, lo más probable es que nos pasáramos las horas y la vida echados a la sombra de un ombú. Con perdón del francés: “Estamos dispuestos a comer mierda, pero no siempre la misma” –Jacques Lacan dixit. Para evitarlo, para hacerle una finta al aburrimiento, los seres humanos suelen procurarse todo tipo de soluciones: emborracharse, casarse, reproducirse e inventarse guerras de diversas dimensiones. Algunos periodistas también nos aferramos a la quimera de que quedan, todavía, buenas historias que contar. Historias que, por lo general, hay que salir a buscar; rastrearlas, o lo que es lo mismo: viajar para contarlas. Una de ellas era la del monasterio trapense de la ciudad de Azul.
Cuentan los libros que en algún momento del año 1098 los santos Esteban, Roberto y Alberico llegaron hasta un pantano de la localidad de Dijón, Francia, llamado Citeaux. Los tres amigos buscaban volver a la sencillez y la pobreza de la vida monástica que recomendaba la regla de San Benito, redactada hacia el año 547: pobreza evangélica, vida comunitaria, trabajo y oración. En buen latín y sintetizado: ora et labora. Allí, Esteban, Roberto y Alberico fundaron un monasterio, el primero de lo que hoy se conoce como cultura cisterciense. Cinco siglos después, durante la Contrarreforma católica, el abad de Rancé, que había sido hijo de un poderoso señor feudal, llevó a cabo una nueva ruptura desde su abadía de La Trappe. Y en 1892 el Papa León XIII le dio nombre y entidad a esa reforma y a sus monjes. Así nació la “Orden de los cistercienses de la estricta observancia”, más conocida como la “Orden trapense”.
En octubre de 1958 un grupo de la orden perteneciente a la abadía de San José, en los Estados Unidos, viajó hasta la Argentina y fundó en Pablo Acosta, a cincuenta kilómetros de la ciudad de Azul, el primer monasterio trapense de Latinoamérica. La leyenda dice que en este grupo de avanzados se contaba Robert Lewis, el copiloto del Enola Gay, avión desde el que se arrojó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima –y el resto es historia conocida. Se cree que instantes después del ataque, mientras decenas de miles de personas eran carbonizadas en unos pocos segundos, Lewis pronunció sólo cinco palabras: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”. Y que una vez en tierra, sintió el llamado del señor, el mismo que lo habría arrojado al sur del mundo algunos años más tarde. Es una buena historia, y como toda buena historia lo más probable es que sea mitad verdad, mitad mentira.
Veremos.
Ahora son las cinco de la mañana, y en la ciudad de Azul es noche cerrada. Ya estuve una vez en el monasterio trapense, un par de semanas atrás. La condición para que los monjes me abrieran –literalmente– las puertas de su reclusión voluntaria fue esta: un primer viaje, de estudio mutuo, en todo caso algunas fotografías, y recién después, si la química humana y la fe divina así lo disponían, un segundo viaje, esta vez solo, sin fotógrafo, en el que podría acceder a cierta intimidad y al, por decirlo así, verbo –que los monjes que no suelen hablar con nadie, ni siquiera entre ellos, hablen conmigo, es decir, con la prensa.
Entonces: son las cinco de la mañana y en Azul es noche cerrada. Los vidrios del micro que acaba de detenerse en la terminal de ómnibus están helados. A espaldas de la estación desierta, iluminada por los focos del único bar abierto, se distinguen los frentes de dos remiserías.
–Cuando vuelva tome un auto ahí. Ya sabe, son poco más de cincuenta kilómetros de viaje. Los choferes conocen el camino de memoria –me había recomendado el padre José Otero durante mi primera visita a la Abadía de Nuestra Señora de los Ángeles.
Esa vez, la de las formalidades, había hecho el viaje en auto y de día desde Buenos Aires junto al fotógrafo. Así es que yo también conocía el camino: recordaba bien la ruta estrecha que atraviesa las sierras en ese paraje de la provincia de Buenos Aires, las extensiones de tierras verdes y amarillas, como pintadas al óleo, moteadas de animales, tierras que cada tanto se evaporan abruptamente y se convierten en vacío –o si se prefiere, por su nombre enciclopédico, en camino de cornisa.
Esta segunda vez, de noche todavía, el monólogo del chofer que me conduce al monasterio no es el más estimulante: el hombre me cuenta que un tiempo atrás llegó a trabajar varios días sin dormir, pero que, enhorabuena, había entendido que eso era una locura.
–Es algo que no pienso hacer nunca más. No importa que no llegue a fin de mes. Porque acá, una noche cualquiera, te distraés un segundo y listo: te matás.
“Ajá”, digo. Y “ajá” quiere decir que me parece una opinión sabia y prudente.
–Sí –sigue–, hace un tiempo un camión se fue por la barranca y terminó al fondo del acantilado. De día todavía se pueden ver los restos de los fierros.
Trato de mirar hacia abajo, pero no veo nada. Mientras, sin que se note demasiado, busco abrocharme el cinturón de seguridad, sin demasiado éxito. Me tranquilizo: ahí está el cartel que indica que falta poco para llegar. Dos, tres kilómetros a lo sumo. Los faros iluminan el anuncio del desvío que lleva hasta el monasterio.
Pero apenas logro relajarme cuando el auto enfila hacia un pequeño vado y, al cruzarlo, la rueda delantera izquierda estalla. El remisero pierde el control y el coche derrapa y se arrastra de costado. Estamos por estrellarnos contra la banquina izquierda, pero el chofer da un golpe de volante. En cuestión de segundos el auto hace un trompo, y vamos a parar al extremo opuesto del camino. En el silencio de la noche sólo se escuchan los mugidos de las vacas y el trinar de algunos pájaros en la oscuridad.
Me toco, pero no miro. Dicen que las personas en estado de shock pueden caminar por horas hasta que descubren que les falta un brazo, o que tienen un pedazo de espejo retrovisor incrustrado en la frente. Toco, pero no miro, para ver si todo está en su lugar. Y una vez que confirmamos que ninguno de los dos está herido, abro la puerta y salgo del auto.
Dejo al chofer y camino el kilómetro y medio que me separa del monasterio. Toco la puerta, aún temblando, y luego de algún tiempo aparece el padre Otero. Mientras prepara café, le cuento lo que acaba de suceder. El padre medita un instante, junta las manos debajo de las anchas mangas de su hábito monacal, ladea la cabeza y, con su sonrisa habitual, dice:
–Y… es así. A veces, Dios nos da señales.
Estoy en una pequeña cocina, vedada a cualquier mortal que no lleve hábito, en el corazón del monasterio. En el aire frío se mezcla el olor a café, a campo, a naftalina. Tengo un día entero para ver cómo funciona esta estructura por dentro; para ver, caminar, comer y hablar con este grupo de monjes que eligieron vivir fuera del mundo. Una de las primeras cosas que menciono, como para romper el hielo, es el caso de Lewis, el Enola Gay y la bomba atómica. El padre Otero me mira con cierto fastidio, y temo que el largo día que queda por delante se haga trizas. Otero, me dice, está cansado de que le pregunten siempre por lo mismo –aunque la historia figure incluso en la página de Internet que el propio monasterio mantiene. Dice:
–Es una leyenda. Lewis hizo un retiro espiritual en un monasterio de los Estados Unidos después de la guerra. Pero después se fue, y no se volvió a saber de él.
El padre Otero es el prior de este lugar donde conviven dieciséis monjes. O lo que es lo mismo: es el segundo responsable de la abadía. Tiene 61 años, cuerpo robusto, poco pelo, la cara rosada, y cualquiera que llegue del mundo exterior no le daría mucho más de cuarenta. Otero conserva (como todos aquí dentro, pero eso lo sabré después) un secreto, que confesará sólo cuando entre en confianza: a qué se dedicaba antes de decidirse por la vida monacal. Porque la mayoría de los monjes trapenses llevaban una vida similar a la de cualquier mortal antes de optar por cortar lazos con el mundo.
La vida de clausura de los monjes tiene reglas muy estrictas, y entre ellas figura la del silencio absoluto, el recogimiento, el canto litúrgico y la oración. Otero recuerda que cuando ingresó, en 1977, los hermanos todavía hablaban mediante señas. “Pero el hombre es un ser social”, dice ahora. “No está mal que ciertas normas se hayan actualizado. Hoy, por ejemplo, no se puede azotar a un ser humano –se ríe. Imagínese el juicio que le harían”.
Los trapenses funcionan como una organización vertical, del mismo modo que la Iglesia Católica: en la cima un abad general que vive en Roma y al que asiste un Consejo Generalicio, integrado por seis monjes. Uno de ellos, el Procurador General, es el nexo entre la Orden y la Santa Sede. Porque los trapenses no sólo están exentos de ciertas obligaciones del oficio, como realizar bautismos y casamientos: no responden a ninguna diócesis, sino directamente a Roma.
Le pregunto a Otero si no cree que el hecho de retirarse del mundo no implica cierta dosis de renuncia, en fin, un tizne de egoísmo non sancto: ego me abstengo, desaparezco, vivo mi vida y que el resto se arregle como pueda. “No”, me contesta. “En el corazón del monje cabe el mundo. Y yo me hice monje para salvar a los hombres. Es un camino menos visible que el que puede tener un sacerdote. Pero viviendo el cristianismo hasta las últimas consecuencias uno da un testimonio. Si vivo mi fe radicalmente, el que me ve encuentra a Cristo. Porque puedo predicar muy lindo, ¿no?, pero si no vivo como predico, ¿de qué me sirve?”.
Consejo para impacientes: tómense su tiempo pata meditar bien el asunto, porque para llegar al lugar en el que ahora estoy hay que recorrer un largo camino. Uno no se hace monje de un día para el otro. Se comienza como aspirante, etapa que dura un año. Después se es postulante por otro año, novicio por dos más, profeso temporal durante tres y recién ahí, a siete años de haber empezado, se puede optar por la profesión perpetua. Es en ese momento cuando se hace entrega de la cogulla, el hábito blanco característico que, en ocasiones, es acompañado por una pechera y capucha negras. De ahí les viene a los trapenses un nombre que mete miedo: “monjes negros”.
Pero hay mucha otra gente que se acerca al monasterio durante el año, en busca de una misa atípica o de retiros espirituales. Mucha es mucha: para conseguir turno en la hospedería ubicada a un costado de la iglesia hay que reservar lugar con semanas de anticipación. Allí se alojan unos 1500 huéspedes al año. Pero nadie accede nunca al interior del monasterio, el verdadero corazón de la vida de clausura. Del otro lado de esas paredes –de este lado– la realidad se funde con la fantasía, y la noción del tiempo se disuelve hasta convertirse en un solo minuto eterno. A lo largo de los pasillos, uno podrá toparse, por ejemplo, con una figura que lee en silencio mientras camina, como si fuese un personaje abducido de El nombre de la rosa –como depositado ahí por la mano de Dios, durante un descuido.
La vida de los trapenses arranca temprano. Temprano es temprano: a las tres y cuarto de la madrugada. Cada dos horas suena el campanario, todos interrumpen lo que están haciendo –orando, trabajando– y se dirigen a cantar una de las siete oraciones diarias. Todos los días del año. La disciplina se extiende a los objetos inanimados: en el monasterio no hay una sola bisagra que haga ruido. Y en la iglesia baja y robusta, de estilo románico, el silencio ahora es tan profundo que lo único que se escucha en el aire es el eco del vuelo de las moscas –y el recogimiento tan abrumador que haría arrepentirse a Poncio Pilatos. Hasta que irrumpen los cantos litúrgicos. “Cantar los salmos viene de la época de San Agustín, que afirmaba que el que ora y canta, ora dos veces”, explica el padre Otero. “Nosotros buscamos resaltar la palabra y no la música. Para eso estudiamos solfeo y algunos instrumentos”.
Sí, pero, ¿por qué despertarse a las tres de la mañana? Otero explica que a esa hora “el lago de la afectividad está quieto”. O dormido, pienso. Y pregunto: ¿cómo hacen para no quedarse dormidos? “A veces, es cierto, estamos semidormidos cuando oramos”, admite el prior. “Pero eso no quita la conciencia del acto. Todo lo que uno mete en el alma a esa hora penetra hasta el fondo. Recitar los salmos a las tres de la mañana se puede transformar en un acto mecánico, pero no quiere decir que uno no quede embebido de esos sentimientos”. Lo que nos lleva de nuevo al principio, al asunto del tedio. ¿Cómo hacen para vivir el mismo día, todos los días, y no desfallecer del aburrimiento?
–Bueno, a veces los días se parecen –dice Otero. Cuando yo me aburro escucho jazz. Una vez al mes me doy una panzada. La gente se extraña de nuestros horarios. Pero después de un tiempo la estructura horaria desaparece, y se transforma en un régimen solar. Es como volver a las fuentes de la naturaleza. El fin es favorecer el espíritu de oración constante.
– ¿Y cómo es el contacto con el exterior?
– La gente piensa que somos extraterrestres, que no sabemos lo que pasa. Pero sabemos más que ellos –contraataca el padre. Leemos los diarios dos veces por semana, usamos Internet. Además, una cosa es escuchar la información y otra digerirla. La gente está muy bombardeada. Nosotros… nosotros tenemos tiempo.
En el monasterio las tareas están bien divididas. El padre Eduardo Gouland tiene 60 años y es el ecónomo. “Yo vendría a ser el Judas, aunque espero no terminar como él”, dice. Su historia de clausura comenzó a los 24 años. El día en que, estudiando para un final de la facultad, tuvo una revelación. “Yo era católico no practicante. Tenía novia, y todo lo que oliera a cura o a sacristía me daba alergia. Una noche estaba estudiando con mis compañeros para un examen de Derecho Comercial y de repente sentí una presencia muy fuerte del Señor en el corazón. Fue como una iluminación, lo sentí físicamente. Me pedía que dejara todo y, claro, yo no quería. Me costó tiempo asumirlo, porque amaba a esta chica con la que estaba. Pero en poco tiempo todas las cosas a través de las que vivía se volvieron vacías. Llevaba una doble vida: por un lado el centro de estudiantes y por el otro la vida espiritual, que era la que cada vez me hacía más feliz. Así que contra la opinión de los demás me decidí por la vida monástica. Y una vez que llegué acá, supe que era el lugar que buscaba”.
Para subsistir económicamente, los monjes solían fabricar miel y té de hierbas, pero ya no lo hacen. Ahora, en concordancia con los tiempos, trabajan el campo. Pero el verdadero ingreso, desde hace quince años, lo obtienen de la reproducción de toros: en los terrenos de la abadía se crían y venden unos ciento veinte toros Hereford por año. Y las obras más grandes, como la hospedería, se construyen con donaciones.
En esta particular división del trabajo, al hermano Mario Arredondo (49) le tocó el mantenimento del generador eléctrico, las calderas y los dos vehículos: una camioneta Trafic y una Toyota 4X4. El padre Pablo Heide (81), el monje más grande del grupo, se ha forjado una reputación envidiable gracias a sus pizzas dominicales. El padre Leandro Pérez (75) es capellán y lava la ropa. Agustín Roberts (72), también norteamericano, es el abad. Y el hermano Tomás Ringwood (78), el portero, es el único sobreviviente del grupo fundador.
Conozco a Roberts, la cabeza de la organización, por la tarde, luego de almorzar en una sala en que cada monje tiene su ubicación en la mesa señalada por un pequeño letrero de madera. Cada uno dio cuenta de su alimento sin cruzar palabra, casi sin mirarse. Y puedo conocer a Roberts, mientras la tarde se deshace en este rincón del planeta, un poco por casualidad: acaba de regresar de un retiro especial que realiza, como el resto del grupo, una vez al año. Recién baja de la ermita donde estuvo internado, solo, durante siete días. Una semana sin luz eléctrica, agua corriente ni calefacción –y miro alrededor y me imagino que la comparación con Cabo Polonio está completamente fuera de lugar. A Roberts sólo se le permitió llevar algo de leña y la comida. “Nuestra vida es intensa, y la convivencia también”, me dice el abad –haciendo uso de una acepción poco corriente del adjetivo intenso–, el último que me recibe en este largo día de oración y cantos. “Por eso es que necesitamos estos momentos de soledad, sin trabajo y en oración”.
Roberts, al igual que Otero y Gouland, me habla como desde el otro lado de una barrera de calma y beatitud. Parece tan tranquilo, tan en paz consigo mismo, que la pregunta se formula sola. ¿Cómo son capaces de convivir, los trescientos sesenta y cinco días del año con cada una de sus horas sin perder, nunca, los estribos? Al fin y al cabo si la paciencia es un don, también es un atributo que en cualquier momento puede llegar a desaparecer.
– Bueno, yo me he enojado más aquí dentro que afuera (Roberts bromea, claro: remata la afirmación con una sonrisa). Pero recuerdo una vez en particular, durante Malvinas. Estaba tan furioso con Margaret Thatcher, por la injusticia de la guerra, que llegué a confesarme por eso. No hay nada que hacer: a veces el hombre viejo sale a la superficie.
Escucho la última oración del día a eso de las seis de la tarde. Cuando los cantos terminen, el padre Otero me llevará hasta la terminal de ómnibus de Azul en una de las camionetas de la abadía. El sol cae a través del vitreaux y tiñe de amarillo el interior de la iglesia. La oración concluye y los monjes se retiran a sus habitaciones, hasta el día siguiente. A las siete será nuevamente de noche.
Al rato, el padre Otero reaparece. Nos subimos a la Trafic blanca. El padre maneja rápido. Con destreza, pero bastante más rápido que el remisero que me trajo hasta aquí. Pero elijo no decir nada. Entonces, tal vez porque ya entramos en confianza, o quizá para cortar el silencio, me confiesa su secreto: antes de la clausura fue músico profesional.¿Profesional? Me acomodo para escuchar otra historia de músicos frustrados en un país que los produce por millones. Pero no: Otero me cuenta que fue baterista de bandas de primera línea del rock nacional de entonces, como “Arco Iris” y “Cenizas”. Otero lo cuenta con orgullo, pero sus palabras no dejan entrever vestigios de nostalgia.
Dice que vivió cinco años en Europa, de fiesta en fiesta, y que llegó a tocar hasta para el Sha de Persia.
–Pero siempre sentí la presencia de Dios conmigo, y tenía que responderle.
En 1975, decidido, fue en busca de la indulgencia plenaria: para obtenerla, subió de rodillas las escalinatas de la Basílica de San Pedro, en Roma.
Dos años después, entró a la abadía definitivamente.
Y el mundo exterior dejó de existir, para él, en ese preciso instante.
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Mientras el kirchnerismo echa mano a los lugares más comunes del progresismo cultural a través de afiches en la vía pública –“Estamos con Filmus”, suscriben León Gieco, Víctor Heredia, Leonardo Favio y Estela de Carlotto, entre otros– y espera, a la vez, un milagro electoral, el macrismo, que ya se siente ganador, mueve sus fichas con sigilo pero sin pausa. Primero un envío por correo, días antes de las elecciones: las 267 páginas de Cultura, nuestra PROpuesta, un libro que intenta funcionar como programa cultural de la muy probable futura gestión Macri. Y, días después de la primera ronda, un llamado por teléfono: Ignacio Liprandi, el reemplazo pensado por Macri para el Ministerio de Cultura de la Ciudad que hasta hoy dirige Silvia Fajre, solicitaba una reunión personal.
Ahora, Liprandi abre la puerta de su casa de la calle Marcelo T. de Alvear –paradojas de la política local: apenas a metros del Ministerio de Educación, actual búnker de Daniel Filmus–, un piso sembrado de obras de arte contemporáneo de artistas como Pablo Suárez, Liliana Porter, Pablo Siquier, Nicola Costantino, Marcelo Pombo y muchos –muchos– otros. Liprandi tiene poco más de cuarenta años, es coleccionista y coordinador del área cultural de la fundación Creer y crecer –que se autodefine como “un espacio surgido a partir de un grupo de ciudadanos preocupados por el desarrollo, diseño y ejecución de políticas públicas” y que preside, como era de esperarse, el propio Mauricio Macri.
Liprandi pide té y vuelve con gran memoria y efectividad a los “tres ejes y veintidós propuestas” recogidos en el manual macrista: “las políticas culturales como instrumento de inclusión y reparación social”, “una oferta cultural de excelencia para los porteños y turistas”, y “visibilidad internacional de las producciones culturales vernáculas”. ¿Cuáles son las propuestas específicas? Creación de un programa de actividades artísticas grupales para los barrios (orquestas, murgas, coros); incremento sustancial de las bibliotecas públicas; autarquía para el Teatro Colón, el Centro Cultural Recoleta y hasta para eventos como el Bafici; profesionalización de la gestión cultural, es decir: nombramientos de funcionarios por concurso; adquisición de obras nuevas para los museos de la Ciudad. Y, por último, convertir al Canal de la Ciudad en un canal cultural. ¿Un programa progresista? Habría que ver en los hechos. Pero, por lo pronto, un plan que contradice, en parte, al propio jefe del partido.
—Pero Macri dijo que lo primero que iba a hacer cuando asumiera, en materia cultural, era cerrar el Canal de la Ciudad –apunto.
Y Liprandi responde:
—Primero, el canal no depende del Ministerio de Cultura sino del de Comunicación. Pero si de mí dependiera, no lo cerraría. Lo reconvertiría, como dice la propuesta. Digo: preferiría no cerrarlo, y vamos a intentar que Mauricio lo evalúe mejor.
Antes de despedirnos, le pregunto por el armado de su gabinete. “No quisiera hacer nombres, al menos por ahora”, dice Liprandi.
—¿Y qué va a suceder con los actuales empleados del Ministerio?
—Bueno, hay un grupo de irreductibles… –empieza, dando a entender lo que se sabe: que hay gente que en este momento debería estar metiendo sus cosas en cajas de cartón. Pero ya en la calle agrega: “Aunque sé que hay muchas otras personas que hicieron las cosas bien. Si ellos se quieren quedar, están invitados”.
Después, saluda apurado. Lo dicho: el macrismo, a diferencia del oficialismo, se siente ganador. Tal vez por eso prefiere no perder el tiempo en discursos y debates: parece que, como prometen, lo suyo es la gestión.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 17 de junio de 2007).
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Después de un tiempo, me llama Fogwill. Hablamos un buen rato. Después, me llama al día siguiente. Volvemos a charlar, cortamos. Y al otro día, en la ventana de mi celular, de nuevo: “Fogwill”. ¿A qué se debe la insistencia? Es que me promete una nota para el suplemento, pero, asegura, no puede escribir: no le sale nada. De nuevo: ¿por qué? Bueno, porque acaba de dejar de fumar.
-No me sale nada, loco, escribo dos líneas y tengo que salir a dar una vuelta -dice.
Parece que, a pesar de sus ya célebres rutinas físicas, y de los parches de nicotina, los últimos exámenes fueron terminantes: ni un cigarrillo más.
- Me hija me acaba de decir que Carlos Alonso también dejó de fumar hace un tiempo. Y que desde entonces no pintó nada. Nada, loco.
Desde hace un par de días, entonces, y según confiesa, su cuenta de teléfono no deja de crecer: pocas cosas hace Fogwill, parece, además de hablar por teléfono.
Extraña historia ésta: la de una restricción médica que ejerce influencia directa sobre la producción de literatura argentina contemporánea.
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De los pagos de Pringles, para nouvelles de escritores bonaerenses de entre 18 y 35 años: atenti al jurado.
(¡Y sin preselección!).
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En la audiovideoteca de escritores, Alan Pauls y Alejandro Tantanián eligen los libros que, por alguna razón, se convirtieron en imprecindibles y los marcaron como narradores.
Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)
Una entrevista al controvertido escritor mexicano, y la intención de dilucidar por qué todas las críticas que recibe son elogiosas.
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Rinoman lo pone en un decálogo, que se refiere, a su vez, al célebre de Barón Biza.
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Ya tiene el Príncipe de Asturias.
Ahora, como se cansa de anunciar Fresán, ¿irá por el Nobel?
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Junio 12th, 2007 · 1 Comment
Domingo 17 de junio, 21 hs.
NUEVA LITERATURA ARGENTINA. LECTURA DE NARRADORES
Leen:
Fernanda García Curten / Pedro Mairal /Alejandro Parisi /Alejandra Zina y un bonus track latinoamericano intergeneracional: la actriz y dramaturga dominicana María Isabel Bosch lee un cuento de su abuelo, el gran escritor dominicano Juan Bosch.
Coordina: Elsa Drucaroff.
En el Club Mantis, Pringles 753 (y Roberto Núñez)
Entrada gratuita.
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Guillermo Saccomanno me agradece, en la revista Ñ del 2 de junio, haber respondido a su columna del 19 de mayo, titulada “Literatura y dinero”. Afirma, también, que no comprendí lo que dijo en su momento, por lo que cumplo en retribuirle el primer agradecimiento y la segunda afirmación: él tampoco entendió –o no quiso entender– cuál era el debate que yo planteaba, que tiene mucho que ver con la literatura, el dinero, el mercado y la subsistencia de los escritores argentinos. Así que trataré de explicarme mejor.
Lo que quise decir es que, en su primera intervención, Saccomanno describió el contenido de una foto, pero olvidó leerla en profundidad. Nadie podría discutir hoy que, como escribió, “en la medida en que el escritor y el crítico se vinculan con las editoriales y los medios, ambos son víctimas de la explotación a que somete sus obras la industria editorial”. Pero eso es como invitar a un amigo a una partida de ajedrez y sorprenderse porque el tablero tiene treinta y dos casillas color vainilla y otras tantas color chocolate. Claro que existen la industria, los productores de bienes, los consumidores y sus agentes intermedios. Pero el juego en sí consiste en cómo mover las fichas. Jean Paul-Sartre, a quien Saccomanno cita en su nota, dejó en claro que lo importante no es lo que la historia hace del hombre sino lo que el hombre hace con lo que ella hace de él. Y también estableció en ¿Qué es la literatura? (1947) la relación entre los escritores y sus mecenas históricos –el clero, la aristocracia, la burguesía–, porque el escritor siempre dependió de ayuda económica para desarrollar su oficio, al menos hasta bien entrado el siglo XIX; el escritor profesional, se sabe, es sólo una construcción moderna.
Truman Capote lo dijo claramente, en una de sus cartas, que se publicarán en breve con el nombre de Un placer fugaz: “Hoy por hoy, ser artista es como un acto de fe; no reporta nada, salvo la satisfacción del arte mismo”.
Esa es la realidad con la que trabaja la nueva generación de narradores a la que hice referencia, que conoce bien las reglas del juego actuales. La industria editorial se rige por las leyes del mercado. Bien. Pero ése, insisto, no es un problema que deba desvelar a los escritores. Ya bastante tienen con ganarse la vida, y en el tiempo restante, escribir los mejores libros que puedan. Lo que Saccomanno, que es inteligente, por alguna razón elige evitar, son precisamente las soluciones que propuse al problema que él mismo planteó: no son las editoriales, sociedades cuyo objetivo es maximizar las ganancias, las responsables de solventar las carreras de los escritores, aunque sepan que esos autores son un engranaje importante de la cadena productiva. Los sellos les liquidarán el diez por ciento del precio de venta de tapa de cada ejemplar –números que, por otra parte, nadie fiscaliza–, y punto. Es el Estado quien tiene el deber de sostener, en sentido amplio, su producción cultural –sobre todo en países periféricos como la Argentina. Y eso, por supuesto, incluye a los escritores. La jubilación, los subsidios a la creación, las becas de formación, los fomentos a la edición, los premios literarios, las leyes de mecenazgo. Esos, y no los improbables compromisos altruistas de las empresas, son los temas a discutir por los narradores en su rol público de agentes culturales. Volver, como sugiere Saccomanno, a la eterna discusión acerca de las poéticas (qué escribe quién y para qué) sería quitar el cuerpo al verdadero debate. Discutir poéticas: eso es lo que, precisamente, habría que dejar a cargo de la crítica especializada.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 10 de junio de 2007).
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¿Y esto, es PRO?
“Es también nuestra intención erradicar la corrupción, ofreciendo como norma la honestidad, la idoneidad y la eficiencia. Con madurez y sentido de unidad es fácil pensar en la recomposición del ser argentino. Ese ser argentino, basado en madurez y en sentido de unidad, permitirá inspirar para elevarnos por encima de la miseria que la antinomia nos ha planteado, para dejar, de una vez por todas, ese ser ‘anti’ y ser, de una vez por todas, ‘pro’: ‘Pro argentinos”(Jorge Rafael Videla para el 25 de mayo de 1976).
Otro sí, para evitar suspicacias e interpretaciones: mi voto, en la primera vuelta, fue para Telerman-Walsh. Y el domingo 24 va a ser más blanco que el blanco Ala. Quede dicho.
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Lo peor no es que Ñ le dedique una tapa a García Márquez sólo para impulsar una nueva colección que Clarín entrega con el diario más unos pesitos; ni siquiera que La Nación haga lo mismo hoy, con un artículo en la sección Cultura. Lo peor de todo es que hagan tanto bombo, maquillen tanto el asunto con la supuesta búsqueda de las raíces en común e inauguren la colección con esto.
¿Por qué esa necesidad de travestirse, de quedar bien con el intelectual módico, de disfrazar las elecciones estéticas y publicitarias con prólogos que parecen mea culpas? ¿Por qué no admitir que para los grandes medios la “literatura” no va mucho más allá de García Márquez, Neruda, Isabel Allende, Cortázar, Borges, Bioy Casares, Vargas Llosa, Marcela Serrano…?
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y pocos se atrevieron a escribir, lo escribe Cicco.
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Sergio Di Nucci se defiende, en las páginas de Radar.
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Este espacio cumple hoy dos años.
El marcador de posts marca, exactamente, 300.
El de comentarios, más del doble: 816.
El promedio de visitas fluctúa entre 600 y 800 por día, lo que hace que sea a veces el primero y a veces el segundo blog de Literatura más visitado de la Argentina, según el ranking de Alianzo. Y que se ubique en el puesto 54. 496 en el ranking mundial de Technorati.
El post más comentado es, hasta hoy, “A la izquierda de la estupidez”, con 35 entradas.
Para festejar, entonces, libros de regalo.
Esta vez hay que prestar un poco de atención: en la imagen del fragmento de mi vieja biblioteca que pueden ver más arriba hay libros de ficción ubicados por orden alfabético.
El que adivine título y autor de al menos cinco (5) de esos libros se hará acreedor inmediatamente a una novedad de ficción o ensayo, que deberán retirar en fecha y dirección a confirmar.
Pueden participar todos los que tengan a este espacio en su blogroll. Los que no, deberán añadirlo y mandar un mail con la confirmación a mtomas@paris.com. Las soluciones hay que enviarlas a este mismo mail.
Hay tiempo hasta el viernes 8.
Las ganadores recibirán un mail con las coordenadas para retirar los premios.
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Beatriz Sarlo suele recibir a los periodistas en su estudio de la calle Talcahuano. Al entrar, si uno levanta la cabeza, verá en lo alto un cerco de tablones que sostienen la colección de Punto de vista, la publicación que fundó en plena dictadura. Punto de vista aparece una vez cada cuatro meses, y vende unos 1.600 ejemplares: una tirada reducida pero de influencia inversamente proporcional. Llega al círculo de lectores que se propone, y con eso le alcanza para instalar debates y lecturas sobre literatura y política argentinas desde hace casi treinta años. Ese proyecto, dice ahora la propia Sarlo –pequeña, amable, filosa–, sentada a la mesa de su estudio, se lleva buena parte de sus energías y tiempo. El resto, desde que dejó de estar al frente de la cátedra de Literatura Argentina II en la Universidad de Buenos Aires, lo invierte en sus trabajos periodísticos, que, confiesa, la apasionan: “me da mucho placer escribir por encargo”, agrega.Buena parte de ese material está recopilado en su nuevo libro, Escritos sobre literatura argentina. Allí están reunidos los textos con los que pensó la literatura nacional entre 1981 y 2006. Porque, según ella misma explica en el prólogo, “nada de lo publicado antes de 1980 me parece aceptable”. Capítulo a capítulo aparecen los desvelos de Sarlo, los autores canónicos y sus fetiches: Borges, Arlt, Cortázar, Puig y, sobre todo, Juan José Saer. Más acá en el tiempo Chejfec, Gusmán, Pauls, Fogwill. Sobre la mesa hay un cenicero, un atado de cigarrillos, una boquilla negra y un solo libro: Opendoor, de Iosi Havilio. Los últimos dos artículos de Escritos sobre literatura argentina no son precisamente benevolentes con la nueva producción literaria local. Allí destroza la segunda novela de Alejandro López, keres coger?=guan tu fak (”Si Puig era el pop, López es la televisión de estos años: programas donde todos son más estúpidos de lo necesario”), y no es mucho más amable con Washington Cucurto (”La gran invención de Cucurto es la del narrador sumergido, es decir, indistinguible de sus personajes, incluso porque declina el poder de organizar visiblemente la ilación del relato”). Pero Sarlo se muestra entusiasta con la novela de Havilio. ¿Las razones? Sarlo dice que, sobre todo, porque no se lo esperaba: “Esta novela es algo que me sorprendió. No obedece a ningún sistema de lectura. Parece salida de la nada”.
Su nuevo libro incluye también un artículo de 1984, brevísimo (y aquí la brevedad es una declaración de principios), sobre la primera novela de Guillermo Saccomanno, Prohibido escupir sangre, donde pueden rastrearse los orígenes (¡hace más de veinte años!) del encono mediático que se propugnaron hace algún tiempo en el suplemento Radar de Página/12: “Lo grave de todo esto es que Chandler o Soriano (para dejar afuera a Scott Fitzgerald, nombrado con una inconmovible admiración, que no arroja sin embargo efectos sobre la novela) no pueden ser responsabilizados de la literatura que se escribe en su nombre”, escribe Sarlo, con su temida ironía.
Mientras el fotógrafo la retrata, le recuerdo un artículo de 1999, en donde afirma que los apellidos de sólo un puñado de escritores del siglo XX han dado origen a un adjetivo que los identifique: joyceano, proustiano, kafkiano, sartreano, borgeano. “Adjetivos de la originalidad”, que los llama Sarlo.
—¿Qué escritor argentino contemporáneo alcanza ese atributo? –pregunto.
—No sé –responde. ¿Saeriano, tal vez? ¿Hay algún otro?
—Bueno, se suele hablar de procedimientos airanos.
Sarlo sonríe apenas, sin énfasis. Hace una pausa, y sólo agrega: “Bueno, no es tan sencillo. Para que un apellido se convierta en adjetivo hay que trabajar. Trabajar mucho”.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 3 de junio de 2007).
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Luego de meses de idas y venidas el nuevo suplemento de cultura del diario La Nación ya tiene fecha de salida: entre fines de julio y principios de agosto.
Alejado Tomás Eloy Martínez (y su mujer Gabriela Esquivada, quien en medio del asunto sufrió serios probemas de salud) de la dirección del proyecto, el equipo de trabajo (con quien Martínez y Esquivada tuvieron serios enfrentamientos) se apresta a lanzar el producto, que se entregará los sábados (como se sabía) pero no será gratuito: los lectores del diario de los Mitre deberán abonar una pequeña diferencia para acceder a los renovados contenidos culturales del periódico.
La idea, claro está, es competir con Ñ, aunque el suplemento tendrá casi la mitad de páginas que la revista de Clarín: alrededor de cuarenta. El secretario de redacción a cargo de estas páginas será, finalmente, Jorge Fernandez Díaz, escritor, periodista, autor del libro Mamá (entre otros) y ex director de la revista Noticias.
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Un texto breve y conmovedor, en El señor de abajo.
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