Luis Chitarroni es uno de los personajes más enigmáticos y fantasmales del mundo editorial. Responsable de la colección de literatura de Mondadori, suerte de padrino de la generación literaria que incluyó a nombres como Sergio Chejfec, Charlie Feiling, Sergio Bizzio, Martín Caparrós y Daniel Guebel, a pesar de que muchos coinciden en señalarlo como un hombre de una cultura avasallante –o pensándolo mejor, tal vez por eso mismo– ha entregado a imprenta tan sólo tres libros propios en cincuenta años: Siluetas, El carapálida y Peripecias del no (para algunos, la mejor novela de 2007; para otros, el libro más incomprensible de la literatura argentina). Por eso no deja de sorprender el volumen distribuido días atrás por la Municipalidad de La Plata bajo el título Ejercicio de incertidumbre, donde se compilan algunos textos teóricos de Chitarroni sobre autores como Miguel de Cervantes, Jorge Luis Borges, Vladimir Nabokov, Carmen Iriondo o Hanif Kureishi. Precisamente al comienzo de la reseña del libro Siempre es medianoche, del escritor británico, Chitarroni aprovecha para embestir al mismo tiempo contra Raymond Carver, “ese cuentista norteamericano corrompido –no educado– por un gran maestro ruso, Antón Chéjov”. Si es conocida la fascinación de Chitarroni por la destreza formal nabokoviana, no es de extrañar que manifieste cierto despreocupado desprecio por el ascetismo narrativo que Carver convirtió en ética y estética.
Con Carver pasa lo que con otro escritor que sufrió la desgracia de ponerse de moda poco antes de morir, Roberto Bolaño: siempre parece haber un nuevo borrador dispuesto a ser publicado. En el caso de Bolaño, su obra parece haberse cerrado definitivamente luego de los cuentos de El secreto del mal y los poemas de La Universidad Desconocida. Algo así había afirmado la poeta Tess Gallagher en 2000, al publicar el que sería el último libro de relatos de su ex marido, Si me necesitas, llámame. Pero en 2005, una pequeña editorial española editó Sin heroísmos, por favor, volumen que recoge poesía, crítica literaria, ensayos, cinco relatos inéditos y una novela inconclusa de la factoría Carver.
Al comienzo del prólogo, Gallagher –una viuda un poco insoportable, como las hay tantas en la historia del arte contemporáneo, revisando y prologando con celo cada uno de los textos inéditos de su ex pareja– afirma: “La oportunidad de conocer los primeros trabajos de un artista o un escritor antes de ser reconocido como tal suscita esa particular sensación de intimidad que tenemos al sentirnos partícipes de un secreto”. Se refiere a los cinco relatos de un Carver vacilante (casi todos homenajes algo obvios a Faulkner, Joyce o Hemingway), publicados entre 1961 y 1967, e incluidos en el volumen. Pero: ¿cómo saber si los lectores realmente desean encontrarse con estos esbozos de escritura, con los primeros tanteos de un autor cuya literatura iría luego en una dirección completamente distinta? ¿No hubiera sido mejor dejar que siguieran viviendo un discreto olvido en las revistas universitarias en las que aparecieron originalmente?
Por fortuna, no hay libro que no contenga algo rescatable. El último de los cinco cuentos, Manzanas rojas y brillantes, al que Gallagher desprecia abiertamente por “experimental”, es un hallazgo de humor absurdo que por momentos acerca a Carver a los extraños ambientes de un Kafka, e incluso a situaciones delirantes típicas de la narrativa de Aira. Todo lo que, muy probablemente, no le disgustaría a Luis Chitarroni.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 29 de junio de 2008).
“Hace ocho meses, en la primera edición de esta página de escritores anoté que ‘la Argentina está a punto de batir el récord mundial de costo parlamentario. Hoy, sin contar prebendas ni esos sobres que cada tanto reparte la SIDE, cada legislador cuesta dos millones de pesos por año. Nuestras Cámaras han batido el récord mundial de inasistencia. Por su incidencia, cada hora real de labor de cada miembro de las Cámaras cuesta un poco más que el alquiler de un yate con cinco tripulantes y tres empleados de cocina, para recorrer las islas griegas. Se dice que Atenas fue la cuna de la democracia: allá ellos. Uno va por otros motivos y las ventajas del yate son obvias: cuando no se lo usa, no hay que pagarlo. La desventaja de tener legisladores es que hay que pagarlos siempre, nunca se los usa y nadie los quiere’.
En la última frase me equivocaba: algunas veces se los usa, como a los Granaderos, para ceremonias oficiales y otras, como ahora, para atenuar crisis políticas y terminar de cerrar la cortina de humo de las retenciones”.
La Feria del Libro de Buenos Aires terminó hace poco más de un mes. ¿Cuál fue el balance de esta última edición? No muy distinto al de las anteriores: récord de asistentes y una venta sostenida, a pesar de las dificultades económicas que amenazan a la industria. Por otro lado, quedó claro una vez más que la Feria es en realidad una fiesta de la industria editorial, que sólo cada tanto se roza con los intereses literarios, casi siempre de manera tangencial. Y que los mayores beneficiados –además de los visitantes de las provincias del interior del país, que encuentran allí mucho del material al que no tendrían acceso de otra manera– son los sellos, que pueden comercializar sus productos sin la intermediación de los puntos de venta, es decir, de las grandes cadenas de librerías, que se quedan con un buen porcentaje del precio de venta de tapa de cada ejemplar.
¿Cómo son las cosas, por ejemplo, en España, el mayor centro editor en lengua castellana? Existen otro tipo de problemas. El mercado está virtualmente monopolizado por cadenas como la Fnac o El corte inglés, donde los libros se encuentran cada vez más lejos del alcance de los consumidores. No por el costo (porque en España funciona a la perfección el sistema de edición de libros de bolsillo, que distribuyen casi los mismos títulos que en rústica pero con precios dos o tres veces más bajos), sino por la propia disposición espacial. Hasta hace pocos años, al entrar a cualquiera de estos shoppings culturales, uno se topaba de inmediato con las mesas de novedades. Pero ahora ese lugar lo ocupan la tecnología y los electrodomésticos, y recién luego de sortear televisores y bateas musicales, y de subir tres o cuatro pisos por escaleras mecánicas, uno podrá encontrar los exhibidores de libros.
En un café del centro de Barcelona, el editor Pere Sureda, responsable del sello Belacqvua, convalida la observación y habla de la desaparición de las pequeñas librerías como un hecho. “Todo se debe a los márgenes de ganancia”, dice. Y explica que los responsables de estas tiendas hacen una cuenta muy sencilla: calculan cuántos libros deben vender para facturar lo mismo que con la venta de un televisor o una computadora. Así, con los resultados en la mano, deciden ubicar los libros donde menos molesten, lo más lejos posible.
Y sin embargo, la oferta de las librerías de Barcelona es aún más apabullante que las de Buenos Aires. Cientos de títulos que desembarcan todas las semanas y que, con suerte, tienen una vida útil de unos pocos meses. Si la curva de la cantidad de nuevos libros editados es inversamente proporcional a la de los ejemplares vendidos, y si la gente lee cada vez menos: ¿cómo es que la industria editorial parece expandirse sin descanso?
En la otra punta de la ciudad, en una mesa del restaurante Flash Flash, el crítico literario Ignacio Echevarría dice que hay una explicación: editar libros sigue siendo un negocio barato y rentable. A pesar de los costos del papel. “Nos juntamos tú y yo y en dos días, si queremos, nos montamos una editorial. Con que nos vaya apenas medianamente bien, no perdemos dinero”, exagera para ejemplificar. Además, claro, está la cuestión del prestigio: el de editor sigue siendo un oficio bien visto. ¿Pero cuánto puede sostenerse una situación así, con precios en alza, sobreoferta de títulos y libros que venden doscientos o trescientos ejemplares? “Hasta que haya una revolución similar a la que sufrió la música con la digitalización”, arriesga Echevarría. “Recién entonces el negocio del libro cambiará de manera radical”.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 22 de junio de 2008).
“MacLaren dijo una vez que había aceptado a Sid Vicious en los Pistols no por su música, sino porque su inminente muerte iba en la dirección en que la banda tenía que avanzar. Eso es marketing”.
Transformaciones
“Por otra parte, todo te transforma. Estar con gente te transforma. Trabajar con gente que conocés o no conocés te transforma. Salir a la calle te transforma. Y nosotros teníamos muy claro que la esencia del punk no existía. Menos a esa altura del partido en un país agrícologanadero donde la clase media escuchaba ritmos seudotropicales en los casamientos”.
Intensidad
“El punk no es estar quebrado y borracho en una zanja. Por lo menos, no para mí. Y tampoco es esa ideología trasnochada de la rebelión y la histeria. Esas dos cosas existen desde siempre. ‘¿Y entonces?’, me preguntó una periodista una vez. Y yo le dije: ‘Creo que tiene que ver con existir sin autorización y con intensidad. Y hacerlo a pesar de las limitaciones’. Ahora suena hasta un poco ridículo”.
Decadencia
“El punk nació como producto de la decadencia. Su esplendor fue su final. Ya en plena explosión punk se hablaba de desgaste, de cansancio, de saturación. Pero viviendo en el punk está el poder regenerativo del rock con todos sus defectos y todas sus aterradores virtudes”.
Amargados
“‘Los punks británicos son unos amargados. Cantan canciones sobre el problema del desempleo y eso no puede ser muy alegre, nosotros también estábamos desocupados cuando empezamos y eso no nos impidió hacer canciones divertidas. Ellos tienen una mentalidad muy negativa’. Lo dijo Dee Dee Ramone, bastante antes de que lo encontraran boca abajo en un suburbio de Los Ángeles”.
Bueno, Terra, ya lo vas logrando. Y encima te tocó la Friera, que es una máquina de laburar y te rema cualquiera. Más no podés pedir: salís con cara de malo, tocando el contrabajo y hablando de generaciones, peronismo y el Parque Rivadavia. Ahora, pensándolo bien, si fui uno de los primeros lectores, si estuve al tanto de la idea desde el principio, si casi me mato al ir leyéndola por la calle en hojas sueltas y en word, si le hablé bien del libro al que luego fue tu editor y, encima, la escribiste en los ratos libres que tenías en la redacción: ¿me la podrías haber dedicado, no, so cabrón?
-Third es un disco menos “amable” que los anteriores…
Barrow: El mundo en el que vivimos no es más que una suma de tensiones, ¿no? Siempre habrá gente que haga música para divertirse, para vender millones de discos y ser famosos. El objetivo es hacer sonreír a la gente, ponerla a bailar, hacerle olvidar que vive en la mierda. Pero también siempre habrá grupos que tengan ganas de gritar: “¡Pero la puta madre, despiértense! ¡Miren el mundo en el que vivimos!”. No nos podemos quedar sin hacer o decir nada. Cuando escucho música, me gusta sentir esa urgencia (…) Y no son Coldplay o James Blunt los que logran ese efecto en mí. Ni esos neopunks estadounidenses que a los treinta y cinco años siguen jugando a la guerra contra papá y mamá.
Utley: La música de esa gente no es necesariamente mala: es un engaño, lo que es mucho peor. Si el arte, sea cual sea su forma, no te enseña un punto de vista, no abre una nueva perspectiva, ¿Para qué sirve? (…)
-¿Beth encontró fácilmente su lugar dentro de este nuevo sonido?
Barrow: A ella le encantó la dirección que tomamos. En los dos primeros discos, todos los músicos grabaron sin su presencia: Beth sólo fue al estudio para grabar su voz. Ahora estuvo implicada desde el comienzo; incluso fue ella quien nos empujó a ir un poco más lejos, a tomar riesgos por adelantado. Beth es de una honestidad increíble, de una franqueza que por momentos puede rozar la brutalidad. Cuando escuchamos algunas partes de las que Adrian y yo estábamos bastante seguros, por ejemplo, ella nos puso contra las cuerdas: “Mmm… Es un poco normal para mi gusto”. Sin ella, el nuevo álbum hubiese sido mucho más tibio.
(De la entrevista a Portishead publicada en el nuevo número de la edición argentina de la revista Los inrockuptibles, que además trae notas con Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Liniers y MGMT. La foto es del álbum propio, Portishead en vivo en el Auditori, Barcelona, 30 de mayo de 2008).
¿Soy vivo o estoy vivo? ¿Cómo sería una colección que sea viva? ¿Una que cuando pase me guiñe el ojo o se me adelante en la cola del banco? Juro que no entiendo.
Y hablando de literatura lujuriosa: ahí viene Ramón Paz, ese inseparable compañero de aventuras. Fieles seguidores de la primera hora, esperamos con ansias el ejemplar autografiado.
El escritor Gustavo Ferreyra toma posición frente al conficto que enfrenta al Gobierno y buena parte de la sociedad, en esta carta que hizo circular por mail.
Por Gustavo Ferreyra
Se ha montado una coalición formada por una minoría facciosa, la burguesía agraria –que justamente a causa de su tremenda rentabilidad ya no hace distingos entre sus componentes-, las finanzas internacionales y nacionales (no olvidemos la quita del 75 % en la reestructuración de la deuda y los 45.000 millones de dólares de los que no entraron en el canje de bonos y que pretenden un cambio de gobierno para sumarlos graciosamente de nuevo a la deuda pública-o sea, arrojada sobre nuestras espaldas-), las grandes empresas privatizadas, que pujan desde hace cinco años para quebrar la mano del gobierno en cuanto a tarifas (reclaman su dolarización en verdad, es decir, su triplicación), la embajada norteamericana, muy interesada en quebrar todo el eje político surgido en Sudamérica (el antiAlca que se expresó en el encuentro de Mar del Plata), las empresas de medios de comunicación que responden de una u otra forma a esas fracciones del capital (Telefé es de Telefónica, etc.) y una vociferante y fascista clase media-alta en la que imperan el racismo mas desembozado y que ya no trepida en negar la dignidad humana de los que no son como ellos –de hecho está negando la validez del voto de las clases populares-. Es una coalición formidable y ya no hay dudas que vienen por todo –remedando a una despreciable y mezquina pitonisa que agrupa a casi el cuarto del voto de la población argentina-Es decir, que quieren ya tumbar a un gobierno que no hace seis meses salió del voto popular.
Frente a este estado de cosas:
Mas allá de los errores y de las insuficiencias de este gobierno, considero que la encerrona en la que se encuentra obedece más a sus méritos (en parte arriba esbozados pero entre los que habría que destacar también su política de derechos humanos) y no a sus falencias, recordemos sino la “cómoda legitimidad” de Menem pese a todas sus tropelías y lo tranquilito que terminó su mandato.
A riesgo de equivocarme (están quienes dicen que es lucha interburguesa y en parte evidentemente es así) pretendo defender lo que los sectores populares han avanzado en sus posibilidades concretas de vida luego de años terribles en los que han padecido hasta lo infrahumano. (En las movilizaciones de desesperados del 2002 –mujeres y niños en su inmensa mayoría- ya no había morochos, negros o más o menos blancos, había grises. Fue un descubrimiento que me traumatizó hasta el día de hoy: la miseria extrema urbana lleva a un color gris que parece surgido de un mundo de ultratumbas, un color gris de polvo, de terracota, de infinita derrota.).
No quisiera que mis más o menos cómodos ideales intelectuales (una sociedad sin clases, etc.) me libre del compromiso efectivo que hoy la realidad pone delante de mis narices (son las elecciones que no elegimos y que nos eligen).
Considero que este es un formidable ataque a la democracia y a sus bases mismas (la igualdad del voto de todos los ciudadanos).
Ante esto creo que es más noble equivocarse poniendo el cuerpo y asumiendo el compromiso de actuar, que lamentarse simplemente de que la historia no responda a lo que determina nuestras impotentes cabecitas (creo que Rodolfo Walsh supo mucho de esto).
Por todo esto es que en el día de mañana voy a concurrir al acto de Plaza de Mayo.
En defensa de la democracia y de la dignidad del voto de todos los ciudadanos.
Lo alerta el comentario del post anterior. Un Tom Yorke tan compenetrado como despeinado versiona a Beth. Un lujo (y un chivazo para Steve Jobs, también, ¿no?).
Como algunos escritores de la escasez –Juan Rulfo, Arthur Rimbaud, John Kennedy Toole, entre otros–, a la banda inglesa Portishead le alcanzó con unos pocos años de trabajo y tan sólo dos discos (Dummy, de 1994, y Portishead, de 1997) para torsionar el sonido de los 90 y protagonizar, quizá junto al grunge de Nirvana, una de las revoluciones musicales de la década. Formados en Bristol en 1991, por iniciativa de la cantante Beth Gibbons y el dj y tecladista Geoff Barrow, el grupo sumó al guitarrista Adrian Utley y, con la paciencia y el detallismo que los caracteriza, moldearon en algo más de tres años su primer disco, que para sorpresa de todos alcanzó un gran éxito, tanto que obligó a la prensa a inventar un nuevo término para englobar su música, a la que llamaron trip-hop y emparentaron con Tricky y Massive Attack. Luego vendría el otro disco de estudio, un mítico recital en el teatro Roseland de Nueva York en 1998 (editado en 2002) y, tan silenciosamente como habían surgido, desaparecieron. Antes, tuvieron tiempo de componer la que tal vez sea la canción más triste de todos los tiempos, Roads (”Oh, ¿acaso nadie puede ver / que tenemos una guerra que pelear? / Nunca encontramos el camino / a pesar de lo que nos han dicho / ¿Cómo me puedo sentir tan mal? / Desde este momento, / ¿cómo puedo sentirme tan mal?”). Desde entonces, sus fans en todo el mundo echaron a rodar los rumores de un trabajo que nunca llegaría (el álbum Alien), y forjaron durante diez años en foros y páginas web el largo mito del regreso.
Portishead es una banda de vanguardia de la era pre-Internet –y nada puede sonar más viejo que esto. En todo este tiempo no hubo en la Web más de una decena de fotos que circularon en la década del 90, y apenas dos o tres videos de presentaciones en festivales y estudios de televisión. En la época de la publicidad viral y de la música digital, Gibbons y Barrow optaron por el hermetismo, la intimidad y la sustracción. Es por eso que ya nadie esperaba lo que ocurrió meses atrás: el anuncio de un tercer disco (titulado, apenas, Third) y una gira europea que culminó con dos presentaciones legendarias en la ciudad de Barcelona, en el marco del Festival Primavera Sound 2008. Pero a no confundirse: este regreso poco tiene que ver con la habitual inclinación de algunos señores entrados en canas y carnes que deciden volver a colgarse sus instrumentos para darle una vuelta al siempre rendidor negocio de la nostalgia. Con Third, Portishead borra –incinera, literalmente– el capital simbólico acumulado tras una década de ausencia, y comienza a labrar de cero una nueva senda sonora.
Algún tiempo atrás, el escritor Alan Pauls confesaba que la única literatura que le interesaba era la que lo hacía sentir incómodo, desubicado. Esos textos frente a los que sólo cabe preguntarse “¿qué es esto?”, esa inquietud, ese abismo de sentido que provoca siempre lo nuevo, lo descentrado, lo extraño. Hacia allí fueron Gibbons, Barrow y Utley. ¿Cómo, si no, escuchar un disco que se abre con el predicamento de un pastor evangélico brasileño, que abusa de acoples y sobresaltos rítmicos, que alterna la herencia de la música industrial con una balada a capella, acompañada de un coro de big band? La música, a contramano de buena parte de la literatura, suele apelar al cuerpo y no a la razón. Esa es la mejor manera de zambullirse en las aguas profundas –y, por supuesto, debidamente oscuras– de Third, una de las experiencias musicales más inesperadas e impresionantes de una década, la presente, para el olvido.
(Publicado el domingo 15 de junio de 2008 en el suplemento de Cultura de Perfil).
Para hacerse el loco hay que, fundamentalmente, saber del tema del que se va a escribir; además, escribir bien; y si es posible, tener sentido del humor.
“No muy lejos de aquel lugar está una de las librerías más nuevas de Palermo y una de las más coquetas de país: Eterna Cadencia. Una chica de pelo corto y sonrisa seria, que atiende las mesas, me dijo que el local suele ser frecuentado por escritores jóvenes argentinos. Lo dijo así, “escritores-jóvenes-argentinos”, y mientras lo deletreaba, una flaca, sentada a dos metros y que parecía poeta, escribía versos en su cuaderno Muji.
-Aquí hacen muchas presentaciones y hay talleres varios días a la semana, con mucha gente joven -dijo la chica de las mesas, y me pasó un folleto con actividades. En el programa y en el historial reciente de la librería se ve mucho de la autollamada Joven Guardia. Hay un taller semanal de Diego Grillo Trubba, hace poco explicó su propia obra Pedro Mairal, se destaca bastante el último libro de Juan Terranova y, sin ir más lejos, fue en esta librería donde el grupo posó para la foto de su primera nota como generación oficial.
El Palermo Joven Guardia queda en Honduras, entre la línea del tren y Fitz Roy. El Canal América 2, la señal que transmite una seguidilla de programas con chimentos del espectáculo, está en el corazón de Palermo Joven Guardia.”
Hace días, meses, años, que no doy pie con bola en las lecturas. Salvo la solitaria fulguración mayor del pesadísimo asteroide Borges, de Bioy, todo lo que agarro se me cae de las manos. La desolación de encontrarme vez tras vez insatisfaciendo una pasión por falta de objeto se multiplicó cuando me pidieron presentar (por segunda vez) una de las tantas nuevas antologías de nuevos narradores. Independientemente del lugar donde se esté, la experiencia vuelve evidente que resulta difícil “leer hacia delante”. Así como me pasaba con mis textos, ofrecidos a la incomprensiva lectura de autores mayores que yo, y que respetaba, me encontré irritándome ante la evidencia de que siempre somos barridos hacia el basurero fenomenal de la historia menor de la escritura por las generaciones que no comparten las creencias y las estéticas por las que cada uno de nosotros vivimos y morimos. Tuve la impresión de un retroceso absoluto, de encontrarme de nuevo con la sumisión a los imperativos que había dado por liquidados ya en la década del 60: la creencia infantil de que dedicarse a la literatura es contar un cuento. Como si fuera un viejo vanguardista que rabia contra los neo-reaccionarios, o como un idealista que se exaspera al ver que sus compañeros del fondo de la caverna adoran los destellos luminosos que ellos confunden con las verdaderas realidades, pensé que aquello que faltaba para mí en aquellos textos era lo que revelaba la anécdota que hace unos días contó un amigo en la sobremesa.
Hace un par de décadas, mi amigo se había ido a Nueva York para ver si mejoraba su situación económica. Del exilio al reino, se casó al tiempo con una americana convenientemente bella y un poco crédula. Un día, Eleanor llegó a la casa conmpletamente shockeada, conmovida: en la Quinta Avenida, una gitana le había leído las manos y le había contado grandes verdades de su pasado y profetizado cosas tremendas y hermosas acerca de su futuro. Para divertirse un rato, o tal vez invadido por un repentino afan didáctico, mi amigo le dijo que la quiromancia no era un saber sino una superchería, o cuanto menos una simplificación. Que la vida era mucho más complicada y difícil de interpretar que lo que permitían suponer las líneas de las manos. Por eso, él, en la India, había aprendido con gurúes y chamanes (no le importaban las precisiones culturales y geográficas, ella era muy estúpida) el arte de la vaginomancia. “¿Cómo? ¿Vos podrías adivinarme todo a mí?”, preguntó Eleanor. “Claro”, dijo él, “a vos y a cualquiera”.
Obviamente, el secreto del truco gitano se reduce a capturar en el aire los indicios que proporciona el propio sujeto sometido a la adivinación, así que, para mi amigo, tener a su propia esposa desnuda y expuesta frente a él, con las piernas abiertas, volvía todo un juego tan arriesgado como divertido.
Mi amigo desempeñó su farsa afectando aires rituales, soltó algunas preguntas y, obviamente, su mujer dejó hablar a su inconsciente (o lo que fuera que ocupaba ese lugar) como nunca lo había hecho antes. Y mal no debe haber funcionado esa pantomima porque Eleanor difundió las virtudes hermenéuticas de su marido entre el círculo de sus relaciones y, al cabo de un mes, las amigas estaban haciendo cola para ser vaginomantizadas.
Pero lo más interesante de todo es que, ante el misterio de aquellos pórticos develados, mi amigo tuvo algo de su propia medicina. Efectivamente, mirado de cerca, en su complejidad y arborescencia, hasta la piel es un misterio de relaciones interminables de la que se puede hablar infinitamente.
La anécdota puede ser cierta o falsa; la perfección e incompletud de su diseño permite suponer que fue inventada, pero en este asfixiado presente aporta una agradable representación de las perplejidades, mistificaciones y encantadores abismos que a veces nos regala la literatura.
(Guebel publicó este texto en el espacio de la columna del editor del suplemento de Cultura de Perfil el domingo 8 de junio. Ayer fue su último día en el diario. Lo vamos a extrañar).
que visitando y leyendo blogs que suelen reflexionar con vehemencia sobre la crisis de los medios impresos y la influencia creciente del periodismo virtual, ciudadano, o demás sandeces, me da la impresión de que al mismo tiempo esos blogs (con sus resúmenes, sus agendas, sus listas de presentaciones y novedades) se están pareciendo, cada vez más, en una mímesis tan evidente como, al parecer, inconsciente, a los medios tradicionales a los que suelen criticar?
¿No era que los blogs estaban para ofrecer otras cosas: una mirada distinta, fresca, independiente, para construir una agenda propia, para plantear debates que no pueden tener lugar en otros espacios?
¿Es responsabilidad de los blogs generar sentido, o sólo hacerse de un espacio público que los medios tradicionales pierden por inoperancia y temor al cambio?
Evidentemente, ni una cosa ni la otra (la agonía de los medios impresos, la independencia irrefrenable de los blogs) son del todo ciertas, y nadie tiene todavía demasiada idea de lo que debería o no debería hacerse con los blogs, al menos con los blogs periodísticos. Los blogs se van pareciendo cada vez más a páginas webs personales, espacios de enunciación individuales, que uno lee si, y sólo sí, le interesa lo que el autor del espacio pueda decir sobre algo.
Y, no se puede inventar la pólvora todos los días.
A esta hora ya debería estar en Buenos Aires pero sigo acá, en el locutorio del paquistaní de la vuelta del departamento, a un módico euro la hora de conexión. Este no es el año de mis viajes en avión, se ve, ya que invariablemente cada vez que piso un aeropuerto algo pasa y los horarios de mis partidas y arribos nunca terminan de concordar con los que dicen los pasajes. Así que un día y medio más en Barcelona, esta vez sin proponérmelo, contra mi voluntad, ya sin ánimos para tomar el metro e ir hasta el centro, pensando que debería estar cerrando páginas en la redacción, leyendo a John Fante en un departamento vacío con una perra que se llama Lola y una gata en celo que me persigue por los rincones y responde, a veces, al nombre de Mágica.
Me levanto tarde y desayuno viendo la televisión. Aquí sólo importan tres cosas: la Eurocopa, en la que España debuta mañana contra Rusia (los españoles no aprenderán nunca a componer canciones de tribuna, y cuando las cámaras los enfocan gritan, lo juro: “A por ellos, olé oló, a por ellos…”), las lluvias, que anegan buena parte del país en revancha por un año entero de sequía y, sobre todo, el paro de camiones que desde hoy paraliza todas las rutas en protesta por el alza del precio internacional del petróleo. Las estaciones de servicio se quedan sin suministro por los previsores de siempre que cargan el tanque a tope vayan o no a utilizar el auto y las viejas compran tomates de más en el mercado, no vaya a ser cosa que la crisis las agarre desprevenidas. Piquetes por las buenas, o por las malas. Desabastecimiento. Algo me hace pensar en la Argentina. Van al corte y lo único que se ven son publicidades de autos, una detrás de la otra: pago con facilidades, ninguno baja de los 15 mil euros.
Por suerte hoy es lunes y después de las diez de la noche arranca la maratón de CSI creo que en el canal 4: cinco episodios seguidos hasta las dos de la mañana, avalancha que hasta hace olvidar que la voz de Gil Grissom está doblada al español y dice cosas como “mola mogollón”.
Y sigo sin saber del todo bien qué es un blog y para qué sirve. Tampoco me interesa ya reflexionar sobre el asunto. Lo único que sé es que todo esto no estuvo tan mal.
Y acá está Mrs. Gibbons, sentada a mis pies, viendo cómo la banda toca “We carrie on”. La cámara es de la persona que estaba justo detrás de mí (de hecho por ahí aparece mi brazo). Después, stage invaders.
Acá, en Barcelona, hay un enorme cementerio en la montaña: apenas uno entra en la ciudad desde Valencia, se cruza con una ladera repleta de cruces y nichos desde la base hasta la cumbre. Es de una belleza escalofriante. Se lo comenté a Ignacio Echevarría mientras almorzábamos, en el restaurante Flash Flash, y él me dijo que sí, que suele recomendarle a los visitantes una excursión a ese cementerio, donde está enterrada la alta burguesía catalana del siglo pasado, ya que entre nichos y esculturas fúnebres encargadas por los ricos a los artistas más destacados del momento, hay más arte allí en muchos museos de España.
Comemos en el Flash Flash, donde en los años 60 se reunía la Gauche Divine (Barral, Herralde, los hermanos Moix, De Moura). El lugar parece salido de una película de Kubrick, y está tal cual lo inauguraron, cuarenta años atrás, aunque como todo aquí, perfectamente impecable (es decir: como si lo hubieran montado ayer). Le pregunto a Echevarría por los lugares donde se reúne la intelectualidad catalana, y me mira con asombro. Me dice algo así como que en Buenos Aires estamos mal acostumbrados, aquí nadie se junta en bares o en restaurantes a discutir de política o a hablar de literatura (lo de Buenos Aires, claro, es una exageración). Está mal visto, dice, y se ríe. Luego hablamos de la influencia de los diarios gratuitos (una plaga por aquí) en el periodismo español, de la pobreza de los suplementos culturales, del futuro de la industria del libro (negro para mí; favorable para él, mientras siga siendo tan barato y fácil editar libros, hasta que se genere una conmoción similar a la que Internet generó en el negocio musical). También me habló muy bien de la última novela de Sergio Bizzio, “Era el cielo”, y de la primera de Iosi Havilio, “Opendoor” (dos de los libros que no casualmente traje para regalarle a las amigas que me alojan).
Echevarría es inteligente, amable, culto y tiene un gran sentido del humor. Le pregunto cuándo volverá a hacer crítica literaria y no lo piensa un segundo y dice que, la verdad, no hay ningún proyecto que lo reclame o le interese. Y que tampoco tiene la necesidad. Ya hizo mucho de lo que quería hacer, y ahora se dedica a la edición free lance: está bastante ocupado trabajando en las obras completas de Kafka, de Nicanor Parra.
El día anterior había leído una nota que me llamó la atención desde la tapa de ADN (uno de los periódicos gratuitos más conocidos de aquí). Decía, con tipografía enorme desde la tapa: “Editores independientes”. Y nada más. El artículo ponderaba la importancia de este tipo de actores del campo literario, y entrevistaba a tres personajes, para la periodista, fundamentales o novedosos: el editor de Acantilado, el de Península y a Jorge Herralde. Esos son los editores independientes españoles.
Más tarde me junto con Pere Sureda, que edita las antologías de cuentos breves en España. Es un tipo elegante que vivió un buen tiempo en la Argentina, país al que vuelve seguido. No deja de sonarle el celular un segundo. Se disculpa, y atiende. Luego pide un agua con gas y me mira con cierta incredulidad, y me dice que el primer tomo de la antología va por la sexta edición en menos de un año, y el segundo por la tercera, en apenas tres meses. Que hace diecisiete semanas los libros están en la listas de best sellers del diario ABC, y que él es el primer sorprendido. Yo, el segundo, digo, y hago cálculos mentales sobre las liquidaciones de derechos de autor. Hablamos de los diversos puntos de ventas, él vuelve sobre la futura desaparición de las librerías pequeñas y de cómo en los grandes centros comerciales los libros están cada vez más lejos del alcance de los consumidores. Lo había visto: en Fnac, El corte inglés y otros centros, primero están los reproductores de dvd, los plasma, los palos de golf: todo a la vista, mientras los libros pasaron del primer piso al segundo, y del segundo al tercero, hasta que en cualquier momento los van a meter en el depósito de la terraza. “Los márgenes de ganancia”, me explica Sureda. “No hay con qué competir”.
Saco un ejemplar de “La joven guardia” y tardo algunos minutos en convencerlo de que lo edite en Belacqva. Finalmente, cede. “Lo hago, vale, pero como impuesto revolucionario. Y a condición de que te pienses una nueva antología”. Es un trato. Serán unos tres mil ejemplares. Se publicará en el 2009.
Vaya uno a saber por qué, el Indio Solari rompió un protocolo de más de tres décadas y en la tapa de la última Rolling Stone contesta sobre fútbol, perros y el rock nacional. Aquí, alguna de las preguntas de los lectores y sus respuestas.
– Siempre que te presentás en vivo se comenta la posible aparición de un DVD, incluso de la última época de los Redondos. ¿Es posible que en un futuro podamos disfrutar de alguno?
– Momentáneamente, no. Simplemente estoy viendo cómo queda en custodia todo eso. Porque yo ahora no tengo tiempo. Por ahí los chicos, Skay y Poly, tienen más tiempo. Pero yo voy siempre detrás de la custodia artística en la factura. Así que probablemente no sea este año ni el que viene, porque tengo el calendario completo y de eso no se ha empezado ni a hablar. Claro que uno no es pelotudo y sabe que los Redondos han sido, en la historia del espectáculo argentino, algo muy especial, histórico. Entonces todo ese material, a futuro, tiene el mismo valor que el de bandas de los 60 o los 70, que hoy vemos que reflotan cosas y sacan un DVD. Pero para eso hay que tener las cintas. Para hacer un 5.1 hay que tener acceso a las cintas madre, hay un gran laburo ahí y es imposible que yo esté ajeno al proyecto. Creo también que tiene que pasar el tiempo necesario como para que uno vuelva a sentir una emoción al recordar algo: “Mirá esta toma, mirá lo que pasó acá”. Supongo que esos laburos se hacen muy fáciles cuando uno dejó de tener la magnitud que tuvo. Yo entiendo la conformidad de la gente, porque a mí también me gusta que salga algo de una banda que me gustaba. Pero dos por tres te engañan, porque decís: “¡Mirá esta pedorcha que hicieron acá!”. Así que, momentáneamente, no lo veo. Igual, ya es un paso que estemos cuidando el material, porque hay diferentes formatos y shows, como River, que fueron grabados con siete cámaras. Si no nos importara nada, si nos hubiéramos arrepentido de todo lo que hicimos, ya lo hubiéramos prendido todo fuego.
– ¿Cuál fue el primer tema que escribió?
– Mi memoria es un espanto. La verdad que no me acuerdo. Al principio, cuando estaba en el secundario, nos juntamos a tocar la guitarra con amigos. En esa época, le escribí una canción a Itatí, una piba de la barra, para que la cantara ella. Pero de las conocidas, creo que la primera fue “Maldición… va a ser un día hermoso”. Esa fue una canción que hice solo, porque cuando me junté con Skay dejé de tocar la guitarra. El tocaba bien y yo he sido bastante haragán para las destrezas, porque para tener cualquier tipo de excelencia en una destreza son diez horas diarias dedicado a eso y por ahí te perdés lo que pasa en la esquina, que es lo que un músico popular tiene que hacer. Alguna mexicaneada, alguno que te está apuntando con un bufo, algún chiche de esos, eso es lo que tenés que aprender a contar, al menos en el rock. Si estuviste en la academia todo el tiempo, medio difícil.
– Quisiera saber si el Indio le tiene miedo a la muerte. ¿O a qué le tiene miedo?
– No, miedos no tengo. Debe ser porque la juventud me tocó en otra época. Tengo miedo ¿sabés a qué? A que la gente que yo quiero me falte. Porque para mí la vida es ésta, entonces que me falten aquellas pocas cosas en las que yo puedo ampararme… Lo mismo el miedo a la muerte. Tampoco es una preocupación, porque si no hubiese elegido una religión que me amparara, porque la gente cree en las religiones por el temor a la muerte, en general. Yo más que nada me preocupo por Bruno y porque soy un padre añoso. Me gustaría estar a disposición de él más años de los que seguro voy a estar. Va a ser todavía muy joven cuando yo no esté, y ése es el temor.
– ¿Qué opinás de Pier?
– De movida, no me reconozco en lo que hace Pier, y tampoco reconozco a los Redondos en lo que hacen. Pier no es algo que yo escuche, eso está claro. Las veces que los escuché ha sido mientras tomaba sol acá, en el patio, con La Mega o alguna radio en la que pasen rock nacional puesta a sonar. Trato de curiosear, porque sé que la idea de que se parecen a los Redondos ha circulado. Creo que al principio alguien me pasó el aviso de que hacían algunas versiones y, como nosotros no tocábamos, sus shows eran un lugar donde se reunían los fans; creo, pero no sé ni siquiera si es verdad. Yo no me reconozco en el cantante, ni en las letras, no me reconozco en nada de lo que hacen, la verdad.
– ¿Qué tema del rock nacional te hubiera gustado escribir a vos? ¿Y por qué?
– Hay melodías muy lindas en el rock nacional. “Amor de primavera”, de Tanguito; “Avellaneda Blues”, de Manal. Hay líneas melódicas muy lindas, hay letras tanto de García como de Andrés. También hay algunas cosas de Fito. Ahora hay una de Las Pelotas, que no me acuerdo cómo se llama, que la escuché [tararea “Será”]. La melodía es muy linda, pero la letra creo que la escuché una vez, entonces no termino de saber si es una canción de amor o tiene una vuelta de tuerca. Pero me gusta, es muy amable esa canción. De Andrés yo versioné “El salmón”, porque era para rockear. Y a mí, contra lo que la gente piensa, rocanrolear me sale, la tengo clarísima. Después le pedí disculpas a Andrés, porque él tiene “Estadio Azteca” o “Paloma”, que son canciones muy lindas, pero tendría que haberme puesto a versionarlas, y no quería hacer una versión pedorra… De Spinetta me gustan las canciones de Almendra y Pescado Rabioso. Otra que en su momento me parece que agregó algo de frescura fue “Ella vendrá” de Don Cornelio y La Zona. Si me pongo a pensar, no responde al patrón con que las canciones ingresan en mí con placer, pero ésa me quedó. Pero soy jodido: siempre les veo el defecto a las cosas.
– ¿Te gusta ver fútbol y colgarte con emoción viendo un partido?
– Veo fútbol todo el tiempo. Yo soy hincha de Boca. El partido de Boca lo agarro así sea el cumpleaños de nadie. Acá se para todo. Pero también veo Arsenal-Lanús, porque de pronto puedo mirar sin nervios. Después trato de seguir a las gallinas. Si van ganando me voy… Pero sí: consumo mucho fútbol. También las ligas europeas. Por ejemplo, cuando jugaba Riquelme en el Villarreal me gustaba verlo. O ahora Tevez, que son jugadores que me da pena que no puedan jugar acá, porque me gusta verlo en la cancha. Tanto que hasta pongo un partido del Manchester. Y después, si hay un choque Barcelona-Madrid y estoy al pedo…
– En directo, ¿vivís de diferente manera las canciones de los Redondos y las de los Fundamentalistas?
– La verdad, en vivo tengo que hacerle un tratamiento a los temas de los Redondos para que se emparejen con la tensión que tienen las canciones nuevas. Porque la diferencia es muy grande como para que la banda no se pinche. Si hoy en un recital mío tocáramos los temas de los Redondos como sonaban en el momento de los Redondos, sentirían que en el escenario se hace todo mucho más livianito. Entonces tengo que pichicatear un poco las ideas para que se equiparen con la tensión y la textura que tienen los temas de la etapa solista y de Momo Sampler, que saldrían con más facilidad con este equipo, con la manera que tenemos de sonar en este momento. De lo que no tengo ganas es de versionarlos; para eso tendría que hacer un disco de versiones. Los temas de los Redondos los toco para la gente, en realidad. Y la gente los quiere escuchar lo más parecido a como eran.
– ¿Por qué la constante referencia a los perros tanto en las canciones de los Redondos como en las de los Fundamentalistas?
– Ustedes saben que yo soy de los ovejeros. Ahora tengo que ir a comprar un par porque se me murieron algunos. Me gustan mucho los ovejeros, me parecen muy inteligentes. Me parece bueno tenerlos de mascotas para vivir un poco de esa inocencia que da vueltas alrededor de uno, esa inocencia que hemos perdido. Encima es una inteligencia… No sé: a veces parece que los ovejeros te miran sobradoramente. Cuando uno se tomó una copa de más, parecen mirarte como diciendo: “Mirá vos al tipo que me da de comer”. Creo que es un atractivo, hay elecciones en la vida que son estéticas. Llevado a tener mascotas, las mías son los perros. No me gustan los gatos. Viste que dicen: “No, porque el gato es independiente…”. ¡Y a mí qué carajo me importa! Yo quiero un boludo que me dé pelota, que lo llame y venga. No uno que caiga cuando estoy chaireando el cuchillo, y que después me caga y me mea y tengo todo lleno de olor a mierda, pelo en los sillones. Es como tener un vago en tu casa que tenés que alimentar. Que laburen de perro, que ladren si hay alguien. Por eso me gustan los perros y me gustan mucho los ovejeros. En cuanto al simbolismo en las canciones, es medio trillado pero el rock se siente como un perro de la calle. En realidad, el animal callejero con el que uno se junta, que se pega a la imagen del rocker, es el perro y no cualquier otro caballo. El perro callejero.
– ¿Podés nombrar una canción de Soda Stereo que te guste, que te parezca lograda?
– “Ella usó la cabeza…” ¿Cómo es? [por “Ella usó mi cabeza como un revólver”] Esa está buena. Me gusta la producción que tiene. Suelo ver de los otros la cosa acabada. Por eso me cuesta elogiar, porque por ahí la música es buena pero la lírica es una cagada, o al revés. Cerati me gusta más como violero que como otra cosa. Las letras no me significan nada. Probablemente no haya habido que decir nada, creo eso también. Creo que tiene esos vicios de que las palabras que suenan bien van al frente. De todos modos, me parece un gran violero, y Soda Stereo una banda de la reputa madre. La producción musical no es lo que yo haría: esas cosas muy aéreas, muy etéreas, muy modernosas, no es lo que yo disfruto. “Ella usó mi cabeza como un revólver” me gusta por esa mezcla de chelos que, en un grupo de rock, me parece muy atractiva. Ese fraseo rítmico que tiene, esos compases mordidos. Después la letra no sé qué mierda dice, no me importa, pero por lo menos no arruina la canción. Tiene una voz linda Cerati. Yo le pondría menos reverb. Pero si a él le gusta así… Estamos hablando de cosas que a uno no le gustan como para ser seguidor, pero sabemos que hasta un reloj descompuesto da dos veces por día la hora justa. Todo el mundo tiene derecho a hacer algo bien en esta vida y yo creo que por algo los Soda Stereo son la banda que son internacionalmente, y se bancaron y tuvieron los huevos de ir a hacer toda esa época de festivales y playbacks en televisión.
– Cuando estás por salir a tocar, ¿le hablás a tu banda como un DT que le habla a sus jugadores?
– No, ya son todos muchachos grandes los músicos. Y menos esa cosa de Griguol en Gimnasia de pegarles a los pibes… ¿Sabés de qué manera me vinculo? Los Fundamentalistas no son un grupo de sesionistas ya. En el primer álbum podrían haberlo sido, pero ahora tienen la camiseta puesta. Hay varios de ellos que eran ricoteros, entonces están cómodos. Ellos mismos me piden temas ahora: Gaspar me pedía “Todo un palo”. En el show en Tandil vamos a hacer otros temas de los Redondos. El álbum nuevo mío lo voy a hacer todo, menos “Veneno paciente” que recién lo voy a hacer a fin de año y con invitados.
Un espacio dedicado a la información de la industria editorial, el campo cultural y otras misceláneas, nacido sin certezas allá por el mes de junio de 2005. Mensajes a mtomas@paris.com