La adictiva página de 25 preguntas sigue creciendo: se sumaron Matías Néspolo (que tiene novela nueva), Liliana Colanzi y Pablo Gianera, entre otros.
Qué reconfortante y sorprendente fue descubrir tantas coincidencias con Pablo, un tipo tan sensible, erudito e inteligente. Nos unen las fobias y las neurosis: nos aterran las cucarachas, pasamos casi todo el día conectados, no usamos Ipod ni redes sociales, tenemos una relación de amor-odio con Buenos Aires y, a pesar de todo, seguimos comprando discos.
El 11 de abril se estrena en el Bafici la película que cinco directores jóvenes filmaron tomando como base cuentos de Natalia Moret, Pedro Mairal, Marina Mariasch, Oliverio Coelho y uno mío, aparecidos allá lejos en la antología En celo. Se proyecta dos veces el 11 de abril y una el 18. Yo iría, por curiosidad, pero sobre todo por los muy buenos cuentos de los otros escritores y porque parece que en el mío la protagonista es Martina Juncadella.
Demos gracias porque este tipo de libros sigue llegando a la Argentina desde Europa: la reedición, actualizada, del moderno clásico Graffiti. Arte urbano de los cinco continentes, de Nicholas Ganz. La primera versión, de 2004, exponía miles de fotografías de los artistas del género más importantes del mundo (individuales y en grupos), divididos alfabéticamente y por continentes. Esta edición agrega algunos nombres y algunos textos. Y le da la posibilidad a Ganz de referir que, como era de esperar, así como el graffiti evoluciona de manera permanente, incorporando técnicas diversas que de ninguna manera se acaban en el aerosol (pinturas, calcomanías, esculturas, pósters, aerografía, tizas), también lo hace la terminología propia y las categorías: “Actualmente muchos han comenzado a referirse a un nuevo graffiti, al que suele denominarse con más frecuencia como neograffiti, posgraffiti, arte urbano o street art”, escribe el autor.
En el demasiado breve apartado “Historia universal del graffiti” (de un libro de este calibre y de tal importancia podían esperarse textos más abarcativos o exhaustivos), Ganz cuenta que el origen del término viene del italiano sgraffio (arañazo), que sus orígenes se remontan a Grecia y Pompeya, y que si bien existieron algunas manifestaciones de artistas callejeros durante la Segunda Guerra y en las revueltas estudiantiles de las décadas del 60 y 70, fue en los 80 y en la ciudad de Nueva York donde estas expresiones comenzaron a tomar verdadera relevancia, a partir de las pintadas en trenes y subterráneos de Manhattan (la mejor manera de exhibir esas intervenciones y que fueran vistas diariamente por millones de personas).
Al principio fueron tags, esas rúbricas tipográficas (esas firmas) que aún se ven en todos lados, y recién después comenzaron a aparecer las piezas (masterpieces) u obras en sí mismas. Aquí figuran muchos de los nombres más relevantes de este tipo de intervención urbana a nivel mundial: Os Gemeos, Merz, Dalek, Swoon y, por supuesto, el gran referente del stencil, el inglés Banksy, autor de célebres y desafiantes obras de protesta (y que se animara a colgar hace un tiempo, con sus propias manos, su versión personal de La Gioconda en las paredes del Louvre).
En Sudamérica, se sabe, es la ciudad de San Pablo la que va a la vanguardia del arte callejero. En la Argentina aún se trata de un movimiento emergente, aunque en ciertas obras y nombres presentes en este libro (Alexone, Asstro) se advierte la evidente influencia de este tipo de arte en los ilustradores de tiras diarias locales. La mano del capital, que todo lo toca (y todo lo corrompe), no podría estar exenta del arte urbano: muchos de los creadores han sido primero tentados y más tarde contratados por agencias de diseño, publicidad y marketing. Tal vez por eso Ganz se sienta impelido a escribir, hacia el final del volumen: “La calle y los espacios públicos son el corazón del graffiti, que no está pensado para las galerías o la publicidad. Representa una filosofía de vida, la de reivindicar la calle y ser libre para rediseñar el propio entorno. Se trata de un arte anarquista en el que cualquiera puede participar (…) al tiempo que se transforma el paisaje urbano que unos extraños han configurado arquitectónicamente”. Y todavía hay gente que cree que el arte está sólo en los museos.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
Para mi amigo Andrea, que lee y me escribe desde la capital del punk, donde ahora parece que hace un poco de calor, este video: de lo más bizarro que puede encontrarse en la web, una presentación de Los Violadores (pioneros del punk en la Argentina) en Jugate conmigo, aquel programa para adolescentes de principios de los 90, conducido por una exultante Cris Morena. ¡Miren al baterista haciendo que toca de parado, y a Piltrafa tirarse a la pileta después de cantar Uno, dos, ultraviolento, esa canción inspirada en A clockwork orange de Burguess!
¡Ciao Andrea! Ya nos veremos en Barna, y haremos nuestra ronda de tragos Oviso-Manchester.
Sin militscos en la esquina
Es mas fácil para mí
El dremcom en la goloba Me hace decidir
La de grudos más bolches La quiero para mí Crobo rojo entre sus capas
Les haremos salir
¿Y ahora qué pasa, eh?
Nos quieren transformar
No lo lograrán
No lo lograrán
No, no lo lograrán
No… no, no, no
Una de las imágenes que certifican que el célebre escritor y científico argentino-estadounidense estuvo de gira por Madrid y Barcelona, presentando las ediciones de sus últimos libros, y fue acosado por fans de todas las latitudes (con el AVE que lo trasladó, de fondo).
Ya lo dije, pero repito: los newsletter de Joy son increíbles: toman la idea original que inventó el Village Voice y lo actualizan con temas rarísimos, bien locales. Esta vez, una info a medida: los platos retro, dónde comer al estilo años 80 (en verdad no es “estilo”: a muchos de esos restaurantes fui posta, llevado por mis viejos en la década del 80).
Del 7 al 18 de abril, vuelve el mejor cine que se puede ver en Buenos Aires en el año calendario. Esta vez, además, hay un par de amigos que presentan su primera película. Acá, las funciones de Ocio.
Maradona, en sí mismo un revolucionario en la cancha, es un técnico especulativo, conservador. Así que de parte de Argentina, salvo que pase algo extraño, vamos a ver un Mundial comprado en cuotas. ¿Lo podemos ganar? Claro, ¿acaso Italia no ganó varios mundiales colgada del travesaño? ¿Y por qué piensan ustedes que el Gordo está desesperado porque entre Ruggeri en su cuerpo técnico?. Porque Ruggeri es el DT en las sombras y en las sobras. Un cultor de la mala leche y los partidos raspados, berretas y aburridísimos. ¿Alguien hizo la prueba de interpretar los labios del Diez cuando da indicaciones? Yo lo hice con un experto en descifrar lenguajes y criptografías y me dijo que Maradona no da indicaciones normales, que, por el contrario, sólo repite eslóganes de su cosecha. Por ejemplo, cuando atacaba Alemania, se acercó a la media cancha y gritó: “¡Mascherano y diez más, Mascherano y diez más!”. Y cuando el Pipita Higuaín metió el gol, hizo como que ordenaba el equipo pero en realidad decía: “¡tirá, puto!”.
“Claro que poner un adjetivo bien puesto no es hacer ficción; hacer una descripción eficaz no es hacer ficción; utilizar el lenguaje para lograr climas y suspenso no es hacer ficción. Eso se llama, desde siempre, escribir bien. Si se confunde escribir bien con hacer ficción estamos perdidos”.
El libro Por favor, mátame, de Legs McNeil y Gillian McCain, no sólo logró convertirse en algo así como la “biblia” del punk. También impuso un método: el de recoger testimonios en primera persona e ir ensamblándolos, por tema o cronológicamente, para que la historia vaya armándose por sí misma en la mente del lector. El método tenía varias ventajas (rescatar la memoria de los protagonistas antes de que murieran, ofrecer una impronta de verosimilitud a sus palabras, y el vértigo irrefrenable de un sistema narrativo oral manejado a la perfección) y, además, McNeil y McCain habían logrado algo casi imposible: que por esas páginas desfilaran todos, o casi todos (Andy Warhol, Lou Reed, Iggy Pop, Jim Morrison, Nico, Richard Hell y los futuros integrantes de Los Ramones, Los Clash y demás bandas punk).
Rotten. No irish, no blacks, no dogs, la autobiografía de John Lydon (aka Johnny Rotten), el cantante de los Sex Pistols y más tarde líder de PIL, abreva de la misma fuente metodológica que Por favor, mátame: largas entrevistas editadas para ofrecer la imagen de un todo. Pero se diferencia, a su vez, en el enfoque y en su finalidad: si McNeil y McCain se centraban en la escena neoyorquina, es decir, en el surgimiento y desarrollo del protopunk, el punk y el postpunk en clubes de Manhattan como el CBGB’S, el Max’s Kansas City y sus alrededores, Rotten… tiene su epicentro en Londres, Inglaterra: la ciudad desde la que el punk se proyectó al mundo y exportó una actitud de desafío y repudio a las instituciones y una estética (alfileres de gancho, ropas en jirones o de plástico y vinil, esvásticas, símbolos anárquicos, crestas de todos los colores, borceguíes), todo en apenas dos años que conmovieron al mundo.
La música rock nunca volvería a ser la misma luego de que Rotten, Steve Jones, Paul Cook y Sid Vicious editaran en 1977 el primer y único disco de la banda, Never Mind the Bollocks, con canciones irónicas y revulsivas como “Anarchy in the UK”, “God Save the Queen” o “Pretty Vacant”, que conservan, aún hoy, toda su carga de desafío y negatividad.
“Se ha escrito mucho sobre los Sex Pistols, pero la mayoría ha sido sensacionalismo o periodismo pseudopsicológico. El resto ha sido puro rencor. Este libro es lo más cerca que puede haber de la verdad, ya que recuerda los acontecimientos desde dentro (…). No tengo tiempo para mentir ni para fantasear y tampoco quiero desperdiciar el vuestro. Y si no lo disfrutas, que te pudras”. Esa es la declaración de principios de Rotten en el acápite del libro. Como siempre con él, se trata de una invitación al sincericidio y lo inesperado: tómalo o déjalo. ¿Cómo dejarlo?
El primer capítulo empieza por el final de la historia: el 15 de enero de 1978, último recital de los Sex Pistols, en San Francisco, Estados Unidos. Y cerrará en el mismo lugar, 370 páginas después. En el medio, nos enteramos de que Rotten estudió en colegios católicos ingleses hasta que lo echaron por su corte de pelo, y que tuvo una vida familiar humilde pero llena de comprensión y afecto por parte de sus padres y hermanos. Más tarde lo echarían de su casa, por teñirse el pelo de verde, pero incluso hasta ese gesto es agradecido por el Rotten adulto del libro, ya que piensa que su padre lo estaba invitando a tomar su propia vida en sus manos.
Después vendrá la escena de una Londres empobrecida y sucia a mediados de los 70, y cómo eso funcionó como caldo de cultivo para toda una generación de jóvenes aburridos que buscaban una manera de sobrevivir y pasar el tiempo. El contacto con Malcolm McLaren y Vivienne Westwood, la primera audición para la banda (que estaba buscando cantante), las peleas internas, el alejamiento del primer bajista, Glen Matlock, y la inclusión en su lugar, por parte de Rotten, de su amigo Sid Vicious. Todo atravesado por la aversión de Rotten hacia las ideas preconcebidas, la homogeneidad, por lo que no sea la más pura individualidad: “Lo que me enfurecía de los Pistols era la progresiva homogeneización del uniforme punk (…) Pero la idea no era seguir una dirección sino marcarla (…) Siempre he odiado el concepto de uniforme. Si te interesa algún tipo de movimiento tienes que rechazar esas cosas, porque de lo contrario te estancas y se convierte en algo estéril”.
Rotten se reconoce aquí como un miembro de la clase obrera inglesa; un antiintelectual con inquietudes musicales (“Nunca había sentido interés por ser músico. Sigo sin sentirlo y me alegro por ello. Me considero un estructuralista del ruido”) y algunas lecturas; un tipo con una postura clara en contra de las drogas duras (“No tenía más que fijarme en los yonquis. Los miras y piensas: ¿dónde está la diversión, el placer, el sentido?”); un constructivista (“No creo que hubiera nada nihilista en los Pistols. Lo nuestro no era un camino de autodestrucción. Más bien al contrario. Era constructivo porque ofrecíamos una alternativa, no era anarquía porque sí”); un militante del caos (“Mi filosofía era el caos, sin lugar a dudas, la ausencia de normas”).
No es sólo la voz de Rotten la que aparece aquí, sino la de sus amigos, familiares, integrantes de la escena londinense y la de los Pistols que siguen vivos. Este libro, entonces, junto a Por favor, mátame y al documental The filth and the fury (2000) de Julien Temple, como las piezas fundamentales para componer un relato, el de la música punk, que a más de treinta años de su germen se muestra como mucho más interesante y complejo de lo que suele creerse.
Busco un libro corto para leer en la cama antes de dormir. Elijo el Diálogo sobre el poder y el acceso al poderoso, de Carl Schmitt. Schmitt (1888-1985), jurista, filósofo y político alemán, vivió casi cien años, participó del círculo político íntimo del gobierno de la república de Weimar y, después de intentar frenar el ascenso de Adolf Hitler al poder, se plegó al nacionalsocialismo, de donde fue corrido más tarde por las SS. Luego de la derrota alemana en la Segunda Guerra, fue juzgado en Nuremberg y estuvo preso unos pocos años. De ideas antiliberales, estudió la obra de Thomas Hobbes y casi todo su pensamiento gira en torno del concepto de poder. Este pequeño libro, elaborado por el propio Schmitt para ser transmitido en forma de diálogo radial, fue descripto por él como “una especie de juego mental que gira en torno a la oposición entre el pensamiento moral y el dialéctico” y como “una prolongación de las reflexiones de Nuremberg”.
Entonces: hay un supuesto estudiante que pregunta y del otro lado Schmitt, que responde. Leído a más de medio siglo de su aparición (fue publicado en 1954), los diálogos pueden sonar algo sencillos, pero es sólo una primera impresión. Porque lo que impacta es pensarlo en contexto: esta síntesis teórica no sólo se demostró cierta con el tiempo sino que parece haber sido asimilada al pie de la letra por muchos gobiernos actuales. Schmitt comienza tratando de ver cuál es la fuente del poder. Para eso, descarta tanto a la naturaleza (superada por el hombre) como a Dios (olvidado por el hombre). “Nos queda una sola respuesta: el poder que un hombre ejerce sobre otros hombres proviene de los propios hombres”, dice. ¿Por qué debieran unos obedecer a los otros? Simple, por coerción: “La relación entre protección y obediencia sigue siendo la única explicación para el poder”. Luego, el jurista asegura que el poder es una magnitud objetiva con reglas propias y que todo poder directo está sujeto a influencias indirectas. ¿Cuáles? Los círculos que rodean al poder. Schmitt, claro, está hablando de él mismo cuando asegura: “Delante de cada espacio de poder directo se forma una antesala de influencias y poderes indirectos, un acceso al oído, un pasaje a la psique del poderoso”. Esta antesala estaría formada por los cortesanos, los ministros, los confidentes: los que informan al soberano y en los que él confía. Así, el que decide también se hace, al mismo tiempo, dependiente. Como conclusión, Schmitt agrega: “No digo que el poder de los hombres sobre los hombres sea bueno. Tampoco que sea malo. Mucho menos digo que sea neutro. Sólo digo que es una realidad autónoma respecto de todos, incluso del poderoso”.
A veces, lo más interesante de un libro está en sus apéndices. En este caso, en el Posfacio de Gerd Giesler, en el que cuenta la historia del diálogo, su confección y posterior publicación. Del Diálogo sobre el poder se imprimieron 3 mil ejemplares: en 1954 se vendieron 810; en 1955 unos 260; de 1956 a 1960, 330; y de 1961 a 1967, otros 265. “El resto fue destinado al reciclado en 1969″, dice Giesler. Schmitt vendió 1.500 ejemplares en trece años, siendo uno de los pensadores más polémicos del siglo XX. Como se ve, si bien ha pasado mucha agua en la historia del mercado editorial, los libros nunca fueron un artículo de consumo masivo.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
-Terranova jode todo el tiempo con eso -Tomas lo trae a colación sin necesidad de recordárselo- “Yo no soy el guardián de nada”. ¡Ya sé, boludo! ¡El guardián entre el centeno! ¿Pero qué se le pide a un título? Que sea efectivo. Y lo fue. A mí me alegra mucho que hoy pongas “la joven guardia” en Google y te salten más cosas del libro que sobre “El extraño de pelo largo”. Está buenísimo, cómo no va a estar bueno.
-¿Qué diferencias hay entre Después te explico y La casa...?
-Por suerte, muchas. La casa… se concentra cada vez más en las novedades de la música anglosajona y también la nueva música de acá. ¿Te nombro dos grupazos independientes nuevitos argentinos? 107 faunos y El Atolón de Funafuti.
Si algo le faltaba a Barna para ser la ciudad más linda del mundo era la nieve. Las fotos son de mi amiga Paula Alonso. Ah, y saludos a la familia en Carrer Villarroel, y también a Fogwill, que anda dando vueltas por ahí.
Una gran noticia: a los talleres de no ficción que anunciamos en este espacio (María Moreno, Cristian Alarcón, Alejandro Seselovsky) se suma el de la gran Leila Guerriero (Los suicidas del fin del mundo, Frutos extraños), que realiza esta actividad por primera vez. Es casi una exclusiva, así que les recomiendo que se apuren porque las vacantes, estoy seguro, van a volar.
Taller de periodismo narrativo: perfil y crónica, con Leila Guerriero
Comienzo: desde junio, lunes de 18 a 21.
El arte de contar historias reales. La construcción de textos periodísticos
que, utilizando herramientas de la literatura, no se aparten de la materia
prima que utilizan: la realidad. Será un taller teórico y práctico,
destinado a desarrollar trabajos con cualidades de publicación. Se
discutirán ideas, se sugerirán lecturas y se analizarán crónicas y perfiles
propios y ajenos, haciendo énfasis en la autoedición y la calidad de la
escritura.
El cupo es limitado. Es necesario presentar un texto propio, publicado o
inédito.
¿Hablamos de tu trabajo editorial? ¿Cómo fue la experiencia de editar? ¿Ya habías editado antes?
No. No quise nunca. Me habían ofrecido dos veces el trabajo de editor y dije que no porque los editores son puentes y le roban a los autores, cosa que sigo pensando. Yo estaba dirigiendo Ciudad Abierta y el canal ya estaba en crisis porque sabíamos que Telerman nos iba a echar. Me llama Fogwill -entré en Interzona en buena medida por Fogwill- y me cuenta que Damián Ríos se estaba yendo. Le volví a decir “jamás voy a ser editor, es como ser policía” y Fogwill me dijo “mirá, si te lo estoy ofreciendo yo, que soy el tipo que le hizo juicio a todas las editoriales, es porque acá es otra cosa”. Fogwill me hizo el link para que tuviera una entrevista, después los dueños de Interzona entrevistaron a otros, al final me llamaron y acepté. Fue una experiencia extraordinaria. Por eso seguí trabajando de editor. Fue una gran experiencia intelectual y personal, en todo sentido.
-Estar enamorado. El sexo. El cariño de mis amigos y de mi familia. El respeto de los demás. La belleza femenina. Jugar al fútbol. Jugar al tenis. Jugar al golf. Andar en skate. Los libros nuevos. El olor de los libros viejos. La inteligencia. Aprender. Salir de viaje. Perderme en ciudades desconocidas. Escuchar historias bien contadas. Ir a comer con amigos. Hacer sentir bien a alguien. Aguantar la respiración abajo del agua, acostado en el fondo de la pileta. La buena literatura. Las buenas crónicas. El buen cine. Las buenas series de televisión. Ciertos aromas y recuerdos de la infancia y la adolescencia. Los árboles de la calle Melián. Dormir doce horas seguidas. El café con leche y las medialunas y el diario por las mañanas. La ropa recién lavada y planchada. Mi casa cuando está limpia. Generar proyectos. El chocolate. Los hisopos. To procrastinate. Poner un punto final. Comer. Las galletitas de limón de Havanna. Comprar remeras y zapatillas. No atender el teléfono. Mirar un compilado de goles en televisión. La heladera cuando está llena. Las montañas rusas. Manejar en la ruta. El Pineral con agua tónica y limón. El Escorihuela Gascón Malbec. El gintonic con Bombay Saphire. El olor a tabaco de pipa. La música punk. Las canciones de los Doors y de los Redonditos de Ricota. Ciertas calles y barrios y olores de Buenos Aires. Barcelona.
(Para un fanático de las listas como yo, hay un sitio nuevo adictivo que se llama .25 preguntas. Ya pasaron por ahí Aníbal Buede, Patricio Pron, Luis D. Fernández y otros. Y si además me proponen contestarlas a mí, qué mejor.)
Hablemos de películas, una vez más. (Pero no, no de los Oscar, por favor. Ni de Quentin Tarantino ni de Pedro Almodóvar, que después de su rol en la transmisión del otro día descendieron varios escalones en mi escala de estima personal. Porque a pesar de haberme propuesto evitar cualquier título que fuera a tener algo que ver con la ceremonia, y por diversas razones, terminé sufriendo dolores de estómago tanto con la que fue elegida como mejor película como con la que recibió el premio a la mejor película extranjera. Si quieren una recomendación, aunque no fervorosa, vayan a ver a Jeff Bridges en Corazón rebelde. Sigamos).
Santiago Loza nació en Córdoba en 1971. También dramaturgo y director teatral, en 2003 dirigió una película oscura y misteriosa, una historia de amor sutil y asfixiante llamada Extraño, con Julio Chávez y Valeria Bertuccelli. Ahora acaba de estrenar en el MALBA un documental sobre el poeta, escritor y militante político Néstor Perlongher, Rosa patria, centrado en su participación dentro del Frente de Liberación Homosexual (FLH), una organización que suele ser relegada a la hora de revisar la historia de las agrupaciones revolucionarias de la década del 70 (y cuando se la recuerda, tan sólo se menciona el episodio en que los Montoneros, que la habían aceptado como un mal menor, le quitan su apoyo en un acto público mientras entonan los delicados versos: “No somos putos/no somos faloperos/somos soldados de las FAR y Montoneros”).
La película de Loza va de menor a mayor, y de lo cómico a lo trágico, a través de una serie de testimonios de antiguos compañeros, familiares y amigos de Perlongher (entre los que se cuentan Arturo Carrera, Rodolfo Fogwill, Fernando Noy, Osvaldo Baigorria y Juan José Sebreli), que comienzan hablando sobre las escasas virtudes físicas (“era horrible”, “parecía una señora vieja”) del poeta. Perlongher nació en Avellaneda en 1949, estudió literatura y sociología, fue un personaje central en la historia del FLH, cayó preso antes del golpe de 1976, se fue a vivir a Brasil donde fue profesor y elaboró su tesis sobre prostitución masculina, pasó una temporada en París (donde enfermó de sida) y murió en San Pablo en 1992. Pocos años después, en 1997, la editorial Seix Barral publicó lo que había hecho mientras tanto, y que era lo que mejor hacía: escribir poesía. El libro se llama Poemas completos, e incluye desde el libro Austria-Hungría (publicado en 1980 por el sello editorial que dirigía Fogwill) hasta sus últimos textos; pasando, claro, por el que tal vez sea su poema más famoso, Cadáveres (y aquellos versos: “En lo preciso de esta ausencia/En lo que raya esa palabra/En su divina presencia/Comandante, en su raya/Hay cadáveres”).
Perlongher firmaba algunos textos como Rosa Luxemburgo, de ahí el título del documental de Loza, que acompaña la biografía del poeta desde sus reivindicaciones revolucionarias (“Amar y vivir libremente en un país liberado”) hasta los años en que recuerda esas aventuras con nostalgia y pudor (“Qué locos estábamos”). Paradójicamente, Perlongher no aparece nunca en imagen, salvo en viejas fotos, y la mirada del espectador es guiada varias veces por desvíos no siempre interesantes. Pero Loza salda al menos, con este filme, una deuda: rescatar, antes de que sea tarde, la memoria de los participantes de una agrupación política tan fugaz y (a la vez) vanguardista como el FLH.
(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil).
-No existen en otros lados. Ahora estuve en México: los suplementos culturales –si es que los hay- son paupérrimos. El único diario argentino que decidió no tener suplemento es Crítica porque Lanata es, entre otras cosas, un personaje profundamente antiintelectual y supone que los suplementos culturales son nidos de gente de Puán, barbudos que no laburan, que son complicados; es un clásico escritor de Literatura de izquierda: de mercado, pero que defiende la izquierda. Hay una vieja tradición argentina que supone que los suplementos dan prestigio, pero eso aplica a Página/12 y a Perfil. Ñ rompe el mercado porque hay que pagarlo: ya no solamente hay prestigio sino lo que están diciendo es que queremos que sea rentable, queremos que sea popular, ya es otro registro. Es un país extraordinario la Argentina, tanto debate, tanta gente escribiendo. Yo recuerdo un artículo de Caparrós en la contratapa de Página/12 hace quince años preguntándose lo mismo que vos. Casi cínicamente: para qué existen los suplementos culturales. Mejor que estén: yo los compro todos, los leo todos.
Un espacio dedicado a la información de la industria editorial, el campo cultural y otras misceláneas, nacido en junio de 2005. Tiene un promedio de 1000 visitas diarias. Mensajes a: maxitomas@mail.com