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El sencillo arte de matar: renacer del género policial

junio 9th, 2012 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

El mes pasado, en Mar del Plata, se celebró la segunda edición del Festival Azabache de literatura policial y negra. Y desde este lunes y hasta el domingo 17 se realizará Buenos Aires Negra (BAN!), el primer festival de novela policial de la ciudad. Los dos incluyen en su programación decenas de participantes argentinos y del extranjero, y hasta un premio literario propio. El BAN!, además, sumará a los escritores y periodistas invitados la presencia de disertantes de otros ámbitos, como especialistas forenses, investigadores, policías y ex criminales como Hugo “La Garza” Sosa, mano derecha de Luis “El Gordo” Valor. Ahora que parece haber menguado la moda de la divulgación histórica, que saturó al mercado de libros en la última década, nos encontramos con un renacimiento del interés por el policial, ese género inaugurado por Edgar Allan Poe en 1841 con Los crímenes de la calle Morgue . “El único al que vemos nacer. El único del que podemos decir que es moderno”, como afirma Ricardo Piglia. ¿Pero es en verdad esta pasión tan nueva?

Sí y no. En 1877, por ejemplo, se publicó en Buenos Aires La huella del crimen , primera novela policial en lengua castellana, firmada por Raúl Waleis (seudónimo del jurista y escritor Luis V. Varela). La editorial Adriana Hidalgo la rescató en 2009 y acaba de editar el segundo libro de Waleis, Clemencia . Ya en el siglo XX, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares crearon la colección El Séptimo Círculo, de distribución masiva, que dirigieron entre 1945 y 1955. Y en el período que va de los últimos años de la dictadura militar a los primeros de la democracia, varios escritores argentinos (Osvaldo Soriano, José Pablo Feinmann, Juan Martini, Vicente Battista) se dedicaron con mayor o menor suerte al policial, aunque reproduciendo los tics más difundidos del género y sin aportarle elementos sustanciales. Elvio Gandolfo señaló las razones por las cuales esa corriente parecía haber llegado a un camino sin salida y las dificultades que implicaba trasplantar las tramas y los personajes del policial negro (eminentemente estadounidense) a la Argentina: “Se trata de una fractura de verosimilitud: cómo crear un detective privado en una trama social en la que no existe la necesidad o posibilidad no sólo de existencia real y actuante, sino también de existencia mítica del detective privado”. Como en Londres, Los Angeles o Nueva York, en Buenos Aires las fuerzas de seguridad también eran sospechosas de ser responsables o cómplices del crimen organizado. Pero a diferencia de lo que sucedía en aquellas ciudades, la figura del detective privado (sobretodo, sombrero, pistola en el primer cajón del escritorio) siempre resultó poco creíble para los porteños.

Lo más probable es que este interés no haya desaparecido nunca: en definitiva, el policial ofrece una rendija por la cual acceder al mundo del crimen (robos, asesinatos, golpes perfectos), a universos poco conocidos que espolean el morbo de los lectores. Además, se trata de un género que entrega una retribución, una sensación de bienestar lógico: una vez resuelto el enigma o el misterio presentado, el orden del mundo se restablece. Interés latente, decíamos: si en las últimas décadas los hábitos de lectura se vieron modificados por Internet, no sería extraño pensar que buena parte de los lectores (y sus hijos y nietos) pueda haber migrado hacia la televisión por cable, lo que explicaría el suceso de productos ya clásicos como CSI (y sus múltiples epígonos) y relativamente nuevos como The Wire o Breaking Bad . ¿Cuánto tendrán que ver esas series, al mismo tiempo, con la curiosa moda del policial sueco, que va de los libros de Henning Mankell a los de Stieg Larsson?

En la Argentina, donde existió una tradición de lectores y una ausencia de autores destacados, la renovación está pendiente. Los nombres que más suenan para abrir una nueva senda en el género son, precisamente, los que cultivan un policial mestizo, actualizado y cimarrón, alejado tanto del clasicismo como de la línea más intelectual de Piglia y Juan José Saer: Leonardo Oyola, Gabriela Cabezón Cámara, Claudia Piñeiro, Ricardo Romero, Diego Grillo Trubba, Federico Levín son sólo algunos de los que suenan. Son ellos quienes deben confirmar si, ya en el siglo XXI, el crimen sigue pagando o no.

(Publicado en el diario La Nación).

Tags: Columnas de opinión propias en LA NACION y otros medios (2012 en adelante)