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Entries from julio 2012

Libros y bikinis

julio 31st, 2012 · No Comments

Trajes de baño inspirados en las tapas de algunos libros. ¿O será al revés? Acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

Una entrevista con Dorothy Parker

julio 31st, 2012 · No Comments

“At the time of this interview, Mrs. Parker was living in a midtown New York hotel. She shared her small apartment with a youthful poodle that had the run of the place and had caused it to look, as Mrs. Parker said apologetically, somewhat “Hogarthian”: newspapers spread about the floor, picked lamb chops here and there, and a rubber doll—its throat torn from ear to ear—which Mrs. Parker lobbed left-handed from her chair into corners of the room for the poodle to retrieve—as it did, never tiring of the opportunity. The room was sparsely decorated, its one overpowering fixture being a large dog portrait, not of the poodle, but of a sheepdog owned by the author Philip Wylie, and painted by his wife. The portrait indicated a dog of such size that if it were real, would have dwarfed Mrs. Parker, who was a small woman, her voice gentle, her tone often apologetic, but occasionally, given the opportunity to comment on matters she felt strongly about, she spoke almost harshly, and her sentences were punctuated with observations phrased with lethal force.”

El texto completo, acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

El mejor disco de 2012

julio 30th, 2012 · No Comments

So far. Estoy completamente de acuerdo con mi hermano: es Blunderbuss, de Jack White. Adictivo.

Tags: Música y alrededores

El nacimiento del Nuevo Periodismo x Tom Wolfe

julio 29th, 2012 · No Comments

El texto completo en inglés, acá.

Y una serie de reportajes de grandes autores estadounidenses (con textos de Jack London, John Steinbeck, Gay Talese y Stephen Crane), seleccionados por la revista Letras Libres, acá.

Tags: Leído, visto y oído (en la web)

Una entrevista con Aldous Huxley

julio 29th, 2012 · No Comments

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

¿Quién es el Indio Solari?

julio 28th, 2012 · No Comments

Pablo Perantuono entrevistó en Nueva York al Indio Solari. El texto saldrá en agosto en la revista Orsai. Acá, Perantuono se pregunta quién es Solari, máximo hechicero de los hijos del desempleo suburbano.

“Es entonces cuando comienza a pergeñarse la gran transformación, el quiebre definitivo que transforma a los Redondos. Pasa de de ser una banda con dos mil seguidores a una banda de estadios, superlativa, de proyección ilimitada. Entre el tercer y el cuarto disco, las masas abrazan su música, la hacen piel y convierten al grupo en el más convocante del rock argentino. En esa transformación brutal late un misterio similar al que rodea a la banda: ¿por qué un grupo con letras complejas y pocos hits radiales, bendecido por la crítica y que hasta entonces era seguido por representantes de la clase media urbana, se vuelve objeto de adoración de los hijos del desempleo suburbano? ¿Por qué miles y miles de adolescentes y jóvenes de clases marginales, habitantes proletarios de barrios sin progreso y porvenir, se aferran a la música que hacen estos señores veinte años más grandes y ciudadanos históricos del confort? ¿Por qué Solari emerge como el portador del último sermón de la montaña para una multitud desbordante de hormonas y frustración?”.

El texto completo, que adelanta la larga entrevista que aparecerá en Orsai, acá.

Tags: Música y alrededores

Etapas del duelo

julio 27th, 2012 · No Comments

Yo la sé. Todos lo saben. Lo que vos hacés, lo puede hacer cualquiera. Puede ser que alguna vez un jefe habilidoso, de esos que dominan la técnica de acariciarte el lomo mientras le chupas el culo, te haya hecho creer, por un par de segundos, con el elogio baratito, lo contrario. Como te enseñó mamá, humilde y agradecido, lo recibiste, bajaste un poco la mirada, sonriendo para después darte vuelta, con la soberbia lista y recargada para enfrentar al mundo, al espejo del baño que te devuelve la imagen de la maravilla de aprovechar la mierda para mear sentado (1). Y los amigos son geniales. Siempre dispuestos a hacerte el monumento, a robar cementerios y cables para la placa de bronce. Te dicen, y si lo dicen ellos por qué dudarlo, que la eternidad no es un cuento y que si en todo caso un colectivo decide llevarte por delante, quedará tu obra, tus hijos, tu enseñanza, tus cenizas, tu simiente en una media sucia.

Pero hay cierta incomodidad que me obliga a la sutileza, que me arrastra un poco a extrañarte, que hace que me preocupe porque se me están yendo los moretones. Acepto de repente el odio a la distancia, al tiempo que pasa y erosiona la potencia del humor berreta (2). Tu ausencia es poco amiga del vino y ya casi ni me despierto con resaca entre los dientes. Sos finita, mortal, ordinaria y por eso mi impotencia (literal), mi enojo previo a la resignación, al olvido. Y confieso que a veces me agarran ganas de gritar en el medio de un campo y golpeo animales para desanudar un poco el resentimiento y no me de cáncer. Vuelvo a rezar y lo que es peor caigo con frecuencia en las garras del optimismo, de la autoayuda. Me permito ser poco eficaz, desprolijo, me la soba la estructura, fomento que me laman un huevo los comentarios, el bodoque de consejos, la contratapa de los libros, las reseñas oficiales y entiendo eso de la porción de muerte en las partidas.

Pero estoy tranquilo, no me hago drama: tu inmensa y fabricada naturaleza prescindible te obligó a ser irremplazable.

Perro que ladra

  1. Gracias Maca

  2. Se lo robé a Melina

Tags: El Recomendador, por El Perro (actualiza los viernes)

Una entrevista con Virginie Despentes

julio 26th, 2012 · No Comments

–Hace unos años decía que con aquella película hizo un trabajo de utilidad pública. ¿A qué se refería?

–Supongo que al hecho de trabajar con actrices porno en una historia que no era estrictamente porno, y a tratar temas que el cine no toca muy seguido, como las violaciones o la violencia de género. En mi opinión falta reflexión en el cine acerca de las imágenes pornográficas. Tenemos que confrontar con ellas y condicionarnos a su existencia. Mucha gente las consume y sin embargo seguimos haciendo de cuenta de que no existen. Pero no es así. No sólo tenemos que aceptarlas, sino también interesarnos en la temática que hay detrás, y hacer películas que no menosprecien al género gratuitamente.

El texto completo, acá.

Tags: Discusiones y polémicas

Armas, matanzas, pena de muerte: Dios salve a los Estados Unidos

julio 26th, 2012 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Nos guste más o menos (llamémoslo devoción voluntaria o colonialismo cultural), nuestra imaginación fue moldeada por la cultura popular estadounidense: es una influencia que los que nacimos en el siglo XX no estamos en condiciones de negar. Sí, a los porteños nos gusta sacar a relucir nuestra francofilia, que cultivamos con esmero (y en la que conviven Sartre, Derrida, Foucault, Lévi-Strauss y Lacan), pero comparemos la influencia de estos nombres con la gran horneada cultural americana del siglo pasado: la música (el blues, el rock, el pop, el punk, el grunge), el arte contemporáneo (¿hace falta dar más nombres que el de Warhol?), el cine (la industria de Hollywood, pero también el independiente, y los cruces entre ambos: Coppola, Scorsese, Eastwood, Jarmusch y Tarantino), la televisión (de las sitcoms a Lost, Mad Men, The Wire, CSI) la literatura (proyectando su influencia desde el siglo XIX a todo el XX Poe y Melville, y después Hemingway, Cheever, Faulkner y así hasta Dick, Roth, Delillo y Carver). Es una herencia incómoda y pesada para la mayoría de nosotros, descendientes de europeos. Y puede ser que con el nuevo siglo las cosas cambien. Pero, por ahora, y a pesar de las consignas políticas y el rechazo generado por años de relaciones carnales con los organismos de crédito financiero, lo cierto es que nuestros modos de soñar, desear e imaginar se los debemos en buena medida a los Estados Unidos.

Sabemos, claro, cuál es el combustible que utiliza esta máquina de generar capital cultural y simbólico: dinero y recursos naturales, es decir, activos captados a través del expansionismo territorial y la producción de nuevos mercados por la fuerza bruta, en años de guerras e invasiones (es decir: la política puesta en práctica por cualquier Imperio). Todo esto tiene sus consecuencias. Y es así como esa fábrica de sueños produce, al mismo tiempo, sus pesadillas: ahí es donde entran los aviones de línea chocando contra torres simétricas, el Ku Klux Klan, los magnicidios, la matanza de civiles en territorios lejanos y la matanza de civiles dentro de las fronteras propias, sobre todo en salas de cine abarrotadas y colegios secundarios.

Los asesinatos del viernes pasado durante el estreno de la última entrega de Batman volvieron a poner en el centro de la discusión algunos aspectos de la realidad estadounidense. Al parecer, uno de los efectos inmediatos del hecho fue el aumento de las ventas de armas de fuego en el estado de Colorado. No resulta extraño, con este tipo de reacciones, que varios documentalistas se hayan dedicado en los últimos años a estudiar los comportamientos de esta sociedad. Ahí están los panfletos visuales, atractivos y simplificadores (Sicko, Farenheit 9/11, Bowling for Columbine), de un tipo como Michael Moore, al que Jorge Lanata le debe más de lo que le gusta admitir. También las ficciones de Sacha Baron Cohen (Borat), mucho más inteligentes y divertidas. El cineasta alemán Werner Herzog, eterno extranjero del mundo y autor de películas como Fitzcarraldo y de una serie de documentales asombrosos (Grizzly Man, The White Diamond), estrenó el año pasado un filme que retrata uno de los costados más incómodos de esta cultura: la pena de muerte, legal en gran parte del país.

Into the Abyss, A tale of death. A tale of life puede verse en Internet, y está estructurado como si fuera un libro (de hecho el caso que relata es increíblemente parecido al que llevó a Truman Capote a escribir A sangre fría), con un prólogo, cinco capítulos y un epílogo. Describe, en su enmarañada complejidad, el caso de un triple homicidio ocurrido en Texas en el 2001 por el que Jason Burkett fue condenado a cadena perpetua y James Perry a la muerte por inyección letal. Herzog muestra sus cartas desde el principio: él está en desacuerdo con la pena de muerte, y su película intenta ser un alegato contra este anacronismo legal tan arraigado en los Estados Unidos, pero no por eso va a sentir simpatía por los supuestos asesinos ni tomará los atajos de un Moore. Por eso elige empezar por el crimen, reconstruyéndolo con minuciosidad, y mostrando el horror y el absurdo de los asesinatos: un par de chicos que querían robar un auto, un Camaro rojo, para salir a dar unas vueltas y alardear con sus amigos. Como las cosas se complicaron, mataron a las tres personas que se pusieron en el camino. Herzog utiliza los videos de la policía, entrevista a los investigadores, a los condenados y a la familia de las víctimas, y el capitalismo queda desnudo en su estúpida violencia: de la propiedad privada a la eliminación física puede haber solo un paso.

Pero no todo es tan sencillo, y es a través de los atractivos personajes que suele conseguir para sus testimonios que Herzog ilumina el negro lomo de la bestia, que en este caso es el pueblo de Conroe, donde casi todos tienen algún familiar asesinado o en la cárcel. En la película aparece una mujer que perdió a su madre y a su hermano en la matanza, y que terminó desconectando su teléfono porque cada vez que sonaba una voz le comunicaba que alguien más había muerto. Hay un padre que cumple una condena de cuarenta años y que tiene a sus dos hijos presos en el penal que queda del otro lado de la calle. Está el testimonio del ex encargado de las ejecuciones, un tipo que supervisó la muerte de 125 personas (a un ritmo de dos por semana durante la década del 90) y que de un día para otro empezó a ver fantasmas y renunció. Hay una mujer que se enamoró de uno de los condenados por el homicidio, y que de alguna manera pudo contrabandear el semen de su marido preso para inseminarse artificialmente. Hay un plano de la hoja con la sentencia de muerte de Perry, con el detalle que muestra el horario en que lo sacaron de la celda, lo inyectaron, dijo sus últimas palabras y murió: todo el proceso duró apenas diecisiete minutos.

Herzog se desvía de la historia central, se enamora de los relatos accesorios, deja siempre la cámara un segundo de más para captar las verdaderas reacciones de sus entrevistados, y hasta cuando editorializa de más es tan honesto que no influye en las conclusiones del espectador. Es difícil que haya dos personas que vean juntas Into the Abyss y lleguen a la misma idea. ¿Cuánto influye la facilidad con que se accede a las armas de fuego en la violencia intrínseca de la sociedad americana? ¿Cambia algo en los familiares de las víctimas el ver cómo muere en una camilla la persona que asesinó a sus seres queridos? ¿No es acaso la obligación de volver una y otra vez a estas preguntas lo que todo gran documentalista debería tener en mente a la hora de hacer sus películas?

(publicado en lanacion.com)

Tags: Columnas de opinión propias en LA NACION y otros medios (2012 en adelante)

Nueve libros para no leer en la playa

julio 25th, 2012 · No Comments

“Every summer, everyone and their uncle wants to tell you what to read at the beach. If they all had their way, you’d never have a chance to jump in the ocean, or to enjoy the sun, or to talk to your friends and family as you relax at the shore. No, you’d just be there with your nose in a book, and then another book, and then another book. So as the summer hits mid-stride, at Jacket Copy, we’ve got another idea: the anti-beach reading list. Here are nine books that you need not read at the beach, nay, that you SHOULD not read at the beach. The reasons why are below.”

Sí, puede parecer un poco raro, pero en los Estados Unidos y en Europa es verano. Y en lugar de hacer la siempre trivial lista de títulos para llenar de arena, ahora van los nueve libros que por ninguna razón habría que llevar de veraneo.

La lista, acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

El oficio de escritor / 3: Juan Terranova

julio 25th, 2012 · 8 Comments

Por Nacho Damiano

(nachodamiano@gmail.com)

-¿Cuándo supiste que ibas a ser escritor?

-Cuando elijo la carrera de Letras, yo quiero ser Robin Wood. O Hemingway. Yo quiero producir esos textos, entro para formarme en el arte de narrar, casi te diré en la artesanía de narrar. Ingenuamente, claro. Si yo hubiera sabido lo que me esperaba después, toda esa serie de malentendidos que es la carrera de Letras, hubiera estudiado Ingeniería. Y habría sido un buen ingeniero.

-¿Hubieras sido escritor si estudiabas Ingeniería? ¿Es tan fuerte la pulsión?

-En mi fantasía incongruente, hubiera sido mejor para mi trabajo como escritor ser Ingeniero Civil o Ingeniero en Sistemas. Mi mujer siempre me dice lo mismo: escribirías horrible. Pero no se puede saber, ese contrafactual no existe. Y después, claro, cuando empiezo a disfrutar la narración de la crítica literaria, cuando encuentro críticos que están hablando de cosas que me interesan, cuando empiezo a ver que se puede narrar haciendo crítica, que eso también encubre una verdad, que hay herramientas de la crítica que son solidarias con la idea de narración, ahí empiezo a ver otra cosa. En ese sentido, un tipo clave es Piglia.

-Bueno, es la eterna discusión, “Respiración artificial”, ¿es crítica o ficción?

-Exacto. A las primeras novelas que escribí, que tenían una impronta de Puig bastante fuerte, yo las comentaba diciendo “entré a la facultad queriendo ser Hemingway y salí siendo un epígono de Puig”. Es una ironía de la formación académica. Ahora estoy más en paz, hace mucho que no paso por Puán. Cuando uno está en la universidad, parece un universo que te va a comer, un agujero negro donde te metés y pensás que no salís más. Después la vida te lleva a otras cosas, yo lo tenía claro de entrada. Mi abuelo era mimbrero, hacía cosas de mimbre, mi viejo fue a la universidad y se hizo arquitecto, hacía casas. Yo iba a la universidad para hacer libros. El fetiche del libro estaba muy anclado pero listo, se acabó ahí. Obviamente, en su momento el libro era un objeto de deseo lejano, pero eso se fue modificando.

-¿Recordás lo primero que escribiste?

-Siempre tuve la idea de una novela en la cabeza. Yo quería escribir una novela. Ahí ya quería ser Philip K. Dick, ya no Hemingway. A la mitad de la carrera me fui a Europa, hice mi viaje iniciático. De ese viaje volví con el manuscrito de mi primera novela, en un cuaderno que todavía tengo. Es llamativo, porque de ser apuntes en un cuaderno, pasa a ser una novela, se nota hasta en el cambio de la letra. Después de eso, en el 2000, logré terminar mi primer relato, ya escrito en computadora. Es una copia de Dick, una novela de ciencia ficción. Horripilante. Horrible.

-Qué raro haber entrado queriendo ser Hemingway y salido escribiendo ciencia ficción.

-Bueno, son escritores solidarios, de tradición norteamericana. Dick también se lee en esa época de la vida y te rompe la cabeza. Me acuerdo que en esa época anillé por primera vez un texto y lo dí a leer a mi grupo de pertenencia de la facultad, amigos. Me dijeron, como era de esperar, “esto es horripilante, no tiene ningún valor literario”. Después pasó el tiempo y escribí El Caníbal, la primera novela que publiqué. Mucho menos pretenciosa, más corta, más sencilla, porteña, una novela de tesis, una novela de iniciación, de una iniciación trunca. La volví a repartir entre amigos y ahí ya me dijeron que se divertían, que estaba mucho mejor, que por lo menos ya encontraban algo. Es una novela absolutamente influenciada por mi segunda lectura de los formalistas rusos.

-Hablando de influencias, ¿qué voces ajenas notás en tu obra?

-Cuando uno habla de influencias, en general menciona a los escritores que a uno le gustaría que lo hayan influenciado. Es la famosa frase de Borges “yo quiero ser recordado por lo que leí y no por lo que escribí”. Y bueno, es fácil esa, es como decir “a mí anotame con El Quijote”. Es una expresión de deseo. En la literatura argentina, en toda esa dicotomía Aira vs. Piglia, yo me veo más ligado a Aira, lejos de esa cosa amarga de la crítica literaria del PCR de Piglia, de la política, de la lectura menos festiva, más oscura, más solemne inclusive, más seria. Y cuando empiezo a leer a Aira digo “pero esta mierda…” (Risas) Y ahí me siento de nuevo cerca del Piglia austero, tanguero, político, astuto. Después, en mis primeros intentos de hacer novela, aparece Manuel Puig con mucha fuerza. Desde la oralidad, desde el mashup, desde el montaje, el trabajo con los materiales. Ahí veo una influencia bastante decisiva. A Roberto Arlt lo veo en cierta fuerza, en cierto llamado a la consciencia. Escritores argentinos completos, debo haber leído muy pocos. Cinco ponele. Arlt es uno. Eso algo significa. Puig es el otro. Piglia. Ni siquiera son cinco, te menciono tres. Jorge Asís. Me gusta mucho Sarmiento. No lo puedo citar como influencia pero es un tipo que me marcó. Soiza Reilly también me fascinó en su momento. Todavía me interesa. Es un precursor de Arlt, un tipo que siempre está pensando en periodismo, el texto social. La literatura alta pero bajada. Eso me llama la atención. Ahora estoy terminando de completar mis lecturas de Carlos Correas y obvio quiero escribir como él. Estoy empezando a bocetar un ensayo para tratar de argumentar que el que pudo unir las dos tradiciones argentinas opuestas, Boedo-Florida, Arlt-Borges. Piglia-Aira, es él. No David Viñas, ni Asís, ni Aira, ni Piglia, ni Walsh, ni nadie salvo él. Un erudito lumpen caminando el barrio del Once nocturno atormentado al mismo tiempo por la consciencia y el deseo.

-Vayamos a lo más mundano, a lo más cotidiano. ¿Te tomás la literatura como un trabajo? En otras palabras, ¿trabajás de escritor?

-Sí, sí. Trabajo de escritor. Padezco la incertidumbre de ese trabajo, un trabajo completamente desregulado. Una de las cosas que me terminan de definir, de situar en esta posición en la que estoy ahora de “escritor” es la rutina de la escritura. Al principio yo dije “quiero escribir” y me propuse armar una rutina de escritura para escribir toda la vida. Me estoy condenando, porque sé que si voy a escribir toda la vida va a haber un montón de otras cosas que no voy a poder hacer. Eso me pasa cuando me echan de Perfil. Yo hacía el suplemento de Cultura, laburé dos años y medio ahí. En un momento me echan por temas sindicales y me dije “bueno, ahora a escribir”. No tenía excusas, no tenía que ir a una redacción, no tenía que ir a ningún lado. Me decidí a vivir de mi pluma. Una pluma de ganso, desde luego. Obviamente, vivía del periodismo y de dar clases, pero empecé a sostener una rutina de escribir todos los días. Me levanto a la mañana, prendo la computadora y escribo. Al mediodía llevo a mi hija al jardín, o a piano, o lo que sea, sigo hasta las cuatro y media, cinco y ahí paro. Si hice bien las cosas durante el día, ya no necesito escribir más. Pero si estoy muy enganchado, quizás termino a las tres de la mañana. Me ha pasado estar catorce horas en la computadora. Al mismo tiempo, como dice un vencino mío “escritor no es nadie, porque los escritores no existen”. Y creo que tiene razón. Los escritores vivos no existen. Uno solo es escritor cuando muere y se lo come la tierra.

-¿Cómo lo organizás? ¿Ya sabés lo que te “toca” escribir cada día?

-Casi siempre ya vengo haciendo algo. Ahora, por ejemplo, terminé un libro de ensayos críticos, que es mi primer intento de hacer crítica en un libro. Y no lo puedo corregir, estoy cansado. Pero sé que en el “inbox” de mi vida, tengo que sentarme y corregir ese libro. Después, puedo escribir periodismo, informes de lectura para alguna editorial, leer y corregir para alumnos que están con proyectos de novelas, actualizar el blog, lo que fuere. Pero estoy en la computadora, y para mí, eso es estar escribiendo. Porque en un momento bajan todas las ventanitas de la computadora y queda el Word gélido, frío, la hoja glacial del word, y hay que corregir. Probablemente, en el medio escriba algún relato, revise alguna de las novelas que tengo pendientes, o haga la estructura de una novela nueva. Tengo ganas de escribir una novela larga. Eso se ordena prácticamente solo.

-Ahora pongámonos un poco más metafísicos. ¿Cómo nace una narración? ¿Qué te hace pensar que en lo que se te ocurrió hay algo interesante? ¿Cómo funciona ese filtro?

-Los cuentos, los relatos, son dos ideas. En mi caso funciona así. Cuando yo cruzo dos ideas, tengo una historia. Si tengo una sola idea, estoy chueco. Te digo más, dos ideas y un concepto. Por ejemplo, el otro día llevé a mi hija a la profesora de piano. Ese mismo día a la mañana, habían traído los bidones de agua para el dispenser, y el tipo que los trajo me contó que habían tirado un par de bidones desde un quinto piso. Ahí era fácil, la realidad me estaba cruzando las ideas. Pero ¿cuál es la historia? Yo estoy llevando a mi hija a la lección de piano y al mismo tiempo hay dos pibes tirando bidones de cinco litros de agua de un quinto piso. ¿Tengo un relato? Todavía no. Tengo una concatenación de sucesos. Pero ahí nace la pregunta: ¿por qué ese reflejo de la cultura alta, esa vocación de salida hacia la cultura con mi hija –dentro de la clase media, sin pretensiones– se veía interceptado por ese acto de violencia? Pero más simple aún, ¿por qué tiran los bidones? Entonces, se cruza con que yo ya venía con ganas de escribir sobre el aburrimiento. Ahí ya se me armó la máquina en la cabeza, tengo el por qué de lo de los bidones: están aburridos. Empecé a buscar un montón de cosas de por qué la gente hace lo que hace. Estaba pensando la secuencia del Club de la pelea de Palaniuk. Hechos de violencia llevados a cabo por gente que básicamente está aburrida, entumecida, gente que quiere experiencia. Bueno, lo cruzo con otra idea: el Kirchnerismo nos llevó a un punto de bienestar en el cual parece que las necesidades básicas están completas. Parece. Entonces, la gente se aburre. ¿Tengo un relato ahí? Todavía no.

-¿Cuándo lo tendrías? ¿Qué le falta?

-Cuando se cierre la curva de la narración. La clásica: introducción, nudo y desenlace, dos puntos de quiebre, típico de guión. Otro ejemplo. Yo quería escribir sobre piscinas, lo que pasa en las piletas semipúblicas. Y al mismo tiempo, quería escribir sobre un periodista que es echado de un medio. Bueno. ¿Por qué echan al periodista? Porque empieza a escribir boludeces, cosas políticamente incorrectas, violentas. Y al mismo tiempo ¿qué hago con la pileta? Bueno, se tira de cabeza, se golpea con el fondo y empieza a escribir esas boludeces. Pero en ese momento, me habían pedido un cuento de fútbol. Entonces, lo que empieza a escribir este periodista es su fanatismo por Di Canio, un jugador de la Lazio, fascista. Ahí ví el cuento. Además, Di Canio me fascinaba porque había ganado el premio Fair play. En una jugada hay un arquero caído, con un golpe. En lugar de meter el gol, Di Canio agarra la pelota con la mano y pide que atiendan al arquero. Un tipo noble. Pero cuando hace un gol, saluda a la tribuna con el saludo fascista. Un tipo baudelaireano, un virtuoso como futbolista, querido en sus equipos, amado en la Lazio, ídolo total. Esa contradicción es genial. Además, el fascismo de Italia, ahora, es bastante pop. Los tipos no están invadiendo Libia, son duros con la inmigración y ya, pero no hay ideología atrás. Lo que triunfa es la derecha liberal, no la totalitaria. Bueno, finalmente echan al periodista por escribir eso y el cuento termina en que le cuenta a sus ex compañeros del diario que está bien, trabajando en publicidad. El cuento se escribió solo. Así genero los relatos. La novela es otra cosa.

-En el caso de la novela, cuando te sentás a escribir, ¿sabés a dónde vas o te vas sorprendiendo a vos mismo?

-En la novela, uno no tiene el control de todos los elementos, vas surfeando. El lugar común es real, la novela es necesariamente imperfecta. En los cuentos uno tiene más idea de cómo viene todo. Los amigos soviéticos la escribí casi como un diario. Es una novela, tiene forma de novela, tiene la autonomía de una novela, pero iba escribiendo a medida que iban pasando las cosas y yo iba encontrando los materiales. Me iba relacionando con los rusos que aparecen ahí e iba agregando cosas. En ese caso, en serio no sabía a dónde iba. Sabía qué cosas me interesaban y los personajes estaban bien claros, pero era como un rasti, las piezas las fabricaba día a día, aunque sea una novela. Después, en las novelas más “de género”, más policiales, tuve que trabajar bien la estructura, el género te obliga a eso. Pero yo entiendo la estructura como un índice. Voy a escribir treinta capítulos, en el primero pasa esto, en el segundo esto. Después, empiezo a desarrollar, y como en todo lo que implica fabricar algo, aparecen problemas y los solucionás como podés. Siempre tenés sorpresas, para bien o para mal. Se te hace un agujero, lo parchás. Tenés algo que funciona bien y lo explayás. Viene viento a favor, estás motivado, le das para adelante. El tema es que en el cuento, hasta que no lo tengo en la cabeza, no lo escribo. Es un poco conservador mi método, una manera bastante “ferretera” de verlo.

En este punto, Terranova me pide hacer una pausa. Además de un prolífico escritor, es un aún más prolífico periodista cultural. Conoce el oficio, sabe cuándo es mejor parar unos minutos para que las ideas decanten, para que el cerebro se relaje permitiendo emprender la segunda parte con más ínfulas. La pausa dura casi cuarenta minutos en los que hablamos de su familia, de su padre –mucho de su padre– de sus primos que viven en Nueva York, del estado actual de la literatura argentina en particular y sudamericana en general, de su hija, de la universidad de la que ambos fuimos alumnos, del gobierno, de fútbol, de historia, de su hija otra vez, de gángsters, otro poco de literatura, de cine y de varios temas más que se me escapan. Me ofrece un café que hace en el momento con una Volturno, la cafetera de los italianos. La sangre tira también en los escritores.

-¿Creés que hay una sola forma de escribir las cosas? ¿Cuán cerrada es la forma de cada relato?

-Lo de la forma es determinante. A veces, tengo la historia en la cabeza, como en Mi nombre es Rufus. Tenía hasta los personajes y no lo podía escribir. No salía. En un momento me dije “la voy a escribir así”, pequeños capítulos, todos muy breves, uno tras otro, buscando ese ritmo. Y ahí la escribí en tres meses. Es un texto muy corto igual, pero lo escribí rápido porque encontré la forma. A veces, tengo la idea y encuentro una forma que me gusta y me permite avanzar, que me sirve. Y después, claro, la forma también se chorea. Leés algo y decís “mirá el swing que logra acá”, “mirá como usa la segunda persona”, “con esto puedo hacer esto otro, me sirve para esta parte de la historia”. Todo muy fácil de explicar, todo muy difícil de hacer.

-Pasemos al plano de los personajes. ¿Cómo los trabajás? ¿Cómo encontrás los nombres?

-El nombre propio es un gran tema porque dispara significados, hay que tener mucho cuidado, tiene que tener sentido para uno. Si para vos tiene sentido, el lector lo va a entender. Si a vos te suena artificial, al lector le va a sonar artificial. No está mal eso, a veces buscás la artificialidad, pero uno tiene que saber bien lo que busca. Es un gran tema de la narración el nombre propio. Estás sellando algo, tiene que venir con el personaje, no es algo que se le agrega después. Una vez yo hablaba con Josefina Licitra y ella decía “yo no puedo escribir novelas, no puedo escribir de la nada, tengo que tener la realidad ahí”. A mí me parece una estupidez, una reverenda estupidez, porque yo en mi casa también tengo un frasco de imaginación, pero no lo abro nunca porque tiene olor a mierda. Esa es la metáfora. Es como destaparse la cámara séptica de la cabeza, qué se yo lo que hay ahí. Yo trabajo con la realidad. Es mentira que los cronistas trabajan con la realidad y los novelistas no. Bueno, esto es de una obviedad tan grande que… pero hay que decirlo, porque ahora está de moda la crónica, el cáncer de la crónica, operado en el campo intelectual por el Doctor Nick Riviera, analfabeto doctorado. Mirá, mis novelas son las crónicas de los momentos que vivo; como dice Piglia, Arlt era un cronista del mundo, sus novelas son eso. Es más, a veces, incluso, la autonomía de la novela está dada porque escondo algunas cosas, pero Los amigos soviéticos podría ser una crónica sobre los rusos en Buenos Aires. Si la escribo con forma de crónica, es una crónica. Quizás los personajes son ensamblados de características, pero nacen de cosas que yo vivo. Mi consejo con el personaje es “hacelo tuerto”. Cortale una parte, el personaje no puede estar completo. Dos premisas para escribir un buen personaje: primero, que le falte algo, incluso hasta físicamente, eso va a ser el motor de la narración de un montón de cosas. Que no sea, nunca, bajo ningún punto de vista, un tipo común. Y por otro lado, muchísima atención a qué se dedica. ¿Qué hace para vivir? ¿De dónde saca la guita, cuál es su profesión? Ahora estoy trabajando un personaje que es radiólogo. No hay que resolver rápido cómo se gana la plata. Basta de personajes oficinistas. Ok, es oficinista, pero ¿qué hace? ¿es contador, ordena papeles? Eso es determinante. Si trabaja en televisión, ponele, ¿qué hace exactamente? Estoy escribiendo un cuento que no puedo cerrar que se llama TV Zombie, y el tipo arregla y vende controles remoto. Cuando descubrí que podía escribir un personaje que se dedica a eso, porque esa profesión existe, me fasciné con el personaje y me dieron ganas de escribir el cuento.

-¿Tenés cábalas? ¿Rituales? ¿Hábitos particulares a la hora de sentarte a escribir?

-Necesito tener Internet. Googleo, miro Facebook. Te cuento una anécdota. Hace poco me operaron de apendicitis. Después de la operación, viene la serie de chequeos: análisis de sangre, revisar los puntos, esas cosas. Por primera vez llevo la computadora a la sala de espera de algún lugar y empiezo a escribir sin conexión. Ahí me doy cuenta de que necesito tener conexión para escribir cuando estoy en mi casa. Si estoy escribiendo en otro lado, puedo hacerlo sin conexión. Pero en casa, si no tengo Internet, tengo que solucionar ese tema porque me vuelvo loco, no me siento cómodo. Busco cosas, uso Google Docs, tengo el Twitter abierto, tengo el Gmail abierto. Si no tengo esa posibilidad, me siento desnudo. ¿Puedo escribir sin Internet? Me da la sensación de que en determinadas condiciones sí, pero la situación ideal, el ritual, es “Tengo que tener Internet”. Necesito cortar y ver Youtube. Para mí está todo mezclado, no siento que estoy boludeando en Internet, estoy escribiendo, es parte del proceso de la narración misma. Si estoy escribiendo de zombies y paro y miro un video de zombies, es parte del laburo. A los músicos les pasa mucho eso. Están estudiando una partitura de Bach, pero de repente se ponen a tocar otra cosa, un tema de Van Halen. Y bueno, el tipo sigue en el teclado, sigue estudiando. Uno no diría con tanta facilidad que ese músico está boludeando: está tocando. Bueno, acá pasa lo mismo.

-¿Qué consejos del oficio podrías darle a alguien que está empezando?

-El más importante de todos es que uno como escritor, si realmente quiere escribir, se hace el espacio para escribir. Uno empieza y al principio sale más o menos y después mejora. Lo que nunca debería abandonar es el espacio de la lectura. Como escritor, te hacés fuerte cuando leés. No necesariamente tiene que ser la lectura de El Quijote. Es un lugar común, pero no puedo empezar por otro lado: hay que leer. Después, entender el presente como un capital, ir en contra de la nostalgia. Tomas Bernhard decía “cuando me piden un consejo, yo les cuento una historia”. Me parece algo bastante sano. Me acuerdo un día que hice a pie el recorrido entre Caballito y Plaza de Mayo. Podría haber tomado el subte, pero dije “voy a caminar”. Era el 2001. Y fui viendo cómo cambia la arquitectura, para mí Buenos Aires es eso, es la línea A del subte, es la avenida Rivadavia. Cuando estaba llegando a Once me di cuenta de que había algo del orden del presente que podía retratar. Y eso terminó en Los amigos soviéticos. Ellos hacen ese recorrido, de Congreso a Once. No es un tema de realismo, de una cosa mimética, lo importante es que es irrepetible. No pasa por la nostalgia de preservar el presente, sino que tenés algo que no tiene nadie, ése es el valor del presente, el verdadero capital del narrador. Si vos contás una historia hoy, vas a tener algo que un tipo que venga a contar una historia mañana no va a tener. Pasa con la música, con la tecnología. En la tecnología, incluso se ve más, con la revolución industrial que significa Internet. No podemos seguir escribiendo como en el siglo XX. Hay que capitalizar el presente. Yo transformaría el famoso consejo de Hemingway “escribí sobre algo que conozcas” en “escribí sobre algo que estés viviendo en este momento”.

-¿Se puede enseñar a escribir?

-Sí, se puede. El tema es que en general hay muchas cosas fraudulentas, porque para enseñarle a escribir a alguien tenés que prestar mucha atención, invertir mucho tiempo, de alguna forma quererlo, amarlo, preocuparte por él. Yo puedo enseñarte los elementos de la narración y te puedo empujar a que le pongas tu huella digital a lo que hacés, pero lleva mucho trabajo y es una situación casi de psicoanálisis. Hay que compartir herramientas pero también cosas vivenciales, y si vos tenés un taller donde hay veinte personas de las cuales doce están tratando de mantener relaciones sexuales con otro tallerista y tres van porque en la casa se aburren, se hace muy complicado enseñar algo. Yo, por ejemplo, doy talleres y clases particulares. No es tan bueno a nivel rentable, pero veo que avanzan, que mis alumnos aprenden, el uno a uno está bueno. Se puede enseñar, seguro. A mí me enseñaron a escribir. Hay pibes que hacen talleres y aprenden. Paszkowski y Laiseca son dos casos, la gente aprende con ellos. Después, producir una obra tiene que ver con una serie de variables que no se reducen a la situación pedagógica, son ontológicas, dependen del narcisismo de cada uno, de tu cuerpo, de tu psiquis, de tu neurosis. Pero sí, hay que gente que enseña a escribir y hay gente que enseña a leer, que también es muy importante.

El living en el que se desarrolla la entrevista es el espacio de trabajo de Terranova. Además de los sillones que ocupamos y las lámparas que los iluminan, hay un escritorio muy chico con una computadora bastante vieja –detalle llamativo, teniendo en cuenta que estamos frente a uno de los más encarnizados paladines de la tecnología–, una guitarra, un piano y una biblioteca impresionante. No es sólo el tamaño lo que llama la atención a primera vista (ocupa una pared, del suelo al techo, a lo largo de todo el ambiente, que es bastante grande), lo más sugerente es su eclecticidad. Terranova tiene de todo, desde historietas hasta ensayos, desde narrativa hasta divulgación científica. No revisé, pero no dudo que debe haber libros de autoayuda y de cocina.

-¿Leer algo malo es mejor que no leer nada?

-Sí. Hay que leer cosas malas. Cervantes dice que hay que leer hasta los papeles rotos de la calle. Para mí, es una estética eso. Ya no es ni un consejo, es una determinación estética. Porque vos leés El Quijote y encontrás esos papeles rotos de la calle que leía Cervantes. Puig decía que cuando leía novelas, las corregía. Creo que ese es un gran entrenamiento. Ojalá me pasara eso.

-Suponete que viene alguien con un manuscrito, nunca publicó nada. Lo leés y llegás a la conclusión que está bueno. ¿Qué le aconsejás hacer?

-Bueno, hace poco yo hice una clínica de publicación de obra. Empieza, claro, por la corrección. Si escribís como Martin Amis, te van a publicar. Vos tenés que preocuparte por escribir bien. Eso parece una boludez, pero es básico. Por otro lado, siempre hay que corregir un poco más, el texto siempre se puede mejorar. Segundo paso, socializar la obra. Y después, uno tiene que elegir la editorial, no es la editorial la que lo elige a uno. Dónde llevar la obra es fundamental, si le llevo una novela a una editorial de Tele-escuela Técnica, no me van a publicar. Uno tiene que estar al tanto de lo que se publica en cada lugar: editoriales, revistas, lo que sea. Una cuestión de afinidades, de target. Después, hay gente que enseña la rutina de los premios literarios y eso también es una posibilidad. Pero ahí más que nunca hay que saber qué hay del otro lado. Hay que elegir al jurado para que el jurado te elija a vos. Y por último, leer a los contemporáneos. Fundamental. Aunque no te gusten.

-¿Qué libro tuyo reescribirías?

-El Pornógrafo. Le faltó horno. Tiene mucho ritmo, en ese momento estaba muy obsesionado con el ritmo. Tenía una novela encaminada y vino un editor que quería publicarme. Yo le dí dos libros. Una novela que no me gusta (ni la cuento, se llama El apuntador) y El pornógrafo. A él le interesó el tema del chat, y la publicó. El libro quedó muy viejo muy rápido, la pornografía cambió mucho. En ese momento se veía ese cambio y yo no lo supe captar. Además, le faltó negatividad. Los personajes son muy boludos, no sé, no funciona. Me apuré. Le falta la mirada crítica post-reposo. Para mí es como una torta cruda. Horrible, una mierda. Odio esa novela. Y por contigüidad odio un par de novelas más que escribí alrededor de esa novela. Intenté reescribirlo, pero reescribir esa novela es escribir otra novela, y prefiero escribir otra.

-¿Por qué deberías ser leído?

-No hay motivo. Pero le saco muy poco tiempo al lector, quizás hasta menos de lo que debería. Trato de no incomodarlo, no tiene que invertir demasiado tiempo ni esfuerzo para leerme. Esa contención la veo como una virtud. No te saco más tiempo del que realmente valgo. Para leer El Quijote necesitás tiempo. Para leer Ulises, necesitás muchísimo tiempo. Pero lo valen, claro. En mi caso, como no valgo tanto, te cuido el tiempo. Hay algo en la síntesis, en la accesibilidad al texto que cuido mucho, lo mismo que el ritmo. Trato de que mi lector vaya para adelante, no lo detengo. No pido eso en mis lecturas, pero lo doy en mi escritura. Voy a la fibra. A veces, es inevitable el rodeo para poder llegar más lejos más cómodo. Pero no te saco más tiempo del que realmente valgo. Es eso. Y cuando me escribo trato de acompañarme con la escritura y cuando leo trato de elegir cosas que me acompañan. Uno valora las lecturas que te acompañan, que te enseñan, que te desafían un poco. En eso soy pulcro, un señorito, trato de ser el mejor compañero de viaje posible. El problema es que no siempre puedo reprimir mis ganas de escupir por la ventana del tren.

xxxxxx

Leer las entrevistas anteriores.

Tags: El oficio de escritor (por Nacho Damiano, actualiza quincenalmente)

Los escritores y sus tatuajes

julio 24th, 2012 · No Comments

Algunos escritores tatuados, entre ellos John Irving, China Mieville, Jonathan Lethem y Philip K. Dick.

“For some reason, writers and tattoos don’t necessarily spring to mind as a natural pairing — we tend to imagine authors decked out in sleeves of tweed and corduroy, not ink. But more and more authors are showing off their tattoos nowadays, and even some classic writers are a little more tatted up than you might think: George Orwell supposedly sported bright blue dots on his knuckles, and Dorothy Parker wore a star on her elbow. Since we’re always interested in finding out a little bit more about the internal lives of our favorite writers, we decided to explore a few of their tattoos, from the simple to the expansive, the cheeky to the deadly serious. Check out some awesome writer ink after the jump.”

Las fotos, acá.

(A ver quién hace la lista de los tatuajes de los escritores argentinos; yo conozco a varios).

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

T.S. Eliot lee “La tierra baldía”

julio 24th, 2012 · No Comments

“Did you know T.S. Eliot’s portentous and heavily allusive 1922 masterpiece The Waste Land was originally titled He Do the Police in Different Voices, a quote from Charles Dickens Our Mutual Friend? Filled with references to Dante’s Divine Comedy, Joseph Conrad’s Heart of Darkness, and James Frazier’s The Golden Bough, this most famous of high modernist poems—scourge of millions of college freshman each year—was a very different animal before notorious modernist impresario Ezra Pound got his hands on it. Pound’s heavy reworking is responsible for the poem you hear above, read by Eliot himself. The first image in the video shows Pound’s marginal annotations.”

El link al video que contiene el audio, acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

Qué leen los personajes de ficción

julio 23rd, 2012 · No Comments

¿Qué libros leen Don Draper de Mad Men, Lisa Simpson o Sawyer de Lost?

Las respuestas, acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

Trailer de “En el camino”, filmada por Walter Salles

julio 22nd, 2012 · No Comments

Se estrena en la Argentina nada menos que el día de mi cumpleaños: jueves 22 de noviembre de 2012.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

Carta de Scott Fitzgerald a un amigo escritor

julio 22nd, 2012 · No Comments

“I’ve read the story carefully and, Frances, I’m afraid the price for doing professional work is a good deal higher than you are prepared to pay at present. You’ve got to sell your heart, your strongest reactions, not the little minor things that only touch you lightly, the little experiences that you might tell at dinner. This is especially true when you begin to write, when you have not yet developed the tricks of interesting people on paper, when you have none of the technique which it takes time to learn.  When, in short, you have only your emotions to sell.”

¿Quería darle ánimos o hacer que deje de escribir? “Tenés que vender tu corazón, loco”. Acá, el texto completo.

 

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

Susan Sontag contra los aforismos

julio 21st, 2012 · 1 Comment

“Aphorism is aristocratic thinking: this is all the aristocrat is willing to tell you; he thinks you should get it fast, without spelling out all the details. Aphoristic thinking constructs thinking as an obstacle race: the reader is expected to get it fast, and move on. An aphorism is not an argument; it is too well-bred for that.

To write aphorisms is to assume a mask — a mask of scorn, of superiority. Which, in one great tradition, conceals (shapes) the aphorist’s secret pursuit of spiritual salvation. The paradoxes of salvation. We know at the end, when the aphorist’s amoral, light point-of-view self-destructs.”

O al menos eso es lo que aparece en el nuevo tomo de sus Diarios, que acaban de publicarse y van desde 1964 a 1980.

Tags: Discusiones y polémicas

Grandes libros con las peores tapas posibles

julio 21st, 2012 · No Comments

Una lista de muy diferentes clásicos contemporáneos con los que algunos inspirados diseñadores creyeron que podían divertirse. Y, evidentemente, las cosas no salieron tan bien.

El texto completo, acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

Una entrevista inédita con Juan José Saer

julio 21st, 2012 · 1 Comment

“Lo perseguí por teléfono desde varias ciudades europeas hasta que dijo que sí”, cuenta la autora de esta entrevista que ocurrió en febrero de 1997 en París, donde el residía el escritor argentino. En un encuentro de más de dos horas, habló de Borges, de sus propios personajes y su lugar en la literatura argentina. “Tengo muchas ganas de escribir muchas cosas todavía”, decía entonces, a punto de cumplir 60 años.”

El texto completo, acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

Pequeñas virtudes

julio 20th, 2012 · 1 Comment

No es solo la modestia lo que nos distingue. Trabajamos duro, a paso de hormiga, en la misma subterránea oscuridad, para seguir desarrollando esas características que hacen que nos amen con la misma intensidad de los desprecios. Sabemos que nos quieren pretenciosos, hablando en difícil, adjetivando de manera exagerada, con tintes anacrónicos, con metáforas tristes, largas y en desuso cual vibrador abandonado en el cajón de la mesita de luz de una recién casada. El soberbio adjetivo siempre antes del pernicioso sustantivo y la rima, involuntaria, como tropiezo, como poeta maldito escondido.

Somos injustos, cómo no serlo, dada la calaña de los enemigos. Defendemos con uñas y dientes lo que nos conviene, a los amigos, a los que nos pagan, a los que nos hacen la mejor oferta y el mayor descuento. No nos importa la equidad ni ser solidarios. Somos de los agasajos, de los homenajes, de las placas de bronce, del muro de Facebook, de los premios y las alabanzas. Preferimos el brillo de las esferas y las luces que encandilan antes que la oscuridad del contenido. Cómo no enamorarnos de las lindas por fuera, de los músculos, de las que se operan, de los que se visten bien, de las extensiones, del alargamiento peniano.

Y somos tercos, en el sentido eréctil del término, con esa dureza que parece vibrar de tan firme. No queremos discutir y no por escaparle a la violencia, sino más bien para no perder mi tiempo, mis palabras, mis oídos, en aquellos que creen en argumentos, en la Razón, en la Obediencia, la Libertad y otras mentiras. No intenten doblegarnos, siempre será perdida cualquier batalla en nuestro campo, en este mundo, chico, donde no caben los que no están de nuestro lado.

Y si nos les gusta como somos, cambiamos, no hay problema.

Perro que ladra

Tags: El Recomendador, por El Perro (actualiza los viernes)

Los nuevos dueños de la “gran novela americana”

julio 20th, 2012 · No Comments

“Como ocurre en todo recambio generacional, la primera medida de los nuevos escritores consistió en tomar distancia. En 1998, uno de los más talentosos, David Foster Wallace, en oportunidad de la reseña sobre Hacia el final del tiempo , atacó a John Updike, y, de paso, a Roth y Norman Mailer. Con delicioso gesto parricida -aseguraba ser el único miembro de su coetáneos al que sinceramente le interesaba Updike-, los bautizó como los Grandes Narcisistas Masculinos, mascarones de proa “de la generación más ensimismada desde la de Luis XIV”. El rechazo apuntaba a la importancia que estos escritores le daban a su propio “yo libidinoso”, algo que, según Foster Wallace, había funcionado en su momento como respuesta al conformismo de tiempos pasados, pero que se había vuelto un flagrante anacronismo.”

El texto completo, acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

Un documental sobre el futuro del libro impreso

julio 19th, 2012 · 3 Comments

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

Sos un hipster: del insulto en Internet y sus derivaciones

julio 19th, 2012 · 4 Comments

Por Maximiliano Tomas

Hay columnistas que cierran sus notas a los comentarios. Otros que viven pendientes de ellos como si se tratara del rating televisivo (aunque, en general, comenta apenas el 0,3 por ciento de los usuarios). Yo los miro con una mezcla de sorpresa, curiosidad, aprensión e interés antropológico. Por un lado, jamás recibí tantos insultos como en los últimos tiempos; por el otro, reconozco que algunas veces (cuando no se limitan a argumentaciones ad hominem) los comentarios aportaron información y observaciones que enriquecieron el artículo original. Hace poco, frente a la violencia o la arbitrariedad de algunos foristas (la misma columna interpretada desde extremos ideológicos opuestos, otros que se quejaban por la utilización de “palabras difíciles” o porque los textos eran… demasiado largos), me preguntaron por qué no clausuraba de una vez esta vía de intercambio: lo cierto es que considero que, para bien o para mal, los comentarios forman parte de una de las reglas intrínsecas de la comunicación en Internet, y funcionan como un feedback al que el periodismo escrito deberá terminar por acostumbrarse. Y que, incluso, pueden dar origen a nuevos artículos: cuando un lector me acusó de “hipster”, eso me decidió a leer uno de los tantos libros que había comprado y se amontonaba en la pila de lecturas pendientes. El libro se llama precisamente ¿Qué fue lo hipster? Una investigación sociológica, y fue publicado por la editorial española Alpha Decay en mayo del 2011.

Conocía la palabra hipster en su acepción arcaica, de la manera en que se usaba en las décadas del 40 y 50. Mi edición de En el camino, de Jack Kerouac, incluye una definición del término: “Hipsters eran los individuos rebeldes y pasados norteamericanos de aquellos años. Unas ratas de ciudad, más o menos de moda, que se drogaban y oponían a los ‘squares’”. Ser hipster significaba escuchar jazz moderno, adoptar los modos y las maneras de hablar de esos músicos (en general negros), utilizar recreativamente drogas como la marihuana y tomarse el sexo con libertad. “Jóvenes blancos adoptando las formas de los negros urbanos de su tiempo”, se puede leer por ahí. La descripción que hace Wikipedia tiene incluso un sesgo positivo: “Hipster es un término usado para referir a una subcultura de jóvenes, adultos de reciente establecimiento en la clase media urbana y adolescentes mayores. La subcultura está asociada con la música independiente, una sensibilidad variada en una moda alejada de corrientes predominantes, y estilos de vidas alternativas”. Pero, al parecer, el término fue rescatado y reutilizado, sobre todo en los Estados Unidos a partir de la década del 90, para señalar a una nueva tribu urbana, muy visible en ciudades como Nueva York en el período comprendido entre 1999 y 2010. Tiene, en la actualidad, carácter de un insulto, y su uso llegó a tierras tan lejanas como Buenos Aires.

¿Qué fue lo hipster? recoge un coloquio convocado por los responsables de la revista neoyorquina N+1 (jóvenes intelectuales “serios”, moldeados por el pensamiento sociológico francés), discusión que funcionó como disparador para una serie de ensayos y artículos posteriores que intentan analizar el fenómeno hipster al mismo tiempo en que se desarrolla (y ése es tal vez su mayor desafío y atractivo: comprender los modos de una subcultura antes de que desaparezca o se disuelva en otras). “Por una vez se trata de ofrecer un análisis de un fenómeno cultural que no procede de la televisión ni ha sido predigerido”, anuncia Mark Greif, profesor de la New School University de Nueva York y fundador de N+1, en la introducción del libro.

Tratemos de resumir algunas de las definiciones volcadas en las más que interesantes doscientas páginas de ¿Qué fue lo hipster?. Al parecer, se trata de una subcultura fruto del neoliberalismo estadounidense, encarnada en la clase blanca urbana acomodada. Sus valores, que son pocos (más allá de la procrastinación: los hipsters son nihilistas, sin mayores preocupaciones que el placer y la estética, la sed de fiesta y la exaltación de la subjetividad), “ensalzan la política reaccionaria, pero disfrazados de rebelión, ocultos tras la máscara del vicio”. El hipsterismo tiene una matriz neobohemia, y relaciones fundacionales con el mercado del diseño, el marketing, la cultura web y el rock independiente. Lo hipster, por definición heterogéneo, está asociado también al concepto de gentrificación: el fenómeno por el cual ciertas zonas de las ciudades globales que nunca habían despertado el interés de las clases acomodadas se convirtieron en foco de atracción para el capital, y se revalorizaron como espacios de residencia y ocio para los jóvenes ricos. En Nueva York, específicamente, los barrios del Lower East Side (Manhattan) y Williamsburg (Brooklyn).

También se usa la palabra hipster para denominar a una especie de consumidor rebelde, que ve en la compra “una forma del arte”, que asume las tendencias de manera tan rápida y espontánea que siempre está ubicado “por encima de la moda” o del concepto de coolness. El aspecto visual, tan importante para los hipsters (que jamás reconocerán pertenecer a ninguna subcultura, y mucho menos definirse ellos mismos como hipsters: ésta es una de sus características sobresalientes), ayuda a su identificación. En los hombres: delgadez extrema, pantalones ajustados, tatuajes, musculosas, buzos con capucha, gorras de camionero o de béisbol, barbas desprolijas, anteojos de marco grueso, un aspecto general siempre desaliñado y adolescente. En la mujeres: también extrema delgadez, piel pálida, ropa vintage o de segundamano, anteojos, mucha pintura roja en los labios y negra alrededor de los ojos, actitud entre desenfadada y ausente, pelo enmarañado (un look de modelos amateurs que copó, también, el mundo de la moda oficial; así las chicas hipsters, que mostraban su ropa o las fiestas a las que iban en blogs, se transformaron en íconos de la moda callejera y consiguieron sus primeros contratos de trabajo).

Una de las tendencias más difundidas de los hipsters parece ser la de retratar su cotidianeidad y momentos de ocio (que son muchos), abusando del flash sobreexpuesto y de la aplicación Instagram, para que todas las fotografías parezcan tomadas con una vieja Polaroid y así aportarles una “autenticidad sexy”. Y profesar un culto exagerado por todo lo que tenga que ver con la década del 80. La serie Portlandia, que se emite por ISAT, parodia de manera excepcional algunos de los rasgos más destacados de esta subcultura.

En Buenos Aires (señalada por el libro como la ciudad “más hipster de Latinoamérica”), lo hipster vendría a ser algo así como una mezcla de lo “cheto” con lo “moderno”, con un toque de “alternativo”. Lo que definía mejor la contracción francesa bo-bo (de las palabras bohemio y burgués). Su epicentro está en Palermo, y de a poco se ensancha a otros barrios como Villa Crespo, Chacarita y Villa Ortúzar (los intentos para remozar San Telmo, atacado al mismo tiempo por el hipsterismo y el turismo de masas, afortunadamente no dieron resultado aún). Una de las principales confusiones (promovidas por los hipsters, que en general se dedican a profesiones como el diseño gráfico, la publicidad, la moda, la curaduría de arte, el galerismo, la gastronomía e incluso el periodismo y la edición) es atribuirle al movimiento un carácter intelectual, que no va más allá de la pose. Existen dos publicaciones porteñas por el estilo, revistas con un contenido textual casi inexistente, dedicadas a la moda, el consumo y la fotografía de celebridades del mundo emergente. Remix es una. Y el caso más asombroso es el de la revista Galera (una versión pobre y conservadora de la Vice, biblia del hipsterismo), cuya bajada es “intelectual y frívola”, ecuación a la que claramente le sobra un término.

Para volver al principio de este (¡demasiado extenso!) artículo, y en respuesta a aquel comentarista, confieso que me resulta difícil verme como un hipster: pasé los treinta hace mucho, nunca tuve padres que me mantengan, no llevo piercings ni tatuajes, mi conciencia y mi cultura son prácticamente analógicas, no voy a fiestas ni me gustan las fotografías, soy impermeable a las redes sociales y, como se dice en el libro, crecí en una época en que existía “una diferencia sustancial entre la cultura underground y la cultura de masas”. Pero tampoco pierdan las esperanzas: no hay que olvidar que una de las principales características de un hipster es, precisamente, la de no reconocerse como tal.

(Publicado en lanacion.com)

Tags: Columnas de opinión propias en LA NACION y otros medios (2012 en adelante)

Más librerías impresionantes

julio 18th, 2012 · No Comments

En el blog del fotógrafo Christoph Seelbach.

Tags: Leído, visto y oído (en la web)

Balzac también escribía cartas de amor

julio 18th, 2012 · No Comments

“June 1835

MY BELOVED ANGEL,

I am nearly mad about you, as much as one can be mad: I cannot bring together two ideas that you do not interpose yourself between them. I can no longer think of nothing but you. In spite of myself, my imagination carries me to you. I grasp you, I kiss you, I caress you, a thousand of the most amorous caresses take possession of me. As for my heart, there you will always be — very much so”.

El texto completo, acá.

Tags: Leído, visto y oído (en la web)

El oficio de escritor / 2: Hernán Ronsino

julio 18th, 2012 · No Comments

Por Nacho Damiano

Foto: Gentileza Pocha Silva

 

-¿Por qué escribís?

-No escribo para transmitir algo, para contar algo puntual. No quiero dar un mensaje específico, lo hago por el propio deseo de escribir. La idea es que la escritura esté movilizada por un deseo en la escritura misma y no por la necesidad de contar algo. Hay un ensayo de Juan Villoro que se llama De eso se trata, es un libro que se publicó en Chile, en la Universidad Diego Portales, en el que él trabaja la diferencia entre escribir para contar algo y escribir por el propio deseo de escribir. En ese sentido, me parece que por ejemplo Facundo u Operación Masacre, que son dos grandes textos políticos, resisten el paso del tiempo porque están muy bien escritos, muy apasionadamente. Si bien la idea principal, el “artefacto” político digamos, es central en esos libros, sobreviven al paso del tiempo por la potencia de la escritura. Rivera dice que El precio, su primera novela, es una mala novela. Y es un texto que está muy cercano al realismo más político, más panfletario. Creo que lo que le permite trascender a Facundo o a Operación Masacre es que primero y antes que nada son grandes obras literarias, que en el momento de ser escritas denunciaron algo. No estoy negando la dimensión política de esos textos, al contrario, pero no son meros panfletos. Volviendo al principio, lo que me moviliza a mí no es transmitir una idea, es escribir. Inevitablemente cuento una idea, pero eso viene después.

-¿Cuándo supiste que ibas a ser escritor?

-Es difícil responder a la idea de forma, al “ser un escritor” o “no ser un escritor”. Todo el tiempo es un interrogante, ¿cuándo uno se transforma en escritor? ¿Cuando publica un libro? La idea de escritor también supone una imagen pública, un reconocimiento de un cierto campo literario, pero yo empecé a escribir más allá de la intención de ser un escritor. Me dí cuenta de que el deseo de escritura (y su concreción) me permitían reflexionar sobre mi propia identidad. Además, la sociología me permite explorar otros territorios. Me definiría como un narrador más que como un escritor. Es eso, soy un narrador.

-¿Qué voces de otros escritores encontrás en tus textos? ¿Qué otras prosas notás que se filtran en tu narrativa?

-De algún modo todo lo que leés te deja alguna impronta. Quizás la más fuerte sea Faulkner. Beckett, el de la trilogía narrativa, el de Molloy, El innombrable y Malone muere. Ese Beckett me marcó por su exploración literaria. Marguerite Duras, que además es una autora que siempre que la leo me genera ganas de escribir, me deja en un estado de escritura. Después, encuentro a muchos: Rulfo, Saer, Onetti, Conti. Miguel Briante me parece muy interesante y ha quedado en un territorio medio marginal en cuanto a reconocimiento. Ha escrito muy poco y todo apareció en los ´60 y ´70. Lo que yo escribo está muy conectado con el universo Briante. Puig, sin dudas.

-¿Cómo escribís? ¿Tenés un orden estructural, algún tipo de método?

-En mi caso, el proceso de escritura tiene distintas etapas. Primero, estoy muchísimo tiempo tratando de explorar visualmente la zona en la que quiero trabajar. Es lo que más tiempo me lleva: ver la imagen. Es como cuando filmás, que antes vas y ves las locaciones que vas a usar, te fijás exactamente dónde querés que sucedan las acciones. A mí me pasa algo muy parecido, pero en el terreno de la imaginación. Es como una exploración visual del territorio. Eso lo necesito de un modo central para poder ponerme a escribir. Necesito la imagen del lugar en el que voy a trabajar literariamente cada escena.

-De alguna manera tu “germen” es visual.

-Sí, en mi caso el germen es un trabajo de ubicación visual. Y toda esa primera parte consiste en ir abriendo, es como si tuviera un terreno lleno de maleza y lo tuviera que limpiar para poder levantar algo ahí. Es la espesa selva de lo real, como dice Saer. Una vez que tengo eso (que me lleva mucho tiempo, en la novela que estoy terminando ahora me llevó más de un año), me empiezan a aparecer escenas y situaciones y las empiezo a articular, a acomodar.

-¿En esa etapa tomás apuntes? ¿O cuando empezás a escribir ya estás trabajando en la obra propiamente dicha?

-Sí, en el primer período voy tomando apuntes. Lentamente se empieza a armar un “estado de cosas”, un clima. Una vez que eso más o menos está, me pongo a trabajar sistemáticamente, con un tiempo más ordenado y más diario. En la primera etapa el trabajo es más espaciado, hago otras cosas hasta que el texto me toma, me captura. El momento de la escritura en sí es el segundo. Ahí sí, sistematizo.

-¿A qué llamás “sistematizar” exactamente?

-A trabajar alrededor de dos horas por día. La escritura ahí funciona de un modo muy moroso. En esa etapa sí hay algo de artesanal: puedo estar todo el día trabajando un parrafito. A medida que escribo, voy corrigiendo. Una vez que lo dejo listo, ese parrafito ya está, se edita así. Por eso me lleva mucho tiempo narrar todo lo que quiero narrar, ése es el trabajo de precisión de la escritura. Me parece que está bien compararlo con lo artesanal, voy como puliendo detalles, sacando las impurezas, y al mismo tiempo haciendo aparecer en la prosa una musicalidad, un ritmo, que es lo que más me interesa. Hasta que la frase no encuentra esa velocidad, esa musicalidad, yo siento que le falta algo.

-¿Cómo seleccionás el material propicio para escribir?, ¿cómo te das cuenta de que una imagen es una narración potencial?

-El filtro se activa entre la imagen y la musicalidad, sucede en el proceso mismo de la escritura. El equilibrio entre el territorio visual imaginario del primer momento con la musicalidad de la frase me hace pensar que ahí hay algo. En la escritura hay algo que inevitablemente aparece, y mucho queda afuera, como por debajo, como algo no dicho. La escritura funciona como una especie de isla que sedimenta la idea, dejando el resto por debajo.

-O sea que te largás a escribir cosas que no terminan transformándose en relatos, vas abandonando textos truncos en el camino.

-Sí, y al revés también: muchas veces siento que no dije todo lo que quería decir, pero llego a una imagen, a una expresión que de alguna manera condensa todo lo que creía que tenía que decir. Pero sí, muchas cosas quedan afuera.

-Antes mencionabas que el proceso de corrección es casi simultáneo al de la escritura, vas puliendo el texto a medida que lo creás. ¿Qué más podés decir de la forma en la que trabajás la corrección?

-Hay una obsesión ahí, muy clara, aunque la disfruto, no es un proceso de obsesión padeciente. Primero, trato de reconocer las ganas que tenga de escribir, para que se vuelva un placer y no una obsesión. Cuando no pasa nada, que mi cuerpo incluso me dice “no es momento de escribir”, me levanto y lo dejo, porque si no me frustro. Lo que sí hago es tratar de generar las condiciones para que escribir sea placentero, y que en ese proceso de escritura la corrección y la obsesión aparezcan porque encontré el equilibrio entre el ritmo y la imagen, un equilibrio entre la musicalidad y lo que quiero mostrar. Ésa es la obsesión por la corrección.

-Cuando trabajás una novela, ¿sabés todo lo que va a pasar? ¿Tenés toda la trama en la cabeza o te vas contando una historia que te va sorprendiendo a vos mismo?

-Me gusta cuando sucede como una Jam session. Tengo un par de notas básicas, un par de temas que quiero que sucedan: “hay dos tipos que se encuentran y pasa esto”, pero dejando la puerta abierta a lo que aparezca, si no, no tiene mucho sentido. Dejo la posibilidad de que se filtre algo, una incertidumbre que pueda llegar a torcer el rumbo, que me interrogue; que en la escritura aparezca algo que me haga repensar el plan que había tramado. Está bueno cuando eso aparece, porque si no es como calcar una idea. Siempre me pasa, me pregunto “¿de dónde salió esto si hace cinco segundos ni siquiera me lo imaginaba?”. Eso es lo maravilloso de la escritura, que aparece con esa lógica del inconsciente, hay algo que no se puede mencionar, no se puede nombrar si no lo escribís. Muchas cosas no sabés que van a suceder hasta que no las escribís. Me gusta esa definición de Clarice Lispector que dice que ella sólo puede saber qué es escribir escribiendo, sólo puede descubrir qué significa la escritura en el proceso mismo de escritura. Por eso escribir es una aventura, a veces te devuelve algo que vos no conocías. Más allá de cualquier mapa, de cualquier plan que tengas, hay cosas que aparecen solas. Me gusta la imagen del viajero: uno cuando viaja se lleva un mapa, una idea de cómo es el lugar y qué es lo que quiere ver; pero cuando ponés el cuerpo, lo que sucede no está en ningún mapa.

-Hablemos un poco del trabajo con los personajes. ¿Cómo los armás? ¿De dónde sacás los nombres propios?

-Los nombres no responden a nada en particular, son pura invención a partir de cómo suenan. No tienen significación más allá de que me gusten. De todos modos, creo que en el nombre está el carácter, la definición del personaje. Cuando encuentro un buen nombre, veo a la persona que lo encarna. Yo no puedo imaginármelos físicamente, tengo los trazos muy diluidos en la cabeza, pero el espíritu sí lo veo y de alguna manera está condensado en el nombre, que a la larga es lo único que tenemos, ¿no? Lo único concreto que tengo cuando trabajo un personaje es el nombre. En el caso de Glaxo puntualmente, hay un personaje que nace de un personaje de Faulkner, de Mientras agonizo, el tontito de la familia, se llama Vardaman. Yo le cambié una letra y le agregué una N al final y lo convertí en un personaje importante de Glaxo, es Vardemann. Quise reflejar esa marca del mundo faulkneriano en el nombre del personaje.

-¿Se puede enseñar a escribir?

-Hice talleres y dí talleres. Después de esas experiencias creo que el taller es un espacio de entrenamiento más que de aprendizaje. Si no tenés una conexión previa con la escritura y con la literatura, si no tenés un mundo que venga de la experiencia de la lectura y por otro lado si no está ese deseo del que hablábamos antes, el taller no te va a servir para nada. Es un espacio de entrenamiento, de prueba de técnicas, de devoluciones de un tipo que vos respetás. Que no es para nada menor, a mí me sirvió muchísimo el taller que hice, pero tiene que haber otra cosa para que sirva. Si no, se vuelve un espacio en sí mismo, se transforma en un club o en una salida al cine de todos los jueves.

-¿Cuáles son tus obsesiones literarias? Estoy convencido de que la mayoría de los escritores a la larga escriben toda su obra alrededor de tres o cuatro temas. ¿Cuáles son los tuyos?

-Estoy de acuerdo con esa premisa. A medida que van pasando los libros veo cada vez con más claridad que me interesa reflexionar sobre mis obsesiones para enfocarlas desde otro lugar, para que mi obra no termine siendo un compendio de repeticiones. De todos modos, creo que es una lucha en la que al final la obsesión va a terminar ganando, pero es una batalla que me interesa plantear, no quiero escribir siempre lo mismo. Las obsesiones que veo que resplandecen en mis tres libros tienen que ver con una zona rural o pueblo chico, tienen que ver con la exploración de la memoria y tienen que ver con la violencia. Política, memoria y violencia en un espacio rural o pueblerino, podemos ponerlo así. Memoria y violencia me están apareciendo cada vez con más fuerza.

-¿Tenés cábalas o rituales al momento de empezar a trabajar?

-Sí, necesito estar solo. En el lugar que sea, pero solo. Si no, siento la amenaza de la interrupción. Trato de que sea siempre en el mismo lugar, en mi casa, pero siempre en algún momento en el que esté solo. Y me desconecto de todo: teléfono, Internet, todo. Quizás busco algún dato en Google, pero no estoy conectado cuando escribo, la tentación sería muy fuerte.

-¿Qué consejo le darías a alguien que está empezando en el universo de la literatura?

-Que ponga un kiosco. Además de eso, primero leer. Es una obviedad pero es fundamental. Después, tratar de empezar a reconocer un tiempo de escritura, no apurarse por publicar ni por terminar un libro. Cada uno tiene sus tiempos y es todo un trabajo reconocer eso. Creo que cuando aprendés qué tiempo necesitás para formar una historia dentro tuyo, los tiempos de procesarla y contarla, te reconocés como escritor. En mi caso sucede así. Yo me reconozco como escritor cuando descubro cómo funciona el oficio en mi vida. ¿De qué modo se impone el oficio, cuáles son sus tiempos, cuáles sus dificultades? Ése es el gran aprendizaje, me parece.

-Vamos un paso más adelante. ¿Qué consejo le das a quien ya tiene algo terminado y quiere intentar publicarlo?

-Yo mandé a concursos y después empecé a mostrar en editoriales. Incluso, mi primer libro de cuentos fue un libro que recibió una mención del Fondo Nacional de las Artes y lo financié yo. Al principio no me gustaba la idea, decía “¿cómo voy a pagar para editar un libro mío?”, me parecía algo tremendo. Pero dar ese paso, tener ese libro, me permitió mostrar lo que yo hacía, me permitió llegar a determinada gente a la que no habría llegado de otra manera y entrar en contacto con integrantes de lo que podríamos llamar “el campo literario”. Esos primeros pasos, que uno puede pensarlos como terribles (es verdad que no está bueno pagar tu primera edición), en realidad yo lo tomo como una inversión, como una apuesta para que empiece a circular lo que hacés. Si no, terminás odiando a todo el mundo porque no te quieren publicar. Hasta que un día te das cuenta, ¿por qué habrían de publicarte? ¿Qué cosa grandiosa hiciste? Todo ese proceso de insertarte en el circuito es muy lento, contradictorio con la ansiedad que uno tiene por mostrar lo que hace. Además, los tiempos de decisión para editar un libro no tienen nada que ver con lo que uno imagina. Ahora hay cada vez más espacios alternativos de edición: editoriales chicas que le dan lugar a autores nuevos, podés tener una página propia en Internet, hay muchas más posibilidades que hace quince años para los que empiezan a publicar.

-¿Qué lecturas le recomendás a alguien que quiere escribir?

-Escribir, de Marguerite Duras. Gramática de la fantasía, de Gianni Rodari, un libro interesantísimo. Rodari escribió mucha literatura infantil, es un italiano que escribió ese libro pensando que las escuelas tenían que tener una materia que sea “fantástica”, que estimule a escribir, a producir escritura. Así como hay una Botánica o una Matemática, que haya una materia que fomente la imaginación. En ese libro hay ejercicios de escritura muy interesantes. Homero, también. En realidad, cualquier clásico puede ser muy motivador para escribir. El tema, me parece, es cómo leas lo que leés. Si no hay una mirada originada en el deseo de escribir, una mirada voraz, muy detallista de las cosas, es más difícil. Pero si tenés esa mirada, a través de ella cualquier situación puede ser el germen de una historia, cualquier suceso puede desatar el proceso de escritura. Lo podés encontrar en el diario o en el ascensor de tu casa. El tema es que exista esa mirada atenta y alerta, ese reflejo del deseo de escritura. Si no está eso, podés leer todo lo que quieras que no va a pasar nada.

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Tags: El oficio de escritor (por Nacho Damiano, actualiza quincenalmente)

Las 20 librerías más bellas del mundo

julio 17th, 2012 · No Comments

Una galería para recorrer, acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

14 razones para que un libro sea un clásico, por Italo Calvino

julio 17th, 2012 · No Comments

1. The classics are those books about which you usually hear people saying: ‘I’m rereading…’, never ‘I’m reading….’

2. The Classics are those books which constitute a treasured experience for those who have read and loved them; but they remain just as rich an experience for those who reserve the chance to read them for when they are in the best condition to enjoy them.

3. The classics are books which exercise a particular influence, both when they imprint themselves on our imagination as unforgettable, and when they hide in the layers of memory disguised as the individual’s or the collective unconscious.

4. A classic is a book which with each rereading offers as much of a sense of discovery as the first reading.

5. A classic is a book which even when we read it for the first time gives the sense of rereading something we have read before.

6. A classic is a book which has never exhausted all it has to say to its readers.

7. The classics are those books which come to us bearing the aura of previous interpretations, and trailing behind them the traces they have left in the culture or cultures (or just in the languages and customs) through which they have passed.

8. A classic is a work which constantly generates a pulviscular cloud of critical discourse around it, but which always shakes the particles off.

9. Classics are books which, the more we think we know them through hearsay, the more original, unexpected, and innovative we find them when we actually read them.

10. A classic is the term given to any book which comes to represent the whole universe, a book on a par with ancient talismans.

11. ‘Your’ classic is a book to which you cannot remain indifferent, and which helps you define yourself in relation or even in opposition to it.

12. A classic is a work that comes before other classics; but those who have read other classics first immediately recognize its place in the genealogy of classic works.

13. A classic is a work which relegates the noise of the present to a background hum, which at the same time the classics cannot exist without.

14. A classic is a work which persists as a background noise even when a present that is totally incompatible with it holds sway.

El texto completo, acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

Una entrevista con Martín Gambarotta

julio 17th, 2012 · No Comments

-¿Por qué Punctum está dedicado a Fogwill?
-A mí me atraía Los pichiciegos. También está dedicado porque me impresionaba la manera en que asumía la difusión de un texto que le parecía valioso. Más allá de que el primer movimiento fue con el premio del Diario de Poesía… Además, está dedicado porque después fuimos amigos. Lo que me interesaba de lo que yo llamaba amistad con Fogwill era esa posibilidad de hablar con alguien acerca de lo que aparecía anterior a Punctum. Fogwill me traía una conversación que yo venía tratando de entablar con un modo de hablar que no era ciertamente de ese momento. No es una deuda, pero él abrazó el libro de una manera muy poundiana. Ahí se abre una conversación y una manera de leer y de hablar que a mí me venía a confirmar que todavía algunos hablaban o leían de ese modo. Entre Punctum y Seudo fue donde más conversación hubo con Fogwill. Justamente, lo más sorprendente de Los pichiciegos era ese diálogo entre dos colimbas sobre Firmenich y Alfonsín, con Firmenich como una especie de mito, que tenía un ejército… Obviamente es un delirio, la realidad puesta en la literatura para hacer un delirio, pero con personajes de peso político real y tratados de una manera que demuestra cierto conocimiento de la coyuntura política. Si no tiene el contexto y la información, si no está demasiado conectado con la realidad, es básicamente imposible que alguien escriba ese diálogo. Eso lo encontraba en Fogwill y en casi nadie más, quizás por limitación mía. Muy pocos habían hecho eso en literatura como para poder hablar desde ese lugar.
En el nuevo número de Otra parte. El texto completo, acá.

Tags: De todo un poco (literatura y misceláneas)

El gobierno de los presos

julio 16th, 2012 · No Comments

“Lurigancho, la cárcel más grande y superpoblada de Perú es un Estado con sus propias reglas: los presos tienen el control casi absoluto del penal, recaudan impuestos que ellos mismos administran y eligen democráticamente a sus delegados. El cronista peruano Daniel Alarcón siguió de cerca una campaña electoral en la que la crisis económica muros adentro y una posible reforma tributaria fueron ejes de un debate entre los internos.”

El texto completo, acá.

Tags: Sobre periodismo (crónicas y textos ajenos sobre el oficio de cronista)