header image 1

El oficio de escritor/1: Martín Kohan

julio 11th, 2012 · 2 Comments

Por segunda vez en siete años, este espacio incorpora el trabajo de un colaborador externo, como lo hiciera con El Perro y El Recomendador, sección que se publica los viernes. A partir de hoy y todos los miércoles, El oficio de escritor publicará extensas entrevistas con autores argentinos y del extranjero, que girarán en torno a sus métodos de trabajo, a cómo encaran cada nuevo proyecto literario y lo llevan adelante. El autor de estas piezas, Nacho Damiano (nachodamiano@gmail.com), que trabaja junto a Juan Terranova en la Revista Tónica, se confiesa un fanático de las entrevistas a escritores, y explica en sus palabras lo que irá apareciendo en esta sección: “¿De qué vamos a hablar? No me interesan las entrevistas que indagan en la infancia del autor, en sus lecturas, en su Edipo no resuelto. Lo que me atrae, lo que me genera ganas de devorar las respuestas, es que hablen del laburo del escritor. Estoy convencido de que escribir es un oficio, y como tal, la única manera de aprender es escuchar a los maestros. Como no podemos ponernos sobre sus hombros para mirar cómo trabajan, no nos queda otra que preguntarles al respecto. La idea, ojalá se cumpla, es que en un tiempo no muy distante, se hayan reunido conceptos y palabras de diferentes escritores con diferentes escuelas y diferentes estilos: una suerte de poética contemporánea. La utopía es lograr, con la ayuda del tiempo, una especie de taller total, un espacio de consulta para quienes trabajamos con las palabras y una lectura amena e interesante para quiénes eligen simplemente disfrutar de la lectura. La sección se va a llamar El oficio de escritor. Ojalá la disfruten tanto como yo”.

Por Nacho Damiano

-¿Por qué escribís?

-Esa pregunta es la más simple y en otro sentido la más complicada. Voy a optar por la respuesta más simple: escribo porque me da muchísimo placer. Pero uno verifica casos que atraviesan la escritura como proceso laborioso, costoso, casi de padecimiento, por lo menos de tensión. No entiendo por qué esas personas escriben, como si a la vida le faltaran problemas, padecimientos y complicaciones como para sumarse uno. En verdad, sí entiendo por qué aún en ese caso escriben y creo que hay por lo menos dos tipos de relación con la literatura y en ese punto la respuesta “escribo porque me gusta escribir” deja de ser una perogrullada. El tema es ¿dónde está el objeto de la pasión? En muchos casos, el verdadero objeto de deseo es el libro como objeto terminado, la publicación. Para mí también lo es, pero veo que en muchos casos el proceso de escritura puede ser el precio que hay que pagar para llegar a ese momento gozoso que es cuando el libro existe. En mi caso no funciona así en lo más mínimo y no estoy muy seguro de que estuviese dispuesto a atravesar la escritura como un sacrificio sólo para obtener a cambio el halago de la publicación de un libro. Yo escribo porque me resulta infinitamente placentero.

-¿Qué rol juega el público en tu escritura? ¿Quién creés que te lee?

-Cada libro diseña su lector. Para ser totalmente sincero, en el momento de escribir mi deseo es la escritura y no el lector. Lo que no significa que no me interese el lector o que no piense en los lectores o que me resulte indiferente. Me satisface que haya tantos lectores como se pueda, pero en el momento de la escritura, como lo que está en juego es precisamente el proceso de elaboración del texto y no estoy pensando siquiera en la publicación del libro, es la escritura lo fundamental. Volvemos a lo que hablábamos al principio, yo no estoy escribiendo porque mi deseo es publicar un libro, yo estoy escribiendo porque mi deseo es escribir ese texto. La publicación, y con ella los lectores, es algo que se va a derivar después. Además, el “lector” no tiene forma particular porque el mismo textos incluye o excluye posibles lectores, convoca o no convoca. Museo de la revolución es una novela que contiene páginas enteras de ensayos bastante minuciosos y detenidos sobre el marxismo y sobre la revolución y sobre el tiempo; esas páginas están decidiendo ellas mismas qué tipo de lector es posible para esa novela y qué tipo no. Los cautivos es una novela sobre Echeverría pero las primeras siete páginas son dos gauchos intercambiando escupidas en la llanura. La novela está dando una señal muy clara de qué lector admite y a qué lector se le sugiere que lo piense mejor. Pero es la novela la que elige, no yo. 

-¿Cómo trabajás el texto? ¿Qué relación tenés con la “artesanía” del lenguaje?

-Yo escribo con mucho cuidado. Y una de mis ambiciones es que ese cuidado se note. Porque alguien puede ser muy cuidadoso y hacerlo mal. Incluso puede darse el caso, Aira puede ser uno, que haya una apariencia de descuido, de texto que se disparata y sin embargo cada una de sus páginas ser muy cuidada. A mí no me importa si al escritor le demandó diez correcciones o ninguna, puede estar muy cuidado desde una primera vez. Hay textos que uno lee casi con la sensación de que las palabras que están ahí son las primeras que le vinieron a la cabeza al que las escribió, que en el lugar de cada una podría haber habido otra y quedaba más o menos igual. Frente a otros textos que nos contagian la sensación de que cada palabra tiene que ser exactamente esa y no otra. Yo tengo la ambición de alcanzar ese punto, de cuidar el lenguaje en todas sus formas: que el ritmo esté cuidado, que la cadencia esté cuidada. En el nivel de la frase pero también a nivel narración: hay un ritmo general, hay aceleraciones y frenos, tiempos propios de la narración. Escribo prestando muchísima atención a eso. Espero que se note.

-¿Cómo nace una narración? ¿Qué tiene que tener una idea para que digas “acá hay un relato”?

-Las ideas surgen, sobre todo cuando son novelas, de manera paulatina. Me parece difícil que a alguien se le ocurra toda una novela de una vez, pero con el cuento sí me ha pasado. Yo vivía en Saavedra y el colectivo me dejaba a cinco cuadras de mi casa; una vez, cuando bajé surgió la idea, cuando llegué a mi casa cobró forma y la escribí de inmediato. Era Muero contento. Igual es algo muy excepcional, porque tiendo a darle un reposo a las ideas. Cuando surgen siempre parecen buenas, pero esperando un poco muy a menudo no eran tan buenas como parecían, y a veces no lo eran en absoluto. En el caso de la novela resulta fatalmente imposible que el chispazo de una idea la revele entera, generalmente son ideas que van orbitando; incluso, como en cualquier orbitación, hay momentos en los que no las ves, y muchas veces se olvidan. Quizás vuelven por la mitad, difusas, después se hacen más nítidas o una nueva idea aparece y enciende el recuerdo de aquella otra que andaba dando vueltas. Doy un ejemplo: Dos veces junio era en su origen una idea para un cuento, era una historia que transcurría en la noche en la que Argentina pierde con Italia en el mundial 78. La intención era trabajar el presupuesto de la fiesta deportiva para terminar optando por el registro de la absoluta pesadumbre. Me parecía una buena idea para un cuento, pero no lograba terminar de dar forma a esa idea. En otro momento, bastante más adelante, pueden ser semanas o incluso más, a raíz de la pregunta “¿cómo sería una narración de horror puro?”, empecé a buscar el tipo de horror que no admite chistes. Ahí me surgió la frase “¿a qué edad se puede empezar a torturar a un niño?” y empecé a pensar qué podría dar eso en la literatura. Y aquella idea que prometía, un cuento de una noche de derrota, se tocó con la idea de la frase horrorosa y se empezó a armar Dos veces junio.

-En esos momentos, en los que la idea aparece sin cierre y sin forma, ¿tomás notas? ¿Tenés un “reservorio” de ideas?

-Es raro que tome notas, sé que hay escritores que frente a una idea escriben tres páginas, las dejan y después vuelven. Para mí eso es imposible. En mi caso las ideas me dan vueltas en la cabeza durante el tiempo que haga falta hasta que algo parecido a una estructura general del relato cobra forma, y recién ahí empiezo a escribir. Por eso yo no tengo versiones, hay sólo una. Y cuando algo no me sale, bueno, se acabó. Cuando empiezo a escribir, la idea en todos los sentidos, no sólo la trama de lo que quiero contar sino algunas de las decisiones formales determinantes ya están resueltas en la cabeza.

-Ya que lo mencionás, ¿cómo trabajás el proceso de corrección? ¿Qué parte de la narración nace recién en el momento de corregir?

-Alfonso Reyes decía que él publicaba para parar de corregir. Yo me doy cuenta de que tengo muy meloneada la frase antes de escribirla, baja armadísima. Sé por ejemplo que hay escritores que cuando están escribiendo dudan en una palabra y ponen tres o cuatro y siguen, después la eligen. Para mí eso es imposible. Yo tengo que saber cuál es, si no, no sigo. Las correcciones, me doy cuenta, son pocas.

-Por lo que dijiste acá y en otras entrevistas, le prestás mucha atención a lo que podríamos llamar la “trama” de las narraciones, pero lo que te desvela es la forma. ¿Es así?

-La idea no funciona si la forma no está bien. Incluso siempre tengo la sensación de que no estoy narrando nada, pero después me dicen que sí. Para mí, en Ciencias morales no pasa nada. Muchos lectores me dicen “queríamos ver qué pasaba con esa chica”. Nada, está ahí, en el baño. ¿De dónde sale la tensión de “qué pasará”? Es la forma. El fondo se manifiesta sólo mediante la forma. Uno puede escribir “voy a matarlo, mañana les cuento lo que hice” y no narrar casi nada y que el lector se quede enganchado. El tema es lograr el arrullo, y ese arrullo es forma. A la vez, cuando uno está escribiendo, si le podés pescar el tono, la escritura te lleva. El tema es no perder el oído, no desafinar.

-¿Escribís todos los días?

-Cuando estoy escribiendo, sí. Igual, siempre me parece que es mejor lo que hacen los otros. A veces veo que alguien dice “trabajé cinco años esta novela” y yo digo “¡Claro! Yo tengo que hacer eso, cinco años con un texto”. Pero después me fijo mejor y dicen que a veces pasaban semanas en las que no escribían nada. Yo no puedo. Donde encuentro una hora, yo escribo. Algunos, si no tienen el día tranquilo y se mentalizan, no pueden. Yo termino lo que estoy haciendo a las cinco y tengo que estar en otro lado a las seis y me voy al bar de la esquina y laburo una hora. Pero tampoco aguantaría estar escribiendo ocho horas seguidas. En Museo de la revolución, que era  la época que no dormía, me levantaba a las seis y hasta las nueve, nueve y media escribía. A las seis de la tarde, otra vez. Y en el medio seguía maquinando, era puras ganas de escribir, no me aguantaba. A veces, a la noche decía, “bueno, lo dejo para mañana”, pero me costaba alejarme, entonces esa manera supone un trabajo muy sostenido y muy intenso. Ciencias morales la escribí en cuarenta y cinco días y había partes hacia el final que decía “¿y acá qué pasaba?, ¿ella dónde vivía?” Los que escriben un texto en cuatro años, ¿cómo hacen? Yo me olvidaría de todo. Probablemente sean esas las cosas que después llevan mucho tiempo de corrección.

-¿Escribís a mano o vas de una a la computadora?

-Mano, mano. Después los voy regalando, no tengo ningún cuaderno. Tengo un amigo que recibió el cuaderno de Los cautivos y fue a fijarse una parte a ver cómo la había ido trabajando y cuando la encontró en el cuaderno está igual que en el libro. Pero porque cuando me senté a escribirlo ya estaba muy pensado, muy decidido.

-¿Cómo te diste a conocer? ¿Qué le recomendás a quien tenga un libro terminado y quiera intentar publicarlo?

-La primera novela que yo publiqué, que se llamó La pérdida de Laura, salió en 1993 y se publicó en Tantalia, un sello que todavía existe. En aquel momento estábamos Miguel Vitagliano, Aníbal Jarkowsky, Rubén Mira y yo. Aníbal había sido mi profesor en la facultad y yo me arrimé, fue una apuesta en condiciones en principio desfavorables, en el sentido que salir en una editorial chica siempre te quita visibilidad respecto a la promoción de editoriales más grandes, sobre todo en esos años donde la necesidad de prestar atención a las editoriales chicas era algo que se estaba empezando a generar, pero no estaba tan afianzado. Ahora todos miramos lo que publican las editoriales chicas porque mucho de lo mejor se está publicando ahí. Aún así me fue bien con esa primera novela, después publiqué un libro de cuentos en Beatriz Viterbo de Rosario y después, historia más conocida. Las nuevas tecnologías mejoran muchísimo las condiciones. Sin dudas, el libro como tal, el aparato, el dispositivo libro sigue siendo un objeto de deseo para todos, pero la posibilidad de que los textos circulen y se vean, cuanto más amplia y abarcativa, mejor. Y cuanto más se multiplique, mejor. Pero junto a ese crecimiento viene también la necesidad de algo que siempre para mí es indispensable: la lectura, la crítica, el valor. Yo soy crítico literario, que es algo que para mí no es desdoroso en absoluto. Las crítica no es universal ni definitiva, nadie es dios, salvo Riquelme, pero no lee.

-¿Qué le recomendarías a alguien que está más atrás, que recién empieza su carrera literaria?

-Hay una serie de consejos generales que son absolutamente válidos: paciencia, insistencia, no bajar los brazos, todo esto suele decirse pero es absolutamente cierto. Yo le agregaría, y teniendo en cuenta la vanidad que suele cundir en los ámbitos literarios, que nadie crea que su obra es indispensable. Las obras indispensables son muy pocas, y generalmente se sabe a posteriori cuáles eran. Incluso, si alguien es genial y el mundo necesita su obra, que espere a que lo diga el mundo y mientras tanto, que disimule. Si descubrió su propia genialidad, que se haga el gil. En mi caso, yo andaba con un manuscrito dando vueltas y obviamente deseaba publicar, pero mi gran temor era publicar algo que todavía no estaba listo. Pero en algún momento empecé a pensar que en términos de inseguridades, esa sospecha puede ser crónica y entonces uno nunca publica porque nunca se siente a punto. ¿Cómo resolver eso? En mi caso, la resolución de ese dilema tuvo mucho que ver con Aníbal Jarkowsky. Yo lo admiraba –y lo admiro– mucho, entonces que él dijese que ese libro tenía que publicarse, fue lo que a mí me llevó a decir “ya está, voy con esto”. A la vez, creo indispensable prestar mucha atención a lo que uno hace como lector. Hay una tendencia que no sé si existe en otros ámbitos, ¿habrá músicos que tengan listo su primer disco y no escuchen a otros? ¿Habrá cineastas con su película terminada que no vayan al cine? Porque sí hay escritores con su novela dando vueltas que no leen. En ese sentido, está muy bien la novela de Aira Varamo, la idea de alguien que nunca leyó nada en absoluto y un día produce un texto genial, pero Aira siempre narra lo imposible y no lo posible. Una pregunta que yo haría, entonces, como consejo, es “¿qué relación tenés con la lectura?”.

Tags: El oficio de escritor (por Nacho Damiano, actualiza quincenalmente)