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El ladrón que cuidaba a Messi

julio 12th, 2012 · No Comments

“A los siete años, después de misa, Daniel Rojo cambiaba las monedas que le había sacado a su abuelo por besos de sus amigas. A los 16 asaltaba bancos. Sin disparar un tiro, robó millones de pesetas. Hoy, tiene 50 y frente al estado español se declara insolvente. Dice que no tiene un peso, que se gastó todo en drogas, orgías y autos importados. También trabajó como guardaespaldas del mejor jugador del mundo. A la noche, cuidaba a Lionel Messi.”

El texto completo, acá.

Tags: Sobre periodismo (crónicas y textos ajenos sobre el oficio de cronista)

Sangre y exterminio: una clase de historia argentina

julio 12th, 2012 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

Propongo un desafío o, si prefieren llamarlo así, un juego. Este texto hablará sobre una de las mejores películas argentinas de los últimos años: Tierra de los padres, de Nicolás Prividera. A lo largo del artículo aparecerán, intercalados, algunos fragmentos de discursos, cartas, libros, todos sin firma ni orden lógico. Los extractos son ocho, y sus autores forman parte de la historia argentina: Juan Lavalle, Eva Perón, Domingo Faustino Sarmiento, Julio Argentino Roca, Juan Bautista Alberdi, Ibérico Manuel Saint-Jean, Juan Manuel de Rosas, Carlos Guido y Spano. Algo así es lo que propone esta segunda película de Prividera (la anterior fue el notable documental M.), y la dificultad a la que se enfrentan los espectadores para atribuirle autoría a esos fragmentos (un verdadero mosaico del ideario político nacional) es una de sus grandes virtudes. Al final de la nota, las respuestas.

Se engañarían los bárbaros si en su desesperación imploran nuestra clemencia. Es preciso degollarlos a todos. Purguemos a la sociedad de esos monstruos. Muerte, muerte sin piedad. ¡La hora de la venganza ha sonado! ¡Vamos a humillar el orgullo de esos cobardes asesinos! Derramad a torrentes la inhumana sangre para que esta raza maldita de Dios y de los hombres no tenga sucesión.

Tierra de los padres se estrenó el jueves pasado en la Sala Lugones del Teatro San Martín después de protagonizar una polémica al ser excluida del Festival de Mar del Plata y del Bafici. Iba a ser proyectada hasta el 11 de julio pero debido a la curiosidad del público y a las buenas críticas, las funciones se extendieron  hasta el 22. La idea del film es, al parecer, muy sencilla. Filmada íntegramente dentro del Cementerio de la Recoleta (la “tierra de los padres” de la Patria), un grupo de escritores, actores, dramaturgos y periodistas contemporáneos leen, al pie de las tumbas más ilustres de Buenos Aires, más de cuarenta textos originales (de otros escritores, estadistas, periodistas, militares, ensayistas y políticos) que recorren la historia argentina, de Sarmiento a Rodolfo Walsh, de Facundo Quiroga a Silvina Ocampo.

El remedio para estos males no puede sujetarse a formas, y su aplicación debe ser pronta y expedita. Persigamos a muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida, y sobre todo al pérfido o traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra fe. Que de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y espanto.

La película abre con dos epígrafes: uno de Maurice Barrès (“Una Nación es la posesión en común de un cementerio y la voluntad de contar su historia”) y otro de Karl Marx (“La tradición de las generaciones muertas aplasta, como una pesadilla, el cerebro de los vivos”). La secuencia del comienzo, una sucesión de imágenes de los muertos que la política argentina sembró a lo largo de dos siglos, musicalizada con el himno nacional, pone al espectador en alerta. En apariencia, no habrá lugar en la sala para la belleza ni el reposo. Enseguida, comienzan las lecturas de los textos (los reproducidos aquí son algunos de ellos), de los que no se adivina el autor hasta que, una vez finalizados, se lo hace explícito con un videograph. Pero Prividera demuestra que su tarea no se limitó a la de un editor: entre una lectura y otra, la belleza, el horror y la cotidianeidad emergen a través de las imágenes captadas en el cementerio de la Recoleta, filmado tal vez como nunca antes.

No entiendo los términos medios ni las cosas equilibradas. Sólo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor. Nunca sé cuando odio ni cuándo estoy amando, y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía, no he podido encontrar el equilibrio que me reconcilie con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores.

En el texto de presentación de la película, Prividera escribe: “Tierra de los padres asume de algún modo la perspectiva del benjaminiano ángel de la Historia (evidente en el plano secuencia final, que avanza de espaldas…), haciendo un recorrido por 200 años de historia argentina, desde las guerras civiles del XIX a la última dictadura del siglo XX (los dos puntos que encierran momentos fundacionales de un repetido fracaso, de la generación del 37 a la generación del 70), para hacer hablar a los muertos y mostrar cómo esa soterrada violencia aún nos interpela (desde el viejo antagonismo entre unitarios y federales, al más actual entre kirchnerismo y antikirchnerismo)”.

Sellaremos con sangre y fundiremos con el sable, de una vez y para siempre, esta nacionalidad argentina que tiene que formarse, como las pirámides y el poder de los imperios, a costa de la sangre y el sudor de muchas generaciones.

Entre texto y texto y en cada imagen se filtran la realidad y el paso del tiempo: hay tumbas abiertas y abandonadas, aviones que sobrevuelan el cementerio y quiebran el silencio, una escena en que un par de gatos se disputan el cadáver de una paloma (la muerte como mise en abyme) y siempre, un día y otro, bajo el sol o la lluvia, el trabajo de los guías y cuidadores del cementerio. Empleados de limpieza y de seguridad, albañiles que restauran los destrozos e incluso diálogos registrados como al pasar, en que se escuchan las quejas por la tacañería de los familiares de los muertos a la hora de pagar por el mantenimiento de los sepulcros.

La tribuna porteña que profesa la mentira ignora a las masas a menos que necesite comprar su voto o su puñal. Pero si la masa llega alguna vez a sublevarse ¡ay de ella! Se arrasan sus campos, se reduce a cenizas sus hogares y se persigue a los hombres como fieras. Entonces los asesinos se llaman héroes, y el facón del más feroz de los verdugos se transforma en fulminante espada de justicia.

¿Una película cuyo verdadero peso está puesto en las palabras? Sí: la retórica de las citas elegidas es tan poderosa, su invocación al exterminio del adversario (el único vínculo entre ellas parece ser el ejercicio metódico del odio y la violencia) tan poderoso, que las escenas transcurren como en un sueño con visos de pesadilla. Y la cadencia de las lecturas y el encadenamiento de los textos generan en el espectador la ansiedad por la próxima cita. ¿Quién será el autor de ese llamamiento? ¿Cuál su signo político e ideológico declarado? Y con la develación de la autoría, la explosión de sentido.

El liberalismo, como hábito de respetar el disentimiento de los otros ejercido en nuestra contra, es cosa que no cabe en la cabeza de un liberal argentino. El disidente es enemigo, y la disidencia de opinión es guerra, hostilidad que autoriza la represión y la muerte.

Por la pantalla pasan los lectores: Alejandro Tantanian, Mariana Enriquez, Carlos Gamerro, Gustavo Nielsen, Martín Kohan, Agustín Mendilaharzu, Félix Bruzzone, Emilio García Wehbi. Leen y cuando terminan, sus siluetas de desvanecen de a poco, como si fueran fantasmas en fuga. A veces, en medio de un plano, irrumpen los turistas: con las bolsas de las compras colgando de los brazos, dialogan entre ellos y toman fotografías.

Con esta sociedad, pues, en que la cultura del espíritu es inútil e imposible, donde el bien público es una palabra sin sentido porque no hay público, el hombre adopta los medios y caminos que encuentra: el gaucho será un malhechor o un caudillo. Costumbres de este género requieren medios vigorosos de represión, y para reprimir desalmados se necesitan jueces más desalmados aún.

El largo plano aéreo final musicalizado con Va pensiero , el coro del tercer acto de Nabucodonosor de Giuseppe Verdi, es un cierre perfecto (los significados del recorrido que se muestra son múltiples, y convocarlos aquí sería empobrecerlos) y una de las secuencias más fuertes que se hayan visto en el cine argentino en mucho tiempo.

Primero mataremos a los subversivos, después a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, después a los que permanezcan indiferentes, y finalmente a los tímidos.

No resulta forzado ni extraño pensar a Tierra de los padres en sintonía con la obra teatral Apátrida, de Rafael Spregelburd. Pueden leerse como un díptico que se interroga por las formas en que se construye una nación y la idea de patria a través de posiciones antagónicas, y los terribles efectos de esas colisiones. Tampoco, en su carácter de ficción documental, imaginar que se trate de una película digna de ser integrada a los programas educativos de los colegios secundarios argentinos.

Finalmente, los autores de los fragmentos intercalados en la nota. En orden: Juan Lavalle (Proclama contra Estanislao López, 1840); Juan Manuel de Rosas (Discurso de asunción ante la Legislatura, 1835); Eva Perón (Mi mensaje, 1952); Julio A. Roca (Discursos, 1878); Carlos Guido y Spano (Ráfagas, 1879); Juan Bautista Alberdi (Escritos póstumos, 1910); Domingo F. Sarmiento (Facundo, 1835); Ibérico Manuel Saint-Jean (Discurso del 25 de mayo, 1977).

(Publicado en lanacion.com)

Tags: Columnas de opinión propias en LA NACION y otros medios (2012 en adelante)