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Más librerías impresionantes

julio 18th, 2012 · No Comments

En el blog del fotógrafo Christoph Seelbach.

Tags: Leído, visto y oído (en la web)

Balzac también escribía cartas de amor

julio 18th, 2012 · No Comments

“June 1835

MY BELOVED ANGEL,

I am nearly mad about you, as much as one can be mad: I cannot bring together two ideas that you do not interpose yourself between them. I can no longer think of nothing but you. In spite of myself, my imagination carries me to you. I grasp you, I kiss you, I caress you, a thousand of the most amorous caresses take possession of me. As for my heart, there you will always be — very much so”.

El texto completo, acá.

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El oficio de escritor / 2: Hernán Ronsino

julio 18th, 2012 · No Comments

Por Nacho Damiano

Foto: Gentileza Pocha Silva

 

-¿Por qué escribís?

-No escribo para transmitir algo, para contar algo puntual. No quiero dar un mensaje específico, lo hago por el propio deseo de escribir. La idea es que la escritura esté movilizada por un deseo en la escritura misma y no por la necesidad de contar algo. Hay un ensayo de Juan Villoro que se llama De eso se trata, es un libro que se publicó en Chile, en la Universidad Diego Portales, en el que él trabaja la diferencia entre escribir para contar algo y escribir por el propio deseo de escribir. En ese sentido, me parece que por ejemplo Facundo u Operación Masacre, que son dos grandes textos políticos, resisten el paso del tiempo porque están muy bien escritos, muy apasionadamente. Si bien la idea principal, el “artefacto” político digamos, es central en esos libros, sobreviven al paso del tiempo por la potencia de la escritura. Rivera dice que El precio, su primera novela, es una mala novela. Y es un texto que está muy cercano al realismo más político, más panfletario. Creo que lo que le permite trascender a Facundo o a Operación Masacre es que primero y antes que nada son grandes obras literarias, que en el momento de ser escritas denunciaron algo. No estoy negando la dimensión política de esos textos, al contrario, pero no son meros panfletos. Volviendo al principio, lo que me moviliza a mí no es transmitir una idea, es escribir. Inevitablemente cuento una idea, pero eso viene después.

-¿Cuándo supiste que ibas a ser escritor?

-Es difícil responder a la idea de forma, al “ser un escritor” o “no ser un escritor”. Todo el tiempo es un interrogante, ¿cuándo uno se transforma en escritor? ¿Cuando publica un libro? La idea de escritor también supone una imagen pública, un reconocimiento de un cierto campo literario, pero yo empecé a escribir más allá de la intención de ser un escritor. Me dí cuenta de que el deseo de escritura (y su concreción) me permitían reflexionar sobre mi propia identidad. Además, la sociología me permite explorar otros territorios. Me definiría como un narrador más que como un escritor. Es eso, soy un narrador.

-¿Qué voces de otros escritores encontrás en tus textos? ¿Qué otras prosas notás que se filtran en tu narrativa?

-De algún modo todo lo que leés te deja alguna impronta. Quizás la más fuerte sea Faulkner. Beckett, el de la trilogía narrativa, el de Molloy, El innombrable y Malone muere. Ese Beckett me marcó por su exploración literaria. Marguerite Duras, que además es una autora que siempre que la leo me genera ganas de escribir, me deja en un estado de escritura. Después, encuentro a muchos: Rulfo, Saer, Onetti, Conti. Miguel Briante me parece muy interesante y ha quedado en un territorio medio marginal en cuanto a reconocimiento. Ha escrito muy poco y todo apareció en los ´60 y ´70. Lo que yo escribo está muy conectado con el universo Briante. Puig, sin dudas.

-¿Cómo escribís? ¿Tenés un orden estructural, algún tipo de método?

-En mi caso, el proceso de escritura tiene distintas etapas. Primero, estoy muchísimo tiempo tratando de explorar visualmente la zona en la que quiero trabajar. Es lo que más tiempo me lleva: ver la imagen. Es como cuando filmás, que antes vas y ves las locaciones que vas a usar, te fijás exactamente dónde querés que sucedan las acciones. A mí me pasa algo muy parecido, pero en el terreno de la imaginación. Es como una exploración visual del territorio. Eso lo necesito de un modo central para poder ponerme a escribir. Necesito la imagen del lugar en el que voy a trabajar literariamente cada escena.

-De alguna manera tu “germen” es visual.

-Sí, en mi caso el germen es un trabajo de ubicación visual. Y toda esa primera parte consiste en ir abriendo, es como si tuviera un terreno lleno de maleza y lo tuviera que limpiar para poder levantar algo ahí. Es la espesa selva de lo real, como dice Saer. Una vez que tengo eso (que me lleva mucho tiempo, en la novela que estoy terminando ahora me llevó más de un año), me empiezan a aparecer escenas y situaciones y las empiezo a articular, a acomodar.

-¿En esa etapa tomás apuntes? ¿O cuando empezás a escribir ya estás trabajando en la obra propiamente dicha?

-Sí, en el primer período voy tomando apuntes. Lentamente se empieza a armar un “estado de cosas”, un clima. Una vez que eso más o menos está, me pongo a trabajar sistemáticamente, con un tiempo más ordenado y más diario. En la primera etapa el trabajo es más espaciado, hago otras cosas hasta que el texto me toma, me captura. El momento de la escritura en sí es el segundo. Ahí sí, sistematizo.

-¿A qué llamás “sistematizar” exactamente?

-A trabajar alrededor de dos horas por día. La escritura ahí funciona de un modo muy moroso. En esa etapa sí hay algo de artesanal: puedo estar todo el día trabajando un parrafito. A medida que escribo, voy corrigiendo. Una vez que lo dejo listo, ese parrafito ya está, se edita así. Por eso me lleva mucho tiempo narrar todo lo que quiero narrar, ése es el trabajo de precisión de la escritura. Me parece que está bien compararlo con lo artesanal, voy como puliendo detalles, sacando las impurezas, y al mismo tiempo haciendo aparecer en la prosa una musicalidad, un ritmo, que es lo que más me interesa. Hasta que la frase no encuentra esa velocidad, esa musicalidad, yo siento que le falta algo.

-¿Cómo seleccionás el material propicio para escribir?, ¿cómo te das cuenta de que una imagen es una narración potencial?

-El filtro se activa entre la imagen y la musicalidad, sucede en el proceso mismo de la escritura. El equilibrio entre el territorio visual imaginario del primer momento con la musicalidad de la frase me hace pensar que ahí hay algo. En la escritura hay algo que inevitablemente aparece, y mucho queda afuera, como por debajo, como algo no dicho. La escritura funciona como una especie de isla que sedimenta la idea, dejando el resto por debajo.

-O sea que te largás a escribir cosas que no terminan transformándose en relatos, vas abandonando textos truncos en el camino.

-Sí, y al revés también: muchas veces siento que no dije todo lo que quería decir, pero llego a una imagen, a una expresión que de alguna manera condensa todo lo que creía que tenía que decir. Pero sí, muchas cosas quedan afuera.

-Antes mencionabas que el proceso de corrección es casi simultáneo al de la escritura, vas puliendo el texto a medida que lo creás. ¿Qué más podés decir de la forma en la que trabajás la corrección?

-Hay una obsesión ahí, muy clara, aunque la disfruto, no es un proceso de obsesión padeciente. Primero, trato de reconocer las ganas que tenga de escribir, para que se vuelva un placer y no una obsesión. Cuando no pasa nada, que mi cuerpo incluso me dice “no es momento de escribir”, me levanto y lo dejo, porque si no me frustro. Lo que sí hago es tratar de generar las condiciones para que escribir sea placentero, y que en ese proceso de escritura la corrección y la obsesión aparezcan porque encontré el equilibrio entre el ritmo y la imagen, un equilibrio entre la musicalidad y lo que quiero mostrar. Ésa es la obsesión por la corrección.

-Cuando trabajás una novela, ¿sabés todo lo que va a pasar? ¿Tenés toda la trama en la cabeza o te vas contando una historia que te va sorprendiendo a vos mismo?

-Me gusta cuando sucede como una Jam session. Tengo un par de notas básicas, un par de temas que quiero que sucedan: “hay dos tipos que se encuentran y pasa esto”, pero dejando la puerta abierta a lo que aparezca, si no, no tiene mucho sentido. Dejo la posibilidad de que se filtre algo, una incertidumbre que pueda llegar a torcer el rumbo, que me interrogue; que en la escritura aparezca algo que me haga repensar el plan que había tramado. Está bueno cuando eso aparece, porque si no es como calcar una idea. Siempre me pasa, me pregunto “¿de dónde salió esto si hace cinco segundos ni siquiera me lo imaginaba?”. Eso es lo maravilloso de la escritura, que aparece con esa lógica del inconsciente, hay algo que no se puede mencionar, no se puede nombrar si no lo escribís. Muchas cosas no sabés que van a suceder hasta que no las escribís. Me gusta esa definición de Clarice Lispector que dice que ella sólo puede saber qué es escribir escribiendo, sólo puede descubrir qué significa la escritura en el proceso mismo de escritura. Por eso escribir es una aventura, a veces te devuelve algo que vos no conocías. Más allá de cualquier mapa, de cualquier plan que tengas, hay cosas que aparecen solas. Me gusta la imagen del viajero: uno cuando viaja se lleva un mapa, una idea de cómo es el lugar y qué es lo que quiere ver; pero cuando ponés el cuerpo, lo que sucede no está en ningún mapa.

-Hablemos un poco del trabajo con los personajes. ¿Cómo los armás? ¿De dónde sacás los nombres propios?

-Los nombres no responden a nada en particular, son pura invención a partir de cómo suenan. No tienen significación más allá de que me gusten. De todos modos, creo que en el nombre está el carácter, la definición del personaje. Cuando encuentro un buen nombre, veo a la persona que lo encarna. Yo no puedo imaginármelos físicamente, tengo los trazos muy diluidos en la cabeza, pero el espíritu sí lo veo y de alguna manera está condensado en el nombre, que a la larga es lo único que tenemos, ¿no? Lo único concreto que tengo cuando trabajo un personaje es el nombre. En el caso de Glaxo puntualmente, hay un personaje que nace de un personaje de Faulkner, de Mientras agonizo, el tontito de la familia, se llama Vardaman. Yo le cambié una letra y le agregué una N al final y lo convertí en un personaje importante de Glaxo, es Vardemann. Quise reflejar esa marca del mundo faulkneriano en el nombre del personaje.

-¿Se puede enseñar a escribir?

-Hice talleres y dí talleres. Después de esas experiencias creo que el taller es un espacio de entrenamiento más que de aprendizaje. Si no tenés una conexión previa con la escritura y con la literatura, si no tenés un mundo que venga de la experiencia de la lectura y por otro lado si no está ese deseo del que hablábamos antes, el taller no te va a servir para nada. Es un espacio de entrenamiento, de prueba de técnicas, de devoluciones de un tipo que vos respetás. Que no es para nada menor, a mí me sirvió muchísimo el taller que hice, pero tiene que haber otra cosa para que sirva. Si no, se vuelve un espacio en sí mismo, se transforma en un club o en una salida al cine de todos los jueves.

-¿Cuáles son tus obsesiones literarias? Estoy convencido de que la mayoría de los escritores a la larga escriben toda su obra alrededor de tres o cuatro temas. ¿Cuáles son los tuyos?

-Estoy de acuerdo con esa premisa. A medida que van pasando los libros veo cada vez con más claridad que me interesa reflexionar sobre mis obsesiones para enfocarlas desde otro lugar, para que mi obra no termine siendo un compendio de repeticiones. De todos modos, creo que es una lucha en la que al final la obsesión va a terminar ganando, pero es una batalla que me interesa plantear, no quiero escribir siempre lo mismo. Las obsesiones que veo que resplandecen en mis tres libros tienen que ver con una zona rural o pueblo chico, tienen que ver con la exploración de la memoria y tienen que ver con la violencia. Política, memoria y violencia en un espacio rural o pueblerino, podemos ponerlo así. Memoria y violencia me están apareciendo cada vez con más fuerza.

-¿Tenés cábalas o rituales al momento de empezar a trabajar?

-Sí, necesito estar solo. En el lugar que sea, pero solo. Si no, siento la amenaza de la interrupción. Trato de que sea siempre en el mismo lugar, en mi casa, pero siempre en algún momento en el que esté solo. Y me desconecto de todo: teléfono, Internet, todo. Quizás busco algún dato en Google, pero no estoy conectado cuando escribo, la tentación sería muy fuerte.

-¿Qué consejo le darías a alguien que está empezando en el universo de la literatura?

-Que ponga un kiosco. Además de eso, primero leer. Es una obviedad pero es fundamental. Después, tratar de empezar a reconocer un tiempo de escritura, no apurarse por publicar ni por terminar un libro. Cada uno tiene sus tiempos y es todo un trabajo reconocer eso. Creo que cuando aprendés qué tiempo necesitás para formar una historia dentro tuyo, los tiempos de procesarla y contarla, te reconocés como escritor. En mi caso sucede así. Yo me reconozco como escritor cuando descubro cómo funciona el oficio en mi vida. ¿De qué modo se impone el oficio, cuáles son sus tiempos, cuáles sus dificultades? Ése es el gran aprendizaje, me parece.

-Vamos un paso más adelante. ¿Qué consejo le das a quien ya tiene algo terminado y quiere intentar publicarlo?

-Yo mandé a concursos y después empecé a mostrar en editoriales. Incluso, mi primer libro de cuentos fue un libro que recibió una mención del Fondo Nacional de las Artes y lo financié yo. Al principio no me gustaba la idea, decía “¿cómo voy a pagar para editar un libro mío?”, me parecía algo tremendo. Pero dar ese paso, tener ese libro, me permitió mostrar lo que yo hacía, me permitió llegar a determinada gente a la que no habría llegado de otra manera y entrar en contacto con integrantes de lo que podríamos llamar “el campo literario”. Esos primeros pasos, que uno puede pensarlos como terribles (es verdad que no está bueno pagar tu primera edición), en realidad yo lo tomo como una inversión, como una apuesta para que empiece a circular lo que hacés. Si no, terminás odiando a todo el mundo porque no te quieren publicar. Hasta que un día te das cuenta, ¿por qué habrían de publicarte? ¿Qué cosa grandiosa hiciste? Todo ese proceso de insertarte en el circuito es muy lento, contradictorio con la ansiedad que uno tiene por mostrar lo que hace. Además, los tiempos de decisión para editar un libro no tienen nada que ver con lo que uno imagina. Ahora hay cada vez más espacios alternativos de edición: editoriales chicas que le dan lugar a autores nuevos, podés tener una página propia en Internet, hay muchas más posibilidades que hace quince años para los que empiezan a publicar.

-¿Qué lecturas le recomendás a alguien que quiere escribir?

-Escribir, de Marguerite Duras. Gramática de la fantasía, de Gianni Rodari, un libro interesantísimo. Rodari escribió mucha literatura infantil, es un italiano que escribió ese libro pensando que las escuelas tenían que tener una materia que sea “fantástica”, que estimule a escribir, a producir escritura. Así como hay una Botánica o una Matemática, que haya una materia que fomente la imaginación. En ese libro hay ejercicios de escritura muy interesantes. Homero, también. En realidad, cualquier clásico puede ser muy motivador para escribir. El tema, me parece, es cómo leas lo que leés. Si no hay una mirada originada en el deseo de escribir, una mirada voraz, muy detallista de las cosas, es más difícil. Pero si tenés esa mirada, a través de ella cualquier situación puede ser el germen de una historia, cualquier suceso puede desatar el proceso de escritura. Lo podés encontrar en el diario o en el ascensor de tu casa. El tema es que exista esa mirada atenta y alerta, ese reflejo del deseo de escritura. Si no está eso, podés leer todo lo que quieras que no va a pasar nada.

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