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Slavoj Zizek sobre la última entrega de Batman

agosto 9th, 2012 · No Comments

“Here we reach the crucial moment of the film: Bane’s takeover is accompanied by a vast politico-ideological offensive. Bane publicly reveals the cover-up of Dent’s death and releases the prisoners locked up under the Dent Act. Condemning the rich and powerful, he promises to restore the power of the people, calling on the common people to “take your city back” – Bane reveals himself to be “the ultimate Wall Street Occupier, calling on the 99% to band together and overthrow societal elites.” What follows is the film’s idea of people’s power: summary show trials and executions of the rich, streets littered with crime and villainy…”.

El artículo se llama La dictadura del proletariado en Ciudad Gótica, y está en inglés acá. (Gracias, María).

Tags: Discusiones y polémicas

Una cita literaria y una canción por día

agosto 9th, 2012 · 2 Comments

Una señorita llamada María Popova tuvo una de esas ideas simples que enseguida prenden en Internet, y no le está yendo nada mal. Eso sí, vamos a ver cuánto aguanta: todos los días sube una cita literaria a su página, Literary Jukebox, y la musicaliza con un tema elegido ad hoc. Click acá.

Tags: Leído, visto y oído (en la web)

Cuelguen al DJ, quemen la radio ¡Saquen esa canción!

agosto 9th, 2012 · 3 Comments

Por Maximiliano Tomas

Hace algunos años el escritor Pedro Mairal publicó un cuento titulado El hipnotizador personal. El protagonista del relato está enamorado de una chica que conoció en un taller literario y que estudia cine. La lleva a pasear en bicicleta, sufre de amor, la acompaña a comprar libros que ella jamás lee. Cierta vez, en una reunión, alguien hace una pregunta general, del tipo “si pudieras pedir cualquier cosa, ¿qué te gustaría tener?”. Y esta chica, ante la sorpresa de todos, responde: “un hipnotizador personal”. ¿Un qué? Una persona que se dedique a borrarle los tiempos muertos, explica, a hipnotizarla durante los momentos aburridos de su vida. Alguien que, como escribe Mairal, “le editara la vida”. ¿Cómo funcionaría eso? “El hipnotizador tenía que dormirla, por ejemplo, antes de salir de viaje a París. La subía dormida al auto, la llevaba al aeropuerto, le hacía los trámites, la subía al avión y la despertaba un rato durante el vuelo para comer; después la volvía a dormir y la despertaba en el taxi, en las calles de París, camino al hotel. Tenía que ser un tipo fuerte, que pudiera llevarla en brazos”.

El otro día, viendo un partido de Las Leonas por los Juegos Olímpicos (aprovecho este espacio para declararme oficialmente enamorado de Carla Rebecchi, más allá de los resultados de la competencia: no debo ser el único), pensaba que ese momento había llegado. Que alguien, sin que nadie lo pidiera, se había hecho cargo de editarnos la vida: en este caso durante un partido de hockey. ¿Desde cuándo se decidió que, en el momento en que se va a ejecutar un córner corto, comience a sonar una música atronadora de suspenso y misterio, para darle mayor énfasis a lo que está sucediendo en la cancha? ¿Por qué soportan las jugadoras, los técnicos y el público esta tortura sonora, y no piden que vuelva a reinar el silencio? ¿Quién fue la luminaria que cree que esa banda de sonido extraída de una película de acción le agrega emoción al juego? Algo parecido sucede en los partidos de la NBA, aunque sólo durante algunos instantes: pero la NBA no es todo el básquet, sino algo más parecido a un show televisivo producido en Hollywood. Ahora los ingleses, o alguien en el Comité Olímpico, decidió que esos modos de maquillar el deporte, como si al deporte le hiciera falta algo más que dinámica y buen juego, debían ser importados por el hockey. Y en cualquier momento empezaremos a ver porristas en Roland Garros, o a pedir que repitan las faltas y los goles en pantalla gigante dentro de los estadios de fútbol.

Hay que ser justos y decir que estas situaciones no son algo privativo del deporte. Hace un año el pianista Keith Jarret se fastidió, durante el concierto que ofreció en el Teatro Colón, con la gente de la platea que insistía en sacar fotos o filmar su actuación. Jarret, que improvisa sus ejecuciones, pretende que cada concierto sea un acontecimiento único, y además dice, con toda razón, que los flashes y las luces de las cámaras y los teléfonos celulares lo desconcentran. Tampoco es extraño ver hoy en algunas presentaciones de libros que en una pantalla ubicada detrás de los escritores que están leyendo o charlando haya alguien que, desde una computadora, proyecte en vivo los tweets sobre las cosas que se están diciendo en la mesa. Hasta no hace mucho, los contingentes de turistas asiáticos que recorrían las salas de los museos del mundo detrás de sus cámaras de alta tecnología, viendo todo sin ver nada, eran objeto de burla. Hoy no hay recital de rock que no sea mediado: en lugar de disfrutar del show que sucede a pocos metros, gran parte del público decide, por alguna extraña razón, seguir todo a través de una pantalla digital. Como si ya no fuera posible la experiencia pura. O peor: como si se le tuviera terror a la sola idea de poder disfrutar de algo mientras sucede, sin estar haciendo, al mismo tiempo, alguna otra cosa.

¿Las nuevas tecnologías nos están convirtiendo en seres incapaces de mantener la concentración, de entregarnos sin más a la lógica del acontecimiento? ¿Terminaremos todos reclamando, como la chica del cuento de Mairal, alguien que nos edite la vida? El enigmático escritor J.P. Zooey (nadie sabe quién es, ni le conoce la cara), uno de los más originales de la nueva literatura argentina, tiene dos libros fascinantes: Sol artificial y Los electrocutados. Dentro de los universos fantásticos que construye en ellos, la tecnología y sus efectos sobre la vida de las personas son puestos en conflicto, pensados de manera crítica. En una de las pocas entrevistas que dio, le preguntaron por qué tenía una mirada desesperanzada sobre la Web. La respuesta fue contundente: “Porque se está sirviendo de nosotros, está logrando un capital lingüístico, un capital afectivo, un capital de atención enorme y, por ahora, no nos ha dado nada. ¿Cuánta gente está pasando horas, apretando teclitas, frente a un vidrio? Esa persona está suministrando a Internet una cantidad de atención, de afecto, de emociones, de lenguaje, y a cambio recibe ojos irritados, contracturas en el cuello y falta de tiempo”.

(Publicado en lanacion.com)

Tags: Columnas de opinión propias en LA NACION y otros medios (2012 en adelante)