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Los diez libros más difíciles de leer

agosto 13th, 2012 · No Comments

Creo que se nos ocurrirían otros, bastante más complicados, o al menos haríamos una división entre géneros. Pero esta es la lista a la que llegó la gente de Publishers Weekly (y donde figuran, un poco obviamente, Hegel, Heidegger y Joyce).

La nota completa, acá.

Tags: Discusiones y polémicas

Todo juguete es político

agosto 13th, 2012 · No Comments

Por Maximiliano Tomas

La bibliofilia (o la profundización de ese sentimiento hasta la obsesión: la bibliomanía) puede adoptar múltiples formas. Hay amantes dispuestos para cualquier tipo o especie de libro, y no son pocos los que manifiestan una particular devoción por los diccionarios y las enciclopedias (Fogwill era uno de ellos). Sobran motivos para compartir esa pasión. En mi escritorio, por ejemplo, tengo a mano volúmenes irresistibles: el Diccionario del habla de los argentinos de la Academia Argentina de Letras; el Diccionario etimológico del lunfardo de Oscar Conde; el Diccionario fraseológico del habla argentina de Pedro Luis Barcia y Gabriela Pauer; el Diccionario de filosofía de José Ferrater Mora; el Diccionario razonado de la literatura y la crítica argentinas (siglo XX), de Rocco Carbone y Marcela Croce; el Diccionario de autores latinoamericanos de César Aira, que contiene la mejor y más sintética descripción de la figura y la obra de Ernesto Sabato que conozca: “Sobre su robusto sentido común, sobre sus ideas convencionales y políticamente correctas (que lo hicieron en su vejez un favorito de los medios) era imposible ajustar pretensiones de escritor maldito o endemoniado, o tan siquiera angustiado; no tuvo más remedio que crear un personaje que se dice malo, atormentado y sombrío, con una insistencia francamente infantil”. Y, por último, un libro tan como curioso como atractivo: el Diccionario de juguetes argentinos de Daniela Pelegrinelli.

Se sabe al menos desde el Homo ludens (1938) de Johan Huizinga, si no antes, que no hay hombre sin juego, ni juego sin hombre; sin esa “acción u ocupación libre que se desarrolla dentro de unos límites temporales y espaciales determinados, según reglas absolutamente obligatorias, aunque libremente aceptadas, acción que tiene su fin en sí misma y va acompañada de un sentimiento de tensión y alegría y de la conciencia de ‘ser de otro modo’ en la vida corriente”. Lo más probable es que la cultura humana sea un derivado de la puesta en escena de juegos prehistóricos. Y para jugar, evidentemente, se necesitan juguetes. La ficción moderna fue pródiga en la creación de historias donde esos juguetes se convirtieron en personajes, cobrando vida, adoptando almas caritativas o despiadadas (de Pinocho a Chucky, o a los integrantes de la pandilla de Toy Story). Y tanto Sigmund Freud como Walter Benjamin, entre otros, entrevieron la relevancia que juguetes y muñecos tuvieron para la psicología humana y la historia social contemporánea.

En el prólogo de su diccionario, una suerte de historia razonada del juguete argentino entre los años 1880 y 1965, Pelegrinelli escribe: “Los juguetes no son inocentes. La cultura los moldea según sus costumbres, modos de pensar y de trabajar, convirtiéndolos en un recurso repetitivo y tenaz con que una sociedad busca hacernos un lugar en ella. Objetos del mercado y productos de una industria, son por fuerza fieles a su época y la encarnan tal como es, con sus brillos y sus sombras”. Cuenta que fue a fines del siglo XIX cuando aparecieron los primeros fabricantes de juguetes en la Argentina. Pero que recién a mediados del siglo XX -con las dificultades que generó la Segunda Guerra Mundial (la mayoría de los juguetes se importaban desde Alemania e Inglaterra) y la demanda provocada por el crecimiento de las poblaciones urbanas y, en buena medida, los repartos promovidos durante el primer y segundo gobierno justicialista a través de la Fundación Eva Perón- se evidenció el surgimiento de una verdadera industria. Una industria que desde 1978, con la apertura a la importación sin restricciones de la dictadura militar, entró en franca decadencia. Puestos en contexto, el carácter meramente lúdico de los juguetes se resquebraja y su responsabilidad en la asignación de roles sociales, o en la formación y repetición de estereotipos y prejuicios (en fin, de esquemas ideológicos) aparece en toda su desnudez.

Pero el recorrido que propone el Diccionario de juguetes argentinos, con sus entradas ordenadas alfabéticamente y escritas con rigurosidad y estilo, con sus fotografías, ilustraciones y la reproducción de los afiches y las publicidades de los fabricantes, lo convierten también en un objeto  más que apto para el juego. Ahí están las historias del Cerebro Mágico, de la pelota Pulpo, del Estanciero o los Rastri. Sí: un libro para desviarse, perderse, ir hacia adelante por las páginas y volver atrás, que mueve a la curiosidad y al recuerdo y obliga a preguntarse, por qué no, por los efectos que tendrá en el futuro el reemplazo de la materialidad por el apabullante reinado de la tecnología.

(Publicado en la revista Quid).

Tags: Columnas de opinión propias en LA NACION y otros medios (2012 en adelante)