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Sin heroísmos, por favor: contra algunos mitos de la crónica

agosto 15th, 2012 · 1 Comment

Por Maximiliano Tomas

Despejemos algunos errores y malentendidos alrededor de este género que hoy (al decir hoy decimos la última década y media, más o menos) llamamos crónica, que poco tiene de nuevo y que consiste, básicamente, en hacer periodismo con las herramientas formales de la literatura. Siempre hubo gente que desarrolló una mirada personal sobre los temas cotidianos, y al mismo tiempo se preocupó por trabajar sus textos con las exigencias de un buen escritor de ficciones. Fueron las excepciones, pero fueron unas cuantas en el último siglo y medio largo: desde Martí, Mansilla y Sarmiento a Caparrós y Monsiváis, pasando por Hersey, Capote, Talese, Raab, Walsh y Eloy Martínez. ¿Qué fue lo que pasó para que ahora la palabra “crónica” circule con tanta frecuencia y se haya visto recubierta por una pegajosa pátina de prestigio? Pasó que un grupo heterogéneo de escritores de ficción y no ficción, en diversas partes de Latinoamérica, reaccionó contra el periodismo adelgazado que se convirtió en dogma a principios de los 90 (síntesis extrema, primacía de la imagen, profusión de infografías y facilitadores de lectura), y mientras publicaban sus extensos artículos en medios cada vez más especializados empezaron a pensar cómo escapar a la dictadura del diseño gráfico y los editores perezosos. Uno (pero solo uno) de esos centros de reflexión fue la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), fundada en 1994 por Gabriel García Márquez.

Así, hoy todos dicen escribir o querer escribir crónicas. Pero alto ahí, muchachos. Porque el del cronista es un lugar al que se llega, no del que se parte. Para ser cronista se necesita tener una visión propia del mundo, una historia relevante para contar, y haber desarrollado un estilo narrativo personal que la haga interesante de leer. Es recomendable ejercer el periodismo antes de querer ser cronista, y no al revés. Un joven estudiante no podría ser nunca un buen cronista: aunque la sabiduría, la cultura y el talento no vienen necesariamente con la edad, sí se adquieren, en general, con la experiencia. Antes de pretender contar el mundo, valdría la pena ponerse a leer (por cada página escrita cien leídas, decía Ryszard Kapuscinski), viajar, conocer gente, en fin: vivir.

Muchos escritores de ficción pura también quieren escribir crónicas. Es entendible: trabajan con la palabra y su firma viene nimbada por el campo literario y académico, con lo cual los encargos de los medios masivos representan una manera en apariencia sencilla de ganar dinero. Sólo hay que ver, contar y facturar. La industria editorial también saca provecho de la situación: si casi no existen revistas donde publicar crónicas (la paradoja de la supuesta moda del género: todos escriben crónicas pero, ¿dónde publicarlas?), entonces haremos libros. No es una mala idea. A las editoriales la ecuación les cierra: la crónica tiene el carácter de actualidad que otorga el periodismo urgente y atrae a los lectores eventuales, y a diferencia de los libros de investigación (cuya obsolescencia es casi inmediata), también el prestigio de la literatura. Así, se editaron unos pocos libros excelentes y demasiada hojarasca: periodismo estándar disfrazado de crónica. Muchos periodistas (jóvenes y ambiciosos, o entrados en años pero sin talento) reconvertidos en cronistas aprovechan la marea para publicar sus libros, sin pensar en los pobres árboles talados por su vanidad. No importa: ya pueden abrir un taller, postularse a becas, integrar el cuerpo docente de una maestría en periodismo.

Digamos, finalmente, que no todo es deplorable: a pesar del oportunismo, la crónica sigue siendo la mejor alternativa para combatir el periodismo telegráfico y el analfabetismo funcional tan difundido en la profesión. No es poco. Tal vez, incluso, sea el terreno más fértil del periodismo escrito de la actualidad.

(Este texto fue originalmente pedido para ser publicado en la revista Ñ de Clarín).

Tags: Columnas de opinión propias en LA NACION y otros medios (2012 en adelante)

El oficio de escritor / 5: Sergio Bizzio

agosto 15th, 2012 · 5 Comments

Por Nacho Damiano (nachodamiano@gmail.com)

Foto: Gentileza Julia Gutiérrez.

-¿Por qué escribís?

-Es verdad. Yo me digo siempre lo mismo.

-¿Qué encontrás en la literatura que otro tipo de expresión (por ejemplo el cine) no te ofrece?

-Empecé a escribir y a leer de verdad a los 12 años, cuando mi mamá me regaló un libro y después otro, y a esa edad también me convertí en un espectador diario de cine: mi papá había comprado una sala y yo iba a todas las funciones. Así que el gusto por la literatura y el cine, o “los” gustos por la literatura y el cine, se fueron desplegando a la vez. En algún momento empecé a escribir guiones y a venderlos, y algunos a dirigirlos yo mismo. El mes pasado terminé de filmar mi tercer largometraje, que espero estrenar en marzo del año que viene. Lo mejor que me pasó en los últimos años es que pude hacer una película después de escribir una novela, y terminar la película y dedicarme a otra novela, y así sucesivamente. De modo que no hay falta de oferta de uno u otro, sino complemento. En cierto sentido es una alternancia entre mi madre y mi padre, esas naves.

-¿Cómo te llevás con otras artes más allá del cine, por ejemplo con la música y la pintura?

-Escucho música varias horas por día. Tengo un par de amigos con los que intercambio información sobre cosas nuevas o poco conocidas, y en general lo escucho todo de principio a fin, atento y concentrado. De chico tuve una experiencia negativa con la práctica de la música, y con la pintura también, por lo que quizá no se convirtieron nunca en mis actividades principales, pero la música y la pintura son las dos artes que más me gustan. Estudiaba guitarra con un profesor que venía de otro pueblo (yo vivía en un pueblo) a darnos clases particulares, a mí y a otros chicos, y se dormía cada vez que yo empezaba a tocar. Una noche dio un concierto en un club y fui a saludarlo después de la función y no supo quién era. Fin de la música. Había empezado a pintar. Estaba entusiasmado y creo que lo hacía con cierta pericia. Cierto día estaba pintando al óleo una cara de mujer, era lo mejor que había pintado en mucho tiempo, era perfecta, y un amigo de mis padres que acababa de entrar, al que yo respetaba y admiraba, vio el cuadro casi terminado y dijo “¿a ver?”, y agarró un pincel, lo mojó en óleo negro y le hizo unos bigotitos. Y no fue precisamente Duchamp interviniendo a Da Vinci. Fin de la pintura. Por suerte empecé a escribir.

-¿Y cómo fueron las primeras experiencias con la crítica de tu trabajo literario? ¿Ya estabas más curtido o fueron buenas de entrada?

-No, fueron malas, malas y bien surtidas.

-Con respecto a tu forma de trabajo, ¿tenés un “orden”, una rutina?

-No. Soy muy indisciplinado, incluso cuando algo ya se apoderó de mí. En esos casos, que son todos los casos, puedo escribir muchas horas por día durante meses, pero por lapsos siempre irregulares y caprichosos, y que sumados, sin embargo, no dejan lugar para nada más. A veces ni siquiera para comer o dormir.

-¿Por qué no participás en mesas redondas, ni en festivales, ni en congresos y presentaciones?

-Porque me aburro. No le encuentro ningún sentido. Muchos escritores sí lo hacen, quizá la gran mayoría. Algunos están en todos los cócteles. El riesgo de eso, es que en lugar de convertirse en grandes escritores terminen convertidos en grandes canapés. Yo no trabajo de escritor, no soy un escritor profesional ni lo quiero ser.

-¿Qué sería, para vos, “trabajar de escritor”? ¿Qué implica esa construcción?

-Hacer carrera. Una charla por acá, una beca por allá, un viajecito… Pero no digo que eso esté mal, aunque lo ironice. Digo que no es lo que elijo.

-¿Cómo nace una narración? ¿Cómo te das cuenta de que tenés un relato en potencia entre manos, que una determinada historia es “material de ficción”?

-En realidad no tengo que darme cuenta de nada, porque todo lo que pienso o todo lo que se me ocurre es material de ficción.

-¿Armás una primera versión del texto y luego corregís todo o corrección y escritura son parte del mismo proceso?

-Son parte del mismo proceso. Corrijo a medida que escribo, aunque en general hago una última corrección al final del día.

-Pienso en Rabia y en Realidad, por ejemplo, y los narradores son muy diferentes entre sí. ¿La historia ya “trae” su tono desde su nacimiento, la forma de la voz narrativa es inherente al relato o es algo que trabajás aparte?

-El tono es un personaje. Nadie sabe muy bien qué es el estilo (Capote decía que el estilo es la personalidad), pero sin duda el tono es un personaje más, y en muchos casos incluso el personaje principal. Rabia está narrada en un tono seco, casi funcional. Podría ser el tono de un viajante de una compañía de seguros que vuelve a casa después de una semana afuera. El tono de Realidad es más juguetón, más irónico y menos comprimido.

-Y ese tono, ese personaje, ¿es lo primero que tenés como material narrativo y a partir de ahí va surgiendo la historia? ¿O es al revés: tenés una historia y después buscás el personaje que la narre?

-A veces tengo un personaje, a veces una frase, a veces una historia, y a veces todo junto, pero eso no necesariamente me lleva a alguna parte, excepto a acuñar cosas que puedo usar o de las que puedo servirme después. Más que un personaje, una frase o una historia, se trata de dar con cierto personaje, cierta frase o historia. Yo tengo un montón de ideas que no me siento capaz de escribir. Y de pronto algo cuaja, por decirlo de alguna manera. No la obra total, completa, definida, solamente la ilusión de la obra, y en determinado momento una frase. Ahora, cuál es la diferencia entre una frase y otra, por qué una buena frase resulta inconducente y una frase cualquiera lo desencadena todo, es algo que no sé.

-¿Qué le dirías a un escritor que está empezando en el oficio?

-Uno escribe porque leyó. El deseo de escribir nace de algo que leímos y que nos conmovió, a lo mejor incluso de algo que nos contaron y que parecía escrito. Lo curioso es que no todos los lectores escriban. Más curioso todavía (sin exagerar) es alguien que dejó de leer y sigue escribiendo (era el caso de Copi, por ejemplo). Es un lugar común entre los escritores la afirmación de que leer es más importante que escribir. Por lo que sabemos, Rimbaud no fue precisamente un gran lector, pero escribió una obra genial en tiempo récord, y a una edad muy temprana, y “quebró el lápiz”, como dijo Faulkner, otro relativo no lector. Los ejemplos son muchos, y quizá sería interesante reseñarlos, pero por ahora me atrevo a decir: “Para poner afuera, primero hay que poner adentro”. Es probable que sea un buen comienzo.

-¿Qué te hubiera gustado que te dijeran a vos cuando empezabas?

-Nada. Ya pasó.

-¿Qué lecturas te parecen imprescindibles para alguien que quiera ser escritor?

-La única lectura imprescindible es la que te gusta. Habría que ver qué clase de escritor se quiere ser, por supuesto, pero en cualquier caso la única lectura imprescindible va a ser siempre la que te gusta. A mí me gusta Michaux.

-¿Cómo es un día típico en tu vida?

-Tengo varias clases de días típicos, pero cuando estoy escribiendo me levanto temprano, a las cinco o seis de la mañana. Tomo mate. A las siete y media despierto a mi hijo, le hago el desayuno y lo llevo al colegio. En el auto escuchamos sus discos. Ayer me preguntó si quería algo bueno para arrancar el día y puso Rage Against The Machine. Vuelvo y escribo unas tres o cuatro horas más. Si todo va bien, almuerzo y salgo a caminar. Voy hasta una maderera a veinte cuadras de mi casa, levanto la tapa de los tachos de basura que tienen en la puerta y me llevo unos maravillosos recortes de maderas de toda especie, que acumulo para las épocas en las que empiezan los típicos días de pintor. Me gusta mucho más pintar en madera que en tela. Ya de regreso me tiro en un sofá o en un sillón en el jardín y leo o escucho música, y a veces duermo. Una hora después vuelvo a la computadora y sigo adelante. Ahora tomo té verde. Si estoy trabajando en un guión, la tarde es toda para él. Hago un alto para dar unas vueltas en bicicleta. Escribo mientras pedaleo. Escribo mentalmente, por supuesto. Al atardecer paso del té al whisky. Es evidente que marcha todo bien, porque escribo hasta que me muero de hambre y más allá. Después de comer, después de un poco de TV, después de una ducha, llega uno de mis momentos preferidos: corrijo y escribo en lo ya escrito. Finalmente me voy a la cama. Apago la luz. Prendo la luz. Anoto algo. Vuelvo a la cama. Apago la luz.

-¿En qué estás trabajando ahora?

-En una biopic sobre Jane Bowles, mi escritora favorita de todos los tiempos.

XXX

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